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Los Oscars más inclusivos de la historia

Cecilia de la Serna

La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos parece haber dejado atrás la polémica que rodeó la pasada edición de los premios Oscar. En 2016, la ceremonia de entrega de los Oscars se vio envuelta en una controvertida campaña: #OscarsSoWhite.

El movimiento que generó la polémica lo inició Will Smith, uno de los actores más reconocidos de Hollywood. Smith puso sobre la mesa una reivindicación que creía justa y necesaria: por segundo año consecutivo, ningún actor afroamericano se encontraba entre los nominados a los Oscars. Tanto Smith como otros muchas personalidades del cine anunciaron un boicot a la ceremonia de entrega de premios. Los actores afroamericanos recibieron el apoyo de otros, como George Clooney, que respaldó a Will Smith en una carta: “Hace diez años, la Academia hacía un trabajo mejor. Había muchos más afroamericanos nominados. Pero el problema no es a quién se nomina, sino ¿cuántas opciones hay disponibles en el cine para las minorías, particularmente en películas de calidad?“. La controversia creció de tal manera que hasta el mismísimo presidente de Estados Unidos, por aquel entonces Barack Obama, intervino para asegurar que la diversidad es esencial para hacer mejor arte.

Las nominaciones de la 89 edición de los Oscar son las más inclusivas de la historia de los premios

Tras la polémica que generó el boicot por parte de los actores afroamericanos, la presidenta de la Academia, la afroamericana Cheryl Boone Isaacs, reaccionó prometiendo “grandes cambios” en el trato a la diversidad en los Oscar. Un año después, la Academia ha podido demostrar su voluntad de cambio. Las nominaciones de la 89 edición de los Oscar son las más inclusivas de la historia de los premios. Seis actores afroamericanos han logrado la candidatura, además un director negro está entre los cinco finalistas a la estatuilla. Hasta ayer, el máximo de nominados tuvo lugar en 2007 y 2005 con cinco intérpretes afroamericanos nominados.

La diversidad ha pegado un repunte importante. (Gráfico: Ana Laya / The Objective)
La diversidad ha pegado un repunte importante. (Gráfico: Ana Laya / The Objective)

Denzel Washington, que ya posee dos estatuillas, está nominado a mejor actor principal por la película Fences. Viola Davis, de la misma película, compite por el Oscar a mejor actriz de reparto, convirtiéndose en la primera actriz afroamericana en conseguir tres nominaciones. Contra ella compiten Octavia Spencer, que ya logró el Oscar a mejor actriz de reparto por Criadas y Señoras, y que esta vez lo hace por Figuras Ocultas, y Naomie Harris por Moonlight. Tres de las cinco nominadas son negras, algo nunca visto. Moonlight tiene además al favorito en la categoría de mejor actor de reparto, Mahershala Ali, y a su director, Barry Jenkins, nominados. Se trata del cuarto realizador negro en lograrlo tras John Singleton, Lee Daniels y Steve McQueen. La lista de afroamericanos nominados la completa Ruth Negga, nominada a mejor actriz protagonista por su papel en Loving.

Por otro lado, tres de las nueve candidatas a mejor película se centran en argumentos sobre gente de color: Moonlight, Fences y Figuras Ocultas.

No hay ninguna mujer entre los nominados a mejor director

Ahora que Hollywood quiere incluir de nuevo a los intérpretes y realizadores negros, la polémica se cierne sobre la paridad de género: no hay ninguna mujer entre los nominados a mejor director. Además, varias voces piden una mayor presencia de otras minorías, como los latinos o el colectivo LGTBQ.

Las nominaciones de los Oscar más inclusivos de la historia no se dan en un marco cualquiera, sino que aparecen en mitad de una fuerte oposición a la investidura del presidente Donald Trump -acusado de racista, misógino y xenófobo-. Trump ha tenido que soportar las críticas de grandes figuras de Hollywood, y ahora parece que la Academia se une a ese grito por la diversidad.

Continúa leyendo: Joan Didion: hacer de la literatura un refugio contra la desmemoria

Joan Didion: hacer de la literatura un refugio contra la desmemoria

Romhy Cubas

En un presente que se alimenta de información y que hace todo lo posible por explotar y exponer la data mediante inagotables plataformas –mientras más mejor- es frecuente que las figuras públicas, y las que no también, cuenten con al menos una biografía visual y escrita que exponga las horas y los días de sus vivencias. Los minutos de una persona encapsulados en cuenta regresiva como aditivo social.  Es tan frecuente que el hecho de que una de las últimas producciones de Netflix sea el primer documental enfocado en la periodista y escritora norteamericana Joan Didion, mágica contadora del siglo XXI, es casi ridículo.

“Things fall apart; the centre cannot hold; / Mere anarchy is loosed upon the world”

 Joan Didion: The Center Will Not Hold, un proyecto dirigido por el sobrino de Didion, el cineasta y actor  Griffin Dunne, es esa primera vez que muchos precisaban para deshilar las capas de cebolla de una de las plumas más lúcidas y honestas de las últimas décadas. Una mujer que recibió de las manos del ex presidente de Estados Unidos Barack Obama la Medalla Nacional de Artes y Humanidades, además del “Premio Nacional a la No Ficción” por su obra The Year of Magical Thinking y de la “Medalla por contribuciones distinguidas a la Letras estadounidenses” otorgada por la Fundación Nacional del Libro. No obstante, los premios son meras consecuencias de una trayectoria que se impone a la muerte y al dolor para encontrarle un nuevo sentido a la vida mediante las palabras.

Joan Didion nació en SacramentoCalifornia el 5 de diciembre de 1934, graduada de la Universidad de California Berkley y con su primera oferta de trabajo recibida a los 20 años directamente de las páginas de la revista Vogue en New York, Didion critica y analiza con agudeza sus alrededores desde antes de juzgarse periodista. En Vogue  ascendió de copywriter a editora asociada en tan solo dos años; en la legendaria revista también publicó sus primeros ensayos y artículos con una voz insolente, fresca, contraria en pequeños detalles a la típica Vogue elitista dedicada a amas de casa y trendings del New York de los 60. Mientras tanto, también publicó su primera y menos conocida novela, Run, River, y conoció a su esposo el escritor John Gregory Dunne, quien para entonces trabajaba en la revista Time.

De aquí en adelante la carrera de Didion ascendió como sucede cuando la pasión y la rutina se juntan en una sola escala. Su figura se sostiene junto a la de grandes periodistas literarios de la nueva escuela de los 60 como Tom WolfeTerry Southern y Hunter S. Thompson. Sus reportajes incisivos y veloces retaron la contemporaneidad y recorrieron los salones de la fama mientras su pluma se codeaba con músicos y actores legendarios como Harrison Ford, Steven Spielberg o Natalie Wood.

Joan Didion: hacer de la literatura un refugio contra la desmemoria
Joan Didion con su esposo John Gregory Dunne, hija, Quintana Roo Dunne y sobrino Anthony Dunne en Malibu 1972 | Foto vía: GettyImages

Aunque por años la cultura y la música ocuparon un espacio enorme en las fiestas de su casa en Malibu y en las páginas de sus columnas, la política también se acercó a Joan casi sin pretenderlo en piezas sociales de mayor espectro como su ensayo Haight-Ashbury sobre el mundo del LSD y las drogas en la comunidad hippie, su ensayo de Vogue  Self-Respect: Its Source, Its Power, su reportaje sobre la guerrilla en el Salvador o una serie de entrevistas privadas que mantuvo con una de las integrantes de la “familia” del asesino en serie Charles Manson, Linda Kasabian, mientras esta se encontraba en prisión y en proceso de testificar contra Manson.

Joan Didion publicaría ensayos y artículos retándose a sí misma en el campo del periodismo literario hasta que decide dedicarse por completo a la literatura y la redacción de guiones y obras personales –incluyendo proyectos comunes con su esposo John Dunne. Pero además de esa voz subjetiva y sensata que con constancia, sin pausa pero sin prisa, va develando pequeñas partes de la cultura americana en sus textos Didion se adueñó de un duelo particular. “Nos contamos historias para sobrevivir” acierta en su libro The White Album antes de sospechar siquiera que en un movimiento de pestañas perdería a su familia y haría de la muerte su biblioteca personal. A ese duelo se sobrepondría observando sus alrededores, para reescribirlos cuando no hubiera más historias que contar.

“El impulso de escribir cosas es peculiarmente compulsivo, inexplicable para aquellos que no lo comparten, útil solo accidentalmente, solo secundariamente, de la forma en la que cualquier compulsión intenta justificarse. Supongo que comienza o no comienza en la cuna. Aunque me he sentido atraída a escribir cosas desde que tenía cinco años, dudo que mi hija lo haga, porque es una niña especialmente bendecida y atenta, encantada con la vida exactamente como se le presenta la vida, sin miedo a irse a dormir. y sin miedo a despertar. Los encargados de los cuadernos privados son una raza completamente diferente, rebeldes solitarios y resistentes, descontentos ansiosos, niños afligidos aparentemente al nacer con algún presentimiento de pérdida.”

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Joan Didion junto al retrato de su esposo John Dunne | Foto de Eugene Richards vía The Red List

Las constantes de Didion

Además de la pluma y las palabras, la vida de Joan estuvo marcada por una constante tan inesperada como la vitalidad con la que recuerda cada sonrisa y discusión de su pasado a los 83 años de edad. En el invierno del 2003, mientras su hija Quintana Didion se encontraba hospitaliza por sepsia producto de una neumonía, su esposo John Gregory Dunne murió de un infarto el 30 de diciembre. Un año y medio después, luego de infinitas horas en el hospital, un deterioro continuo y una cirugía cerebral, su hija​ Quintana falleció de pancreatitis el 26 de agosto de 2005 a los 39 años de edad. En menos de dos años Didion perdió el centro de una vida construida a base de pequeños momentos y vicios retenidos. “La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y tu vida como la conoces acaba”, anotó con cautela tras la muerte de John.

Los libros The Year of Magical Thinking y Blue Nights son el resultado de ese duelo incompleto que el documental reúne entre fotografías, testimonios y la narración personal de Didión mientras lee sus propias líneas y recuerda una rutina que nunca más podrá repetir: levantarse y bajar a la cocina por una coca cola fría en lentes de sol mientras su esposo lleva a Quintana al colegio, discutir sobre quién tiene la razón o pasar las vacaciones en familia en el apartamento de la playa.

“El dolor resulta ser un lugar que ninguno de nosotros conoce hasta que lo alcanza. Anticipamos (sabemos) que alguien cercano a nosotros podría morir, pero no miramos más allá de los pocos días o semanas que siguen inmediatamente a una muerte tan imaginada. Malinterpretamos incluso la naturaleza de esos pocos días o semanas. Podríamos esperar sentirnos conmocionados, si la muerte es repentina. No esperamos que este choque sea obstructivo, desarticulando tanto el cuerpo como la mente. Podemos esperar estar postrados, inconsolables, locos por la pérdida. Pero en realidad no esperamos volvernos literalmente locos”.

Este es uno de los pasajes de The Year of Magical Thinking, anotaciones de una escritora que busca recordar en sus apuntes a los lugares de los cuáles no puede huir. “Un lugar pertenece por siempre a quien lo reclame con mayor intensidad, a quien lo recuerde más obsesivamente, lo despoja, le da forma, lo ama tan radicalmente que lo rehace a su propia imagen.”

En los años 70 Didion fue diagnosticada de esclerosis múltiple. Durante el documental hay un choque entre el desmejoramiento físico de una mujer con un glamour innegable y la voz melodiosa que recuenta sus propias frases sin titubear, enfrentándose con sinceridad y aplomo a  la cámara.

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Quintana Roo Dunne, John Gregory Dunne, y Joan Didion en casa | Foto de John Bryson/Netflix

Recuerdos y cuadernos

De todas las preguntas que se hace Didion durante los años, el sinsentido del destino es el que se afinca en la pantalla. Los “tal vez”, y “que hubiera pasado si” son constantes en la vida de alguien que pierde repentinamente el espectro de su vida. Joan Didion casi podría pasar por una escritora de autoayuda para superar el duelo y la muerte,  experta en estudios y ensayos sobre la superación y los niveles emocionales que se suceden al perder a alguien cercano. Este sería el caso de no ser porque en sus anotaciones hay una clara distinción entre lo que pasó y lo que podría haber pasado, entre el propósito de su presente literario y pasado periodístico.

La verdad sobre los cuadernos de Didion es que son una parte diluida de ella misma. Una manera de preservarse y combatir la desmemoria, de apostar por la vida a pesar de sus muertos.

Joan Didion: The Center Will Not Hold es solo una migaja del extenso trabajo literario y periodístico de una figura que revive los perfiles más elegantes de Truman Capote en su juventud.  Una silueta cuyo recuerdo es necesario para entender el rescate de la palabra que hace un escritor con cada página habitada en su diario.

“Mira lo suficiente y escríbelo, me digo a mí misma, y luego, una mañana, cuando el mundo aparente consumirse, drenarse, algún día cuando solo esté haciendo lo que se supone que debo hacer, que es escribir en esa mañana en bancarrota, simplemente abriré mi libreta y allí estará todo, una cuenta olvidada con interés acumulado, un pasaje pagado al mundo exterior: el diálogo escuchado en los hoteles y ascensores y en el mostrador de pabellón de Pavillon (…) Recordar lo que era ser yo: ese es siempre el punto”. Joan Didion.

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¿Qué piensan los jóvenes sobre la violencia de género?

Redacción TO

Foto: IVAN ALVARADO
Reuters

La violencia de género es uno de los mayores problemas de la sociedad. Miles de mujeres mueren cada año en todo el mundo a manos de sus parejas o exparejas y muchas sufren a diario violencia física o psicológica.

A estas alturas, parece casi imposible que alguien defienda este tipo de actuaciones o que considere la violencia de género como algo normal. Sin embargo, el último estudio del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, llevado a cabo por ProyectoScopio, demuestra que todavía hay muchos jóvenes que no consideran que la violencia de género sea algo extraordinario.

La violencia de género como algo normal

El 27,4% de la población joven en España está de acuerdo en algún grado con la afirmación de que “la violencia de género es algo normal en la pareja”, según indica el informe.

Esta percepción es más común en los hombres que en las mujeres, en concreto en aquellos que solo cuentan con estudios de Educación Secundaria o que se encuentran en paro. Además, el estudio señala que el acuerdo con esta afirmación disminuye en personas mayores de 25 años.

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Más de un 25% de los jóvenes piensa que la violencia de género es algo normal en las parejas. | Gráfico: ProyectoScopio

Por sorprendente que parezca, este dato no es algo completamente nuevo. En 2015, un informe de esta misma institución reveló que más del 80% de los adolescentes españoles han conocido algún acto de violencia de género en parejas de su edad. “Estos datos confirman que frecuentemente las relaciones de pareja de adolescentes y jóvenes españoles se articulan alrededor de mecanismos de posesividad y control, lo cual da lugar a un comportamiento parcialmente agresivo por ambas partes, aunque más frecuente y más grave por parte del varón”, explica el estudio.

A esto se suma el hecho de que casi un 6% de los jóvenes está de acuerdo en algún grado con que “siempre ha existido y es inevitable”, una afirmación también más común entre los varones.

La relación con la inmigración

La percepción de normalidad respecto a la violencia de género no es el único resultado impactante de este informe. Los datos recogidos muestran que un 13,3% de los encuestados muestran un nivel alto de acuerdo con la afirmación de que “la violencia de género aumenta por culpa de la población inmigrante”, y un 18,2% tiene un nivel de acuerdo medio con esta frase. También aquí están más de acuerdo los hombres que las mujeres, en especial los que no tienen trabajo.

La importancia del problema

A pesar de los elevados porcentajes de jóvenes que restan importancia a la violencia de género, afortunadamente la mayoría no piensa así. El 87% de los encuestados está de acuerdo que “es un problema social muy grave”.

Un estudio realizado por el Ministerio de Salud, Servicios Sociales e Igualdad en el año 2015 muestra también que este problema es algo reconocido por una amplia mayoría de jóvenes. Un 90% de las personas entre 18 y 29 años considera que los malos tratos hacia la mujer “están bastante o muy extendidos”. También en este aspecto se observa una mayor preocupación por parte de las mujeres, principales víctimas de este tipo de violencia, por este problema social.

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Las mujeres son las más preocupadas por la violencia de género como problema social. | Foto: Marcos Brindicci/ Reuters

Respecto a los adolescentes y jóvenes, las chicas están 3,5 puntos por encima en su grado de acuerdo con el hecho de que la violencia de género es algo totalmente inaceptable que los chicos, según datos del Ministerio de Salud, Servicios Sociales e Igualdad.

Esta desigualdad de pensamiento, igual que ocurre con otros aspectos mencionados anteriormente, disminuye a medida que aumenta la edad de los encuestados. Sin embargo, aunque la diferencia entre sexos es mayor entre los jóvenes, este grupo es el más concienciado con la importancia de luchar contra la violencia de género.

Por otro lado, el grupo que más está de acuerdo con la afirmación de que “es algo inevitable que siempre ha existido” es de los de 60 años y más. Además, este es el único grupo en el que menos del 90% considera que es algo totalmente inaceptable.

Por tanto, aunque los jóvenes muestran más diferencias entre sexos, son la generación más consciente de que la violencia de género es uno de los problemas más graves de la sociedad que debe ser erradicado.

Continúa leyendo: "Si los 'dreamers' fueran noruegos y no latinos, las deportaciones no se aplicarían"

"Si los 'dreamers' fueran noruegos y no latinos, las deportaciones no se aplicarían"

Lidia Ramírez

Foto: Casa América

Hay un grupo de unas 800.000 personas en Estados Unidos cuyos derechos se verán menoscabados en menos de cuatro meses. Donald Trump ha decidido acabar con el programa DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), aprobado por Barack Obama en 2012, y que daba estatus legal temporal a los inmigrantes indocumentados que llegaron con sus padres a Estados Unidos cuando eran niños. Estos niños, hoy jóvenes de entre 20 y 30 años, son los conocidos como dreamers.

Así, desde que Trump anunciara el fin de este programa, que entrará en vigor el próximo 5 de marzo de 2018, las batallas legales se suceden en el Congreso para que aprueben la propuesta de ley Dream Act, un proyecto legislativo bipartidista, que se debatió en el congreso estadounidense, junto a la Reforma migratoria, que abriría un camino hacia la ciudadanía estadounidense a estudiantes indocumentados que hubiesen llegado a Estados Unidos siendo menores de edad. Una propuesta de ley que lleva 12 años en estudio.

"Si los 'Dreamers' fuesen noruegos y no latinos la deportaciones no se aplicarían" 1
Dreamers participan en una manifestación para que se apruebe la ley Dream Act, Washington. | Foto: Joshua Roberts/Reuters

Una de las figuras claves en esta batalla por defender los derechos laborales, humanos y civiles de la comunidad hispana es Héctor E. Sánchez Barba, uno de los líderes latinos más importantes de Estados Unidos y presidente de la Agenda Nacional de Liderazgo Hispano (NHLA), una coalición integrada por las 40 principales organizaciones latinas nacionales, además de director ejecutivo del Consejo Sindical para el Avance del Trabajador Latinoamericano (LCLAA). “En la historia de Estados Unidos ha habido muchos presidentes racistas, pero ninguno como Trump. Él es abiertamente racista”, apunta a The Objective el líder latino antes de dar una conferencia en Casa América, quien también asegura que Donald Trump es el único presidente con el que no han conseguido reunirse. “Es una de las personas mas ignorantes en temas de política en la historia del país”, agrega, “pero se ha armado de un grupo de personas que entiende el Congreso a la perfección, eso sí: todas estas voces son extremistas“.

Para Barba, que nació en México, concretamente en la ciudad de Celaya, en el estado de Guanajuato, y que cruzó hace algunas décadas la frontera que ahora Trump quiere tapiar con un muro de cemento, el fin de DACA  es claramente una cuestión racista. “Si los dreamers fuesen noruegos y no latinos DACA no se aplicaría”, apunta. Y es que para el presidente de NHLA esto es un reflejo más de que el mandatario americano “va a cumplir toda la locura que prometió, destruyendo lo construido durante tanto tiempo”.

“Trump representa una crisis mundial que va a desbastar muchas cosas”

El futuro de los dreamers es ahora toda una incógnita, porque a partir del próximo 5 de noviembre unas 800.000 personas “entrarán en una burbuja”, volverán a salir del estatus legal y volverán a la categoría de indocumentados. A partir de ese momento, miles de jóvenes bien formados, que hablan un perfecto inglés, con carreras universitarias y con trabajos en los diferentes sectores que ofrece el mercado estadounidense perderán sus puestos de trabajo y, en el peor de los casos, serán deportados a sus países de origen, la mayoría destinos con altos niveles de pobreza, desempleo y delincuencia, como puede ser México, de donde proceden la mayoría de estos jóvenes.

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Defensores de los derechos de los inmigrantes sostienen pancartas que piden la aprobación de la ley Dream Act, Miami | Foto: Lynne Sladky/AP

Así, las razones para impedir que esto suceda son tan morales como económicas, porque según un análisis del Center for American Progres (CAP), si los jóvenes acogidos a DACA perdieran sus permisos de trabajo y empleos, el Producto Interno Bruto (PIB) se reduciría en 433.400 millones de dólares en los siguientes 10 años. Pero más allá de los 800.000 dreamers amparados por DACA, si consiguen aprobar la ley Dream Act, 1,9 millones de trabajadores emprenderían un camino hacia el estatus legal, lo que añadiría un total de 22,7 mil millones de dólares anuales al PIB del país. Para Héctor Sánchez Barba, “acabar con DACA y no aprobar el Dream Act sería un golpe muy serio a la economía nacional. Ellos pagan impuestos, contribuyen al estado, compran casas, coches, son un espacio muy importante para la economía del país”.

Por otro lado, el presidente y directivo de NHLA y LCLAA destaca el caballo de batalla de los grupos migratorios. “En la comunidad latina hay mucha sed de participación. Las movilizaciones que están teniendo lugar ahora son comparables a las que veíamos en los 60 llevadas a cabo por la población negra y afroamericana”.

Los dreamers están escribiendo así un nuevo capítulo de la historia de Estados Unidos. Un asunto de elevada carga política, económica y social que corre el riesgo de girarse en contra de Trump.

 

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A propósito del viaje de Trump: es tiempo de creerse el cuento chino

Andrés Miguel Rondón

Foto: Thomas Peter
EFE

La verdad sea dicha, no hacía falta que Trump fuese a China para recordarnos que estamos ante el ocaso de la supremacía norteamericana. Ya algunos morbosos lo sabíamos. Su retórica populista, prepotente, derrotista, su proveniencia del mundo de la “reality tv” y los tabloides neoyorquinos, su carrera empresarial dudosa y fraudulenta –y sí, hasta su peluca, símbolo de inseguridad, vejez y falsedad, de algo que fue y ya no vuelve sino en maquillaje, avisaba de cierto declive, cierta sobredosis de americanidad. Del ocio que se vuelve vicio, el entretenimiento que se convierte en política, el excepcionalismo que es más bien insularidad. Una decadencia que los que seguimos la prensa washingtoniana parecemos atestiguar en tiempo real, escándalo tras escándalo, día tras día.

Pero este pasado jueves, recibiendo a Trump en el Gran Salón del Pueblo de Beijing, Xi Jingping nos hizo el flaco favor de ofrecernos un contraste. Una excusa para pausar y revisar los últimos logros chinos. El país con más producción de coches eléctricos, más inversión en energías renovables y robótica, es también el que tiene mayor crecimiento económico en números absolutos año tras año. Una sola de sus regiones, Guizhou, en los últimos cinco años ha construido más kilómetros de carreteras que los que ya hay en todo el Reino Unido, ha levantado dos de los puentes más altos del mundo y ha implantado 700 kilómetros de raíles de trenes de alta velocidad. Léase bien: una sola región, en los últimos cinco años. El crecimiento de lo que será la clase media más grande del mundo está haciendo de China uno de los mercados pioneros en el mundo de las start-up, con plataformas como WeChat que son la envidia de los Facebook y los Amazon de occidente. Y así sucesivamente. Los chinos van, resumiendo, hacia el futuro a la velocidad de uno de sus trenes.

Mientras, el tren de Los Ángeles a San Francisco, de mil kilómetros aproximados, se espera que termine de construirse en el 2029 –a pesar de haber sido aprobado en el 2008. Y en vez de debatir sobre las amenazas y oportunidades de un futuro robótico francamente ineludible, de la necesidad de invertir en energías renovables y de reconstruir la infraestructura americana en la víspera de la llegada del coche eléctrico, Estados Unidos, el único país del mundo fuera del tratado de París, discute otra vez más sobre reformas fiscales y subsidios a industrias que son cadáveres insepultos. A través de Trump se pasa el tiempo lamiéndose las heridas de su ego, insultando a diestra y siniestra y coqueteando con la guerra en Corea del Norte cual un bully de primaria.

Por tanto, terminar, como siempre, la conversación con que China es una dictadura y Estados Unidos es una democracia es cada vez más miope e irresponsable. No solo por ser una discusión vagabunda, basada en la prepotencia de juzgar el progreso de las naciones según su semejanza con el nuestro. Sino por algo más sencillo y cotidiano: aquí los que se despiertan todos los días con ganas de futuro son los chinos. No esperarán por nosotros. Lo mínimo que podemos hacer es empezar a creérnoslo.

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