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Los perdedores habituales de la filantropía de Alfred Nobel

Rohmy Cubas

Este año Bob Dylan, quien aunque se siente “muy honrado” ante el reconocimiento luego de un largo silencio ha declarado que compromisos personales no le permitirán asistir a la ceremonia en el mes de diciembre, le ganó a otros literatos en un “moderno” y controvertido movimiento de la Academia por haber “creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”, el año pasado fue la escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich “por sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”, en el 2014 el francés Patrick Mondiano fue honrado “por el arte de la memoria con la que ha evocado los más inasibles destinos humanos y descubierto el mundo de la ocupación”… y así la lista fluye en retroceso hasta 1901, año inaugural de la ceremonia.

Ilustración elaborada por la Academia Suiza para presentar al premio Nobel de Literatura 2016: Bob Dylan
Ilustración elaborada por la Academia Suiza para presentar al premio Nobel de Literatura 2016: Bob Dylan

El Premio Nobel de Literatura, conjurado en el testamento del filántropo sueco Alfred Nobel para la obra “más destacada en el área” es el reconocimiento de una vida para la mayoría de los escritores, pero cuando la nominación se convierte en una llamada repetida de octubre, el frenesí es opacado por la rutina del resignado.

“Aparentemente el francés  André Malraux era demasiado rojo para los jurados, y la visita que hizo Jorge Luis Borges en 1976 al general Augusto Pinochet, al que elogió en plena dictadura chilena, le costó la medalla de oro.”

Es complejo eso de pertenecer a un comité que decide si una obra tiene o no la suficiente trascendencia como para ser tomada en cuenta, sean cuales sean los cánones de deliberación -que nadie termina de aceptar por completo- los análisis y las interpretaciones de la Academia para tomar su resolución han sido tildadas de eurocéntricas, tradicionalistas y hasta “hipsters” por resistirse a aquellos con demasiado éxito comercial. Las marcas políticas, ideológicas y extra-literarias se esconden en las esquinas cuando el quórum académico choca con el del público: aparentemente el francés  André Malraux era “demasiado rojo” para los jurados, y la visita que hizo Jorge Luis Borges en 1976 al general Augusto Pinochet, al que elogió en plena dictadura chilena, le costó la medalla de oro.

El hecho es que están los laureados y los que se quedan esperando con el traje estirado. Así como Leonardo DiCaprio en los Óscar -antes de The Revenant (2015)- la Academia Sueca tiene sus perdedores habituales, eternos nominados que reciben la noticia con el vicio familiar del café mañanero. Entre los últimos contemporáneos que siguen extraviándose en las quinielas se encuentran el japonés Haruki Murakami, el americano Phillip Roth o la escritora Joyce Carol Oates; antes de su muerte Jorge Luis Borges ya había admitido adoptar aire de “perdedor experto” ante lo que parecía una tradición “escandinava” que lo relegó por casi veinte años, y el escritor francés Paul Valéry estuvo nominado doce veces antes de ser realmente considerado, precisamente el año de su muerte.

Sátira gráfica de Leonardo DiCaprio y Haruki Murakami por Cinismoilustado.com
Sátira gráfica de Leonardo DiCaprio y Haruki Murakami por cinismoilustado.com

Murakami y la pandilla de los “perdedores”

La literatura es más que letras y manos que escriben pensamientos en una copia de papel, su trascendencia viene de la mano de una abstracción natural, política y social que se desarrolla en el contexto de una época y sus penumbras, una crítica que muchas veces tarda en notarse pero que ilumina cuando se examina con detenimiento. En la nómina de la pandilla de los perdedores listan figuras como Haruki Murakami, escritor japonés con cerca de una treintena de libros publicados y una empatía especial para contar las complejidades de la soledad  a escala universal; ya es viralizado en las redes como el nuevo DiCaprio. Desde el 2010 ha figurado en el primer lugar de los seleccionados para el Nobel de la Literatura, pero novelas como “Kafka en la orilla”, “Baila Baila Baila” y “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, entre otras, han peregrinado por el jurado como los personajes de sus historias. El novelista nipón de 67 años tiene siete nominaciones y las manos “vacías”.

Joyce Carol Oates | Foto: Marion Ettlinger via Lewis Center Princeton
Joyce Carol Oates | Foto: Marion Ettlinger via Lewis Center Princeton

Otro relegado que continúa en la cola de finalistas sin diploma es Philip Roth, escritor estadounidense de origen judío y autor de libros como ‘El mal de Portnoy’ y ‘Pastoral americana’. Su obra ha sido reconocida como una constante y lúcida mirada a los problemas de identidad en la sociedad norteamericana, sus esplendores y sus miserias escritas con un humor vanidoso y rebelde. Luego está Joyce Carol Oates, otra intelectual estadounidense que ha sonado varias veces con su literatura gótica y violenta, incómoda pero ineludible. Con más de cien libros publicados, su obra sigue aleteando sobre el Nobel sin rencor.

Hay otras objeciones que se aferran a las minorías. Entre los idiomas comunes el francés y el inglés son los más condecorados mientras que las lenguas minoritarias están representadas con los únicos ganadores en yidis, en occitano o en el serbo-croata.  Fue el caso este año de Ngugi Wa Thiog´o, escritor en lengua kikuyu que se quedó en la traducción de las ilusiones y las apuestas que lo ubicaban como posible vencedor.

Vivir con los ignorados

Aunque no los tomaron en cuenta por presiones y aristas que constituyen una diatriba frecuente en homenajes de tal envergadura,  con sus historias se puede existir varias vidas simplemente leyendo; desde Marcel Proust (En busca del tiempo perdido) y James Joyce (Ulises) hasta Virginia Woolf (Las Horas), Dostoievski (Memorias del subsuelo), Mark Twain (Las aventuras de Huckleberry Finn), Leon Tolstoy (Guerra y paz) y Anton Chéjov (El jardín de los cerezos), hay mitos cuya esencia reside mejor en el “anonimato” de los perdedores que en el foco prometido del Nobel.

Letra cursiva

Eugenio Fouz

Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. Puedo escribir como si fuera el poeta chileno y dejar caer una estrella fugaz a su lado. Puedo afirmar que sé lo que significa estar enamorado porque, por extraño que parezca, Neruda en este poema habla de amor y desamor (que en el fondo son una misma cosa). Podría, en fin, reproducir líneas enteras de firmas ajenas y hacer creer al lector no cultivado que la disposición maestra de las palabras era mía. Mi memoria me mima.

Los especialistas de la mente y la rima aseguran que lo peor de la locura y las letras en general resulta de la caótica mezcla de lecturas, géneros literarios, y preocupaciones. Y a mí hoy me inquieta una notician procedente del país de las vacas sagradas y la no-violencia que trata del fraude detectado en ese país durante los exámenes de acceso a Estudios Superiores. Según parece, la India es el país del mundo en el que hay mayor número de copiones. Tanto es así que la administración se ha visto obligada a adoptar severísimas medidas de control llegando a exigir ciertas condiciones en la indumentaria de los estudiantes.

Las buenas escuelas educan a sus alumnos. Quizás éstas no logren convertir a todos en individuos creativos y geniales; sin embargo, al menos deberían instruirles y convencerles de la importancia de ser honestos.

Me encuentro mareado. Es posible que haya leído más de la cuenta. Oigo voces en la cabeza que me hablan en susurros. Unas veces me confiesan “Yo la quise, y a veces ella también me quiso”, otras veces suenan a lamento “pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido”. Podría fingir que las líneas me pertenecen, pero no voy a hacerlo porque la letra cursiva me delata.

7 películas sobre vampiros que no deberías perderte

Redacción TO

Foto: Recorded Picture Company

Es cierto que la tradición vampírica no nació con Bram Stoker, pero es innegable que fue él quien la puso en el mapa internacional. Con la publicación de la novela epistolar Drácula, un día como hoy de 1897, ha extendido en el imaginario colectivo el mito del ser que vive en las sombras, siempre sediento de sangre humana, vulnerable a los símbolos sagrados y a las estacas bien dirigidas.

Desde entonces, ha dado lugar a numerosas ficciones. En el cine, sin ir más lejos, se ha convertido en una de las temáticas habituales en el género de terror y, en los últimos años, incluso en el de la comedia. Caso aparte –y todavía por descifrar– es la saga de Crepúsculo.

Esta lista reúne con precisión la evolución de la figura de los vampiros en los últimos años del siglo XX y en nuestro días, más de un siglo después de que viera la luz la novela que escribió el autor irlandés.

Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008)

Esta película de violencia y romance es una historia que encoge el alma sobre la soledad, el descubrimiento y las nuevas oportunidades. Una gran ficción de vampiros en los tiempos de Crepúsculo.

Sólo los amantes sobreviven (Jim Jarmusch, 2013)

¿Y si el amor fuera para siempre? La vida eterna es el castigo de dos vampiros que se aman profundamente y a lo largo de los siglos, con todas las asperezas, con todas sus etapas y sus crisis. Pero esta película versa también sobre la caída del sueño americano y las adicciones, dos temas que el autor de la obra conoce bien. Puro existencialismo.

Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, 1994)

Esta es un clásico del cine. De alguna forma es la historia que todo cronista desearía narrar por inverosímil y fantástica. La adaptación de la novela de Anne Rice marcó un antes y después en la década de los 90 y relata las memorias de un hombre que escogió ser vampiro a cambio de la vida eterna. Una decisión que ha pesado siempre sobre él.

Abierto hasta el amanecer (Robert Rodriguez, 1996)

Otra obra maestra. Una película con un trasfondo emocional bien distinto a las anteriores. En esta película escrita por Quentin Tarantino dos forajidos huyen de sus crímenes en Estados Unidos y cruzan la frontera con México. Allí, en un bar de carretera, deciden hacer una parada que les dará más sorpresas de las imaginadas. El bar está poblado de vampiros

Lo que hacemos en las sombras (Taika Waititi, Jemaine Clement, 2014)

Una comedia sobre ser vampiro en los tiempos modernos. Un grupo de amigos en Nueva Zelanda que comparte penurias y anhelos de otros tiempos mientras se adaptan a la vida en sociedad en el siglo XXI. Como decíamos, hay relatos vampíricos que trascienden el terror.

The Addiction (Abel Ferrara, 1995)

En esta película la sangre humana es una metáfora. El cineasta italiano, con algunos momentos de pretenciosidad, desvela la caída al abismo de las drogas y la violencia de una joven estudiante de Filosofía tras ser mordida por una vampiresa.

Drácula (Francis Ford Coppola, 1992)

Una pieza colosal de uno de los cineastas más virtuosos de todos los tiempos. Coppola quiso rendir homenaje a la novela de Bram Stoker con una versión algo edulcorada de su novela, pero sin duda magistral. La historia de amor inquietante entre el conde Drácula y Mina Murray, que le recuerda a su amada, muerta cuatro siglos atrás, se concentra en una sola frase: “He atravesado océanos de tiempo para encontrarte”.

Qué nos enseña el libro más repelente de todos

Miguel Ángel Quintana Paz

¿Qué título de libro podría considerarse el más repelente de entre todos los clásicos? Si la pregunta atañera a las partes de una obra, seguramente cualquiera de la autobiografía de Friedrich Nietzsche, Ecce homo, sería digna candidata: “Por qué soy tan inteligente”, “Por qué soy tan sabio”, “Por qué escribo tan buenos libros”. En cuanto a volúmenes completos, Leszek Kołakowski alcanzó una marca importante con su “Por qué tengo razón en todo”, rótulo que tantas veces habrán anhelado, al menos como subtítulo, tantos otros profesores en tantos otros escritos más.

Con todo y con eso, de modo menos pomposo, pero igual de mordaz, fue el filósofo Søren Kierkegaard quien acuñó hace casi dos siglos un título febrilmente repulsivo para nuestra mente contemporánea. Lo hizo en su libro Enten-Eller, que suele traducirse con la disyuntiva “O lo uno o lo otro”, aunque podría asimismo ser “O bien una cosa, o bien la otra”.

¿Por qué resulta repulsivo ese título de Kierkegaard hoy en día? Vivimos en una época en que se nos ha vuelto más antipático que nunca renunciar a nada. Señores sesentones confían en verse bien juveniles y disfrutar a la vez de las mieles del reconocimiento por su amplia experiencia; jóvenes veinteañeros gustan de presentarse como tiernos modernetes, pero a la vez se quejan si su sueldo no alcanza el de un curtido profesional. Hacemos viajes lejanos con la intención de sumergirnos en otras culturas, pero allí nos refugiamos en el hotel que más se asemeja al de enfrente de casa. Queremos educar a nuestros hijos para el mundo real, pero les rodeamos de algodones que solo les prepararían para vivir sempiternamente en una colchonería.

Acaso este fenómeno adquiera especial virulencia en nuestro país. No pocos españoles están convencidos de que nuestra nación podría funcionar igual una escandinava, pero sin la sólida confianza entre sus ciudadanos que reina en aquellas sociedades. Deseamos tener impuestos tan bajos como en las Bahamas, pero con servicios públicos tan caros como los fineses. Protestamos porque nuestras universidades no están entre las mejores del mundo, pero acatamos que los criterios de selección en ellas sigan columpiándose entre el padrinazgo y el amiguismo. Si la asistencia a la eucaristía dominical continuara siendo masiva en España, no resultaría raro comprobar cada semana cómo varios feligreses porfiarían por estar a la vez en misa y repicando.

Ante este panorama, Kierkegaard nos recuerda una verdad repelente: a veces (muchas más veces de las que hoy creemos) se debe optar entre o bien una cosa o bien otra. Enten-Eller, en danés. Hoy suena fascista hablar de esa manera, pero aun así es preciso recordarlo: no puedes hacer todo lo que quieras ni tener todo lo que quieras ni hablar con solvencia de todo cuanto te gustaría hablar (aunque uses Twitter).

¿Cómo es que hemos llegado en nuestros días a olvidar tan simple verdad? El mismo libro de Kierkegaard nos responde con una de sus fábulas más famosas, la del payaso en el escenario del teatro. Reza así:

Se declaró en cierta ocasión un incendio entre los bastidores de un teatro. Un payaso salió al escenario para dar la noticia al público. Pero este creyó que se trataba de un chiste y aplaudió fervoroso. El payaso repitió la noticia y los aplausos se volvieron aún más entusiastas. Así sospecho yo que se irá a pique el mundo, entre el júbilo general de la gente biempensante, que creerá que solo se trata de un chiste.

Hoy se ha vuelto un lugar común decir que vivimos en una “sociedad del espectáculo”. Pero las cosas no estaban tan claras hace dos siglos, por lo que no resulta arbitrario atribuir a Kierkegaard cierto mérito previsor. En su cuento del payaso, este filósofo nos habla de un mundo en que todo se verá ya como mero espectáculo teatral. Y por ello pensaremos que todo es posible. Cierta teatralidad tendrán las desgracias que vemos en nuestros televisores; nadie se creerá del todo las noticias que nos proporciona una prensa que día tras día ensucia su fiabilidad. Solo algún sectario se tragará ya del todo lo que declama un político desde su escenario; solo algún ingenuo escuchará las previsiones de los expertos como si de veras se fueran a cumplir. Gracias a las redes sociales, las vidas de los otros desfilan ante nuestras butacas, mitad dramas y mitad comedia; nosotros mismos recitamos la trama de nuestros días ante un público silencioso, que nos contempla tras el foco de la pantalla de nuestro dispositivo.

Teatro, lo nuestro es puro teatro, cantaría hoy La Lupe. Y si somos todos actores, no puede acusársenos entonces de mentir exactamente, pero tampoco debe tomárselos muy en serio durante nuestra actuación. Desde antiguo nos lo han explicado los teóricos de la dramaturgia: ante un escenario (o, con el cine, ante una pantalla) conviene suspender nuestra credulidad, para no hacer el ridículo de aquellos espectadores que, cuando los hermanos Lumière les proyectaron por primera vez la escena de una locomotora que entraba en una estación, se reclinaron contra el respaldo de sus asientos, como temerosos de que el tren les fuese a arrollar.

El problema, naturalmente, es el que nos recuerda Kierkegaard en su fábula del payaso: por mucho que vivamos en un teatro, a veces sí que irrumpen cosas que nos podrían arrollar. Nos resistimos a creérnoslo, cobijados como nos pensamos en nuestro elegante patio de butacas; con esa sonrisa alelada de bebé (Philippe Muray dixit) con que intentamos tomárnoslo todo; convencidos de que es posible seguir contemplando las cosas con un distanciamiento elegante, sin tener nunca que optar de veras por algo contundente: o esto o aquello. Ahora bien, en ocasiones se declarará un incendio. Se acabará la función. Habrá que elegir en serio: o bien por una cosa, o bien por otra. Enten-Eller. Y más nos valdría atender a quienes nos lo anuncien desde el escenario, por muy payasos que sean.

Semanas llevan ardiendo las llamas de la represión chavista en Venezuela. Se ha cobrado ya docenas de muertos. Por bufonesco que resulte Nicolás Maduro, no es con balas de broma como sus tropas acribillan a los venezolanos. Mientras, en España, otros bufones le respaldan y, oh, resultan tan entretenidos. ¿Cómo tomarnos en serio a un payaso que justifica los crímenes del régimen de Caracas, si al fin y al cabo todos sabemos que las llamas del incendio venezolano no nos pueden alcanzar? ¡Démosles más escenarios, otorguémosles mejores púlpitos desde los que propaguen su mensaje, sería tan aburrida la temporada sin ellos! ¡Aplaudamos, aplaudamos! Límpiate eso que te ha saltado sobre la pechera, sin duda es solo salsa de tomate. Y, ante todo, no ceses nunca de sonreír.

La Feria del Libro de Madrid, a ritmo de 'saudade' portuguesa

Redacción TO

Foto: Luca Piergiovanni
EFE

Los primeros días de la 76ª edición de la Feria del Libro de Madrid han dejado imágenes de colas de gente esperando para lograr la firma de su escritor favorito. Uno de los más buscados este fin de semana ha sido Fernando Aramburu y su novela ‘Patria’. El libro del escritor vasco está en todas las librerías, en todos los escaparates y probablemente en muchas de las conversaciones de los amantes de la lectura.

Otros de los autores más aclamados han sido (y son) Ray Loriga, Dolores Redondo o Almudena Grandes que tienen cita en las casetas madrileñas para dedicar sus obras a todos aquellos que se pasen por el Retiro, en esta Feria del Libro que tiene a Portugal como país invitado.

La Feria del Libro de Madrid, a ritmo de 'saudade' portuguesa 5

Este año, el evento cultural por excelencia de Madrid rinde homenaje a Gloria Fuertes, José Luis Sampedro, Miguel Hernández y a la Universidad de Salamanca, que celebra su octavo siglo de vida. En la biblioteca municipal Eugenio Trías se han organizado presentaciones de libros, encuentros con autores, charlas, mesas redondas, entrega de premios y debates.

En definitiva, hasta el 11 de junio, se podrá disfrutar de diferentes opciones literarias, musicales y filosóficas, tanto para mayores como para pequeños. Así, en el Pabellón Infantil están previstas actividades con objeto de que la lectura ayude a los niños a ejercitar la imaginación, la creatividad, la razón crítica, y sentar las bases para desarrollar una personalidad que, desde los cimientos, esté basada e impregnada de cultura.

Este evento cultural se ubica en el Paseo del Duque de Fernán Núñez, en los Jardines del Buen Retiro. El horario de visita es de lunes a viernes, de 11 a 14 y de 18 a 21:30 horas. Sábados y domingos, de 11 a 15 y de 17 a 21:30 horas.

Los imprescindibles de la Feria del Libro

La Feria del Libro de Madrid, a ritmo de 'saudade' portuguesa 3

– Alfagura, caseta 246: ‘Rendición’, de Ray Loriga y ‘Recursos Inhumanos’, de Pierre Lemaitre.

-Libros del KO, caseta 315: ‘El Mar es tu espejo’, de Catalina Gayà Morlà.


– Anagrama, caseta 224:
‘La Historia’, de Martín Caparrós (reedición) y ‘Clavícula’, de Marta Sanz.

– Blackie, caseta 162: ‘La conquista del cerebro’, de Daniel Tammet y ‘El laberinto de Gloria Fuertes’, con más de 300 poemas, algunos inéditos.

– Tusquets, caseta 337: ‘Patria’ de Fernando Aramburu.

– Planeta, caseta 263: ‘Nuestra casa en el árbol’, de Lea Vélez.

– Malpaso, caseta 186: ‘Bowie’, sin aún no has podido ir a la exposición de Londres y ‘Cuando el diablo salió del baño’, de Sophie Divry.

– Errata Naturae, caseta 220: ‘Buenos días, guapa’, de Maxie Wander.

– Demipage, caseta 177: ‘Drogadictos’ (varios autores).

– Nórdica Libros, caseta 275: ‘Las Almas Muertas’, de Nikolái Gogól y Alberto Gamón.

La Feria del Libro de Madrid, a ritmo de 'saudade' portuguesa 4

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