Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Los riesgos psicológicos de la meditación

Redacción TO

Foto: HUGO CORREIA
Reuters

Siempre nos habían contado, sobre todo en los últimos años, que la meditación solo tiene ventajas, que logra crear un vacío en la mente que nos produce una catarsis, una limpieza espiritual que nos libera de todas las energías negativas que absorbemos con las tensiones del día a día. Es cierto que la meditación, sobre todo en aquellos que la ejercen con cierto rigor y disciplina, alivia el estrés, combate la ansiedad, crea un efecto de depuración interior. Tanto es así que multitud de estudios, así como psicólogos y terapeutas, han recomendado su práctica abrazando su potencial curativo.

Con todo, nunca se había revelado que, detrás de este ejercicio milenario, se encuentra un ‘lado oscuro’. Detrás de esos puntos de desconexión, de ese vacío absoluto en el que se introduce nuestra mente, puede hallarse un cúmulo de emociones desagradables, pueden traer a la mente momentos terribles y recuerdos tortuosos, experiencias en absoluto deseables .

En el budismo zen existe una palabra para definir esta sensación: makyo. La palabra nace de la unión de dos términos japoneses que juntan el concepto de demonio con el concepto de mundo objetivo. Si uno padece este mal mientras medita, es mejor que se prepare para enfrentarlo. En cualquier caso, la realidad es que esta circunstancia se ha obviado en la infinidad de estudios que encumbran los beneficios de la meditación.

Los riesgos psicológicos de la meditación 1
Una familia de turistas medita en un parque natural de Bosia. | Foto: Dado Ruvic/Reuters

Así lo aseguran Jared Lindahl, profesor de Estudios sobre la Religión en la Universidad de Brown y especialista en neurociencia y budismo, y Willoughby Britton, psiquiatra y profesora de Psiquiatría en la misma universidad, en un estudio donde documentan los riesgos psicológicos que plantea la meditación.

La investigación, publicada en la página Plos One, abre un debate que parecía inexistente. “Tan sólo porque algo sea positivo y beneficioso no significa que debamos ignorar los posibles efectos negativos que pueda tener”, sostiene Lindahl.

La investigación ha detectado hasta 59 síntomas negativos distintos causados por la meditación

Para llevar a cabo este estudio, los profesores han entrevistado a 60 personas que han experimentado situaciones negativas mientras meditaban, entre los que se encuentran desde inexpertos que se estaban introduciendo en este campo hasta maestros budistas que han acumulado más de 10.000 horas de meditación a lo largo de su vida, ya pertenecieran a las tradiciones tibetana, zen o theravada.

Los investigadores se dieron cuenta de que entre los entrevistados se manifiestan hasta 59 síntomas distintos, todos causados de una manera inesperada. Decidieron clasificarlos en siete dominios para abordarlos con mayor minuciosidad, organizándolos en los siguientes campos: cognitivo, perceptivo, afectivo, somático, autoconsciente, conativo y social.

Los riesgos psicológicos de la meditación 2
Un grupo de escolares indios, en una sesión de yoga. | Foto: Amit Dave/Reuters

Respecto a las experiencias que advirtieron que se producían con mayor frecuencia se encuentran sentimientos de ansiedad, episodios de pánico, espasmos involuntarios, abstracción emocional, insomnio, hipersensibilidad a los ruidos y a la luz, distorsión del espacio-tiempo, nauseas, alucinaciones, irritabilidad y reaparición de traumas ya olvidados. De acuerdo con el documento, los niveles de intensidad con que se producían oscilaban en categorías entre leves y severos, causando en algunos casos emociones profundamente dolorosas.

Con todo, el estudio también insiste en que esta circunstancia no debe alejarnos de la meditación, sino hacernos más conscientes de sus riesgos. En este sentido, Lindahl escribe la palabra challenge (desafío) en los lugares en los que podría aparecer la palabra adverse (adverso). Lo hace de manera premeditada, puesto que estas emociones deben ser combatidas, no ignoradas. Incluso muchos de los encuestados afirmaron que, a pesar de haberse encontrado con sentimientos no positivos, no habían sido necesariamente negativos, no les han causado daños irreparables.

A fin de cuentas, el objetivo de la investigación residía en descubrir la parte no revelada de la meditación, las consecuencias potencialmente peligrosas de su ejercicio. Se trata de un estudio que abre la puerta a muchos otros, como vaticinan los propios autores, que se pregunta por el papel de la meditación como herramienta terapéutica.

Continúa leyendo: El poder del perro, que no cesa

El poder del perro, que no cesa

Melchor Miralles

Es un poder que parece si no eterno, al menos infinito. Y desespera. E Indigna. Y no es una novela, aunque la que escribió Don Winslow lo pareciera, es la puta realidad de buena parte del territorio de Méjico. En las afueras de Tijuana han encontrado, por una confesión de unos detenidos, una fosa clandestina con cerca de 700 cadáveres. En esa zona operaba hace años Santiago Meza, “El pozolero”, acreditado y siniestro especialista en deshacer en ácido cadáveres por encargo de cualquiera, aunque su principal clientela eran los cárteles. Su apodo venía de cuando disolvía los cuerpos en ácido, creándose una sustancia espumosa y blanca semejante al pozole que cocinan con maíz.

Las cifras de la delincuencia organizada en Méjico son un escalofrío que no deja de impactarme por más que la rutina diaria para muchos lo haga normal. Cuando lo has vivido, cuando has sentido cerca el horror y el peligro de que te trinquen los cárteles, te niegas a aceptar que esto sea normal. El número de muertos cada año es insoportable, pero las cifras oficiales hablan además de más de 30.000 desaparecidos.

Es el poder del perro que no termina nunca, porque las raíces del problema están tan hundidas en el corazón del sistema, en la espina dorsal del Estado, tienen tanta capacidad de influencia en las instituciones, que resulta difícil pensar que vaya a tener solución algún día. Están acostumbrados a la muerte, la vida no vale nada, más de la mitad de la población nace condenada a morir la vida. Parece increíble que los seres humanos seamos capaces de admitir tanto horror. A muchos les pilla lejos y se la bufa. A las víctimas les destroza, pero no disponen de medios para acabar con el mal, y quienes pueden, no quieren, porque son ellos, el mal, el poder del perro que no cesa.

Continúa leyendo: Fenomenología de Levy

Fenomenología de Levy

Jesús Nieto Jurado

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Andrea Levy mira a cámara. Se muerde los labios. Es nerviosa y le dirán que inexperta en esas lides del “hijoputismo” parlamentario. No se le pone el gesto caballuno de la Lola Cospedal cuando la llaman a comentar o desfacer el último entuerto de la CUP, no, sino una media sonrisa entre sefardita y catalana. Es resultona. Ha pasado del ensayo a la novela y habla sus verdades como si comiera chicle. Afuera todo un mundo se nos cae, pero ella lee lo que le recomiendan @lavozdelarra y Karina Sáinz. Levy le da Mediterráneo a la cosa pepera, y juventud al tuiter, y belleza a un oficio de notarios ociosos. Le brillan algunas pecas, cerca del óvalo facial, pecas que aparecen o desaparecen según sonría o le conteste a Ferreras o a su segunda del flequillo. Se muerde el labio cuando piensa España y piensa Cataluña, porque Levy, guapa nerviosa, es un poco la musa de la Constitución del 78 en la sardana que nos lleva al 1-0. De ideologías anda más bien pez, pero ella, tan moderna, es hija de esa disyuntiva catalana que va entre la Constitución o el caos. Dice el Gobierno que lo del 155 es improbable, que lo disfrazarán de noviembre (su Lorca) u octubre por no levantar sospechas. Entretanto, la Guardia Civil va a El Prat con caballerosidad y con la verdad última de lo único que funciona en España. Levy, musa de estos tiempos, lee algo de Murakami y le mete el rollo guay a un PP en Cataluña que ha oscilado entre Piqué y ese Loquillo/García Albiol que no sabemos por dónde puede salir. Pero Levy se muerde los labios, mueve nerviosa las manos por los librobares de Malasaña: y se piensa en Cataluña. Y sabemos que en Cataluña el PP son los padres. Y Levy puede molar. Ay.

Continúa leyendo: Justicia para los topónimos

Justicia para los topónimos

Víctor de la Serna

Foto: ELOY ALONSO
Reuters

Habrá que hacer algo contra la desigualdad en la vocal final. Asturias debe preocuparse por ello. En cualquier cartel indicador de las carreteras del Oriente podemos ver que los pueblos durante tiempo sojuzgados por la dictadura de la forastera y castellana ‘o’ final ya han sido liberados: Niembro y Barro ya son, orgullosamente, Niembru y Barru. Su asturianidad es incuestionable.

El problema es para las localidades con nombre terminado en ‘a’, cuya nacionalidad podría ser palentina. O montañesa. Así, en un mismo cruce podemos ver cuatro nombres: los susodichos Niembru y Barru, y también Posada y Bricia.

¡Cuánta injusticia! ¡Unos tanto y otras tan poco! Si tiene incluso un tufillo machista. Claro, me dirán, es que en bable (o asturianu, como prefieran llamarlo, que uno es poco ducho porque sus ancestros son de Cabuérniga, que es otro país) la terminación femenina es en a, como en español o en italiano, y nada tiene de particular.

Todo eso es cierto, sin duda, pero el agravio comparativo no nos parece resuelto. Habrá que consultar a los expertos académicos, a quienes saben de verdad. ¿No habría una forma de satisfacer las ansias autóctonas de los honrados vecinos de las poblaciones con ‘a’ final, de deshacer ambigüedades? Quizá una solución venga del plural. Sí, se podrían pluralizar esos nombres, y aprovechar así que el plural del femenino en tierra asturiana es -como saben todos los aficionados a las fabes-, en ‘es’. ¿Posades, Bricies, podrían quedar bien, y bien reivindicadas?

Perdonen la inanidad de estas líneas. Es que en el Norte está lloviendo mucho este verano, y se le empapa a uno el magín…

Continúa leyendo: Y pasó en Barcelona

Y pasó en Barcelona

Andrea Mármol

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Ha pasado. Ha sido Barcelona. Antes fueron París, Londres, Bruselas o Niza. También Nueva York. Y Jerusalén. Una suerte de hermanas mayores para los barceloneses, cuyas semblanzas con nuestra morada nos habían activado falsos anticuerpos frente a la más inexplicable sangre abrupta, la estampida inmediata o el socorro improvisado. Las imágenes de las antes golpeadas urbes, las haya o no pisado, obligan a uno a repetirse para sí que el terror es algo con lo que hay que acostumbrarse a vivir. Arrastrados todos a asumir que al odio menos sofisticado le basta nuestra mera existencia para convertir a los nuestros en víctimas.

Con la ola de atentados terroristas recorriendo aeropuertos, avenidas y salas de concierto, he especulado en infinidad de ocasiones -durante un paseo por el barrio Gótico, tomando un café en la Plaza Real, dejándome la voz en Sala B o caminando rumbo el Camp Nou- con las posibilidades de ser víctima del próximo ataque. Mortal o no, poco importa, porque la imaginación es caprichosa, rápida y no escatima en torturas. Uno intuye de manera difusa el momento del estallido, el tiroteo, -ahora cabe añadir una furgoneta- pero la angustia, incluso la angustia imaginada que busca amortiguar la real, siempre es nítida: uno imagina a su madre esperando una llamada o una última conexión, a sus amigos que se quedaron en el bar tratando de huir o a ese abuelo lento, afectado por el ataque, quedando atrás de la muchedumbre.

No andaba demasiado alejada del lugar de los hechos, pero el jueves, como tantos otros, hube de hacer llamadas. Alguna para tranquilizar de inmediato, otras para recibir esa misma anestesia. Lejos de lo especulado, unas llamadas tan esperadas por quien las ha de recibir entrañaban una sobriedad algo anómala. Mientras intentaba abrirme paso por Vía Laietana, sin saber todavía dónde ni cuándo habían perpetrado el atentado, cientos de personas a las que nos había sorprendido cerca -pero mucho más lejos que cerca- no compartíamos ya solo una calle: de pronto todos los desconocidos allí presentes éramos parte de un trazado espontáneo que llegaba hasta los familiares y amigos de cada uno, todos cómplices y, por esta sola vez, del mismo bando.

El gélido dato confirma lo inusitado de esa situación en el corazón de Barcelona. De los trece muertos ahora confirmados, dos son españoles -ambos granadinos-, un ejemplo que da cuenta de una de las muchas disparidades que se respiran a diario entre viandantes en la ciudad. Es así, claro, en todas las ciudades que han sido sacudidas para siempre por los bárbaros, cuya elección no es azarosa, y así con su golpe a Barcelona hacen añicos el espejismo de eternidad de cualquiera que pudiera dejarse envolver en esta urbe de “gentes de cien mil raleas”, que cantaba Serrat. ¿No es, acaso, el de barcelonés, uno de esos gentilicios nada estridentes?

Tampoco es casualidad lo que ha venido después. La respetada solemnidad en la conmemoración en una Plaza Cataluña que cerró el grito unánime y espontáneo ‘no tenim por’, así como los ayuntamientos de toda España unidos en respuesta a la barbarie han sido sólo la culminación de mensajes de apoyo que llegaban desde cualquier rincón del mundo. Todos encontraban sus más sinceras palabras para la ciudad y para el horror y la angustia que les produjo imaginarla con la sangrienta mácula del terror. Podría decirse que a Barcelona, en pocas horas, le fue devuelto en justa correspondencia todo el calor con que supo arropar en su día a cuantos pudieron siquiera asomarse por aquí por primera vez.

Como todos, yo me asomé un día también a la ciudad. Recuerdo el primer día que paseé de noche por el Gótico, las primeras escaleras mecánicas en el metro de Las Glorias. Cómo me enamoró el retrato que de ella hacía Zafón en los libros primeros, luego sustituidos por las narraciones de Martínez de Pisón en la estantería. Mis primeras veces de casi todo fueron en Barcelona, pero esta ciudad permite esas primeras veces para casi cualquiera: lo fue para que Picasso pintara a sus señoritas de Aviñón, para que Lorca se emocionara con el extrañísimo topónimo ‘Urquinaona’ o para que, mucho antes, en la obra magna en lengua castellana, alguien la introdujera tal que así: “Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto”.

TOP