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Los Simpson, 30 años de la serie que cambió nuestras vidas

Jorge Raya Pons

Foto: Fox

Ha contado Matt Groening en varias ocasiones que creó a la familia Simpson a imagen y semejanza de la suya propia, tan disfuncional y conflictiva. De hecho, llegó a reconocer que los nombres de sus padres y sus hermanas son idénticos y que solo el suyo, camuflado en el de Bart, permanece bajo cubierta. Los primeros cortos se emitieron en El show de Tracey Ullman y llegaron a mantenerse en pantalla durante tres temporadas. Era finales de los 80 y la audiencia no estaba acostumbrada a los dibujos animados para adultos, con esas expresiones tan raras y esas referencias enrevesadas. Pero el producto era tan poderoso y la respuesta del público tan entusiasta que decidieron convertir esos cortometrajes en algo más grande. Fue la cadena Fox la que puso en marcha los primeros episodios de la que se convertiría en la serie más seguida de la Historia.

No se puede explicar el carisma de Homer en unas pocas palabras. Pero ese hombre grande, calvo y con mirada inexpresiva es uno de los grandes personajes del siglo XX. Representa todo lo que odiaríamos ser, salvo por un atributo: es irremediablemente feliz. En su ignorancia, en su ingenuidad, en su alcoholismo: Homer es feliz.

Los Simpson, 30 años de la serie que cambió nuestras vidas
Homer, el pregonero. | Fuente: Fox

Y así como Los Simpson lanza el mensaje desesperanzado de que la felicidad solo es alcanzable para los idiotas, describe una sociedad machista y estancada. En esa representación satírica de nuestro mundo, la esposa de Homer, Marge Bouvier, es el prototipo de mujer que ha renunciado a todas las oportunidades que se le presentaron, a cada una de sus ilusiones, a cambio de la felicidad de su familia. Se ha adaptado a una vida que no es la suya, que no es la imaginada, y ahora sigue adelante con paso firme hacia ninguna parte.

Cada miembro en esta familia y en el pueblo de Springfield, que es el mundo entero, encarna la imagen de alguien a quien nosotros podemos poner cara y cuerpo. Porque nos recuerda a nuestro vecino, a nuestro compañero de trabajo, al tipo que nos cruzamos en el metro. Sucede con el hombre de la gorra al final de la barra, que nunca pronunció palabra, solo berridos. Con Moe Szyslak, que traicionó a su amigo encarcelado, pero conoció Hawaii. Con Lenny, nuestro Lenny, que no vio venir el puñetazo directo a la nuca. Con Krusty el Payaso, el alcohólico deprimido que finge ser quien nunca será. Con Graimito, que murió con sus lápices mordisqueados y en el olvido. Con Frank Scorpio, el terrorista sin pretensiones. Con Encías Sangrantes, el saxofonista al que solo admiró Lisa. Hay toda una constelación de personajes grandes como montañas que son parte de nuestra memoria.

Los Simpson, 30 años de la serie que cambió nuestras vidas 1
Nada como un flameado de Moe. | Fuente: Fox

Springfield es una ciudad líquida sin orden ni mapa que a veces es grande como el D.F. y de pronto se vuelve pequeña como una aldea. Y aunque las últimas temporadas hayan renunciado a la esencia con la que arrancaron ­–ahora los episodios son tontos, reiterativos, poco ingeniosos y, lo más grave, nada divertidos–, siempre recordaremos los momentos en que nos hicieron felices. Repetiremos las canciones, recordaremos los chistes, buscaremos analogías entre las escenas y nuestras vidas y, a fin de cuentas, mediremos el paso del tiempo a partir de sus episodios.

¿Qué serie ha logrado esto después de 30 años?

Netflix estrena ‘Las chicas del cable’, su primera serie ‘made in Spain’

Cecilia de la Serna

Foto: Netflix

Cuando en octubre de 2015 Netflix llegó a España ya se empezaba a rumorear -y a soñar- con una producción del gigante del streaming en nuestro país. Las producciones españolas destacan por su increíble relación calidad-precio, como demuestra el interés de gigantes del audiovisual como HBO, que lleva temporadas rodando su ‘buque insignia’, Juego de Tronos, en territorio hispano. Bien, pues un año y medio después del aterrizaje de Netflix en los dispositivos españoles, la plataforma presenta su primera producción made in Spain: Las chicas del cable.

Esta serie, que ha firmado por dos temporadas de ocho episodios, llega este viernes 28 de abril de la mano de los creadores de la súper exitosa producción de Antena 3, Velvet. La historia está protagonizada por cuatro jóvenes actrices con gran proyección internacional: Maggie Civantos (en el papel de Ángeles), Ana Fernández (como Carlota), Nadia de Santiago (interpretando a Margarita) y Blanca Suárez (en el rol de Alba). Las chicas del cable se desarrolla en el Madrid de finales de los años 20, y sus protagonistas encarnan a unas chicas de toda índole y condición que comienzan a trabajar en una moderna empresa de telecomunicaciones.

La trama feminista de Las chicas del cable fue lo que más atrajo al gigante del streaming

Las chicas del cable es, a fin de cuentas, una historia de superación y búsqueda de independencia por parte de cuatro mujeres -lo que ahora llaman “empoderamiento femenino”-, y se ve envuelta en no pocos líos amorosos, incluida una relación homosexual -todo un reto para dos mujeres de aquella época-. Lo que une realmente a Ángeles, Carlota, Margarita y Alba, es -aparte de su puesto laboral como telefonistas- la amistad, y la búsqueda incansable la realización de sus sueños. Las chicas del cable es la primera historia española que podrá verse a escala global en Netflix, y su trama feminista fue lo que más atrajo al gigante del streaming.

Netflix estrena ‘Las chicas del cable’, su primera serie ‘made in Spain’ (Pipocas) 1
Las chicas del cable mostrará la España de los años 20 al mundo entero. | Foto: Netflix

Iniciativas que marcan la diferencia

La entrada de Netflix en España fue un acierto. Acabamos de conocer que la piratería descendió en 2016 en nuestro país por primera vez en diez años, según un informe del Observatorio de la Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales. Este dato revela que la irrupción de ésta y otras plataformas digitales es beneficiosa en términos de derechos de autor. Ahora, además, Netflix se convierte en un gran escaparate para el talento patrio, pudiendo elevar al cielo a intérpretes y realizadores españoles. ¿Serán las cuatro chicas del cable mundialmente conocidas como las reclusas de Litchfield? El tiempo sentenciará.

Cómo y por qué narrar tu propia historia

Clara Paolini

Foto: STEFAN WERMUTH
Reuters

Estamos biológicamente programados para aprender de los otros y sobre todo de nosotros mismos al moldear en palabras la experiencia. Lo hemos estado desde el principio de los tiempos, cuando los relatos se contaban a través de pinturas rupestres o las leyendas se narraban alrededor del fuego, y lo seguimos haciendo ahora, en un mundo donde la hipercomunicación sigue escondiendo bajo su enjambre historias que hablan de nuestra propia esencia.

Los humanos somos seres narradores y vivientes, y como tal, contar historias es para nosotros a la vez un arte y una necesidad. Lo hacemos a través de la literatura, de la publicidad, del cine, en discursos políticos y hasta en desenfadadas conversaciones de ascensor cada día, pero de entre todos los relatos imaginables hay uno de especial relevancia y utilidad: el de nuestras propias vidas.

Ya lo decía Gabriel García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”, porque las cosas que no se narran, pareciera que no existen, se olvidan o se pierden y, pasando desapercibidas, desaparecen. Todos tenemos una vida y, por poco interesante que esta pueda parecernos, cada uno de nosotros experimentamos capítulos llenos de humor, drama, emoción o ternura. En nuestra biografía no existe detalle insignificante.

Darle sentido a los fragmentos, saber cómo relatar lo que nos parece indescriptible o conseguir dar forma al relato para pasar de un simple anécdota a una verdadera historia es sin embargo otro cantar. Acoidán Méndez, guionista y fundador de El Volcán, la iniciativa que a través de su taller-espectáculo ha creado ya una “plataforma de personas que quieren contar historias”, nos da pistas para responder a las preguntas que dan título a este artículo:  ¿cómo contar nuestra propia historia?, ¿por qué es tan importante narrar nuestra propia biografía? Una entrevista que se convierte en clase magistral para todo aquel curioso por aprender más sobre el arte de “autonarrarnos”.

Buenos motivos para narrar tu historia

Aunque no lo creas, tienes algo que contar:  “Todos tenemos la capacidad de contar historias porque todos tenemos una vida única. No hace falta tener una biografía de película para contar un buen relato”, asegura Acoidán. El periodo universitario, una ruptura, la pérdida de un ser querido, recuerdos de la infancia, una mudanza, un viaje… Prácticamente todo vale y si se cuenta con sinceridad, puede provocar la catarsis. Además, al narrar parte de nuestras biografías “tomamos conciencia de nosotros mismos, algo que no solemos hacer en el día a día, donde no tenemos tiempo para pensar ni analizar nuestras decisiones. Generando el relato cada uno se descubre a sí mismo en múltiples facetas; nos conocemos mejor a través de nuestro propio personaje”.

Quitarse la máscara para volver a lo esencial: Narrar nuestra biografía nos recuerda “la necesidad de ser vulnerables, de no tener máscaras ni aparentar, de tener un espacio donde recordar nuestras historias y tomar conciencia de quiénes somos para ofrecer al mundo y a los demás algo auténtico y valioso en el sentido humano de la frase y no en términos productivos o parámetros de eficiencia”.

Acoidán explica que normalmente solemos contar historias con un fin, como por ejemplo, respondiendo las preguntas en una entrevista de trabajo, o cuando queremos convencer a alguien de algo con argumentos contundentes a base de ejemplos extraídos de la experiencia. Sin embargo, a veces resulta más útil centrarnos en los que nos ha pasado sin imposturas: “Nos hemos acostumbrado a contar historias de forma persuasiva, donde las máscaras y las apariencias ocupan una importante presencia, pero sin nos las quitamos de encima, todos son ventajas. Te sientes mejor contigo mismo y los demás lo notan, tu relato se torna más sincero y natural, y sin preocuparte por la parafernalia éste será siempre más efectivo”.

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Foto: REUTERS / Toby Melville

Si eres un perdedor, puede que seas un héroe: “En muchas ocasiones lo que nos inspira y emociona es descubrir que hay una persona de carne y hueso detrás del personaje y que al igual que nosotros, hasta los empresarios, artistas o personalidades de éxito tienen debilidades. Es en la fragilidad donde reside gran parte de su crecimiento personal y esa es la base del éxito de las charlas TED, por ejemplo. Lo que pasa es que a veces no somos conscientes de que todos podríamos hacer una charla inspiradora; todos tenemos algo que contar”.

El valor de la distancia: “Cuando intentas relatarte puedes verte a ti mismo como un personaje y si se hace bien, lejos de ser un ejercicio egocéntrico, contar una biografía resulta casi terapéutico. Curiosamente, a veces llega a surgir el humor a partir del drama”. Acoidán pone un ejemplo:  “Yo soy bastante hipocondriaco pero cuando empiezo contarlo mi reacción al verme un lunar en la piel y me escucho diciendo las bobadas que me pasan por la cabeza en ese momento, me entra la risa. En la realidad, si eres una persona con hipocondría lo pasas fatal, sufres, pero gracias al relato eres capaz de desligarte y tomar otras perspectivas”.

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Foto: REUTERS / Stefan Wermuth

Puedes aplicar lo aprendido narrando en múltiples facetas de tu vida:  “El storytelling no es una forma complicada o novedosa de narración, sino una vía de comunicación que podemos utilizar en nuestro día a día. Es válida tanto para un entorno profesional como para sentirnos más seguros a la hora de comunicar algo de vital importancia para nosotros”. Desde ofrecer un pitch a un inversor a superar el reto de compartir un episodio de tu vida en público deshaciéndote del miedo a ser juzgado, se mire por donde se mire, narrar es mejorar nuestra capacidad de comunicación y aprendizaje.

Es un reto gratificante pero también divertido. Convirtiéndonos, al menos por un momento, en los verdaderos protagonistas de nuestra historia surgen momentos que de otra forma no viviríamos. La vida se alarga al compartirla y en ocasiones, la tragedia se convierte en un relato cargado de humor.

Cómo narrar tu biografía

Empezar desde cero: “El primer paso es rescatar del olvido diferentes historias que te hayan pasado hasta que aparezca la que sintamos que merece más la pena compartir. Una vez elegida la historia, profundizamos definiendo qué queremos contar y por qué, cuál es el objetivo, qué personajes intervienen en la historia, la estructura y el tono”.

Poner una meta: “Descubrir qué es lo que se quiere provocar es parte imprescindible de la misma. Una misma historia puede pulirse y ser moldeada hasta conseguir resultados divergentes; podemos provocar con una misma anécdota desde la risa hasta el llanto dependiendo del fragmento que escojamos y haciendo hincapié en determinados elementos podemos hacerla la historia emotiva, emocionante o triste. Elegir es un ejercicio creativo con el que conseguiremos sentar las bases del resultado”.

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Foto: REUTERS / Stefano Rellandini

Estructura y conflicto: La estructura distribuye el peso del contenido en el relato creando diferentes efectos, mientras que el conflicto incide en la parte emocional. “La verdad nace del conflicto. Donde hay conflicto nos volvemos vulnerables y nos mostramos frágiles, humanos, capaces de despertar empatía porque es la parte de la verosimilitud”. Acoidán señala que esta parte revelará grandes secretos ya que “si quieres conocer a un personaje en profundidad, ponle en un apuro, en un dilema donde la decisión que tome reflejará quién es”.

Partir de la verdad: “Cuando nuestro relato se sustenta en la verosimilitud, lo que conseguimos es una acción por parte de nuestro interlocutor. No solemos recordar datos pero sí las historias que nos emocionan y que son verdad”.

Si quieres aprender más

La próxima edición de El Volcán: Historias desde el Interior empezará en Madrid el jueves 4 de mayo.

Ochenta años sin Antonio Gramsci, padre espiritual de Podemos

Jorge Raya Pons

Foto: Wikimedia

Antonio Gramsci (1891-1937) fue un hombre de convicciones férreas que antepuso sus propias ideas a la vida misma. Puede decirse de él que fue valiente, genuino, de una inteligencia inusual, y que su espíritu romántico lo llevó a despreciar a aquellos que no compartían su ímpetu. “Odio a los indiferentes”, dejó escrito en 1917, a sus 26 años. “Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes”.

Este joven comunista de aspecto frágil, de salud quebradiza, vivió demasiados años preso por sus ideas; a Mussolini no le tembló el pulso para contravenir la condición de inmunidad parlamentaria de Gramsci con el ánimo de condenarlo en 1927 a una vida sin libertad. A su vez, el fiscal general recomendó mantener su “cerebro” inoperativo durante veinte años, temeroso de que aquellas ideas que promulgaba, tan peligrosas para el fascismo, se extendieran entre el pueblo. No fue necesario tanto tiempo.

Según defienden algunos estudiosos de su biografía, como Franco Lo Piparo, la detención de Gramsci tampoco incomodó al ala prosoviética del Partido Comunista Italiano (PCI), que defendía con fervor la dictadura del proletariado y observaba con recelo el ánimo demócrata del pensador corso.

La nueva política

¿Realmente queréis comprender qué hay detrás de La Tuerka?”, dijo Pablo Iglesias en 2014, mirando fijamente a cámara. “¿Queréis entender por qué Errejón dice lo que dice? ¿Queréis entender las intenciones de Juan Carlos Monedero o de este humilde presentador? Aquí está la respuesta: Antología, de Antonio Gramsci. Con todos vosotros, una de las mejores cabezas del pensamiento radical de todos los tiempos”.

 

Sin duda ese acontecimiento breve que fue la vida de Gramsci se antoja lejano para las nuevas generaciones y parece que el estudio de su obra, comprendida en unas miles de páginas, se ha convertido en un territorio exclusivo de los académicos. Con todo, lo cierto es que explorando entre los rincones del pensamiento gramsciano se encuentran muchas claves de los tiempos modernos. Sobre todo para explicar el auge de algunos partidos en España, pero también en Europa.

“Yo creo que la importancia de Gramsci radica en que comprendió que la política no deriva mecánicamente de la economía”, dice Javier Franzé, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. “Gramsci creía que para conquistar el poder, que él lo entiende como una cosa más cultural, las clases tienen que crear una identidad que incluya a otras clases sociales”.

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El rostro de Gramsci pintado en un mural. | Foto: Thierry Ehrmann/Flickr

Franzé se refiere a que el pensador corso reinterpretó la forma en que se obtiene el poder, en que se establece una hegemonía. Para Gramsci, la economía es importante, pero no lo es todo; la conquista más importante consiste en la conquista de la cultura. En reconstruir el ideario de los ciudadanos, en crear una identidad común y reunir al pueblo en torno a unos símbolos, a unos valores comunes, a un sentimiento.

Los miembros fundacionales de Podemos son admiradores confesos de su obra y, una vez nació el partido, decidieron poner sus teorías en práctica, despertando la simpatía de los indignados del 15M. Comenzaron a aparecer en todos los medios, todo el tiempo, haciendo valer una frase que a Juan Carlos Monedero le gusta repetir: “Antes los revolucionarios iban a la sierra, ahora van a la televisión”.  Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Iñigo Errejón, los tres politólogos, habían aprendido de Gramsci que la batalla política se gana en el terreno de las ideas.

La enseñanza de la palabra patria se puede conectar con Gramsci

“En los años 70 y 80, el marxismo había caído en una suerte de mecanicismo torpe, en un pensamiento perezoso que solo servía para justificar a la URSS“, explica Monedero a The Objective, dando contexto a la importancia de Gramsci en su partido. “Todo el pensamiento crítico estaba en un callejón sin salida donde, por un lado, si asumías el marxismo, te quedabas encajonado en el pensamiento soviético, y si renunciabas al marxismo, descartabas años de reflexiones sobre el capitalismo. En cualquiera de los casos perdías. En ese contexto se produce una renovación muy importante del pensamiento marxista sobre la base de Gramsci”.

En la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, los profesores fueron siempre más de Gramsci que de Marx, explica Monedero, que se reconoce devoto del pensador italiano. Esto tiene mucho que ver con aquellos hombres que les antecedieron, como Manuel Sacristán o Paco Fernández Buey, quienes allanaron un terreno que facilitaba una visión más crítica del marxismo, más abierta a quienes como Gramsci dieron una vuelta de tuerca a unas teorías que, originalmente, nacieron en un contexto y en una época muy concreta.

Algunos neofascistas se han valido del aprendizaje de Gramsci para estudiar la construcción de símbolos nacionales

Gramsci, a fin de cuentas, creía en la unión de las clases, en la evolución hacia un estado superior, yendo más allá de la disputa entre burgueses y proletarios, restando importancia a la lucha de clases. En otras palabras, el pensador italiano cuestionó de arriba abajo los fundamentos del marxismo. Ahora, sus principios o su “metodología”, como matiza el profesor Franzé, son también utilizados por las corrientes “neofascistas”. Entre ellas destaca el Frente Nacional francés, que, a través de intelectuales como Alain de Benoist, recuperaron las reflexiones gramscianas.

Ochenta años sin Antonio Gramsci, padre espiritual de Podemos
Lápida de Antonio Gramsci. | Foto: Massimiliano Calamelli/Flickr

Cautiverio y muerte

Gramsci estudió todos los días de su vida; analizó la cultura, la religión, las costumbres, las inquietudes de los intelectuales. Durante su larga estancia en prisión, casi nueve años, lidió con la enfermedad, con la soledad, con la penumbra. Tuvo años de gran productividad intelectual y acceso a toda clase de libros. Aquella posibilidad le abrió un mundo y de aquellos años nacieron los tomos de sus Cuadernos de la cárcel, donde se condensa todo su pensamiento.

Un día como hoy, hace 80 años, murió el sardo jorobado, como lo llamaba Mussolini, en una clínica de Roma. Aquejado de varias enfermedades, todas ellas graves, no le fue concedida la libertad hasta que los síntomas fueron más que evidentes. En sus Cuadernos se mostró como un hombre de una gran capacidad analítica. “Creo que vivir quiere decir tomar partido”, escribió siendo joven, y se preocupó por mantener esta promesa hasta el final.

Contó su hermano que, momentos antes de morir, las monjas que cuidaban de Antonio Gramsci trataron de convertirlo al catolicismo. Él estaba postrado en la cama, débil y consciente de que la vida se marchaba. La única respuesta que recibieron de Gramsci fue un gesto: él volteándose, dándoles la espalda, incapaz de concederles aquella voluntad. Gramsci mantuvo hasta último término la que había sido su palabra.

ETA y nosotros

Miguel Ángel Quintana Paz

Fermín era taxista y llevaba en su flamante Simca 1000 a un cliente que acababa de recoger por Bilbao, un tanto apresurado. María Ángeles era estudiante y esperaba a sus amigas en la cafetería en que iban a comer, que aquella tarde tenían examen. Dionisio era dueño de un taller del que sacó el coche para hacer sitio al de su contable, como cada día.

Parecen tres personajes de tres historias que tienen poco que ver. Pero no fueron personajes, sino personas reales. Y sus tres historias, aunque empiezan distintas, acaban igual. Pues en las tres irrumpió, a los pocos segundos de la escena que hemos esbozado, otro personaje: ETA. Terroristas de esta banda asesinaron a Fermín, María Ángeles y Dionisio en la España de los años 70.

Mas así como es preciso contar las historias de los muertos, debemos también atrevernos a contar las de los vivos. ¿Cómo reaccionaron los españoles de los años 70 a parejos asesinatos? Uno se puede hacer una primera idea de ello leyendo el capítulo “Agosto” del libro Diarios, de Arcadi Espada. Allí este periodista repasa, lustros más tarde, las noticias que el periódico El País fue publicando a medida que ETA desengranaba muertos a fines de los 70.

El tono en que El País narra esos sucesos no puede resultarnos hoy más descorazonador. De las víctimas a menudo se insinúan presuntas “culpabilidades” sin prueba alguna y un tanto WTF (por ejemplo, que “en círculos políticos se le consideraba confidente o amigo de la Guardia Civil”). O se puntualiza que la víctima quiso escapar (dónde vamos a llegar) “por lo que fue rematado por los agresores”, a ver si no. De los victimarios a menudo se copia el lenguaje que, evidentemente, enorgullece un tanto a tales victimarios: en lugar de decir “asesinato”, se habla de “acción armada” o incluso de “intervención”, que, como punza Espada, “también lo usan los banqueros y los ministros de Hacienda y nadie los mete en la cárcel”.

Pero no solo el periodismo de la época resultaba mejorable. La reacción de la sociedad en su conjunto (exceptuadas las fuerzas de seguridad, que pagaron duro su empeño) tampoco puede etiquetarse de loable. Todas las víctimas de aquel tiempo coinciden: se sintieron solas, cuando no despreciadas, por las instituciones, por sus compañeros de trabajo, por sus vecinos. Hay fotografías que reflejan, desoladoras, aquel desamparo: el asesinado yace en el suelo mientras sus compañeros de trabajo prosiguen alrededor sus tareas de cada día, apartándose si acaso un poquito del charco de sangre en torno al muerto, que las manchas de sangre luego se quitan muy mal.

Se han propuesto varias explicaciones para esta desidia de los españoles ante la ETA de los años 70 y 80. Nuestra sociedad salía de una dictadura y por lo tanto se hallaba desarticulada, poco ducha en lo de movilizarse y participar contra el mal. O también: ETA asesinó a panaderos, albañiles, cocineros, carpinteros; cualquiera podía estar en su diana, mientras que si te quedabas calladito tampoco es que fueras a hacer ningún daño directo a nadie. O también: ETA había contado con simpatías izquierdistas y nacionalistas por su oposición a Franco; y a veces lleva tiempo modificar tus afinidades.

Sin embargo, lo importante es que todo aquello cambió. Pasó el tiempo y a principios de este siglo ETA ya concitaba rechazos viscerales en casi todas las capas de la sociedad española. Naturalmente, esto fue así porque lo único que pasó no fue el tiempo. Pasó también que muchos intelectuales y políticos se comprometieron en la lucha contra ETA de un modo tan meritorio como brillante. Me resisto a citar siquiera algunos, pues por fortuna son tantos que siempre quedarían otros relevantes por mencionar. Una de las cosas en mi vida con las que estoy más satisfecho es haber llegado a ser amigo de varios de ellos. Pero el lector seguramente sabrá a quiénes me refiero. A todos los que se jugaron la vida explicándonos a los españoles por qué el terrorismo no tenía justificación; por qué hacía falta combatirlo desde el pequeño lugar que cada cual ocupásemos; y por qué era posible vencerlo con las armas de la democracia.

Triunfaron, como digo. Los españoles llegamos a sentirnos unidos ya no solo contra ETA, sino también alrededor de aquellos valores que nos diferenciaban de ETA. La resistencia contra ETA podía haber sido violenta. Podía haber sido autoritaria. Podía haber sido la de un nacionalismo españolista antivasco. Pero fue democrática.

(Cierto es que en los 80 hubo aún ramalazos socialistas de combatir a ETA desde la ilegalidad de los GAL. Pero, por fortuna, hacia el año 2000 todo aquello se había quedado en el pasado).

Esta unidad de los españoles contra ETA solo disgustó y aún disgusta, lógicamente, a dos grupos: los que creen que no debería existir unidad alguna entre los españoles y los que creen que no hay que estar contra ETA. Aunque ninguno de esos grupos es exiguo en lugares como el País Vasco, lo cierto es que en el resto de España su repercusión fue nimia hasta hace poco. Concretamente, hasta la irrupción de Podemos como fuerza política conspicua.

Precisemos: no es que Podemos no desee que exista unidad entre un número lo más alto posible de españoles; en el manual de cualquier populista, obtener la unidad de su “pueblo” es un paso imprescindible. Ahora bien, esa unidad el populista desea que reúna dos requisitos: en primer lugar, que sea una unidad arracimada tras la bandera que él enarbola; en segundo lugar, que sea una unidad contra los enemigos que él desea, no contra cualesquier otros. Dado que la unidad de los españoles contra ETA no implica que por ello vayamos a votar a Podemos, y dado que ETA no pertenece a “la casta”, “la trama” o demás chivos expiatorios del imaginario podemita, se explica perfectamente esa tibieza, y perdonen el eufemismo, con que Podemos ha abordado siempre la cuestión etarra. Tibieza que contrasta, naturalmente, con la calurosa acogida que brinda a quienes zumban a las novias de guardias civiles acompañadas de tales guardias civiles.

Y así nos encontramos con un Podemos incómodo ante esa repugnancia hacia ETA que aún hoy nos acomuna a la inmensa mayoría de españoles. Incomodidad que trata de paliar mediante dos métodos muy simples, pero a la vez eficaces. Se llevan usando desde hace años por todos los que no quieren que el repudio del terrorismo sea uno de nuestros vínculos nacionales. El primer método consiste en diluir el término “terrorismo” en una sopa donde, prácticamente, cualquier cosa enojosa pueda ser etiquetada como tal: hablar, pues, de “terrorismo machista”, o “terrorismo ambiental”, o “terrorismo urbanístico”, o “terrorismo económico”. Cuando todo es terrorismo, entonces un terrorismo concreto, como el de ETA, no es tan grave. De hecho, de eso va el segundo método. Este estriba en resistirse a llamar terrorismo a lo que sí está claro que lo es.

Ahora bien, terrorismo no es cualquier cosa que provoque terror: si así fuera, las películas de fantasmas serían paradigmáticamente terroristas. El terrorismo tiene una definición muy precisa, que naturalmente usted nunca aprenderá en ningún documento de Podemos, y que habremos de recordar. Terrorismo es utilizar la muerte de alguien para, publicitándola, obtener beneficios políticos. Lo explicó hace años Rafael Sánchez Ferlosio de modo exquisito: si a un soldado se le muere de un rayo, pocos minutos antes de que él le dispare, el hombre al que iba a matar, para él esa casualidad meteorológica será igual de válida que si él mismo hubiera eliminado a su objetivo; pero para un terrorista ese rayo habrá desbaratado sus propósitos. El terrorista mata para poder decir que él ha matado. Y para extraer algún beneficio político del terror que ello provocará en la sociedad. Todo lo contrario de quienes cometen otro tipo de desmanes ambientales, financieros o urbanísticos: no solo evitan reivindicar su acción, sino que tratan de ocultar su participación en ella.

¿Logrará Podemos que llamemos terrorismo a cualquier cosa y que no califiquemos así a ETA, sino que volvamos a los años 70 y denominemos a sus atentados “intervenciones armadas” y a sus masacres meras “expresiones de un conflicto”? De todos nosotros hoy, en 2017, depende. De nosotros, que no somos tan valientes ni tan brillantes como los intelectuales y políticos que se jugaron el tipo contra ETA desde los años 80. Pero que tenemos una gran ventaja sobre ellos: que contamos con su precedente. Y podemos ejercer, pues, de enanos a hombros de gigantes morales.

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