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Mad Cool 2017: En memoria de Pedro Aunión

Jorge Raya Pons

Foto: HANDOUT
AFP PHOTO

Ayer mismo se juntó una cincuentena de personas, quizá menos, para recordar a Pedro Aunión, el acróbata que murió este viernes en un espectáculo entre conciertos, y lo hizo en la acera de enfrente de la puerta principal del Mad Cool, que lidiaba con una cola infinita. Allí había mucho de respetar la memoria del acróbata, pero también de reivindicar una mejora de las medidas de seguridad, de averiguar qué provocó que Aunión cayera a plomo y, sobre todo, de reclamar a los integrantes de la cola que se unieran a ellos: especialmente afilada resultó la frase “Un cuerpo en el suelo, y no le importa a nadie”. ¿A cuántos/contra cuántos iba  dirigida?

Fueron muchos los que dieron media vuelta y se marcharon a casa tras conocer lo que ocurrió. Pero fueron más los que permanecieron. El festival no dijo nada, colgaba llamadas, ignoraba a los medios. Los trabajadores estaban atónitos: la información llegaba de los testigos y no de la organización, que tampoco dio instrucciones en ningún sentido y que, presumiblemente, tampoco informó a Green Day sobre la muerte de un hombre a diez metros del escenario y media hora antes de su concierto.

Y claro, la pregunta más frecuente en cuanto corrió la noticia fue por qué no se detuvieron los espectáculos. Pasó toda la noche y toda la mañana del día siguiente hasta que los organizadores dieron una respuesta. “Si el festival no paró en el momento de los hechos fue porque, en una decisión coordinada entre los responsables de seguridad y los cuerpos de seguridad del Estado, se desaconsejó hacerlo para prevenir un movimiento incontrolado de gente”, argumentan en un comunicado. “Ante el desconocimiento de una parte importante del público se podrían producir situaciones de pánico y tensión que habrían sido contraproducentes y arriesgadas”.

Mad Cool 2017: El año en que murió Pedro Aunión 1
Un ejercicio de acrobacias realizado en la previa del concierto de Foo Fighters, un día antes de la tragedia. | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

La respuesta no hace más que plantear nuevas preguntas: ¿no había protocolos de seguridad preparados? ¿Qué podría ocurrir en caso de tragedia multitudinaria: y si un incendio, y si un atentado? ¿Fue un error del artista o fue un error técnico? ¿Cuánto queda por conocer, qué detalles ignoramos?

El diario El Mundo ha conseguido hablar con una persona próxima a Aunión que prefiere mantener el anonimato y sus declaraciones sobre la organización del Mad Cool son reveladoras. “Todo era un caos”, dice. “El miércoles no se pudo hacer el ensayo general debido a las fuertes lluvias, y eso es fundamental para poder probar la técnica del número. En varias ocasiones pusieron en riesgo la seguridad de las personas“.

Lo cierto es que no han sido los únicos empleados en denunciar las supuestamente pobrísimas condiciones dispuestas por el festival: hay incluso protestas de enfermeros a los que se les exigió aportar su propio material -¿qué tipo de material?- y trabajar durante jornadas muy largas.

Esta madrugada ha cerrado la segunda edición del festival y se desconoce si lo hace por un año o para siempre: las implicaciones derivadas del suceso están por llegar y el caso Madrid Arena continúa reciente. Con todo, el Mad Cool tuvo un gesto con los seres queridos de Aunión y, justo antes del concierto de Kings of Leon, la cita más ambiciosa de la noche, sonó Purple rain, de Prince. En las pantallas se iluminó un mensaje de consuelo: “En memoria de nuestro compañero Pedro, te recordaremos siempre”. El gesto generó división entre los espectadores; muchos de ellos lo encontraron siniestro. A fin de cuentas, se trata de la canción que sonaba cuando Aunión sufrió el accidente.

Estaba previsto que la crónica final del festival fuera sobre música, pero la realidad se acaba imponiendo. No parece descabellado pensar que el nombre del Mad Cool quede ligado para siempre a la tragedia del acróbata Pedro Aunión.

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Mad Cool 2017: El monopolio de los Foo Fighters

Jorge Raya Pons

Foto: Cecilia de la Serna
The Objective

La lluvia había tomado el día y el diluvio era tremendo cuando el Mad Cool se puso en marcha. El mes de julio no eligió otro día para sus tormentas esporádicas y los asistentes desfilaban con sus pelos mojados, secando sus calcetines en los baños, equipados con sus chubasqueros de bazar chino. Pero de pronto salió el sol por la tarde, justo antes de anochecer, y las nubes negras fueron disipándose. Parecía increíble: el cielo despejado, luna llena, todo tranquilo.

La noche no dio planes más allá de los Foo Fighters. La banda se presentó ante un público rendido –coreaba las pruebas de sonido– y superior en número a los asistentes de Foals, que se entregaban a unos pocos metros sin grandes resultados, incluso una hora antes de que los cabezas de cartel pisaran el escenario.

La noria del Mad Cool, cerrada por la lluvia. | Foto: The Objective
La noria del Mad Cool, cerrada por la lluvia. | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

Cuando Dave Grohl, vocalista de los Foo Fighters, tomó el micrófono, el terreno inmenso de la Caja Mágica se vino abajo. Grohl, vestido con su habitual camiseta negra, el colgante en el cuello, las guitarras de un azul eléctrico, sabe qué decir cuando le observan 40.000 personas. “Estábamos en el hotel y comenzamos a escuchar ‘Psssrrrttt…”, dice Grohl, reproduciendo sonidos de lluvia y tormenta. “Nos preguntábamos qué podía pasar. Pero mirad, giraos, qué noche. ¿Habéis visto la luna?”.

La luna está llena y el cielo da una tregua. Los Foo han comenzado con Everlong, una canción que nació para marcar vidas, y no han bajado el ritmo en 150 minutos de directo; esta banda de pop encubierto en guitarras poderosas y una batería durísima se ha convertido en uno de los grandes grupos de rock internacional y se ha ocupado de recordarlo en esta noche de verano. Cada canción ha estado acompañada de solos inesperados, de improvisaciones impostadas, de palabras que embelesan. Foo Fighters no pierde en ningún momento el control.

Mientras tanto, había más vida en otros rincones del recinto, solo que era una vida silenciosa. Había vida en los escenarios pequeños, que sirven de refugio en las horas altas; en las zonas gastronómicas, con unos precios altísimos; en las barras periféricas, con cada cerveza a 40 minutos de espera. Y este ritmo continúa el viernes y el sábado con conciertos de los Kings of Leon, de Green Day, de Cage the Elephant, de Foster the People… Todos ellos actuarán con la ambición del espectáculo y manteniendo presente la cumbre coronada.

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Concierto de los Foo Fighters en el Mad Cool 2017. | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

Dave Grohl no se cansó de dar las gracias, como rindiendo cuentas pendientes, y lanzó la promesa imborrable de regresar algún día: “No tardaremos en volver otros cinco años, esto ha sido demasiado bonito”. Luego, mascando su chicle, manteniendo la voz que arriesga en cada noche, creó un silencio efímero y miró al horizonte: “La próxima vez será por más tiempo, la próxima vez será más ruidosa”. Entonces se marcharon con cierta premura, sin simulacro de bises y directos a Lisboa, donde actúan esta noche de viernes.

En Madrid, mientras tanto, se prevén más lluvias torrenciales y entretenimientos de toda clase; si bien la noria sigue a prueba, la lluvia no garantiza la seguridad completa, hay un concierto que volverá a concentrar las miradas: Green Day actúa en unas horas (23:25h), y ya se sabe que el artefacto de la nostalgia funciona con la eficacia de las bombas de relojería.

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La crisis ambiental de la que nunca has oído hablar

Lidia Ramírez

Foto: BOGDAN CRISTEL
Reuters

El drenaje ácido de minas es una crisis mundial poco conocida. La ONU lo ha calificado como el segundo mayor problema que enfrenta el mundo después del calentamiento global. En Estados Unidos, se estima que 22.000 kilómetros de ríos y miles de embalses de agua dulce se ven afectados por esta formación de aguas ácidas, ricas en sulfatos y metales pesados por el drenaje ácido de la mina. Los ríos y lagos en Arizona, Patagonia, Papúa Nueva Guinea, Guangdong en China y el Río Tinto y Odiel en España, por nombrar sólo algunos, han sido contaminados por el drenaje ácido de la minas. En Sudáfrica, el problema es crónico.

Los drenajes ácidos de antiguos minados de carbón y minería metálica son una de las principales fuentes de contaminación de las aguas superficiales y subterráneas en el mundo. Debido a que este problema puede persistir durante décadas e incluso cientos de años una vez finalizado el ciclo productivo, con las consecuencias en los humanos que esto conlleva, sobre todo, en los países en desarrollo, existe la necesidad de prevenir su formación y aplicar el tratamiento más adecuado cuando se ha formado, según el Instituto Geológico y Minero de España.

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Imagen del cauace del río Tinto, Sierra< de Padre Caro, Nerva, Huelva. | Foto: Wikipedia

Una crisis mundial

El primer ministro de Rumania, Mihai Tudose, planteó recientemente la posibilidad de reabrir el enorme campo de oro Rosia Montana (Montaña Roja).  La zona había sido explotada desde la época romana hasta la última operación estatal cerrada en 2006. La solicitud del gobierno anterior para hacer de la zona Patrimonio Mundial de la Unesco ha sido retirada allanando el camino para nuevos desarrollos.

Rosia Montana se encuentra en las montañas de los Cárpatos y, con 314 toneladas de oro, alberga el mayor depósito de este metal de Europa; incluso una solicitud del gobierno anterior de hacer de la zona patrimonio mundial de la Unesco ha sido retirada allanando el camino para nuevos desarrollos. De esta forma, una explotación minera de este tipo supone millones de puestos de trabajos. Pero, ¿vale la pena realmente?

Llegados a este punto no podemos olvidar el pasado tóxico de Rosia Montana. En la década de 1970, una mina de cobre en la zona necesitaba un lugar para almacenar sus residuos contaminados con cianuro y el pueblo vecino de Geamana fue evacuado e inundado. Desde entonces permanece sumergido en aguas tóxicas siendo uno de los mayores desastres ecológicos de Rumania, superado sólo en 2000, cuando una mina de oro en Baia Mare, en el norte del país, derramó unas 100 toneladas de cianuro en un río. Este último incidente fue descrito como el peor desastre medioambiental de Europa desde Chernóbil.

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La antigua iglesia de la aldea de Geamana se ve parcialmente sumergida por aguas contaminadas con cianuro y otros productos químicos cerca de Rosia Montana. | Foto: Bogdan Cristel/Reuters

Por su parte, la industria de explotación minera es una de las actividades económicas más importantes de Perú. Las minas existentes en el norte, en el centro y en el sur del país han creado un gran problema ambiental. Por ejemplo, las actividades de extracción en minas de cobre en Cuajone y Toquepala exponen grandes cantidades de contaminantes que producen el drenaje de ácido de mina cuando se ponen en contacto con agua y oxígeno. Los residuos mineros de la extracción de cobre y de las operaciones de las refinerías contaminan el río Locumba. Otro problema sabido es la contaminación del lago Junín y el río de Mantaro, que indirectamente, reciben efluentes de la mina de Colquijirca.  Estas extracciones han causado un enorme daño a la biodiversidad de la región y puso en peligro los medios de subsistencia de 70.000 indígenas Awajúns y Wampís.

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Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro, Perú | Foto: Rodrigo Abd/AP

Por su parte, las multinacionales prometen un desarrollo sostenible, sin embargo, la realidad es otra y la limpieza en la mayoría de estas corrientes de agua llevará décadas y costará millones de euros. Así, sin una cuidadosa y comprometida previsión de las empresas y gobiernos de diferentes países lidiaremos con la contaminación crónica de nuestros ríos, arroyos, lagos y suelos durante siglos.

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Pablo Navascués: "El boxeo me ha hecho mejor persona"

Jorge Raya Pons

Foto: Lidia Ramirez
The Objective

En un pasillo entre dos calles altas de las Ventas, cruzando el puente de la M-30 y a cinco minutos a pie de la plaza de toros madrileña, el campeón Pablo Navascués entra en su gimnasio: El Origen-Thai Martin. Viene sonriendo y saluda con un abrazo. El campeón Pablo Navascués tiene 41 años, alguna cicatriz en el rostro, y peleó su último combate el pasado 14 de mayo en el Palacio de Vistalegre. En una entrevista previa a su retirada, dijo que no sabía qué sería de él después del combate: no conocía la vida después del boxeo. Lo comparó con el día que murió su padre. Han pasado casi cinco meses desde la pelea y Navascués sigue en pie y no en la lona, aunque nunca lo tuvo fácil.

“El boxeo es mi vida”, dice Navascués, apoyado en una orilla del ring. “Hay gente a la que le gusta la montaña, y vive como un ermitaño. Hay gente a la que le gusta la nieve, y vive rodeada de ella. Esta es mi forma de vida. A mí me gusta el boxeo”. Navascués tiene un trato muy cercano y una capacidad que sorprende para comunicar modulando la voz, haciendo pausas, expresando con sus ojos y con sus manos. El boxeador de peso medio ha sido dos veces campeón de España, campeón del título Latino del Consejo Mundial de Boxeo y campeón Intercontinental de Peso Súper Welter. Alrededor se escuchan los pitidos y los golpes y los muchachos entrenando con pesas y martillos. “Creo que el boxeo es una forma de vida porque te hace sufrir”, continúa. “Te hace sufrir de tal manera que si eres capaz de entrenar y guantear y aguantar los golpes, aprendes a encajar cuando la vida te da un golpe”.

Llevaba seis años sin pelear, desde que cayó contra Grzegorz Proksa –al que pocos meses después castigó Golovkin en Italia– en abril de 2011, cuando disputó su último combate. Escogió a José Luis López Clavero, entonces candidato al título nacional y ahora campeón del mismo, y se preparó a conciencia. “Casi la palmo en mi despedida”, dice, como contando una anécdota cualquiera. “Bajé 23 kilos para esa pelea. Tenía anemia y seguía entrenando. Yo no lo sabía. Lo di todo en el ring, no me acuerdo de nada y llegué al hospital con principio de parada cardiaca. Estuve a punto de morir. Tuvieron que inyectarme hierro en sangre. Yo pensé que si tenía que morir, qué mejor sitio que en un ring. Como el torero que muere en la plaza. Haciendo lo que más quiero. Los toreros más recordados son los que han muerto en la plaza”.

Navascués, que durante tres años estuvo entre los diez mejores púgiles del mundo, cayó esa noche en el tercer asalto: buscó un combate agresivo, persiguiendo a su contrincante –como siempre–, aun sabiendo que él estaba más lento y Clavero muy ágil, certero. “Le deseo lo mejor”, dice. “Me ganó. Me ganó y punto. No hay que poner excusas. Fue mejor que yo aquella noche”. Navascués habla con franqueza y sin prejuicios de la derrota. Él que la ha visto de cerca y que nunca lo tuvo fácil. A Navascués lo apodaron Huracán por el púgil norteamericano Rubin ‘Huracán’ Carter, quien pasó 19 años en prisión por un triple asesinato que no cometió.

La vida de Navascués está llena de golpes bajos y el primero lo encajó tras la Nochevieja de 2001, después de una fiesta junto a su mujer en la discoteca Kapital. Tenía 25 años y una trayectoria profesional envidiable: había vencido 10 de sus 11 combates y todos salvo uno terminaron por nocaut. En el mismo día y en el mismo lugar, apuñalaron a un hombre en el estómago. Navascués fue detenido y encarcelado unos días después de manera preventiva como supuesto autor del crimen. Su abogado le dijo que pasaría en Soto del Real una temporada larga: las acusaciones eran muy graves. El boxeador no se resignó y siguió entrenando con dureza en la prisión y utilizaba el relleno de su almohada a modo de guantes. Fueron dos meses muy largos, pero finalmente la justicia le absolvió de un delito de homicidio por tentativa. Navascués no volvió a combatir hasta dos años más tarde, rebelado contra el mundo.

–¿Alguna vez has pensado en tirar la toalla? –le pregunto.

–Muchas –dice, y se toma unos segundos–. Muchas. Pero cuando lo superas es cuando te sientes más fuerte. Solo que hay veces que el tiempo dura demasiado. Ahora debo decirte que estoy separándome de mi mujer, que es el amor de mi vida. Es horroroso. Muchas veces agónico. Nunca llega. Y luego, de repente, se pasa. Como una tormenta. Hay que aguantar todo lo que se pueda.

La carrera deportiva de Navascués es una sucesión de infortunios, y él mantiene la entereza. Quizá no tuvo otra opción: creció en una familia tradicional de seis hermanos, todos ellos mucho mayores que él. El más mayor, de 60. Más allá de ser el protegido, era el olvidado. “Me he criado solo”, dice. “Mi padre nunca estaba en casa porque trabajaba mucho. Me crie en una época que no era la mía, rodeado de circunstancias y visiones que no eran las mías. No tenía hermanos mayores, y eso que eran cinco. Nadie me defendía en el colegio. Nadie se preocupaba por mí. Era como un hijo único”.

Así comenzó en el boxeo y en otros deportes de combate: por pura defensa personal. “Yo tenía una bestia negra de pequeño”, dice. “Era mi hermano mayor”. Navascués mira siempre a los ojos, no aparta la mirada. “Mi hermano mayor hacía deporte, era muy grande, muy fuerte, hacía pesas. Quería educarme como le educó mi padre, prácticamente a hostias. Hubo un momento con 14 años, en una época en la que era un poco rebelde, en que me harté de sus abusos. Aunque lo hiciera por mi bien, me estaba educando de la manera equivocada. Así comencé a hacer full contact, artes marciales, kick boxing… Con 16 años comencé a destacar. Lo hacía para aplacar a mi hermano, para que me respetara”.

Cuenta que con 17 años fue campeón de España de full contact, que con 19 años viajó a  Italia y Holanda para competir en kick boxing, que fue después que comenzó con el boxeo. También asegura que no guarda recuerdos concretos de sus primeras peleas: “Mis primeros 17 combates duraron poco, apenas dos asaltos. Les ganaba por K.O.”. Esa pasión por el deporte ha conseguido transmitirla a sus tres hijos; el mayor juega en la cantera del Real Madrid de fútbol, el mediano compite en gimnasia deportiva y el pequeño ha comenzado con la natación. “Y son buenos estudiantes”, añade, con orgullo.

Y aunque han visto sus combates por YouTube, eran demasiado pequeños para seguirle el día a día de su carrera. Entonces no lo sabían, pero su padre pudo ser campeón del mundo. “Sylvester se escapó por el doping”, recuerda Navascués, que aprieta los dientes. Justo cuando iba a pelear por el campeonato mundial de la Federación Internacional de Boxeo, dio positivo en dopaje. Un accidente de moto le obligó a tomar mucha medicación durante su preparación para el combate, y eran dosis tan abusivas que terminaron afectándole a los riñones. Tomó una medicación que protegía el órgano: una sustancia prohibida por la Federación alemana y austriaca, aunque no por la española. “Sylvester se libró aquel día”, dice. “Ese habría dejado de ser campeón del mundo. Seguro. Yo habría quedado campeón del mundo, y por nocaut. Seguro”.

A Navascués se le escaparon otras dos peleas que habrían sido antológicas: contra el argentino Sergio ‘Maravilla’ Martínez y contra el mexicano Julio César Chávez Jr., en Sinaloa, por la defensa del mundial latino interino. La primera se escapó por una lesión de clavícula; la segunda, tras romperse la base del metacarpiano y el trapecio. Ocurrió durante el combate que le concedía el billete a Sinaloa. Cuenta que se partió la mano en el segundo asalto. “Seguí luchando hasta el final”, dice. “Gané el combate con una sola mano. Con la otra hacía como que iba a pegar”. Pero tuvo que operarse a menos de un mes para la pelea con Chávez Jr., y la posibilidad desapareció. Navascués estuvo tan cerca: “Fue un putadón…, acaricié el cielo”.

Hace unos años, Navascués hizo una ponencia con chicos discapacitados en Murcia. Él disfruta contando la historia. “Recuerdo que era sábado, un puente. Tenía que hablar delante de 40 chavales en silla de ruedas sobre esfuerzo y superación”, dice, y levanta las cejas. “Les pregunté: ‘¿Alguien de vosotros puede explicarme qué coño hago yo aquí, dándoos a vosotros una charla de cómo esforzaros y motivaros?’. La primera pregunta la hice yo y los chavales se rieron. Eran muy majetes. Al final me hicieron más preguntas. Uno me preguntó: ‘Oye, Pablo, ¿tú nunca has tenido miedo a pelear?’. Yo le dije: ‘Claro. He tenido miedo a muchas cosas. A competir. A enamorarme. A montar en moto a alta velocidad. A tirarme en paracaídas’. Entonces él me hizo otra pregunta: ‘¿Y qué haces?’. ‘¿Que qué hago?’, le respondí. ‘Lo hago con miedo’. Si quieres hacer algo y tienes miedo, hazlo. Con miedo, pero hazlo. Todas las cosas que hacemos en la vida y valen la pena las hacemos con miedo. Todas”.

–¿Has tenido que renunciar a muchas cosas por el boxeo? –le pregunto.

–Todo a lo que he renunciado ha sido para bien –dice, marcando una pausa–. El boxeo me ha hecho renunciar a la mala vida y a los malos hábitos. El boxeo me ha hecho mejor persona. Me ha enseñado que en la vida nada se consigue gratis, que todo el esfuerzo tiene su recompensa. Más tarde o más temprano. Aunque se sufra demasiado para llegar. En el boxeo, como en la vida, si no vales pero le pones constancia y disciplina y esfuerzo, al final queda algo. El boxeo te hace grande.

Han pasado casi cinco meses desde su despedida con Clavero, y ahora su vida es este gimnasio. Este lugar es su herencia. “Me siento orgulloso de que la gente que viene a este gimnasio lo hace para entrenar”, dice, abriendo las manos. “A mí que una persona llegue tarde no me gusta. A mí que una persona haga el vago no me gusta. Aquí al que no le gusta entrenar se va rápido. Yo le abro la puerta y se va. La gente que viene aquí quiero que aprenda, y que sufra“. Luego continúa: “El boxeo es un deporte que te hace estar pensando mientras vas a muchas pulsaciones. Imagina tener que correr a 20 por hora y luego te dicen que tienes que escribir esto. Pues aquí encima te llevas una hostia”.

Navascués dice que si pudiera echar el tiempo atrás, volver a cuando tenía 18 años, se iría a Las Vegas a construirse un nombre. “Iría al gimnasio que pudiera con dos duros”, dice. “A pelearse con quien fuera. Los chavales de ahora no tienen los cojones suficientes para irse. Yo robaría para conseguir el billete y hacerlo”.

Han pasado casi cinco meses desde su despedida con Clavero, pero me resisto a pensar que no sueñe con un retorno.

–Si tuvieras que enfrentarte a alguien, ¿a quién escogerías?

–Ahora mismo no puedo ni pensarlo –dice, y suelta una carcajada–. Ya me molesta hasta cuando camino por casa y me doy con el pico de la cama. Ahora, con [casi] 42 años y con más de 150 peleas, no me pegaría ni con mi sombra.

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Pablo Navascués, a la izquierda, durante la entrevista. | Foto: Lidia Ramírez/The Objective

Continúa leyendo: Por qué el #TakeAKnee de los deportistas de EEUU es en realidad una protesta contra el racismo

Por qué el #TakeAKnee de los deportistas de EEUU es en realidad una protesta contra el racismo

Redacción TO

Foto: Brian Spurlock
Reuters

Arrodillados, para luchar por los derechos de todos los ciudadanos americanos. Así están comenzando cada partido muchos jugadores de la liga norteamericana de fútbol, la NFL. Se trata de una protesta contra las palabras y las políticas de Donald Trump, pero no solo eso. Va mucho más allá. Es una reivindicación de un Estados Unidos sin violencia policial racial, sin segregación racial, sin discriminación, sin racismo.

El gesto no es de ahora. Comenzó en 2016 cuando el jugador de San Francisco Colin Kaepernick se arrodilló en un partido por la brutalidad de la policía contra ciudadanos negros desarmados —que desembocó en el movimiento #BlackLivesMatter—. Hasta este fin de semana, el movimiento contaba con apenas una decena de adeptos.

Han sido las declaraciones de Trump las que han agitado de nuevo el #TakeAKnee, después de que señalara que los partidos eran aburridos, que los jugadores se estaban reblandeciendo por prohibir los golpes fuertes y que los propietarios de los equipos deberían echar al “hijo de… que no respeta la bandera”, en referencia a Kaepernick que —recordemos— se arrodillaba durante el himno para protestar contra la violencia policial. Ahí se desencadenó todo.

Trump ha pedido el boicot y el despido de los jugadores que se arrodillen. Ellos, cada vez más, se arrodillan para pedir los mismos derechos para todos los ciudadanos de Estados Unidos. La mayoría de los jugadores de la NFL son negros y han cerrado filas en defensa de sus compañeros. Pero incluso el dueño de los Cowboys, Jerry Jones, se ha arrodillado en favor de esta protesta:

El jugador español de los Steelers, Alejandro Villanueva ha tenido que pedir perdón por no arrodillarse junto a sus compañeros en el último partido. Ha dicho que se siente avergonzado. Por esta razón, muchas personalidades están pidiendo a los deportistas blancos que también tomen partido, que aprovechen su posición de poder para apoyarlos:

Las muestras de apoyo a #TakeAKnee no dejan de crecer. Incluso muchos usuarios se han cambiado su nombre de perfil en Twitter.

Los gestos de apoyo a los jugadores no se han quedado en el mundo del deporte. El cantante Stevie Wonder se arrodilló con la ayuda de su hijo Kwame Morri: “Una por América y otra por el mundo”, dijo. “Si yo puedo verlo [la violencia racial], maldita sea, sé que vosotros también podéis”, añadió al día siguiente en un concierto en Charlottesville.

La NBA contra las políticas de Trump

La NFL no es la única de las grandes ligas que se ha rebelado contra Trump y la permisividad de los ataques raciales en EEUU. La joya de la corona del deporte estadounidense, la NBA, también está enfrentándose al presidente estos días. La estrella de los Warriors Stephen Curry dijo en una entrevista el viernes por la noche que no quería ir a la tradicional recepción honorífica que la Casa Blanca organiza cada año para el equipo ganador de la NBA.

Sus razones: “Con suerte, no ir a la Casa Blanca inspire algún cambio sobre lo que toleramos en este país, lo que aceptamos y sobre lo que hacemos la vista gorda. Estamos tratando de utilizar nuestras plataformas y aprovechar nuestras oportunidades para arrojar luz sobre estos temas. No es que crea que si yo no voy a la Casa Blanca milagrosamente todo empezara a ir mejor, pero es mi oportunidad para señalarlo”.

El objetivo de Curry no era Trump exclusivamente, sino las políticas del presidente, su falta de capacidad para “decir o no decir lo que debía en cada momento”, en referencia a la violencia de Charlottesville, cuando el mandatario equiparó a los supremacistas blancos que encabezaban las marchas en Virginia —y que provocaron la muerte de tres personas— con los antifascistas que trataban de evitar que los neonazis protestaran.

Sin embargo, el presidente no lo entendió. Y los 140 caracteres de respuesta no tardaron en llegar:

Compañeros de Curry como Lebron James han salido en su defensa. Su contrincante en la pista tuvo claro cuál era su lugar en esta discusión y le dijo a Trump que no se podía quitar la invitación a alguien que ya había dicho que no iba a ir. “Ir a la Casa Blanca era un honor antes de que tú llegaras“, terminó en Twitter.

Además, James envío un vídeo también a través de Twitter en el que explicaba un poco más sus motivos para defender a Curry y a los compañeros de la liga NFL. “Estoy un poco frustrado porque este tío que hemos puesto al mando ha intentado dividirnos una vez más. Obviamente, todos sabemos lo que ocurrió en Charlottesville y la división que eso causó. Ahora, está intentando utilizar el deporte como una forma de dividirnos. Todos sabemos la pasión que hay en el deporte, cuánto amor, cariño y amistad crea. Ahora él está utilizando esa plataforma para dividirnos más y eso no es algo sobre lo que me pueda quedar callado”. Touché.

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