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Mad Cool 2017: En memoria de Pedro Aunión

Jorge Raya Pons

Foto: HANDOUT
AFP PHOTO

Ayer mismo se juntó una cincuentena de personas, quizá menos, para recordar a Pedro Aunión, el acróbata que murió este viernes en un espectáculo entre conciertos, y lo hizo en la acera de enfrente de la puerta principal del Mad Cool, que lidiaba con una cola infinita. Allí había mucho de respetar la memoria del acróbata, pero también de reivindicar una mejora de las medidas de seguridad, de averiguar qué provocó que Aunión cayera a plomo y, sobre todo, de reclamar a los integrantes de la cola que se unieran a ellos: especialmente afilada resultó la frase “Un cuerpo en el suelo, y no le importa a nadie”. ¿A cuántos/contra cuántos iba  dirigida?

Fueron muchos los que dieron media vuelta y se marcharon a casa tras conocer lo que ocurrió. Pero fueron más los que permanecieron. El festival no dijo nada, colgaba llamadas, ignoraba a los medios. Los trabajadores estaban atónitos: la información llegaba de los testigos y no de la organización, que tampoco dio instrucciones en ningún sentido y que, presumiblemente, tampoco informó a Green Day sobre la muerte de un hombre a diez metros del escenario y media hora antes de su concierto.

Y claro, la pregunta más frecuente en cuanto corrió la noticia fue por qué no se detuvieron los espectáculos. Pasó toda la noche y toda la mañana del día siguiente hasta que los organizadores dieron una respuesta. “Si el festival no paró en el momento de los hechos fue porque, en una decisión coordinada entre los responsables de seguridad y los cuerpos de seguridad del Estado, se desaconsejó hacerlo para prevenir un movimiento incontrolado de gente”, argumentan en un comunicado. “Ante el desconocimiento de una parte importante del público se podrían producir situaciones de pánico y tensión que habrían sido contraproducentes y arriesgadas”.

Mad Cool 2017: El año en que murió Pedro Aunión 1
Un ejercicio de acrobacias realizado en la previa del concierto de Foo Fighters, un día antes de la tragedia. | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

La respuesta no hace más que plantear nuevas preguntas: ¿no había protocolos de seguridad preparados? ¿Qué podría ocurrir en caso de tragedia multitudinaria: y si un incendio, y si un atentado? ¿Fue un error del artista o fue un error técnico? ¿Cuánto queda por conocer, qué detalles ignoramos?

El diario El Mundo ha conseguido hablar con una persona próxima a Aunión que prefiere mantener el anonimato y sus declaraciones sobre la organización del Mad Cool son reveladoras. “Todo era un caos”, dice. “El miércoles no se pudo hacer el ensayo general debido a las fuertes lluvias, y eso es fundamental para poder probar la técnica del número. En varias ocasiones pusieron en riesgo la seguridad de las personas“.

Lo cierto es que no han sido los únicos empleados en denunciar las supuestamente pobrísimas condiciones dispuestas por el festival: hay incluso protestas de enfermeros a los que se les exigió aportar su propio material -¿qué tipo de material?- y trabajar durante jornadas muy largas.

Esta madrugada ha cerrado la segunda edición del festival y se desconoce si lo hace por un año o para siempre: las implicaciones derivadas del suceso están por llegar y el caso Madrid Arena continúa reciente. Con todo, el Mad Cool tuvo un gesto con los seres queridos de Aunión y, justo antes del concierto de Kings of Leon, la cita más ambiciosa de la noche, sonó Purple rain, de Prince. En las pantallas se iluminó un mensaje de consuelo: “En memoria de nuestro compañero Pedro, te recordaremos siempre”. El gesto generó división entre los espectadores; muchos de ellos lo encontraron siniestro. A fin de cuentas, se trata de la canción que sonaba cuando Aunión sufrió el accidente.

Estaba previsto que la crónica final del festival fuera sobre música, pero la realidad se acaba imponiendo. No parece descabellado pensar que el nombre del Mad Cool quede ligado para siempre a la tragedia del acróbata Pedro Aunión.

Continua leyendo: Mad Cool 2017: El monopolio de los Foo Fighters

Mad Cool 2017: El monopolio de los Foo Fighters

Jorge Raya Pons

Foto: Cecilia de la Serna
The Objective

La lluvia había tomado el día y el diluvio era tremendo cuando el Mad Cool se puso en marcha. El mes de julio no eligió otro día para sus tormentas esporádicas y los asistentes desfilaban con sus pelos mojados, secando sus calcetines en los baños, equipados con sus chubasqueros de bazar chino. Pero de pronto salió el sol por la tarde, justo antes de anochecer, y las nubes negras fueron disipándose. Parecía increíble: el cielo despejado, luna llena, todo tranquilo.

La noche no dio planes más allá de los Foo Fighters. La banda se presentó ante un público rendido –coreaba las pruebas de sonido– y superior en número a los asistentes de Foals, que se entregaban a unos pocos metros sin grandes resultados, incluso una hora antes de que los cabezas de cartel pisaran el escenario.

La noria del Mad Cool, cerrada por la lluvia. | Foto: The Objective
La noria del Mad Cool, cerrada por la lluvia. | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

Cuando Dave Grohl, vocalista de los Foo Fighters, tomó el micrófono, el terreno inmenso de la Caja Mágica se vino abajo. Grohl, vestido con su habitual camiseta negra, el colgante en el cuello, las guitarras de un azul eléctrico, sabe qué decir cuando le observan 40.000 personas. “Estábamos en el hotel y comenzamos a escuchar ‘Psssrrrttt…”, dice Grohl, reproduciendo sonidos de lluvia y tormenta. “Nos preguntábamos qué podía pasar. Pero mirad, giraos, qué noche. ¿Habéis visto la luna?”.

La luna está llena y el cielo da una tregua. Los Foo han comenzado con Everlong, una canción que nació para marcar vidas, y no han bajado el ritmo en 150 minutos de directo; esta banda de pop encubierto en guitarras poderosas y una batería durísima se ha convertido en uno de los grandes grupos de rock internacional y se ha ocupado de recordarlo en esta noche de verano. Cada canción ha estado acompañada de solos inesperados, de improvisaciones impostadas, de palabras que embelesan. Foo Fighters no pierde en ningún momento el control.

Mientras tanto, había más vida en otros rincones del recinto, solo que era una vida silenciosa. Había vida en los escenarios pequeños, que sirven de refugio en las horas altas; en las zonas gastronómicas, con unos precios altísimos; en las barras periféricas, con cada cerveza a 40 minutos de espera. Y este ritmo continúa el viernes y el sábado con conciertos de los Kings of Leon, de Green Day, de Cage the Elephant, de Foster the People… Todos ellos actuarán con la ambición del espectáculo y manteniendo presente la cumbre coronada.

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Concierto de los Foo Fighters en el Mad Cool 2017. | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

Dave Grohl no se cansó de dar las gracias, como rindiendo cuentas pendientes, y lanzó la promesa imborrable de regresar algún día: “No tardaremos en volver otros cinco años, esto ha sido demasiado bonito”. Luego, mascando su chicle, manteniendo la voz que arriesga en cada noche, creó un silencio efímero y miró al horizonte: “La próxima vez será por más tiempo, la próxima vez será más ruidosa”. Entonces se marcharon con cierta premura, sin simulacro de bises y directos a Lisboa, donde actúan esta noche de viernes.

En Madrid, mientras tanto, se prevén más lluvias torrenciales y entretenimientos de toda clase; si bien la noria sigue a prueba, la lluvia no garantiza la seguridad completa, hay un concierto que volverá a concentrar las miradas: Green Day actúa en unas horas (23:25h), y ya se sabe que el artefacto de la nostalgia funciona con la eficacia de las bombas de relojería.

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Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Lidia Ramírez

Foto: Flickr

Ya lo dijeron los romanos: “post coitum omne animal triste est” (después del coito, todo animal está triste). Bajón, lloros, sentimiento de tristeza y culpa, melancolía… muchas son las personas que aseguran sufrir estos sentimientos después de llegar al orgasmo. La ciencia lo ha bautizado como disforia postcoital y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta conmoción después de un acto, supuestamente, placentero?

Para la sexóloga Ruth Ousset, es una cuestión de educación y cultura. “Muchas personas utilizan el sexo como una forma de recibir cariño. ¡ERROR! El sexo es sexo, y el amor y el cariño son cosas diferentes”, explica la terapeuta de pareja, para quien hay mucha gente que aún no ha normalizado el acto sexual: “yo los llamo gente Disney, es decir, la mujer que busca a su príncipe azul y el hombre que busca a su princesa”.

Por lo general, la disforia postcoital es un fenómeno que ocurre, sobre todo, en aquellas sociedades que carecen de una educación sexual solida y normalizada. “Durante el acto sexual florecen los besos, caricias, arrumacos… todo con un fin, llegar al orgasmo. Sin embargo, en muchas ocasiones, alcanzado el clímax, todo esto desaparece”. Es aquí cuando florece el sentimiento de frustración. Por ello, para la psicóloga, es muy importante la comunicación entre la pareja. “Si necesitas un abrazo, pídelo”, hace hincapié Ousset.

Por otro lado, está ese sentimiento de fracaso y desilusión tras el sexo por razones biológicas. Según explica el psiquiatra británico Richard Friedman, la amígdala –la parte del cerebro que regula la ansiedad y el desasosiego– deja de funcionar durante la cópula. Cuando esta acaba, vuelve a recordarnos que los problemas siguen ahí. Por lo que en este sentido, para Friedman, la disforia postcoital sería un efecto secundario de la vuelta a la realidad biológica natural después del clímax.

Sin distinción de sexos

Aunque todos los estudios al respecto, según la terapeuta de pareja, analizan este fenómeno en la mujer (una investigación en 2004 publicada en International Journal of Sex Health estableció que hasta el 10% de las mujeres lo sufrían de forma habitual) “la disforia postcoital no distingue de sexos”. “Los hombres también lloran después del sexo, lo que pasa que socialmente a la mujer se le ha dado permiso para llorar y al hombre no”, enfatiza.

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El caso en contra de la izquierda

Axel Capriles

Foto: Palacio de Miraflores
Gobierno de Venezuela

Venezuela se ha convertido en una papa caliente para la izquierda política.
Es un caso embarazoso, incómodo. A pesar de que ser de izquierdas es un
significante vacío y el término nacido del lugar en que se sentaron los diputados franceses con respecto al presidente de la Asamblea Nacional Constituyente del 14 de julio de 1789 ha perdido todo sentido en los tiempos contemporáneos, una especie de atonía o inercia intelectual hace que la gente de izquierdas se vea a sí misma como progresista. No es inusual escuchar a miembros de partidos socialistas definirse como reformistas, vanguardistas, democráticos, plurales, a declarar como valores propios la igualdad, el pacifismo, la honradez, el altruismo, la defensa de los menesterosos, el ecologismo. Venezuela aparece, entonces, en el escenario mundial para poner en duda todos esos principios, como evidencia empírica del fraude y fracaso del socialismo, como prueba fehaciente del engaño ideológico. Si la revolución cubana ya había servido como demostración suficiente, la revolución bolivariana actualizó y descubrió de manera burda y escabrosa la devoradora pasión que utiliza los ideales más excelsos para asaltar y preservarse en el poder.

Vista la trama de corrupción urdida por la izquierda latinoamericana, la red
de cohechos entre Hugo Chávez, Ignacio Lula da Silva, Néstor y Cristina Kirchner, Evo Morales y Daniel Ortega, ser de izquierdas en América Latina ha pasado a significar ser autoritario, corrupto y farsante, ser depredador de su propio país. Venezuela es la yaga, el espejo en el que deben reflejarse los cómodos coqueteos con las veleidades revolucionarias. Ser de izquierdas significa saquear al pueblo en nombre del pueblo, empobrecer a la gente para dominarla, darle dádivas para subordinarla. El Socialismo del siglo XXI arrasó con los medios de producción y la economía hasta producir una rara especie de escasez y hambre en medio de una abundancia y riqueza natural poco frecuente. No sólo repotenció el personalismo y el caudillismo, sino que comerció con la dignidad humana y desintegró la hebra y los nudos que constituyen la trama social. La revolución bolivariana hizo realidad las profecías fatalistas de Simón Bolívar en su carta al general Juan José Flores, en 1830: “este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad…” volverá al caos
primitivo.

A pesar de que el caso Venezuela luce una caricatura, más que una
realidad, y se ha convertido en un compendio de los vicios humanos ocultos tras una doctrina política, su ejemplo ha servido para desenmascarar la sustancia de la izquierda política: ser el escondrijo de los complejos históricos y las fuerzas regresivas de la sociedad. Si la política es un terreno marcado por la distancia entre la palabra y los hechos, la izquierda es su más eximio representante. Lejos de ser una vanguardia reformista, los partidos socialistas, aún los más democráticos y modernos, defensores del Estado prestacional, son los principales obstáculos de la sociedad abierta capaz de auto-organizarse y auto-regularse al margen del dominio del Estado. Son el impedimento para el ajuste de la sociedad a los avances tecnológicos, la innovación y la evolución de la consciencia.

Continua leyendo: El ciudadano lee

El ciudadano lee

Valenti Puig

Foto: MIGUEL VIDAL
Reuters/Archivo

La política a golpe de “twitter” subordina aún más el ejercicio de la ciudadanía al todo a un euro o al “fast-food”. De forma más súbita que paulatina, dejamos de leer. Aunque un poco más comedido en los últimos tiempos, Donald Trump tuitea ahí donde Demóstenes o Lincoln recurrían a la grandeza de la palabra. Entre las últimas patologías tan agresivas del “twitter”, el nuevo director de los “mossos d’esquadra” en Cataluña hace un año tuiteó que ya era hora de irse de España porque los españoles le daban pena. ¿Qué historia de España habrá leído? ¿Conoce los artículos fundamentales de la Constitución de 1978? ¿Ha leído algo de provecho en toda su vida de agitador independentista?

Nuevos planes para la promoción de la lectura aparecen y reaparecen sin más resultado que la fotografía del político que la lanza, sin más beneficio que el de quienes lo organizan como “marketing” de un evento y con un coste económico tan estéril como erosivo para el dinero público. Así pegamos calcomanías de versos en los cristales del metro, repartimos versiones “soft” de Esquilo y explicamos los lugares comunes de la lectura a adolescentes que están más pendientes de su iPhone. Al hablar del sistema educativo finlandés como modelo a veces se deja de lado que la buena competencia lectora de los alumnos finlandeses algo tiene que ver con el vasto sistema bibliotecario finlandés, muy bien interconectado, de acceso fluido, hasta el punto de que el 80 por ciento de los finlandeses hacen uso regular de las bibliotecas.

También se olvida que en la Europa del siglo XIX, especialmente en Gran Bretaña, la novela era entretenimiento y a la vez un canal para la transmisión de las ideas reformistas. Por ejemplo: viajar en tren duplicó la demanda de novelas y sí fue como aparecieron las librerías en las estaciones ferroviarias, hasta el punto de que en Francia –por ejemplo- surgió una “littérature de gare”, asequible, de lectura placentera aunque con un nivel de estilo que hoy no mantienen ni los autores más celebrados. En la “littérature de gare” se transmitía más una idea del goce que una idea de la reforma. Todo eso desembocó en uno de los grandes inventos del siglo XX que fue el libro de bolsillo.

Las cosas han cambiado. No se ven lectores de libros ni en los trayectos de Vueling ni en los vagones del AVE. Prácticamente, tampoco se ven lectores de prensa. En los chiringuitos de estación hay más chuches que incentivos para la lectura. Sin embargo, la ciudadanía consiste en conocer los problemas de la
sociedad en la que uno vive –algo que favorecían las novelas decimonónicas- y contrastar las distintas formas de solventarlos. ¿Cómo conocer y contrastar según simplifiquen las mínimas pulsaciones de un “twitter”? A diferencia del nuevo director de la policía autonómica de Cataluña, un ciudadano lee. Con
Gutenberg llegó la posibilidad de libre examen. Era una práctica hoy obsoleta, especialmente cuando se es director de los “mossos d’esquadra”.

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