Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana

Anna Maria Iglesia

Foto: Editorial Navona
Editorial Navona

De padres bolivianos y nacida en Caracas en 1973, Magela Baudoin se define como una “boliviana por elección. Yo elegí ser boliviana”. Siendo muy pequeña dejó Venezuela y se crió “entre libros” en Bolivia: “mi padre era un gran narrador”, recuerda la autora, que confiesa no recordar “si algunos libros los he leído o los he escuchado recitar por mi padre”. Escritora y periodista, Baudoin combina ambas profesiones, aunque en los últimos tiempos la literatura ha adquirido mayor protagonismo, sobre todo a partir de la obtención del Premio García Márquez por La composición de la sal, un libro de relatos que ahora llega a España de la mano de la editorial Navona.

Los relatos de La condición de la sal se construyen, en palabras de Alberto Manguel, a partir de “la inminencia de una revelación que no se produce”. ¿Es consciente de esta lógica de la continuada postergación que rige sus relatos?

No es posible decir que es un ejercicio plenamente consciente, porque esto implicaría que la literatura fuera un acto completamente premeditado y esto no es cierto. Pero seguramente proyecto en mi estética el tipo de lectora que yo soy, una lectora que le gusta el desplazamiento, que le gusta moverse y le gusta pensar mal. Soy una lectora que habita en el escepticismo y que le gusta dejarse estar en la historia. Si alguna imagen para pensar mi propia estética es la de un negativo de una foto, es decir, siempre pienso que mis cuentos son un negativo, que alude y, a la vez, elude una realidad que nunca explica. Aborrezco la literatura explícita.

Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana 3
Portada de “La composición de la sal” | Imagen vía Editorial Navona

¿Cree que abunda la literatura explícita?

Hay y no la hay, yo solo puedo decir lo que me gusta hacer. Lo que puedo decir es que para mí el arte es precisamente esto: la posibilidad de que el otro complete el sentido. En este sentido, mi estética no es fácil, sino que obliga al lector a “tomar parte de”.

En sus relatos, el lector debe completar un sentido que usted elude mostrar.

Sí, dialogo mucho con el silencio y, por tanto, con espacios de elusión y quiero que el lector habite y complete estos espacios de la ambigüedad. La falta de concreción tiene que ver con mi diálogo con la poesía. Soy una antigua lectora de poesía y hallo que hay mucha poesía en el cuento, sobre todo en lo referente a la composición de sentido. La poesía es poesía porque anuncia, no muestra. Y, para mí, si algo es mágico y rotundo en la poesía es la posibilidad de construcción de sentido fuera del texto. Trabajo la literatura desde esta perspectiva, pensando la literatura como un viaje compartido y, por tanto, teniendo una fe enorme en la figura del lector.

¿Trabaja desde una perspectiva distinta cuando escribe novela?

En la novela el lugar del lector no cambia, el lector sigue siendo alguien activo, sin embargo, la composición de la novela tiene otra música, una música más lenta, que permite una cadencia, una exploración más profunda, otra respiración. La novela permite una exploración más psicológica e, incluso, más sociológica del mundo. El cuento, por el contrario, es un aparato de potencia y de profundidad que admite muy pocos fallos. El cuento te exige una conciencia plena del arte facto literario.

Lo que aúna todos los relatos de La composición de la sal es la idea de ambivalencia

Efectivamente, probablemente aquello que aúna todos los cuentos es la ambivalencia del habitar, del acaecer. Creo que si alguna unidad tiene el libro es que todos los personajes están siendo, están acaeciendo, se están transformando y torciendo en su espacio vital. Me interesa la ambivalencia, aquello no es ni el blanco ni el negro y, sobre todo, la ambivalencia entre lo bueno y lo malo: la sal puede servir para sanar, pero también para hacer daño –una tortura era poner sal en las heridas abiertas.

Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana 2
Magela Baudoin | Imagen vía Editorial Navona

El cuento que da título al libro tiene como trasfondo las ansias de “recuperar el mar”, por parte de la sociedad boliviana, a la que se describe como una sociedad patriarcal.

Exacto. Y por estos dos motivos, este es un cuento particular, porque habla de cómo se quiebra un hombre, algo imposible en una sociedad patriarcal como la nuestra, una sociedad donde es imposible que un hombre se doblegue ante el dolor y no pueda hacer nada más que llorar, si bien llorar es algo muy humano. Al mismo tiempo, el cuento es particular porque el protagonista que no puede dejar de llorar encuentra que la única solución posible para dejar de llorar es algo que para un boliviano es imposible: bañarse en el mar.  Es paradójico que en Bolivia la solución a todos nuestros problemas históricos fuera y siga siendo la recuperación del mar, algo que todos nosotros sabemos imposible. La recuperación del mar es un ideal que, como todo ideal, está muy lejos de cumplirse. Me gustaba jugar con esta doble imposibilidad: la imposibilidad histórica y la imposibilidad vital -la del hombre que se quiebra- en una sociedad como la nuestra.

Si en el relato La composición de la sal se muestra la humanidad de un hombre que se quiebra, en Algo para cenar se nos presenta su opuesto: un niño que desprecia con bastante crueldad a su madre.

Es cierto, aunque el niño lo que hace relacionándose así con su madre es buscarse, buscar quién es. Lo que me interesa en este cuento y en los demás es ver cómo los espacios vitales de la identidad se componen de acuerdo a las circunstancias y cómo estas circunstancias, a veces, te llevan a límites realmente inesperados. Quería explorar cómo cualquiera de nosotros somos capaces de hacer cosas que jamás habríamos imaginado y en esta posibilidad de hacerlo nos revelamos como alguien distinto a lo que nosotros creíamos ser. Y quería indagar sobre la ambivalencia entre lo que creemos ser y lo que somos a partir de los espacios domésticos. Me interesaba indagar sobre cómo nuestra identidad se quiebra en espacios tan sencillos, tan aparentemente definibles como son los espacios de nuestra cotidianidad.

El relato Moebia, donde se describe una cárcel laberíntica, es un explícito homenaje a Jorge Luis Borges.

Borges es, sin duda, uno de mis autores de cabecera. Está siempre a mi lado, sobre todo, su poesía; es un autor al que recurro para sanarme, para expandir el universo, para volver a quien soy. Y Moebia era una exploración de la posibilidad de encontrar un camino donde es imposible encontrarlo; Moebia representa las mil posibilidades de un laberinto y, evidentemente, terminó siendo un homenaje al maestro de los laberintos.

Pero, ¿por qué imaginar el laberinto borgiano como una la cárcel?

Cuando escribo, siempre lo hago, en parte, desde el periodismo: mi ojo periodístico siempre está buscando nuevas historias. Y un día me encontré una historia que me llevó a este relato. Se trataba de la historia de alguien de alguien del mundo de la “normalidad” que llega a abismarse a ese otro –el de la cárcel- y encuentra que ambos mundos se parecen más de lo que hubiera podido pensarse. Los dos espacios se reflejan, funcionan como dos espejos y esta idea del espejo es muy borgiana. En seguida esta historia me llevó a este relato, que nace de una perla de la realidad, de una historia que estaba ahí y me impacto. Normalmente, siempre me sucede así: hay algo de la realidad que me impacta y, entonces, empiezo a explorar y a preguntarme “qué sería sí…”

Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana
José Ovejero, Magela Baudoin y Pere Sureda en la presentación de “La composición de la sal” en la librería Laie | Imagen vía Laie

¿La práctica periodística, por tanto, ha influido en tu literatura?

Claro, conscientemente me encuentro siempre espiando la realidad. De todas formas, creo que mi espacio creativo proviene de muchos lugares: del impulso de crear historias, de lo lúdico, de la búsqueda de respuestas, que es el espacio del periodismo, y también del dolor, es decir, ese espacio desde el cual respondo a mis fantasmas. A partir de estos espacios creo mi poética, a veces planteando un mero juego y, a veces, buscando respuestas a preguntas que vienen de historias que encuentro en la realidad o que son más personales. Como diría Alicia, escribo para preguntarme quién soy y a dónde voy.

¿Cuál es la formación literaria de Magela Badouin?

Es una hermosa pregunta, porque yo tuve una educación sentimental muy clásica: mi abuela era muy lectora y mi padre era muy narrador, me leía los clásicos y en mi infancia habité junto a Dumas, Salgari, con la poesía de los simbolistas, pero también con Jane Austen y las hermanas Bronte. En la adolescencia, llegó inevitablemente Herman Hesse y, a partir de ahí, mi búsqueda literaria me fue llevando por distintos caminos. Los autores del Río de la Plata están obviamente presentes, están ahí Cortázar, Arlt, Borges, Laiseca… Sin embargo, junto a todos ellos, está también la literatura norteamericana, sobre todo, la literatura sureña con autores como Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers y Hemingway. Si te fijas, se trata de narrativas que incorporan un lector escéptico, un lector que interviene e interpreta lo que está pasando.

En su formación, se combinaron una literatura metaliteraria con una literatura más arraigada a lo real y al detalle de lo real.

Efectivamente, ahí están los autores del Río de la Plata y ahí está también la poética del detalle de Chejov. No es una mezcla consciente, pero sí es cierto que son dos marcas importantes en mi poética. Si me preguntan de quién soy hija, diría que conscientemente soy hija de Chejov, pero inconscientemente me cruzan muchos autores

¿Cómo ve actualmente la literatura boliviana?

Yo creo que la literatura boliviana está en un momento muy interesante y, de hecho, está concitando la atención internacional. Hoy parece que la literatura boliviana ha querido saltar su insularidad para mostrarse finalmente sin complejos y, ahora, está siendo descubierta como lo que es: una literatura plenamente singular, de una fuerza muy importante y que dialoga, por una parte, con lo local y, por otra parte, con lo global. Encontramos, entremezclados, escritores realistas, escritores que dialogan con lo fantástico y escritores que dialogan con la ciencia ficción; todos ellos están contando un país que, de alguna manera, sigue anclado en el tiempo, pero también conectado en el tiempo.

Acaba de recibir el Premio García Márquez, a través del cual ahora publica en el mundo literario español. ¿Cómo vive esta experiencia literaria-editorial?

Alcanzar un premio tan importante como el García Márquez no deja de ser una sorpresa, no deja de ser una retribución del azar que una no termina de creer, sobre todo porque García Márquez era un luminoso cuentista, de los más grandes que hubo.  Por lo que se refiere a publicar en España, es como completar un recorrido, que ha tenido este libro a partir de la obtención del Premio. España es el octavo país donde se publica La composición de la sal y publicar aquí abre una senda que espero sea fructífera. España sigue siendo un norte importante en las letras hispanoamericanas y, para un autor boliviano, el hecho de que un libro salga de Bolivia es algo de por sí muy importante.

¿Considera que Bolivia es un país literariamente cerrado?

Sí, porque históricamente Bolivia ha estado fuera del circuito literario internacional a pesar de tener importantísimos autores, como Ricardo Jaime Freire que, junto a Darío y Lugones, fue el padre del modernismo, o Fran Tamayo o Elda Mundi, que fue una vanguardista tremenda. Y así puedo citar muchos más autores, como por ejemplo Augusto Céspedes, un gran autor de relatos muy poco conocido. Todos estos autores han quedado circunscritos a un territorio bastante incomunicado; afortunadamente esta incomunicación se ha ido rompiendo y, como te decía, el territorio hoy está más presto a comunicarse con su entorno internacional y, por tanto, la literatura boliviana está hoy más expuesta, despertando una curiosidad importante.

Continúa leyendo: Todo podría ser mentira

Todo podría ser mentira

Gregorio Luri

Foto: EMILIO MORENATTI
AP

Este artículo está escrito con un estado de ánimo tan exaltado que no estoy seguro de que deban leerlo quienes me consideran una persona ecuánime, pero es que la alcaldesa de Barcelona me ha puesto de los nervios al considerar que es más digno de rememoración un payaso que un soldado. No es una anécdota que esta mujer insípida se permita dar una calle a un actor que si fuera de derechas sería machista, mientras desprecia al Almirante Cervera. Es la confirmación de que se ha instalado en la ortodoxia un síndrome político que podemos caracterizar por los siguientes síntomas:

  1. Tendencia irrefrenable a estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo.
  2. Convicción de ser el pueblo. Pero se enfadan mucho si les preguntas: “¿Cuando hablas de pueblo te refieres a ti y a quién más?”
  3. Ignorancia olímpica del arte fundamental del humanismo, el “ars nesciendi” de Vives. No saben que no saben.
  4. Insolencia ante las contrariedades. Si los hechos les llevan la contraria, desprecian a los hechos.
  5. Es decir, tachan de fascista a cualquiera que ponga en cuestión sus ocurrencias.
  6. Libertad de expresión, que ejercen con más frecuencia que la libertad de pensamiento.
  7. Igualdad, entendida como igual derecho a ser distinto… siempre que sean ellos los que decidan qué diferencias son respetables.
  8. Espíritu crítico (que es aquel que coincide con el suyo).
  9. Autonomía. Al mismo tiempo que hacen de la autonomía proclamada el principal dogma de la religión laica del presente, están llenando el mundo de terapeutas. La utopía, por lo que se ve, es una sociedad terapéutica.
  10. Respetan la naturaleza de todos los seres… excepto la del hombre, al que ven como un inocente polimorfo.
  11. Antimilitaristas y pacifistas. Es decir, aceptan que nunca asumirán la responsabilidad de gobernar la nación y eso les permite, para decirlo con palabras de Orwell, reírse de los uniformes que velan sus sueños.
  12. Son de lágrima fácil ante todo aquello que les permite sentir lástima. Creen que la bondad es adornarse la conciencia con abalorios emotivos.
  13. Piensan que la indignación es una virtud política… siempre que vaya dirigida contra los otros.
  14. Memoria selectiva. Poseen el monopolio de la memoria histórica.
  15. Antiautoritarios. Tanto, que no consideran necesario levantarse de la silla cuando le entregan las llaves de la ciudad al presidente de un gobierno extranjero.
  16. Innovadores. Hasta el punto de que no les importa estar equivocados… con tal de no estar anticuados.
  17. Laicos y respetuosos con toda religión que no sea la de sus abuelos.
  18. Revolucionarios. Ya han invadido la lengua con comisarios políticos.
  19. Pluralistas y multiculturales, hasta el extremo de estar erosionando la cultura común, que es el ecosistema humano que nos permiten disponer de estrategias compartidas para entendernos con desconocidos.
  20. Son la ortodoxia y por lo mismo, son incapaces de alejarse de sí mismos para contemplarse irónicamente.

¿Es grave?

Honestamente, no sé hasta qué punto el cabreo agudiza o entorpece mi mirada. Ante la duda, quizás deba acabar diciéndoles a ustedes lo que dijo un pastor sueco a sus feligreses un Viernes Santo que le salió un sermón terrorífico: “No lloréis, hermanos, que todo podría ser mentira”.

Continúa leyendo: La última batalla del Gabo

La última batalla del Gabo

Carlos Mayoral

Foto: Rogelio A. Galaviz C.
Flickr bajo Licencia Creative Commons

El Gabo dijo adiós un abril hace ahora cuatro años. Había muerto haciendo con la batalla lo que hacía el coronel de su obra: presentarla, que es mucho más importante que haberla ganado. García Márquez no coincide con Aureliano en eso de promover treinta y dos levantamientos y perderlos todos. Sabía muy bien que hay algo de paradoja en ese juego: la primera victoria consiste en haberlo intentado. El Gabo peleó, como ese mismo coronel que llevaba quince años esperando la carta con la pensión de veterano de guerra, silenciosamente, consciente de que serían los idealismos de una tierra y no el hambre asociado a ella los encargados de juzgar al hombre latinoamericano. No dejó de intentarlo el de Aracataca, presentó esa batalla en un mundo de las letras anquilosado, decimonónico y que desde el punto de vista hispánico se deshacía: olvidado a un lado del océano, ahogado bajo las aguas turbias de la dictadura al otro.

¿Y cómo peleó contra él? Hasta la llegada del colombiano, los pocos puentes establecidos entre Europa y Sudamérica, véanse los Rubén Darío o los César Vallejo, adoptaban el talento iberoamericano bajo el aspecto ajado con maquillaje gris y tacones de aguja de la vieja Europa. Dicho de otro modo, hasta su llegada, el escritor hispanohablante no podía ser conocido sin el rigor formal europeo. El Gabo cambia las normas. Con un estilo heredado de maestros como Carpentier u Onetti, decide que la literatura hispanoamericana colocará el corazón allí, en el centro del continente que más magia y más hechizo desprende de todo el globo. Llamen a ese corazón Macondo, Comala, Xurandó, Leoncio Prado o Santa María, me importa un carajo. Lo realmente sustancial es que de una vez por todas el párrafo o la estrofa habita allí, en el único lugar donde un coronel, por volver al principio del texto, puede ser derrotado en treinta dos levantamientos y pasar por el gran héroe que todos quisimos ser. Aparece un nuevo léxico, un nuevo escalón gramatical. Aparecen nuevos escenarios, nuevas personalidades. Aparece una nueva forma de entender la realidad. Todo desemboca en un estallido de cuya onomatopeya surgió la etiqueta del grupo literario más talentoso del siglo XX. Es el legado del Gabo más allá de la batalla, lo que quedará cuando el ruido y el polvo hayan desaparecido.

Libró su última batalla contra la memoria. Y ganó, claro. Había dejado en las nuestras, por suerte, la sensación constante de que hay un tipo de narración que permite una sorpresa en el siguiente renglón, que encuentra magia en lo cotidiano. Durante su última batalla demostró que su pluma sobreviviría al olvido y a la soledad. Es decir, permitan que acabe este texto como lo empecé, quiero decir, con una paradoja: Gabriel García Márquez sabía muy bien que hay olvidos que permanecen en la memoria. Millones de lectores siguen olvidándole hojeando sus páginas cada día. Ese hojeo seguirá vivo. Pasen cuatro o, como ocurrió con aquellas estirpes condenadas, cien años más de sufrimiento.

Continúa leyendo: Liv Strömquist: “Toda la historia del cristianismo afirma que la mujer hizo algo malo y por eso se le castiga”

Liv Strömquist: “Toda la historia del cristianismo afirma que la mujer hizo algo malo y por eso se le castiga”

Ariana Basciani

La historietista sueca Liv Strömquist está sentada en la sala de prensa del Salón del Cómic de Barcelona conversando con alguna radio española mientras espero entrevistarla. Al llegar mi turno, se levanta y se dirige hacia un cochecito de bebé junto a un hombre que lo pasea. Strömquist vuelve, se sienta a mi lado y me dice: “es mi hijo de tres meses y tengo que chequear porque debo darle pecho cada hora”.

La estampa es reivindicativa: una autora de renombre visita Barcelona mientras su pareja cuida de su hijo cuando ella concede entrevistas. Es un concepto cerrado si pensamos que Strömquist  se encuentra en la ciudad condal promocionando su libro El Fruto Prohibido (Reservoir Books, 2018), un cómic de gran volumen, con mucha información, que refleja cómo a las mujeres se les ha censurado su sexualidad y su cuerpo desde el comienzo de la era cristiana hasta nuestros días.

Strömquist revela que siempre le decimos vagina a nuestro órgano sexual, cuando es vulva el verdadero término; así de confundidas nos ha tenido la historia o así se han creado los sesgos perceptivos con respeto a nuestro propio cuerpo. El Fruto Prohibido, relata cómo la censura masculina nos negó el placer sexual y nos metió en un cajón de experimentos para probar que no éramos aptas para muchas cosas en un mundo de hombres, especialmente si se tenía un órgano sexual diferente al de ellos.

Liv Strömquist: “Toda la historia de la cristianismo afirma que la mujer hizo algo malo y por eso se le castiga”
Liv Strömquist firmando ejemplares de “El Fruto Prohibido” en el Salón del Cómic de Barcelona | Imagen: Reservoir Books

¿Por qué escogiste a la vulva como tema principal e hilo conductor del libro?

Normalmente en el feminismo se habla de la igualdad salarial y otros temas importantes, pero yo estaba interesada en hablar de los sentimientos que genera el patriarcado sobre las mujeres y uno de esos sentimientos es la vergüenza. Esto es algo que nos afecta a nivel psicológico de una manera muy profunda. Las mujeres tienen una relación de vergüenza con su órgano sexual. Si la comparas con cómo los hombres se sienten con respeto al pene, es totalmente lo opuesto. Para ellos, su miembro es un símbolo de poder; para nosotras,  la vagina o la vulva es totalmente lo contrario, es de vergüenza y, en algunos casos, sentimos asco.

¿Crees que esta relación de vergüenza con nuestros cuerpos viene fundamentada por la historia y la construcción del lenguaje, en muchos casos escrito por hombres?

No, creo que ahora eso se ha resuelto, pero en la actualidad existe la idea de que todo tiene una explicación psicológica y si sientes vergüenza de tu cuerpo, es un problema psicológico individual. Por ejemplo, el tabú del síndrome premenstrual, todas tenemos algún recuerdo donde te sientes avergonzada por comprar unos Tampax o por pedir permiso para salir de clases porque sientes mucho dolor menstrual, que fue mi caso. Recuerdo ese miedo de pedir permiso para salir de clase. Hoy día pienso: ¿cómo esto es posible?, ¿cómo uno no puede decir “necesito ir a enfermería”? Estas construcciones sociales son muy poderosas y crean muchos sentimientos sobre nosotras. Para mi es súper interesante explorar de dónde viene esta vergüenza, porque es muy fácil no estar avergonzado.

¿Por qué crees que es tan vergonzoso?

Quizás porque uno rara vez ve sangre menstrual. Yo tengo una exhibición actualmente en el metro de Estocolmo con una imagen del libro que refiere a la menstruación y ha creado una gran discusión alrededor de la imagen, mucha gente se ha molestado.

¿Se han molestado las mujeres o los hombres?

Ambos. Por ejemplo, una abuela dijo que estaba con su nieta en el metro y al preguntarle sobre el poster no sabia qué responderle. Y creo que es interesante que podamos decir, esto es la menstruación, esto le pasa a todas, no es porque tengas SIDA. Y no solo el caso de una abuela, los jóvenes también estaban en contra y destrozaban las imágenes, he tenido que remplazarla dos veces.  Así que el tabú sigue siendo poderoso.

¿Por qué este ensañamiento, esta censura contra el cuerpo femenino?

No estoy segura del porqué, creo que las estructuras patriarcales tratan de controlar a la gente diciéndole que algo en su cuerpo no está bien. El libro se llama El Fruto Prohibido porque toda la historia del cristianismo afirma que la mujer hizo algo malo y por eso se la castiga: la mujer debe tener hijos de forma dolorosa, por ejemplo, y todo el sufrimiento de la mujer es un castigo de dios. La religión tiene mucho que ver, el cristianismo ha sido muy negativo en su lucha contra el sexo libre, sobre todo, en contra del cuerpo femenino, la sexualidad y la reproducción femenina. Si lo comparamos con el hinduismo, en el que la sexualidad es algo sagrado y parte de lo divino, el cristianismo ha sido lo contrario, desde la idea de la virgen María. Estas referencias nos afectan profundamente.

¿Qué piensas del feminismo de hoy en día? ¿Crees que movimientos como el #MeToo generarán un cambio? ¿El feminismo tendrá las mismas estructuras o realmente removerá algo?

Yo creo que se está moviendo hacia delante, el #MeToo es un movimiento positivo, eso espero, creo que tendrá un efecto a largo plazo que afecta a la prevención del acoso sexual, especialmente porque esto sucede cuando tienes un jefe hombre y mujeres empleadas. El caso de Harvey Weinstein es usual en la industria del cine, donde el poder lo tiene un director frente a una joven actriz. Mientras haya más hombres directores, que son jefes, mucho más notas el acoso sexual. Por ejemplo, en el caso del libro, vemos que hay muchas más mujeres científicas que están cambiando los hechos en la investigación médica, a diferencia de hace 150 años cuando solo se hacia investigación desde el punto de vista de los hombres; en el libro explico los problemas y censuras que ha conllevado para las mujeres.

Liv Strömquist: “Toda la historia de la cristianismo afirma que la mujer hizo algo malo y por eso se le castiga” 3
Algunas de las viñetas de “El Fruto Prohibido” | Imagen: Reservoir Books

El Fruto Prohibido es un cómic feminista. ¿Crees que la etiqueta “feminista” hará que lo lea público masculino? ¿Es una etiqueta positiva o negativa?

Hay un pequeño debate en Suecia con la palabra feminista, que está asociada a un sentimiento político; pero no, este libro soy yo tratando de decir algo que no es realmente político. Si mi libro se interpreta como feminista me siento muy orgullosa, porque como feminista la lucha es muy importante y para mi escribir este libro fue un proceso de curación, me hubiese encantado poder leer algo así cuando era una adolescente. No creo que sea una etiqueta negativa, espero que no lo sea.

 * * *

El Fruto Prohibido es un texto idóneo, desde una narrativa que incluye mucho humor, para entender cómo el discurso masculino ha invisibilizado al femenino; ese reír para no llorar. Además de un cómic, tiene algo de ensayo porque informa cómo ha evolucionado la sociedad y, al mismo tiempo, cómo ciertos tabús se afirman en prejuicios que no terminamos de borrar de nuestras mentes. Como dice el eslogan promocional del libro: “un libro que toda madre debería regalar a su hija y toda hija a su pareja”.  Evidenciar los errores del pasado para comprender el presente y cambiar el futuro en la percepción de la sexualidad femenina.

Continúa leyendo: Colau, ¿y la Plaza de Sabino Arana?

Colau, ¿y la Plaza de Sabino Arana?

Laura Fàbregas

Foto: Ajuntament de Barcelona
Twitter

Rebelarse contra los símbolos nacionales tiene poco mérito. Y más en esta España nuestra, reino de taifas y patrias queridas.

Como toda democracia consolidada, nuestro país acepta e integra la crítica. Salvo alguna excepción sonada con la monarquía. Una excepción, no obstante, que ya cuenta con una opinión pública y unos medios libres que lo denuncian.

A mí, pero, me interesan las causas perdidas. Y me interesa denunciar cómo los revolucionarios del Ayuntamiento de Barcelona no se atreven con los poderes nacionalistas. Es decir, cómo retiran sin pestañear estatuas como la de Antonio López o quitan la calle al almirante Cervera, pero rehúsan tocar el nombre de Sabino Arana. Padre de la patria vasca. Un racista y un machista desfasado incluso para su época.

Su revolución es siempre contra la democracia. Nunca contra los poderes opacos regionales. Es verdad que el consistorio barcelonés retiró la Medalla de Oro a Jordi Pujol. Pero entonces los independentistas ya renegaban del fundador de Convergència, que había perdido toda autoridad moral en 2014 con su confesión de evasor fiscal.

El Gobierno de Colau, en cambio, decidió otorgar una de estas condecoraciones a la fallecida presidenta de Ómnium Cultural Muriel Casals así como una calle al cómico Pepe Rubianes. Dos figuras que no concitan la unión entre catalanes. Y menos en el momento actual.

Pero no hay que ser ingenuos. Cada época es el reflejo del momento vivido y de la narrativa que quiere implementar el gobierno de turno. Es la alternancia de élites. Y está bien que así sea.

Algunos, sin embargo, somos más partidarios de recordar la historia tal y como ocurrió. Para no olvidar nuestras vergüenzas colectivas como fue la dictadura franquista y la aquiescencia por una parte muy importante de la sociedad española y catalana. Además, el revisionismo histórico con la nomenclatura siempre tiene un problema, que es dónde se pone el límite. No hay personajes inmaculados. Por ejemplo, el periodista Manuel Chávez Nogales, a quien yo admiro y a quien Carmena quiere otorgar una calle, en su libro La vuelta a Europa, consideraba la homosexualidad una aberración.

Quien sabe, quizás dentro de 100 años la sociedad se avergonzará de haber dado condecoraciones, avenidas o plazas a los que ahora tan felizmente Colau ensalza. Y, cómo dijo Doris Lessing sobre el fenómeno de emociones de masas del siglo XX, nos preguntaremos ¿cómo pudimos creer en ello?

TOP