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Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana

Anna Maria Iglesia

Foto: Editorial Navona
Editorial Navona

De padres bolivianos y nacida en Caracas en 1973, Magela Baudoin se define como una “boliviana por elección. Yo elegí ser boliviana”. Siendo muy pequeña dejó Venezuela y se crió “entre libros” en Bolivia: “mi padre era un gran narrador”, recuerda la autora, que confiesa no recordar “si algunos libros los he leído o los he escuchado recitar por mi padre”. Escritora y periodista, Baudoin combina ambas profesiones, aunque en los últimos tiempos la literatura ha adquirido mayor protagonismo, sobre todo a partir de la obtención del Premio García Márquez por La composición de la sal, un libro de relatos que ahora llega a España de la mano de la editorial Navona.

Los relatos de La condición de la sal se construyen, en palabras de Alberto Manguel, a partir de “la inminencia de una revelación que no se produce”. ¿Es consciente de esta lógica de la continuada postergación que rige sus relatos?

No es posible decir que es un ejercicio plenamente consciente, porque esto implicaría que la literatura fuera un acto completamente premeditado y esto no es cierto. Pero seguramente proyecto en mi estética el tipo de lectora que yo soy, una lectora que le gusta el desplazamiento, que le gusta moverse y le gusta pensar mal. Soy una lectora que habita en el escepticismo y que le gusta dejarse estar en la historia. Si alguna imagen para pensar mi propia estética es la de un negativo de una foto, es decir, siempre pienso que mis cuentos son un negativo, que alude y, a la vez, elude una realidad que nunca explica. Aborrezco la literatura explícita.

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Portada de “La composición de la sal” | Imagen vía Editorial Navona

¿Cree que abunda la literatura explícita?

Hay y no la hay, yo solo puedo decir lo que me gusta hacer. Lo que puedo decir es que para mí el arte es precisamente esto: la posibilidad de que el otro complete el sentido. En este sentido, mi estética no es fácil, sino que obliga al lector a “tomar parte de”.

En sus relatos, el lector debe completar un sentido que usted elude mostrar.

Sí, dialogo mucho con el silencio y, por tanto, con espacios de elusión y quiero que el lector habite y complete estos espacios de la ambigüedad. La falta de concreción tiene que ver con mi diálogo con la poesía. Soy una antigua lectora de poesía y hallo que hay mucha poesía en el cuento, sobre todo en lo referente a la composición de sentido. La poesía es poesía porque anuncia, no muestra. Y, para mí, si algo es mágico y rotundo en la poesía es la posibilidad de construcción de sentido fuera del texto. Trabajo la literatura desde esta perspectiva, pensando la literatura como un viaje compartido y, por tanto, teniendo una fe enorme en la figura del lector.

¿Trabaja desde una perspectiva distinta cuando escribe novela?

En la novela el lugar del lector no cambia, el lector sigue siendo alguien activo, sin embargo, la composición de la novela tiene otra música, una música más lenta, que permite una cadencia, una exploración más profunda, otra respiración. La novela permite una exploración más psicológica e, incluso, más sociológica del mundo. El cuento, por el contrario, es un aparato de potencia y de profundidad que admite muy pocos fallos. El cuento te exige una conciencia plena del arte facto literario.

Lo que aúna todos los relatos de La composición de la sal es la idea de ambivalencia

Efectivamente, probablemente aquello que aúna todos los cuentos es la ambivalencia del habitar, del acaecer. Creo que si alguna unidad tiene el libro es que todos los personajes están siendo, están acaeciendo, se están transformando y torciendo en su espacio vital. Me interesa la ambivalencia, aquello no es ni el blanco ni el negro y, sobre todo, la ambivalencia entre lo bueno y lo malo: la sal puede servir para sanar, pero también para hacer daño –una tortura era poner sal en las heridas abiertas.

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Magela Baudoin | Imagen vía Editorial Navona

El cuento que da título al libro tiene como trasfondo las ansias de “recuperar el mar”, por parte de la sociedad boliviana, a la que se describe como una sociedad patriarcal.

Exacto. Y por estos dos motivos, este es un cuento particular, porque habla de cómo se quiebra un hombre, algo imposible en una sociedad patriarcal como la nuestra, una sociedad donde es imposible que un hombre se doblegue ante el dolor y no pueda hacer nada más que llorar, si bien llorar es algo muy humano. Al mismo tiempo, el cuento es particular porque el protagonista que no puede dejar de llorar encuentra que la única solución posible para dejar de llorar es algo que para un boliviano es imposible: bañarse en el mar.  Es paradójico que en Bolivia la solución a todos nuestros problemas históricos fuera y siga siendo la recuperación del mar, algo que todos nosotros sabemos imposible. La recuperación del mar es un ideal que, como todo ideal, está muy lejos de cumplirse. Me gustaba jugar con esta doble imposibilidad: la imposibilidad histórica y la imposibilidad vital -la del hombre que se quiebra- en una sociedad como la nuestra.

Si en el relato La composición de la sal se muestra la humanidad de un hombre que se quiebra, en Algo para cenar se nos presenta su opuesto: un niño que desprecia con bastante crueldad a su madre.

Es cierto, aunque el niño lo que hace relacionándose así con su madre es buscarse, buscar quién es. Lo que me interesa en este cuento y en los demás es ver cómo los espacios vitales de la identidad se componen de acuerdo a las circunstancias y cómo estas circunstancias, a veces, te llevan a límites realmente inesperados. Quería explorar cómo cualquiera de nosotros somos capaces de hacer cosas que jamás habríamos imaginado y en esta posibilidad de hacerlo nos revelamos como alguien distinto a lo que nosotros creíamos ser. Y quería indagar sobre la ambivalencia entre lo que creemos ser y lo que somos a partir de los espacios domésticos. Me interesaba indagar sobre cómo nuestra identidad se quiebra en espacios tan sencillos, tan aparentemente definibles como son los espacios de nuestra cotidianidad.

El relato Moebia, donde se describe una cárcel laberíntica, es un explícito homenaje a Jorge Luis Borges.

Borges es, sin duda, uno de mis autores de cabecera. Está siempre a mi lado, sobre todo, su poesía; es un autor al que recurro para sanarme, para expandir el universo, para volver a quien soy. Y Moebia era una exploración de la posibilidad de encontrar un camino donde es imposible encontrarlo; Moebia representa las mil posibilidades de un laberinto y, evidentemente, terminó siendo un homenaje al maestro de los laberintos.

Pero, ¿por qué imaginar el laberinto borgiano como una la cárcel?

Cuando escribo, siempre lo hago, en parte, desde el periodismo: mi ojo periodístico siempre está buscando nuevas historias. Y un día me encontré una historia que me llevó a este relato. Se trataba de la historia de alguien de alguien del mundo de la “normalidad” que llega a abismarse a ese otro –el de la cárcel- y encuentra que ambos mundos se parecen más de lo que hubiera podido pensarse. Los dos espacios se reflejan, funcionan como dos espejos y esta idea del espejo es muy borgiana. En seguida esta historia me llevó a este relato, que nace de una perla de la realidad, de una historia que estaba ahí y me impacto. Normalmente, siempre me sucede así: hay algo de la realidad que me impacta y, entonces, empiezo a explorar y a preguntarme “qué sería sí…”

Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana
José Ovejero, Magela Baudoin y Pere Sureda en la presentación de “La composición de la sal” en la librería Laie | Imagen vía Laie

¿La práctica periodística, por tanto, ha influido en tu literatura?

Claro, conscientemente me encuentro siempre espiando la realidad. De todas formas, creo que mi espacio creativo proviene de muchos lugares: del impulso de crear historias, de lo lúdico, de la búsqueda de respuestas, que es el espacio del periodismo, y también del dolor, es decir, ese espacio desde el cual respondo a mis fantasmas. A partir de estos espacios creo mi poética, a veces planteando un mero juego y, a veces, buscando respuestas a preguntas que vienen de historias que encuentro en la realidad o que son más personales. Como diría Alicia, escribo para preguntarme quién soy y a dónde voy.

¿Cuál es la formación literaria de Magela Badouin?

Es una hermosa pregunta, porque yo tuve una educación sentimental muy clásica: mi abuela era muy lectora y mi padre era muy narrador, me leía los clásicos y en mi infancia habité junto a Dumas, Salgari, con la poesía de los simbolistas, pero también con Jane Austen y las hermanas Bronte. En la adolescencia, llegó inevitablemente Herman Hesse y, a partir de ahí, mi búsqueda literaria me fue llevando por distintos caminos. Los autores del Río de la Plata están obviamente presentes, están ahí Cortázar, Arlt, Borges, Laiseca… Sin embargo, junto a todos ellos, está también la literatura norteamericana, sobre todo, la literatura sureña con autores como Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers y Hemingway. Si te fijas, se trata de narrativas que incorporan un lector escéptico, un lector que interviene e interpreta lo que está pasando.

En su formación, se combinaron una literatura metaliteraria con una literatura más arraigada a lo real y al detalle de lo real.

Efectivamente, ahí están los autores del Río de la Plata y ahí está también la poética del detalle de Chejov. No es una mezcla consciente, pero sí es cierto que son dos marcas importantes en mi poética. Si me preguntan de quién soy hija, diría que conscientemente soy hija de Chejov, pero inconscientemente me cruzan muchos autores

¿Cómo ve actualmente la literatura boliviana?

Yo creo que la literatura boliviana está en un momento muy interesante y, de hecho, está concitando la atención internacional. Hoy parece que la literatura boliviana ha querido saltar su insularidad para mostrarse finalmente sin complejos y, ahora, está siendo descubierta como lo que es: una literatura plenamente singular, de una fuerza muy importante y que dialoga, por una parte, con lo local y, por otra parte, con lo global. Encontramos, entremezclados, escritores realistas, escritores que dialogan con lo fantástico y escritores que dialogan con la ciencia ficción; todos ellos están contando un país que, de alguna manera, sigue anclado en el tiempo, pero también conectado en el tiempo.

Acaba de recibir el Premio García Márquez, a través del cual ahora publica en el mundo literario español. ¿Cómo vive esta experiencia literaria-editorial?

Alcanzar un premio tan importante como el García Márquez no deja de ser una sorpresa, no deja de ser una retribución del azar que una no termina de creer, sobre todo porque García Márquez era un luminoso cuentista, de los más grandes que hubo.  Por lo que se refiere a publicar en España, es como completar un recorrido, que ha tenido este libro a partir de la obtención del Premio. España es el octavo país donde se publica La composición de la sal y publicar aquí abre una senda que espero sea fructífera. España sigue siendo un norte importante en las letras hispanoamericanas y, para un autor boliviano, el hecho de que un libro salga de Bolivia es algo de por sí muy importante.

¿Considera que Bolivia es un país literariamente cerrado?

Sí, porque históricamente Bolivia ha estado fuera del circuito literario internacional a pesar de tener importantísimos autores, como Ricardo Jaime Freire que, junto a Darío y Lugones, fue el padre del modernismo, o Fran Tamayo o Elda Mundi, que fue una vanguardista tremenda. Y así puedo citar muchos más autores, como por ejemplo Augusto Céspedes, un gran autor de relatos muy poco conocido. Todos estos autores han quedado circunscritos a un territorio bastante incomunicado; afortunadamente esta incomunicación se ha ido rompiendo y, como te decía, el territorio hoy está más presto a comunicarse con su entorno internacional y, por tanto, la literatura boliviana está hoy más expuesta, despertando una curiosidad importante.

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Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

La presencia de Sony –la gran productora musical– está en todas partes: en esta pequeña esquina de la tercera nave de Fitur, a la que se llega después de atravesar las paradas de color y lujo de las capitales turísticas de América, se exponen las propuestas de los festivales de las que presume con orgullo la organización. Aquí no hay festivales de cine ni teatro ni danza y sí, casi en exclusiva, de música de todos los géneros: rock pesado, electrónica, jazz, folk.

La propia organización de la feria justifica con datos el dominio de los espectáculos musicales: se trata de un sector que crece sin pausa en España y que, solo con sus 10 principales eventos anuales, reúne 1,6 millones de visitantes que generan en torno a 400 millones de euros. Así, se pueden descubrir destinos interesantes que se distribuyen en unas pocas ubicaciones estrictamente nacionales: sorprende que en esta feria internacional no hayan desembarcado propuestas extranjeras.

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El escenario de la sección de Turismo de Festivales, en la nave 3 de Fitur. | Foto: J.R./The Objective

Castellón

El stand de la Comunidad Valenciana es de los más visibles, y su oferta de ocio y espectáculo se limita -casi por completo- a la provincia de Castellón, donde no hay semana de verano en la que no se celebre un festival. El más icónico de ellos es el FIB, que tiene lugar en Benicàssim, un pueblo de costa a menos de 15 kilómetros de la capital. Tendrá lugar entre el 19 y el 22 de julio y cuenta con la única confirmación oficial de The Killers.

Por otra parte, surgen planes absolutamente distintos, donde prima la pausa. En la misma provincia, en las cuevas de Sant Josep –por las que recorre el río subterráneo más largo de Europa–, en la Vall d’Uixò, se celebran conciertos bajo el nombre Singin’ in the cave a los que solo se puede acudir en bote con un aforo limitadísimo: las fechas son esporádicas entre junio y agosto y hay confirmaciones como Nick Garrie o Sr. Chinarro.

Barcelona

El Rockfest es el principal reclamo. Inés Quintana, organizadora del evento, bromea con que nunca antes hubo tantos melenudos en la Sagrada Familia. En la próxima edición, que tendrá lugar entre el 5 y el 7 de julio, se esperan actuaciones de Kiss, Scorpions, Judas Priest y Ozzy Osbourne –líder de Black Sabbath–, entre otros.

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El stand de la promotora RockAndRock en Fitur. | Foto: J.R./The Objective

Y dirigido a otro público y con un concepto completamente distinto, tendrá lugar el Barcelona Beach Festival, que concentrará una maratón de electrónica en un solo día –14 de julio– en el que pincharán DJs tan conocidos como David Guetta o Armin Van Buuren.

Jaén

La provincia andaluza enmarca dentro de la iniciativa Jaén en Julio distintas opciones, todas ellas musicales, y destaca el Blues Cazorla, un festival que sus organizadores destacan como el más importante de este género fuera de los Estados Unidos. Tendrá lugar entre el 12 y el 14 de julio en el corazón del pueblo jienense.

Gran Canaria

Las Islas Canarias lanzan propuestas diversas, desde circuitos de surf hasta festivales folclóricos, pero nada alcanza la cumbre en Las Palmas de Gran Canarias como su Carnaval, que comienza el 26 de enero y concluirá el 18 de febrero. No es una fiesta cualquiera: está declarada bien de Interés Turístico Nacional –en un país como España, que recibió a 82 millones de turistas en 2017– y llena las calles con sus desfiles multitudinarios de colores y máscaras.

Tenerife

Una propuesta distinta llega desde la isla de Tenerife. La Tenerife Fashion Weekend, que combina el paisaje paradisíaco de las playas de Arona con las pasarelas en las que desfilarán algunas de las principales firmas nacionales, despierta mucho interés. El objetivo del municipio es diferenciarse como un destino más exclusivo, con visitantes de mayor poder adquisitivo.

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Óscar Pérez, breve y mediático

Andrés Cañizález

Foto: CHRISTIAN VERON
Reuters

El paso de Óscar Pérez por la vida pública venezolana ha sido breve y sin duda con un claro impacto comunicacional. Desde que apareció montado en un helicóptero disparando a la sede del Tribunal Supremo de Justicia hasta la difusión de sus últimos videos (rodeado en El Junquito), este inspector agregado del CICPC dejó una estela de interrogantes.

El gobierno tardó más de doce horas en informar que Óscar Pérez estaba entre los fallecidos (nueve en total, dos efectivos de la PNB), pero posiblemente nunca informen con precisión sobre lo ocurrido. Diversos periodistas especializados en la fuente policial han dado por cierta la versión de que Pérez murió tras un ataque masivo y de alto calibre por parte de una acción conjunta de varios cuerpos de seguridad del Estado.

Esto ha ocurrido medio año después de su cinematográfica irrupción en la escena venezolana, dentro de un helicóptero oficial evidenciando una grieta en el sistema de seguridad de un régimen que se precia de tener las cosas bajo control, al menos cuando de uniformes se trata.

Un sinfín de preguntas, sospechas y admiraciones despertó al mediático piloto de helicópteros policía tras sobrevolar y disparar contra la sede del Tribunal Supremo de Justicia el 27 de junio de 2017, en medio de la efervescencia de una ola de protestas que comenzaba francamente a extinguirse por la falta de conducción y de objetivos alcanzables.

¿Óscar Pérez actuaba solo con un pequeño grupo de policías descontentos o su acción representaba un descontento de más largo alcance? ¿Era en verdad un romántico que creía que una acción solitaria despertaría una ola de respuestas o fue parte de una acción con otros factores que sencillamente a última hora lo dejaron solo? ¿Se trata de una estrategia genuina o es una fachada promovida por el propio gobierno?

Estas son algunas de las preguntas que rodeaban a Pérez a mitad de 2017.

A mitad del primer mes de 2018 (un año que sin duda será candente en Venezuela), Óscar Pérez deja una nueva estela de interrogantes: ¿Su afán de protagonismo, por ejemplo brindando hace pocos días una entrevista a CNN, le hizo descuidar medidas de seguridad? ¿Si representaba a un movimiento más amplio porque al final sólo estaba con tan pocas personas? ¿El gobierno conocía su paradero con antelación y activó la operación en un momento propicio para sus fines?

En mi opinión, sin embargo, subyace una pregunta crucial que tiene que ver con lo comunicacional: ¿Por qué el gobierno le permitió a Óscar Pérez transmitir todos los videos que transmitió una vez que se sabía de su ubicación?

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La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

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Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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De ladrones y hoteles de lujo

Melchor Miralles

Foto: LIONEL BONAVENTURE
AFP

El personaje de Marcello Mastroianni en la inolvidable Rufufú lo decía: “Robar es un oficio duro. Hace falta gente seria, no como vosotros. Vosotros, como mucho, podríais trabajar”. Y todo apunta que los cinco ladrones del Ritz de París no eran profesionales, no eran gente seria. La cagaron. Uno de ellos dejó caer en la escapada una bolsa con joyas y relojes. Aunque el personal alojado en el hotel las pasó canutas, sobre todo quienes estaban en la clásica cafetería y aquellos que apuraban los rayos de sol pese al frío en la terraza central dejándose ver, porque acojona ver a cinco tipos armados con hachas en un Ritz, ya se imagina uno que no son botones ni empleados de Recepción. Y los cacos no se habían enterado previamente de que las puertas traseras están bloqueadas, y tuvieron que pasarse el botín a través de una ventana, perdiendo parte de él. Tres de ellos han sido detenidos y todo apunta que los dos que lograron pirarse, uno en coche y el otro en moto, caerán pronto.

Si ustedes supieran la cantidad de robos que se producen en los hoteles de lujo. Y, les cuento, la mayoría de ellos no se denuncian. Hay un hotel bajo estrecha vigilancia policial y de agencias de detectives desde hace años en Barcelona, de mucho fuste, que ha sido denunciado por la Compañía aseguradora por la cantidad ingente de robos que se perpetran en su interior. Y no de cacos de segunda como los de París, no. Hay profesionales al loro de transacciones importantes o de viajeros con las maletas o maletines repletos de billetes o de joyas, y se roba mucho en esos hoteles. Y las víctimas muchas veces no dicen nada a la Policía porque lo robado es a su vez de procedencia ilícita, pero sí lo denuncian en recepción, y cuando llega la poli no hay rastro de las víctimas. Ladrones que roban a ladrones, lujo que oculta miseria inmensa, ladrones y policías y más ladrones. Entramos en un hotelazo y no somos conscientes a veces de que detrás de los tapices, el lujo y el oropel hay mucha mierda que no se ve, y riesgo, claro, porque si te pillan con el hacha los cacos te pueden hacer un destrozo, Pero la felicidad tiene los ojos cerrados, y muchos son felices cuando se ven dentro del hotelazo, porque incluso sienten que jamás soñaron con poder siquiera franquear la puerta. Creían que una vez traspasado el umbral se accede a otro mundo en el que todo va bien y no hay problemas. Y vaya si los hay. Algunos muy gordos, como aquellos que dejaron atrás la Place Vendôme al entrar en el Ritz, a tomarse un cortado de 20 euracos, y creyeron que ahí dentro no podía pasarles nada, porque además en el edificio contiguo está el Ministerio de Justicia y hay mucha pasma por la zona, en la que está la Rue Saint Honoré con todas sus tiendas de marca, y mucha peña con pieles y mucho Ferrari y esas cosas de los ricos que se gastan la tela en que se les note.

Por eso es bueno que se sepa, en los hotelazos de mucho lujo hay que andarse con cuidado, porque te pueden limpiar el forro como en cualquier lado. La maldad humana no hace distingos entre ricos y pobres. Y puesto a robar parece más cabal ir a donde están quienes tienen pasta que a un barrio marginal, donde solo puedes robar miseria. Y al final, ya se sabe, el atraco perfecto no existe porque parece fácil borrar las huellas, aunque no lo es porque, como ya escribió Lao Tse, no se puede caminar sin pisar el suelo, y si llevas un hacha en la mano por el pasillo de un hotel, por muy Ritz que sea, es jodido que no terminen pillándote.

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