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Manuel, el otro Manuel y el hombre alto no están solos: otros ejemplos de tuiteratura en la era digital

Ariana Basciani

Foto: Manuel Bartual
Twitter

“In short, art is pretty sweet.” 

Twitterature (Penguin Books, 2009)

Desde el pasado lunes 21 de agosto, el caricaturista de Orgullo y Satisfacción, Manuel Bartual, se ha dedicado a relatar una historia de suspenso a través de un hilo de Twitter. La narración se hizo viral tanto en España como en Latinoamérica, al usar la red social como soporte para la narración y aportar tensión a través de los plazos de publicación de cada tuit.

La historia de suspenso comienza con la imagen de una playa. Manuel informa a los lectores que estaba de vacaciones en un hotel cuando comenzaron a ocurrir cosas raras. Bartual va desvelando entre un tuit y otro lo que ocurre, ya sea mediante una foto, un vídeo o un texto explicativo. La historia utiliza una red social para crear la tensión en el relato, un nuevo ejemplo de transmedia, literatura digital o tuiteratura.

Al convertirse en un fenómeno viral, Twitter le da nueva vida al relato. El narrador crea una historia y sus seguidores otras paralelas. Muchos usuarios de Twitter han querido narrar y ser parte de los creadores; jugadores de fútbol como Gerard Piqué han sumado su tuit a la historia. También muchas empresas se han aprovechado para potenciar su marca a través de Manuel y el otro Manuel. En otros países de Latinoamérica han adaptado la historia a su contexto, se han producidos falsos trailers de película con su historia y los compañeros ilustradores de Bartual han asegurado la verosimilitud de la narración.

La viralidad y el transmedia han hecho que este nuevo episodio de la literatura digital refuerce la característica principal de Internet: su inmediatez. Es así como la historia de Manuel y el otro Manuel continúa pero ¿cómo llegamos aquí?

Tuiteratura, transmedia y la literatura digital

Una vida bien vivida no se considera vida si no la has tuiteado. Nuestro yo virtual está enmarcado por mensajes, textos y fotografías en las redes sociales, exhibiendo la mejor versión, la más compartible de nuestro ser digitalizado, algo que Manuel Bartual sabe muy bien, es el guiño principal de su narración, el otro.

Es así como los selfis y los tuits suspicaces se convierten en moneda social; sin embargo, tratamos estos mensajes como formas funcionales de navegar, no como soporte artístico. Las redes sociales todavía se consideran en gran medida un medio barato y poco sofisticado. Pero, ¿significa eso que esas formas de expresión no deben o no pueden adaptarse a algo más elaborado? Es así como surgen los estudios sobre transmedia, tuiteratura y literatura digital.

Manuel, el otro Manuel y el hombre alto no están solos: otros ejemplos de literatura en la era digital 2
Literatura digital y sus múltiples formas | Imagen vía Shutterstock

¿Cómo estos términos nos ayudan a entender la historia de Manuel como creación? La literatura digital, en el sentido amplio del término, es aquella que se trasmite por medios digitales y en ella podemos incluir aquella creada dentro de una red social, en este caso Twitter. El transmedia, por su parte, se refiere al proceso narrativo donde una o varias historias interrelacionadas pueden ser contadas utilizando diferentes plataformas tecnológicas, como propuso Henry Jenkins, profesor del MIT, en 2003. En la actualidad la mayor parte de la narrativa en Internet se caracteriza por ser transmedia.

El relato de Manuel es un relato transmedia que su vez puede ser considerado tuiteratura… pues por las razones obvias: es una historia contada en micro-capítulos en donde hay narración, fotos y vídeos, todo en el ‘tiempo real’ de Twitter.

Tuiteratura, retuits e hilos de respuesta

Mientras Manuel Bartual y sus otros yo se convertían en trending topic en Hispanoamérica, otro relato invadía la red #UnaNovelaEnUnTuit. El hashtag compilaba una cantidad de tuits que los convertía en lo que Alexander Aciman y Emmett Rensin, dos estudiantes de la Universidad de Chicago, habían definido en su libro Twitterature (Penguin Books, 2009) como ‘tuiteratura’. Esta antología humorística, reelabora clásicos de la literatura de autores como Kerouac, Kafka, Dostoievski, Dickens o Shakespeare a través de tuits, aportando nuevas maneras de entender obras clásicas como La Metamorfosis o Macbeth en un formato digital digerible por todos. Hasta un festival se creó a partir del libro #TwitterFictionFestival).

Manuel, el otro Manuel y el hombre alto no están solos: otros ejemplos de tuiteratura en la era digital
Portada de la primera edición de Twitterature (2009)

Desde el nacimiento de Twitter, estudiosos se preguntan sobre la validez de la red como espacio literario. Pero el microrrelato no es nuevo y si no pregúntenle a Monterroso. La producción literaria en 140 caracteres está en auge, ya lleva tiempo surgiendo como una forma alternativa de abrazar los nuevos soportes digitales, esos que no tienen previsto morir sino madurar.

La ficción en Twitter se podría remontar a 2008 cuando Matt Richtel, escritor del New York Times, presentó el primer experimento literario Twiller. En él se pretendía hacer lo mismo que vemos hoy con Manuel Bartual. Richtel narraba la vida de un hombre que se despierta en las montañas de Colorado sufriendo de amnesia, con la obsesión de que es un asesino y su única posesión es un teléfono móvil con Twitter, que le permite contar su historia de auto-descubrimiento a través de 140 caracteres. Richtel definió a su relato como una especie de Memento pero sin Guy Pierce.

Por su parte, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en 2012, escribió Los mil trinos y un trino: novela por tuits. La idea de narrar a través de tuits surgió cuando el escritor cayó en cuenta que en su Twitter personal había escrito más de mil tuits, lo que era equivalente a casi 80 páginas de una narración corta. Desde entonces se propuso el desafío de escribir una frase diaria en una cuenta única y alternativa para la narración: @AbadFaciolince.

Hace un año el periodista Peio H. Riaño comentaba en El Español sobre un fenómeno millennial: los diálogos públicos en Twitter, una conversación sin refinamientos entre dos usuarios @YoliAranda y @Camaleonical. Riaño afirmaba: “las cuentas de ‘Yoli Aranda’ y ‘Alexandra López’ mantienen un relato que avanza sin digresiones, mientras apedrean el diccionario (“como llevas la conjuntevitis?”), por un fin de semana de sexo, drogas y rock and roll. Realismo desgarbado y febril, tan descarado como el Almodóvar de los tiempos en que viajaba en autobús y ponía el oído. Un clásico de la literatura generacional que se revela adolescente y aparece para acabar con las correcciones y los paños calientes. Narrativa que pretende rebelarse contra las correcciones.” El comentario de Riaño destacaba la posibilidad de crear historias verosímiles a través de los tuits y su conexión con el lector.

Del mismo modo que hemos abrazado la comedia de Twitterature y la brevedad de los diálogos en conversaciones tuiteras virales, artistas contemporáneos como Ai Weiwei han utilizado Twitter para relatar sus performances en tiempo real, convirtiendo a una herramienta de relato unipersonal en un nuevo medio de comunicación artística.

En la sociedad digital, Twitter se ha convertido en el soporte necesario para hacer de la limitación -140 caracteres- un nuevo formato de expresión, solo basta asomarse por la historia de Manuel, el otro Manuel y el hombre alto y seguir la efervescencia de su relato, ese que le valió por lo menos 300 mil nuevos seguidores a Bartual, un promedio de 15 mil “Me gusta” en cada tuit y quién sabe cuántas lecturas.

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Tu cara aparece en una obra de arte y una 'app' de Google te ayuda a encontrarla

Redacción TO

Foto: Kumail Nanjiani
Twitter

Google Arts&Culture es el museo virtual más grande que existe. La aplicación se puede descargar en cualquier dispositivo desde hace más de un año y medio. Google colabora con más de 1.200 museos, galerías e instituciones de 70 países para que sus exposiciones estén disponibles online para todo el mundo. Además de permitir visitas virtuales a exposiciones —todo a través de la pantalla del móvil—, la app recupera historias como la de la Savitribai Phule, la mujer que ayudó a instalar la primera escuela para niñas en la India; cuenta con reportajes visuales sobre las luces de neón en Hong Kong y con reivindicaciones sobre cómo los trabajos de perlas africanos artesanales cambiaron el mundo. Pero Google Arts&Culture no se ha hecho viral por nada de esto.

La verdad es que nos hemos dado cuenta de que existe por una cuestión bastante ególatra. La app de Google ha lanzando una función que encuentra, con solo subir un selfi, la obra de arte, cuadro o retrato a la que te pareces. Así, tu selfi con poca luz en 2018 resulta ser súper parecido a un óleo del Barroco que se encuentra en el Rijksmuseum de Amsterdam. Si es que nada nos gusta más a los humanos que vernos, aunque sea reconvertidos en un retrato de un señor con bigote del siglo XVII.

La aplicación encuentra el parecido entre los autorretratos y las obras de arte gracias a la inmensa colección de cuadros de Google y a una función muy avanzada de reconocimiento facial. Un porcentaje en la parte superior indica el parecido entre ambas imágenes. “Siempre tratamos de encontrar formas interesantes e interesantes para que la gente hable sobre el arte, y esta fue una de ellas”, dijo a The Washington Post Patrick Lenihan, portavoz de Google.

De momento, esta función solo está disponible en Estados Unidos, y no en todo el país. Google ha declinado comentar si hay planes de expandir esta función a otros países. Esto no ha impedido que miles los usuarios hayan encontrado ya su parecido. Además, de la actriz Felicia Day o el actor Kumail Nanjiani, el cantante Gil McKinney, el músico Pete Wentz y numerosos periodistas norteamericanos, los niños de Stranger Things o Bojack también se han apuntado a encontrarse (este último es de los pocos que ha conseguido casi un 90% de parecido).

Ahora solo cabe esperar que estos miles de retratos igualen nuestro interés por el arte al que ya tenemos por los selfis.

Además, si algo ha demostrado esta app, es que Google tiene fichadas no solo las obras de arte mundialmente reconocidas… Aquí la prueba:

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La próxima generación de 'influencers' no será humana

Cecilia de la Serna

Foto: @lilmiquela
Instagram

Los influencers generan beneficios millonarios, son líderes de opinión para una generación entera y rediseñan día a día el concepto de liderazgo. Estas celebridades, generalmente erguidas gracias al enorme influjo de Internet en la sociedad, sobre todo entre los más jóvenes que se sirven de las herramientas digitales para prácticamente todo, son de igual o mayor relevancia que muchos líderes mundiales.

Los influencers que conocemos son seres humanos, como todos nosotros, que sienten y piensan y viven como el común de los mortales. Por tanto, hierran y tienen sus puntos débiles. Sea en la piel del personaje o en la de la persona, sus propias personalidades generan un vínculo con sus hordas de seguidores a través de un principio humano: la empatía. Y esta empatía que se construye de individuo a individuo puede estar en riesgo con una tendencia que ya empieza a dibujarse: los influencers que llegan no serán necesariamente humanos.

La competencia que le saldrá a Dulceida, a las Kardashian o al youtuber de turno vendrá de la mano de imágenes generadas por ordenador, cyborgs y otros entes virtuales o semi-virtuales. El primer y gran ejemplo es la bloguera Miquela (@lilmiquela), que en Instagram cuenta con más de 520.000 seguidores y no es humana.

mfw I’m buying furniture for my first apartment in LA ☺️💛

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🐟

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Miquela Sousa -que es brasileña y americana- tiene una historia y un recorrido propio. Desde 2016 ha ido generando su propio discurso estético, artístico, de estilo de vida e incluso ideológico, un discurso que se ha mantenido coherente y que ha generado esa empatía que mencionaba como necesaria en la relación influencer-seguidor.

La delgada línea entre virtualidad y realidad se hace patente en el caso de Miquela, que a pesar de ser una imagen generada por un ordenador puede llegar a parecer real ante los ojos de los que la siguen. La controversia en este caso ha estado servida por la verosimilitud del personaje, que resulta muy auténtico ante los ojos del espectador. La pregunta que muchos se harán es ¿quién está detrás de esta modelo? No se sabe. Al menos no a ciencia cierta. Se ha especulado con la autoría de Miquela, si es individual o compartida por varios usuarios, pero -al contrario que en el caso de, por ejemplo, Gorillaz– no se sabe exactamente quién o quiénes están detrás de la peculiar bloguera.

Winter in LA 🌴

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2018 Desert Litty!!

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El misterio que rodea a esta it girl la convierte en algo aún más atractivo. El secreto tras su verdadera identidad atrapa a sus seguidores, que han llegado a teorizar sobre quién o qué es, hablando de estrategias de marketing, diseñadores gráficos e incluso de que Miquela no sea más que un adelanto de la quinta edición del célebre videojuego de simulación Los Sims. Lo único claro es que sus miles de fans viven con entusiasmo cada paso de Miquela, que cuenta incluso con una tienda de ropa propia y hasta su propia música en Spotify.

Lil Miquela no es la única no humana que está a la caza de la influencia digital. El progreso de la tecnología ha permitido un increíble desarrollo en las herramientas 3D, como en el caso que hemos mostrado, que combinan a la perfección imagen real e imagen generada por ordenador (CGI, por sus siglas en inglés). El mundo CGI es muy extenso, sin embargo en la vida real y gracias a elementos como la Inteligencia Artificial también encontramos a influencers no del todo humanos. Es el caso de los cyborgs, esas criaturas compuestas de elementos orgánicos y dispositivos cibernéticos​ que hemos visto cientos de veces en las películas de ciencia ficción y que no están en absoluto lejos de la realidad.

Estos seres, híbridos entre lo real y lo virtual, están apuntando alto y quieren hacerse también con las redes. Es el caso de LaTurbo Avedon, que en su biografía de Twitter se define como “artista avatar” y que quiere, a través de su presencia en las redes sociales, mostrar un punto de vista distinto sobre su percepción artística.

Club Rothko Save 04 (Mirror) from LaTurbo Avedon on Vimeo.

Las implicaciones verdaderas de estas tecnologías y personalidades inventadas -como muchas de las que actual y humanamente copan los Instagrams más seguidos- no están claras. No obstante, el futuro de estas celebridades cibernéticas podría ofrecer una pista de cuán borrosas pueden ser las diferentes líneas entre lo real y lo virtual. ¿Estás preparado para la nueva generación de influencers no humanos?.

Continúa leyendo: 'Bad day', la historia tras el primer vídeo viral de internet

'Bad day', la historia tras el primer vídeo viral de internet

Redacción TO

Foto: Kacper Pempel
Reuters

Se trata de uno de los vídeos más famosos de internet: un hombre pierde la paciencia con su ordenador y comienza a aporrearlo con su teclado, que acaba completamente destrozado. Una vez tumba el monitor, continúa pateándolo. Todo ante la mirada curiosa de su compañero, que asoma la cabeza desde la cabina contigua. Seguro que empatizas con su reacción.

El vídeo se hizo famoso en una era en que las redes sociales no estaban más que en fase embrionaria. Era 1997 y el vídeo circulaba a través del correo electrónico, muchas veces bajo el nombre Bad day (Mal día, en castellano). No es extraño encontrar todavía respuestas en Twitter o Whatsapp empleando el GIF de este vídeo que, como relata Wired, incluso despertó teorías de la conspiración al respecto: que si el trabajador sonríe mientras golpea la pantalla, que si el ordenador está desconectado… Y no andaban desencaminados.

Porque la realidad es que el protagonista de la escena, que se llama Vinny Licciardi –que no supo del éxito de masas hasta que uno de sus compañeros de oficinas se lo advirtió–, estaba actuando.

La revista estadounidense contactó con Licciardi, que relata los pormenores del vídeo junto al que era su jefe, Peter Jankowski. Ambos trabajaban en una start-up tecnológica llamada Loronix, del que presumen que era un lugar divertido con un ambiente idílico. Uno de los proyectos de la empresa por aquel entonces consistía en una tecnología para sistemas de seguridad y necesitaban escenas que enseñar a los clientes para demostrar la efectividad de su producto.

La primera idea se fundamentaba en filmar a Licciardi robando. Instantes después entraban varias personas por sorpresa para desbaratar sus planes. Luego Licciardi pensó una idea mejor, tal vez el sueño de todo oficinista: destruir el ordenador que te saca de quicio día tras día. Para ello emplearon un ordenador que ya no funcionaba. Necesitaron más de uno y esto tiene una explicación. “Durante la primera toma la gente se reía tanto que tuvimos que hacer otra”, explica Licciardi. Convirtieron el vídeo resultante a MPEG-1, con una resolución de 352×240 –¿quién dijo alta definición?– y lo introdujeron en CDs promocionales de Loronix. La sorpresa llegó un año después: se había convertido en un fenómeno viral. Y eso que el vídeo superaba los 5 megas –demasiado en aquella época– y los receptores tenían que esperar 20 minutos a que se completara la descarga.

El impacto del vídeo influyó tanto que incluso ha dado pie a escenas míticas de la comedia en Estados Unidos. ¿Puedes recordar cuando tres trabajadores la toman con una impresora y la destrozan a patadas y con un bate en Trabajo seguro (1999)? Sí, la escena está inspirada en el vídeo que Licciardi y Jankowski idearon como una simple broma. El resto es historia de internet.

Continúa leyendo: La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra 1
Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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