Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Matthias Behnke: "Nadie podrá decir que no sabía lo que ocurría en Siria"

Marta Ruiz-Castillo

Cuando nos ofrecieron a través del Instituto Aspen una entrevista con el Coordinador para Siria de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACDH), nos pareció una estupenda oportunidad para conocer de primera mano el drama que se vive en Siria. Vinculado a diferentes agencias de Naciones Unidas desde hace “17 ó 18 años”, Matthias Behnke ha trabajado antes en otros conflictos como Darfur o Bosnia, y desde hace dos está volcado en la defensa de los derechos humanos en Siria, informando sobre lo que ocurre en este país con el objetivo final de que los estados miembros del Consejo de Seguridad acuerden una salida a una guerra que dura ya demasiado tiempo. Comprometido con labores humanitarias, con la sociedad civil, con la defensa de la libertad, admite cierta frustración pero enseguida sonríe y dice que es optimista y que confía en una solución. Admira el trabajo que desde Siria realizan organizaciones civiles que luchan a diario por la defensa de los derechos humanos y destaca también el trabajo de los médicos sirios que, a pesar de las dificultades, se juegan la vida para salvar las de otras personas. “Eso sí que es admirable”, comenta como si su trabajo no lo fuera.

¿Qué ha cambiado desde que llegó a Siria hace dos años hasta ahora?
La situación ya estaba mal cuando llegué. Creo que uno de los principales cambios ocurridos hace un año ha sido la activa participación militar de Rusia en la guerra y la intensidad de las hostilidades. Pero tanto antes de mi llegada como ahora, lo peor es la situación de la población civil.

¿La oficina que usted coordina trabaja desde Siria?
Al equipo que yo dirijo, que es un organismo independiente, no nos está permitida la entrada en Siria. Trabajamos desde países vecinos como Turquía, Líbano o Jordania y mantenemos una intensa red de contactos dentro de Siria con ONGs y personas defensoras de derechos humanos, además de otras fuentes que nos dan una impresión muy detallada sobre lo que está pasando. Nosotros solicitamos al Gobierno de Siria acceso al país de forma regular pero, hasta el momento, no nos lo han concedido.

Otro momento de la entrevista con Matthias Behnke.
Matthias Behnke lleva dos años documentando las violaciones de derechos humanos en Siria. (Foto: Ana Laya / The Objective)

¿Cómo puede entonces defender los derechos humanos en Siria?
Hacemos varias cosas. Por un lado, documentamos la situación sobre lo que está pasando y realizamos un análisis minucioso. Elaboramos un informe mensual que enviamos a la Secretaría General de Naciones Unidas para información del Consejo de Seguridad, de modo que nadie puede decir que no sabía lo que estaba pasando en Siria porque cada mes hay un informe en poder del secretario general en el que se explica lo que está ocurriendo, y esa es una de las cosas que nosotros hacemos. Además, trabajamos con otros organismos de derechos humanos con presencia en Siria para la aplicación de sus programas. En tercer lugar, trabajamos en el ámbito político para que se respeten los derechos humanos en ese contexto político. Y, por último, estamos muy comprometidos con la sociedad civil siria que es bastante joven y que, antes de la guerra, ya tenía importantes problemas de respeto de los derechos humanos; en el país hay activistas en torno a organizaciones que no han salido a la luz hasta el momento de la actual crisis y tienen mucho interés por aprender y, gran parte de ellos están realmente comprometidos con la causa. Nosotros, tratamos de ayudarles tanto en el aspecto técnico como en la construcción de su capacidad respecto al futuro papel que van a desempeñar en el país después del conflicto. Creemos que la sociedad civil tiene que construir una nueva Siria en la que se respeten los derechos humanos.

“Cada mes entregamos un informe a la Secretaría General y al Consejo de Seguridad en el que se explica qué está ocurriendo en Siria”

¿Qué salida tiene Siria? Quiero decir, si el fin del conflicto pasa por la comunidad internacional, no parece estar funcionando por el momento.
Para ser sincero, no lo sé. No sé cuál es la solución en este momento. Pero la imagen global desde el punto de vista político está bloqueada, el Consejo de Seguridad no ha sido capaz de lograr un acuerdo sobre cómo resolverlo; Rusia y Estados Unidos siguen sin aproximar posiciones y está claro que la solución política es esencial para alcanzar la paz. Nosotros tenemos la sensación de que la cuestión de los derechos humanos tiene que formar parte de esa solución, debe ser clave, no sólo porque tiene que ver con las leyes internacionales sino también por una cuestión puramente pragmática. Los derechos humanos son parte de la legislación, pero desde el punto de vista práctico, de su aplicación, son fundamentales porque garantizan la existencia de todo el mundo, porque dan voz a cualquier persona. Por eso creemos que cualquier solución satisfactoria pasa, en particular en un país como Siria, por el compromiso con los derechos humanos. En Siria hay una larga tradición de diversidad y pluralismo y por eso digo que la construcción de la estabilidad en el país tiene que hacerse desde ese compromiso y respeto a los derechos de los ciudadanos.

“Cualquier solución satisfactoria tiene que pasar por el compromiso de todas las partes con los derechos humanos”

¿El presidente sirio Bashar al-Assad es un problema o es parte de la solución?
Esa una pregunta política y no hago política.

Me refiero en cuanto a la defensa de los derechos humanos y esa idea de que la solución a la actual situación en el país debe pasar por el respeto a esos mismos derechos humanos.
Sin duda, pero no personalizamos en nadie. Lo que nosotros estamos documentando es un elevado número de violaciones de los derechos humanos por parte del Gobierno sirio, numerosos casos que hemos trasladado al Consejo de Seguridad, y lo que nosotros decimos es que en esta guerra se ha producido una masiva violación de las leyes internacionales, una masiva violación de los derechos humanos, que está afectando a miles y miles de inocentes. Lo que decimos es que Siria debe respetar los derechos humanos pero también debe trabajar por aceptar el pasado. Una vez que esto acabe debería haber un proceso en el que los sirios aborden la cuestión de lo que ha pasado en términos de establecer la verdad, identificar a los responsables, decidir quién debe responder ante lo ocurrido y, por supuesto, esto incluye el ámbito de la justicia, cómo debe aplicarse la justicia. Esto, en nuestra opinión, es algo que Siria debe debatir y definir, por supuesto siempre teniendo en cuenta la legislación internacional, lo que significa que no se pueden plantear amnistiar a quienes han cometido crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y masivas violaciones de los derechos humanos. Todo esto debe ser discutido a un nivel muy general con la participación desde Naciones Unidas hasta los tribunales internacionales. Está claro que hay que revisar cuestiones vitales sobre el verdadero poder del Consejo de Seguridad en la defensa de los derechos civiles.

“Estamos documentando un gran número de violaciones de los derechos humanos por parte del Gobierno sirio que hemos trasladado al Consejo de Seguridad, una masiva violación de las leyes internacionales que está afectando a miles y miles de inocentes”

Un barrio de la sitiada ciudad de Alepo derruido por las bombas. (Foto: Abdalrhman Ismail / Reuters)
Un barrio de la sitiada ciudad de Alepo derruido por las bombas. (Foto: Abdalrhman Ismail / Reuters)

Da la sensación de que hay una cierta dificultad desde el punto de vista de la comunidad internacional. Por ejemplo, el Consejo de Seguridad del que habla, o la propia ONU, ¿qué capacidad de maniobra tienen para lograr el fin de conflictos como el de Siria? 
Tienes razón en cuanto a la parálisis del órgano político del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Está teniendo un tremendo impacto en cuanto a la situación sobre el terreno del trabajo que nosotros hacemos. Nosotros, como agencias de la ONU sólo podemos hacer lo que nos permiten hacer. Creo que lo escandaloso es justificarlo. Si uno mira la realidad de lo que está pasando en el país, creo que no hay precedente desde la segunda guerra mundial en cuanto a la magnitud de la tragedia. Tienes un país donde la mitad de su población se ha visto desplazada, trece millones de personas necesitan ayuda humanitaria, cinco millones de refugiados han abandonado el país, seis millones de personas o más dentro del país se ha visto forzada a abandonar su hogar; ciudades enteras están destruidas, otras asediadas, bombardeos constantes sobre instalaciones civiles, tenemos constancia de prácticas bárbaras…uno se siente indignado al pensar que no se está haciendo nada para parar todo esto. Sí, es cierto.

“Si uno mira la realidad de lo que está pasando en el país, creo que no hay precedente desde la Segunda Guerra Mundial en cuanto a la magnitud de la tragedia.”

¿Imagino que debe de ser frustrante para la oficina que usted coordina?
Sí, lo es. Mucho. Eso no quiere decir que debamos dejar de seguir trabajando y lo que hacemos es continuar del modo que podemos, que es presentando un informe mensual al Consejo de Seguridad sobre la realidad de lo que está ocurriendo en Siria. Les decimos a los Estados miembros lo que hay, hacemos recomendaciones sobre lo que tiene que hacerse pero las decisiones tienen que tomarse en ese ámbito y en esto nosotros no podemos participar.

El conflicto ha provocado cinco millones de refugiados sólo de ciudadanos sirios. Además, el Mediterráneo se ha convertido en un cementerio y no parece que los Estados tengan prisa por acabar con esto. Sólo las ONGs se ocupan de estas gentes. ¿Qué hacemos con toda esta gente? 
Tengo que decir, en primer lugar, que hay algunos países que han hecho muchísimo por acoger refugiados. Estoy hablando de Turquía, donde hay 2,7 millones de refugiados registrados, lo que significa que uno de cada cuatro personas es refugiada; Jordania ha acogido a 700.000 refugiados. Los países vecinos de Siria han hecho mucho en este aspecto. Si comparamos estas cifras con lo que ha hecho Europa, está claro que la UE puede perfectamente asumir a los refugiados. Es verdad que Siria no es el único país del que proceden, que vienen a Europa desde muy distintos países pero los datos de 2016 de refugiados e inmigrantes de todo el mundo que se dirigen a Europa hablan de entre un millón y un millón y medio. Para la la Unión Europea es perfectamente asumible. Lo otro que quería señalar y que tiene que ver con los derechos humanos es ¿por qué viene toda esta gente? Vienen porque tienen problemas en sus países, porque se violan los derechos humanos, porque hay conflictos y, en esto vuelvo a lo de antes, si queremos una mundo estable debemos invertir en derechos humanos en estos países. No puedes esperar que la gente se quede en un país donde no hay prosperidad, no hay justicia, no hay protección de los derechos humanos. Así que hay que trabajar por la estabilidad y el respeto de esos derechos.

Un grupo de desplazados sirios recibe comida de organizaciones civiles del país. (Foto: Khalil Ashawi / Reuters)
Un grupo de desplazados sirios recibe comida de organizaciones civiles del país. (Foto: Khalil Ashawi / Reuters)

¿Y por qué no se hace?
No soy la persona adecuada para responder (se ríe).

Lo pregunto de otra manera. Todos estamos de acuerdo en que la solución de esta crisis pasa por resolver los problemas, primero en los países de donde se está yendo la gente…
Puede que esta crisis sea la que cambie nuestro enfoque. Quizá tengamos la oportunidad de mirar un poco más a largo plazo, de pensar de una manera más global; puede que esto cambie nuestra forma de ver las cosas, nuestros objetivos. Al menos yo así lo espero. Que todo sea para lograr una sociedad mejor.

“Espero que esta crisis sirva para cambiar el enfoque y una oportunidad para que el futuro sea mejor que el presente.”

¿Así que es usted optimista?
Me gustaría. Como he dicho antes, es terriblemente frustrante ver que no se avanza y que se piensa sólo en lo más inmediato, en el corto plazo en vez de en términos más amplios, que sería lo lógico; pero hay más gente que también piensa en esos términos más amplios y creo que tenemos que ser optimistas. Tenemos que dar la oportunidad para que el futuro sea mejor que el presente.

¿Cree que la opinión pública tiene algún peso sobre las decisiones políticas?
Sí, pero no hay una única opinión pública; creo que hay diferentes opiniones públicas y diferentes perspectivas. También creo que la opinión pública está manipulada, en ciertos lugares hay más manipulación que en otros. Me refiero a que la gente tiene miedo a lo desconocido y no parece que vean a los refugiados como seres humanos, así que considero que hay mucho que hacer para que la situación se comprenda. Debe de haber algo más sofisticado, no vale una respuesta única, y esa sofisticación pasa por una explicación por parte de políticos y de los expertos sobre la realidad. Si no hay suficiente información, si no hay pensamiento crítico, puntos de vista diferentes, es fácil la manipulación.

Y sin embargo, tengo la impresión de que la sociedad va por delante de los políticos en cuanto a la exigencia de soluciones, es mayoritariamente solidaria. Hablo de ONGs, de voluntarios, principalmente.
Estoy de acuerdo, por eso digo que la opinión pública no es sólo una. Hay varias.

Para concluir, ¿cuál es el mayor logro de la oficina que coordina desde que llegó a ella? ¿Qué destacaría de su acción hasta el momento?
Tres cosas. Primero, creo que Naciones Unidas ha sido, desde el secretario general para abajo, muy claro y ejemplar en sus mensajes. En segundo lugar, en cuanto a los derechos humanos, Naciones Unidas ha sido constantemente informada sobre la guerra, y los Estados miembros saben lo que pasa en Siria a través del trabajo muy profesional que hacemos, así que nadie puede decir que no sabía nada, nadie puede decir, como ocurrió en otras crisis, que no estaba informado porque ese ha sido uno de nuestro trabajo. Y la tercera cosa que me gustaría destacar es cómo hay una parte de la sociedad civil en Siria que está jugando un papel importante para el futuro del país. Para nosotros es un auténtico placer trabajar con muchas de estas organizaciones que están realizando una labor impresionante dentro de Siria. Hemos tenido ocasión de tratar directamente, por ejemplo, con médicos sirios que hemos logrado que viajen a Ginebra para mantener encuentros con las administraciones, con los medios de comunicación, y que expliquen el trabajo que hacen y la situación en la que lo realizan. Uno de ellos me contó ‘cuando un hospital es alcanzado por las bombas en Afganistán el mundo entero se vuelve loco, se echa las manos a la cabeza, y en Siria eso ocurre cada día, donde la mayor parte de las instalaciones sanitarias están prácticamente destruidas o han desaparecido por las bombas’ y ellos, los médicos, siguen intentando hacer su trabajo en unas condiciones imposibles. Es admirable.

¿Y el mayor fracaso?
No hemos sido capaces de que los Estados miembros hayan alcanzado un acuerdo político a pesar de los informes sobre la situación en el país. Yo no hago más que preguntarme y preguntar a mi equipo ¿qué más podemos hacer? ¿cómo podemos tener más impacto? pero nosotros no tenemos poder político, así que sólo nos queda seguir con lo que hacemos y preguntarme cada día ¿qué podemos hacer más que no hayamos hecho?. Lo que está claro es que seguimos intentándolo pero la frustración respecto a la falta de soluciones creo que la compartimos con todos los colegas en Naciones Unidas. Es una labor que, si no la hacemos nosotros, no la haría nadie y lo que buscamos es ver cómo podemos comunicar la realidad de lo que está ocurriendo en el ámbito de la política, que es donde se toman decisiones, y ahí es donde nos preguntamos qué más podemos hacer para que se acuerde una solución.

Matthias Behnke no oculta su indignación con la falta de decisión política. (Foto: Ana Laya / The Objective)
Matthias Behnke no oculta su indignación con la falta de decisión política. (Foto: Ana Laya / The Objective)

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Pierre perdió a toda su familia y ahora está solo en Madrid, arrastra una mirada triste y su pelo es rubio en un tono intenso. “La vida es complicada”, dice, bajando la mirada. “Estoy aquí como refugiado político”. Tiene 27 años y salió de Camerún siendo muy joven; apenas 22 años y no tuvo más remedio que dejar atrás su vida en África. Después de un largo camino llegó en 2015 a España, vivió 10 meses en un centro de Ceuta hasta que le concedieron el asilo. Pierre se fue de Camerún acosado por ser homosexual.

“En mi país hay mucha tradición, no se acepta”, dice Pierre, en un castellano todavía pobre. “En África no tienes libertad si eres homosexual, transexual o lesbiana. Allí existe la mutilación genital. En África es complicado. En África matan por eso”. Pierre cuenta que su padre lo rechazó, que tiene un hermano en Francia con quien no se habla, que su madre fue la única que lo protegió. “Pero mi madre está muerta”, dice. “Yo estaba aquí cuando murió”.

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado 2
Pierre, refugiado camerunés, en el restaurante L’Artisan. | Foto: J.R./The Objective

Y aunque no pudo terminar la escuela, siempre se interesó por la cocina; ahora estudia en una escuela gastronómica en Alonso Cano y vive como puede en Madrid, en un piso compartido que le dispuso un amigo dominicano. Cuenta que le interesa la comida francesa, la americana, que va conociendo la española. “Hago cocido”, dice. Ahora participa en una iniciativa, Refugee Food Festival, que nació de la sinergia de la ONG Food Sweet Food y de Acnur, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Pierre estará este fin de semana cocinando en el restaurante L’Artisan, en la calle Ventura de la Vega.

España solo ha acogido a 744 de los 17.000 refugiados a los que se comprometió en Bruselas

En esta campaña, puesta en marcha el año pasado en París y extendida en esta ocasión a ciudades como Madrid, Florencia o Ámsterdam, varios cocineros –todos ellos refugiados- comparten su cultura a través de la cocina en una serie de restaurantes que se prestan como voluntarios. El resultado en Madrid es nueve restaurantes que dan empleo a ocho refugiados de cuatro nacionalidades durante una semana –en días alternos-, ofreciéndoles la oportunidad de compartir sus inquietudes culinarias con sus comensales.

Refugee Food Festival, que termina su segunda edición este domingo, es una ocasión para dar visibilidad a los desplazados. Hay historias trágicas detrás de cada uno de ellos; esta iniciativa nos empuja a esforzarnos por comprenderlos, por escucharlos. España es el país que más donativos privados aporta a Acnur. Sin embargo, es el mismo país que incumple los acuerdos de acogida de refugiados pactados en Bruselas: se comprometió a acoger a 17.000 personas y solo han llegado 744.

Refugee Food Festival: olvidando entre fogones la tragedia de ser refugiado
Mariana, ofreciendo uno de sus postres. | Foto: J.R./The Objective

Mariana también tuvo que abandonar Ucrania con su marido y con su hijo. Tiene 24 años y estudió Económicas en la universidad de su ciudad, Ternópil, a 200 kilómetros de Polonia. Llegó hace un año y medio y su gran barrera, confiesa, es el idioma. “Quiero vivir en España, quiero trabajar en la repostería”, dice Mariana, que prepara postres en el restaurante Keyaan’s (Blasco de Garay, 10). “Me gusta muchísimo la gente de aquí”. Mariana huye de un país en guerra, con todas sus consecuencias, y sigue en contacto con su madre, a la que escribe por WhatsApp. “España nos ha ayudado muchísimo”, dice, agradecida. “En un futuro me gustaría abrir una pequeña pastelería”. Mariana no piensa en regresar a Ucrania.

Tampoco lo hace Pierre, que remueve una tila que no ha probado. “No puedo volver a Camerún, no tengo familia allí”, dice, muy serio. “Yo sueño con estar en España, con tener mi propio negocio: un restaurante con comida de cuatro continentes –África, América, Asia, Europa-. Y ya está”.

Algunas verdades desagradables

Andrés Cañizález

Foto: Cristian Hernandez
EFE

En estos días atroces que vive Venezuela, cuando logro desconectarme de la mecánica nacional, he vuelto sobre las páginas de un texto clásico de la historia del siglo XX. Se trata de “La República española y la guerra civil (1931-1939)” del estadounidense Gabriel Jackson, que ni más ni menos permite entender, literalmente desde su incubación, cómo se fueron dando los pasos hasta llegar a la guerra civil, cuyas heridas aún no están curadas del todo en la España del siglo XXI.

No trazaré acá un paralelismo entre aquello y lo que vivimos en Venezuela, aunque no tengo dudas de que sería un terreno de interesante indagación. En realidad, Jackson me ha permitido dar con algo que desde hace varias semanas me viene dando vueltas en la cabeza. Se trata de las verdades incómodas, aquellas que nadie quiere oír, pese a que pocos segundos antes en una reunión social o familiar alguien te dice ¿Y cómo ves la vaina?

Jackson lo sintetiza de esta forma: “las pasiones políticas impidieron a la mayoría de los observadores reconocer las verdades desagradables con respecto al bando con el cual simpatizaban”. En no pocas ocasiones he manifestado públicamente mi voto de confianza a la dirigencia de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). En mi rol de periodista e intelectual público intento que el apoyo a la MUD no me empañe la visión y el análisis del momento tan dramático y definitorio que vivimos.

Esta adhesión pública, sin que medie un interés económico o un vínculo partidista, no la hago sólo ahora cuando día por medio tenemos a algún diputado opositor herido o vejado por estar al frente de las manifestaciones de calle. Lo expresé sin ambages en noviembre-diciembre del año pasado, cuando la vocería opositora pasaba por una hora oscura tras el fracasado diálogo con el gobierno y lo que fue, en el imaginario popular, el enfriamiento de la calle.

Sobre esto último hay mucha tela para cortar, pues si se revisan las cifras del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social en realidad la calle tiene bastante tiempo sin estar lo que se dice fría, aún pese a la represión y la criminalización de la protesta popular, ésta última ampliamente denunciada por Provea.

Primera verdad. No hay ninguna señal de un resquebrajamiento serio al interior de las Fuerzas Armadas, al menos al momento en que escribo estas líneas. Hay malestar en mandos medios y cansancio en los uniformados que deben salir a la calle, pero el duopolio represivo de alto mando de la FAN y gobierno de Nicolás Maduro se mantiene amalgamado. Sin una ruptura en esta alianza no habrá cambio. La represión de la protesta, junto a las muertes a cuentagotas que se vienen registrando, hay que decirlo, se pueden mantener por largo tiempo.

Segunda verdad. Un escenario de cambio no nos conducirá necesariamente a la democracia. Como demócrata que soy y venezolano que vive en Venezuela sin plan B de emigrar, deseo profundamente que cualquier posibilidad de cambio desemboque en la restauración democrática, bajo los principios trazados en la Constitución de 1999. Ese es, sin duda, mi deseo más profundo.

Pero existe un claro riesgo (y la constituyente empujada por Maduro le pone fecha a ese escenario) de que pasemos no a más democracia sino a más dictadura. La represión puede subir de tono, se eliminen instancias judiciales independientes y sencillamente se militariza todo aquello que tenga que ver con la protesta política (ya hay bastante señales de que se puede ir en esa dirección). El punto culminante de tener más dictadura podría ser la salida de Maduro del poder y su reemplazo por alguna junta militar que asuma bajo la lógica de que “hay que poner orden”.

Tercera verdad. La caída de la dictadura no se resolverá en cuestión de horas con la huida del tirano. En el imaginario venezolano pesa mucho la visión idílica de que una vez que Pérez Jiménez huyó hubo en el país un florecimiento democrático inmediato, en 1958.

El madurismo, como degeneración autocrática del chavismo, combina no sólo la condición de una dictadura convencional (represión, censura, control de las instituciones) sino que hay dos elementos que a veces soslayamos. Por un lado, la condición de narcotraficantes que han adquirido muchos de quienes son figuras oficiales, junto al poder tras bambalinas que tiene la dictadura cubana en Venezuela, asunto que se ha acrecentado tras la muerte de Hugo Chávez y la asunción de Nicolás Maduro.

Cuarta verdad. Tarde o temprano llegaremos a una mesa de negociación. El enquistamiento del chavismo en la estructura del Estado y la adhesión sin reticencias del sector militar (que además se encarga del trabajo represivo) no se acabará solamente con la renuncia de Maduro (en caso de que éste renuncie por voluntad propia o forzado por los militares).

Algunas verdades desagradables 1
Las autoridades venezolanas reprimen con violencia las protestas de la oposición. | Foto: Ivan Alvarado / Reuters

Lo último que se ha discutido, de un grupo de países “amigos”, con naciones que sean colocadas a partes iguales por el gobierno y la oposición, podría ser una vía concreta no de dialogar (el tiempo del diálogo creo yo se acabó el 1 de diciembre de 2016) sino de negociar. Si usted le da crédito a lo que he dicho en las líneas anteriores entenderá que hay mucho que negociar.

Ni la crisis económica (aún agudizándose como se prevé) ni una agenda permanente de protestas en la calle (con la intensidad que viene sucediendo) generarán –por sí solas- el anhelado cambio democrático.

Ni será rápido, ni será fácil. Esa es la quinta verdad. Un buen amigo me considera un pesimista, cuando le comparto esta visión. Trato de mirar la realidad sin que los cristales de mis anteojos estén empañados por lo que deseo para mis hijos (que vivan en un país libre y próspero). No estoy diciendo que estamos condenados como sociedad, sólo que debemos afrontar este momento definitorio para la vida nacional mirando no sólo las posibilidades, sino también los riesgos.

Se trata de mantenerse, en esta hora de crisis, con convicciones firmes y resiliencia en la actuación cotidiana, tanto social como individualmente.

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo

Jorge Raya Pons

Foto: FELGTB

Los años oscuros no quedan tan lejos. En marzo de 1976, el valenciano Antonio Ruiz, de 18 años, fue detenido y encarcelado durante 94 días después de que un juez aplicara contra él la Ley de Peligrosidad Social. Se trataba de una legislación aprobada en 1970 por las Cortes franquistas para castigar aquellas conductas que se consideraban antisociales, y ser homosexual era una de ellas. Esta ley, que vino a sustituir la famosa Ley de Vagos y Maleantes ­–puesta en vigor en 1933 y reformada en 1954 para incluir a los homosexuales, igualándolos, por ejemplo, a los pederastas– contemplaba penas como el internamiento en prisión –unos 5.000 en ocho años– o el sometimiento a terapias de conversión, las cuales, para sorpresa general, siguen existiendo.

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 4
Una máquina de electroshock empleada en los años 60. | Fuente: FELGTB

Antonio Ruiz es un símbolo de la persecución contra los homosexuales que se desató durante el franquismo y que dio sus últimos coletazos en los primeros años de la democracia; la ley sufrió varias reformas en los años siguientes –eliminando los artículos relativos a los actos de homosexualidad en 1979– y fue abolida definitivamente en 1995. En 2009, Antonio fue el primer indemnizado en España por haber entrado en prisión por ser homosexual. Le compensaron con 4.000 euros.

Tras salir de los tribunales, celebró enérgicamente la resolución del Gobierno español, entonces presidido por Rodríguez Zapatero. “Por fin somos ciudadanos de primera”, dijo. “España se ha convertido en el primer Estado del mundo que reconoce la represión a la que se vieron sometidos los homosexuales y les indemniza. Hemos empezado a recuperar la memoria histórica”. Queda para las próximas generaciones su ficha policial de 1976; en ella se puede leer con claridad que el motivo de su detención fue su condición sexual. No han pasado más que cuatro décadas desde entonces.

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 1
Ficha policial de Antonio Ruiz, detenido por ser homosexual en 1976. | Fuente: FELGTB

Este viraje tan extraordinario que ha vivido España en menos de medio siglo solo se comprende desde la lucha que ejercieron activistas como Armand de Fluviá o Francesc Francino, quienes decidieron enfrentarse a la Ley de Peligrosidad Social aun a riesgo de sufrir la represión de la dictadura. “En aquella época, los gais éramos un peligro social, unos corruptores de menores, unos enfermos mentales, los peores pecadores y la escoria de la sociedad”, recuerda Armand, a sus 85 años, quien más adelante se convertiría en la primer homosexual en manifestarlo públicamente en televisión: fue en 1978, en el programa Vosté pregunta.

“Yo fundé el movimiento gay en 1970 con el MELH (Movimiento Español de Liberación Homosexual). Lo hacíamos todo en la clandestinidad, incluso un fanzine que enviábamos desde París. Lo hacía con mi amigo Francesc (Francino), que murió hace muchos años por el sida. El primer número salió en 1972 y se llamaba Aghoix, sacamos 18 números. Pasábamos la frontera con mucho pánico, con miedo a que nos viera la Policía o la Guardia Civil. Lo hacíamos de uno en uno y por la noche. Este fue el juego sagrado que se mantuvo hasta que Franco murió. Entonces ya salimos con una cosa más potente que es el FAGC (Frente de Liberación Gai de Cataluña)”.

Durante el franquismo apenas eran “unos 20” quienes luchaban desde la clandestinidad; en cuanto se fundó el FAGC, sostiene Armand, llegaron a ser cerca de 500.

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 2
Un manifestante durante la primera marcha del Orgullo celebrada en Madrid, en 1978. | Fuente: FELGTB

Un nuevo país

El emerger del FAGC en la sociedad española fue decisivo; no se puede comprender la lucha LGTB en España sin atender a sus logros. El FAGC fue el punto de partida de todo un movimiento que había guardado silencio por demasiado tiempo y que fue una inspiración para otros territorios que encontraron en Cataluña un ejemplo. Sus principales exigencias fueron la abolición de la Ley de Peligrosidad y la legalización de las organizaciones activistas; la propia FAGC fue inscrita y legalizada en 1980.

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 3
Durante el primer Orgullo celebrado en Madrid se reclamó la abolición de la Ley de Peligrosidad Social.

“Todos los partidos y sindicatos que salieron de la clandestinidad como nosotros nos apoyaron”, relata Armand. “Se fueron formando grupos en distintos sitios de España y empezó la lucha. Yo recuerdo que en 1976 vino a visitarme el iniciador del movimiento gay en Euskadi para ver cómo lo habíamos hecho aquí, en Cataluña. Luego vinieron desde Sevilla. Recuerdo que en 1977 publicamos el manifiesto del FAGC; aquello sirvió para el resto de grupos que fueron formándose en España”.

El resultado de este ímpetu se hizo visible en Barcelona con la primera marcha LGTB permitida por las autoridades en España; fue el 26 de junio de 1977 y recorrió las Ramblas al grito de “¡Amnistía!”. De acuerdo con las crónicas de la época, se congregaron en la emblemática vía cerca de 4.000 personas. La primera celebración del Orgullo en Madrid se convocó un año después.

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 5
Dos hombres en el Orgullo madrileño de 1978. | Fuente: FELGTB
La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 6
El movimiento feminista tuvo protagonismo en el primer Orgullo de Madrid. | Fuente: FELGTB

“Del 75 al 80 fue un quinquenio de maravilla”, dice Armand, con entusiasmo. “Muerto Franco, se acabó la rabia. Tras tantos años de dictadura se levantó esa losa que había, la gente perdió el miedo. Todo era fantástico”.

Desde entonces las marchas se han sucedido en todo el país, especialmente en las grandes ciudades, y el fortalecimiento del movimiento desde los años 90 ha permitido dar voz también a los transexuales y a las lesbianas, que comenzaron a agruparse en colectivos feministas para reivindicar que se les diera la misma visibilidad que a los hombres homosexuales.

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 7
Una niña, con la bandera del Orgullo pintada. | Fuente: FELGTB

La evolución de las reivindicaciones

La historia reciente del movimiento homosexual, tal y como se puede descubrir en la exposición Subversivas: 40 años de activismo LGTB en España –organizada por la Federación Española de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales–, es la muestra tangible de la evolución de la sociedad española desde la Transición hasta hoy, con todas sus etapas.

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 8
Los activistas se movilizaron para concienciar a las autoridades sobre la gravedad del sida, que afectaba con dureza a la comunidad gay. | Fuente: FELGTB

Desde la lucha por la concienciación contra el sida, la principal preocupación de los colectivos LGTB en los 80, hasta la Ley de Matrimonio Homosexual (2005) o la Ley de Identidad de Género (2007), que permitió a cualquier persona a cambiar su nombre y sexo en el registro  sin necesidad de pasar por una operación.

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 9
Pedro Zerolo, uno de los grandes activistas LGTB contemporáneos, junto a Toni Poveda y Bibiana Aído en 2008. | Fuente: FELGTB

Es una realidad que la transformación del país ha sido absoluta; en cuatro décadas, España se ha convertido en un referente mundial en la defensa de los derechos de la comunidad LGTB. Tanto es así que este año es Madrid la ciudad que acoge la fiesta internacional del Orgullo; durante dos semanas se espera recibir hasta tres millones de personas en la ciudad.

“Hemos alcanzado lo que muchos otros no han logrado”, sentencia Armand. “Realmente, ahora no tenemos ninguna discriminación. La lucha de los colectivos es ahora contra la homofobia. Tenemos leyes para ello y contemplan sanciones. Es cierto que hay gente medio loca que nos odia, pero no creo que sean demasiados”.

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 13
Celebración del Europride en Madrid en 2007. | Fuente: FELGTB

La historia en imágenes de la lucha LGTB tras el franquismo 10
Foto de la manifestación del Orgullo en 2009. | Fuente: FELGTB

En cualquier caso, el activista barcelonés sostiene que todavía quedan algunas victorias pendientes: “Ahora hay que incidir en la enseñanza y en los medios de comunicación. Lo que tenemos que conseguir es que se hable desde la guardería hasta la universidad, que la televisión vaya dando ejemplos positivos desde la homosexualidad. Y detalles como el alquiler de vientres, algo que aquí en España todavía no se permite, pero que parece que está al caer”.

De los trastornos y las drogas

Melchor Miralles

Foto: STEVE DIPAOLA
Reuters

Las estadísticas tienen lo suyo, y siempre muchas lecturas. Hoy sabemos que en 2015 250 millones de personas consumieron algún tipo de droga en el mundo, y al menos 190.000 murieron por causas directas relacionadas con los estupefacientes, según el Informe Mundial sobre Drogas de la ONU, que asegura también que casi 30 millones de personas padecen trastornos graves por esta causa. La más consumida es el cannabis, pero la heroína figura como la más nociva y la que más muerte causa. Los números, qué duda cabe asustan.

Me parece un trabajo relevante de la ONU. Los científicos que lo han hecho merecen mi respeto. Pero si se quiere entrar a fondo en la materia hay que ir al fondo. Las drogas lo que son es un gran negocio que enriquece a muchos. Su combate es imposible a nivel nacional, un solo país no puede acabar con la causa del problema. Y como genera ríos de millones de beneficios, quienes se enriquecen a su costa tienen la capacidad de neutralizar con dinero a gobiernos, jueces y policías. Y el problema crece cada año. Y seguimos manejando estadísticas, y escandalizándonos, y lo que nos queda por ver.

Esos treinta millones de personas que padecen los trastornos a que se refiere este informe quizá hayan empezado a trastornarse antes, y por ello han acabado en la droga, donde han encontrado un refugio y un cobijo que no tenían, puede que incluso sabiendo el daño que iba a causarles. Hemos construido una sociedad que cada día genera motivos para el disgusto, el hartazgo, el desasosiego y el dolor. Crecen el hedonismo y el egoísmo, aumenta el culto al dinero y cada vez importan menos los seres humanos, que tenemos sentimientos, sufrimientos, dolores y penas que nos afligen.

Bien por Naciones Unidas, el doctor ya ha diagnosticado la enfermedad. Ahora me gustaría que nos dijeran estos expertos de la cosa cual es la solución. Para acabar con los trastornos, y para que las drogas solo se utilicen para aquellos casos en los que son útiles. Me temo que tardará en llegar.

TOP