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¿Mejoran los árboles nuestra salud? Una ciudad de EEUU planta 8.000 para averiguarlo

Redacción TO

Aruni Bhatnagar es un profesor de medicina con un sueño: probar que los árboles pueden tener un impacto directo en la mejora de nuestra salud. Bhatnagar trabaja en la Universidad de Louisville (Estados Unidos) y cree firmemente que la contaminación del aire provoca riesgos cardiovasculares que los árboles pueden prevenir. El enfoque del proyecto es plantar miles de ejemplares para que estos reduzcan la contaminación, y entonces se reduzcan los riesgos de enfermedades cardíacas; por lo que en un futuro, los árboles incluso podrían sustituir a determinadas medicaciones. Para comprobarlo Aruni Bhatnagar ha convertido su sueño en un proyecto de investigación, el Green Heart Project. Esta iniciativa la lleva a cabo con la Universidad de Louisville, la asociación de Conservación de la Naturaleza y el Instituto de Aire, Agua y Suelo Limpios. Juntos quieren probar la correlación directa entre salud cardiovascular y naturaleza.

El proyecto consiste en plantar 8.000 nuevos árboles nativos de Kentucky en un área de Louisville en la que viven 22.000 habitantes. La iniciativa cuenta con una financiación de 14,5 millones de dólares. “El proyecto es esencialmente un estudio controlado a escala de vecindario”, señala Ted Smith, cofundador del Instituto de Aire, Agua y Suelo Limpios. Se trata de una agresivo plan de reverdecimiento que debería eliminar la contaminación del aire, según sus organizadores.

¿Mejoran los árboles nuestra salud? Una ciudad de EEUU planta 8.000 ejemplares para averiguarlo
Bosque cruzado por una carretera en Estados Unidos. | Foto: Will Suddreth/Unsplash

Los ejemplares que se van a trasplantar son grandes árboles autóctonos que pueden superar los nueve metros de altura. Además de estos árboles, se colocarán arbustos y otras plantas donde puedan absorber mejor la contaminación del aire que daña los pulmones, como a lo largo de autopistas y otras vías transitadas dentro del área de estudio. “Se va a convertir en un laboratorio urbano realmente único”, explica a USA Today Chris Chandler, director de conservación urbana de The Nature Conservancy en Kentucky.

Controles periódicos a la población

Durante los próximos cuatro años, a los habitantes que vivan en estas nuevas áreas verdes se les hará controles periódicos para comprobar las posibles mejoras en su salud. “Serían los primeros datos que muestran de forma definitiva la causalidad entre naturaleza y salud. Solo se han hecho estudios correcionales en el pasado [que dependían de más variables], lo que suponía un problema real para los amantes de la naturaleza. Que plantar árboles tiene un impacto directo en la salud no está basado en ningún estudio empírico“, asegura Smith.

La salud de las personas que viven cerca de la vegetación recién plantada se comparará con la de aquellos que viven en otras partes del área de estudio. “No ha habido otros estudios como este, donde se monitoree la salud de las personas antes, durante y después de una importante plantación de árboles“, sostiene el profesor Bhatnagar a USA Today. “En lugar de darle una pastilla a alguien, les estamos dando verdor”, añade Chris Chandler.

¿Mejoran los árboles nuestra salud? Una ciudad de EEUU planta 8.000 ejemplares para averiguarlo 1
Vista área de un bosque. | Foto: Noah Silliman/Unsplash

Además de estudiar la salud cardiovascular, los investigadores también planean ver si hay algún cambio en las tasas de criminalidad, el estrés, la economía y otros resultados sociológicos, puesto que algunos estudios sugieren que los árboles también pueden ayudar en esas áreas.

Los organizadores reconocen que “no es un proyecto pequeño, no es un proyecto rápido y puede no funcionar“, pero “es importante”. Hasta que descubramos los resultados, es bastante excitante pensar que la clave para mejorar la salud de nuestro corazón está escondida en la naturaleza.

Continúa leyendo: El único hombre de EEUU aparentemente "a salvo" de las denuncias de acoso sexual es el presidente Trump

El único hombre de EEUU aparentemente "a salvo" de las denuncias de acoso sexual es el presidente Trump

Anna Carolina Maier

Foto: KEVIN LAMARQUE
Reuters

Las denuncias de acoso sexual en Estados Unidos arrecian. El caso del productor de Hollywood Harvey Weinstein destapó una caja de pandora que parece no tener fin. Algunos hombres poderosos que parecían invencibles han pasado a convertirse en personas non gratas ante la opinión pública. Desde comediantes como Louis C. K., actores como Kevin Spacey o cantantes como Nick Carter han sido mencionados por la prensa en medio de esta crisis del pánico sobre el acoso sexual. Entre los acusados también se encuentra el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien continúa desafiando la norma moral de EEUU y parece ser el único en estar “a salvo” de las incriminaciones a pesar de contar con 16 acusaciones en su contra.

La Casa Blanca afirmó el 28 de octubre que todas las mujeres que han acusado de acoso sexual al presidente “mienten y que esa es la posición oficial al respecto”, según respondió en una rueda de prensa la portavoz de Trump, Sarah Sanders. La declaración de Sanders ha ido de la mano de los alegatos que el primer mandatario publicó en Twitter durante su campaña presidencial en 2016.

El lunes 13 de noviembre el líder republicano del Senado de Estados Unidos, Mitch McConnell, al ser preguntado sobre las denuncias de mujeres que aseguran haber sido violadas por Roy Moore, un exjuez que aspira al Senado acusado de conducta sexual inapropiada con varias adolescentes a fines de la década de los años 70, respondió: “Creo a estas mujeres. Él debe hacerse a un lado”. Al día siguiente, el líder de la mayoría del Senado evadió la interrogante de un periodista sobre si cree a las mujeres que acusaron al presidente Trump de acoso sexual. “Mire, estamos hablando de la situación en Alabama”, respondió entonces McConnell.

De modo que a pesar de que parece que el panorama ha cambiado y que diariamente hay nuevas denuncias inundando los titulares, el poder todavía juega un rol importante y convierte en intocables a algunos hombres como Trump. Al presidente su partido lo necesita por lo que cargos como el líder del Senado han ignorado las acusaciones que podrían poner al mandatario de ‘patitas en la calle’ o en la cárcel.

De hecho, Trump ha dado su apoyo a Moore al decir que este “niega totalmente” las acusaciones. “También hay que escucharlo a él”, afirmó el presidente.

El único hombre de EEUU "a salvo" de las denuncias de acoso sexual es el presidente 1
Roy Moore, un exjuez que aspira al Senado ha sido acusado de conducta sexual inapropiada con varias adolescentes a fines de la década de los años 70. | Foto: Marvin Gentry / Reuters

La misma semana de la polémica sobre las respuestas de McConnell, el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, informó que cada legislador y cada colaborador deberá seguir un curso anti-acoso y anti-discriminación. En el Senado, esos cursos son facultativos, explica AFP. Asimismo, se reveló que entre 1997 y 2017 el Congreso pagó nada menos que 17 millones de dólares de dineros públicos para resolver 264 casos de reclamos internos del personal, incluyendo quejas por acoso sexual.

Estas son algunas de las mujeres que han acusado a Trump

Una de las mujeres que ha levantado su voz en contra de Trump es Summer Zervos, una antigua concursante del programa The Apprentice quien aseguró, durante la campaña presidencial, que cuando ella trató de buscar empleo en las empresas del magnate, durante una reunión en un hotel, él “comenzó a besarla con la boca abierta”. Afirma que trató de apartarse, pero Trump continuó intentando besarla y que luego le pidió que se acostaran a ver televisión.

Kristin Anderson contó a The Washington Post que Trump le tocó sus partes íntimas por debajo de su minifalda. Ella se levantó del sofá en el que estaba para alejarse y antes de irse miró al hombre que acababa de manosearla: era Trump. “Sus cejas son inconfundibles”, afirmó Anderson al recordar ese momento.

Una de las denuncias más fuertes la hizo su ex esposa Ivana Trump quien acusó al magnate en una declaración judicial de haberla violado durante una discusión, tal y como recogió en el libro Lost Tycoon el periodista Harry Hurt. En esta lista también está Lisa Boyne quien expresó a The Huffington Post: “Fue la escena más ofensiva de la que he sido parte en mi vida”, cuando contó cómo en el verano de 1996, supuestamente durante una cena en un restaurante en la que además estaban otras personas, Trump hizo que varias mujeres desfilaran frente a su mesa, miró bajo sus faldas, comentó sobre si estaban usando ropa interior o no y sobre cómo lucían sus genitales.

Una más de las 16 es Mindy McGillvray quien relató al Palm Beach Post que el presidente la tocó de manera inapropiada en contra de su voluntad en su hotel Mar-a-Lago en Palm Beach hace 13 años, cuando ella tenía 23 años. Tasha Dixon es otra de las mujeres que han denunciado al magnate. La modelo y concursante de Miss USA ha narrado cómo en el año 2001 Trump entró a los vestidores donde se cambiaban las modelos sin anunciarse, ni darles tiempo de cubrirse y señaló que nadie podía quejarse porque él era el dueño.

Si Harvey Weinstein contaba con un fuerte andamiaje de un total de 91 actores, publicistas, productores, financieros y otros que trabajan en la industria del cine a quienes mantenía cerca como parte de una estrategia para evitar posibles denuncias, como lo publicó The Observer, ¿qué se podría esperar de uno de los hombres más poderosos del mundo como el Presidente de Estados Unidos?

Continúa leyendo: Los cristianos no son mejores personas; y eso es bueno para el cristianismo

Los cristianos no son mejores personas; y eso es bueno para el cristianismo

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: Ahmed Saad
Reuters

¿Ser cristiano te hace mejor persona, peor o te deja prácticamente igual? Ha siglos que discuten sobre ello filósofos, escritores y vecinas del quinto izquierda, sin que hasta hoy ninguno haya llegado mucho más allá de meras conjeturas.

Ya el filósofo Celso en el siglo II acusaba a los cristianos de ser especialmente arrogantes, desleales y vanidosos. Porfirio, en la siguiente centuria, escribiría quince libros en igual sentido, distinguiendo además entre Jesús de Nazaret (al que reconocía como un hombre piadoso) y sus seguidores: a estos los denostaba como viciosos empedernidos. En cuanto al otro bando del debate, lo capitanearon enseguida autores de la talla de Orígenes o San Agustín. De hecho, estos respondieron con tanto pormenor a las citadas acusaciones, que si hoy conocemos aquellas es en realidad gracias a ellos: las obras originales de Celso y Porfirio acabarían alimentando las hogueras de cristianos que decidieron terminar con sus argumentos de modo quizá menos filosófico, pero sin duda más expeditivo.

Después de mil novecientos años de discusión se agradece, pues, que tres investigadores europeos (J. E. Gebauer, C. Sedikides y A. Schrade) se hayan lanzado a poner algo de ciencia en todo este asunto. Lo acaban de publicar en el Journal of Personality and Social Psychology, donde usan un ingenioso método.

Empecemos aclarando que, naturalmente, su propósito no es valorar todas las posibles virtudes (o posibles vicios) que puedan distinguir a los cristianos de los demás: ello agrandaría en exceso su campo de estudio. Gebauer, Sedikides y Schrade se concentran solo en un defecto ético: el de la soberbia. Es decir, el error de valorar tus atributos, o a ti mismo, por encima de los demás… en cosas en que en realidad no los superas. Así, el asunto se convierte en algo lo suficientemente limitado como para poderse investigar, pero no tanto como para resultar baladí: recordemos que ahuyentar la soberbia y cultivar la humildad es firme insistencia de la Biblia para todo cristiano (Mt 11:29; Mc 9:35; Lc 9:48; Lc 14:11; Rm 10:16; Ef 4:2; 1 Pe 5:5-6). Y que consiguientemente si el cristianismo hace a las personas más humildes o, por el contrario, resulta que las vuelve más soberbias, ello resulta sin duda, según los propios criterios cristianos, un buen indicio de su éxito a la hora de hacer a la gente mejor.

¿Cómo han explorado estos investigadores si el cristiano medio adolece de especial soberbia o, por el contrario, obedece a la Epístola a los Filipenses (2:3) y se estima a sí mismo, humildemente, por debajo de los demás?

Para resumir su minucioso estudio, digamos que lo primero que han preguntado a un grupo de cristianos es si consideran que cumplen ciertos preceptos morales mejor de lo que lo hacen, por lo general, los demás cristianos. Y luego han planteado el mismo interrogante a un grupo de no cristianos. Esto ha arrojado un dato contundente: el cristiano medio se considera a sí mismo más virtuoso que la media de sus hermanos en la fe. Esto, naturalmente, no puede responder a la realidad: es como si todos los españoles creyésemos estar por encima de la altura media de los españoles. Además, esta sobrevaloración que hace de sí el cristiano medio es superior a lo que se sobrevaloran los no cristianos. Por tanto, el cristiano medio se engaña con respecto a lo muy virtuoso que es; el cristiano medio adolece de soberbia; y lo hace en mayor medida aún de lo bien soberbio que es ya, por lo general, el resto del mundo.

Otro experimento de Gebauer y compañía arroja parejos resultados. Cuando les piden a los cristianos que evalúen su propio conocimiento en diversas áreas del saber (y luego les ponen una prueba para comprobar cuánto saben realmente de ellas), los cristianos tienden a sobrevalorar su conocimiento de cuestiones sociales o religiosas. Y, de nuevo, son ahí más optimistas acerca de su propio saber de lo que le ocurre a cualquier otra persona. (En otras áreas, como las científico-naturales, los cristianos se sobrevaloran también, pero no más de lo que lo haría cualquier otro). Creerte sabio cuando no lo eres es una buena definición de soberbia, según Tomás de Aquino; por desgracia para este santo, sus condiscípulos cristianos tienden de media a lucir ese pecado más que los que no lo son.

¿Debe preocupar este descubrimiento científico a los creyentes en Jesús de Nazaret? Curiosamente, si un miembro de la cristiandad se sintiese escandalizadito por él (“¡cómo se le ocurre a estos profesoruchos decir algo malo de mí y de mi religión!”), sin aportar más datos, estaría revistiéndose justo de esa soberbia que le ofende que le atribuyan. Así pues, lo más sensato sería que (al menos esto) lo aceptara con humildad. De hecho, en lo que resta de este artículo, voy a apuntar que incluso podría ir más allá. Que todos los cristianos podrían alegrarse de este hallazgo experimental.

Para comprender lo que quiero decir, hagámonos unas cuantas preguntas: ¿es lo más importante del cristianismo su moralidad? ¿Es el cristianismo, en el fondo, un mecanismo para hacer a las personas más éticas, más bondadosas, mejores cumplidoras de unos u otros mandamientos? ¿Se parecen entonces los cristianos a otras gentes empeñadas en que nos comportemos según lo que ellas consideran más moral: guerreros de la justicia social (SJW), adalides de lo políticamente correcto, animalistas, feministas, puritanos, estrellas de Hollywood, multiculturalistas, periodistas progres y demás paladines de la virtud?

Las dos primeras preguntas se han respondido a menudo de manera positiva; pero, curiosamente, lo han hecho a menudo autores que no simpatizaban demasiado con el cristianismo. Thomas Jefferson, por ejemplo, creía que lo único importante de los evangelios eran sus recomendaciones morales; y editó incluso una versión de los mismos en que mantenía estas y expurgaba todo lo demás. Buena parte de sus coetáneos ilustrados pensaban de modo similar: el cristianismo está muy bien como moral misericordiosa hacia tus semejantes, pero el resto de lo que sostiene es mera irracionalidad. En ocasiones los propios cristianos han mordido esta fruta y, como nos recordaba Jacques Ellul, si “a los ojos de la mayoría de nuestros contemporáneos el cristianismo es, ante todo, una moralidad, ¿no es porque la Iglesia ha mostrado fijación a menudo por determinados actos y conductas?”.

Ahora bien, de ser todo así, la tercera pregunta que planteé antes debería responderse también de modo positivo: el cristianismo no sería más que una batalla moral más, al lado de otras tantas que hoy insisten por captar nuestra atención (y nuestros dineros). De este modo se explicaría, además, la similitud que muchos ven entre los valores cristianos y los valores políticamente correctos: atención a los débiles, compasión por las víctimas, mansedumbre, cierta complacencia ante tus semejantes, delicadeza al hablar sobre los demás… Los cristianos no serían sino un escuadrón más dentro del ejército de los guerreros de la justicia social.

No obstante, cabe la posibilidad de pensar el cristianismo de modo bien distinto. Como escribió C. S. Lewis, aunque el cristianismo parece a primera vista consistir en una moralidad (con deberes y reglas y culpa y virtud), esa apariencia se desvanece si vamos más allá de tan inicial ojeada. Echemos un vistazo a las cartas de San Pablo, por ejemplo: en especial, a aquellas que casi con total seguridad escribió él mismo. Pablo habla allí sobre todo de liberación, de libertad, de sentirse salvados; y luego, como meras advertencias, recuerda a sus interlocutores que esta sensación de vivir por fin libres no debe ser para ellos una excusa para refocilarse en el vicio. Pero resulta cristalino que lo importante para él es esa experiencia de liberación, no unos u otros mandamientos. Al fin y al cabo, la moralidad del cristiano del siglo I no se diferenciaba excesivamente de la del judaísmo coetáneo. De modo que, para ese viaje, si fuera solo un viaje moralista, no harían falta las alforjas de ir construyendo una comunidad diferente a la judía (y a menudo enfrentada a ella con violencia).

¿Cuál es esa experiencia cristiana que Pablo temía que condujera a la laxitud, a la autocomplacencia, a la lenidad? El filósofo Ludwig Wittgenstein creyó que cabía resumirla en cierta frase que escuchó una vez encima de un escenario: “Me siento seguro pase lo que pase”. Es una expresión paradójica, desde luego: muchas cosas pueden pasarte en la vida que te quiten no solo la seguridad, sino incluso esa vida misma. ¿Cómo diantres puedes sentirte tan invulnerable, cómo diantres te puedes sentir salvado de todo mal? La tarea de un cristiano (de un cristiano no moralista ni guerrero social ni políticamente correcto, sino más similar a San Pablo y a C. S. Lewis y a Wittgenstein que a la última cantante pop que nos pide limosna para ayudar a las jirafas) sería explicarnos que esa aparente paradoja no es tal.

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El poder causa daños cerebrales

Redacción TO

Foto: KEVIN LAMARQUE
Reuters

¿Qué tienen en común Donald Trump, Kim Jong-un y Harvey Weinstein? No, no son unos kilos de más -que también-, sino el poder. Y esta característica tiene efectos secundarios que los mortales que viven bajo su yugo deben conocer. Dacher Keltner, profesor de Psicología de la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos, ha estudiado el fenómeno a fondo y, después de realizar un estudio de dos décadas con experimentos de laboratorio y de campo -del que se ha hecho eco The Atlantic-, ha concluido que las personas poderosas actúan como si hubiesen sufrido un traumatismo cerebral. Es decir, se vuelven más impulsivas, menos conscientes de los riesgos y menos partidarias de asumir puntos de vista ajenos.

Los descubrimientos de Keltner se suman a los de un investigador de la Universidad McMaster, en Canadá. Se trata de Sukhvinder Obhi, que, desde el campo de la neurociencia, ha descrito comportamientos similares con gente de este perfil. Al estudiar los cerebros de personas poderosas y menos poderosas con un aparato de estimulación magnética transcraneal, descubrió que el poder daña un proceso neurológico específico relacionado con la empatía.

Lejos de ser una excusa para exonerar a Trump, Kim y Weinstein -que no lo es en absoluto-, estos hallazgos sí sirven para entender cómo funcionan los mecanismos físicos y mentales de aquellos que tienen acceso a más control sobre otras personas. Y esta pérdida de capacidades está en consonancia con hallazgos anteriores. En 2006, por ejemplo, un estudio de la Universidad Nortwestern, en Estados Unidos, pidió a sus participantes que se dibujaran una E en la frente. Los que se sentían más poderosos tendían a dibujar la letra orientada hacia su derecha (es decir, quedaba del revés para cualquier otro observador), mientras que el resto hacía lo contrario, lo cual, según el estudio, demostraba una mayor capacidad empática.

Un curioso despiste confirmó extraoficialmente esta teoría dos años más tarde cuando el entonces presidente de Estados Unidos, George Bush, que ya llevaba siete años en el cargo, animó al equipo de natación de su país en los juegos de Pekín ondeando efusivamente una bandera estadounidense… del revés.

El poder causa daños cerebrales
George Bush dando ánimos con la bandera del revés. | Jerry Lampen / Reuters

Otros estudios enfocados a la misma investigación han mostrado que a las personas con más autoridad les resulta más difícil descifrar las emociones de una persona retratada en una fotografía y que también les cuesta más deducir cómo interpretará un comentario un compañero. Uno de los factores que agrava esta situación, y que quizá en mayor o menor medida la configura, es el hecho de que las personas suelen imitar a aquellos con más poder y autoridad que uno mismo. Estos últimos actúan como modelo a seguir para los primeros y, además, carecen de modelos propios a los que seguir, lo cual tiene un efecto directo sobre las funciones empáticas.

La imitación, en psicología, es un proceso inconsciente mediante el cual a una persona, cuando observa a otra realizando una actividad, se le activa la parte del cerebro que utilizaría para realizarla ella misma. Es lo que Sukhvinder Obhi y su equipo intentaban demostrar cuando pidieron a sus investigados que vieran un vídeo de alguien apretando una pelota de goma. Los procesos neurológicos que se pondrían en marcha si fueran ellos los sujetos se activaron en el caso de las personas con menos poder. Esto no ocurría en el caso de las personas con menos autoridad.

Esta pérdida de capacidades tiene un irónico efecto que Sukhvinder Obhi ha denominado “paradoja del poder”. Es decir, las personas utilizan una serie de habilidades para llegar a posiciones de poder que pierden en cuanto lo alcanzan. Y, si las han perdido, ya no podrán desempeñar con la misma eficacia el cargo para el que inicialmente habían demostrado estar preparadas.

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El ingeniero que quiere conectar tu cerebro a internet

Redacción TO

Foto: Metro-Goldwyn-Mayer

Es el sueño definitivo del hombre. Alcanzar la inmortalidad. Aunque sea renunciando al propio cuerpo si, con tal de mantener la consciencia, podemos sustituir las venas por cables, los órganos por chips y los recuerdos por series binarias de unos y ceros. Que nadie se frote las manos: la idea es solo eso, una idea. Pero el planteamiento es un campo de estudio, aunque muy limitado por ahora, en expansión. La ambición presente no es tanto alcanzar la inmortalidad, algo reservado para una tecnología mucho más avanzada que la actual, como encontrar la forma de mudar nuestra consciencia desde el cuerpo a la máquina a través de internet. De lo biológico a lo mecánico.

El último en dar un paso para avanzar en esta línea de investigación es el bioingeniero sudafricano Adam Pantanowitz, que pertenece a esa estirpe de jóvenes genios autodidactas con ideas revolucionarias. Este investigador de la Universidad de Wits, en Johannesburgo, ha desarrollado una tecnología que ya ha logrado conectar, aunque de manera muy primitiva, el cerebro a internet. Brainternet, como ha bautizado su creación (brain significa cerebro en inglés), es una interfaz que concibió hace cuatro años, informa Ozy, y que ha hecho realidad recientemente con la ayuda de dos estudiantes de ingeniería biomédica. ¿La innovación? Brainternet ha conseguido transformar las ondas cerebrales en señales digitales y enviarlas a la web. Es decir, ha dado el paso de lo psicológico a lo digital. Es la primera vez que esto se consigue, según Pantanowitz.

¿Y qué sentido tiene hacer este cambio? ¿Qué utilidades tiene transmitir parte de nuestra consciencia por correo electrónico? Muchas. Por ejemplo, si una persona epiléptica está conectada a Brainternet, podría predecir cuándo sufrirá su próximo ataque para poder ir a urgencias unos minutos antes. De la misma manera, si alguien está en peligro en algún lugar y necesita ayuda, podría alertar a una persona de confianza sin necesidad de que esté físicamente presente.

¿Qué puede saber una máquina de nosotros?

Utilizando Brainternet, una suerte de casco similar al de un encefalograma, Pantanowitz y sus colegas han conseguido enviar las señales cerebrales a un servidor online que logró descifrar “cuándo una persona estaba levantando el brazo derecho, o levantando el brazo izquierdo, y la pantalla no solo reflejaba las señales sino también información sobre qué actividad estaba haciendo” la persona, ha explicado a Ozy el bioingeniero. Y lanza una predicción: “De la misma manera que los teléfonos móviles o los aparatos de aire acondicionado pueden tener direcciones IP, una persona podría estar conectada a internet con señales biológicas”.

Ese es solo el primer paso para una tecnología que todavía el propio Pantanowitz considera distante: que este dispositivo funcione a la inversa. Es decir, que sea posible descargar datos de internet directamente a nuestro cerebro. Lo cual lleva a otra realidad aún más distante: la inmortalidad digital. Fusionar mente y máquina y trasladar todos los datos cerebrales de una persona (sus recuerdos, sus ideas…) a un aparato. Por inquietante que suene, el debate está sobre la mesa. Elon Musk, el hombre detrás de Tesla y SpaceX, está investigando en este campo mediante otra de sus empresas, Neuralink. Y esta posibilidad presenta no pocos problemas. En el momento en el que decidamos conectar nuestro cerebro a internet, un hacker lo suficientemente entrenado podrá fácilmente leer, robar o incluso modificar nuestra actividad cerebral.

Y las implicaciones éticas no son menores: ¿dónde empieza la máquina y dónde termina la persona? ¿Qué parte de la identidad se perdería al sustituir la carne por el metal? Ciertas necesidades que mueven de manera capital la vida de los seres humanos derivan del hecho de que vivimos en un cuerpo. La satisfacción de comer o el bienestar que produce el contacto físico con otro ser humano son solo algunas de las dimensiones a las que tendría que renunciar una persona que quisiese vivir como una máquina.

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