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Mi nombre es Nina Simone

Jorge Raya Pons

Foto: Ron Kroon
Wikimedia

Un periodista le preguntó a Nina Simone qué significaba para ella la idea de libertad. Nina, que tenía unos gestos muy dramáticos, en un sentido teatral, dijo que solo es una “sensación”. Luego mantuvo el silencio por unos instantes y respondió con otra pregunta: “¿Cómo le dices a alguien lo que es estar enamorado? ¿Cómo le explicas a alguien que nunca se enamoró qué sientes al estar enamorado?”.

Nunca entendimos a Nina, que arrastraba consigo la tristeza. Nina fue la reina del jazz, del blues, del soul. Pero mucho antes de aquello, antes incluso de llamarse Nina Simone, fue una niña que creció en Tryon, un pueblo pequeñito de Carolina del Norte donde la vía del tren separaba las casitas de los negros de la ciudad de los blancos. Eunice Waymon, así se llamaba, tenía tres años cuando comenzó a tocar el piano en la iglesia del pueblo, con todos esos hombres y mujeres cantando a Dios con los brazos en alto, y fue allí donde la descubrió una mujer anciana y blanca que pidió permiso a sus padres para darle clases de piano, convencida de su potencial. Fue esta señora quien le abrió un mundo con Bach, con Debussy, con Brahms. Le dijo y le repitió, para que no tuviera dudas, que algún día sería la mejor pianista de todas, y estuvo cerca de serlo.

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Nina Simone, 1969. | Foto: Gerrit De Bruin/Wikimedia

Porque Eunice, además de ser mujer, era negra, y no eran los mejores tiempos para serlo. El racismo estaba profundamente arraigado en el alma de los sureños blancos, tan recelosos. Eunice nunca pudo desprenderse de todo aquello, y la única etapa en la que se apartó ligeramente de la música no tuvo otro motivo que su implicación en la lucha por los derechos civiles de los negros. Era tal el grado de racismo, tan crudo, tan repugnante, que Eunice se lo recordó a su hija durante toda su infancia. Y esta, a su vez, repitió las palabras de su madre varios años después en una entrevista: “Me contó muchas veces que le decían que su nariz era demasiado grande, sus labios demasiado carnosos y su piel demasiado oscura”.

Eunice siguió intentando cumplir el sueño de ser la primera pianista clásica negra, y tantas veces como lo intentó encontró el fracaso. Ella siempre lo atribuyó al racismo, y esta es una circunstancia que nunca podrá demostrarse. Sin embargo, siguió con sus estudios de música y se mudó a Filadelfia junto a su familia en busca de un futuro mejor. Eran pobres y Eunice solo tenía sus manos para tocar el piano. Trabajó durante meses en un bar de noche y allí le ofrecieron poner la música, pero para ello no solo tenía que estar dispuesta a cantar, sino a hacerlo con cualquier género: jazz, soul, pop. Eunice no confiaba en ser una buena cantante, pero necesitaba el dinero y aceptó la oferta. En ese tiempo se esforzó por ocultar el origen del dinero a su madre, que jamás hubiera tolerado que procediera de esa música pagana, y Eunice Waymon no encontró otra solución que buscar un sobrenombre; así se convirtió en Nina Simone, y conservó esta identidad hasta su muerte.

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Nina Simone, junto a su hija Lisa, en 1965. | Foto: AP Photo

La vida de Nina fue miserable en cada una de sus etapas y la nostalgia fue consumiéndola lentamente con el tiempo, algo que se hizo cada vez más evidente. Si uno se dedica a pasar sus vídeos, a organizarlos cronológicamente, puede observar cómo esa sonrisa que iluminaba en los primeros años se fue apagando, acompañada por una mirada cada vez más perdida, al borde del derrumbe. Nina, en los 70 años que vivió, sufrió desengaños, rechazos, odio, violencia machista, depresiones; nunca le permitieron ser feliz y ella castigó del mismo modo a su hija, que solo conoció una madre angustiada y en guerra con el mundo.

Cuando a Nina le preguntaron aquel día por la libertad, reconoció finalmente haberla sentido por breves lapsos: “Un par de veces”, añadió, concentrando en una respuesta todo su espíritu. “Para mí la libertad es no tener miedo. Ojalá pudiera vivir así la mitad de mi vida”.

Nina murió un día como hoy de 2003, sola y en el olvido, mientras dormía en una ciudad balnearia en el sur de Francia.

Macron y los estados de gracia

Valenti Puig

Foto: Etienne Laurent
AFP

La norma no escrita de dar una tregua crítica a los cien primeros días de todo gobierno ha ido quedando arrumbada como un uso vetusto. En coincidencia cuantitativa con la duración del retorno de Napoleón desde la isla de Elba hasta Waterloo, esos cien primeros días a veces han ido a la par con el estado de gracia, un período de levitación en el que la confianza en el nuevo elegido parece casi unánime. No lo hemos visto con Theresa May pero sí con Macron. En general, una nueva presidencia de la Quinta República garantiza ese período de gracia. Tras la victoria presidencial, haber conseguido una nueva mayoría parlamentaria –para un partido de hace dos días- convierte a Macron en un político en estado de gracia, llegado en el momento más oportuno para, después del “Brexit”, rehacer el eje franco-alemán dándole un toque gaullista. ¿Hasta cuándo? En un mundo tan acelerado, la erosión política parece haber liquidado los privilegios del estado de gracia. Lo hemos visto otras veces: un político de nuevo cuño –caso Obama- se convierte en paradigma, para acabar entrando y saliendo del taller de reparaciones.

Ahora la fulguración del nuevo presidente de la República Francesa genera un efecto mimético aunque lo realmente significativo es que haya llegado al poder gracias al hundimiento del socialismo francés y las torpezas habituales de la derecha. ¿Macron o Corbyn? ¿Macron o Bernie Sanders? ¿Qué queda del modelo Blair? Son interrogantes que pueden aplicarse al retorno de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE, más bien dispuesto a romper con las tesis de centro-izquierda propias del felipismo y presuroso por expansionarse hacia la izquierda, colindando arriesgadamente con Podemos para conjugar una alternativa.

La posición de Sánchez en contra del acuerdo comercial con Canadá –CETA- ha resultado incómoda para Bruselas, como ya se ha cuidado de exponer el comisario Moscovici, procedente de la izquierda radical y luego ubicado en el sector rocardiano del socialismo francés. Curiosamente, Sánchez ha sido proclamado a menudo por sus partidarios como gran conocedor del laberinto comunitario, dado que de muy joven fue asesor en Bruselas antes de ser jefe de gabinete de Carlos Westendorp, alto representante de las Naciones Unidas en Bosnia, en pleno conflicto de Kosovo.

Tampoco en la oposición perduran los efectos del estado de gracia. El futuro de Pedro Sánchez, por ejemplo, depende mucho de que logre zafarse de la presión de Podemos y de la militancia socialista más radical para lograr la adhesión del electorado real de centro-izquierda, marcando de cerca a un gobierno de Rajoy debilitado por la corrupción siempre que decida, cuanto antes mejor, si quiere ser un Macron o un Corbyn. La crisis del socialismo europeo tiene una sombra muy alargada. Ahora mismo, para Bruselas, aunque Donald Tusk parafrasee a John Lennon, un PSOE deslizándose hacia la izquierda es una mala noticia. Hay abundantes quejas sindicalistas pero el PSOE todavía no ha dado un contenido coherente a su rechazo a los acuerdos comerciales EU-Canadá. ¿Qué hay de malo en mantener relaciones de libre comercio con Canadá?

Cataluña: fiarlo todo al día después

Iñaki Ellakuría

Foto: ALBERT GEA
Reuters

En estos días de verano, cuando el curso político catalán se acerca al breve parón estival, una pregunta se cuela en la mayoría de conversaciones: ¿Qué ocurrirá en otoño? A veces es planteada con una mueca de satisfacción, la del independentista que anhela tras cinco años de proceso que se rompa la baraja; otras, con un rictus de preocupación y hartazgo por un horizonte de agitación, inestabilidad y más ruido. Y en ninguno de los casos, actores del proceso, espectadores o rehenes del mismo, nadie sabe exactamente qué responder. ¡Qué decir si los dirigentes en Barcelona y Madrid parecen huidizos adolescentes cuando se les cuestiona sobre el cacareado choque de trenes!

El proceso se ha instalado en un tiempo de espera e incertidumbre, donde cualquier predicción es una osadía. Con todo, hay elementos que no invitan al optimismo de los moderados. Veamos:

Los funcionarios. El informe de los letrados del Parlament expresando su preocupación y consejos técnicos a la propuesta de modificar el reglamento de la Cámara, una treta urdida por el bloque separatista para agilizar la tramitación de la llamada ley de “desconexión”, pone en evidencia como la estrategia de la confrontación iniciada por el Gobierno de Puigdemont empieza a romper las costuras de las instituciones catalanas e incomodar a muchos funcionarios que no quieren subvertir el marco legal. Ya sea por convicción o simplemente para evitar una inhabilitación.

Escalada verbal. A medida que el proceso se ha ido acercando a la frontera que separa la retórica de los hechos (y sus consecuencias), el discurso independentista ha optado por dividir, ya sin disimulo, la sociedad entre el pueblo, los independentistas, y los “antidemócratas”, todo aquel (persona, partido o institución) que no asuma como legítimo un referéndum unilateral. Esta escalada verbal recibe, ciertamente, el aplauso del núcleo duro separatista, al tiempo que enciende redes sociales y tertulias radiofónicas, pero también agranda la brecha político/sentimental que reflejaron las urnas el 27-S. Incomoda, asimismo, al independentismo moderado y expulsa a los catalanes que apuestan por modificar desde el pacto el actual marco constitucional. Mientras, el inmovilismo del Gobierno central alimenta a los predicadores de la confrontación.

Abucheos. Un síntoma del malestar que acumulan los tildados de “antidemócratas”, fueron los abucheos dirigidos a Puigdemont en Llefiá (Badalona) y Meridiana (Barcelona), dos barrios populares y populosos, donde, como en tantos otros del área metropolitana, el artero relato del “España nos roba” no cuela. La reacción de algunos independentistas, incluido un alto cargo de la Generalitat, fue la de calificar a los presentes de arrabaleros, colonos y fascistas.

Resignación. Recientes declaraciones confirman que Gobierno y Generalitat, uno confiado en la acción de la justicia, el otro anhelando una movilización como la de la cairota plaza Tahir, dan por hecho el choque otoñal. Soraya Sáenz de Santamaría, en un acto en Barcelona, afirmó: “Se habla mucho del 1 de octubre, pero la inmensa mayoría de los que están en el debate público están pensando en el 2 de octubre, y espero que sea el día del sosiego”. Oriol Junqueras, en La Vanguardia, declaró: “Hay que pensar en el día después del 1-O y actuar con responsabilidad”.

Nos aventuramos, pues, a tres mes de larga cuenta atrás y guerra de posiciones. Paciencia y cuerpo a tierra.

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Pierre perdió a toda su familia y ahora está solo en Madrid, arrastra una mirada triste y su pelo es rubio en un tono intenso. “La vida es complicada”, dice, bajando la mirada. “Estoy aquí como refugiado político”. Tiene 27 años y salió de Camerún siendo muy joven; apenas 22 años y no tuvo más remedio que dejar atrás su vida en África. Después de un largo camino llegó en 2015 a España, vivió 10 meses en un centro de Ceuta hasta que le concedieron el asilo. Pierre se fue de Camerún acosado por ser homosexual.

“En mi país hay mucha tradición, no se acepta”, dice Pierre, en un castellano todavía pobre. “En África no tienes libertad si eres homosexual, transexual o lesbiana. Allí existe la mutilación genital. En África es complicado. En África matan por eso”. Pierre cuenta que su padre lo rechazó, que tiene un hermano en Francia con quien no se habla, que su madre fue la única que lo protegió. “Pero mi madre está muerta”, dice. “Yo estaba aquí cuando murió”.

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Pierre, refugiado camerunés, en el restaurante L’Artisan. | Foto: J.R./The Objective

Y aunque no pudo terminar la escuela, siempre se interesó por la cocina; ahora estudia en una escuela gastronómica en Alonso Cano y vive como puede en Madrid, en un piso compartido que le dispuso un amigo dominicano. Cuenta que le interesa la comida francesa, la americana, que va conociendo la española. “Hago cocido”, dice. Ahora participa en una iniciativa, Refugee Food Festival, que nació de la sinergia de la ONG Food Sweet Food y de Acnur, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Pierre estará este fin de semana cocinando en el restaurante L’Artisan, en la calle Ventura de la Vega.

España solo ha acogido a 744 de los 17.000 refugiados a los que se comprometió en Bruselas

En esta campaña, puesta en marcha el año pasado en París y extendida en esta ocasión a ciudades como Madrid, Florencia o Ámsterdam, varios cocineros –todos ellos refugiados- comparten su cultura a través de la cocina en una serie de restaurantes que se prestan como voluntarios. El resultado en Madrid es nueve restaurantes que dan empleo a ocho refugiados de cuatro nacionalidades durante una semana –en días alternos-, ofreciéndoles la oportunidad de compartir sus inquietudes culinarias con sus comensales.

Refugee Food Festival, que termina su segunda edición este domingo, es una ocasión para dar visibilidad a los desplazados. Hay historias trágicas detrás de cada uno de ellos; esta iniciativa nos empuja a esforzarnos por comprenderlos, por escucharlos. España es el país que más donativos privados aporta a Acnur. Sin embargo, es el mismo país que incumple los acuerdos de acogida de refugiados pactados en Bruselas: se comprometió a acoger a 17.000 personas y solo han llegado 744.

Refugee Food Festival: olvidando entre fogones la tragedia de ser refugiado
Mariana, ofreciendo uno de sus postres. | Foto: J.R./The Objective

Mariana también tuvo que abandonar Ucrania con su marido y con su hijo. Tiene 24 años y estudió Económicas en la universidad de su ciudad, Ternópil, a 200 kilómetros de Polonia. Llegó hace un año y medio y su gran barrera, confiesa, es el idioma. “Quiero vivir en España, quiero trabajar en la repostería”, dice Mariana, que prepara postres en el restaurante Keyaan’s (Blasco de Garay, 10). “Me gusta muchísimo la gente de aquí”. Mariana huye de un país en guerra, con todas sus consecuencias, y sigue en contacto con su madre, a la que escribe por WhatsApp. “España nos ha ayudado muchísimo”, dice, agradecida. “En un futuro me gustaría abrir una pequeña pastelería”. Mariana no piensa en regresar a Ucrania.

Tampoco lo hace Pierre, que remueve una tila que no ha probado. “No puedo volver a Camerún, no tengo familia allí”, dice, muy serio. “Yo sueño con estar en España, con tener mi propio negocio: un restaurante con comida de cuatro continentes –África, América, Asia, Europa-. Y ya está”.

Algunas verdades desagradables

Andrés Cañizález

Foto: Cristian Hernandez
EFE

En estos días atroces que vive Venezuela, cuando logro desconectarme de la mecánica nacional, he vuelto sobre las páginas de un texto clásico de la historia del siglo XX. Se trata de “La República española y la guerra civil (1931-1939)” del estadounidense Gabriel Jackson, que ni más ni menos permite entender, literalmente desde su incubación, cómo se fueron dando los pasos hasta llegar a la guerra civil, cuyas heridas aún no están curadas del todo en la España del siglo XXI.

No trazaré acá un paralelismo entre aquello y lo que vivimos en Venezuela, aunque no tengo dudas de que sería un terreno de interesante indagación. En realidad, Jackson me ha permitido dar con algo que desde hace varias semanas me viene dando vueltas en la cabeza. Se trata de las verdades incómodas, aquellas que nadie quiere oír, pese a que pocos segundos antes en una reunión social o familiar alguien te dice ¿Y cómo ves la vaina?

Jackson lo sintetiza de esta forma: “las pasiones políticas impidieron a la mayoría de los observadores reconocer las verdades desagradables con respecto al bando con el cual simpatizaban”. En no pocas ocasiones he manifestado públicamente mi voto de confianza a la dirigencia de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). En mi rol de periodista e intelectual público intento que el apoyo a la MUD no me empañe la visión y el análisis del momento tan dramático y definitorio que vivimos.

Esta adhesión pública, sin que medie un interés económico o un vínculo partidista, no la hago sólo ahora cuando día por medio tenemos a algún diputado opositor herido o vejado por estar al frente de las manifestaciones de calle. Lo expresé sin ambages en noviembre-diciembre del año pasado, cuando la vocería opositora pasaba por una hora oscura tras el fracasado diálogo con el gobierno y lo que fue, en el imaginario popular, el enfriamiento de la calle.

Sobre esto último hay mucha tela para cortar, pues si se revisan las cifras del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social en realidad la calle tiene bastante tiempo sin estar lo que se dice fría, aún pese a la represión y la criminalización de la protesta popular, ésta última ampliamente denunciada por Provea.

Primera verdad. No hay ninguna señal de un resquebrajamiento serio al interior de las Fuerzas Armadas, al menos al momento en que escribo estas líneas. Hay malestar en mandos medios y cansancio en los uniformados que deben salir a la calle, pero el duopolio represivo de alto mando de la FAN y gobierno de Nicolás Maduro se mantiene amalgamado. Sin una ruptura en esta alianza no habrá cambio. La represión de la protesta, junto a las muertes a cuentagotas que se vienen registrando, hay que decirlo, se pueden mantener por largo tiempo.

Segunda verdad. Un escenario de cambio no nos conducirá necesariamente a la democracia. Como demócrata que soy y venezolano que vive en Venezuela sin plan B de emigrar, deseo profundamente que cualquier posibilidad de cambio desemboque en la restauración democrática, bajo los principios trazados en la Constitución de 1999. Ese es, sin duda, mi deseo más profundo.

Pero existe un claro riesgo (y la constituyente empujada por Maduro le pone fecha a ese escenario) de que pasemos no a más democracia sino a más dictadura. La represión puede subir de tono, se eliminen instancias judiciales independientes y sencillamente se militariza todo aquello que tenga que ver con la protesta política (ya hay bastante señales de que se puede ir en esa dirección). El punto culminante de tener más dictadura podría ser la salida de Maduro del poder y su reemplazo por alguna junta militar que asuma bajo la lógica de que “hay que poner orden”.

Tercera verdad. La caída de la dictadura no se resolverá en cuestión de horas con la huida del tirano. En el imaginario venezolano pesa mucho la visión idílica de que una vez que Pérez Jiménez huyó hubo en el país un florecimiento democrático inmediato, en 1958.

El madurismo, como degeneración autocrática del chavismo, combina no sólo la condición de una dictadura convencional (represión, censura, control de las instituciones) sino que hay dos elementos que a veces soslayamos. Por un lado, la condición de narcotraficantes que han adquirido muchos de quienes son figuras oficiales, junto al poder tras bambalinas que tiene la dictadura cubana en Venezuela, asunto que se ha acrecentado tras la muerte de Hugo Chávez y la asunción de Nicolás Maduro.

Cuarta verdad. Tarde o temprano llegaremos a una mesa de negociación. El enquistamiento del chavismo en la estructura del Estado y la adhesión sin reticencias del sector militar (que además se encarga del trabajo represivo) no se acabará solamente con la renuncia de Maduro (en caso de que éste renuncie por voluntad propia o forzado por los militares).

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Las autoridades venezolanas reprimen con violencia las protestas de la oposición. | Foto: Ivan Alvarado / Reuters

Lo último que se ha discutido, de un grupo de países “amigos”, con naciones que sean colocadas a partes iguales por el gobierno y la oposición, podría ser una vía concreta no de dialogar (el tiempo del diálogo creo yo se acabó el 1 de diciembre de 2016) sino de negociar. Si usted le da crédito a lo que he dicho en las líneas anteriores entenderá que hay mucho que negociar.

Ni la crisis económica (aún agudizándose como se prevé) ni una agenda permanente de protestas en la calle (con la intensidad que viene sucediendo) generarán –por sí solas- el anhelado cambio democrático.

Ni será rápido, ni será fácil. Esa es la quinta verdad. Un buen amigo me considera un pesimista, cuando le comparto esta visión. Trato de mirar la realidad sin que los cristales de mis anteojos estén empañados por lo que deseo para mis hijos (que vivan en un país libre y próspero). No estoy diciendo que estamos condenados como sociedad, sólo que debemos afrontar este momento definitorio para la vida nacional mirando no sólo las posibilidades, sino también los riesgos.

Se trata de mantenerse, en esta hora de crisis, con convicciones firmes y resiliencia en la actuación cotidiana, tanto social como individualmente.

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