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Mujeres y niñas, víctimas de una pandemia mundial….

Marta Ruiz-Castillo

…. la violencia machista

Mariana, Silvia, Mirella, Isabel, Lucinda, María, Lisa, Ascensión, Ana, Paqui, Soraya, Victoria, Silvia, Tatiana, María del Carmen, Cristina, Yolanda, Rosario, Marina, Lucía, Jana, Aránzazu, Teresa, Karla, Alexandra, Carmen, Benita, Arantza, Juene, Flori, Ada Graciela, Estefanía, Jaqueline, Celia y Juana, son sólo algunas de las mujeres que este 25 de noviembre no podrán participar en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres que se conmemora en todo el mundo. Ninguna está ya para expresar su repulsa contra esta lacra, esta pandemia de la que han sido víctimas este año 2016 en España. Todas han sido asesinadas por hombres que decidieron que tenían el derecho a decidir por ellas.

Campaña de Naciones Unidas 

“La violencia contra las mujeres y niñas es una violación de los derechos humanos, una pandemia de salud pública y un serio obstáculo para el desarrollo sostenible. Supone importantes costes para familias, comunidades y economías. El mundo no puede permitirse pagar este precio”, ha dicho Ban Ki-moon, Secretario General de Naciones Unidas, en su mensaje de este 25 de noviembre.

Transparente. La imagen que Naciones Unidas ha utilizado para este 25 de noviembre, titulada Lágrimas silenciosas. (Foto: Belinda Mason / ONU)
‘Transparente. Lágrimas silenciosas’. La imagen que Naciones Unidas ha utilizado para este 25 de noviembre. (Foto: Belinda Mason / ONU)

Efectivamente, no podemos permitírnoslo y sin embargo, cada día son muchas las mujeres y niñas que son asesinadas, violadas, abusadas, maltratadas en todos los países del mundo.  Por eso desde Naciones Unidas se invita a todos los gobiernos, a los políticos, a las administraciones y al conjunto de los ciudadanos a tener presente que:

– La violencia contra las mujeres es una violación de los derechos humanos

– La violencia contra las mujeres es una consecuencia de la discriminación contra las mujeres, de hecho y de derecho, y una forma de mantener la desigualdad entre hombres y mujeres.

-La violencia contra las mujeres afecta e impide el progreso en muchas áreas, incluida la erradicación de la pobreza, la lucha contra el VIH/SIDA, la paz y la seguridad.

-La violencia contra las mujeres y niñas no es inevitable. La prevención es posible y esencial.

-La violencia contra las mujeres sigue siendo una pandemia global.

Uno de los mayores desafíos para prevenir y acabar con la violencia contra las mujeres y niñas en el mundo es la significativa falta de financiación, denuncia la ONU. Como resultado, hay una importante carencia de recursos para prevenir y acabar con la violencia contra mujeres y niñas. “Es necesario que los recursos se dediquen para lograr un cambio real en las vidas de mujeres y niñas”.

Pinta tu mundo de naranja

La campaña ÚNETE para poner fin a la violencia contra las mujeres de la Secretaría General de las Naciones Unidas, administrada por ONU Mujeres, ha proclamado el 25 de cada mes como “Día Naranja”: un día para actuar a favor de generar conciencia y prevenir la violencia contra mujeres y niñas. Iniciado y dirigido por la Red Mundial de Jóvenes ÚNETE, el Día Naranja hace un llamamiento a activistas, gobiernos y socios de la ONU para movilizar a la población y poner de relieve las cuestiones relacionadas con prevenir y poner fin a la violencia contra mujeres y niñas, no sólo una vez al año, el 25 de noviembre, sino cada día.

La campaña UNiTE de la Secretaría General de Naciones UNidas anima a vestir el planeta de naranja. (Foto: unwomen.org)
La campaña UNiTE de la Secretaría General de Naciones UNidas anima a vestir el planeta de naranja. (Foto: unwomen.org)

Las escalofriantes cifras en España

En nuestro país, en lo que va de 2016 han sido asesinadas 40 mujeres, aunque hay 4 casos que están pendientes de investigación y no se han incluido oficialmente como crímenes machistas, según el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Las medidas legales, como afirman las organizaciones de mujeres, los partidos políticos y el propio Gobierno a través de entidades como el Instituto de la Mujer, han mejorado en los últimos años con órdenes de alejamiento, detenciones de los agresores, endurecimiento de las penas de cárcel, juicios rápidos.

En cuanto a la coordinación y la personalización en la atención a las víctimas, a partir de la puesta en marcha de la primera Estrategia Nacional para la Erradicación de la Violencia contra la Mujer en 2013, los datos reflejan una mejora de estos aspectos, según ha asegurado esta semana la ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Dolors Montserrat, quien ha destacado el hecho de que “el teléfono de atención a las víctimas 016 ha vuelto a batir un récord, con 65.787 llamadas de enero a septiembre de este año”. Además, han aumentado los contratos bonificados para mujeres víctimas de violencia.

Queda mucho por hacer y siguen fallando las medidas de alejamiento, en parte, reconocen los expertos porque muchas mujeres bajan la guardia y acaban volviendo con sus maltratadores, pero también por la ausencia de inversiones que permitan un mayor control de los denunciados. El caso más reciente es el de Juana, que fue asesinada el 17 de noviembre por su ex marido en la localidad leonesa de La Virgen del Camino. El matrimonio estaba separado y sobre el marido pesaba una orden de alejamiento, pero ella decidió “por humanidad” volver a vivir con él para cuidarle de un cáncer en estado avanzado. Él, que no tuvo ninguna humanidad, la mató y después se suicidó.

Campaña contra la violencia doméstica y el teléfono 016 con motivo del Día contra la Violencia contra las Mujeres, en Oviedo. (Foto: Eloy Alonso / Reuters)
Campaña contra la violencia doméstica y el teléfono 016 con motivo del Día contra la Violencia contra las Mujeres, en Oviedo. (Foto: Eloy Alonso / Reuters)

El caso de Juana no es una excepción, como tampoco lo es que muchas víctimas no hayan denunciado antes malos tratos, amenazas y acaben siendo portada de los telediarios cuando sus maridos, ex maridos, novios, ex novios han acabado con sus vidas. En este sentido, autoridades, expertos, organizaciones, fuerzas de seguridad coinciden en la “importancia y necesidad” de denunciar”. 

Para ello, es fundamental la prevención y la educación. “Concienciar a la sociedad para que no viva como normales comportamientos machistas”, decía el otro día la ministra, partidaria de cambiar la cultura de la desigualdad entre mujeres y hombres. Dos días antes del asesinato de Juana, el Congreso de los Diputados dio un paso muy importante al aprobar por unanimidad una iniciativa propuesta por PP y PSOE, a la que se sumaron los demás grupos de lograr un Pacto de Estado contra la violencia machista.

Un pacto que proteja a las mujeres, a las niñas y a los hijos de víctimas de malos tratos. Un pacto que condene los comportamientos machistas desde la escuela. Un pacto que aparte de la sociedad a los maltratadores, a los asesinos. Porque las cifras son escalofriantes: Año 2007: 71 mujeres asesinadas; Año 2008: 84 mujeres asesinadas; Año 2009: 68 mujeres asesinadas; Año 2010: 85 mujeres asesinadas; Año 2011: 67 mujeres asesinadas; Año 2012: 57 mujeres asesinadas; Año 2013: 57 mujeres asesinadas; Año 2014: 59 mujeres asesinadas; Año 2015: 64 mujeres asesinadas; Año 2016: 40 mujeres asesinadas.

Asignatura pendiente en todo el mundo

La violencia contra mujeres y niñas se produce en España, sí, pero también en el resto de los países, con situaciones inimaginables en las que muchas veces las víctimas son niñas, objeto de todo tipo de violencia psicológica y física. 

El caso más reciente de brutalidad contra las mujeres que dio la vuelta al mundo es el de Lucía. Tenía sólo 16 años cuando varios hombres la drogaron, la violaron y la empalaron. Murió a las puertas de un centro hospitalario de Mar del Plata el 8 de octubre. La descripción del horror sufrido por esta joven a manos de sus asesinos violadores sacó a las calles de Buenos Aires y de otras ciudades argentinas a miles de personas bajo una persistente lluvia para protestar, para gritar “Ni Una Menos”, para exigir “Basta Ya” de abusar de las mujeres. Una denunciar que traspasó las fronteras. En otras muchas ciudades de numerosos países, sobre todo de Latinoamérica, el caso de Lucía se convirtió en algo personal para millones de personas de países donde el respeto a las mujeres y niñas brilla por su ausencia. Vestidas de negro, como símbolo contra la violencia machista, contra el terrorismo hacia las mujeres, pretendían remover las conciencias de políticos y gobiernos de medio mundo a los que exigen medidas urgentes y efectivas para que no haya más Lucías en ninguna parte del planeta.

Movilización en Buenos Aires contra el brutal asesinato de Lucía, de 16 años, en bajo el lema 'Ni Una Menos', el pasado octubre. (Foto: Marcos Brindicci / Reuters)
Movilización en Buenos Aires contra el brutal asesinato de Lucía, de 16 años, en bajo el lema ‘Ni Una Menos’, el pasado octubre. (Foto: Marcos Brindicci / Reuters)

Si Latinoamérica se movilizó entonces contra el arraigado machismo y violencia que sufren a diario mujeres y niñas con abusos, violaciones y maltrato físico y psicológico, en otras partes  la mujer, sencillamente, ni siquiera puede salir a la calle a manifestarse, ni siquiera puede salir a la calle si no es tapada desde la cabeza a los pies, ni siquiera puede ir junto a un hombre – siempre unos pasos detrás -, ni siquiera puede votar, ni siquiera puede estudiar. Pero sí puede ser violada, torturada, lapidada y vejada con la impunidad que dan unas leyes medievales hechas por y para los hombres. Las niñas, en algunos países, son vendidas, son intercambiadas a temprana edad por sus padres que las entregan a cambio de cuantiosas dotes a hombres mayores, convirtiéndolas en objetos sexuales enmascarados tras una boda. Esta es la realidad de millones de personas estigmatizadas por haber nacido mujer.

Así que, sin duda, queda mucho por hacer y en este 25 de noviembre, las ciudades de medio mundo se movilizan contra esta lacra, edificios emblemáticos lucen con pancartas y colores simbólicos a favor de la igualdad y del respeto a los derechos de las mujeres y niñas. Como ha dicho Ban Ki-moon, “hoy vamos a pintar de naranja el mundo, como símbolo de un futuro brillante para mujeres y niñas. Con inversiones podemos mantener encendidas estas luces,  defender los derechos humanos y eliminar la violencia contra las mujeres y niñas para siempre”.

Así es el festival de música más caro del mundo

Redacción TO

Foto: Kathy Kmonicek
AP Photo

Fyre Festival es el festival de música más caro, pero también el más singular del mundo. Apenas pasaron unas pocas semanas desde que se pusieron a la venta en diciembre y ya se habían vendido todas las entradas; sin duda, fue decisivo el hecho de que numerosas supermodelos, como Kendall Jenner, Bella Hadid o Alessandra Ambrosio, participaran en la promoción del evento. La gran fiesta se celebrará en una pequeña isla de Bahamas en dos fines de semana distintos, el primero en la última semana de abril, los días 28, 29 y 30, y el segundo en la primera de mayo, los días 5, 6 y 7.

Se trata de un festival que no atiende a limitaciones económicas. Se celebra en una isla privada llamada Fyre Cay, en el distrito de Exumas, apenas a una hora de vuelo de Miami, y que hace años perteneció al narcotraficante Pablo Escobar; este dato se ofrece en el vídeo promocional como un elemento más de atracción mediática. Detrás del proyecto se encuentra el rapero Ja Rule, nominado en cuatro ocasiones al Grammy, quien ha aprovechado su amplia agenda de contactos para invitar a músicos de renombre y celebridades de la televisión y de Instagram. Los conciertos de Major Lazer, Migos, Blink 182 y Disclosure son los más esperados, pero en ningún caso el único motivo por el que acudir a este festival en medio del océano.

Así es el festival de música más caro del mundo
Cartel promocional del festival. | Fuente: Fyre Festival

La idea de la organización es convertir el evento en unas vacaciones de lujo en un entorno paradisíaco. El pase más económico, y también el más limitado, cuesta 1.500 dólares, pero sólo da acceso libre a la isla y a los conciertos. En ella, además de la música, se han organizado galerías de arte, largas filas de hamacas y restaurantes de cocina vanguardista. No hay reservas en el lujo; no se acepta dinero efectivo en la isla y toda la comida es de primera calidad, así como los alojamientos.

Mark Musters, director creativo de Fyre, reconoció en una entrevista para The Wall Street Journal que el evento va dirigido a un público interesado en vivir experiencias y “capturarlas en Instagram”, dejando patente que el principal motor del festival no es la música sino la creación de un paraíso aparente para los jóvenes dependientes de las redes sociales. Puede advertirse esta voluntad en el vídeo promocional, que utiliza a mujeres en bañador como objeto publicitario.

De hecho, este es uno de los puntos esenciales del negocio. Aunque el precio mínimo sea de 1.500 dólares, las tarifas son variadas y, en algunos casos, disparatadas, incluso en los packs más modestos. Como The Wanderer (El Vagabundo), que por 50.000 dólares incluye un billete de avión con ida y vuelta desde Florida, cuatro entradas, alojamiento para cuatro personas y dietas, o The Seafarer (El Marinero), que por 100.000 dólares incluye los vuelos, ocho pases, alojamiento para ocho personas en un yate exclusivo y dietas.

Caso aparte es The Great Northern (El Gran Norte), que por 250.000 euros no solo ofrece acceso a todo tipo de lujos, como un barco para diez personas, sino que además permite convivir durante los tres días con los famosos y asistir a sus fiestas particulares.

Fyre se ha propuesto, de este modo, convertirse en uno de los festivales de referencia para los jóvenes norteamericanos con alto poder adquisitivo. Su objetivo es alcanzar a Coachella, pero esta no parece una meta sencilla, pues este clásico primaveral sigue creciendo cada año y generó unos beneficios de 94 millones de dólares en su edición de 2016. La realidad es que Fyre está bien lejos de las cifras de Coachella. Tanto es así que la organización del festival está teniendo graves problemas financieros y los artistas invitados están sufriendo retrasos en el cobro de sus honorarios, según publica el Journal. A pesar de los altos precios impuestos y a que se espere una asistencia de 12.000 personas, a la organización le cuesta cuadrar los números.

Un asiento con pene, reservado solo para hombres

Redacción TO

Foto: Marco Ugarte
AP Foto

Subir al metro y ver que uno de los asientos tiene forma de cuerpo masculino, y un objeto que sobresale con forma de pene. Ah, una cosa: está exclusivamente reservado para hombres. Esto es lo que ha ocurrido en el suburbano de la Ciudad de México para luchar y concienciar sobre el acoso continuo que sufren las mujeres en el transporte público.

Bajo la campaña #NoEsDeHombres, lanzada este jueves por el Gobierno capitalino y ONU Mujeres, se invita a los varones a sentarse sobre un pene para que, al menos durante el viaje, empaticen con el acoso diario que sufre el 65% de las mujeres mexicanas que se mueve en metro. La intención, sobre todo, es simular los llamados ‘arrimones’ que tienen que soportar las féminas cuando algunos hombres aprovechan el movimiento o la gran multitud en el vagón para acosarlas. Debajo del asiento se encontraba una placa con este mensaje: “Es molesto viajar aquí, pero no se compara con la violencia sexual que sufren las mujeres en sus traslados cotidianos”.

Hace unos días, en el tren se instaló una cámara de vídeo para ver la reacción de los hombres. La mayoría no se sentaron, y aquellos que lo hicieron pusieron prendas de ropa encima para evitar el contacto, aunque aún parecían notar la incomodidad del falso pene sobre el que estaban sentados.

Un segundo vídeo llevó a cabo otro experimento en el que, en las pantallas del andén, se mostraban los traseros de los hombres que estaban esperando el tren. Al final del vídeo se podía leer el siguiente mensaje: “Esto es lo que sufren millones de mujeres todos los días”.

Un acoso diario y normalizado

Desde 2008, el metro de la Ciudad de México cuenta con vagones exclusivos para mujeres, y desde abril del año pasado los hombres que acceden a los llamados ‘vagones rosas’ se arriesgan a ser multados, e incluso arrestados por algunas horas. Todas las medidas parecen pocas en un país donde se comenten, cada hora, 68 delitos sexuales, según publica BBC Mundo.

Uno de los más sonados fue el que sufrió en marzo de 2016 una joven de 24 años. Ninde viajaba en uno de los vagones exclusivos para mujeres, pero dio igual; a medida que iban pasando estaciones, los hombres se iban subiendo. Cuando se bajó del metro, la joven tenía el pantalón eyaculado; decidió denunciar y contarlo en las redes sociales para dar visibilidad a una violencia que parece estar totalmente normalizada en la sociedad.

Los derechos torcidos

Néstor Villamor

Foto: SUSANA VERA
Reuters

Libertad de expresión y de reunión. Tortura y malos tratos cometidos por las autoridades. Derechos de refugiados e inmigrantes. Impunidad. Acceso a la vivienda. Violencia contra las mujeres. Son las materias en las que Amnistía Internacional suspende a España en su informe La situación de los derechos humanos en el mundo. Distintas organizaciones sociales españolas confirman el veredicto.

“Las autoridades españolas continuaron negándose a cooperar con la justicia argentina que investigaba los crímenes de derecho internacional cometidos durante la Guerra Civil y el franquismo“, reprende el documento. Al organismo le preocupa especialmente que “la Fiscalía General del Estado española” haya dado “instrucciones a las fiscalías territoriales para que se opusieran a cualquier investigación judicial solicitada por la justicia argentina”. Pero la impunidad a la que se refiere el informe está lejos de ser la única inquietud del organismo.

“El gasto público en vivienda había sufrido recortes de más del 50% entre 2008 y 2015, y las ejecuciones hipotecarias seguían sin remitir”, sentencia Amnistía, que lamenta también que “hasta septiembre de 2016 había habido 19.714 desalojos por ejecución de hipoteca, y 25.688 por impago de alquiler”. Y esto ocurre en el país europeo con “más viviendas vacías y con el menor parque de viviendas sociales y el que más desahucia y menos destina a políticas públicas de vivienda”, sostiene Carlos Macías, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH).

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Fatima Essanhaji, en su domicilio de Parla el día de su desahucio | Foto: Juan Medina / Reuters

Para Macías, el culpable de esta deficiencia tiene nombre propio: “La respuesta del PP a medio millón de familias desahuciadas es poner 6.000 viviendas”. Según datos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), el año pasado se registraron 63.037 desalojos de inmuebles (se incluyen viviendas, pero también oficinas, locales y naves). Es el sexto año consecutivo, según el CGPJ, en que la cifra anual de desahucios supera los sesenta millares. Para el portavoz de la PAH, la solución pasa por “reformar la ley hipotecaria, destinar el 3% del PIB a la vivienda y modificar la ley de alquileres para aumentar la duración [de los contratos de arrendamiento] y fijar un límite de precio”. De lo contrario, las víctimas se quedan “en la calle u ocupan viviendas vacías, porque no te ofrecen alternativa”, advierte.

Violencia machista

Quienes ocuparon no una vivienda sino la madrileña Plaza del Sol fueron las mujeres de la asociación feminista gallega Ve-la luz (Ver la luz). Eso sí, lo hicieron de forma legal y no para protestar por la política de vivienda, sino contra la situación del machismo en España. Amnistía Internacional subraya que, a pesar de la entrada en vigor de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género en 2004, no se han “evaluado los efectos de la Ley de manera participativa y transparente, a pesar de las preocupaciones expresadas respecto a la eficacia de los procesamientos y la idoneidad de las medidas de protección de las víctimas”.

Este 2017 está siendo especialmente duro para las mujeres. Solo en los dos primeros meses del año se confirmaron los asesinatos de 15 mujeres a manos de sus parejas o exparejas, según datos de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género. Hay que remontarse a 2008 para encontrar un dato igual. Y durante el año pasado aumentaron las denuncias por este delito, según un informe del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género, publicado esta misma semana.

“Hay una normalización tremenda cuando las mujeres buscan ayuda judicial”, alerta Gloria Vázquez, presidenta de Ve-la luz. Ella fue una de las ocho mujeres que iniciaron una huelga de hambre en el kilómetro 0 de Madrid para luchar contra esta lacra. Finalmente lograron su objetivo: “Abrimos nuevos canales de comunicación” con el Gobierno.

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Un grupo de mujeres protesta en Sol contra el machismo | Foto: Mariscal / Efe

Vázquez considera, sin embargo, que la movilización no valió la pena. “Una huelga de hambre nunca merece la pena porque las secuelas son tremendas: estamos todas con dolores de estómago, nos hemos cargado la flora intestinal, yo tengo una piedra en el riñón, tengo una compañera con líquido en el pulmón”. Además de enfrentarse al machismo, las feministas de Ve-la luz se toparon con un rival con el que no contaban: “El Ayuntamiento nos trató fatal”, sentencia. Hasta tres multas, asegura Vázquez, recibieron de la Policía Local. “Yo creo que era una forma de presionarnos”, valora.

El motivo de las sanciones fue la instalación de estructuras para guarecerse del mal tiempo durante su protesta. Y esa es precisamente otra asignatura que España tiene pendiente, según el informe de Amnistía: la libertad de expresión y reunión. En el caso de la protesta de Ve-la luz, “la Policía venía cada dos por tres a llamar la atención, todo era un Cristo”.

—¿Consideran vulnerados sus derechos humanos en ese aspecto?

—Podemos decir que sí —concede.

—¿Alguna vez se llegará al machismo cero?

—Nosotros no lo veremos —responde sin titubear.

Torturas y maltrato policial

Con todo, lo que no sufrieron fue la violencia policial, otra de las preocupaciones de Amnistía: “Se denunciaron nuevos casos de tortura y otros malos tratos, uso excesivo de la fuerza y expulsión colectiva por parte de agentes de policía contra personas, entre ellas las que intentaban entrar irregularmente en los enclaves españoles de Ceuta y Melilla desde Marruecos“.

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Migrantes africanos en la valla de Melilla | Foto: Jesús Blasco de Avellaneda / Reuters

La de estos últimos es una situación que preocupa especialmente a la ONG. Y también a la Red Acoge, una federación de 18 organizaciones que busca “promover los derechos de las personas inmigrantes y refugiadas en España”, según su página web.

Durante el primer semestre de 2016, último periodo del que el Instituto Nacional de Estadística dispone de datos, España registró 186.059 inmigrantes. Pero esa cifra solo hace referencia a los que residen el país de manera legal. Y para llegar a esa situación han tenido que sortear diferentes obstáculos.

“El primero es la forma de la llegada, que es muy dificultosa: es un periplo de mucho tiempo y muy peligroso“, alerta Inés Díez, abogada de la Red Acoge. “Y además no pueden regularizar su situación”. Para hacerlo, a no ser que se casen con españoles, “deben acreditar que llevan tres años en España y tener una oferta de empleo”. Pero es difícil que un empresario le haga una oferta de empleo a un inmigrante sin papeles, admite Díez: “Es un círculo vicioso”.

¿Y qué hacen durante esos tres años? “Sobrevivir, son gente que vende en el top manta o que trabaja en el campo”, expone la abogada. La letrada considera que los españoles deben esforzarse en “conocerlos, porque hay un fuerte rechazo, y no discriminarlos por tener un perfil étnico distinto al de España”.

El rechazo lo encuentran incluso desde las propias instituciones, que les niegan la asistencia sanitaria. Desde la entrada en vigor del decreto ley de 2012 que restringía el acceso médico gratuito a los extranjeros, 748.835 inmigrantes han perdido su tarjeta sanitaria, según el informe de Amnistía. ¿Acudir a la Justicia es una opción? Inés Díez lo pone en duda: “Un contencioso-administrativo tiene muchas demoras. Podemos estar hablando de dos o tres años”. Y sentencia: “Una justicia tan tardía, al final no es justicia”.

La vida de Ahmad en España después de la guerra

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

En el barrio madrileño de Quintana, que une la plaza de toros con la mezquita de la M-30, se encuentra una pastelería árabe con las paredes pintadas de verde y un espejo largo que se extiende al fondo. Los clientes van y vienen y no es extraño que esta conversación sufra las interrupciones lógicas de una jornada de trabajo.

Antes de trasladarse a Madrid, Ahmad era arquitecto en la ciudad siria de Alepo y se había comprado un coche nuevo, tenía un piso y esperaba su segundo hijo junto a su mujer, que es española, de origen árabe. La conoció en unas vacaciones que ella pasó en Siria. “Yo la vi, y ahí empezó todo”, cuenta. Se casaron en 2008 y un año más tarde nació su primera hija. La vida avanzaba tranquila y en calma; Ahmad tenía su oficina de arquitectura y un negocio de decoración y reformas, y su mujer trabajaba en casa y cuidaba de su hija, muy pequeña. “Éramos felices”, dice, apenado. Me da a probar una baklawa, que es un dulce tradicional hecho de hojaldre y frutos secos, y nos sentamos en dos taburetes, frente al escaparate. Desde aquí vemos la calle.

La guerra de Siria comenzó en 2011, pero no llegó a Alepo hasta un año después. Cuando echa la vista atrás, Ahmad no crea divisiones en el tiempo, conjuga en presente y en pasado sin distinción; puede ser que en su memoria las longitudes sean más cortas. “El día más triste para nosotros fue un viernes por la mañana, eran las nueve. Ese día nos despertamos por la explosión de una bomba. Yo vivo en un edificio grande y enfrente hay un centro de policía secreta. Allí hicieron explotar un coche. Dormíamos con mantas gruesas, hacía frío, y se cayó toda la casa, todo por encima de las mantas. De haber estado despiertos, no seguiríamos con vida”.

Alepo dejó de ser una ciudad segura y Ahmad supo que debían abandonar Siria por un tiempo, no demasiado. “Vinimos a España en 2012. Mis suegros viven aquí desde hace cincuenta o sesenta años, casi toda la vida, y mi mujer estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Decidimos dejar Alepo para volver en pocos meses. Pensamos que en ese tiempo acabaría la guerra, como en Egipto. Es lo que se hablaba. Algunos decían dos meses, otros decían tres”.

Pasaban las semanas en la casa de sus suegros y Ahmad hablaba a menudo con sus padres, que se quedaron en Siria, con la firme esperanza de regresar pronto. Pero siempre ocurría la misma historia. Sus padres le insistían, semana tras semana, en que siguiera esperando, porque cada vez la situación iba a peor, todo era más peligroso, todo era más complicado. Los meses se sucedían y con este ánimo Ahmad comenzó a comprender que no volvería a casa tan pronto como suponía, que los meses en España se convertirían en años y que sus hijos tendrían una infancia lejos de su país.

Ahmad asumió el golpe. Se dijo que ya no podían vivir en la casa de sus suegros, que era hora de buscar piso, de buscar trabajo. Tenía un dinero guardado que bastaría para los primeros meses de alquiler y mientras tanto, creyó, encontraría un empleo como arquitecto. Fue a todas las oficinas, a todas las empresas. Entregó currículums por internet, en mano. Y luego de aburrirse de no encontrar nada, desesperado, renunció a la arquitectura y buscó trabajo en otro sitio: en bares, en tiendas, en supermercados. Hasta que un día le comentaron que un restaurante libanés frente a la Plaza de las Ventas buscaba empleado: “Fui al día siguiente y hablé con el jefe, le conté mi situación. Me preguntó en qué podía ayudar, de qué trabajaba, y le dije que era arquitecto. Él me dijo que lo sentía, que como arquitecto no tenía cómo ayudarme. Pero yo le dije que se olvidara, que quería trabajar de lo que fuera, y entonces me dijo que podía ofrecerme ser camarero. No me lo podía creer, yo me puse súper contento; nos salvaron de dejar el país. No teníamos dinero para pagar el alquiler del mes siguiente y hubiéramos tenido que regresar a Siria”.

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Protesta contra el presidente Bashar Al Assad en Maraa, cerca de Alepo, el 16 de marzo de 2012 | Foto: REUTERS/Shaam News Network/Handout

Otro comienzo

En este punto es difícil imaginar al arquitecto con casa propia, con el coche nuevo, con dinero en el banco. Ahmad estaba en España con dos niños que no podía alimentar y con la idea clara de volver a un país en guerra. Ahora cuenta que salieron adelante sin un euro de ayuda, que todas las solicitudes que presentaron fueron desatendidas por el Ayuntamiento de Madrid y por el Gobierno central, que no tuvieron nada salvo a ellos mismos.

Después de cinco meses en el restaurante libanés, con el fin de la temporada alta, su jefe le puso a trabajar en esta pastelería, que era otro de sus negocios. Aquí trabajó Ahmad durante dos años y medio. Porque, al tercero, su jefe le trasladó que tanto él como sus socios pretendían venderla. “No me explicaba por qué querían hacerlo. Me dijo que porque no daba los beneficios que esperaban. Volví a preocuparme, aunque me dijo que no lo hiciera, que tendría un puesto en la fábrica, que seguiría trabajando con ellos. Yo veía que la gente venía a la pastelería con ilusión, la pastelería funcionaba bien. Para mí fue un shock. Los pasteles tienen buena fama. La fábrica donde los hacen, que es de ellos, los hace muy bien. Así que le dije que si querían vender la pastelería, yo estaba dispuesto a comprarla, que podríamos seguir como socios: ellos fabricando y yo vendiendo. Y le pareció una buena idea”.

Ahmad trajo dinero de Siria, sus suegros aportaron otro poco, y a eso se sumó los ahorros de estos años. Los propietarios le pusieron facilidades con el precio de venta. El arquitecto sirio comenzó así a trabajar como autónomo, a mejorar las calidades de los pastelitos, a manejar sus propios tiempos. En su tercer año fuera de Alepo, Ahmad encontró un camino y de algún modo imprimió esa nostalgia en el nombre de su pastelería, a la que llamó Sham, como el territorio que abarca la Gran Siria.

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Miembros de la Defensa Civil y civiles, en una casa dañada por un ataque aéreo en Idilb en marzo de 2017 | Foto: Ammar Abdullah / Reuters

Volver a Alepo

La nueva vida de Ahmad se construyó sobre la tristeza y el miedo de tener a sus padres y hermanos en tierra de nadie, con la certeza bien presente de que cada día podía ser el último. Ahmad no ha hecho otra cosa que pelear por traerlos a España, pero una y otra vez se ha encontrado con una burocracia que lo impide. “He sufrido mucho”, me dice. “El Gobierno no concede ningún permiso de entrada al país a ningún sirio. Es lo que yo he visto, aunque eso no lo cuentan. He presentado todos los papeles que piden para darles el visado. Me he gastado mucho dinero. ¡Ellos se han gastado mucho dinero! Tienen que viajar de Alepo a Líbano porque la embajada española está allí…”.

Los familiares de Ahmad, como tantos otros sirios, han sufrido el cierre de la embajada de España en Damasco tras el estallido de la guerra civil en 2011. La delegación en Beirut, Líbano, asumió las funciones, pero no todo el mundo puede permitírselo.

“¡La embajada más próxima está en otro país!”, continúa Ahmad. “Son 24 horas de un viaje muy duro y muy caro que luego no sirve de nada”.

Ahmad me enseña la pastelería, me explica cada dulce. Después de cinco años en España, cuando iba a ser por unos meses, añora profundamente Alepo. Le pregunto cómo era la ciudad antes de la guerra. “Uff”, responde, emocionado. “Alepo era maravillosa”. Ahmad mantiene la esperanza intacta, es tenaz, y siente la seguridad de que regresará algún día, joven o viejo: “No he vendido mi vivienda (en Alepo) porque volveremos. Yo estoy trabajando al máximo aquí, mi mujer también, pero no me veo en España toda la vida. Planteo mis planes en Siria, no compro una casa aquí porque quiero volver. Me gusta España, es parte de mi vida, me he adaptado a las costumbres, a la comida… Pero yo nunca dejaré Siria”.

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