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Múnich 1972: la masacre que marcó los Juegos de la Alegría

Tal Levy

Foto: Wikicommons
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A pocas millas del campo de concentración de Dachau, en Múnich, una Alemania partida en dos por un muro buscaba dejar atrás la infamia. Se suponía que esos sí serían los Juegos de la Alegría (“Die Heiteren Spiele”), o al menos ese era su lema. No como aquellos otros celebrados en Berlín en 1936, a la sombra del Führer y la pretendida supremacía aria, de las esvásticas y la propaganda nazi.

Los intentos por mejorar su reputación y desmarcarse de un pasado que la señalaba como una nación belicista que propició la Segunda Guerra Mundial no dieron el resultado esperado. La tristeza ensombreció las Olimpiadas de 1972. Pasados 45 años, poco se habla de los muchos récords alcanzados allí, solapados por la sangre derramada, por el drama imborrable de los 11 atletas israelíes asesinados en pleno sueño olímpico.

Esa fiesta deportiva que pretendía disipar ante la opinión pública el recuerdo del Holocausto fue, paradójicamente, escenario de muerte debido a un ataque que marcaría la proliferación del terrorismo como fenómeno internacional. Los judíos volvían en suelo germano a ser víctimas.

La Masacre de Múnich representó, según la autobiografía del locutor deportivo de ABC que cubrió los hechos, Jim McKay, “el final de una edad de la inocencia para el deporte”. Fueron 21 horas de suspense que acabarían trágicamente y relegarían la XX edición de los Juegos Olímpicos de la Era Moderna a las páginas de sucesos.

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Familiares de las víctimas de la masacre de Múnich llegan a la pista en el aeropuerto de Lod para el servicio conmemorativo. | Imagen vía: Wikicommons/Government Press Office (Israel)

Moneda de cambio

Todo empezó a las cuatro y media de la madrugada del 5 de septiembre de 1972, cuando cinco militantes del grupo terrorista Septiembre Negro, facción de la Organización para la Liberación de Palestina, liderada por Yaser Arafat, intentaron escalar la verja de escasos dos metros que protegía la villa olímpica.

Iban camuflados, vestidos con chándal, tal como cualquiera de los 7.134 deportistas de los 121 países participantes en la competición inaugurada el 26 de agosto. Parecían uno más, tanto así que atletas estadounidenses que habían pasado una noche de copas, al verles, les ayudaron a sortear el muro sin imaginar que poco después desenfundarían las armas que llevaban ocultas en sus bolsos tras entrar en el edificio donde se alojaba el equipo israelí.

Sin levantar sospechas, se juntaron con otros tres terroristas que ya se encontraban dentro. Dos de los veinte miembros de la delegación de Israel fueron asesinados sin contemplación: el levantador de pesas Joseph Romano y el coach de lucha Moshe Weinberg, cuya voz de alarma permitió que nueve de sus compatriotas pudieran huir, toda vez que intentara en vano defenderse de los intrusos con un simple cuchillo de los que se usan para picar frutas.

“Cuando me despertaron pensé que se trataba de una broma”, recuerda Shaul Ladany. Era el único atleta israelí que se encontraba en el dormitorio 2, junto a un par de expertos tiradores a quienes les estaba permitido guardar consigo sus armas y municiones. Cree que eso fue lo que hizo que los terroristas no entraran allí, sino que siguieran a la habitación siguiente, según reseña La Nación. Esa, al menos, es la teoría que maneja este sobreviviente del campo de concentración Bergen-Belsen para explicar cómo en Múnich logró salvarse por segunda vez.

Otros nueve israelíes no corrieron con la misma suerte; se convertirían en moneda de cambio. La exigencia para entregar a los secuestrados: la liberación de 230 palestinos presos en las cárceles de Israel y de 2 en Alemania. También pedirían un avión para poder escapar a salvo a Egipto.

La televisión fijaría en la memoria a un terrorista cuyo rostro estaba cubierto con un pasamontañas, asomado en un balcón, a la luz del mundo entero.

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Firmas del libro de condolencias en la embajada de Israel | Imagen: Wikicommos/Bert Verhoeff

Una cadena de errores

La imagen del terror desde esa década de los años setenta se multiplicaría. “Lo que pasó en Múnich fue el balazo que empezó el terrorismo internacional”, afirmaría años más tarde a La Vanguardia la esgrimista devenida en periodista después de la masacre, Anky Spitzer, viuda del entrenador de esgrima André Spitzer.

El ultimátum había sido dado bajo amenaza de hacer explotar sus granadas y ejecutar a todos los rehenes. “El gobierno israelí no negocia con terroristas”, había dicho la primera ministra de Israel, Golda Meir. La última palabra la tenía la dirigencia de la República Federal Alemana (RFA), que se negó a recibir colaboración por parte de los equipos antiterroristas israelíes.  

Tras negociaciones y prórrogas, las autoridades germanas accedieron a trasladar en helicóptero a los ocho secuestradores, junto a los nueve deportistas cautivos, a la base aérea militar de Fürstenfeldbruck, desde donde abordarían un avión supuestamente en dirección a El Cairo.

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Los secuestradores hicieron estallar el helicóptero aún rehenes | Imagen vía Getty Images

La villa olímpica se alejaría del foco. Y es que allí, además, poco se podía hacer, después de que los terroristas vieran por televisión las tomas de policías haciéndose pasar con su vestimenta como deportistas, pero con las armas al descubierto. Por supuesto, ese intento de rescate murió al nacer.

Entonces, planearon sorprender a los terroristas en la aeronave que les aguardaba con policías disfrazados como tripulación, aunque los uniformes estaban incompletos. La misión fue abortada por los propios agentes que desistieron a última hora y abandonaron la nave, dejando el plan de rescate ya sólo en las manos de cinco tiradores de precisión que no habían recibido ningún tipo de entrenamiento especial, cinco tan sólo para enfrentar a ocho. La que se avecinaba era una lucha desigual.

Cuando los fedayines se encontraron con un avión vacío, supieron de inmediato que estaban frente a una trampa. Se abrió el fuego. Alrededor de las 12:30 am del 6 de septiembre se escuchó el último de los disparos que dio término a una operación marcada por el fracaso y una sucesión de errores y omisiones. Todos los rehenes fallecieron y también un policía alemán. Cinco de los secuestradores fueron abatidos y los otros tres detenidos, aunque serían liberados el 29 de octubre al ser canjeados tras el secuestro de un avión de Lufthansa.

No podía ser de otro modo si se toma en cuenta que en esa noche sin luna los francotiradores no contaban con gafas de visión nocturna, lo cual hubiera marcado la diferencia, de acuerdo con una reconstrucción llevada a cabo días después por miembros de la Fiscalía de Baviera. Tampoco tenían chalecos antibalas ni radios bidireccionales.

No extraña, por tanto, que en 2002 Michael Hershman, un alto ejecutivo de la consultora de seguridad Decision Strategies, que ha participado en varias Olimpiadas, afirmara a Time: “A lo largo de los años, Múnich ha servido como un modelo de lo que no se debe hacer de ninguna manera”.

El jefe de la delegación israelí, Samuel Lankin, había manifestado su inconformidad sobre el lugar de alojamiento de sus compatriotas por ser vulnerable, al estar sólo protegido por una verja fácil de romper o saltar. “No olvidaré cómo no escucharon mi voz”, se lamenta ya nonagenario al periódico Yediot Ajronot.

Su advertencia no fue atendida, como tampoco la que hiciera un agente de seguridad de Israel ante las autoridades policiales alemanas y el Comité Olímpico Internacional (COI).

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Homenaje a atletas israelíes asesinados en 1972 durante los JJOO de Londres 2012 | Imagen vía: Wikicommons

La persistencia de la memoria

El mismo 6 de septiembre, la fúnebre sinfonía “Heroica” de Beethoven fue entonada por la Orquesta Filarmónica de Múnich en un tributo realizado en memoria de las víctimas en el estadio olímpico.

Aquello de que el show debe continuar se impuso. Las Olimpiadas siguieron su marcha al día siguiente. La petición de Israel de suspender su curso fue desestimada alegando que significaría la rendición frente al terror. No hubo tiempo de llorar a los muertos.

En 2012 se conocería, gracias a unos 45 documentos desclasificados del Archivo Oficial israelí, que el gobierno alemán estaba renuente a interrumpir la realización de los Juegos debido, entre otras razones, a que los canales de televisión no contaban con una programación alternativa. “Total, eran 11 atletas más después del Holocausto. ¿A quién le importaba eso?”, señalaría Ilana Romano, viuda de Joseph Romano, en Yediot Ajronot.

Y allí estaban, aún tibia la sangre derramada, 80.000 espectadores vitoreando a sus equipos como si nada en el partido de fútbol entre la RFA y Hungría. Tan sólo una pancarta alzaba: “17 muertos, ¿ya olvidados?”. Esta fue desalojada sin más por los agentes de seguridad. No había cabida para cuestionamientos, como si de un plumazo pudiera pasarse de la tristeza a la pretendida alegría.

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Ankie Spitzer, viuda del entrenador de esgrima Andre Spitzer da un discurso durante un servicio conmemorativo en la base aérea de Fuerstenfeldbruck en 2012. | Imagen vía: REUTERS/Michael Dalder

Desde Montreal 1976, cada cuatro años los familiares de los 11 israelíes que perecieron en la masacre pidieron que se les rindiera algún reconocimiento en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, pero su solicitud fue ignorada. Las 103.000 firmas que recogieron para un tributo en Londres 2012 tampoco sirvieron, bajo el alegato del temor a un boicot de las 21 delegaciones árabes, según se lee en The Guardian.

Finalmente, el 3 de agosto de 2016, en Río de Janeiro, fue inaugurada la Plaza del Duelo en la villa deportiva, en recuerdo de todos los deportistas fallecidos en los Juegos por diversas causas. Así, en los pasados Juegos se accedió a guardar un minuto de silencio en la ceremonia encabezada por el presidente del COI, Thomas Bach. “Es lo que queríamos porque eran miembros de la familia olímpica”, afirmaría Anky Spitzer.

También, a partir del 6 de septiembre de este año, un monumento en homenaje a las víctimas descansará en el parque olímpico donde estos perdieron la vida.

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Ankie Spitzer, la viuda del entrenador de esgrima Andre Spitzer, en la Villa Olímpica en 1972. | Imagen vía Associated Press

Guerra avisada…

Los sólo 2 millones de dólares gastados en seguridad en Múnich 1972 mucho costaron. También el haber hecho caso omiso al psicólogo de la policía germana Georg Sieber, que puso en el tablero los peores escenarios posibles como modo de preparar la protección de cara a los Juegos, informó la revista Time en 2002.

Sieber había esbozado 26 situaciones y, curiosamente, la número 21 calzaría con lo ocurrido: a las 5 de la mañana, unos doce palestinos armados y resueltos a no rendirse escalarían la verja de 2 metros de la villa olímpica, entrarían mediante una explosión en el edificio donde se alojaba la delegación israelí, matarían a uno o dos rehenes y pedirían la liberación de prisioneros en las cárceles de Israel y un avión para volar a alguna capital árabe.

Archivos confidenciales difundidos por Der Spiegel en 2012 daban cuenta cómo las autoridades alemanas desestimaron las advertencias sobre un inminente ataque e intentaron encubrir el error tras error en la gestión que acabó en la masacre.

El 18 de agosto de 1972, el Ministerio de Exteriores de la RFA, gracias a una información proveniente de Beirut, envió un alerta a la agencia de inteligencia bávara sobre la preparación de una acción por parte de palestinos durante las Olimpiadas, recomendando tomar todas las medidas de seguridad posibles.

Más explícita aún fue la publicación italiana Gente, que el 2 de septiembre escribía que terroristas de Septiembre Negro planeaban un “sensacional acto durante los Juegos”, advertencia que sólo fue registrada por la policía criminal de Hamburgo dos días después de la tragedia que podía haber sido evitada.

Los años han despejado también otro tipo de detalles: los tratos crueles recibidos por las víctimas, que fueron abordados en el documental Múnich 1972 y más allá. Incluían golpizas que causaron fracturas de huesos y hasta castración, a la que fue sometido Joseph Romano. Al cumplirse veinte años de la masacre, los familiares de los fallecidos tuvieron acceso a crudas fotografías que no han mostrado públicamente, así como tampoco lo hizo The New York Times al constatarlas.

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Banderas olímpicas e israelíes en 2002 cerca de una placa en honor a los miembros del equipo olímpico israelí asesinados en 1972. | Imagen vía: Enric Marti / Associated Press

La Ira de Dios

La ligereza con la que fueron recibidas por parte de la RFA las advertencias sobre un posible atentado contrastaría con la vehemencia de la represalia ejecutada por el gobierno de Israel, que persiguió a muerte a todos los involucrados de algún modo en la masacre. “Hay que buscar a los terroristas estén donde estén y convertirles de perseguidores en perseguidos”, había sentenciado Golda Meir.

La operación Ira de Dios, encomendada al Mossad (servicio secreto israelí), se desplegó en Europa, el Norte de África y Oriente Medio. Culminó con más de una docena de militantes de Septiembre Negro y de la OLP eliminados, así como un camarero marroquí muerto por error en Noruega.

En las misiones participaría un joven Ehud Barak, que en 1999 se convertiría en primer ministro de Israel, disfrazado de mujer, episodio que recrearía Steven Spielberg en su película Múnich, de 2005.

Ni las marcas batidas como las siete medallas de oro del nadador estadounidense Mark Spitz, sólo superado décadas después por “el Tiburón de Baltimore” Michael Phelps, ni Waldi, la primera mascota en la historia olímpica, signarían los Juegos de Múnich 1972.

Otro perro salchicha, este de juguete, que uno de los deportistas israelíes asesinados guardaba para regalar a su bebé recién nacida y que fue hallado junto a la sangre y los agujeros de bala en la villa olímpica, pasaría a las manos del Museo de Tel Aviv en memoria de una pesadilla que aún pasados 45 años es imposible de olvidar.

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Decirlo es serlo

Ricardo Dudda

Foto: Neue Visionen Filmverleih

En El joven Marx, la nueva película de Raoul Peck (I am your negro), unos jóvenes Marx y Engels intentan revitalizar el movimiento anarquista y socialista y hacerlo más científico y materialista. Es una película lamentable, llena de clichés, que consigue convertir a cualquier espectador medianamente leído en un defensor del neoliberalismo. Peck asume que Engels y Marx están renovando el pensamiento socialista con ideas radicales, pero lo único que hacen en su película es decir que son, eso, radicales:  en discursos épicos, efectistas, pastelosos, que dejan aquí y allá palabras complejas para quedar sofisticados. Peck no explica qué es lo que desean hacer, solo los dibuja (o desdibuja) como incomprendidos, idealistas, soñadores, contrarians, como cualquier personaje rebelde hollywoodense que lucha contra el statu quo. Al decir que son revolucionarios, se convierten en revolucionarios. ¡Decirlo es serlo! Es una consigna contemporánea. Lo que importa en la ideología es la autodenominación y etiquetación, no los actos, las ideas. Por eso se dan casos sorprendentes y frustrantes: uno puede enumerar sus convicciones y valores y no ser nada hasta no utilizar una etiqueta. Y por eso hay votantes que votan a partidos en contra de su ideología. Han asumido e interiorizado que es su partido.

Esto tiene como consecuencia un peligro inintencionado de la política desideologizada: paradójicamente, parece que cuanto más ideologizados están los partidos, más votamos por convicciones. Si un partido me ofrece una serie de medidas sin ideología, sin aparente ideología, me fío de él por motivos que van más allá de las ideas: siglas, marketing, etc.

Es una hipótesis, posiblemente matizable con encuestas y datos, pero responde a una época en la que la adhesión ideológica consiste exclusivamente en etiquetarse a uno mismo.

Continúa leyendo: Julián Sánchez Melgar, de la doctrina Parot al conflicto catalán

Julián Sánchez Melgar, de la doctrina Parot al conflicto catalán

Redacción TO

Foto: CGPJ

Julián Sánchez Melgar es el nuevo fiscal general del Estado en sustitución de José Manuel Maza, fallecido la semana pasada. Con el nombramiento de Sánchez Melgar, el gobierno ha buscado dar continuidad a la labor realizada por su antecesor, sobre todo, con las causas relacionadas con el independentismo catalán. Un tema con el que el flamante fiscal general está familiarizado ya que formó parte de la Sala que admitió a trámite la querella contra los miembros de la Mesa del Parlament ante el Supremo. Pero ante todo, este palentino de prestigio entre sus compañeros y magistrado de la Sala Segunda del Tribunal Supremo desde enero de 2000, es conocido por ser el impulsor de la llamado doctrina Parot.

Amigo de Maza, Sánchez Melgar cuenta con una extensa trayectoria como magistrado en el Tribunal Supremo, donde lleva más de 17 años. Nacido en 1955, es licenciado en Derecho por la Universidad de Valladolid y doctor en Derecho por la Universidad de A Coruña; estuvo destinado en la antigua Audiencia Territorial de Barcelona y sirvió en Juzgados de Reinosa y de Santander, donde fue elegido juez decano.

A Sánchez Melgar ahora le corresponde dirigir una organización de 2.500 fiscales. Antes de llegar a este puesto, el Consejo General del Poder Judicial le nombró en diciembre de 1999 magistrado de la Sala Segunda del TS y ocupó la presidencia de la citada Sala. El ahora fiscal general tomó posesión de su plaza de magistrado del alto tribunal el 18 de enero de 2000.

Autor de numerosas publicaciones científicas en revistas especializadas y de varias obras colectivas, algunas de ellas dedicadas al estudio del Código Penal, la Ley de Enjuiciamiento Criminal y la inviolabilidad e inmunidad parlamentaria. También ha colaborado como docente con distintas universidades.

Sánchez Melgar ha sido vocal del Consejo Rector de la Escuela Judicial y, desde noviembre de 2014, es magistrado sustituto de control del Centro Nacional de Inteligencia (CNI). Desde 1992 está en posesión de la Cruz Distinguida de Primera Clase de la Orden de San Raimundo de Peñafort.

Ponencias y sentencias

A lo largo de su carrera, Sánchez Melgar ha participado en numerosos casos de gran relevancia relacionados con el terrorismo o la política. Uno de los más recientes es la causa contra la presidenta del Parlament y los miembros de la Mesa.

A pesar de que su nombre no ha ocupado titulares ni ha llamado la atención de los medios de comunicación, el magistrado ha formado parte de la causa que tiene abierta el Tribunal Supremo contra la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, y los miembros de la Mesa de la cámara autonómica acusados de rebelión, sedición y malversación. Sánchez Melgar fue uno de los magistrados que aceptó admitir a trámite la querella presentada por su antecesor en el cargo y amigo personal, José Manuel Maza.

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Sánchez Melgar fue uno de los magistrados que aceptó a trámite la querella contra Carme Forcadell. | Foto: Albert Sea/ Reuters

Sin embargo, si por algo es conocido Sánchez Melgar es por ser el ponente de la polémica ‘doctrina Parot’, en alusión al etarra Henri Parot. Una doctrina por la que se establecía que las reducciones de penas a los presos que habían cometido delitos de gravedad, como los etarras condenados por asesinato o los violadores, se aplicaban individualmente sobre cada una de las condenas y no sobre el máximo legal de permanencia en prisión de 30 años.

“La llamada doctrina Parot constituía un modo de ejecutar las penas de los delincuentes en serie, es decir, de aquellos que habían sido condenados a múltiples penas y ello interpretando de forma rigurosa lo dispuesto en el Código Penal”, explicó Sánchez Melgar en una entrevista. “Lo único que quiero poner de manifiesto es que cuando asistimos a crímenes múltiples originados por bombas, armas de fuego, o armas blancas, e incluso atropellos indiscriminados, el fundamento de la ‘doctrina Parot’, que significa que no puede concederse la misma respuesta penal al asesino de una persona que al criminal en serie, es algo que me parece razonable“, añadió.

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Miles de manifestantes protestan contra la aprobación de la doctrina Parot. | Foto: Vincent West/ Reuters

En octubre de 2013, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos derogó la ‘doctrina Parot’ y el tribunal se vio obligado a permitir la salida de prisión de decenas de presos, entre ellos numerosos miembros de ETA.

Melgar también es conocido por oponerse a la ‘doctrina Botín’, que fue refrendada por el Tribunal Supremo en el año 2007 y que permitió que el expresidente del Banco Santander, Emilio Botín, no tuviera que sentarse en el banquillo.

Fuera de la política y el terrorismo, Melgar ha sido ponente en sentencias relacionadas con otros temas también de gran importancia. El último conocido, la decisión del tribunal de establecer que conducir habiendo perdido todos los puntos es delito y no una falta administrativa.

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Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Benedict está acostumbrado a firmar sus libros con el apellido Wells, pero lo que la verdad oculta es que se apellida von Schirach y que Wells, más que un alias artístico, es un homenaje al personaje de John Irving en Las normas de la casa de la sidra. Lo escogió con un motivo poderoso: “Él es la razón por la que escribo”.

Benedict Wells (Múnich, 1984) –uno de los autores más reconocidos en Alemania– ha estado en España por la publicación en castellano de su última novela, El fin de la soledad, a cargo de la editorial Malpaso, y es un hombre de rostro tranquilo, alto y delgado, con el pelo frondoso y castaño, que esconde tras de sí una historia fascinante. En el libro queda mucho de esa esencia y desde bien pronto, apenas en el segundo capítulo, viene a decirnos cómo se rompe una familia en mil pedazos después de que tres hermanos preadolescentes –Marty, Liz y Jules– pierdan a sus padres en un accidente de tráfico, sin otra salida que continuar con sus vidas en un internado público.

Cuando Benedict escribe sobre la soledad, lo hace desde el corazón y desde el estómago. Benedict supo desde joven que quería ser escritor y con 19 años se fue de Múnich a Berlín, que en 2003 era “una ciudad barata”, “perfecta para la gente que, como yo, no tenía dinero”, tomando un camino que nadie le aconsejó. “Mi vida era miserable”, recuerda. “No fui a la universidad. Los primeros años tras el instituto los viví muy solo, en un apartamento horrible, con la ducha en la cocina. Trabajé en varios empleos temporales, y escribía por las noches. Trabajé de camarero, en la taquilla de un cine, de recepcionista en un hotel, más tarde en un show televisivo que estaba bien, pero al que tuve que renunciar porque no me dejaba tiempo para escribir. No tenía otra vida. Sentía que debía invertir todo mi tiempo en escribir”.

Y continúa: “Hay mucha gente con talento. Pero, para mí, el talento no era el campo en el que podía marcar la diferencia. Lo único que estaba dentro de mi área de control era mi voluntad y mi esfuerzo. Pensaba que nadie estaba tan loco con 19 años como para tener esa vida solitaria y extraña de escribir todo el tiempo. Pensaba que muy pocas personas podían mantener ese ritmo después de dos años. Dediqué todo lo que tenía a la escritura y, después de un par de años, vi que era mejor que cuando comencé. Aun así, seguía pensando que necesitaba dos o tres años más, quizá cuatro. Mi vida era muy solitaria. Tan solitaria que podía pasar cinco semanas sin hablar absolutamente con nadie. Allí estaba yo, solo y escribiendo”.

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Portada de ‘El fin de la soledad’, de Benedict Wells. | Imagen: Malpaso

Lo más difícil de todo aquello, cuenta, más incluso que la reclusión y el olvido, era el modo amargo en que sus amigos y familiares renegaban de su esfuerzo. “Nadie me entendía”, dice, con gesto serio. “No podía demostrar que tenía el talento necesario. Habían pasado cuatro o cinco años y seguía sin publicar. Tenía 23 y algunos amigos veían mi apartamento, veían que no estudiaba, que no tenía una red de seguridad, y me decían: ‘Vamos, tienes que buscarte algo más estable’. La presión estaba ahí y era tal que estuve pensando en salir de Alemania. En cada conversación había un recordatorio de mi fracaso. Mi gran ventaja, de algún modo, era que mis padres no tenían dinero, así que podían apoyarme emocionalmente, pero no económicamente. Era totalmente libre. Aunque me pesaba la presión de que no pudieran entenderlo. Yo mismo… estaba esperando a que alguien me animara a intentarlo”.

Dice, con la memoria puesta en sus años en Berlín, que tuvo que luchar contra la soledad y el rechazo, pero también contra sus momentos de ansiedad y vacilación. “Me pasaba el día entero pensando que era un fracasado, que no valía lo suficiente”, dice. “Pero me sentaba frente al escritorio y pensaba que no había nada mejor que pudiera hacer. Vivía todo el tiempo entre dos extremos: excitado por escribir y contar una historia o deprimido porque pensaba que no tenía talento. Lo que me hizo seguir es la voluntad de contar historias. Pensaba que quizá no fuera tan bueno, pero quería terminar lo que había comenzado”.

Conforme Benedict se expresa, los recuerdos se van haciendo sólidos. Casi dibuja imágenes. Dice: “Recuerdo el día que descubrí a Michael Chabon. Simplemente leyendo Chicos prodigiosos y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, viendo cómo escribía, cómo jugaba con el lenguaje, sentía que tenía que volver a escribir. Sabía que la literatura era mi vida y estaba dispuesto a fracasar. Prefería fracasar que arrepentirme por no haberlo intentado. Temía más al arrepentimiento que al fracaso”.

Dice que fue en el último instante que apareció un agente, justo cuando tenía planeado su viaje a Escocia. Después de tantos años, la editorial en alemán Diogenes –muy prestigiosa y conocida por publicar un único libro al año– se interesó por él y terminó por publicarle su primera novela, El último verano de Beck. Su nombre fue, definitivamente, cobrando más y más fuerza. Publicó tres novelas más con este sello.

“Uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real”

Probablemente su entereza y vocación exclusiva, su capacidad para no torcer el brazo, habrían sido imposibles de no haber soportado un duro entrenamiento previo –vivió de los 6 a los 19 años en un internado público por una grave situación familiar, como Marty, Liz y Jules–. Le pregunto por esta circunstancia, y habla de ello con naturalidad y sin resignación. “Creo que la independencia fue lo primero que aprendí en el internado”, dice, con la mirada puesta en una taza de café que apenas ha probado. “Pero entre los niños que estábamos allí, yo era un afortunado. Allí había niños que habían sufrido abusos, había refugiados… Al menos yo tenía unos padres que me querían. Los otros niños de mi clase iban con padres adoptivos, y yo me iba con los míos. Era extraño. Quizá para mis amigos, que han sido amados y han tenido una infancia protegida, habría sido más difícil”.

La vida de Benedict Wells es fascinante, decía, y en parte lo es por todo a lo que tuvo que renunciar. Le pregunto por las cosas que quedaron en el camino, si las echa de menos. Benedict responde que sí, sin reservas, y explica que es la razón por la que se mudó a Barcelona. “Tenía 26 años, había publicado mi primer libro y sentía que me había perdido muchas cosas”, dice. “Me di cuenta de que uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real. Echo cosas de menos, sí. Pero todo tenía un propósito. Me habría gustado disfrutar de lo que llaman la vida del estudiante, pero luego estuve tres años y medio en Barcelona, y más tarde traté de imitar la vida del Erasmus en Montpellier. Me esforcé por hacer lo que no había hecho, y claro que no era lo mismo. Pero nunca dudé del camino que había tomado: amo la escritura y volvería a hacer lo mismo”.

Ahora Benedict es un autor respetado en Europa, sus libros se venden por cientos de miles, y en su país concede raramente entrevistas: es, la mayor parte del tiempo, un hombre solitario. Con todo, más allá de las ventas y de los premios y de ese reconocimiento intangible que es la admiración de sus lectores, todavía experimenta, de vez en cuando, la amargura del rechazo. “Recientemente escribí un artículo sobre el tren transiberiano y traté de venderlo a los periódicos”, cuenta, divertido. “Una vez más: rechazado-rechazado-rechazado. Me di cuenta de que todavía era posible. No hay garantías. Todavía puede ocurrirme”.

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Benedict Wells, fotografiado en Madrid. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

“Después de todos estos años”, le pregunto, “¿qué significa para ti el fracaso?”.

Benedict se toma ocho, nueve segundos, busca una respuesta: “A veces es difícil asimilar que es inherente al ser humano, simplemente inevitable”. Hace una nueva pausa: “Vamos a fracasar y vamos a tener que lidiar con ello. Nada puede protegernos del fracaso. Lo único que puede cambiar es tu actitud. Por supuesto que existe aquella teoría de que el fracaso te hace más fuerte, y de que puedes aprender de ello. Pero hay fracasos de los que no puedes extraer nada. Probablemente ni siquiera puedas cambiar de actitud, pero tienes que esforzarte por hacerlo. Intentar aprender de tus fracasos, intentar hacer las paces con ellos. Es la única manera: intentarlo”.

Benedict, en su camino hacia el fin de la soledad, siempre encontró la literatura. “Es, definitivamente, una parte muy importante en mi vida. En ambas direcciones. Hacia fuera, mi pasión y mi profesión. Hacia dentro, el sentimiento de que no estás solo, de que puedes encontrarte a ti mismo en muchos libros, de que puedes sentirte a salvo”. Entonces habla de Harry Mulisch y de Kazuo Ishiguro, al que admira profundamente y llama profesor, y menciona Los restos del día y Nunca me abandones. Dice: “Hay pocos libros que me hayan cambiado de verdad, y estos son dos de ellos. Los leo y me pregunto: ‘¿Por quéee? ¿Cómo logró manipularme así? ¿Por qué me siento así?’. No es algo que esté entre las páginas. Trato de estudiar estos libros. Los libros que amo son mis profesores“.

Luego Benedict regresa a la idea de que la literatura, en el mejor de los casos, nos ayuda a sentirnos menos solos. “Es la primera experiencia cuando lees”, continúa. “No estás tan solo. Lo que realmente amo de la literatura es que es completamente distinta al resto de artes. En un cuadro, en una fotografía o en una película, todo está acabado. Puedes consumirlo. Pero un libro es simplemente blanco y negro. Todo viene de dentro. Tienes una página y todo depende de ti”.

Y concluye: “Hay algo que me fascina de la literatura: te deja a solas con la historia que tú has construido dentro de ti“.

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14 destinos turísticos a los que ir antes de que se pongan definitivamente de moda

Cecilia de la Serna

Foto: Khaled Abdullah Ali Al Mahdi
Reuters

Cada año, la Organización Mundial del Turismo (OMT) hace un exhaustivo seguimiento de las tendencias de viaje con el objetivo de predecir los destinos más prometedores (y que más de moda se pondrán). Para ello, analiza cuáles son los de mayor crecimiento.

Los 14 destinos turísticos de mayor crecimiento en el globo se reparten por la geografía mundial, aunque zonas como el Oriente Medio y el norte de África -a pesar de sus conflictos-, con países como Palestina, Egipto o Túnez, y Sudamérica, con países como Uruguay y Chile, son las que experimentan un crecimiento especialmente destacable.

1. Territorios palestinos

14 destinos turísticos a los que ir antes de que se pongan definitivamente de moda
Un turista toma una fotografía en Belén. | Foto: Mussa Qawasma / Reuters

La industria turística de Cisjordania se vino abajo tras la Guerra de los Seis Días de 1967 y la consiguiente ocupación israelí del territorio, y a pesar de que el conflicto con Israel siga muy vivo, la situación del turismo en Palestina ha mejorado notablemente en 2017. La agencia de la ONU coloca a Palestina como el país donde más ha crecido el turismo a nivel mundial durante el primer semestre de 2017. Durante el año pasado, las visitas turísticas internacionales a Palestina aumentaron casi un 58%. Cisjordania acoge a la mayor parte de los visitantes en Navidad, cuando Belén celebra una misa de medianoche. Un atractivo novedoso en la zona de Belén es el Hotel Walled-Off, un establecimiento hotelero del misterioso artista británico Banksy.

Durante el año pasado, las visitas turísticas internacionales a Palestina aumentaron casi un 58%. Cisjordania acoge a la mayor parte de los visitantes en Navidad, cuando Belén celebra una misa de medianoche.

2. Egipto

14 destinos turísticos a los que ir antes de que se pongan definitivamente de moda 1
La Vía Láctea reflejada en el cielo del Desierto Blanco al norte del Oasis de Farafra, al suroeste de El Cairo. | Foto: Amr Abdallah / Reuters

Egipto, un clásico del turismo internacional en el norte de África, también ha sufrido un importante batacazo en los últimos años por la escalada violenta de atentados, en ocasiones con el objetivo puesto en los turistas extranjeros. No obstante, y a medida que la violencia en el país ha ido disminuyendo, el número de turistas se ha disparado un 51%. El gran éxito reside, por supuesto, en sus pirámides y vasta historia, pero también en un buen clima.

3. Islas Marianas del Norte

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Las playas de las Islas Marianas del Norte son paradisiacas. | Foto: Turismo de Estados Unidos

Las Islas Marianas del Norte son un territorio en unión política con Estados Unidos, al igual que Puerto Rico, pero situado en el Pacífico Norte. Se trata de 14 islas septentrionales, situadas entre Hawái y las Filipinas. No es un territorio especialmente conocido, pero cada vez son más los que se acercan a visitarlo. Las Islas Marianas del Norte experimentaron un crecimiento del 37% en el turismo durante el año pasado. El archipiélago tropical es conocido por sus casinos y playas bordeadas de palmeras.

4. Islandia

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La naturaleza de Islandia es incomparable. | Foto: Stoyan Nenov / Reuters

Desde 2010, el número de turistas extranjeros en Islandia se ha triplicado. Esta tendencia se confirmó el pasado año, cuando el turismo aumentó un 35%. A Islandia se la conoce como la isla del hielo y el fuego, y quienes la describen así no lo hacen por capricho. Entre sus montañas, ríos, precipicios, cascadas, volcanes y glaciares se esconden secretos y paisajes que no sólo quedarán bien en una instantánea, sino que dejarán huella hasta en el viajero más viajado que los descubra. Los visitantes tienden a ir entre junio y agosto, cuando el clima es más amable y hay más horas de luz.

5. Túnez

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La arquitectura es una muestra de la riqueza histórica de Túnez. | Foto: Zoubeir Souissi / Reuters

Túnez se está recuperando de su ataque terrorista de 2015 con bastante rapidez. El país tuvo un aumento del 33% en turistas extranjeros el año pasado. Los visitantes llegan al país magrebí por sus centros históricos y turísticos, por la hospitalidad de los tunecinos y por sus playas mediterráneas.

6. Vietnam

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Vietnam combina diversidad natural y étnica. | Foto: Nguyen Huy Kham / Reuters

Si el sudeste asiático tiene un lugar apetecible entre todos los lugares ese es Vietnam, como bien confirman las cifras: un 31% más de turistas lo visitaron el año pasado. El país se incorporó no hace mucho al mercado turístico mundial, ya que no se abrió totalmente a los visitantes extranjeros hasta la década del los 90. Su paisaje, sus gentes y pueblos, su riqueza cultural y natural, y el colorido de sus 53 grupos étnicos hacen de este un destino realmente atractivo.

7. Uruguay

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Los paisajes de Uruguay invitan a puestas de sol irrepetibles. | Foto: Andres Stapff / Reuters

El primer puesto de los países latinoamericanos es para Uruguay, que durante el año pasado recibió a 3 millones turistas extranjeros, un aumento del 30% con respecto al año anterior. En su geografía destacan Punta del Este, Piriápolis, Montevideo, Colonia del Sacramento o Rocha, que hacen del turismo un punto cada vez más fuerte en la economía uruguaya.

8. Nicaragua

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¿Conoces las playas más secretas de Nicaragua? Esta es tu oportunidad. | Foto: Oswaldo Rivas

Alrededor de 1,5 millones de personas visitaron Nicaragua en 2016, lo que se traduce en un aumento del 28%. Este tesoro escondido de Centroamérica ofrece atractivos como una variedad de fiestas patronales con interesantes expresiones culturales, donde se puede observar en el fervor religioso, y una mezcla de manifestaciones indígenas y coloniales. Además, sus playas salvajes no dejarán indiferente al más aventurero. Definitivamente, una joya por descubrir.

9. Mongolia

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Mongolia invita a una vida nómada. | Foto: Claro Cortes / Reuters

El turismo en Mongolia, al igual que el nicaragüense, aumentó un 28% el año pasado. Los turistas se sienten especialmente atraídos por los rincones más recónditos del país y por el importante crecimiento de la vida nocturna de su capital, Ulán Bator. Una naturaleza esencialmente diversa según las regiones del país hacen de Mongolia un lugar que merece la pena visitar durante una larga temporada.

10. Israel

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El Muro de las Lamentaciones es uno de los símbolos de la cultura en Israel y recibe a millones de turistas extranjeros. | Foto: Marko Djurica / Reuters

Israel recibió 2,9 millones de visitantes el pasado año, lo que supuso un aumento del 25% con respecto al año anterior, a pesar del conflicto latente en la zona. Israel cuenta con un impacto histórico muy relevante y con una vida cultural muy activa. Los puntos turísticos más “calientes” son, sin duda, el mar Muerto, el Muro de las Lamentaciones en Jerusaeln y la intensa vida nocturna de Tel Aviv, quienes algunos denominan “el Miami de Oriente Medio”.

11. Malta

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La ‘Ventana Azul’ de Malta fue un icono de la isla, y un importante atractivo turístico, que desgraciadamente desapareció hace unos meses por un fuerte oleaje. | Foto: Darrin Zammit Lupi / Reuters

La pequeña isla de Malta, uno de los emblemas del corazón del Mediterráneo, acoge cada vez a más y más turistas foráneos, concretamente el número de visitantes extranjeros aumentó en un 23% el pasado año. Malta, que es a su vez un gran plató (en la isla se han rodado películas como Gladiator, Capitán Phillips o El Código Da Vinci), destaca por sus playas y por su riqueza histórica.

12. Seychelles

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Un paraíso tropical en auge. | Foto: Reuters

La popularidad de las exóticas Seychelles está creciendo exponencialmente, con un aumento de las visitas del 20% durante el año pasado. Este conjunto de 115 islas ubicadas en el océano Índico, al noreste de Madagascar, es un auténtico paraíso tropical. Este archipiélago esconde dos de las playas más bellas del mundo, Lazio y Georgette, y la más fotografiada según el Libro Guiness de los Récords, la de Source d’Argent. Aunque se asocia al turismo de lujo, las gangas se dejan ver de vez en cuando.

13. Montenegro

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El complejo turístico montenegrino Sveti Stefan es internacionalmente reconocido. | Foto: Stringer / Reuters

Durante el año pasado, Montenegro experimentó un aumento del 20% en el turismo foráneo. El país balcánico muestra una enorme diversidad, con influencias serbias, ortodoxas, eslavas, centroeuropeas y adriáticas. La vasta historia del país marca especialmente la experiencia del turismo extranjero, que llega atraído por un inmenso patrimonio histórico. Mar y montaña dibujan un diverso itinerario entre pueblos, playas, naturaleza y piedra.

14. Chile

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Esta zona de Santiago, conocida como Sanhattan, es un punto de contrastes. | Foto: Victor Ruiz Caballero / Reuters

Otro de los países sudamericanos que ha experimentado un rápido crecimiento es Chile, que también recibió un 20% más de visitantes el año pasado. Sus diversos paisajes y su entorno lo convierten en un gran destino para los amantes de la naturaleza. Destacan la Patagonia, el lago Chungará, el volcán Parinacota, San Pedro de Atacama o el parque nacional Vicente Pérez Rosales. Chile cuenta con hasta seis sitios declarados patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Además, su cultura de influencias indígenas e hispánicas hace de sus costumbres un atractivo más. La moderna capital, Santiago de Chile, ofrece riqueza arquitectónica así como natural, ya que los Andes -que rodean la ciudad- generan un contraste panorámico incomparable.

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