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Mushimaru Fujieda, el poeta del butoh que enamoró a Allen Ginsberg

Beatriz García

Foto: Carles Mercader

Conocida como la danza hacia la oscuridad, el butoh cada vez tiene más adeptos en España.

Nos movemos por la vida como si llegásemos tarde a todos sitios, tan aficionados a ocultar nuestros verdaderos sentimientos que hemos hecho de la ansiedad una condición del ser y del baile una forma de evasión. Pero los maestros japoneses nos enseñan que el movimiento puede ayudarnos a conectar con las capas más profundas de nuestro ser y bailar con nuestras sombras. 

Seguro que habrás visto alguna vez a bailarines pintados de blanco, a veces completamente desnudos, retorciéndose como si fueran fantasmas japoneses. Conocida como butoh o ankoku butoh, esta danza contemporánea, basada en movimientos muy lentos y contorsiones del cuerpo y del rostro, es una forma de meditación y de arte genuino surgida en Japón tras la Segunda Guerra Mundial que nos invita a adueñarnos de nuestro cuerpo y ver belleza incluso en lo más grotesco y roto de nuestra condición humana, algo que siempre han hecho los poetas.

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Foto: Carles Mercader.

 Mushimaru Fujieda: “Allen Ginsberg vino a verme actuar a un teatro tan pequeño como una cocina y le pareció que hacía poesía en movimiento.”

El bailarín y coreógrafo Mushimaru Fujieda, director de la compañía de danza butoh The Physical Poets y maestro de bailarines, se considera a sí mismo un poeta físico. “Pertenezco a la generación de la vanguardia teatral japonesa. Empecé a trabajar como actor en 1972, justo en la época del cambio en Japón, cuando los artistas más jóvenes estábamos creando una nueva escena y compartiendo técnicas e ideas innovadoras. Una vez, en Tokio, vi una actuación de Tatsumi Hijikata, el creador del butoh, que provocó una impresión tan grande en mí que acabé convirtiéndolo en parte de mi estilo de vida”, cuenta.

Pero no fue hasta que conoció al poeta beat Allen Ginsberg cuando asumió el sobrenombre de ‘poeta físico’. “Tenía un aura enorme, me vio actuar en Nueva York en un teatro tan pequeño como una cocina y alabó mi arte como una forma de poesía. Soy poeta. No utilizó la palabra, no escribo, sólo uso mi cuerpo”.

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Foto: Carles Mercader.

Para Orland Verdú, dramaturgo y director de Oracles Teatre, sala de teatro ritual y escuela de butoh de Barcelona, esta danza es también un teatro total para el que se necesita una gran imaginación y sensibilidad, igual que para escribir poesía. “El butoh no rechaza los aspectos sombríos de la condición humana, sino que intenta encontrar belleza incluso en lo feo y conectar con lo inconsciente”, explica Verdú.

Se trata, cuenta el dramaturgo, de retornar al origen del arte en tanto que ritual, más allá de su función como cultura o entretenimiento: “Hay un espíritu trascendente en todos nosotros que busca la verdad. En el corazón de las artes escénicas de Occidente, de la tragedia y el teatro griego, está el alma del butoh”.

 “El butoh es como abrir una ventana a la libertad en una sociedad con demasiadas normas”, Mihee Lee 

La improvisación cumple un papel primordial. Devolver al cuerpo ese movimiento original que es como un brisa, caminar y danzar siendo conscientes del aliento interno e innato que se expresa a través de nuestros músculos y concentrarnos siguiendo nuestra propia respiración es butoh. “Es una fuente de armonía –dice Mushimaru- y es diferente en cada uno de nosotros”.

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Foto: Carles Mercader.

La bailarina coreana Mihee Lee, miembro reciente de The Physical Poets, llegó al butoh desde la danza tradicional coreana atraída por la libertad de movimientos y la posibilidad de explorar los límites del propio cuerpo, más allá de la técnica y las reglas: “El butoh es como abrir una ventana. Vivimos en una sociedad llena de normas: tenemos que esperar para cruzar una calle, ir a la escuela, conseguir un trabajo y ganar dinero, y el butoh nos enseña a ir más allá de los constreñimientos sociales, abrir esa ventana y poder salir un momento”, dice Mihee.

Mientras algunos bailarines rechazan la idea del butoh como una danza hacia o desde la oscuridad, Mihee cree que es sombría en la medida en que también lo es el ser humano. “¿Qué significa oscuridad para nosotros? ¿Y belleza? ¿Qué no es bello? Depende mucho de tus experiencias, de la cultura en que hayas nacido… Hay muchos factores. Pero en realidad hay belleza en todo. Hace unas décadas las personas eran incapaces de ver bellos a bailarines con discapacidad, pero nuestra sociedad está cambiando. Las ideas de ‘belleza’ y ‘oscuridad’ están en un constante fluir y depende mucho de cómo las experimentamos nosotros”.

El cuerpo robado

Cierra los ojos y conviértete en humo, en una esfera, en el flúor que sale lento cuando aprietas desde la base el tubo de pasta de dientes. Baila con el dolor de tus ancestros a cuestas. Baila. Pero, ¿cómo bailar el cuerpo de postguerra, quemado, radioactivo, arrastrándose por las calles con los globos oculares reventados y colgando sobre las mejillas? Una década después del bombardeo nuclear de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, los supervivientes seguían siendo repudiados por sus propios vecinos. En 1952 Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata quisieron entender la barbarie de la guerra, reaccionar al dolor y a la expansión de la danza contemporánea occidental y recuperar el cuerpo primigenio que les habían robado.

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Foto: Carles Mercader.

Uno de los padres del butoh, Kazuo Ohno, descubrió la danza después de ver a una bailaora de flamenco.

Cuando Hijikata estrenó en 1959 la primera obra butoh, ‘Kinijiki’ (Colores prohibidos), basada en la novela homoerótica del poeta Yukio Mishima, escandalizó a la comunidad artística japonesa, que la consideró repulsiva. La misma terminaba con la muerte por asfixia de un pollo vivo ente las piernas de Yoshito Ohno e Hijikata persiguiéndole en la oscuridad. Aunque el maestro acabó siendo expulsado del festival y la obra censurada, continuó desafiando las convenciones en obras donde aparecía con un pene metálico atado al pubis, danzando con los ojos desorbitados y una falda rosa, buscando la libertad de la carne.

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Fotos: Carles Mercader.

Hoy en día existen diversas corrientes y escuelas de butoh dentro y fuera de Japón, como el butoh ritual mexicano que creó el bailarín y coreógrafo Diego Piñón, que lleva más de veinte años bailando el dolor de la colonización y enseñando, por medio del butoh y el chamanismo, a reactivar las memorias ancestrales que están en nuestro cuerpo. Y en España también existen dramaturgos como Orland Verdú y coreógrafos como Andrés Corchero que han sabido adaptar esta danza japonesa a nuestros escenarios. Sin embargo, ¿existe algo parecido a un butoh español?

Curiosamente, el maestro Kazuo Ohno, para quien el butoh significaba “arrancarse las dagas de la guerra” y también era una celebración de la vida, empezó a bailar poco después de asistir como público a un espectáculo de flamenco de Antonia Mercé, ‘La Argentina’ en el Teatro Imperial de Tokio. También el flamenco es un arte nacido del dolor y la persecución del pueblo gitano, otra forma de danzar hacia la oscuridad.

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Este otoño, de museo en museo: 8 exposiciones imprescindibles en Madrid

Saioa Camarzana

Foto: Henri de Toulouse-lautrec | La pelirroja con blusa blanca, 1889
Museo Thyssen-Bornemisza

Los meses de septiembre y octubre, además de ser una de las mejores épocas para los afortunados que salen de vacaciones, es el momento en el que se reactiva toda la agenda cultural. Los escritores vuelven a publicar, a los teatros vuelven las obras y los museos, que durante el verano siguen abiertos, renuevan su agenda para empezar el curso con sus mejores apuestas. Después de Apertura Madrid Gallery Weekend, iniciativa que lleva en marcha desde hace ya ocho años, el próximo jueves es el turno de Barcelona Gallery Weekend, que con el mismo espíritu madrileño, lleva a sus artistas a inaugurar simultáneamente. Entre unas cosas y otras recomendamos ocho exposiciones que se van a inaugurar en madrileños en los próximos días.

William Kentridge en el Museo Reina Sofía

Sin duda va a ser la exposición del año. Aunque aún queda algo más de un mes de espera, se inaugura el 31 de octubre, es una de las citas que no pueden faltar en las agendas. William Kentridge. Basta y sobra es una muestra hilada a través del trabajo escénico, en el que se incluye ópera, teatro y performance, que cuenta la historia de un solo protagonista. El proceso creativo en el caso de Kentridge es vital y en la muestra se intercalan bocetos, dibujos y grabados que sirven de punto de partida. La obra del último Premio Princesa Asturias de las Artes cuenta con algunas constantes como el dibujo, el collage, el retrato y el cine que, por supuesto, forman parte de la cita del año.

Cai Guo-Qiang en el Museo del Prado

Es uno de los artistas chinos con más proyección internacional hasta la fecha. La chispa de Cai Guo Qiang está en el uso de pólvora para dinamitar su trabajo. Probablemente su obra más célebre sea Escalera al cielo, una obra efímera que le llevó varios intentos y ha tenido la entidad suficiente para el rodaje de un documental sobre su gestación. En el Museo del Prado, que en ocasiones se abre al arte contemporáneo, recibe a este artista en una especie de residencia destinada al diálogo con nuestros maestros más indiscutibles que inspiren nuevas piezas que se expondrán en el Salón de Reinos bajo el nombre de El espíritu de la pintura. Pero el momento clave de su paso por Madrid tiene una fecha concreta: 25 de octubre. Ese día Cai Guo Qiang dinamitará una obra de gran tamaño dentro de las paredes del edificio. Además, Isabel Coixet está preparando un documental sobre su proceso creativo.

Picasso / Lautrec en el Museo Thyssen-Bornemisza

Picasso y Toulouse-Lautrec nunca se llegaron a conocer pero la influencia que el último ejerció sobre el maestro malagueño es palpable en sus obras. Cuando Picasso visitó París a finales de 1900 conoció su obra y su manera de entender el arte y la modernidad. Lautrec aunó alta y baja cultura, arte y publicidad y esta manera de trabajar impactó de manera radical en Picasso y condicionó su futuro estilo artístico. Hasta la fecha no se ha puesto en relación (no al menos en forma de exposición) las afinidades de ambos que pasan por el gusto por temáticas como los burdeles, los retratos caricaturescos, la noche, los cabarets y el circo.

Este otoño, de museo en museo: 8 exposiciones imprescindibles en Madrid 4
Detalle de “Historia do Brasil. Little Girls and Boys”, 1975. | Imagen vía La Casa Endcendida.

Anna Bella Geiger en La Casa Encendida

La experta en arte Estrella de Diego es la comisaria de la muestra Geografía Física y Humana de la artista brasileña Anna Bella Geiger. Se ha alzado como uno de los nombres imprescindibles del arte conceptual brasileño y La Casa Encendida le dedica un recorrido que reúne cerca de 100 obras para que el visitante se adentre en el universo de esta artista radical. Vídeos, fotografías, collage y obras en tres dimensiones reflexionan a cerca de las políticas coloniales, los estereotipos culturales, las exclusiones y los discursos impuestos por la hegemonía. Y si hay algo que le interese en particular ese es el mapa, elemento protagonista de una obra frágil y delicada que convierte los asuntos políticos y sociales en objetos poéticos.

Cristina Lucas en Alcalá 31

La artista de Jaén aterriza en la Sala Alcalá 31 con Manchas en el silencio, un proyecto político y social que aún es sensible de ampliar. El asunto que retrata Cristina Lucas es el de los bombardeos aéreos contra la población civil que se han llevado a cabo desde que en 1912 se inventó la aviación. La pieza central está formada por tres grandes pantallas en las que se muestran los lugares de los bombardeos acompañadas de imágenes documentales de las víctimas. Esta pieza central se complementa con unos tapices en los que ha bordado mapas con esos mismos nombres de los lugares atacados llegando, en ocasiones, a convertirlos en un borrón debido a la cantidad de bombas caídas. En la planta de arriba 360 relojes marcan la hora de todo el globo con un tic tac tan sutil como ensordecer que hace que el tiempo quede suspendido.

Este otoño, de museo en museo: 8 exposiciones imprescindibles en Madrid
Zuloaga Retrato de la condesa Mathieu de Noailles, 1913.

Zuloaga en la Fundación Mapfre

El pintor vasco inaugura una muestra monográfica en la Fundación Mapfre este jueves 28 de septiembre. La fundación se ha centrado en la época en la que Zuloaga se trasladó a la capital francesa cuando tan solo tenía 19 años. Zuloaga en el París de la Belle Époque. 1889-1914 incide en esos años en los que el pintor desarrolla su lenguaje en esta ciudad que se convierte en el centro del mundo moderno. Allí, el pintor encuentra un estilo que va acorde a la ebullición que se encuentra. A través de 90 piezas el espectador puede formarse una idea detallada de cómo Zuloaga gestó un lenguaje que está a medio camino entre la cultura francesa y la española. Además, aparece retratado junto a otros artistas como Picasso, Toulouse-Lautrec, Rodin y Bernard que funcionan como diálogo entre el pintor de Eibar y el París de la época. Además, piezas del Greco, Zurbarán y Goya, que el pintor coleccionó, complementan una exposición que quiere ofrecer un nuevo acercamiento a este genio de la pintura.

Itziar Okariz en el CA2M

A partir del 27 de octubre el CA2M dedica una de las antológicas más completas a la artista vasca Itziar Okariz. Bajo el título …una contrucción, es decir, una jerarquía de momentos, expresiva de cierto concepto grande o pequeño, abstracto esotérico, extracto de Oficio de poeta de Cesare Pavese, la conexión del lenguaje y del cuerpo que erigen todas sus piezas serán los protagonistas en el CA2M. Siendo, como es, una de las artistas del performance que amplía y eleva a un nuevo nivel esta disciplina en la que se inscriben hoy infinidad de artistas, Okariz utiliza la voz y el silencio para crear nuevos contextos.

Este otoño, de museo en museo: 8 exposiciones imprescindibles en Madrid 2
GATO Y GRANADAS
Serie: Bodegones Almodóvar | Imagen vía La Fresh Gallery.

Pedro Almodóvar en La Fresh Gallery

El cineasta se ha pasado a la fotografía y lo hace con unos bodegones tan personales que utiliza la encimera de su casa y los objetos que ha ido comprando. Algunos recuerdan al artista italiano Morandi, otros crean figuras femeninas y estilizadas y en casi todos aparecen detalles de la realidad más cercana. Enchufes, paredes manchadas, clavos que en algún momento han sostenido un cuadro… Almodóvar presenta en La Fresh Gallery 70 fotografías a modo de bodegones posmodernistas que forman una especie de autobiografía íntima. El dinero recaudado con la venta de estas piezas irá destinado a Mensajeros por la paz.

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Las Turroneras, inspiración en Cádiz y arte flamenco en Madrid

Anna Carolina Maier

Foto: Anna Carolina Maier
The Objective

Bailan de lunes a sábado. Durante la semana, en las tardes, ya que en las mañanas deben ir al cole. Sus edades colindan entre los 10 y 12 años. Son pequeñas, pero grandes flamencas.

“Tenemos admiradores por todos lados”, suelta, entre tímidas risas, Paola Santiago de 10, mientras ve un comentario en Instagram sobre una de sus últimas presentaciones en el famoso tablao andaluz La Perla de Cádiz. Acaban de terminar una clase en el Instituto Flamenco La Truco (Parla) y comparten un rato antes de volver a casa.

El nombre flamenco de Paola es ‘La Polaca’. Se debe a sus cabellos rubios y forma parte, junto a las otras tres niñas, del cuerpo de baile Las Turroneras. Las otras son Claudia ‘La Utrerana’ de 10 años; Candela Amigo, de 12 años e Itziar San Juan, mejor conocida como ‘La Pulga’, que cuenta 11.

Formaron el grupo hace dos años gracias a Eliezer Truco (La Truco), quien comenzó siendo inspiración para ellas y terminó convirtiéndose en su maestra.

Han participado en importantes festivales como el de Pasión por la Danza realizado en febrero en Alcalá de Henares en el que lograron el primer lugar. “Competimos con niñas de 16 años y quedamos las primeras”, dicen y se ríen a la vez, nuevamente con timidez y bajando las cabezas.

Además, han bailado en legendarios tablaos, no solo en La Perla de Cádiz sino también en Casa Patas. También se han presentado en la escuela de baile flamenco Amor de Dios. “Casa Patas es un tablao muy reconocido en Madrid. Lo más grande del flamenco”, explica La Pulga. Poco después añade: “Amor de Dios es el sitio por el que todos los flamencos han pasado”.

Todas compaginan los estudios y la danza con “mucha disciplina”. Coinciden en que hacen los deberes antes del baile pues, además de hacer flamenco, quieren dedicarse a otras carreras. La Polaca quiere estudiar turismo, mientras que La Utrerana todavía “no lo tiene claro”. En cambio, Candela -que es la mayor del grupo- ya lo sabe: “Quiero, además de ser ‘bailaora’, estudiar Medicina y ser científica en Oncología Infantil”.

En cambio, a La Pulga le gustan las Ciencias Políticas. Conocen con mucha seriedad, para tan corta edad, los ‘palos del flamencos’. Se mueven entre tangos, bulerías, fandangos y alegrías, al igual que lo hiciera cualquier niña en un parque pero ellas prefieren tomar un abanico, una bata de cola o un mantón. Para ellas el baile es “como un juego”.

Asimismo, no les intimida entrar al mundo del flamenco siendo madrileñas. Por el contrario, se sienten orgullosas de ello. Aseguran que no hay fronteras, ni raza, ni nacionalidad para ese arte andaluz y que tampoco es solo es “cosa de gitanos”. “Puede bailar el que sea”, señala La Utrerana. “Todo aquel que no se rinda”, concluye, por su parte, La Polaca.

Estas niñas han recibido a The Objective para compartir qué las apasiona y cómo se puede tener tanto arte a tan corta edad.

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Visa pour l’image: una historia ‘fuera de campo’

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

La historia siempre resulta irónica bajo el tamiz del tiempo. No hace demasiados años, los españoles viajábamos a Perpiñán para hacer dos cosas: jugar en el casino e ir a los cines a ver pornografía, películas ‘S’ censuradas por el franquismo. Hoy, los hijos y nietos de estos españoles, cogemos un tren para asistir a Visa pour l’image, uno de los certámenes de fotoperiodismo más importantes de Europa, que se celebra en la ciudad francesa.

Sentada en otro vagón, Diana, la fotógrafa de The Objective, me envía un whatsapp: “¿Te imaginas que nos quedamos dormidas y acabamos en París?”. Sí, le contesto, sería una crónica diferente, algo así como ‘Desde la Torre Eiffel no se ve Perpiñán’. En el fondo, también yo tenía la sensación de ir a aquella pequeña y encantadora ciudad con el mismo objetivo que mis abuelos. El atentado terrorista de Barcelona me habían robado el gusto por el fotoperiodismo, no por la crudeza de las imágenes en la prensa, sino por la indignación que nos producían: “Respetad a las víctimas”, se escandalizaban. “La crisis del periodismo”. “¡Una vergüenza!”. Y luego, esa misma gente horrorizada por unas ramblas sembradas de cuerpos aplastaban la nariz contra la fotografía de un ciudadano sirio llevando en brazos el cadáver de su hijo entre las ruinas de Mosul. ¿Vale menos su dolor que el nuestro? ¿Es más informativo acaso, menos hiriente a la vista simplemente porque está lejos?

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La contemplación atenta de los visitantes en una exposición en el Couvent des Minimes. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Diana y yo echamos a andar por la amplia avenida señalizada con banderines del festival. Por las calles sólo se veía gente guapa, culta, muy francesa, con sus flamantes cámaras y sus acreditaciones al cuello. Nos planteábamos las mismas cuestiones que se debatían en Visa pour l’image, el rol del fotoperiodista y la necesidad de imágenes sangrientas para explicar una tragedia.

-Cuando estudiaba en Nueva York, mis compañeros fotoperiodistas iban todo el día buscando asesinatos por las calles –me cuenta Diana.

-Sí, como la historia del tipo que ganó el Pulitzer, el que dicen que se suicidó.

-Sí, el del buitre que se abalanza sobre el niño.

-Van y le preguntan: ¿Qué le ocurrió al niño? El fotógrafo no lo sabía. Hizo la foto y se largó.

Me doy cuenta de que camino con mis prejuicios a cuestas y no es lo más profesional, pero la mirada es subjetiva. Elegimos cómo encuadrar el mundo. Una imagen te conmueve, me digo, doscientos horrores enmarcados te dejan frío. Pasas de uno a otro como si cambiaras el canal de la tele.

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Las iglesias se abren como ventanas al mundo. | Imagen vía Diana Rangel

Las calles, los conventos y los palacetes de la ciudad se abren como ventanas al mundo. En Visa Pour L’Image hay 25 exposiciones, 25 historias colgando de las desconchadas paredes, y miles de personas hormigueando de una historia a la siguiente con si en cuestión de unas pocas horas pudieses recorrer 365 días de injusticias y tragedias, de duras y a veces invisibles formas de vida, que no tienen espacio en la prensa, pero no por ello dejan de existir.

Ángela Ponce Romero, jovencísima reportera peruana, es una de las estrellas del festival. Su trabajo ‘Ayacucho’ sobre las víctimas de la guerra civil en Perú, donde sus gentes siguen llorando a sus seres desaparecidos y pidiendo justicia para sus muertos, ha ganado el premio Visa de Oro Humanitaria que concede el festival. Habíamos quedado con Ángela en su exposición en el Palais des Corts para hacerle una entrevista. Sin embargo, no se presenta. Una rápida llamada a prensa del festival y me comunican con ella:

-Lo siento, tengo un desayuno de fotógrafos. ¡Envíame un email.

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Así nos quedamos cuando Ángela Ponce nos dejó plantadas. La foto pertenece a su trabajo ‘Ayacucho’. | Foto: Diana Rangel / The Objective

Pero es que yo quería preguntarle sobre la forma en que hace presente la ausencia, a través de la sombra proyectada en las paredes, a través de… Llevamos semanas organizando esta entrevista. ¡Bonjour! Merci! ¿Qué hacemos ahora, Diana, tomamos un café? ¡Francia siempre huele a croissant!

Lo que queda fuera

Hay una mujer que aúlla de dolor, rapada y escuálida, atrapada en el marco de una fotografía. Su imagen congelada, su vida tal vez ya no exista. Es una de las internas de un hospital psiquiátrico en Venezuela retratada por Meredith Kohut. También hay un hombre encorvado sobre la imagen, que saca una fotografía de aquella misma fotografía, y un tercero que los fotografía a ambos, a la mujer llorando hambrienta y al espectador acorazado tras su cámara.

Cuando encuadras una imagen, al poner el foco sobre un pedazo de realidad, dejas fuera parte de esa misma realidad. Se suele hablar de que algo está dentro o fuera de campo. Y ese fuera de campo se construye intuitivamente, imaginando lo que la lente de la cámara no alcanza a retratar. Para acercarse lo máximo posible a la verdad no bastan con un único disparo. Hay que mirar de verdad.

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Veinticinco historias colgando de las paredes y miles de ojos. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Diana es venezolana. Recorre la sala cuadrada grabando un vídeo de cada una de las durísimas instantáneas sobre lo que está ocurriendo en su país.

 -Las imágenes son fuertes de verdad. En la prensa española no se ve ni la mitad de esta dureza… Pero es una tragedia.

La mueve no el morbo, sino el horror.

-Si puedes –le digo- saca una foto de esos hombres que sacan fotos a las fotos. – También yo tengo mi foco y mi idea…

¿Y luego qué? ¿Me haces tú una foto sacándoles fotos?

Un nuevo capítulo de ‘Black Mirror’ se ensambla en mi cabeza.

La batalla de Mosul centra la atención de esta edición de Visa pour l’image. Una guinda roja coronando un postre hecho de cascotes y personas con la mirada perdida, de cuerpos de milicianos abotagados tendidos uno al lado del otro. No obstante, hay muchos Mosul, muchas formas de narrar el combate y el triunfo: Está el Mosul que retrató Álvaro Canovas para París Match, quien acompañó durante meses a las tropas iraquíes hasta conseguir la victoria; el Mosul del fotógrafo de Magnum Lorenzo Meloni, su colapso del califato y las ruinas y el silencio en lugares como Palmyra, Kobani y Sirte. Y también el del premiado fotógrafo de Reuters Laurent Van der Stockt, en cuyas fotografías no aparecen cadáveres, ni de un bando ni del otro; están fuera de campo. Pero no hace falta imaginarlos, sólo pasar a otra sala.

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Coqueto tras la batalla, Laurent Van der Stockt. | Imagen: Diana Rangel /The Objective.

Las imágenes del fotógrafo Lu Guang sobre la contaminación en China te llenan los pulmones de humo; las aguas calientes de Vlad Sokhin y el impacto del calentamiento global en los lugares más remotos del mundo, desde Oceanía a Nueva Zelanda, con crecidas y basura flotando alrededor de las viviendas, te deja los pies húmedos y un malestar que te llevarás a casa, que olvidarás porque, eh, la vida continua.

Y cuando parecía que íbamos a entrar en barrena, de repente, una luz.

La reportera española Catalina Martín-Chico ha sido premiada varias veces en este certamen: En 2011 consiguió la Visa de Oro Humanitaria por su trabajo fotográfico sobre la revolución en Yemen, y este año recibía el galardón de Canon a la Mejor Fotoperiodista Mujer por un maravilloso fotorreportaje sobre la explosión de natalidad entre las ex-guerrilleras de las FARC en Colombia, que tras cincuenta años de conflicto vuelven a reunirse con sus familias y pueden ser madres.

Catalina nos espera en las oficinas de Visa pour l’image. Es amable, campechana y, sobre todo, sincera. Hace años que está afincada en Francia, pero países como Yemen se han convertido en un segundo hogar para ella.

– ¿Crees que la fotografía puede cambiar el mundo? –disparo.

– Modestamente, pienso que puedo ser una ventana abierta sobre un mundo que la gente no ve. Me gusta contar historias que no han sido contadas y poner luz sobre zonas de oscuridad –contesta Catalina. Ella sólo intenta dar voz a gente que no la tiene, reflejar situaciones injustas.

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Luminosa y campechana, Catalina Martín-Chico. | Imagen: Diana Rangel /The Objective.

Cuando la fotógrafa llega a un lugar, antes de sacar su cámara habla con las personas. Convive como ellos, trata de saber qué piensan y qué sienten. En su trabajo tiene una máxima: Si quieres entender, no debes juzgar. Nos habla de ver amanecer en la selva, del comandante pasando revista a la tropa, de la historia de Chachis, la guerrillera que dormía en la cama de al lado y que no podía ver a su padre que estaba en el hospital, y de bebés tomando un baño en un cubil.

Nos habla de conexión con la gente, de vidas duras pero alegres, de guerras, muertos y heridos, de personas que uno conoce por el camino y cuyas historias, tras meses de convivencia, acabas haciendo tuyas. Eso también está fuera de campo, la vivencia del fotógrafo, lo que él ha sentido e intenta transmitir con sus fotos, y el puñado de agentes que median entre su lente y las injusticias sobre las que trata de arrojar luz: el texto que acompaña una imagen, el medio que dirige la mirada, nosotros, lo que vemos y lo que nos han enseñado a ver. Y cuando acaba la entrevista, ni Diana ni yo pensamos más en buitres abalanzándose sobre niños ni en ganadores del Pulitzer que se matan de la culpa. Susan Sontag escribió: “No se puede poseer la realidad, pero se puede poseer (y ser poseído por) las imágenes”.

Sin trampa ni cartón

Fuera de la oficina de prensa, docenas de fotógrafos arrastran sus portfolios a las mesas. Es como un enorme speed-dating entre agencias y freelancers. A nosotras nos da risa, nos parece un mercadillo de píxeles, pero somos un poco menos cínicas ahora, un poco más conscientes de que entre la cámara y el ojo está la persona. Y tras visitar a Ferhad Bouda, fotógrafo de la agencia Vu, a las puertas de su exposición en la Chapelle du Tiers-Ordre, también ese mercadillo de píxeles que queríamos ver, y por eso vimos, desaparece.

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Ferhat Bouda y la resistencia bereber. | Imagen: Diana Rangel /The Objective.

Ferhat nació en la ciudad argelina de Kabyle. Su trabajo ‘Bereberes en Marruecos: resistiendo y defendiendo su cultura’ es un proyecto personal, tanto que forma parte de su propia historia. Porque este argelino que pasó su infancia en Francia es también bereber.

Siendo el pueblo más antiguo del Norte de África, los Amazigh o gente libre fueron bautizados como bereber (bárbaros) por los romanos. Son demócratas, igualitarios, nómadas que sobreviven con poco en las montañas, nos cuenta Ferhat. Pero, sobre todo, una nación que defiende con uñas y dientes su cultura pese al ostracismo de los gobiernos que los califican de herejes y, por eso, no reciben asistencia hospitalaria, ni en las escuelas se les enseña su idioma. Y ocurre en Marruecos, y en Libia, y en Malí. El bereber, también en la diáspora, poco a poco se borra.

-Mi abuela nos llevó a Francia para que pudiéramos ser libres. No entendía el francés, tampoco el árabe. Decidí estudiar cine para que pudiera ver películas en su lengua –afirma el fotógrafo.

Los ojos se le llenan de lágrimas, toma aliento y le damos unos segundos. Diana, que estaba haciendo fotos en aquel momento, baja la cámara. Me faltan dedos de la mano para señalar cuántos hubieran disparado en aquel momento; la emoción de un fotógrafo bereber que ha hecho de la imagen también una forma de resistencia, de memoria colectiva.

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Cómo explicar la guerra y la muerte a un niño. | Imagen : Diana Rangel / The Objective

Tengo al menos una decena de preguntas que hacerle y entre ellas hay una que esperaba se convirtiera en titular y se me atraviesa en la garganta conforme avanza la entrevista. ¿La hago? ¿No la hago? Quería que me hablase sobre el origen bereber de los terroristas del atentado de Barcelona, conocer su opinión al respecto. Me basaba en declaraciones de un catedrático de la Sorbona que señalaba la zona del Rif, en Marruecos, como un caldo de cultivo para el extremismo. Mis prejuicios son un reflejo de lo que soy, la persona que dispara una foto a quien hace la foto a una foto.

-Ahora tenemos algunas programas de televisión en nuestra lengua, pero los utilizan para islamizar y manipular. Casi es mejor no tener idioma. – confiesa todavía emocionado.

Y entonces, el pequeño tiburón aparece hambriento de polémica, de ‘Me gusta’ y ‘Compartir’ en redes. Honestamente, esperaba que no se molestase conmigo; honestamente también, deseaba que lo que contestase no me diese ningún titular. Y no lo hizo.

-Yo quería preguntarte… En fin… Como eres periodista, espero que no te ofendas. Ya sé que no viene al tema, pero…

El traductor enloquece con mis divagaciones y disculpas.

-Todos somos víctimas –contesta Ferhat, cuando al final me decido.

Una respuesta sincera y compasiva no abre a menudo un diario. Pero era la verdad. Y en lo más hondo, sentí bastante alivio.

Cuando atardeció, estábamos un poco más felices, un poco menos furiosas, y sobre todo, perdidas. Literalmente perdidas. Tratando de llegar a la estación, rodeamos el bello edificio del Couvent des Mínimes y, de repente, nos encontramos dentro de una de aquellas fotografías que con tanta atención contemplaban los visitantes. No era el Perpiñán sin colillas en el suelo, el Perpiñán de los guapos y guapas sentados en los cafés diminutos y los fotógrafos que acuden a almuerzos. Era el barrio de los otros franceses, los gitanos, los que vivían en edificios empobrecidos y en calles llenas de basura a sólo una esquina del dolor colgado, enmarcado, un dolor informativo, sí. También más glamuroso.

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Un ‘speed-dating’ entre fotógrafos y agencias. | Imagen vía Diana Rangel

-¿Y ahora dónde estamos? –le digo a Diana. Porque era la primera vez que veía el Perpiñán del fuera de campo que ni se intuye ni se piensa, y parecía otra galaxia.

-¿ Y por qué no vienen y sacan una foto de esto? – dice ella.

“Fotografiar es conferir importancia”, escribió Susan Sontag. Y también que la fotografía es “la más suave de las depredaciones, con el objeto de documentar una realidad oculta, es decir, una realidad oculta para ellos”.

Poseídas por las imágenes, perdimos la noción del tiempo. Quedan diez minutos para que salga el tren y corremos con la lengua fuera la larga avenida de banderines y palmeras que lleva a la estación. No lo conseguiremos, me digo, esprintando en tacones. Y en un desesperado alarde aventurero, hago un ‘Pekín Exprés’ y me lanzo a la carretera a parar el primer coche que pase.

-¿Cómo se dice estación en francés? –titubeo.

Gare!

-¿Cómo se dice ayuda en francés? ¿Y cómo es ‘perder el tren’?

El asombrado conductor nos entiende por contexto y hace señas para que subamos.  Saltamos del coche casi en marcha y subimos al tren de la misma forma.

La realidad tiene muchas caras, reversos, aristas. Las fotografías, como las personas, no son ni buenas ni malas. No precisan de límites. Todo depende del enfoque, depende de lo que quieras ver, de lo que te hayan enseñado a ver. Como ese conductor voluntarioso, como ese barrio que no aparece en la ruta, o esos otros fotógrafos a los que se les humedecen los ojos e intentan dar voz a quienes no la tienen, a pesar de quienes dirigen la mirada, a pesar también de nosotros.

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¿Es el fin de los coches diesel en Alemania?

Redacción TO

Foto: Fabrizio Bensch
Reuters

El país que vio nacer al automóvil moderno quiere ahora verlo desaparecer. O al menos esos son los pasos que parece estar dando la canciller de Alemania, Angela Merkel, que ha dejado caer que los coches con motor diésel tienen los años contados en su país. En una entrevista con la revista berlinesa SUPERillu, Merkel ha dicho, sin especificar fechas, que se avecina un cambio para el sector automovilístico de la primera economía de la Unión Europea. “Todavía no puedo decir un año exacto, pero el enfoque es correcto porque si invertimos rápidamente en más tecnología e industria de carga para coches eléctricos, estructuralmente será posible un cambio general“.

Y esa inversión ya ha comenzado. Hace unas semanas, la empresa tecnológica e industrial alemana Siemens anunció el inicio de la construcción de una línea eléctrica para camiones híbridos en un tramo de la A5, una autopista del centro del país, por encargo del Estado de Hesse. La eHighway, como ha bautizado la compañía a la nueva infraestructura, suministrará electricidad a los camiones entre el aeropuerto de Fráncfort y la ciudad de Darmstadt. Entre las características que destaca Siemens de las autopistas eléctricas están un ahorro en combustible de 20.000 euros (a precio de 2014) por cada 100.000 kilómetros que recorra un camión de 40 toneladas, una reducción anual de seis millones de toneladas de dióxido de carbono si el 30% del tráfico de camiones en las autopistas alemanas está electrificado y es alimentado por energías renovables y el hecho de que un acondicionamiento eléctrico no contamina el aire.

Siemens construye una autopista para camiones eléctricos en Alemania
Así será la futura eHighway proyectada por Siemens. | Foto: Siemens

Pero la inversión en nuevas infraestructuras no es el único aliciente para la automoción eléctrica en Alemania, sino también los retos climáticos a los que se enfrenta el país. “También está claro que los objetivos climáticos que nos hemos puesto para 2050, a saber una reducción de CO2 de un 80-95%, son muy ambiciosos incluso si se reducen de forma significativa las emisiones de CO2 de los vehículos”, explicó la canciller a SUPERillu.

Alemania, pionera en el sector automovilístico

Si el Reichstag reconduce su sector automovilístico hacia la electricidad, no es descabellado pensar que Europa siga sus pasos con lupa, habida cuenta de la historia de la automoción del país. En los años 80 del siglo XIX, el Benz Patent-Motorwagen de la casa alemana Rheinische Gasmotorenfabrik Benz & Cie. (lo que hoy es Mercedes Benz) fue el primer coche propulsado con un motor de combustión interna. Es decir, está considerado el primer automóvil de la historia. Y ya no está solo el hecho de que los germanos hubieran sido los pioneros de la automoción decimonínica: actualmente, la industria automovilística alemana es la primera del país y también la que más dinero genera en exportaciones, según la CNN. Tanto la propia Mercedes como Volkswagen, BMW y Porsche son alemanas.

Las declaraciones de Angela Merkel se producen a escasas semanas de las elecciones generales, que se celebrarán el 24 de septiembre. El Gobierno de la canciller había sufrido presiones para que tomara más medidas para eliminar la contaminación. El pasado febrero, la Comisión Europea había lanzado a Alemania, entre otros países, una “última advertencia” por no haber “remediado las infracciones repetidas a los límites en materia de contaminación atmosférica fijadas por el dióxido de nitrógeno (NO2)”. Además, en esta legislatura, el Gobierno de Merkel ha recibido críticas por el escándalo de las manipulaciones de las emisiones de gases en los coches de Volkswagen.

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