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Mushimaru Fujieda, el poeta del butoh que enamoró a Allen Ginsberg

Beatriz García

Foto: Carles Mercader

Conocida como la danza hacia la oscuridad, el butoh cada vez tiene más adeptos en España.

Nos movemos por la vida como si llegásemos tarde a todos sitios, tan aficionados a ocultar nuestros verdaderos sentimientos que hemos hecho de la ansiedad una condición del ser y del baile una forma de evasión. Pero los maestros japoneses nos enseñan que el movimiento puede ayudarnos a conectar con las capas más profundas de nuestro ser y bailar con nuestras sombras. 

Seguro que habrás visto alguna vez a bailarines pintados de blanco, a veces completamente desnudos, retorciéndose como si fueran fantasmas japoneses. Conocida como butoh o ankoku butoh, esta danza contemporánea, basada en movimientos muy lentos y contorsiones del cuerpo y del rostro, es una forma de meditación y de arte genuino surgida en Japón tras la Segunda Guerra Mundial que nos invita a adueñarnos de nuestro cuerpo y ver belleza incluso en lo más grotesco y roto de nuestra condición humana, algo que siempre han hecho los poetas.

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Foto: Carles Mercader.

 Mushimaru Fujieda: “Allen Ginsberg vino a verme actuar a un teatro tan pequeño como una cocina y le pareció que hacía poesía en movimiento.”

El bailarín y coreógrafo Mushimaru Fujieda, director de la compañía de danza butoh The Physical Poets y maestro de bailarines, se considera a sí mismo un poeta físico. “Pertenezco a la generación de la vanguardia teatral japonesa. Empecé a trabajar como actor en 1972, justo en la época del cambio en Japón, cuando los artistas más jóvenes estábamos creando una nueva escena y compartiendo técnicas e ideas innovadoras. Una vez, en Tokio, vi una actuación de Tatsumi Hijikata, el creador del butoh, que provocó una impresión tan grande en mí que acabé convirtiéndolo en parte de mi estilo de vida”, cuenta.

Pero no fue hasta que conoció al poeta beat Allen Ginsberg cuando asumió el sobrenombre de ‘poeta físico’. “Tenía un aura enorme, me vio actuar en Nueva York en un teatro tan pequeño como una cocina y alabó mi arte como una forma de poesía. Soy poeta. No utilizó la palabra, no escribo, sólo uso mi cuerpo”.

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Foto: Carles Mercader.

Para Orland Verdú, dramaturgo y director de Oracles Teatre, sala de teatro ritual y escuela de butoh de Barcelona, esta danza es también un teatro total para el que se necesita una gran imaginación y sensibilidad, igual que para escribir poesía. “El butoh no rechaza los aspectos sombríos de la condición humana, sino que intenta encontrar belleza incluso en lo feo y conectar con lo inconsciente”, explica Verdú.

Se trata, cuenta el dramaturgo, de retornar al origen del arte en tanto que ritual, más allá de su función como cultura o entretenimiento: “Hay un espíritu trascendente en todos nosotros que busca la verdad. En el corazón de las artes escénicas de Occidente, de la tragedia y el teatro griego, está el alma del butoh”.

 “El butoh es como abrir una ventana a la libertad en una sociedad con demasiadas normas”, Mihee Lee 

La improvisación cumple un papel primordial. Devolver al cuerpo ese movimiento original que es como un brisa, caminar y danzar siendo conscientes del aliento interno e innato que se expresa a través de nuestros músculos y concentrarnos siguiendo nuestra propia respiración es butoh. “Es una fuente de armonía –dice Mushimaru- y es diferente en cada uno de nosotros”.

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Foto: Carles Mercader.

La bailarina coreana Mihee Lee, miembro reciente de The Physical Poets, llegó al butoh desde la danza tradicional coreana atraída por la libertad de movimientos y la posibilidad de explorar los límites del propio cuerpo, más allá de la técnica y las reglas: “El butoh es como abrir una ventana. Vivimos en una sociedad llena de normas: tenemos que esperar para cruzar una calle, ir a la escuela, conseguir un trabajo y ganar dinero, y el butoh nos enseña a ir más allá de los constreñimientos sociales, abrir esa ventana y poder salir un momento”, dice Mihee.

Mientras algunos bailarines rechazan la idea del butoh como una danza hacia o desde la oscuridad, Mihee cree que es sombría en la medida en que también lo es el ser humano. “¿Qué significa oscuridad para nosotros? ¿Y belleza? ¿Qué no es bello? Depende mucho de tus experiencias, de la cultura en que hayas nacido… Hay muchos factores. Pero en realidad hay belleza en todo. Hace unas décadas las personas eran incapaces de ver bellos a bailarines con discapacidad, pero nuestra sociedad está cambiando. Las ideas de ‘belleza’ y ‘oscuridad’ están en un constante fluir y depende mucho de cómo las experimentamos nosotros”.

El cuerpo robado

Cierra los ojos y conviértete en humo, en una esfera, en el flúor que sale lento cuando aprietas desde la base el tubo de pasta de dientes. Baila con el dolor de tus ancestros a cuestas. Baila. Pero, ¿cómo bailar el cuerpo de postguerra, quemado, radioactivo, arrastrándose por las calles con los globos oculares reventados y colgando sobre las mejillas? Una década después del bombardeo nuclear de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, los supervivientes seguían siendo repudiados por sus propios vecinos. En 1952 Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata quisieron entender la barbarie de la guerra, reaccionar al dolor y a la expansión de la danza contemporánea occidental y recuperar el cuerpo primigenio que les habían robado.

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Foto: Carles Mercader.

Uno de los padres del butoh, Kazuo Ohno, descubrió la danza después de ver a una bailaora de flamenco.

Cuando Hijikata estrenó en 1959 la primera obra butoh, ‘Kinijiki’ (Colores prohibidos), basada en la novela homoerótica del poeta Yukio Mishima, escandalizó a la comunidad artística japonesa, que la consideró repulsiva. La misma terminaba con la muerte por asfixia de un pollo vivo ente las piernas de Yoshito Ohno e Hijikata persiguiéndole en la oscuridad. Aunque el maestro acabó siendo expulsado del festival y la obra censurada, continuó desafiando las convenciones en obras donde aparecía con un pene metálico atado al pubis, danzando con los ojos desorbitados y una falda rosa, buscando la libertad de la carne.

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Fotos: Carles Mercader.

Hoy en día existen diversas corrientes y escuelas de butoh dentro y fuera de Japón, como el butoh ritual mexicano que creó el bailarín y coreógrafo Diego Piñón, que lleva más de veinte años bailando el dolor de la colonización y enseñando, por medio del butoh y el chamanismo, a reactivar las memorias ancestrales que están en nuestro cuerpo. Y en España también existen dramaturgos como Orland Verdú y coreógrafos como Andrés Corchero que han sabido adaptar esta danza japonesa a nuestros escenarios. Sin embargo, ¿existe algo parecido a un butoh español?

Curiosamente, el maestro Kazuo Ohno, para quien el butoh significaba “arrancarse las dagas de la guerra” y también era una celebración de la vida, empezó a bailar poco después de asistir como público a un espectáculo de flamenco de Antonia Mercé, ‘La Argentina’ en el Teatro Imperial de Tokio. También el flamenco es un arte nacido del dolor y la persecución del pueblo gitano, otra forma de danzar hacia la oscuridad.

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El Arctic Sunrise, el emblemático barco de Greenpeace que no puede llevar ayuda a Puerto Rico

Tal Levy

Foto: Tal Levy
The Objective

Era un pesquero usado para la caza de focas que paradójicamente Greenpeace compró para la defensa de la naturaleza, enfrentó a balleneros japoneses, fue capturado y su tripulación detenida por el gobierno ruso, surcó las aguas del Congo y del Amazonas y fue el primer barco en la historia en circunnavegar la isla James Ross, en la Antártida, demostrando así los efectos del cambio climático. Tras una gira de un mes por la costa este de Estados Unidos, el Arctic Sunrise se ha enrumbado de Miami a Puerto Rico con una misión que no podrá cumplir del todo: llevar ayuda a la isla devastada por el huracán María.

El grupo ambientalista Greenpeace se ha sumado a la campaña Our Power Puerto Rico (#OurPowerPR), una iniciativa liderada por organizaciones que abogan por una “recuperación justa” de la isla que ha sufrido los embates de la tormenta más fuerte que ha tocado tierra allí en 85 años, tanto que desde hace casi dos meses 60% de los boricuas permanece sin electricidad y en condiciones precarias, eso sin contar con que más de 100 mil personas se han marchado a territorio continental de Estados Unidos.

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En Miami, el Arctic Sunrise concluyó su gira de un mes por la costa este de Estados Unidos. | Foto: Tal Levy / The Objective.

Paneles solares, purificadores de agua, productos agrícolas sostenibles, bicicletas y herramientas son parte de los suministros recolectados para aliviar la crítica situación por la que atraviesa Puerto Rico. Pero el Arctic Sunrise no podrá llevarlos directamente, según ha indicado Rodrigo Estrada, portavoz de Greenpeace en Estados Unidos, ya que es un barco con bandera de Holanda y la Ley Jones requiere que solo embarcaciones estadounidenses puedan hacerlo.

Y es que la Ley de la Marina Mercante de 1920, conocida popularmente como la Ley Jones o “Jones Act” en inglés, impone restricciones que impiden a naves comerciales extranjeras trasladar bienes a la isla.

Esta regulación, promulgada después de la Primera Guerra Mundial como un medio de fortalecer la industria naval de EEUU tras el conflicto bélico durante el cual unos 5.000 buques fueron hundidos por submarinos alemanes, limita el transporte de mercancía de un puerto a otro del país a una embarcación que sea de fabricación y de propiedad estadounidense, y que esté tripulada por ciudadanos de esa nación. En caso contrario, habría que pagar aranceles, tasas e impuestos proteccionistas.

Aunque tras el paso del huracán María el gobierno de Donald Trump dejó de aplicar temporalmente esta polémica legislación que afecta a Puerto Rico, la suspensión ya ha quedado sin efecto pese a que la isla aún está lejos de haberse recuperado.

“Una delegación de organizaciones de base y otros expertos se han unido a la tripulación del Arctic Sunrise para ir a Puerto Rico con el objetivo de vincularse con las comunidades rurales locales. Esta es la primera de las tres brigadas que se trasladarán a la isla en los próximos seis meses. La delegación iniciará la distribución de los suministros que llegarán a Puerto Rico a fines de este mes en otro barco”, ha explicado Estrada a The Objective.

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El rompehielos ha surcado todos los mares y se ha unido a la campaña por la recuperación de Puerto Rico. | Foto: Tal Levy / The Objective.

Una lavadora en alta mar

Con capacidad para unos 36 tripulantes, el Arctic Sunrise ha surcado todos los mares. Junto al Rainbow Warrior III y al Esperanza, es uno de los tres barcos de Greenpeace.

Este pesquero llamado originalmente Oso Polar, que había sido usado para la caza de focas y cuyas acciones fueron combatidas por la propia Greenpeace, fue adquirido por el grupo ecologista en 1995 tras crear una compañía fachada, la Arctic Sunrise Ventures Ltd., que le permitió ocultar su identidad para burlar la negativa de sus dueños noruegos a vendérselo a la ONG.

Desde entonces, no ha cesado en su tarea de difundir su mensaje en pro del cuido del medio ambiente de creativas maneras, como cuando el año pasado transportó al Círculo Polar Ártico un piano de cola que el músico Ludovico Einaudi tocó sobre una plataforma flotante frente a un glaciar como parte de una campaña para salvar el Ártico.

Esta nave de 49,62 metros de eslora y que puede alcanzar una velocidad máxima de 13 nudos logró en 1997 circunnavegar la isla James Ross, en “el continente helado”, constatando con su expedición los efectos del cambio climático pues antes era imposible porque estaba unida a la península antártica por un puente de hielo de unos 200 metros de espesor.

En 2009, pudo llegar más al norte que cualquier otra embarcación para documentar el impacto del calentamiento global en la fauna ártica debido al derretimiento de los glaciares.

Le ha plantado cara a la caza de ballenas que la flota pesquera de Japón ha justificado como parte de un proyecto científico y que Greenpeace ha denunciado insistentemente encubre meros fines comerciales, interponiéndose incluso entre los arponeros y los cetáceos.

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El barco es apodado por su tripulación como “la lavadora” | Foto: Tal Levy / The Objective.

Su tripulación lo ha apodado “la lavadora”, por lo mucho que se mueve mientras está navegando. La razón: por ser un rompehielos no tiene quilla, que es generalmente la que ayuda a mantener el equilibrio de la nave. Sacudido por las olas, el Arctic Sunrise puede moverse hasta 60 grados de un lado a otro.

Pero también ha sido blanco de ataques. En 2013 fue capturado por las autoridades rusas y sus 30 tripulantes detenidos bajo la acusación de piratería tras realizar una acción en la plataforma petrolera de Gazprom, que intentó perforar el primer pozo en el Ártico.

El resonado caso fue conocido mundialmente como los “30 del Arctic” y concluyó con la liberación de la tripulación gracias a una amnistía propuesta por el presidente ruso Vladimir Putin, la misma que benefició a las integrantes encarceladas del grupo punk Pussy Riot.

En julio de este año, el Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya ordenó a Rusia el pago de una indemnización a Holanda por más de 5 millones de euros, sumado a los intereses por daños y perjuicios sufridos por la embarcación que permaneció nueve meses en el puerto de Murmansk.

También el Arctic Sunrise ha debido enfrentar al gobierno español. En 2014 fue retenido en el puerto de Arrecife, en Lanzarote, como medida cautelar hasta que pagó una fianza de 50 mil euros al ser acusado de infringir el tráfico marítimo, después de que la Armada impidiera las protestas contra las perforaciones petroleras de Repsol en una operación en la que resultó lesionada una activista.

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La embarcación lleva adelante una investigación sobre el impacto de los plásticos en los mares, ríos y océanos. | Foto: Tal Levy / The Objective.

Santuario natural

Este otoño, tras recorrer Nueva York, Norfolk (Virginia) y Wilmington (Carolina del Norte), el rompehielos atracó en Miami, donde aprovechó para emprender una campaña de concienciación en torno a la amenaza que representan los plásticos botados en las aguas, la cual contó con el respaldo de la actriz y directora británica Bonnie Wright, reconocida por su interpretación de Ginny Weasley en la saga de Harry Potter.

“Me entristeció mucho descubrir cuánto plástico encontramos en tan solo unas horas”, dijo Wright a la cadena CBS.

Greenpeace examinó el río Miami para determinar la cantidad de microplásticos que penetran en el océano en el marco de una investigación sobre la presencia de estos contaminantes y su efecto en los mamíferos. También se encargó, con la Fundación Surfrider, de la limpieza de una zona de la playa de Miami Beach para, además, identificar la procedencia (marcas y empresas) de los desechos de plástico hallados.

Cada minuto, según calcula la ONU, se arroja en los océanos el equivalente a un camión repleto de plástico, lo que supone 1.440 furgonetas cada día y 525.600 al año.

La organización ecologista con base en Holanda y oficinas en 40 países se ha propuesto servir de caja de resonancia de la advertencia realizada por científicos que estiman que para el 2050 podría haber en los océanos más plásticos que peces. De allí su llamamiento a compañías como Coca-Cola, PepsiCo, Nestlé, Starbucks, Procter & Gamble y McDonald’s para que limiten el uso de envases de plástico desechables e inviertan en alternativas que permitan frenar la contaminación de ríos, mares y océanos del mundo.

Consultado sobre los planes para los venideros meses, Estrada ha revelado: “Después de llevar a la primera delegación a San Juan, el Arctic Sunrise continuará un largo viaje programado hacia la Antártida para realizar investigaciones y documentar las condiciones de un área donde proponemos crear un santuario marino para proteger el océano Antártico y la vida silvestre”.

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'Gigantes Descalzos', una lección documental contra la porno-pobreza

Clara Paolini

Foto: Álvaro Priante e Iván Roiz

“Todo parece imposible hasta que se hace”. Podemos pensar que es la típica frase positiva de Mr. Wonderful, demasiado inocente, azucarada y ridícula como para ser de utilidad. Pero también es posible, y recomendable, demostrar su veracidad mediante el ejemplo, descubriendo que el idealismo, el esfuerzo y afán de superación son más que un reclamo para vender tazas. Tanto Sergio Zúñiga como Álvaro Priante e Iván Roiz saben bien que todo parece imposible hasta que se hace, así que se pusieron manos a la obra. El primero, conocido como “el profe Sergio”, ha conseguido transformar el futuro de los niños de una comunidad indígena mexicana a través del baloncesto. Los segundos, codirectores de Gigantes Descalzos, han autofinanciado el documental que retrata su realidad desde la honestidad y el respeto.

Los pies descalzos sobre el parqué y la mirada puesta en la canasta. Son niños provenientes de un lugar marcado por la violencia, la pobreza y la marginalidad, pero su equipo supera contrincantes del mundo entero. Muy pocos conocían la existencia de la comunidad indígena Triqui, en el noroeste de Oaxaca, hasta que estos pequeños gigantes empezaron a ganar torneos internacionales de baloncesto. El equipo se convirtió en un fenómeno en México que pronto empezó a acaparar titulares, ofreciendo  todos los ingredientes de una historia de seducción mediática que no pasó desapercibida por los directores del documental.

En junio de 2014, Álvaro Priante escucha en la radio un programa deportivo mencionando el triunfo del equipo triqui. Contacta con Sergio Zúñiga,el entrenador que hace posible el éxito, le propone a Ivan Roiz hacer un tándem para filmar la historia y, en diciembre del mismo año, ya están en un avión rumbo a Oaxaca, a punto de filmar las imágenes que germinarían en Gigantes Descalzos. Tras el vuelo, Priante y Roiz emprenden un viaje de 7 horas en furgoneta hasta llegar al remoto lugar que vio nacer a los héroes que triunfan en la cancha. Los directores aún no saben que la película que se disponen a filmar inauguraría la undécima edición del Festival MiradasDoc, que ganaría el Premio a la Mejor Película Nacional en el BCN Sports Film Festival ni el Premio del Público en DocMX; desconocen que durante el 2017 pasarían por la Seminci y festivales en Francia, Italia, Colombia… Nos saben que es una película que servirá de aprendizaje a los niños españoles. Por aquel entonces, no saben siquiera, en qué resultará su intuición. Priante cuenta que el documental nace de “una corazonada y también por pesao”. Según comenta Roiz, “muy mal se nos tenía que dar como para no sacar nada de esta historia”.

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La cocina de Elsa, la madre triqui de un campeón de baloncesto. | Foto: Álvaro Priante e Iván Roiz

En las canchas de una poblado perdido entre Guerrero y Oaxaca les recibe el “profe Sergio”. Él el artífice de un proyecto que busca mejorar la integración, garantizar la educación y proveer de mínimas condiciones de vida a los niños de una de las poblaciones más desfavorecidas de México a través del deporte. Ahora, gracias a sus inagotables esfuerzos detrás de la Asociación de Basquetbol Indígena de México (ABIM), los niños triquis no sólo disfrutan de tres comidas diarias, sino que viajan por todo el mundo jugando a ganar. Zúñiga es la prueba viviente de que, con voluntad, es posible cambiar vidas, a pesar de la falta de apoyo gubernamental y financiero.

“El mensaje que transmite es que es posible cambiar las cosas. Se puede producir un proceso de transformación social desde las condiciones que sean mediante el esfuerzo, dedicación y tiempo. Se pueden conseguir resultados y lo que mas feliz nos hace es trasmitir ese mensaje positivo”, comenta Iván Roiz. El optimismo de los personajes surca el documental dejando una profunda marca de esperanza, pero la realidad, sin embargo, no carece de dureza. “Cuanto más remota y más pobre es la región, más dura es la realidad y en Oaxaca, menos narco, hay de todo. A mitad de rodaje iban apareciendo temas paralelos difíciles de tratar: violencia de todo tipo, enfrentamientos con el estado, guerrillas, tensiones familiares…. Lo filmamos todo, pero preferimos editar en montaje los elementos, presentando pinceladas sin desviarnos de la trama principal”, comenta Priante.

Muchos han acertado en señalar esta característica como uno de los principales logros del film: No cae en la llamada “porno-pobreza”, porque tal y como señala Roiz, “no quisimos seguir escarbando en la pobreza desde la parte negativa para convertirla en espectáculo, sino proponer una historia real que ha dado resultados positivos”. La película abre la mirada del espectador sin caer en el paternalismo, conciencia sin pontificar y aporta un retrato real que dignifica a sus protagonistas. Como consecuencia, el espectador empatiza y descubre otras vivencias, siendo la audiencia más joven la que mayor riqueza extrae del visionado.

Durante la programación de MiradasDoc, más de 1.000 niños de todas las edades tuvieron la oportunidad de ver Gigantes Descalzos y ambos directores coinciden en señalar lo gratificante de la experiencia: “Ven niños como ellos en condiciones muy diferentes y preguntan desde la inocencia. Por ejemplo preguntan cómo se llamaba determinado chaval, o cuántos años tiene la amiga que ha tenido un bebé. Se dan cuenta que uno de los personajes tiene la misma edad, que por ejemplo una es madre y se impresionan. El acercamiento del documental a este tipo de audiencias contribuye a que se interesen por la realidad más allá del puro entretenimiento”.

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“La audiencia infantil empatiza cuando ve niños de su propia edad en otra situación”. | Foto: Álvaro Priante e Iván Roiz

Antes del documental, otros muchos periodistas y reporteros habían visitado la comunidad en busca de capturar la historia, pero nadie se quedaba mas de 3 o 4 días. “Cuando vieron que nos quedábamos semanas les extrañó, pero sólo así conseguimos esa cercanía que te da el tiempo, durmiendo allí, comiendo juntos. Es la única manera de acercarte a las personas y ganar su confianza. Hay que compartir la ilusión, ir con el corazón abierto y mostrar honestidad”, apunta Roiz como clave indispensable para el género documental.

Lejos de ser una superproducción apoyada desde los engranajes de la industria, el camino de Gigantes Descalzos no ha sido fácil: “Todo, desde el primer documento en un Word, hasta la copia en DCP que se va a proyectar mañana en el cine, está hecho, pagado y financiado por nosotros”, asegura Priante, quien también destaca la altruista colaboración de todo aquel que se cruzaba con el proyecto. Tirando de los ahorros, amigos y suerte, la pareja ha conseguido sacar adelante un film cuyo presupuesto ronda los 120.000€. “En México contactamos con una escuela audiovisual que nos prestó material y la colaboración de los estudiantes. Sin esperarlo, conseguimos formar un equipo de 6 personas y hay muchas cosas que a nosotros no nos han costado dinero, como salas de edición, sonido, música…”. Todo parece posible contagiando el entusiasmo compartido.

Para Iván Roiz, su experiencia supone una lección: “Personalmente, haber estado tres años sin financiación ni apoyos externos, me ha enseñado que si te empeñas acabas la película. A veces nos ponemos nuestro propios limites y en el fondo no hay por qué tenerlos. Si este proyecto ha salido tan bien es porque parte de la emoción y la ilusión. Tanto por ellos, los niños indígenas y el profe Sergio, que lo hacen todo desde el corazón y las entrañas, como de la gente a la que motivamos para el proyecto, que se ha conseguido empapar de ese espíritu. Compartimos tiempo, compartimos horas e ilusión, y eso se nota en el resultado”.

Cuando Sergio Zúñiga inició su proyecto, nadie pensó que tirar canastas pudiera contribuir a una mejor educación. Era dudoso que el esfuerzo invertido consiguiera cambiar la desfavorable situación de la comunidad indígena. Quién iba a pensar que merecía la pena, que jugando cambiaran las perspectivas de futuro. Nadie apostaba por los niños triqui. Pero ganaron, en todos los sentidos. Tampoco apostó ninguna productora por un documental que narrara su historia, pero se hizo, se difunde y se disfruta con cada nuevo visionado. A fin de cuentas, todo parece imposible hasta que se hace.

Gigantes Descalzos // Teaser – ESP
from Ivan Roiz on Vimeo.

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Los planes de China para convertir en realidad la distopía de Black Mirror

Cecilia de la Serna

Foto: Netflix

Black Mirror, la serie de Channel 4 y Netflix, muestra un futuro no muy lejano y distópico que nos pone los pelos de punta. Cada capítulo entra en un mundo tecnológicamente horroroso. Ciencia ficción que a veces está demasiado próxima a la realidad.

En Nosedive, el primer capítulo de la tercera temporada de Black Mirror, la protagonista vive pendiente de lo que la gente piensa de ella a base de calificaciones a través de una app. La interacción social se convierte de esa manera en fundamental a la hora de ser un ciudadano de primera o segunda clase, y esto tiene una repercusión directa sobre la vida de las personas: de la puntuación que te den otros usuarios depende a qué tipo de servicios puedas acceder, por ejemplo. Este esquema sociológico, propio de la distopía a la que acostumbra Black Mirror, parecía ya posible gracias, por ejemplo, a las apps de servicios en las que te puede calificar el prestador del servicio, como es el caso de empresas de transporte como Uber o Cabify, o de envíos como Glovo. No obstante, esto queda como una chiquillada al lado de lo que está preparando el gobierno chino.

Los planes de China para convertir en realidad la distopía de Black Mirror
No permitas que te den una mala calificación. | Imagen: Netflix

Un ‘Sistema de Crédito Social’ para 2020

El plan que ya está en fase de prueba piloto en China, el país más poblado del mundo con 145 habitantes por kilómetro cuadrado, consiste en un ‘Sistema de Crédito Social’ según el cual sus ciudadanos podrían ser de primera o de segunda y acceder a unos u otros servicios en función de este método clasificatorio.

Este proyecto no es ninguna novedad, aunque ahora sea noticia tras conocerse que en 2020 será obligatorio para todos los habitantes. El plan nació en 2014 con el ánimo de calificar individualmente a cada uno de los ciudadanos en función de una serie de factores como la información personal, los hábitos y preferencias, el historial crediticio, la actividad en redes sociales, las compras que hace o los lugares a los que va. Da miedo, ¿verdad?

Otros aspectos a valorar serán la capacidad del individuo para cumplir con sus obligaciones contractuales o los amigos que tenga. Si una persona tiene una mala calificación, ésta influirá en la de sus seres queridos. Nuestras madres iban a tener razón con eso de “ten cuidado con quién te juntas”. Otro detalle que hemos podido conocer es que hablar bien del gobierno otorgará puntos.

Las consecuencias que pueden llegar a tener los ciudadanos con una puntuación baja van desde las restricciones en servicios y viajes a tener un internet más lento que la media, y llegan a cuestiones tan sensibles como no acceder a ciertos trabajos, estar vetado para ostentar un cargo público o no poder matricular a los hijos en algunas escuelas.

El sistema se basa en una tabla de puntuación va desde los 350 puntos, para los “peores ciudadanos” hasta los 950 puntos, para los “ciudadanos modelo”. Hay barreras importantes, como la de los 700 puntos que otorgan facilidades para viajar. Llegar a los 750 supone, por ejemplo, la obtención de un visado para viajar al espacio Schengen para, tal vez, ¿escapar?

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Con esos puntitos puedes hacerte un tour por Europa. | Imagen: Netflix

Lo que busca el gobierno chino es, según sus propias palabras, “forjar un ambiente de opinión pública donde mantener la confianza es glorioso”. No obstante, lo que parece más de cerca de forjar el ejecutivo es un mecanismo de control donde salirse de la norma puede salirle muy caro al individuo. Aunque nos llevemos las manos a la cabeza, esta iniciativa no es de extrañar dada la falta de libertad y ausencia democrática que allí impera, aunque a veces ignoremos deliberadamente el estatus de China dada su buena salud económica.

La futurista y escalofriante experiencia de Lacie, la joven y cándida pelirroja que protagoniza Noisedive, está al alcance de millones de personas en un flagrante caso de vulneración de los Derechos Humanos. Bienvenidos a la realidad.

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El Paseo de Robert Walser: Cómo mirar para aprender a ver

Clara Paolini

Foto: Clara Paolini
The Objective

Llega a Madrid ‘El Paseo de Robert Walser’, una propuesta de literatura viva, de teatro de calle, caminado, caminante… Un site specific entre la deriva situacionista y  curso intensivo de aprendizaje flâneur. Dentro del ciclo Teatro Raro organizado por CiudaDistrito, el singular escritor suizo, reencarnado en el actor Esteban Feune de Colombi e impulsado por la dirección del polifacético creador barcelonés Marc Caellas, recorre las calles de la capital.

 

La prisa, el pensamiento egocéntrico, la obsesión por la productividad y las notificaciones del whatsapp han provocado una epidemia de ceguera. Caminar con la mirada atenta se ha vuelto raro. Observar la vida que fluye alrededor de nuestra individualista burbuja es un acto insólito. Pasear sin rumbo, pura extravagancia. A no ser que los elementos del contexto se interpongan en nuestra meta, no encontramos utilidad en “malgastar” nuestra atención en ellos. Miramos la ciudad pero no la vemos. Pocos parecen buscar la belleza en los detalles, y aún más extraño resulta quien consigue encontrarla, disfrutarla, compartirla.

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Un educadísimo y pausado Walser saluda a todos y cada uno de los asistentes al paseo. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Para qué disminuir el paso cuando lo urgente hace desaparecer lo verdaderamente importante. Por qué pasar las horas cazando lo estético y poético de la realidad, con lo fácil que es entretenerse con lo artificial servido en menú a la carta. Quién queda en este mundo que enseñe el arte perdido de sorprenderse con lo aparentemente anodino. La respuesta la tiene un hombre que vuelve de entre los muertos para recordarnos lo esencial: Robert Walser. Admirado por escritores como Kafka o Herman Hesse y reivindicado en nuestro tiempo por un buen puñado de mentes lúcidas (con Vila-Matas a la cabeza), el escritor suizo es una rara avis capaz trastocar las percepciones de quienes le descubren. Ya sea través de sus novelas y cuentos o, como en esta ocasión, conociéndole “en persona”, Walser supone un curativo hallazgo contra la anestesiante indiferencia.

La oportunidad de recorrer las calles de tu propia ciudad de la mano de uno de los autores más singulares del siglo XX no se presenta todos los días y sin duda, hay que aprovecharla. Un par de de días antes de los paseos que tendrán lugar en el barrio de Villaverde durante el fin de semana, Robert Walser acude a su cita cerca del metro de Noviciado, donde le esperamos 12 espectadores-acompañantes. Somos la audiencia un inusual experimento teatral, a punto de empezar el paseo. Se acerca por la calle San Bernardo el hombre del bombín vestido de traje, apoyando su cojera sobre un paraguas verde. Al llegar ante su público, Robert Walser ofrece un prolongado apretón de manos a cada uno de los asistentes mirándoles a los ojos fijamente. Con esto, el personaje deviene en persona y los espectadores, en cómplices.

El Paseo de Robert Walser: Cómo mirar para aprender a ver 5
Una nube, una indiscreta conversación en un balcón o la práctica de una cantante de ópera. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Su caminar, rítmico y sosegado, se detiene en pausas periódicas. Mira hacia arriba, observando el cielo y las ignoradas superficies superiores de las fachadas. Mira al frente, diseccionando las conversaciones de los transeúntes que se cruzan a su paso. Mira al suelo, encontrando pequeños trozos de papel o los restos de un árbol talado, como un pequeño homenaje a vidas pasadas. Mira, en definitiva, la vida y nosotros con él. Para que la ciudad cobre vida basta con imitar sus ojos curiosos. Y para sumergirse en el camino, es suficiente escuchar sus lúcidas diatribas: Walser critica la superficialidad y pone en duda el buen gusto frente a una peluquería, se queja de aquellos que le juzgan dirigiéndose a la cámara de seguridad de un banco, mientras espera el semáforo desprecia a los ocupantes de los coches, opina que las nubes hacen el cielo más humano, se posiciona contra la extendida necesidad de consumo, verbaliza ensoñaciones mirando una bonita casa en la que le gustaría vivir…

Le seguimos en fila india a través de una tienda de todo a cien ante la atónita mirada de la dependienta asiática, descubrimos el espectáculo improvisado de dos acróbatas sobre un monociclo en la Plaza del 2 de Mayo, rechazamos la oferta de la encargada de la Escuela de Artes y Oficios que insiste en que entremos a ver una exposición.  La dependienta de una librería le ofrece a Walser el libro más vendido provocando carcajadas con su elección y observamos cómo engulle tortilla de patata mientras tomamos una copa de vino. Hay señoras que saludan desde los balcones al ver pasar a la atenta comitiva, hombres que nos increpan sintiéndose ofendidos por nuestro repentino interés en su otrora privada conversación telefónica; hay niños, graffitis, perros, escaparates, viejitos con bastón que se mueven al mismo compás de nuestro anfitrión. Hay infinitos detalles con importancia que, por primera vez, dejan de pasar desapercibidos.

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¿Realidad o ficción? ¿Importa? | Foto: Clara Paolini / The Objective.

En la propuesta de la formamos parte lo planeado se mezcla con el azar y, durante el paseo, se entrelazan constantes y variaciones. No hay límite entre realidad y ficción porque El paseo con Robert Walser es algo así como una realidad ficcionada. De las más de 60 funciones que Feune y Caellas han llevado a cabo por todo el mundo, ninguna ha sido la misma. En todas, el texto es el mismo. En todas, se buscan de antemano los elementos que forman parte indispensable de la trama. En todas, Robert Walser es Esteban Feune luciendo el traje heredado de su abuelo, su bombín y su paraguas verde. Sin embargo, en ninguna el cielo era exactamente igual al de Madrid aquella tarde de octubre del 2017. En ninguna, Walser anotó la misma matrícula del coche que le impidió el paso en la Calle Divino Pastor. Nunca antes el camarero del bar de la esquina había disfrutado de la ópera que una cantante le ofreció desde el balcón durante su descanso.

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Esteban Feune de Colombi en su “Walser”. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Explica Esteban Feune que “pasear con Robert Walser tiene mucho de espontáneo, de intriga y de curiosidad. Es una especie de ciencia ficción invertida”. Los acompañantes, por supuesto, tampoco son nunca los mismos y cada cual descubre el entorno a su antojo, “porque uno va caminando por lugares que quizá ya conoce pero con una cadencia casi imperceptiblemente lenta, y eso hace que vayamos descubriendo un montón de cosas que están ahí, en la realidad, pero que solemos pasar por alto. Un árbol torcido, una tira colgando de un árbol, un caminito de hormigas… Cosas muy simples, que al mirarlas con cierta sensibilidad se resignifican y se convierten en algo con un valor poético muy grande. Eso es algo que se ve reflejado en general la obra de Walser como novelista y como cuentista. Es lo que también tratamos de hacer con esta propuesta”.

No sorprende escuchar a Marc Caellas comentar que se siente más cercano a Francis Alÿs, el artista de inspiración paseísitica por antonomasia, que a esos textos dramáticos llenos de acotaciones que considera horribles, donde el espacio para lo inesperado es ínfimo. Como hizo Alÿs en The Collector, paseando por México mientras recopilaba objetos, nuestro particular Robert Walser va acumulando números de teléfonos de anunciantes de pisos y cursos de los muros madrileños. O como hizo el artista belga al pasear su famoso bloque de hielo por las calles de México, el escritor reencarnado también arrastra a sus acompañantes sin un objetivo concreto. En su acción no hay un fin, sólo un proceso que se llena de sentido mientras desaparece al ejecutarse.

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“Algo absurdo, sí, pero este absurdo tiene una boca preciosa y sonríe.” Robert Walser. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Comenta Esteban Feune de Colombi quitándose la máscara del escritor: “Lo que uno aprende leyendo a Walser en general y El Paseo en particular es a permitirse mirar con otros ojos, que son en el fondo los mismos, a otro ritmo. Es un ritmo que uno ya lleva dentro pero que dejó de lado porque está apurado o porque no hay tiempo, y cuando se logra eso, ya es una conquista. Ya queda dentro de uno y empieza a mirar a lo Walser. Esa es la magia principal de El Paseo y tal vez de la obra”.

La forma de entender el mundo de Robert Walser siempre estuvo en peligro de extinción pero afortunadamente hay quien sigue sus pasos para reaprender la utilidad de lo “inútil” de una forma profunda, personal y activa que supera los consejos de Nuccio Ordine. Lo importante no es siempre lo urgente y es en el paseo y la deriva donde la existencia cobra al fin un sentido más allá de las lógicas impuestas. Caminar tiene un componente político, ya que significa negarse a ser domesticado. A fin de cuentas, es posible que esa libertad de pasear, mirar y descubrir insignificantes bellezas sea de las pocas que nos queden en este mar de prisa, pensamiento egocéntrico, obsesión por la productividad y notificaciones del whatsapp.

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