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Navidades clásicas y no tan clásicas en la literatura

Romhy Cubas

La tradición de la Navidad como festividad anual no siempre ha existido con el mismo “entusiasmo” con el que se le acoge en el presente. Durante el reinado de Oliver Cromwell en el siglo XVII la Navidad fue prohibida en Inglaterra por ley durante 13 años, y en Cuba hasta 1997 el Estado no autorizaba los festejos decembrinos que  inundan las plazas y calles de la mayor parte del hemisferio en estas fechas.

Para quienes no se hallan entre las luces, los pinos y los disfraces de San Nicolás la estela de la Navidad se esmera por esconderse debajo de la mesa, pero para quienes se entusiasman con los fuegos artificiales y los banquetes familiares es un alivio que las prohibiciones arcaicas hayan dejado su piel con siglos y reinados de anticipación.

Si hay un elemento que ha influenciado en las expectativas de ambos bandos cuando se trata de celebrar o de entenderse con la mejor manera de no hacerlo, es la literatura. En el sentido meramente comercial cada Navidad que se cuenta en una novela afecta de alguna manera al consumidor y sus concepciones festivas. En el sentido literario,  es casi inevitable que diciembre se pase por las páginas de un libro para evocar distintas celebraciones y recuerdos que marcan desde contextos sociales hasta la clave para desenredar el hilo de una historia coloreada de rojo y verde. 

Todos estamos inevitablemente familiarizados con los fantasmas de las Navidades pasadas de Dickens, o con el Grinch del Dr Seuss, sin embargo existen otras páginas e historias que razonan con el rito de los clásicos pero también se entienden con las nuevas rutinas y la modernización las reuniones tradicionales.

En esta lista repasamos brevemente desde lo clásicos más elementales hasta algunas de las escenas navideñas que silenciosamente han dejado su marca en nuestras percepciones y expectativas festivas.

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Portada de Un cuento de Navidad de Charles Dickens I Imagen vía: ParacletePress

Un cuento de Navidad de Charles Dickens

Es el clásico de todos los clásicos. La Navidad occidental más famosa de todas en donde prácticamente se secularizó esa tradición literaria de moralejas y reflexiones sociales. Escrita como una oda a las viejas tradiciones y al resurgimiento de la Navidad como celebración en Inglaterra, Dickens publica en 1843 la eterna historia de Ebenezer Scrooge tras ser visitado por tres fantasmas en la víspera de Nochebuena. Tal vez el primer Grinch de todos los que vendrían.

Entre parábolas y nostalgias Dickens se esmera como es usual en su crítica contra el capitalismo industrial, pero también hace un guiño al resurgimiento de las usanzas navideñas tanto en Gran Bretaña como en Estado Unidos.

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Captura de la adaptación animada de El expreso polar de Chris Van Allsburg | Imagen vía: Creators.com

El expreso polar de Chris Van Allsburg

Aunque es un relato escrito e ilustrado concretamente para niños, se ha desenvuelto en la tradición navideña como uno de esos textos nostálgicos y clásicos sobre la percepción de los más pequeños ante  las tradiciones y leyendas que se cuentan en esta época.

En el Expreso Polar un niño espera en su cama la llegada del trineo de San Nicolás, pero la inesperada arribada de un tren que se detiene a recogerlo en la puerta de su casa lo lleva al Polo Norte en un viaje de reencuentros y sin demasiadas cursilería,  incluso para los que han dejado de servir galletas y leche a medianoche.

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Portada del cuento Cómo el Grinch robó la Navidad Dr. Seuss | Imagen vía: Casa del libro

Cómo el Grinch robó la Navidad de Dr. Seuss

El Grinch es el personaje anti navideño por excelencia,  se ha convertido en un adjetivo propio para describir a quienes detestan las fiestas decembrinas y prefieren quedarse en cama comiendo pizza y viendo películas de terror.  Su universalidad viene de uno de los caricaturistas más surrealistas y sonantes de Estados Unidos. Theodor Seuss Geisel, mejor conocido como Dr Seuss, usualmente se sujeta a los juegos de palabras para narrar sus cuentos, entre ellos el famoso Gato con el sombrero o Huevos verdes con jamón.

«¡El Grinch odiaba la Navidad!
¡Toda la temporada!
No me preguntéis por qué.
No había razón justificada.

Tal vez tuviera un tornillo mal ajustado.
Tal vez llevara un zapato demasiado apretado.
Aunque yo creo que el verdadero motivo
es que tenía el corazón dos tallas encogido.»

La historia de la criatura odiosa que intenta arruinar la navidad de Villa Quién mediante todo tipo de artimañas y maldades tiene su recuerdo más vivo en las orejas y narices puntiagudas de los liliputienses en su adaptación cinematográfica, pero el perfil del sujeto amargado y resentido que no entiende las risas y los juegos en diciembre es toda original de Seuss y sus rimas.

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Truman Capote en el espejo | Foto vía: Vogue

Un recuerdo navideño de Truman Capote

Los relatos y crónicas de Capote vienen en forma de dinamita, si bien evita los lugares comunes y su sutileza es elegante, pocas veces pone distancia entre sus memorias y las páginas en las que las reconstruye.  Así sucedió con su opera prima Otras Voces y Otros Ámbitos, y así vuelve con uno de sus cuentos más celebrados en donde un niño llamado Buddy y una amiga sin nombre se entienden en una casa repleta de familiares y de personas que caminan entre prejuicios y costumbres. Su mayor satisfacción es regalar en Navidad pasteles cocinados por ella misma a 30 personas, muchas de las cuales apenas conoce.  La amistad, la presencia de los adultos, el paso del tiempo, la nostalgia y la sencillez de las palabras evocan una versión literaria de regalo navideño en las manos de Capote.

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“El Cascanueces y el Rey de los Ratones”, para la edición ilustrada del cuento clásico de E.T.A. Hoffmann. | Imagen vía: Pinterest

El cascanueces de E.T.A. Hoffman

La pieza de ballet que se presenta en las mayores compañías de danza todos los años es en realidad una historia corta del escritor alemán E.T.A. Hoffman publicada en 1816. Con un alto porcentaje de fidelidad a la historia que se reproduce en los teatros,  el relato es el de una niña llamada Marie –en la mayoría de las obras este personaje se llama Clara- que se aferra a su regalo de Navidad, un cascanueces mágico, para entrar en un mundo de muñecos vivientes y peleas con reyes ratones.

La historia de Hoffman tiene mucho más contenido entre la batalla, los combates nocturnos y el final feliz que normalmente se desarrolla en la escenografía teatral. Esto incluye la historia del padrino de Marie sobre el origen del cascanueces, la incredulidad de su familia al oír sobre una batalla con ratones y las amenazas del rey ratón de las que Marie es objeto.

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Portada de Un gran chico de Nick Hornby | Imagen vía: Anagrama

Un gran chico de Nick Hornby

Esta comedia británica fue llevada al cine y protagonizada por Hugh Grant en el 2002. La novela original relata la sátira de una Navidad disfuncional en donde Marcus Brewer, de 13 años, intenta lidiar con la crisis existencial de su mamá. En el intermedio se convierte en el mejor amigo de un treintañero soltero que no necesita trabajar gracias a una herencia navideña  en forma de canción que suena todos los años.

Esta es una de esas novelas en donde el contexto situacional de la Navidad le da el toque adecuado al relato. Por aquello de ser fechas de reflexión o simplemente por el hastío del invierno, en Un gran chico las noches de diciembre son siempre un buen lugar para comenzar a pensar en el futuro y en los pequeños ratos que hacen del presente algo más que un reloj andante.

Navidades clásicas y no tan clásicas en la literatura
Portada de El diario de Bridget Jones de Helen Fielding. | Imagen vía: Planeta de libros

El diario de Bridget Jones de Helen Fielding

Bridget Jones se convirtió en otro clásico navideño por su adaptación cinematográfica protagonizada por Renee Zellweger. La novela original de 1996 se explaya en una crónica de la vida de Bridget Jones, una treintañera soltera que vive en Londres y que lidia con las inseguridades y  estereotipos clásicos con las que la mujer se puede sentir presionada en sociedad.

Helen Fielding logra captar la desesperación y el terror existencial de año nuevo en la apertura de su primera novela, cuando Bridget, quien una vez más comienza el año en una cama individual en la casa de sus padres, asiste a una celebración navideña en donde propuestas clichés como la de perder peso, deshacerse de los cigarrillos, y balancear su trabajo y su vida amorosa chocan con la realidad de las festividades.

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Portada de La Navidad especial de Papa Panov de Leo Tolstoy | Imagen vía: Goodreads

La Navidad especial de Papa Panov de Leo Tolstoy

La Navidad especial de Papa Panov es una historia corta para niños en donde Tolstoy expone interrogantes cristianas ya antes tocadas en sus libros más complejos con el simbolismo que lo caracteriza, pero esta vez atado a la ligereza de los cuentos infantiles.  En esta historia Papa Panov es un viejo zapatero que vive solo en un pequeño pueblo ruso, su esposa ha fallecido y sus hijos han crecido. Solo en Nochebuena en su tienda, Papa Panov relee la historia de Navidad sobre el nacimiento de Jesús y espera una visita anunciada en sus sueños.

Continúa leyendo: Mochi, el pastel de arroz japonés que puede matarte

Mochi, el pastel de arroz japonés que puede matarte

Néstor Villamor

Foto: Tetsuya Saruta
AP

Celebrar la llegada del año nuevo con un postre potencialmente letal es algo tan legítimo como dar la bienvenida al 1 de enero comiendo uvas a todo correr o tirando el mobiliario por la ventana. El mochi, un pastel hecho a base de una masa elaborada con arroz es un postre aparentemente inofensivo, pero mata cada fin de año a varios japoneses. Este snack, típicamente navideño en Japón, se toma para celebrar la llegada del año nuevo, pero el riesgo de este postre, muy difícil de masticar -especialmente para ancianos y niños- deja cada año decenas de hospitalizados e incluso alguna muerte. De hecho, el peligro es tal que el departamento de bomberos de Tokio tiene un apartado en su web dedicado especialmente a dar indicaciones sobre la forma más segura de comerlo.

Para evitar disgustos innecesarios y asegurarse de que la celebración de año nuevo sea solo eso, una celebración, las autoridades niponas lanzan cada año campañas públicas para fomentar la consumición correcta del mochi -sobre todo entre los niños y los ancianos-. Sin embargo, dado que desgraciadamente siguen muriendo personas cada año, no parece que el mensaje haya calado del todo. Entre las recomendaciones que hacen los servicios de emergencias japoneses están cortar el pastel en trozos muy pequeños y masticar concienzudamente antes de tragar.

Mochi, la letal tarta de arroz japonesa

Anuncios de seguridad del departamento de bomberos de Tokio con indicaciones sobre cómo tomar mochi y qué hacer en caso de atragantamiento. | Foto: Departamento de bomberos de Tokio

Pero ¿qué diantres es el mochi exactamente?

El mochi es un pequeño pastel con forma de bollo y generalmente del tamaño de la palma de la mano hecho a base de un tipo de arroz japonés. Aunque los nipones lo comen todo el año, la temporada navideña y, especialmente, Año Nuevo es el pico de mayor consumo de este postre. Machacando un tipo especial de arroz, se logra hacer una masa que servirá de base para elaborarlo.

El mochi se prepara en una ceremonia tradicional, llamada mochitsuki. Se deja el arroz pulido a remojo durante toda una noche y se cuece. Posteriormente, ese mismo arroz se machaca con un martillo de madera en un mortero. Es un proceso que requiere la participación de dos personas: una da martillazos, la otra va humedeciendo el arroz. Finalizado el proceso, se corta la masa en trozos, se les da la forma deseada y ¡a comer! Aunque, evidentemente, la tecnología moderna ha hecho que todo el proceso pueda hacerse de forma mecánica y mucho menos laboriosa.

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Dos personas participan en la tradicional ceremonia de preparación de mochi en 1949. | Foto: Charles Gorry / AP

El problema que presenta el mochi es que es un postre viscoso, pegajoso y maleable, lo cual dificulta la masticación, sobre todo a los niños y a las personas mayores. Y ellos son precisamente los más vulnerables de sufrir accidentes mientras lo comen.

Y ¿qué pasa con las uvas?

Por rocambolesca que pueda resultar esta tradición, sin salir de España hay una costumbre que también puede ser peliaguda. Léase: zamparse 12 uvas a toda pastilla en los 36 segundos que duran las campanadas de Nochevieja. Es decir, dos segundo por fruta. Dos segundos para cogerla, llevársela a la boca, masticarla y (¡Cuidado! ¡Peligro!) tragar sin morir en el intento. O lo que es lo mismo: apunten, disparen, ¡uva! Si no nos hemos atragantado, vuelta a empezar. Y así 12 veces.

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Las uvas consumidas enteras son la tercera causa de atragantamiento en menores de cinco años. | Foto: Igor Ovsyannykov / Unsplash

Por inofensiva que pueda parecer esta costumbre, un estudio publicado en la revista Nurs Child Young People ha concluido que comer uvas enteras, con pepitas y piel, es la tercera causa más frecuente de atragantamiento en niños menores de cinco años. Y, a su vez, la aspiración de cuerpos extraños es el cuarto motivo más común de accidentes infantiles. Por este motivo, la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello lanza una advertencia contundente: “La recomendación por antonomasia es que los pequeños no deben manipular ningún objeto, alimento o juguete más pequeño que el diámetro de un rollo de papel higiénico (es decir, que no quepan por su interior). Tampoco deben correr, jugar o hablar mientras están comiendo y deben masticar bien. En cuanto a qué alimentos pueden ingerir, deben evitarse los pequeños y duros –con el fin de que no sean respirados–, así como los de consistencia gomosa, como es el caso de las uvas, puesto que estos productos no se deshacen ni con saliva ni con agua. En caso de hacerlo, es importante modificar su forma, cortándolos en varios trozos y quitándole la piel, en caso de tenerla”. Es decir, una sugerencia similar a la que hacen los bomberos japoneses sobre el mochi. Que nadie diga el año que viene que no estaba avisado.

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Una pelea navideña

Ricardo Dudda

Foto: Daeun Kim
Unsplash

Hubo pelea familiar en Navidad. Un miembro de la familia, que ha vivido varios años en Barcelona, se quejó de la poca sensibilidad y empatía de los demás respecto al problema catalán. Su tesis era que nuestra actitud demostraba nuestra poca sensibilidad con las injusticias y las personas. Secuestró emocionalmente la discusión y la convirtió en una cuestión moral: si lo moral, lo bueno, era su postura, la discrepancia era inmoral. Nuestras respuestas solo eran válidas si eran para justificar su tesis, es decir, nuestra maldad. “Me entristece mucho que penséis así”. (Es alguien católico, que estuvo a punto de ser cura, y que siempre ha buscado evangelizar la familia en contra de nuestros deseos). Él se sentía obligado a hacernos despertar, a hacernos ver la verdad: cualquier oposición a esto era una prueba más de la necesidad de educarnos. Yo tenía argumentos en su contra, y he escrito y leído mucho sobre el independentismo catalán, pero era incapaz de contestarle. Buscaba un arrepentimiento.

Aprovechando el calentón, también hizo una crítica moralizante contra la sociedad de consumo, desde una recién descubierta identidad de precario (se gastó una herencia en dos casas hace unos años). Al final su actitud se reduce a la típica arrogante y condescendiente de quien piensa que “a mi no me engañan”: todo el mundo se equivoca y yo tengo la responsabilidad moral de decírselo. Pero a mí me recuerda a una escena de Muchachada Nui. Un hombre entra en un bar con varios discos comprados en el Fnac. Le preguntan si los ha comprado con la oferta de 2×1. Él responde con cierto orgullo: “No no, yo de eso no me fío”.

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Los ánimos de inclinación aristocrática no deberían celebrar el Fin de Año

Gonzalo Gragera

Foto: Álvaro Hurtado
AP

Ángel Garó transfigurado en el brillo de los vestidos, en la purpurina de los antifaces, en los colores de las serpentinas: no esperemos más. La noche de Fin de Año es una fiesta de José Luis Moreno pero sin José Luis Moreno ni plató de televisión, es decir, sin ficciones, sin posibilidad de huir mediante el mando a distancia: la realidad persigue, acecha, y contra ella no queda más solución que soportar, resignados, su inevitable compañía. Su galería de horrores, de horrores horteras, cuya horquilla de posibilidades va desde la ropa interior de este color o del otro, una obscenidad hablar de tales temas, hasta una cadena interminable de mensajes cursis deseando lo mejor para lo que, en el mejor de los casos, seguirá más o menos igual: nada se inaugura, nada se renueva, nada cambia. Entre tanto, queda el cotillón, que no es más que una fiesta por obligación de fiesta, o sea, una felicidad impostada, programada, previsible, artificial, una felicidad por mandato, que es algo muy triste, muy pobre.

Es cierto que hay una Navidad de Arcadia, casi bucólica, de idilio, cultivada –sublime-, villancicos populares, enigma, pero esa es la de la epifanía, la del veinticuatro de diciembre, no ésta que ahora sucede. La Navidad de Año Nuevo no tiene adoración de los Magos de Velázquez ni obra renacentista y es, sin duda, la contraposición de todo aquello, es la Navidad de la pubertad, del territorio ya impuro, mancillado, nada inocente, del tiempo del primer alcohol, de las primeras mañanas de recogida, mañanas inexpertas, en pandilla, colectivistas, indecisas: inmaduras dentro de la cercana madurez, un experimento que con los años traerá, más que nostalgias, bochornos. No es, no es, en absoluto, la Navidad del río de plata, la Navidad que contiene su filosofía y sus humanidades. Navidad no de familia, sino de individuos –agolpados en un guardarropa, en la cola de un baño, en la barra de una discoteca-; Navidad del exceso, no de la fraternidad; Navidad de la juerga, no de la celebración.

La tragedia de mi vida –excuse la confesión personal- es la misma que la de María Isabel o la de Joselito: conocí sus éxitos –aquí digo placeres- en edad prematura. Conocí pronto la clave, el secreto que me era, hasta entonces, reservado. Hoy cuento mis Años Nuevos con los dedos de la mano, y voy justo de dedos. Del primero hace ya diez años –para Gil de Biedma siempre hacía veinte años de todo-. Aún me recuerdo en un local del extrarradio de mi ciudad natal, todo de mí obsceno, entregado a la efervescencia de anécdotas que dejaron buenos amigos y versos malos. Y de aquel 2007, llegarían otras noches, otros días últimos de diciembre, cada vez más escuetos y modestos, o quizá ya repetidos, y de ahí, de esa monotonía, el aburrimiento, y de ahí, el desistir, el ver que tampoco es para tanto: veintitantos y ya todo descubierto. Ya todo visto, probado.

Desde hace un par de años no salgo en Fin de Año, deserté. Encontré mayor placer, mayor gozo, en los paseos de mañana, bien temprano, del uno de enero; encontré el sosiego –lujo propio de caracteres sabios- y el equilibrio, la culminación del deseo, en el control de los instintos primeros. De este modo, tomo las uvas y a las doce y media en la cama, a alcanzar la plenitud de las opciones correctas, que siempre son las menos sexys. Me abandono a la negación de una noche que sólo es álbum de vulgaridades, de paisajes casposos. Cada 365 días lo tengo más claro: los ánimos de inclinación aristocrática –algo a lo que aspiro- no deberían celebrar el Fin de Año.

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Tierra mojada

Carlos Mayoral

Mi abuela se levantaba muy temprano el día 25, cuando el resto del mundo aún dormía. La noche había transcurrido ruidosa: un marido, seis hijos, cuatro nueras, dos yernos, diez nietos, algunas estrecheces y tres o cuatro achaques físicos. Ahora ella paseaba por el jardín sin que nadie lo supiera. Se arrastraba ajena bajo los árboles de aquella casa infinita, ni siquiera las condiciones extremas del diciembre de la meseta le impedían agachar la cabeza y seguir caminando. Sin que nadie lo supiera, sí, hasta que yo, por aquel entonces apenas diez velas en la tarta, me la encontrara en semejante trance una de aquellas mañanas. Recuerdo que con lo puesto salí afuera y ella, sorprendida, tardó en hacerme partícipe de su ritual lo que tarda una abuela en abrigar su nieto. La Navidad se forma gracias a los distintos rituales, supongo, y a mi abuela debió de apetecerle compartirlo. No recuerdo de qué hablamos, ni recuerdo por qué nos provocaba placer un acto tan simple como es pasear por el jardín una mañana de diciembre. Sin embargo, en la memoria todavía guardo el olor a tierra húmeda sobre aquellos pasos. No tengo claro de dónde llegaba, pero ahí estaba ese olor, para siempre. Tres veces más repetimos aquel paseo antes de que se marchara un día de manera inesperada, cuando una curva cerrada se interpuso entre nosotros y aquellas mañanas de Navidad cómplices.

Han transcurrido ya unos cuantos veinticincos desde entonces, no importa cuántos. Se escapan algunos de los que montaban ruido aquel año, pero llegan otros. La memoria, claro, ejerce su selección propia a cada golpe de presente, y aquellos paseos amenazan de vez en cuando con perderse sin remedio en algún rincón inaccesible. Pero dicen que nada potencia la memoria como un olor aspirado a tiempo, así que sólo hace falta que vuelva a mí, cada año, el olor a tierra húmeda para que revivan como por arte de magia los instantes que perdimos. Ahora, con el peso de los años encima, creo que por fin sé lo que hacía mi abuela durante aquel paseo: recordar. Por desgracia, se marchó sin que yo supiera si ella quería formar parte de instantes, de recuerdos, de columnas, de pasados. Así que ahora soy yo el que decide, y el que disfruta creyendo que lo único que le hubiera gustado es que yo siguiera paseando por el jardín una mañana de diciembre. Creo que, a pesar de que ya no queden jardines cerca, a mi manera lo sigo haciendo, aunque sólo sea por las siete veces que he incluido el término “recordar” (o equivalentes) en esta columna. Ocurrirá en muchos lugares, y no necesariamente a través del olfato. Un antiguo acordé, el sabor de una especia olvidada, la foto amarillenta escondida en el cajón. La humanidad seguirá paseando. Decía Dickens que los recuerdos y las velas brillan más en Navidad, y puede que mi abuela y yo estemos de acuerdo.

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