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Ni filósofos, ni libros, ni listas, la felicidad la marcas tú

Redacción TO

Foto: Dinuka Liyanawatte
Handout via Reuters/Archivo

¿Alguna vez te has preguntado si eres feliz? En tal caso, ¿qué es para ti la felicidad? ¿Un recuerdo? ¿Una canción? ¿Una persona? La felicidad es un término relativo y cada uno lo entiende de una manera diferente. Todos queremos sentirnos bien, queremos que nos quieran, queremos disfrutar en el trabajo y queremos dejar las preocupaciones a un lado, pero ¿qué hace que un día sea mejor que otro? La falta de incidentes, como perder el tren por milésimas de segundo o mancharte de café la camisa blanca, no valen.

Definiciones, listas y lecturas

Si no sabes muy bien cómo contestar a las preguntas, siempre puedes empezar por su definición. Las tres primeras entradas para ‘felicidad’ en Google, dejando aparte la Wikipedia y la RAE, analizan el término usando a Aristóteles, a Sócrates o a Stuart Mills. Sin embargo, en manos de los filósofos te encontrarás entre el descubrimiento y el desengaño, pues aunque las propuestas tipo ‘disfruta más con menos’ son sabias, no son del todo aplicables en la vida real, seamos sinceros.

Para los más prácticos es posible que la respuesta llegue en forma de lista. Incontables consejos como ‘sé tú mismo’, ‘haz amigos’, ‘sonríe más’ o ‘busca el amor’ son, entre otros, consignas e ideas de psicólogos que pretenden acercarte al secreto de la felicidad. Aun así, al contrario que los antiguos filósofos, los científicos deben preguntarse si tras las buenas intenciones las listas de consejos puede marcar la diferencia en la era de las redes sociales, la abundancia y el perfeccionismo artificial.

Si las listas consiguieron convencerte pero sigues sin encontrar la felicidad, también puedes buscar un libro que te haga entenderla en un mayor contexto como ‘El arte de la felicidad’ del Dalai Lama, que posiblemente te guíe en la búsqueda de la felicidad y su significado. Otras lecturas son menos budistas y más de andar por casa, como ‘Tropezar con la felicidad’ de Daniel Gilbert, que según el autor es una “mezcla de  rigor científico y  tono jocoso que ha logrado iluminar a sus lectores”, y otras igualmente interesantes y bien pensadas como ‘Brújula para navegantes emocionales’ de Elsa Punset.

Ni filósofos, ni libros, ni listas, la felicidad la marcas tú 1

Los libros de auto-ayuda se han convertido en el gran compañero de viaje de muchas personas. Encontrar el adecuado es sin embargo muy relativo. REUTERS/Albert Gea

Si no funciona….

Ahora bien, si no tienes tiempo para filósofos, métodos ‘científicos’, listas o libros, también puedes aceptar que no existe una única manera de definir felicidad.

La mayoría de los días pasan sin que nada emocionante ocurra, o al menos nada tan bueno como para almacenarlo en la memoria. Desayunas, vas al trabajo, comes, vuelves a casa y sigues haciendo tantas otras cosas que hacen de tu rutina algo aburrido y gris. Lo ideal sería poder descargarnos los buenos recuerdos en un pen drive y revisarlos cuando quisiéramos.

A lo mejor en vez de seguir pasos o citas filosóficas puedes simplemente disfrutar del día, como hacía Bill Murray en El día de la Marmota. No nos fijamos en el olor a tostadas de un domingo por la mañana ni que con las prisas por coger el tren suena tu canción favorita en Spotify, que alguien te ha sujetado la puerta y te ha sonreído, o que el día no podía ser más bonito ni el cielo más azul.

Incluso hay cosas que aunque odias, sabes que echarías de menos si no estuvieran. La rutina que a veces nos parece gris, puede cambiar de repente y ser una inercia que te hace  realmente feliz y aún no lo sabes. Solo tienes que pararte y respirar hondo, reflexionar y mirar las cosas desde otra perspectiva como a la Mona Lisa.

Desde luego la felicidad plena no proviene tan solo del olor a tostadas o de ponerle banda sonora al día o, como dicen los filósofos, aprender a vivir con poco o ser tú mismo y buscar amigos para coleccionar. Con esto quiero decir que la felicidad te la marcas tú. Unas veces se es más feliz, quizá por una combinación mágica de momentos y personas, y otras menos porque somos todos humanos y llevamos la vida que tenemos, pero no por ello debemos dejar de apreciar lo más diminuto, tonto o incluso molesto que hace que el día sea menos gris que el de ayer.

Feliz de día de la felicidad.

Por qué implicarse

Andrea Mármol

Foto: Sergio Moraes
Reuters

Cinco o seis individuos violaron presuntamente a una adolescente en la ciudad Chicago la pasada semana y retransmitieron la agresión en vivo a través de Facebook. El subtítulo que acompaña a la noticia en la mayoría de digitales relataba cómo hasta cuarenta personas, según la policía, fueron testigos en directo en la red social. Ninguno de ellos alertó a las autoridades de los atroces hechos. Fue la madre de la víctima la que hizo llegar a la policía de la ciudad imágenes capturadas del vídeo, que posteriormente fue eliminado de la red.

La sombra del caso de Kitty Genovese, la mujer que en 1964 fue asesinada en el distrito neoyorquino de Queens, es alargada. También una cuarentena de vecinos fueron testigos de la agresión mortal sin que uno solo de ellos reaccionara para evitar el trágico suceso. Entonces, el silencio del resto legitimó la ausencia de reacción de cada uno de ellos, dando pie al conocido ‘efecto espectador’. Hoy, parece que la condición de co-testigo digital contribuye también a diluir la responsabilidad cívica de quienes en solitud no tendrían dificultad en señalar el mal y replicar contra él.

Todo hombre es culpable del bien que no hizo, sentenció Voltaire. Penalmente resulta dificultoso e incluso imprudente en algunos casos atribuir delitos a testigos no involucrados en la escena del crimen, y sin embargo, cualquiera que se someta a un honesto examen de conciencia puede reprobarse el silencio ante la violencia, el odio y la humillación a las víctimas. Se insiste de manera escasa en el hecho, casi etimológico, de que la ‘publicación’ de cualquier contenido implica de manera inevitable el sometimiento del mismo al escrutinio de la comunidad. Todos somos responsables cívicos para alzar la voz ante hechos cuyos autores se sienten tan congratulados como para exponerlos públicamente. Es una labor de virtud ciudadana.

A diferencia del caso Genovese, ya no estamos en 1964. Debemos aprovechar las facilidades que nos proporcionan las redes sociales para la tarea. Como escribió en estas páginas Juan Claudio de Ramón, a veces las reacciones son exitosas, como en el caso del bus de Hazte Oír, y otras lo son menos: los insultos y vejaciones a los españoles desde la televisión pública vasca.

Los malhechores siempre serán los auténticos culpables del mal causado, pero si conseguimos hacer de la esfera pública una sala de penalización, denuncia y sometimiento de conciencia, no solo estaremos poniéndolos en su lugar haciéndoles miserables. Estaremos ejerciendo una pequeña parcela del bien y de cuya práctica virtuosa puede contagiarse también el vecino, amigo, conciudadano o seguidor.

La familia más viral de Internet

Redacción TO

Foto: YELIM LEE
AFP

“Un pequeño error convirtió a mi familia en estrellas de YouTube”, asegura el estadounidense Robert Kelly en su entrevista al Wall Street Journal, donde la pareja junto a sus dos hijos relata por primera vez sus sensaciones tras convertirse en un fenómeno viral hace unos días, gracias a un vídeo que ha sido visto más de 10 millones de veces tan solo en Facebook.

Los hijos del profesor de Ciencias Políticas y Diplomacia de Corea del Sur entraron en su despacho mientras concedía una entrevista en directo a la BBC sobre la destitución de la presidenta surcoreana. Kelly olvidó cerrar con llave la puerta de su despacho en el apartamento en el que vive la familia en Busan, y los pequeños Marion y James entraron en medio de la entrevista. “He visto el vídeo como el resto del mundo. Es divertido”, comenta Robert Kelly.

En otra entrevista concedida también a la BBC, la mujer del profesor, Kim Jung-un, dijo que que se rieron mucho al ver el vídeo pero que también estaban preocupados. El profesor de la Universidad Nacional de Busan añadió que lo que les preocupaba era que “la BBC no nos volviera a llamar de nuevo. Nos mortificaba que hubiésemos volado por completo nuestra relación con ustedes”.

Uno de los gestos del profesor que más se ha comentado en la red es cuando intentó apartar con el brazo a su hija sin dejar de mirar a cámara. Kelly asegura que su intención real era la de entregarle unos juguetes para que se distrajera.

Pero la polémica también inundó Internet en relación al papel de Kim Jung-un. Uno de los comentarios más frecuentes en las redes sociales fue: “¡Pobre niñera!”, en referencia a la mujer de rasgos asiáticos que aparecía en las imágenes sacando a los niños de la habitación. Ante este hecho, Kelly ha asegurado que se sintió “bastante incómodo” y la propia Kim Jung-un le ha restado importancia. “Espero que la gente simplemente disfrute de esto y no discutan”, ha dicho.

La abrumadora respuesta al vídeo, que pronto se difundió por todo el mundo, llevó a la pareja a apagar sus teléfonos móviles e ignorar las redes sociales durante varios días, incapaces de hacer frente a la avalancha de comentarios y peticiones para hablar con ellos; finalmente, este martes los protagonistas accedieron a hablar con distintos medios. Concretamente, en el vídeo que publica Wall Street Journal, la familia reproduce de nuevo la escena y dejan solo a Kelly en el despacho, sin embargo, la pequeña Marion de cuatro años no para de gritar queriendo entrar de nuevo en el despacho que, esta vez sí, tenía la puerta cerrada con llave.

Rompiendo amarras

José Andrés Rojo

Hay un libro de fotografías de André Kertész que se titula ‘Leer’, publicado hace poco en España por Periférica. En las imágenes aparecen hombres y mujeres, niños y viejos, occidentales y orientales, ya sea solos o acompañados, totalmente abstraídos delante de un trozo de papel, un periódico, un libro. Leen, y es como si de pronto hubieran desconectado. El mundo sigue su curso, pero la lectura los ha apartado y están ensimismados en otra parte. Secuestrados por las palabras, distraídos, enchufados a otra historia.

Luego regresarán, es cierto. Pero en ese proceso de salir de la realidad para sumergirse en la lectura, y luego volver, se esconde uno de los secretos mejor guardados, porque resulta muy complicado explicar qué ha sucedido en el camino y por qué merece tanto la pena. Hay que ver a esas personas que fotografió Kertész leyendo para concluir que esa tarea los tiene subyugados. ¿Qué han encontrado ahí para romper amarras tan radicalmente?

¿Van a convertirse por el hecho de leer en mejores personas, van a ser más justas, más hermosas, más poderosas? Seguramente no. Cada uno lee, además, cosas muy distintas. Alguno sigue simplemente el curso de una noticia, otro se entretiene en un poema, el de más allá está sumergido en un vertiginoso cruce de tiros y parece que desconoce por el momento el destino del héroe, hay quienes están agarrados a un puñado de consideraciones metafísicas y otros se van cargando de ira porque van entendiendo la desquiciada ambición de un rey que va a llevar a su pueblo a la ruina. Y así cada cual anda en un asunto muy distinto.

Todos están, sin embargo, callados, reconcentrados, como si se hubieran metido hacia dentro. En un texto siempre hay un principio y un final, y por tanto un sentido. No ocurre como en la vida, que sigue abierta y que puede cambiar todavía un montón de veces, y torcerse. Al terminar de leer una pieza tienes ya todos los elementos. Aquel tipo la mató, el sol se hundió por esa línea del fondo, la caída de la bolsa fue del 7%. Así que te haces cargo, y por provisional que sea el resultado tienes un resultado. En la vida no. Cierto que habrá un punto final, pero cuando a ti te ocurra ya no estarás ahí para hacerte una idea cabal. Estarás fuera, sin billete de vuelta.

De la lectura, en cambio, regresas siempre. Kertész muestra a toda esa gente tan metida dentro de lo que lee porque todos ahí se la están jugando. Están armando un sentido y se han visto implicados. Algo se ha puesto en movimiento, algo que tiene que ver con el conocimiento y con las emociones. A veces la experiencia es tan fuerte que al terminar te encuentras transformado. Otras veces, no pasa nada. O casi nada: una información más, un gesto. ¿Por qué merece la pena? Quizá porque te permite multiplicarte, colocarte en posiciones muy diferentes, celebrar que todo sea al final complejo, lleno de matices. Estrujas el papel, apartas el periódico (el móvil, la tableta), cierras el libro. Levantas la cabeza y el mundo sigue su curso.

Fiebre lectora

Pablo Mediavilla Costa

Hace un par de meses volví a leer. Fue “Patria” de Fernando Aramburu y me gustó mucho. Luego empecé a frecuentar librerías, robar ejemplares en casas de amigos y recuperar otros que había prestado. En ese montón estaba, decían, lo más prometedor de la literatura española actual. En una de esas obras, se incurría en dos errores de bulto en las primeras páginas. No diré el nombre. Lo que en la cinco era, pongamos, un triciclo, en la siete era una canoa. Es bien sabido que solo la realidad se puede permitir algo así, nunca una novela.

La fiebre pasó. Volví a la pantalla y las horas perdidas en Twitter. Sería fácil decir que la culpa es mía y de esta era de distracción digital. Todo para obviar el elefante en la habitación, para no señalar lo evidente: que lo que ya no es necesario es escribir. ¿Cómo escribir los días después de Montaigne? ¿Un viaje en autobús después de Pla? Uno lee ya todo con una pereza preventiva, un mecanismo de defensa ante la metáfora absurda e inevitable que te van a calzar, superar la primera línea es toda una hazaña.

Sé que es un deseo imposible, pero querría un “Llámenme Ismael”, una descripción bajo cero de Dashiell Hammett, esas frases de resonancias bíblicas que parecen esculpidas en mármol porque sólo pueden ser dichas así y no de otra forma. Un buen libro, un gran relato, cualquier artefacto literario realmente meritorio renace con cada lectura. Es inmortal, es una roca. Un puñado de palabras escritas sin fuste, sin apenas un rayo de inteligencia, una mala copia nace muerta. Ahora todo es repetir, decir peor lo ya dicho. La prueba de esta tesis apresurada es esta misma columnita hueca, liviana y olvidable.

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