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Nueve musicales que los Oscar decidieron no encumbrar

Néstor Villamor

La La Land parte como favorita para llevarse el Oscar a la Mejor Película en la próxima edición de los premios. No solo viene con el Globo de Oro y el Bafta en esta misma categoría bajo el brazo, sino que en los Oscar acumula 14 nominaciones, un máximo histórico solo igualado por Eva al desnudo (1950) y Titanic (1997). Ambas ganaron, en su momento, el mayor galardón de la Academia y, si La La Land repite la hazaña, el largometraje de Damien Chazelle será el undécimo musical en lograr la estatuilla. Se uniría así a La melodía de Broadway (1929), El gran Ziegfeld (1936), Siguiendo mi camino (1944), Un americano en París (1951), Gigi (1958), West Side story (1961), My fair lady (1964), Sonrisas y lágrimas (1965), Oliver (1968) y Chicago (2002). La lista incluye títulos potentes, pero deja de lado algunos de los mayores clásicos del género, que sin embargo han pasado la prueba del tiempo. Por ejemplo, estos:

El mago de Oz (1939) – Ganadora: Lo que el viento se llevó

Entre Lo que el viento se llevó está el Oscar a la Mejor Película. Dejó, así, sin estatuilla a El mago de Oz, la aventura de una niña con coletas en un hipercolorido mundo de fantasía. Sin embargo, un estudio de 2005 la distinguió como la película estadounidense más influyente jamás rodada. No solo eso: la Asociacón Estadounidense de la Industria Fonográfica situó ‘Over the rainbow’ como la mejor canción del siglo XX. Incluso sonó en el funeral de Marilyn Monroe, muy admiradora de la balada del filme.

Cita en San Luis (1944) – Ganadora: Siguiendo mi camino

Judy Garland, musa del musical del Hollywood clásico, estaba harta de interpretar el mismo papel de adolescente cuando le ofrecieron protagonizar Cita en San Luis, según varias biografías de la actriz, y casi dio carpetazo al proyecto. Hoy, la explosión de technicolor ideada por Vincente Minnelli está considerada una de las cumbres del género. “Sigue siendo, para muchos de nosotros, el más grandioso de los musicales estadounidenses”, alabó la revista Time en 2005, al incluirla en su lista de mejores películas desde 1923.

Cantado bajo la lluvia (1952) – Ganadora: El mayor espectáculo de la Tierra

El reciente fallecimiento de Debbie Reynolds habría sido mucho menos mediático si no hubiese participado, siendo todavía adolescente, en este musical coprotagonizado y codirigido por Gene Kelly, uno de los nombres más asociados al género. La película, una comedia sobre la transición de Hollywood del cine mudo al sonoro, está considerada hoy por el Instituto Fílmico Estadounidense como el mejor musical de todos los tiempos.

Ha nacido una estrella (1954) – Ganadora: La ley del silencio

El musical de George Cukor, la historia del éxito de una actriz unida al declive profesional de su novio, es una versión de una cinta anterior de 1937 y que tuvo un segundo remake en 1976 protagonizado por Barbra Streisand. Pero es la de 1954 la que el Instituto Fílmico Estadounidense considera la mejor, al otorgarle el séptimo puesto en su lista de mejores musicales de la historia. Y la influencia de la película sigue vigente: ya está anunciado un tercer remake para 2018, protagonizado por Bradley Cooper y Lady Gaga.

Mary Poppins (1964) – Ganadora: My fair lady

My fair lady se llevó el Oscar a la Mejor Película en 1965, pero el premio a la Mejor Actriz fue para Julie Andrews por Mary Poppins. La británica se quitó así la espina de que la rechazaran para el papel de Eliza Doolittle, un rol que ella había popularizado en Broadway pero que Audrey Hepburn encarnó en la gran pantalla. Además de la niñera más famosa del cine, Mary Poppins es uno de los mayores logros de Walt Disney: de todas las películas que él produjo, esta fue la única nominada al mayor premio de la Academia.

Cabaret (1972) – Ganadora: El padrino

Teniendo en cuenta que es hija de Judy Garland y Vincente Minnelli, no sorprende que Liza, cuyo papel en Cabaret le valió un Oscar, haya resultado ser un gigante del género musical. Polémica en su momento por tratar, aunque de forma velada, temas como la homosexualidad y el aborto, la cinta fue nombrada por The Guardian como el mejor musical de la historia y tiene el récord de ser el filme con más premios Oscar –ocho– sin llevarse el de Mejor Película. Claro que competía con El padrino.

All that jazz (1979) – Ganadora: Kramer contra Kramer

Kramer contra Kramer se llevó en 1980 el Oscar a la mejor película. All that jazz, un musical sobre un director que prepara un musical, tuvo que conformarse con la nominación. Eso sí, el filme de Bob Fosse se llevó la Palma de Oro en Cannes y sigue siendo uno de los títulos más fuertes del género. Prueba de ello es que el director y guionista de cine Paul Schrader (American gigolo, Taxi driver) la incluyó en su canon de 60 mejores películas de la historia, donde figura en 29ª posición. Es el musical mejor situado de la lista.

La bella y la bestia (1991) – Ganadora: El silencio de los corderos

Si bien no se llevó el Oscar a la Mejor Película (ojo, jugaba contra El silencio de los corderos), La bella y la bestia consiguió un logro notable: ser la primera película de animación nominada en esta categoría. Además, es la cinta con más candidaturas a la Mejor Canción –tres, un récord que hoy comparte con El rey león, Dreamgirls y Encantada–. Finalmente se lo llevó por ‘Beauty and the beast’.

Whiplash (2014) – Ganadora: Birdman

No cumple al 100% las reglas del género, pero la música tiene un papel muy significativo en la segunda película de Damien Chazelle. El proyecto nació de un cortometraje que el director presentó en Sundance para aplauso de la crítica. Visto el éxito, decidió reciclarlo en largometraje. El resultado fue similar. Con Whiplash, Chazelle se quedó a las puertas del Oscar a la Mejor Película. Este domingo tiene una segunda oportunidad con La La Land.

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Ni Sofia Coppola, ni Tinder: la seducción era otra cosa

Lorena G. Maldonado

La frigidez no es un pecado, pero sí una lástima. Ayer salí de ver La seducción, de Sofia Coppola, cargando con una anorgasmia militante -en mi barrio se dice revenía’- y corrí al Burger King a meterme entre pecho y espalda una vulgar pero sincera tendercrisp que me devolviese a la tierra, que me conectase de nuevo con la carne, la saliva y la culpa, con la lascivia del queso americano y la grosera humanidad de dos labios abriéndose. La parte de la vida que me interesa suele alojarse al otro lado de la boca que se desprende, que se ensancha como una flor carnívora llena de fascinaciones, admiración, estupor o apetitos. La película fue como el antónimo: más o menos un rictus.

Claro que no todo el mundo va a ser folclórico emocional, pero una cosa es la sobriedad -esa que nos angustió en la exquisita Shame– y otra la abulia: ahí Coppola en su filme protagonizado por un corrillo de hembras psicópatas y un macho castrado -qué iracundo, el cabo, cuando tiró la tortuga-. Casi extrañé la testosterona trumpista de Eastwood, que fue El Seductor en la de Don Siegel (¡1971!). Qué sangre tan acuosa aquí, qué raza tan pocha, qué poco cachondos estamos en este banquete de la revolución sexual.

La seducción: madre mía. A los que quiero les deseo que nunca les tonteen así. Una hora y media asistiendo a un cortejo de amebas. En los lavacabezas de la peluquería he vivido más tensión sexual. Al terminar, sentí por fin una trémula excitación mientras hundía mi patata gajo en la salsa, y recordé que no sé nada de cine -algunos amigos han montado un cinefórum y se esfuerzan, con mucha paciencia, en corregirme esta anemia cultural-, pero oye, me dije a mí misma, en el relato del deseo te defiendes, como todos los veleidosos. En el relato, por lo menos, que los engranajes ya son otra cosa -y sólo marchan si no se comete la torpeza de desmontarlos para entenderlos-.

¿Por qué me entusiasman Roberto Álamo, Bardem, Luis Tosar, Paul Dano o Alan Rickman y me quedo gélida con el mismísimo Brad Pitt? Miren: no lo sé. La vida tiene estas cosas. También el bueno de Colin Farrell me dejó en La seducción mortalmente aburrida, con las papilas gustativas de vacaciones, con una tristeza muy rara, parecida a la que uno siente cuando ve a una pareja besarse mal.

Sí. En el deseo llevamos años auscultándonos; pero en la seducción todos somos un poco bisoños, porque cada cuadrilátero es una historia. Entre los breves apuntes: uno, lo importante no es follar, lo importante es el contexto -o, si quieren, como decía Pessoa, lo fundamental del amor es lo que lo rodea-. En la película el contexto es delicioso, pero Coppola se pone muy esteta e ignora nuestro mejor secreto como civilización: debajo de tantas capas de diplomacia, seguimos debiéndonos a la suciedad.

Dos, el capricho físico no tiene nada que ver con la belleza del otro, sino con algo menos canónico y más oscuro: algo que está, quizá, en el sonido de una risa, en el olor, en el tacto, en el ping-pong dialéctico, en el látigo imperceptible de la pestaña. No sé ustedes, pero yo me he quedado noqueada alguna vez con una carcajada perfectamente ejecutada, libre, limpísima, y se me han contraído las piernas. Colgarse de una risa -de sus ojos guiñados y su barbilla oscilante, redimida- es muy parecido al amor: inexplicable, sombrío. Ya quisiera esa autoridad ese Colin Farrell de rasgos preceptivos que arrastra la perversión de un chupete.

Tres. Hay un aviso, siempre. El deseo tiene ese decoro: el del golpe primero, el de “huye o juega, pero no balbucees”. Y después todo eso tan hermoso que ha muerto a manos de Tinder: el ser conscientes de que cuando se enseñan las cartas, se acaba la partida. Todos empezamos de cero en cada conquista, todos hemos entendido que nadie, por suerte, es infalible, todos nos hemos puesto alhajas -como las cursis de la peli- y hemos comprobado, no sin cierto patetismo, que no sirven para nada, todos hemos experimentado celos verdosos y todos nos hemos vengado de forma más o menos poética -esto ya según la elegancia-. Pero ninguna de estas similitudes entre la sentimentalidad humana y La seducción me conectó en ningún momento con la historia: por poco reveladoras, por superficiales.

Me niego a creer -repito, desde mi corta educación cinematográfica, pero con mi derecho al desencanto a nivel usuario- que la de Coppola trascienda a reflejar ni un milímetro del alma de la mujer: no albergamos en el pecho esa casa de locas. No sacia mis ansias feministas que Colin Farrell sea un animal pánfilo, sin maldades: el sexo y la violencia requieren de un contrario a la altura. No, menoscabar la virilidad de un hombre no te subrayará como mujer. La poderosa Nicole Kidman no asume que el despecho no sólo es antierótico, sino que practicarlo jamás hizo a una ganadora.

Es irónico: tal vez en los setenta, cuando se estrenó El seductor, el espectador aún pudiese encontrar en el cine el morbo que no rascaba en su vida. Hoy, en medio del neoliberalismo rústico y su espesa oferta sexual, nos estamos volviendo unos reprimidos culturales. O peor: hemos dejado de reinventar las posibilidades del cuerpo. En seducción hemos desaprendido, es obvio -miren ahí a la gente en sus aplicaciones, llamando “tomar un café” al “echar un polvo”- y el sexo lo hemos cursado tanto que nos hastía. Quizá algún día, de nuevo, una risa. Quizá algún día, otra vez, la tensión dialéctica y las cartas boca abajo, en partida tirante y lenta. Mientras, contra la oquedad existencial, nos quedan las hamburguesas.

Continúa leyendo: 10 películas que Donald Trump debería ver para saber lo que es el fascismo

10 películas que Donald Trump debería ver para saber lo que es el fascismo

Nerea Dolara

Foto: Fotograma de El Gran Dictador

Ya que el presidente de EEUU parece no tener idea de lo que son el fascismo y el racismo (ya habrá otras 10 películas sobre este tema) ofrecemos una selección de películas para que abandone su ignorancia y se eduque.

Esta semana no ha sido la mejor en el ranking social humano de la tolerancia. Y no es que las demás lo sean y esta sea una excepción, pero presenciar al presidente del país más poderoso del mundo (teóricamente… China tiene más poder real, no nos engañemos), Donald Trump, responder tibiamente -por decirlo con un eufemismo- o de forma inaceptable -para decirlo más claramente-, a la manifestación de extrema derecha y de supremacistas blancos organizada en Virgina -que terminó con la muerte de una manifestante que había asistido a hacer frente al grupo de fascistas a manos de un neonazi al volante, y con varios heridos y demostraciones de violencia- hunde el alma a niveles de inframundo.

Trump parece asumir que un grupo de racistas y fascistas que gritan consignas nazis y del Ku Klux Klan y proponen aniquilar a los que no sean del mismo blanco o las mismas ideas que ellos pueden ser equiparables a unos manifestantes que pacíficamente optan por hacer frente a estos despliegues con consignas a favor de la tolerancia. Parece que Trump no tiene muy claro lo que es el fascismo (del racismo hablaremos en otro post). Así que aquí, desde lejos y dejando claro que fascismo y racismo no son cosas aceptables, le proponemos al presidente Trump una lista de películas para que se eduque, para que aprenda, para que desarrolle su intelecto y directamente deje de vivir en esa ignorancia a la que ya, en tan poco tiempo de gobierno, nos ha acostumbrado (aunque siempre la primera reacción sea el horror). Aquí tiene presidente -y por extensión todos los que piensen que tiene razón- una propuesta de festival de cine antifascista para que despierte sus neuronas.

10 películas que Donald Trump debería ver para saber lo que es el fascismo 11
La casa de los espíritus muestra la terrible llegada al poder de Pinochet.

La casa de los espíritus (1993)

Adaptación de la novela de Isabel Allende sobre el golpe de Estado de Augusto Pinochet y sus consecuencias en la vida de una familia chilena. Los Trueba son una familia con dinero. El padre, de derechas y bastante déspota, controla los impulsos libres de la madre y se indigna cuando su hija se enamora de un rojo. Tanto se indigna con el ascenso de la izquierda que colabora con el golpe de Estado que lleva a Pinochet al poder. Su hija, una disidente, es detenida y torturada, y este ex ministro se da cuenta del poco poder que se tiene cuando un dictador asume las riendas… sin importar quién seas o hayas sido.

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Un retrato frío y terrible de la maldad humana.

La solución final (2001)

Esta poco conocida película es discreta y pavorosa. Básicamente una obra de teatro (se desarrolla mayormente en un espacio) y con actores de la talla de Kenneth Brannagh, Colin Firth o Stanley Tucci, este drama para televisión (es de HBO) retrata las reuniones sostenidas por los altos mandos nazis durante la guerra, durante las que se decidió tomar la que se llamaría la solución final: el exterminio de los judíos de una forma eficiente. Fría, cruenta y sin pizca de violencia explícita, es un retrato perfecto de la maldad humana sin tapujos. Horrible como pocas, merece una advertencia… porque el resultado de esa reunión es conocido por todos.

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Sonrisas y lágrimas (1965)

Es un musical bastante conocido, pero entre tanta historia de amor y canciones sobre cosas favoritas a veces se olvida que la familia Von Trapp no sólo es famosa por cantar en grupo sino por escapar de Austria a través de Los Alpes después de la anexión alemana. El coronel Von Trapp, como bien muestra el gif que ha rondado Facebook estos días tras los eventos de Charlottesville en que se le ve desgarrada una bandera con una esvástica, repudia a los nazis y su intransigencia con respecto a su opresión (no pretende ceder ante sus amenazas o sus insinuaciones) significa dejar atrás su país, su hogar y todo lo que conocen él y su familia.

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La ola es un ejercicio espeluznante por posible.

La ola (2008)

Esta espeluznante película alemana muestra el experimento que un profesor de bachillerato emprende con sus alumnos cuando debe enseñarles sobre autocracia. Los adolescentes están convencidos de que una dictadura cono la nazi jamás podría implantarse en la Alemania moderna, así que el instructor comienza a establecer condiciones fascistas en el salón de clase: deben llamarle por otro nombre, clasifica y agrupa a los estudiantes con mejores y peores notas, inventa un saludo propio, excluye a quienes discuten estas medidas… al final el ejercicio prueba ser eficaz y aterrador. Los alumnos, no todos pero la mayoría, caen ante las nuevas normas. Nadie está a salvo de los populismos, el fascismo es siempre una posibilidad horrorosa y la democracia no se puede dar por sentado.

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El pianista es una obra maestra que pesa en el alma.

El pianista (2002)

Películas sobre la Segunda Guerra Mundial podrían conformar esta lista exclusivamente, pero ha habido más ejemplos de fascismos en el mundo y la mayoría además son muy conocidas. Este clásico moderno de Román Polanski relata la terrible historia del pianista polaco Wladyslaw Szpilman. Basada en la historia real del músico, la película muestra su periplo en el gueto de Varsovia y luego su supervivencia gracias a un oficial alemán que decide mantenerlo prisionero y no matarlo para que le toque el piano. Alrededor de Szpilman y su historia se suceden las muertes de todos los miembros de su familia y la inmensa mayoría de los judíos y otros perseguidos en la Polonia invadida por los nazis.

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La lengua de las mariposas no es para débiles. Su última escena marca la vida.

La lengua de las mariposas (1999)

Esta película española muestra el peso que tiene la intolerancia y las bases absurdas y contagiosas que la alimentan. Un extraordinario profesor republicano logra establecer una entrañable relación con un estudiante asustado por ir a la escuela (le han dicho que los maestros pegan). Ambos enriquecen la vida del otro poco tiempo antes del alzamiento de 1936. Lo que sigue a la rebelión fascista es doloroso –el relato se desarrolla en Galicia donde los falangistas cometieron atrocidades contra simpatizantes de izquierdas antes incluso de que se hablara de una guerra– y, si son de corazón sensible, capaz de dejar cicatriz. Una película hermosa y dolorosa sobre el sin sentido de la guerra y la intolerancia. Un retrato doloroso, de los muchísimos, de la Guerra Civil Española.

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American History X: Un nazi que recapacita… deseemos que haya esperanza.

American History X (1998)

Una historia bastante más contemporánea, pero no menos horrorosa. Edward Norton interpreta a un neonazi condenado a prisión luego de asesinar a sangre fría dos jóvenes negros. Durante su estadía en la cárcel este fanático descubre la limitación e ignorancia de sus ideas cuando comienza a socializar con un preso afroamericano que le ayuda. Mientras tanto su hermano menor, Edward Furlong, admirador pleno de Norton se convierte en un feroz neonazi. Cuando sale de la cárcel intenta convencerle de que el camino que ha elegido es incorrecto. Y cuando lo entiende es demasiado tarde. Su voz, leyendo su último ensayo sobre los valores nazis y su invalidez, cierra la película: “El odio es equipaje. La vida es muy corta como para sentir ira todo el tiempo. No vale la pena”.

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Dos pesos pesados italianos en un retrato íntimo de la tolerancia.

Una jornada particular (1977)

Marcello Mastroianni y Sophia Loren protagonizan esta película de Ettore Scola. La historia es la siguiente: Loren está sola en casa mientras su esposo fascista y sus hijos malcriados asisten a los desfiles y actos organizados por la visita de Hitler a Mussolini. Mientras tanto su vecino, Mastroianni, se encierra en su piso sin poder trabajar, ha sido puesto en una lista negra por sus preferencias sexuales y sus ideas. Cuando el pájaro de él se escapa y termina en casa de ella, el par termina por pasar el día juntos. Y la vida de ambos cambia.

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Incapaces de ver el horror que venía… quién iba a imaginar semejante maldad.

El jardín de los Finzi Contini (1970)

Esta adaptación de Vittorio da Sica no sólo es visualmente hermosa, sino terriblemente triste. Los Finzi Contini, una familia judía italiana de dinero, ven surgir el fascismo y el nazismo incrédulos de que tal locura vaya a durar mucho. Su clase social, sus valores liberales y el mundo -no son los únicos en juzgar su ambiente por quienes los rodean y piensan como ellos- en que han vivido les impide ver el peligro real en que se encuentran. Y cuando lo ven es demasiado tarde.

 

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El Gran Dictador sin duda es una de las obras maestras de Chaplin.

El gran dictador (1940)

Charles Chaplin se adelantó incluso a la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial con esta película: una condena abierta y directa al nazismo, al fascismo y en general a las dictaduras. Chaplin interpretó tanto al horrible dictador, como al barbero judío perseguido. La película fue un éxito en su momento y ha sido catalogada por la crítica general como una obra maestra y por los historiadores como una obra de importancia en su tiempo. El discurso final, una fuente de lágrimas, más aún que estos antivalores vuelven a brotar, merece ser oído una y otra vez.

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Orgullo y prejuicio

Ferrán Caballero

Foto: Gresham College
Flickr bajo Licencia Creative Commons

Se cumplen 200 años del nacimiento de Jane Austen. Strauss dijo que quizás un joven podría considerar que Dostoievski es el mejor novelista, pero que en la madurez debería cederle el trono a Austen. Es muy probable que tenga razón. Y es muy probable que pase con ella lo mismo que dice Valentí Puig que pasa con Pla; que es tan buena porque es conservadora.

Austen es conservadora porque entiende algo esencial e inmutable de la naturaleza de los hombres y porque entiende el valor de las convenciones. Es decir, que es conservadora porque ama a los hombres y a su tiempo, con todos sus defectos y virtudes, y sólo por eso se puede permitir el lujo de ser irónica.

Entiende, por ejemplo, que el orgullo y el prejuicio son condiciones naturales del hombre. Y que son tan naturales que no se las ahorran ni los más listos ni los más educados ni los más humildes ni sencillos. Y entiendo, como van entendiendo sus personajes, la tensión que existe entre los sentimientos y la razón y entre, por ejemplo, la naturaleza del deseo amoroso y la convención del matrimonio y la vida familiar.

Al constatar esta tensión, no son pocos los que se entregan a la tragedia romántica, pero Austen, con gran sensatez, prefiere abrazar la ironía conservadora. El romántico prefiere la soledad o la muerte porque no puede soportar las hipocresías de la vida en comunidad, pero Austen comprende que las convenciones son necesarias precisamente porque nuestra naturaleza es erótica y por eso política; que si no hay en la naturaleza ningún lugar al que podamos volver para vivir felices y en paz con nosotros mismos, bien tendremos que aprender a vivir y convivir con nuestros imperfectos semejantes.

Austen entiende que las costumbres y convenciones no son más que la forma que tiene nuestra naturaleza de manifestarse y por eso puede, como decía Allan Bloom, “presentar una imagen razonable de lo que parece una esperanza muy poco razonable; la armónica unión del deseo sexual con el amor, el matrimonio y la amistad”. Porque sólo desde esta convencional vida en sociedad podemos aspirar a satisfacer las mejores posibilidades de nuestra naturaleza.

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El nuevo Spiderman es un adolescente millennial

Nerea Dolara

Foto: IMDB
IMDB

La película que vuelve a presentar a Peter Parker, se acerca al público adolescente con un protagonista coetáneo. Es una renovación del universo de los héroes.

En sus primeras dos semanas Spiderman ha recaudado más de 200 millones de dólares sólo en Estados Unidos. El hombre araña ha tenido tres iteraciones distintas en menos de 15 años, la última vez que otro actor lo interpretó fue hace menos de cinco. Pero es esta, la de Tom Holland, la que lo incluye en el Universo Cinematográfico de Marvel (un trato con Sony que les permite acceso al personaje), la que parece estar haciendo más mella. No, no es que las anteriores no hubiesen tenido éxito. Lo tuvieron (nunca contar la tercera entrega con Tobey Maguire, un horror) pero Holland llega a refrescar a un personaje que la insistencia de los estudios por revivir una y otra vez había convertido en aburrido.

La razón de esa insistencia es que antes de que Marvel decidiera hacer sus propias películas otros estudios habían adquirido los derechos de sus personajes (de ahí la existencia de los X-Men fuera del universo o los intentos frustrados con Los cuatro fantásticos). Sony tenía en sus manos a Spidey y no quería soltarlo con facilidad. Así que lo rebooteo dos veces en menos de 10 años, con actores diferentes y volviendo a su historia de origen (¿a alguien se le podrá olvidar jamás que le picó una araña radioactiva? No. De la misma forma que nadie podrá nunca olvidar haber visto cuatro veces en la historia reciente a Batman caer en un pozo lleno de murciélagos).

Marvel, que tras años logró negociar una custodia conjunta con Sony, lo presentó con poco bombo en Capitán América: Civil War, para luego colaborar con su propia aventura, esta nueva entrega que se ha ganado a la crítica y al público.

El nuevo Spiderman es un adolescente millennial 2
Tom Holland | Photo via hdqwalls.com

Parte del encanto de la película es que Holland interpreta a un Peter Parker de 15 años, aún estudiante de bachillerato, que realmente tiene un rango inferior a los otros vengadores. Y eso no es malo. Holland es un Peter millennial, que se emociona con el vídeo que lleva en el móvil de cuando participó en la pelea entre vengadores como lo haría cualquier jovencito, que le habla a un público más joven y que le responde a la tendencia a lo oscuro en el mundo superhéroe (sí, es contigo universo de DC… obviando la excelente Wonder Woman) con una puñeta repleta de humor, vida y una historia de alcance más reducido, que confía en el encanto de un joven actor para contar una historia en la que no, no toda la galaxia y la humanidad van a desaparecer (ya para eso tienen otras películas).

“Este hombre araña se presenta como un respiro en unos cines llenos de batallas gigantes por la supervivencia de nuestra especie, y de todas las especies, en todas las galaxias.”

Y no sólo se trata de que Holland sea un verdadero millennial en que el público joven se ve representado. Zendaya, artista pop con 8 millones de seguidores en Twitter, aparece también en la película. Y el director le pidió a su protagonista que mirase cine y series para adolescentes (los de la suya, eso sí) como las cintas de John Hughes o Freaks & Geeks (uno de los guionistas es el ex actor de la serie, John Francis Daley) para inspirarse para su personaje. La idea era construir a un Spidey cercano y humano, hacerlo terrenal ante la grandiosas de otros personajes que están comenzando a tener problemas por su uso excesivo de la fuerza (aunque sea para salvar al planeta).

Este hombre araña se alimenta del espíritu joven y jovial de sus dos predecesores, pero además se presenta como un respiro en unos cines llenos de batallas gigantes por la supervivencia de nuestra especie, y de todas las especies, en todas las galaxias… Holland es un buen ejemplo de un camino que el cine de superhéroes comienza a recorrer, diversificando su universo y dando paso a nuevas generaciones de héroes con otro tipo de aventuras. No se olvide que Tony Stark, Capitán América o Thor, ya ni mencionar al envejecido Logan o al barbudo Bruce Wayne interpretado por Ben Affleck, llevan años en esto… y el tiempo no será tan generoso con los actores (que tienen contratos de varios años) como lo sería con sus alter egos.

Así que tienen a Spiderman, un adolescente sobrado y tímido (sí, tiene emociones encontradas e intensas como cualquier miembro de su quinta), con smartphone y redes sociales. Es el nuevo héroe millennial y tras él, muy probablemente, vengan muchos más.

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