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Pasaportes y 'freesas' en la bienal de Venecia como respuesta a la crisis de refugiados

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Stefano Rellandini
Reuters

En 1992, en medio del colapso del socialismo y de la desintegración de la Yugoslavia tumultuosa, un grupo de artistas se unieron para crear un estado de ficción utópica en Eslovenia, el ‘Nuevo Arte Esloveno‘ (NSK, por sus siglas en alemán). Ahora, 25 años más tarde, el colectivo NSK tiene un pabellón nacional en la 57ª edición de la Bienal de Venecia y entrega pasaportes a cualquier persona que desee convertirse en un ciudadano de su “nación”, siempre y cuando se cumplan los requisitos y se consiga superar todas las trabas existentes para acceder al documento de identidad.

El colectivo artístico busca mostrar a los visitantes el proceso al que muchos refugiados se enfrentan a diario.

El NSK, el único Estado sin territorio físico que tiene un pabellón en la bienal, se considera un estado sin fronteras y asegura que su “único territorio es la dimensión del tiempo”. Se trata de un país no reconocido oficialmente y su pasaporte no es un documento válido para viajar por otros países, pero sí una reivindicación artística como respuesta a la crisis de refugiados.

Pasaportes y 'freesas' en la bienal de Venecia como respuesta a la crisis de refugiados 1
Pasaportes del NSK | Foto: cortesía del NSK State Pavilion

El artista turco Ahmet Öğüt es el comisario de la instalación, una especie de oficina de expedición de pasaportes a la que pueden acceder los miles de visitantes que fluyen fácilmente y legalmente por Venecia para que puedan enfrentarse al desesperante trámite burocrático que deben superar todos los refugiados que buscan asilo en Europa.

Una vez en el pabellón de NSK, los visitantes son sometidos a una serie de obstáculos. Tras cruzar una cortina,  deben acceder por unas escaleras inclinadas y con ruedas al piso superior, que es donde se encuentra la oficina de expedición de pasaportes. Otra opción, para los más atrevidos, es acceder a través de la cama elástica que hay en la exposición.

Pasaportes y 'freesas' en la bienal de Venecia como respuesta a la crisis de refugiados 2
El comisario, Ahmet Öğüt | Foto: Batu Tezyüksel, cortesía del artista

Los cuatro agentes designados por NSK para procesar los documentos legales del estado también son muy diferentes de los burócratas que normalmente se encuentran sentados detrás de un escritorio de emisión de pasaportes. Con la ayuda de las ONGs locales, NSK trabaja con cuatro refugiados que han realizado viajes peligrosos desde Nigeria, Ghana e India, antes de terminar en las costas de Italia. Los refugiados actuarán como los funcionarios del pabellón durante los seis meses que dura la Bienal.

Las ‘freesas‘ de Túnez

El NSK no es el único pabellón que ofrece una propuesta de este estilo en la Bienal. El pabellón de Túnez también ha elegido realizar una exposición de arte no tradicional, y en su lugar ha creado un quiosco de emisión de unas visas muy especiales, las ‘freesas, unos documentos que representan un mundo idílico donde “los seres humanos pueden fluir libremente de un país a otro”.

El colectivo de artistas ‘La ausencia de Caminos’, que representa a Túnez este año en la Bienal de Venecia a través de su comisaria, Lina Lazaar, propone un lugar más simbólico e interactivo para fomentar la reflexión sobre el tema de las fronteras y poner de relieve el espíritu de la propia Bienal, sobre la base de una ausencia de éstas. La exposición se verá enriquecida continuamente por diversas contribuciones de los artistas a lo largo de la Bienal para crear una obra de arte al final, que incluirá las obras más importantes presentadas.

A través de tres puntos simbólicos y una plataforma en línea, permitirá a los visitantes estampar su huella en la visa que recibirán en un pequeño libro azul que incluye estadísticas alarmantes sobre la crisis de los refugiados (3,2 millones de personas se encuentran actualmente en un limbo legal) e información sobre pasaportes (un pasaporte alemán es mucho más poderoso que otros, ya que permite obtener una visa gratuita en 176 países).

En la primera página de este libro azul se puede leer un poema persa del del siglo XIII del estudioso del Islam, Maulana Rumi, que dice:

“Yo no he venido aquí por mi propia voluntad,
y no me puedo ir así.
Quienquiera que me haya traído aquí,
tendrá que llevarme a casa”.

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Librería Lello: compre una entrada y podrá adquirir libros

Anna Maria Iglesia

Son las once de la mañana en Oporto y frente a la Librería Lello ya se agolpa un gran número de turistas esperando su turno para entrar. Todos ellos forman una rigurosa cola, escrupulosamente ordenada por el vigilante que, en la puerta de la librería, controla la lenta entrada de clientes. Delimitada por un cordón rojo que la enmarca en el lado izquierdo de la Rúa das Carmelitas, permitiendo así el continuo tráfico de transeúntes que recorren el centro histórico y universitario de Oporto – a pocos metros, en la Praça de Gomes Teixeira, se levanta la vieja Universidad, donde ya tan solo quedan algunas facultades-, la cola de turistas expectantes para entrar en la que el escritor Enrique Vila-Matas definió como una de las librerías más bonitas del mundo llega hasta la esquina con Rúa dos Clérigos.

El turista voluntariamente despistado, aquel que llega a la ciudad decidido a perderse, sin el minucioso conocimiento de quienes memorizan las guías, todas ellas adecuadamente patrocinadas, y ejecutan diligentemente el recorrido que éstas le indican, no podrá sino sorprenderse ante la larga cola que ocupa media acera y que tiene como objetivo la entrada en una librería, de cuya puerta, dividida en dos para no confundir las entradas de las salidas, sale continuamente gente de todas las nacionalidades, pero no necesariamente o, mejor dicho, no tan habitualmente como uno podría pensar –al fin y al cabo, uno entra en una librería para comprar libros- con un libro bajo el brazo.

La Librería Lello: compre una entrada y podrá adquirir libros 2
Turistas en la librería Lello | Imagen: Anna María Iglesia

Una podría dejarse llevar por vacuas y poéticas palabras y escribir el más bello elogio –siempre y cuando tenga la destreza necesaria para hacerlo- sobre ese grupo de personas, todas ellas provenientes de lugares geográficos distintos, expectante para entrar en una librería, convertida en centro de atención de la pequeña ciudad portuguesa. Sin embargo, la realidad desmentiría tan idealizado encomio: todos los allí reunidos no hacen sino seguir el ritual que toda guía de Oporto indica.

De la misma manera que autobuses llenos de turistas chinos se detienen casi a cada hora frente al centro comercial Lafayette en París, los turistas que llegan a Oporto acuden raudos a la Rúa das Carmelitas, donde la Librería Lello ejerce el perfecto papel de lugar de interés turístico, cuyo acceso, –business is business– obliga a la compra de un ticket por el precio de cuatro euros.

“Si compra un libro, le descontamos los 4 euros”, tranquiliza el vigilante a los pocos sorprendidos ante el hecho de que para entrar en una librería no sólo haya que hacer cola, sino también comprar una entrada. Algunos, incrédulos ante esta circunstancia, creen que a lo mejor la compra de una entrada se debe a que se esté celebrando una presentación de un libro –hay que recordar que, en otros países europeos, véase Alemania, no es infrecuente pagar para acudir a una presentación. “Si hay una presentación, ya vuelvo mañana”, le insisten al conserje, que con tono condescendiente les avisa: “Siempre es así. Si quiere encontrar poca gente, venga a la hora de comer, pero siempre hay cola”.

“Están los libros, pero faltan los lectores.”

A pocos metros de la librería, casi en la esquina de Rúa das Carmelitas con Rúa do. Dr. Ferreira da Silva, se encuentra la tienda donde se venden las entradas y una serie de objetos turísticos, ninguno relacionado con el mundo de los libros. La caja está al fondo, justo antes de llegar a unas escaleras por las que no deja de subir y bajar gente y que llevan a una pequeña sala, en cuya pared está pintada la ya famosa estación de tren desde la cual Harry Potter parte hacia Hogwarts. Tras la cola en la librería y la cola en la caja para comprar la entrada, ahora en aquella sala encontramos la tercera cola: esta vez para fotografiarse frente a la pared donde se recrea la estación de tren. Tan pocos resisten la tentación de fotografiarse frente al mural como pocos salen de la tienda sin la entrada y sin algún gadget que remita a la saga cinematográfica basada en las novelas de J. K. Rowling.

Es entonces cuando uno entiende que gran parte del interés turístico por la librería gira alrededor del mundo de Potter. Y no porque la película fuera rodada allí, sino porque sirvió como inspiración –en concreto la majestuosa escalera de madera y de rojos peldaños que da acceso a la segunda planta, desde donde se puente contemplar la vidriera que ocupa el centro del techo y desde la cual se filtra la luz del exterior- para la construcción algunos de los decorados de la película.

La Librería Lello: compre una entrada y podrá adquirir libros 1
La librería Lello antes del masificarse | Imagen: Aurélio da Paz dos

Fundada en 1869 por Ernesto Chardron, con el nombre de Librería Chardon, se instaló en un primer momento en Rúa dos Clérigos, número 296-298. Fue solamente en 1906, con Chardon ya fallecido y la librería en manos de los hermanos Lello, que la Librería Lello e Irmão se trasladaría al recién inaugurado edificio, obra del ingeniero Xavier Esteves. Fue el 13 de enero de 1906 cuando la librería abrió por primera vez sus puertas y el edificio neogótico de dos plantas se presentó ante la sociedad de Oporto.

Desde ese 13 de enero, la librería nunca exigió el pago de ninguna entrada, nunca hasta el año 2015, cuando se decidió que todo aquel que quisiera visitar la librería debía pagar tres euros, que se descontarían de la compra de cualquier libro. Dos años más tarde, el precio de la entrada ha subido un euro, los turistas no dejan de aumentar y la historia de la Librería Lello se desvanece en el olvido. No es el interés por los libros, ni por la arquitectura, ni por el extraordinario trabajo de carpintería y orfebrería lo que despierta el interés de gran parte de los que allí acuden. Los bustos esculpidos por Romao Júnior de alguno de los escritores más insignes de la literatura portuguesa como Antero de Quental, Camilo Castelo Branco, Eça de Queirós, Guerra Junqueiro o Teófilo Braga pasan casi desapercibidos; toda la atención se dirige hacia las escaleras, aquellas que más de uno no duda en describir como “las escaleras de Hogwarts”.

La Librería Lello: compre una entrada y podrá adquirir libros
Foto: Anna María Iglesia

Hay lectores; hay quien se detiene frente a las altas estanterías que recubren las paredes de la librería; hay quien consulta libros, en busca de un autor en lengua portuguesa que todavía le es desconocido, quien busca a Pessoa en su idioma, quien se lleva bajo su brazo O Crime do Padre Amaro de Eça de Queirós o la poesía de Antero de Quental, quien opta por el renacentista Luís de Camões o por la narrativa actual de José Luis Peixoto. Pero todos ellos son una minoría, puede que una minoría selecta, pero siempre minoría.

La Librería Lello se ha ido convirtiendo en un lugar turístico, en un lugar de foto del que se pueda decir: “Yo también estuve allí”. El pago de la entrada, oficialmente justificado por el excesivo número de visitantes, es una prueba más de que la Librería Lello ha entrado dentro de la devoradora maquinaria del turismo. Y no es la única: algo parecido podría decirse de Shakespeare and Co., donde la cantidad de turistas hace casi imposible detenerse en busca de un libro de interés. ¿Cuántos lectores de Oporto acudirán a Lello? ¿Cuántos lectores estarán dispuestos a pagar cuatro euros y esperar treinta minutos antes de poder entrar en la librería, rebuscar entre sus estantes y comprar un libro? Ahora que el debate sobre el turismo está sobre la mesa, la Librería Lello obliga a preguntarse cuán responsables somos de la “turistificación” de los espacios de nuestra ciudad.

Sigue siendo una de las librerías más bellas del mundo, pero cada vez se parece menos a una librería. Están los libros, pero faltan los lectores. Faltan los lectores, aquellos que acuden en busca de un nuevo libro, que se entretienen con el librero pidiendo consejo y recomendaciones, que se pierden entre las estanterías hasta no encontrar el título que desean, que buscan un libro y no un souvenir del lugar. ¿Qué sentido tiene una librería que posterga la entrada en una interminable espera, que no permite el entrar ocioso, aquel que no va dirigido a la compra de nada y que termina con uno o más títulos sobre el mostrador de la caja? En definitiva, ¿qué sentido tiene una librería que ya no busca lectores, sino turistas?

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El Airbnb para artistas en el que se paga con cuadros y esculturas

Bea Guillén Torres

Foto: Luanna Lee

Se busca un artista que pueda pintar un tríptico en la pared de un apartamento en Montreal (Canadá). A cambio, se ofrece alojamiento y comida durante todo el tiempo que dure la obra. En la otra costa del Atlántico, el dueño de un hotel en Lisboa (Portugal) necesita graffiteros que puedan “llevar a otro nivel” la decoración de algunas habitaciones. El pago es la vida en la capital lusa. Y en la jungla urbana de Bangkok, en Tailandia, una residencia de artistas mantiene su esencia con la creatividad de sus visitantes, a los que además de un dormitorio les facilita los materiales. No hay dinero, ni tarjetas, no hay más pago que la creación. Es un Airbnb para artistas.

Los propulsores de estos tres proyectos no se conocen, entre ellos hay océanos y millones de kilómetros, pero todos comparten una idea común y una aplicación web: Artvl. Detrás de estas siglas, cuyo significado es art travel (arte viajero), está Luanna Lee, una joven china de 32 años que quiere cambiar la forma en la que viven y viajan los artistas.

El Airbnb para artistas en el que se paga con cuadros y esculturas 3
La creadora de la ‘app’, Luanna Lee pintando una de sus obras en una residencia en Tailandia a cambio de alojamiento. | Foto: Hikki10/Luana Lee

Artvl es lo más parecido a un Airbnb para pintores, escultores, fotógrafos, músicos, grafiteros, muralistas, retratistas… Es una aplicación para aquellos que no necesitan dinero porque pueden aportar algo distinto. La idea es que los artistas puedan ofrecer sus creaciones a cambio de alojamiento, comida o materiales en cualquier parte del globo y así llenar el mundo de más arte, según explica Lee en una entrevista con The Objective.

Una idea africana

La idea surgió hace apenas unos meses. En febrero, Lee terminó un viaje de recorrido por varios países de África. Uno de ellos fue Angola. Lee estaba en Luanda esperando que le concedieran los visados para viajar a otras regiones y ya no tenía los recursos para quedarse en la ciudad, que es la más cara del mundo. “Un día compartiendo un taxi con la responsable de un hotel, le enseñé mi trabajo y bromeando le dije: ‘¿Me alojarías un mes mientras pinto un mural en tu hotel?’. Me esperaba un no como respuesta, pero me dijo ‘¡claro, hagámoslo!”, cuenta Lee.

Ahí empezó todo. La joven llenó tres paredes de grandes graffitis: “Ni siquiera me pidió un borrador, me dejó pintar en mi estilo”. Durante un mes vivió y comió allí gratis. Hasta que le llegaron las visas. Después siguió su viaje. Solo se dio cuenta de la importancia de la idea una vez de vuelta en Shangái. Allí trató de montar su propio negocio como agencia de publicidad. “Lo hacía mientras buscaba una idea que hiciera ‘click’ con mi corazón. Entonces, en mayo recordé mi experiencia con la responsable del hotel”, explica.

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Uno de los murales que Lee pintó en el hotel de Luanda. | Foto: Hikki10/Luanna Lee

Cuando se lo comentó a sus otros amigos artistas, todos coincidieron en que habían pasado por experiencias similares. “Me inspiró para empezar Artvl, que toda la gente creativa que ama viajar y toda la gente que aprecia el arte pudieran disfrutar de esta maravillosa experiencia”.

¿Cómo funciona Artvl?

De momento, la aplicación se lanzó para la web a principios de julio, ya hay 800 usuarios activos. Pero la mayoría de ellos son artistas, en vez de anfitriones, reconoce Lee. “Necesitamos encontrar la manera de equilibrar los números, para que artistas muy talentosos puedan ser alojados mientras viajan, y los amantes del arte puedan ver más creaciones haciéndose”, confiesa la fundadora.

Una vez se encuentran la simbiosis es increíble. Lee ha plasmado en un vídeo el encuentro que tuvieron en Tailandia un tatuador, dos fotógrafos, cuatro grafiteros, un grupo de música, un documentalista y un pintor. Todos ellos fueron invitados a dos hoteles en Bangkok y Chiangmai. Pintaron murales, hicieron tatuajes y fotografiaron para los dueños.

Artrvl in Thailand from Artrvl on Vimeo.

Aunque Artrvl sigue estando muy, muy lejos de los números del Airbnb porque su público también es más reducido. La reacción de los artistas muestra el verdadero porqué del proyecto: “¿Por qué pagar por el alquiler de un estudio cuando puedes tener el mundo como un estudio portátil?”.

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6 destinos geográficos definitivos para el pasaporte de 6 célebres escritores

Romhy Cubas

Foto: Julio Ubiña vía Ayuntamiento de Pamplona

Qué sería de García Márquez sin ese anclaje sentimental hacia Cuba y sus personajes, o de García Lorca sin aquella reveladora visita a la ciudad de Nueva York. Qué sería de los Fitzgerald sin las noches de jazz en París o de Capote sin sus veranos en la Costa Brava.

La geografía es definitiva para el carácter de una persona, la tierra y la patria se pegan a sus sombras y evitarla se hace contradictorio, pero además del paisaje que establece la nacionalidad también existen otros paisajes -breves o prolongados- los cuales se revelan decisivos durante su estancia. Si hay una profesión que expresa mejor que ninguna el apego y desamor que viene con las raíces natales es la del escritor; es inevitable que las aceras y maneras de las ciudades que este pisa no se reflejen en sus historias y personajes.

Algunos prefieren dejarle a la imaginación lo que el cuerpo no llega a percibir, pero otros peregrinan por el mundo buscando las respuestas que en casa no lograron encontrar. Los pasaportes de estos seis escritores fueron sellados muchas veces –algunos más que otros- pero todos hicieron algún viaje: por trabajo, por placer o por necesidad, que marcó el centro de sus relatos, reincidiendo en sus obras casi inconscientemente.

Las carreteras y geografías de estos destinos plantaron las semillas para algunos de los clásicos literarios más evocados de los últimos siglos.

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Pasaporte de la escritora británica Virginia Woolf expedido en 1923 | Imagen vía: Open Culture

Virginia Woolf en Alemania

Originaria de Kensington, Londres, Virginia Woolf no fue una exploradora particularmente entusiasta en el campo geográfico; la escritora prefería plasmar sus ideas en tinta y papel, sin tomar largas carreteras o ferris hacia otros continentes. Sus preferencias de viajes se aferraban a su misma ciudad, primaveras con amigos y familiares en exclusivas casas de campo en donde el bohemio grupo literario de Bloomsbury pintaba, escribía e intercambiaba posturas, o caminatas a través del rió en la casa de Charleston, Sussex, de su hermana Vanessa Woolf.

La autora estuvo en Irlanda, Suiza, Francia e Italia, pero de sus viajes el más recordado y tal vez angustioso fue en 1935 cuando Virginia y su esposo Leonard Woolf, de camino a visitar Italia y Francia, atravesaron una Alemania que cantaba ideologías nazis bajo las alas de Hitler. Por las raíces judías de Leonard la oficina de extranjería en Inglaterra le advirtió a la pareja de los inconvenientes que podrían surgir en el camino, pero la dupla partió de todas formas junto a su mascota Mitzi, dejando como una especie de garantía de seguridad una carta del Príncipe Bismarck, quien trabajaba en la embajada de Alemania en Londres.

En Viajes con Virginia Woolf de Jan Morris el atajo de estos tres días es relatado con los mismos diarios de la poeta, quien escribía en la carretera:

“Sentada en el sol afuera de los controles alemanes. Un carro con una esvástica en la parte trasera de la ventana acaba de pasar a través de la barrera hacia Alemania. L (Leonard) está en la aduana… ¿Debería acercarme a ver lo que sucede? (…) Junto a los rines sentados en la ventana. Somos perseguidos al cruzar el río por Hitler (o Goering) mientras pasamos a través de filas de niños con banderas rojas. Le gritan a Mitzi. Levanto mi mano. Las personas se reúnen bajo el sol –con movimientos forzados como deportistas de colegio-. Las pancartas que se expanden en la calle dicen “El judío es nuestro enemigo” “Aquí no hay lugar para los judíos”. Así que silbamos con ellos hasta que salimos del campo de visión de aquella dócil e histérica multitud. Nuestra sumisión se convierte gradualmente en rabia. Nervios quebrados”

Leonard, en su autobiografía, recuerda el mismo incidente reconociendo que de no ser por su perra Mitzi los controles alemanes no hubieran sido tan amables. “Nadie que tuviera en sus hombros a una pequeña dulzura como aquella podía ser judío”, escribió.

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Pasaportes del escritor irlandés James Joyce y su familia, Nora Joyce y George Joyce | Imagen vía: Open Culture

James Joyce en Suiza

Suiza fue el refugio del escritor irlandés James Joyce y su familia durante ambas guerras mundiales, también fue el lugar en donde falleció en 1941 luego ser operado de una úlcera intestinal, tenía 59 años. Zürich es una ciudad clave para sus obras, aquí además de pasar por numerosas direcciones y apartamentos –más de cuatro- el autor escribió una fracción importante de Ulises, su obra más elogiada.

Joyce tuvo una relación complicada con su tierra natal, la guerra y el catolicismo lacerante en aquella época en el país aumentaron dicha rivalidad. Aunque su obra más conocida se inspira –literalmente- en una “odisea” geográfica, probablemente debido a la guerra, sus viajes fueron más por urgencia que por placer.

Su primer viaje a Suiza fue de corta duración, al no conseguir empleo se mudó con su pareja Norah Joyce hacia Trieste, entonces parte del imperio austrohúngaro. Al estallar la Primera Guerra Mundial Joyce es declarado persona non grata en Trieste y huye junto a su familia de regreso a Zürich. Fritz Senn, uno de los académicos con mayor conocimiento del escritor, explica que aunque este nunca fue muy sociable “con el tiempo Zürich comenzó a gustarle…le gustaban los ríos y prefería estar allí donde se juntan”, señala.

Joyce pasaba las tardes en el restaurante Pfauen, cerca del museo de arte y en el famoso Café Odeón. En la Kronenhalle, situada en la Rämistrasse cenaba con conocidos. En la Biblioteca Central de Zúrich pedía libros prestados sobre Homero y la Odisea y durante sus visitas a la ciudad, antes de establecerse con su familia, se hospedó en hoteles de lujo como el Gotthard y el Carlton Elite, situados en la Bahnhofstrasse.

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Fotos de pasaporte de Scott, Zelda y Frances Fitzgerald | Imagen vía: Open Culture

Los Fitzgerald en París

Francis Scott Fitzgerald y Zelda Fitzgerald fueron una pareja de escritores cuya pasión por el arte y lo bohemio se asentó en Europa con la llamada “generación perdida”, específicamente en París, Francia. El autor de El Gran Gatsby vacacionaba en lujosos hoteles y bares de la ciudad y frecuentaba los bares de jazz más famosos y ruidosos que podía encontrar. Su corta vida fue agitada, entre Nueva York, Francia, Suiza, Norteamérica y algunos intermedios los hoteles fueron su principal hogar, además de inspiración ante futuros relatos.

La pareja norteamericana encontró su mayor ala artística en sus viajes a la ciudad de los croissants y los cafés. En un principio se alojaban en lujosos hoteles como El Saint James Albany, en París, de donde fueron expulsados por “mal comportamiento” y el Hôtel du Cap-Eden-Roc en Antibes, en donde pasaron un verano de 1925 junto a su hija, frecuentando amistades como las de Picasso y Cole Porter.

De sus viajes, el que hicieron hacia la Villa St. Louis, una casa rentada frente al mar en donde Fitzgerald escribió El Gran Gatsby es de los más recordados. Desde esta terraza se podía ver el océano y el parpadeo de la luz del faro al otro extremo de la isla, el parecido con algunas de las escenas más emblemáticas de Gatsby, en donde a menudo el faro se interpone entre este y su amor imposible, Daisy, no es casualidad.

En la comuna de Juan-Les-Pins de la ciudad de Antibes hoy todavía se pueden ver las villas detrás de lujosos Yates, aquí los Fitzgerald vivieron por dos años entre ostentosas mansiones greco romanas y esencias de verano. Scott la recuerda como una de sus épocas más felices; sin embargo fue aquí en donde comenzó el colapso mental de Zelda que la llevaría a ser institucionalizada en América. En su libro Suave es la noche con la perfecta descripción del Hôtel du Cap-Eden-Roc se evidencia la influencia de aquellos años en la isla en donde el jazz a todo volumen no pudo evitar el colapso de su matrimonio.

La familia Fitzgerald dejó las Antibes luego de 1927 para nunca más regresar.

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Pasaporte del escritor Truman Capote | Imagen vía: Open Culture

 

Truman Capote en la Costa Brava de España

El retiro de Capote en la Costa Brava para escribir A Sangre Fría es conocido con poco detalle más allá de la gran atención que suponía la historia de los asesinatos, pero las playas de España significaron algo más en la vida de Capote que un espacio de verano. La influencia de sus paisajes se pueden leer en su relato Un viaje por España, en el cual resalta ese clima cálido y reflexivo que le permitió desenredar aquellos miles de folios recopilados en su calidad de reportero.

Además de pasar 18 meses en Palamós durante los veranos de 1960, 1961 y 1962 y acabar su novela más aclamada, fue aquí en donde se enteró de la muerte de su amiga, la “adorable criatura”, Marilyn Monroe. Cuentan que cuando Capote supo del suicidio compró una botella de ginebra y regresó al hotel Trias repitiendo desolado por la calles “¡Mi amiga ha muerto! ¡Mi amiga ha muerto!”.

Sus tres temporadas en la Costa Brava las pasó encerrado y en pijama, de hecho su compañía más constante fueron sus mascotas: un bulldog, un caniche ciego y una gata siamesa. Luego de vivir inmerso en la alta sociedad de Nueva York, el 26 de abril de 1960 llegó a la Costa, según relata Màrius Carol en su novela El hombre de los pijamas de seda, con 4.000 folios de apuntes sobre el caso. “Viajó en barco desde Nueva York, llegó a Le Havre y cruzó toda Francia en coche: llevaba 25 maletas”.

Primero se hospedó en una casa de la playa de La Catifa, de allí pasó a otra situada en el Comtat Sant Jordi, junto a Playa de Aro, y finalmente se instaló el último año en una imponente finca en Cala Senià. Capote comía zarzuela de pescado y recibía pocos invitados. De no ser por su compañero sentimental, Jack, el escritor hubiera comprado aquella casa de Palamós en la que se alojó en el verano del 62; sin embargo, la pareja partió a los Alpes suizos y esa fue la última vez que Palamós supo de Capote.

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Pasaporte del escritor estadounidense Ernest Hemingway emitido en 1957 | Imagen vía: Open Culture

Ernest Hemingway en Cuba

Hemingway fue un “mochilero” innato, a diferencia de otros escritores la guerra no le impidió viajar por el mundo, fue de hecho gracias a esta que partió como corresponsal en 1937 y conoció España durante la guerra civil, experiencia que luego retrataría en “Por quién doblan las campanas”. Nativo de Illinois en Estados Unidos, el autor de El viejo y el mar pasó por París, Pamplona, Madrid, varias ciudades de África, Venecia, Londres y Normandía. Aunque el mediterráneo sirvió como tremenda autoridad en sus obras, fue especialmente Cuba, La Habana y Fidel Castro los que sellaron su pasaporte durante veintidós años en los cuales vivió en la isla con su tercera esposa Martha Gellhorn.

En Cuba vivió en una finca –La Finca Vigía- en las Colinas de La Habana. Fue aquí donde escribió “El viejo y el mar” y en donde recibió la noticia de que había ganado el Premio Nobel de Literatura en 1954. “Este premio pertenece a Cuba, porque mi trabajo fue concebido y creado en Cuba”, recalcó el autor.

Su primer viaje a la isla fue en la década de los 20; sin embargo, se encontraría volviendo a sus mares hasta poco antes de su fallecimiento en 1961 en Idaho, Estados Unidos.

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Pasaporte del poeta español Gabriel García Lorca expedido en Granada en junio de 1929 Lorca | Imagen vía: Open Culture

Federico García Lorca en Nueva York

Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos. (Fragmento de poema Nueva York)

García Lorca nació y murió en España, pero no sería nadie sin Nueva York. Muestra de esto el apodo que él mismo utilizó para describir su viaje, el de un “poeta” en la ciudad. El autor de Romancero Gitano encontró en aquella urbe cosmopolita de los años veinte, muy diferente de la represiva España de la que procedía, un lugar en donde su homosexualidad no era cuestionada. Aquí frecuentó bares y amantes, y por primera vez sintió que había un lugar en el mundo para sus gustos y preferencias –artísticas y sexuales–.

En Nueva York pasó noches en vela escribiendo poesía, y de estas nace Poeta en Nueva York, hoy en día una de las obras centrales de la lírica contemporánea. En esta exhausta descripción poética de la ciudad en español revela las trabas sociales y de clases no solo del inmigrante en América sino del norteamericano, recordando además la llamada crisis del crack del 29, conocida como la más catastrófica caída del mercado de valores en la Bolsa en Estados Unidos.

Aunque su estancia fue corta, entre 1929 y 1930, en las aceras y barrios de Nueva York conoció una voz que no había encontrado en otros paisajes, recreando una de sus épocas más productivas como escritor y poeta.

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Shinobu Hashimoto: “Cuando somos humildes nuestra obra vive más”

Beatriz García

Foto: Stefania Vara
The Objective

El ceramista japonés ha participado en la tercera edición de Japanese Days, unas jornadas de cerámica japonesa que se celebran anualmente en la localidad barcelonesa de Santa María de Palautordera.

El ceramista japonés Shinobu Hashimoto es misterioso, poco hablador, cuesta arrancarle una sonrisa y su cabello largo y sus tatuajes le confieren aspecto de tipo duro. Y sin embargo, su interior es delicado, amoroso, elegante, esencialmente humilde, preocupado por servir a los otros y embellecer, como él mismo dice, sus vidas. Ha conseguido imprimirle a su cerámica un estilo tan propio que basta con mirarla para ver al hombre y también al artista, aunque él insista en que no lo es. “Yo no hago obras de arte, sino objetos para que los utilice la gente. En Occidente vosotros empleáis el término ‘artista’ de un modo muy amplio, pero yo soy yakimono ya, un artesano de la cerámica, igual que los carpinteros o los mecánicos. Somos gente de oficio, no artistas”.

Shinobu ha visitado Barcelona para participar en Japanese Days, unas jornadas de cerámica japonesa que se celebran en Santa María de Palautordera y a las que acuden anualmente grandes artistas japoneses para compartir el secreto de la elaboración de sus piezas. “En Japón cada prefectura tiene un estilo de cerámica. Puedes encontrar porcelanas muy finas, de influencia china, y otras más sobrias y toscas, más coreanas, y luego está el propio sello del artista. Los japoneses son especialistas en técnicas muy concretas y siguen utilizando hornos de leña donde las piezas tardan seis días en cocerse. Pero la cerámica de Shinobu Hashimoto es diferente; tiene un estilo muy personal, moderno, casi europeo”, cuenta la ceramista Penélope Vallejo, organizadora de Japanese Days.

“Cada persona tiene algo único, si te dedicas a mirar lo que hacen los demás todas las obras se acaban pareciendo”

El secreto de la originalidad de este ceramista es sencillo, a Hashimoto no le interesa lo que hagan otros, para sacar su esencia evita “contaminarse” de las ideas ajenas. Sólo así consigue que su interior se exprese libre. “Soy autodidacta. Hace catorce años descubrí la cerámica en un taller de un día, me gustó, tomé un curso introductorio de pocos meses para conocer el funcionamiento del torno y poco más. Desde entonces he aprendido solo y afirmo que cada persona tiene algo único; si te dedicas a mirar lo que hacen los demás todas las obras se acaban pareciendo. Lo más importante es lo que sale de dentro”.

Shinobu Hashimoto: “Cuando somos humildes nuestra obra vive más” 2
Para Hashimoto lo principal no son sus obras, sino embellecer la vida de la gente. | Imagen de Stefanía Vara

No se propone crear teteras perfectas ni imperfectas, ni se pregunta a priori sobre la belleza de sus platos y tazas, ni si debería crear algo novedoso. “No tengo tiempo para eso, si pienso en que debería hacer algo nuevo me desvío de mi propósito. Sigo una línea para mis piezas y cuando sienta que quiero hacer algo nuevo, lo haré. Hasta entonces, espero que llegue ese momento…”, explica.

Las heridas que nos definen

Mientras que en Occidente y por influencia de los ideales griegos belleza es sinónimo de perfección, en Oriente, y especialmente en Japón, lo bello es imperfecto, fugaz y fluye constantemente al igual que la naturaleza. Los jardines zen, el ikebana, la ceremonia del te, los haikus y el kintsugi (la reparación de cerámica agrietada) son artes japoneses basados en la estética wabi-sabi, la belleza que esconden las cicatrices.

Uno de los rasgos más particulares de las piezas de Shinobu Hashimoto es un delicado cuarteado de la superficie. Cuando tornea a veces deja las huellas de sus dedos en la cerámica, hace “huecos” en las piezas que expresan, dice, la inmadurez de corazón. “Si vemos a una modelo perfecta no nos transmite nada y tampoco nos atrevemos a acercarnos, pero si tropieza ya es otra cosa… Estos huecos son espacios en medio de lo bello que dan vida a las obras, pequeñas heridas que las convierten en humanas”.

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El rasgos más característico de su cerámica es el cuarteado de la superficie. Imagen vía Stefanía Vara.

Para Penélope Vallejo, la cerámica es una forma de meditación activa. Ella no se limita a tornear, habla con los materiales, les “sugiere” que se abran o se cierren. Un arte del Aquí y Ahora. “Es una disciplina muy técnica, debes conocer cómo se comportan los materiales porque cuando estás en el torno te riges por las leyes de la física y eres un poco geólogo también. Las rocas y minerales con los que trabajas están en la corteza terrestre, cuando horneas una pieza, en el fondo, se está haciendo una fusión igual que la lava de los volcanes. Y a poco que investigas y conoces a ceramistas de la otra punta del mundo, te das cuenta de que aquello que nos une es mucho mayor que lo que nos separa. Hay muchas coincidencias en la técnica, aunque en Japón, por ejemplo, se tornee al revés”.

“Mis obras acaban cuando la gente las utiliza, se diluyen en el momento en que hacen disfrutar a otros”

En Occidente existe un gran debate sobre si la cerámica es un arte o una artesanía y, según la ceramista, las luchas de etiquetas todavía continúan aunque algo esté cambiando. “En los países orientales la cerámica se considera una de las grandes artes, pero aquí seguimos viéndola como una cosa utilitaria. Ha existido siempre una lucha de etiquetas entre alfareros y ceramistas, que se consideran más refinados, pero hay cada vez más escuelas, cursos y artistas conocidos”, afirma Penélope.

A Shinobu le sorprende que la mayoría de las asistentes al taller que ha impartido en Japanese Days fueran mujeres. “¿No suelen venir hombres? En Japón la mayoría son hombres”, pregunta. “Aquí es más bien al contrario”, le contesta Penélope. A sus cursos en Santa María de Palautordera acuden ceramistas desde países como Israel, Estados Unidos, Francia o Grecia, convirtiendo esta ciudad a los pies del Montseny en un hervidero de arte y artistas internacionales que no tiene nada que envidiar a la siempre hiperactiva Barcelona.

Shinobu Hashimoto: “Cuando somos humildes nuestra obra vive más”
En Oriente la cerámica se considera una de las grandes artes y la imperfección de las piezas las hace humanas. Imagen vía Stefania Vara.

El arte de los finales útiles

Antes de empezar a trabajar, Shinobu tiene ya una imagen mental de lo que quiere conseguir. Lo siguiente es ir restando, pensar en los materiales que utilizará para llegar a su objetivo, cómo se comportarán y cuáles son los pasos “hacia atrás” que deberá seguir, desde el final imaginado al origen y no al contrario. Y entonces, ¿cuándo considera que la obra está acabada? “Cuando la gente la utiliza. Si se sirve comida o bebida en ella la pieza queda difuminada, se diluye en el momento en que está haciendo disfrutar a quien la usa”, concluye.

Ceramistas como Shinobu Hashimoto tienen mucho que enseñarnos a los países occidentales, donde cuesta encontrar a alguien que no se llame a sí mismo artista, incluso artista de la vida. Si el ego son los árboles que no dejan ver el camino, la voluntad de crear un arte que conmueva, que tienda puentes entre lo particular y lo universal y despierte emociones dormidas es tanto servir a uno mismo como a los otros. Por eso, dice el japonés, “cuando somos humildes nuestra obra vive más. Todo debe tener un sentido…” Y añade: ¿Imaginas a un entrevistador que hable más que sus entrevistados?”. No sé si lo dijo por mí o a modo de ejemplo, de todas formas me aplicaré el cuento. A todos nos gusta pensar que lo que hacemos sirve para algo.

El segundo ceramista en visitar Japanese Days será Akira Satake, quien impartirá un taller en octubre titulado ‘Encontrar la belleza en la imperfección’.

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