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Pasaportes y 'freesas' en la bienal de Venecia como respuesta a la crisis de refugiados

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Stefano Rellandini
Reuters

En 1992, en medio del colapso del socialismo y de la desintegración de la Yugoslavia tumultuosa, un grupo de artistas se unieron para crear un estado de ficción utópica en Eslovenia, el ‘Nuevo Arte Esloveno‘ (NSK, por sus siglas en alemán). Ahora, 25 años más tarde, el colectivo NSK tiene un pabellón nacional en la 57ª edición de la Bienal de Venecia y entrega pasaportes a cualquier persona que desee convertirse en un ciudadano de su “nación”, siempre y cuando se cumplan los requisitos y se consiga superar todas las trabas existentes para acceder al documento de identidad.

El colectivo artístico busca mostrar a los visitantes el proceso al que muchos refugiados se enfrentan a diario.

El NSK, el único Estado sin territorio físico que tiene un pabellón en la bienal, se considera un estado sin fronteras y asegura que su “único territorio es la dimensión del tiempo”. Se trata de un país no reconocido oficialmente y su pasaporte no es un documento válido para viajar por otros países, pero sí una reivindicación artística como respuesta a la crisis de refugiados.

Pasaportes y 'freesas' en la bienal de Venecia como respuesta a la crisis de refugiados 1
Pasaportes del NSK | Foto: cortesía del NSK State Pavilion

El artista turco Ahmet Öğüt es el comisario de la instalación, una especie de oficina de expedición de pasaportes a la que pueden acceder los miles de visitantes que fluyen fácilmente y legalmente por Venecia para que puedan enfrentarse al desesperante trámite burocrático que deben superar todos los refugiados que buscan asilo en Europa.

Una vez en el pabellón de NSK, los visitantes son sometidos a una serie de obstáculos. Tras cruzar una cortina,  deben acceder por unas escaleras inclinadas y con ruedas al piso superior, que es donde se encuentra la oficina de expedición de pasaportes. Otra opción, para los más atrevidos, es acceder a través de la cama elástica que hay en la exposición.

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El comisario, Ahmet Öğüt | Foto: Batu Tezyüksel, cortesía del artista

Los cuatro agentes designados por NSK para procesar los documentos legales del estado también son muy diferentes de los burócratas que normalmente se encuentran sentados detrás de un escritorio de emisión de pasaportes. Con la ayuda de las ONGs locales, NSK trabaja con cuatro refugiados que han realizado viajes peligrosos desde Nigeria, Ghana e India, antes de terminar en las costas de Italia. Los refugiados actuarán como los funcionarios del pabellón durante los seis meses que dura la Bienal.

Las ‘freesas‘ de Túnez

El NSK no es el único pabellón que ofrece una propuesta de este estilo en la Bienal. El pabellón de Túnez también ha elegido realizar una exposición de arte no tradicional, y en su lugar ha creado un quiosco de emisión de unas visas muy especiales, las ‘freesas, unos documentos que representan un mundo idílico donde “los seres humanos pueden fluir libremente de un país a otro”.

El colectivo de artistas ‘La ausencia de Caminos’, que representa a Túnez este año en la Bienal de Venecia a través de su comisaria, Lina Lazaar, propone un lugar más simbólico e interactivo para fomentar la reflexión sobre el tema de las fronteras y poner de relieve el espíritu de la propia Bienal, sobre la base de una ausencia de éstas. La exposición se verá enriquecida continuamente por diversas contribuciones de los artistas a lo largo de la Bienal para crear una obra de arte al final, que incluirá las obras más importantes presentadas.

A través de tres puntos simbólicos y una plataforma en línea, permitirá a los visitantes estampar su huella en la visa que recibirán en un pequeño libro azul que incluye estadísticas alarmantes sobre la crisis de los refugiados (3,2 millones de personas se encuentran actualmente en un limbo legal) e información sobre pasaportes (un pasaporte alemán es mucho más poderoso que otros, ya que permite obtener una visa gratuita en 176 países).

En la primera página de este libro azul se puede leer un poema persa del del siglo XIII del estudioso del Islam, Maulana Rumi, que dice:

“Yo no he venido aquí por mi propia voluntad,
y no me puedo ir así.
Quienquiera que me haya traído aquí,
tendrá que llevarme a casa”.

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Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano”

Beatriz García

Foto: Gunther Von Hagens
Gunther Von Hagens

Dice la asirióloga e historiadora Érica Couto-Ferreira que “somos porque nuestros cuerpos existen” y aunque el suyo se refleje, como es natural, en la superficie de los espejos, los evita desde niña porque los asocia a presencias sobrenaturales que se mueven a través de ellos. También le recuerdan a la muerte, esa muerte material, de la carne, que le provoca tanta fascinación como miedo. Conocida por los amantes del género por el podcast literario ‘Todo tranquilo en Dunwich’, que conduce junto a José Luis Forteza, esta gallega que vive en Italia, país en el que cada iglesia hay criptas con osarios, reliquias de santos y cuerpos incorruptos expuestos en vitrinas, ha cambiado las ruinas y los ritos de civilizaciones antiguas por los teatros anatómicos del siglo XIX, las sociedades de petrificadores, los cuerpos convertidos en arte y la obsesión por parecer eternamente dormidos, inmortales, en un libro que desentierra uno de los mayores tabúes de nuestra sociedad: la muerte física y la forma en que nos acercamos a ella.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 5
Érica Couto-Ferreira. Foto via Érica Couto-Ferreira.

El libro ‘Cuerpos. Las otras vidas del cadáver’ (Ed. Gasmask, 2017) es tanto una reflexión sobre el buen y mal morir como un viaje histórico, inquietante y, si se me permite, bastante divertido hacia los mil y un usos del cadáver como objeto político, médico, técnico, artístico y como depositario de la memoria familiar. Un retablo de anécdotas y referencias literarias sobre diarios de verdugos, difuntos convertidos en arte, danzas macabras, vampirismos y aquellos científicos y artistas que creyeron que muertos somos más longevos que vivos.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 3
Lección de Anatomía, de Rembrandt

A mí la idea de morirme me aterroriza, pero me gusta pasear por los cementerios. Raro, ¿no?

Es que la muerte que queremos ver es una muerte exótica, estética, hermosa, o  bien marcada por la normalidad, como la muerte que sucede de forma violenta, por guerras, terrorismo… Pero el fallecimiento cotidiano por vejez o enfermedad es lo que nos espanta, porque está en nuestro día a día y nos recuerda que nosotros también vamos a morir. Lo que nos atrae es el carácter morboso de la muerte ficticia, la artística, la que no vamos a vivir.

Pienso en las catacumbas de Palermo o en las obras de Fragonard que aparecen en el libro y ya no sé si el arte imita a la vida o la muerte al arte.

Y además muchas de estas obras evocan belleza e incorruptibilidad, y eso no es realmente la muerte, que es putrefacción y decadencia. Y en parte está ligado a que hasta época muy reciente la ciencia y el arte no estaban separados. Por ejemplo, los médicos del siglo XIX y principios del XX estudiaban lenguas clásicas, poesía y arte, y estaban en contacto con grupos intelectuales y literarios, lo que les permitía conjugar más elementos en sus investigaciones y preparados. Y considero que eso lo hemos perdido con la especialización que existe hoy en día.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 2
El jinete del anatomista Honoré Fragonard

Pero no siempre hubo esa obsesión por embellecer e inmortalizar la muerte…

No, en época medieval encontramos manuscritos iluminados y detalles de iconografía arquitectónica que muestran la muerte real, que es el esqueleto que baila. Al inicio de la edad moderna todavía está muy presente y, poco a poco, se abandonan esos motivos y vamos hacia la idea del muerto vivo, del muerto incorruptible, del muerto dormido.

Cuentas en el libro que algunas familias del siglo XIX tenían las costumbre de exhibir el cadáver de sus difuntos en el salón de casa. Pienso en Martin van Butchell, el excéntrico dentista londinense que embalsamó a su mujer y la colocó en su consulta…

Sí, Butchell tenía fama muy merecida de excéntrico, pero cuando se casó por segunda vez a la nueva esposa no le gustaba la idea de que tuviera expuesto el cadáver de la primera y lo donó al Hunterian Museum de Londres. En cuanto a lo que comentas de los muertos en los hogares, imagino que no habrían muchas familias que pudiesen acceder a ese tratamiento, pero nos habla de una sociedad con menores restricciones legales y sociales a ese respecto. Hoy en día un comportamiento así sería imposible, pero en el siglo XIX todavía podías mantener cerca a los propios difuntos de manera literal.

“El Museo Lombroso de Torino está plagado de cabezas de criminales que fueron sumergidas en formol para servir de ejemplo”

Igualmente, hay comportamientos muy similares hoy en día aunque las formas hayan cambiado. Creo que hay empresas en Japón que fabrican reproducciones exactas de tus hijos muertos y hace unos meses también una compañía proponía realizar vinilos utilizando cenizas del muerto y con la posibilidad de escuchar su voz grabada. No creo que estemos volviendo al pasado, pero tenemos la misma necesidad de lidiar con la muerte y el duelo.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 4
Las catacumbas de Palermo

¿Estamos perdiendo el pudor a la muerte?

A mí me gustaría pensar que sí, pero tengo mis dudas. Creo que este tipo de encargos que predomina es ficticio, solamente estético, como ir un paso más allá de lo que es la tanatomorfosis y la aniquilación del cuerpo. Me refiero a saltarse esa fase entre la agonía y el después, porque igualmente uno no quiere ver la parte más terrible del cuerpo que se deshacen. Es otro mirar a un lado, o más allá del cadáver.

¿Y eso de que la muerte nos iguala a ricos y pobres?

Nadie puede escapar a la muerte  y eso es cierto, pero no nos iguala. No es lo mismo morir apedreado porque el gobierno de tu país así ha decidido hacer justicia o morir como el gran dictador que nunca ha pagado por sus crímenes y al que realizan un funeral de estado que dura una semana.

“Siento una fascinación ilimitada por la muerte y los cadáveres, pero también me provocan miedo y rechazo”

Por no hablar de quienes antaño aspiraban a vivir eternamente pero no por propia voluntad, como los criminales a los que se les imponían destinos aborrecibles. El Museo Lombroso de Torino está plagado de cabezas de criminales que fueron sumergidas en formol para servir de ejemplo de lo que no debía hacerse.

Así que un cadáver es también un instrumento político…

Lo vemos diariamente, con estas grandes tumbas de generales, dictadores y cabecillas varios que siguen ahí. El mismo Lenin, que quería ser enterrado, sigue en su tumba convertida casi en icono del capitalismo.

Y luego está la venganza en vida y, sobre todo, más allá de ella.

Arqueológicamente se han encontrado muchos ejemplos en distintos periodos cronológicos y áreas de sepulturas que presentan un cadáver enterrado de una manera anormal, que no era consuetudinaria en la cultura o contexto en que ese cadáver se inscribe. En muchos casos era una manera de neutralizar el cadáver o de castigarlo más allá de la muerte, indicando su pertenencia a un credo herético o etnia repudiada… No estamos libres de eso ni cuando nos morimos.

¿Qué te parece que se expongan cuerpos en los museos?

Crea debate y te obliga a pensar y confrontar con otras personas que no piensan como tú. Yo siento una fascinación morbosa por determinadas colecciones, cuando visité el Hunterian estaba emocionadisima, pero al cabo de media hora tuve que salir porque me estaba mareando y tenía náuseas. Eso explica muy bien mi relación con la muerte y los cadáveres, por una parte siento una fascinación ilimitada, pero también una cierta reacción de miedo o rechazo.

Hablas del oficio de verdugo y de las memorias que escribían. Eran peor vistos que el cobrador del frac.

Sí, pero socialmente se estimaba necesario y se ganaban bien la vida, aunque les estuviera vetado el acceso a ciertos espacios públicos y se casasen entre familias de verdugos por su estigma social.

Ya no existen verdugos ni petrificadores pero, ¿se sigue embalsamando gente?

Creo que el Papa Juan Pablo tuvo una embalsamado no permanente para que durase varias semanas incorrupto y poder organizar los funerales de estado, pero ni siquiera hoy duran mucho tiempo. Fue parte de un período de investigación científica y no cuajó por el coste y porque no se consiguió perfeccionar. Aunque es cierto que en países como Estados Unidos hay más tradición, ya que durante la Guerra Civil se embalsamaron muchos cadáveres de soldados para ser devueltos a las familias. En Europa somos más de inhumar o cremar, pero todavía podemos copiar a los norteamericanos…

Como buena gallega, quizás hayas visto algún rito de muerte en los pueblos. He oído que en algunos se siguen haciendo fotografías post mortem.

De fotografía postmortem no sé nada, pero existe todavía una serie de ritos ligados a la muerte o al servicio de ser salvado de la muerte, como las procesiones de las mortajas. Cuando una persona está al borde de la muerte puede hacer un voto con determinado santo y si es salvada su cuerpo es transportado en ataúd, fingiendo que ha muerto, hasta la capilla en la que hizo ese voto. Con los exvotos pasa algo parecido, lo que entregas simboliza tu cuerpo viejo o enfermo, tu vida anterior. Cuando tenía 4 años caí muy enferma y mi familia hizo un voto, cuando me recuperé me llevaron al santuario cubierta con un tul que luego depositaron en el altar y que simbolizaba el cuerpo, el viejo cuerpo enfermo. Quizás sean prácticas menos vigentes ahora, pero se juega mucho con la idea de muerte y de nueva vida.

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10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar

Rohmy Cubas

Foto: Maryl Martin
Vintage Postcard

El agua se puede convertir en una especie de culto para el ser humano. Quienes crecieron con el mar a centímetros de su ventana y la arena a pocos pasos de sus pies lo comprenderán. Hay un apego casi hereditario que defiende el aroma a salitre aun cuando toca existir a kilómetros y hasta a países de distancia en algún momento de los años.

Por otro lado, las vacaciones y los fines de semana también están hechas de mar, sobre todo cuando este no se puede ver en el horizonte más próximo. En ese caso la playa se añora como una tregua con la rutina, como una buena noticia que solo se puede oír al ritmo de las olas. Pero independientemente del nivel de natividad que asumas la playa tiene la cualidad de transmitir tranquilidad y paz; no importa que el sol no brille como en el Caribe, la vibra de la costa bordea como una esfera todo lo que se halle próximo al océano.

Tal vez por eso es difícil que el mar sea ignorado en casi todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, cuando se trata de escribir y contar historias hasta un párrafo azul y salado tiene ese efecto sabio y sereno que marca la diferencia.  Con el verano en pleno auge, estos son diez libros en donde hasta los personajes son más entrañables gracias al recuerdo del mar.      

10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar
Cubierta de El señor de las moscas de William Golding | Imagen vía: Amazon

El señor de las moscas de William Golding

Clásico pero imprescindible, William Golding no solo se adelantó varias décadas a J.J. Abraham y Damien Lindelof en Lost sino que escribió una de las novelas más estudiadas y leídas del siglo XX.  

Un avión se estrella en una isla desierta con una clase entera de niños de entre cinco y doce años. Ningún adulto sobrevive y de pronto una vida sin normas ni regaños parece el paraíso. Pero ningún hombre es una isla y las sociedades son inevitables, esta mini-tribu se las arregla para sobrevivir aplicando a su lógica lo poco que saben de la vida y, como en todas las sociedades, no pasa mucho tiempo antes de que las naturalezas individuales se enfrenten en una realidad difícil de asumir a los diez años.

La isla del Señor de las moscas es hermosa y emocionante, el mar es ese lugar seguro a la orilla de la playa. Sin embargo, a pesar de que se intenta instaurar una democracia con una caracola de por medio, los niños de esta historia se ven obligados a hacer cosas inconcebibles a su edad. Estos doce capítulos sobre la pérdida de la inocencia y las caras de la civilización han demostrado ser incluso más efectivos que una clase de sociología.

10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar 1
Cubierta de El viejo y el mar de Ernest Hemingway | Imagen vía: Amazon

El viejo y el mar de Ernest Hemingway

En un pueblo costero de Cuba un hombre llamado Santiago lleva 84 días en su lancha sin pescar absolutamente nada. Una mañana un pez espada se enreda en su anzuelo pero su tamaño es tal que durante tres días y dos noches el viejo lucha con el animal casi hasta la muerte.

El viejo y el mar es uno de los textos más notables de Hemingway. Es sencillo y tajante y se lee sin presión en una sola mañana. Con esa sencillez Hemingway reflexiona sobre los triunfos y las pérdidas personales, sobre la soledad y la relación del hombre con la naturaleza en una historia que apela a la moraleja de los clásicos de época.

“Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y éstos tenían el color mismo del mar…” Ernest Hemingway

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Cubierta de la versión original The Beach de Alex Garland | Imagen vía: Amazon

La playa de Alex Garland

De nuevo las playas no son lo que parecen, y en La Playa un mochilero inglés persigue una playa clandestina en Tailandia a donde pocas personas saben llegar y de donde la mayoría no vuelve.

Libre de turistas y de la sociedad en general, la playa se muestra como una aventura de escape para los mochileros del mundo, un hermoso paraíso de aguas cristalinas en donde se vacaciona todo el año. Pero las historias tienen dos caras y al encontrar la anhelada playa el mochilero también se tropieza con una tribu establecida entre reglas engañosas y secretos alarmantes.

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Cubierta de los peces no cierran los ojos de Erri de Luca | Imagen vía: Seix Barral

Los peces no cierran los ojos de Erri de Luca

El italiano Erri de Luca escribe esta hermosa historia sobre la niñez y el paso hacia la adultez en poco más de cien páginas sostenidas con frases que se quedan en la memoria más tiempo de lo previsto.  

El verano es uno del pasado. Un hombre recuerda sus vacaciones en un pueblo costero de Nápoles a los diez años, un verano en donde se enamora por primera vez y se debate con su cuerpo en desarrollo entre las ganas de pasear como un niño y querer como un adulto. La playa de Los peces no cierran los ojos es la de las primeras veces y las cosquillas de mar entre los dedos de los pies, o como relata el libro: En el mar no es como en el colegio, no hay profesores que valgan. Está el mar y estás tú. Y el mar no enseña nada, el mar hace, y a su manera”.

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Cubierta de Piedra de mar de Francisco Massiani | Imagen vía: Sorboletras

Piedra de mar de Francisco Massiani

Es una de las novelas más representativas de Venezuela,  un cuasi monólogo en donde Massiani narra la nostalgia de la adolescencia en una Caracas que ya no existe. Testamento de juventud que cuenta la diatriba existencial de Corcho mientras este detalla sus amistades, amores frustrados y la aprensión que le produce el futuro. La facilidad de introspección del personaje y el lenguaje intencionalmente inconsecuente crean un vínculo casi ineludible con la novela.  

“Estoy en la playa. He vuelto al mar”, escribe el protagonista. En Piedra de mar es entre la playa y la ciudad en donde los veinte años se diluyen con confesiones en la arena.  

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Cubierta de La isla del tesoro de Robert Stevenson | Imagen vía: Casa del Libro

La isla del tesoro de Robert Stevenson

La novela de aventuras ha recorrido un largo camino, Stevenson fue uno de los primeros junto a Jules Verme en popularizar el género. En la isla del tesoro Jim Hawkins roba un mapa que conduce a una fortuna escondida, el viaje se convierte en una aventura cargada de piratas y peligros marinos que el chico deberá enfrentar para encontrar la ansiada recompensa.

Como Hemingway, Stevenson apela a las moralejas de los viejos clásicos en donde la estructura es simple pero efectiva. Adaptada incontables veces al cine, la televisión y el teatro La isla del tesoro es un referente obligado de la literatura de aventuras.

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Cubierta de La vida de Pi de Yann Martel | Imagen vía: Amazon

La vida de Pi de Yann Martel

Antes de Ang Lee vino Yann Martel. O antes de la película vino el libro.  

Una familia amante de los animales y dueña de un zoológico emigra en barco a Canadá en busca de una vida diferente. Cuando su embarcación naufraga el hijo mayor Pi descubre que junto a un orangután, una hiena, una cebra y un tigre bengala, él es el único sobreviviente.  

La travesía es inmensa y azul como el mar, Pi aprende a sobrevivir con un pequeño bote y un tigre de acompañante entre tormentas y un sol inclemente, entre ballenas azules y tiburones, entre pedacitos de alegría en medio de la pérdida.

La vida de Pi es una historia de introspección que examina la resistencia del ser humano en todas sus aristas: la mente, el cuerpo y el alma.   

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Cubierta de Al faro de Virginia Woolf | Imagen vía: Lumen

Al faro de Virginia Woolf

Virginia Woolf fue conocida por la prosa y recursos literarios intrincados que utilizaba en sus novelas, y esta no es la excepción. Al faro se posicionó en la cumbre de la novela modernista que popularizaron escritores como James Joyce.

La historia es la de la familia Ramsay y la transición de sus relaciones en una casa de verano de Escocia en los años 20. La novela es un salto temporal y espacial entre la familia, el faro de la isla y en cierta medida la guerra.

El mar de Woolf es nostálgico y distante. El libro explora la infancia, las relaciones adultas y familiares, el papel de la mujer, su transformación en la sociedad y toda una serie de subjetividades que crean una especie de diario; pensamientos y observaciones que se guían por la anticipación que provoca en la familia la visita al faro.

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Cubierta de El mar de John Banville | Imagen vía: Anagrama

El mar de  John Banville

El mar es una ficción en la costa de Irlanda en donde un hombre regresa al agua para refugiarse del presente. Max Morden retorna al pueblo de verano de su infancia tras perder a su esposa gracias a un cáncer. Su huída se vuelve una evocación del pasado cuando este se refugia en el verano en el que conoció a la familia Grace y sus peculiares integrantes.  

La historia evoluciona en un misterio en el que las lagunas de la memoria de Max se aclaran para recordar lo que realmente sucedió ese verano. Su catarsis viene con el mar y el verano.  

10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar 9
Cubierta de El mar de Iris Murdoch | Imagen vía: De Bolsillo

El mar de Iris Murdoch

Iris Murdoch escribe sobre un dramaturgo retirado que se muda de Londres a una casa en la costa. Cuando este descubre que un amor del pasado vive en el mismo pueblo con otro hombre la crónica se vuelve el relato de un hombre obsesivo que se excusa en la idealización del amor para contener sus ansiedades.

El mar es la excusa de la escritora para reflexionar sobre las vidas pasadas y futuras en una prosa filosófica y humorística que le valió su novela más celebrada.

Diez libros y diez costas para nadar en historias.

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Vizcaya: un retazo de Europa en Miami con el que sueñan novias y quinceañeras

Tal Levy

Foto: Tal Levy
The Objective

Ser aquello que queremos, lucir como siempre deseamos, al menos por un día. Maquillarse, mostrar la mejor cara. Sin sospecharlo siquiera, las muchas quinceañeras que con sus vaporosos vestidos se sienten princesas y las novias que también posan su felicidad en cada rincón de este lugar de ensueño reproducen el anhelo de quien fuera amo y señor de Vizcaya, James Deering: una vida de celebración, una fantasía idealizada.

Algunas logran materializar su ilusión por todo lo alto festejando su boda allí, otras se conforman con fotografiarse frente al embarcadero de inspiración veneciana, en los jardines geométricos que simulan ser italianos o franceses y ante obras procedentes de distintos países y estilos implantadas en una lujosa villa asentada en una joven ciudad como Miami en la que muy pocas construcciones superan el siglo, pero cuyo presuntuoso dueño pretendió hacerla lucir tal cual fuera europea y mucho más antigua de lo que en realidad es.

Vizcaya: un retazo de Europa en Miami con el que sueñan novias y quinceañeras 1
Entre los árboles podados geométricamente, las quinceañeras buscan un rincón para fotografiarse / Foto: Tal Levy

Convertida en museo tras ser adquirida por el condado de Miami-Dade en 1952 y declarada Monumento Histórico Nacional de Estados Unidos en 1994, Vizcaya festeja durante todo este año su centenario con el arte y la naturaleza casados en armonía en este paraje ubicado en Coconut Grove.

“Aquí comenzó hace 100 años el interés de Miami por el arte, la cultura internacional y la innovación”, ha destacado a la agencia EFE el director ejecutivo de Vizcaya Museum & Gardens, Joel Hoffman.

Su indiscutible y singular belleza la ha llevado a ser locación de películas como Iron Man 3, Ace Ventura: un detective diferente, Dos policías rebeldes 2, Un domingo cualquiera y Aeropuerto 77.

Bien podría haber servido como escenario de El gran Gatsby por esos aires de grandeza, que hicieron, además, que el rapero estadounidense Pitbull rodara parte de su vídeo musical Wild Wild Love allí y la otra en la mansión de Playboy en Los Ángeles.

Pero no todo en esta villa es fantasía. Ha sido sede de importantes acontecimientos como la Primera Cumbre de las Américas realizada en 1994 durante el gobierno de Bill Clinton. También sirvió para darle la bienvenida oficial a los reyes Juan Carlos y Sofía de España y a la reina Isabel II de Inglaterra, entre otros.

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Al igual que las habitaciones de la casa, los jardines recrean ambientes muy distintos de inspiración europea / Foto: Tal Levy

Un festín a la vista

Fue con un gran baile de máscaras junto al mar como se inauguró Vizcaya en la Navidad de 1916 con bombos y platillos: dos cañones de bronce del siglo XVII lanzaron su salva, mientras Deering y sus invitados desembarcaban disfrazados de campesinos, eso sí, italianos.

Ese sería el primero de los inviernos que el multimillonario que residía en Chicago, miembro de la familia que modernizó la agricultura en Estados Unidos, pasaría ahí hasta su muerte, en 1925.

La imagen más emblemática e inconfundible: una escultura acuática de 15 metros de largo hecha de piedras locales y que semeja una barcaza, la cual sirve de rompeolas para resguardar la terraza y sus escalinatas, así como la casa ubicada de manera privilegiada frente a la bahía. La obra fue concebida por el director artístico de toda la propiedad, Paul Chalfin. Alexander Calder, padre del afamado escultor cinético homónimo, ayudó a darle forma.

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El embarcadero de estilo veneciano deslumbraba a los muchos invitados de Deering, muy dado a celebrar fiestas / Foto: Tal Levy

“Al final, mi sentido de la belleza superó a la realidad histórica”, escribió Deering en una carta fechada en 1915 aludiendo al nombre de Vizcaya, que evoca al explorador español Vizcaíno de quien oyó decir había navegado en las costas de Florida. Daba igual que fuera o no verdad, como descubrió; resonaba a España, a los viajeros de antaño y también a la miamense bahía de Biscayne.

¿Cómo adaptar la realidad a la fábula? A cada extremo de la plaza en la entrada de la propiedad, dos antiguas estatuas italianas de mármol se convertirían, según las inscripciones añadidas, en las de Juan Ponce de León, el conquistador español que descubrió Florida en 1513, al cual se le incorporó un globo a sus pies con la península para dar credibilidad a su nueva identidad; y Bel Vizcaya, un imaginario nombre al servicio de la ilusión de Deering.

Las 250.000 personas que visitan al año la villa en realidad ven las réplicas de este par de figuras, pues las originales fueron resguardadas para evitar su erosión.  

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Vizcaya fue convertida en museo en la década de los años cincuenta en Miami, una ciudad sin mucho pasado / Foto: Tal Levy

Excentricidad hecha mansión

El pasado se entrecruza con el presente en la casa, diseñada por el arquitecto Francis Burrall Hoffman.

El mobiliario y los muchos objetos decorativos buscaban impresionar. Neoclásicos, barrocos, rococós, renacentistas, mientras más estilos mejor pues se podía aparentar que la residencia había sido habitada por muchas generaciones, lo que la distinguiría aún más, como los antiguos palacios europeos que Deering deseaba recrear.

A su vez, sin proponérselo, Vizcaya es reflejo de una época en la que los industriales ricos de Estados Unidos levantaron lujosas propiedades con tesoros antiguos comprados en todo el mundo gracias a que entonces no existían leyes que protegieran las obras consideradas como patrimonio nacional.

Los tapices del Comedor Chalfin procedían de la residencia de los poetas ingleses de la era victoriana Robert Browning y Elizabeth Barrett. El arpa del Salón de Música fue adquirida de manos de un comerciante de arte de Nueva York que aseguró había sido fabricada por quien le hacía los instrumentos a la reina María Antonieta de Francia, así como afirmaba que el clavicordio había pertenecido a un Pontífice del siglo XVII.

Sin imaginarlo Deering, muchos años después de su muerte, el Vestíbulo del Renacimiento fue testigo de la conversación que mantuvieron en 1987 el papa Juan Pablo II y el entonces presidente Ronald Reagan.

Uno de los más preciados objetos se encuentra en esa majestuosa sala: la Alfombra del Almirante, de unos 600 años de antigüedad y creada para el abuelo del Rey Fernando de España. Desplegada hacia el techo, con su cerca de 27 pies de largo y 8 pies de ancho, lleva tejidos símbolos que muestran la convivencia para el momento del cristianismo y el islam en la península ibérica. En antiguas columnas romanas descansan lámparas modernas.

Vizcaya: un retazo de Europa en Miami con el que sueñan novias y quinceañeras

Un mundo dentro de otro

El afán por exhibir un pasado no podía dejar de lado innovadoras tecnologías, más tratándose de un dueño cuya fortuna familiar fue amasada gracias a la fabricación de maquinaria industrial. Así, por ejemplo, los visitantes pueden ver el equipo de refrigeración, el reloj maestro, el montaplatos que permitía bajar la comida de la cocina ubicada en el segundo piso a la Sala de Servir de abajo o el sistema de telefonía, uno de los primeros del condado de Miami-Dade. De hecho, se cuenta que el inventor Thomas Edison visitó la mansión, así como el exmandatario Warren G. Harding.

Por supuesto, también hay una biblioteca, esta de estilo neoclásico, tan propia de las residencias de la aristocracia europea.

El dormitorio y el baño de Deering, con opulentos detalles como las llaves en forma de cisne chapadas en oro de la bañera, no podían, quizá, estar decorados con otro estilo que no fuera el imperial, inspirado en la época napoleónica.

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Té y almuerzos se servían en los tiempos de James Deering en este refugio en la bahía de Biscayne / Foto: Tal Levy

Con sus pinturas de jardines románticos, obra de Jean-Antoine Watteau, que evoca la moda de vestir española que impactó la Francia del siglo XVIII, el lujoso Dormitorio Espagnolette estaba destinado a las invitadas femeninas. Desde ahí se podía entrar al balcón personal de Deering por medio de una puerta secreta situada al lado de la chimenea, que como reconoció el magnate soltero en una carta despertaba gran curiosidad.

Las numerosas habitaciones tienen ampulosos nombres, como la Goyesca, llamada así pues según Chalfin sus decoraciones se pensaba provenían de España y “habrían sido del agrado de la mecenas de Goya”. Sin embargo, los paneles de la pared son italianos, por lo que “este ‘error’ indica que para muchos de los patrocinadores y diseñadores de aquella época era más importante crear impresión que presentar los hechos”, como pueden leer hoy en un cartel los turistas que recorren el museo.

Mientras el dormitorio Giudecca recuerda esa isla veneciana, el Cathay rememora el modo en que Marco Polo denominó a China y es de estilo asiático, al igual que la Sala del Desayuno. Un sincretismo total.

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Vizcaya no representa una propuesta más de esparcimiento, sino una suerte de viaje en el tiempo / Foto: Tal Levy

Una ventana en el tiempo

En las puertas de vidrio de la Logia Cerrada, que permiten ver los jardines, están dos de los símbolos de Vizcaya que se repiten en toda la casa: la carabela, el preferido por Deering, y el caballo de mar, por el que se decantaba Chalfin.

“Hoffman señala que si bien la carabela representa a los viajeros europeos que volvían del Nuevo Mundo cargados de tesoros, en Vizcaya puede verse como un símbolo de los viajeros que, como Deering, iban a Europa y volvían con arte y joyas en la llamada ‘Época dorada’ de Estados Unidos (desde el fin de la Guerra de Secesión hasta la I Guerra Mundial)”, reseña El Nuevo Herald.  

Uno de los últimos bosques vírgenes de manglares del sur de Florida enmarca los 10 acres de jardines, diseñados por Diego Suárez.

Los árboles podados geométricamente, como en los jardines franceses e italianos de siglos pasados, las fuentes, los jarrones, las estatuas y demás esculturas al aire libre integran el concepto europeo al ambiente subtropical donde está enclavado.

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Toda una diversidad, como los robles plantados en los Jardines Formales; la higuera estranguladora del Jardín Laberinto, donde alguna vez hubo altos setos en los que perderse que no sobrevivieron a las marejadas producidas por los huracanes; o los pinos australianos elevados sobre macetas de terracota del Jardín de la Fuente, que se había proyectado fuera el Jardín de Rosas pero estas no prosperaron debido a la inclemencia del sol y el aire salado.

Del Jardín de las Orquídeas, hoy conocido como Jardín Secreto, tan sólo quedan las macetas que albergan plantas que sí son capaces de resistir al fuerte calor y viento. Tanto le gustaban a Deering las flores que la casa disponía de un salón dedicado exclusivamente a preparar cada día arreglos florales.

En cuanto al Jardín Teatro, se desconoce si fue utilizado para tales fines pero allí permanecen erigidas las estatuas representativas de Arlequín y Polichinela en esa estancia inspirada en La Pietra, una villa florentina que conocieron Deering y Chalfin.

Muchas son las celebraciones que hoy acoge Vizcaya, tal cual en tiempos de su original dueño, como la del cierre de Miami Fashion Week 2016 donde el actor malagueño Antonio Banderas debutó como diseñador.

Pero también los miamenses la alquilan para matrimonios y fiestas de quince años, edad que marca el tránsito de niña a mujer en la cultura popular latina. Como se escucha al director ejecutivo de Vizcaya Museum & Gardens, Joel Hoffman, en la audioguía del museo: “Estamos muy orgullosos de que muchas jovencitas elijan los jardines de Vizcaya para celebrar ese momento tan especial de sus vidas. Yo estoy encantado de ver que nuestra comunidad se beneficia de este lugar. Aunque lo utilicen de un modo que James Deering no pudiera haber imaginado, este uso tiene una gran relevancia hoy en día y contribuye a hacer de Vizcaya un elemento insustituible del sur de la Florida”.

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Mushimaru Fujieda, el poeta del butoh que enamoró a Allen Ginsberg

Beatriz García

Foto: Carles Mercader

Conocida como la danza hacia la oscuridad, el butoh cada vez tiene más adeptos en España.

Nos movemos por la vida como si llegásemos tarde a todos sitios, tan aficionados a ocultar nuestros verdaderos sentimientos que hemos hecho de la ansiedad una condición del ser y del baile una forma de evasión. Pero los maestros japoneses nos enseñan que el movimiento puede ayudarnos a conectar con las capas más profundas de nuestro ser y bailar con nuestras sombras. 

Seguro que habrás visto alguna vez a bailarines pintados de blanco, a veces completamente desnudos, retorciéndose como si fueran fantasmas japoneses. Conocida como butoh o ankoku butoh, esta danza contemporánea, basada en movimientos muy lentos y contorsiones del cuerpo y del rostro, es una forma de meditación y de arte genuino surgida en Japón tras la Segunda Guerra Mundial que nos invita a adueñarnos de nuestro cuerpo y ver belleza incluso en lo más grotesco y roto de nuestra condición humana, algo que siempre han hecho los poetas.

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Foto: Carles Mercader.

 Mushimaru Fujieda: “Allen Ginsberg vino a verme actuar a un teatro tan pequeño como una cocina y le pareció que hacía poesía en movimiento.”

El bailarín y coreógrafo Mushimaru Fujieda, director de la compañía de danza butoh The Physical Poets y maestro de bailarines, se considera a sí mismo un poeta físico. “Pertenezco a la generación de la vanguardia teatral japonesa. Empecé a trabajar como actor en 1972, justo en la época del cambio en Japón, cuando los artistas más jóvenes estábamos creando una nueva escena y compartiendo técnicas e ideas innovadoras. Una vez, en Tokio, vi una actuación de Tatsumi Hijikata, el creador del butoh, que provocó una impresión tan grande en mí que acabé convirtiéndolo en parte de mi estilo de vida”, cuenta.

Pero no fue hasta que conoció al poeta beat Allen Ginsberg cuando asumió el sobrenombre de ‘poeta físico’. “Tenía un aura enorme, me vio actuar en Nueva York en un teatro tan pequeño como una cocina y alabó mi arte como una forma de poesía. Soy poeta. No utilizó la palabra, no escribo, sólo uso mi cuerpo”.

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Foto: Carles Mercader.

Para Orland Verdú, dramaturgo y director de Oracles Teatre, sala de teatro ritual y escuela de butoh de Barcelona, esta danza es también un teatro total para el que se necesita una gran imaginación y sensibilidad, igual que para escribir poesía. “El butoh no rechaza los aspectos sombríos de la condición humana, sino que intenta encontrar belleza incluso en lo feo y conectar con lo inconsciente”, explica Verdú.

Se trata, cuenta el dramaturgo, de retornar al origen del arte en tanto que ritual, más allá de su función como cultura o entretenimiento: “Hay un espíritu trascendente en todos nosotros que busca la verdad. En el corazón de las artes escénicas de Occidente, de la tragedia y el teatro griego, está el alma del butoh”.

 “El butoh es como abrir una ventana a la libertad en una sociedad con demasiadas normas”, Mihee Lee 

La improvisación cumple un papel primordial. Devolver al cuerpo ese movimiento original que es como un brisa, caminar y danzar siendo conscientes del aliento interno e innato que se expresa a través de nuestros músculos y concentrarnos siguiendo nuestra propia respiración es butoh. “Es una fuente de armonía –dice Mushimaru- y es diferente en cada uno de nosotros”.

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Foto: Carles Mercader.

La bailarina coreana Mihee Lee, miembro reciente de The Physical Poets, llegó al butoh desde la danza tradicional coreana atraída por la libertad de movimientos y la posibilidad de explorar los límites del propio cuerpo, más allá de la técnica y las reglas: “El butoh es como abrir una ventana. Vivimos en una sociedad llena de normas: tenemos que esperar para cruzar una calle, ir a la escuela, conseguir un trabajo y ganar dinero, y el butoh nos enseña a ir más allá de los constreñimientos sociales, abrir esa ventana y poder salir un momento”, dice Mihee.

Mientras algunos bailarines rechazan la idea del butoh como una danza hacia o desde la oscuridad, Mihee cree que es sombría en la medida en que también lo es el ser humano. “¿Qué significa oscuridad para nosotros? ¿Y belleza? ¿Qué no es bello? Depende mucho de tus experiencias, de la cultura en que hayas nacido… Hay muchos factores. Pero en realidad hay belleza en todo. Hace unas décadas las personas eran incapaces de ver bellos a bailarines con discapacidad, pero nuestra sociedad está cambiando. Las ideas de ‘belleza’ y ‘oscuridad’ están en un constante fluir y depende mucho de cómo las experimentamos nosotros”.

El cuerpo robado

Cierra los ojos y conviértete en humo, en una esfera, en el flúor que sale lento cuando aprietas desde la base el tubo de pasta de dientes. Baila con el dolor de tus ancestros a cuestas. Baila. Pero, ¿cómo bailar el cuerpo de postguerra, quemado, radioactivo, arrastrándose por las calles con los globos oculares reventados y colgando sobre las mejillas? Una década después del bombardeo nuclear de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, los supervivientes seguían siendo repudiados por sus propios vecinos. En 1952 Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata quisieron entender la barbarie de la guerra, reaccionar al dolor y a la expansión de la danza contemporánea occidental y recuperar el cuerpo primigenio que les habían robado.

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Foto: Carles Mercader.

Uno de los padres del butoh, Kazuo Ohno, descubrió la danza después de ver a una bailaora de flamenco.

Cuando Hijikata estrenó en 1959 la primera obra butoh, ‘Kinijiki’ (Colores prohibidos), basada en la novela homoerótica del poeta Yukio Mishima, escandalizó a la comunidad artística japonesa, que la consideró repulsiva. La misma terminaba con la muerte por asfixia de un pollo vivo ente las piernas de Yoshito Ohno e Hijikata persiguiéndole en la oscuridad. Aunque el maestro acabó siendo expulsado del festival y la obra censurada, continuó desafiando las convenciones en obras donde aparecía con un pene metálico atado al pubis, danzando con los ojos desorbitados y una falda rosa, buscando la libertad de la carne.

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Fotos: Carles Mercader.

Hoy en día existen diversas corrientes y escuelas de butoh dentro y fuera de Japón, como el butoh ritual mexicano que creó el bailarín y coreógrafo Diego Piñón, que lleva más de veinte años bailando el dolor de la colonización y enseñando, por medio del butoh y el chamanismo, a reactivar las memorias ancestrales que están en nuestro cuerpo. Y en España también existen dramaturgos como Orland Verdú y coreógrafos como Andrés Corchero que han sabido adaptar esta danza japonesa a nuestros escenarios. Sin embargo, ¿existe algo parecido a un butoh español?

Curiosamente, el maestro Kazuo Ohno, para quien el butoh significaba “arrancarse las dagas de la guerra” y también era una celebración de la vida, empezó a bailar poco después de asistir como público a un espectáculo de flamenco de Antonia Mercé, ‘La Argentina’ en el Teatro Imperial de Tokio. También el flamenco es un arte nacido del dolor y la persecución del pueblo gitano, otra forma de danzar hacia la oscuridad.

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