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¿Por qué creemos en las supersticiones?

Foto: Wang Xi | Unsplash

No pasas por debajo de una escalera. Tocas madera cuando ves un gato negro. Cancelas los planes importantes si caen en martes 13. Y, sin embargo, eres una persona racional, con pensamiento científico: requieres de pruebas para creer en según qué cosas. Eso no te impide que digas “Jesús” cuando alguien estornuda. Ahora lo vemos como un gesto educado, pero antaño se creía que eso evitaba que el demonio se llevara el alma del afectado. Las supersticiones están en todas las partes de nuestra cultura, no es una cosa del pasado ni de otras civilizaciones.

Tal vez desconocías que hay muchos rascacielos sin la planta 13 en Estados Unidos, que muchos hoteles prefieren saltar el número en sus habitaciones. Que aerolíneas tan importantes como Air France o Lufthansa no tienen fila 13. La alemana, de hecho, tampoco tiene 17: en otros países, como Brasil, es el número de la mala suerte.

Hay una razón por la que tantas personas creen que fenómenos irracionales, fundamentalmente fantásticos, guardan relación con algunas experiencias negativas. Esto es algo que psicólogos y psiquiatras han investigado durante décadas. Incluso el hecho de que se recurra a supuestos brujos o utensilios  varios –amuletos– para promover la buena suerte, alterar el destino. Lo que descubrieron es que la superstición proporciona una sensación de control de la situación, nos ayuda a afrontar los problemas, minimiza la ansiedad.

Un estudio publicado en Alemania en 1982 demostró cómo, además, ante las situaciones adversas se agudizan las supersticiones, las personas se amparan en los fenómenos mágicos. Lo hicieron al analizar multitud de casos en el país centroeuropeo entre 1918 y 1940, en un periodo que comprende años de auge económico, guerra y hambre.

De hecho, las supersticiones en cierto modo son positivas: permiten adoptar otra mentalidad ante la vida, tener otra actitud. Un collar, un anillo, una camiseta. Un complemento te puede dar la seguridad que necesitas, pero también la sensación de que no has logrado el objetivo por tu propio mérito.

Rafa Nadal, ajustándose el pantalón durante un partido en Roma. | Foto: Gregorio Borgia | AP

Esto podemos advertirlo en los deportistas. No es extraño que, en una entrevista, les pregunten si tienen algún ritual antes de entrar en el campo. Y estos, nada sorprendidos, respondan que sí: para alguno es un saltito, para otro tocar los tres palos de la portería… En una investigación llamada Keep your fingers crossed! How superstition improves performance (‘¡Mantén los dedos cruzados! Cómo la superstición mejora las actuaciones’) analizaban exactamente esto, que los deportistas reducen su nivel de estrés cuando siguen algún tipo de ritual.

Podemos verlo en el propio Rafa Nadal, quien, antes de cada saque, realiza una secuencia de tics. Se arremanga, se acomoda el pantalón, se pasa el pelo por detrás de la oreja, da un número concreto de botes a la pelota. El tenista mallorquín reconoció abiertamente cómo influyen estos actos en su juego posterior.

Todo hay que decirlo, igual que encontramos factores para animarnos a alcanzar ciertas metas, creamos lugares malditos o factores adversos para justificar ciertos males. Esta circunstancia, pese a no tener ninguna justificación lógica o razonable, puede alterar nuestros planes. El reto es encontrar el equilibrio, tratar de desquitarnos de ciertas obsesiones, comprender que somos los dueños de nuestros méritos y que, como suele decirse, la suerte se trabaja.

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