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Por qué Felipe de Edimburgo sale tan mal parado en ‘The Crown’

Cecilia de la Serna

Foto: Netflix

La noticia ha despertado al mundo la mañana del 4 de mayo de 2017: el príncipe Felipe de Edimburgo, marido de la reina Isabel II de Inglaterra, que cumplirá 96 años en junio, abandonará los compromisos públicos en otoño de este año. Los rumores sobre una frágil salud no han tardado en aparecer, rumores que desde el entorno de la Corona han querido desmentir: “no hay razón para alarmarse”.

Felipe de Edimburgo es el patrón o presidente de más de 780 organizaciones, con las que seguirá manteniendo lazos, pero sin tener un papel activo. Felipe ya pasó largas temporadas fuera de la vida pública en 2011, cuando le operaron debido a una obstrucción coronaria. También se ausentó en 2012 tras sufrir una infección de vejiga durante los actos del Aniversario de Diamante de su esposa, Isabel II.

El inesperado retiro de Felipe -muy activo en los últimos tiempos, asistiendo a más de 300 actos oficiales al año- nos invita a recordar la figura de uno de los miembros reales menos valorados por los ciudadanos británicos. The Crown, el biopic de Netflix sobre la reina Isabel -Lilibeth para los más cercanos- y todo su entorno en los momentos de la muerte de su padre y de su posterior coronación, no muestra al Felipe amable y felizmente relegado a un segundo plano que la prensa ha tratado de vendernos durante siete décadas.

La serie presenta a un Felipe insultante, descastado, fiestero e incluso mujeriego. El papel que con tanto acierto interpreta el actor británico Matt Smith sufre la mayor transformación de la trama de la primera temporada. Pasa de ser el marido modelo, siempre atento, a un engreído que no logra aceptar su nuevo papel con la coronación de su esposa.

Esta representación negativa del Duque de Edimburgo no es caprichosa ni baladí. Sus meteduras de pata, algunas contadas en esta primera entrega de The Crown, son conocidas, y sus malas relaciones con su hijo Carlos y sus deslices con las mujeres también son de dominio público. A pesar de todo esto, su mujer se ha mantenido siempre al lado de Felipe, ajena -al menos públicamente- a los errores de su marido.

De él dicen que siempre ha estado a dos pasos de Isabel II, y esto es precisamente lo que al joven Felipe de Mountbatten le costó asimilar -al menos es lo que relata el argumento de The Crown-. Lo cierto es que nunca ha sido demasiado popular entre el pueblo británico, que lo ha percibido como a un ente extranjero en su Casa Real. La serie menciona asimismo los supuestos lazos nazis de la familia de Felipe. Lo hace con ocasión del enlace real de Isabel y Felipe, en el que las hermanas del entonces príncipe no eran bienvenidas, y esos lazos con el partido Nazi germano han sido más tarde parcialmente contrastados.

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El enlace real representado en The Crown. | Foto: Netflix

The Crown está inspirada en la galardonada obra teatral The Audience, que narra también la historia del comienzo del reinado de Isabel II y que cuenta con grandes personajes históricos, como el mentor de la monarca, Winston Churchill. Peter Morgan, autor de The Audience y creador de The Crown, ya ha adelantado que “la segunda temporada profundizará en la complejidad del personaje del Duque de Edimburgo”. Queda mucho por contar de quien ahora se aparta definitivamente de la actividad pública.

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La retirada melancólica

Ricardo Dudda

Es difícil ser optimista con el problema del independentismo catalán. El procés puede durar eternamente porque es un fenómeno retórico, eufemístico, una sucesión de escenificaciones. Pero sus efectos en la sociedad catalana son reales y se perciben. Aunque las sociedades son muy volubles y nada es nunca irreversible, el esfuerzo de unir a las dos Cataluñas será enorme; el esfuerzo del independentismo para reconducir el entusiasmo hacia cauces menos rupturistas también.

Es posible que, del mismo modo que desde 2012 hasta hoy el independentismo ha crecido radicalmente, podrá retroceder. Pero tardarán en desaparecer el victimismo, el resentimiento y el rencor, la cultura del agravio, el uso de la memoria, siempre selectiva, la política como un acto expresivo, épico y “divertido”, más allá de la transacción y la negociación. Vivimos una época en la que cada generación necesita un momento épico fundacional, una Transición a nuestra medida. Como escribía un difunto tuitero, cada nueva generación piensa que el colectivismo (y puede sustituirse con cualquier otro ideal político) falló porque no lo lideraron ellos.

El procés vive jornadas históricas casi cada semana; acostumbrados a esto, los independentistas, y quizá no solo ellos, exigirán algo más que bienestar o reconocimiento. Quizá exijan entretenimiento, emoción, pasión. Durante años, millones ciudadanos catalanes han depositado mucho capital emocional en el procés. El processisme le ha devuelto eufemismos, hipérboles, momentos históricos, pero es posible que su impresionante capacidad para renovarse llegue a su fin. Difícilmente habrá un momento de responsabilidad colectiva de las élites, y dudo que llegue el momento de la rendición de cuentas. El procés intentará sobrevivir. La sociedad civil se decepcionará. Y, cuando esto ocurra, quizá lo mejor sea una lenta y melancólica retirada.

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Tener pene

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Erol Ahmed
Unsplash

Para esa mitad aproximada de la población que dispone de uno, tener pene puede parecer algo más o menos trivial. En realidad no lo es. Tener pene es importante. O, mejor dicho, no tenerlo lo es. Cuando empecé a relacionarme con politólogos e intelectuales en seguida noté algo extraño: era como si no existiera. Los corros siempre se cerraban ante mis narices, casi nadie prestaba atención si me atrevía a decir algo y con frecuencia no llegaba a terminar mi excurso porque alguien me interrumpía antes.

Era una situación desconcertante por nueva. Nunca me había pasado en un aula, donde uno sabe que se sienta entre semejantes y donde la brillantez de las ideas y la cuantía de los conocimientos las examina un evaluador externo al grupo: un profesor.

Al principio achaqué estas reticencias a mi edad. Era un poco más joven que la mayoría de ellos, así que pensé que quizá se tratara de eso. Y, claro que tenía que ver, pero pronto noté que había otros chavales a los que se integraba y se dispensaba el trato considerado que a mí me negaban. Aquel entorno era muy masculino, pero imagino que muchas mujeres habrán vivido experiencias similares en ámbitos distintos.

Yo decía algo y nadie se dignaba mirarme. Un rato después, algún tenedor de pene repetía el mismo argumento y era recibido con asentimiento y celebración. Así asumí que mi problema era no tener pene. La otra opción era aceptar que era más tonta que el resto, y yo, que me tengo por una persona segura, alguna vez dudé de mí, y me avergoncé de mis opiniones y pensé que quizá no estuviera a la altura.

Escribir se convirtió en la única forma de poder expresarme sin interrupciones, sin sonrisas paternalistas ni gestos de desdén. Después, claro, mis artículos no se leían como los de ellos y mucho menos se compartían. Todavía es así. Cuando eres mujer es duro labrarte un espacio propio. Tienes que ganarte el respeto de todos: de los desconocidos, de los amigos y hasta de tu novio. Aprendí que, a veces, para obtener la bendición de los cercanos tienes que conquistar primero el favor de los extraños. También, que es más fácil conseguir el aplauso de los próceres que de quienes creen competir contigo. Pero sería injusto generalizar y no admitir que me he cruzado con hombres estupendos que me han tratado como a una igual y que hoy me son muy queridos.

Como soy muy cabezota, no dejé de escribir. Me dije: “Te va a costar un poco más que a ellos, pero, al final, llegarás tan lejos como te propongas”. Sigo convencida de ello. No me malinterpreten: no creo en esas frases de autoayuda barata que lo conminan a uno a perseguir sus sueños, como si la intención forjara el éxito. Pero creo tener algún talento, aunque publicarlo sea probablemente pretencioso y poco femenino. No escribo esto buscando explotar el victimismo con el que tontea algún feminismo. No soy débil. Me gustan las personas fuertes. Me gustan las mujeres fuertes.

Una vez, cuando era pequeña, una mujer (una amiga de mi familia, además) me preguntó, casi retóricamente, si yo quería ser un chico. Supongo que lo decía porque me pasaba el día saltando, trepando, corriendo, jugando al fútbol. No me gustaban las muñecas ni esos vestidos incómodos. Me identificaba con personajes como Peter Pan, Tintín, Basil, aquel ratón émulo de Sherlock Holmes, o Arturo, en la película que Disney dedicó al mago Merlín. Me aburrían los cuentos de princesas, pobres muchachas pasivas a la espera de un señor guapo, y me daban miedo las brujas. Nunca respondí a aquella pregunta, “¿A que te gustaría ser un chico?”, porque me quedé sin palabras. El mensaje era aterrador: todo lo que me hacía feliz era impropio de una chica. Estaba íntimamente escandalizada y furiosa, aunque fui incapaz de manifestar escándalo o furia.

La contestaré hoy, cuando han pasado más de veinte años y tengo, por fin, algún público que me lea: no quiero ser un chico. No queremos ser hombres. Solo queremos ser iguales.

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Hacia dónde va el procés

Aurora Nacarino-Brabo

El su columna de hoy Aurora Nacarino-Brabo habla de la situación de la coalición independentista en un momento en el que parece que desescalar la tensión parece difícil.

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Vídeo: Museo Guggenheim Bilbao, el arte de cambiarlo todo

Redacción TO

Hace 20 años se inauguró el Museo Guggenheim Bilbao, un proyecto ambicioso situado junto a la ría de la capital vizcaína, una ciudad principalmente industrial que hasta entonces vivía un poco de espaldas al turismo, más allá de su excepcional oferta gastronómica. Dos décadas después queda la esencia de sus gentes y, por supuesto, su oferta gastronómica, pero su transformación ha sido tal, gracias al museo, que la ciudad puede estar orgullosa de ser uno de los destinos turísticos por excelencia, con visitantes procedentes de todas partes del planeta.

Puedes leer el reportaje completo aquí.

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