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¿Por qué ha caído la bolsa?

Redacción TO

Foto: SUSANA VERA
Reuters

El IBEX 35 ha cerrado este martes con 9.810 puntos enteros y se sitúa así en cifras mínimas desde enero. Además, en términos porcentuales, la bolsa española ha registrado su mayor caída desde octubre, un 2,53%. El español es solo uno de los parqués que se han desplomado esta semana. En Europa, la bolsa de Londres ha cedido el 2,64%; París, el 2,35%; Fráncfort, el 2,32% y Milán, el 2,08%, informa Efe. La incertidumbre de los inversores, que en algunos momentos de la jornada ha rayado en el pánico, ha sido la nota dominante de la sesión en las principales bolsas asiáticas, que han cerrado con pérdidas destacadas, en el entorno del 5%.

El origen de esta caída hay que buscarlo en Estados Unidos. La bolsa de Wall Street se desplomó este lunes en una sesión caótica que arrastró a las otras plazas mundiales y esfumó las ganancias de 2018 tras meses de una euforia bursátil, informa AFP. Momentos de especial pánico se vivieron en Wall Street el lunes, donde el emblemático índice de Nueva York, el Dow Jones, llegó a perder cerca de 1.600 puntos durante la sesión, recuperándose parcialmente poco antes del cierre.

Dow Jones finalizó el lunes con una bajada del 4,60%. Es una pérdida que venía produciéndose desde el pasado viernes, motivada por la caída de ciertas empresas clave y por el temor a un periodo de inflación. Tras concluir las operaciones, el Dow Jones, se desplomó 1.175,21 puntos hasta 24.345,75 unidades, mientras que el selectivo S&P 500 cayó un 4,10%. Por su parte, el índice compuesto del mercado Nasdaq, en el que cotizan los principales grupos tecnológicos, retrocedió un 3,78%. En el peor momento de la sesión, el Dow Jones de Industriales llegó a perder 1.597 puntos. En la anterior jornada, la del viernes, el mismo indicador había terminado con una caída de 666 enteros.

La del lunes es la mayor caída en puntos que se registra en la historia centenaria de este indicador bursátil, que comenzó este año con casi 25.000 puntos, 5.000 más de los que tenía justo un año antes. La sesión estuvo centrada en una ola de ventas durante gran parte de la jornada, que se agudizó en las tres últimas horas, y especialmente en los últimos 60 minutos, cuando la caída del Dow Jones pasó rápidamente desde los 700 puntos hasta los casi 1.600. Los responsables del parque bursátil de Nueva York han aclarado que, en principio, el derrumbe no está ligado a ningún problema técnico, y han dicho, en cambio, que la ola de ventas ha sido canalizada apropiadamente sin que hubiera una acumulación especial. Sí han destacado que las órdenes de venta fueron recibidas durante un breve período de tiempo, especialmente en la última parte de la jornada.

Para entender la importancia de la caída del lunes, conviene tener en cuenta otras fechas clave en las que el índice neoyorkino registró pérdidas importantes. Son las siguientes:

  • 28 octubre de 1929: Jueves negro, el índice cae un 13%.
  • 19 de octubre de 1987: Lunes negro, el indicador pierde un 22,6%.
  • 14 de abril de 2000: Como reacción al estallido de la burbuja de internet, retrocede un 5,66%.
  • 17 de septiembre de 2001: En su reapertura tras los atentados del 11 de septiembre pierde un 7,13%.
  • 29 de septiembre de 2008: Sufriendo las consecuencias de la crisis de las subprimes (préstamos de alto riesgo), el indicador cae un 6,98%.
  • 6 de mayo de 2010: Pierde más de un 9% en 36 minutos a causa de algoritmos, un episodio bautizado como “Quiebre relámpago”.
  • 8 de agosto de 2011: el Dow Jones pierde un 5,15% en reacción al agravamiento de la crisis de la deuda en Europa y a la pérdida de la calificación triple A de la deuda de Estados Unidos por la agencia de notación Standard & Poor’s.
  • 24 de junio de 2016: el indicador pierde un 3,39% al día siguiente de la victoria del Brexit.

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Cómo (y cómo no) hacer efectivas las reivindicaciones políticas

Josu de Miguel

Foto: Francisco Seco
AP

Alexandre Kojève nació en Rusia, aprendió filosofía en Alemania, y terminó sus días como alto funcionario en Francia preparando las condiciones para la realización de un mercado común en Europa. Su modestia intelectual no le impidió descubrirnos el intríngulis de la Fenomenología del espíritu de Hegel: el despliegue de la historia no era sino un largo proceso donde el deseo de reconocimiento de los postergados jugaba un papel esencial, como era el caso de la lucha entre el amo y el esclavo. La importancia que tuvo esta lógica en la formulación del marxismo y en todos los movimientos que desde el siglo XIX han intentado la liberación de personas y grupos que veían negados sus derechos, resulta indudable y ha sido muchas veces puesta de manifiesto.

En el éxito de las causas de liberación juega un papel muy importante que el conjunto de la sociedad haga suyas las reivindicaciones de justicia a las que normalmente se apela. La clase obrera consiguió tempranamente este objetivo, no solo por su gran inteligencia organizativa, sino porque convenció a la burguesía de la necesidad de incorporar al sistema de poder mecanismos para reducir el conflicto entre los que tenían y no tenían. El tercer mundo fue capaz de persuadir a las potencias victoriosas de la II Guerra Mundial, de la importancia de integrar en la Carta de Naciones Unidas fórmulas jurídicas para desmantelar el régimen colonial. Estos ejemplos nos deben hacer reflexionar sobre el fracaso parcial de otras causas, como la racial, la feminista o la nacional, que aún no han sido capaces de tener un éxito pleno en la consecución de objetivos que a priori pueden considerarse como razonables.

La mayor parte de los análisis entienden que los motivos del fracaso de estos movimientos se debe a las condiciones de las estructuras sociales y a los intereses de los grupos dominantes. De ahí se derivarían, además, obstáculos jurídicos insalvables. Este argumento es en parte cierto. Sin embargo, también considero que el fracaso parcial se debe a que han adoptado una filosofía del reconocimiento que ha sido incapaz de aunar lo universal con lo particular. Me sorprende que en el actual debate sobre los males de la izquierda, casi nadie advierta este asunto: el problema estaría en el descuido de los problemas de los desfavorecidos. Pero fue Sartre quien dijo que el éxito revolucionario de la burguesía fue hacer suyo el programa del conjunto de la humanidad. Y fue Azaña quien afirmó que el problema radical de su tiempo no era preguntarse por cómo se debía ser español, sino por cómo se debía ser hombre (lo que en aquel tiempo incluía a toda la humanidad).

Naturalmente, nada impide que la búsqueda de un reconocimiento se incorpore a las reivindicaciones partidistas. Pero estas debieran hacer hincapié en su encaje en una moral compartida que las avale y evitar la lesión de los principios constitucionales sobre las que se asientan las demandas. Ya hace unos meses Podemos sorprendió con una proposición de ley contra la discriminación por orientación sexual que reproducía el aparato sancionador instaurado en la famosa “ley mordaza”. El PSOE propone una reforma de la Ley de la Memoria Histórica para castigar penalmente opiniones que justifiquen el franquismo, la misma semana en la que se aprueba una norma en Polonia que impide vincular al país con el Holocausto judío. Igualdad y dignidad son nociones susceptibles de traducción jurídica concreta, pero su éxito depende de una comprensión participada de los motivos que se invoquen al exteriorizar el sentimiento de humillación. Poca comprensión puede haber si se angostan los límites de la conversación democrática: menos si se dicta el lenguaje en el que ésta tiene que discurrir.

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Saturno

Daniel Capó

Foto: Christophe Ena
AP Foto

Pascal Quignard, al hablar de la melancolía, cita a Homero. Leemos en la Ilíada: “Objeto de odio para los dioses, solo en la llanura de Alea, yerra un hombre cuyo corazón devora la tristeza y que evita la huella de todos los demás”. El melancólico, el solitario, es el hombre apartado por los dioses, desechado por la sociedad. Dante lo sitúa en el infierno, al igual que John Milton. Es el mundo perdurable de los solitarios, hechizados por belleza frágil contenida en el tiempo, que se empeñan en reducir a cenizas el instinto continuo de la pasión. “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris“, reza el calendario litúrgico; es decir, “recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. He aquí el acta fundacional de la melancolía: una especie de maldición que llena de lágrimas la mirada humana y pone a prueba a la sociedad con su juicio. Por definición, el hombre libre es el solitario que no se ajusta a la opinión de la mayoría ni a los dogmas severos de la inteligencia mundana. El hombre libre lee porque, al llegar la noche, dialoga con sus amigos y hermanos los muertos. El hombre libre respeta las leyes escrupulosamente, pero no las obedece en su fuero interno. La maldición de la melancolía se resume en una libertad conciente de sus límites: en ocasiones, hasta la enfermedad; en ocasiones, hasta el aislamiento y la muerte.

Objeto de odio para los dioses, el arte –en cambio– ha reivindicado la bondad de la melancolía que se levanta contra los falsos ídolos que recorren la Historia. Emerson nos recuerda que el sentido de la amistad es prepararnos para la soledad. Pienso que es así: sólo desde el interior se puede iluminar la vida. La melancolía, la introversión, nos permite conocer mejor la fragilidad propia y la ajena. Nos ayuda a descreer de los supuestos valores de la normalidad. En última instancia, nos muestra, con una insistencia obsesiva, el revés del tapiz de las cuestiones humanas, que son las preguntas de los verdaderos dioses: ¿por qué el amor y la bondad?, ¿por qué el mal y la injusticia?, ¿por qué la vida?, ¿por qué la muerte? Aún más, ¿qué sería de un país y de una sociedad sin sus grandes solitarios?

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Valientes guerreros

Pilar Cernuda

Foto: Virginia Mayo
AP

Da gusto con algunos líderes independentistas: en cuanto vienen mal dadas, toman las de Villadiego y se marchan al extranjero para escapar de la acción de la Justicia, sin tener en consideración que, con su huida, dejan a su guardia pretoriana bajo las patas de los caballos. Con los jefes fugados en paraísos seguros –o aparentemente seguros-, sus colaboradores han recibido en su trasero las patadas judiciales que debían propinarse a los huidos, de manera que han acabado en prisión preventiva, con fianzas de cinco o seis cifras, los pasaportes retirados y comparecencias periódicas ante el juez para demostrar que seguían en España. Algunos de ellos incluso han tenido que sufrir la humillación de retractarse públicamente de sus ideas para sortear la cárcel, un oprobio que les perseguirá de por vida.

Sin embargo, esos líderes de Junts y -y ahora de la CUP- que distribuyen vídeos paseando por amplias avenidas en Bélgica o en Suiza, mientras sus compañeros no tienen más recurso que el rancho y el monótono recorrido por el patio, siguen contando con el respaldo de un porcentaje alto de independentistas. Incomprensible, aunque siempre es difícil interpretar las actitudes de los fanáticos, sean de derechas o de izquierdas. O independentistas, como es el caso. Cualquier persona con dos dedos de frente consideraría cobardes a los fugados, pero los fundamentalistas del independentismo siguen viendo como héroes a los huidos, e incluso dan por buena esa patraña en la que hacen paralelismo entre su actitud y la de Mandela o Gandhi.

Allá los independentistas con su estrategia, sus luchas por el liderazgo, su empecinamiento en separarse de España y sus pintorescas ideas para investir como presidente de la Generalitat a Puigdemont. Con su pan se lo coman. Lo que no es de recibo es que después de cien días desde la Gran Escapada, continúen presentando a figuras del independentismo como valientes guerreros dispuestos a jugarse la vida por sus ideas. De eso nada. Ni valientes ni guerreros: simplemente, hombres y mujeres de medio pelo que salen corriendo en cuanto hay peligro, dejando atrás en difícil situación a sus más próximos colaboradores.

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4 consejos para evitar que se propague la gripe en tu oficina

Redacción TO

Foto: Kelly Sikkema
Unsplash

Si sientes que tú puedes ser el siguiente, será mejor que sigas leyendo con atención. Las oficinas y las aulas son nidos de virus, un lugar perfecto para el contagio de enfermedades, y este año la gripe ha llegado con una fuerza inusual. La Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) señaló a mediados de enero que la mutación del virus de la gripe este año ha reducido la eficacia de la vacuna hasta un 25% y, desde el comienzo de la temporada, al menos 157 personas han fallecido por gripe en España.

La higienista estadounidense Nellie Brown, directora del Programas de Salud y Seguridad en el Trabajo de la Universidad de Cornell, ofrece cuatro consejos fundamentales para mantenernos a salvo del contagio o, en caso de ser nosotros los enfermos, evitar que otros contraigan nuestra enfermedad, tal y como recoge la revista especializada Futurity.

4 consejos para evitar que se propague la gripe en tu oficina 1
Foto: Elizabeth Lies/Unsplash

1. Mantén la oficina limpia (y también tus manos)

Desinfecta a fondo la oficina. Ocúpate de que las superficies de las mesas y de que los objetos estén limpios con los productos germicidas adecuados. Recuerda lavarte las manos concienzudamente y con frecuencia. No emplees pañuelos de papel más de una vez.

2. Aleja tus manos de los objetos comunes

No es necesario caer en un caso de abierta paranoia, pero debemos tomar ciertas precauciones si no queremos ser los siguientes en caer. Sobre todo si has visto que la persona enferma ha cogido o utilizado el objeto anteriormente, evita emplearlo. Y si eres el portador del virus, por favor, piensa en tus compañeros a la hora de tocar el mobiliario. Eso nos conduce al siguiente consejo.

3. Evita acudir al trabajo si estás enfermo

Quédate en casa. En serio. No vayas a la oficina o a clase. Si tienes gripe, es mejor que no expongas al resto al contagio. Además, es lo que necesita tu organismo pare recuperarse. Si estás dolorido y con fiebre y tu cuerpo te pide descanso, será mejor que se lo proporciones.

4. Si eres el jefe, no penalices a quien se ausente por enfermedad

Dile al empleado que se quede en casa. Que no acuda a la oficina. Que vaya a trabajar no le conviene a nadie, ni a la empresa ni al mismo trabajador. Porque, además del sufrimiento del paciente, te expones a que otros trabajadores se contagien. Y eso es un peligro –también– para el negocio.

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