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¿Por qué hay gente que sigue creyendo que la Tierra es plana?

María Hernández

Foto: NASA
AP

Que la Tierra es redonda es algo que todos tenemos clarísimo casi desde que tenemos memoria. Pensar que pudiera tener otra forma se nos antoja una verdadera locura y, claro, quienes cuestionan esta realidad suelen quedar como unos locos. Y no, no están de broma, como todos nos hemos preguntado alguna vez, y ellos mismos se encargan de repetir esto una y otra vez.

Aunque parezca increíble, todavía hay gente que en pleno siglo XXI que dedica todo su tiempo a tratar de demostrar que todas las evidencias acerca de que nuestro planeta es redondo son falsas y que, en realidad, la Tierra es plana y las autoridades no quieren admitirlo.

¿Cuáles son sus argumentos?

Los defensores del terraplanismo, como denominan a este movimiento, están acostumbrados a ser tachados de locos, aunque lo niegan rotundamente. Aseguran que tienen pruebas científicas de que nuestro planeta no es redondo, de que todos estamos equivocados y, por supuesto, afirman que lo pueden demostrar.

La primera razón que aportan los seguidores de esta creencia es que nuestros propios sentidos nos demuestran que la Tierra en realidad no es redonda. “El mundo no se ve redondo, la parte de abajo de las nubes es plana, el movimiento del Sol…, estos son ejemplos de que tus sentidos te dicen que no vives en un mundo esférico y heliocéntrico”, dice la Sociedad de la Tierra Plana, que nació en 1956.

Más allá de las señales sensoriales, los terraplanistas aseguran también que hay sencillos tests que permiten demostrar que la Tierra es plana.

Uno de ellos es el “efecto del barco hundido”. “Está probado que un barco no se hunde tras una colina de agua, pero es la perspectiva quien lo esconde. Esto demuestra que la Tierra no es un globo”, dicen quienes creen en esta teoría.

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La prueba del “barco hundido” demuestra, según este movimiento, que la Tierra es plana. | Foto: Mato/ Unsplash

¿Y las fotografías hechas desde el espacio? Para ellos, meras falsificaciones. ¿Por qué? Según ellos mismos esgrimen, se trataría una conspiración entre los Gobiernos y agencias espaciales de todo el mundo.

Su peculiar pensamiento data esta conspiración en la Guerra Fría. La carrera espacial que se generó durante aquellos años entre la Unión Soviética y Estados Unidos para demostrar quién conseguía más logros en el espacio llevó a los Gobiernos y las agencias espaciales a falsificar su investigación sobre el espacio y sus viajes al mismo.

¿Y cómo explican la conspiración ahora? Dinero, simplemente dinero. Según los terraplanistas, los Gobiernos quieren ahorrarse lo que cuestan las investigaciones espaciales y para ello falsifican fotografías, vídeos y pruebas científicas.

Una explicación para todo

Que la Tierra fuera plana no solo cambiaría nuestro visión del planeta, sino que significaría que numerosas teorías científicas en las que creemos desde hace décadas e incluso siglos no tendrían ningún sentido. Pero los terraplanistas tienen una explicación para todo.

Sobre el día y la noche, aseguran que el hecho de que el Sol salga y se ponga es una cuestión de perspectiva, y lo que ocurre en realidad es que se mueve alrededor del Polo Norte. Esta misma teoría se aplica a las estaciones del año, según los terraplanistas.

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Así explican los terraplanistas el día y la noche. | Gif: Flat Earth Society

Respecto a la gravedad, los terraplanistas aseguran que ésta realmente existe en de una manera mucho más reducida de lo que se enseña y que está causada por una aceleración constante de la Tierra.

Y así con todo: los fenómenos meteorológicos, el campo magnético, la velocidad de aceleración del planeta… Los terraplanistas aseguran que existe una explicación lógica para todos los fenómenos que asociamos con un planeta redondo.

Mad Mike Hughes

Si es sorprendente que haya gente en el mundo que justifica estas teorías, más impactante aún es que algunos dediquen todo su tiempo, esfuerzo y dinero a demostrarlas de una manera mucho más arriesgada.

Un ejemplo de ello es el caso de ‘Mad Mike Hughes’ (el Loco Mike Hughes), que ha construido su propio cohete para comprobar por sí mismo la forma que tiene la Tierra.

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‘Mad Mike Hughes’ junto a su cohete. | Mad Mike Hughes/ Facebook

Desde 2016, este estadounidense trata de recaudar fondos para poder llevar a cabo su propia misión espacial. Pero no fue hasta finales de ese año cuando decidió unirse a la corriente del Terraplanismo. La Sociedad de la Tierra Plana no dudó en aprovechar esta oportunidad y donó una gran cantidad de dinero a la causa de ‘Mad Mike Hughes’ para ver si finalmente logra convencer al mundo de lo que ellos consideran algo evidente.

Este conductor de limusinas asegura que su objetivo no es demostrar que la Tierra es plana, sino simplemente comprobar cuál es su forma real por sus propios medios. Está convencido de que las escuelas públicas son un centro de adoctrinamiento en el que se enseña a los niños lo que conviene a los Gobiernos.

Por eso, ha anunciado que el 3 de febrero lanzará por primera vez su cohete desde una localización privada, ya que no ha logrado el permiso de las autoridades para hacerlo desde un lugar público.

Su intención con este cohete es darse a conocer aún más, así como lograr la influencia y el dinero necesarios para llevar a cabo su proyecto final y demostrar por fin cuál es la forma real de la tierra.

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Cómo (y cómo no) hacer efectivas las reivindicaciones políticas

Josu de Miguel

Foto: Francisco Seco
AP

Alexandre Kojève nació en Rusia, aprendió filosofía en Alemania, y terminó sus días como alto funcionario en Francia preparando las condiciones para la realización de un mercado común en Europa. Su modestia intelectual no le impidió descubrirnos el intríngulis de la Fenomenología del espíritu de Hegel: el despliegue de la historia no era sino un largo proceso donde el deseo de reconocimiento de los postergados jugaba un papel esencial, como era el caso de la lucha entre el amo y el esclavo. La importancia que tuvo esta lógica en la formulación del marxismo y en todos los movimientos que desde el siglo XIX han intentado la liberación de personas y grupos que veían negados sus derechos, resulta indudable y ha sido muchas veces puesta de manifiesto.

En el éxito de las causas de liberación juega un papel muy importante que el conjunto de la sociedad haga suyas las reivindicaciones de justicia a las que normalmente se apela. La clase obrera consiguió tempranamente este objetivo, no solo por su gran inteligencia organizativa, sino porque convenció a la burguesía de la necesidad de incorporar al sistema de poder mecanismos para reducir el conflicto entre los que tenían y no tenían. El tercer mundo fue capaz de persuadir a las potencias victoriosas de la II Guerra Mundial, de la importancia de integrar en la Carta de Naciones Unidas fórmulas jurídicas para desmantelar el régimen colonial. Estos ejemplos nos deben hacer reflexionar sobre el fracaso parcial de otras causas, como la racial, la feminista o la nacional, que aún no han sido capaces de tener un éxito pleno en la consecución de objetivos que a priori pueden considerarse como razonables.

La mayor parte de los análisis entienden que los motivos del fracaso de estos movimientos se debe a las condiciones de las estructuras sociales y a los intereses de los grupos dominantes. De ahí se derivarían, además, obstáculos jurídicos insalvables. Este argumento es en parte cierto. Sin embargo, también considero que el fracaso parcial se debe a que han adoptado una filosofía del reconocimiento que ha sido incapaz de aunar lo universal con lo particular. Me sorprende que en el actual debate sobre los males de la izquierda, casi nadie advierta este asunto: el problema estaría en el descuido de los problemas de los desfavorecidos. Pero fue Sartre quien dijo que el éxito revolucionario de la burguesía fue hacer suyo el programa del conjunto de la humanidad. Y fue Azaña quien afirmó que el problema radical de su tiempo no era preguntarse por cómo se debía ser español, sino por cómo se debía ser hombre (lo que en aquel tiempo incluía a toda la humanidad).

Naturalmente, nada impide que la búsqueda de un reconocimiento se incorpore a las reivindicaciones partidistas. Pero estas debieran hacer hincapié en su encaje en una moral compartida que las avale y evitar la lesión de los principios constitucionales sobre las que se asientan las demandas. Ya hace unos meses Podemos sorprendió con una proposición de ley contra la discriminación por orientación sexual que reproducía el aparato sancionador instaurado en la famosa “ley mordaza”. El PSOE propone una reforma de la Ley de la Memoria Histórica para castigar penalmente opiniones que justifiquen el franquismo, la misma semana en la que se aprueba una norma en Polonia que impide vincular al país con el Holocausto judío. Igualdad y dignidad son nociones susceptibles de traducción jurídica concreta, pero su éxito depende de una comprensión participada de los motivos que se invoquen al exteriorizar el sentimiento de humillación. Poca comprensión puede haber si se angostan los límites de la conversación democrática: menos si se dicta el lenguaje en el que ésta tiene que discurrir.

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Daniel Capó

Foto: Christophe Ena
AP Foto

Pascal Quignard, al hablar de la melancolía, cita a Homero. Leemos en la Ilíada: “Objeto de odio para los dioses, solo en la llanura de Alea, yerra un hombre cuyo corazón devora la tristeza y que evita la huella de todos los demás”. El melancólico, el solitario, es el hombre apartado por los dioses, desechado por la sociedad. Dante lo sitúa en el infierno, al igual que John Milton. Es el mundo perdurable de los solitarios, hechizados por belleza frágil contenida en el tiempo, que se empeñan en reducir a cenizas el instinto continuo de la pasión. “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris“, reza el calendario litúrgico; es decir, “recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. He aquí el acta fundacional de la melancolía: una especie de maldición que llena de lágrimas la mirada humana y pone a prueba a la sociedad con su juicio. Por definición, el hombre libre es el solitario que no se ajusta a la opinión de la mayoría ni a los dogmas severos de la inteligencia mundana. El hombre libre lee porque, al llegar la noche, dialoga con sus amigos y hermanos los muertos. El hombre libre respeta las leyes escrupulosamente, pero no las obedece en su fuero interno. La maldición de la melancolía se resume en una libertad conciente de sus límites: en ocasiones, hasta la enfermedad; en ocasiones, hasta el aislamiento y la muerte.

Objeto de odio para los dioses, el arte –en cambio– ha reivindicado la bondad de la melancolía que se levanta contra los falsos ídolos que recorren la Historia. Emerson nos recuerda que el sentido de la amistad es prepararnos para la soledad. Pienso que es así: sólo desde el interior se puede iluminar la vida. La melancolía, la introversión, nos permite conocer mejor la fragilidad propia y la ajena. Nos ayuda a descreer de los supuestos valores de la normalidad. En última instancia, nos muestra, con una insistencia obsesiva, el revés del tapiz de las cuestiones humanas, que son las preguntas de los verdaderos dioses: ¿por qué el amor y la bondad?, ¿por qué el mal y la injusticia?, ¿por qué la vida?, ¿por qué la muerte? Aún más, ¿qué sería de un país y de una sociedad sin sus grandes solitarios?

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Valientes guerreros

Pilar Cernuda

Foto: Virginia Mayo
AP

Da gusto con algunos líderes independentistas: en cuanto vienen mal dadas, toman las de Villadiego y se marchan al extranjero para escapar de la acción de la Justicia, sin tener en consideración que, con su huida, dejan a su guardia pretoriana bajo las patas de los caballos. Con los jefes fugados en paraísos seguros –o aparentemente seguros-, sus colaboradores han recibido en su trasero las patadas judiciales que debían propinarse a los huidos, de manera que han acabado en prisión preventiva, con fianzas de cinco o seis cifras, los pasaportes retirados y comparecencias periódicas ante el juez para demostrar que seguían en España. Algunos de ellos incluso han tenido que sufrir la humillación de retractarse públicamente de sus ideas para sortear la cárcel, un oprobio que les perseguirá de por vida.

Sin embargo, esos líderes de Junts y -y ahora de la CUP- que distribuyen vídeos paseando por amplias avenidas en Bélgica o en Suiza, mientras sus compañeros no tienen más recurso que el rancho y el monótono recorrido por el patio, siguen contando con el respaldo de un porcentaje alto de independentistas. Incomprensible, aunque siempre es difícil interpretar las actitudes de los fanáticos, sean de derechas o de izquierdas. O independentistas, como es el caso. Cualquier persona con dos dedos de frente consideraría cobardes a los fugados, pero los fundamentalistas del independentismo siguen viendo como héroes a los huidos, e incluso dan por buena esa patraña en la que hacen paralelismo entre su actitud y la de Mandela o Gandhi.

Allá los independentistas con su estrategia, sus luchas por el liderazgo, su empecinamiento en separarse de España y sus pintorescas ideas para investir como presidente de la Generalitat a Puigdemont. Con su pan se lo coman. Lo que no es de recibo es que después de cien días desde la Gran Escapada, continúen presentando a figuras del independentismo como valientes guerreros dispuestos a jugarse la vida por sus ideas. De eso nada. Ni valientes ni guerreros: simplemente, hombres y mujeres de medio pelo que salen corriendo en cuanto hay peligro, dejando atrás en difícil situación a sus más próximos colaboradores.

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4 consejos para evitar que se propague la gripe en tu oficina

Redacción TO

Foto: Kelly Sikkema
Unsplash

Si sientes que tú puedes ser el siguiente, será mejor que sigas leyendo con atención. Las oficinas y las aulas son nidos de virus, un lugar perfecto para el contagio de enfermedades, y este año la gripe ha llegado con una fuerza inusual. La Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) señaló a mediados de enero que la mutación del virus de la gripe este año ha reducido la eficacia de la vacuna hasta un 25% y, desde el comienzo de la temporada, al menos 157 personas han fallecido por gripe en España.

La higienista estadounidense Nellie Brown, directora del Programas de Salud y Seguridad en el Trabajo de la Universidad de Cornell, ofrece cuatro consejos fundamentales para mantenernos a salvo del contagio o, en caso de ser nosotros los enfermos, evitar que otros contraigan nuestra enfermedad, tal y como recoge la revista especializada Futurity.

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Foto: Elizabeth Lies/Unsplash

1. Mantén la oficina limpia (y también tus manos)

Desinfecta a fondo la oficina. Ocúpate de que las superficies de las mesas y de que los objetos estén limpios con los productos germicidas adecuados. Recuerda lavarte las manos concienzudamente y con frecuencia. No emplees pañuelos de papel más de una vez.

2. Aleja tus manos de los objetos comunes

No es necesario caer en un caso de abierta paranoia, pero debemos tomar ciertas precauciones si no queremos ser los siguientes en caer. Sobre todo si has visto que la persona enferma ha cogido o utilizado el objeto anteriormente, evita emplearlo. Y si eres el portador del virus, por favor, piensa en tus compañeros a la hora de tocar el mobiliario. Eso nos conduce al siguiente consejo.

3. Evita acudir al trabajo si estás enfermo

Quédate en casa. En serio. No vayas a la oficina o a clase. Si tienes gripe, es mejor que no expongas al resto al contagio. Además, es lo que necesita tu organismo pare recuperarse. Si estás dolorido y con fiebre y tu cuerpo te pide descanso, será mejor que se lo proporciones.

4. Si eres el jefe, no penalices a quien se ausente por enfermedad

Dile al empleado que se quede en casa. Que no acuda a la oficina. Que vaya a trabajar no le conviene a nadie, ni a la empresa ni al mismo trabajador. Porque, además del sufrimiento del paciente, te expones a que otros trabajadores se contagien. Y eso es un peligro –también– para el negocio.

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