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Premio Cervantes, un recorrido por los 'Nobel' de la literatura en lengua hispana

Marta Ruiz-Castillo

Foto: Daniel Ochoa de Olza
AP Photo/Archivo

El Premio Cervantes está considerado como el Premio Nobel de las letras hispánicas y la ceremonia de entrega del galardón se celebra el 23 de abril con motivo del Día del Libro. Este año es una excepción porque el último galardonado, el escritor catalán Eduardo Mendoza, ha recibido su merecido premio de manos del rey Felipe en una ceremonia celebrada este jueves en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, porque el 23 cae en domingo.

El prestigioso premio fue instituido en 1974. El objetivo era y sigue siendo honrar la obra literaria completa de escritores de habla hispana. Los candidatos se presentan por el pleno de la Real Academia Española y por las Academias de los países hispanos y los premiados en años anteriores. El jurado lo preside el ministro de Cultura y Educación de España.

Si hubiera que poner alguna pega a este importante galardón de las letras es el escaso número de mujeres reconocidas con el Cervantes. Sólo cuatro escritoras de una larga listas de hombres.

Relación de premiados y sus discursos:

1976 – Jorge Guillén, tuvo el honor, como dijo él mismo, de estrenar este premio en su primera edición celebrada en 1976. El poeta español y crítico literario integrante de la Generación del 27 agradeció la elección de los académicos en un emotivo y breve discurso en el que destacó su “gratísima sorpresa, y, más aún, en este siglo que nos ha tocado gozar y padecer. Todos los oráculos coinciden: la historia desemboca en una realidad que se reduce a dos culminaciones: economía y política”.

1977 – Alejo Carpentier, se convirtió, por su parte, en el primer galardonado iberoamericano y en su intervención rindió homenaje a la novela en general y a Miguel de Cervantes en particular, del que dijo ser fiel admirador. “No hay ni habrá crisis de la novela mientras la novela sea novela abierta, novela de muchos, novela de buenas y fuertes variaciones -valga el término musical- sobre los grandes temas de la época, como lo fue en su tiempo la ejemplar novela, a la vez local y universal, de Miguel de Cervantes Saavedra”.

1978  – Dámaso Alonso, poeta, crítico y lingüista español, aceptó el galardón haciendo una encendida defensa de la lengua española. “Todos los que usamos nuestra lengua estamos obligados (los cultos especialmente) a que entre nuestros veinte países se conserve la perfecta nitidez, la claridad total que aún tiene hoy a pesar de las diferencias aisladas de fonética, léxico, etc. Tenemos todos que defender la unidad del español”.

1979  – Gerardo Diego, poeta cántabro, en su alocución recordó que “todos los años, primaveras, otoños, son el año de Cervantes. Y por eso Miguel remuere todas las primaveras para renacer todos los otoños y cantar quijotesco contrapunto a la infinita melodía vegetal”.

1979 – Jorge Luis Borges, una de las más prestigiosas figuras de la literatura argentina compartió el Cervantes en esta edición con un breve discurso en el que habló de Cervantes pero, sobre todo, expresó su agradecimiento por recibir de manos del rey tan honroso reconocimiento. “Me conmueve mucho el hecho de recibir este honor en manos de un Rey, ya que un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal”.

1980 – Juan Carlos Onetti, el novelista uruguayo y gran fabulador de historias. “Que un hombre, a mi edad, se vea rodeado de pronto, sin merecerlas, por tantas formas de amor y de la comprensión, ya es, en sí mismo, uno de los mejores dones que el destino puede depararle, un regalo de los dioses, algo que, por desgracia, sucede muy pocas veces”, dijo emocionado.

1981 – Octavio Pazel gran poeta mexicano hizo gala de su reconocida humildad cuando dijo “soy apenas un episodio en la historia de nuestra literatura, la transitoria y fortuita encarnación de un momento de la lengua española”.

1982 – Luis Rosales, la voz de Granada hecha poesía y su elogio a Cervantes. “Con Cervantes comienza la crítica de los absolutos, y comienza con una sonrisa, no de placer sino de sabiduría. Cervantes sonríe. Aprender a ser libre es aprender a sonreír”.

1983 – Rafael Alberti, el poeta gaditano y el recuerdo del exilio centraron su discurso. “Cuando un poeta español llega como exiliado a aquella América en la que aún, con toda su variedad y riqueza de modulaciones, se habla la castilla, aquellas dolorosas raíces que llevaba fuera, rotas, expuestas a los vientos, al cabo de los años se vivifican, renacen, crecen, se llena de hojas, de brotes nuevos, gulas largas, inmensas, que por encima del mar vuelan a ciegas a encontrarse con aquellas otras desgajadas, partidas, que allá lejos quedaron”.

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El Rey Juan Carlos entrega el Premio Cervantes 1983 al poeta gaditano Rafael Alberti, durante un acto solemne celebrado en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. EFE//ct

1984 – Ernesto Sábato, el novelista argentino comprometido. “El hombre podría haber sido feliz como un animal sin conciencia de la muerte o como espíritu puro, no como hombre: desde el momento en que se levantó sobre sus dos pies, inauguró su infelicidad metafísica”.

1985 – Gonzalo Torrente Ballesterel novelista y profesor rindió homenaje a la profesión del enseñante. “Yo he sido profesor, y aunque no esté aquí como tal, no puedo dejar de serlo, menos aún olvidarlo en esta ocasión. Durante medio siglo intenté comunicar a muchas generaciones de mozos y mozas el arte de la Lengua y el secreto de la Literatura”.

1986 – Antonio Buero Vallejo, un premio al dramaturgo español por excelencia. “Al recibir hoy este premio de las augustas personas cuya presencia tanto me honra, me conforta suponer que, si se me ha concedido porque deleité algo, también se me habrá otorgado porque algo inquieté”.

1987 – Carlos Fuentes, el narrador mexicano nacido en Panamá que alabó el habla castellana al destacar que “esta lengua nuestra se está convirtiendo, cada vez más, en una lengua universal, hablada, leída, cantada, pensada y soñada por un número creciente de personas”.

1988 – María Zambrano, la primera mujer y filósofa ganadora del Cervantes que no pudo recoger personalmente debido a su delicado estado de salud pero que en su discurso destacó dicha condición. “Gracias por concederme, en esta hora de España y en la Universidad de Alcalá de Henares, la ocasión de haber sido la primera mujer galardonada con el Premio Cervantes”.

1989 – Augusto Roa Bastos, el narrador y poeta considerado el escritor paraguayo más importante del siglo XX que reivindicó el fin de la dictadura en su país. “Señala este hecho, en consecuencia, el comienzo de la restauración moral y material de mi país en un sistema de pacífica convivencia; la entrada de Paraguay en el concierto de naciones democráticas del continente”.

1990 – Adolfo Bioy Casares, el novelista argentino que concluyó con un particular agradecimiento. “Quiero también expresar mi gratitud a un escritor que no está aquí, pero que está presente: Cervantes, a quien le debo la literatura, que dio sentido a mi vida”.

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Adolfo Bioy Casares en la rueda de prensa en Madrid de 1990, tras ganar el Premio Cervantesl de Cervantes | Foto: Desmond Boylan / AP

1991 – Francisco Ayala, novelista y ensayista andaluz afincado en Madrid, y su elogio a la lectura. “Creo oportuno, cuando nos hallamos reunidos para honrar la memoria de Cervantes, insistir sobre las indispensables virtudes del ejercicio literario, que no consiste tan sólo en escribir, sino también, por supuesto, en leer”.

1992 – Dulce María Loynaz, la primera mujer poeta llegada de Cuba, que rindió tributo a la risa de la que dice que “cuando puede participarse, hermana a los hombres”.

1993 – Miguel Delibes, el castellano más universal y su elogio a la labor del novelista como creador. “La imaginación del novelista debe ser tan dúctil como para poder intuir lo que hubiera sido su vida de haber encaminado sus pasos por senderos que en la realidad desdeñó”.

1994 – Mario Vargas Llosa, el novelista peruano que mostró al mundo su Arequipa natal, entre la ficción y la realidad. “Combatir la realidad con la fantasía, que es lo que hacemos todos cuando contamos o fabricamos historias es un juego entretenido mientras nos mantengamos lúcidos sobre las fronteras inquebrantables entre ficción y realidad”.

1995 – Camilo José Cela, el gallego universal que cambió la medicina por las letras, vio cumplido su deseo de recibir el Cervantes como el novelista admitió en su discurso. “Nunca se llega tarde a ningún sitio, jamás se nace ni se muere cinco minutos antes, y todos los puertos son seguros tan pronto como se rinde en ellos la más azarosa y difícil singladura”.

1996 – José García Nieto, el poeta español y periodista cuyo estado de salud le impidió pronunciar su discurso aunque sí estuvo presente en la ceremonia. Su su amigo el poeta Joaquín Benito de Lucas quien lo leyó en su nombre. “Se ha querido (dice) rendir tributo y homenaje a todos los poetas que, surgidos en la década de los años cuarenta, comenzaron a crear su obra en esos años tan atribulados y conflictivos de la moderna historia de España”.

1997 – Guillermo Cabrera Infante, ensayista y novelista cubano no decepcionó con sus juegos y preguntas que llenan sus obras. ¿Qué les parece Don Quijote de las Indias? ¿Qué tal Sancho Pampa? No habría habido molinos, pero habría vientos”.

1998 – José Hierro el poeta vinculado a Santander y su elogio de la palabra. “El sistema del poeta, recordé antes, consiste en hacer accesible a la razón lo que, en su origen, es música errante que ha de encadenarse al pentagrama, lo que le permitirá ser interpretada y, en consecuencia, hacerse audible para todos”.

1999 – Jorge Edwards, polifacético autor chileno que no imaginó alcanzar tales honores. “Debo decir que nunca estuve destinado por las circunstancias, por mi formación, por el ambiente en el que me tocó crecer, a convertirme en un autor de artefactos verbales en verso o en prosa”.

2000 – Francisco Umbral, un paradigma del periodismo literario que rindió homenaje a Don Quijote, el personaje más famoso de Cervantes. “El Quijote no es el libro que vive sino la vida que no ha vivido”.

2001 – Álvaro Mutispoesía y novela entremezcladas de un escrito exigente, como se encargó de recordar en su intervención. “Mi relación con lo que he escrito ha estado siempre señalada por el rigor de una autocrítica implacable y la angustia de no haber alcanzado la plenitud y claridad de lo que he querido decir

2002 – José Jiménez Lozano, un abogado entre literatos apasionado de Cervantes y su arte de escribir. “Este señor Miguel de Cervantes se alimenta de la memoria y de la escucha, que son la materia del contar”.   

2003 – Gonzalo Rojas, el poeta chileno y su original inicio del discurso de agradecimiento. “Discursos van, discursos vienen y no dicen gran cosa. He medido las páginas. No pasaré de diez con letra grande”.

2004 – Rafael Sánchez Ferlosio, un novelista a caballo entre España e Italia. “En mis tiempos era muy difícil encontrar un padre joven, medianamente instruido, que, en el trato con sus hijos, no se creyese un pedagogo consumado”.

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Rafael Sánchez Ferlosio escucha las intervenciones previas a su discurso de agradecimiento por el Cervantes en la ceremonia celebrada en el Paraninfo de Alcalá de Henares | Foto: Sergio Pérez / Reuters

2005 – Sergio Pitol, novelista mexicano y el recuerdo de una intensa vida. “Tal vez el mayor deslumbramiento en mi adolescencia fue el idioma de Borges”.

2006 – Antonio Gamoneda, el poeta asturiano hijo de poeta. “Increíble y cierta es también, en su esencialidad, la poesía”.

2007 – Juan Gelman, poeta bonaerense y su pasión por El Quijote. “Lo leí por primera vez en mi adolescencia y con placer extremo después de cruzar, no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones escolares”.

2008 – Juan Marsé, novelista, periodista y guionista de cine, un alarde de humildad. “La verdad es que yo nunca me vi donde ustedes me ven ahora”.

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El novelista catalán Juan Marsé en la ceremonia de entrega del Cervantes en 2009 | Foto: Susana Vera / AP

2009 – José Emilio Pacheco, el poeta mexicano y su relación con lo español. “Para volver al plano de la realidad irreal o de la irrealidad real en que los personajes del Quijote pueden ser al mismo tiempo lectores del Quijote, me gustaría que el Premio Cervantes hubiera sido para Cervantes”.

2010 – Ana María Matutela escritora barcelonesa que ya desde su primera infancia escribía e ilustraba sus propios cuentos y en su emotivo discurso habló de ella, de su relación con la literatura. “Sólo tenía un amigo, mi muñeco Gorogó, que, naturalmente, más tarde incorporé a una de las novelas con las que me siento más identificada, Primera memoria”.

2011 – Nicanor Parra, el poeta chileno, dada su avanzada edad, no pudo acudir a recoger el galardón y envió en su lugar a su nieto Cristóbal Ugarte, encargado de leer el discurso del premiado en el que recitó algunos de sus poemas.

2012 – José Manuel Caballero Bonaldel novelista de raíces españolas y cubanas, apasionado de las aventuras de Don Quijote. “Aún puedo revivir las emociones que me transferían esas precisas andanzas de don Quijote”.

2013 – Elena Poniatowskaparisina y mexicana a partes iguales, defensora de la lengua castellana. “Lo que se aprende de niña permanece indeleble en la conciencia y fui del castellano colonizador al mundo esplendoroso que encontraron los conquistadores”.

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La escritora Elena Poniatowska en la ceremonia del Cervantes en Alcalá de Henares, en 2014 | Foto: J.J.Guillen / REUTERS

2014 – Juan Goytisolo, no podía sino dedicarse a las letras viniendo de una familia de escritores  y defensor de la libertad en el más amplio sentido de la palabra. “Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia”.

2015 – Fernando del Paso, el economista mexicano atrapado por la literatura. “Quizá debí haber comenzado este discurso de otra forma y decirles que yo nací en el ámbito de la lengua castellana el 1º de abril de 1935 en la ciudad de México”.

2016 – Eduardo Mendoza, el escritor catalán que mejor refleja la excelencia del humor en la literatura y que ha negado que se trate de un género menor, como a menudo se considera.

Verdades ponzoñosas y mentiras saludables

Gregorio Luri

Foto: Paul Hanna
Reuter

En Las mentiras convencionales de la civilización (1883), Max Nordau intentó fundar un régimen político basado en una concepción científica del mundo y que, en consecuencia, fuera refractario a cualquier tipo de mentira: religiosa, aristocrática, política, económica, erótica, de prensa… Le salió una bonita fábula literaria.

El proyecto fue retomado por James Morrow, un Jonathan Swift de nuestro tiempo, en su novela The City of Truth (1990), imaginándose la vida en Veritas, una ciudad sin mentiras, en la que todo el mundo es tan sincero que ni tan siquiera las metáforas están bien vistas. En la puerta de los ascensores puedes encontrar esta advertencia: “El mantenimiento de esta máquina se lleva a cabo por personas que detestan su trabajo. Tú sabrás lo que haces”. Los campamentos de verano para niños se llaman “Ahí os quedáis, chavales!”. Los anuncios comerciales hablan de los defectos de los productos que promocionan. Los políticos cuentan con pelos y señales sus trapicheos. El nombre de las hamburguesas es “bocadillos de carne de ternera asesinada”. Las fórmulas de cortesía son completamente honestas: “Suyo, pero sólo hasta cierto punto”. Los libros más leídos tienen títulos como “La mendacidad de las buenas maneras”.

El protagonista de The City of Truth es Jack Perry, un “deconstruccionista.” Su oficio consiste en destruir las viejas palabras mentirosas. No comprende cómo pudo vivir la humanidad en un mundo en el que los políticos mentían, las mujeres llevaban maquillaje, los niños creían en el ratoncito Pérez y no te podías dirigir a una desconocida para informarle de que estabas sexualmente a tono.

Veritas es la distopía de la transparencia absoluta.

Lo que James Morrow nos muestra irónicamente, Ibsen se lo tomó muy en serio. En Casa de muñecas y en Pato salvaje nos asegura que los seres humanos no podemos vivir en condiciones de absoluta realidad. Necesitamos enmascarar las miserias de nuestra naturaleza. Por eso nos inventamos el pasado del que nos gustaría proceder, el presente en el que querríamos vivir y las ilusiones que imaginamos merecer.

Parece que ninguna ciudad puede soportar el cinismo de los deconstruccionistas empeñados en desvelarle al grillo que canta feliz creyéndose un jilguero, que sólo es un miserable grillo o a la cría de centauro que galopa por la playa, que sólo es un mito. Bien lo sabía el gran Menéndez Pelayo cuando escribe que “temeridad sería negar la predicación de Santiago en España, pero tampoco es muy seguro el afirmarla”. Maeztu, dándole a la ironía una forma más grave, consideraba imprescindible defender la participación del apóstol Santiago en la batalla de Clavijo sobre un caballo blanco, sin transigir ni con que fuera tordo.

Yo sospecho que el mal de España es que nunca ha sabido mentirse a sí misma de forma verosímil.

Antonio Pampliega: “El terrorismo es una agencia de marketing”

Clara Felis

Foto: Cecilia de la Serna
The Objective

Su mirada proyecta cierto cansancio y escepticismo. Es difícil recordar. También repetir el discurso e indagar en el inconsciente para detallar todo aquello que en su día enterró el sufrimiento. Los golpes. La escasa dieta de olivas y arroz. La pérdida del juicio. El nombre propio. La condición de ser humano.

Antonio Pampliega (Madrid, 1982) busca siempre una salida de emergencia y dirige su foco visual hacia ambos laterales. Es su manera de resetearse. De intentar no caer en el discurso lacrimógeno y sobreactuado. Le da prioridad a los datos, fechas y personajes. Las conclusiones que las saque el de enfrente. Periodismo sin aditivos: investigar, contrastar y escribir. El mismo método que ha empleado en todas las páginas que conforman En la oscuridad. Diez meses secuestrado por Al Qaeda en Siria (Ediciones Península, 2017), un extenso reportaje en formato libro en el que el periodista de guerra relata cada uno de los 299 días que pasó secuestrado por la organización terrorista. Los sueños de la guerra producen monstruos. La memoria también.

Jugabas habitualmente al ajedrez con Tom, como llamas en el libro a uno de tus secuestradores. ¿Cuál es la partida más difícil que tuviste durante tu cautiverio?

La partida más dura fue aguantar solo. Estar solo en una habitación sin poder salir de allí es muy muy duro. Te meten con todos tus fantasmas y te machacan psicológicamente porque te presionan para que digas que eres un espía y no un periodista. Yo sabía que si les decía algo al día siguiente me iban a cortar la cabeza. Tuvimos mucha suerte de que nos cogiera Al Qaeda, si hubiera sido el Estado Islámico nos parte por la mitad.

La escritura te salvó de caer en la demencia…

Cuando me separaron de mis compañeros me dieron papel y lápiz. Fue entonces cuando le iba contando a mi hermana lo que me ocurría, no todos los días, pero sí en momentos puntuales. Acordarme de las fechas y escribir era lo único que tenía para no perder el norte, aunque muchas veces estando solo ni me reconocía (resopla con cierto reparo).

“El terrorismo es una agencia de marketing”/ “En 140 caracteres no entra una historia” 2
Entrevista a Antonio Pampliega. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

Con varios de tus captores hablas sobre sus motivaciones políticas y la defensa de la sharía. ¿Llegaste a comprender su comportamiento y el trato recibido?

Sí que acabas entendiendo por qué hacen ciertas cosas. Desde Europa a esta gente se les tacha de terroristas. Por ejemplo, Tom me decía que no quería ir a Europa, que lo único que deseaba era quitar a al Assad y vivir libre. Es entonces cuando piensas, ¡pero si mi abuelo hizo lo mismo hace 80 años! Cogió un rifle y se fue a combatir por la República. ¿Es mi abuelo un terrorista?

¿Has vuelto a saber de Usama, el contacto que te traicionó?

Me escribió hace poco pero no me interesa. No quiero saber por qué me vendió. Él dice que también fue víctima del secuestro, pero le pedí que no me escribiera más porque no quería saber nada de él. Me ha decepcionado.

¿Y nunca llegaste a sospechar de él?

Durante un año estuve trabajando el contacto de Usama. Pregunté a gente que conocía sobre el terreno, a compañeros que habían trabajado con él y todos me hablaban muy bien. Yo me fío de lo que dice un compañero porque cuando otros han ido a sitios donde yo he trabajado les he dejado mis contactos y mis traductores. Si un compañero me dice que el chaval es bueno, que habla buen inglés y que tiene buenos contactos, me fío de él.

¿Preguntar sobre el terreno, buscar fuentes, es algo que se ha perdido en el periodismo actual?

Para mí es la única manera de hacer periodismo. Ahora es todo a golpe de tweet y en 140 caracteres no entra una historia.

¿Crees que L.M., el ex militar que se presenta como tu amigo, buscaba reconocimiento?

Buscaba reconocimiento, por supuesto, pero quiero creer que lo hizo de buena voluntad. Él no pensaba que me iba a meter en un problema.

Y no sabes nada de él..

Desde 2016 no he vuelto a tener noticias suyas. Habrá leído las entrevistas y se daría cuenta del lío en el que me ha metido.

“El terrorismo es una agencia de marketing”/ “En 140 caracteres no entra una historia” 3
Antonio Pampliega. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

Al inicio del libro describes cómo se te para el reloj de pulsera. Una señal, según indicas, de que las cosas no iban salir bien. ¿Sabías que esta iba a ser tu última vez en Siria?

Sí, yo sabía que nos iban a pillar. Si no era en esta era en la siguiente.Desde 2014 la situación había empeorado y cada vez te vas a arriesgando más. Sin embargo, cuando pasa no lo ves venir, no te lo esperas.

¿Merece la pena pagar para ir a la guerra?

Merece la pena contar la verdad. La guerra del freelance es cada vez más dura porque pagan peor y hay más competencia. Yo he ido a zonas de guerra donde periódicos me han pagado 35 euros a dividir entre el fotógrafo y yo por una crónica en Siria. El problema es que va a peor y el día de mañana nos extinguiremos como los dinosaurios. Por eso secuestran y matan periodistas, porque somos prescindibles.

Hay muchísimos chicos jóvenes que salen de la universidad con una cámara  y se van a Siria sin saber donde se están metiendo. Parte de la culpa tienen las redes sociales. Para nosotros, los free, las redes sociales son nuestro portfolio, nuestro currículum. Es el espacio donde colgamos todas las fotos, los textos y los vídeos. A él accede mucha gente, especialmente aquella que nos tiene como foco y piensa que puede hacer lo mismo.

¿Qué duele más, la culpa propia o las torturas de terceros?

La culpa propia (se queda en silencio varios segundos asimilando lo que acaba de decir). Es lo que más me dolió, porque las torturas las puedes llevar mejor o peor, pero la culpa propia es una losa complicada. Me sentía culpable de haber ido. Me sentía culpable de haberme equivocado con el fixer. Me sentía culpable de haber obligado a llevar a mis amigos a Siria. Me sentía culpable de haber mentido a mi familia, porque les dije que no iba a volver a Siria. Me sentía culpable de muchas cosas. Todavía hoy me siento culpable de algunas.

¿Qué muere de Antonio cuando nace Wail, el nuevo nombre que te asignan tus secuestradores?

Muere todo porque me lo quitaron todo. Te acaban anulando, ese es el objetivo. Cuanto más te aprietan más fácil eres de manejar. Al final del secuestro es cuando encuentro un poco de valor. Era como Alicia detrás del espejo. No sabía lo que era real o no.

¿Ir a la guerra también te convierte en un mercenario?

Sí, pero no solamente la guerra, aquí también hay historias que te pueden convertir en un mercenario. La gente va a la guerra porque es un chute de adrenalina, vanidad, ego. Busca reconocimiento. Lo digo porque he pasado por todas esas etapas. Yo quería reconocimiento, quería destacar, quería ser alguien importante dentro de la profesión y ¿qué es lo que más eco tiene dentro de nuestra profesión? Ser corresponsal de guerra. A mí se me ha reconocido porque me han secuestrado pero si valgo ahora no es por el secuestro, yo era bueno o malo antes.

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Antonio Pampliega. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

¿Cuánto marketing sustenta este tipo de terrorismo?

El terrorismo es una agencia de marketing. Ahora mismo la marca del Estado Islámico pesa mucho más que la de Al Qaeda, y todas las que formaban parte de ella son ahora del Estado Islámico. Boko Haram, por ejemplo. Son los mismos con el mismo ropaje y mismos objetivos: Sembrar terror.

¿Cómo se puede frenar este conflicto y qué papel juegan los distintos organismos internacionales como la ONU?

La gente se echó a manos del Estado Islámico porque no se aguantaban unos a otros. En Mosul los que estaban gobernando eran chiitas, pero el 90% de Mosul son sunitas. Los chiitas masacraban a los sunitas. Ese es el problema. Hay sumisión y hay miedo, pero hay gente que se lo cree y quiere eso a otras cosas. Contra eso no se puede luchar. Es imposible. No hay solución.

No creo en los organismos internacionales porque parte de los que cortan el bacalao son los que te venden las armas. Naciones Unidas es un cáncer y tiene parte de culpa en todo esto. En Sudán del Sur no puedes ir a un campo de refugiados ni un sábado ni un domingo porque los cooperantes están de barbacoa y tienen que  descansar. A la prensa no la dejan entrar en los campos de refugiados. Esto es verídico y me ha pasado. Gervasio Sánchez tiene una frase que me gusta mucho en la que dice que las guerras dejarán de existir en el momento en el que dejen de ser rentables.

Llama la atención que los propios secuestradores dejaran al alcance los cuchillos y nunca les atacarais..

Éramos más en número, teníamos cuchillos y sabíamos dónde estaba el kalashnikov que guardaban, pero para matar hay que valer. Yo no valgo.

¿Crees que el suicidio es un acto valiente?

Visto desde aquí no. Allí, con esas circunstancias, era mi vía de escape. Quitarse la vida nunca es valiente.

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Víctor Sombra: La quimera del hombre tanque

Anna Maria Iglesia

Foto: Cornelia Kerhoff

¿Quién era el hombre tanque? ¿Quién era aquel joven que con camisa en maso se subió en uno de los tanques que, el 5 de junio de 1989, ocupaban la plaza de Tiananmén? Han pasado casi treinta años y esta pregunta sirve sin resolverse. Y es precisamente a este interrogante al que recurre en su nueva novela, La quimera del hombre tanque (Literatura Random House) Víctor Sombra, un escritor que vive en Ginebra y que prefiere que los lectores no conozcan su rostro, de ahí la ausencia de fotos –“no quiero mezclar mi trabajo en Ginebra con mi escritura”, explica él mismo. La búsqueda del hombre tanque y el posible reencuentro de éste con el militar que conducía el tanque es el punto de partida de esta novela, a través de la cual Sombra rastrea lo que significó aquel acontecimiento, pero, sobre todo, recupera aquello que se perdió en aquellos días de junio de 1989.

La búsqueda de la identidad del hombre tanque es una excusa para retratar a la China de hoy, la que nació tras las revueltas del ’89.

Desde luego. Todavía hoy, no se sabe quién es el hombre tanque y la novela gira en torno esto, partiendo de un hecho real: el encuentro entre el hombre y el tanque el mediodía del 5 de junio de 1989 en la plaza de Tiananmén. Lo que me interesaba es, a través de la búsqueda de la identidad del hombre tanque, preguntarme qué ha pasado con China y con el mundo ycuestionar el hecho de que hayamos dado por buena muy fácilmente una determinada interpretación sobre la identidad del hombre tanque y lo que él representa.

Una de las cosas que plantea la novela es que las protestas de Tiananmén más que reclamar una salida del sistema comunista y la implantación de un sistema democrático occidental, reclamaba una reforma del sistema comunista, pero no una salida del mismo.

Sí, efectivamente, y este tipo de reclamaciones a favor de un nuevo modelo comunista formaban parte del debate político de finales de los ’80, cuando todavía se pensaba que podía haber una suerte de tercera vía, entre el comunismo tradicional y la democracia, la vía de un socialismo más participativo y más abierto. Los hechos, sin embargo, no fueron en esa dirección y, en cierta manera, la quimera del hombre tanque es la quimera de un posible sistema en el que se combinaran distintas ventajas y que mantuviera de alguna forma la protección mínima que otorgaba el cuenco de arroz, del que hablaba Mao, y, al mismo tiempo, un sistema que ofreciera un grado mayor de libertad y de democracia. Esta era la vía que muchos de los manifestantes querían tomar, incluyendo parte del partido comunista.

El personaje, Durri, el responsable de buscar al hombre tanque, es un hombre que creyó en el sistema chino, pero que se da cuenta que la única vía que ha tomado China es la vía del capitalismo, negando así los principios de ese sistema en el que él creyó.

Claro, pero para comprender está actitud de Durri hay que entender su biografía: es hijo de los represaliados indonesios del año ’65, cuando hubo una matanza de comunistas en un país, Indonesia, cuyo partido comunista era, junto al Partido Comunista Chino, el más numeroso del mundo. Siendo niño, fue adoptado por una familia australiana y ya de adulto empezó a trabajar como agente de la RDA, que lo envía a China. El problema de Durri es que es un comunista después del comunismo y ¿qué hace alguien que ya no tiene un suelo firme sobre el cual apoyarse? El dilema de Durri es qué comunismo hay después del comunismo; él sigue pensando en la posibilidad de que el régimen chino, a pesar de ser muy mercantilista y tener unas desigualdades tremendas, puede reconectar con los ideales sociales.

¿El Comunismo después del comunismo es, al menos respecto a China, el comunismo que da la mano al capitalismo?

Claro. La realidad es que actualmente en el modelo chino, que sería el modelo de Deng Xiaoping, se prima, por un lado, el mercado y, por el otro, se establece un control muy férreo sobre las libertades de la población. Es un régimen bastante autoritario. En el ’89, se pensaba que se podía ir, y esta era la demanda de los manifestantes, hacia un sistema en el que se prestara más atención a temas como la inflación, el control de los salarios o la corrupción; es decir, se creía posible ir hacia un régimen más social y, a la vez, más libre. La del ’89 fue una oportunidad perdida y China pudo haberse convertido en una referencia para los otros regímenes socialistas que ya habían empezado a tambalearse.

Por tanto, volviendo a su novela, ¿la búsqueda del hombre tanque es la búsqueda de esa China que nunca llegó a ser?

Sí, de alguna forma puede verse así. No acaso el régimen chino ha prohibido la imagen del hombre tanque: no sólo no puede verse en la red, sino que no puede verse ninguna representación gráfica. Aparentemente lo que se está reprimiendo así son las libertades democráticas, pero en el fondo, si vemos sus declaraciones de entonces, Deng Xiaoping más que una convicción de la necesaria censura de la imagen, lo que tenía era miedo a que se repitieran los disturbios acontecidos durante la Revolución Cultural. De hecho, lo que en verdad oculta Deng Xiaoping al censurar la imagen del hombre tanque es la posibilidad de un comunismo más participativo y con menos corrupción.

La quimera del hombre tanque o la China que no llegó a ser. 1
Portada del libro La quimera del hombre tanque

Sin embargo, en un primer momento, el Gobierno chino utilizó de forma propagandística la imagen del hombre tanque para recalcar el carácter no violento del ejército que, según el Gobierno, nunca atacaba a los civiles.

Es cierto y enseñó esa imagen una vez sola, fue a través de la televisión pública, pero luego debieron pensar que la situación era tan inestable que, si difundían la idea de que sus tanques eran escalables, ya no por los ejércitos enemigos, sino por los viandantes, se iba a generar más riesgo. Por ello, luego, optaron por la política de censura. Pero es verdad que, al inicio, la imagen del hombre tanque fue utilizada por China para demostrar que el ejército era amable con la población y, de hecho, el ’89 fue la primera vez que, desde que Deng Xiaoping subiera al poder, el ejército chino disparaba contra la población. Por esto fue tan dramático ese suceso, pues desde 1949 nunca había sucedido algo semejante

Además, posteriormente, se hizo una errónea interpretación de la foto.

La historia que rodea la foto es efectivamente algo errónea: siempre nos han mostrado la imagen del hombre tanque junto al desalojo de Tinnaménn y, en realidad, el desalojo fue en la madrugada del 3 al 4 de junio y la foto fue tomada el día 5, es decir, 30 horas después del desalojo, cuando los tanques están saliendo de la plaza. De hecho, el hombre tanque es quien, desde la avenida, avanza hacia la plaza y, por tanto, hacia los tanques y no viceversa. Se dice, además, que una vez que el hombre tanque bajó de los tanques acudieron algunos hombres en bicicleta y se lo llevaron, pero no sé sabe quiénes eran y qué pasó con él.

A partir de un supuesto reencuentro entre el hombre tanque y el militar que conducía el tanque, su novela describe como aquel hecho del 5 de junio ha marcado la historia social de China.

Desde luego que la ha marcado. Es un suceso que, a mi modo de ver, es icónico a nivel mundial como representación del año ’89 y de la debacle del comunismo y, paradójicamente, es también icónico en china, a pesar de la prohibición de toda imagen relacionada con aquellos días.  Sin embargo, como comentabas, a pesar de la censura, ese hecho del 5 de junio tiene una profunda influencia en la fractura social en China. Ha habido documentales donde se muestra la imagen del hombre tanque a estudiantes chinos y ellos fingen no saber de lo que se trata, pero en el fondo todo el mundo conoce de primera mano o de oídas lo sucedido. En China, el nivel de represión de la imagen llega al punto no se sanciona solo la reproducción de la imagen, sino que basta que se muestre un tanque frente a una persona en cualquier avenida desierta para que haya una sanción. Y si, en cambio de poner un tanque, pones otro objeto, como se hizo con un pato de goma gigante, también hay sanción.

Si bien la imagen paradigmática de esos días es la del hombre tanque, imagino que debe haber mucho más material gráfico de esos días.

Sí, hay tantísimas imágenes de colectivos en marcha, luchando y reclamando sus derechos. Y muchas de las fotos las tiene Televisión Española, porque sus cámaras fueron las últimas a abandonar la plaza de Tiananmén. Lo curioso es que las imágenes de Televisión Española nunca se han editado completas; sus imágenes fueron utilizadas por medios extranjeros, hablamos de imágenes donde se ven cómo los estudiantes abandonan la plaza puño en alto y cantando la Internacional. Y, por lo que he visto, en ningún momento ha habido una reivindicación de ese material y una edición conjunta de todo aquello que se grabó y no se vio.

En la novela, la debacle del comunismo viene acompañada de la entrada en la política del capital por parte de China, algo que usted ejemplifica con la pelea internacional por el control de los pozos de petróleo de Oil Rocks.

Sí, pero todo esto está relacionado con la exaltación del individuo y con la falta de límites del capitalismo. Hablamos mucho de falta de libertades en ciertos países, pero habría que ver cuáles son los límites a un sistema basado nada más en incrementar el valor y los beneficios, sin preocupación alguna por el impacto social o medioambiental. De alguna forma, el derrumbe del socialismo y, sobre todo, de los ideales socialistas lleva hacia un mercantilismo y hacia un mayor valor del dinero y del mercado, pero también hacia esas ideologías que ponen el acento en el más allá, en una supuesta vida eterna donde se cumplirá aquello que en la tierra no se puede realizar.

Se refiere, imagino, al terrorismo islámico, al que se refiere en la novela al hablar sobre la confrontación entre países por el control de los pozos petrolíferos.  

Exacto, pero además me interesa mencionarlo por el uso que los islamistas hacen de las imágenes. Piensa en esa imagen tan recurrente de una diana sobre un edificio en el cual impacta un proyectil con la que se anuncia la noticia de que unos terroristas han sido alcanzados. La imagen nos muestra la eficacia del proyectil, pero nosotros nos quedamos sin saber el efecto que produce el proyectil en el contexto general en el que cae y tampoco sabemos cómo ha sido identificada esa diana. Junto a estas imágenes están las que yo llamo “imágenes invisibles”, imágenes que existen y de las que apartamos la mirada. Piensa en cómo nos resulta difícil ver las decapitaciones llevadas a cabo por el Estado Islámico; nos resulta difícil no solo por la dureza, sino que en ellas descubrimos cómo esta gente, que ahora apoya al Estado Islámico, vivía en las barriadas de nuestras ciudades, en las barriadas de Manchester, de París o de Hannover y nos era completamente indiferente. Los islamistas adquieren visibilidad solo ahora, tiñéndose de sangre, en concreto, de nuestra sangre, a modo de venganza. Y ahora, solo ahora, somos conscientes de ellos, pero hasta ahora nunca antes les hicimos caso.

En un momento de profusión de imágenes, ¿éstas han dejado de ser ilustrativa, más que mostrar, esconde?

La imagen, y más en época de crisis, es una forma para mantenernos entretenidos, mientras los sucesos tienen lugar a nuestras espaldas. En los regímenes políticos sucede algo similar: aquello que silencias es lo esencial, aquello que escondes no sólo es lo más importante, es además tú punto débil, ese punto a partir del cual el sistema habría podido ser diferente.

El personaje de Durri subraya como si el mercado lo requiere, China transgrede los principios básicos del sistema comunista que abandera y Occidente pacta con los estados islamistas, que luego condena por terrorismo y a los que ha financiado hasta hace dos días.

Esto es así. Hay mucha gente a la que le conviene que Oriente Medio esté fragmentado en distintos grupos étnicos y religiosos porque esto hace que no tengan una voz unida y no puedan defender una política de precios coherente, sobre todo por lo que se refiere al petróleo; de esta manera, quienes se benefician son los países occidentales. Las guerras en Oriente Medio, promovidas por Occidente en los últimos decenios, han sido siempre guerra muy orientadas al control de las fuerzas de energía. Y, en gran medida, todos los grupos radicales han sido utilizados según los intereses de Occidente en cada momento. Esto nos hace doblemente hipócritas, sobre todo cuando queremos trazar una línea insoslayable entre ellos y nosotros, es absurdo. Cuando queremos decimos que no tenemos nada que ver con ciertos países, pero cuando nos conviene económicamente tratamos con ellos.

¿El hecho de que China sea uno de los mercados –o el mercado- más importante, hace que Occidente, necesitado de ese mercado, pase por alto la falta de libertades de China y su sistema represivo?

Sin duda. Yo creo que hay una casi completa simbiosis entre los dos mundos y que viene de esta época, después la crisis del ’98. Esta actitud es el precio que debe pagar Occidente para entrar en el mayor mercado del mundo. En este sentido, ambos, Occidente y China, viven muy tranquilos.

Orgullosos

Miguel Ángel Quintana Paz

Hay gente a la que no le gusta festejar la Navidad, hay gente que aborrece la Semana Santa e incluso, por incomprensible que me pareciera de pequeño, hay gente que desprecia a los Reyes Magos. Por consiguiente, no parece extraordinario que haya también gente a la que displazca la fiesta del Orgullo LGBT. Ahora bien, el problema suele empezar cuando se ponen a justificar ese su desagrado: suelen proporcionar argumentos asombrosamente endebles.

El primer argumento de este tipo lo comparte el Orgullo con Halloween: ambos son acusados de ser festividades “foráneas”, “importadas” y, por tanto, sospechosas de algún tipo de confabulación antinacional. La verdad es que razonamientos así resultan un tanto sorprendentes: ni la Navidad, ni la Semana Santa, ni el día de Reyes se idearon tampoco en un piso de Alcobendas o junto a alguna vaca asturiana. Si nos tuviésemos que quedar solo con las celebraciones nacidas en nuestra tierra, en Salamanca, por ejemplo, disfrutaríamos solo de fiestas un tanto políticamente incorrectas: San Juan de Sahagún, que cometió el milagro de atrapar un toro desbocado (para disgusto de animalistas), y el Lunes de Aguas, en que se conmemora el retorno de las prostitutas, tras la Cuaresma, a la ciudad (para disgusto de Pedro Sánchez y su afán de prohibir la prostitución). En un mundo en que se importa mantequilla, iPads, tatuajes, armas, electricidad y toallas, no parece desquiciado importar también algo tan divertido como una festividad.

Un segundo motivo que se aduce para oponerse al Orgullo LGBT nace de una mala comprensión de lo que significa la palabra “orgullo”. Una reciente carta al director en la edición sevillana de ABC mostraba de modo paradigmático este tipo de razonamiento: “Se puede sentir orgullo de haber terminado los estudios con matrícula de honor”, aducía Antonio Rodríguez Mármol, su autor, “por haber sacado el número uno en unas oposiciones, por haber sido campeón mundial de alguna competición… Pero sentirse orgulloso por ser gay o lesbiana… hombre no [sic]”. La idea que aquí parece presuponer el señor Rodríguez es que el orgullo solo es legítimo si uno ha realizado proezas insólitas: por ejemplo, si eres campeón mundial de bádminton acaso sí que puedes enorgullecerte, pero si solo eres subcampeón nacional o campeón local quizá ya no. Dado que ser gay, lesbiana, bisexual o transexual no resulta algo inaudito (en España se calcula que su porcentaje ronda el 7 %, aunque se acerca al 15 % entre los jóvenes), la lógica conclusión es que poco orgullo cabría ante algo tan relativamente común.

Sin embargo, no es cierto que para estar orgulloso de algo deba resultar inusitado o convertirnos en los mejores del mundo al respecto. Pondré un ejemplo: el señor Rodríguez podría, acaso, aprender un día a poner la coma que va tras “hombre” cuando se usa como en su carta; y asimismo podría luego sentirse orgulloso de haber por fin asimilado tal cosa, aun cuando ello no le convierta en campeón de ortografía mundial.

De hecho, ni siquiera es preciso, para estar orgullosos, que lo estemos de algo que hayamos conseguido por nuestros propios méritos, como también parecen presuponer quienes hablan así. Uno bien puede sentirse orgulloso de sus padres, por ejemplo, y no parece que hayamos hecho muchos esfuerzos por tener los padres que tenemos o porque sean como son: simplemente nos acaeció. El orgullo consiste en cierto respeto por ti mismo, cierta satisfacción por tu propio valor y por el de tus seres cercanos, que te instala más a gusto en la vida y, por tanto, te vuelve proclive a acometer grandes obras. Aristóteles ya decía que quien siente orgullo tiene el alma amplia (megalopsicología) y lo oponía al pusilánime o de alma pequeñita, de quien poco cabe esperar. Como toda virtud, claro, el orgullo puede exagerarse y degenerar en un vicio: sería la vanidad, es decir, el blasonar de aspectos que en realidad son vanos; o la soberbia, el darte una importancia a ti mismo mucho mayor que la real. Estos vicios, aunque parecen engrandecer nuestra alma, solo nos la hinchan. Bien entendida, en cambio, la virtud del orgullo solo molesta a los envidiosos, que se sienten achicados cuando ven que otro sabe expandir su alma como ellos no. Bienvenido sea, pues, el orgullo de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales, como empalizada frente a todos cuantos aún les intentan capitidisminuir.

Una tercera razón, en este caso contra los desfiles del Orgullo LGBT, surge de la ignorancia de lo que en realidad significan: gente que nunca los ha visto más que a través del sensacionalismo televisivo (perdón por la redundancia) cree que los pocos exhibicionistas que las cámaras persiguen son representativos de sus cientos de miles de asistentes. Toda esa gente se sentirá decepcionada si un día, por fin, acuden a contemplar el desfile por sí mismos: lejos de la bacanal y muy menguado el frenesí que sus mentes imaginaron, comprobarán que la mayor parte de los que participamos somos personas (más o menos) decentes que vestimos nuestras (más o menos) aburridas ropas de siempre. Cierto es que, a diferencia de Halloween o Carnaval, el Orgullo se celebra en pleno verano y ello invita a cierta ligereza en el atuendo.

Pero, en contra de lo que temen (¿o desearían?) ciertos puritanos, no es tan fácil contemplar una orgía callejera. Además, sería un error juzgar toda una fiesta por lo que hacen solo algunos de sus participantes: si así hiciésemos, la Nochebuena habría de verse como una fiesta de borrachos, y el 12 de octubre como un día en que todos tenemos que descubrir nuevos continentes.

Por último, una cuarta argumentación usada a veces contra la celebración del Orgullo LGBT es que no existe algo así como “el Orgullo heterosexual”. En coherencia con todo lo que he expuesto antes, la verdad es que yo no vería ningún problema a que también se celebrase semejante orgullo. Bienvenido sea el disponer de más fiestas con que hacer más liviano nuestro fugaz paso por esta vida mortal. Animo desde aquí, pues, a cuantos heterosexuales animosos haya para que convoquen a tantos millones de personas como ya congrega el Orgullo LGBT, y a organizar una fiesta al menos igual de divertida.

Y es que, de hecho, tras haber desmentido varias razones contra la celebración del Orgullo LGBT, me queda por indicar cuál es el principal argumento por la que estoy a favor de tales galas. Todo empieza porque estoy convencido de que vivimos en aquello que el escritor Robert Hughes anunció hace ya casi 25 años: en una cultura de la queja. Esto no solo significa que hoy nos circunde todo tipo de jeremiadas, sino que llega a parecer que el único modo de llamar la atención en el espacio público es gimotear contra algo o alguien. “Me quejo, luego existo”, parece ser el lema en boga. Debido a esa obsesión por llenar nuestras calles y plazas de lamentos, quejicas, exigencias iracundas, reproches, ceños fruncidos y puños airados, a muchas personas no se les ocurre honestamente cómo podrían defender algo en público si no es por tan lúgubres métodos.

A todas esas personas les invito a aprender del ejemplo de gais, lesbianas, bisexuales, transexuales y demás minorías sexuales. Han conseguido hacer de sus reivindicaciones una colorida fiesta: la más multitudinaria de una ciudad, de por sí, fiestera como Madrid. Han conseguido oponerse a cosas y estar a favor de cosas (algo consustancial a la democracia), pero con regocijo en vez de con rencores, con gozo de ser uno mismo en lugar de con resentimiento ante cómo viven otros. Bailando, en vez de lamentando. En ese sentido, la fiesta del Orgullo es todo un ejemplo moral cuya mera contemplación nos hará seguramente mejores personas, como ya atisbó Santo Tomás de Aquino: plus movent exempla quam verba. Ojalá todos en la vida aprendiésemos a llevar los estigmas con que otros tratan de dañarnos derrochando tanta alegría como este desfile arcoíris.

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