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Primer avance de la segunda temporada de Stranger Things

Jorge Raya Pons

En el pueblo remoto de Hawkins seguirán produciéndose cosas extrañas. Aprovechando el impacto mediático de la Super Bowl, que amarra en los sillones y reúne en los bares a cerca de 112 millones de espectadores en toda Norteamérica, la productora de la serie, Netflix, anunció durante el descanso del partido unos pocos detalles valiosos como pepitas de oro: los niños disfrazados de cazafantasmas, el shérif en medio de una explosión, Will ante una bestia inmensa -arriba todo es cielo rojo y nubes negras-.

En Stranger Things las vidas corrientes y en calma de los habitantes de Hawkins -la vida del americano medio- contrastan con las aventuras que padecen un puñado de niños y unas pocas familias en la búsqueda de sus desaparecidos. La serie es conmovedora y su expectación se comprende: la primera temporada cerró con demasiados asuntos por resolver e internet se colapsa entre teorías inverosímiles y tramas paralelas remotamente probables. Porque tras la desaparición de un niño en el bosque, la evolución psicológica de un shérif con cuentas pendientes y la irrupción de una niña con poderes telequinéticos se esconde una verdad que alguien -algo- se esfuerza por mantener en la sombra.

El relato es una apelación a nuestro corazón y a algo más. Los niños de la serie son todo lo que quisimos ser, moviéndose a todas partes en bicicleta, en un pueblo entre ríos y montañas, todo alrededor es verde, donde las casas están separadas por kilómetros y en los jardines se celebran festines y barbacoas. Un remedo de circunstancias narradas en otros tiempos por Spielberg y Carpenter que respira nostalgia en cada escena.

La fecha de estreno, simbólicamente, se ha fijado para el día de Halloween: el 31 de octubre. Y entonces estaremos unas horas más cerca de comprender la última pregunta: ¿Quién es la pequeña Eleven?

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Facebook quiere conquistar el mundo y así es cómo lo está consiguiendo

Redacción TO

Foto: Nam Y. Huh
AP

Facebook, el gigante de las redes sociales, era hasta ahora conocido precisamente por su éxito en dicho ámbito. Pero Mark Zuckerberg, su joven creador, no parece conformarse con tener una de las redes sociales más exitosas del mundo y parece dispuesto a trasladar ese éxito a muchos otros sectores.

Poco a poco, Facebook está consiguiendo su objetivo. Desde la comida a domicilio hasta las ligas de fútbol de primera división, pasando por la creación de su propio pueblo, las recientes adquisiciones y creaciones de la red social hacen que esté empezando a dejar de ser simplemente eso para ocupar un lugar preferente en nuestra vida más allá de las redes sociales .

Comida a domicilio

Dentro de poco no habrá que dejar de navegar por Facebook para pedir una pizza o algo de sushi si nos entra hambre. En el mes de mayo, la empresa dio a conocer que, a través de un icono con una hamburguesa en su aplicación, sus usuarios podrán entrar en una página llena de restaurantes cercanos que ofrecen un servicio de entrega a domicilio.

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Facebook quiere hacer la competencia a empresas como Deliveroo. | Foto: Charles Platiau/ Reuters

Exactamente igual que si lo estuvieras haciendo a través de cualquier página web, solo que sin salir de la aplicación de Facebook.

Aún no se sabe cuándo estará disponible esta opción para todos los usuarios, pero Facebook ya ha llegado a acuerdos con Delivery.com y Slice para llevar a cabo este proyecto que puede introducir a la compañía en la competencia del mundo de la comida a domicilio.

Drones

A Zuckerberg no le basta con ser una de las páginas más populares en internet, sino que también quiere poder manejarla y distribuirla.

A finales del mes de junio, Facebook anunció que, tras una prueba fallida, finalmente había realizado con éxito el vuelo de Aquila, un dron de energía solar con el que quiere hacer llegar internet a todos los rincones del mundo.

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Facebook está trabajando en un dron que pueda dar internet a todo el mundo. | Foto: Eric Risberg/Reuters

El dron, que logró superar los 900 metros de altura y alcanzó una velocidad de 45 kilómetros por hora, aún no ha probado a transmitir internet, pero tras las pruebas que demuestran la eficiencia del modelo, este será previsiblemente el próximo paso de esta atrevida creación del gigante tecnológico.

Series originales

Otro reciente anuncio que demuestra que el Facebook quiere conquistar cada vez más sectores de la industria es el que la compañía hizo también en el mes de junio sobre su futura producción de series.

Si todo sale como espera, a finales de este verano Facebook se unirá a la competencia entre empresas como Netflix o HBO, de las que se diferenciará por su manera de divulgar los episodios. Mientras que los actuales reyes de este negocio suelen publicar las temporadas al completo, Facebook lo hará de la manera tradicional, es decir, episodio a episodio.

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Facebook creará series para la gran pantalla y las emitirá de la manera tradicional. | Foto: D.Reichardt/ Flickr

Los costes de producción que está dispuesto a asumir podrán alcanzar hasta los tres millones de dólares por capítulo, con los que pretende llegar a un público que va desde adolescentes hasta jóvenes adultos.

Sin embargo, las series no serán el único negocio de Facebook en el mundo de la pequeña pantalla, sino que también ha dicho que está dispuesto a compartir los datos de sus telespectadores con la industria del cine.

Adquisición de Whatsapp

La compra de WhatsApp fue probablemente el movimiento de Facebook que más ha afectado y afectará a nuestra vida diaria. Esta red de mensajería instantánea se ha convertido, para sus cientos de millones de usuarios en todo el mundo, en una herramienta muy importante en sus relaciones sociales.

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Facebook entró en el mundo de la mensajería instantánea con la compra de WhatsApp. | Foto: Dado Ruvic/ Reuters

Tanto para contactar con alguien por trabajo como para enviar una fotografía a un amigo o simplemente para charlar un rato, pasar varias horas al día usando WhatsApp es algo muy común.

De esta manera, Facebook ya no solo es una parte de nuestra vida que compartimos públicamente, sino que también lo es de lo que compartimos en privado a diario.

La liga de fútbol

Hasta hace unos meses, la expansión de Facebook fuera del ámbito de las redes sociales se había centrado principalmente en el mundo tecnológico. Sin embargo, Zuckerberg quiere ir un poco más allá y conquistar también otros sectores que se encuentran lejos de su zona de confort.

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Facebook quiere comprar el equipo de fútbol Tottenham Spur F.C. | Foto: Alastair Grant/AP

El Tottenham Hotspur F.C. es su próximo objetivo. Junto con un consorcio de empresarios estadounidenses, Zuckerberg ha ofrecido 1.100 millones de libras por este equipo londinense que la pasada temporada fue subcampeón de la primera división de la liga inglesa.

Sin embargo, el dueño del equipo no parece estar por la labor de llevar a cabo esta transacción, así que habrá que esperar para ver si Facebook finalmente consigue introducirse en el mediático mundo del fútbol.

Vivir en Facebook

El gran negocio de Facebook no acaba en el ocio, las relaciones sociales o el deporte. La compañía construirá en los próximos dos años su propio barrio en Silicon Valley.

Con la crisis inmobiliaria de la zona como pretexto, la empresa de Zuckerberg creará un barrio en Menlo Park, a unos 50 kilómetros de San Francisco, que contará con 1.500 viviendas, oficinas y un centro comercial.

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El pueblo contará con 1.500 viviendas, oficinas y un centro comercial. | Foto: Handout/Reuters

Un 15% de estas viviendas serán ofrecidas a sus trabajadores a un precio menor que el del mercado, pero el resto estarán disponibles como en cualquier otro vecindario de la zona.

Por tanto, en pocos años será posible trabajar en Facebook, vivir en su pueblo, ver sus series, conectarse a su red de Wi-Fi, comunicarse a través de sus redes sociales y aplicaciones y quizá hasta seguir a su equipo de fútbol.

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La guerra entre HBO y Netflix está detrás de la cancelación de series

Cecilia de la Serna

Foto: Netflix

Antes de 2017, Netflix había cancelado dos de sus series originales –Hemlock Grove y Bloodline-, mostrando una política anti cancelaciones que dejaba tranquilos a los fans de las historias de esta plataforma de streaming. No obstante, en los últimos seis meses la tendencia ha cambiado radicalmente. A la decisión de cancelar Marco Polo y The Get Down, se ha sumado la de no renovar ni Sense8 ni Girlboss. Aunque unas más que otras, todas estas series son buques insignia de la marca Netflix, por lo que su desaparición ha supuesto un gran revuelo entre los usuarios. ¿Por qué Netflix, un negocio de éxito, deja de producir algunas de sus grandes series?.

Una lucha cada vez más apretada

Hubo un tiempo en que el streaming en internet era objeto casi de monopolio por parte de Netflix. Esta plataforma era sencillamente la reina de unos modelos de consumo y negocio que han terminado calando en la forma en la que accedemos a contenidos audiovisuales. No obstante, a Netflix le han ido creciendo los enanos. La gran apuesta de otros grandes, con más historia y recorrido que esta plataforma, como HBO, en el mundo del streaming digital ha provocado la diversificación de este mercado.

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Girlboss es una de las series no renovadas por Netflix. | Foto: Netflix

Según los datos de Fortune, Netflix ha duplicado su número de suscriptores en cinco años tan sólo en Estados Unidos, mientras los servicios de televisión por cable pierden cada vez más abonados. Aquel modelo caduco deja paso a otro más diverso, donde hacerse un hueco no es nada fácil. HBO, que ya contaba con un amplio catálogo de series originales repleto de éxitos de los años 90 -con títulos como Sexo en Nueva York, Los Soprano o A dos metros bajo tierra– cuando se lanzó al streaming, es el gran competidor que le ha salido a Netflix a escala global. Con Juego de Tronos bajo el brazo, la serie más exitosa del panorama actual, HBO GO está disponible desde hace muy poco tiempo en todo el mundo, haciendo frente a una Netflix que se ha visto obligada a replantear su estrategia.

Netflix ha perdido el prestigio que le otorgaron grandes títulos como Orange Is The New Black, House Of Cards o Narcos

Sin competencia, Netflix tenía un amplio margen de acción en cuanto a la producción de títulos propios. Tras la realización de series muy aplaudidas, tanto por público como por crítica, como Orange Is The New Black o House Of Cards, la política de contenidos de la plataforma fue bastante laxa. Siempre en busca del próximo gran ‘pelotazo’, y con una filosofía que primaba la cantidad frente a la calidad, Netflix empezó a sufragar los gastos de muchas y diversas producciones. Algunas más o menos locales, con grandes o pequeños presupuestos, todas cabían en su catálogo original. De esta forma fue perdiendo ese prestigio que le habían otorgado grandes títulos como los ya citados, u otros como Narcos y Sense8.

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The Get Down no volverá a nuestras pantallas. | Foto: Netflix

Incapaz de generar series que afianzaran la fidelidad de sus usuarios, y con HBO pisándole los talones ya de cerca, la compañía de Reed Hastings ha tenido que reconocer su error y tratar de enmendarlo. De ahí el cambio de rumbo en su política de cancelaciones, y es que Netflix quiere retornar a la vía de la calidad de los contenidos, de reconsiderar las producciones según su éxito de audiencia –datos que, por cierto, no publica en ningún caso-, y de mimar a sus usuarios. Antes de que sea demasiado tarde.

Respuesta masiva de los fans

Como era de esperar, los usuarios de Netflix no se han quedado callados tras la cancelación reiterada de diversos títulos originales de la plataforma de streaming. El caso más sonado ha sido el de Sense8, la serie de las hermanas Wachowski, uno de los grandes estandartes de la producción propia de la compañía de Hastings. Los fans de Sense8 no tardaron en alzar su voz contra la plataforma en varias redes sociales, amenazando incluso con cancelar sus suscripciones a Netflix si la empresa no rectificaba en su decisión de cancelarla. Tras dos temporadas, la segunda con un final abierto y muchas tramas inconclusas, Sense8 se acabaría de esa forma, dejando a todos sus seguidores sin saber qué sería de Will, Riley, Capheus, Sun, Lito, Kala, Wolfgang y Nomi. Los altos costes de producción que, según el productor Roberto Malerba, superaban los 9 millones por capítulo, provocaron la cancelación de la serie. Las declaraciones de Reed Hastings tras el polémico anuncio –dijo que debían “tomar más riesgos” y tener “un nivel de cancelación más alto”- no hicieron más que avivar la furia de los seguidores de la serie. Para apaciguar dicha furia, Netflix anunció en un comunicado que Sense8 contaría con una película final, que ayudará a cerrar las tramas que han quedado abiertas, y que estará disponible en 2018. No es que sus fans hayan quedado completamente satisfechos, pero sí tranquilos pues tendrán una dosis más de su serie favorita.

Más vale que nos acostumbremos, sin embargo, a la dinámica de cancelaciones sorpresa que ha iniciado recientemente Netflix. Su modelo comienza a estancarse, y HBO, así como otras grandes plataformas, siguen al acecho. Por ello, mientras esta guerra continúe, nuestras historias favoritas podrían tener los días contados.

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GLOW: Feminismo y mallas, todo en el mismo sitio

Nerea Dolara

Foto: Netflix
Netflix

La nueva serie es perfecta para el verano: ochentas, lucha libre y feminismo, todo envuelto en una temporada entretenida.

El verano no está hecho para entretenimiento sesudo. Hace calor, hay ganas de fiesta y de vacaciones (hasta las series se las toman) y es en estos días cuando aparecen shows que se ganan adeptos a puñados y que mezclan ligereza con, sí, temas que vale la pena discutir siempre. Un ejemplo es GLOW. El estreno de Netflix llama la atención si solo por la extraña premisa: un grupo de actrices y mujeres desempleadas conforman una liga femenina de lucha libre llamada GLOW o lo que es lo mismo: Gorgeous Ladies of Wrestling a.k.a  Chicas preciosas de la lucha libre. Ver a chicas en looks ochentosos que dejan casi nada a la imaginación (las actrices han comentado entre risas que una de las cosas más difíciles fue mantener el depilado porque las mallas eran realmente estrechas) no parece ser el mayor ejemplo de feminismo en televisión. Y no lo es, pero sí es una serie feminista.

GLOW: Feminismo y mallas, todo en el mismo sitio
Primeras escenas de Glow | Imagen vía Netflix

De las creadoras de Orange is the New Black y con la misma aproximación a la diversidad y un amplio reparto de mujeres que pasa, sin problemas, el test de Bechdel, GLOW es a la vez un gran ejercicio de nostalgia y de kitsch y un relato sobre mujeres con pocas opciones en un mundo en que aún era políticamente correcto discriminarlas abiertamente.

La primera escena de la serie muestra a Alison Brie (Community, Mad Men y deseablemente mucho más luego de esto) en una audición. Lee sus líneas con intensidad y emoción. Y luego le sueltan: leíste el papel del hombre. ¿El de la mujer?: “Señor, su esposa lo llama por teléfono”. Poco más que decir. Desde este momento GLOW deja claro que sus mujeres aún viven en un mundo en que se les puede juzgar, y dar trabajo, por su físico; en que pueden ser despedidas por no conformarse con ser sólo un cuerpo voluptuoso y hacer preguntas; en que el ideal del matrimonio perfecto incluye dejar todo atrás y ser ama de casa (y obligarse a pensar que eso es lo que se quiere); y, claro, en que se les puede cargar de estereotipos dañinos cuando son mujeres negras, asiáticas, del medio oriente o tienen más curvas de las que espera un tío que mira Playboy.

El mundo en que estas mujeres viven es hostil de una forma rutinaria. Comentarios, rechazos, frustraciones invaden sus existencias hasta que llegan a GLOW. Y no es que en este lugar no haya prejuicios. El director del programa, Marc Maron en una de las mejores opciones de casting jamás hechas, es machista, desagradable y directo. Pero es también quien les da la oportunidad de conectar con su poder interior (nadie las escucha o las reconoce en general) y de convertirse en heroínas en un cuadrilátero cutre en un gimnasio decrépito.

Todo sobre el proyecto es dudoso, pero estas mujeres necesitan esto. Un lugar de ellas, sus propios personajes, su espacio en la atención pública, su voz. Y aquí lo consiguen.

GLOW: Feminismo y mallas, todo en el mismo sitio 1
Un grupo de inadaptadas se convierten en populares luchadoras. | Imagen vía Netflix

El reparto es amplio (y requiere más desarrollo, pero hay alta probabilidad de que se renueve para otras temporadas) pero dentro brilla la co-protagonista de Brie, Betty Gilpin, una joya desconocida para el gran público que ha aparecido en Nurse Jackie y American Gods.

Los ochenta son otro gran protagonista de esta dramedia. Pelos, pantalones altos, calentadores y mallas que parecen sacadas del video de Physical de Olivia Newton John, invaden la pantalla para gusto del espectador. ¡Ah! Y hay robots con drogas, claro.

Y la lucha libre. No sería de extrañar que después de GLOW los gimnasios comiencen a ofrecer clases de lucha libre a mujeres. Porque realmente atrae. Y sí, es falso, pero es ejercicio. Y drama. Y personajes. Y trajes. Y espectáculo del más barato, de ese que es un placer culpable. La serie está basada en la liga verdadera de mujeres de la lucha libre con el mismo nombre, que tuvo un programa muy exitoso durante cuatro años en los ochenta. Y si el espectador piensa que es una exageración la estereotipación y prejuicios involucrados en el desarrollo de los personajes de las chicas (el personaje de Maron defiende que es un espejo de sus propios prejuicios para la audiencia… lo que requería una audiencia capaz de distinguir sutilezas) o las elaboradas historias de batallas y rivalidades, que se meta en YouTube y busque las peleas reales… es toda una experiencia.

GLOW tiene también, a veces, mucha ligereza y a veces cuesta ver hasta qué punto existe su propia condena a los estereotipos que tanto disfruta explotar en el ring, pero en resumen es un ejercicio entretenido y que ofrece oportunidades de seguir explorando amistades y relaciones femeninas en un mundo televisivo que cada vez más opta por rescatar esos interesantes caminos sin explorar.

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Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix”

Clara Paolini

Foto: Clara Paolini
Agencia The Objective

Cine, feminismo y crítica. Tres palabras que caracterizan a la entrevistada y envuelven la conversación. Frente a nosotros, Laura Mulvey, teórica y cineasta británica, pionera del análisis fílmico feminista e incansable pensadora con una admirable habilidad: su pensamiento crítico consigue despertar aletargadas neuronas pensantes en espectadores, lectores e interlocutores, invitándoles a profundizar en el significado que producen 24 fotogramas por segundo.

Corría 1975 cuando Mulvey puso por primera vez en palabras lo que muchas empezaban a sospechar. Con Visual Pleasure and Narrative Cinema la autora dio un instructivo puñetazo en la mesa al explicar el mecanismo con el que el cine clásico de Hollywood logra fascinar al espectador mediante el producto de una mirada falocéntrica que confina a la mujer en objeto pasivo. El miedo y el deseo conjugados mediante el psicoanálisis reducen a fetiche los personajes femeninos, y al presenciar su imagen en la gran pantalla como espectáculo, la audiencia experimenta placeres ligados al voyerismo, el sadismo y la construcción de un ego regido por parámetros patriarcales. El objetivo de Mulvey era argumentar para después derruir aquel orden simbólico. “Suele decirse que analizar el placer, o la belleza, lo destruye. Esta es la intención de este artículo”, aseguraba.

Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix” 1
La mirada masculina, en la cámara, en los personajes y en el espectador. | foto: The Hitchcock Zone

“Usé el cine para crear un discurso político”

Cuarenta años después de aquel incendiario texto, ella misma constata que nunca ha hecho una entrevista en la que no le preguntaran por el ensayo que concibió alejada de pretensiones académicas, sino como manifiesto y arma política: “Visual Pleasure estaba muy influenciado por el movimiento feminista de los 70 y tiene más que ver con ideas políticas que con los estudios fílmicos. Usé el cine para crear un discurso político, como instrumento para llevar mis argumentos más allá”.

Con una modestia sincera, la Mulvey de 2017 no se cansa de delimitar el valor de ese puñado de páginas mitificado como potente revulsivo ante el influjo de la sociedad patriarcal en la gran pantalla: “Es un texto que no podría haber sido escrito antes ni después. Por aquel entonces, la audiencia se sentaba en una sala oscura, miraba lo que ocurría en la pantalla y estaban subordinados al encanto de la película y su narrativa. Absorbían el espectáculo. Hoy en día el contexto es diferente y resulta peligroso generalizar fuera de ése ámbito. Ha perdido relevancia, aunque sí es cierto que sigue sirviendo como punto de partida para que la gente empiece a plantearse nuevas perspectivas. A fin de cuentas esa era la idea, hacer declaraciones chocantes que hicieran a la gente pensar”.

“El espectador posesivo se caracteriza por el deseo de aferrarse a la imagen de tal manera que la convierte en fetiche para disfrutarla al máximo”

Si Mulvey considera anticuado el escrito que la hizo famosa, ¿qué considera relevante a día de hoy la autora? La respuesta se encuentra en Death 24x a Second, un libro en el que sostiene que la digitalización y el botón de pausa han revelado un profunda brecha en el centro de la ilusión del cine: “En él expongo dos tipos de espectador: el posesivo y el pensante. El espectador posesivo es aquel que se caracteriza por el deseo de aferrarse a la imagen de tal manera que la convierte en fetiche para disfrutarla al máximo. Mientras este tipo de espectador se aferra a la imagen, su perspectiva cambia para empezar a pensar sobre su propio proceso. Estas dos visiones acaban equilibrándose hacia lo que propuso Christian Metz al hablar de dos tipos de personas: a las que les gusta la tecnología del cine y las que disfrutan del cine desde una perspectiva exterior al mismo”.

“Hollywood es una máquina corrupta para hacer películas espectaculares”

Con la mención de Metz y las teorías psicoanalíticas aplicadas al cine sobre la mesa, cabe preguntarse si el cine sigue mostrando el inconsciente colectivo. La respuesta de Mulvey difiere de la que hubiera dado allá por los 70: “Ahora el cine es otra cosa. En los viejos tiempos el cine era un sistema industrial que producía películas y nada más, y sí había una relación entre los productos que salían y el inconsciente colectivo, pero ahora se caracteriza por la falta de imaginación. Para mi Hollywood ha desparecido. Ya no es algo admirable ni maravilloso; es una máquina corrupta para hacer películas espectaculares. Se ha convertido en parte de los conglomerados del capitalismo internacional, donde el interés en el cine queda marginado por el aspecto de los beneficios. Se está convirtiendo en algo inimaginativo. Es una secuela tras otra, la misma cosa una y otra vez…”.

Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix” 2
La trampa de Hollywood | foto: Chrysallis / Flickr

En este contexto, donde las ideas quedan supeditadas al afán comercial, Mulvey ofrece una visión poco alentadora identificando la distribución y exhibición como agentes alienantes: “Las superproducciones de Hollywood colonizan los cines y aquellas distribuidoras que antes contaban con cierta libertad para dar a conocer buenas películas ahora han sido adquiridas por enormes conglomerados de distribución. Cada vez hay menos flexibilidad y el margen para seleccionar películas es cada vez más pequeño”.

“Ahora lo que se muestra tiene que ver con esa comercialización, olvidando la imaginación y las ideas”

Laura interrumpe su discurso para puntualizar con una sonrisa sus aseveraciones: “Tengo que confesar que me avergüenza un poco decir todo esto, porque no voy a ver este tipo de películas”. ¿Critica algo que no ha visto? “Bueno… Fui a ver la última película de Star Wars con mi nieta porque todo el mundo me dijo que iba a disfrutar del espectáculo y que encontraría fascinante los efectos especiales etc. No fue así. No me pareció fantástica ni quedé impresionada. Pensé que el espectáculo era demasiado disperso, no estaba lo suficiente esculpido ni controlado, que visualmente era incierto qué estaba haciendo el director. Por otro lado, a nivel narrativo había una fuerte metáfora política con los rebeldes contra el establishment y pensé que se trataba de algo bastante perverso”.

“Las mujeres necesitan críticas que entiendan y apoyen las películas que lo merecen”

¿Qué nos queda ante las superproducciones y la decepcionante cartelera de consumo masivo? Además de alabar el cine proveniente del semicírculo asiático, como el de Kiarostami o Apichatpong, Mulvey opina que “puede que la parte más interesante sea aquella área marginal, entre Hollywood y el cine independiente. Además es donde más mujeres están empezando a escribir guiones que salen a la luz, otras actrices están emergiendo y hay otra realidad que comentar”.

Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix” 3
Mujeres y cine, un largo camino por recorrer. | Foto: Mario Bellavite / Flickr

A pesar de la creciente presencia femenina en el ámbito cinematográfico la teórica observa que los avances son menores de los que hubiera augurado que ocurrirían en el momento que escribió su famoso ensayo: “Hay un mayor apoyo por parte de ciertas instituciones para facilitar el acceso a financiación, especialmente en países como Francia, pero por otro lado, en términos de distribución y exhibición, sigue siendo difícil. Uno de los aspectos que considero también relevantes es el problema de la crítica, porque las mujeres necesitan críticas que entiendan y apoyen las películas que lo merecen pero no siempre es así, ni resulta sencillo cambiarlo”.

“El acceso online a las películas no es incompatible con una programación pensada, meditada y humana”

Mulvey asegura que a pesar de que el cine es cada día más accesible, el problema radica en que todos acabamos viendo lo mismo, dejando poco espacio para fortalecer el valor del cine como artefacto intelectual: “Ahora lo que se muestra tiene que ver con la comercialización, olvidando la imaginación y las ideas y la visión del público es cada vez más estrecha. Por ejemplo, encuentro que es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix, que su programación no esté creada por una elección humana. Sin embargo, existen otras plataformas de cine online como Mubi, que está programada con una cuidadosa selección bajo criterios cinéfilos pero gozan de una menor audiencia. El acceso online a las películas no es incompatible con una programación pensada, meditada y humana”.

A pesar de todo, el cine sigue siendo un arma política, y desde la perspectiva de la británica “lo es de muchas formas diferentes. Pueden ser como la última película de Ken Loach apoyando a Jeremy Corbyn, que despierta el interés crítico de una audiencia amplia como herramienta de propaganda política, o aquellas cuyo espectro es más restrictivo porque están basadas en la forma, porque usan técnicas de distanciamiento y desfamiliarización. Estas últimas se preguntan sobre el propio cine y los códigos cinematográficos, siguiendo quizá la tradición de lo que hicimos en los setenta. Ambas son políticas y son capaces de aportar valor al espectador”.

Como deducirá el lector, Laura Mulvey recomienda el segundo tipo pero acepta con resignación los nuevos tiempos sin perder un ápice de pasión por lo verdaderamente importante: el lenguaje cinematográfico y su efecto en el espectador. A fin de cuentas, concluye, “el cine es un pantano, qué le vamos a hacer”.

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