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Rafael Moneo, toda una vida reunida en el Thyssen

Redacción TO

Foto: Fundación Barrié

Rafael Moneo recuerda los tiempos en que dibujar era construir. Fueron cuatrocientos años de tradición los que se vinieron abajo cuando las técnicas se modernizaron, tomadas por lo digital, y fue disipándose el viejo arte del lápiz y el papel. Moneo conserva el espíritu de esos tiempos y muestra la obra de su vida en la exposición, Rafael Moneo: Una reflexión teórica desde la profesión’ que abre este martes sus puertas en el Museo Thyssen-Bornemisza, en Madrid.

“Me encuentro rodeado de mi vida misma”, decía esta mañana en una entrevista para Televisión Española. La muestra recoge sus distintas etapas, desde su juventud hasta hoy, a un mes de sus 80 cumpleaños. El recorrido se inicia en sus años de formación, que nos conducen a los sesenta, aquella década en que formó parte de lo que se conocía como Escuela de Madrid, un movimiento ávido de innovaciones artísticas. Moneo, que de bien joven dudó en volcarse en el arte, se decantó finalmente por la arquitectura. En estos años dibujó bocetos que luego presentó a concurso, como la Plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela, en 1962; la Ópera de Madrid, en 1964; o las Escuelas en Tudela, Navarra, entre 1966 y 1971.

Rafael Moneo, toda una vida
Perspectiva a mano alzada de la Ópera de Madrid, 1962. | Fuente: Fundación Barrié

Puede establecerse en 1970, con su proyecto para la Cátedra de Elementos de Composición de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, el comienzo de una nueva etapa más madura donde el reconocimiento de la Historia que le precede se palpa en su trabajo. Esto significa un alejamiento de los principios de la Escuela de Madrid y, del mismo modo, un reforzamiento de su visión integradora de la arquitectura en la ciudad. Algunos ejemplos son sus diseños para la construcción del edificio madrileño de Bankinter (1972-1976) y el Ayuntamiento de Logroño (1973-1981).

Luego llegó su expansión internacional, cuando el arquitecto entusiasta se afianzó en Estados Unidos y aceptó dar clases de Arquitectura en la Cooper Union y la Universidad de Princeton. Los últimos años de los setenta fueron agitados en lo creativo y, con la entrada en los ochenta, Moneo creó algunos de los edificios que más aplausos han arrancado. En esta etapa realizó la ampliación del Banco de España en Madrid (1978-1980), y la construcción del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida (1980-1986).

Rafael Moneo, toda una vida 1
Una sala del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida. | Foto: Michael Moran/OTTO

En 1985, Moneo fue nombrado director del Departamento de Arquitectura de Harvard y se trasladó a vivir a Cambridge, Massachusetts, donde permaneció hasta 1990. Con su consagración llegaron multitud de encargos procedentes de España, como la estación de trenes de Atocha (1984-1992); L´Illa Diagonal de Barcelona (1987-1994); el Palacio de Kursaal de San Sebastián (1990-1999); la Fundación Joan y Pilar Miró en Palma de Mallorca (1987-1992); o l’Auditori de Barcelona (1987-1999).

Los proyectos constantes en España le forzaron a regresar, diciendo un adiós doloroso a Harvard. Fue en 1996 cuando recibió la mayor distinción arquitectónica, el premio Pritzker, considerado el Nobel de Arquitectura. Era 1996. Con el transcurso del tiempo fue afianzando la convicción de que un edificio no tiene sentido si no se atiende al contexto urbano en que se concibe. Proyectos como el Museo de Arte Moderno y Arquitectura de Estocolmo (1991-1998); el Museo de Bellas Artes Audrey Jones Beck, en Houston (1992-2000); la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles (1996-2002); o la Ampliación del Museo del Prado (1998-2007), así lo corroboran.

Rafael Moneo, toda una vida 2
Maqueta de la Catedral de Nuestra Señora de Los
Ángeles. | Fuente: Fundación Barrié

La entrada del siglo XXI trajo consigo nuevos elogios y reconocimientos a toda una vida profesional, como la concesión de la Medalla de Oro de la RIBA (2003) o el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (2012). En este periodo también construyó el edificio LISE para la Universidad de Harvard (2000_2007) y el edificio de los Laboratorios de la Universidad de Columbia (2005-2010). Esta vocación a la que ha dedicado su tiempo se aprecia ahora en una muestra que permanecerá abierta hasta el próximo 11 de junio, comprimiendo en unos cuantos metros cuadrados la inspiración infinita de uno de los grandes arquitectos de nuestro país.

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10 películas que Donald Trump debería ver para saber lo que es el fascismo

Nerea Dolara

Foto: Fotograma de El Gran Dictador

Ya que el presidente de EEUU parece no tener idea de lo que son el fascismo y el racismo (ya habrá otras 10 películas sobre este tema) ofrecemos una selección de películas para que abandone su ignorancia y se eduque.

Esta semana no ha sido la mejor en el ranking social humano de la tolerancia. Y no es que las demás lo sean y esta sea una excepción, pero presenciar al presidente del país más poderoso del mundo (teóricamente… China tiene más poder real, no nos engañemos), Donald Trump, responder tibiamente -por decirlo con un eufemismo- o de forma inaceptable -para decirlo más claramente-, a la manifestación de extrema derecha y de supremacistas blancos organizada en Virgina -que terminó con la muerte de una manifestante que había asistido a hacer frente al grupo de fascistas a manos de un neonazi al volante, y con varios heridos y demostraciones de violencia- hunde el alma a niveles de inframundo.

Trump parece asumir que un grupo de racistas y fascistas que gritan consignas nazis y del Ku Klux Klan y proponen aniquilar a los que no sean del mismo blanco o las mismas ideas que ellos pueden ser equiparables a unos manifestantes que pacíficamente optan por hacer frente a estos despliegues con consignas a favor de la tolerancia. Parece que Trump no tiene muy claro lo que es el fascismo (del racismo hablaremos en otro post). Así que aquí, desde lejos y dejando claro que fascismo y racismo no son cosas aceptables, le proponemos al presidente Trump una lista de películas para que se eduque, para que aprenda, para que desarrolle su intelecto y directamente deje de vivir en esa ignorancia a la que ya, en tan poco tiempo de gobierno, nos ha acostumbrado (aunque siempre la primera reacción sea el horror). Aquí tiene presidente -y por extensión todos los que piensen que tiene razón- una propuesta de festival de cine antifascista para que despierte sus neuronas.

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La casa de los espíritus muestra la terrible llegada al poder de Pinochet.

La casa de los espíritus (1993)

Adaptación de la novela de Isabel Allende sobre el golpe de Estado de Augusto Pinochet y sus consecuencias en la vida de una familia chilena. Los Trueba son una familia con dinero. El padre, de derechas y bastante déspota, controla los impulsos libres de la madre y se indigna cuando su hija se enamora de un rojo. Tanto se indigna con el ascenso de la izquierda que colabora con el golpe de Estado que lleva a Pinochet al poder. Su hija, una disidente, es detenida y torturada, y este ex ministro se da cuenta del poco poder que se tiene cuando un dictador asume las riendas… sin importar quién seas o hayas sido.

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Un retrato frío y terrible de la maldad humana.

La solución final (2001)

Esta poco conocida película es discreta y pavorosa. Básicamente una obra de teatro (se desarrolla mayormente en un espacio) y con actores de la talla de Kenneth Brannagh, Colin Firth o Stanley Tucci, este drama para televisión (es de HBO) retrata las reuniones sostenidas por los altos mandos nazis durante la guerra, durante las que se decidió tomar la que se llamaría la solución final: el exterminio de los judíos de una forma eficiente. Fría, cruenta y sin pizca de violencia explícita, es un retrato perfecto de la maldad humana sin tapujos. Horrible como pocas, merece una advertencia… porque el resultado de esa reunión es conocido por todos.

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Sonrisas y lágrimas (1965)

Es un musical bastante conocido, pero entre tanta historia de amor y canciones sobre cosas favoritas a veces se olvida que la familia Von Trapp no sólo es famosa por cantar en grupo sino por escapar de Austria a través de Los Alpes después de la anexión alemana. El coronel Von Trapp, como bien muestra el gif que ha rondado Facebook estos días tras los eventos de Charlottesville en que se le ve desgarrada una bandera con una esvástica, repudia a los nazis y su intransigencia con respecto a su opresión (no pretende ceder ante sus amenazas o sus insinuaciones) significa dejar atrás su país, su hogar y todo lo que conocen él y su familia.

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La ola es un ejercicio espeluznante por posible.

La ola (2008)

Esta espeluznante película alemana muestra el experimento que un profesor de bachillerato emprende con sus alumnos cuando debe enseñarles sobre autocracia. Los adolescentes están convencidos de que una dictadura cono la nazi jamás podría implantarse en la Alemania moderna, así que el instructor comienza a establecer condiciones fascistas en el salón de clase: deben llamarle por otro nombre, clasifica y agrupa a los estudiantes con mejores y peores notas, inventa un saludo propio, excluye a quienes discuten estas medidas… al final el ejercicio prueba ser eficaz y aterrador. Los alumnos, no todos pero la mayoría, caen ante las nuevas normas. Nadie está a salvo de los populismos, el fascismo es siempre una posibilidad horrorosa y la democracia no se puede dar por sentado.

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El pianista es una obra maestra que pesa en el alma.

El pianista (2002)

Películas sobre la Segunda Guerra Mundial podrían conformar esta lista exclusivamente, pero ha habido más ejemplos de fascismos en el mundo y la mayoría además son muy conocidas. Este clásico moderno de Román Polanski relata la terrible historia del pianista polaco Wladyslaw Szpilman. Basada en la historia real del músico, la película muestra su periplo en el gueto de Varsovia y luego su supervivencia gracias a un oficial alemán que decide mantenerlo prisionero y no matarlo para que le toque el piano. Alrededor de Szpilman y su historia se suceden las muertes de todos los miembros de su familia y la inmensa mayoría de los judíos y otros perseguidos en la Polonia invadida por los nazis.

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La lengua de las mariposas no es para débiles. Su última escena marca la vida.

La lengua de las mariposas (1999)

Esta película española muestra el peso que tiene la intolerancia y las bases absurdas y contagiosas que la alimentan. Un extraordinario profesor republicano logra establecer una entrañable relación con un estudiante asustado por ir a la escuela (le han dicho que los maestros pegan). Ambos enriquecen la vida del otro poco tiempo antes del alzamiento de 1936. Lo que sigue a la rebelión fascista es doloroso –el relato se desarrolla en Galicia donde los falangistas cometieron atrocidades contra simpatizantes de izquierdas antes incluso de que se hablara de una guerra– y, si son de corazón sensible, capaz de dejar cicatriz. Una película hermosa y dolorosa sobre el sin sentido de la guerra y la intolerancia. Un retrato doloroso, de los muchísimos, de la Guerra Civil Española.

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American History X: Un nazi que recapacita… deseemos que haya esperanza.

American History X (1998)

Una historia bastante más contemporánea, pero no menos horrorosa. Edward Norton interpreta a un neonazi condenado a prisión luego de asesinar a sangre fría dos jóvenes negros. Durante su estadía en la cárcel este fanático descubre la limitación e ignorancia de sus ideas cuando comienza a socializar con un preso afroamericano que le ayuda. Mientras tanto su hermano menor, Edward Furlong, admirador pleno de Norton se convierte en un feroz neonazi. Cuando sale de la cárcel intenta convencerle de que el camino que ha elegido es incorrecto. Y cuando lo entiende es demasiado tarde. Su voz, leyendo su último ensayo sobre los valores nazis y su invalidez, cierra la película: “El odio es equipaje. La vida es muy corta como para sentir ira todo el tiempo. No vale la pena”.

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Dos pesos pesados italianos en un retrato íntimo de la tolerancia.

Una jornada particular (1977)

Marcello Mastroianni y Sophia Loren protagonizan esta película de Ettore Scola. La historia es la siguiente: Loren está sola en casa mientras su esposo fascista y sus hijos malcriados asisten a los desfiles y actos organizados por la visita de Hitler a Mussolini. Mientras tanto su vecino, Mastroianni, se encierra en su piso sin poder trabajar, ha sido puesto en una lista negra por sus preferencias sexuales y sus ideas. Cuando el pájaro de él se escapa y termina en casa de ella, el par termina por pasar el día juntos. Y la vida de ambos cambia.

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Incapaces de ver el horror que venía… quién iba a imaginar semejante maldad.

El jardín de los Finzi Contini (1970)

Esta adaptación de Vittorio da Sica no sólo es visualmente hermosa, sino terriblemente triste. Los Finzi Contini, una familia judía italiana de dinero, ven surgir el fascismo y el nazismo incrédulos de que tal locura vaya a durar mucho. Su clase social, sus valores liberales y el mundo -no son los únicos en juzgar su ambiente por quienes los rodean y piensan como ellos- en que han vivido les impide ver el peligro real en que se encuentran. Y cuando lo ven es demasiado tarde.

 

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El Gran Dictador sin duda es una de las obras maestras de Chaplin.

El gran dictador (1940)

Charles Chaplin se adelantó incluso a la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial con esta película: una condena abierta y directa al nazismo, al fascismo y en general a las dictaduras. Chaplin interpretó tanto al horrible dictador, como al barbero judío perseguido. La película fue un éxito en su momento y ha sido catalogada por la crítica general como una obra maestra y por los historiadores como una obra de importancia en su tiempo. El discurso final, una fuente de lágrimas, más aún que estos antivalores vuelven a brotar, merece ser oído una y otra vez.

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Barcelona tiene una luz

Laura Ferrero

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

En una cartulina enorme de color lila había escrito un título en letras mayúsculas y apretadas: “Barcelona: my city”. Tenía siete años y daba mis primeras clases de inglés en un momento en el que aún no distinguía un verbo de un adjetivo. Con tijeras y pegamento de barra llené aquella cartulina infinita –en la que siempre quedaban huecos– de recortes de mi ciudad: la eternamente inacabada Sagrada Familia, las Ramblas con sus quioscos de flores, el símbolo de El Corte Inglés –ahí es donde me llevaba mi abuela a merendar–, un escudo del Barça y el dragón del parque Güell. También añadí, en el último momento y para cubrir uno de aquellos dichosos huecos, una pegatina que decía “Barcelona posa’t guapa” que mostraba la cara de una mujer cuyos ojos eran balcones. Y a mí me gustaba perderme en esos balcones porque eran, en realidad, una promesa de las vidas que habitaban dentro. De la mujer. De la ciudad.

Tuve que hacer una exposición oral de “Barcelona: my city”, y me hice un lío con los verbos, los demostrativos, el she y el he. Sin embargo, entre tanto caos, dije algo que me acompaña desde entonces. Barcelona has a light.

La profesora me corrigió: “Barcelona tiene luz, sí, pero como cualquier otra ciudad”. Y yo le respondí –siete años, un diente que se me movía mucho y ganas de llevar la contraria–, que no. Que Barcelona tiene una luz y que esa luz es distinta.
Me pusieron un seis por aquello de “lo importante es participar” y, enfadada, tiré el collage a la basura, pero los balcones de “Barcelona posa’t guapa” me siguen mirando ahora desde la distancia que ofrece la memoria en lo que fue una iniciativa del ayuntamiento para la rehabilitación de la ciudad.
Poco después llegaron Cobi, y Petra, y las torres Mapfre que, antes de visitar Nueva York, me parecían un delirio de altura y sofisticación.
En poco tiempo mi pequeña ciudad se ensanchó y empezó a mirar al mar.

Pero con los años dejé de amar Barcelona. Porque la vida es un proceso de cambio y hay que ser serpiente y mudar la piel, y uno cree que a los primeros amores hay que cambiarlos por otros mejores. Me fui muchos años de aquí. Tantos como diez y lo hice en busca de otros lugares. Olvidé las calles, la Virreina, la chocolatería de la calle Petritxol, la azotea de aquel hotel de las Ramblas en el que me enamoré por primera vez, el parque de El Tibidabo con su noria y la calcomanía en la mano. Todo eso lo olvidé.
Me fui para poder volver, aunque digan aquello de que regresar es irse.

Barcelona es un conjunto de cosas que no tienen nombre que son memorias, deseos, esquinas, lugares de cambio, no solo de mercancía o de letreros de vendo oro. En Barcelona se cambian palabras, esperanzas, encuentros. Soledades. Porque el secreto de los buenos matrimonios, como decía Rilke, es ser el guardián y el custodio de la soledad del otro.
Te quiero, Barcelona, porque tus esquinas, tus callejuelas del gótico y tus adoquines. Porque a veces llueve y siempre hay soportales, porque el Eixample y porque la filmoteca. Porque la Rambla del Rabal y los kebabs. Y sí, también por aquella azotea en la que me enamoré: porque el chico se fue pero se quedó el horizonte siempre lleno de posibilidades.

Te quiero, Barcelona, porque aquí he sido todas las personas que nacieron de una cartulina lila y de unos balcones que miran al infinito.
Y por último, te quiero, Barcelona porque siempre me has dejado volver de mis quiméricas ciudades de la imaginación. Porque tienes una luz y nunca me has dejado a oscuras.

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Y pasó en Barcelona

Andrea Mármol

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Ha pasado. Ha sido Barcelona. Antes fueron París, Londres, Bruselas o Niza. También Nueva York. Y Jerusalén. Una suerte de hermanas mayores para los barceloneses, cuyas semblanzas con nuestra morada nos habían activado falsos anticuerpos frente a la más inexplicable sangre abrupta, la estampida inmediata o el socorro improvisado. Las imágenes de las antes golpeadas urbes, las haya o no pisado, obligan a uno a repetirse para sí que el terror es algo con lo que hay que acostumbrarse a vivir. Arrastrados todos a asumir que al odio menos sofisticado le basta nuestra mera existencia para convertir a los nuestros en víctimas.

Con la ola de atentados terroristas recorriendo aeropuertos, avenidas y salas de concierto, he especulado en infinidad de ocasiones -durante un paseo por el barrio Gótico, tomando un café en la Plaza Real, dejándome la voz en Sala B o caminando rumbo el Camp Nou- con las posibilidades de ser víctima del próximo ataque. Mortal o no, poco importa, porque la imaginación es caprichosa, rápida y no escatima en torturas. Uno intuye de manera difusa el momento del estallido, el tiroteo, -ahora cabe añadir una furgoneta- pero la angustia, incluso la angustia imaginada que busca amortiguar la real, siempre es nítida: uno imagina a su madre esperando una llamada o una última conexión, a sus amigos que se quedaron en el bar tratando de huir o a ese abuelo lento, afectado por el ataque, quedando atrás de la muchedumbre.

No andaba demasiado alejada del lugar de los hechos, pero el jueves, como tantos otros, hube de hacer llamadas. Alguna para tranquilizar de inmediato, otras para recibir esa misma anestesia. Lejos de lo especulado, unas llamadas tan esperadas por quien las ha de recibir entrañaban una sobriedad algo anómala. Mientras intentaba abrirme paso por Vía Laietana, sin saber todavía dónde ni cuándo habían perpetrado el atentado, cientos de personas a las que nos había sorprendido cerca -pero mucho más lejos que cerca- no compartíamos ya solo una calle: de pronto todos los desconocidos allí presentes éramos parte de un trazado espontáneo que llegaba hasta los familiares y amigos de cada uno, todos cómplices y, por esta sola vez, del mismo bando.

El gélido dato confirma lo inusitado de esa situación en el corazón de Barcelona. De los trece muertos ahora confirmados, dos son españoles -ambos granadinos-, un ejemplo que da cuenta de una de las muchas disparidades que se respiran a diario entre viandantes en la ciudad. Es así, claro, en todas las ciudades que han sido sacudidas para siempre por los bárbaros, cuya elección no es azarosa, y así con su golpe a Barcelona hacen añicos el espejismo de eternidad de cualquiera que pudiera dejarse envolver en esta urbe de “gentes de cien mil raleas”, que cantaba Serrat. ¿No es, acaso, el de barcelonés, uno de esos gentilicios nada estridentes?

Tampoco es casualidad lo que ha venido después. La respetada solemnidad en la conmemoración en una Plaza Cataluña que cerró el grito unánime y espontáneo ‘no tenim por’, así como los ayuntamientos de toda España unidos en respuesta a la barbarie han sido sólo la culminación de mensajes de apoyo que llegaban desde cualquier rincón del mundo. Todos encontraban sus más sinceras palabras para la ciudad y para el horror y la angustia que les produjo imaginarla con la sangrienta mácula del terror. Podría decirse que a Barcelona, en pocas horas, le fue devuelto en justa correspondencia todo el calor con que supo arropar en su día a cuantos pudieron siquiera asomarse por aquí por primera vez.

Como todos, yo me asomé un día también a la ciudad. Recuerdo el primer día que paseé de noche por el Gótico, las primeras escaleras mecánicas en el metro de Las Glorias. Cómo me enamoró el retrato que de ella hacía Zafón en los libros primeros, luego sustituidos por las narraciones de Martínez de Pisón en la estantería. Mis primeras veces de casi todo fueron en Barcelona, pero esta ciudad permite esas primeras veces para casi cualquiera: lo fue para que Picasso pintara a sus señoritas de Aviñón, para que Lorca se emocionara con el extrañísimo topónimo ‘Urquinaona’ o para que, mucho antes, en la obra magna en lengua castellana, alguien la introdujera tal que así: “Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto”.

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WhatsApp y las redes sociales se llenan de bulos sobre el atentado de Barcelona

Redacción TO

Foto: SUSANA VERA
Reuters

Cuando apenas habían pasado unos minutos desde que una furgoneta irrumpiera en Las Ramblas de Barcelona y la incertidumbre y la confusión se apoderaba de los ciudadanos, cientos de personas sacaban lo mejor de sí mismas para ayudar a víctimas, heridos y testigos del cruel y vil suceso. Cientos de ciudadanos acudieron a los hospitales a donar sangre, los taxistas hacían carreras gratis para sacar a la gente del centro de la ciudad, residentes en la capital condal ofrecían refugio y alojamiento a todo aquel que lo necesitase… Una avalancha de solidaridad se apoderaba de Barcelona en uno de sus peores días.

Sin embargo, hay quien aprovecha estos momentos de confusión para difundir bulos y falsas noticias. Por WhatsApp circulan diferentes mensajes falsos que alertan sobre un aumento en el nivel de alerta antiterrorista, pasando del nivel 4 al 5. Este mensaje es el mismo que ha circulado en otras ocasiones tras otros atentados, como los de Manchester o Inglaterra. La Policía, una vez más, desmiente la información y pide no difundirlos.

Mediante WhatsApp también han circulado varios mensajes de voz que posteriormente se han podido comprobar que son falsos y malintencionados. Como el de una chica que aseguraba que en esos momentos estaban “atropellando a gente en el Arco del Triunfo”. En otro audio, otra mujer decía: “Justo ahora en Paralelo hay un tío matando a peña con metralleta”.
“Tengo a una amiga en el Ayuntamiento y varios amigos que trabajan con ambulancias y enfermeros que me han confirmado que los han reunido a todos para que se preparen porque hay varias bombas por toda Barcelona”, decía otro chico a través de un audio que circula por WhatsApp.

Emergencias de Cataluña se pronunciaba en Twitter para intententar detener algunos de estos rumores falsos.

Twitter, arma infalible de dispersión debido a su gran uso, millones de usuarios y rápido poder de viralización, también se ha llenado de falsas informaciones. Como la que aseguraba otro incidente terrorista en Reus (Tarragona). Los Mossos d’Esquadra también desmintieron el bulo.

Y más delicados aún son aquellos falsos mensajes que se difundían a través de Twitter y Facebook en el que varias personas fingían estar buscando a un familiar o amigos desaparecidos en los atentados de Barcelona.
WhatsApp y las redes sociales se llenan de bulos por el atentado de Barcelona

Minutos después de esta publicación, algunos usuarios empezaron a dudar de su autenticidad y, el autor, en vez de retractarse, escribía en tono jocoso: “Ya se han dado cuenta de que soy un troll”. Su cuenta fue desactivada.

WhatsApp y las redes sociales se llenan de bulos por el atentado de Barcelona 1

Otra publicación similar también corría como la pólvora, aunque fue borrada minutos después de su publicación. En esta ocasión se buscaba a un joven llamado Alfonso, un chico mexicano que desde hace años, cada vez que hay un atentado, trolls fingen que el joven estaba entre los autores o las víctimas.

WhatsApp y las redes sociales se llenan de bulos por el atentado de Barcelona 2

Mientras tantos, las fuerzas de seguridad estatales y catalanas no se casan de repetirlo: “SEGUID LA INFORMACIÓN DE FUENTES OFICIALES”.

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