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Razones científicas para no comer carne humana

Redacción TO

Foto: Francois Mori
AP Photo

Con el paso del tiempo, el ser humano se ha cargado de razones para no alimentarse de sus congéneres. Se trata de algo antinatural. Al fin y al cabo, nuestra naturaleza nos empuja a todo lo contrario, a preservar la especie. Pero a las cuestiones biológicas se suman las implicaciones éticas y sanitarias y, pese a ello, existen testimonios y episodios escritos que demuestran que la antropofagia es tan antigua como el ser humano.

Un ejemplo revelador y reciente se halló en Papúa Nueva Guinea, Oceanía, donde no se conoció vida humana hasta los años 30, cuando unos buscadores de oro australianos descubrieron que aquella isla estaba habitada por cerca de un millón de personas. Entre ellas estaba la tribu de los Fore, con unos 11.000 miembros, al menos cuando los encontraron. Porque luego la población comenzó a caer en picado, unas 200 personas por año, por una enfermedad extraña que atribuían a la magia. Hasta que se descubrió que el verdadero motivo no radicaba en lo esotérico, sino en un prión derivado del canibalismo. Los Fore tenían la tradición de aprovechar algunos órganos humanos muertos como rito funerario, y aquello tenía unas consecuencias para su salud que por supuesto ignoraban.

Las propiedades nutricionales de comer humanos 1
Una tribu armada de Papúa Nueva Guinea, en 1957. | Foto: AP Photo

Buscando entre casos de canibalismo en distintas épocas, encontramos incluso entre los neandertales. Nunca se ha sabido con certeza si la superstición es el único motivo por el que los hombres se ha alimentado de otros hombres. Siempre se ha sospechado que quizá se debiera también a motivos de supervivencia. Igual que se puede comer un ciervo o una vaca, se puede comer una persona. Pero los últimos hallazgos desestiman esta posibilidad apoyándose en un argumento estrictamente científico: comer carne humana no es solo poco apetecible, sino también nutricionalmente inadecuado.

“Aun comiéndote seis seres humanos, no obtendrías el nivel de calorías que aporta un caballo”

Un estudio publicado por la revista Nature ha analizado los aportes calóricos de un cuerpo humano en otro organismo de la misma especie a partir de los hallazgos paleolíticos donde se ha detectado esta práctica. El trabajo ha concluido con una respuesta contundente y tranquilizadora. Son muchas las especies cuya carne posee más propiedades calóricas que la nuestra y su ingesta no aporta en absoluto unos nutrientes extraordinariamente valiosos. Los arqueólogos, gracias a esta revelación, han desestimado que el canibalismo en el Paleolítico y en la modernidad responda a un factor alimenticio.

Uno de los hombres que lidera la investigación se llama James Cole y es arqueólogo de la Universidad de Brighton, en Reino Unido. De acuerdo con las estimaciones de su equipo, el cuerpo de un hombre medio posee 126.000 calorías, lo cual no es una cifra excesivamente elevada. “Aun comiéndote seis seres humanos”, afirma Cole a la revista Quartz, “no obtendrías el nivel de calorías que aporta un caballo”. Esto quiere decir que si nos equiparamos nutritivamente a otros animales en términos de peso, salimos perdiendo igualmente.

Las propiedades nutricionales de comer humanos
Un fémur de hombre, analizado por científicos mexicanos. | Foto: Tomás Bravo / Reuters

También se ha podido descubrir en esta investigación cuáles son las partes con más componentes nutritivos de nuestro cuerpo. En este sentido, el tejido adiposo sería el más destacado con casi 50.000 calorías. Tras él se encuentra el esqueleto (25.332), los muslos (13.354), la piel (10.278) y los brazos (7.451). Se estima que ingiriendo un cerebro o un corazón se aporta al organismo entre 2.500 y 700 calorías, respectivamente.

No obstante, y siempre en términos relativos, las propiedades de otras especies hace que su consumo sea más beneficioso. En el estudio se ha calculado el nivel de calorías de otros seres vivos, algunos ya extintos. Por ejemplo, el cuerpo de un mamut podría aportar hasta casi cuatro millones de calorías y el de un rinoceronte lanudo, casi un millón y medio.

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Los beneficios de hablar solo

Néstor Villamor

Foto: Noah Silliman
Unsplash

Hablar solo sigue siendo una actividad polémica. Por una parte, la percepción general es que se trata de un síntoma de inestabilidad mental o emocional; por otra, la ciencia no deja de tumbar ese estereotipo. Un estudio publicado en la revista Nature ha concluido que conversar con uno mismo ayuda a regular las emociones y mantener el autocontrol.

Pero este estudio, a diferencia de otros publicados anteriormente, da una nueva vuelta de tuerca al asunto. Para empezar, plantea que es preferible que el soliloquio no sea en voz alta, así que adiós al estigma. Y además, sugiere que estos beneficios aparecen cuando la persona habla consigo misma en tercera persona. Es decir, en lugar de preguntarse “¿Cómo me siento?”, es más beneficioso plantearse “¿Cómo se siente Carlos?”. De ese modo, sugieren los investigadores, Carlos tendrá un mejor control sobre sus sentimientos al poder percibirse con la distancia que siempre se tiene con cualquier interlocutor.

Como dice el estudio, “todos tenemos un monólogo interno en el que nos sumergimos de vez en cuando; una voz interior que guía nuestras reflexiones cotidianas”. Pero el modo en el que nos dirigimos a nosotros mismos tiene efectos diferentes en función de qué pronombre utilicemos. “Concretamente”, observa la investigación, “utilizar el propio nombre para referirse a uno mismo durante esta introspección en lugar del pronombre de primera persona ‘yo’ aumenta la habilidad de las personas de controlar sus pensamientos, sus sentimientos y su comportamiento bajo situaciones de estrés”.

Dos experimentos

Para llegar a tales conclusiones, los autores del estudio -liderados por el investigador de Psicología Jason Moser, de la Univeresidad Estatal de Míchigan- llevaron a cabo dos experimentos. En el primero, los investigadores pidieron a 37 voluntarios que hablaran consigo mismos acerca de lo que sentían cuando les enseñaban imágenes desagradables. Midiendo la actividad cerebral con un electroencefalograma, los científicos descubrieron que cuando la conversación se producía en tercera persona no solo se conseguía reducir la ansiedad antes, sino que se reducía en menos de un segundo.

“Los resultados sugieren que un hablar solo en tercera persona puede constituir una forma de autocontrol relativamente fácil”

En el segundo experimento, los investigadores pidieron a los participantes que reflexionaran en silencio sobre experiencias dolorosas de su vida, tanto en primera como en tercera persona. Utilizando esta vez escáneres cerebrales, los científicos descubrieron que, de nuevo, la segunda opción ayudaba a los participantes a regular mejor sus emociones. “Juntos, estos resultados sugieren que un hablar solo en tercera persona puede constituir una forma de autocontrol relativamente fácil”.

Los beneficios que ha encontrado este estudio se suman a muchos otros sobre el mismo tema, del que la ciencia se está empezando a preocupar. Una investigación de hace cinco años publicada en The Quarterly Journal of Experimental Psychology mostraba que hablar solo (pero esta vez en voz alta) ayuda a encontrar objetos perdidos. El motivo, según los investigadores, es que oír en alto el nombre del objeto que se busca crea una asociación visual más poderosa.

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Elvis Presley: 7 cosas que quizá no conocías sobre el Rey

Jorge Raya Pons

Foto: AP Photo

La sombra de Elvis es alargada: no solo ha vendido entre 500 y 600 millones de discos —parece imposible dar una cifra exacta—, sino que se ha convertido en una referencia cultural básica del siglo XX. Con su pelo engrasado, los mechones meciéndose en su frente cuando movía las rodillas y las caderas. Antes de morir el 16 de agosto de 1977, hace 40 años, Elvis apenas podía respirar cuando se presentaba ante el público, obeso y cansado, pero conservaba ese atributo hipnótico y nada común de absorber todas las miradas. Desde entonces nadie ha conseguido alcanzarle y, a día de hoy, mantiene el trono del rock and roll.

Si quieres conocer un poco más sobre el Rey, te contamos siete cosas que quizá no conocías sobre él.

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Ser ser humano

Lea Vélez

Foto: JOSHUA ROBERTS
Reuters

Grupos neonazis desfilan, arrollan, queman y matan. Grupos neonazis, que ya son hijos y nietos de neonazis. Que ya, de tan antiguo su corte de pelo y sus botas y su violencia, han viajado al pasado de un campo de concentración con los ojos cerrados, sin ver nada, acostumbrados a la verdadera muerte y han escogido sus cuatro símbolos molones: bandera confederada, Dixie, blancura, pistola. Parece que los veo asesinando a Ana Frank. Pero no, qué demonios, no saben ni quién es Ana Frank porque no han leído un libro en su puñetera vida que no esté diseñado para refrendar lo que ya nacieron siendo: hombres defectuosos, sin generosidad ni amor, ni empatía, ni nada. En todo eso consiste la maldad. La maldad no es ser, es carecer.

Confieso que hasta estos días de vacaciones, no había leído el famoso diario. Qué joya. Qué inteligencia. Qué emoción. Sí estuve hace más de veinte años en la casa museo de Amsterdam. Me impactó el reducido espacio, el escondite. El olor de la madera de ese ático quedó dentro de mi. Me impactó que el ser humano pudiera permitir tanto horror. Vuelvo a lo mismo. “Ser humano” viene de ser. Ser es tener. Tener preguntas, tener cavidades, tener compasión y empatía. Tener lógica.

Recuerdo el día en que mi hijo de 6 años, que jugaba a ser Spiderman, descubrió que existían los neonazis y me dijo muy alterado:

“¡¿Cómo?!” ¡¿que aún hay nazis?! ¿Pero estos nazis no saben lo malo que fue Hitler, que asesinó a los judíos, que invadió toda Europa matando, robando? ¿Es que no han visto La Gran Evasión o La lista de Schindler? ¿Quien es tan idiota para ver esas pelis y pedirse ser el malo?” Seis años tenía, lo juro. Seis años y ya era más hombre que estos tíos de las antorchas.

Tuve que responderle que solo un malo se pide ser nazi en la representación de la vida. Porque en la vida, cuando crecemos, seguimos jugamos a ser, más que somos. Representamos, más que hacemos. En la vida, casi siempre, somos ficción y nos disfrazamos de algo conforme a nuestra cultura y a nuestro deseo de aceptación: los malos se disfrazan de nadie, de clichés, de violencia, de terror, los buenos, ah… “mamá, ¿y de qué se disfrazan los buenos?”, siento que me pregunta aquel niño inquisitivo de seis años que como todos los niños del mundo, nació siendo persona.

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Ordalías 2.0

Cristian Campos

Foto: Mike Blake
Reuters

Imagine que es usted el CEO de una empresa mastodóntica, una de esas que ningún gobierno puede permitirse el lujo de dejar caer. Una como Google. Un día, uno de sus empleados, llamémosle X, entra en su despacho y deja encima de la mesa una caja negra cuyo contenido usted desconoce. Al cabo de unas horas, los teléfonos empiezan a sonar. Ese contenido, sea el que sea, ha provocado la ira del resto de los empleados.

Algunos se han sentido tan amenazados por él que han preferido abandonar su puesto de trabajo y quedarse en su casa. Buena parte del resto anuncia dimisiones masivas si no se despide a X. El escándalo llega hasta las primeras páginas de la prensa. La cotización de las acciones cae y el escándalo alcanza proporciones de amenaza existencial. Supongamos que usted no puede abrir la caja ni conocer su contenido de ninguna manera. ¿Qué hace?

Este es el único argumento razonable que he leído tras el Caso Goolag en defensa del despido de James Damore. El razonamiento es interesante porque evita tomar partido en la guerra cultural desatada por el texto del exempleado de Goolag y analiza la polémica desde un punto de vista estrictamente realista: el mundo es como es y lo importante no es la verdad sino cómo es recibida esta entre la masa. ¿Qué más da cuál sea el contenido de la caja si ha sido capaz de poner en peligro la mera existencia de la empresa y de hundir en la depresión a sus trabajadores y a sus accionistas? Desde este punto de vista, las excusas dadas por Sundar Pichai para el despido de Damore son irrelevantes: Damore debía morir para que Goolag sobreviviera.

Obviamente, el realismo en este caso no es más que otra forma de cobardía moral que deja la resolución de los conflictos sociales en manos del capricho y las supersticiones del grupo social dominante o mejor organizado, independientemente de que sus puntos de vista sean razonables, informados o tengan el más mínimo sentido. Dicho de otra manera: se trata de una forma intelectualizada de justificar la ley de la selva y la inseguridad jurídica consiguiente.

Lo paradójico es que la resolución del Escándalo Goolag, sobre el que se ha debatido hasta la extenuación porque el contenido de la caja negra estaba a la vista de todo el mundo, ha sido exactamente la misma que se habría producido de haber aplicado desde un buen principio la ley de la selva. No deja de ser una ironía que sea una empresa como Goolag, paradigma de la vanguardia tecnológica y santo y seña de la utopía digital, la que haya traído las ordalías medievales de vuelta al siglo XXI.

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