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'Relatos de gente extraordinaria'...

Marta Ruiz-Castillo

Foto: Vicente Ruiz Aguarón

…el libro de un cooperante en África

Los relatos son los de personas anónimas que viven en África, en países castigados por la guerra, el hambre, la corrupción, la enfermedades y que, a pesar de eso, sonríen, juegan y miran agradecidos a cooperantes como Vicente Ruiz Aguarón que, con este libro, ha querido mostrar lo que ocurre en este Continente olvidado. Y lo ha hecho a través de fotografías sacadas con su cámara, instantáneas que no dejan indiferente a nadie porque en ellas se refleja la humanidad de gente única y excepcional. En The Objective, aprovechamos para darlo a conocer coincidiendo con el Día Internacional de la Solidaridad Humana.

Cuenta Tuco, como así le llaman los que le conocen, que desde pequeño sintió la necesidad de ayudar a las personas más vulnerables, pero no fue hasta los 25 años cuando empieza a encaminar sus pasos hacia lo que acabó convirtiéndose en su forma de vida. Su historia es también en cierto modo extraordinaria, aunque él no lo crea así, ya que estudió Dirección y Administración de Empresas en Oxford, Inglaterra, y la idea era que se dedicara al mundo de la empresa. Al acabar la carrera se va a Alemania a buscarse la vida y al cabo de unos meses, regresa a España donde empieza a trabajar en una multinacional. Pero entonces tuve como una especie de llamada, porque vi un anuncio en el que preguntaban: ¿quieres ser voluntario?. Y me dije que sí, que me gustaría ser voluntario, así que empiezo a moverme en el  mundo del voluntariado internacional”, nos cuenta. Consiguió una entrevista con la ONG África Directo y se va de voluntario a Malawi. “Con 25 años tengo mi primer impacto con África y es entonces cuando me entra lo que algunos llaman ‘el virus de África’ porque me enamoré del continente. Estuve en Malawi siete meses y ahí hice un voluntariado increíble. De hecho fue una de las experiencias más alucinantes de mi vida ya que, aunque luego he tenido muchas otras, fue la primera, en una ONG muy pequeñita, en un poblado perdido en Malawi, un país ya de por sí muy pobre”.

“Viajé a Malawi con 25 años como voluntario y me entró el ‘virus de África’, porque me enamoré del Continente”

Siete meses estuvo Tuco en este pequeño país africano. Al cabo de ese tiempo vuelve a Madrid y comienza a trabajar en una agencia de publicidad. “Regreso a España para saber si realmente esa experiencia que he tenido es lo que quiero hacer o es solamente algo pasajero, emocionante, y una locura de un chico de 25 años. Me sale trabajo en una agencia de publicidad, en la que estuve 11 meses, pero para mí fue un choque enorme. Llegué de Malawi para meterme en un mundo como el de la publicidad que es el otro extremo. De hecho, mis compañeros me llamaban ‘África corps’ porque estaba todo el día hablando de mis aventuras en Malawi,  así que durante esos 11 meses lo pasé bien, aprendí mucho pero yo ya estaba con el ‘virus’, así que no aguanté y le dije a mi jefe que me iba otra vez de cooperante”.

En la entrada de un colegio en Sierra leona, siempre en fila, esperaban para entrar en clase.
En la entrada del colegio en Makeni, Sierra Leona, los chicos y chicas esperan en fila para entrar en clase.

Esta vez se marcha a Brasil porque quería tener una experiencia nueva, diferente. Había estado en Malawi que es un país pobre, que no tiene nada, pero Tuco quería conocer un país con diferencias sociales y Brasil era perfecto, ya que era y es un país de contrastes donde el 80% de la población sólo tiene el 20% de la riqueza, el resto está en manos de unos pocos; quería conocer eso y quería aprender portugués porque es un idioma importante en el mundo de la cooperación y allí se fue.

“Es bastante divertido porque me ayudó Carlos Sobera que por aquel entonces era voluntario y es amigo de un amigo mío, quien le dijo que si podía presentarme a alguien de World Vision Internacional donde estaba Sobera, y así lo hizo. Entonces me enviaron a Recife de voluntario llevando un proyecto con jóvenes, en favelas y con comercio justo; estuve poco tiempo, cuatro o cinco meses, pero lo suficiente como para empezar a aprender de qué iba el mundo de la cooperación, porque en Malawi fue mi primera toma de contacto, pero en Brasil me profesionalicé y aprendí portugués, y eso me sirvió para, a al vuelta, empezar a buscar trabajo”.

Estamos hablando del 2004, el año del tsunami en Indonesia, y a Tuco le llamaron de varias ONGs, entre ellas, Médicos Sin Fronteras para ir al lugar del tsunami pero también le llamaron de Cruz Roja Española para un proyecto en Angola. “Decidí irme a África, porque ya sabía portugués y el proyecto era muy interesante; llevaba cuatro años y yo tenía que terminarlo. En Angola aprendí realmente lo que es la cooperación, y ahí fue donde decidí que era a lo que me quería dedicar“.

El recuerdo de las sucesivas guerras se aprecia en impactos como este en Kuito, Angola.
El recuerdo de las sucesivas guerras se aprecia en impactos como este en Kuito, Angola.

El libro, dice Vicente, tiene fotos de Angola porque se trata de un país con una historia muy difícil, inmersa en guerras sucesivas. Se independiza de los portugueses en el año 1975 después de una larga guerra, pero entonces comienza una guerra civil que se prolonga hasta el año 2002. “Un país que es de los más minados del mundo, donde contacto con Halo Trust, una ONG escocesa conocida porque Lady Di colaboraba con ellos, que se dedica a desminar países como Angola. Dicen que hay unos 17 millones de minas que no saben dónde están. Es un horror. La guerra acabó pero en realidad sigue presente porque los agricultores, las personas que quieren hacer su vida normal, no pueden. Con Cruz Roja íbamos de pueblo en pueblo junto con Naciones Unidas y otras ONGs y teníamos que informar de nuestras salidas porque era y sigue siendo muy peligroso recorrer el país. La gente se sigue muriendo por las minas”.

En Angola, Vicente trabaja en un proyecto “muy interesante”, de capacitación de gente joven, formando a niños que habían sufrido la guerra, en colaboración con los Ministerios de Salud y Educación del país. Después de un año, Cruz Roja envía a Tuco como cooperante a Sierra Leona para trabajar en un proyecto de gran envergadura de la Unión Europea, “donde me encuentro con otra realidad, como digo en el libro, por un lado muy diferente, pero también con muchas semejanzas con Angola”. Sierra Leona, ex colonia inglesa, rica en minerales y diamantes, es una de las víctimas del presidente de Liberia, el Señor de la Guerra, Charles McArthur Ghankay Taylor, que entrega armas a cambio de diamantes de sangre, lo que provocó una terrible guerra. Cuenta Vicente el horror que vio al llegar, la zona de los diamantes en Kono District o las personas, muchos de ellos niños, con miembros amputados.

El trabajo en las minas de diamantes en Kono District es durísimo, todo el día dentro del agua, a veces a temperaturas extremas.
El trabajo en las minas de diamantes en Kono District es durísimo, todo el día dentro del agua, a veces a temperaturas extremas.

Ahora está todo un poco más controlado, pero entonces una de las causas de la guerra fueron los diamantes y son miles las personas que han muerto por culpa de estas piedras preciosas. “Yo llegué en 2006 y hacía apenas tres o cuatro años que había acabado la guerra, estaban los Cascos Azules, la milicia africana que es como unos cascos azules pero de allí, y en Freetown, la capital de Sierra Leona, aún estaban los helicópteros de la ONU….en fin, que la guerra había terminado hacía poco y eso se notaba. Había mucho miedo de que pudieran estallar nuevas revueltas. Cruz Roja tenía muchos proyectos de agua y de educación, y yo trabajaba en el norte y en el este del país. Allí estuve un año y medio y fue una experiencia increíble”.

La mirada y la media sonrisa de esta niña angoleña llega al corazón.
La mirada y la media sonrisa de esta niña angoleña llega al corazón.

Las fotos del libro son de estos dos países, Sierra Leona y Angola, porque “allí encontré los contrastes de la gente: podías ver a una persona con la cara más triste que puedas imaginar pero también todos los días veías caras alegres, sonrisas”. Vicente no puede dejar de sonreír cuando nos cuenta, por ejemplo, cómo cuando vivía en Sierra Leona, todas las mañanas al irse a trabajar “venían un montón de niños y me decían ‘titi, titi’ y me agarraban por las piernas bromeando y jugando, así que yo llegaba a la oficina feliz, y a la salida me estaban esperando, venían a casa y hacíamos bollos o jugábamos”. “África es un país de niños. Tiene mucha natalidad, la esperanza de vida es muy corta y es un país muy joven, lleno de niños, así que todo el día estaba rodeado de ellos; fue una experiencia muy bonita pero al mismo tiempo muy dura“, comenta, “porque ves gente que lo ha perdido todo, enfermedades, índices de sida muy elevados”.

Las mujeres, las más excepcionales

De las cosas que más le llamó la atención es el papel de la mujer en todos los países en vías de desarrollo. En el libro habla de personas excepcionales y sin duda en el caso de las mujeres son realmente excepcionales porque son las que llevan la carga de todo(algunos son usted que hace la prostitución escorts Oxford), se ocupan de la familia, son las que van a buscar el agua, y todo ello con el estigma de ser mujeres en países principalmente machistas.

Las mujeres llevan el peso de la familia y de la vida y mantienen vivas las costumbres. Aquí, una muestra en Koidu área, Sierra Leona.
Las mujeres, desde niñas, participan de las costumbres tradicionales, como en Koidu área, Sierra Leona.

Vicente ha querido contar a través de su cámara el contraste de unos países donde es posible “ver la felicidad de una población frente a los restos de una pena que aún persiste, gente que te cuenta que todavía tiene pesadillas, compañeros de Cruz Roja en Sierra Leona que tienen metralla en el cuerpo, chicas que te cuentan cómo a sus madres las han violado delante de ellas”.

La vuelta a Occidente

Cuando le preguntamos cómo se lleva el choque emocional que, sin duda, supone vivir en España con todas la comodidades y vivir de cooperante en África, en países como Sierra Leona o Angola, o Malawi, donde no hay absolutamente nada, su respuesta es clara: “Mucha gente me dice: qué difícil es ir a África, y yo les digo, pues no imagináis qué difícil es volver”.

Un poblado en Keama, Sierra Leona, donde Cruz Roja tiene un programa de ayuda.
Un poblado en Keama, Sierra Leona, donde Cruz Roja tiene un programa de ayuda.

Vicente vive actualmente en Madrid pero admite que le costó dos años regresar psicológicamente. “Hay un desarraigo muy grande después de estar en países con muchas dificultades y durante tantos años. Tu vara de medir la realidad es totalmente diferente. La vida allí es tan dura y tan compleja, encuentras situaciones que, al principio, no puedes evitar llorar pero aprendes de alguna manera que tienes que ser fuerte porque cuanto más fuerte estés, más puedes ayudar y comprendes que no te puedes venir abajo”. Insiste en que “cuando regresas a tu casa no entiendes muchas cosas, porque aquí tenemos de todo y estamos todo el día quejándonos, cuando en esos países no tienen nada y no se quejan y siempre tienen una sonrisa. A mí me ha costado cerca de dos años entender algunas cosas pero, bueno, al final te adaptas”.

“Mucha gente me dice: qué difícil es ir a África, y yo les digo, pues no imagináis qué difícil es volver”

Hacer este libro era un compromiso que este cooperante que aún no ha cumplido los 40 años adquirió consigo mismo pero también con las personas que viven en África. Sonríe porque dice que le ha traído muchos recuerdos. “Ver esas miradas de personas con las que has jugado o has compartido mucho tiempo, te entra añoranza porque, dentro de su dificultad, son personas muy humanas y yo lo que echo un poco en falta aquí en Europa es esa humanidad. Ellos lo dan todo aún no teniendo nada“. Además, desde que estuvo en Malawi, Vicente siempre quiso dar a conocer al denominado primer mundo las vidas de personas anónimas y excepcionales que viven en país con grandes carencias por culpa de las guerras y la corrupción. “No sólo contarlo a mis amigos y familia sino al resto de la gente, que sepa que el porcentaje de gente que sufre a diario es muy muy elevada. Aquí no nos damos cuenta ni de lo que tenemos ni de lo que está pasando fuera. Eso me obsesiona desde el primer día que volví y con este libro, un poco lo que intento es plasmar pequeños relatos de esas sonrisas, de esos mercados, de esos paseos en mitad de la selva, pequeños relatos de personas que me parecen excepcionales a través de la fotografía, que es algo que me apasiona de toda la vida“. Es su manera de recompensar a todas esas gentes a las que ha tratado en África, que “me han dado veinte mil veces más de lo que yo he podido dar. Sólo el hecho de que vayas a trabajar y haya veinte niños esperándote para acompañarte todas las mañanas, o que vayas a un poblado y que estés trabajando para poner agua potable y lo que ves es a personas que se muestran felices porque estás allí ocupándote de ellos, eso no se paga con nada”. Esa experiencia plasmada ahora en este libro “te cambia la vida”.

Dos amigas posan para el fotógrafo en Kuito, Angola.
Dos amigas posan para el fotógrafo en Kuito, Angola.

“Te das cuenta cómo la visión de un occidental en África no tiene nada que ver con la de los africanos; no es ni mejor ni peor, sencillamente es diferente y lo cierto es que ellos te enseñan muchas cosas, y llegan a bromean con temas como la guerra que han padecido. Ellos mismos te hacen ver que aquello es otra cosa”, concluye Vicente mientras le vienen a la memoria numerosas anécdotas de “gente extraordinaria”. El libro se puede adquirir a través de la web (www.vicenteruizfotografo.com) ahora que se acercan las Navidades.

Vicente Ruiz Aguarón
Vicente Ruiz Aguarón.

¿Quién gana con la salud?

Joseba Louzao

Foto: PHIL NOBLE
Reuters

La medicina moderna es una de las seis killer-apps civilizatorias – lo que podríamos traducir por “seis aplicaciones demoledoras”- identificadas por el polémico Niall Ferguson en su obra Civilización. Occidente y el resto (Debate). Los desarrollos médicos y las mejoras sanitarias son una ardua conquista de siglos que jamás deberíamos tirar por la borda. No podemos entender quiénes somos ahora sin estos avances. Y es que los múltiples cambios vividos en el ámbito de la salud pública desde finales del siglo XIX han permitido que se duplicara la esperanza de vida humana y se transformara nuestra forma de mirar la realidad. En definitiva, la razón médica ha iluminado y revolucionado el mundo. De esta forma, hemos logrado que enfermedades especialmente mortíferas en el pasado hayan desaparecido y otras van camino de hacerlo en los próximos años. Eso sí, aún nos queda mucho camino por recorrer ya que las diferencias entre países, en muchas ocasiones, continúan siendo preocupantes. Si para algunos la clave es la búsqueda de la longevidad y del bienestar al coste que sea, en otros lugares del planeta se trata de un simple ejercicio de supervivencia.

La salud nos preocupa cada vez más y esto adquiere, económica y culturalmente, una gran trascendencia. El aumento del gasto sanitario en el mundo occidental durante las dos últimas décadas confirma una tendencia que, en una época de crisis y amplio malestar, se conjuga con los debates sobre política sanitaria en países como Estados Unidos, donde aún colea la polémica sobre el Obamacare y el interés de la administración Trump para destruirlo, o los diversos problemas de salud pública a los que nos estamos enfrentando en estos momentos en Europa. La Organización Mundial de la Salud ya nos ha alertado de una deriva peligrosa. Estamos asistiendo a un brote de sarampión en Rumanía y en Italia con un incremento de los casos en más de un 200% en el último año. No son los únicos países europeos que caminan hacia una posible epidemia, también han sido señalados otros como Alemania, Ucrania, Suiza o Polonia. Se trata de la penúltima muestra de cómo enfermedades que han estado a punto de ser erradicadas en el continente reaparecen con fuerza como consecuencia de la relajación de autoridades y de los ciudadanos.

Y en este contexto el movimiento crítico con las vacunas está ganando terreno y sus posiciones, que no suelen estar basadas en evidencia científica alguna, nos están poniendo en riesgo. Porque sus decisiones afectan al resto de una forma directa. No es extraño tropezar con estos discursos en los medios generalistas o con el apoyo de figuras mediáticas, como Jim Carrey o Alicia Silverstone. Sin ir más lejos, el propio Donald Trump se ha reunido con la cabeza visible del movimiento antivacunas a nivel internacional. Y es que son muchos los charlatanes que nos tratan de engatusar con demagogia y falsedades aprovechándose de la creciente ingenuidad escéptica. En Italia, el populista Beppe Grillo ha expresado en varias ocasiones sus dudas sobre la fiabilidad de las campañas de vacunación y ha criticado los perversos intereses de las empresas farmacéuticas. Lo de siempre: la mayoría no quiere ser señalado como antivacunas, pero su mensaje es idéntico al de estos grupos. Resulta imposible desvincular este avance de la mentalidad conspirativa que nos azota. Frente a los datos científicos, habitualmente complejos, se construye un relato asentado en la experiencia personal que termina por ser más convincente y simplista.

Pasamos demasiado tiempo preocupados por la crisis política que atravesamos en la Unión Europea y los embates populistas que sufren las democracias. Pero la progresiva desconfianza está terminando por afectar a la sanidad aunque, paradójicamente, los médicos sigan siendo los profesionales mejor valorados en nuestro país. Nuestras instituciones demoliberales tienen que buscar cómo mejorar su eficacia y credibilidad para ser más fuertes contra los riesgos sanitarios del porvenir. La salud democrática, permítanme la expresión, también se juega en el campo de la medicina.

Dolor

Enrique García-Máiquez

Foto: JAVIER BARBANCHO
Reuters

Si no le corriese cierta prisa a The Objective, este artículo lo podría escribir mi hija a la perfección dentro de veinte años. Concurren en la niña dos tradiciones familiares sobre el dolor que se compensan y equilibran. Por mi rama, tiene (tuvo) una tía tatarabuela que impuso que todas las tardes, cuando se rezaba el rosario en su casa de campo, se recitasen alternativamente los Misterios Gozosos y los Gloriosos, corriendo un tupido velo sobre los Dolorosos, a los que se resignaba sólo en Cuaresma, nada más que los días que tocaban y a instancias del imperativo litúrgico. Los sufría demasiado y, en la medida de sus posibilidades, prefería obviar la Pasión.

Por la familia de la madre, tan exquisita que dio en una consanguinidad de niveles habsurgueses, mi hija tuvo unos tíos tatarabuelos con una extraña enfermedad congénita. No sentían ningún tipo de dolor. Lo que podía parecer el paraíso del hedonismo les hizo vivir al borde de la tragedia. De pronto olían a quemado, qué raro, y era que los pies se les achicharraban en el brasero. Quedó claro en la familia desde entonces que el dolor es una de los principales dones de la vida, o de los más imprescindibles.

Mi hija tendrá, por tanto, una visión compensada, mucho más sabia que la mía, que se inclina, por la fuerza de la sangre, a rehuir el dolor a toda costa. Considero la invención de la anestesia uno de los momentos estelares de la humanidad y, entre mis aforismos favoritos, está el de Agustín de Hipona: “No es bueno sufrir, pero es bueno haber sufrido”.

Porque al dolor circunscrito al pasado sí le reconozco la gracia. Como trance (qué remedio) de maduración; como piedra de toque del valor, del amor, del honor y hasta del humor; e incluso como fuente —retrospectiva— de placer. Lo notó Sócrates al ser librado de sus grilletes: “Si no me hubiesen esposado tan brutalmente, no sentiría ahora tanto gusto”. Cuando le preguntaron qué era el placer, la baronesa Blixen, aquejada de penosas enfermedades, lo clavó: “La ausencia de dolor”.  Era una experta, y había dado con el analgésico universal: “Todas las penas pueden ser soportadas, si se meten en una historia”.

Así es: si el dolor tiene sentido, es pasajero, porque, en efecto, va de paso hacia un final o una meta. En el cristianismo, tan a la ligera acusado de macabro, es evidente. La Pasión se precipita hacia la Resurrección, el sacrificio a la redención, la mortificación a la santidad, la penitencia al perdón. Yo tendría que tener más claro que nadie que huir al dolor suele ser correr en sentido contrario; y buscarlo por sí mismo, paradójicamente, también. Hay apenas que aceptarlo, aunque un equilibrio tan exacto lo tendrán, ya digo, mucho más claro mis hijos que yo. (Espero que sólo en teoría.)

Ciberactivismo africano: un ejemplo para todo el mundo

Juanma Rodríguez

Foto: Goran Tomasevic
Reuters

La muerte en 2008 del presidente de Guinea-Conakry, Lansana Conté, que se mantuvo en el poder desde 1984 hasta ese mismo año, originó un conflicto político del que la sociedad civil no pudo quedarse al margen. La presidencia del país recayó en el entonces presidente de la Asamblea Nacional Popular (ANP), Aboubacar Somparé, que tenía la obligación de convocar elecciones en un periodo de 60 días. Sin embargo, seis horas después de la muerte del presidente Conté, un grupo de militares capitaneados por Moussa Dadis Camara tomó una emisora de radio para leer un comunicado en el que disolvían las instituciones republicanas, incluida la Constitución. Un golpe de Estado en toda regla. Asimismo, en el comunicado, Camara aseguró que se iba a crear un Consejo Nacional por el Desarrollo y la Democracia y se nombraría a un militar como presidente y a un civil como primer ministro, quedándose él mismo al margen de los comicios. No obstante, transcurrido un año, en el mes de septiembre, el militar anunció su intención de presentarse a las elecciones, prendiendo así la mecha del pueblo guineano, que veía peligrar su sistema democrático.

El 27 de septiembre de 2009, en la capital se convocó una manifestación pacífica en pro de la democracia en la que participaron alrededor de 50.000 personas. La guardia presidencial disparó contra los manifestantes, disolviendo la manifestación y dejando más de 1.200 personas heridas. El líder de la oposición, Sidya Touré, que convocó la manifestación, fue detenido y su casa registrada. Al día siguiente, cuando Touré fue liberado, en el Estadio Nacional 28 de septiembre, donde se había convocado la protesta, la policía y el ejército abrieron fuego, asesinando a 157 personas congregadas en el estadio y los alrededores que únicamente reclamaban ejercer su derecho democrático y a tener unas elecciones dignas y legales. Sólo del interior del estadio se sacaron 87 cuerpos.

Periodismo ciudadano

Fodé Sanikayi Kouyaté fue uno de los manifestantes que estuvo presente en esos fatídicos días. Se acercó a uno de los pocos medios internacionales que decidieron hacerse eco de lo que estaba ocurriendo. En concreto, Fodé se puso en contacto con una cadena francesa que cubría todo lo que allí acontecía. Esta emisora empezó a seguir los acontecimientos a través del propio Fodé, que se convirtió de la noche a la mañana en periodista ciudadano. De esta manera, cumplía así una de sus metas, casi sin querer. Él siempre quiso escribir y vivir de las letras, aunque estudiase Derecho, pero le era bastante difícil que los periódicos guineanos publicasen sus textos. Fodé tuvo que pagar un alto precio por difundir esta información y hacer uso de la libertad de expresión. Las declaraciones y fotografías que fue filtrando a la cadena francesa le costaron muchos problemas con el gobierno golpista, por lo que tuvo que exiliarse a Mali. Allí se percató del alcance mundial del movimiento de los blogs, un movimiento que todavía no se daba en Guinea-Conakry.

Cuando regresó a su país, lo primero que hizo fue construir una comunidad de blogueros, aunque al principio no le fue fácil. Fue contactando con amigos para invitarlos a unirse a esta comunidad, contándoles que a través de esta actividad se podía crear conciencia y empoderar a la ciudadanía para movilizarla. De esta forma nació en 2011 la Asociación de Blogueros de Guinea (Ablogui), de la que el mismo Fodé es presidente, aunque no fue hasta 2015 cuando empezaron a tener mayor conciencia sobre lo que significaba esta actividad. La primera acción colectiva que llevaron a cabo fue participar de forma activa en las elecciones, influir en el proceso democrático para que los comicios fueran más transparentes. Crearon entonces GuineeVote.

Un primer proyecto de movilización ciudadana

GuineeVote es una plataforma de acción ciudadana que se encargaba de comparar los programas electorales de los candidatos desde diferentes ángulos. Para ello, se apoyaron en una plataforma desarrollada años antes en Kenia, Ushahidi, que les permitía mapear y recoger toda la información electoral. Pusieron en marcha una red de E-observadores, unos 465 ciudadanos, entre los que se encontraban representantes de todas las grandes ciudades. Su rol era constatar las irregularidades y recogerlas en la plataforma. A pesar de que el gobierno había presionado para que todos los medios firmasen un documento que les impedía publicar los resultados parciales que se iban dando durante los comicios, Fodé, en representación de la plataforma GuineeVote, no lo firmó, oponiéndose a la censura de su país. Él defendía que a ellos, como blogueros y movimiento social, no les podían prohibir publicarlos, por lo que decidieron que fuesen los propios ciudadanos que informasen y publicasen fotos sobre los resultados porque tenían el derecho de hacerlo. Compraron y suministraron smartphones a los e-observadores, que informaban cada vez que se hacía un recuento verbal en los colegios electorales a través de Twitter y de otras redes sociales.

La información en los medios de comunicación estaba mucho más atrasada. Fueron los ciudadanos los que gestionaron todos los datos que llegaban de las ciudades del país a través de los e-observadores, para “controlar” lo que estaba pasando, reportarlo a las autoridades y poder hacer algo antes de que se acabase el proceso electoral, en lugar de hacer un resumen de lo que había pasado a lo largo de la jornada. A través de un hashtag en Twitter y un grupo de Facebook, reportaron las irregularidades de la votación, como la falta de sobres en los colegios electorales, el horario de los mismos y los resultados parciales. #GuineeVote consiguió más de 8.000 tweets durante la semana que duró el proceso, lo que permitió a muchísimas personas que no estaban en Guinea-Conakry a seguir lo que allí acontecía. Con esta herramienta pretendían superar el principal obstáculo que tienen los medios guineanos independientes: el acceso a la información pública. Querían suplir así la falta de transparencia que vivía el país desde el golpe de Estado. En el proyecto también colaboró el senegalés Cheikh Fall, uno de los blogueros y ciberactivistas más influyentes de Senegal, amigo de Fodé y presidente de Africtivistes, una organización supranacional que se creó con el fin de integrar y hacer posible un encuentro de ciberactivistas de todo el continente.

Que se cumplan las “promesas”

Fue tal el éxito del proyecto de GuineeVote, que decidieron continuar durante el mandato del nuevo presidente electo con la web Lahidi.org. La palabra “Lahidi” significa “promesa” en el idioma local. Esta plataforma es un fiscalizador de las promesas electorales, es decir, que controla si las promesas electorales del presidente actual, Alpha Conté, y de su gobierno se llevan a cabo. Se trata de un proyecto extensible, que se ha multiplicado por toda África y el resto del planeta, como el Mackymetre senegalés. El objetivo del proyecto también es desentrañar qué significan las promesas electorales, que suelen estar poco definidas. Una vez las entienden, las explican en la web. Por ejemplo, una de las promesas que más desconfianza está provocando, es el regalo de tabletas a los estudiantes que decidan continuar con sus estudios en la universidad.

Ciberactivismo africano: un ejemplo para todo el mundo 1
El actual presidente de Guinea-Conakry Alpha Conté durante la campaña electoral de 2010. | Luc Gnago / Reuters

Ambos proyectos tienen un objetivo muy claro: controlar que no se violen los principios democráticos y proteger a la ciudadanía; en ningún caso, como en más de una ocasión se les ha acusado, la idea es publicar información que sea sensible para el gobierno o que comprometa la seguridad del Estado. Por lo tanto, Fodé y el resto de blogueros y ciberactivistas guineanos no tienen miedo a que su actividad se ponga en peligro al utilizar herramientas como Facebook o Twitter, lo peor (o mejor) que les podría pasar es que el movimiento tenga mayor alcance.

Otros casos de África subsahariana

La respuesta de la sociedad civil y el ciberactivismo guineanos no son los únicos ni los primeros que se han dado en África. Para contextualizar el proyecto pionero de ciberactivismo africano debemos viajar desde Guinea hasta Kenia. Es el caso del anteriormente mencionado Ushahidi (“testimonio” en swahili), que también nació en medio de un brote de violencia en el país, esta vez a raíz de las elecciones presidenciales de 2007 que no contentaron a la ciudadanía. Esta herramienta la desarrollaron blogueros y programadores informáticos y permitió que periodistas ciudadanos colaborasen subiendo archivos a la plataforma a través del teléfono móvil, mapeando las zonas de conflicto, confirmando y desmintiendo noticias y obteniendo información en tiempo real. Al estar desarrollada en código abierto, esta herramienta no solo se replicó en países africanos como Guinea, sino que naciones de otros continentes, como Haití o Chile, utilizaron su estructura para desarrollar mecanismos digitales que ayudasen en la organización y gestión de la catástrofe que los terremotos ocasionaron en ambos países latinoamericanos. Más de 150 países han utilizado este tipo de herramientas.

En Costa de Marfil, en el año 2010, los blogueros más activos del país se propusieron fomentar el debate de las elecciones y calmar la situación antes de que se conociesen los resultados electorales. Sin embargo, unos actos violentos en el país les indujeron a coordinar la ayuda en esas zonas, a través de hashtags como #CIV2010. En Senegal, dos años después del conflicto marfileño, la comunidad bloguera senegalesa, con Cheikh a la cabeza e inspirados por las acciones de sus vecinos marfileños, comenzaron a retransmitir los resultados electorales a través del hashtag #SUNU2012 obligando al presidente del momento, Abdoulayé Wade, que aceptara la derrota electoral. Estos acontecimientos demuestran la capacidad de la ciudadanía africana para autogestionarse, y cómo a través de las herramientas digitales que han ido surgiendo con el desarrollo tecnológico, se han podido llevar a cabo acciones de activismo social para defender los valores y la integridad de la democracia.

África no es un único territorio donde viven muchas personas en países llenos de aldeas. Resulta complicado que los países occidentales, dentro de su etnocentrismo, amplíen sus miras. África es un continente muy grande, donde viven unos 1.000 millones de personas en 54 países diferentes que hablan alrededor de 2.000 lenguas distintas. No hay una única realidad africana, sino un compendio de realidades, que pueden ser diferentes unas de otras, pero que no dejan de mirar lo que ocurre en su entorno. El empoderamiento de las sociedades de los países que el eurocentrismo ha querido olvidar pasa por la movilización social y su apoyo en las nuevas tecnologías. El ejemplo del ciberactivismo africano podría servir de guía a escala global en un momento donde los valores de la democracia y de la verdad se ven comprometidos hasta en las principales potencias mundiales.

Ruanda, cien días de genocidio

Jorge Raya Pons

Foto: Ben Curtis
AP Photo

Los tutsis presagiaron que algo horrible ocurriría después de la noche del 6 de abril de 1994. A las 20:15h de aquel día, el avión del hutu Juvénal Habyariamana fue derribado cuando se dirigía al aeropuerto de Kigali, capital de Ruanda. Habyariamana era el presidente del país, y todo hacía sospechar que el ataque había sido orquestado por los tutsis, aunque una investigación en Francia ha señalado a los hutus como responsables. Los siguientes cien días se recuerdan como unos de los más sangrientos de la historia reciente. En poco más de tres meses fueron asesinadas al menos 800.000 personas en Ruanda, el 10% de sus habitantes, a cinco muertes por minuto. Solo una tercera parte de esos cuerpos pudo ser identificada.

La historia del enfrentamiento entre hutus y tutsis comienza muchos años antes. Pese a que entre ellos han tratado de remarcar los atributos étnicos que les separan, la única realidad es que la diferenciación procede más bien de la clase social a la que pertenecen. Antes de la guerra, los tutsis representaban el 14% de la población y, sin embargo, tenían el control económico del país. Eran ganaderos y su voluntad se imponía sobre la mayoría hutu, el 85% de la población más humilde, mayoritariamente campesina. Ambos estratos habían convivido en una paz relativa durante siglos, pero fue con la llegada de los europeos cuando se tensaron las relaciones. En 1921, Bélgica convierte Ruanda en su colonia y, 12 años más tarde, con el apoyo de la élite tutsi, el reino decide incluir en los documentos de identidad de los ruandeses la distinción étnica; a partir de entonces se reconocería a los ciudadanos como hutus, tutsis o twas, una tribu que representaba el 1% restante, pero que fue la primera en poblar las tierras de Ruanda, mucho antes de que los otros llegaran.

Ruanda, cien días de genocidio
El difunto presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, en una rueda de prensa posterior a su reunión con su homólogo francés, Francois Mitterrand, en octubre de 1990. | Foto: Michael Lipchitz/AP Photo

La tensión, desde ese instante, comenzó a dispararse. Los hutus se sabían superiores en número y a la vez oprimidos, y decidieron organizarse para revertir la situación. En agosto y septiembre de 1959 se crearon los primeros partidos políticos y en noviembre esa tensión se transformó en violencia; los hutus provocaron graves revueltas y fueron asesinados miles de tutsis en todo el país. Otros miles escaparon a países vecinos, de los cuales 200.000 escogieron la anglófila Uganda. Primero con las armas y después en las urnas, el poder hutu se hizo con el control del país y declaró la independencia. Corría el año 1962. Se estableció un modelo de persecución sistemática de la etnia tutsi, que al mismo tiempo realizaba ataques constantes en poblados hutus fronterizos con Uganda. En 1973, el general Habyarimana perpetró con éxito un golpe de Estado y gobernó el país hasta su asesinato.

Una masacre ignorada

La radio del gobierno, llamada Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, era la principal herramienta de propaganda, la gran agitadora. Las provocaciones contra los tutsi se emitían día y noche e invitaban a la mayoría hutu a “acudir al trabajo”, haciendo clara referencia a empuñar machetes y granadas para acabar con la presencia tutsi en el país. Fueron las semanas más oscuras de Ruanda. Los Interahamwe, el grupo paramilitar más importante de los hutus, tomaron las ciudades de todo el país y recibieron la carta blanca del gobierno para iniciar la purga.

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Un equipo de voluntarios, enterrando cuerpos en una fosa común. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

“La sensación es que un país se vuelve loco por cuestiones profundamente enterradas en el subconsciente”, dice Teresa González, cooperadora de Médicos del Mundo, que trabajó con refugiados ruandeses en Goma, Congo, en 1994. “Había gente que hasta entonces no se había sentido hutu o tutsi y que de pronto comenzó a hacerlo. Sucedió algo similar en Bosnia con muchos musulmanes. Te da la sensación de que estas personas renuncian a su identidad individual para incorporarse a una masa que no piensa y que solamente desata y recibe violencia”.

Los milicianos tenían nombres, direcciones y censos de los tutsis; habían heredado de los belgas estos datos. Hacían controles de carretera, buscaban de puerta en puerta. Mataban a los hombres y mujeres a machetazos, aunque a las últimas preferían violarlas antes. Los quemaban con crueldad, eran capaces de hacer cumplir torturas innombrables. Era difícil imaginar una salida para los perseguidos, estaban acorralados. Los cálculos estiman que 1,7 millones de hutus participaron en la ejecución del genocidio.

El general Dallaire estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre, pero la ONU desestimó su propuesta

“La comunidad internacional le dio la espalda a todos los ruandeses que murieron”, dice Mila Font, que trabajó en 1994 con Médicos Sin Fronteras en el campo de refugiados de Benako, Tanzania, donde llegaron a cohabitar 250.000 personas.

Era abril de 1994 y el gobierno de Estados Unidos no quería intervenir militarmente en ningún país. Bill Clinton, entonces presidente, tenía reciente la última operación en Somalia, dos años antes, donde perdió a 19 soldados, y no quería correr el riesgo de sufrir la misma suerte en Ruanda. Pero las Naciones Unidas (ONU), a través de una resolución de 1948, les obligaba a hacerlo en aquellos lugares donde se estuviera produciendo un genocidio. Así que la estrategia de Clinton consistió en no reconocer como genocidio lo que estaba ocurriendo en Ruanda y responder con eufemismos a las preguntas de los periodistas. Cruz Roja, para entonces, elevaba la cifra de asesinados a 100.000 personas.

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Kofi Annan, en una visita a Ruanda tras el fin del genocidio. | Foto: Brennan Linsley/AP Photo

El general Roméo Dallaire, al mando de la fuerza de paz de las Naciones Unidas, conocida como Unamir, estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre y acusó a los franceses de financiar a los hutus, denunciando que estaban entrando en el país miles de machetes de fabricación china. Incluso meses antes de la muerte del presidente ruandés, en enero, advirtió de que tenía información sobre grupos de hutus que planeaban el exterminio masivo de las poblaciones tutsi del país y que contaban con los hombres y las herramientos necesarias para asesinar hasta 3.000 personas por hora, prediciendo una locura que no tardó en confirmarse. La primera respuesta que recibió de Kofi Annan, jefe de la misión de paz en Ruanda por la ONU, fue poco esperanzadora: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la Unamir”.

La segunda respuesta consistió en una retirada considerable de tropas. De las 2.750 iniciales, quedaron en Ruanda solo 250.

Víctimas y victimarios

Francia decidió intervenir en junio de 1994, cuando Cruz Roja ya había elevado la cifra de muertos al medio millón. El Frente Patriótico Ruandés (FPR), el principal partido y movimiento de los tutsis, temió esta circunstancia; desconfiaba de las intenciones de los franceses y le preocupaba que se implicaran directamente en la batalla que ellos libraban especialmente en las zonas fronterizas. No obstante, el objetivo de la llegada de los europeos se debía a que iban a permitir la salida pacífica de los tutsis hacia otros países. Esto abrió un pasillo que el FPR no desperdició y en un mes se habían hecho con Kigali, dando la guerra por terminada. En ese momento las víctimas pasaron a convertirse en victimarios.

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Una cola de ruandeses de la etnia hutu espera a las puertas del campamento. | Foto: Stringer/Reuters

Los tutsis habían recuperado Ruanda, pero los hutus sentían miedo por su retorno, por la toma de represalias, y decidieron salir del país. Fue un éxodo inimaginable, de cerca de dos millones de personas. Esto produjo la huida de incontables verdugos que nunca fueron enjuiciados, que se camuflaron entre el gentío. “Entre la multitud de cientos de miles de hutus que salían en masa se encontraba gente que había sido partícipe de la tragedia, que eran victimarios”, cuenta Teresa González. Esta realidad también pudo comprobarla Mila Font en su campamento en Tanzania. Font cuenta que su campo estaba bien organizado en comparación con otros en los que estuvo anteriormente, pero que llegó un momento en que descubrieron que los mismos que habían maquinado y ejecutado el genocidio estaban beneficiándose de los asentamientos para refugiados: “Tuvimos que dejar de trabajar allí. Veíamos que esos líderes utilizaban a las personas como escudos humanos. Fue una decisión muy difícil que llevó mucha discusión interna. Continuar allí implicaba convertirnos en cómplices de todo aquello, y tuvimos que tomar esa decisión”.

La tragedia de Ruanda, continúa Font, acompañó a los refugiados hasta los campamentos: “Nos enfrentábamos diariamente a muchos problemas. Las luchas tribales, el ser tutsi o ser hutu, era uno de los motivos. Había ataques, violaciones… En muchos casos eran los responsables del genocidio”. Todavía recuerda cuando se acercaba junto a su marido, que era cooperante de Médicos Sin Fronteras de Holanda, a la orilla del río Kagera, que es la frontera natural entre Ruanda y Tanzania. Allí contaban muertos: “Íbamos los fines de semana para ver si bajaban cadáveres por el río. Era una forma de saber lo que pasaba al otro lado de la frontera”.

“Lo fácil sería pensar que los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus”

En 1997, los países vecinos decidieron desmontar los refugios y forzar a los exiliados a regresar a Ruanda, donde les esperaban los tutsis. En ese retorno se produjeron ataques a poblaciones ruandesas y en Gatonde, una de ellas, se encontraban tres cooperantes españoles de Médicos del Mundo: Manuel Madrazo, Maria Flors Sirera y Luis Valtueña. Fueron disparados a bocajarro. Socorro Avedillo, ahora jubilada, formaba parte del equipo que fue asaltado, pero se salvó porque en aquel momento no estaba en Ruanda, sino en el Congo. Tras recibir la noticia, renunció a regresar a Gatonde: “Nosotros fuimos el últimos grupo en estar allí. Yo llevaba mucho tiempo en África y trabajaba en sitios de miseria. Pero aquello me dejó tocada. Mi viaje duró 20 días porque ocurrió lo de Flors, Manolo… y nadie me preguntó si me quería quedar, aunque tenía claro que no. No había mucho que hacer, no estaba preparada para quedarme. De los cuatro españoles del equipo, tres habían muerto… La experiencia fue muy fuerte”.

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Una ruandés lleva en brazos el cadáver envuelto de un niño. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

Teresa González, después de haber viajado y de haber conocido, no acepta los maniqueísmos. “Yo creo que hay gente buena y hay gente mala, pero no hay grupos buenos y grupos malos. Lo fácil sería pensar que en Ruanda los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus. Yo creo que la mayor parte de los victimarios no querían ser parte de eso. Y es cierto que los hutus hicieron una masacre, pero cuando volvieron se convirtieron en víctimas”.

Teresa desconfía profundamente de las masas, aborrece los nacionalismos, ha visto de cerca cuáles son sus consecuencias y no siente reparos para defender su postura: “Hay muchas veces que me dicen que soy una exagerada cuando hablo sobre el nacionalismo, pero he vivido demasiadas circunstancias en las cuales se ha identificado a un pueblo como peor por ser distinto y se ha llegado a punto que no se imaginaban. Me dicen que eso solo pasa en África, pero no. Yo he estado en Sarajevo y allí eran personas como tú y como yo. Es como si te abrieran los ojos y te mostraran lo más horrible de la humanidad. Y esto ocurre cuando detectamos un culpable al que responsabilizar de todos los males y, sobre todo, cuando detectamos que es alguien de quien nos podemos vengar”.

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