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'Relatos de gente extraordinaria'...

Marta Ruiz-Castillo

Foto: Vicente Ruiz Aguarón

…el libro de un cooperante en África

Los relatos son los de personas anónimas que viven en África, en países castigados por la guerra, el hambre, la corrupción, la enfermedades y que, a pesar de eso, sonríen, juegan y miran agradecidos a cooperantes como Vicente Ruiz Aguarón que, con este libro, ha querido mostrar lo que ocurre en este Continente olvidado. Y lo ha hecho a través de fotografías sacadas con su cámara, instantáneas que no dejan indiferente a nadie porque en ellas se refleja la humanidad de gente única y excepcional. En The Objective, aprovechamos para darlo a conocer coincidiendo con el Día Internacional de la Solidaridad Humana.

Cuenta Tuco, como así le llaman los que le conocen, que desde pequeño sintió la necesidad de ayudar a las personas más vulnerables, pero no fue hasta los 25 años cuando empieza a encaminar sus pasos hacia lo que acabó convirtiéndose en su forma de vida. Su historia es también en cierto modo extraordinaria, aunque él no lo crea así, ya que estudió Dirección y Administración de Empresas en Oxford, Inglaterra, y la idea era que se dedicara al mundo de la empresa. Al acabar la carrera se va a Alemania a buscarse la vida y al cabo de unos meses, regresa a España donde empieza a trabajar en una multinacional. Pero entonces tuve como una especie de llamada, porque vi un anuncio en el que preguntaban: ¿quieres ser voluntario?. Y me dije que sí, que me gustaría ser voluntario, así que empiezo a moverme en el  mundo del voluntariado internacional”, nos cuenta. Consiguió una entrevista con la ONG África Directo y se va de voluntario a Malawi. “Con 25 años tengo mi primer impacto con África y es entonces cuando me entra lo que algunos llaman ‘el virus de África’ porque me enamoré del continente. Estuve en Malawi siete meses y ahí hice un voluntariado increíble. De hecho fue una de las experiencias más alucinantes de mi vida ya que, aunque luego he tenido muchas otras, fue la primera, en una ONG muy pequeñita, en un poblado perdido en Malawi, un país ya de por sí muy pobre”.

“Viajé a Malawi con 25 años como voluntario y me entró el ‘virus de África’, porque me enamoré del Continente”

Siete meses estuvo Tuco en este pequeño país africano. Al cabo de ese tiempo vuelve a Madrid y comienza a trabajar en una agencia de publicidad. “Regreso a España para saber si realmente esa experiencia que he tenido es lo que quiero hacer o es solamente algo pasajero, emocionante, y una locura de un chico de 25 años. Me sale trabajo en una agencia de publicidad, en la que estuve 11 meses, pero para mí fue un choque enorme. Llegué de Malawi para meterme en un mundo como el de la publicidad que es el otro extremo. De hecho, mis compañeros me llamaban ‘África corps’ porque estaba todo el día hablando de mis aventuras en Malawi,  así que durante esos 11 meses lo pasé bien, aprendí mucho pero yo ya estaba con el ‘virus’, así que no aguanté y le dije a mi jefe que me iba otra vez de cooperante”.

En la entrada de un colegio en Sierra leona, siempre en fila, esperaban para entrar en clase.
En la entrada del colegio en Makeni, Sierra Leona, los chicos y chicas esperan en fila para entrar en clase.

Esta vez se marcha a Brasil porque quería tener una experiencia nueva, diferente. Había estado en Malawi que es un país pobre, que no tiene nada, pero Tuco quería conocer un país con diferencias sociales y Brasil era perfecto, ya que era y es un país de contrastes donde el 80% de la población sólo tiene el 20% de la riqueza, el resto está en manos de unos pocos; quería conocer eso y quería aprender portugués porque es un idioma importante en el mundo de la cooperación y allí se fue.

“Es bastante divertido porque me ayudó Carlos Sobera que por aquel entonces era voluntario y es amigo de un amigo mío, quien le dijo que si podía presentarme a alguien de World Vision Internacional donde estaba Sobera, y así lo hizo. Entonces me enviaron a Recife de voluntario llevando un proyecto con jóvenes, en favelas y con comercio justo; estuve poco tiempo, cuatro o cinco meses, pero lo suficiente como para empezar a aprender de qué iba el mundo de la cooperación, porque en Malawi fue mi primera toma de contacto, pero en Brasil me profesionalicé y aprendí portugués, y eso me sirvió para, a al vuelta, empezar a buscar trabajo”.

Estamos hablando del 2004, el año del tsunami en Indonesia, y a Tuco le llamaron de varias ONGs, entre ellas, Médicos Sin Fronteras para ir al lugar del tsunami pero también le llamaron de Cruz Roja Española para un proyecto en Angola. “Decidí irme a África, porque ya sabía portugués y el proyecto era muy interesante; llevaba cuatro años y yo tenía que terminarlo. En Angola aprendí realmente lo que es la cooperación, y ahí fue donde decidí que era a lo que me quería dedicar“.

El recuerdo de las sucesivas guerras se aprecia en impactos como este en Kuito, Angola.
El recuerdo de las sucesivas guerras se aprecia en impactos como este en Kuito, Angola.

El libro, dice Vicente, tiene fotos de Angola porque se trata de un país con una historia muy difícil, inmersa en guerras sucesivas. Se independiza de los portugueses en el año 1975 después de una larga guerra, pero entonces comienza una guerra civil que se prolonga hasta el año 2002. “Un país que es de los más minados del mundo, donde contacto con Halo Trust, una ONG escocesa conocida porque Lady Di colaboraba con ellos, que se dedica a desminar países como Angola. Dicen que hay unos 17 millones de minas que no saben dónde están. Es un horror. La guerra acabó pero en realidad sigue presente porque los agricultores, las personas que quieren hacer su vida normal, no pueden. Con Cruz Roja íbamos de pueblo en pueblo junto con Naciones Unidas y otras ONGs y teníamos que informar de nuestras salidas porque era y sigue siendo muy peligroso recorrer el país. La gente se sigue muriendo por las minas”.

En Angola, Vicente trabaja en un proyecto “muy interesante”, de capacitación de gente joven, formando a niños que habían sufrido la guerra, en colaboración con los Ministerios de Salud y Educación del país. Después de un año, Cruz Roja envía a Tuco como cooperante a Sierra Leona para trabajar en un proyecto de gran envergadura de la Unión Europea, “donde me encuentro con otra realidad, como digo en el libro, por un lado muy diferente, pero también con muchas semejanzas con Angola”. Sierra Leona, ex colonia inglesa, rica en minerales y diamantes, es una de las víctimas del presidente de Liberia, el Señor de la Guerra, Charles McArthur Ghankay Taylor, que entrega armas a cambio de diamantes de sangre, lo que provocó una terrible guerra. Cuenta Vicente el horror que vio al llegar, la zona de los diamantes en Kono District o las personas, muchos de ellos niños, con miembros amputados.

El trabajo en las minas de diamantes en Kono District es durísimo, todo el día dentro del agua, a veces a temperaturas extremas.
El trabajo en las minas de diamantes en Kono District es durísimo, todo el día dentro del agua, a veces a temperaturas extremas.

Ahora está todo un poco más controlado, pero entonces una de las causas de la guerra fueron los diamantes y son miles las personas que han muerto por culpa de estas piedras preciosas. “Yo llegué en 2006 y hacía apenas tres o cuatro años que había acabado la guerra, estaban los Cascos Azules, la milicia africana que es como unos cascos azules pero de allí, y en Freetown, la capital de Sierra Leona, aún estaban los helicópteros de la ONU….en fin, que la guerra había terminado hacía poco y eso se notaba. Había mucho miedo de que pudieran estallar nuevas revueltas. Cruz Roja tenía muchos proyectos de agua y de educación, y yo trabajaba en el norte y en el este del país. Allí estuve un año y medio y fue una experiencia increíble”.

La mirada y la media sonrisa de esta niña angoleña llega al corazón.
La mirada y la media sonrisa de esta niña angoleña llega al corazón.

Las fotos del libro son de estos dos países, Sierra Leona y Angola, porque “allí encontré los contrastes de la gente: podías ver a una persona con la cara más triste que puedas imaginar pero también todos los días veías caras alegres, sonrisas”. Vicente no puede dejar de sonreír cuando nos cuenta, por ejemplo, cómo cuando vivía en Sierra Leona, todas las mañanas al irse a trabajar “venían un montón de niños y me decían ‘titi, titi’ y me agarraban por las piernas bromeando y jugando, así que yo llegaba a la oficina feliz, y a la salida me estaban esperando, venían a casa y hacíamos bollos o jugábamos”. “África es un país de niños. Tiene mucha natalidad, la esperanza de vida es muy corta y es un país muy joven, lleno de niños, así que todo el día estaba rodeado de ellos; fue una experiencia muy bonita pero al mismo tiempo muy dura“, comenta, “porque ves gente que lo ha perdido todo, enfermedades, índices de sida muy elevados”.

Las mujeres, las más excepcionales

De las cosas que más le llamó la atención es el papel de la mujer en todos los países en vías de desarrollo. En el libro habla de personas excepcionales y sin duda en el caso de las mujeres son realmente excepcionales porque son las que llevan la carga de todo(algunos son usted que hace la prostitución escorts Oxford), se ocupan de la familia, son las que van a buscar el agua, y todo ello con el estigma de ser mujeres en países principalmente machistas.

Las mujeres llevan el peso de la familia y de la vida y mantienen vivas las costumbres. Aquí, una muestra en Koidu área, Sierra Leona.
Las mujeres, desde niñas, participan de las costumbres tradicionales, como en Koidu área, Sierra Leona.

Vicente ha querido contar a través de su cámara el contraste de unos países donde es posible “ver la felicidad de una población frente a los restos de una pena que aún persiste, gente que te cuenta que todavía tiene pesadillas, compañeros de Cruz Roja en Sierra Leona que tienen metralla en el cuerpo, chicas que te cuentan cómo a sus madres las han violado delante de ellas”.

La vuelta a Occidente

Cuando le preguntamos cómo se lleva el choque emocional que, sin duda, supone vivir en España con todas la comodidades y vivir de cooperante en África, en países como Sierra Leona o Angola, o Malawi, donde no hay absolutamente nada, su respuesta es clara: “Mucha gente me dice: qué difícil es ir a África, y yo les digo, pues no imagináis qué difícil es volver”.

Un poblado en Keama, Sierra Leona, donde Cruz Roja tiene un programa de ayuda.
Un poblado en Keama, Sierra Leona, donde Cruz Roja tiene un programa de ayuda.

Vicente vive actualmente en Madrid pero admite que le costó dos años regresar psicológicamente. “Hay un desarraigo muy grande después de estar en países con muchas dificultades y durante tantos años. Tu vara de medir la realidad es totalmente diferente. La vida allí es tan dura y tan compleja, encuentras situaciones que, al principio, no puedes evitar llorar pero aprendes de alguna manera que tienes que ser fuerte porque cuanto más fuerte estés, más puedes ayudar y comprendes que no te puedes venir abajo”. Insiste en que “cuando regresas a tu casa no entiendes muchas cosas, porque aquí tenemos de todo y estamos todo el día quejándonos, cuando en esos países no tienen nada y no se quejan y siempre tienen una sonrisa. A mí me ha costado cerca de dos años entender algunas cosas pero, bueno, al final te adaptas”.

“Mucha gente me dice: qué difícil es ir a África, y yo les digo, pues no imagináis qué difícil es volver”

Hacer este libro era un compromiso que este cooperante que aún no ha cumplido los 40 años adquirió consigo mismo pero también con las personas que viven en África. Sonríe porque dice que le ha traído muchos recuerdos. “Ver esas miradas de personas con las que has jugado o has compartido mucho tiempo, te entra añoranza porque, dentro de su dificultad, son personas muy humanas y yo lo que echo un poco en falta aquí en Europa es esa humanidad. Ellos lo dan todo aún no teniendo nada“. Además, desde que estuvo en Malawi, Vicente siempre quiso dar a conocer al denominado primer mundo las vidas de personas anónimas y excepcionales que viven en país con grandes carencias por culpa de las guerras y la corrupción. “No sólo contarlo a mis amigos y familia sino al resto de la gente, que sepa que el porcentaje de gente que sufre a diario es muy muy elevada. Aquí no nos damos cuenta ni de lo que tenemos ni de lo que está pasando fuera. Eso me obsesiona desde el primer día que volví y con este libro, un poco lo que intento es plasmar pequeños relatos de esas sonrisas, de esos mercados, de esos paseos en mitad de la selva, pequeños relatos de personas que me parecen excepcionales a través de la fotografía, que es algo que me apasiona de toda la vida“. Es su manera de recompensar a todas esas gentes a las que ha tratado en África, que “me han dado veinte mil veces más de lo que yo he podido dar. Sólo el hecho de que vayas a trabajar y haya veinte niños esperándote para acompañarte todas las mañanas, o que vayas a un poblado y que estés trabajando para poner agua potable y lo que ves es a personas que se muestran felices porque estás allí ocupándote de ellos, eso no se paga con nada”. Esa experiencia plasmada ahora en este libro “te cambia la vida”.

Dos amigas posan para el fotógrafo en Kuito, Angola.
Dos amigas posan para el fotógrafo en Kuito, Angola.

“Te das cuenta cómo la visión de un occidental en África no tiene nada que ver con la de los africanos; no es ni mejor ni peor, sencillamente es diferente y lo cierto es que ellos te enseñan muchas cosas, y llegan a bromean con temas como la guerra que han padecido. Ellos mismos te hacen ver que aquello es otra cosa”, concluye Vicente mientras le vienen a la memoria numerosas anécdotas de “gente extraordinaria”. El libro se puede adquirir a través de la web (www.vicenteruizfotografo.com) ahora que se acercan las Navidades.

Vicente Ruiz Aguarón
Vicente Ruiz Aguarón.

"En España hay muy pocos menores en situación de adoptabilidad"

Lidia Ramírez

Foto: Victor Ruiz Garcia
Reuters

Al menos 2.582 familias se encuentran a la espera de adoptar a un niño en España, muchas tendrán que esperar un mínimo de cuatro años hasta que un menor les sea asignado. La razón, según Benedicto García, coordinador de CORA (Coordinadora de Asociaciones en Defensa de la Adopción y el Acogimiento), es que “hay muy pocos menores en situación de abandono y adoptabilidad, por eso las familias tienen que esperar tanto”. Sin embargo, este dato contrasta con el incremento del número de pequeños acogidos en residencias, 13.596; así lo refleja el último Boletín de datos estadísticos de medidas de protección a la infancia publicado por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad y que data de 2015.

El problema es que no todos los menores en instituciones de acogida son susceptibles de adopción. En palabras de Benedicto, “esto es lo que hay que trabajar, que esos chicos sean acogidos por una familia y no por una institución”. Y es que por norma general, sólo pueden ser adoptados los menores no emancipados en algunas de estas circunstancias:

·        Que sus padres fuesen privados de la patria potestad.
·        Que los padres diesen su conformidad para la adopción. En el caso de recién nacidos/as, el asentimiento de la madre no podrá prestarse hasta que hayan transcurrido seis semanas desde el parto.
·         Que fuesen abandonadas/os.

“Desmontemos el mito de que se tarda mucho en adoptar un niño en España”, insiste el coordinador de CORA.

Sin embargo, para Antonio Sánchez, padre de dos niñas adoptivas, el problema es otro. “En España el proceso de adopción es muy garantista para los padres biológicos, las administraciones tratan de agotar todas las posibilidades antes de que el menor salga de su entorno”. Así, Antonio cuenta que tras conseguir el certificado de idoneidad tras varios meses de entrevistas en las que se valoraban su estilo de vida así como su entorno y situación familiar y económica, pasó a una lista de selección a través de la cual se le asigna un menor. Ésta es la fase que puede durar años. En el caso de Antonio y su mujer, María Dolores, fueron cerca de cuatro. Una vez superada, el niño comienza a vivir en su nuevo hogar durante el llamado periodo de acogida preadoptiva, convive con la familia adoptiva en régimen de acogida, pero legalmente aún no es su hijo. “En nuestro caso fueron dos años en acogimiento preadoptivo que fueron un infierno, me podían quitar a mi niña en cualquier momento”. Así, después de seis años de espera, Antonio y María Dolores pudieron formalizar los trámites legales e inscribir a la pequeña en el Registro Civil con sus apellidos.

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Varios niños huérfanos juegan en un orfanato de la ciudad rusa de Rostov del Don. 19 de diciembre de 2012. | Foto: Vladimir Konstantinov / Reuters

A todo esto hay que añadir otra realidad. Que la mayoría de las familias quieren bebés o niños muy pequeños y sanos.  Y es que aunque la adopción de menores con algún problema o mayores es algo muy generoso, muy poca gente está dispuesta. “Estas adopciones requieren de la preparación especial de los solicitantes, así como de ayudas para el resto de su vida”, advierte Benedicto García. En la siguiente tabla vemos cómo el mayor número de niños adoptados comprende las edades de 0 a 3 años, siendo casi inexistentes los menores de entre 15 y 17 que encuentran una familia. En 2015 sólo fueron ocho, siete en Andalucía y uno en Murcia.

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Fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

608 menores en 2015

A pesar del tiempo de espera y de las continuas trabas administrativas, la adopción nacional ha comenzado a crecer. En 2015 se adoptaron 608 menores dentro de España, una leve subida, en 2014 fueron 606, que rompe la tendencia descendente.
"En España hay muy pocos menores en situación de adoptabilidad"
Fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.
Además, el informe también muestra un aumento en el número de familias interesadas en la adopción nacional: 2.872 frente a las 1.431 del año previo. ¿A qué se debe este empujón? Según el coordinador de CORA, “a las mayores trabas y retrasos en los procesos de adopción internacional – las adopciones internacionales siguen en caída, de 824 en 2014 a las 799 de 2015 –y a la reapertura en la Comunidad de Madrid de una convocatoria de búsqueda de familias dispuestas a adoptar, que estuvo siete años cerrada”.
Por comunidades, el mayor número de adopciones nacionales se ha producido en Andalucía, con el 20,7%, seguido de Comunidad Valenciana y Cataluña, con el 14,5% y el 13,5%, respectivamente. Por el contrario, Ceuta, Melilla, Navarra y Extremadura son las comunidades con menor número de adopciones.
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Fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.
En este sentido hay que tener en cuenta que cada Comunidad Autónoma puede establecer sus propios requisitos y de hecho las condiciones no son iguales en todas. Por ejemplo, las parejas que desean adoptar en Asturias o en Madrid han de acreditar una convivencia previa de tres años. En los siguiente enlaces se pueden ver los requisitos que exigen las distintas Comunidades Autónomas para la adopción autonómica o nacional: AndalucíaAragónPrincipado de AsturiasIslas BalearesIslas CanariasCantabriaCastilla-La ManchaCastilla y LeónCataluñaExtremaduraGaliciaLa RiojaComunidad de MadridComunidad Foral de NavarraPaís VascoRegión de MurciaComunidad Valenciana.

Gestación subrogada, ¿nueva alternativa a la adopción internacional? 

Mientras en 2015 el número de expedientes remitidos a otros países (818) y de adopciones constituidas (799) sigue disminuyendo por el endurecimiento de las leyes en países como Rusia y por la incertidumbre de estados que están en conflictos bélicos o en continuos cambios, la gestación subrogada, en muchos casos, está siendo la alternativa. Y es que según Antonio Vila-Coro, vicepresidente de la asociación Son Nuestros Hijos, esta técnica se está contemplando como “la alternativa más rápida y fácil para ser padres”. “Muchas parejas prefieren usar esta vía y pagar entre 45.000 y 120.000 euros, según países, para tener un bebé”, indica Vila-Coro.

Según la ONG suiza International Social Security, cada año nacen en todo el mundo unos 20.000 niños mediante este método. Unos 1.000 son hijos de españoles, siendo esta una cifra estimada por asociaciones de padres y agencias al no haber datos oficiales. Sin embargo, de lo que sí hay datos estatales son del número de pequeños adoptados fuera de nuestro país; si en 2004 fueron 5.541, en 2015 los datos hablan de 799 niños; la mayoría procedentes de China (138), Rusia (131) y Etiopía y Vietnam (121).
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Fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.
En este sentido, si la cifra sobre los nacidos por gestación subrogada es correcta, esta vía supera ya a la de la adopción internacional.

El atentado de Londres, en imágenes

Redacción TO

Foto: Stephan Wermuth
Reuters
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Los primeros homenajes a la memoria de las víctimas del atentado de Westminster llegaron en la misma noche del miércoles. En este ramo de flores puede leerse: “Amor para todos. No tenemos miedo”. | Foto: Hannah McKay / Reuters

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La policía acordonó las inmediaciones del Parlamento tras conocerse el atentado. | Foto: Stefan Wermuth / Reuters
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Un helicóptero ambulancia llega a la zona de Westminster. | Foto: Daniel Leal-Olivas / AFP Photo

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Una de las víctimas del atropello múltiple es atendido por otros ciudadanos. | Foto: Toby Melville / Reuters

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Otro plano de la víctima asistida en el asfalto del puente de Westminster | Foto: Toby Melville / Reuters

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Un herido recibe asistencia médica. | Foto: Matt Dunham / AP Photo

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Los paramédicos tratan de reanimar a una víctima del atentado. | Foto: Toby Melville / Reuters

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Una de las posibles víctimas mortales, tendida en el asfalto. | Foto: Toby Melville / Reuters

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Varios hombres y mujeres siendo evacuados del Parlamento, a pocos metros del ataque. | Foto: Daniel Leal-Olivas / AFP Photo

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El coche implicado en el ataque y, a la derecha, una víctima tendida en la acera. | Foto: James West / AP Photo

El atentado de Londres, en imágenes 3
Un día después, la policía investiga en la zona afectada por el atentado, que sigue acordonada. | Foto: Tim Ireland / AP Photo

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Los miembros del Parlamento británico homenajean un día después a las víctimas del atentado del 22 de febrero. | Foto: AFP Photo

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Una flor en los cordones que acotan la zona investigada por la policía. | Foto: Daniel Leal-Olivas / AFP Photo

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Ramos de flores colocados frente a la sede de Scotland Yard, en Londres, un día después del ataque. | Foto: Will Oliver / EFE
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Alemania ilumina la puerta de Brandeburgo con los colores de la bandera de Gran Bretaña | Foto: Fabrizio Bensch / Reuters

Bruselas, un año después

Felipe Santos

Un año después, el cielo de la víspera se ha despedido con un azul eléctrico, y el ocaso ha dejado el rastro encendido de unas nubes lejanas, esas que tan bien pintaba Turner, de memoria, afilando el recuerdo de unos pocos trazos en un pequeño cuaderno. Un cielo así no es habitual en esta ciudad, y por eso sus pobladores lo celebran concediéndose un respiro para admirar ese pequeño regalo de la naturaleza.

La otra creación, la humana, no parece tan perfecta. Las dudas, lejos de disiparse, se han mantenido y, en el peor de los casos, han situado a los europeos ante el primer riesgo serio de fracaso. Empeñada en ganarle la batalla al tiempo, la sociedad occidental trata de levantar estructuras concebidas para durar, para prevalecer. Mientras las vidas se alargan, la percepción del tiempo se acorta. Quizá por eso, en una tarde como la de hoy, muchos se detengan a contemplar el crepúsculo y se pregunten por qué todo lo sublime ha de tener siempre la eternidad de un recuerdo, y si mañana se le concederá la dicha de admirar ese espectáculo una vez más.

Días antes de que tres explosiones se llevaran la vida de 35 personas y dejara heridas a otras 340 en Bruselas, el terrorista Bilal Hadfi había sido enterrado en la zona musulmana del cementerio de Scharbeek, una de las comunas limítrofes con la conocida Molenbeek. Se había hecho estallar meses antes junto al Stade de France durante la noche de los atentados de París. Su madre asistió al entierro acompañada de familiares y amigos que lo conocían antes de que empezara a radicalizarse. Ocurrió de forma sigilosa, como en la mayoría de los casos. Los exabruptos, las salidas de tono no alarmaron excesivamente a quienes frecuentaba. Sólo cuando en la escuela defendió los atentados contra Charlie Hebdo cundió la preocupación. Para cuando se dieron cuenta ya se encontraba en Siria, enrolado en las filas del Daesh. Participó en ejecuciones y, probablemente por su nacionalidad francesa, fue comisionado para formar parte de un comando que sumiera París en el caos. Algo memorable, difícil de olvidar para los verdugos y sus víctimas. Antes de irse de Bélgica, a algunos amigos les confesó que allí “no tenía sitio”. Meses después parecía haberlo encontrado.

La historia de Bilal Hadfi es una de tantas historias de cómo un tímido jovenzuelo, educado en Occidente, puede llegar a convertirse en un sanguinario terrorista. Alguien tan europeo como los mismos europeos. Los que atentaron en Bruselas no tenían biografías muy distintas. En todos ellos anidaba cierta “expulsión del presente”, que es como definió el poeta Claudio Guillén al destierro. Un exilio también “del futuro —lingüístico, cultural, político— del país de origen”. Chavales sin más miras que una existencia recortada por las calles de su barrio y los fines de semana en el centro rodeados de reclamos comerciales. Lo inalcanzable, lo imposible. Ese deseo insatisfecho que ha de ser eliminado y el yihadismo que acude raudo, con una solución que nadie olvidará.

La mañana de hoy, un año después de los atentados, el aeropuerto de Zaventem de desperezará con la misma agitación contenida de entonces. El acceso ha variado y necesita de unos minutos a pie para entrar en el edificio. Donde todo sigue más o menos igual es en la parada de metro de Maalbeek. Los rostros hechos de unos pocos trazos del dibujante belga Benoît van Innis aguantaron bien el embate de las bombas. Meses después volvió a pintar una de las paredes como memorial de las víctimas. Allí dejó un campo de pinceladas abstracto y un poema de Federico García Lorca traducido al francés y al neerlandés: “Cielo azul./Campo amarillo./Monte azul./Campo amarillo./Por la llanura tostada/va caminando un olivo./Un solo/olivo”.

Ojalá hoy vuelva a salir el sol.

La vida de Ahmad en España después de la guerra

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

En el barrio madrileño de Quintana, que une la plaza de toros con la mezquita de la M-30, se encuentra una pastelería árabe con las paredes pintadas de verde y un espejo largo que se extiende al fondo. Los clientes van y vienen y no es extraño que esta conversación sufra las interrupciones lógicas de una jornada de trabajo.

Antes de trasladarse a Madrid, Ahmad era arquitecto en la ciudad siria de Alepo y se había comprado un coche nuevo, tenía un piso y esperaba su segundo hijo junto a su mujer, que es española, de origen árabe. La conoció en unas vacaciones que ella pasó en Siria. “Yo la vi, y ahí empezó todo”, cuenta. Se casaron en 2008 y un año más tarde nació su primera hija. La vida avanzaba tranquila y en calma; Ahmad tenía su oficina de arquitectura y un negocio de decoración y reformas, y su mujer trabajaba en casa y cuidaba de su hija, muy pequeña. “Éramos felices”, dice, apenado. Me da a probar una baklawa, que es un dulce tradicional hecho de hojaldre y frutos secos, y nos sentamos en dos taburetes, frente al escaparate. Desde aquí vemos la calle.

La guerra de Siria comenzó en 2011, pero no llegó a Alepo hasta un año después. Cuando echa la vista atrás, Ahmad no crea divisiones en el tiempo, conjuga en presente y en pasado sin distinción; puede ser que en su memoria las longitudes sean más cortas. “El día más triste para nosotros fue un viernes por la mañana, eran las nueve. Ese día nos despertamos por la explosión de una bomba. Yo vivo en un edificio grande y enfrente hay un centro de policía secreta. Allí hicieron explotar un coche. Dormíamos con mantas gruesas, hacía frío, y se cayó toda la casa, todo por encima de las mantas. De haber estado despiertos, no seguiríamos con vida”.

Alepo dejó de ser una ciudad segura y Ahmad supo que debían abandonar Siria por un tiempo, no demasiado. “Vinimos a España en 2012. Mis suegros viven aquí desde hace cincuenta o sesenta años, casi toda la vida, y mi mujer estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Decidimos dejar Alepo para volver en pocos meses. Pensamos que en ese tiempo acabaría la guerra, como en Egipto. Es lo que se hablaba. Algunos decían dos meses, otros decían tres”.

Pasaban las semanas en la casa de sus suegros y Ahmad hablaba a menudo con sus padres, que se quedaron en Siria, con la firme esperanza de regresar pronto. Pero siempre ocurría la misma historia. Sus padres le insistían, semana tras semana, en que siguiera esperando, porque cada vez la situación iba a peor, todo era más peligroso, todo era más complicado. Los meses se sucedían y con este ánimo Ahmad comenzó a comprender que no volvería a casa tan pronto como suponía, que los meses en España se convertirían en años y que sus hijos tendrían una infancia lejos de su país.

Ahmad asumió el golpe. Se dijo que ya no podían vivir en la casa de sus suegros, que era hora de buscar piso, de buscar trabajo. Tenía un dinero guardado que bastaría para los primeros meses de alquiler y mientras tanto, creyó, encontraría un empleo como arquitecto. Fue a todas las oficinas, a todas las empresas. Entregó currículums por internet, en mano. Y luego de aburrirse de no encontrar nada, desesperado, renunció a la arquitectura y buscó trabajo en otro sitio: en bares, en tiendas, en supermercados. Hasta que un día le comentaron que un restaurante libanés frente a la Plaza de las Ventas buscaba empleado: “Fui al día siguiente y hablé con el jefe, le conté mi situación. Me preguntó en qué podía ayudar, de qué trabajaba, y le dije que era arquitecto. Él me dijo que lo sentía, que como arquitecto no tenía cómo ayudarme. Pero yo le dije que se olvidara, que quería trabajar de lo que fuera, y entonces me dijo que podía ofrecerme ser camarero. No me lo podía creer, yo me puse súper contento; nos salvaron de dejar el país. No teníamos dinero para pagar el alquiler del mes siguiente y hubiéramos tenido que regresar a Siria”.

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Protesta contra el presidente Bashar Al Assad en Maraa, cerca de Alepo, el 16 de marzo de 2012 | Foto: REUTERS/Shaam News Network/Handout

Otro comienzo

En este punto es difícil imaginar al arquitecto con casa propia, con el coche nuevo, con dinero en el banco. Ahmad estaba en España con dos niños que no podía alimentar y con la idea clara de volver a un país en guerra. Ahora cuenta que salieron adelante sin un euro de ayuda, que todas las solicitudes que presentaron fueron desatendidas por el Ayuntamiento de Madrid y por el Gobierno central, que no tuvieron nada salvo a ellos mismos.

Después de cinco meses en el restaurante libanés, con el fin de la temporada alta, su jefe le puso a trabajar en esta pastelería, que era otro de sus negocios. Aquí trabajó Ahmad durante dos años y medio. Porque, al tercero, su jefe le trasladó que tanto él como sus socios pretendían venderla. “No me explicaba por qué querían hacerlo. Me dijo que porque no daba los beneficios que esperaban. Volví a preocuparme, aunque me dijo que no lo hiciera, que tendría un puesto en la fábrica, que seguiría trabajando con ellos. Yo veía que la gente venía a la pastelería con ilusión, la pastelería funcionaba bien. Para mí fue un shock. Los pasteles tienen buena fama. La fábrica donde los hacen, que es de ellos, los hace muy bien. Así que le dije que si querían vender la pastelería, yo estaba dispuesto a comprarla, que podríamos seguir como socios: ellos fabricando y yo vendiendo. Y le pareció una buena idea”.

Ahmad trajo dinero de Siria, sus suegros aportaron otro poco, y a eso se sumó los ahorros de estos años. Los propietarios le pusieron facilidades con el precio de venta. El arquitecto sirio comenzó así a trabajar como autónomo, a mejorar las calidades de los pastelitos, a manejar sus propios tiempos. En su tercer año fuera de Alepo, Ahmad encontró un camino y de algún modo imprimió esa nostalgia en el nombre de su pastelería, a la que llamó Sham, como el territorio que abarca la Gran Siria.

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Miembros de la Defensa Civil y civiles, en una casa dañada por un ataque aéreo en Idilb en marzo de 2017 | Foto: Ammar Abdullah / Reuters

Volver a Alepo

La nueva vida de Ahmad se construyó sobre la tristeza y el miedo de tener a sus padres y hermanos en tierra de nadie, con la certeza bien presente de que cada día podía ser el último. Ahmad no ha hecho otra cosa que pelear por traerlos a España, pero una y otra vez se ha encontrado con una burocracia que lo impide. “He sufrido mucho”, me dice. “El Gobierno no concede ningún permiso de entrada al país a ningún sirio. Es lo que yo he visto, aunque eso no lo cuentan. He presentado todos los papeles que piden para darles el visado. Me he gastado mucho dinero. ¡Ellos se han gastado mucho dinero! Tienen que viajar de Alepo a Líbano porque la embajada española está allí…”.

Los familiares de Ahmad, como tantos otros sirios, han sufrido el cierre de la embajada de España en Damasco tras el estallido de la guerra civil en 2011. La delegación en Beirut, Líbano, asumió las funciones, pero no todo el mundo puede permitírselo.

“¡La embajada más próxima está en otro país!”, continúa Ahmad. “Son 24 horas de un viaje muy duro y muy caro que luego no sirve de nada”.

Ahmad me enseña la pastelería, me explica cada dulce. Después de cinco años en España, cuando iba a ser por unos meses, añora profundamente Alepo. Le pregunto cómo era la ciudad antes de la guerra. “Uff”, responde, emocionado. “Alepo era maravillosa”. Ahmad mantiene la esperanza intacta, es tenaz, y siente la seguridad de que regresará algún día, joven o viejo: “No he vendido mi vivienda (en Alepo) porque volveremos. Yo estoy trabajando al máximo aquí, mi mujer también, pero no me veo en España toda la vida. Planteo mis planes en Siria, no compro una casa aquí porque quiero volver. Me gusta España, es parte de mi vida, me he adaptado a las costumbres, a la comida… Pero yo nunca dejaré Siria”.

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