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Robert Mueller, el investigador en cuyas manos podría estar el destino político de Donald Trump

Tal Levy

Foto: Larry Downing
Reuters

En un edificio de oficinas del Departamento de Justicia en pleno centro de Washington D.C. no es poco lo que está en juego. Allí, a la cabeza de la investigación conocida como “Russiagate” que podría apartar a Donald Trump de la silla presidencial, se encuentra el fiscal especial Robert Mueller, quien fuera director del Buró Federal de Investigaciones (FBI) durante los gobiernos de George W. Bush y Barack Obama. Cuenta con el visto bueno tanto de republicanos como de demócratas gracias a una meritoria trayectoria que hizo, incluso, que el primer presidente negro en la historia de Estados Unidos solicitara al Congreso un cambio de legislación, que limitaba el cargo a un único mandato de no más de una década, para poder así extender por dos años más su permanencia al frente del servicio de inteligencia.

“No hay mejor persona para ese trabajo que Bob Mueller”, había sentenciado el fiscal general Eric Holder cuando le juramentó el 3 de agosto de 2011, tras asegurar que en la coyuntura marcada por la continua amenaza terrorista dentro y fuera de Estados Unidos era crucial que el FBI siguiera contando con un fuerte liderazgo.

Ahora tampoco es poca cosa lo que ha de enfrentar al estar a cargo de las averiguaciones sobre la supuesta relación entre Rusia y miembros del equipo de campaña de Trump para interferir en la pasada elección presidencial estadounidense; más, si como se ha afirmado en la primera plana de The Washington Post, estaría indagando la obstrucción a la justicia por parte del mandatario, lo que despejaría el camino en el Congreso a un impeachment (proceso de destitución).

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Robert Mueller habla durante una entrevista en la sede del FBI en Washington. | Imagen: AP Foto/Evan Vucci

Un giro al derecho y al revés

Pero no es la primera vez que Mueller debe salir al ruedo para una difícil faena. Basta recordar que este abogado de 72 años que trabajó en el Departamento de Justicia se convirtió en director del FBI una semana antes del 11-S, que dejaría al descubierto la vulnerabilidad de la superpotencia frente al terrorismo internacional.

No sólo el perfil de su ciudad natal, Nueva York, cambiaría para siempre, al desaparecer de un plumazo las Torres Gemelas, símbolo de altivez, de poderío, en el mayor atentado que ha sufrido el continente americano. También se daría un giro a la política internacional y, por supuesto, a la seguridad nacional.

Mueller está acostumbrado a marcar la diferencia. Bajo su mando, un nuevo enfoque redimensionaría el FBI, desde la estructura o capacitación hasta la propia cultura organizacional de esa familia, como la llamaba, integrada por 36.000 agentes, bajo “el lema de fidelidad, valentía e integridad”.

El 3 de septiembre de 2013 signaría el término de su servicio al frente del FBI, el cual daría paso al de James Comey, pero no por mucho tiempo pues, aunque las funciones del nuevo jefe expiraban en 2023, sería destituido por el presidente Donald Trump en mayo pasado.

Estos dos nombres, Mueller y Comey, estarían de nuevo ligados ya no al mando de un cuerpo de inteligencia en el que se sucedieron, sino a una investigación en la que, curiosamente a la inversa, el vacío por el despido de uno fue llenado por el otro.

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla en el Roosevelt Room de la Casa Blanca en Washington el jueves 15 de junio de 2017. | Imagen: AP Foto/Susan Walsh

El Watergate y la pistola humeante

“Se inventaron una falsa conspiración en la historia de los rusos, encontraron cero pruebas, así que ahora van a por la obstrucción de justicia en la historia falsa. Bonito”, lanzó en Twitter el pasado jueves 15 de junio Trump, quien acostumbrado a altisonantes frases ha calificado la pesquisa como “la más grande cacería de brujas” que ha vivido Estados Unidos.

Ya se entiende por qué, según develó The Wall Street Journal a fines de mayo, la Casa Blanca estudia la posibilidad de que abogados supervisen, ajustando o reduciendo, sus tuits para que “no salgan de la mente del presidente al mundo”.

En efecto, uno de sus mensajes en esta red social ha estado en el centro del debate al poder ser interpretado como una intimidación a un potencial testigo. “Más le vale a James Comey que no haya grabaciones de nuestras conversaciones antes de que él empiece a filtrar a los medios de comunicación”, había escrito quien estaría siendo inquirido por obstrucción a la justicia, entre otras razones, por despedirle.

Tejer similitudes es inevitable. Richard Nixon, quien dimitió de la Presidencia en 1974 debido al espionaje al Partido Demócrata, en su momento también cesó de sus funciones al investigador del caso Watergate, el fiscal especial Archibald Cox. El gobernante había ordenado a su jefe de gabinete, H.R. “Bob” Haldeman, que hiciera gestiones ante la CIA para que presionara al FBI con el objeto de cerrar la investigación, lo cual quedó registrado en una grabación conocida como “smoking gun tape, aludiendo como una pistola humeante a su carácter probatorio.

De acuerdo con Comey, Trump le habría dicho, según consta en un informe que dejó escrito y como destacó el 8 de junio al comparecer ante el Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos, que “espero que puedas dejar ir esto”, lo cual entendió como una directriz para que diera por terminada la pesquisa sobre el asesor de seguridad nacional Michael Flynn, quien se vio obligado a separarse de su cargo el 13 de febrero por haberle mentido al vicepresidente Mike Pence acerca de sus vínculos con Rusia.

Como destacara el senador John McCain: “Esto está adquiriendo el tamaño y el nivel del Watergate”. Pero hay una gran diferencia. Mientras el republicano Nixon debió hacer frente a un congreso de mayoría demócrata, Trump cuenta con un parlamento controlado por el mismo partido que lo llevó a la Presidencia.

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El presidente de Rusia, Vladimir Putin, habla durante una ceremonia de entrega de pasaportes a diez jóvenes rusos en el Kremlin, en Moscú, Rusia, el lunes 12 de junio de 2017. | Imagen: Alexei Druzhinin/Sputnik, Kremlin Pool Foto via AP.

Veterano en grandes lides

Sin duda, el “Russiagate” inquieta a los estadounidenses. De acuerdo con una encuesta de Associated Press-NORC Center for Public Affairs Research, realizada entre el 8 y el 11 de junio y dada a conocer después de que Comey compareciera ante el Senado, casi la mitad de los consultados expresó gran preocupación por los supuestos contactos entre Trump o su equipo de campaña con el gobierno ruso y 20% se mostró medianamente preocupado.

Entre los encuestados, seis de cada diez cree que el mandatario intentó obstruir el curso de la justicia. El sondeo indica, además, que 26% piensa que la averiguación liderada por Mueller puede ser bastante o en extremo justa e imparcial y 36% tiene una confianza moderada en ello.  

Este fiscal especial no sólo puede alardear de una gestión exitosa como director del FBI desde 2001, cuando su proceso de nominación en el Senado se saldó con 98 votos a favor y ninguno en contra, hasta 2013, convirtiéndose en el hombre que más tiempo lideró el Buró sólo superado por su fundador, J. Edgar Hoover.

Fue veterano de guerra con no pocas condecoraciones. Unido al Cuerpo de Marines de Estados Unidos, dirigió un pelotón de rifle en Vietnam que le hizo merecedor, entre otras, de la Estrella de Bronce, entregada al heroísmo o éxito meritorio en servicio, y el Corazón Púrpura, instituida por el general George Washington en 1782 y que se otorga en nombre del Presidente a quien haya muerto o, como Mueller, resultado herido en combate.

Criado en Filadelfia, en 1966 se graduó de la Universidad de Princeton y después cursó un Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad de Nueva York. En 1973, egresó de la Facultad de Derecho de la Universidad de Virginia.

Su carrera fue en claro ascenso. Fue jefe de la división criminal de la Fiscalía en San Francisco, fiscal auxiliar en Boston, asistente del fiscal general Richard L. Thornburgh y encabezó la División Penal del Departamento de Justicia. Supervisó casos de gran relevancia como el del atentado del avión de Pan Am derribado por extremistas libios cuando sobrevolaba la localidad escocesa de Lockerbie o el de narcotráfico abierto contra “El hombre fuerte de Panamá”, Manuel Antonio Noriega.

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James Comey en el Senado. | Imagen: AP Foto/Susan Walsh, Archivo.

Un grupo de primera línea

Se ha rodeado de los mejores. El equipo que Mueller fichó para que le acompañe es de alto calibre. En el mismísimo Watergate participó como un joven fiscal auxiliar especial el abogado James Quarles, por lo que podrá aportar su experiencia en investigaciones que involucran la Presidencia.

Quarles trabajó en la firma Wilmer Cutler Pickering Hale and Dorr, en la que Mueller laboró en los últimos tres años hasta que dada la envergadura del “Russiagate” se apartara para evitar cualquier conflicto de intereses.

De ese mismo bufete reclutó a Aaron Zebley, con quien compartió en los tiempos en que coincidieron en el FBI, este como jefe de gabinete, y a Jeannie Rhee, quien fuera vicefiscal general y alta funcionaria de la Oficina de Asesoría Jurídica del Departamento de Justicia, donde aconsejó sobre aspectos constitucionales y regulatorios al fiscal general y a la propia Casa Blanca.

Más de cien casos ante la Corte Suprema avalan la experticia en derecho penal del subprocurador general Michael Dreeben, quien asistirá a Mueller a tiempo parcial.

Tú no incluyes a Michael Dreeben en un caso cualquiera. Él es el mejor abogado en derecho penal en Estados Unidos”, ha dicho a CNN Neal Katyal, socio de la firma Hogan Lovells y uno de los principales representantes legales de Hawái en la demanda en contra de la orden ejecutiva de Trump que prohíbe viajar a Estados Unidos a ciudadanos de varios países de mayoría musulmana.

También integran este dream team Andrew Weissmann, quien fue jefe de la sección de fraudes de la División Criminal del Departamento de Justicia. Participó en el caso Enron, que derivó en la condena por fraude y engaño del presidente de la compañía de energía; así como en el de Volkswagen, que dejó al descubierto el trucaje de los motores diésel que emitían más gases contaminantes que los que anunciaban.

El exfiscal especial Kenneth Starr, quien investigó al mandatario Bill Clinton en los años noventa, en declaraciones a ABC News alabó la honestidad a toda prueba de Robert Mueller y la experiencia de quienes le acompañan: “Es un gran, gran equipo de profesionales integrales, así que dejemos que hagan su trabajo”.

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De John Le Carré a James Comey

Antonio García Maldonado

Foto: Jonathan Ernst
Reuters

La comparecencia en el Senado del despedido director del FBI, James Comey, ha tenido el aire de las citas históricas con las que luego se hará una de las escenas culminantes de una película política. Con su aspecto de puritano serio y honesto, Comey ha dicho bastante pero ha sugerido aún más sobre la infiltración de la trama Rusa en el nivel más alto de la Casa Blanca. Para empezar, que es la causa de su despido, por negarse a parar, por petición directa del propio Trump, la investigación contra el general Michael Flynn y sus mentiras contrastadas en relación a sus amigos rusos en Estados Unidos. Que al propio presidente le abruma este asunto queda reflejado en el hecho de que, en más de tres años con Obama, Comey habló dos veces con el presidente, la segunda para despedirse, mientras que con Trump fueron nueve en menos de cuatro meses.

La reveladora comparecencia de Comey se une a otra que ha pasado más desapercibida, la de John Brennan, director de la CIA entre 2013 y 2017, años álgidos en los que habría actuado la trama Rusa. Brennan dijo una frase profunda y cierta, con resonancia de fondo aplicable a otros ámbitos, y que no es difícil imaginar que fuera pronunciada por George Smiley, el mítico agente del MI6 de John Le Carré que en tantas historias contra los rusos hemos leído: “Frecuentemente, individuos en el camino de la traición ni siquiera se dan cuenta hasta que es tarde”. En El topo, Le Carré pone a Smiley a perseguir a un infiltrado de la inteligencia rusa en la cúpula del MI6, un tipo inspirado en el real Kim Philby, integrante del Círculo de Cambridge de la élite británica al servicio de los soviéticos. El propio Philby contó en sus memorias cómo fue reclutado, y escribe esta frase que le habría dicho su enlace, que recuerda a la de Brennan: “Queremos que te coloques en una situación en la que la información fluya hacia ti de forma fácil y natural y que puedas acceder a ella sin colocarte en peligro”, y continuaba el reclutador: “Se trata de un trabajo aburrido, pero es posible que en algún momento tengas acceso a información fundamental”. Esto fue en 1934, bastantes años antes de que Philby entrara primero en el MI5 y después en el MI6. Los rusos tenían mirada estratégica y a largo plazo, y cabe preguntarse desde cuándo tienen los servicios rusos dosieres de algunas personas que han estado durante años mostrando sus intenciones de intentar ser presidentes, senadores, congresistas o gobernadores.

Cuesta pensar que Estados Unidos (que en términos históricos ganó la Guerra Fría antes de ayer) pueda tolerar esta situación. Los elogiados checks and balances de su diseño institucional están ante uno de los mayores test de estrés de su historia. Sin embargo, Trump conserva el apoyo rocoso de las bases que lo llevaron a la Casa Blanca, según los sondeos. Siendo así, The Economist advertía recientemente que aún no había llegado el momento del impeachment. Habrá que aguantar hasta las elecciones parciales y ver el desgaste. Pero de las comparecencias parece quedar claro que la Comunidad de Inteligencia y gran parte de la élite demócrata y republicana tienen pocas dudas y bastantes pruebas para llevarlo a cabo con éxito. Entiendo que entramos en una etapa de persuasión pública, y que la de investigación está de facto terminada. Toda la pompa de estas comparecencias y las que vendrán con el fiscal especial (exdirector del FBI) son esencialmente una campaña de comunicación política para decirle al pueblo americano que se ha equivocado.

Y un último apunte: la opinión general de los expertos es que la influencia rusa no fue la causa de la victoria de Trump, que tenía unas bases distintas y más propiamente americanas. Si influyó, es discutible que fuera de forma decisiva. Sin embargo, al haberse demostrado el intento, ofrece un asidero para la destitución de un presidente dañino para todos y grotesco para la imagen de su propio país. De otra forma, habría durado cuatro u ocho años. Si fuera el caso: ¡Spasiva, tovarich Putin!

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El atentado de La Rambla, en imágenes

Redacción TO

Foto: QUIQUE GARCIA
EFE

El atentado perpetrado este jueves por la tarde en Barcelona ha dejado al menos 13 muertos y medio centenar de heridos. Además, ha provocado caos y confusión en la ciudad condal. Estas son algunas de las imágenes tras la tragedia.

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La policía comprueba la identidad de los viandantes que estaban en el lugar de los hechos. | Imagen: Josep LAGO, Efe
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LA gente abandona una zona acordonada tras el atentado. | Imagen: Pau Barrena / AFP
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Los supervivientes llaman a sus seres queridos para informarles de lo ocurrido. | Imagen: Pau Barrena / AFP
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Una de las víctimas recibe asistencia. | Imagen: Quique García /EFE
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Confusión y miedo entre los supervivientes después del ataque. | Imagen: Pau Barrena / AFP
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Un policía vigila la zona acordonada. | Imagen: Pau Barrena / AFP

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La policía forense, inspeccionando la zona horas después del atentado. | Foto: Sergio Pérez/Reuters

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La furgoneta del atropello, cubierta de una lona negra. | Fuente: Sergio Pérez/Reuters

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Un agente armado en La Rambla en la mañana del día siguiente. | Foto: Sergio Pérez/Reuters

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Un señor, sentado en un banco de La Rambla y leyendo el periódico con el atentado en portada. | Foto: Javier Soriano/AFP

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La mañana del viernes en La Rambla y el intento de volver a la normalidad. | Foto: Javier Soriano/AFP

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La princesa Diana: el juguete de los medios que logró lo impensable

Tal Levy

Foto: Tim Graham
Getty Images

Diana ha vuelto a morir. Fueron los medios quienes la crearon y también los que la persiguieron hasta su trágico final. “Un minuto no era nadie y al siguiente era la Princesa de Gales, madre, juguete de los medios, miembro de esta familia, lo que pueda imaginar. Fue simplemente demasiado para una persona”, se le escucha decir en el documental Princesa Diana: En primera persona, que National Geographic presenta este agosto y que recoge grabaciones inéditas. Esa misma prensa, que “estaba siendo insoportable siguiendo cada uno de mis pasos”, no la dejaría yacer en paz, atenta a cada nueva revelación, incluso después de 20 años de su partida. Ya lo decía Paul Auster en La invención de la soledad: “Memoria: el espacio en que una cosa ocurre por segunda vez”.

Ni siquiera le ha servido haber sido enterrado en la isla del Lago Oval, en Althorp House, propiedad de su familia, los Spencer, lejos de la mirada curiosa de los flashes, para encontrar esa privacidad que le fue negada en vida.

Diana Spencer no tenía el cabello largo como la mayoría de las princesas de los cuentos de hadas y murió despojada de su título real, aunque como el entonces recién estrenado primer ministro británico, Tony Blair, acertaría: “Ella era la Princesa del Pueblo y así es como permanecerá en nuestros corazones y recuerdos para siempre”.

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29 de julio de 1981, la boda entre Carlos y Diana. | Imagen vía Getty Images

De noble familia aunque de padres separados, el 29 de julio de 1981 contrajo matrimonio a sus 20 años con el príncipe Carlos de Inglaterra, 12 años mayor que ella, en la que sería descrita como la boda del siglo, con esos 750 millones de telespectadores de todo el mundo que hicieron batir los récord de audiencia, pero que se quedarían cortos frente a las 2.500 millones de personas que sintonizarían su funeral.

¡Cómo no quedar cautivados al verla bajar de aquel carruaje de cristal, el mismo que condujo al rey Jorge V el día de su coronación, y entrar a la catedral de St. Paul con su romántico vestido de mangas de farol y su larguísima cola de unos 25 metros, diseñado por David y Elizabeth Emanuel!

Tras casarse con el heredero de la Corona británica, tampoco podría decirse aquello de “y vivieron felices para siempre”. Como ella misma confesaría en la impactante entrevista que concedió a BBC en 1995: “Éramos tres en el matrimonio y eso es multitud”. Así, aludió a ese fantasma siempre presente entre ella y Carlos: Camila Parker Bowles, con quien él sostuvo un romance previo a conocer a Diana y que mantendría en el tiempo hasta convertirla en 2005 en su actual esposa.

El supuesto sueño coronado acabaría en pesadilla. En esa misma conversación, Lady Di, como era llamada, reconocería también su romance con el capitán de caballería James Hewitt.

La Reina de los Corazones

Nacida el 1 de julio de 1961 en Norfolk, ella logró lo impensable al menos después de fallecer: que la mismísima reina Isabel II le hiciera una reverencia al ver pasar su féretro cubierto con el estandarte real, rompiendo antiguos y rígidos protocolos. No era poco que, por Diana, su Majestad hiciera la primera transmisión en directo por televisión en medio siglo.

La monarquía cedió ante el clamor de todo un pueblo que con alfombras de flores que superaban los 100 metros y desconsolado llanto reclamaba que se le diera un tratamiento como lo que seguía siendo para ellos: su eterna princesa y, hasta más, “la Reina de los Corazones”.

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Última imagen de Diana antes del accidente en París | Imagen vía Reuters

A sólo 24 horas del accidente de coche que a las 3 de la madrugada del 31 de agosto de 1997, en el túnel bajo el puente del Alma de París, acabó con su vida y la de su entonces pareja, Dodi al Fayed, ya unas 6.000 personas por hora le rendían sus respetos frente a los palacios reales, según el documental Diana: Siete días que estremecieron el mundo, de la BBC.

Frente a la conmoción general, que ponía en peligro la relación misma de la Corona con sus súbditos, en el Palacio de Buckingham se consintió transgredir una regla más y ondear la bandera a media asta.

La película La reina, protagonizada por Helen Mirren, narraría la crisis que supuso la muerte de Diana para la Casa Real británica y cómo fue gestionada con la ayuda de Tony Blair.

Paradójicamente, la Princesa de Gales lograría finalmente que la monarquía se acercara a la gente, a la vida real, tal cual ella hizo al encargarse personalmente de la educación de sus hijos y con esa empatía que la llevaba a visitar a un enfermo de VIH o a la madre Teresa de Calcuta, comprometiéndose con las más diversas causas como obras de caridad o la lucha contra las minas antipersona.

Para Dickie Arbiter, secretario de prensa del Palacio de Buckingham, ella era “una bocanada de aire fresco”. Esa misma frescura y su indiscutible carisma fueron testigos de cómo forjó grandes amistades entre celebridades, como sir Elton John, quien afirmaría que ella “te hacía sentir completamente a gusto, no había una rigidez o incomodidad, como la que existe a veces con otros miembros de la familia real”. Aunque de escurridiza mirada, Lady Di sabía cómo relacionarse.

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Flores en el funeral de Diana | Imagen vía Wikimedia

Fue el cantante británico quien imprimió emoción en las exequias en la Abadía de Westminster con la interpretación en honor a su amiga Diana de una nueva versión de su balada Candle in the Wind, compuesta originalmente para otra mujer que también a su singular manera marcó la historia: Marilyn Monroe.

“Adiós Rosa de Inglaterra, que crezcas siempre en nuestros corazones. Eras la gracia que aparecía donde vidas habían sido rasgadas, eras la voz de nuestro país y arrullabas a aquellos que sufren“, resonó para después convertirse en el sencillo más vendido.

Y emocionó hasta las lágrimas a sus hijos, Guillermo y Enrique, de 15 y 12 años, que hasta ese momento parecían imperturbables frente a la solemnidad protocolar y cuya máxima expresión había sido escrita: una tarjeta con una gran y sola palabra, Mummy, que el mundo entero advirtió encima del ataúd.

Las cámaras mostrarían al tenor Luciano Pavarotti con su típico pañuelo blanco secando, esta vez, su llanto. El tema tocó la fibra de muchos de los asistentes a la ceremonia funeraria, entre los que se encontraban Margaret Thatcher, Henry Kissinger, Bill Clinton, Jacques Chirac, Tom Hanks, Nicole Kidman, Steven Spielberg, George Michael, Sting, Richard Attenborough, Giorgio Armani, Valentino y miembros de las casas reales europeas.

Reveladores secretos

Transcurridas dos décadas, sus hijos han decidido hablar y compartir sus más íntimos recuerdos con la audiencia en Diana, nuestra madre: su vida y su legado, documental de ITV y HBO, que también transmitirá TVE, en el que se recriminan lo poco que hablaron por teléfono con su mamá la noche que murió por darse prisa para continuar jugando con sus primos en el Castillo Balmoral, en Escocia.

“Esa llamada telefónica se me ha quedado grabada en la mente”, dice Guillermo, duque de Cambridge, ya a sus 35 años. “Lo único que recuerdo es lamentar por el resto de mi vida lo corta que fue la conversación”, lo secunda un todavía no resignado Enrique, quien da un paso adelante al confesar que “siendo niño, nunca disfruté hablar con mis padres por teléfono”, porque era lo que más hacían, debido al divorcio y la retahíla de escándalos que le sucedieron.

Ambos la recuerdan con un formidable sentido del humor, riéndose a carcajada limpia, por lo que el príncipe Guillermo no tiene la menor duda de que, además de la mejor mamá, hubiese sido una “abuela encantadora” y así se lo repite a sus hijos.

Ellos, quienes divulgaron en las redes fotos nunca antes vistas de su archivo personal, lamentan el continuo asedio que sufrió su madre por parte de los paparazzi, que incluso siguieron el coche aquel día fatal en que falleció a sus escasos 36 años y todo por conseguir una imagen. “Si eres la Princesa de Gales y eres madre, no creo que sea apropiado que te persigan 30 hombres en moto que bloquean tu camino, que te escupen para hacer que reacciones y que quieren hacer que esta mujer llore en público para conseguir una fotografía”, expresa Guillermo.

Incluso luego de fallecida no dan tregua, por lo que la controversia en torno al papel y la ética de los medios se ha avivado en el mes del aniversario de su partida con el estreno en el Canal 4 británico de Diana: en sus propias palabras.

Su plato fuerte, quizá demasiado para sus hijos, lo constituyen las conversaciones informales de Diana con su entrenador de oratoria, Peter Settelen, grabadas entre 1992 y 1993, en las que ventila detalles y oscuros secretos como que recordaba su boda como “el peor día de mi vida” y que antes de casarse sólo había visto a su esposo en 13 oportunidades.

La noche anterior al matrimonio, de acuerdo con la biografía Príncipe Carlos: Las pasiones y paradojas de una vida improbable, de Sally Bedell Smith, el heredero al trono no paró de llorar. Después la historia sería conocida. En un titular del sensacionalista Daily Mail se ha llegado hasta leer: “Charles y Diana no tuvieron sexo por siete años”.

“Si pudiera escribir mi propio guión, haría que mi marido se fuera con su mujer y nunca volviera”, se escucha en el documental. Ciertos fragmentos de estos ejercicios de voz en los que habla cándida y abiertamente fueron vistos en Estados Unidos en 2004 en la cadena NBC, pero no habían sido transmitidos en Reino Unido hasta el pasado 6 de agosto.

De hecho, se intentó impedir su difusión. Para el abogado de Settelen, Diana sabía que su entrenador “no era su sacerdote, doctor, terapeuta o abogado”, por lo que entonces no habría secreto de confesión alguno. Pero lo cierto es que fueron grabadas para ayudarla a actuar en público y de ningún modo para aparecer públicamente y menos después de 20 años de muerta. El canal lo ha presentado como una contribución al registro histórico.

Lady Di confiesa que era rebelde y que no debía jugar con fuego pues podía quemarse. Débil y fuerte a un tiempo, su infelicidad matrimonial la llevó a la bulimia y a intentos de suicidio, como cuando movida por la depresión se dejó caer, embarazada de 4 meses, por las escaleras para llamar la atención de su marido, sin poder ni siquiera así lograrlo. Tampoco la reina Isabel II mostraba interés en torno a su sufrimiento. Era despachada bajo la etiqueta de inestable.

Entre el glamour y la pena

Cautiva de las principales portadas de diarios y revistas, la Princesa Diana se convirtió en todo un icono de la moda, desde sus primeros trajes más clásicos hasta los más atrevidos. Marcó estilo con una elegancia no desprovista de desparpajo.

Es frecuente recordarla con ese largo vestido de terciopelo azul con el que bailó en la Casa Blanca con John Travolta en 1985, del diseñador Víctor Edelstein, uno de sus favoritos, quien afirmaba que ella parecía muy vulnerable. Fue subastado tras su muerte por 240.000 libras esterlinas y este año exhibido en Diana: Her Fashion Story, una muestra en el Palacio Kensington en la que pueden admirarse otros como aquel traje blanco que utilizó en 1989 y que rememoraba a Elvis Presley.

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Imagen promocional de la exposición Diana: Her Fashion Story | Imagen vía Kensington Palace

Su imagen ha sido estampada en camisetas, como la que lució el año pasado Rihanna, quien se ha declarado obsesionada por quien considera la mejor; al igual que Lady Gaga, de quien se ha llegado a decir se ha sentido la reencarnación de Lady Di, a la que definió como la más icónica mártir de la fama y que sirvió de inspiración para Paparazzi.

A decir de sus trajes, “la Reina de los Corazones” llevaba una vida glamorosa, pero en el interior la pena estaba siempre presente. De niña se sabía diferente a los demás y sentía que algo importante le depararía el destino.

Pese a que la policía investigó la muerte y aseguró que no existe indicio de conspiración para asesinarle, Mohamed al Fayed, padre de Dodi al Fayed, ha insistido en que no se trató de un accidente y ha apuntado hacia el servicio de inteligencia británico como responsable debido a que no podía dejar que Diana formalizara su unión con un musulmán y menos aún si estaba embarazada, como se especulaba, por ser ella la madre de quien en algún momento se espera sea el futuro rey.

El conde Charles Spencer, también crítico, ha señalado: “Siempre creí que la prensa al final la mataría. Parecería que cada dueño y cada editor de cada publicación que ha pagado por fotos intrusivas que explotan su imagen, alentando a individuos avaros y despiadados que arriesgan todo para conseguir una fotografía de Diana, tienen hoy las manos manchadas de sangre”.

Ilusiones, romance, glamour, engaño, intentos de suicidio, depresión, bulimia y hasta denuncias de complot, ingredientes estos todos de una historia que, aunque real, roza la telenovela. La eterna Lady Di, tan amada por las cámaras, nunca logró ser feliz del todo y eso que tenía el mundo entero a sus pies.

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Binky, la red social que te desengancha de las redes sociales

Redacción TO

Foto: Unsplash

El FOMO (Fear Of Missing Out, en inglés “miedo a perderse algo”) se apodera de nuestras vidas digitales. Para calmarlo, las redes sociales hacen las veces de la droga más extendida en el planeta, la que causa la adicción al móvil. No importa en qué situación estemos que el móvil está siempre con nosotros. Bueno, excepto en la ducha, pero quién sabe qué será de eso dada la proliferación de dispositivos resistentes al agua.

La adicción al móvil, que se revela en la fobia conocida como “nomofobia”, es definida como “el miedo irracional a salir de casa sin el teléfono móvil”. Pero es mucho más que eso. Es sentir el vacío al no mirar un feed, no dar un like, no comentar una foto o no contestar a un mensaje de WhatsApp. Un contacto inexistente con un dispositivo móvil puede generar verdaderas situaciones de estrés e incluso episodios de ansiedad en los casos más extremos.

Este no es un problema aislado, sino uno que empieza a tornarse en pandemia. Según datos del Centro de Estudios Especializados en Trastornos de Ansiedad (CEETA), el 96% de los españoles tiene móvil (muchos más que en grandes países como Estados Unidos, China o Francia); entre ellos, más del 26% tiene incluso dos móviles y el 2% de la población llega a tener hasta tres. Y muchos de ellos no escapan a la nomofobia.

Tiempo ocupado y ningún contenido generado

Uno de los grandes problemas de esta adicción es que generamos más contenido del que muchos quisiéramos. Un solo ‘me gusta’ o un tuit pueden ser un pasatiempo pero quedan como contenido generado en la red para siempre. Aunque lo borres, cualquier contenido vertido sobre una red social pertenecerá a ésta durante una eternidad. Binky es la app para pasar el tiempo y saciar esa ansiedad de móvil sin generar un solo contenido. Si lo pensamos bien, muchas veces cuando cotilleamos Facebook o Instagram no buscamos nada en especial, ni siquiera prestamos demasiada atención a lo que vemos. Lo hacemos como por inercia. Binky puede darnos una alternativa a esos ratos muertos y sin aportar un solo dato sobre nosotros.

En la App Store de Apple -en la de Android estará disponible próximamente- se puede encontrar esta aplicación, cuyo lema reza Satisfy your phone cravings (algo así como “satisfaz tus antojos telefónicos”). Según su creador, Dan Kurtz, la aplicación nació como una sátira de las grandes redes sociales, pero su utilidad ha ido cobrando mayor relevancia. “Empezó como una broma”, asegura su desarrollador, pero ahora es mucho más que eso. “Facebook supone demasiada ira, estrés y tristeza, pero quieres hacer algo con tu teléfono. Binky resuelve este problema, es el lugar donde puedes hacer scroll down por algo, pero nada en particular”, defiende Kurtz.

Binky, la red social que te desengancha de las redes sociales
“Esta app te hace sentir que estás usando tu teléfono”, dice la presentación de la aplicación. “¡Nada de lo que hagas aquí hace nada real. Nada importa. ¡Experimenta la libertad!”, añade. | Imagen: Binky

Básicamente, Binky no hace nada. Es un espejismo de red social, en la que puedes hacer casi todo lo que haces en otras, como favear contenidos, comentar (de una forma muy curiosa), e incluso deslizar a izquierda y derecha si te gusta un contenido al más puro estilo Tinder. Lo tiene casi todo: sólo falta la parte en la que nosotros, usuarios, compartimos con una megacorporación nuestros datos, ideas, fotos, vídeos y casi el alma.

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Binky será tu aplicación favorita. | Imagen: Binky / The Objective

Su feed es una aleatoria colección de imágenes libres de derechos, sin relación aparente entre ellas, y con títulos sencillos. Algunas son muy curiosas, por lo que puede ser más divertido que dar un paseo por Tumblr. Sacia tus ganas de ver y tocar contenidos sin venderte y pasa el rato con Binky, la aplicación que no hace nada y no pasa nada.

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Cualquier función de las redes sociales más famosas está presente en Binky. | Imágenes: Binky

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