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6 momentos clave para sentir los Sanfermines

Marta Ruiz-Castillo

Foto: SUSANA VERA
Reuters/Archivo

“Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio San Fermín, a Pamplona hemos de ir…”. Seguro que has cantado más de una vez esta melodía aunque nunca hayas acudido a los Sanfermines. Una de las fiestas más conocidas y populares dentro y fuera de España comienzan este jueves con el Chupinazo. Durante una semana, las calles de Pamplona son un constante ir y venir de personas de todas las nacionalidades. San Fermín es mucho más que sus encierros, San Fermín es impregnarse de una tradición que se remonta al siglo XII.

El Chupinazo

La plaza del Ayuntamiento de Pamplona acoge cada año el 6 de julio a decenas de miles de personas que esperan el famoso Chupinazo con el que el consistorio inaugura las fiestas en honor a su patrón – que comparte con San Francisco Javier. “Pamploneses, pamplonesas, ¡viva San Fermín!”. Esta es la frase mágica que es recibida cada año con júbilo y gritos de “¡Viva San Fermín!” coreada por los asistentes. Vestidos de blanco y mostrando el tradicional pañuelo rojo, al acabar el acto se lo anudan al cuello, convirtiéndolo así en compañero inseparable durante los siguientes siete días. Hasta 2016 la persona encargada de lanzar el cohete desde el balcón era un miembro del Ayuntamiento. Ahora el chupinazo recae en un ciudadano elegido mediante votación popular de asociaciones vecinales.

Siete claves para disfrutar de los sanfermines
El Chupinazo marca el comienzo de los Sanfermines | Foto: Vincent West / Reuters

Los encierros

Si por algo son conocidos los Sanfermines es por los encierros, emblema de esta fiesta. El primero se celebra el mismo 7 de julio, coincidiendo con la festividad de San Fermín. Cada año, las televisiones de todo el mundo, fotógrafos llegados desde todos los rincones, muestran esta intensa y en ocasiones accidentada carrera de 848,6 metros por las estrechas calles de Pamplona que finaliza en la plaza de toros. A los expertos mozos que cada año corren delante de los morlacos y los cabestros, se suman numerosos turistas con más o menos pericia que quieren experimentar, aunque sólo sea una vez, qué se siente al correr delante de seis imponentes astados. Los encierros comienzan a las 08.00 horas de la mañana desde el tramo de Santo Domingo. Antes de que suelten los toros, los mozos cumplen con el tradicional cántico ante la imagen de San Fermin para pedir protección al santo en castellano y en euskera.

“A San Fermín pedimos,
por ser nuestro patrón,
nos guíe en el encierro
dándonos su bendición”.

Para correr los encierros hay que tener en cuenta unas normas, fundamentales para garantizar la seguridad de todos los participantes, dada su peligrosidad, como advierten las autoridades. Agentes de la policía local puede sacar del tramo de la carrera a quien no cumpla con dichas medidas de seguridad.

Siete momentos para disfrutar de los sanfermines
Corredores en el quinto encierro de los Sanfermines de 2016 | Foto: Susana Vera / Reuters

El Encierrillo

Pocas personas saben que la noche anterior a cada encierro se desarrolla el conocido como Encierrillo que consiste en trasladar los toros que van a protagonizar el encierro del día siguiente a los corrales de Santo Domingo desde los Corrales del Gas. La peculiaridad de este momento en plena fiesta es que se realiza en absoluto silencio con objeto de evitar alterar a los toros y cabestros, que son conducidos por los pastores a lo largo de apenas 300 metros. Hay pases diarios limitados a un reducido número de personas que tienen expresamente prohibido hacer fotos con flash.

Actos religiosos en torno al santo

Quizá no sean muchos los turistas que acuden a Pamplona en Sanfermines pensando en participar en ceremonias religiosas que se conmemoran en torno al santo. Convertido en símbolo de la ciudad para la mayoría de sus vecinos, durante la semana hay tres importantes actos religiosos en la capital navarra que suelen estar muy concurridos.

Vísperas: A las 20.00 horas del día 6 se celebra en la capilla de San Fermín de la Iglesia de San Lorenzo una misa con presencia de la corporación municipal, vestida con el tradicional traje de gala.

Procesión: el 7 de julio es el día del santo y se celebra “una de las tradiciones más arraigadas de los Sanfermines, ya que su origen data del siglo XII”, según el Ayuntamiento . Los miembros del consistorio se visten de nuevo de gala y junto al Cabildo de la catedral acuden a la iglesia de San Lorenzo para recoger la talla de San Fermín y sacarla en procesión por las calles del centro de la ciudad. Durante el trayecto el santo va a compañado por “gigantes y cabezudos, txistularis, dantzaris, timbaleros, representantes de los gremios históricos, la Hermandad de la Pasión y la Congregación Mariana y la banda municipal de música La Pamplonesa”. Como en las mejores procesiones también hay espontáneos que se arrancan con coplas o jotas dedicadas al patrón. Tras la procesión se celebra una solemne misa en la iglesia. Como colofón a este día, la catedral acoge el conocido como “el momentico”, en el que los gigantes bailan al son de txistus y gaitas, mientras suenan las campanas.

Octava: el 14 de julio a las 10:45 horas se celebra el tradicional acto religioso en la capilla de San Fermín con el que se pone fin a las fiestas, que se remonta a 1689.

Cinco claves para disfrutar de los sanfermines
La talla de San Fermín procesiona cada año por las calles de Pamplona el 7 de julio | Foto: Eloy Alonso / Reuters

Las Dianas

Si los encierros son el símbolo de los Sanfermines, uno de los acontecimientos más populares de estas fiestas son las Dianas. Cuando muchos de los vecinos y turistas aún no se han acostado o están a punto de hacerlo tras una larga noche de diversión, a las 06.45 horas de la mañana la banda municipal La Pamplonesa recorre el casco antiguo interpretando cuatro partituras sin descanso, conocidas como las Dianas.

Pobre de mí

Tras una intensa semana de diversión, encierros, corridas de toros, bailes, conciertos y poco descanso, el 14 de julio a las doce de la noche llega el momento de la despedida con el tradicional ‘Pobre de mí’ con el que se dan por concluidos los Sanfermines.

Miles de personas se congregan en torno al Ayuntamiento para cantar “Pobre de mí, pobre de mí, que se han acabado las fiestas de San Fermín”, con sus pañuelos aún anudados al cuello y portando una vela encendida en la mano, para escuchar al alcalde que, desde el balcón, se despide de todos hasta el año siguiente.

Seis momentos clave para sentir los Sanfermines
El ‘Pobre de mí’ pone fin a los Sanfermines | Foto: Susana Vera / Reuters

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El caso en contra de la izquierda

Axel Capriles

Foto: Palacio de Miraflores
Gobierno de Venezuela

Venezuela se ha convertido en una papa caliente para la izquierda política.
Es un caso embarazoso, incómodo. A pesar de que ser de izquierdas es un
significante vacío y el término nacido del lugar en que se sentaron los diputados franceses con respecto al presidente de la Asamblea Nacional Constituyente del 14 de julio de 1789 ha perdido todo sentido en los tiempos contemporáneos, una especie de atonía o inercia intelectual hace que la gente de izquierdas se vea a sí misma como progresista. No es inusual escuchar a miembros de partidos socialistas definirse como reformistas, vanguardistas, democráticos, plurales, a declarar como valores propios la igualdad, el pacifismo, la honradez, el altruismo, la defensa de los menesterosos, el ecologismo. Venezuela aparece, entonces, en el escenario mundial para poner en duda todos esos principios, como evidencia empírica del fraude y fracaso del socialismo, como prueba fehaciente del engaño ideológico. Si la revolución cubana ya había servido como demostración suficiente, la revolución bolivariana actualizó y descubrió de manera burda y escabrosa la devoradora pasión que utiliza los ideales más excelsos para asaltar y preservarse en el poder.

Vista la trama de corrupción urdida por la izquierda latinoamericana, la red
de cohechos entre Hugo Chávez, Ignacio Lula da Silva, Néstor y Cristina Kirchner, Evo Morales y Daniel Ortega, ser de izquierdas en América Latina ha pasado a significar ser autoritario, corrupto y farsante, ser depredador de su propio país. Venezuela es la yaga, el espejo en el que deben reflejarse los cómodos coqueteos con las veleidades revolucionarias. Ser de izquierdas significa saquear al pueblo en nombre del pueblo, empobrecer a la gente para dominarla, darle dádivas para subordinarla. El Socialismo del siglo XXI arrasó con los medios de producción y la economía hasta producir una rara especie de escasez y hambre en medio de una abundancia y riqueza natural poco frecuente. No sólo repotenció el personalismo y el caudillismo, sino que comerció con la dignidad humana y desintegró la hebra y los nudos que constituyen la trama social. La revolución bolivariana hizo realidad las profecías fatalistas de Simón Bolívar en su carta al general Juan José Flores, en 1830: “este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad…” volverá al caos
primitivo.

A pesar de que el caso Venezuela luce una caricatura, más que una
realidad, y se ha convertido en un compendio de los vicios humanos ocultos tras una doctrina política, su ejemplo ha servido para desenmascarar la sustancia de la izquierda política: ser el escondrijo de los complejos históricos y las fuerzas regresivas de la sociedad. Si la política es un terreno marcado por la distancia entre la palabra y los hechos, la izquierda es su más eximio representante. Lejos de ser una vanguardia reformista, los partidos socialistas, aún los más democráticos y modernos, defensores del Estado prestacional, son los principales obstáculos de la sociedad abierta capaz de auto-organizarse y auto-regularse al margen del dominio del Estado. Son el impedimento para el ajuste de la sociedad a los avances tecnológicos, la innovación y la evolución de la consciencia.

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El ciudadano lee

Valenti Puig

Foto: MIGUEL VIDAL
Reuters/Archivo

La política a golpe de “twitter” subordina aún más el ejercicio de la ciudadanía al todo a un euro o al “fast-food”. De forma más súbita que paulatina, dejamos de leer. Aunque un poco más comedido en los últimos tiempos, Donald Trump tuitea ahí donde Demóstenes o Lincoln recurrían a la grandeza de la palabra. Entre las últimas patologías tan agresivas del “twitter”, el nuevo director de los “mossos d’esquadra” en Cataluña hace un año tuiteó que ya era hora de irse de España porque los españoles le daban pena. ¿Qué historia de España habrá leído? ¿Conoce los artículos fundamentales de la Constitución de 1978? ¿Ha leído algo de provecho en toda su vida de agitador independentista?

Nuevos planes para la promoción de la lectura aparecen y reaparecen sin más resultado que la fotografía del político que la lanza, sin más beneficio que el de quienes lo organizan como “marketing” de un evento y con un coste económico tan estéril como erosivo para el dinero público. Así pegamos calcomanías de versos en los cristales del metro, repartimos versiones “soft” de Esquilo y explicamos los lugares comunes de la lectura a adolescentes que están más pendientes de su iPhone. Al hablar del sistema educativo finlandés como modelo a veces se deja de lado que la buena competencia lectora de los alumnos finlandeses algo tiene que ver con el vasto sistema bibliotecario finlandés, muy bien interconectado, de acceso fluido, hasta el punto de que el 80 por ciento de los finlandeses hacen uso regular de las bibliotecas.

También se olvida que en la Europa del siglo XIX, especialmente en Gran Bretaña, la novela era entretenimiento y a la vez un canal para la transmisión de las ideas reformistas. Por ejemplo: viajar en tren duplicó la demanda de novelas y sí fue como aparecieron las librerías en las estaciones ferroviarias, hasta el punto de que en Francia –por ejemplo- surgió una “littérature de gare”, asequible, de lectura placentera aunque con un nivel de estilo que hoy no mantienen ni los autores más celebrados. En la “littérature de gare” se transmitía más una idea del goce que una idea de la reforma. Todo eso desembocó en uno de los grandes inventos del siglo XX que fue el libro de bolsillo.

Las cosas han cambiado. No se ven lectores de libros ni en los trayectos de Vueling ni en los vagones del AVE. Prácticamente, tampoco se ven lectores de prensa. En los chiringuitos de estación hay más chuches que incentivos para la lectura. Sin embargo, la ciudadanía consiste en conocer los problemas de la
sociedad en la que uno vive –algo que favorecían las novelas decimonónicas- y contrastar las distintas formas de solventarlos. ¿Cómo conocer y contrastar según simplifiquen las mínimas pulsaciones de un “twitter”? A diferencia del nuevo director de la policía autonómica de Cataluña, un ciudadano lee. Con
Gutenberg llegó la posibilidad de libre examen. Era una práctica hoy obsoleta, especialmente cuando se es director de los “mossos d’esquadra”.

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El Perro

Daniel Capó

Foto: ALBERT GEA
Reuters/Archivo

Cuenta Raül Garrigasait en su ensayo El gos cosmopolita i dos espècimens
més
(Acontravent, 2012) que el viejo filósofo griego Diógenes el Perro fue el primero en pronunciar la palabra “cosmopolita”, esto es, en definirse como “ciudadano del mundo”. El sentido, de todos modos, era muy distinto al actual: no se refería a la alta cultura que se contrapone a un provincianismo de horizonte estrecho, como solemos hacer hoy en día. Se trataba más bien de una provocación hecha en tono de burla que rechazaba la política, las leyes, la civilización y, en definitiva, todo lo que caracteriza la vida pública. Cosmopolitas serían entonces los animales y las plantas, según explica con brillantez Garrigasait: «El hombre –leemos en el libro, interpretando las palabras del Perro– es el animal que ha tenido la desgracia de ser más que un animal. Eliminar este más resulta necesario para ser un verdadero cosmopolita a la manera de Diógenes».

Sin embargo, ese más contiene la clave de toda experiencia humana. Es el más que mueve a Ulises y a Alejandro; pero también a Sócrates, a Heródoto, a Aristóteles y a Platón. Es el más que canta la sabiduría hebrea en un versículo memorable del Salmo 18: “et eduxit me in latitudinem” (“y me sacó a espacio abierto”). Salir a espacio abierto, no dejarse aprisionar por las servidumbres del presente o del pasado; de la geografía, de las clases sociales, de la mediocridad o de las circunstancias; de las limitaciones de la educación o de la cultura. Es el más que nos invita a ser mejores y que nos hace cosmopolitas. Porque quizás la auténtica definición del cosmopolitismo no sea la original del griego Diógenes, sino la que es consecuencia de la Historia y nos arraiga en la universalidad de la experiencia humana. Y por eso mismo, con el salmo, el cosmopolita anhela salir a un espacio abierto que no sea sólo el de nuestra estricta tradición, sino la tierra fértil de todos los siglos.

Continua leyendo: Errejón y cierra España

Errejón y cierra España

Gonzalo Gragera

Foto: PIERRE-PHILIPPE MARCOU
AFP PHOTO

Aunque la RAE, ejercicio de mérito notable, haya provocado un debate –mediático, ¡mediático!- entre filólogos, y en pleno verano, la noticia política de esta semana es el acuerdo que firmaron en el Congreso las cúpulas del PSOE y de Podemos. Un acuerdo que busca afinidad ideológica, puntos en común, entre dos partidos no tan semejantes como pudiera parecer, vista primera, al ciudadano medio. Las medidas con las que ambos partidos mostraron su colaboración son, como se puede imaginar, de carácter social; es decir, mayor prestación de becas, aumento del gasto público para contribuir al empleo entre los jóvenes, medidas de emancipación, etc. Lo que cualquier dirigente de aspiración socialdemócrata desea. Pero no todo fue concordia. La distancia llegó en cuanto se habló de Cataluña. Mejor: del referéndum que los nacionalistas e independentistas catalanes plantean para el 1 de octubre. Las discrepancias, siempre presentes entre ambos partidos en cuanto el derecho a decidir decide aparecer, son, por ahora, insalvables. Ante estas diferencias respecto del nacionalismo catalán, optan por el silencio: lenguaje que en la política, al igual que en la literatura, es clave para entender una parte del todo.

El coqueteo de Podemos con las formaciones nacionalistas, y sus intereses, es de sobra conocido. Jamás se han pronunciado sobre las dos preferencias que permite el asunto, aunque seamos fan de la casuística y de la alternativa: o se está por el cumplimiento de los preceptos constitucionales o se está por el referéndum, que es la vulneración de la legalidad vigente y la apuesta por el juego del arbitrio de un partido, de hago esto porque me da la gana, sin respeto ni consideración a los límites de la norma. De esa tímida postura, ellos, tan vehementes y convencidos en otras, estos lodos. O estos desacuerdos. La oposición conjunta con el PSOE, un camino que bien podría traer votos y escaños, y lo más importante, progreso, se torna un imposible.

Sobre nacionalismo, patriotismo y sus formas ha hablado Errejón, quien sigue a la sombra del pensamiento de su partido, acaso el papel más interesante en el poder. ¿Alguien dudaba de que su figura iba a ser sustituida o desplazada? Errejón ha propuesto un patriotismo fuerte y desacomplejado desde ideas progresistas y democráticas. Lo que se percibe de estas inclinaciones, dada la trayectoria, es una llamada al patriotismo como un elemento de cohesión populista. Como lo fue en el peronismo. Como en aquellas marchas de la dignidad, perfectamente orquestadas en tiempo y forma. Un valor, dignidad, al que le atribuimos un referente, nuestras siglas. Por tanto, quien no apoye esa manifestación no estará a favor de un valor como la dignidad, valor que representa, en el ideario de Podemos, su partido. Aunque sea, evidente, universal y ajeno a una determinada política. Con la idea de patriotismo de Errejón sucedería algo similar: ellos representarían el valor de España, del pueblo –el apelativo cursi e idealista de sociedad-, enfrentado con otros que han ensuciado, corrupción y paro mediante, su nombre.

Raro es el populismo que convence sin un elemento nacionalista o de patriotismo emocional. La patria como propiedad de un pueblo que se encuentra en un eje opuesto al de una casta de dirigentes que han llevado a su nación al abismo. Errejón lo sabe. Y va a empezar, se masca la estrategia, por ahí. Más aún cuando necesitan despojar su prejuicio patriótico en relación con un PSOE que le pide una vuelta de tuerka, con K. Errejón es un inamovible, una santidad de su cúpula. Ahora que se acercan las fiestas de Santiago, habrá que cambiar la popular consigna medieval: Errejón y cierra España. O cierta España.

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