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Siete cervezas sin gluten

Lidia Ramírez

¿Celíaco? ¿Dieta restringida? Ya sea por necesidad o como estilo de vida, no hay duda de que un número creciente de personas están eliminando el gluten de su dieta. Pan sin gluten, leche sin gluten, chocolate sin gluten… Y, como no, los cerveceros están tomando nota y ya hay una buena variedad de cervezas sin esta proteína para que todo el mundo pueda disfrutar de una pinta bien fresquita con el mismo sabor, aroma y cremosidad y a precios para todos los bolsillos.

Proceso de elaboración de cerveza sin gluten

La mayoría de las cervezas se elaboran con malta de distintos cereales. Lo normal, y si no se especifica nada, es que sea de cebada, desde un 100% malta hasta bajar a un 40%, informan desde Celíacos en Acción. El resto puede ser otro cereal malteado o en crudo, ya como adjunto. También se elaboran cervezas a partir de otros granos diferentes como el trigo, mijo, centeno, avena, arroz, sorgo o maíz.
Para hacer una cerveza sin gluten (conjunto de proteínas que se encuentran en cereales de espiga como el trigo, cebada, centeno y avena) se pueden seguir dos procedimientos:
  • El primero es hacerla a partir de un cereal que pueda maltearse y que no contenga gluten (quinoa, mijo…). El problema de este método, que a priori puede resultar más sencillo, es que el cuerpo y sabores que aportan otros cereales son sustancialmente diferentes por lo que el producto final no tendría el sabor de una cerveza tradicional.
  • El segundo es degradar el gluten de la cebada o el trigo a través de un proceso de hidrólisis – descomposición de sustancias orgánicas por acción del agua – para hacerlos aptos para su consumo por personas que no lo toleran. Éste el método más usado en las cerveceras.
(Ilustración: Daura Damm)
(Ilustración: Daura Damm)

1. Cerveza Ambar

La cervecera aragonesa lanzó en 2008 una de las primeras referencias para celíacos del mercado y en 2011 la única cerveza sin gluten y sin alcohol del mundo. Además, mantiene el mismo precio que su cerveza normal, aunque el proceso de elaboración suponga un incremento razonable, 1,32 euros/litro.

La empresa cervecera cuenta también con la versión Ambar Green, la primera cerveza del mundo apta para celíacos sin alcohol, y todas ellas con presentación en botella de cristal y también en lata.

Estilo: Lager. 5,2% alcohol.

(Foto: Ambar.com)
Cerveza Ambar fue la primera sin gluten y sin alcohol del mundo. (Foto: Ambar.com)

2. Estrella Galicia

La versión sin gluten de Estrella Galicia se obtiene a través de un proceso totalmente novedoso que consiste en la aplicación de una enzima tras su elaboración, lo que permite que Estrella Galicia sin gluten tenga exactamente las mismas características que el producto original, refleja la compañía en su web. Estrella Galicia sin gluten se presenta en botellas no retornables de 33 cl. con tapón abre-fácil, en paquetes de cuatro unidades, y es fácil encontrarla en supermercados y hostelería.

Estilo: Lager. 5,5% alcohol.

(Foto: Estrella Galicia.es)
La versión sin gluten de Estrella Galicia se obtiene a través de un proceso totalmente novedoso. (Foto: Estrella Galicia.es)

3. Mahou Cinco Estrellas

Aunque parezca increíble, Mahou Cinco Estrellas es clavada a la original, la que lleva todo el gluten de la malta de cebada. Además del sabor, la nueva Mahou sin gluten mantiene los rasgos y procesos de elaboración característicos de su hermana mayor, que nació en 1969. Utiliza las mejores variedades de lúpulo y levadura para obtener esta cerveza dorada, cremosa, con un aroma afrutado y apta para celíacos. Y un dato muy relevante: se vende al mismo precio que la normal, en supermercados y tiendas, 1,60 euros/litro.

Estilo: Lager. 5,4% alcohol.

(Foto: Mahou.es)
Mahou sin gluten se vende al mismo precio que la normal. (Foto: Mahou.es)

4. San Miguel

Color amarillo ligero con suaves toques dorados, espuma blanca y cremosa. Aromas intensos a limón natural y limonada mezclados con toques de cereal tostado y especias de lúpulo. “Entrada ligeramente dulce y muy refrescante, con buena acidez, al final deja un recuerdo cítrico y amargo, equilibrado y refrescante”.  Los seguidores de la San Miguel no notarán la diferencia. El resultado de su creación es tan acertado que San Miguel Sin Gluten  fue galardonado producto del año en la categoría de ‘Cervezas con alcohol 2016’, por ser la primera cerveza apta para celíacos  que “mantiene todo el sabor de su versión original especial”.

Estilo: Lager. 5,4% alcohol.

(Foto: San Miguel.es)
San Miguel sin gluten fue catalogado en 2016 producto del año en la categoría de Cervezas con Alcohol. (Foto: San Miguel.es)


5. Daura Damm

Daura es la primera cerveza sin gluten que salió al mercado en España, a finales de 2006. Se trata así, de la primera compañía cervecera que ayudó a normalizar la vida social de las personas celíacas – se calcula que unas 500.000 personas, un 1% de la población, son celíacas –. Estrella Damm apta para celíacos contiene el mismo nivel de alcohol que la clásica (5,4 %), pero los niveles de gluten de esta cerveza han sido reducidos al máximo.

Estilo: Lager especial. 5,4% alcohol.

(Foto: Daura Damm.com)
Daura, la primera cerveza sin gluten que salió al mercado en 2006. (Foto: Daura Damm.com)

6. Daura Märzen

En 2014, Damm lanzó Daura Märzen: la primera doble malta sin gluten. Es una cerveza diferente y especial, que tiene “más fuerza, cuerpo y sabor, pero la misma garantía de calidad que Daura”, apunta la compañía en su web. Esta cerveza posee un sabor más intenso y su contenido alcohólico es también mayor, por encima de los 7º.  Al igual que Daura, contiene menos de 3ppm de gluten.

Estilo: Lager. 7,2% alcohol.

(Foto: Daura Damm.com)
Daura Märzen en la primera doble malta sin gluten. (Foto: Daura Damm.com)

7. Dorada Pilsen

La Compañía Cervecera de Canarias ha sido la última en lanzar (a principios de junio de 2016) su Dorada Pilsen Sin Gluten. Se trata de la única cerveza en España que cuenta con una doble certificación de garantía concedida tanto por la Federación de Asociaciones de Celíacos de España (FACE) como por el Sistema de Licencia Europeo (ELS) a través de la Association of European Coeliac Societies (AOECS), materializado con el sello Espiga Barrada. Es una cerveza que “mantiene todo el sabor de la tradicional de Dorada Pilsen”, ya que contiene los mismos ingredientes, pero que puede ser consumida por las personas que padecen la enfermedad porque se han reducido los niveles de gluten al mínimo y “se asegura la ausencia de cualquier tipo de contaminación cruzada” en el proceso de elaboración.

Estilo: Pilsen. 6% alcohol.

(Foto: Compañía Cervecera de Canarias)
Dorada Pilsen es la única cerveza en España que cuenta con una doble certificación de garantía. (Foto: Compañía Cervecera de Canarias)

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La Transición española terminó con Barcelona 92

Cecilia de la Serna

Foto: EFE
EFE

Casi 17 años separan la muerte de Franco en el 75 y la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, que este 25 de julio celebran sus bodas de plata. En esos 17 años, España se esforzó por abrirse al mundo, por dar a entender que los años más oscuros de la dictadura franquista eran algo del pasado y, en definitiva, por parecer algo menos paleta. La gran oportunidad de hacerlo llegó en 1992, gracias a la trascendencia internacional de grandes eventos como la Expo de Sevilla y, especialmente, por la celebración de los Juegos Olímpicos en la ciudad condal.

La Transición española terminó con Barcelona 92
Las mascotas de la Expo 92 de Sevilla, “Curro”, y de las Olimpiadas de Barcelona 92, “Cobi”, posaban juntas en el recinto de la Exposición Universal de Sevilla. | Foto: Efe

De camino al sueño olímpico

El propio recorrido de Barcelona hasta ser sede olímpica es una muestra de la voluntad conjunta de enseñar al mundo una España diferente, más moderna y libre. Frente a Barcelona competían otras ciudades, algunas entonces con más nombre y peso como París o Ámsterdam, que sin embargo no lograron batir a lo que representaba el milagro español post franquista.

Antes de 1992, Barcelona había sido candidata para los Juegos Olímpicos de 1924, 1936 y 1940, candidaturas de las que había salido sin pena ni gloria. Narcís Serra, quien ocupó la alcaldía barcelonesa del 79 al 82 -años clave de la Transición-, fue el que inició un proceso que pasó, primero, por la autorización del rey Juan Carlos I y, después, por la aprobación popular en masa de los barceloneses. El sueño olímpico fue transformándose en una probabilidad muy clara gracias a la euforia generalizada y a una importante trama diplomática.

Por entonces presidía el COI el español Juan Antonio Samaranch, quien sin duda jugó un papel fundamental en la elección final de Barcelona para acoger el evento más grande del planeta y quien, después de la clausura, llegó a afirmar que habían sido los mejores Juegos de la era moderna. Fue él el encargado de anunciar en Lausana, en un perfecto francés, que la segunda ciudad más grande de España organizaría los Juegos tras una no muy apretada lucha con la capital gala. Ya estaba hecho, y Barcelona se tornó en una fiesta. El comité de la candidatura voló rápido de vuelta hasta el Prat para poder festejar con los barceloneses este gran hito por las calles de la ciudad. “Aquello que es bueno para Barcelona es bueno para Cataluña y aquello que es bueno para Cataluña es bueno para España”, gritó al mundo el entonces alcalde de la ciudad condal, Pasqual Maragall. Todos incluidos, todos contentos. Desde los que formaron parte de ese comité inicial recuerdan a menudo que la idea que primó es que fueran los Juegos los que estuvieran al servicio de Barcelona, y no al revés.

España mira cara a cara al mundo

El reto que presentaba la celebración de estos Juegos era mayúsculo. Por un lado, la organización española debía ser capaz de mostrarse segura y seria, superando todos los clichés que allende de nuestras fronteras tenían –y todavía mantienen- sobre los españoles, y por otro debía ser capaz de sorprender al mundo. No es de extrañar que la organización del evento invirtiera tanto tiempo, esfuerzo y dinero en crear un auténtico espectáculo de primera para inaugurar y clausurar los Juegos Olímpicos. Barcelona debía mostrarse como es, sin complejos, para poder maravillar al mundo. Y lo consiguió.

No es casualidad que la gran ceremonia la dirigiera un publicista. Luis Bassat, fundador de la prestigiosa firma publicitaria Bassat, Ogilvy & Mather en España, fue el responsable de crear una inauguración que terminó convirtiéndose en “el spot más largo y mejor de mi vida”, en sus propias palabras. Se trataba, efectivamente, de venderse. No es baladí, ya que la exitosa organización de estos Juegos originó el boom turístico de la ciudad condal que en la actualidad le está pasando una factura desmesurada.

Las malas lenguas dicen que el encendido del pebetero, que se hizo a través del lanzamiento de una flecha por parte de Antonio Rebollo, estuvo trucado. Sin embargo, poco parece importar lo que las malas lenguas dicten, ya que esa imagen quedará siempre para la Historia.

Los seis grandes momentos deportivos de Barcelona 92

Deportivamente hablando, los Juegos de la XXV Olimpiada destacaron por ser un auténtico torbellino de emociones, inesperadas medallas y por suponer la mejor marca en el medallero histórico de España, con 22 metales en su haber. En total fueron 7.555 deportistas -de los que 3.008 eran mujeres- los que representaron a las 71 naciones que participaron. Además, por primera vez en muchas ediciones, ninguna nación intentó boicotear el evento.

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El ‘Dream Team’ del baloncesto norteamericano celebra su oro frente a Croacia. | Foto: Ray Stubblebine / Reuters

Quien destacó por encima de todos no fue un atleta, sino un equipo: el Dream Team, la selección estadounidense de baloncesto liderada por las ya leyendas Magic Johnson, Michael Jordan y Larry Bird. Este conjunto que se estrenaba en unos Juegos Olímpicos -se admitió por primera vez la participación de jugadores de la NBA-, logró 117 puntos de promedio en 8 partidos y ganó la medalla de oro derrotando en la final a Croacia, y atrajo además toda la atención de la Villa Olímpica.

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El entonces príncipe Felipe abandera la delegación española en Barcelona. | Foto: EFE

El ahora rey Felipe VI fue el abanderado español en la ceremonia inaugural, ya que participaba en la clase soling de vela, pero el atleta español que destacó por encima de todos fue Fermín Cacho. Gracias a su oro logrado, con gran sorpresa, en los 1.500 metros de atletismo, Cacho se ganó el respeto de sus competidores y el cariño de los españoles.

Otro momento deportivo que sigue en la retina de muchos es el denominado ‘espíritu de Redmond’. No lo hace por ser un extraordinario alarde de talento o fuerza, sino por encarnar el verdadero espíritu olímpico: nunca te rindas. Este atleta británico era uno de los favoritos para el podio de los 400 metros lisos, pero no pudo llegar siquiera a la final. A mitad de carrera de la semifinal, Redmond se lesionó y cayó al suelo, tras lo que se levantó y recorrió entre lágrimas los metros que le faltaban para llegar a la meta. Su gesta fue recordada por el COI con ocasión de los pasados Juegos de Río.

En atletismo volvió a reinar Carl Lewis, que ganó el oro en salto de longitud y en el relevo 4×100. El ‘Hijo del Viento’, uno de los mejores atletas de toda la Historia, no defraudó en la cita olímpica de 1992, a la que llegó ya con 31 años.

También destacó el nadador ruso Alexander Popov, que ganó los 50 y 100 metros estilo libre. La atleta etíope Derartu Tulu consiguió otro de los grandes hitos deportivos de Barcelona 92 gracias a su triunfo en los 10.000 metros, convirtiéndose en la primera atleta africana en llevarse un oro.

Cada uno de estos momentos suponen leyendas y récords -a veces ya superados, y es que en 25 años hay tiempo para batir cualquier marca-, pero sobre todo suponen la historia narrada de unos Juegos que marcaron un antes y un después en el deporte de élite mundial.

Iconos de una generación

La celebración de unos Juegos Olímpicos suelen trascender lo meramente deportivo. En Barcelona, esta máxima se hizo evidente. Los iconos de Barcelona 92 fueron los iconos de toda una generación. Desde Cobi, la mascota creada por el diseñador español Javier Mariscal y que todavía protagoniza el merchandising de los más nostálgicos, hasta canciones como Barcelona -interpretada por Montserrat Caballé junto al ya por entonces fallecido Freddie Mercury– o Amigos para siempre, esa rumba catalana de los Manolos que cerraron por todo lo alto los Juegos.

Con atletas, canciones, mascotas y un sinfín de anécdotas, Barcelona 92 supuso un punto de inflexión en la última década del siglo XX español. El mundo tuvo la oportunidad de redescubrir una España que ya abrazaba a Europa desde la Comunidad Económica Europea, y que sin complejos se erigía como un puerto para la cultura y el deporte globales. Los que no tuvimos la ocasión de disfrutar de estos Juegos -o que lo hicimos con apenas un añito de edad- debemos rescatarlos con una nostalgia impostada. Los historiadores no atinan aún en coincidir en una fecha clave para el fin de la Transición española -desde el 23F hasta el primer gobierno de Aznar hay opiniones para todos los gustos-, pero si una fiesta puso fin a esa Transición esa fue la de Barcelona 92.

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Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Lidia Ramírez

Foto: Flickr

Ya lo dijeron los romanos: “post coitum omne animal triste est” (después del coito, todo animal está triste). Bajón, lloros, sentimiento de tristeza y culpa, melancolía… muchas son las personas que aseguran sufrir estos sentimientos después de llegar al orgasmo. La ciencia lo ha bautizado como disforia postcoital y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta conmoción después de un acto, supuestamente, placentero?

Para la sexóloga Ruth Ousset, es una cuestión de educación y cultura. “Muchas personas utilizan el sexo como una forma de recibir cariño. ¡ERROR! El sexo es sexo, y el amor y el cariño son cosas diferentes”, explica la terapeuta de pareja, para quien hay mucha gente que aún no ha normalizado el acto sexual: “yo los llamo gente Disney, es decir, la mujer que busca a su príncipe azul y el hombre que busca a su princesa”.

Por lo general, la disforia postcoital es un fenómeno que ocurre, sobre todo, en aquellas sociedades que carecen de una educación sexual solida y normalizada. “Durante el acto sexual florecen los besos, caricias, arrumacos… todo con un fin, llegar al orgasmo. Sin embargo, en muchas ocasiones, alcanzado el clímax, todo esto desaparece”. Es aquí cuando florece el sentimiento de frustración. Por ello, para la psicóloga, es muy importante la comunicación entre la pareja. “Si necesitas un abrazo, pídelo”, hace hincapié Ousset.

Por otro lado, está ese sentimiento de fracaso y desilusión tras el sexo por razones biológicas. Según explica el psiquiatra británico Richard Friedman, la amígdala –la parte del cerebro que regula la ansiedad y el desasosiego– deja de funcionar durante la cópula. Cuando esta acaba, vuelve a recordarnos que los problemas siguen ahí. Por lo que en este sentido, para Friedman, la disforia postcoital sería un efecto secundario de la vuelta a la realidad biológica natural después del clímax.

Sin distinción de sexos

Aunque todos los estudios al respecto, según la terapeuta de pareja, analizan este fenómeno en la mujer (una investigación en 2004 publicada en International Journal of Sex Health estableció que hasta el 10% de las mujeres lo sufrían de forma habitual) “la disforia postcoital no distingue de sexos”. “Los hombres también lloran después del sexo, lo que pasa que socialmente a la mujer se le ha dado permiso para llorar y al hombre no”, enfatiza.

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Cataluña y la adolescencia política

Andrea Mármol

Foto: RRSS

Cataluña amaneció el 18 de julio de 2017 repleta carteles a lo largo y ancho del territorio con el rostro de un Francisco Franco joven y el lema: ‘No votes, el 1 de octubre, no a la República’. A primera hora, se atribuía la hazaña a organizaciones de extrema derecha que llamaban a boicotear el referéndum ilegal; poco después se supo que la autoría era de una filial del partido antisistema catalán, la CUP, que buscaba aprovechar la fecha del calendario para lanzar un nítido mensaje que a nadie se le escapa: “Franco no participaría el primero de Octubre. ¿Y tú? ¿Qué harás ese día?”

Los carteles no eran una alegoría al dictador, sino que entrañan un toque de atención a los millones de catalanes que no participarán en la movilización independentista que prepara el gobierno autonómico para el 1-O. Por supuesto, la CUP puede hacer gala sin pagar peaje alguno del reduccionismo que entraña señalar a sus conciudadanos como simpatizantes de la dictadura franquista, del mismo modo que estos días, junto a parte importante de la izquierda española, anda dando carta blanca a las comparaciones entre el régimen autoritario de Nicolás Maduro en Venezuela y la democracia española.

Y es que de la lógica binaria que algunos pretenden instalar en Cataluña, claro, no hay que culpar en exclusiva a la CUP. Cuando Carles Puigdemont y Oriol Junqueras se erigen en adalides únicos de la democracia en Cataluña y exigen el apoyo de todos-los-demócrtas-del-mundo (sic), no están dejando a sus adversarios políticos en mejor lugar que los carteles de los antisistema. Es difícil denunciar que alguien hace trampas cuando juegas con varios ases en la manga. Y así, los churumbeles siempre superan al padre político.

Hay, en ese mismo sentido, episodios entrañables en la política catalana más reciente. Recuerdo los altercados en el barrio de Gracia hace algo más de un año: la CUP se negaba a desalojar un local ilegalmente ocupado y protagonizaba un enfrentamiento con la policía autonómica catalana, controlada por el gobierno catalán, que a su vez exigía a los antisistema respeto a la autoridad. Y a la ley. El mismo ejecutivo que ya entonces quería liquidarla. ¿Alguien cree hoy que el PDeCAT o ERC pueden reguir la responsabilidad de que se normalicen los postulados de la CUP?

El desprecio a la ley tiene consecuencias inasumibles para una mayoría de ciudadanos en democracia. Pero no está de más señalar también las causas. Y estas se vislumbran de más nítida manera dentro de la ilusión antisistema: las comparaciones con Franco o con Maduro sólo caben en la mente de alguien que necesita retorcer la realidad para encontrar una excusa que le permita no afrontarla. La realidad es que la ley no hizo mucho más que hacernos libres, lo cual implica que cada desconsuelo y cada insatisfacción y cada caída sólo son hijos de nuestra propia responsabilidad.

Un precio demasiado alto para todo adolescente, más cómodo con alguien a mano a quien culpar de todos sus males y empeñado en renacer en un nuevo mundo revolución mediante cada cinco minutos. En Cataluña muchos que pasaban por adultos han jugado a la adolescencia política: y de aquellos polvos, estos lodos.

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Glaciares sorpresa

Jesús Nieto Jurado

Foto: POLICE CANTONALE VALAISANNE
AFP

Si en España se nos agrietara un pobre glaciar aparecerían, si es por el Aneto, una ristra de facturas impagadas de los ‘pujoles’. O quizá el cadáver momificado de un autónomo que fue a probar suerte como heladero vegano donde el cielo besa al picacho nevado. En España no quedan glaciares que merezcan la pena, sino una nieve sucia que queda pisada por el polvo sahariano en las zonas umbrías del Veleta cuando voy de senderismo con mi amigo Pulido en un ejercicio de tolerancia sufí y piedras. En Suiza han encontrado, a la sombra derretida de un glaciar, a un matrimonio de pastores que llevaba desaparecido setenta años – lo menos- en la alta montaña. Lo que en España es un ‘guerracivileo’ de cunetas por abrir, en Suiza es un obsequio de los glaciares a las familias grisonas por tantos años de callada neutralidad con vacas y oro. Y esto no es ni bueno ni malo, sino una observación del talante helvėtico, del talante hispano, del cambio climático ese que niegan hasta cuando los osos polares, hoy, se marcan un guaguancó cubano. La montaña tiene a veces estas sorpresas que reconcilian a las familias con sus abuelos, o que abocan al Hombre al canibalismo ultracongelado como pasó en Los Andes y como recordó Risto Mejide con sofá, mala leche y frente de publicista malencarado. Pero es que la imagen que acompaña a esta columna justifica una serranilla suiza, un canto alpino a la justicia poėtica de los glaciares en retroceso. Nunca fueron tendencia las nieves del Kilimanjaro. Pobre Ernest, pobre planeta, pobres suizos y pobre glaciar. Yo ya me voy a un glaciar patagónico a ‘jartarme’ de orfidales y congelarme de lirismo y quedarme pajarillo. Porque después del feminazismo llega el proglaciarismo y ahí sí que me encontrarán en la causa. Frost, claro.

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