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Siete libros para leer este Orgullo LGTB 2017

Néstor Villamor

La diversidad, la tolerancia, el respeto, la aceptación… Aunque bañadas en cerveza y acompasadas por música dance de fondo, las celebraciones del Orgullo LGTB no son solo una fiesta; son también un momento para detenerse y comprender a personas con una sexualidad o una identidad de género diferente a la mayoritaria. Esos valores fueron los que defendieron los gays, lesbianas, bisexuales, transexuales y travestis (sobre todo, travestis) del bar Stonewall en Nueva York la madrugada del 28 de junio de 1969. Irónicamente, lo hicieron a ladrillazo limpio, pero una violenta y sistemática brutalidad policial no les dejó muchas más opciones que iniciar unos disturbios para rebelarse contra un establishment que se negaba a entender otro idioma que no fuera el suyo.

Cuarenta y ocho años después, su lucha ha permitido cosas tan básicas como que dos hombres puedan bailar pegados, que dos mujeres puedan besarse por la calle, que una mujer transexual pueda hablar con naturalidad sobre su condición… o que cualquier heterosexual pueda pedir en la biblioteca o en la librería obras de temática LGTB sin recibir miradas de reproche. ¿Cuáles?

Siete libros LGTB para leer este Orgullo Gay 2017 1

Las horas, de Michael Cunningham (1998)

Virginia Woolf escribe La señora Dolloway en la Inglaterra de los años 20. Laura Brown lo lee en Los Ángeles en los 40, tras la Segunda Guerra Mundial. Clarisa Vaughan prepara, en el Nueva York de los 90, una fiesta como la que centra la novela de Woolf. O lo que es lo mismo, una escribe un libro, otra lo lee, una tercera lo protagoniza sin saberlo. El estadounidense Michael Cunningham escribió una novela sobre mujeres, sobre las relaciones entre mujeres y sobre la relación de tres mujeres con un clásico de la literatura. Su esfuerzo le valió el Premio Pulitzer en 1999. Solo el prólogo, una reconstrucción ficticia del suicidio de Virginia Woolf, funciona perfectamente como relato corto independiente del resto del libro y ya marca el tono melancólico de la novela. En 2002, Stephen Daldry llevó Las horas a la gran pantalla con un elenco encabezado por Meryl Streep, Nicole Kidman y Julianne Moore.

Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima (1949)

La consagración le llegó a Yukio Mishima en 1949 con Confesiones de una máscara, una novela sobre la infancia y juventud de Kochan, que vive en la era imperialista de Japón pero cuya historia es perfectamente exportable a cualquier época y lugar. Un muchacho homosexual va creciendo, madurando, conociendo la sexualidad, reconociendo la suya propia… y escondiéndola. Kochan es consciente de que es diferente, pero también entiende que vive en un mundo que no va a aceptar su diferencia. ¿Su solución? Vivir con una máscara. Uno de los autores más sobresalientes de la literatura japonesa del siglo XX, Yukio Mishima se quedó a las puertas del Nobel, un sueño del que se despidió después de que le concedieran el galardón a su compatriota Yasunari Kawabata en 1968.

Ética marica, de Paco Vidarte (2007)

Con la legalización del matrimonio y la adopción homosexual en 2005, España se ponía a la vanguardia de los derechos LGTB en el mundo al equiparar los derechos de los homosexuales y de los heterosexuales. Pero este nuevo marco legal tuvo un efecto secundario: la relajación de algunos activistas, la equivocada sensación de que se había alcanzado la cima. En 2007, años antes de que las agresiones homófobas llegaran a los telediarios con regularidad, el filósofo español Paco Vidarte ya alertaba en un breve ensayo titulado Ética marica del peligro del “agotamiento ideológico”, de la “desaparición de cualquier clase de proyecto o programa político concretable, verosímil, factible que no sea simplemente una fuga psicótica, una huida hacia adelante que a todo el mundo medianamente despierto deja insatisfecho”.

Un hombre soltero, de Christopher Ishwerwood (1964)

George, un profesor universitario entrado en años intenta seguir con su vida tras la muerte de su novio, significativamente más joven, fallecido en un accidente de tráfico. Ambientada durante la crisis de los misiles de Cuba a principios de los años 60, el británico Christopher Isherwood presenta en Un hombre soltero un día cualquiera en la vida de un hombre y convierte lo cotidiano en universal para explicar a una persona: sus amistades, su fascinación por un joven alumno, su soledad, su pérdida, su envejecimiento, la percepción social de su homosexualidad -más heredera de la puritana década de los 50 que precursora de la liberación sexual de los 60 y los 70-. En 2009, el diseñador de moda Tom Ford debutó en el cine con una adaptación de esta novela, protagonizada por Colin Firth y Julianne Moore.

Siete libros LGTB para leer este Orgullo Gay 2017

La muerte en Venecia, de Thomas Mann (1912)

De nuevo aparece la fascinación de un hombre maduro por un joven -en este caso, muy joven- efebo. En La muerte en Venecia, eso sí, esa atracción no es secundaria, es el centro de la novela de Thomas Mann. En este trabajo de corte autobiográfico, el ganador del Nobel presenta a Gustav von Aschenbach, un reconocido escritor alemán, que viaja a Venecia en busca de inspiración artística. Pero lo que encuentra en su lugar es la decadencia y el peligro de una ciudad perseguida por el cólera y, sobre todo, a Tadzio, un adolescente de belleza inocente que inmediatamente crea en Aschenbach un conflicto: ¿cómo se enfrenta un intelectual entrado en años y respetado a una atracción obsesiva por un joven del que no conoce más que su atractivo?

Carol, de Patricia Highsmith (1952)

Titulada originalmente El precio de la sal y renombrada posteriormente, esta novela de Patricia Highsmith presenta la relación entre dos mujeres: Therese y Carol. Ambas solitarias -la primera tiene un novio por el que no siente ninguna atracción, la segunda atraviesa un divorcio-, empiezan teniendo citas furtivas hasta que se van de viaje en coche, durante cuyo transcurso su relación se vuelve física. En 2015, Todd Haynes la llevó al cine con éxito tanto de crítica como de público. La película de 2015 es fiel a la novela que adapta, pero la elección de las actrices añade varios años a las dos protagonistas: Rooney Mara interpreta a Therese y Cate Blanchett encarna a Carol. Ambas actuaciones recibieron el aplauso de la crítica.

Infancia y transexualidad, de Juan Gavilán (2016)

En un momento en que el colectivo Hazte Oír lleva a la carretera un autobús para atacar a los menores transexuales, la lectura de Infancia y transexualidad, del español Juan Gavilán, arroja luz sobre un hecho que, si bien no es nuevo, sí ha presentado una conversación social inédita: los niños pueden ser transexuales. La irrupción de estos pequeños en el debate público plantea situaciones que hacen imperativo tener una idea realista sobre su condición. “Como alternativa al discurso biomédico, Juan Gavilán plantea un marco basado en la experiencia práctica, en la realidad, de las familias de menores transexuales que afrontan a diario preguntas sobre el desarrollo, la identidad, las estrategias educativas o el sexo de sus hijos e hijas”, destaca la editorial.

Continúa leyendo: Veinte años sin Jünger

Veinte años sin Jünger

José Antonio Montano

Foto: Isolde Ohlbaum
Iaif

Se han cumplido veinte años de la muerte de Ernst Jünger. Murió el 17 de febrero de 1998, cuando le faltaban cuarenta días para alcanzar la edad de ciento tres. Los jüngerianos aún queríamos que hubiese vivido al menos hasta el 2000 y pisase así los tres siglos. Creo que fue W. H. Auden quien dijo que año tras año vamos pasando por el aniversario de nuestra muerte. He repasado los tomos que tengo de ‘Radiaciones’ a ver qué anotaciones hay de Jünger en ese ‘aniversario’ suyo.

Son escasas, pero significativas. Justo por esa fecha inicia o concluye sus apartados: el 18 de febrero de 1941 empieza el ‘Primer diario de París’; el 17 de febrero de 1943 termina sus ‘Anotaciones del Cáucaso’, y dos días después inicia el ‘Segundo diario de París’. Las tres únicas anotaciones del 17 de febrero son las de los años 1942, 1943 y 1968.

En la de 1942 es donde se hace esta conocida e importante afirmación: “En lo más hondo el estilo se basa precisamente en la justicia. Solo el hombre justo es capaz también de saber cómo hay que sopesar la palabra, cómo hay que sopesar la frase. Por esta razón a las mejores plumas no se las verá nunca al servicio de una mala causa”.

La de 1943 empieza: “Tras varias semanas de tiempo borrascoso y lluvioso hoy brilla esplendorosamente el sol”. Y termina con aquella emocionante reflexión sobre la conservación de los manuscritos: “Cuando se piensa en lo muy difícil que resulta encontrar un escondite adecuado, causan asombro las cantidades de documentos antiguos que han llegado hasta nosotros a través de las mudanzas de los tiempos”.

Por último, en la anotación de 1968 Jünger refiere un sueño en que es quemado por la Inquisición y anhela que, para presenciar el acontecimiento, se reúna mucha gente, “también fotógrafos y periodistas de revistas sensacionalistas”. Una vez despierto, asiste durante esa jornada a una exposición sobre la ‘Danza de la muerte’, y para terminar recuerda un canto de Johann Timotheus Hermes que dice así: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono…”. En una nota a pie de página, el traductor nos remite a otra anotación anterior, donde Jünger reflexiona sobre este mismo canto y cita algunos más de sus versos: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono, / y me hubiera gustado / enviar por delante mi corazón, / y me hubiera gustado entregarte a ti, / creador de los espíritus, mi cansada vida”.

Mientras buscaba estos pasajes, me ha estremecido pensar que al autor de diarios le está vedado espigar su obra de ese modo.

Continúa leyendo: José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad”

José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad”

Anna Maria Iglesia

Foto: Lisbeth Salas
Páginas de Espuma

Si hace apenas un año, los lectores de José Ovejero -Premio Alfaguara por La invención del amor y Premio Anagrama de ensayo con La ética de la crueldad– se reencontraban con el autor gracias a su novela La seducción, ahora tienen no sólo la posibilidad de volver, una vez más, a disfrutar de un nuevo texto del escritor, ensayista y poeta, sino de reencontrarse con el José Ovejero autor de relatos.

Tras casi una década sin abordar el género breve, Ovejero publica Mundo extraño (Páginas de Espuma). Como había demostrado en sus novelas, sobre todo a partir de La comedia salvaje, Ovejero en un autor que, consciente de los límites de un lenguaje que nunca puede contar la realidad -si es que es posible hablar de “una realidad”-, se aleja del realismo e indaga en la extrañeza inherente tanto al mundo que nos rodea y que no podemos aprehender sino parcialmente, como al propio lenguaje, convertido en una herramienta que nos acerca y, a la vez, nos aleja del mundo, que se nos vuelve irreal. Sin embargo, es precisamente desde esta irrealidad -desde lo exagerado, lo hiperbólico- que la verdad -no la reproducción- del mundo, su sentido.

José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad” 1
Portada de “Mundo Extraño” | Imagen: Páginas de Espuma

El título, Mundo extraño, ¿remite, en parte, a la sensación de extrañeza hacia una realidad que es imposible representar?

Claro. Y no sólo se trata de la imposibilidad de retratar la realidad, sino también de verla. Las perspectivas desde las que se observa la realidad son distintas como son distintos los aparatos sensoriales, cada uno de los cuales solo capta una parte de la realidad. De ahí que siempre hay una sensación de extrañeza en cuanto siempre hay una parte en la sombra, una parte que no se ve. Intentar retratar el mundo como pretendían los naturalistas es absolutamente imposible y, por tanto, lo único que puedes hacer es generar representaciones, que produzcan un efecto en el lector y que lo pongan en contacto con su propia manera de ver la realidad y con sus interpretaciones.

Pensando en algunos de los relatos, en concreto, en el primero, ¿lo hiperbólico es una forma para representar lo irrepresentable?

Deformar y exagerar es una manera de volver visible ciertas cosas que no puedes ver normalmente. La hipérbole funciona como una lente de aumento, pero también un espejo cóncavo: te permite cambiar el ángulo de visión y tomar consciencia de aquellas cosas que pasan desapercibidas. El primer relato es exagerado, es hiperbólico, es estrafalario y, sin embargo, todos reconocemos allí situaciones familiares, cenas navideñas… que nos son próximas.

Y esto lo dices dentro de una tradición literaria donde el realismo ha tenido y, en parte, sigue teniendo un gran peso, al menos desde un punto de vista canónico.

Es cierto que el realismo tiene mucho peso, pero hay una tradición que es igual de española que el realismo y que viene, por ejemplo, de la picaresca: la picaresca es realista y no lo es, hay siempre un exceso o una exageración. Y, por lo que se refiere a la literatura contemporánea, pienso en un escritor como Luis Martín Santos y su novela Tiempo de silencio, donde, como en el tremendismo, se reconoce una tradición realista, pero mezclada con una mirada irónica, cruel, exagerada. Por lo que a mí se refiere, estoy dentro de la tradición española, pero de una tradición que no se cree del todo el realismo. Por esto, para situar mi obra, suelo hablar de un “realismo escéptico”: utilizo herramientas que parecen realistas, pero no lo son, porque parto de la idea de que la realidad no está en el libro, sino que está en el eco que se provoca en el lector.

Lo absurdo como género está muy vinculado al teatro del siglo XX.

Ese absurdo vinculado al teatro al que te refieres existe también en la novela y, de hecho, creo que he llegado a esta poética a través de la novela y no del cuento. Se suele decir que el cuento es el espacio para la experimentación y que es un género que te da más libertad, pero, en mi caso, diría que es con Comedia salvaje cuando descubro una libertad creativa, una capacidad de juego, una libertad en crear situaciones en absoluto verosímiles que no tenía antes. Y no significa que estas situaciones inverosímiles estén más alejadas de la realidad que lo verosímil, al contrario. Piensa en Kurt Vonnegut y en Matadero 5: es una novela sobre la guerra, donde hay extraterrestres y situaciones absolutamente delirantes. Y, como te decía, es a partir de Comedia salvaje que llego a la conclusión de que recurriendo a lo inverosímil llego mejor a la realidad que si intentara describirla realísticamente.

Sin embargo, son muchos los escritores que sostienen que el cuento es el espacio perfecto para la experimentación.

Sí, es cierto, pero yo no creo que sea así. Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad, pero que repetimos como loros -yo también las he repetido- sin pararnos a pensar si son realmente ciertas esas supuestas verdades. ¿Por qué hay más experimentación o más posibilidad de experimentación en un relato que en una novela? Se podría decir justo lo contrario, porque en una novela puedes contraponer muchas voces, puedes cambiar la voz narrativa de pronto, puedes interpelar el relato, puedes hacer que el protagonista desparezca, que un personaje levite… Yo no creo que esto que se ha dicho siempre, “el cuento es ideal para la experimentación”, sea cierto; se puede experimentar en cualquier género. Tampoco creo que en esa idea de que el cuento es un género cercano a la poesía y que, como en poesía, en el cuento no puede sobrar ni una sola poesía.

Desmientes así la siempre repetida “poética del clavo” de Chejov.

Bueno, en parte. Creo que ciertas indicaciones te ayudan a centrarte, pero no hay que tomarlas demasiado en serio. Personalmente creo que nunca hay que tomarse demasiado en serio la poética del cuento. Fíjate, se dice que el cuento es el espacio de experimentación, pero ¿conoces algún género literario sobre el cual se hayan publicado tantos decálogos? Hay montones de decálogos sobre el perfecto cuentista y sobre el cuento perfecto pero, ¿cómo los puede haber si hemos dicho que el relato es un género para experimentar? Yo creo que estas normas no hay que tomárselas en serio, se tienen que utilizar como punto de apoyo para, luego, hacer lo que quieras.

Puede que el binomio relato-experimentación tenga que ver con el hecho de que, al contrario de la novela, el relato no es un género de masas, sino que, como decía Hipólito G. Navarro, es un género para lectores verdaderamente literarios.

Es verdad que los cuentos son menos populares que la novela y esto tiene que ver con una tradición en la que se entendía que la novela podía explicarte el mundo; esta tradición tiene su origen en el siglo XIX, cuando surge esa necesidad de explicar la realidad y, por tanto, se presupone que se necesita un espacio, unos personajes y un contexto social, algo que, se suponía, solo podía ofrecer la novela. El cuento no explica la realidad, el cuento te da un atisbo, una intuición, y, en este sentido, es menos apto para la cultura general, hablado obviamente en términos generales.

Antes hablabas de un realismo escéptico. ¿El escepticismo de algunos de tus personajes tiene que ver con tú manera de mirar el mundo o la literatura?

Yo no creo en el escepticismo como posición vital. No recuerdo quien dijo que el escepticismo era el sistema de los haraganes: si no crees en nada, no tienes que hacer nada. Yo no me consideraría realmente escéptico o, por lo menos, procuro no serlo y procuro luchar con esta tendencia que está muy presente. Por lo que se refiere a mis personajes, te diría que me gusta trabajar con personajes que están algo confusos, perdidos, que no tienen una perspectiva clara y que andan por ahí flotando. Por esto, tiendo hacia ese personaje escéptico que no tiene nada en lo que creer: son seres arrojados al mundo e intentan orientarse.

Mundo extraño está construido casi como si fuera una pieza musical, con un intermezzo formado por cinco piezas breves.

Quizá porque imagino un libro de relatos como un proyecto de la misma manera que imagino una novela o un ensayo y no como una simple suma de relatos, me importa mucho el ritmo. Y no me refiero solo al ritmo dentro del relato, sino también al ritmo que crean los relatos entre sí, aunque esto luego no siempre se cumple en cuanto el lector coge el libro y lee los relatos en el orden que quiere.

José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad” 2
José Ovejero | Foto: Lisbeth Salas vía Páginas de Espuma

Sin embargo, si el orden tiene un sentido, el lector tendría que mantener ese mismo orden en el momento de la lectura tal y como hace en una novela.

Para mí, escritor, el orden es esencial, pero cuando soy lector ese orden no siempre lo respeto: ahora mismo estoy leyendo un libro de relatos y he leído, antes que ningún otro, el último porque era más breve y, al tener poco tiempo, estaba seguro de que podía acabarlo. Y esto no solo sucede en literatura: un compositor puede componer una pieza para escuchar sentado y con los ojos cerrados, pero esto no implica que los demás lo hagan. Puede haber alguien que escuche la pieza lavándose los dientes o haciendo cualquier otra cosa. Una vez compuesta la obra, el escritor pierde el control sobre cómo se va a leer, pero, como autor, sí puedo tener el control a la hora de ordenar los textos y crear el ritmo que busco.

En más de un relato, recurres a la primera persona, pero no es, al contrario de lo que está en boga, una primera persona autobiográfica. ¿Qué te aporta este tipo de yo?

Rara vez utilizo un yo autobiográfico, en este libro solamente en Los escritores que más me gustan se puede encontrar una mayor relación con el autor, es decir, conmigo. En mi opinión, el yo resulta muy interesante en personajes con los que es difícil empatizar, porque genera una tensión: el yo te fuerza a la empatía, pero como el personaje es tan desagradable o absurdo rompe la empatía y, por tanto, el lector se encuentra ante ese ser atraído y ser rechazado a la vez. Es muy fructífero, literariamente hablando, romper la comodidad del lector y, en cambio de dejar en una situación clara de empatizar o no empatizar, ponerlo en tensión entre estas dos tendencias.

En tu artículo Ocho escritoras feroces, subrayabas como valor a destacar de las autoras que mencionabas el hecho de que sus textos incomodaban al lector. ¿La literatura debe incomodar?

Yo no me atrevería a decir que la literatura tiene que hacer o ser algo, porque entraría en un territorio peligroso. El escritor tiene que hacer lo que le dé la gana; ahora bien, a ti como lector te interesan más determinadas formas literarias que otras. Creo que hay una literatura juguetona que no pone en tela de juicio nada y que, en momento dado, te puede apetecer leer, pero sé que, a mí, lo que me interesa son aquellas obras en las que se cuestiona quién soy, mi lugar en la sociedad, mis hábitos lectores y en las que hay una crueldad hacia el lector, es decir, en las que hay una frustración que lidiar.

Es justo lo contrario de lo que pide la literatura comercial.

Sí y por esto soy consciente de que no estoy escribiendo libros que son best seller. No me importaría vender 100.000 o 200.000 ejemplares, pero sé que ese no es el espacio natural de mis libros. Como tú dices, la mayoría de los lectores lo que quieren es que la literatura les consuele, que les entienda y que les tranquiliza… Estas claridades no son las mías.

Uno de los temas del libro es la insuficiencia del lenguaje para narrarlo todo y, al mismo tiempo, el intento de narrarlo todo.

El lenguaje es mi fracaso, pero lo que me interesa es, asumiendo que es imposible contarlo todo, intentarlo. En el último relato tiene una estructura circular precisamente porque creo que todo está conectado: no puedes contar un solo cuento, sino que, idealmente, tienes que contarlos todos, aunque sea imposible. Mi objetivo es que el cuento no se agote en el libro, sino en el lector.

Y esta voluntad de no agotar el relato se plasma es la suspensión del final.

Creo que hay varias razones que explica esta tendencia de no establecer un final fijo, la primera razón es que se ha producido un cambio generacional: después de Carver y de Foster Wallace, estamos en esa tradición más postmoderna según la cual el final o conclusión es imposible, en cuanto el final es una sobreinterpretación de la realidad.

Ahora que hablas de Carver, ¿lo hemos finalmente “matado” o sigue estando ahí como inevitable referencia?

Ahora hay la necesidad de matarlo, porque ahora Carver representa una tradición de la que hay que distanciarse. El escritor tiene que buscar sus propias formas, consciente de que no sólo él, sino toda su generación está buscando sus formas. Ahora nos hemos alejado de Carver y las influencias vienen más de Foster Wallace y, en cierto sentido, de Bolaño y no me refiero solamente a sus relatos, sino a su manera de concebir la narración.

El problema es que, luego, encontramos autores más “bolañistas” que el propio Bolaño.

Y lo que es más interesante es que, en muchos casos, esto sucede a los autores que no han leído a los autores que imitan. Una determinada manera de escribir se extiende tanto que alcanza también a quién no lo hay leído.

Tu editor, Juan Casamayor, sostiene que hoy en día hay grandísimas autoras de relatos. En tu artículo 8 escritoras feroces parecías afirmar lo mismo.

Es posible que hubiesen estado ahí siempre, pero no las veíamos. Lo que ha habido en los últimos años es una mayor visibilización de las escritoras. No digo que estemos donde tendríamos que estar, pero me parece que se ha prestado atención a escritoras que, quizá, antes hubieran pasado desapercibidas. Lo que sí puedo decir es que, últimamente, he leído varias autoras de cuentos muy buenas; la última, Liliana Colanzi, pero hay muchas más.

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Pulp Fiction: La literatura de tapa blanda que inspiró a Quentin Tarantino

Beatriz García

Foto: IMDB

De Chandler a Hammett, pasando por Leigh Brackett y Fredric Brown, conocemos de la mano de grandes lectores de pulp fiction algunos de los autores imprescindibles del género negro cuyas obras fueron escritas para pagar las facturas y acabaron rompiendo moldes.

La mayoría de la gente pasa por la vida gastando la mitad de sus energías en proteger una dignidad que nunca ha tenido. No lo digo yo, lo escribe Raymond Chandler en ‘El largo adiós’, y aunque se me hayan caído las comillas nos viene como anillo al dedo para hablar de literatura pulp policiaca y de la soberbia con que tantas veces se trata al entretenimiento, cuando grandísimos escritores se curtieron escribiendo novelas de ‘duro’: los pioneros del ‘hard boiled’ como el propio Chandler, Jim Thompson o Dashiell Hammett, sin ir más lejos. E incluso el maestro Kurt Vonnegut emergió del pulp y, aunque lo suyo era la ciencia ficción, fue considerado por Gore Vidal como el peor escritor de Estados Unidos.

A pesar de que las etiquetas solo les sirvan a críticos y libreros, imponen ciertos límites y extienden prejuicios, creando una línea divisoria entre magistrales peñazos y las historias protagonizadas por detectives alcohólicos, femme fatales que fuman como carreteras, vorágines sexuales y drogas. Porque de eso iba un tanto el pulp policiaco, las historias que sirvieron de desarrollo al género y que nacieron en los años 20 y 30 del pasado siglo alrededor de Black Mask, la revista que inspiró en 1994 a Quentin Tarantino para crear ‘Pulp Fiction’. De hecho, cuando Raymond Chandler empezó a escribir lo hizo allí; tenía cuarenta y pocos años, acababa de perder un puesto como ejecutivo en una compañía petrolera y publicó una historia de chantajes, gánsteres y cartas de amor a la que siguieron muchísimas otras. Y Erle Stanley Gardner, el padre de Perry Mason, o Carroll John Daly, creador del arquetipo del detective cínico, duro y callejero.

‘Pulp Fiction’ via GIPHY

Para Antonio Padilla, traductor de numerosas novelas policiacas, escritores como Jim Thompson, autor de las imprescindibles ‘El asesino dentro de mí’ o ‘1.280 almas’, fueron injustamente catalogados de “novelistas para camioneros” antes de que, en el caso de Thompson, empezase a colaborar como guionista en películas de Kubrick (‘Atraco perfecto’, ‘Senderos de gloria’), y así lo explicaba a su paso por BCNegra’18. También Francisco González Ledesma, uno de los grandes del género negro en el estado español, escribió gran parte de su obra como autor de quiosco: Al menos unos mil bolsilibros, la mayoría westerns bajo el seudónimo de Silver Kane, que publicaba después de haber ser censurado durante la Dictadura por “pornógrafo” y “rojo”. Lo cual no quiere decir, como bien recordó el escritor argentino Kike Ferrari en la tertulia sobre ‘Pulp Fiction’ organizada al cierre de BCNegra, que ‘pulp’ sea sinónimo de calidad: “Estamos hablando de revistas en las que escribían miles de personas y solo nos quedamos con una decena que rompieron moldes”, resumía.

Porque no todo es pulp lo que reluce y existe vida más allá de Chandler y Hammett, hemos pedido a cuatro grandes lectores del género que nos recomienden lo que suele llamarse ‘mierda de la buena’:

1. Fredric Brown y las novelas de detectives ‘iniciáticas’

“Siento especial devoción por las novelas de Fredric Brown protagonizadas por Am y Ed Hunter, tío y sobrino que empiezan como detectives aficionados hasta acabar trabajando en su propia agencia.

Pese a ser más conocido por obras como ‘La noche a través del espejo’ o ‘El asesinato como diversión’, Brown imprimió a las novelas de los Hunter una magia que las hace únicas. Se pueden interpretar como “iniciáticas”, ya que en ‘La Trampa fabulosa’ (1947) Ed debe enfrentarse de golpe a la vida adulta cuando su padre es asesinado; la investigación junto a Am, su tío y hermano de la víctima, se convertirá en un auténtico rito de pasaje. La novela se publicó en la revista Mystery Book Magazine, en el ocaso de los pulps, cuando la literatura de género hacía su transición hacia formatos como los paperbacks o los digest y le valió al autor el premio Edgar a la mejor novela de debut.

A esta la siguió ‘La viva imagen’, mi favorita, donde ambos personajes trabajan como feriantes en una feria itinerante y deben resolver varios asesinatos. Brown se recrea en una ambiente entre lo fabuloso y lo grotesco y Ed iniciará su educación sentimental.
A partir de la tercera, ‘Plenilunio sangriento’, hasta la séptima y última novela de la serie, ambos trabajan como detectives privados en Chicago. En ellas, Brown juega a introducir lo anómalo y maravilloso en las tramas, cuando abre la posibilidad de que hombres-lobo, “mad doctors” o extraterrestres estén detrás de los crímenes”. –José Luís González Martín.

Pulp Fiction: La literatura de tapa blanda que inspiró a Quentin Tarantino 1
Las novelas de Brown están protagonizadas por Am y Ed Hunter, tío y sobrino que pasan de detectives aficionados a dirigir su propia agencia.

2. Historias y autores que no deberían desaparecer NUNCA

“Tengo muy claro que el autor de pulp noir que recomendaría sin pensarlo sería Samuel Dashiell Hammett, no solo por tratarse de una figura seminal en el género, -dado que sus cuentos sobre el operativo sin nombre de la Agencia Continental de Detectives consolidaron el género más allá de toda duda-, sino porque su obra, además de ser adelantada a su tiempo, no ha perdido un ápice de frescura y aún hoy se lee con deleite.

Hammett propició el auge del género negro desde las páginas de la revista pulp Black Mask, cosechando un éxito tal que el editor “animaba” al resto de los autores a que escribieran como él. Pero dejando aparte sus creaciones posteriores, como Nick Charles o Sam Spade, el anónimo operativo de la Continental tiene algunas de las mejores piezas cortas que se hayan escrito jamás en ese subgénero que el hard boiled o género negro.

Hammett no hablaba de oídas; había trabajado en la Pinkerton y sabía de primera mano que aquellos que están del lado de la ley no tienen por qué ser “los buenos”, y que los que la infringían no tenían, tampoco, por qué ser unos malvados villanos, ni muchísimo menos. ‘Cosecha Roja’, de la que existen numerosas ediciones, es un claro ejemplo de ello (en realidad se trata de los cuatro cuentos publicados en Black Mask que se desarrollaban en la pequeña ciudad de Personville, amalgamados para formar una unidad narrativa), pero siempre he sentido un especial cariño hacia otras piezas menos conocidas del ‘Continental Op’ como ‘El gran golpe’ (Black Mask, febrero de 1927), ‘Dinero Sangriento’ (Black Mask, Mayo de 1927), o ‘Cinco chinas muertas’ (Black Mask, noviembre de 1925). Las dos primeras forman los que muchos estudiosos han considerado la primera novela de Hammett y no solo muestran algunas de las mejores características de la ficción pulp, como la tremenda agilidad narrativa que hace que el lector se beba, literalmente, la historia, sino que también ofrece algunas de las mejores cualidades del mejor Hammett”.

“Uno de los aspectos de la ficción pulp que más enerva a los que adoramos el material que se publicó en esas revistas de papel malo es, precisamente, la cantidad de autores y sagas que están a punto de desaparecer en el olvido, que, literalmente, “no existen”, porque la sesuda crítica no las consideró en su momento lo bastante buenas.

Y aunque se supone que los lectores deberíamos mostrarnos agradecidos por el hecho de que ciertas editoriales hayan elegido por nosotros qué es lo mejor de lo mejor, no podemos dejar de lamentar lo difícil que resulta encontrar obras en nuestro idioma de gente como Paul Cain (no confundir con James M.), Raoul Whitfield, Lester Dent o Carroll John Daly. Este último inició, literalmente, el género negro, en las páginas de Black Mask, anticipándose en unos meses al propio Hammett e instauró lo que acabarían siendo todos los tópicos del género. Es cierto que carece del calado literario de Hammett, con el que compartió páginas en Black Mask, junto con Erle Stanley Gardner (antes de crear al abogado fullero Perry Mason y cambiar de público y de estilo).

De hecho, ellos tres fueron las estrellas de la revista, al menos hasta que se fue Hammett y entró Chandler, y hasta que todos ellos abandonaron Black Mask para mudarse a la Dime Detective Magazine, que les pagaba más. Pero mientras que en EEUU no resulta tan complicado encontrar recopilaciones de cuentos de Daly, Dent o Gardner (nos referimos a sus cuentos sobre Ed Jenkins publicados en Black Mask, muy al estilo de Hammett), resulta casi imposible encontrar algo de estos autores en castellano, como no sea en alguna que otra antología, como ‘Detective privado’ de Bruguera y similares. Y Carroll John Daly es un autor a reivindicar. Su saga de Race Williams resulta tremendamente divertida y ejerció una tremenda influencia en el género”.

'Pulp' policiaco: Los libros que compraste por dos duros pero valen un imperio 2
La legendaria revista Black Mask, pionera del pulp.

Es cierto que, a diferencia de Hammett, Daly narraba de oídas (en una ocasión se compró una pistola automática, para saber lo que se sentía sosteniéndola, y fue detenido por la policía, porque además se perdió regresando a su casa desde la redacción de Black Mask, algo que solía sucederle a menudo, dado que era un auténtico desastre), y también es cierto que no escribía tan bien como Hammett y que incluso algunas de sus historias pueden llegar a resultar paródicas del género, sin pretenderlo. Pero su importancia es capital.

Resulta curioso que el propio Mickey Spillane reconociera públicamente a su Race Williams como una inspiración (un halago que le valió una demanda por plagio por parte del agente literario de Daly, que por cierto fue enérgicamente retirada por el propio autor; a fin de cuentas Daly llevaba décadas siendo ninguneado por la crítica y declaró estar encantado ante los comentarios de Spillane).

Por desgracia, no es fácil encontrar obras de Daly en nuestro idioma, pero es cuestión de tiempo que alguna editorial se fije en ellas. Los lectores lo agradecerán, pues la diversión está asegurada”. – Javier Jiménez Barco (traductor de pulp y editor de la revista ‘Barsoom’).

3. Una vuelta de tuerca al ‘pulp noir’

“Lo más relevante, en el caso de Leigh Brackett, es cómo toma todos los elementos del ‘pulp noir’ de Hammet y Chandler y los reconfigura desde una perspectiva muy fresca, dándoles un giro a todos los tópicos del género (femme fatales, detectives decadentes, familias corruptas…). Sin duda, los diálogos son geniales, lapidarios e hilarantes y gracias a ellos Howard Hawks quiso a Brackett como guionista de ‘El Sueño eterno’.

También ‘Esta es mi historia’, de Frank McFair, es una de esas joyas del bolsilibro que merecen reivindicarse. Es la historia en primera persona de un personaje al margen de la ley, que no tiene nada que envidiar a la narrativa de Jim Thompson. Moralmente ambigua, llena de acción uy con un toque melancólico que nos deja un poco excelente. Francisco Cortés Rubio (nombre real de McFair) merece una retrospectiva como parte de lo mejor que ha dado el pulp patrio junto a Silver Kane o Curtis Garland”. – Miguel Ángel Wolfville, editor de GasMask Editores.

'Pulp' policiaco: Los libros que compraste por dos duros pero valen un imperio 1
Francisco González Ledesma aka Silver Kane (y muchos otros). Imagen: Bruguera

4. Extremo e híbrido de otros géneros

“Me cuesta escoger una obra de ‘pulp’ más policiaco, pero a mí me gusta mucho el Shudder Pulp, que es un tipo de pulp más extremo y lleno de sexo y violencia. Es un precursor casi directo del terror setentero, el gore, el giallo e incluso del bizarro y para catarlo recomiendo ‘Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp’ (Ed. Valdemar), que tiene un prólogo maravilloso de Jesús Palacios”. -Hugo Camacho, editor de Orciny Press.

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Lea Vélez

Foto: Tiago Muraro
Unsplash

Mi madre tiene una edad. 81 años. Siempre le han dicho que no aparenta los años que tiene, que es algo que se le dice a las personas inteligentes, a los guapos, a los que visten de forma desenfadada. A todos aquellos que no imitan a un grupo o una tribu: la llamada “gente sin edad”, pero la realidad es que es una anciana y como anciana se siente cuando va por el mundo.

Todas las semanas me habla de sus aventuras en la gran ciudad, de sus visitas al cine o al teatro, me tiene al día de la cartelera, de sus lecturas, de lo que merece la pena. Es una mujer informada, que compra la prensa y que disfruta de una grata conversación, a poder ser, literaria. Entre las historias que me cuenta de sus compras, de sus paseos, se repiten incesantemente una serie de frases, de anécdotas, de quejas sobre la gente joven. Un día, un dependiente de una librería le corrigió como si fuera boba la pronunciación de un autor. Ella quería un libro de André Gide (y lo pronunció en francés, es decir, Yid) y él la corrigió sonoramente pronunciándolo en español (diciendo Jide), otro día, una dependienta de otra librería le dijo que no la entendía cuando le pidió un libro de Knausgard y mi madre se lo tuvo que escribir… Y oye, pues será una señora mayor, pero miren, mi madre sabe perfectamente decir Knausgard, porque no hay mayor fan de Knausgard que ella. Otras veces, me comenta lo doloroso que le resulta que ya no se puedan sacar entradas por teléfono para el teatro, porque ahora todo se hace a base de páginas web y ella, dinosauria digital, o bien tiene que pedirle al hijo de una amiga que se las saque, cosa que le fastidia, o bien tiene que presentarse en persona en el teatro, a riesgo de encontrarse con que no haya entradas tras el largo recorrido en autobús, seguido de alguna contestación condescendiente por parte de la taquillera, que siempre la refiere a alguna página web para informarse.

Mi madre me pone al día de los obstáculos que encuentra y en su queja suave y estilosa —siempre lo hace con humor— me he dado cuenta de que lo que creemos un cliché, eso de que los “viejos” siempre se quejan de que los jóvenes de hoy día son unos maleducados, es una realidad. Porque es verdad. No porque los jóvenes de hoy sean peores que nunca, sino porque los jóvenes de todas las generaciones vimos con desprecio a los ancianos que convivían con nosotros. Un desprecio paternalista, lleno de prejuicios, de desconocimiento de lo que es un anciano, como si al ser viejo dejases de ser individuo y te convirtieras en un animal de una raza diferente. Si las mujeres nos quejamos del mansplaining, imaginen lo que los viejos podrían decir del youngsplaining. Ese explicarle al anciano como si fuera imbécil la cosa más tonta y encima, explicárselo mal. “Señora, es que es Jide, Jide, no Yid”.

Yo creo que este es el quid del asunto, que los jóvenes, de hoy y siempre, que probablemente sean muy majos con su novia o con su madre, y unos encantos con sus amigos, se exasperan con los ancianos antes de que toque exasperarse, entablando con ellos una relación tensa desde el inicio por culpa del consabido cliché de que los viejos “no se enteran”. Pues se enteran. Esperad sabiduría y buen humor, y veréis que risa os pasáis con ellos, porque los ancianos son divertidos, se las saben todas, les gusta la interacción.

Así que, jóvenes, no seáis jóvenes con los viejos, guardaos en la mochila el youngsplaining, hombre, no esperéis que una señora de pelo blanco desconozca la existencia de Knausgard o no sepa hablar francés. Al contrario, esperad que un viejo sea, por ejemplo, fan de Bob Dylan… Cause we were so much older then, I am younger than that now.

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