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Sus pioneras señorías: hablan los primeros diputados de la Transición

José Ignacio Wert Moreno

Foto: EFE
EFE Fototeca

“Treinta y tantos millones de españoles y yo soy de estos 350… ¡asombroso!”. El pensamiento forma parte del recuerdo de José Ramón Pin Arboledas –número cuatro de UCD por Valencia-, pero no sería raro pensar que pasara por la cabeza de otros tantos de aquellos primeros “padres de la patria” que el 13 de julio de 1977 iniciaron la andadura de las cámaras legislativas elegidas menos de un mes antes por los ciudadanos con su voto después de casi 40 años de dictadura.

Algunos de ellos afrontaron la noche electoral con la práctica seguridad de que serían elegidos diputados. Es el caso de Francisco Vázquez –número uno del PSOE por A Coruña-, que ya había desplegado una intensa actividad en los últimos tiempos de la clandestinidad coordinando huelgas desde su posición de inspector de trabajo, y que contaba con un cargo orgánico de la importancia de la Secretaría General del partido en Galicia. Otros, sin embargo, no las tuvieron todas consigo hasta muy avanzado el escrutinio. “Pensábamos salir uno o dos”, recuerda Pin Arboledas, que no tuvo la certeza de que entraría en el Congreso hasta la mañana siguiente. Eran otros tiempos. O no creían demasiado en convertirse en diputados después de una inclusión en las listas algo precipitada, como Luis del Val, número tres de UCD por Zaragoza. José Ramón Lasuén, cabeza de lista por Teruel e importante representante del sector socialdemócrata de esa formación, se lo dejó claro: “O dentro de UCD o desaparecemos”.

Ni históricos de sus propios partidos se libraron de la incertidumbre. Ramón Tamames concurría como número cuatro del PCE por Madrid, y ni un escaño más obtuvieron los comunistas por esa provincia. El economista vio el peligro de quedar fuera. “La verdad es que fue una espera bastante agónica, y al final, cuando se confirmó mi acta de diputado, tuve una de las grandes alegrías de mi vida”. Diferente es el recuerdo de Ignacio Camuñas –número siete de UCD por Madrid- que rememora seguir los resultados desde el Hotel Eurobuilding de la capital, haciéndose fotos junto a Garrigues “con todas las chicas que nos acompañaban, así como con un puñado de artistas encabezados por Bárbara Rey que habían hecho campaña por UCD”.

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Un 600 con los carteles electorales de los partidos que se presentaron a las elecciones del 77 | Foto: Congreso de los Diputados

Conseguida el acta, quedaba recogerla –primero en la Audiencia Provincial correspondiente- y pasar por los oportunos trámites. Hoy es un proceso seguido casi en directo por las cámaras de televisión. Entonces, sus señorías lo cumplimentaron sin albergar ningún recuerdo especial. Francisco Vázquez, que fue diputado hasta el 2000, hizo entonces un gesto que luego se convertiría en obligatorio: aportar una declaración de bienes avalada por notario.

Algunos ya conocían la casa. Era el caso de José Pedro Pérez-Llorca –número 11 de UCD por Madrid- que era, por oposición, letrado en Cortes y, por tanto, testigo privilegiado de la peculiar transición que la Carrera de San Jerónimo hizo desde los procuradores franquistas a los diputados democráticos. Aquellas últimas promociones de letrados, subraya hoy Pérez-Llorca, representaban un pluralismo político mucho mayor que la de los procuradores. Se conocía de memoria todos los reglamentos y normas presentes y pasados, gracias a su aplicación como opositor, pero la mayor ventaja sobre el resto de diputados era más bien topográfica, recuerda, al saber dónde estaban lugares estratégicos como el cuarto de baño.

Al contrario de lo que pasaría después, una vez aprobada la Constitución de 1978, aquella legislatura echó a andar con el gobierno ya formado. El rey Juan Carlos ratificó a Adolfo Suárez dos días después de los comicios del 15 de junio, y éste compuso un nuevo gabinete el 5 de julio. En él, ocupaba la cartera de Relaciones con las Cortes un joven Ignacio Camuñas de 36 años. Eso le obligó a trabajar intensamente en los preparativos de las primeras sesiones, que hizo con el presidente de las Cortes, todavía elegido por el monarca, Antonio Hernández Gil, uno de los senadores por designación real que existieron en esa etapa ya democrática pero todavía no constitucional. Hernández Gil pudo, de ese modo, reencontrarse con Tamames, que había sido alumno suyo en la universidad. “No había Reglamento del Congreso y hubo que improvisar y pactar una multitud de detalles de carácter protocolario pero de gran repercusión política que me dieron algún que otro quebradero de cabeza”, recuerda hoy Camuñas.

Lejos de la vanguardia tecnológica

En la actualidad, los kits que reciben los diputados electos –dispositivos electrónicos de última generación o conexiones a Internet en condiciones ventajosas- despiertan recelo en la sociedad. No fue el caso hace 40 años. Y es que no hubo prebendas, más allá de unos vales para Iberia y RENFE. Ni siquiera fueron dados de alta en la Seguridad Social durante los primeros meses, recuerda Pin Arboledas. Las dietas eran pequeñas, heredadas de los procuradores franquistas, y los despachos no eran individuales. “Encima, los procuradores habían vaciado el presupuesto (…) nos obligaban a pernoctar en hostales y pensiones del entorno de las Cortes. Pero nadie se quejó”, apunta Francisco Vázquez. José Ramón Pin Arboledas, para ahorrar, dormía en casa de su padrino, que vivía en Madrid. “(…) así obviaba la soledad del hotel y me relacionaba con otras personas de fuera de la política para evitar desenfocar mi visión de la realidad, que siempre es pluriforme.”
La austeridad tecnológica continuó cuando empezaron los trabajos de redacción de la Constitución. “Lápiz, papel, el Aranzadi y gomas de borrar” por todo equipamiento, afirma Pérez-Llorca, que destaca el papel de Celia, la funcionaria que se encargaba de pasar a máquina sus escritos y de corregir los errores con Tipp-Ex.

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José Pedro Pérez-Llorca en el acto conmemorativo de los 40 años de las elecciones de 1977 en el Congreso de los Diputados, el 28 de junio de 2017 | Foto: Congreso de los Diputados

Pérez-Llorca es, junto a Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y Miquel Roca, la terna superviviente de los llamados “Padres de la Constitución.

La imagen de la Pasionaria

“No se oía ni un carraspeo” en el hemiciclo del Congreso de los Diputados cuando, en la sesión inaugural de la legislatura constituyente, Dolores Ibárruri se levantó de su escaño provisional y, del brazo de Rafael Alberti, bajó la escalera para formar parte de la mesa de edad. La foto se ha reproducido hasta la saciedad. Y queda en el firmante el temor a que su evocación sea un terrible cliché, una de esas imágenes que adquieren mucha más importancia cuando se ven después que la que le dieron en su momento los protagonistas que se hallaban sobre el terreno. Pero el testimonio de Luis del Val no deja lugar a dudas. Para Tamames era la mejor ilustración del concepto de “reconciliación nacional” que el PCE propugnaba desde 1956. “El momento fue emocionante, pero no creo que fuéramos totalmente conscientes de la trascendencia del mismo”, apunta Pin Arboledas, al que le viene a la cabeza otro recuerdo cuando echa la vista atrás hacia aquel 13 de julio de 1977. 39 años antes de que el bebé de Carolina Bescansa acaparara todos los focos en la sesión constitutiva de la fallida XI legislatura, Carmen, la hija de tres años del flamante diputado, “se revolcaba por las alfombras del Congreso”.

Luis del Val añade otra imagen; la de Simón Sánchez Montero, dirigente comunista con muchos años de cárcel a su espalda, saludando al ex ministro franquista y entonces líder de Alianza Popular, Manuel Fraga, en el salón de los pasos perdidos. “Hubo un titubeo, Simón extendió la mano y Manuel la apretó. Para mí fue la confirmación de que aquello podía salir bien”. Francisco Vázquez se recuerda impresionado por el escenario, que él conocía por las descripciones de Galdós, Azaña, Prieto o Fernández Flórez. “A mis 31 años formaba parte del lugar donde los últimos 200 años había sucedido todo lo que había leído y estudiado, donde habían sido protagonistas los personajes que admiraba”.

Aquel día hubo alguna otra incidencia. El reglamento indicaba que los distintos procesos constitutivos de la cámara se debían ir haciendo uno “acto seguido” del otro. Dieron las dos y cuarto de la tarde y sus señorías no habían almorzado. Pérez-Llorca decidió intervenir desde el escaño -toda una novedad ya que los procuradores sólo lo hacían desde la tribuna- para decir que la expresión “acto seguido” indicaba sólo que no se debían hacer otros trabajos parlamentarios entre medias y que, por lo tanto, podían parar a comer. Hoy reconoce que improvisó tal interpretación para conseguir el parón.

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Dolores Ibárruri y Rafael Alberti presidieron la constitución de las primeras Cortes salidas de las elecciones del 77 | Foto: Efe archivo

El día a día en la Carrera de San Jerónimo

Allí convivían diputados que llevaban años de trabajo conjuntamente en la clandestinidad con otros que compartían siglas sin apenas conocerse. “No es que no nos conociéramos entre los de distintas provincias, es que incluso los de la misma candidatura nos acabábamos de conocer un poco antes de las elecciones”, apunta Luis del Val. También coincidieron distintas personalidades que, pese a las diferencias políticas, se admiraban en la distancia. Así le sucedió a Pin Arboledas con Tamames. Y es que aquellos primeros próceres trabajaron en una sintonía que estuvo por encima de las siglas. “El ambiente inicial fue extraordinario. Todos los que habíamos convivido en la oposición democrática nos conocíamos perfectamente porque llevamos muchos años de trabajo en común y entre muchos de nosotros existía una verdadera amistad de antiguo, fundamentalmente entre los hombres de la UCD y el PSOE incluyendo a la mayoría de los nuevos diputados comunistas”, recuerda Ignacio Camuñas. “Trabajamos mucho, eso sí, y negociábamos todo. Estábamos convencidos que el consenso era la clave de la nueva España y había un respeto mutuo entre todos”, señala hoy José Ramón Pin Arboledas. “La relación personal fue siempre buena. No los veía como enemigos, sino como compañeros con los que discrepaba pero con los que estábamos dispuestos a llegar a soluciones comunes, cediendo cada uno de sus planteamientos iniciales”, añade.

“Estábamos convencidos que el consenso era la clave de la nueva España y había un respeto mutuo entre todos”, recuerda José Ramón Pin Arboledas

Francisco Vázquez cree que en las afinidades entre diputados de distintos partidos jugaba un papel muy importante la edad o la profesión. Eran más difíciles, a su entender, entre los mayores y pertenecientes a los extremos ideológicos, que en aquel parlamento se situaban en el PCE y AP. Tamames apunta más bien al nivel cultural y capacidad oratoria, “dos facetas muy desigualmente distribuidas entre los oradores parlamentarios”. En ese clima de entendimiento, reconoce Ignacio Camuñas, jugó un papel clave un lugar estratégico pero pocas veces retratado por los medios: la cafetería. Allí, o en almuerzos en restaurantes aledaños, podía uno, en palabras de Luis del Val, conversar “sin corsés ideológicos”.

Todo estaba por hacer. Incluida la asunción de conceptos tales como la disciplina de voto. Luis del Val evoca la figura de Juan de Dios Ramírez Heredia, activista de los derechos de los gitanos que fue elegido diputado en las listas de UCD por Barcelona. Adolfo Suárez hubo de reconvenirle en una larga entrevista mantenida en La Moncloa cuando se levantó de una votación en desacuerdo con la postura mantenida por su grupo. Había hábitos difíciles de sacarse de encima. Francisco Vázquez señala la “rechifla” que en la izquierda provocó una intervención que se inició con un “señores procuradores…”. Tamames recuerda las “pollas en vinagre” (sic) que pronunció en un discurso un diputado asturiano minero de profesión. “Afortunadamente, repasé el Diario de Sesiones al día siguiente y tales palabras habían sido retiradas, con toda la razón”. La labor de los taquígrafos da poco pie a la creatividad. Pero, cuenta el entonces diputado comunista, “(…) cité en una cierta ocasión las palabras de Dante “lasciate ogni speranza…”, y al día siguiente, en el Diario de Sesiones, vi que el taquígrafo había agregado “voi ch’entrate”. Eso es cultura”.

Diputados y periodistas

La nueva generación política nació en paralelo a una flamante hornada de periodistas que dieron sus primeros pasos en el tardofranquismo y, muy jóvenes, entraron en la primera línea de la información política con la Transición. También ellos eran novatos a la hora de relatar lo que sucedía en unas Cortes democráticas. “Los considerábamos dentro del mismo proyecto. Por supuesto que a veces no coincidía lo que queríamos expresar cada uno con lo que ellos publicaban. Ese fue un aprendizaje importante, conocer cuál es la dinámica de unos medios de comunicación en un país libre y democrático. Supongo que a ellos también les costó aprenderlo”, apunta Pin Arboledas. Ignacio Camuñas recuerda que de ese trato se derivaron indiscreciones que ocasionaron no pocos problemas políticos en aquel momento. A su juicio, había “excesiva francachela no exenta a veces de alguna que otra falta de respeto y consideración por parte de algunos profesionales de los medios, que se olvidaban muchas veces que los amigos de antaño hoy eran miembros del gobierno incluyendo al propio presidente del mismo”.

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José María Gil Robles, dirigentes de la Federación Democracia Cristiana, conversa con periodistas tras emitir su voto en junio de 1977 | Foto: EFE Archivo

“Los primeros días, se te acercaba un desconocido, te hacía un comentario, y luego te enterabas de que era periodista”, afirma Pérez-Llorca. Vázquez describe aquello como un “totum revolutum” en el que hubo “un exceso de confianza y de relaciones”. En parecida línea se expresa Luis del Val: “el trato era confianzudo, pero se fue alejando, a medida que aumentaban las responsabilidades políticas. Por ejemplo, José Luis Martín Prieto y Felipe González vieron juntos las elecciones del 82, pero cuando éste fue investido presidente de gobierno, esa relación se distanció. Los periodistas creyeron que la camaradería iba a seguir, aunque el político fuera nombrado ministro, pero no fue así. Y hubo desilusión y pena por ambos lados.” El periodista aragonés reconoce que le pudo su condición en aquella etapa en que se desempeñó como diputado. “Yo mismo actué un poco de periodista. Por ejemplo, me apunté a la Comisión de Defensa, no porque me interesara mucho entonces por la defensa, sino porque me constaba que allí estarían los primeros espadas: Santiago Carrillo, Felipe González, Alfonso Guerra, como así fue. Eso me permitió conocer de cerca al general Manuel Gutiérrez Mellado”.

Tamames no percibió esos excesos. “Los periodistas fueron muy importantes, aunque no tanto como ellos pensaban que lo eran”. Sí recuerda, en cambio, un partido de fútbol en que sus señorías perdieron ante los representantes del ‘cuarto poder’. Capítulo aparte merecen los gráficos, “capaces de sacarte una foto saliendo del servicio”, en palabras de Pérez-Llorca.

Más allá de los grandes líderes, aquella primera tanda de representantes del pueblo sacrificó sus vidas profesionales para cambiar la España en la que crecieron. “Yo, en dos meses, dejé mi trabajo en un banco valenciano y me lancé a la aventura política sin paracaídas”, dice Pin Arboledas. Pero, como señala Francisco Vázquez, “fue un momento impactante e irrepetible, muy cargado de idealismo. Nadie esperaba nada a nivel personal, porque además había cierta incertidumbre y te jugabas tu carrera, pero ser Constituyente es un honor imperecedero.”

Nunca está de más recordarlo.

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Redacción TO

Vladimir Putin se ha unido a millones de creyentes ortodoxos al sumergirse con el torso desnudo en agua helada en una tradición rusa con motivo de la festividad del Bautismo de Cristocelebrada cada 19 de enero. Rodeado de sacerdotes ortodoxos, se sumergió en aguas del lago Seliger que rondan la temperatura de los -5°C. 

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Melania Trump, primera dama a la fuerza

Redacción TO

Foto: Alex Brandon
AP

Dicen que Melania lloró cuando su marido Donald Trump ganó, contra todo pronóstico, las elecciones presidenciales de Estados Unidos en noviembre de 2016. Dicen que sus lágrimas no eran precisamente de alegría. Así se ha publicado en el polémico libro ‘Fire and Fury’. Dicen que la idea de convertirse en primera dama del país más poderoso del planeta jamás formó parte de sus planes. Y, sin embargo, cuenta Vanity Fair que fue la propia Melania quien animó a su marido a anunciar su candidatura a presidente del país, pues era algo que realmente quería hacer desde hacía tiempo. Con todo, parece que le animó porque pensó que jamás ocurría lo que pasó en noviembre de 2016.  “Esto no es algo que ella quisiera y nunca pensó que ocurriría”, dice Vanity Fair citando a alguien muy cercano a Melania.

Se entiende así el gesto serio, más bien triste, que captaron las cámaras del mundo entero el 20 de enero de 2017 en la ceremonia en la que su marido juraba el cargo como 45º presidente de Estados Unidos. Melania forzó una sonrisa cuando Donald Trump se volvió a ella para dirigirle unas palabras, pero en cuanto él le dio la espalda, la sonrisa de Melania dio paso a una expresión taciturna que desencadenó los primeros comentarios sobre la presunta infelicidad de Melania y la poca gracia que le hacía protagonizar el papel de first lady.

Según el New York Daily News, cuando le preguntaron a Ivana -la primera mujer de Trump y madre de Donald Jr., Ivanka y Eric, tres de los cincos hijos del magnate – por las aspiraciones de su exmarido a entrar en la carrera política y presentarse como candidato a la Presidencia del país, contestó: “Sí, es verdad, pero el problema es ¿qué va a hacer con su tercera mujer? No habla, no puede dar un discurso, no acude a actos y, no parece muy interesada en implicarse”.

Algo de razón tenía Ivana, pues si algo ha destacado del primer año de Melania como primera dama es su perfil bajo, convirtiéndose en la más “enigmática” de todas las primeras damas de Estados Unidos, según coinciden en destacar la mayoría de los medios estadounidenses.

Nacida el 26 de abril de 1970 y ex modelo de profesión, Melania es la tercera mujer de Donald Trump con quien se casó en 2005. Él era un empresario multimillonario conocido por sus excentricidades que casi le dobla la edad, que demostró no tener ningún sentido del ridículo al protagonizar un reality en la televisión, y con el que tuvo un hijo, Barron, el quinto de él y el primero de Melania.

Melania Trump, primera dama a la fuerza
Donald Trump y su entonces novia Melania Knauvs en Nueva York en mayo de 2003. | Foto: Peter Morgan / Reuters

Ajena a lo que pudieran decir de ella, tras casarse con uno de los hombres más ricos del país, Melania vivía cómodamente ejerciendo de ama de casa y volcada en su hijo. Nacida en Novo Mesto, Eslovenia, cuando el país era parte de la Yugoslavia comunista, Melania Knavs es hija de un empleado de un concesionario de coches mientras que su madre hacía patrones de ropa infantil. Creció en una vivienda modesta junto a su hermana menor. Tiene, además, un hermanastro por parte de padre de una relación anterior.

A los 16 años Melania, que mide 1.80, comenzó a trabajar como modelo y sólo dos años después firmó un contrato con una agencia en Milán. Apenas pisó la Universidad de Ljubljana, ya que tras un primer año matriculada parece ser que en Arquitectura y Diseño, optó por dejar los estudios para centrarse en su carrera como modelo. Parece ser porque este es un dato que ha desaparecido del perfil de la primera dama.

Abandonó su actividad profesional cuando contrajo matrimonio. Más allá de su carrera, lo más destacado de la primera dama es que no nació en Estados Unidos, que su lengua materna no es el inglés, aunque habla varios idiomas, y que en 2006 adquirió la nacionalidad.  Además, Melania ha roto con una tradición, al ser la primera mujer de un presidente de EEUU que no se instaló en la Casa Blanca junto a su marido cuando éste tomó posesión de su cargo. ¿El motivo? Quiso quedarse en Nueva York en vez de irse a Washington argumentando que quería que su hijo Barron terminara el curso en el elitista colegio privado de la Gran Manzana. Y así lo hizo. Mientras Donald Trump empezaba su vida en la Casa Blanca, por primera vez en la historia del país, una primera dama no se instalaba en la residencia oficial hasta cinco meses después.

Melania rompió con la tradición de sus antecesoras y tardó cinco meses en instalarse en la casa Blanca tras la toma de posesión de Donald Trump

Melania ha sido también la única primera dama que en el pasado posó desnuda para una publicación y la primera también que se querelló contra el Daily Mail después de que el diario británico publicara que había ejercido la prostitución en los años 90. Melania ganó el pasado año la batalla judicial y 3.000.000 de dólares como compensación. En definitiva, es una primera dama atípica por su pasado pero también por su presente, pues sus apariciones públicas son escasas y su agenda como primera dama se ha limitado a varias visitas a colegios y algún hospital donde se la ha visto hablando con estudiantes o pacientes del servicio de pediatría. Poco más.

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Donald Trump junto a su mujer Melania y el hijo de ambos, Barron en Los Angeles en enero de 2007. | Foto: Chris Pizzello / Reuters

Antes de convertirse sin quererlo en primera dama, Melania tuvo una intensa carrera como modelo que la llevó a trabajar en ciudades como Milán y París, antes de trasladarse a Nueva York en 1996, apareciendo en portadas de revista emblemáticas como Vanity Fair, GQ donde posó desnuda en enero del 2000 – imagen que The New York Post recuperó cuando Trump ganó las elecciones y Melania acaparó la atención de un mundo ávido por saber más de la exmodelo extranjera casada con el controvertido empresario multimillonario y sucesora de Michelle Obama en el papel de primera dama.

Un papel nada fácil para Melania, sobre todo, después de que se hiciera viral su discurso en Cleveland ante la Convención Republicana que nominó a su marido candidato a la Presidencia de EEUU por incluir párrafos enteros plagiados que los del discurso que Michelle Obama había pronunciado ocho años antes en la Convención Demócrata de Denver en la que su marido Barack Obama fue nominado candidato demócrata a la presidencia de EEUU. Fue un auténtico escándalo y la imagen de Melania como alguien con pocas inquietudes y sin un discurso propio creció como la espuma. Nadie creyó, como se aseguró desde el equipo de Trump, que ella había escrito su intervención y al final la excusa que se dio fue que una persona del equipo de Trump había traspapelado el discurso de Michelle a la que Melania admitía admirar.

Quién le iba a decir a Melania en 1998, cuando coincidió en una fiesta de moda en Nueva York con Donald Trump que viviría una situación tan desagradable años después. Cuentan que Melania tardó en aceptar una cita con el multimillonario, cuya insistencia acabó dando sus frutos, y un tiempo después comenzaron a salir.

En 1994 la pareja anunció su compromiso y se casó en Palm Beach, Florida, al año siguiente. Una boda por todo lo alto a la que asistieron personalidades del mundo de la cultura, de la farándula, del deporte y de la política, entre los que estaban el expresidente Bill Clinton y su mujer, la entonces senadora demócrata por Nueva York, Hillary Clinton, que en 2016 se convirtió, casualidades de la vida, en la rival de Trump en las elecciones presidenciales de EEUU que el magnate ganó ante la incredulidad de muchos de su propio partido y, quién sabe, si también de la propia Melania.

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El matrimonio Trump despide a los Obama en el Capitolio, Washington, el 20 de enero de 2017. | Foto: Jonathan Ernst / Reuters

Sea o no cierto que a Melania no le haga feliz su papel como primera dama de Estados Unidos, está claro que por ahora no acaba de ajustarse al perfil de lo que tradicionalmente se espera de su nueva responsabilidad. Por el momento no tiene una causa concreta por la que batallar como muchas de sus antecesoras, incluida la admirada Michelle Obama que se centró en luchar contra la obesidad infantil. La pregunta es si acabará encontrando su sitio y dejando su impronta personal como ha ocurrido con las anteriores primeras damas. El tiempo lo dirá.

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Roger Torrent, de alcalde independentista a presidente del Parlament

Redacción TO

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Tras las elecciones del 21 de diciembre, los independentistas se han vuelto a hacer con el control del Parlament de Cataluña. Con la incógnita de quien será el próximo presidente de la Generalitat debido a las dudas sobre la posibilidad de que Carles Puigdemont sea investido a distancia, el nuevo presidente del Parlament se enfrenta a un panorama político convulso y a una verdadera crisis institucional. En los últimos días, el nombre de Roger Torrent ha acaparado numerosos titulares en los medios de comunicación tras convertirse el 17 de enero en el presidente del Parlamento de Cataluña más joven de la historia.

Nacido el 19 de julio de 1979 en Sarrià de Ter, a sus 38 años Torrent puede decir que lleva media vida dedicado a la política. Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración y técnico urbanista, a los 20 años ya era concejal de su municipio, y en 2007 ocupó el puesto de alcalde de esta misma localidad.

Posteriormente, en 2011, fue portavoz de Esquerra Republicana (ERC), partido del que es militante desde el año 2000, en la Diputación de Girona y en 2012 se convirtió en diputado del Parlament. Ahora ya es el séptimo representante de ERC en Cataluña que preside el Parlament (Carme Forcadell lo hizo en nombre de Junts pel Sí).

Mientras cumplía con sus obligaciones políticas, Torrent no dejó de lado su vida personal y ahora se presenta como un orgulloso padre de dos niñas, que lo acompañaron a votar el día de las elecciones autonómicas de Cataluña.

Apoyando la declaración de independencia de Cataluña antes del referéndum y pidiendo la libertad de todos los diputados que fueron encarcelados, Torrent ha mostrado siempre con claridad su convicción de que es necesario crear una república independiente catalana. Su apoyo a los políticos presos ha sido visible en sus apariciones públicas pero también en su vida personal, tanto que Torrent decoró su árbol de Navidad con lazos amarillos. 

La nueva legislatura

Con un lazo amarillo acompañando permanentemente a su traje y a su barba hipster, el nuevo presidente del Parlament ocupó un puesto que llega cargado de retos y responsabilidades.

Torrent comenzó de manera inmediata la ronda de contactos con los diferentes partidos políticos para enfrentar la complicada tarea de “recuperar las instituciones lo antes posible y ponerlas al servicio de los ciudadanos”, como dijo en su discurso inaugural. “Hay que recuperar la normalidad institucional para servir al país de la manera más adecuada”.

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Carme Forcadell y Roger Torrent tras la elección de este como presidente del Parlament. | Foto: Albert Gea/ Reuters

Aunque hay quien considera que Torrent será el encargado de mantener el poder de ERC en el Parlament y evitar la investidura de Puigdemont, el recientemente elegido presidente de esta institución ha evitado posicionarse sobre este tema durante toda la ronda de contactos y ha dejado a los más impacientes con la duda sobre sus futuras actuaciones. Asegura en todo momento que decidir si se aprueba la investidura a distancia de Puigdemont “es una decisión que depende de la Mesa del Parlamento y será una decisión política del conjunto de la mesa”.

Cómo llegó al Parlament

El nombre de Roger Torrent comenzó a tomar relevancia durante la campaña electoral, cuando sustituyó a Marta Rovira en algunos debates. Ser considerado como alguien de total confianza por ERC y estar libre de procesos judiciales fueron los motivos que empujaron su nombre hasta lo más alto de la lista de candidatos y acabó imponiéndose para el cargo.

Quizá también ayudó su faceta más mediática. Su facilidad ante las cámaras ha hecho que en los últimos meses Torrent se haya convertido en un rostro habitual de las tertulias televisivas, siendo además colaborador del programa La Sexta Noche, donde desarrollaba sin titubeos un discurso de la línea dura del independentismo.

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Roger Torrent, a su llegada a la primera reunión de la Mesa del Parlament. | Foto: Alberto Estévez/ EFE

Ahora tendrá que enfrentarse a una legislatura realmente dura, envuelto en un contexto político convulso y con numerosas incógnitas, como ya hizo su antecesora Carme Forcadell. Antes de ser elegido, prometió “materializar el mandato democrático surgido de las urnas el pasado 21 de diciembre”. Queda ver ahora si cumplirá esta promesa y, lo más importante, cómo.

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Nahuel Pérez Biscayart, actor de '120 pulsaciones por minuto': "Los jóvenes tratan el sida como algo del pasado"

Néstor Villamor

Foto: Céline Nieszawer
Avalon

Nahuel Pérez Biscayart está sorprendido: “Hoy las generaciones más jóvenes tratan el sida como si fuera algo del pasado”. Habla sin enfado pero con contundencia. “Conozco casos de gente joven a la que, de golpe, diagnostican y uno dice: ‘Guau, ¿cómo puede ser que después de tanto trabajo, después de tantas muertes, tanta lucha dada no haya disminuido?'”. La lucha a la que hace referencia es la que retrata 120 pulsaciones por minuto, una película sobre la crisis del sida en Francia en los años 90 que llega este viernes a España después del éxito amasado en la cartelera gala. Protagonizada por Pérez Biscayart y ganadora del Grand Prix, del premio FIPRESCI y de la Queer Palm en la pasada edición del Festival de Cannes, es el tercer largometraje de Robin Campillo, una de las revelaciones del cine francés actual.

“Era un tema que él había vivido, que el coguionista también había vivido, que el productor también había vivido”, cuenta el actor argentino, que tuvo que “afilar” su francés para este trabajo. “Entones uno empieza a decirse: ‘Esto es una historia que tiene detrás a un grupo muy tocado de manera íntima'”. Porque además de director de La resurreción de los muertos (2004) y de Eastern boys (2013), Robin Campillo también fue militante en los 90 de ACT UP-París, organización que centra 120 pulsaciones por minuto. Fundada a finales de los 80 como respuesta al silencio con el que François Mitterrand trataba las más de 2.500 muertes que anualmente dejaba la enfermedad en Francia, la entidad se propuso ponerle cara a la epidemia.

“Silence=Death” (Silencio=Muerte) era el eslogan que se podía leer en las camisetas de los activistas de ACT UP-París durante su primer die-in, una protesta en la que los militantes se se tumbaban en la calle fingiendo estar muertos a modo de reivindicación, de súplica y de doloroso presagio. No fue el único momento en el que la organización intentó llamar la atención sobre el problema que estaba causando el virus. Sus actos incluyeron colgar una pancarta en la catedral de Notre-Dame como crítica a la Iglesia Católica y envolver el Obelisco de la Concordia de París con un inmenso condón rosa para promover el uso del preservativo.

Es un ambiente que refleja 120 pulsaciones por minuto, cuyos personajes asaltan un laboratorio farmacéutico al grito de “Asesinos” para protestar contra la inacción de la compañía. Pérez Biscayart, que interpreta a Sean, rechaza la palabra “radical” para describir el funcionamiento de ACT UP-París. “Decir ‘radical’ a un grupo de personas que pintaba las paredes con sangre artificial me parece radical. Considerar que el valor material de una pared tiene más valor que una vida humana me parece radical”.

“Fuerza, sutileza y delicadeza”

120 pulsaciones por minuto despertó el interés Pérez Biscayart desde el principio. “Leí un guion que tenía una fuerza y un nivel de sutileza y de delicadeza en los diálogos y en la construcción que me dejaron muy sorprendido. Me emocioné al leerlo, me reía, me pasaban cosas que raramente pasan cuando uno lee guiones”. Porque además de la esfera política, la cinta gira también hacia lo íntimo con una historia de amor en los tiempos del sida que aligera, con una pincelada de romanticismo, la película, en sí misma una fuente de conocimiento prácticamente inaccesible en aquellos años 90 que retrata el drama de Robin Campillo.

Pero a pesar de la información, disponible -ahora sí- en títulos como 120 pulsaciones por minuto, las muertes siguen ocurriendo. De ahí la sorpresa de Pérez Biscayart, que, como Sean, mira hacia la política: “El rol del Estado es todo en estos asuntos. Cuando hay una voz ahí muy fuerte que expande conocimiento e información a la población y que la educa, esas personas tienen la libertad de cuidarse, de saber y de protegerse”.

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