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Sus pioneras señorías: hablan los primeros diputados de la Transición

José Ignacio Wert Moreno

Foto: EFE
EFE Fototeca

“Treinta y tantos millones de españoles y yo soy de estos 350… ¡asombroso!”. El pensamiento forma parte del recuerdo de José Ramón Pin Arboledas –número cuatro de UCD por Valencia-, pero no sería raro pensar que pasara por la cabeza de otros tantos de aquellos primeros “padres de la patria” que el 13 de julio de 1977 iniciaron la andadura de las cámaras legislativas elegidas menos de un mes antes por los ciudadanos con su voto después de casi 40 años de dictadura.

Algunos de ellos afrontaron la noche electoral con la práctica seguridad de que serían elegidos diputados. Es el caso de Francisco Vázquez –número uno del PSOE por A Coruña-, que ya había desplegado una intensa actividad en los últimos tiempos de la clandestinidad coordinando huelgas desde su posición de inspector de trabajo, y que contaba con un cargo orgánico de la importancia de la Secretaría General del partido en Galicia. Otros, sin embargo, no las tuvieron todas consigo hasta muy avanzado el escrutinio. “Pensábamos salir uno o dos”, recuerda Pin Arboledas, que no tuvo la certeza de que entraría en el Congreso hasta la mañana siguiente. Eran otros tiempos. O no creían demasiado en convertirse en diputados después de una inclusión en las listas algo precipitada, como Luis del Val, número tres de UCD por Zaragoza. José Ramón Lasuén, cabeza de lista por Teruel e importante representante del sector socialdemócrata de esa formación, se lo dejó claro: “O dentro de UCD o desaparecemos”.

Ni históricos de sus propios partidos se libraron de la incertidumbre. Ramón Tamames concurría como número cuatro del PCE por Madrid, y ni un escaño más obtuvieron los comunistas por esa provincia. El economista vio el peligro de quedar fuera. “La verdad es que fue una espera bastante agónica, y al final, cuando se confirmó mi acta de diputado, tuve una de las grandes alegrías de mi vida”. Diferente es el recuerdo de Ignacio Camuñas –número siete de UCD por Madrid- que rememora seguir los resultados desde el Hotel Eurobuilding de la capital, haciéndose fotos junto a Garrigues “con todas las chicas que nos acompañaban, así como con un puñado de artistas encabezados por Bárbara Rey que habían hecho campaña por UCD”.

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Un 600 con los carteles electorales de los partidos que se presentaron a las elecciones del 77 | Foto: Congreso de los Diputados

Conseguida el acta, quedaba recogerla –primero en la Audiencia Provincial correspondiente- y pasar por los oportunos trámites. Hoy es un proceso seguido casi en directo por las cámaras de televisión. Entonces, sus señorías lo cumplimentaron sin albergar ningún recuerdo especial. Francisco Vázquez, que fue diputado hasta el 2000, hizo entonces un gesto que luego se convertiría en obligatorio: aportar una declaración de bienes avalada por notario.

Algunos ya conocían la casa. Era el caso de José Pedro Pérez-Llorca –número 11 de UCD por Madrid- que era, por oposición, letrado en Cortes y, por tanto, testigo privilegiado de la peculiar transición que la Carrera de San Jerónimo hizo desde los procuradores franquistas a los diputados democráticos. Aquellas últimas promociones de letrados, subraya hoy Pérez-Llorca, representaban un pluralismo político mucho mayor que la de los procuradores. Se conocía de memoria todos los reglamentos y normas presentes y pasados, gracias a su aplicación como opositor, pero la mayor ventaja sobre el resto de diputados era más bien topográfica, recuerda, al saber dónde estaban lugares estratégicos como el cuarto de baño.

Al contrario de lo que pasaría después, una vez aprobada la Constitución de 1978, aquella legislatura echó a andar con el gobierno ya formado. El rey Juan Carlos ratificó a Adolfo Suárez dos días después de los comicios del 15 de junio, y éste compuso un nuevo gabinete el 5 de julio. En él, ocupaba la cartera de Relaciones con las Cortes un joven Ignacio Camuñas de 36 años. Eso le obligó a trabajar intensamente en los preparativos de las primeras sesiones, que hizo con el presidente de las Cortes, todavía elegido por el monarca, Antonio Hernández Gil, uno de los senadores por designación real que existieron en esa etapa ya democrática pero todavía no constitucional. Hernández Gil pudo, de ese modo, reencontrarse con Tamames, que había sido alumno suyo en la universidad. “No había Reglamento del Congreso y hubo que improvisar y pactar una multitud de detalles de carácter protocolario pero de gran repercusión política que me dieron algún que otro quebradero de cabeza”, recuerda hoy Camuñas.

Lejos de la vanguardia tecnológica

En la actualidad, los kits que reciben los diputados electos –dispositivos electrónicos de última generación o conexiones a Internet en condiciones ventajosas- despiertan recelo en la sociedad. No fue el caso hace 40 años. Y es que no hubo prebendas, más allá de unos vales para Iberia y RENFE. Ni siquiera fueron dados de alta en la Seguridad Social durante los primeros meses, recuerda Pin Arboledas. Las dietas eran pequeñas, heredadas de los procuradores franquistas, y los despachos no eran individuales. “Encima, los procuradores habían vaciado el presupuesto (…) nos obligaban a pernoctar en hostales y pensiones del entorno de las Cortes. Pero nadie se quejó”, apunta Francisco Vázquez. José Ramón Pin Arboledas, para ahorrar, dormía en casa de su padrino, que vivía en Madrid. “(…) así obviaba la soledad del hotel y me relacionaba con otras personas de fuera de la política para evitar desenfocar mi visión de la realidad, que siempre es pluriforme.”
La austeridad tecnológica continuó cuando empezaron los trabajos de redacción de la Constitución. “Lápiz, papel, el Aranzadi y gomas de borrar” por todo equipamiento, afirma Pérez-Llorca, que destaca el papel de Celia, la funcionaria que se encargaba de pasar a máquina sus escritos y de corregir los errores con Tipp-Ex.

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José Pedro Pérez-Llorca en el acto conmemorativo de los 40 años de las elecciones de 1977 en el Congreso de los Diputados, el 28 de junio de 2017 | Foto: Congreso de los Diputados

Pérez-Llorca es, junto a Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y Miquel Roca, la terna superviviente de los llamados “Padres de la Constitución.

La imagen de la Pasionaria

“No se oía ni un carraspeo” en el hemiciclo del Congreso de los Diputados cuando, en la sesión inaugural de la legislatura constituyente, Dolores Ibárruri se levantó de su escaño provisional y, del brazo de Rafael Alberti, bajó la escalera para formar parte de la mesa de edad. La foto se ha reproducido hasta la saciedad. Y queda en el firmante el temor a que su evocación sea un terrible cliché, una de esas imágenes que adquieren mucha más importancia cuando se ven después que la que le dieron en su momento los protagonistas que se hallaban sobre el terreno. Pero el testimonio de Luis del Val no deja lugar a dudas. Para Tamames era la mejor ilustración del concepto de “reconciliación nacional” que el PCE propugnaba desde 1956. “El momento fue emocionante, pero no creo que fuéramos totalmente conscientes de la trascendencia del mismo”, apunta Pin Arboledas, al que le viene a la cabeza otro recuerdo cuando echa la vista atrás hacia aquel 13 de julio de 1977. 39 años antes de que el bebé de Carolina Bescansa acaparara todos los focos en la sesión constitutiva de la fallida XI legislatura, Carmen, la hija de tres años del flamante diputado, “se revolcaba por las alfombras del Congreso”.

Luis del Val añade otra imagen; la de Simón Sánchez Montero, dirigente comunista con muchos años de cárcel a su espalda, saludando al ex ministro franquista y entonces líder de Alianza Popular, Manuel Fraga, en el salón de los pasos perdidos. “Hubo un titubeo, Simón extendió la mano y Manuel la apretó. Para mí fue la confirmación de que aquello podía salir bien”. Francisco Vázquez se recuerda impresionado por el escenario, que él conocía por las descripciones de Galdós, Azaña, Prieto o Fernández Flórez. “A mis 31 años formaba parte del lugar donde los últimos 200 años había sucedido todo lo que había leído y estudiado, donde habían sido protagonistas los personajes que admiraba”.

Aquel día hubo alguna otra incidencia. El reglamento indicaba que los distintos procesos constitutivos de la cámara se debían ir haciendo uno “acto seguido” del otro. Dieron las dos y cuarto de la tarde y sus señorías no habían almorzado. Pérez-Llorca decidió intervenir desde el escaño -toda una novedad ya que los procuradores sólo lo hacían desde la tribuna- para decir que la expresión “acto seguido” indicaba sólo que no se debían hacer otros trabajos parlamentarios entre medias y que, por lo tanto, podían parar a comer. Hoy reconoce que improvisó tal interpretación para conseguir el parón.

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Dolores Ibárruri y Rafael Alberti presidieron la constitución de las primeras Cortes salidas de las elecciones del 77 | Foto: Efe archivo

El día a día en la Carrera de San Jerónimo

Allí convivían diputados que llevaban años de trabajo conjuntamente en la clandestinidad con otros que compartían siglas sin apenas conocerse. “No es que no nos conociéramos entre los de distintas provincias, es que incluso los de la misma candidatura nos acabábamos de conocer un poco antes de las elecciones”, apunta Luis del Val. También coincidieron distintas personalidades que, pese a las diferencias políticas, se admiraban en la distancia. Así le sucedió a Pin Arboledas con Tamames. Y es que aquellos primeros próceres trabajaron en una sintonía que estuvo por encima de las siglas. “El ambiente inicial fue extraordinario. Todos los que habíamos convivido en la oposición democrática nos conocíamos perfectamente porque llevamos muchos años de trabajo en común y entre muchos de nosotros existía una verdadera amistad de antiguo, fundamentalmente entre los hombres de la UCD y el PSOE incluyendo a la mayoría de los nuevos diputados comunistas”, recuerda Ignacio Camuñas. “Trabajamos mucho, eso sí, y negociábamos todo. Estábamos convencidos que el consenso era la clave de la nueva España y había un respeto mutuo entre todos”, señala hoy José Ramón Pin Arboledas. “La relación personal fue siempre buena. No los veía como enemigos, sino como compañeros con los que discrepaba pero con los que estábamos dispuestos a llegar a soluciones comunes, cediendo cada uno de sus planteamientos iniciales”, añade.

“Estábamos convencidos que el consenso era la clave de la nueva España y había un respeto mutuo entre todos”, recuerda José Ramón Pin Arboledas

Francisco Vázquez cree que en las afinidades entre diputados de distintos partidos jugaba un papel muy importante la edad o la profesión. Eran más difíciles, a su entender, entre los mayores y pertenecientes a los extremos ideológicos, que en aquel parlamento se situaban en el PCE y AP. Tamames apunta más bien al nivel cultural y capacidad oratoria, “dos facetas muy desigualmente distribuidas entre los oradores parlamentarios”. En ese clima de entendimiento, reconoce Ignacio Camuñas, jugó un papel clave un lugar estratégico pero pocas veces retratado por los medios: la cafetería. Allí, o en almuerzos en restaurantes aledaños, podía uno, en palabras de Luis del Val, conversar “sin corsés ideológicos”.

Todo estaba por hacer. Incluida la asunción de conceptos tales como la disciplina de voto. Luis del Val evoca la figura de Juan de Dios Ramírez Heredia, activista de los derechos de los gitanos que fue elegido diputado en las listas de UCD por Barcelona. Adolfo Suárez hubo de reconvenirle en una larga entrevista mantenida en La Moncloa cuando se levantó de una votación en desacuerdo con la postura mantenida por su grupo. Había hábitos difíciles de sacarse de encima. Francisco Vázquez señala la “rechifla” que en la izquierda provocó una intervención que se inició con un “señores procuradores…”. Tamames recuerda las “pollas en vinagre” (sic) que pronunció en un discurso un diputado asturiano minero de profesión. “Afortunadamente, repasé el Diario de Sesiones al día siguiente y tales palabras habían sido retiradas, con toda la razón”. La labor de los taquígrafos da poco pie a la creatividad. Pero, cuenta el entonces diputado comunista, “(…) cité en una cierta ocasión las palabras de Dante “lasciate ogni speranza…”, y al día siguiente, en el Diario de Sesiones, vi que el taquígrafo había agregado “voi ch’entrate”. Eso es cultura”.

Diputados y periodistas

La nueva generación política nació en paralelo a una flamante hornada de periodistas que dieron sus primeros pasos en el tardofranquismo y, muy jóvenes, entraron en la primera línea de la información política con la Transición. También ellos eran novatos a la hora de relatar lo que sucedía en unas Cortes democráticas. “Los considerábamos dentro del mismo proyecto. Por supuesto que a veces no coincidía lo que queríamos expresar cada uno con lo que ellos publicaban. Ese fue un aprendizaje importante, conocer cuál es la dinámica de unos medios de comunicación en un país libre y democrático. Supongo que a ellos también les costó aprenderlo”, apunta Pin Arboledas. Ignacio Camuñas recuerda que de ese trato se derivaron indiscreciones que ocasionaron no pocos problemas políticos en aquel momento. A su juicio, había “excesiva francachela no exenta a veces de alguna que otra falta de respeto y consideración por parte de algunos profesionales de los medios, que se olvidaban muchas veces que los amigos de antaño hoy eran miembros del gobierno incluyendo al propio presidente del mismo”.

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José María Gil Robles, dirigentes de la Federación Democracia Cristiana, conversa con periodistas tras emitir su voto en junio de 1977 | Foto: EFE Archivo

“Los primeros días, se te acercaba un desconocido, te hacía un comentario, y luego te enterabas de que era periodista”, afirma Pérez-Llorca. Vázquez describe aquello como un “totum revolutum” en el que hubo “un exceso de confianza y de relaciones”. En parecida línea se expresa Luis del Val: “el trato era confianzudo, pero se fue alejando, a medida que aumentaban las responsabilidades políticas. Por ejemplo, José Luis Martín Prieto y Felipe González vieron juntos las elecciones del 82, pero cuando éste fue investido presidente de gobierno, esa relación se distanció. Los periodistas creyeron que la camaradería iba a seguir, aunque el político fuera nombrado ministro, pero no fue así. Y hubo desilusión y pena por ambos lados.” El periodista aragonés reconoce que le pudo su condición en aquella etapa en que se desempeñó como diputado. “Yo mismo actué un poco de periodista. Por ejemplo, me apunté a la Comisión de Defensa, no porque me interesara mucho entonces por la defensa, sino porque me constaba que allí estarían los primeros espadas: Santiago Carrillo, Felipe González, Alfonso Guerra, como así fue. Eso me permitió conocer de cerca al general Manuel Gutiérrez Mellado”.

Tamames no percibió esos excesos. “Los periodistas fueron muy importantes, aunque no tanto como ellos pensaban que lo eran”. Sí recuerda, en cambio, un partido de fútbol en que sus señorías perdieron ante los representantes del ‘cuarto poder’. Capítulo aparte merecen los gráficos, “capaces de sacarte una foto saliendo del servicio”, en palabras de Pérez-Llorca.

Más allá de los grandes líderes, aquella primera tanda de representantes del pueblo sacrificó sus vidas profesionales para cambiar la España en la que crecieron. “Yo, en dos meses, dejé mi trabajo en un banco valenciano y me lancé a la aventura política sin paracaídas”, dice Pin Arboledas. Pero, como señala Francisco Vázquez, “fue un momento impactante e irrepetible, muy cargado de idealismo. Nadie esperaba nada a nivel personal, porque además había cierta incertidumbre y te jugabas tu carrera, pero ser Constituyente es un honor imperecedero.”

Nunca está de más recordarlo.

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Mariano Rajoy, testigo de excepción

Marta Ruiz-Castillo

Foto: SUSANA VERA
Reuters/Archivo

“Con absoluta normalidad” afronta el presidente del gobierno, Mariano Rajoy, su declaración como testigo este miércoles en la vista oral del juicio del ‘caso Gürtel’. Así lo aseguró en abril a preguntas de los periodistas.

“Llevo diciendo durante mucho tiempo que cumplir la ley y hacer caso a las resoluciones de los tribunales es algo obligado para todos, me he referido también a los gobernantes y en mi caso también; es mi obligación e iré encantado a responder a lo que tengan a bien preguntar y aclarar lo que quieran aclarar. Este es un acto de pura normalidad”.

“Normalidad”, “tranquilidad” y “colaboración con la Justicia”, son las consignas dadas en el PP y en el Gobierno para hablar sobre la presencia de Rajoy en la Audiencia Nacional, según se desprende de las declaraciones de altos cargos del partido y del ejecutivo en las horas previas a la comparecencia del presidente en el juicio de la Gürtel. Empezando por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, que el lunes recordó que “cualquier español sabe que colaborar con la justicia es una labor de todos y a la que todos debemos acceder con la mejor disposición. Y con esa mejor disposición es con la que irá el presidente del Gobierno, a colaborar con la justicia en lo que el tribunal estime oportuno”.

La comparcencia del presidente del Gobierno ante el tribunal que juzga posibles implicaciones del PP en la trama Gürtel ha provocado una gran expectación con 321 periodistas de 83 medios nacionales e internacionales acreditados. Será la imagen del día dentro y fuera de España y ante la avalancha de medios, la Audiencia Nacional ha tomado medidas excepcionales, según informa en una nota.

Por el tribunal han pasado ya como testigos buena parte de la antigua cúpula del PP como Ángel Acebes o Javier Arenas, entre otros. Todos dijeron desconocer las actividades de Francisco Correa, considerado líder de la trama de corrupción, en el partido y negaron haber recibido dinero de éste.

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Ángel Acebes, ex secretario general del PP, tras declarar en el juicio Gürtel en junio | Foto: Susana Vera / Reuters

No está previsto que Rajoy se siente frente al tribunal como el resto de los encausados o testigos, sino a un lado de la sala. Y eso que la Audiencia se refiere a él en uno de los autos como “el ciudadano Mariano Rajoy”, así que se desconoce el lugar desde el que responderá a las preguntas que le formulen. Más allá de dónde se siente, el ciudadano Rajoy está obligado a decir la verdad como testigo si no quiere incurrir en un delito de falso testimonio tipificado en el artículo 458 del Código Penal.

Los autos de la Audiencia

“La Sección Segunda de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional ha citado a Mariano Rajoy para que declare como testigo el próximo 26 de julio a las 9:30 horas en la vista oral del ‘caso Gürtel'”, según un auto de mayo en el que se establece que el presidente del Gobierno “deberá comparecer físicamente en la sede de la Audiencia Nacional de San Fernando de Henares”.

El tribunal señala que “la importancia de su declaración, en cuanto a los conocimientos que el testigo pueda tener datos que pueda aportar, hacen que la inmediación y la contradicción demanden como opción preferente su presencia física ante la Sala”.

La resolución se aprobó con el voto particular del presidente del tribunal, Ángel Hurtado, que considera que debería haberse acordado que la declaración de Rajoy como testigo se realizara por videoconferencia, tal y como había pedido el propio presidente del Gobierno.

Antes de este auto hubo otros. El 4 de febrero de 2016, la Sección Segunda de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional dictó uno en relación con el juicio de la pieza “Época I” del ‘caso Gürtel’ por el que el tribunal rechazaba “la declaración como testigo del presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, y acuerda la de la presidenta del PP de Madrid, Esperanza Aguirre, entre otras”.

En su resolución los magistrados admitieron toda la prueba solicitada por la Fiscalía, la Abogacía del Estado, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Madrid, así como de la Asociación de Abogados Demócratas por Europa ADADE, salvo la solicitud de esta organización que actúa como acusación particular para que testificara Mariano Rajoy, por no haber aportado razones suficientes para que prestara declaración, “sin perjuicio de que, en otro momento, se pueda acordar por la Sala que testifique de considerarlo necesario, a la vista del desarrollo del juicio oral”.

El 24 de abril de este año, la Sección Segunda de la Sala de lo Penal cambia de opinión y notifica en un auto los motivos por los que llama a declarar como testigo al presidente del Gobierno. No por su calidad de jefe del Ejecutivo, dice, sino por los cargos “que ocupaba y actividad que en función de ellos debía desarrollar en el Partido Popular, en el periodo temporal abarcado en el enjuiciamiento de la presente Pieza Separada de las DP 275/08 – EPOCA I: 1999-2005”. El auto incluyó un voto particular del presidente del tribunal, el magistrado Ángel Hurtado, contrario a la práctica de esta prueba testifical.

Los jueces consideran que “la situación en la que se encuentra el tribunal es muy diferente a la de antes del inicio de las sesiones del juicio”. Rajoy planteó que testificar físicamente supondría un gasto extra y propuso declarar a través de videoconferencia. La Audiencia, en su auto del 30 de mayo, considera que “las razones dadas ni son consistentes ni tampoco son razones que impidan al testigo acudir ante el tribunal”.

“El Tribunal no acierta a entender en qué consiste ese despliegue importante de recursos”

“El tribunal no acierta a entender en qué consiste ese despliegue” importante de recursos públicos por el hecho de que “el testigo tenga que desplazarse 18 kilómetros”, como “tampoco comprende” que se aleguen cuestiones de seguridad dado que en el lugar donde se celebra el juicio hay unas medidas de seguridad “con mayores garantías que las que puedan ofrecer otras sedes empresariales o institucionales de la Comunidad de Madrid”.

“En tres oportunidades dijeron que no tenía que ir como testigo, ahora dicen que sí; no dije nada en las otras oportunidades y ahora tampoco”, comentó Rajoy a los periodistas a finales de abril cuando fue preguntado por la decisión final de la Audiencia de hacerle acudir a testificar.

…y nada más que la verdad

“Poco podrá aportar por su desconocimiento de los hechos”. Quien así se habla sobre lo que va a decir Rajoy en su declaración es el vicesecretario de organización del PP, Fernando Fernández Maíllo. Y es que el caso que se juzga en la Audiencia es una de las muchas piezas separadas del caso Gürtel. Se trata de la conocida como Primera Época, y más concretamente la que se refiere a la supuesta financiación irregular en las campañas electorales en 2003 de los ayuntamientos madrileños de Majadahonda y Pozuelo, gobernados por el PP.

“Rajoy no sabe ni podía saber nada de los manejos en Pozuelo y Majadahonda de la red controlada por Francisco Correa”, aseguró Fernández Maíllo el lunes en rueda de prensa en la sede del PP. Rajoy dejó de ser vicesecretario general del partido en septiembre de 2003, cuando José María Aznar le cedió el testigo como líder del PP.

Fernández Maíllo recordó el lunes que fue precisamente en el momento en el que Mariano Rajoy llegó a la presidencia del PP cuando la dirección del partido suspendió los contratos con la empresa de Francisco Correa. Algo que el propio Correa y que el extesorero del PP, Luis Bárcenas, también encausado en el caso Gürtel, corroboraron en sus respectivas declaraciones en el juicio oral.

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Rajoy se reunió con el líder del PSOE, Pedro Sánchez, el 6 de julio. Foto: Juan Medina / Reuters

Rajoy, por su calidad de testigo, está obligado a decir la verdad y Pedro Sánchez se ha encargado de recordárselo desde que se supo que iba a comparecer ante el tribunal; la última vez, el pasado sábado durante un acto de partido en el que el secretario general del PSOE instó al presidente del gobierno a que, cuando comparezca ante la Audiencia Nacional “diga la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”.

Para el PSOE, la comparecencia de Rajoy ante un tribunal, aunque sea como testigo, “no es una buena imagen para España, ni para la credibilidad democrática de nuestro país”. “Un presidente en activo jamás había comparecido en ninguna circunstancia ante la Audiencia Nacional”, destacó este lunes el secretario de Organización de los socialistas, José Luis Ábalos en rueda de prensa, en la que insistió en que Rajoy “no es que pasara por allí”, sino que la Audiencia Nacional entiende que su testimonio “es relevante para el esclarecimiento de los hechos que se están juzgando”.

Felipe González y el caso Marey

La imagen de todo un presidente del gobierno en activo declarando como testigo en un juicio por corrupción no tiene precedentes en España. En otros países, sí. Pero en España, es la primera vez. De ahí la expectación creada en medios nacionales internacionales. De ahí las medidas de seguridad extremas que se han organizado en el entorno a las instalaciones de San Fernando de Henares donde la Audiencia celebra el eterno juicio de la Gürtel.

Antes que Rajoy, sin embargo hubo un caso similar. Felipe González también tuvo que pasar por el mal trago de acudir, en este caso ante el Tribunal Supremo, para declarar como testigo en el juicio por el secuestro de Segundo Marey, la primera acción de los GAL en 1983 en el marco de la guerra sucia contra ETA.

En 1998 Felipe González ya no era presidente del Gobierno pero el tribunal lo llamó a declarar en medio de una gran polémica y expectación por el secuestro de Marey, un ciudadano francés confundido con un etarra, cometido en 1983 cuando era presidente del Gobierno. Por este suceso fueron encarcelados el ex ministro del Interior, José Barrionuevo, el ex secretario de Estado de Seguridad, Rafael Vera, y otros ex altos cargos del ministerio en septiembre de ese mismo año 98.

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Felipe González sale de testificar ante el Supremo por el caso Marey el 23 de junio de 1998. Foto: Sergio Pérez / Reuters

También Adolfo Suárez, primer presidente del Gobierno de la democracia tras 40 años de dictadura compareció como testigo en el juicio del caso Banesto, cuando hacía años que había dejado La Moncloa. La diferencia es que Suárez pidió comparecer como testigo, mientras que González y Rajoy fueron obligados.

Continua leyendo: Zinteta, la artista que devuelve las estrías a la belleza

Zinteta, la artista que devuelve las estrías a la belleza

Redacción TO

Foto: @ZINTETA
Instagram

La artista e ilustradora española Cinta Tort Cartró, nacida en Barcelona en 1995, ejemplifica el espíritu emprendedor y autodidacta de su generación, la Generación Z. Gracias a sus creaciones, algunas controvertidas pero sin duda certeras, ha logrado protagonizar artículos de importantes publicaciones extranjeras como The Daily Dot o Huffington Post, por citar algunas.

Obsérvalas, léelas, descúbrelas y ámalas. Estrías 💛💚❤️💜💙 Des de bien pequeñitxs nos hacen odiar todo aquello que tenemos en nuestro cuerpo e intentan constantemente que eliminemos todo aquello que para ellos no es normal: las manchas, las pecas, los pelos, y un sinfín de cosas más, y… las estrías. Las estrías son aquellas marcas que muchxs de nosotrxs tenemos en la piel. Me pasé años odiándolas e intentando encontrar una manera de eliminarlas, hasta que me dí cuenta que si no las aceptaba no me estaba aceptando a mi misma. Hace unos pocos años que he empezado a trabajar el amor propio y a aceptar y ver todo lo que hay en mi cuerpo. Aceptar todo esto es aceptar tus raíces, tu historia, todo lo que hay en él y, al fin y al cabo, aceptarte a ti misma. Las estrías son parte de nuestra esencia, nuestros momentos, de nuestras vidas, de nuestras historias y de nosotrxs. Son tan bellas que no se como a veces consiguen que las odiemos. Observarlas es terapéutico. No dejas que se metan con todo lo que tienes y todo lo que eres. Quererse es un acto revolucionario.

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M'agrada quan ens abracem 💜 #abrazos

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#manchoynomedoyasco (Més respecte, si us plau)

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#estrías 💜💖❤💛💚💙 Cada unx de nosotrxs es diferente y, a la vez, cada cuerpo es de una forma u otra y tiene su propia esencia y energía. Hay muchos tipos de cuerpos, igual que hay muchos tipos de estrías. De eso me dí sobre todo cuenta el día que hice estas producciones. Pintando a Yacine, a Mònica y a Roser observé detalladamente su piel, la delicadeza que había en ella y, a la vez, la belleza y la esencia que estas escondían. Hay personas con más o menos estrías, con estrías muy gruesas, menos, o más o menos marcadas, y en esto, en la diversidad, hay la riqueza. Las estrías de Yacine me llamaron mucho la atención, pequeñitas, poco palpables a primera vista y verticales, era la aventura de descifrar todo lo que ellas escondían. Todos los cuerpos tienen (más o menos) manchas, pelos, pecas, estrías, curvas, rectas, heridas, arrugas… y todos son igual de válidos. Ya es hora de que empezemos a amar el nuestro porque, al fin y al cabo, esta es nuestra herramienta de comunicación con el mundo. Y si no nos gusta la herramienta que utilizamos para ello, dificilmente podremos sentirnos libres. Una vez más: quererse es un acto revolucionario. 💜

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La propuesta que ofrece Zinteta en la red, y que le ha labrado una importante base de 30.000 seguidores que suma y sigue, es arriesgada a la par que reivindicativa. Según sus propias palabras, este proyecto creativo feminista nació porque “sometida a situaciones machistas” vio que “una buena manera de poder luchar contra ellas era visibilizándolas a través del arte”. Muchas de esas situaciones son los propios cánones de belleza que imponen industrias como la de la moda, en la que elementos naturales del cuerpo de cualquier mujer, como las propias estrías, se esconden ante la mirada de millones de personas. Esas estrías Zinteta las pinta de colores para devolverlas a la belleza, para hacerlas visibles e incluso destacarlas. Además, también visibiliza otras ‘vergüenzas’ para que no sean tales, como la menstruación. Lo hace a través de “Mancho y no me doy asco”, uno de sus más recientes proyectos artísticas.

#manchoynomedoyasco

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#manchoynomedoyasco Hola a todxs. Gracias. Estos dos últimos días han pasado cosas muy "heavys". Antes de ayer me hicieron una entrevista desde Nueva York y ayer me encontré con un artículo en la red sobre mi trabajo, aluciné. Pero hoy… esta mañana, me he encontrado con un artículo sobre mi trabajo en la edición digital de Metro Newspaper (UK). Y lo más gracioso es que me ha dado por buscar mi nombre (Cinta Tort Cartró) en google y me he encontrado con mogollón de artículos que hacían referencia a mis producciones, artículos en mogollón de idiomas… lo estoy flipando y creo que no voy a ser consciente de ello durante unos días. Espero que llegue a muchas personas y que puedan reflexionar sobre toda la lucha que hay en esto. Estoy muy feliz, la verdad que estoy muy en shock y no se muy bien que decir. Un gracias queda pequeño. Un gràcies es queda molt petit💜🌱

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💗 #manchoynomedoyasco

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Part II. Emoción a flor de piel. Estoy en shock. GRACIAS. THANK YOU 💜🌱

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Sus piezas e ilustraciones abarcan la exploración de la mujer, la identidad sexual y el género desde un punto estéticamente llamativo. Quédate con su nombre, porque esta jovencísima ilustradora dará mucho que hablar.

More about International day against homophobia, transphobia and biphobia #IDAHOT

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Faltan abrazos. Prints disponibles.

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Continua leyendo: ¿Cambio? ¿Qué cambio?

¿Cambio? ¿Qué cambio?

Cristian Campos

Se suele olvidar que la Generalitat de Cataluña nunca vio con buenos ojos los Juegos Olímpicos de Barcelona hasta que su éxito convenció a los líderes de CiU de que más valía subirse al carro de los entusiastas que poner palos en sus ruedas. También se suele olvidar la frase «boicotear unos Juegos Olímpicos es muy fácil pero los apoyamos por patriotismo» de Jordi Pujol, o los planes de los cachorros de CDC para reventar la ceremonia inaugural, o que la contribución financiera del Gobierno catalán fue anecdótica comparada con la del sector privado, la del Ayuntamiento de Barcelona y la del Gobierno central (socialistas ambos).

Se olvida también que el Ayuntamiento se vio obligado a negociar con la Crida, un grupo independentista cercano a ERC que amenazaba con «acciones directas» contra los voluntarios olímpicos si no se accedía a sus reivindicaciones. O que fueron los vecinos de la ciudad los que se negaron en 2014 a que se le diera una calle a Samaranch, el artífice de la llegada de los Juegos a Barcelona.

Una ciudad, por cierto, que antes de esos Juegos vivía de espaldas al mar, en la que cada semana había que recoger los cadáveres de unos cuantos yonquis a apenas unos metros de donde después se construyó el Estadio Olímpico y cuyos barrios costeros eran usados como estercoleros por las fábricas y almacenes de la zona. Una ciudad que sólo siendo muy generosos podría incluirse, incluso a día de hoy, en el pelotón de cola de las grandes capitales internacionales y cuyo principal atractivo en 2017 sigue siendo el turístico. Se olvida además que ese repudio desagradecido del principal responsable de la modernización de la ciudad es compartido por su actual alcaldesa, Ada Colau, además de por la CUP. Es decir por esa burguesía reaccionaria de izquierdas a la que jamás se le ha conocido otro salario que el procedente de los presupuestos públicos.

Se olvida, para resumir, que si por el catalanismo de derechas y la izquierda soberanista hubiera sido, los Juegos Olímpicos se habrían celebrado en Madrid o en Tombuctú y aquí miseria y después independencia.

Así que cuando Ignacio Peyró me llamó la semana pasada para encargarme un artículo sobre el cambio sufrido por Barcelona entre el 92 y ahora lo primero que me pregunté fue «¿Qué cambio?». Los barceloneses que ahora pintarrajean las paredes de su ciudad invitando a los turistas a volverse a su casa o a matarse saltando desde un balcón son los herederos de los que en 1992 veían los Juegos Olímpicos como un engorro cosmopolita en el que ni siquiera jugaría el FC Barcelona. Es decir como un evento que aseguraría, para su desgracia, dos o tres legislaturas más de gobiernos municipales españolistas en la capital de Cataluña.

Hay que entender que el mito de la Barcelona abierta y tolerante se basa en no más de dos o tres anécdotas irrelevantes. La primera de ellas esa Barcelona de los años 70, la de Carmen Balcells, Jorge Herralde y la Gauche Divine, en la que llegaron a coincidir durante un corto periodo de tiempo Vargas Llosa, García Márquez, José Donoso e incluso, muy brevemente, Cortázar (todos ellos catalanes de ocho apellidos como puede observarse), y de la que ahora apenas quedan algunas fotos de Colita.

La segunda, los voluntarios de Barcelona 92, la parte más visible de un entusiasmo ciudadano que se repite cada cuatro años, aunque con bastante menos ombliguismo, en todas y cada una de las ciudades que organizan unos Juegos Olímpicos.

La tercera, un largo historial de movimientos vecinales de izquierdas o anarquistas que jamás han logrado mejorar ni un ápice la vida de los barceloneses pero sí ralentizar, obstaculizar o impedir el crecimiento económico de la ciudad. Habrá que recordar que esa tradición contestataria de la que presume la ciudad no sirvió ni siquiera para que esta resistiera un miserable minuto la entrada de las tropas franquistas por la Avenida Diagonal. Cosa que, por cierto, sí hizo Madrid durante tres años con bastante menos mito y mucha más sangre y callo.

Así que, ¿cambios? ¿Qué cambios? Business as usual, que dicen los ingleses.

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El sueño (destruido) de Pasqual Maragall

Jordi Amat

Puede ser nuestra gran noche. Esa sí. Esa más que cualquier otra. 25 de julio de 1992. Después de tantos años, tantísimos años, de cochambrosa excepcionalidad, una normalidad pletórica. Lo pareció y en gran medida lo fue. Una normalidad que parecía secularmente imposible y que se supo convertir en realidad (Juan Antonio Samaranch mediante) sin que incluso hoy, después de tanto fango, la atenúe una sola sombra de corrupción económica.

Normalidad. Tras años de diplomáticas negociaciones políticas y tensiones apaciguadas (por la vía de la represión pura y dura, ojo, en algunos casos), una normalidad que era catalana y española al mismo tiempo proyectándose en su constitutiva pluralidad hacía Europa. La periferia convertida en centro. El centro reconciliado con la periferia. Inauguración de los Juegos Olímpicos. Barcelona 92. Medalla de oro para la CT. Una marca no superada. No hemos vivido una noche mejor.

A eso de las diez, cuando el mundo nos miraba pero para descubrir el optimismo en nuestro rostro, el alcalde Pasqual Maragall (51 años) tomó la palabra. Habló durante 3 minutos y 33 segundos usando cuatro lenguas. Nuestras lenguas. Catalán y español, inglés y francés. El sentido y tanta sensibilidad de ese discurso lo reconstruye Jaume Badia –que fue su joven editor– en un libro colectivo publicado hace pocos meses. Se titula Pasqual Maragall. Pensament i acció y lo coordina un tal Jaume Claret. Es un gran libro. Tras este verano, que en Barcelona se presenta políticamente tan y tan placido, podrá leerse también en castellano. Intuyo que su silenciosa recepción será un índice más del sueño inacabado (hoy destruido) de Maragall.

Pero esa noche de verano, esa sí, el sueño fue tan real como la vida que se toca. Maragall se ahijó a la tradición de civilidad republicana, la suya, recordando a Lluís Companys, el presidente de la Generalitat en cuyo asesinato estuvieron implicados casi todos los fascismos. Clamó por que hubiera una tregua en la antigua Yugoslavia, refiriéndose a la carta que había recibido del secretario general de Naciones Unidas. E hizo una afirmación programática que, sin olvidar América Latina, enlazaba Barcelona, Catalunya y España con Europa, “nuestra nueva grande patria”.

Gracias al éxito de los Juegos Olímpicos, que pusieron las bases para que mi ciudad fuese percibida como una de las urbes más atractivas del mundo, el alcalde Maragall conquistó un prestigio internacional considerable. Lo puso en valor para intentar un ambicioso cambio de escala. Piensa en grande. Piensa, ay, más allá de la lógica de su partido. Maduraba un nuevo horizonte político que partiendo de lo urbano trascendía los límites de la ciudad. En último término se trataba de replantear los mecanismos de gobernanza a la vista de una transformación radical del mundo que se iba a imponer tras la caída del Muro de Berlín. Lo pensó desde el territorio. El suyo. Cataluña sería el punto de partida de un proyecto que tenía como punto de llegada una vertebración europea mejor y más densa. Sostenía Maragall que Cataluña sólo maduraría un encaje positivo con España en el marco de una Europa federal en construcción.

A mediados de la década de los 90, más que un programa de acción concreto, digamos que Maragall estaba madurando una filosofía política nueva e invertebrada cuyo horizonte era continental: una reflexión que asumía el desafío de las identidades y que pretendía ir amansando en diálogo con algunos de los principales referentes morales, políticos e intelectuales europeos. Es la hora de las cartas, memorables, a Rocard y Delors, a Semprún y Havel. De esa ambición teórica a su concreción en acción política acabaría por mediar un abismo. No funcionó. Porque el primer paso para avanzar, más allá de las buenas ideas, era no sólo elaborar una alternativa de gobierno para desbancar al nacionalismo pujolista menguante sino ganar la Generalitat. Y ganarla lo suficientemente bien. El instrumento para conseguir la victoria, construido en alianza con las otras fuerzas de izquierda catalanas, acabaría por ser la propuesta de reforma del Estatut.

La idea era una más en el conjunto de propuestas de Segunda Transición que se propusieron durante esos años. Propuestas en muchos casos contrapuestas porque iban desde el descaramiento nacionalista del aznarato a la soberanista Declaración de Barcelona firmada por el BNG, CIU y el PNB. La propuesta de España plural de Maragall –la que entroncaba con su venerable abuelo poeta, la que ETA obturaba matando y matando, la que se ajusta más a la realidad plurinacional del país (así lo sigo creyendo)– nunca tuvo el aval suficiente. Ni aquí ni allí. Y acometerla en esas condiciones fue su pecado original.

Cuando llegó la hora, con la cultura política de la aznaridad convertida ya en la hegemónica, la reforma fue elaborándose a trompicones, pecando de tacticismo y sin el consenso suficiente. Al contrario. El proceso de reforma, que al fin implicaba también una reforma de la Constitución de facto (repensar España desde Cataluña, el viejo sueño del catalanismo), actuó como una taladradora de los consensos. En Cataluña y en España. La legislatura Maragall, concebida por él mismo como una fase avanzada de estabilización del sistema constitucional, fue involuntariamente desestabilizadora, como acertó a definirla Guillem Martínez en La gran ilusión.

Por entonces vivíamos nuestro momento neocon. Un momento del que habla José María Lassaslle en su espléndido ensayo Contra el populismo. Cómo olvidarlo. Se elaboraban listas de productos catalanes invitando con animosa algarabía al boicot y el Partido Popular recogía firmas contra el Estatuto por las plazas de España. Eso sí era populismo. Puro populismo cañí. Los posteriores recursos presentados ante el Tribunal Constitucional contra el Estatut ya refrendado no digo que no fueran pertinentes pero, sin duda, también tendrían un precio negativo. Lo seguimos pagando. Corregir lo que había sido refrendado no fue una anécdota. Tesis Rubio Llorente: iba a quebrarse el pacto constitucional entre las instituciones nucleares del estado y la ciudadanía de Cataluña. Declarar inconstitucional, entre otras cosas, lo que afectaba a la piel de la ciudadanía –esto es, la negación de una afirmación de identidad nacional- fue un profundo agravio emocional y por ello la sentencia debería describirse también como una victoria del nacionalismo español. Pensar que el modelo de estado así quedaba clausurado ha sido fatal. Porque así se destruyó el sueño de Pasqual Maragall. Y así estamos.

Hace pocos días se organizó una ruta literaria por el barrio de La Marina de Barcelona. Uno de los altos del camino era en las afueras del Estadi Olímpic. Sonaba la canción histriónica que cantaron a duo Freddy Mercury y Montserrat Caballé para promocionar la candidatura de la ciudad. Allí tumbado, como un indigente –resacoso, muerto o agonizante-, estaba un hombre que vestía una vieja camiseta de los Juegos. No se le veía el rostro. Lo tenía oculto. Llevaba una máscara deshinchada de la mascota del 92. No era una escena improvisada. Formaba parte de la ruta. Hoy, definitivamente, parece que Cobi haya muerto.

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