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¿Cuál es la leche vegetal más nutritiva para sustituir a la leche de vaca?

Redacción TO

Foto: Calum Lewis
Unsplash

Cada vez son más los consumidores que prescinden de la leche de vaca en sus dietas: lo hacen por convicciones éticas –propias de prácticas como el veganismo, que renuncia a cualquier producto de procedencia animal– o por razones sanitarias. Esto ocurre, en gran medida, en las personas que padecen intolerancia a la lactosa. Muchos de ellos, tanto en un caso como en otro, han optado por sustituir la leche de vaca con algunas alternativas vegetales.

Por esta razón, algunos estudios científicos se han afanado a resolver si la naturaleza es capaz de compensar las propiedades de la leche de vaca con otra clase de leche, ya sea de arroz, coco, almendra o soja. Una investigación reciente, realizada por la estadounidense Universidad de McGill y divulgada por la revista Journal of Food Science Technology –y recogida por Futurity–, realiza estas comparaciones y saca una conclusión clara: la mejor alternativa es la leche de soja.

Lo han hecho tras comparar dosis de cada una de estas variedades en cantidades de 240 mililitros. Así descubrieron que la leche de soja tiene unas características nutricionales muy equilibradas, con propiedades como las isoflavonas, un potente antioxidante. Sin embargo –y paradójicamente– también cuentan con antinutrientes que dificultan la absorción de otras propiedades. Esto no impide que sea la más completa, lo cual justifica que durante cuatro décadas haya sido la principal sustituta de la leche de vaca.

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Una vaca, ordeñada en una granja de Saint-Colomban, Francia. | Foto: Stephane Mahe/Reuters

Los investigadores analizaron la leche de arroz, de la que destacan que puede ser una alternativa tanto para la leche de vaca como para la de soja, en caso de que la persona en cuestión sea alérgica a la planta. Este producto destaca por su sabor, que es más potente, y por su alta cantidad de carbohidratos, algo que no es siempre recomendable.

También descubrieron que otras opciones como la leche de coco, consumida ampliamente en algunas regiones de África y Sudamérica, carece de proteínas, tiene pocas calorías y colabora con el aumento del colesterol malo. En cuanto a la leche de almendra, tiene un alto contenido de ácidos grasos útiles para perder peso pero no tiene los nutrientes de otros tipos de leche, por lo que requiere de otros complementos para compensar este déficit.

Dicho esto, todas las leches analizadas –salvo la de coco– contienen más calcio que la leche de vaca, que sí plantea beneficios particulares y reseñables en la parcela antimicrobiana, por ejemplo. El estudio apunta que el consumo de leche de vaca en los bebés refuerza notablemente su sistema inmunológico. Este consumo, sin embargo, no se recomienda en muchos casos: sorprendentemente, como señalan los expertos de la universidad canadiense, alrededor del 80% de los africanos y el 100% de los asiáticos es intolerante a la lactosa. En su caso, la búsqueda de alternativas es a todas luces fundamental.

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Jorge Raya Pons

Foto: Beck Diefenbach
Reuters

En cierto modo una de las preocupaciones del hombre (y de la mujer) de hoy deriva de las implicaciones éticas de comer animales en una sociedad que ofrece tantas posibilidades para no hacerlo. Los veganos son persuasivos y se esfuerzan por demostrar que una dieta sin carne es posible, que detrás de la producción de muslos, contramuslos y costillas hay horror y sufrimiento y una cadena de circunstancias poco estimulantes y suficientemente macabras como para convertir el acto de comer un chuletón de buey en un crimen contra nuestra propia integridad espiritual. Es un mensaje tramposo que persigue alcanzar el corazón de los no conversos y que apela únicamente a nuestra capacidad para emocionarnos y decir ‘No’ a pesar de ese instinto que nos empuja.

Con todo, existe un factor científico e incuestionable que justifica que dejemos de comer animales. De acuerdo con los cálculos de las Naciones Unidas, la ganadería es responsable del 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero, siendo las vacas las más señaladas. Este dato, tan sorprendente, se vuelve pequeño si atendemos a un informe de la organización ecologista Worldwatch Institute, que en 2009 fijó el porcentaje de emisiones en el 51%, haciendo énfasis en que la mayor parte de estos gases son partículas de metano y que cada una de ellas es 33 veces más dañina para la atmósfera que las partículas de dióxido de carbono, de las que andamos tan preocupados. Si a estas cifras añadimos que una tercera parte de las tierras fértiles del planeta se destinan a la cría de ganado y que la mitad de nuestros cultivos están dirigidos a su alimentación, podemos entender la necesidad de encontrar una alternativa a la carne que sea atractiva para el consumidor medio.

Así es la carne de laboratorio que puede acabar con el hambre en el mundo
El profesor Mark Post, en 2013, posando junto a la primera muestra de vaca cultivada. | Fuente: Reuters

En 2004, el profesor Mark Post, de la Universidad de Maastricht, en Holanda, comenzó sus primeros intentos de producir carne a partir de células musculares de vaca en su laboratorio. Este proyecto parecía un delirio y una locura, pero pasó poco tiempo hasta que pudo demostrar que partiendo de unas pocas células madre –extraídas de una vaca viva- se puede obtener más de diez toneladas de carne, que todo lo que se necesita es controlar el crecimiento y la reproducción de unas células que nutridas adecuadamente con agua y vitaminas se multiplican con rapidez y sin fin.

“Necesitamos menos recursos que la industria para producir carne, por lo que podemos aumentar la producción y alimentar a todo el planeta”, dijo el profesor en una entrevista de 2016 para la televisión alemana DW, dejando a las claras que está construyendo una nueva oportunidad para erradicar el hambre en el mundo. Los presagios son esperanzadores, pero la meta, por costosa, parece lejana: la primera hamburguesa de carne cultivada en su laboratorio se vendió en 2013 y la compró el dueño de Google, Sergei Brin, por 250.000 dólares.

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Una receta con pollo cultivado de Memphis Meats, ahora en 2017. | Fuente: Memphis Meats

Sin embargo, los pasos siguen sucediéndose y más allá de universidades hay empresas que marcan el futuro. “Es emocionante presentar las primeras carnes de pollo y pato procedentes de animales que no han sido criados”, dijo Uma Valeti, directora de la compañía norteamericana Memphis Meats, en un comunicado de prensa a principios de marzo. “Aspiramos a producir en masa esta carne que será deliciosa y sostenible”. Memphis Meats, que presenta con orgullo su trabajo, ha reconocido que cada kilo de pollo producido les ha costado 18.000 dólares, pero que esperan rebajar el coste hasta los 5 dólares en 2021, cuando su producto estará listo para ser comercializado. En su caso, agregan, las emisiones de gases invernadero son un 90% inferiores al de la industria tradicional.

El principal logro de la compañía no es tanto que hayan conseguido crear un producto con los nutrientes propios de un pollo de corral, como que éste tenga el mismo sabor que ese pollo de corral. Y aquí está la clave: el placer gustativo es, a fin de cuentas, aquello que nos retiene.

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Josu de Miguel

Foto: Francisco Seco
AP

Alexandre Kojève nació en Rusia, aprendió filosofía en Alemania, y terminó sus días como alto funcionario en Francia preparando las condiciones para la realización de un mercado común en Europa. Su modestia intelectual no le impidió descubrirnos el intríngulis de la Fenomenología del espíritu de Hegel: el despliegue de la historia no era sino un largo proceso donde el deseo de reconocimiento de los postergados jugaba un papel esencial, como era el caso de la lucha entre el amo y el esclavo. La importancia que tuvo esta lógica en la formulación del marxismo y en todos los movimientos que desde el siglo XIX han intentado la liberación de personas y grupos que veían negados sus derechos, resulta indudable y ha sido muchas veces puesta de manifiesto.

En el éxito de las causas de liberación juega un papel muy importante que el conjunto de la sociedad haga suyas las reivindicaciones de justicia a las que normalmente se apela. La clase obrera consiguió tempranamente este objetivo, no solo por su gran inteligencia organizativa, sino porque convenció a la burguesía de la necesidad de incorporar al sistema de poder mecanismos para reducir el conflicto entre los que tenían y no tenían. El tercer mundo fue capaz de persuadir a las potencias victoriosas de la II Guerra Mundial, de la importancia de integrar en la Carta de Naciones Unidas fórmulas jurídicas para desmantelar el régimen colonial. Estos ejemplos nos deben hacer reflexionar sobre el fracaso parcial de otras causas, como la racial, la feminista o la nacional, que aún no han sido capaces de tener un éxito pleno en la consecución de objetivos que a priori pueden considerarse como razonables.

La mayor parte de los análisis entienden que los motivos del fracaso de estos movimientos se debe a las condiciones de las estructuras sociales y a los intereses de los grupos dominantes. De ahí se derivarían, además, obstáculos jurídicos insalvables. Este argumento es en parte cierto. Sin embargo, también considero que el fracaso parcial se debe a que han adoptado una filosofía del reconocimiento que ha sido incapaz de aunar lo universal con lo particular. Me sorprende que en el actual debate sobre los males de la izquierda, casi nadie advierta este asunto: el problema estaría en el descuido de los problemas de los desfavorecidos. Pero fue Sartre quien dijo que el éxito revolucionario de la burguesía fue hacer suyo el programa del conjunto de la humanidad. Y fue Azaña quien afirmó que el problema radical de su tiempo no era preguntarse por cómo se debía ser español, sino por cómo se debía ser hombre (lo que en aquel tiempo incluía a toda la humanidad).

Naturalmente, nada impide que la búsqueda de un reconocimiento se incorpore a las reivindicaciones partidistas. Pero estas debieran hacer hincapié en su encaje en una moral compartida que las avale y evitar la lesión de los principios constitucionales sobre las que se asientan las demandas. Ya hace unos meses Podemos sorprendió con una proposición de ley contra la discriminación por orientación sexual que reproducía el aparato sancionador instaurado en la famosa “ley mordaza”. El PSOE propone una reforma de la Ley de la Memoria Histórica para castigar penalmente opiniones que justifiquen el franquismo, la misma semana en la que se aprueba una norma en Polonia que impide vincular al país con el Holocausto judío. Igualdad y dignidad son nociones susceptibles de traducción jurídica concreta, pero su éxito depende de una comprensión participada de los motivos que se invoquen al exteriorizar el sentimiento de humillación. Poca comprensión puede haber si se angostan los límites de la conversación democrática: menos si se dicta el lenguaje en el que ésta tiene que discurrir.

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Daniel Capó

Foto: Christophe Ena
AP Foto

Pascal Quignard, al hablar de la melancolía, cita a Homero. Leemos en la Ilíada: “Objeto de odio para los dioses, solo en la llanura de Alea, yerra un hombre cuyo corazón devora la tristeza y que evita la huella de todos los demás”. El melancólico, el solitario, es el hombre apartado por los dioses, desechado por la sociedad. Dante lo sitúa en el infierno, al igual que John Milton. Es el mundo perdurable de los solitarios, hechizados por belleza frágil contenida en el tiempo, que se empeñan en reducir a cenizas el instinto continuo de la pasión. “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris“, reza el calendario litúrgico; es decir, “recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. He aquí el acta fundacional de la melancolía: una especie de maldición que llena de lágrimas la mirada humana y pone a prueba a la sociedad con su juicio. Por definición, el hombre libre es el solitario que no se ajusta a la opinión de la mayoría ni a los dogmas severos de la inteligencia mundana. El hombre libre lee porque, al llegar la noche, dialoga con sus amigos y hermanos los muertos. El hombre libre respeta las leyes escrupulosamente, pero no las obedece en su fuero interno. La maldición de la melancolía se resume en una libertad conciente de sus límites: en ocasiones, hasta la enfermedad; en ocasiones, hasta el aislamiento y la muerte.

Objeto de odio para los dioses, el arte –en cambio– ha reivindicado la bondad de la melancolía que se levanta contra los falsos ídolos que recorren la Historia. Emerson nos recuerda que el sentido de la amistad es prepararnos para la soledad. Pienso que es así: sólo desde el interior se puede iluminar la vida. La melancolía, la introversión, nos permite conocer mejor la fragilidad propia y la ajena. Nos ayuda a descreer de los supuestos valores de la normalidad. En última instancia, nos muestra, con una insistencia obsesiva, el revés del tapiz de las cuestiones humanas, que son las preguntas de los verdaderos dioses: ¿por qué el amor y la bondad?, ¿por qué el mal y la injusticia?, ¿por qué la vida?, ¿por qué la muerte? Aún más, ¿qué sería de un país y de una sociedad sin sus grandes solitarios?

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Valientes guerreros

Pilar Cernuda

Foto: Virginia Mayo
AP

Da gusto con algunos líderes independentistas: en cuanto vienen mal dadas, toman las de Villadiego y se marchan al extranjero para escapar de la acción de la Justicia, sin tener en consideración que, con su huida, dejan a su guardia pretoriana bajo las patas de los caballos. Con los jefes fugados en paraísos seguros –o aparentemente seguros-, sus colaboradores han recibido en su trasero las patadas judiciales que debían propinarse a los huidos, de manera que han acabado en prisión preventiva, con fianzas de cinco o seis cifras, los pasaportes retirados y comparecencias periódicas ante el juez para demostrar que seguían en España. Algunos de ellos incluso han tenido que sufrir la humillación de retractarse públicamente de sus ideas para sortear la cárcel, un oprobio que les perseguirá de por vida.

Sin embargo, esos líderes de Junts y -y ahora de la CUP- que distribuyen vídeos paseando por amplias avenidas en Bélgica o en Suiza, mientras sus compañeros no tienen más recurso que el rancho y el monótono recorrido por el patio, siguen contando con el respaldo de un porcentaje alto de independentistas. Incomprensible, aunque siempre es difícil interpretar las actitudes de los fanáticos, sean de derechas o de izquierdas. O independentistas, como es el caso. Cualquier persona con dos dedos de frente consideraría cobardes a los fugados, pero los fundamentalistas del independentismo siguen viendo como héroes a los huidos, e incluso dan por buena esa patraña en la que hacen paralelismo entre su actitud y la de Mandela o Gandhi.

Allá los independentistas con su estrategia, sus luchas por el liderazgo, su empecinamiento en separarse de España y sus pintorescas ideas para investir como presidente de la Generalitat a Puigdemont. Con su pan se lo coman. Lo que no es de recibo es que después de cien días desde la Gran Escapada, continúen presentando a figuras del independentismo como valientes guerreros dispuestos a jugarse la vida por sus ideas. De eso nada. Ni valientes ni guerreros: simplemente, hombres y mujeres de medio pelo que salen corriendo en cuanto hay peligro, dejando atrás en difícil situación a sus más próximos colaboradores.

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