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Sylvia Plath: la melancolía en tránsito de una poeta del siglo XIX

Rohmy Cubas

Es común que su nombre resuene en el eco de esa mujer que se suicidó al meter la cabeza en un horno, la señora de las nueve vidas que intentó imitar a los gatos y desafiar a la muerte; pero Sylvia Plath es para la literatura mucho más que otra escritora consumida por la soledad, más bien es esa melancolía anémica que muchos experimentan y pocos reconocen.

La poeta estadounidense nacida un 27 de octubre de 1932 no solo confesó versos exasperados en la tristeza del momento, también fue el testimonio de una mujer que con cada minuto que pasaba en la tierra se volvía más diestra en un escenario en el que actuó como los veteranos, así lo admite cuando escribe “morir es un arte, como todo. Yo lo hago excepcionalmente bien”. Para ella fue más que eso,  fue un fetiche, una secuela inesperada que volcó en escritos íntimos dotados de esas verdades oportunas que mueven las páginas de los libros. Buscaba una perfección que la destruyó: “el no ser perfecta, me hiere”, escribió en su Diario en 1957; solo logró redimirse con méritos póstumos -en 1982 fue la primera poeta en ganar un premio Pulitzer póstumo (por  The Collected Poems)-  y una voz excepcional para recorrer los lugares incómodos de la mente humana.

Su viudo, Ted Hughes, se convirtió en el editor de su legado literario. Supervisó y editó la publicación de sus manuscritos, incluso impidiendo la publicación de textos personales que hablaban de su relación. Su primer título publicado fue el poemario “El Coloso” (1960) y su principal novela “La Campana De Cristal” (1963), texto autobiográfico y firmado con el seudónimo de Victoria Lucas. Tras su muerte también aparecieron los libros de poemas “Ariel” (1965), uno de los títulos claves en su bibliografía, “Cruzando El Agua” (1971) y “Árboles Invernales” (1972),  entre otros.

Ilustración: Conrad Bakker via Flickr bajo Licencia Creative Commons.
Ilustración: Conrad Bakker via Flickr bajo Licencia Creative Commons.

El fallecimiento de su padre Otto Emil Plath, a sus 9 años, marcó una línea evidente en su esencia como escritora. Aunque resistió a cargo de su madre, Aurelia Schober, fabricó la fábula del abandono con una ulterior figura paternal que relataría con impresiones contradictorias: “saqué de ti un modelo, un hombre de negro con aire de Meinkampf” escribe en su poema Papi.

Ya en la adolescencia garabateaba en sus diarios con la obsesión compulsiva de los reincidentes, estudia en un colegio de señoritas y hace todo lo posible por encajar en aquella sociedad de papel. Coquetea con las ideas de Hemingway, Eliot, Frost, Dickinson, Faulkner, Lawrence, Yeats, Joyce, Woolf, Dylan Thomas, Shakespeare, Platón, Dostoievski, convierte sus inseguridades en ficción intentando luchar con los lugares comunes: el rol de la mujer en aquella época, la exploración de la sexualidad y los mantras prohibidos, esa disyuntiva pueril entre tener que elegir entre madre, mujer o profesional que tanto objeta la obra de la escritora Virginia Woolf.

“Cuando estás loca, estás ocupada en estar loca… todo el tiempo… Yo cuando estaba loca, era solo eso, una loca”.

Sucumbió muchas veces a ruinas redundantes, tuvo periodos de depresión y de alegría excesiva que hoy en día podrían ser diagnosticados como bipolaridad, pero en aquél entonces, de esa “aniquilación” por década de la que solo la asilaba la escritura, Plath simplemente admitió “cuando estás loca, estás ocupada en estar loca… todo el tiempo… Yo cuando estaba loca, era solo eso, una loca”.

En 1952 su relato corto Domingo en casa de los Minton la llevó el siguiente año a unas prácticas en la revista Mademoiselle. Se mudó a New York y agotó mentalmente sus solvencias melancólicas luego de varias experiencias pérfidas y entornos nocivos que narraría años después en su novela La campana de cristal. A su regreso a casa, incapaz de escribir y con un perpetuo insomnio, fue sometida a terapias de electroshock y un tiempo después dejó una nota de primavera: “salgo a dar un paseo, vuelvo al día siguiente”. Luego de dos días la encontraron en el sótano de su hogar con un frasco de somníferos vacíos… su primera vida había emigrado. Permaneció recluida en un hospital psiquiátrico hasta enero de 1954, y ya en 1955 recuperada y libre de neblinas obtiene una beca para estudiar literatura en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, en donde conoció a su esposo Ted Hughes. Con este reconocido y brillante literato tuvo dos hijos, años después se separaron entre otras cosas porque este tuvo un amorío con Assia Wevill , otra poeta que se terminó suicidando con el peso de Sylvia Plath en la memoria.

Esa disyuntiva de roles y libertades las escribió en La campana de cristal 

“Vi mi vida desplegándose ante mí, mi vida como las ramas de la higuera verde […] En la punta de cada rama, como un grueso higo morado, pendía un maravilloso futuro. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era una famosa poeta y otro higo era una brillante profesora y otro higo era Esther Greenwood, la extraordinaria editora […] Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ése árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, lo higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies”.

Más allá de ese síntoma de excesiva resaca moral de la que parecen sufrir muchos poetas, Plath planteó una obra delicada, tajante y real, incómoda pero necesaria. Una poesía homónima que se aferró a la esencia de la literatura como ella se aferró a sus “nueve vidas”.
El 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath se despertó y le preparó el desayuno a sus hijos de tres y un año: Frieda y Nick, se los llevó en una bandeja a su cuarto, al volver a la cocina cerró todas las puertas y aberturas avistadas, abrió el gas y metió su cabeza en el horno. Tenía treinta años y dos suicidios que describió como “lobos penantes, horas negras. Estrellas duras que amarilleando van ya cielo arriba. La araña sobre su maroma” El jardín solariego de “El Coloso” (1960).

Espejo

De Cruzando el océano” (1971)

Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.
Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.
No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.
En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto ha que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Rostros y oscuridad nos separan

sin cesar. Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.
Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos”

Beatriz García

Foto: Leticia Hueda

– ¿Quieres saber cuál es la mejor forma de guardar un secreto?

– Habla más bajo, te van a oír todos…

– Si susurrásemos, sospecharían. La mejor forma de guardar un secreto es exponerlo a la vista de todos.

(Conversación entre dos agentes secretos, pongamos que tú y yo…)

Conocí a Servando Rocha (Santa Cruz de La Palma, 1974 – tal vez deberíamos dudar también de eso) en dos lugares y dos épocas diferentes. En la primera ocasión, me sentí invisible; en la segunda, me enorgullecí de serlo. Y tal vez ocurra lo mismo contigo, lector. Si es así, si el Ojo de Horus de William Burroughs también te vigila desde la portada de un libro, sabrás entonces que ese libro es ‘La Horda: Una revolución mágica’ (La Felguera, 2017).

La entrevista que sigue sí tuvo lugar, aunque si sucedió o no en la forma en que lo cuento carece totalmente de importancia. El propio historicismo, me dice Servando, “es una manera de manipular y maquillar la historia”. La manipulación de la manipulación, de eso trata La Horda. Además de otras muchas cosas que iremos viendo en tanto nos  internamos por los fétidos callejones y subterráneos del París de 1623, una ciudad devastada por la Guerra de los Treinta Años donde hay espías por todas partes, alquimistas que trabajan como mercenarios a las órdenes de católicos o protestantes y una comunidad invisible, nacida al abrigo de los rosacruces, que ha existido a lo largo de los tiempos y de la que tal vez tú, lector, acabes formando parte.

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos” 1
El ojo de Horus de William Burroughs nos vigila desde la portada.

– Ése no es el principio de ‘La Horda’, o sí, pero deberías primero hablar de Morgana. Porque Morgana es como Pandora y su caja, aunque nadie sepa quién es… – Servando no susurra. Es un agente secreto dedicado a revelar secretos.

– ¿Te refieres al compilador del manuscrito que encontraron en un apartamento en Londres en los años ochenta después de la explosión? ¡Bah! No sirve de nada hablar de alguien del que ni siquiera sabemos si ha existido… Seguro que se lo inventó algún gracioso; por ejemplo, tú.

– De eso se trata. ‘La Horda’ es un libro sobre verdades que se emancipan de las mentiras para ser verdades absolutas y de secretos que a su vez se alimentan de otros secretos. Antes mencionabas a la Hermandad de la Rosacruz: hay muchos investigadores serios que creen que los primeros rosacruces fueron un invento de unos pocos, no así la segunda y la tercera generación, que creyeron en la primera, y así sucesivamente… Creer en algo hace que acabe existiendo –concluye Servando.

Caminamos intentado detectar energías ocultas en ese París renacentista y decrépito recreado por el editor de La Felguera, que cada vez nos recuerda más a un decorado expresionista, una mezcla de ‘El Gabinete del doctor Caligari’ y El ‘Jorobado de Notredame’ de Víctor Hugo. Y hay que avanzar con cuidado, evitando determinadas zonas muertas donde los Despiertos, enemigos de las células invisibles, son fuertes y peligrosos. Las ciudades de ‘La Horda’ están vivas, son ciudades que dialogan contigo. “El subsuelo tiene memoria”, leo en esta singular novela trampa por la que transitamos igual que si cruzásemos un laberinto de falsos espejos, un mapa en el que encontrar un tesoro oculto.

– En el fondo –dice Servando-, este pasear sin rumbo es una forma de conectar con el territorio. Ocurre a menudo, cuando caminas por una ciudad y de repente llegas a un lugar que te afecta de una forma especial. También Ramón del Valle-Inclán lo hacía, la naturaleza y el paseo inspiraron sus iluminaciones; era profundamente esotérico, un seguidor de la teosofía.

—–MOMENTOS PROMOCIONALES: La Felguera publicará próximamente ‘La lámpara maravillosa’ de Ramón del Valle-Inclán, con prólogo de Javier Sierra. FIN DEL COMUNICADO.—–

 

– Sí, bueno, pero ahora estamos tú y yo a merced de Ardenti, el cazador de invisibles que me cae tan bien aunque quiera acabar con nosotros, y no tenemos una triste varita…

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos” 2
Se avecina una revolución mágica. | Foto: Leticia Hueda.

Servando empieza a recitar un fragmento de ‘El matrimonio entre el Cielo y el Infierno’ de William Blake: “Entonces pregunté: ¿Para que una cosa exista basta la firme convicción? Respondió: Todos los poetas lo creen”.

– Pero podemos utilizar el ingenio poético. La magia es eso, imaginación creadora. Lo hacían Baudelaire y Mallarmé, y también los grandes iconos ocultistas como Alan Moore o Aleister Crowley. Si conociéramos a nuestros héroes del romanticismo y las vanguardias nos parecerían humanos, demasiado humanos. Y no importa si empleaban la meditación, las drogas o el paseo, puedes tener una experiencia extática incluso escuchando música o cuando te enamoras.

La revolución y la magia tienen en común su voluntad de transformación, pero para ello hace falta ver más allá de los límites de esta realidad ordinaria. “Ver”, como dice el autor de ‘La Horda’, “en cursiva”. Me habla de que vivimos con la mirada más atrofiada, que caminamos sin estar conectados al presente. Tal vez, le digo, necesitamos un Apocalipsis o una revelación.

– Lo malo del Apocalipsis es que siempre está por llegar.

– Vas a hacerme llorar… Mal asunto.

– Mejor eso que arder en la hoguera como Giordano Bruno, acusado de herejía. Lo curioso de todo es que no se equivocaba, ese gran astrólogo, filósofo, poeta y mago auguró que allá donde habían levantado una pira erigirían más tarde una estatua en su honor. Y así fue. Él es una de las mentes fundacionales de La Horda. Su semilla.

Dime una cosa, en la novela cuentas que el mago John Dee y Bruno se conocieron realmente, que igual que otros invisibles que les siguieron intentaban eliminar las guerras de religión y crear una fraternidad en la tierra. ¿Eso es cierto?

– ¿Cierto? Tiene gracia que lo preguntes a estas alturas.

Hubo un tiempo en que el arte y el ocultismo, y el ocultismo y la política no estaban separados. Magos y alquimistas como John Dee oficiaban de consejeros en las cortes europeas y más tarde Bakunin, principal ideólogo del anarquismo, inventó cientos de sociedades secretas que jamás existieron. Pero, ¿y si sí lo hicieron? ¿Y si la todas las teorías de la conspiración fuesen ciertas?, se pregunta y me pregunta Servando, invocando a esos invisibles de todas las épocas y nacionalidades presentes en ‘La Horda’, como el escritor William Burroughs o el situacionista Alexander Trocci, quien habló de ‘la invisible insurrección de un millón de mentes’. Porque herejes y revolucionarios son lo mismo, los primeros precedieron a los segundos.

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos” 3
Un libro repleto de juegos tipográficos y enigmas página tras página.

Los caminos se estrechan, el Mapa de los Laberintos de Giordano Bruno, que seguimos a medida que leemos ‘La Horda’, parece querer plegarse y todavía no hemos encontrado Arcadia, el fabuloso manuscrito que todos los invisibles, nosotros incluidos, hemos querido tener en nuestro poder. Tendremos que seguir creyendo en su existencia, en tanto París se nos sacude y, a lo lejos, presentimos las manecillas del Big Ben.

Londres, en algún punto del pasado cercano…

Una fachada herrumbrosa nos separa del final de la entrevista. “No podrán detenernos porque no existimos”, leemos a dúo como si conjurásemos la misma frase que fue lema de la Angry Brigade, la guerrilla urbana que sembró de atentados Reino Unido a principios de los años setenta. Esa misma invocación, esa llamada, sobrevuela ‘La Horda’.

– ¿Hay alguien ahí? – Un hombre con el cuello cortado, un antiguo miembro de los Angry Brigade, entra con nosotros en la casa okupada cuyas primeras plantas están totalmente calcinadas a causa de un reciente incendio. Afuera, en el patio, hay una hoguera y algunas personas alrededor.

– Son como nosotros, gente fuerte, gente que cree en lo mismo que nosotros – nos dice, o tal vez se lo dice sólo a Servando, o se lo dijo, mejor dicho, aquel día, años atrás, en que viajó a Londres para reunirse con supuestos miembros de esta antigua brigada furiosa y escribir ‘Nos estamos acercando. ‘La historia de Angry Brigade’ (La Felguera, 2004).

Fue ese mismo día, sí, y no otro cuando acabaron recorriendo las calles de Londres a 150 kilómetros por hora mientras el tipo del cuello cortado gritaba “¡Que le den a los pacifistas!” y le hablaba a Servando de guerrillas informativas y ‘bobbies’ asustados. Y ahora que el inglés nos hace, o le hizo, subir hasta las últimas plantas, rodeados de murales de hombres armados, el editor de La Felguera me señala una pintada:

‘Esta no es la salida’.

– Pero, ¿ y si…? –murmura.

– ¿Y si qué?

– ¿Y si hubiera una puerta detrás de ese muro?

Y si detrás de esa puerta estuviera William Burroughs mirándonos, su Ojo de Horus desde los estantes de las librerías, en la portada de un libro. Un libro que se titula ‘La Horda’ y que estás llamado a leer.

Pd. Si quieres unirte a La Horda no te esfuerces en buscarlos. Cuando llegue el momento, si estás preparado, ellos te encontrarán a ti.

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Google homenajea a María Zambrano, la primera mujer que ganó el Cervantes

Redacción TO

Foto: Barrio Pedro
EFE

Rodeada de plantas, sentada en el poyo de un ventanal que parece asomarse al mundo, y con un libro en sus manos. Así recibe María Zambrano -en el aniversario de su nacimiento- el homenaje del gran buscador americano Google. El sábado 22 de abril, la pensadora, filósofa y ensayista española habría cumplido 113 años. La extensa obra de María Zambrano solo fue reconocida durante los últimos años de su vida cuando recibió los dos máximos galardones literarios concedidos en España: el Premio Príncipe de Asturias en 1981, y el Premio Cervantes en 1988. “Gracias por concederme, en esta hora de España y en la Universidad de Alcalá de Henares, la ocasión de haber sido la primera mujer galardonada con el Premio Cervantes”, aseguró Zambrano al recibir un galardón que no pudo recoger por su delicado estado de salud.

María Zambrano vivió casi 50 años en el exilio por ser una firme defensora de la II República y gran opositora al pensamiento único que se impuso durante los años 30 y 40, tanto en España como en Europa. Desde 1931 trabajó como profesora en la Universidad Central de Madrid, y en los años anteriores a su exilio entabló amistad con miembros de la Generación del 27 como Luis Cernuda o Miguel Hernández.

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Google se rinde ante María Zambrano. | Imagen: Google.

Al estallar la guerra, Zambrano se trasladó a Valencia y Barcelona, donde residió hasta 1939 cuando fue empujada al exilio en Francia. En los años siguientes, vivió en ciudades como París, Nueva York o La Habana. Se instaló en México donde impartió clases de Filosofía en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo en Morelia. También pasó una temporada en Puerto Rico y después en Roma, donde escribió obras como El hombre y lo divino, Los sueños y el tiempo y Persona y democracia. Más tarde volvió a Francia y en 1984 regresó a España. La filósofa falleció el 6 de febrero de 1991 en Madrid.

Más reconocimientos

Años antes de regresar a España, Zambrano fue nombrada Hija Predilecta por el ayuntamiento de Vélez-Málaga, su ciudad natal y poco después, en 1982, la Junta de Gobierno de la Universidad de Málaga acordó su nombramiento como Doctora honoris causa. Ya en 1984, y con una salud muy delicada, María Zambrano se instaló en Madrid y consumó así su vuelta a España, tras casi medio siglo de exilio.

Google también rinde su homenaje a María Zambrano, la primera mujer que ganó el Cervantes 1
La pensadora española sigue recibiendo reconocimientos. Esta vez, también del mundo digital. | Imagen: Arturo Espinosa / Flickr

A partir de ahí, continuaron los reconocimientos: Hija Predilecta de Andalucía en 1985, y la creación, en 1987, de la fundación que lleva su nombre en Vélez-Málaga. Un año después llegaría su consagración total al recibir el Premio Cervantes, considerado el ‘Nobel’ de las letras en lengua hispana. Cuando murió en 1991 fue enterrada entre un naranjo y un limonero en el cementerio de su ciudad natal, donde luego se trasladaron también los restos mortales de sus “dos Aracelis”, su madre y su hermana. En la lápida puede leerse a modo de epitafio el verso del Cantar de los Cantares, “Surge amica mea et veni”.

María Zambrano ha seguido recibiendo reconocimientos a título póstumo: Hija Predilecta de la Provincia de Málaga en 2002, y en 2006, el Ministerio de Fomento bautizó con su nombre la estación central de ferrocarril de Málaga. Este lunes, además, el pensamiento de la filósofa española se asoma al mundo a través del gran buscador Google.

Irvine Welsh: "Fui escritor en mi imaginación antes que en la realidad"

Pablo Mediavilla Costa

Foto: Ana Laya
The Objective

Irvine Welsh de día. Introducción: las sesiones de entrevistas rápidas a un escritor famoso son mal invento. Prisas, las incomodidades propias de los hoteles y la sensación de que ninguno de los involucrados disfruta mucho de la experiencia. Más o menos las mismas preguntas, más o menos las mismas respuestas y que pase el siguiente.

Welsh (Leith, 1958) es el autor de Trainspotting, una obra tan reconocida que da apuro preguntarle por ella. Posa para un fotógrafo en un salón del Hotel de Las Letras, luego se sienta y mira el móvil. Viste una camiseta con la portada de Joy Division, pero con gatitos en lugar de las 100 ondas del primer púlsar descubierto. Es alto y habla con un acento escocés ligeramente accesible. Parece aburrido de antemano, lejos de su familia y su casa de Chicago y en otra maldita sesión de entrevistas.

Después de hablar de la comida, el tiempo, la amable gente española, el Barcelona y el Athletic de Bilbao, se me ocurre preguntarle si, tal vez, el hedonismo una a escoceses y españoles: “Si hay algún parecido, vosotros lo habéis hecho mejor que nosotros. Aquí es más seco y caliente. Si vas a drogarte y a bailar en la calle es mucho mejor hacerlo aquí. En Escocia amanecerías mojado en cualquier sitio. Aunque es cierto que nos gusta la vida al aire libre y no tiene mucho sentido con el tiempo que tenemos”.

La obra del escocés vuelve a estar de actualidad después del estreno de T2: Trainspotting, la secuela de la película de Danny Boyle que encumbró a casi todos los que participaron en ella: el propio Boyle, Welsh, Ewan McGregor, Robert Carlyle, etc. “Es más emocional que la primera porque los personajes contemplan su propia mortalidad”, dirá por la noche en su acto estrella en La Noche de los Libros. Preguntado en la entrevista por si le ha gustado el resultado final de T2 solo dice “yeah, it’s alright”.

Hijo de la clase obrera inglesa, a medio camino -como él mismo gusta recordar- entre un bala perdida de pub y un tipo sensible interesado por el arte, cree que “la gente está aburrida de que todo sea lo mismo. Las mismas tiendas en las avenidas de las ciudades, la misma música. Se supone que internet iba a darnos más opciones y es lo contrario”.

Sobre su carrera literaria, dice que pasaba muchas horas de niños imaginando historias y que se “convirtió en escritor en su imaginación antes que en la realidad”. Rehuye los tópicos sobre lo duro que es escribir, enfrentarse al abismo de la existencia, etc. “Para mí es como haberme jubilado hace 30 años. Es divertido, me encanta lo que hago, es como el trabajo soñado” -por la noche dirá que “estar encerrado en una habitación con personajes inventados no es bueno para nadie”-.

Acabadas ya las preguntas sobre su vida en Chicago, la violencia en Chicago, el ascendente literario de Chicago -con ninguna ha picado el anzuelo-, Welsh ve cerca el final de la entrevista y recobra las ganas de vivir. Saca el tema de Gibraltar: “¿Esos monos de qué raza son? ¿son salvajes?”. Le cuento un vídeo que circula por internet, el de un tipo que intenta sin éxito que uno de los monos de Gibraltar coja una banderita española: “¡Claro, son monos adoctrinados por Gran Bretaña!Very british apes!“.

Irving Welsh: "Fui escritor en mi imaginación antes que en la realidad"
Welsh confiesa que podría venir a vivir a España y le intriga mucho Gibraltar. | Foto: The Objective.

Irvine Welsh de noche. La cola dobla la esquina de la Real Casa de Correos de Madrid, en la Puerta del Sol. Los libros de culto renuevan su legión de seguidores con una facilidad pasmosa. Hay gente muy joven con su Trainspotting bajo el brazo. Adentro, bajo un enorme techo acristalado, Alessandro Baricco ya ha terminado su charla y firma ejemplares. Dos guardias civiles con bigote y tricornio pasean cerca del mostrador de libros. Visto con ojos extranjeros debe ser un país interesante este.

Welsh y Manuel Jabois están en un reservado, conociéndose. Dada la fama que les precede, uno esperaría encontrar por lo menos champagne, pero solo hay empanada de atún y botellas de agua. Una representante política, no viene al caso quién porque no es nada conocida, le pregunta a Welsh: “¿Usted cuántos libros hace al año?”. Welsh resopla y contesta algo rápido y cortés, que no es poco. Alguien recuerda que tienen que ponerse la chapa de La Noche de los Libros en los bolsillos en la solapa. Welsh la levanta y exclama divertido: “¡Esta chapa es como un pasaporte!”.

La sala central del edificio está repleta, las sillas ocupadas, el suelo convertido en una acampada. Los auriculares para la traducción simultánea se han repartido hace rato, pero la gente se queda igual, desnuda frente a las ráfagas de acento escocés cerrado. Welsh domina la cosa, ya lo ha hecho más veces, centenares de veces, probablemente.

“Cuando salió Trainspotting y hubo todo el escándalo mi madre dejó de hablarme por un tiempo porque me reprochaba que tenía muchos insultos. Luego, cuando empezó a tener éxito me dijo: ¡Muy bien, hijo, así se hace!”. Las anécdotas sobre su madre encienden al público. “Sobre ‘La vida sexual de las gemelas siamesas’, me dijo que no le había gustado nada. ¿Por qué? Hay demasiado sexo lésbico, ¿qué sabrás tú de sexo lésbico? Bueno, madre, espero que más que tú”.

Acaba el acto con algunas preguntas del público sobre la fama, el Brexit y si hay esperanza para la humanidad. La misma cola que había para entrar vuelve a formarse con rapidez para la firma de los trainspottings. Welsh recibe de pie con una sonrisa. Mañana se irá a Milán a seguir con su grand tour europeo.

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Entre libros y series: Literatura que se maquilla para la televisión

Rohmy Cubas

Foto: Hulu
Hulu

Si el siglo XVIII fue la ópera y el XIX la novela, al filo del siglo XXI, la llamada Edad de Oro para la televisión, impulsada por canales como HBO o las producciones originales de Netflix ha preparado el ritmo de la realidad ante una nueva cultura que revive los géneros y vanidades de antaño para su reinterpretación en un formato: las series de televisión.

La cantidad de producciones y ficciones que se estrenan cada año son casi imposibles de rastrear, los dilemas éticos y estéticos antes reservados para el cine y los libros hoy se exponen en los guiones de series como Juego de tronos, House of Cards, Mad Men y Westworld. No obstante, los proyectos audiovisuales, especialmente los recientes, se inspiran en relatos ya escritos en tinta por otros cuentacuentos. Y si, la gran mayoría de estas producciones increíbles que invaden la televisión se aferran a lo pretérito de palabras selladas en clásicos de la literatura; es precisamente en los libros en donde se puede entender su naturaleza sin maquillaje.

Un ejemplo de muchos es el de las sagas literarias de ficciones como Harry Potter y Juego de tronos, o adaptaciones de cómics como The Walking Dead y Outcast. Producciones más frescas y virales como 13 Reasons Why o Big Little Lies son también adaptaciones de historias recientes que no pudieron ser contenidas en sus páginas originales. Directores, productores y guionistas recurren a sentimientos pretéritos para reconstruir clásicos ya olvidados, pero clásicos al fin.

Este año, un puñado de series reviven historias imprescindibles para la literatura que tal vez las nuevas generaciones no conocerían de no ser por la televisión. Las criadas distópicas de Margaret Atwood, la casa encantada de Shirley Jackson, la serie de encuentros desafortunados de Lemony Snicket -Daniel Handler- y el mundo encantado del Mago de Oz son algunas de las fábulas que cambian de formato. Antes vale la pena recordarlas en su estado original: el de las hojas de papel.

Entre libros y series: Literatura que se maquilla para la televisión 6
Portada de “The Handmaid’s Tale” de Margaret Atwood, en castellano editado como “El Cuento de la Criada”.

Las mujeres distópicas de Margaret Atwood:

En 1985 la escritora canadiense hizo una extravagante e inteligente crítica a la vida de la mujer en la sociedad cuando escribió El cuento de la criada o The Handmaid’s Tale, una de las comunas ficticias de género noveladas más incómodas e incisivas. Atwood creó un cuento de hadas antagónico en donde las mujeres viven y existen para reproducirse, a cualquier costo. En el libro, tras el asesinato del presidente de los Estados Unidos, y la mayoría del Congreso, se instaura un régimen teocrático en los Estados Unidos conocido como la república de Gilead. La mujer y sus ovarios son ahora un objeto de valor indispensable para la nueva República, cuya historia es contada por Offred, una criada que revive el escalofriante cambio del mundo occidental en donde las mujeres pasan de poder manejar sus propios carros y tener su propia habitación, como diría Virginia Woolf, a ser propiedad de unos pocos privilegiados que las clasifican con vestidos de colores según el estado de su aparato reproductivo, por decir algo. Un cuarto propio, una cama, una ventana, unas cortinas blancas y una puerta, nada más lejos de la verdad que quiso explicar Woolf en su época cuando decía que “una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”.

Esta es una de esas distopías en donde el mundo parece retroceder en el vértice de su propia evolución. Su característica de cuento de hadas no es más que una ilusión para una premisa que reza algo así como: “había una vez una mujer que tuvo nombre y libre albedrío”; ahora las caras cubiertas con velos pasean miradas que solo apuntan al suelo. El perfume y los cosméticos son un lujo reservado para otros, leer escribir o comunicarse está prohibido, al igual que la televisión; las compras se hacen por cupones en tiendas donde filas de mujeres intentan no diferenciarse entre ellas, de nuevo los castigos son públicos y los que no siguen las reglas desaparecen sin preguntas.

En 1990 The Handmaid’s Tale fue llevada al cine por Volker Schlöndorff, además tiene una adaptación dramática para la BBC Radio y una adaptación operística realizada Poul Ruders. Esta vez Bruce Miller y Warren Littlefield la versionan para la televisión con Elisabeth Moss (Mad Men) como protagonista.

En un futuro cercano, escenificado en lo que fue una vez Boston, el inconveniente de la infertilidad se resigna a las piernas de las pocas mujeres capaces de dar a luz, ahora un ritual tan impersonal como cepillarse los dientes. El mundo presentado por Miller, una plataforma hermética en donde la religión solo recuerda la pérdida de la humanidad y la estratificación cultural regresa a esquinas bárbaras y retrógradas, es protagonizado por un elenco que incluye a Samira Wiley, Joseph Fiennes, Yvonne Strahovski y Max Minghell. La serie estrena el 26 de abril con un antecedente de críticas impresionadas por el trabajo de los productores.

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Ilustración de portada de “The Haunting of Hill House”. Imagen vía BookLovers

La casa encantada de Shirley Jackson:

The Haunting of Hill House es una de las historias de fantasmas más icónicas de la literatura del siglo XX. Escrita en 1959 por Shirley Jackson, la historia se declara desde el inicio con una de esas frases que cuando aparecen te revelan un libro que no querrás dejar para después: “No live organism can continue for long to exist sanely under conditions of absolute reality; even larks and katydids are supposed, by some, to dream. Hill House, not sane, stood by itself against its hills, holding darkness within; it had stood for eighty years and might stand for eighty more.”

La clásica historia de la casa embrujada se defiende al ritmo de Jackson en una combinación de puntos tan comunes como especiales que hacen del libro de todo menos predecible. Hill House es una casa erigida en las inmediaciones de un pequeño pueblo silente ante decenas de historias sobrenaturales, en donde los objetos se mueven solos y las puertas no siempre se abren cuando las necesitas. El investigador de lo “oculto”, el Dr. John Montage, aparta un verano para invitar a tres desconocidos con previas experiencias inexplicables para que acampen en aquel laberinto en donde nadie permanece más de una noche seguida por voluntad propia.

La casa se convierte en un ente separado, con las mismas visiones protagonistas de sus visitantes, la prosa de Jackson lleva hacia un camino en donde los ruidos y las alucinaciones se mezclan con el círculo de personajes que comienzan a depender de sus paredes.

Es inevitable que Poe y Lovecraft no interfieran en el estilo del relato, pero Jackson crea un equilibrio propio en donde el sentido de pertenencia se vuelve el factor más peligroso de la historia. Y si la casa Hill suena como una más entre el montón de lugares embrujados en la literatura es porque lo es; fue Jackson quien popularizó la esencia de este tipo de relatos que han sido reproducidos miles de veces tanto en los libros como en el cine y la televisión.

El libro ha sido adaptado a la pantalla grande dos veces en 1963 y en 1999  -con las actuaciones de Liam Neeson, Catherine Zeta-Jones y Owen Wilson- bajo el título de The Haunting. Esta vez su adaptación para la televisión viene de la mano de Netflix y Mike Flanagan en diez episodios que todavía no tienen fecha de estreno.

Entre libros y series: Literatura que se maquilla para la televisión 4
Imagen de portada de “El Maravilloso Mago de Oz” con ilustraciones de Antonio Segura Donat, editado por Alfaguara clásicos

El maravilloso Mago de Oz y las zapatillas de Dorothy

Pocas películas son tan conocidas como el musical de 1939 El Mago de Oz,  considerado por la UNESCO como memoria del mundo, pero de nuevo, la película no existiría de no ser por Lyman Frank Baum y W.W. Denslow. Ambos son el escritor y dibujante original de El maravilloso Mago de Oz, publicado en Chicago en 1900 como uno de los libros de literatura infantil más vendidos y posteriormente editados en el mundo.

L. Frank Baum escribió trece libros más sobre la tierra de Oz, pero fue el relato de Dorothy el que se impuso entre el público. Dorothy, la Bruja del Norte, el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata, el León y el Mago de Oz son algunos de los personajes más representativos de la literatura norteamericana, además de ser el origen de muchísimas historias posteriores inspiradas en este mundo de fantasía para niños como las Crónicas de Narnia o la trilogía de La Materia Oscura de Philip Pullman, en donde es difícil no ver las similitudes.

La historia es la de Dorothy Gale, una niña huérfana que vive en una granja con sus tíos en algún lugar de Kansas y que es arrastrada por un ciclón junto a su perro Toto hasta el mundo de Oz. Equipada solo con el beso de despedida de la Bruja del Norte, su perro, su cesta y unos Zapatos Plateados Dorothy debe seguir el camino de ladrillos amarillos mientras intente regresar a su casa y supera todo tipo de aventuras y retos en el camino. La historia no es tan infantil como se cree, ya que entre líneas sigue siendo una alegoría directa a la lucha política y económica en Estados Unidos a fines del siglo XIX, entre otras metáforas más profundas que se pueden explicar en otro texto.

Se han montado innumerables adaptaciones teatrales en todas partes del mundo. Judy Garland inmortalizó a Dorothy en el cine en 1939 y en 1974 Liza Minnelli hizo la voz protagonista en una película animada. En el año 1975 se presentó como musical en Broadway y entre comics, series y videojuegos la historia nunca ha dejado de ser versionada.

Esta vez, la nueva adaptación viene de la mano de la NBC bajo el título de Emerald City. El proyecto previsto para la temporada 20142015 fue cancelado y retomado por la cadena en abril del 2015 con una temporada inicial de 10 capítulos.  Desarrollada por Matthew Arnold y dirigida por Tarsem Singh la serie fue estrenada el 6 de enero del 2017 con Oliver Jackson Cohen como Lucas y Adria Arjona como Dorothy en los papeles principales. Esta nueva versión es mucho más “oscura” que el musical, tal vez aferrándose a las ideas escondidas entre las líneas de los libros originales, y adaptándolas a los conflictos sociales que el presente predice para el futuro.

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Imagen via Juniper Books.

La fortuna de los huérfanos de Lemony Snicket’s

Al igual que el Mago de Oz, el título de Una Serie de Eventos Desafortunados es públicamente relacionado con Jim Carrey y la película del mismo nombre estrenada en el 2004. Pero de nuevo, la verdadera historia permanece en los libros, publicados entre 1999 y el 2006 por Daniel Handler bajo el seudónimo de Lemony Snicket, e ilustrados por Brett Helquist, esta es una serie de trece libros que relata la vida de los hermanos Baudelaire. De por sí los libros son tan misteriosos como sus relatos, y encierran decenas de referencias literarias y de acertijos que se apoyan en la excusa de las lecturas infantiles para liberarse con un humor negro e inteligente sobre la niñez y sus paredes.

Violet, Klaus y Sunny son tres jóvenes que enfrentan la muerte de sus padres mientras son llevados a vivir con el Conde Olaf, un primero tercero o sobrino cuarto de la familia cuya existencia desconocían. Los libros siguen una especie de rutina en donde Olaf a menudo se disfraza para estar cerca de los huérfanos con la esperanza de robar su fortuna. Los huérfanos intentan entonces pedir ayuda a algún adulto que normalmente los ignora hasta que las pruebas son irrefutables.

Cada uno de los tomos consta de 13 capítulos, excepto The End, que tiene un capítulo extra titulado: “El libro decimocuarto”. Existe también el libro de Lemony Snicket: The Unauthorized Autobiography (Lemony Snicket: La autobiografía no autorizada) que narra los eventos de vida del atormentado Lemony Snicket, escrito por el mismo Handler. Por otro lado, el personaje de Beatrice está basado en un amor infantil del propio Handler, y el apellido Baudelaire lo tomó del poeta francés Charles Baudelaire. Se ha dicho que su verdadero hijo, ahora adolescente, Otto Handler, se ha negado a leer los libros escritos por su padre.

El primer tomo en la serie, Un mal principio (The Bad Beginning), fue publicado en 1999 y el decimotercer y último libro, The End (El fin), fue publicado el viernes 13 de octubre de 2006.

En la contraportada de cada libro se muestra una nota de advertencia de las cosas terribles descritas en cada volumen, y se recomienda leer otro libro en vez de ese. Cada volumen comienza con una dedicatoria a la memoria del único amor de Lemony Snicket “Beatrice”:

“Este libro, como en el diccionario, contiene la palabra “nervioso” que significa “preocupado por algo” – podrías sentirte nervioso, por ejemplo, si te sirvieran helado de pasas como postre, porque te preocuparía que te supiese horrible- mientras que la palabra “ansioso” que significa “consternado por una terrible preocupación,” es lo que sentirías si te sirviesen un cocodrilo vivo como postre, porque estarías consternado por una terrible preocupación al no saber si podrías comerte tu postre antes de que él te comiera a ti. Pero contrario a este libro, el diccionario también contiene palabras que son mucho más agradables de contemplar. La palabra “burbuja” está en el diccionario, por ejemplo, al igual que la palabra “pavo real,” la palabra “vacaciones,” y las palabras “La” “ejecución” “del” “autor” “ha” “sido” “cancelada,” las cuales forman un enunciado siempre agradable de escuchar. Así que si llegas a leer un diccionario, y no este libro, podrías saltarte las partes sobre “nervioso” y “ansioso” y leer cosas que no te mantengan toda la noche despierto, llorando y tirándote de los pelos.”

El 13 de enero del 2017 Netflix estrenó su adaptación a la televisión con una serie titulada bajo el mismo nombre y protagonizada por Neil Patrick Harris, Patrick Warburton, Malina Weissman, Louis Hynes y Presley Smith. Por ahora cuenta con una primera temporada de ocho capítulos.

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Imagen vía Simon & Schuster.

Anne of Green Gables o Ana, la de Tejas Verdes es un libro escrito por la canadiense Lucy Maud Montgomery y publicado por primera vez en 1908. La historia es la de Anne Shirley, una niña huérfana que vive en un pequeño pueblo pesquero ficticio en la Isla del Príncipe Eduardo, donde se desarrolla la historia a principios del siglo XX. Considerada un tesoro nacional por el pueblo canadiense, la novela  ha vendido mundialmente alrededor de 50 millones de copias.

En el momento en el que transcurre la historia las mujeres todavía se dedicaban a ser amas de casa y esposas, los cánones de belleza se expresaban bastantes distintos a los de la actualidad, al igual que el valor de la mujer en la sociedad y sus limitaciones graduales. La vida de Ana Shirley continuó en una secuela de ocho libros ordenados según la edad de Ana por la escritora.

Existen varias versiones audiovisuales, entre ellas una miniserie televisiva que se rodó en 1985, con el nombre de «Ana de la pradera», además de una versión animada.

En el 2016 Netflix se unió a la cadena canadiense CBC y la productora Northwood Entertainment para grabar una nueva miniserie inspirada en el libro. “Anne” se producirá bajo la dirección de Niki Caro con una primera temporada de ocho episodios que sería grabada en Ontario, Canadá.

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