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Taller de lectura con perros en la Feria del Libro de Madrid el jueves 8 de junio

Carola Melguizo

PURINA España, en colaboración con el Centre de Teràpies Assistides amb Cans, S.L (CTAC) de Barcelona, ha desarrollado Aprender Juntos Es Mejor, un programa educativo pionero en España que tiene como finalidad llevar perros de asistencia a los colegios para mostrar su contribución en el desarrollo emocional y educativo de los niños. El programa se inició el pasado curso escolar (2015-2016) y prevé llegar a 5.000 niños hasta el año 2018. Por los momentos, ya ha visitado más de 40 colegios de Andalucía, Cataluña, la Comunidad de Madrid, el País Vasco y las Islas Baleares.

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Programa Aprender Juntos es MEJOR | Foto: Purina

Los beneficios de la interacción humano-animal a través de las intervenciones asistidas con animales son innumerables. En el caso de los niños en edad escolar, podemos decir que incrementan la motivación, estimulan su atención y concentración, ayudan a desarrollar hábitos de lectura, aumentan su autoestima y su confianza, disminuyen la ansiedad, mejoran sus habilidades sociales y fomentan el respeto por las mascotas. Es importante destacar que los perros también pueden trabajar aspectos formativos más específicos según las necesidades de cada centro educativo. En palabras de Francesc Ristol, director de CTAC, “A menudo encontramos en las aulas alumnos que tienen problemas específicos que afectan a la capacidad de leer de una manera fluida o comprensiva. Nosotros ofrecemos a los alumnos que puedan interactuar con los perros, con el apoyo de los profesionales pertinentes, creando un ambiente adecuado y específico donde poder trabajar mejor la lectura, así como otras materias escolares”.

En Aprender Juntos Es Mejor, durante una mañana, un grupo de perros preparados para sesiones de educación asistida, acompañados por técnicos del CTAC acuden a las escuelas para desarrollar varias actividades con los estudiantes de primaria y con el personal docente. La jornada se divide en tres partes: Sesión de iniciación, sesión en aula y sesión para educadores.

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programa aprender juntos es mejor | foto: purina

La sesión de iniciación es una sesión formativa que está orientada a todos los alumnos de 6 a 11 años y que tiene como objetivo mostrar los beneficios de la interacción humano-animal dentro de todos los entornos sociales. Además de hablar del bienestar animal y de explicar los beneficios de los animales de compañía. La sesión en las aulas se desarrolla con un máximo de 25 alumnos y busca fomentar una actitud positiva hacia el hábito de lectura. Mediante un juego de interacción entre los perros de educación asistida y los alumnos, los niños trabajan sus habilidades lectoras y de comprensión con un libro editado especialmente para el programa.

Para finalizar, la sesión para educadores está planteada como una sesión de trabajo entre el equipo de expertos de la CTAC y los educadores del centro, en la que se analiza la experiencia vivida durante la jornada y se explican las diferentes opciones de trabajo en función de los objetivos y las necesidades de cada centro. El objetivo principal es explicar todas las posibilidades que existen para introducir de forma permanente a los perros de educación asistida en las escuelas como herramienta curricular educativa para los alumnos.

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programa aprender juntos es mejor | FOTO: PURINA

Taller de lectura en la Feria del Libro de Madrid

Para dar a conocer el programa Aprender Juntos Es Mejor, el próximo jueves 8 de junio, PURINA y el CTAC organizarán en el Pabellón Infantil de la Feria de Libro de Madrid un taller de lectura con perros en el que, de 19.30 a 21.30h, cinco perros de educación asistida estarán acompañando a los niños asistentes en sesiones de lectura de 10 minutos, creando un espacio lúdico en el que los pequeños se relajarán y percibirán la actividad de leer como algo divertido. El taller mostrará así cómo los perros pueden ser de gran ayuda para solucionar problemas específicos de lectura, ya que ni juzgan ni se impacientan, lo que evita que los niños se sientan frustrados.

Elena Limido, portavoz de PURINA España, comenta que “los animales pueden llegar a ser una ayuda en nuestro sistema educativo. El vínculo emocional que se establece entre los niños y los perros, tratado como una herramienta curricular, enriquece el proceso de aprendizaje de los alumnos. Un perro inspira ternura, pero también responsabilidad”. Y no lo dudamos. Más allá de la evidencia científica, que existe y es contundente, cualquiera que haya convivido con un perro estará de acuerdo con PURINA cuando afirma que Juntos la vida es mejor.

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programa aprender juntos es mejor | foto: Purina

Información sobre la actividad

Nombre: Aprender Juntos Es Mejor, taller de lectura con perros

Día: Jueves 08 de junio de 2017

Hora: 19:30h a 21:30h

Lugar: Pabellón Infantil de la Feria del Libro de Madrid. Parque de El Retiro.

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¿Qué pasa en Cataluña?

Laura Fàbregas

Foto: YVES HERMAN
Reuters

¿Qué pasa en Cataluña? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, y por qué los que no somos independentistas hemos tardado tanto en hablar?

La respuesta tiene que ver con el factor humano. Hemos tardado tanto en alzar la voz porque por mucho tiempo hemos sentido que formábamos parte de ellos: del mismo pueblo, no sé si un sol poble, pero sí un pueblo cívicamente unido. Hemos abandonado progresivamente el espacio público por temor al ostracismo o la muerte civil. A que nuestros más allegados pensaran que no éramos dignos de su confianza. Porque, digan lo que digan, la libertad más difícil no se ejerce ni contra el poder –en democracia, siempre algo abstracto y lejano– ni tampoco contra la publicidad. La libertad más difícil se ejerce contra los amigos. Contra los tuyos.

El sociólogo Émile Durkheim habló de “efervescencia colectiva” para explicar este fenómeno donde una sociedad comparte prácticas, hábitos y creencias como, por ejemplo, las Diadas. Durkheim ha sustituido a Montesquieu quien, probablemente, hoy sería un facha para la mitad de catalanes.

En Cataluña se han roto los valores de la ilustración. Los que hacen que un individuo pueda discrepar de los suyos a través de la razón independientemente de la compasión, el amor y las emociones que pueda sentir por ellos. Por eso tanta gente se sintió interpelada en la jornada del 1 de octubre al ver que una parte de los suyos recibía porrazos. Aunque pensara que eran ellos los que estaban equivocados. Como una madre que no quiere que metan a su hijo en la cárcel, aún sabiendo que es culpable. El valor está en decirle a su hijo que se ha equivocado, pero nadie discutiría el amor y lealtad de esa madre.

El nacionalismo destroza el terreno común que posibilita el debate, incluso entre familiares. Un liberal, un socialdemócrata e incluso un comunista pueden debatir sobre cuál es la mejor manera de generar riqueza y distribuirla. Un nacionalista no puede, porque aunque lo vista de racionalidad, el último eslabón de esta ideología apela a la parte emocional. Y si no estás con los tuyos, eres un traidor.

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El manicomio infantil

Lea Vélez

Foto: Khalil Ashawi
Reuters

Mis hijos, como muchos niños, tienen “enemigos” en el colegio. Todos los tuvimos. En la infancia los sentimientos están bastante exacerbados y hay odios y amores, amigos y enemigos.  La palabra “enemigo” no significa lo mismo para un niño que para un adulto. Es un lenguaje que ellos utilizan y que tiene un valor semántico muy diferente. Por ejemplo, hay niños del cole que se meten con mi hijo mayor y con su amigo, que “les odian” por ser diferentes, que no les invitan a los cumpleaños y que no les dan caramelos cuando toca repartir. Las madres de estos chavales fingen no saber que en la clase hay 22 niños cuando compran 20 piruletas para que las repartan con sus compañeros, y no les dicen cosas como: “mira, puñetero hijo de mis entrañas, descastado, bullinguero… si quieres repartir caramelos en la clase, tienes que darle a TODOS los niños, por mucho que le tengas tanto odio a estos dos”. Estas madres fingen que el colegio es un lugar de armonía social, que acosados y acosadores son felices en él como perdices y que el problema está en otra parte.

Y bien, sí, es verdad, está en otra parte. Está en fingir que al encerrar gacelas con leones, ratones con orangutanes y científicos con futbolistas en el mismo recinto amurallado se establece una representación fidedigna de la realidad social. Pues no. El recreo no se parece a la vida. En nada. En sociedad no convivimos así. Para empezar, en la vida nos juntamos con los que nos quieren de verdad y con los que de verdad nos hacen felices y sería difícil que alguien aguante en un trabajo años y años y años si le acosan laboralmente los mismos cuatro pringados, por poner un ejemplo. En sociedad buscamos relacionarnos por preferencia y no por obligación y además, tenemos otra sabiduría, no la pasión irascible de la infancia. En sociedad tratamos de contemporizar, hay un interés vital en ello: conservar el trabajo, ascender, disfrutar de los afines, alejarnos de los pelmas, buscar un hueco en la playa. Esto no se puede hacer en el colegio, buscar. La muestra del aula es demasiado pequeña. La del patio también. Todas sus fronteras son muros con vigilantes. Un colegio es una isla muy pequeña. Sus dinámicas son duras como condenas. El colegio es una burbuja, una aberración, un paréntesis en la vida de una persona. Es la cárcel antes del crimen, el purgatorio o en el mejor de los casos, una sala de espera de la realidad, en la que no siempre es fácil armarse de paciencia. El colegio, la vida escolar, no se parece a nada más que a sí mismo y quizá a las películas de fugas en prisión, en las que los presos nunca son asesinos horribles, sino tíos majos que ansían libertad y están unidos contra otro enemigo común: los carceleros

Hay que aceptarlo, madres y padres del mundo.  Una vez que los dejas tras esa tapia con rejas, lugar antinatural, ecosistema brutal de cemento, toca cerrar los ojos y creer en la ficción de que aquello es bueno y entretenido para ellos y, sobre todo, necesario. Es eso, o hacer lo que hago yo y decir: pues no. No es el bien, no es felicidad, no es una cosa buena, no es casi nada de lo que pretende, pero es necesario, en su justa medida y con las críticas necesarias.

Yo he decidido desde hace unos años salirme de la ficción. He llegado a la conclusión sana y cínica de que el colegio es una burocracia que hay que pasar. Mis hijos, que como todos los niños ya lo sabían desde hace tiempo, están felices de ver que no trato de engañarles al respecto. Desde que ven el colegio como una amable prisión llevadera están mucho mejor socializados Han dejado de creer en las buenas palabras de sus celadores: “esto es por tu bien”, “el colegio es un lugar de sabiduría”, “al colegio se va a aprender”, para gestionarlo con garbo y risas, como uno que es listo puede gestionar sus emociones en una sala de espera donde sabe que va a estar varios años. Para ellos es eso, un recinto donde si hay suerte, pueden disfrutar de alguna actividad intelectual, donde si hay suerte, pueden encontrar el cariño de un maestro, donde si hay suerte, pueden tener un mejor amigo con el que disfrutar de las horas muertas. Y cuando la realidad se ve desde lo que es… suele haber suerte, porque así es como funcionan las cosas. Cuando no se espera nada, se recibe más y se recibe mejor.

A mí me funciona fenomenal esto de no tratar de convencerles de que es el mejor lugar del mundo, ni de que es un sitio imprescindible para su desarrollo vital, ni de que allí aprenderán bondades que no podrían aprender igualmente en familia o en casa. No trato de convencerles de nada que no se corresponda con sus percepciones, porque las ficciones también nos quitan libertad. De todas formas, estoy ojo avizor por si hay problemas, acosos, infelicidad de esa tremenda, que nos marca de por vida. El otro día con los niños en el coche, volviendo del colegio, le dije a mi hijo pequeño, que tiene 8 años y que es quien más me preocupa, porque tras más de cuatro años trotando por este patio-paréntesis de la vida escolar, aún no ha conseguido hacer un gran-mejor-amigo que es lo único que nos consuela en esta vida:

-Cielo, ¿hoy qué tal? ¿Has conseguido jugar con alguien en el recreo?

-Bueno, no tuve mucho recreo.

-Oh, no. ¿Tuviste que acabar trabajo de clase atrasado? Voy a tener que hablar con tus profes… ¿cuál de ellas te dejó en el aula terminando la tarea?

-No, no me quedé sin patio por no hacer el trabajo, fue porque hoy no me quise comer la comida. Cuando no te la comes, te obligan a quedarte el último.

Me cargué de humor, como siempre:

-¡Caray! ¿Seguro que vais al colegio? ¿No será más bien la cárcel?

-Jajaja. -rio “el condenado”.

Su hermano de 10 años intervino con socarronería:

-No es la cárcel, mamá. El colegio se parece mucho más al manicomio. En los manicomios los cuidadores tratan de enseñarles cosas a los enfermos, les ponen a hacer dibujos y a colorear y tal, y, además, no está tan claro que los locos estén tan locos.

-Qué razón tienes, hijo. De hecho, antiguamente, muchas personas inconformistas, disidentes, mujeres independientes a las que tildaban de histéricas… acababan en el manicomio. Sí, creo que tenéis razón. El colegio es el manicomio de los niños. De hecho, ayer me llamó, una vez más, la psicóloga para hablar conmigo porque Richard siempre anda solo en el recreo. Qué pena que no pueda decirle lo que pienso.

-¿Y qué piensas?

-Que si los colegios no fueran manicomios, no haría falta que todos tuvieran psicóloga.

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Bendita normalidad

Andrea Mármol

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

Preguntaba Antonio García Maldonado al filósofo Manuel Cruz sobre la dichosa “épica de la normalidad” que debería acaparar toda la epopeya en la idílica democracia liberal. Cruz sitúa el concepto cerca del oxímoron, motivo que tal vez explique por qué es el gran ausente en la esfera pública de hoy. De lo contrario, la alta expectación que concita la política sería difícilmente explicable. ¿Se ha abusado, pues, en las democracias occidentales de los vítores a la excepcionalidad y a la singularidad por parte de aquellos a quienes se les suponía la tarea de evitarlas?

Atendiendo al auge populista continental, no parece aventurado afirmar el fracaso de la normalidad como motor del debate público. No tanto por su faz identitaria que en nombre de la democracia la acaba minando mediante la exclusión de parte del ‘demos’, sino por el reverso: lo que comparten los discursos épicos es la apelación a un sujeto colectivo al que ofrecen una narrativa propia, con su despertar, sus retos comunes –normalmente contra lo establecido- y, en definitiva, su futuro. Así, se sitúa en el centro un destino colectivo soñado, donde el protagonista es el ‘nosotros’, donde el sujeto individual queda desplazado y relegado de la ecuación.

Es comprensible que el ser humano acuse la necesidad de sentirse parte de su propia revolución, lo que es intolerable es utilizar lo perfectible de la democracia como pretexto para esa revolución. Lo erróneo, sin duda, es considerar que los íntimos deseos de emoción y desenfreno que todo individuo alberga legítimos pueden saciarse en el terreno del debate público. Esto no significa entender la democracia como un corsé en el que nuestros idilios son irrealizables, sino todo lo contrario.

¿Acaso no es el modelo de civilización occidental contemporáneo el más permisivo con nuestras pasiones más inconfesables? ¿No es la libertad lo que nos brinda la impagable sensación de equivocarnos dolorosamente obedeciendo a nuestro fuero interno? La sobria normalidad es el mejor síntoma indicativo de la salud de un proyecto común que no pone en cuestión esa libertad y el mejor terreno para la plena realización de nuestros sueños, de los que sí somos libres de convertir en pesadillas.

Reflexionaba acerca de todo esto en la primera manifestación a la que asistí en Barcelona el pasado octubre en defensa del pluralismo político y de la Constitución. Reparé en lo poco sexy que resulta lanzar proclamas pidiendo respeto por el trabajo de los jueces y fiscales. Reivindicando la normalidad. Uno se pregunta, a menudo, intentando un ejercicio de honestidad para consigo mismo, qué le lleva a tomar partido en el debate público. Siempre he creído que no soy nacionalista porque quiero conservar mis propias pasiones personales, a menudo indecentes. Poder despreocuparme de las excepcionalidades históricas de turno es una buena manera de dedicarles todo mi tiempo.

“Creo que la gente ha olvidado que la historia podía ser trágica”, ha dicho recientemente Manuel Valls, en alusión a la inestabilidad desatada por los últimos pasos del independentismo catalán junto a la de otros movimientos que acechan a las democracias europeas. Yo también lo creo. Convertir la salud democrática de una sociedad en un parapeto para sentirnos protagonistas tiene el inconveniente de un probable desenlace en el que tengamos que dejar de pensar en nuestras particulares tragedias porque nos invade una mayor y definitiva. Por eso, tras cada insignificante fracaso, hay que repetirse: viva la normalidad.

Continúa leyendo: Los perros pueden leer las expresiones faciales de los humanos

Los perros pueden leer las expresiones faciales de los humanos

Carola Melguizo

Foto: Alan Levine
Flickr bajo Licencia Creative Commons

Los perros tienen un truco infalible para evadir el conflicto: evitar el contacto visual cuando los humanos están enfadados. Miles de años de domesticación han hecho que los canes entiendan eso de que dos no pelean si uno no quiere y que puedan leer las expresiones faciales de los seres humanos, sean o no de su manada, diferenciando las caras felices de las que no lo son. En palabras de la adiestradora Turid Rugaas: “Para un perro es mucho más importante evitar conflictos que ser obediente.” Esto podría explicar, de cierta forma, que cuando se trata de otros perros, en cambio, tiendan a sostener la mirada.

La conexión emocional que existe con los humanos no necesita ningún tipo de estudio. Todo aquél que ha vivido con uno puede dar fe de cómo los perros son capaces de entender el estado de ánimo de los distintos miembros de la familia. Ahora bien, qué pasa cuando perro y humano no se conocen. Responder de forma apropiada a las señales emocionales del otro es fundamental para todas las criaturas sociales, principalmente porque permite anticipar sus intenciones. Supervivencia pura y dura. Los animales son capaces de hacerlo con sus semejantes. Pero interpretar las emociones de otra especie es un proceso complejo que requiere un cerebro capaz de evaluar, comparar y asociar representaciones mentales de imágenes y sonidos. Hay estudios científicos que demuestran que los perros pueden hacerlo.

Un grupo de científicos de la Universidad de Helsinki, Finlandia, demostró, con 31 perros de 13 especies, que los perros evalúan las expresiones faciales amenazantes por su validez biológica, utilizando como evidencia los patrones de observación. En la revista científica PLOS One, los investigadores explican que para el estudio pidieron a los perros que se sentaran frente a una pantalla de vídeo sin ningún tipo de interacción humana y les mostraron imágenes de expresiones amenazantes, agradables y neutrales tanto de perros como de humanos y realizaron un seguimiento de su mirada.

Los perros pueden leer las expresiones faciales de los humanos 1
Los canes entiendan eso de que dos no pelean si uno no quiere. | Foto: John O’Beirne vía Flickr bajo Licencia Creative Commons.

La primera conclusión del estudio es que el comportamiento de observación de los perros varía dependiendo de si miran a otro perro o a un humano. Aunque en términos generales analizan toda la cara, hay determinadas características de las expresiones que llaman su atención. En el caso de los humanos, los perros dedican más tiempo a estudiar los ojos y si la persona está enfadada, tienden a mirar hacia otro lado. Si se trata de otro perro, en cambio, lo que más les llama la atención es la boca, especialmente la de los perros amenazantes y dedican más tiempo a estudiar su cara. Sanni Somppi, jefe del equipo de investigación, asegura que “La domesticación puede haber equipado a los perros con una sensibilidad para detectar las señales de amenaza de los humanos y responderlas con señales pronunciadas de apaciguamiento.”

Otros estudios relevantes

Pero la capacidad de entender nuestras emociones que tienen los perros va más allá de distinguir expresiones faciales. Un estudio de la Universidad de Lincoln, Reino Unido, publicado en la revista científica Biology Letters de la Royal Society británica demostró que los perros comparten con los humanos la capacidad de combinar, comparar y asociar  signos emocionales de otra especie. A 17 perros de diferentes razas y edades se les mostraron dos imágenes de la cara de una misma persona, una visiblemente contenta y otra enfadada, asociadas a una voz que expresaba también ambas emociones.

La actividad permitió a los investigadores comprobar que los perros prestaban más atención si las expresiones faciales eran concordantes con la voz, lo que les permite suponer que los perros eran capaces de analizar el vínculo y establecer si la información era coherente o no. Lo mismo ocurrió al repetir la actividad con imágenes de perros y ladridos. Kun Guo, uno de los investigadores, explica: “Nuestro estudio muestra que los perros tienen la capacidad de integrar dos fuentes de informaciones sensoriales diferentes y tener una percepción coherente de las emociones humanas.” Lo realmente relevante de este hallazgo es que hasta entonces, esta capacidad cognitiva sólo había sido detectada en los seres humanos.

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