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¿Tiene color el sexismo? El rosa fue masculino hasta 1940

Clara Paolini

Foto: Erol Ahmed
Unsplash

Nos gusta clasificarlo todo y señalar las diferencias, a veces innecesarias, poniendo etiquetas a la superficie. En ese intento por encasillar cada cosa en su lugar inventado, caemos en la absurdidad de asignar colores para identificar de forma simplista incluso hasta los géneros. Sin ambigüedades ni matices; lo masculino es azul y lo femenino rosa. Lo dicen los juguetes, el marketing, la moda… Lo dice, en definitiva, la semiótica. Si un recién nacido viste de azul es indiscutiblemente varón, pero si lleva un lazo rosa no hacen falta preguntas para entender que es una niña. Lo curioso es que esto no siempre fue así. ¿Sabías que hasta hace apenas unas décadas el rosa se asociaba a la masculinidad?

En 1914, la publicación Sunday Sentinel, según señala The Guardian, aconsejaba lo siguiente a las madres estadounidenses: “Si te gustaría poner una nota de color en las prenda, usa rosa para el chico y azul para la chica, si quieres seguir la convenciones”. Esta explicación, opuesta a la concepción generalizada en la actualidad, aparece también en muchas otras publicaciones, como la revista Earnshaw’s Infants’ Department publicada en 1918: “La regla generalmente aceptada es rosa para los chicos y azul para las chicas. La razón es que el rosa es un color más decidido y fuerte, más adecuado para los niños, mientras el azul, que es más delicado y refinado, es mejor para las niñas”.

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No es una niña, es Franklin D. Roosevelt vestido de rosa en 1884 | Imagen vía: Wikimedia Commons

Las pruebas de esta – ahora contradictoria- señal de diferenciación aparecen en incontables ocasiones en textos, archivos fotográficos, obras de arte y hasta piezas literarias: En una fotografía de 1884, el 32º Presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, aparece vestido de rosa siendo un bebé; en numerosas representaciones pictóricas el Niño Jesús se muestra vestido de color rosa y, destacando un ejemplo literario, cabe mencionar que hacia el final de la novela El Gran Gatsby, escrita por F. Scott Fitzgerald en 1925, el personaje de Jay aparece vistiendo orgulloso un elegante traje rosado.

¿Hemos aprendido entonces a llevar la contraria a las concepciones establecidas? Hoy en día usamos un lazo rosa para concienciar sobre el cáncer de mama, sería impensable pensar que el logo de Barbie se tornara azul, las niñas caen rendidas hacia las vestimentas de este color que estereotipan su sexo y en el lenguaje cotidiano aparecen nuevas formas de expresión como la llamada “tasa rosa”, que sirve para denominar el aumento el precio de productos específicamente destinados a mujeres en el mercado. ¿Qué llevó a este cambio?

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El Buen Pastor (hacia 1660) de Bartolomé Esteban Murillo | Imagen vía: Wikimedia Commons

Cómo y por qué el rosa dejó de ser para chicos

Según apunta la historiadora de la Universidad Jo B. Paoletti, autora del libro Pink and Blue: Telling the Girls From the Boys in America (2012), quien lleva más de 40 años estudiando el color de las prendas con las que se visten a los recién nacidos, no fue hasta a partir de 1940 cuando se empezó a imponer la asignación binaria de los colores azul y rosa como distinciones de género. Obviamente esto no ocurrió de la noche a la mañana, pero fue una fue una norma que fue propagándose con facilidad gracias a los nuevos hábitos de consumo, impulsados por los medios de comunicación, centros comerciales y la influencia de la moda francesa en la etapa de posguerra.

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La femme, el coche para mujeres lanzado por Dodge en 1955. | Imagen vía: Detalle del brochure publicitario / Dodgelafemme.com)

En 1945, tras la victoria aliada en la II Guerra Mundial, triunfó en Estados Unidos el la american way of life y llegaron los felices años 50, trayendo consigo nuevas modas para vestir a toda una generación de babybommers, para cuyas madres el tradicional blanco no llegaba a satisfacer el ansia por nuevos diseños diferenciadores. Cuanto más individualizamos la ropa, más se puede vender, asegura Paoletti. Por aquella época, Mamie Eisenhower asistía a la toma de posesión de su esposo luciendo un intrincado vestido rosado, aparecieron electrodomésticos fabricados en tal color y hasta la marca de coches Dodge lanzó en 1955 un modelo de vehículo rosa y blanco para las mujeres llamado La Femme. La elección de las Pink Ladies en la película Grease no es casual, y es que durante la época de los 50 en la que sitúa la acción la película, se instauró de forma definitiva el color rosa asociado a la feminidad.

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Fotograma de las Pink Ladies en Grease (Randal Kleiser, 1978) | Imagen vía: IMDB

La rebelión contra el canon establecido

El feminismo de los setenta rechazó de plano el rosa aunque, tal y como señala Jo Paoletti en su libro, este boicot contribuyó, paradójicamente, a asignar el color al concepto de femineidad. Las feministas de entonces pensaban que las niñas sentían atracción hacia roles subordinados asignados a las mujeres través de la ropa, por lo que “si vestíamos a nuestras hijas más como niños y menos como chicas cursis con volantes tendrán un abanico más amplio de elección y se sentirán más libres”, explica la experta.

Este pensamiento permanece hasta nuestros días y buena muestra de ello es el ejemplo recogido en un articulo publicado en Verne, donde se presenta a JeongMee Yong, “una madre a la le sorprendió que su hija de 5 años sólo quisiera ropa y juguetes de color rosa, y se comenzó a interesar por cómo fabricantes y publicistas segmentan su oferta por género”. Esto le llevó a crear The Pink & Blue Project, una serie de fotografías de niños y niñas mostrando sus juguetes rosas y azules que se viraliza en internet de forma recurrente.

Entre la infinidad de campañas alertando sobre los efectos adversos que pueden provocar en los más pequeños los juguetes estereotipados por género destaca, entre otros, el estudio realizado por The Institution of Engineering and Technology y recogido por The Guardian, el cual clama por eliminar dicha lacra que empuja a la sociedad a convertir a las niñas en “princesas pasivas”. Aunque no importa cuantos estudios, informes y análisis citemos; la mejor y más comprensible explicación la sigue teniendo la famosa Railey:

La teoría enfrentada: ¿Y si el rosa fuera una preferencia biológica?

En el lado opuesto a este pensamiento que señala la asignación de colores como constructo de normas impuestas culturalmente, otras fuentes señalan que la predilección de las mujeres por el color rosa podría ser biológica y no cultural. Según sugiere un estudio realizado en la Universidad de Newcastle y publicado en la revista Current Biology, la explicación de la preferencia por colores de esta gama podría proceder de la época en la que los humanos eran cazadores y las mujeres, las principales recolectoras. Éstas habrían desarrollado su capacidad para identificar los frutos rojos maduros y las emociones que pueden expresar las tonalidades de los rostros por cuestiones meramente biológicas.

¿Está nuestro cerebro genéticamente predispuesto hacia determinados colores según nuestro género sexual? Esta hipótesis ha sido extensamente debatida por expertos y teóricos debido a su simplicidad. Las conclusiones de este experimento, realizado con 208 personas a los que se les pidió que eligieran sus colores preferidos entre dos opciones, ha sido criticado por ofrecer una hipótesis sesgada que no tiene en cuenta otras variables de relevancia. Su base es el comportamiento prehistórico que (afortunadamente) dista mucho de la actualidad, o al menos, teniendo en cuenta el aluvión de críticas tras su publicación, eso es lo que a muchos nos gustaría pensar. Tal y como demuestra la revisión histórica del uso del rosa/azul y como opina la experta Jo Paoletti, muchos de nuestros estereotipos de género son “superficiales, arbitrarios y sujetos a cambios, por lo que considera que “elevar los estereotipos al nivel de ley natural es absurdo”.

El rosa es aún hoy en día un color asociado a la feminidad y lo cierto es que no es posible garantizar de forma fehaciente si esto se debe a implicaciones biológicas o por el contrario, es una consecuencia imposiciones culturales. Lo que sí podemos afirmar es que profundizar en la implicación de los colores respecto a nuestras concepciones contribuye a descubrir rincones compartidos entre todos, haciéndonos reflexionar sobre características innatas o adquiridas y la inevitabilidad de nuestros roles de género. A fin de cuentas, puede que dentro de otros 90 años, a alguien le sorprendan los tiempos en los que los colores señalaban lo innecesario.

Continúa leyendo: Las puertas de la percepción: The Doors, Aldous Huxley y la mescalina

Las puertas de la percepción: The Doors, Aldous Huxley y la mescalina

Clara Paolini

Foto: Kelly Taylor
Kmtwanderlust

Las puertas, reales o imaginarias, físicas o metafóricas, siempre conllevan cierto misterio. Cerradas, impiden pasar al lado oculto pero a su vez indican la existencia de una habitación más allá. Abiertas, hacen franqueable el límite y se convierten en canal de transición hacia un nuevo dominio. Como elemento recurrente en la simbología universal las puertas vienen a significar un umbral; separan dos espacios contiguos pero independientes, delimitan lo exterior de lo interior e incluso pueden llegar a servir como barrera entre la realidad y la ficción.

Una puerta-objeto puede servir para pasar del baño al salón o de la calle a una tienda, pero también existen las de otro tipo, aquellas que limitan lugares mucho más abstractos. Cuando Jim Morrison propuso para su banda el nombre The Doors no estaba pensando en cualquier tipo de puerta, sino en aquellas que esconden lo que el pensamiento consciente oculta. Eran las mismas que también traspasaron Antonin Artaud y Henry Michaux al consumir peyote; las que aparecieron en las mentes de Willian Blake y Aldous Huxley encauzando divagaciones metafísicas.

“Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito” -William Blake

Esta intrigante cita del místico poeta y pintor inglés Willian Blake fue la que dio nombre al grupo The Doors. No por coincidencia, la misma frase también aparece introduciendo el ensayo Las Puertas de la Percepción, escrito por Aldous Huxley en 1954. El aclamado escritor y profeta, autor de Un Mundo feliz, se interesó en los años 50 por el uso de las drogas alucinógenas, en concreto por la mescalina, impulsado por la creencia de que ésta podía servir como pasaporte hacia lo desconocido. Tomando la cita de Blake como base, intentó corroborar el hecho que el cerebro humano filtra la realidad, impidiendo el paso de impresiones e imágenes imposibles de procesar en una mente. De acuerdo con esta visión, el consumo de mescalina, la sustancia alucinógena presente en plantas como el peyote o el cactus San Pedro, podría reducir este filtro o “abrir estas puertas de la percepción, tal y como expresa metafóricamente desde el título.

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The Lovers’ Whirlwind (1824 – 1827) de Aldous Huxley / Wikimedia Commons

A los 58 años Huxley invitó al psiquiatra británico Humphrey Osmond a su propia casa en Los Ángeles, ofreciéndose como conejillo de indias para sus experimentos. Allí, el investigador le proporcionó una dosis de 400 mg de mescalina. De la experiencia nació el ensayo antes citado y dos años después, Cielo e Infierno (1956) completando la narración. En sus escritos, Aldous Huxley intenta descifrar lo indescriptible, consiguiendo extraer del viaje aproximaciones intelectuales brindadas la experiencia más allá del misticismo. Si el ágil pensamiento de Huxley, reflexivo e incorformista, ofrecía grandes ventanales desde los que observar el mundo, esta vez  el horizonte aparecía infinito.

Muchos de los experimentos con drogas psicodélicas que se habían llevado a cabo en laboratorio hasta la fecha habían fracasado debido a que la mayoría de los pacientes,  profundamente sumidos en la propia experiencia alucinógena, eran incapaces de interactuar con el mundo real para aportar respuestas inteligibles. ¿Un grupo de sesudos médicos intentando extraer conclusiones científicas sobre pacientes salidos de Miedo y Asco en Las Vegas? Imaginando se intuye que el resultado proporcionara escenas de entrenemiento más que verdaderas conclusiones. Pero Osmond encotró en Huxley a la mente perfecta: Aldous tenía un cerebro tremendamente estable y, lo que es más importante, su alto nivel intelectual le permitía extrapolar la experiencia.

Tras las pruebas con mescalina, durante sus charlas con el ciéntifico y más tarde en sus ensayos, el escritor consiguió trasmitir un rico puñado de intuciones existenciales y reflexiones ligadas a la estética, la filosofía y el arte. La palabra psicodélico, que significa “que manifiesta el alma” (del griego ψυχή, “alma”, y δήλομαι, “manifestar”, fue inventada entonces por Humphry Osmond gracias a la colaboración con Huxley. Es posible señalar sin miedo a equivocarse que Huxley puso los cimientos para la revolución que vendría en los 60 no sólo debido a la poderosa influencia que ejerció el libro Las Puertas de la Percepción en toda una generación en busca de la apertura, sino también, como indica Sam Jordison en The Guardian, porque fue el mismo escritor el que se encargó de introducir la experimentación con mescalina a otros influyentes intelectuales como Allen Ginsberg o Timothy Leary: “Huxley cambió el mundo. Sin él no habría habido Merry Pranksters, Sargent Pepper´s, Miedo y Asco en las Vegas”, a lo que añadimos que sin Huxley, la banda de Jim Morrison puede que nunca llegara a llamarse The Doors.

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Jim Morrison, el icono que cruzó el umbral | Foto: Osilvae / Wikimedia Commons.

Pero, ¿qué es lo que en relidad ocurre al abrir “las puertas”? Numerosos textos de diferentes autores describen que el consumo de mescalina “cambia de lugar la conciencia”, de una forma similar a los efectos de la hipnosis o ciertas patologías psiquiátricas. El mundo real parece no importar ya que se experimenta la vivencia de trascender de éste y de uno mismo, desatándose en el cerebro una reacción química que provoca una especie de psicosis temporal. Es, entre otras condiciones, lo que científicamente ha venido a llamarse un estado alterado de conciencia, en el que el cerebro actúa de manera diferente al estado de vigilia. Son muchos los médicos, investigadores, escritores y artistas que han experimentado a lo largo de la historia el mecanismo y los efectos de abrir puertas mentales mediante el uso de sustancias químicas, pero llegaron a sacarle tanto partido como Huxley.

“La droga (refiriéndose a la mescalina) coge por sorpresa, descubre, desenmascara las operaciones mentales, poniendo conciencia donde no había ninguna, y paralelamente quitándola donde siempre la ha habido” -Michael Michaux.

Demasiado ocupado pensando en hacernos sobrevivir, el cerebro en vigilia de una persona normal, trabaja para que nos relacionemos, decidamos y continuemos inmersos en el constante acto de vivir. Liberado de esa carga, el individuo es capaz de trascender de sí mismo. Huxley explica cómo cree sentir una conciencia que no depende de un ego; olvidado de sí mismo es capaz de volcarse tomar conciencia de cuestiones que siempre han estado ahí pero que antes pasaban desapercibidas. Como en los dibujos animados, los psiconautas dibujan una puerta con tiza en la pared que les transporta a otra realidad donde, aparentemente, se vislumbran verdades y concepciones inalcanzables con “la puerta cerrada”.

En la linea de Huxley, Henri Michaux también experimentó con la mescalina, abriendo y cerrando puertas perceptivas y así lo relató en Misérable miracle, en 1956 o Connaissance par les gouffres, en 1961. En busca de lograr nuevas formas de pensamiento y en su desarrollada faceta mística, el poeta y pintor francés lo probó todo: éter, LSD, cannabis… Pero según él mismo narra, la mescalina fue la droga que le aporto la experiencia más intensa:  “Está hecha para violar el cerebro y entregar sus secretos”. Sin embargo, si para Huxley y Michaux el consumo de mescalina supuso un acercamiento intelectual, Jim Morrison, convertido en ídolo de masas y rey lagarto, reforzó su halo de creatividad mediante el peyote convirtiéndose asu vez, encima del escenario, en solitario chamán de la contracultura estadounidense.

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Fotograma de la película The Doors | Oliver Stone, 1991.

Tal y como capturó al personaje el director Oliver Stone en su película (The Doors, 1991), el cantante estaba obsesionado con el consumo de sustancias que psicoactivas y los rituales del chamanismo. Puede que sus viajes al desierto mexicano fueran menos estéticos que los representados en película de Stone pero la historia es cierta y más que verosímil. El peyote, cuyo activo es la mescalina, había formado parte durante siglos de los ritos de tribus de indios mesoamericanos y años más tarde, en los albores de la revolución sesentera, Jim Morrison creyó guiar a sus fans en el rito musical y escénico durante sus conciertos.

¿Esta todo el mundo dentro?

¿Esta todo el mundo dentro?

¿Esta todo el mundo dentro?

La ceremonia esta apunto de empezar

¡Despertar!

(del poema Despertar, Jim Morrison)

Encima del escenario y puesto hasta las cejas, Jim Morrison provocaba un espectáculo que pretendía trascender del propio concierto. Convertido en guía, intentaba provocar conciencias en un ritual iluminador, y en su mente, creyó llegar a conseguirlo. Huxley ya había advertido que la ingestión de sustancias psicodélicas podía incentivar la sensación de  disfrutar de una conciencia libre, pero también causar malestar debido a la aparición de una angustiosa sensación de pánico. Los efectos de la mescalina, según Huxley, dependen de la naturaleza del sujeto en cuestión, por lo que una persona propensa al miedo, la ansiedad o la desorientación correría el riesgo de caer en aquel pozo de esos sentimientos negativos, sintiendo a la vez el deseo y la frustración ante la imposibilidad de compartir la experiencia. ¿Es lo que le ocurrió a Jim Morrison?

Al final del ensayo Cielo e infierno Huxley también declaró que la experiencia visionaria no es lo mismo que la experiencia mística. Sólo esta última está realmente fuera del ámbito de los opuestos, y en realidad no hay nada genuinamente trascendental en el uso de las drogas. Aunque pudiera contribuir en el camino, la mescalina no situaba al hombre cara a cara con la verdad absoluta, sino que a lo sumo ayudaba a abrir nuevas percepciones, o al menos, dar la sensación de tal experiencia. Mientras el sujeto permanece en este lado de la realidad, resulta difícil conectar ambas partes, por lo que a lo único que puede aspirar desesperadamente es pasar al otro lado, o en inglés musicado, Break on Through (To the Other Side).

Las puertas, reales o imaginarias, físicas o metafóricas, siempre conllevan cierto misterio y, a veces, no hay mejor opción que dejarlo sin resolver.

Continúa leyendo: Estas son las 41 mujeres asesinadas por sus parejas en España en 2017

Estas son las 41 mujeres asesinadas por sus parejas en España en 2017

Redacción TO

Foto: Marcos Brindicci
Reuters

Se confirma la muerte de otra mujer en España. No conocemos su nombre, pero tenía 66 años y vivía en Rubí, muy cerca de Barcelona. La asesinó presuntamente su expareja, que fue detenida horas más tarde.

Su nombre se suma a una larga lista de víctimas que, ya en el último trimestre del año, alcanza las 41 mujeres asesinadas. En 2016 fueron 44. Desde 2003, 912. Los datos pertenecen al Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Los números podrían ser más alarmantes, según el portal Feminicidio.net, que aporta información sobre sus identidades y circunstancias.

Estas son las mujeres asesinadas por sus parejas desde el pasado 1 de enero en España:

1 de enero:

Matilde Teresa de Castro. 40 años. En Rivas Vaciamadrid (Comunidad de Madrid). Había denunciado y tenía una orden de protección activa; su pareja la quebrantó por consentimiento mutuo.

Identidad desconocida. 25 años. En Madrid (Comunidad de Madrid). Deja un hijo huérfano.

14 de enero:

Blanca Esther Marqués Andrés. 48 años. En Burlada (Navarra).

15 de enero:

Antonia García Abad. 33 años. En Huércal de Almería (Almería, Andalucía).

27 de enero:

J.D.L.M. 40 años. En Seseña (Toledo, Castilla-La Mancha). Había denunciado. Deja un hijo huérfano.

29 de enero:

Virginia Ferradás Varela. 55 años. En O Carbaliño (Orense, Galicia).

5 de febrero:

Cristina Martín Tesorero. 38 años. En Mora (Toledo, Castilla-La Mancha).

7 de febrero:

Carmen González Ropero. 79 años. En Suria (Barcelona, Cataluña).

11 de febrero:

Laura Nieto Navajas. 26 años. En Seseña (Toledo, Castilla-La Mancha).

13 de febrero:

Ana Belén Ledesma. 46 años. En Daimiel (Ciudad Real, Castilla-La Mancha).

19 de febrero:

Margaret Stenning. 79 años. El Campello (Comunidad Valenciana).

21 de febrero:

Gloria Amparo Vásquez. 48 años. En Valencia (Comunidad Valenciana). Deja una hija huérfana.

Dolores Correa. 47 años. En Gandía (Valencia, Comunidad Valenciana). Había denunciado y tenía una orden de alejamiento activa.

22 de febrero:

Identidad desconocida. 91 años. En Villanueva del Fresno (Badajoz, Extremadura).

Leydi Yuliana Díaz Alvarado. 34 años. En Santa Perpetua de Mogoda (Barcelona, Cataluña). Había denunciado y tenía orden de alejamiento activa. Deja a cinco hijos huérfanos.

1 de marzo:

Erika Lorena Bonilla Almendárez. 32 años. En Madrid (Comunidad de Madrid).

29 de marzo:

Ana María Rosado. 42 años. En Campo de Criptana (Ciudad Real, Castilla-La Mancha).

31 de marzo:

Yurena López Henríquez. 23 años. En Telde (Las Palmas, Canarias).

1 de abril:

María Victoria Zanardi Maffiotte. 44 años. En La Laguna (Tenerife, Canarias).

10 de abril:

Andra Violeta Nitu. 24 años. En El Alquián (Almería, Andalucía).

16 de abril:

María Rosario Luna Barrera. 39 años. En Alcolea del Río (Sevilla, Andalucía). Deja una hija huérfana.

21 de abril:

Rosa. 45 años. En Barcelona (Cataluña).

2 de mayo:

Raquel López Airas. 45 años. En Alcobendas (Madrid, Comunidad de Madrid).

12 de mayo:

Eliana González Ortiz. 27 años. En Madrid (Comunidad de Madrid).

27 de mayo:

Susana Galindo Morena. 55 años. En Madrid (Comunidad de Madrid).

Valentina Chirac. 37 años. En Collado Villalba (Comunidad de Madrid). Deja una hija huérfana.

28 de mayo:

Beatriz Ros. 31 años. En Molina de Segura (Región de Murcia).

13 de junio:

Encarnación García Machado. 55 años. En Las Gabias (Granada, Andalucía).

24 de junio:

Encarnación Barrero Marín. 39 años. En Sevilla (Andalucía). Había denunciado y tenía una orden de alejamiento activa. Deja varios hijos huérfanos.

25 de junio:

Fadwa Talssi. 29 años. En Salou (Tarragona, Cataluña).

15 de julio:

Mari Carmen Carricondo Reche. 66 años. En Huéscar (Granada, Andalucía).

16 de julio:

Irina G. 38 años. En Valencia (Comunidad Valenciana).

2 de agosto:

María Raquel Castaño Fenoll. 63 años. En Getafe (Comunidad de Madrid).

5 de agosto:

Ana Belén García Pérez. 38 años. En Santa Cruz de Tenerife (Canarias).

16 de agosto:

Catalina Méndez García. 48 años. En Totana (Región de Murcia).

24 de agosto:

María Sofía Tato Pajares. 42 años. En Arroyo de la Luz (Cáceres, Extremadura). No solicitó orden de alojamiento. Deja dos hijas huérfanas.

25 de septiembre:

Rosa María Sánchez Pagán. 20 años. En Canteras (Cartagena, Región de Murcia). Había denunciado.

28 de septiembre:

Noelia Noemí Godoy Martínez. 32 años. En Sestao (Vizcaya, País Vasco).

1 de octubre:

Felicidad Bruhn. 25 años. En Barcelona (Cataluña). Deja una hija menor huérfana.

3 de octubre:

Ana Belén Jiménez. 44 años. En Miranda de Ebro (Burgos, Castilla y León). Deja un hijo menor huérfano.

14 de octubre:

Identidad desconocida. 66 años. En Rubí (Barcelona, Cataluña).

Estas son las 40 mujeres asesinadas por sus parejas en España en 2017 1
MAPA ELABORADO POR THE OBJECTIVE. | FUENTE: MINISTERIO DE SANIDAD, SERVICIO SOCIALES E IGUALDAD

Este mapa de 2017 evidencia aquellas regiones donde se han producido más casos. Así, la Comunidad de Madrid lidera la lista con 8 feminicidios, y le siguen Cataluña y Andalucía (6),  Castilla La-Mancha (5), Comunidad Valenciana (4), Canarias y Región de Murcia (3), Extremadura (2) y País Vasco, Navarra, Castilla y León y Galicia (1).

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Tener pene

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Erol Ahmed
Unsplash

Para esa mitad aproximada de la población que dispone de uno, tener pene puede parecer algo más o menos trivial. En realidad no lo es. Tener pene es importante. O, mejor dicho, no tenerlo lo es. Cuando empecé a relacionarme con politólogos e intelectuales en seguida noté algo extraño: era como si no existiera. Los corros siempre se cerraban ante mis narices, casi nadie prestaba atención si me atrevía a decir algo y con frecuencia no llegaba a terminar mi excurso porque alguien me interrumpía antes.

Era una situación desconcertante por nueva. Nunca me había pasado en un aula, donde uno sabe que se sienta entre semejantes y donde la brillantez de las ideas y la cuantía de los conocimientos las examina un evaluador externo al grupo: un profesor.

Al principio achaqué estas reticencias a mi edad. Era un poco más joven que la mayoría de ellos, así que pensé que quizá se tratara de eso. Y, claro que tenía que ver, pero pronto noté que había otros chavales a los que se integraba y se dispensaba el trato considerado que a mí me negaban. Aquel entorno era muy masculino, pero imagino que muchas mujeres habrán vivido experiencias similares en ámbitos distintos.

Yo decía algo y nadie se dignaba mirarme. Un rato después, algún tenedor de pene repetía el mismo argumento y era recibido con asentimiento y celebración. Así asumí que mi problema era no tener pene. La otra opción era aceptar que era más tonta que el resto, y yo, que me tengo por una persona segura, alguna vez dudé de mí, y me avergoncé de mis opiniones y pensé que quizá no estuviera a la altura.

Escribir se convirtió en la única forma de poder expresarme sin interrupciones, sin sonrisas paternalistas ni gestos de desdén. Después, claro, mis artículos no se leían como los de ellos y mucho menos se compartían. Todavía es así. Cuando eres mujer es duro labrarte un espacio propio. Tienes que ganarte el respeto de todos: de los desconocidos, de los amigos y hasta de tu novio. Aprendí que, a veces, para obtener la bendición de los cercanos tienes que conquistar primero el favor de los extraños. También, que es más fácil conseguir el aplauso de los próceres que de quienes creen competir contigo. Pero sería injusto generalizar y no admitir que me he cruzado con hombres estupendos que me han tratado como a una igual y que hoy me son muy queridos.

Como soy muy cabezota, no dejé de escribir. Me dije: “Te va a costar un poco más que a ellos, pero, al final, llegarás tan lejos como te propongas”. Sigo convencida de ello. No me malinterpreten: no creo en esas frases de autoayuda barata que lo conminan a uno a perseguir sus sueños, como si la intención forjara el éxito. Pero creo tener algún talento, aunque publicarlo sea probablemente pretencioso y poco femenino. No escribo esto buscando explotar el victimismo con el que tontea algún feminismo. No soy débil. Me gustan las personas fuertes. Me gustan las mujeres fuertes.

Una vez, cuando era pequeña, una mujer (una amiga de mi familia, además) me preguntó, casi retóricamente, si yo quería ser un chico. Supongo que lo decía porque me pasaba el día saltando, trepando, corriendo, jugando al fútbol. No me gustaban las muñecas ni esos vestidos incómodos. Me identificaba con personajes como Peter Pan, Tintín, Basil, aquel ratón émulo de Sherlock Holmes, o Arturo, en la película que Disney dedicó al mago Merlín. Me aburrían los cuentos de princesas, pobres muchachas pasivas a la espera de un señor guapo, y me daban miedo las brujas. Nunca respondí a aquella pregunta, “¿A que te gustaría ser un chico?”, porque me quedé sin palabras. El mensaje era aterrador: todo lo que me hacía feliz era impropio de una chica. Estaba íntimamente escandalizada y furiosa, aunque fui incapaz de manifestar escándalo o furia.

La contestaré hoy, cuando han pasado más de veinte años y tengo, por fin, algún público que me lea: no quiero ser un chico. No queremos ser hombres. Solo queremos ser iguales.

Continúa leyendo: Gastheiz, la cerveza vasca de patata que lucha contra los estereotipos

Gastheiz, la cerveza vasca de patata que lucha contra los estereotipos

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Gastheiz

Ainhoa Ocio y Jone Conde, dos jóvenes emprendedoras vascas, de 28 y 22 años respectivamente, han lanzado al mercado la primera cerveza con patata del Estado, Gastheiz, que además lucha contra los estereotipos asociados a esta bebida. “Actualmente la cerveza se asocia con los hombres y la masculinidad. No es fácil deshacerse de moldes y estereotipos, pero nosotras trabajamos para luchar contra estos prejuicios y demostrar al mundo que podemos ser maestras cerveceras, emprendedoras y patateras de primera”, aseguran las fundadoras de la empresa, que además remarcan que las primeras fabricantes de cerveza fueron mujeres: hace más de 7.000 años, en Mesopotamia y Sumeria.

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Ainhoa Ocio (izquierda) y Jone conde (derecha), las dos jóvenes fundadoras de la cerveza Gastheiz | Foto: Gastheiz

Tradicionalmente, a las personas nacidas en Álava se las conoce como ‘patateras’, por ser esta provincia una de las principales productoras del tubérculo. Es por ello, que Gastheiz tenía que contar con este ingrediente. A base de patatas plantadas y recogidas en Álava, lúpulo, malta y cebada, la elaboración de esta cerveza es artesanal y minuciosa. “Se emplean las mejores patatas de entre las variedades más típicas de Álava: Miren y Mona Lisa, por sus propiedades naturales y su alto contenido en almidón”, aseguran.

La patata contiene almidones que, al igual que en el caso de la malta, son descompuestos en azúcares para que la levadura pueda hacer su trabajo. La malta de cebada ya es naturalmente rica en enzimas que descomponen los almidones en azúcares fermentables. Por eso, la malta ayuda a descomponer el almidón de las patatas.

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Detalle del diseño de la botella | Foto: Gastheiz

No obstante sus creadoras defienden que más que una cerveza de patata, Gastheiz es un homenaje. Un trofeo. Un símbolo del orgullo de ser alavesas. Una cerveza con la que brindar y compartir la esencia de Vitoria-Gasteiz con el resto del mundo. “En Euskadi hay cientos de miles de personas que nos consideramos patateras y a mucha honra. Y como patateras que somos, nuestra cerveza sólo podía ser de patata” comenta Ainhoa, ingeniera Química por la Universidad del País Vasco.

No es fácil deshacerse de moldes y estereotipos: “en contra de prejuicios en el sector, tratamos de demostrar al mundo que podemos ser maestras cerveceras, emprendedoras y patateras de primera” cuenta Jone Conde, encargada de Comunicación.

La elaboración es artesanal y similar a la de la cerveza convencional, ya que emplean lúpulo, malta y cebada. “El lúpulo da a la cerveza su aroma y amargor tan característico, mientras que la malta contiene los almidones y enzimas necesarios para la producción de alcohol en la fase de fermentado”, explica Ainhoa, “la fécula de la patata fermenta con el resto de ingredientes”.

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Jone conde, en la fábrica de cerveza | Foto: Gastheiz

El nombre de esta cerveza, Gastheiz, es un guiño al nombre original de la ciudad, que aparece escrito de esta manera en un documento de 1025 donde se enumeran los pueblos alaveses. Por el momento, la cerveza solo puede adquirirse en los bares más emblemáticos de Vitoria y a través de su página web, pero las dos emprendedoras vascas no descartan extender su producción y venta a otros puntos de la geografía española, debido a la “buena acogida” que está teniendo esta cerveza.

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