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Tracey Emin, un bidón de gasolina incandescente

Saioa Camarzana

Foto: Wikicommons
Wikipedia

“Cuando nací creyeron que estaba muerta. Paul llegó primero, diez minutos antes que yo. Cuando me tocó el turno, salí sin grandes complicaciones: pequeña, amarilla y con los ojos cerrados. No lloré. Porque en el momento de venir a este mundo tuve la sensación de que se había cometido un error”. Así arranca Strangeland (Alpha Decay), la autobiografía de la provocadora artista Tracey Emin. Con un comienzo así se puede esperar un relato sincero y crudo de una vida marcada, en muchas ocasiones, por el dolor y la desgracia, una desgracia de la que hace gala en su trabajo. “Cuando era muy pequeña intenté morir un par de veces”, dice en la primera página de su confesión. No sería la última vez.

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My bed, 1998. Obra de Tracey Emin | Imagen vía: Wikipedia

Considerada una de las caras más conocidas del Young British Artists la obra de Emin es siempre provocadora. Si en Everyone I Have Ever Slept With  (Todas las personas con las que he dormido) forra una tienda de campaña con los nombres de todas las personas con las que ha dormido (en todos los sentidos y por eso están presentes amigos, familiares, amantes e incluso el nombre del chico que la violó cuando tenía 13 años), quizá sea más conocida por la instalación My Bed que en 1998 le sirvió para ser finalista del Turner Prize, el premio más prestigioso del arte británico que anualmente otorga la Tate Modern de Londres.

Aquella nominación no estuvo, sin embargo, exenta de polémica. El revuelo trajo consigo un debate sobre el carácter del arte, de su naturaleza, de su sentido, de sus fronteras. Sea como fuere Emin había conseguido su propósito: provocar. ¿Qué más se puede pedir al arte? Aquella instalación repleta de ropa interior sucia, sábanas descolocadas, condones usados y botellas de alcohol que se gestó durante unos días en los que Emin sucumbió al dolor a causa de un aborto, se subastó en la prestigiosa casa Christie’s en 2014 y se vendió por 3 millones de libras.

Que cada uno saque sus propias conclusiones pero el dolor de Emin es también su propio antídoto y el arte su estandarte, su confesión.

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Portada de la biografía de Tracey Emin publicada por Alpha Decay en España.

El asunto que nos concierne, una vez contextualizada a la artista, es el relato que ella misma hace de su vida. Sin entrar en su actividad artística Strangeland narra, en tres partes, la complicada vida de una niña que vivió en el hotel de su padre hasta que cayó en bancarrota. Sin la intención de revelar en este artículo su vida completa (para eso está el libro en librerías) Emin cuenta que su hermano gemelo y ella fueron inseparables, que no habló hasta los tres años y desgrana, con todo tipo de detalles, algunas de sus llamadas de atención. “Yo estaba al lado de la tomatera, mis padres se peleaban a gritos. Arranqué el palo de bambú de una de las plantas. El peso de los tomates hizo que el tallo verde se desplomara sobre la tierra. Mientras reñían me clavé el palo en la parte superior del muslo. Empezó a brotar la sangre. Y dejaron de gritar”, escribe la artista.

“Queríamos ser normales”, advierte en un momento. Su hermano y ella se criaron en el Hotel International de la localidad inglesa de Margate. “A medida que nos fuimos haciendo mayores, nuestro mundo nos empezó a parecer cada vez menos natural”, continua. Compartían habitación, un idioma propio hasta los cinco años, episodios de incesto y travesuras como cuando Paul le lanzó a la cara una colilla encendida con un tirachinas o cuando prendió fuego a su cama. Con un lenguaje directo y sencillo Emin va narrando sus peripecias, sus primeras relaciones sexuales, su necesidad de huir. “En nuestras vidas siempre había gente que aparecía y desaparecía. Pero daba la impresión de que Chris era un elemento fijo. Tumbada en su regazo notaba en la zona lumbar la presión de su pene duro y erecto, al tiempo que me acariciaba todo el pecho. Mi pecho pequeñísimo, mis costillitas huesudas. Yo solo tenía diez años”, declara Emin.

Y a los trece fue violada por un chico de su pueblo cuando salía de una discoteca. “Ya te pillaré pedazo de gilipollas, cabronazo de mierda. Y cuando lo haga… el mundo entero sabrá que destruiste una parte de mi infancia”, le dedica a Steve Worrell, uno de los protagonistas de Everyone I Have Ever Slept With. Grandes borracheras y mayores resacas han pulido su vida y con ella ha hecho un arte sincero que interpela al espectador y causa estupor. Tras los violentos episodios sexuales de su vida con trece años comenzó a mantener relaciones sexuales con hombres mucho mayores que ella. Hombres que para ella no era hombres sino “seres humanos débiles que aspiraban a afirmar su masculinidad follándose a una chica de trece años”, afirma en su relato. Un relato, que por otro lado, forma parte de su propia obra, como un elemento más que busca la complicidad del otro. Como entrar en esa tienda de campaña significa ser cómplice y testigo de los momentos más salvajes de esta artista feroz.

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Just let me love you, 2016. Obra de Tracey Emin. | Imagen vía Tracey Emin Studio

Perdió la inocencia joven pero no perdió la batalla y ahí podemos oír su nombre en Bienales, en exposiciones colectivas, en individuales, en diversos museos de todo el globo. Aunque sea difícil decirlo las desgracias de su vida han sido la gasolina que ha incendiado el arte contemporáneo. Un bidón que aún no ha saltado por los aires. Como ella misma dice: “Mi vida siempre ha sido rara. Sin saber nunca lo que era verdad, he vivido en un mundo de sueños”.

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La NASA captura un enorme bloque de hielo despegándose de la Antártida

Redacción TO

Foto: NASA

Una parcela del tamaño de Sicilia comenzó el año amenazando con separarse definitivamente de la Antártida, y esa amenaza terminó por cumplirse en el pasado mes de julio. Hasta ahora, las únicas imágenes que nos habían llegado del iceberg A-68 nos llegaron vía satélite. Esto se debe a la oscuridad que reina en esta época del año. Sin embargo, con el retorno del sol a la llegada del verano, se han sucedido los vuelos por encima del continente y se ha podido ver por primera vez el iceberg gigante.

La NASA se ha encargado de difundir algunas de estas imágenes, que muestran una realidad temible. “Este es un gran cambio: los mapas tendrán que volver a dibujarse“, comentó el investigador Adrian Luckman, de la Universidad de Swansea, al diario The New York Times.

En la página web de la agencia espacial, la experta científica Katheryn Hansen escribió el pasado 12 de noviembre: “Sabía que vería un iceberg del tamaño de Delaware, pero no estaba preparada para el impacto de verlo desde el aire. La mayor parte de los icebergs que he visto parecen relativamente pequeños y compactos. Este no es el caso. Este (A-68) es tan vasto que parece que siga formando parte del continente”.

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Alejandro 'El Sirio', el estudiante de turismo en Alepo que lo dejó todo por ser torero

Lidia Ramírez

Foto: Foto cedida por Alejandro 'El Sirio'

Esta es la historia de un sueño que surgió a 5.000 kilómetros de España hace ya casi dos décadas. Es la historia de Hazem Al-Masri, conocido como Alejandro ‘El Sirio’, un alepino que, casualmente, vio una corrida de toros siendo niño mediante el canal internacional de TVE y que a partir de entonces tuvo claro a qué quería dedicarse el resto de su vida. “En ese instante cambió todo para mí. Ver aquella corrida en televisión me pareció algo mágico. En ese momento me dije que tenía que viajar a España para ser torero”, cuenta Alejandro a The Objective. Tenía 14 años.

Sin embargo, no fue hasta los 18 cuando ‘El Sirio’, que en esos momentos estudiaba un grado de Turismo en Alepo, decidió dejarlo todo y, con un petate lleno de ilusiones, puso rumbo a España para cumplir su sueño. Era el año 2000. La ciudad que lo recibió fue Valencia, donde unos compatriotas lo ayudaron a alojarse y a buscar trabajo.

–¿Recuerdas lo que hiciste nada más llegar a España?

–Claro que sí. Ir a la plaza de toros. Quería comprar una entrada para ver una corrida. Sin embargo, cuál fue mi sorpresa que me dijeron que hasta la feria de marzo no había festejos. Era octubre. No entendía como estando en España no podía asistir a una corrida hasta dentro de cinco meses –cuenta el banderillero a The Objective en un perfecto español.

Alejandro 'El Sirio', el estudiante de turismo en Alepo que lo dejó todo por ser torero
Hazem Al-Masri junto a su madre, en Alepo. | Foto cedida por Alejandro ‘El Sirio’

Comenzó trabajando en un taller de alarmas para vehículos, allí gracias a sus compañeros –y al flamenco– fue aprendiendo el idioma. “Escuchaba flamenco todo el rato”, recuerda. Fue en ese taller de alarmas donde también lo ‘bautizaron’ de nuevo. A partir de ese momento, pasaría a llamarse Alejandro. Lo de ‘El Sirio’, vendría años más tarde. Concretamente cuatro años después de su llegada a Valencia. “Ya sabía hablar español y un compañero me dijo que en Valencia había una escuela taurina. Ese mismo día pedí permiso en el trabajo y fui a la escuela en busca de mi sueño, aprender a ser torero, que era por lo que yo había venido a España”.

Sin embargo, lo que no esperaba es que con 22 años era ya demasiado tarde para ser matador de toros. “No entendía como con esa edad alguien podía ser mayor para comenzar a aprender algo”. Pero ‘El Sirio’ no desistió y, si bien había sido capaz de dejar, siendo todavía un niño, su tierra, su familia y sus raíces, nada ni nadie le impediría cumplir su sueño. Así que tanto insistió que finalmente permitieron que acudiera por las tardes a la plaza de toros de Valencia donde entrenaban los toreros de la tierra. “Yo decía: cuando ponga el pie dentro de la plaza de allí no me saca nadie”. Y así fue, a pesar del disgusto que esto supuso para su madre, quien desde 2005 reside también en España, y la cual no entendía como su único hijo quería ser torero.

Allí aprendió, además de a saber diferenciar entre una muleta y un capote o el significado de los diferentes pañuelos de la presidencia, que no podía ser espada. “Mi maestro, Víctor Manuel Blázquez me dijo que lo mejor era intentarlo como banderillero, así que, como no veía otra salida, eso hice”.

De su debut vestido de luces, en septiembre de 2007, recuerda que fue una novillada de la escuela taurina. También recuerda que fue el día más feliz de su vida. “Estaba muy nervioso, pero pensé: por fin lo he logrado”.

Desde 2011, Alejandro, quien en todos estos años ha tenido que trabajar como fontanero, electricista, cogiendo naranjas, instalando aires acondicionados…, acompaña al diestro Román, formando parte de su cuadrilla desde hace dos temporadas.

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Alejandro ‘El Sirio’, al fondo, vestido de luces junto a la cuadrilla de Román. | Foto cedida por Alejandro ‘El Sirio’

Ahora, es feliz en España vestido de torero de plata. Pero no olvida sus raíces. No olvida que ese joven que llegó hace casi dos décadas y al cual ‘rebautizaron’ como Alejandro ‘El Sirio’, es en realidad Hazem Al-Masri, de Alepo. Una ciudad hoy completamente devastada por los continuos bombardeos debido a una guerra que comenzó en 2011 y que ha destrozado al país. “Yo dejé un país alegre, con gente feliz, donde había trabajo para todos… Es una atrocidad lo que están haciendo con él por intereses económicos y políticos”, apunta el banderillero con voz entrecortada al otro lado del teléfono.

Hoy Hazem, Alejandro o ‘El Sirio’, agradece al destino que un día, haciendo zapping, se cruzara con aquella corrida de toros en televisión que le hizo que sus sueños y su suerte tomaran otro rumbo.

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Una campaña de PETA compara cenar bebés con comer pavo

Redacción TO

Foto: Gabriel García Marengo
Unplash

Desde 1961 los estadounidenses vienen celebrando su tan popular Día de Acción de Gracias o Thanksgiving Day. En este día, que tiene lugar cada cuarto jueves de noviembre (este año se celebrará el próximo jueves 23), las familias se reúnen en una celebración muy similar a la cena de Navidad. La tradición culinaria de esta comida, que se celebra como agradecimiento a la buena cosecha del año, obliga a emplear los ingredientes originarios de los indios nativos. El alimento protagonista es el pavo asado al horno acompañado por regla general con alguna salsa de arándanos (generalmente dulce y que contrasta con los sabores salados de la carne) y algún plato de verduras.

Con motivo de esta festividad, cada año se sacrifican millones de pavos en Estados Unidos. Desde la organización Personas por el Trato Ético de los Animales (PETA) denuncian que la industria avícola se jacta de que cada año mata de 44 a 47 millones de estas aves. Por ello, es que han lanzado una campaña en contra de sacrificar a estos animales que ha levantado una gran polémica al comparar comerse a una de estas aves con un bebé. “Los pavos pueden vivir hasta 10 años, sin embargo aquellos que son criados para comer generalmente son asesinados cuando tienen entre 12 y 26 semanas de edad. Todos los animales merecen ser tratados con compasión. Todos somos iguales”, apuntan es su página web.

En el vídeo de campaña titulado ‘¿Te estás comiendo un bebé?’, se puede ver a una familia sentada alrededor de una mesa en el Día de Acción de Gracias. Cuando se disponen a comer el plato estrella, descubren que en la olla no hay el tan esperado manjar, sino un bebé horneado y cubierto de condimentos. Tras un primer momento en el que se puede ver a los comensales sorprendidos, rápidamente pasan a ingerir al bebé.

El vídeo ha levantado una gran polémica en redes sociales y son muchos los usuarios los que han advertido a PETA que no están salvando la causa ya que un pavo de seis meses “nunca será equivalente a un bebé humano”.

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Joan Didion: hacer de la literatura un refugio contra la desmemoria

Romhy Cubas

En un presente que se alimenta de información y que hace todo lo posible por explotar y exponer la data mediante inagotables plataformas –mientras más mejor- es frecuente que las figuras públicas, y las que no también, cuenten con al menos una biografía visual y escrita que exponga las horas y los días de sus vivencias. Los minutos de una persona encapsulados en cuenta regresiva como aditivo social.  Es tan frecuente que el hecho de que una de las últimas producciones de Netflix sea el primer documental enfocado en la periodista y escritora norteamericana Joan Didion, mágica contadora del siglo XXI, es casi ridículo.

“Things fall apart; the centre cannot hold; / Mere anarchy is loosed upon the world”

 Joan Didion: The Center Will Not Hold, un proyecto dirigido por el sobrino de Didion, el cineasta y actor  Griffin Dunne, es esa primera vez que muchos precisaban para deshilar las capas de cebolla de una de las plumas más lúcidas y honestas de las últimas décadas. Una mujer que recibió de las manos del ex presidente de Estados Unidos Barack Obama la Medalla Nacional de Artes y Humanidades, además del “Premio Nacional a la No Ficción” por su obra The Year of Magical Thinking y de la “Medalla por contribuciones distinguidas a la Letras estadounidenses” otorgada por la Fundación Nacional del Libro. No obstante, los premios son meras consecuencias de una trayectoria que se impone a la muerte y al dolor para encontrarle un nuevo sentido a la vida mediante las palabras.

Joan Didion nació en SacramentoCalifornia el 5 de diciembre de 1934, graduada de la Universidad de California Berkley y con su primera oferta de trabajo recibida a los 20 años directamente de las páginas de la revista Vogue en New York, Didion critica y analiza con agudeza sus alrededores desde antes de juzgarse periodista. En Vogue  ascendió de copywriter a editora asociada en tan solo dos años; en la legendaria revista también publicó sus primeros ensayos y artículos con una voz insolente, fresca, contraria en pequeños detalles a la típica Vogue elitista dedicada a amas de casa y trendings del New York de los 60. Mientras tanto, también publicó su primera y menos conocida novela, Run, River, y conoció a su esposo el escritor John Gregory Dunne, quien para entonces trabajaba en la revista Time.

De aquí en adelante la carrera de Didion ascendió como sucede cuando la pasión y la rutina se juntan en una sola escala. Su figura se sostiene junto a la de grandes periodistas literarios de la nueva escuela de los 60 como Tom WolfeTerry Southern y Hunter S. Thompson. Sus reportajes incisivos y veloces retaron la contemporaneidad y recorrieron los salones de la fama mientras su pluma se codeaba con músicos y actores legendarios como Harrison Ford, Steven Spielberg o Natalie Wood.

Joan Didion: hacer de la literatura un refugio contra la desmemoria
Joan Didion con su esposo John Gregory Dunne, hija, Quintana Roo Dunne y sobrino Anthony Dunne en Malibu 1972 | Foto vía: GettyImages

Aunque por años la cultura y la música ocuparon un espacio enorme en las fiestas de su casa en Malibu y en las páginas de sus columnas, la política también se acercó a Joan casi sin pretenderlo en piezas sociales de mayor espectro como su ensayo Haight-Ashbury sobre el mundo del LSD y las drogas en la comunidad hippie, su ensayo de Vogue  Self-Respect: Its Source, Its Power, su reportaje sobre la guerrilla en el Salvador o una serie de entrevistas privadas que mantuvo con una de las integrantes de la “familia” del asesino en serie Charles Manson, Linda Kasabian, mientras esta se encontraba en prisión y en proceso de testificar contra Manson.

Joan Didion publicaría ensayos y artículos retándose a sí misma en el campo del periodismo literario hasta que decide dedicarse por completo a la literatura y la redacción de guiones y obras personales –incluyendo proyectos comunes con su esposo John Dunne. Pero además de esa voz subjetiva y sensata que con constancia, sin pausa pero sin prisa, va develando pequeñas partes de la cultura americana en sus textos Didion se adueñó de un duelo particular. “Nos contamos historias para sobrevivir” acierta en su libro The White Album antes de sospechar siquiera que en un movimiento de pestañas perdería a su familia y haría de la muerte su biblioteca personal. A ese duelo se sobrepondría observando sus alrededores, para reescribirlos cuando no hubiera más historias que contar.

“El impulso de escribir cosas es peculiarmente compulsivo, inexplicable para aquellos que no lo comparten, útil solo accidentalmente, solo secundariamente, de la forma en la que cualquier compulsión intenta justificarse. Supongo que comienza o no comienza en la cuna. Aunque me he sentido atraída a escribir cosas desde que tenía cinco años, dudo que mi hija lo haga, porque es una niña especialmente bendecida y atenta, encantada con la vida exactamente como se le presenta la vida, sin miedo a irse a dormir. y sin miedo a despertar. Los encargados de los cuadernos privados son una raza completamente diferente, rebeldes solitarios y resistentes, descontentos ansiosos, niños afligidos aparentemente al nacer con algún presentimiento de pérdida.”

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Joan Didion junto al retrato de su esposo John Dunne | Foto de Eugene Richards vía The Red List

Las constantes de Didion

Además de la pluma y las palabras, la vida de Joan estuvo marcada por una constante tan inesperada como la vitalidad con la que recuerda cada sonrisa y discusión de su pasado a los 83 años de edad. En el invierno del 2003, mientras su hija Quintana Didion se encontraba hospitaliza por sepsia producto de una neumonía, su esposo John Gregory Dunne murió de un infarto el 30 de diciembre. Un año y medio después, luego de infinitas horas en el hospital, un deterioro continuo y una cirugía cerebral, su hija​ Quintana falleció de pancreatitis el 26 de agosto de 2005 a los 39 años de edad. En menos de dos años Didion perdió el centro de una vida construida a base de pequeños momentos y vicios retenidos. “La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y tu vida como la conoces acaba”, anotó con cautela tras la muerte de John.

Los libros The Year of Magical Thinking y Blue Nights son el resultado de ese duelo incompleto que el documental reúne entre fotografías, testimonios y la narración personal de Didión mientras lee sus propias líneas y recuerda una rutina que nunca más podrá repetir: levantarse y bajar a la cocina por una coca cola fría en lentes de sol mientras su esposo lleva a Quintana al colegio, discutir sobre quién tiene la razón o pasar las vacaciones en familia en el apartamento de la playa.

“El dolor resulta ser un lugar que ninguno de nosotros conoce hasta que lo alcanza. Anticipamos (sabemos) que alguien cercano a nosotros podría morir, pero no miramos más allá de los pocos días o semanas que siguen inmediatamente a una muerte tan imaginada. Malinterpretamos incluso la naturaleza de esos pocos días o semanas. Podríamos esperar sentirnos conmocionados, si la muerte es repentina. No esperamos que este choque sea obstructivo, desarticulando tanto el cuerpo como la mente. Podemos esperar estar postrados, inconsolables, locos por la pérdida. Pero en realidad no esperamos volvernos literalmente locos”.

Este es uno de los pasajes de The Year of Magical Thinking, anotaciones de una escritora que busca recordar en sus apuntes a los lugares de los cuáles no puede huir. “Un lugar pertenece por siempre a quien lo reclame con mayor intensidad, a quien lo recuerde más obsesivamente, lo despoja, le da forma, lo ama tan radicalmente que lo rehace a su propia imagen.”

En los años 70 Didion fue diagnosticada de esclerosis múltiple. Durante el documental hay un choque entre el desmejoramiento físico de una mujer con un glamour innegable y la voz melodiosa que recuenta sus propias frases sin titubear, enfrentándose con sinceridad y aplomo a  la cámara.

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Quintana Roo Dunne, John Gregory Dunne, y Joan Didion en casa | Foto de John Bryson/Netflix

Recuerdos y cuadernos

De todas las preguntas que se hace Didion durante los años, el sinsentido del destino es el que se afinca en la pantalla. Los “tal vez”, y “que hubiera pasado si” son constantes en la vida de alguien que pierde repentinamente el espectro de su vida. Joan Didion casi podría pasar por una escritora de autoayuda para superar el duelo y la muerte,  experta en estudios y ensayos sobre la superación y los niveles emocionales que se suceden al perder a alguien cercano. Este sería el caso de no ser porque en sus anotaciones hay una clara distinción entre lo que pasó y lo que podría haber pasado, entre el propósito de su presente literario y pasado periodístico.

La verdad sobre los cuadernos de Didion es que son una parte diluida de ella misma. Una manera de preservarse y combatir la desmemoria, de apostar por la vida a pesar de sus muertos.

Joan Didion: The Center Will Not Hold es solo una migaja del extenso trabajo literario y periodístico de una figura que revive los perfiles más elegantes de Truman Capote en su juventud.  Una silueta cuyo recuerdo es necesario para entender el rescate de la palabra que hace un escritor con cada página habitada en su diario.

“Mira lo suficiente y escríbelo, me digo a mí misma, y luego, una mañana, cuando el mundo aparente consumirse, drenarse, algún día cuando solo esté haciendo lo que se supone que debo hacer, que es escribir en esa mañana en bancarrota, simplemente abriré mi libreta y allí estará todo, una cuenta olvidada con interés acumulado, un pasaje pagado al mundo exterior: el diálogo escuchado en los hoteles y ascensores y en el mostrador de pabellón de Pavillon (…) Recordar lo que era ser yo: ese es siempre el punto”. Joan Didion.

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