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Trump de espalda al mundo

Tal Levy

Foto: KEVIN LAMARQUE
Reuters

No cree en el cambio climático. Para Donald Trump, es simplemente “un engaño chino” para hacer menos competitiva la industria manufacturera estadounidense. Poco interesa que haya sido un exvicepresidente de la nación que hoy él lidera, Al Gore, quien haya tomado casi que a título personal el alertar sobre los efectos del calentamiento global, dramáticamente reflejados en su documental Una verdad incómoda. Tampoco ha importado que su predecesor, Barack Obama, respaldara firmemente las negociaciones que dieron vida al Acuerdo de París y lo considerara un marco duradero y de largo plazo. Menos todavía, desmarcarse de sus aliados del G7 y unirse al “selecto” club de Nicaragua y Siria; peor aún, rechazar el consenso de la comunidad científica internacional.

El Presidente de Estados Unidos ha decidido cumplir con una de sus promesas de la campaña electoral y abandonar el Acuerdo de París, adoptado el 12 de diciembre de 2015 dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y suscrito por 195 países y ratificado por 147 como primer paso hacia un mundo mejor gracias al compromiso de las naciones desarrolladas y en vías de desarrollo por encaminar una economía baja en carbono.

Por un lado, Steve Bannon, jefe de estrategia de Trump, presionaba para la retirada; y, por el otro, el secretario de Estado, Rex Tillerson, y el secretario de Energía, Rick Perry, promovían el continuar con la adhesión, mientras que la hija del Presidente y principal asesora, Ivanka Trump, insistía en la necesidad de evaluar todas las consecuencias de la salida, según reseña CNN.

No sólo se debatía en la Casa Blanca. Desde la red social Twitter, Elon Musk, fundador de Tesla y SpaceX, aseguró haber hecho todo lo que estaba a su alcance por aconsejar directamente al Jefe de Estado y apuntó que si este optaba por abandonar el pacto, “no me quedará otra opción más que retirarme de su consejo asesor”. También gigantes energéticos como Exxon, General Electric y Chevron mostraron su desacuerdo.

Con Obama en la mira

Pero era un secreto a voces. Ya en marzo, “para acabar con la guerra contra el carbón”, el mandatario estadounidense había dado marcha atrás al Plan de Energía Limpia, adelantado por su antecesor. Si no ha podido aún con el Obamacare, pues ha propinado un zarpazo a la política ambiental del expresidente.

Este jueves 1 de junio Trump anunció oficialmente el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París y, así, se unió a Nicaragua y Siria como únicos países que no lo apoyan, “un puñado de naciones que rechazan el futuro”, como expresó en un comunicado Obama, poco dado hasta ahora a comentar las líneas seguidas por quien le sucedió en el máximo cargo.

Esgrimiendo su deber de proteger a su nación y para apoyar las industrias de petróleo y carbón, así como estimular la generación de empleo, el Presidente norteamericano dio al traste con el histórico convenio ambiental por considerarlo injusto y desfavorable. “Esto tiene menos que ver con el clima y más con otros países obteniendo ventajas financieras por sobre Estados Unidos”, dijo aludiendo a las pesadas cargas económicas que recaen sobre EEUU y a las restricciones en cuanto al uso de carbón, mientras que China y la Unión Europea pueden continuar construyendo plantas para su procesamiento.

El segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero, responsable junto con China del 40% del dióxido de carbono de todo el mundo, se liberó así de su compromiso de disminuir para 2025 las emisiones contaminantes entre un 26 % y un 28 % en relación con los niveles de 2005, meta propuesta por Obama.

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La fachada del céntrico Hotel De Ville de París se iluminó de verde al producirse las declaraciones de Trump. | Foto: PHILIPPE WOJAZER / Reuters.

Pero ¿hasta qué punto el Acuerdo París es efectivo para combatir el calentamiento global? Como moderadamente efectivo lo califica Oriol Costa Fernández, profesor e investigador de Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Barcelona, pues en caso de cumplirse lo prometido el cambio climático alcanzaría según las previsiones un aumento medio global de entre 2,7 y 3ºC.

“Claramente, esto es insuficiente. El propio acuerdo fija como límite un cambio climático de 1,5 – 2 ºC. Pero es mejor que lo que había antes porque las promesas posteriores a Copenhagen 2009 nos habrían llevado un poco por arriba de los 4 ºC. Además, incluye un mecanismo de revisión hacia arriba de las promesas para cerrar el llamado ‘ambition gap’ entre el objetivo declarado y el resultado de las acciones reales. Sin ser perfecto, de hecho, está muy lejos de serlo, el Acuerdo de París es el mejor producido hasta ahora en materia de clima, y llevamos desde 1990 negociando convenios del clima”, destaca a The Objective el especialista en política ambiental internacional.

Era previsible que se abriera paso la decepción en el mundo. La ONU, a través de su secretario general, Antonio Guterres, catalogó el anuncio de Trump como una “gran desilusión”; y la Unión Europea, en voz del comisario de Energía y Clima, Miguel Arias Cañete, como “un día triste para la comunidad internacional”.

Por otra parte, si EEUU se hubiera quedado en París pero reduciendo la ambición de sus compromisos tampoco el escenario habría sido favorable, según explica Oriol Costa Fernández. “Habrían vulnerado una cláusula clave: la no-backsliding clause, fundamental para asegurar la progresión hacia arriba de los compromisos de los estados. La decisión habría debilitado enormemente la arquitectura del acuerdo y probablemente no habría suscitado la reacción de rechazo que se ha originado ahora. Habría sido quizá más peligroso aún”.

El efecto rebote

Sin duda, la retirada implica un desafío, como lo previó el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, quien afirmó vía Twitter que tomaría cartas en el asunto pues planea firmar una orden ejecutiva que mantenga el compromiso de la ciudad con el Acuerdo de París.

Las consecuencias no son pocas. Michael Oppenheimer, profesor de Geociencias y de Relaciones Internacionales en la Universidad de Princeton e integrante del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, ha hecho referencia a un posible efecto dominó en economías emergentes como India, Filipinas, Malasia o Indonesia, lo que ocasionaría un incremento de la temperatura atmosférica que excedería el peligroso umbral de los 2 grados centígrados.

“Veremos un calor más extremo, tormentas más dañinas, inundaciones costeras y riesgos mayores a la seguridad alimentaria, y ese no es el tipo de mundo en el que queremos vivir”, ha dicho Oppenheimer a The New York Times.

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Activistas alemanes protestan por la retirada de EE.UU. del Acuerdo de París | Foto: FABRIZIO BENSCH / Reuters.

Por lo pronto, en una declaración pública conjunta, China y Alemania han mostrado firme respaldo al pacto. En caso de frenarse la lucha en contra del calentamiento global, los mismos estadounidenses pagarán un alto precio, según afirma Jennifer Morgan, directora ejecutiva de Greenpeace Internacional.

“El cambio climático es una amenaza muy importante para Estados Unidos, desde el aumento del nivel del mar hasta las olas de calor extremos y otros riesgos climáticos en todo el país o mayores riesgos para su seguridad. A corto plazo, la mayor consecuencia para EEUU es política. Los principales países están invirtiendo en un exitoso Acuerdo de París y la retirada de EEUU menoscaba su capacidad para avanzar en sus prioridades de política exterior con esos mismos países”, escribe en el blog de Greenpeace España.

Una mirada hacia el futuro

Morgan es rotunda al asegurar que la retirada de la superpotencia del convenio global en materia climática no presupone de manera alguna que este muera. “Está vivo y en buen estado de salud. En la Cumbre del G7, Europa, Canadá y Japón han reafirmado su firme compromiso para aplicar rápidamente el Acuerdo. Greenpeace pide a los líderes mundiales que aseguren que en la próxima Cumbre del G20 salga un compromiso aún mayor. Trump puede echar hacia atrás parte de las políticas norteamericanas, pero el resto del mundo está mirando hacia delante. Desde noviembre de 2016, cuando Trump fue elegido, al Acuerdo de París se han unido formalmente 76 países más”, agrega.

No es la primera vez que Estados Unidos voltea la mirada. Ya en 2001, después de largas negociaciones, el entonces presidente George W. Bush no ratificó el Protocolo de Kioto, que comprometía a los países industrializados a controlar las emisiones contaminantes por ser los principales responsables de los elevados niveles de gases de efecto invernadero. Esto obligó a la Unión Europea a encabezar el combate contra el cambio climático hasta lograr que se alcanzara década y media después el convenio de París.

Con la retirada de Estados Unidos, ¿el acuerdo luce tan frágil como el mundo frente al cambio climático? Consultado por The Objective, Oriol Costa Fernández asegura que constituye un golpe muy duro, sin duda, por tratarse del segundo emisor de gases de efecto invernadero y el estado más poderoso del mundo. “Ahora la Unión Europea y China -y a poder ser muchos más estados clave, pero como mínimo estos dos- deben asegurar que no se dé una escalada de retiradas y esperar que para cuando la decisión ya sea efectiva, que será dentro de 4 años, EEUU haya elegido a un presidente que pueda entender la ciencia del clima y sus implicaciones políticas”.

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Las frivolidades peligrosas de Trump

Melchor Miralles

Foto: Jonathan Ernst
Reuters

Cuando se dispone del poder que ostenta un presidente de los EEUU resulta peligroso que ocupe la poltrona un tipo como Donald Trump, populista, excéntrico y frívolo. Ahora ha dado un paso que parece poco meditado y en el que, además, como tantas veces, ha estado mal asesorado. La decisión de reconocer Jerusalén como capital de Israel muestra una política errante, alejada del papel que tradicionalmente han jugado los EEUU en relación con Israel. La decisión no refuerza, sino todo lo contrario, el papel de su país en la región y no es un paso que contribuya a la estabilidad internacional. Eso sí, Trump logra de nuevo el apoyo de sus votantes más extremos con esta excentricidad innecesaria. Si el problema árabe-israelí era complicado, ahora los es más. Trump, una vez más, da un paso que tiene como consecuencia una unanimidad global en su rechazo, pero eso a él parece que le estimula. Una ocurrencia que lleva a tensar los muchos pleitos que hay en juego y a poner en entredicho que los EEUU puedan jugar un papel de mediadores de prestigio entra ambas partes del conflicto eterno, hacer perder peso a su país en beneficio de Rusia y China y levanta un muro quizá insalvable.

Todos los presidentes norteamericanos han tenido sus propios planes de paz para la región, y ninguno de ellos ha conseguido culminarlo. Parece que en la decisión de Trump ha jugado un relevante papel Jared Kushner, su yerno, a quien quizá le queden pocas horas en la Casa Blanca. El plan de paz que tiene Kushner en la cabeza solo pasa, al parecer, por alcanzar unas supuestas condiciones previas a la victoria sobre el extremismo islámico para contener el papel relevante que juega Irán, con su capacidad nuclear como amenaza, en la región. No sabemos cuáles son esas condiciones, pero de una superpotencia no se espera que solo tenga como plan la victoria por aplastamiento del adversario, menos aún en un conflicto con tantas derivadas complejas internacionales como el que nos ocupa. Trump quizá no ha valorado que hay sobre el tapete multitud de simbología política y religiosa, complejos matices de la historia pasada y reciente y nuevos escenarios de geopolítica que requieren de políticos más avezados. Lo menos recomendable en situaciones como la que nos ocupa son líderes que se manejan bien en la reacción rápida y populista, en la iria. Los gestos simbólicos tienen muchas consecuencias, no siempre positivas, y Trump ha azuzado un volcán que puede reventar en cualquier instante. Aunque parece que en Israel hay tranquilidad,

Kushner ha tenido como guías de su descabellado plan a Benjamín Netanyahu y al príncipe heredero de Riad Mohamed bin Salmán. No parecen los dos mejores consejeros para encontrar una solución pacífica al conflicto. Trump parece empeñado en cargarse el orden internacional y la estabilidad mundial. Le importa una higa. Huye del multilateralismo y parece que donde se mueve bien es el paso corto y rápido, lo propio de un político que se maneja con Twitter como principal canal de comunicación. Los acuerdos de Oslo, que no resolvieron el conflicto palestino-israelí, al menos hay que respetarlos, pero Trump y su séquito de irresponsables no se paran en barras a la hora de cargarse cualquier acuerdo. Van a lo suyo, con una frivolidad impropia de un presidente de los EEUU y poco conveniente y peligrosa para la paz y la estabilidad de este mundo que habitamos que parece que los humanos somos incapaces de mejorar, para desconsuelo y preocupación de las generaciones que vienen, a quienes dejamos tarea, mucha tarea.

Continúa leyendo: Trump, el amigo abusón de Israel (y no su aliado)

Trump, el amigo abusón de Israel (y no su aliado)

Antonio García Maldonado

Foto: KEVIN LAMARQUE
Reuters

Las sospechas sobre la potencial colusión entre el equipo de campaña y Rusia para ganar las elecciones están llegando a un punto determinante. Pese al hermetismo del fiscal especial Robert Mueller, exdirector del FBI, así parecen indicarlo algunos hechos:

Primero, el discurso del taciturno secretario de Estado, Rex Tillerson, el pasado 29 de noviembre, en el que presentó su política hacia Europa diciendo que Rusia es una “amenaza activa” que “usa medios maliciosos para separarnos, incluidos los ciberataques y la desinformación”. Sorprendente en alguien que, al ser elegido, fue recibido con titulares que hablaban de él como “el amigo de Putin que dirigirá la diplomacia americana”. Su relación con Rusia y Putin cuando era presidente de la petrolera Exxon Mobile está acreditada. ¿A qué se debe ese cambio? La investigación de Mueller puede tener algo que ver.

Segundo, la autoinculpación del efímero exasesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, el pasado día 1 de diciembre de haber mentido al FBI sobre sus contactos con funcionarios rusos antes y después de las elecciones. Su admisión de responsabilidad va a acompañada de una promesa de colaboración plena. Es decir, que tirará de la manta.

Y tercero, se repite una secuencia desde diciembre de 2016, sustentada en la clásica cortina de humo: cada vez que emerge el Russiagate o alguna otra polémica importante, Trump se acuerda de la embajada de Estados Unidos en Tel Aviv y de la necesidad de trasladarla a una Jerusalén reconocida como capital de Israel. Es una idea que todos los candidatos e incluso presidentes han barajado, pero sin llevarla a efecto y sin sacarla tanto a los medios. Trump sabe que esto genera polémica en el exterior y consenso en sus bases. La reacción suele ser casi automática. Algunos ejemplos:

— El 11 de enero, la web Buzzfeed publica el conocido como “informe Steele”, un documento de 35 páginas en las que Christopher Steele –ex agente del M16 británico y ahora director Orbis, su compañía de inteligencia corporativa– afirma que Trump estaba chantajeado por los rusos, que además de tener material comprometedor sobre él, le habían facilitado la financiación para reflotar sus empresas en plena crisis financiera. El 19 de enero, Trump afirmaba en la Chairman’s Global Dinner que no olvidaba “su promesa sobre Jerusalén” y que no era “una persona que rompa sus promesas”. Una semana después, matizaba: “es pronto para hablar de eso”. Pero había intentado que ese fuera el tema polémico de la semana. Abusando de (y no ayudando a) Israel.

— El 12 de febrero, Michael Flynn dimite tras varios días de escándalo por las filtraciones a la prensa que revelaban sus mentiras sobre los contactos con los rusos. El 9 de febrero el New York Times había revelado las pruebas finales e irrefutables del doble juego del (nada menos) Asesor de Seguridad Nacional. Al día siguiente, día 10 de febrero, Donald Trump vuelve a acordarse de la embajada y afirma que estudia “seriamente” el traslado a Jerusalén. Generó polémica, aunque no pudo tapar esta vez el escándalo Flynn. Pero lo intentó. Abusando otra vez de Israel.

— El 20 de marzo, el director del FBI James Comey confirma que investiga la potencial colusión entre los rusos y Trump y su equipo de campaña. El día 28 de marzo, el presidente Mike Pence declara en una conferencia de la AIPAC (American Israel Public Affairs Committee) ante 18 mil personas: “Tras décadas de simples promesas, ¡el presidente está considerando seriamente trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén!”

— El 25 de abril, el Congreso de Estados Unidos acusa a Michael Flynn de incumplir la ley y de recibir pagos de gobiernos extranjeros. El 27 de abril el Pentágono informa de que se suma a la investigación. Durante esos días, y ante el viaje a Israel del presidente, varios diarios israelíes informan (gracias a filtraciones) de que Trump reconocerá a Jerusalén como capital en su siguiente visita. Cosa que no hizo finalmente pero que le sirvió para distraer la atención con la polémica generada fuera y el consenso en casa. Abusando otra vez de Israel.

— El 9 de mayo, Trump destituye a James Comey, el director del FBI que investigaba la conexión del entorno del presidente con funcionarios rusos. El 16 de mayo, la prensa revela que Trump habría pedido a Comey que hiciera la vista gorda con los delitos de Flynn. Eso ocurre pocos días antes del viaje que le llevaría a Arabia Saudí y al propio Israel. Comienza el 11 de mayo una polémica extraña en la que los medios israelíes, hablando a través de filtraciones de funcionarios de la Casa Blanca, dicen que Trump se negará a trasladar la embajada, aunque otros afirman que sí lo hará. La polémica no alcanza a un espectro mediático norteamericano centrado en el despido de Comey, pero Trump y su equipo lo intentan.

— No solo con los agobios de la trama rusa se acuerda Trump de la embajada. Tras los sucesos racistas de Charlottesville en agosto, el Congreso aprobó el 13 de septiembre una resolución de condena en la que, además, pedía con humillación al timorato presidente (“hay violencia y gente buena en ambos lados”) que por favor condenara los hechos y que se comprometiera a luchar contra el supremacismo blanco. La polémica deterioró su imagen, que por primera vez comenzó a resentirse en parte de sus bases. El 13 de septiembre los medios estadounidenses se hacían eco de una encuesta del American Jewish Committee que mostraba que el 77% de los judíos de EEUU suspendían al presidente Trump. En esta ocasión, pocos días después, la portavoz de la Casa Blanca no sólo dijo que Trump “está pensando seriamente trasladar” la embajada a Tel Aviv sino que además “considera la decisión de cerrar la embajada en Cuba” que había reabierto su antecesor Obama.

La decisión y firma del decreto que da carta de naturaleza al reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel viene precedida por avances sustanciales en la investigación de Mueller, que ha confirmado el pacto con Flynn. El fiscal especial sigue ahora el rastro del dinero de Trump, algo que solivianta al presidente. Los medios hablan, incluso, de la posibilidad de que éste lo destituya antes de que lo acuse de obstrucción y abra las puertas al impeachment. Sea como fuere, tras otra polémica en casa relacionada con la trama rusa, aparece la cortina de humo de la embajada y el reconocimiento de la capitalidad.

Medida que deteriora aún más la imagen de Israel en el mundo, pone más caros los apoyos árabes contra el terrorismo en el más cercano frente europeo, solivianta a los palestinos moderados, pone en una posición imposible a los partidarios de las negociaciones y da excusas a los más radicales, desde Irán hasta el Sahel. También nos lo pone muy complicado a aquellos que tenemos en Europa simpatías hacia Israel y la cultura judía y así lo manifestamos, como es mi caso. ¿Es un precio razonable para un reconocimiento simbólico de la Ciudad Santa como capital?

El deber de un amigo o un aliado sería decir que no. Pero Trump solo está en disposición de pensar en sí mismo. Ojalá Mueller culmine pronto su investigación y nos traiga buenas noticias para 2018. Por el bien de todos, y también –o sobre todo– de Israel. Mientras tanto, que nadie me elogie los checks and balances del sistema institucional americano.

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Los personajes 'Time' del siglo XXI

Redacción TO

Foto: Time
Time

Desde 1927 la tradición se repite. La revista Time elige al Personaje del Año 2018 que suele es, según el medio, la figura más influyente en el mundo “para bien o para mal”.  En esta ocasión, el reconocimiento se lo han llevado las mujeres que rompieron el silencio del acoso sexual en Hollywood, sacando a la luz casos tan flagrantes como el del productor Harvey Weinstein.  Estas han sido las personas más influyentes del siglo XXI, según el medio estadounidense.

2000 – George W. Bush

El que fuera presidente de los Estados Unidos (2001-2009) logró en el 2000 el reconocimiento a persona más influyente del año por haber conseguido reagrupar al Partido Republicano y por haber vencido en las elecciones frente al vicepresidente, Al Gore.

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2001 – Rudolph Giuliani

Ese año la revista Time dudaba entre varios candidatos: el líder de AL Qaeda, los bomberos que participaron en las tareas de rescate del 11 de septiembre o de nuevo George W. Bush. Finalmente, obtuvo el reconocimiento al alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, que según palabras de la revista “demostró una fuerza sobrehumana en un momento en que todo el país estaba bajo prueba”.

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2002 – Las Whistleblower (denunciantes)

Las ‘denunciantes’ agrupan a tres mujeres: Cynthia Cooper (WorldCom), Coleen Rowley (FBI) y Sherron Watkins (Enron Corporation). Cada una ellas empleó durante ese año la denuncia para acabar con prácticas inapropiadas en sus respectivas empresas.

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2003 – Los soldados estadounidenses

Coincidiendo con la Guerra de Irak, Time eligió como Personaje del Año a los soldados estadounidenses como un modo de apoyar a aquellos que se ven obligados a enfrentarse a granadas y balas para llevar a cabo las medidas de política exterior. Se trataba de un nombre anónimo que en realidad agrupaba a los 1,4 millones de hombres y mujeres que integraban las fuerzas armadas de Estados Unidos. “El turbio período que siguió a la guerra de Irak dejó en claro que la misión de los soldados había cambiado y que esta historia permanecerá con nosotros durante meses o años”, dijo entonces el subdirector de la revista, Jim Kelly.

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2004 – George W. Bush

Cuatro años más tarde, Time volvió a elegir a Bush como Personaje del Año, esta vez por la segunda victoria electoral y su “fe en el poder del liderazgo”. La revista apreció también la calma con la condujo la Guerra de Irak.

Los personajes 'Time' del siglo XXI

2005 – Los buenos samaritanos

El semanario estadounidense seleccionó al multimillonario fundador del gigante de la informática Microsoft, Bill Gates, a su esposa, Melinda, y al cantante rock y activista por la paz Bono, por ser “buenos samaritanos”.

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2006 – Tú

“Tú” fue elegido como Persona del año 2006 a modo de reconocimiento hacia los millones de personas que contribuyen anonimamente generando contenido en las plataformas digitales. Para la revista las aportaciones de todas estas personas anónimas suponía “ una  nueva forma de construir un nuevo entendimiento internacional, no de político a político sino de ciudadano a ciudadano”. La elección trajo consigo algunas críticas debido a que semanas antes del anuncio, Times preguntó quién debería ser el personaje y el ganador de la encuesta fue el presidente fallecido de Venezuela Hugo Chávez (con 35% de los votos), sin embargo la revista ignoró el resultado.

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2007 – Vladímir Putin

En el año 2007, la creadora de Harry Potter, J.K. Rowling, fue una de las candidatas favoritas a Persona del año, sin embargo el puesto fue finalmente para Vladímir Putin. Según la revista “llevó la estabilidad y un renovado estatus a su país”. El mandatario llegó al poder en 1999 al ser elegido por el entonces presidente Boris Yeltsin como su sucesor y se convirtió, según palabras del editor, “ el nuevo zar de Rusia”. También el magazine añadió que se trató de un perfil  “peligroso” porque “no le importan las libertades civiles”, ni “la libertad de expresión”; pero sí “la estabilidad”. “La estabilidad es lo que Rusia necesitaba y es por eso que los rusos le adoran”.

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2008 – Barack Obama

Tras semanas de discusión, la revista lo eligió tras ganar las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Se convirtió así en el primer mandatario negro del país. Dejó fuera de la portada al entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, al secretario del Tesoro, Henry Paulson, la candidata a vicepresidente Sarah Palin y el director de cine chino, Zhang Yimou.

Los personajes Time del siglo XXI

2009 – Ben Bernanke

El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) fue declarado Personaje del Año 2009 por las medidas que adoptó durante la peor crisis financiera desde la ‘gran depresión’ de los años 30. Entre los finalistas estaban el presidente Barack Obama, (hombre del año 2008), el cofundador y presidente ejecutivo de Apple, Steve Jobs, y la presidenta de la Cámara de Representantes de EEUU, Nancy Pelosi.

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2010 – Mark Zuckerberg

El fundador y director ejecutivo de la red social Facebook, Mark Zuckerberg, fue elegido por su influencia en la sociedad cuando la empresa superó los 500 millones de usuarios.

Los personajes Time del siglo XXI 3

2011 – El manifestante

En 2011 el personaje fue un colectivo. Nombró al manifestante como Persona del Año en reconocimiento a la primavera árabe y a los movimientos de indignados de Europa y Estados Unidos. La revista señaló que el joven con el rostro cubierto decía que las protestas de estos manifestantes estaban “remodelando la política global y redefiniendo el poder popular”.

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2012 -Barack Obama

Obama repitió en 2012. El director de la revista destacó: “Estamos en medio de cambios culturales y demográficos de proporciones históricas, y Obama es tanto el símbolo como -en muchos modos- el arquitecto de los nuevos Estados Unidos”.

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2013 – El papa Francisco

La revista eligió al pontífice el mismo año en que fue designado en el cónclave tras la renuncia de Benedicto XVI. Time en el editorial preguntó: “¿Cómo uno practica la humildad desde el trono más glorificado de la Tierra? Pocas veces un nuevo actor en el escenario mundial ha captado tanta atención tan rápido –de jóvenes y viejos, creyentes y cínicos– como lo ha hecho el Papa Francisco”. Consideró que Jorge Mario Bergoglio, en un período muy breve logró conectar con una “audiencia amplia, global y ecuménica (que) ha mostrado ansias de seguirlo”.

Los personajes Time del siglo XXI 5

2014 – Luchadores contra el Ébola

El reconocimiento fue a un colectivo: a aquellas personas que combatieron el ébola en África. “Por arriesgar, por persistir, por sacrificar y por salvar vidas”, explicó el medio. Ese año el continente sufrió una fuerte epidemia de la enfermedad. El virus mató a 6.388 personas y contagió a 17.942 en Sierra Leona, Liberia y Nigeria, los tres países más afectados, según la Organización Mundial de la Salud.

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2015 – Ángela Merkel

La revista eligió a la canciller alemana, Angela Merkel, quien se convirtió en la cuarta mujer en ser nombrada como personaje del año de la revista desde 1927. Fue calificada por Time como la “canciller de un mundo libre”. La publicación destacó la intervención de Merkel en la crisis de los refugiados.

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2016 – Donald Trump

El editorial de ese año destacó que la selección del personaje siempre ha dependido de que sea la figura más influyente del planeta “para bien o para mal”. La publicación tildó a Trump de “presidente de los Estados Divididos de América”.

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2017 –  Las mujeres que rompieron el silencio contra el acoso sexual

La revista Time ha anunciado este miércoles que las elegidas como Persona del Año son las mujeres que rompieron el silencio del acoso sexual en Hollywood, sacando a la luz casos tan flagrantes como el del productor Harvey Weinstein. Sus denuncias han dado pie a que cientos de mujeres en todo el mundo se hayan decidido a dar un paso al frente.

Los personajes 'Time' del siglo XXI 8

Continúa leyendo: Nos encaminamos hacia lo peor

Nos encaminamos hacia lo peor

Joseba Louzao

Foto: Mariscal
EFE

Hace un año comenzaba a colaborar en el Subjetivo con una columna sobre Steve Bannon, el por aquel entonces consejero áulico de Donald Trump, y el poderoso encanto de las mentiras que se esconden tras las teorías de la conspiración. Han pasado los meses y aquel análisis podría ser repetido palabra por palabra. Eso sí, hoy no tendríamos que salir de nuestras fronteras para encontrarnos con ejemplos de este tipo de declaraciones conspiranoicas. El listado se puede hacer extenso, pero podríamos quedarnos con tres de estas últimas historias. A saber: las disparatadas denuncias sobre el fallecimiento del Fiscal general del Estado José Manuel Maza, el hipotético complot que estaría fraguando el gobierno español mediante el 155 para intervenir en las elecciones catalanas del 21D o la desquiciada denuncia de posibles atentados de falsa bandera, como ha señalado en las redes sociales Ramón Cotarelo, la nueva luminaria propagandística de ERC (“de aquí al 21D lloverán atentados de falsa bandera”).

No se equivocaba el protagonista de una de las novelas de Don DeLillo, cuando recordaba que estamos viviendo en la Edad de la Conspiración. Las mayúsculas son de la propia novela Running Dog. El historiador Richard Hofstadter, en un estudio seminal, The Paranoid Style in American Politics and Other Essays (1965), describió el estilo paranoide de la política norteamericana. Una retórica conspiranoica, que alimenta una estética particular, tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político, y que se ha convertido en un signo más de la modernidad política. Hofstadter no pretendía establecer una tipología psiquiátrica, ni mucho menos clínica, simplemente buscaba una metáfora con fuerza que pudiera explicar lo que estaba sucediendo en su país tras el asesinato de John F. Kennedy.

Esta mentalidad se había cultivado durante la Guerra Fría en un contexto de polarización y confrontación con la amenaza constante de un conflicto azuzado por una progresiva carrera armamentística. Los altercados políticos y la creciente desconfianza hacia las instituciones abrió una amplia brecha de legitimidad. El escándalo político se convirtió en una de las principales armas de la política cotidiana. Salvando las distancias del tiempo y del contexto, estamos asistiendo al desarrollo de una trama similar a nivel local y global, aunque amplificada por las nuevas cajas de resonancia digitales. Las situaciones de incertidumbre favorecen que busquemos inconscientemente un nexo común ante hechos aislados. Cuando lo sólido se desvanece delante de nuestros ojos, nos gusta imaginarnos interrelaciones donde no las hay.

El motor de las teorías de la conspiración es el miedo. La tecnología, el cambio climático, la alimentación, la economía y un largo etcétera de otro tipo de cuestiones candentes podrían alimentar hasta el infinito esta enumeración. El miedo se reafirma y retroalimenta porque, probablemente, sea más sencillo de estimular que los mecanismo del odio. A pesar de tener un mayor acceso a la información, como consecuencia de la calidad de la misma y de nuestra preparación para enfrentarnos a ella, es bastante habitual reconocer la expansión de una poderosa mentalidad conspiranoica global, que se ve favorecido por la polarización colectiva. Tenemos pruebas concluyentes de que los miembros de grupos deliberativos a menudo terminan con un miedo mayor del que entraron, es decir, se sitúan en posiciones más extremas de las que tenían al inicio. Como ha remarcado en más de una ocasión Pascal Bruckner, el lenguaje del miedo es paradójico y, en última instancia, tranquilizador: siempre sabemos que nos encaminamos hacia lo peor. La cuestión, de nuevo, es si tenemos las herramientas necesarias para responder con eficacia a estas teorías descabelladas en el campo de la democracia. No deberíamos mirar hacia otro lado.

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