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Un bosque cubeta para frenar el cambio climático

Redacción TO

Foto: EDDIE KEOGH
Reuters

En el bosque de Staffordshire se está llevando a cabo un experimento ambicioso que podría ampliar considerablemente nuestros conocimientos sobre el impacto de las emisiones de dióxido de carbono sobre la atmósfera terrestre. El proyecto ha creado un laboratorio entre los árboles para producir altos niveles de dióxido de carbono y así calcular la capacidad de un bosque para contrarrestar el efecto negativo de la emisión de este gas de efecto invernadero. La producción de dióxido de carbono que están generando es, para que nos hagamos una idea, equivalente a las previsiones actuales para mediados de siglo.

El papel de las plantas en la absorción de dióxido de carbono es todavía un misterio. Conocemos que este gas sirve de fertilizante para la vegetación y los investigadores sospechan que si sus niveles se incrementaran, los árboles serían capaces de asimilarlo. En cualquier caso, son conscientes de que este efecto quedaría limitado por las consecuencias derivadas de las altas emisiones, como son el descenso de nutrientes en la tierra, la escasez de agua y el aumento de las temperaturas.

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El dióxido de carbono es uno de los gases de efecto invernadero más agresivos. | Foto: Ted S. Warren/AP Photo

El profesor Rob Mackenzie, de la Universidad de Birmingham, es optimista y afirma que la humanidad, a día de hoy, sigue subestimando la capacidad de los árboles como contrapeso a nuestro nivel de emisiones. Hasta ahora nos hemos visto beneficiados por el efecto purificador en la atmósfera de los bosques, capaces de absorber hasta una tercera parte del dióxido de carbono generado por el ser humano. Pero seguimos quemando una cantidad excesiva de combustibles fósiles y acabando con demasiados ecosistemas como para que esta situación se revierta. “El campo nos está brindando un servicio fantástico”, afirma Mackenzie a la BBC. “Pero no hay certezas sobre cuál sería el impacto de un incremento de las emisiones”.

El experimento que lidera será uno de los cuatro que medirá este efecto, pero es el primero que tiene base en Europa. Un bosque vegetado por robles con casi dos siglos de historia y que ocupa 25 hectáreas de terreno es el epicentro de un estudio que también analizará el estado de las hojas, la tierra y los insectos que lo habitan. “El impacto del cambio de CO2 debe aparecer en la química de la hoja en cuestión de días, y en el suelo en cuestión de semanas”, explica el científico británico. “Al cabo de los primeros tres años, el sometimiento al dióxido de carbono habrá provocado modificaciones en la estructura del tallo de los árboles. Para 2026, habrá afectado a todo el ecosistema”.

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El hielo del Ártico podría desaparecer aunque se cumplan los Acuerdos de París. | Foto: Brennan Linsley/AP Photo

El surgimiento de este tipo de experimentos es esperanzador. Calcular el tiempo que podemos ganar para desarrollar el cambio integral del modelo energético global, que consiste en cambiar las energías fósiles por las energías limpias, es de una importancia vital para la lucha contra el cambio climático. Porque otro de los objetivos de Mackenzie, según sus propias palabras, consiste en averiguar si los bosques, especialmente los árboles longevos, pueden llegar a adaptarse a vivir con dosis menores de agua, enfrentando con dignidad los periodos de sequía provocados por el calentamiento global.

Uno de los co-autores de este proyecto, el profesor Ranga Mineni, de la Universidad de Boston, asume que es cierto que el dióxido de carbono tiene un efecto fertilizante sobre los árboles, que al mismo tiempo ejercen un uso más eficiente del agua del que disponen. Sin embargo, le preocupa que esta circunstancia pueda extenderse en el tiempo. Desconfía sobre si se trata de un efecto que responde a un sobreesfuerzo de la vegetación y si puede interpretarse como perdurable en el tiempo. En cualquier caso, concluye, “no conocemos hasta qué punto lo que observamos en los experimentos puede trasladarse al mundo real. Personalmente, no me conformo con el argumento del efecto fertilizador del dióxido de carbono como contrapeso de las consecuencias del calentamiento global, que implica el derretimiento de los polos, el aumento del nivel del mar, la intensificación de las tormentas y la pérdida de biodiversidad”.

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Donald Trump contra el planeta

Jorge Raya Pons

El presidente Johnny Gentle dio una orden clara y sin interpretaciones a todos sus funcionarios: las calles de América deben ser limpias porque en América los gérmenes no son bienvenidos. Gentle es un personaje real pero ficcionado por David Foster Wallace en La broma infinita y guarda una larga serie de atributos comunes con el presidente de piel rojiza, Donald J. Trump, enamorado de sí mismo y rehén de sus complejos, quien confesó sin tapujos y ante las cámaras que padece una fobia incontenible hacia las bacterias: un infierno en sí mismo para quien vive estrechando manos. Con Gentle comparte una fama construida en platós y escenarios, un carisma de hombre de fortuna que besa a las damas en los mercados y crea complicidad en el americano medio: yo soy quien tú querrías ser. Y si bien los dos viven aislados del polvo y los gérmenes, la sátira está servida, no les importa que la basura y los desechos se amontonen en el campo ajeno: para la historia –literaria– queda la Gran Concavidad, aquel vertedero del que nacieron leyendas y que Gentle terminó por entregar a la siempre complaciente Canadá.

La Torre Eiffel se iluminó de verde para celebrar el éxito del Acuerdo de París. (Jackie Naegelen/Reuters)
La Torre Eiffel se iluminó de verde para celebrar el éxito del Acuerdo de París. (Jackie Naegelen/Reuters)

Pero abandonando la ficción y sumergiéndonos en la realidad, tan decepcionante, encontramos que Trump es un quiste molar para el planeta: su escepticismo y arrogancia respecto al cambio climático pone en peligro el futuro del Acuerdo de París, el pacto históricamente más ambicioso en la lucha contra el calentamiento global. Lo firmaron 195 países –incluyendo Estados Unidos, China e India, los principales emisores de gases de efecto invernadero: todo un logro– y trata de limitar el aumento de la temperatura de la Tierra a 1,5 ó 2 grados centígrados de aquí a final de siglo –una locura irremediable, algo mejor que nada–.

Un acuerdo extraordinario salvo por la letra pequeña en el contrato: si el señor Trump decidiera archivar la transición hacia las energías renovables y descartar así toda posibilidad de recortar el ritmo actual de emisiones de dióxido de carbono, metano, etcétera, no tendría por qué abandonar el pacto –una actitud poco decorosa, a todas luces impopular–, le bastaría con incumplirlo: el Acuerdo no contempla sanciones.

[El incumplimiento sería posible, por ejemplo, mirando hacia otro lado mientras sus empresas sobrepasan todos los límites de emisiones establecidos en Francia. O recortando la financiación de proyectos de apoyo a las energías limpias en países tan contaminantes como India, altamente dependiente del carbón, que no cuentan con medios propios para renovar un sector energético que debe abastecer a una industria cada vez  más grande].

Así que Trump buscó un hombre dispuesto a ensuciarse las manos.

Caballo de Troya

Donald Trump es el presidente heterodoxo que defrauda a sus rivales: el magnate comete la extravagancia de cumplir cada una de sus promesas. Con la elección de Scott Pruitt, Trump no enseñó su mano sino la baraja: escoger a Pruitt para dirigir la Agencia para la Protección del Medio Ambiente es escoger al lobo feroz para cuidar de Caperucita.

Scott Pruitt, un negacionista climático, será el hombre de Trump para dirigir la oficina contra el cambio climático. (Nick Oxford/Reuters)
Scott Pruitt, un negacionista climático, será el hombre de Trump para dirigir la oficina contra el cambio climático. (Nick Oxford/Reuters)

Antes de regresar a la serenidad de una vida despreocupada, Obama dejó en herencia un programa llamado Clean Power Plan (Plan de Energías Limpias, en castellano), un rayo de luz en un país juzgado por su indiferencia. Se trata de un conjunto de medidas que persigue combatir el calentamiento global mediante la financiación de proyectos que impulsan el desarrollo de energías renovables en detrimento de las energías fósiles. Un planteamiento que lamentaron angustiosamente los sectores afectados, como el de Pruitt y sus amigos de Oklahoma, señores del petróleo, que apretaron los puños e iniciaron batallas judiciales –cuatro– que terminaron por fracasar en cada uno de sus intentos. Tuvieron que esperar meses, años, hasta encontrar un modo de hacerse valer: fue entonces cuando comenzaron a esculpir y dar forma a su caballo de Troya, que con el tiempo fue cobrando la silueta del senador Scott Pruitt.

Tuvieron que esperar meses, años, para esculpir y dar forma a su caballo de Troya, que con el tiempo fue cobrando la silueta de Scott Pruitt.

El pasado martes –7 de febrero de 2017– Donald Trump, en una reunión con empresarios del sector del automóvil, manifestó que “el ecologismo está fuera de control”–aludiendo a un ecologismo desbocado más que a un ecologismo fuera de su radio de influencia–.

Horas después del encuentro, el presidente firmó dos órdenes ejecutivas para reanudar dos proyectos controvertidos que Obama detuvo en su momento y que la justicia podría congelar nuevamente. El primero de ellos, el Dakota Access, pretende abrir un conducto que traslade petróleo desde los yacimientos de Dakota hasta la (casi) vecina Illinois –atravesando el río Misuri y varias hectáreas veneradas por los sioux, que alargaron los dientes y se rebelaron con fervor contra la medida del hombre blanco; hoy en día siguen en pie de guerra, literalmente–.

Los manifestantes de Filadelfia se solidarizaron en diciembre con la comunidad sioux de Dakota del Norte. (Matt Rourke/AP)
Los manifestantes de Filadelfia se solidarizaron en diciembre con la comunidad sioux de Dakota del Norte. (Matt Rourke/AP)

Los sioux, que con mucho esfuerzo y tras años de disputa sobre el terreno y en los tribunales consiguieron la paralización de las obras, tuvieron un éxito inesperado por la imprudencia del propietario del suelo, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, quien autorizó la construcción del Dakota Access sin atender a las leyes federales de protección histórica.

El segundo, el Keystone XL, es un mastodonte de casi 2.800 kilómetros –como de Madrid a Varsovia– que conduciría petróleo de Alberta, Canadá, al golfo de México a un ritmo de 830.000 contaminantes barriles diarios. Los ecologistas, que se llevaron las manos a la cabeza, trataron de impedir la continuación de las obras y finalmente lo lograron: el conducto está a medio hacer y solo ha cubierto el 30% del recorrido previsto.

Escribió DFW que Johnny Gentle –ficción– fue el primer presidente en dar su discurso de investidura tomando el micrófono por el cable. Donald Trump, producto –real– del show business, ha demostrado ser un riesgo: ignorando todas las conclusiones científicas sobre el calentamiento global, anulando toda transición hacia las energías limpias, apostando, “como en los viejos tiempos”, por el carbón y el petróleo. Y sin embargo hay motivos para la esperanza: las posturas ecologistas crecen con fuerza en Estados Unidos y China se ha propuesto liderar la revolución energética internacional.

Aunque seguimos hablando de Trump.

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La Transición española terminó con Barcelona 92

Cecilia de la Serna

Foto: EFE
EFE

Casi 17 años separan la muerte de Franco en el 75 y la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, que este 25 de julio celebran sus bodas de plata. En esos 17 años, España se esforzó por abrirse al mundo, por dar a entender que los años más oscuros de la dictadura franquista eran algo del pasado y, en definitiva, por parecer algo menos paleta. La gran oportunidad de hacerlo llegó en 1992, gracias a la trascendencia internacional de grandes eventos como la Expo de Sevilla y, especialmente, por la celebración de los Juegos Olímpicos en la ciudad condal.

La Transición española terminó con Barcelona 92
Las mascotas de la Expo 92 de Sevilla, “Curro”, y de las Olimpiadas de Barcelona 92, “Cobi”, posaban juntas en el recinto de la Exposición Universal de Sevilla. | Foto: Efe

De camino al sueño olímpico

El propio recorrido de Barcelona hasta ser sede olímpica es una muestra de la voluntad conjunta de enseñar al mundo una España diferente, más moderna y libre. Frente a Barcelona competían otras ciudades, algunas entonces con más nombre y peso como París o Ámsterdam, que sin embargo no lograron batir a lo que representaba el milagro español post franquista.

Antes de 1992, Barcelona había sido candidata para los Juegos Olímpicos de 1924, 1936 y 1940, candidaturas de las que había salido sin pena ni gloria. Narcís Serra, quien ocupó la alcaldía barcelonesa del 79 al 82 -años clave de la Transición-, fue el que inició un proceso que pasó, primero, por la autorización del rey Juan Carlos I y, después, por la aprobación popular en masa de los barceloneses. El sueño olímpico fue transformándose en una probabilidad muy clara gracias a la euforia generalizada y a una importante trama diplomática.

Por entonces presidía el COI el español Juan Antonio Samaranch, quien sin duda jugó un papel fundamental en la elección final de Barcelona para acoger el evento más grande del planeta y quien, después de la clausura, llegó a afirmar que habían sido los mejores Juegos de la era moderna. Fue él el encargado de anunciar en Lausana, en un perfecto francés, que la segunda ciudad más grande de España organizaría los Juegos tras una no muy apretada lucha con la capital gala. Ya estaba hecho, y Barcelona se tornó en una fiesta. El comité de la candidatura voló rápido de vuelta hasta el Prat para poder festejar con los barceloneses este gran hito por las calles de la ciudad. “Aquello que es bueno para Barcelona es bueno para Cataluña y aquello que es bueno para Cataluña es bueno para España”, gritó al mundo el entonces alcalde de la ciudad condal, Pasqual Maragall. Todos incluidos, todos contentos. Desde los que formaron parte de ese comité inicial recuerdan a menudo que la idea que primó es que fueran los Juegos los que estuvieran al servicio de Barcelona, y no al revés.

España mira cara a cara al mundo

El reto que presentaba la celebración de estos Juegos era mayúsculo. Por un lado, la organización española debía ser capaz de mostrarse segura y seria, superando todos los clichés que allende de nuestras fronteras tenían –y todavía mantienen- sobre los españoles, y por otro debía ser capaz de sorprender al mundo. No es de extrañar que la organización del evento invirtiera tanto tiempo, esfuerzo y dinero en crear un auténtico espectáculo de primera para inaugurar y clausurar los Juegos Olímpicos. Barcelona debía mostrarse como es, sin complejos, para poder maravillar al mundo. Y lo consiguió.

No es casualidad que la gran ceremonia la dirigiera un publicista. Luis Bassat, fundador de la prestigiosa firma publicitaria Bassat, Ogilvy & Mather en España, fue el responsable de crear una inauguración que terminó convirtiéndose en “el spot más largo y mejor de mi vida”, en sus propias palabras. Se trataba, efectivamente, de venderse. No es baladí, ya que la exitosa organización de estos Juegos originó el boom turístico de la ciudad condal que en la actualidad le está pasando una factura desmesurada.

Las malas lenguas dicen que el encendido del pebetero, que se hizo a través del lanzamiento de una flecha por parte de Antonio Rebollo, estuvo trucado. Sin embargo, poco parece importar lo que las malas lenguas dicten, ya que esa imagen quedará siempre para la Historia.

Los seis grandes momentos deportivos de Barcelona 92

Deportivamente hablando, los Juegos de la XXV Olimpiada destacaron por ser un auténtico torbellino de emociones, inesperadas medallas y por suponer la mejor marca en el medallero histórico de España, con 22 metales en su haber. En total fueron 7.555 deportistas -de los que 3.008 eran mujeres- los que representaron a las 71 naciones que participaron. Además, por primera vez en muchas ediciones, ninguna nación intentó boicotear el evento.

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El ‘Dream Team’ del baloncesto norteamericano celebra su oro frente a Croacia. | Foto: Ray Stubblebine / Reuters

Quien destacó por encima de todos no fue un atleta, sino un equipo: el Dream Team, la selección estadounidense de baloncesto liderada por las ya leyendas Magic Johnson, Michael Jordan y Larry Bird. Este conjunto que se estrenaba en unos Juegos Olímpicos -se admitió por primera vez la participación de jugadores de la NBA-, logró 117 puntos de promedio en 8 partidos y ganó la medalla de oro derrotando en la final a Croacia, y atrajo además toda la atención de la Villa Olímpica.

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El entonces príncipe Felipe abandera la delegación española en Barcelona. | Foto: EFE

El ahora rey Felipe VI fue el abanderado español en la ceremonia inaugural, ya que participaba en la clase soling de vela, pero el atleta español que destacó por encima de todos fue Fermín Cacho. Gracias a su oro logrado, con gran sorpresa, en los 1.500 metros de atletismo, Cacho se ganó el respeto de sus competidores y el cariño de los españoles.

Otro momento deportivo que sigue en la retina de muchos es el denominado ‘espíritu de Redmond’. No lo hace por ser un extraordinario alarde de talento o fuerza, sino por encarnar el verdadero espíritu olímpico: nunca te rindas. Este atleta británico era uno de los favoritos para el podio de los 400 metros lisos, pero no pudo llegar siquiera a la final. A mitad de carrera de la semifinal, Redmond se lesionó y cayó al suelo, tras lo que se levantó y recorrió entre lágrimas los metros que le faltaban para llegar a la meta. Su gesta fue recordada por el COI con ocasión de los pasados Juegos de Río.

En atletismo volvió a reinar Carl Lewis, que ganó el oro en salto de longitud y en el relevo 4×100. El ‘Hijo del Viento’, uno de los mejores atletas de toda la Historia, no defraudó en la cita olímpica de 1992, a la que llegó ya con 31 años.

También destacó el nadador ruso Alexander Popov, que ganó los 50 y 100 metros estilo libre. La atleta etíope Derartu Tulu consiguió otro de los grandes hitos deportivos de Barcelona 92 gracias a su triunfo en los 10.000 metros, convirtiéndose en la primera atleta africana en llevarse un oro.

Cada uno de estos momentos suponen leyendas y récords -a veces ya superados, y es que en 25 años hay tiempo para batir cualquier marca-, pero sobre todo suponen la historia narrada de unos Juegos que marcaron un antes y un después en el deporte de élite mundial.

Iconos de una generación

La celebración de unos Juegos Olímpicos suelen trascender lo meramente deportivo. En Barcelona, esta máxima se hizo evidente. Los iconos de Barcelona 92 fueron los iconos de toda una generación. Desde Cobi, la mascota creada por el diseñador español Javier Mariscal y que todavía protagoniza el merchandising de los más nostálgicos, hasta canciones como Barcelona -interpretada por Montserrat Caballé junto al ya por entonces fallecido Freddie Mercury– o Amigos para siempre, esa rumba catalana de los Manolos que cerraron por todo lo alto los Juegos.

Con atletas, canciones, mascotas y un sinfín de anécdotas, Barcelona 92 supuso un punto de inflexión en la última década del siglo XX español. El mundo tuvo la oportunidad de redescubrir una España que ya abrazaba a Europa desde la Comunidad Económica Europea, y que sin complejos se erigía como un puerto para la cultura y el deporte globales. Los que no tuvimos la ocasión de disfrutar de estos Juegos -o que lo hicimos con apenas un añito de edad- debemos rescatarlos con una nostalgia impostada. Los historiadores no atinan aún en coincidir en una fecha clave para el fin de la Transición española -desde el 23F hasta el primer gobierno de Aznar hay opiniones para todos los gustos-, pero si una fiesta puso fin a esa Transición esa fue la de Barcelona 92.

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Glaciares sorpresa

Jesús Nieto Jurado

Foto: POLICE CANTONALE VALAISANNE
AFP

Si en España se nos agrietara un pobre glaciar aparecerían, si es por el Aneto, una ristra de facturas impagadas de los ‘pujoles’. O quizá el cadáver momificado de un autónomo que fue a probar suerte como heladero vegano donde el cielo besa al picacho nevado. En España no quedan glaciares que merezcan la pena, sino una nieve sucia que queda pisada por el polvo sahariano en las zonas umbrías del Veleta cuando voy de senderismo con mi amigo Pulido en un ejercicio de tolerancia sufí y piedras. En Suiza han encontrado, a la sombra derretida de un glaciar, a un matrimonio de pastores que llevaba desaparecido setenta años – lo menos- en la alta montaña. Lo que en España es un ‘guerracivileo’ de cunetas por abrir, en Suiza es un obsequio de los glaciares a las familias grisonas por tantos años de callada neutralidad con vacas y oro. Y esto no es ni bueno ni malo, sino una observación del talante helvėtico, del talante hispano, del cambio climático ese que niegan hasta cuando los osos polares, hoy, se marcan un guaguancó cubano. La montaña tiene a veces estas sorpresas que reconcilian a las familias con sus abuelos, o que abocan al Hombre al canibalismo ultracongelado como pasó en Los Andes y como recordó Risto Mejide con sofá, mala leche y frente de publicista malencarado. Pero es que la imagen que acompaña a esta columna justifica una serranilla suiza, un canto alpino a la justicia poėtica de los glaciares en retroceso. Nunca fueron tendencia las nieves del Kilimanjaro. Pobre Ernest, pobre planeta, pobres suizos y pobre glaciar. Yo ya me voy a un glaciar patagónico a ‘jartarme’ de orfidales y congelarme de lirismo y quedarme pajarillo. Porque después del feminazismo llega el proglaciarismo y ahí sí que me encontrarán en la causa. Frost, claro.

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Las niñas afganas que no podían entrar en EEUU ganan un concurso de robótica

Redacción TO

Foto: Cliff Owen
AP

Esta es una historia de mujeres imparables. La de seis niñas afganas, amantes de la robótica, que batieron todos los prejuicios y limitaciones para lograr su meta: participar en el First Global Challenge, una competición tecnológica para estudiantes de todo el mundo, que se celebra en Washington D.C. Después de que las autoridades estadounidenses rechazaran en dos ocasiones su visa para poder entrar al país, el equipo ha quedado en segundo lugar en la competición. Los jueces del concurso las han premiado por su “valiente logro” y por su “actitud de puedes lograrlo”, según informa Al Jazeera. El robot que construyeron con materiales domésticos va a volver a Afganistán con una medalla de plata colgada.

Porque esta es también la historia de la lucha por un sueño. El sueño por el que seis niñas lucharon contra las tradiciones de un país que discrimina a las mujeres. Formaron un equipo para construir robots en una región que lleva años azotada por la guerra. Recorrieron los 500 kilómetros que separaban su ciudad de Kabul para conseguir la visa que les permitiera entrar en Estados Unidos y fueron rechazadas. Pero volvieron. Porque 500 kilómetros no iban a poder con ese sueño imparable.

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Una de las integrantes del equipo de Afganistán revisa el funcionamiento de su robot. | Foto: Kawsar Rashan/AP

La segunda vez que su solicitud fue rechazada, más de 150 adolescentes de todo el mundo habían recibido luz verde para entrar en el país y competir. El motivo del rechazo no fue hecho público. Aunque Afganistán no está incluido en la lista de países a los que Estados Unidos ha impuesto un veto migratorio (Irán, Libia, Somalia, Siria, Sudán y Yemen), sí es sometido a controles extremos.

“No somos un grupo terrorista”

La desilusión de las niñas por no poder viajar al concurso dio la vuelta al mundo. “Cuando oímos que éramos rechazadas, perdimos la esperanza”, dijo a Associated Press Sumaya Farooqui, de 14 años. “No somos un grupo terrorista que vaya a América y asuste a la gente“, contó Fatima Qadiryan, de 14 años.

La reacción de los expertos no se hizo esperar. “Esto es una desilusión tremenda, son unas muchachas extraordinariamente valientes”, dijo el presidente del concurso, el excongresista demócrata Joe Sestak, según recogieron los medios.

Finalmente, una semana antes de que empezara la competición, el equipo consiguió una excepción bajo el pretexto de “Importante beneficio público”, después de la intervención de última hora del presidente Donald Trump. “Mi sueño es construir robots. Solo queríamos demostrar al mundo nuestro talento, para que supieran que las chicas afganas también tenemos capacidades“, señaló Qadiryan. Y vaya sí las tenían.

Chicas al poder

De los 830 adolescentes que han participado en esta competición tecnológica, solo 209 eran chicas. Sin embargo, el 60% de los equipos que participaron fue fundado, liderado u organizado por mujeres.

En total, había seis equipos formados exclusivamente por mujeres: Estados Unidos, Gana, Jordania, los territorios Palestinos y la isla del Pacífico Vanuatu. “Es muy díficil para nosotras porque todo el mundo piensa que construir robots es solo para chicos“, dijo a Al Jazeera Samira Bader, de 16 años, del equipo de Jornadia. La joven añadió que buscaban demostrar que las chicas también podían hacerlo.

Las niñas afganas que no podían entrar en EEUU ganan un concurso de robótica
Las estudiantes afganas celebran su victoria. | Foto: Jacquelyn Martin/AP

Colleen Johnson, del equipo de Estados Unidos y también de 16 años, apuntó a la misma cadena que esperaba que llegara el día que “los equipos solo de chicas no fueran más especiales que los equipos solo masculinos o mixtos, porque ya fueran completamente normales y aceptados”.

La atención mediática que ha recibido la competición —donde han desaparecido los seis integrantes del equipo de Burundi— gracias al equipo afgano ayuda a hacer más visible el papel que juegan las mujeres en ciencia y tecnología.  De momento, el mundo ya las conoce a ellas. Son las soñadoras afganas.

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