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Un viaje al Rif a través de las voces de las mujeres

Anna Maria Iglesia

Foto: Editorial Destino

“No penséis que volver es tan fácil. Si marcharnos ya fue una locura, un viaje imposible que no sabíamos a dónde nos llevaría, hacer el camino inverso también tiene sus inconvenientes. Ahora, vallas, cámaras, perros y policías por todas partes. ¿Sabéis cuál era una de mis preocupaciones? Llegar hasta aquí y que después no pudiera volver a entrar en el extranjero”. Así les cuenta Fatima, la protagonista de Madre de leche y miel, la nueva novela de Najat El Hachmi, su regreso al Rif, de donde escapó años atrás para emigrar a Cataluña.

“En el Rif, todos piensan en cómo salir de ahí”, comenta El Hachmi, que con esta nueva novela regresa a esa zona de Marruecos, de la que ella misma proviene, para reconstruir la historia de Fatima, una mujer que en los años ochenta emigró a Vic junto a su hija pequeña. “Las condiciones de Rif son particularmente difíciles. Se trata de un entorno rural que, desde hace años sufre agravios y déficits importantes”, comenta El Hachmi, haciendo hincapié en cómo el Rif fue particularmente castigado durante el reinado de Hasan II, castigo cuyas consecuencias son todavía visibles en el enorme déficit de infraestructuras. “Hace años que se está pidiendo un hospital oncológico y todavía no se ha construido, a pesar de que es una zona con un elevada porcentual de personas que sufren cáncer, principalmente a causa de las armas químicas que se usaron durante el dominio colonial español” del que, habría que añadir, nunca se habla. “En España a diferencia de otros países como Inglaterra, no ha habido una toma de conciencia postcolonial, no ha habido ninguna reflexión postcolonial acerca de lo que supuso el colonialismo”, comenta la autora, para quien el problema es que “en España no hay una conciencia de haber ejercido como potencia colonial. De hecho, no se dice que se usaron armas químicas en el Rif. Hay mucho silencio al respecto”.

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Desayuno marroquí y portada del libro | Foto: Alba Fité/Editorial Destino

Es precisamente el silencio uno de los temas de la novela, un silencio que rodea la historia de esta parte de Marruecos, pero también la experiencia de la inmigración: “A principios de los años ochenta, en el Rif se produjeron las llamadas ‘Revueltas del hambre’, unas duras protestas que duraron casi tres años contra la subida de más del 300% de los alimentos básicos. Las protestas por la carestía que se vivía fueron sofocadas con mucha violencia por parte del Gobierno. Hubo muchos muertos y en las fosas comunes todavía hoy no se sabe quién ha sido enterrado”, comenta la escritora, para quien el silencio relacionado con estos acontecimientos es sintomático de una sociedad, la rifeña, que prefiere callar ante ciertos episodios de su historia. “También hay mucho silencio relacionado con la inmigración, casi nadie habla de su experiencia, de cómo fue”, apunta El Hachmi, que con su novela intenta llenar ese silencio de palabras para narrar aquello que permanece “no dicho” o susurrado en la intimidad de las casas, en las conversaciones de las mujeres, que, como explica la propia autora, eran unas grandes narradoras. Su experiencia, pero también su imaginario -los cuentos que explicaban a los niños, las leyendas del lugar, sus sueños y proyecciones de futuro-, quedaba, sin embargo, recluido en el secretismo de unas conversaciones que permanecían el la intimidad del día a día. “Cuando cocinaban, cuando lavaban la ropa, cuando cuidaban a sus hijos… aquellas mujeres siempre estaban hablando, contando historias. Ahora, gran parte de estos relatos, se han perdido. Ha aparecido la televisión y todo ha cambiado”, rememora la escritora, que, con esta novela, ha querido rescatar del olvido las vidas compartidas de todas aquellas mujeres del Rif y, a través de estas vidas, sus historias y sus narraciones.

Reflejo de todo ello, es la imagen de Fatima, la protagonista, narrando su experiencia, pero pidiendo a sus hermanas discreción, pues lo que ella vaya a contar no puede saberse: “Hablaré para vosotras, hermanas, hablaré para deciros cuanto queréis escuchar. Esta voz os narrará los hechos que desconocéis de aquella que salió del mismo vientre que vosotras. Dadme té para calentar mi lengua y cerrad la puerta, porque estas palabras mías no pueden salir de aquí. Son solo para vosotras, vosotras que podéis entenderlas y guardarlas. Sin revelarlas al mundo, que todo lo juzga”.

Fatima comienza así su historia, una historia que, sin embargo, el narrador debe completar, pues ni tan siquiera ella lo cuenta todo. “Me di cuenta que la novela no podía ser solo en primera persona, porque había cosas que Fatima no contaría y que debían ser narradas por el narrador”, cuya voz lleva al lector a la infancia y primera juventud de Fatima, a su vida en el Rif antes de emprender junto a su hija el viaje hasta Vic. Allí llegará, convirtiéndose en una de las primeras mujeres marroquíes inmigrantes en Cataluña. “Ella representa esa primera generación de emigrantes, una generación cuya memoria quería recuperar”: eran los años ochenta, cuando comenzó a formarse una comunidad marroquí en Cataluña y la realidad para aquellos y aquellas que abrieron paso a las generaciones siguientes era muy distinta a la actual. “En los años ochenta, no había todavía una gran comunidad de inmigrantes, no había carnicerías halal y era muy complicado encontrar determinados productos. Ahora es completamente distinto, hay tiendas donde encuentras productos marroquíes y la comunidad es mucho más numerosa”.

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Najat El Hachmi en la Feria del Libro de Gothenburg | Foto: By Albin Olsson via Wikimedia Commons

“Ay, hermanas mías, no queráis nunca la suerte de los emigrantes; por muchos milagros y maravillas que os cuenten, yo os lo digo de primera mano, no es ni por asomo una vida para envidiar”, cuenta la protagonista a sus hermanas. Volver no es fácil, tampoco irse, pero ¿era acaso mejor quedarse? Fatima llega sin nada a Vic, su primera “casa” era un “pisito en el que apenas había una sola ventana. Por muy limpios que hubieran quedado la cocina y el salón, seguía siendo un cuchitril con las paredes ennegrecidas de tanto utilizar la estufa y con todo el yeso agrietado o reventado”. Esa primera casa, sin embargo, era su primer “cuarto propio”: “Las mujeres del Rif antes que ser extranjeras en el país al que emigran, son extranjeras en su propia casa: no tienen un cuarto propio; su cuarto es el cuarto del marido y su casa es la casa de la suegra, donde también pueden vivir las cuñadas”, comenta El Hachmi.

Inmigrar es una liberación, pero a la vez te condena a un silencio aún más profundo. Fatima, como tantas de aquellas mujeres que emigraron en los ochenta, llegaron solas, no había ninguna comunidad de inmigrantes que las recibiera. “Me sentía expulsada de todo, de mi tierra, de las dos casas que no eran mías y, sobre todo, es que me invadió la añoranza imposible de soportar”, les explica Fatima a sus hermanas. La experiencia de Fatima poco o nada tiene que ver con la de su hija, a través de la cual El Hachmi narra la ruptura generacional que se produce entre la primera generación de inmigrante y la segunda, entre los padres que luchan por mantener sus tradiciones y unos hijos que las renuevan, que involuntariamente obligan a sus padres a readaptarse.

Najat El Hachmi recuerda cuando, hace algunos años, se intentaba hacer casas a las hijas de los inmigrantes con jóvenes que todavía vivían en Marruecos para mantener la comunidad y las tradiciones, pero sobre todo para facilitar a aquellos jóvenes el poder emigrar. “Esto provocaba graves conflictos en los hombres, que de repente veían como dependían de la mujer, que era aquella que podía hacerles emigrar. Para ellos, un gesto así ponía en discusión su masculinidad”. Muchas hijas de inmigrantes, sin embargo, tenían su mirada puesta lejos de Marruecos y de ciertas tradiciones, algo que obligaba a las madres a replantearse unas creencias muy arraigadas. “El sistema patriarcal estructura la vida cotidiana”, por ello es muy difícil romper con él, romper un machismo que no está solo en los hombres, sino también en las mujeres, un machismo del que, advierte la autora, nuestra sociedad no está exento. “El machismo es universal y se manifiesta de manera distinta en cada lugar”, comenta El Hachmi, para quien es necesario entender cómo “la inmigración a conllevado un cambio de la estructura social basada en el patriarcado”, cambio que no todos aceptan y cuya más peligrosa reacción es el fundamentalismo: “Los fundamentalistas cuestionan la pertenencia al islam de todo aquel que ha decidido adaptarse a una nueva sociedad y dejar atrás determinadas tradiciones”.

Madre de leche y miel es un homenaje a las mujeres que inmigraron para dar un futuro a sus hijas, un homenaje a las mujeres del Rif, pero no sólo: a lo largo de la historia, fueron muchas las que tuvieron que marchar para poder sobrevivir. Najat El Hachmi nos habla de Fatima, pero a lo largo de la historia hay muchas como ella, con orígenes e historias distintas. El Hachmi recurre a la escritura como herramienta contra el olvido: su novela rescata las anónimas historias de las mujeres del Rif, reivindicando la oralidad como origen de toda narración literaria. Con su escritura, la autora no solo se enfrenta al olvido, sino al silencio, muchas veces impuesto, por una Historia con mayúsculas que no lo cuenta todo o por un sistema patriarcal que no da voz a las mujeres. Najat El Hachmi apela a la comprensión, que solo puede alcanzarse a través del conocimiento y reconocimiento del otro, de ese otro que, a veces, somos nosotros mismos.

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Forges, medio siglo de historia a través de sus viñetas

Redacción TO

Foto: Juan Carlos Hidalgo
EFE

La muerte del humorista gráfico Antonio Fraguas ‘Forges’ ha conmocionado a España. Durante 50 años, Forges, que ha fallecido a los 76 años, llegó a varias generaciones a través de sus viñetas. En ellas, sus peculiares personajes de gran nariz y ojos saltones protagonizan escenas de la vida política y cotidiana, mostrando un retrato verdaderamente original de la sociedad española.

Las redes se han llenado tras su muerte de sus famosas viñetas, con las que consiguió, siguiendo el consejo de su padre, “ser un dibujante original”. “Que se reconozca un dibujo tuyo a quince metros”, le dijo su padre, y así lo hizo Forges.

Desde los episodios políticos más relevantes de la historia de España hasta situaciones cotidianas, que también evolucionaron con la sociedad, Forges retrató durante gran parte de su vida el país a través del humor y la crítica. En los últimos meses, Cataluña ocupó, como en la mayoría de medios de comunicación, una gran cantidad de viñetas del dibujante.

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Una de las viñetas de Forges, dedicada a Marta Rovira, la número dos de ERC. | Foto: Forges/ Twitter
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La situación de Puigdemont en Bruselas, retratada por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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El 155, otro de los protagonistas de las viñetas. | Foto: Forges/ Twitter

Pero tampoco se olvidó de retratar en sus viñetas, con un toque de denuncia social, otras situaciones políticas que preocupan a los ciudadanos.

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Forges critica la ley hipotecaria, como siempre, a través del humor. | Foto: Forges/ Twitter
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El dibujante recuerda que no todo es Cataluña. | Foto: Forges/ Twitter

Pero, sobre todo, Forges fue capaz de hacer que numerosos españoles se sintieran identificados con sus personajes, las situaciones que describían y las preocupaciones que mostraban. A través del humor, el original dibujante logró retratar los pensamientos de un gran número de personas.

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Los modales y la educación son uno de los temas recurrentes en sus viñetas. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges critica el ‘cuñadismo’ en sus viñetas. | Foto: Twitter
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La economía también era uno de los temas retratados por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges muestra la situación de muchas mujeres en España. | Foto: Twitter

La sociedad ha avanzado mucho a lo largo de los años en numerosos aspectos, pero las viñetas de Forges demuestran que hay cosas que no cambian y que los ciudadanos siguen teniendo las mismas preocupaciones y carencias a pesar del paso del tiempo.

Ya en los años 80, Forges mostraba la preocupación social por la integración de España en Europa y, principalmente, por las consecuencias económicas que esto tendría.

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La situación económica de España tras su integración en Europa fue una gran preocupación. | Foto: Twitter

En 1995, publicaba su primera viñeta en El País, y retrataba una situación que bien podría referirse al año 2018.

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Forges, en 1995, retrataba situaciones que bien podrían ocurrir en 2018. | Foto: Twitter

Además, Forges también retrató los problemas internacionales que a menudo olvidamos y trató de recordar a través de sus viñetas que hay una parte del mundo que sobrevive a guerras, hambrunas y una gran pobreza.

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Las guerras y los refugiados aparecen retratados en muchas viñetas del dibujante. | Foto: Twitter
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Durante años, Forges recordó también los problemas que sufren otros países, especialmente en África. | Foto: Twitter
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El hambre, otra de las grandes retratadas en sus viñetas. | Foto: Twitter

Ahora la sociedad se despide de Forges, un gran dibujante que durante años logró sacar una sonrisa a los lectores de los diferentes diarios en los que publicó sus viñetas. Sus personajes y su humor quedarán en el recuerdo durante mucho tiempo y, con ellos, las sonrisas y reflexiones que provocaron en el momento de su publicación.

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Veinte años sin Jünger

José Antonio Montano

Foto: Isolde Ohlbaum
Iaif

Se han cumplido veinte años de la muerte de Ernst Jünger. Murió el 17 de febrero de 1998, cuando le faltaban cuarenta días para alcanzar la edad de ciento tres. Los jüngerianos aún queríamos que hubiese vivido al menos hasta el 2000 y pisase así los tres siglos. Creo que fue W. H. Auden quien dijo que año tras año vamos pasando por el aniversario de nuestra muerte. He repasado los tomos que tengo de ‘Radiaciones’ a ver qué anotaciones hay de Jünger en ese ‘aniversario’ suyo.

Son escasas, pero significativas. Justo por esa fecha inicia o concluye sus apartados: el 18 de febrero de 1941 empieza el ‘Primer diario de París’; el 17 de febrero de 1943 termina sus ‘Anotaciones del Cáucaso’, y dos días después inicia el ‘Segundo diario de París’. Las tres únicas anotaciones del 17 de febrero son las de los años 1942, 1943 y 1968.

En la de 1942 es donde se hace esta conocida e importante afirmación: “En lo más hondo el estilo se basa precisamente en la justicia. Solo el hombre justo es capaz también de saber cómo hay que sopesar la palabra, cómo hay que sopesar la frase. Por esta razón a las mejores plumas no se las verá nunca al servicio de una mala causa”.

La de 1943 empieza: “Tras varias semanas de tiempo borrascoso y lluvioso hoy brilla esplendorosamente el sol”. Y termina con aquella emocionante reflexión sobre la conservación de los manuscritos: “Cuando se piensa en lo muy difícil que resulta encontrar un escondite adecuado, causan asombro las cantidades de documentos antiguos que han llegado hasta nosotros a través de las mudanzas de los tiempos”.

Por último, en la anotación de 1968 Jünger refiere un sueño en que es quemado por la Inquisición y anhela que, para presenciar el acontecimiento, se reúna mucha gente, “también fotógrafos y periodistas de revistas sensacionalistas”. Una vez despierto, asiste durante esa jornada a una exposición sobre la ‘Danza de la muerte’, y para terminar recuerda un canto de Johann Timotheus Hermes que dice así: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono…”. En una nota a pie de página, el traductor nos remite a otra anotación anterior, donde Jünger reflexiona sobre este mismo canto y cita algunos más de sus versos: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono, / y me hubiera gustado / enviar por delante mi corazón, / y me hubiera gustado entregarte a ti, / creador de los espíritus, mi cansada vida”.

Mientras buscaba estos pasajes, me ha estremecido pensar que al autor de diarios le está vedado espigar su obra de ese modo.

Continúa leyendo: José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad”

José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad”

Anna Maria Iglesia

Foto: Lisbeth Salas
Páginas de Espuma

Si hace apenas un año, los lectores de José Ovejero -Premio Alfaguara por La invención del amor y Premio Anagrama de ensayo con La ética de la crueldad– se reencontraban con el autor gracias a su novela La seducción, ahora tienen no sólo la posibilidad de volver, una vez más, a disfrutar de un nuevo texto del escritor, ensayista y poeta, sino de reencontrarse con el José Ovejero autor de relatos.

Tras casi una década sin abordar el género breve, Ovejero publica Mundo extraño (Páginas de Espuma). Como había demostrado en sus novelas, sobre todo a partir de La comedia salvaje, Ovejero en un autor que, consciente de los límites de un lenguaje que nunca puede contar la realidad -si es que es posible hablar de “una realidad”-, se aleja del realismo e indaga en la extrañeza inherente tanto al mundo que nos rodea y que no podemos aprehender sino parcialmente, como al propio lenguaje, convertido en una herramienta que nos acerca y, a la vez, nos aleja del mundo, que se nos vuelve irreal. Sin embargo, es precisamente desde esta irrealidad -desde lo exagerado, lo hiperbólico- que la verdad -no la reproducción- del mundo, su sentido.

José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad” 1
Portada de “Mundo Extraño” | Imagen: Páginas de Espuma

El título, Mundo extraño, ¿remite, en parte, a la sensación de extrañeza hacia una realidad que es imposible representar?

Claro. Y no sólo se trata de la imposibilidad de retratar la realidad, sino también de verla. Las perspectivas desde las que se observa la realidad son distintas como son distintos los aparatos sensoriales, cada uno de los cuales solo capta una parte de la realidad. De ahí que siempre hay una sensación de extrañeza en cuanto siempre hay una parte en la sombra, una parte que no se ve. Intentar retratar el mundo como pretendían los naturalistas es absolutamente imposible y, por tanto, lo único que puedes hacer es generar representaciones, que produzcan un efecto en el lector y que lo pongan en contacto con su propia manera de ver la realidad y con sus interpretaciones.

Pensando en algunos de los relatos, en concreto, en el primero, ¿lo hiperbólico es una forma para representar lo irrepresentable?

Deformar y exagerar es una manera de volver visible ciertas cosas que no puedes ver normalmente. La hipérbole funciona como una lente de aumento, pero también un espejo cóncavo: te permite cambiar el ángulo de visión y tomar consciencia de aquellas cosas que pasan desapercibidas. El primer relato es exagerado, es hiperbólico, es estrafalario y, sin embargo, todos reconocemos allí situaciones familiares, cenas navideñas… que nos son próximas.

Y esto lo dices dentro de una tradición literaria donde el realismo ha tenido y, en parte, sigue teniendo un gran peso, al menos desde un punto de vista canónico.

Es cierto que el realismo tiene mucho peso, pero hay una tradición que es igual de española que el realismo y que viene, por ejemplo, de la picaresca: la picaresca es realista y no lo es, hay siempre un exceso o una exageración. Y, por lo que se refiere a la literatura contemporánea, pienso en un escritor como Luis Martín Santos y su novela Tiempo de silencio, donde, como en el tremendismo, se reconoce una tradición realista, pero mezclada con una mirada irónica, cruel, exagerada. Por lo que a mí se refiere, estoy dentro de la tradición española, pero de una tradición que no se cree del todo el realismo. Por esto, para situar mi obra, suelo hablar de un “realismo escéptico”: utilizo herramientas que parecen realistas, pero no lo son, porque parto de la idea de que la realidad no está en el libro, sino que está en el eco que se provoca en el lector.

Lo absurdo como género está muy vinculado al teatro del siglo XX.

Ese absurdo vinculado al teatro al que te refieres existe también en la novela y, de hecho, creo que he llegado a esta poética a través de la novela y no del cuento. Se suele decir que el cuento es el espacio para la experimentación y que es un género que te da más libertad, pero, en mi caso, diría que es con Comedia salvaje cuando descubro una libertad creativa, una capacidad de juego, una libertad en crear situaciones en absoluto verosímiles que no tenía antes. Y no significa que estas situaciones inverosímiles estén más alejadas de la realidad que lo verosímil, al contrario. Piensa en Kurt Vonnegut y en Matadero 5: es una novela sobre la guerra, donde hay extraterrestres y situaciones absolutamente delirantes. Y, como te decía, es a partir de Comedia salvaje que llego a la conclusión de que recurriendo a lo inverosímil llego mejor a la realidad que si intentara describirla realísticamente.

Sin embargo, son muchos los escritores que sostienen que el cuento es el espacio perfecto para la experimentación.

Sí, es cierto, pero yo no creo que sea así. Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad, pero que repetimos como loros -yo también las he repetido- sin pararnos a pensar si son realmente ciertas esas supuestas verdades. ¿Por qué hay más experimentación o más posibilidad de experimentación en un relato que en una novela? Se podría decir justo lo contrario, porque en una novela puedes contraponer muchas voces, puedes cambiar la voz narrativa de pronto, puedes interpelar el relato, puedes hacer que el protagonista desparezca, que un personaje levite… Yo no creo que esto que se ha dicho siempre, “el cuento es ideal para la experimentación”, sea cierto; se puede experimentar en cualquier género. Tampoco creo que en esa idea de que el cuento es un género cercano a la poesía y que, como en poesía, en el cuento no puede sobrar ni una sola poesía.

Desmientes así la siempre repetida “poética del clavo” de Chejov.

Bueno, en parte. Creo que ciertas indicaciones te ayudan a centrarte, pero no hay que tomarlas demasiado en serio. Personalmente creo que nunca hay que tomarse demasiado en serio la poética del cuento. Fíjate, se dice que el cuento es el espacio de experimentación, pero ¿conoces algún género literario sobre el cual se hayan publicado tantos decálogos? Hay montones de decálogos sobre el perfecto cuentista y sobre el cuento perfecto pero, ¿cómo los puede haber si hemos dicho que el relato es un género para experimentar? Yo creo que estas normas no hay que tomárselas en serio, se tienen que utilizar como punto de apoyo para, luego, hacer lo que quieras.

Puede que el binomio relato-experimentación tenga que ver con el hecho de que, al contrario de la novela, el relato no es un género de masas, sino que, como decía Hipólito G. Navarro, es un género para lectores verdaderamente literarios.

Es verdad que los cuentos son menos populares que la novela y esto tiene que ver con una tradición en la que se entendía que la novela podía explicarte el mundo; esta tradición tiene su origen en el siglo XIX, cuando surge esa necesidad de explicar la realidad y, por tanto, se presupone que se necesita un espacio, unos personajes y un contexto social, algo que, se suponía, solo podía ofrecer la novela. El cuento no explica la realidad, el cuento te da un atisbo, una intuición, y, en este sentido, es menos apto para la cultura general, hablado obviamente en términos generales.

Antes hablabas de un realismo escéptico. ¿El escepticismo de algunos de tus personajes tiene que ver con tú manera de mirar el mundo o la literatura?

Yo no creo en el escepticismo como posición vital. No recuerdo quien dijo que el escepticismo era el sistema de los haraganes: si no crees en nada, no tienes que hacer nada. Yo no me consideraría realmente escéptico o, por lo menos, procuro no serlo y procuro luchar con esta tendencia que está muy presente. Por lo que se refiere a mis personajes, te diría que me gusta trabajar con personajes que están algo confusos, perdidos, que no tienen una perspectiva clara y que andan por ahí flotando. Por esto, tiendo hacia ese personaje escéptico que no tiene nada en lo que creer: son seres arrojados al mundo e intentan orientarse.

Mundo extraño está construido casi como si fuera una pieza musical, con un intermezzo formado por cinco piezas breves.

Quizá porque imagino un libro de relatos como un proyecto de la misma manera que imagino una novela o un ensayo y no como una simple suma de relatos, me importa mucho el ritmo. Y no me refiero solo al ritmo dentro del relato, sino también al ritmo que crean los relatos entre sí, aunque esto luego no siempre se cumple en cuanto el lector coge el libro y lee los relatos en el orden que quiere.

José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad” 2
José Ovejero | Foto: Lisbeth Salas vía Páginas de Espuma

Sin embargo, si el orden tiene un sentido, el lector tendría que mantener ese mismo orden en el momento de la lectura tal y como hace en una novela.

Para mí, escritor, el orden es esencial, pero cuando soy lector ese orden no siempre lo respeto: ahora mismo estoy leyendo un libro de relatos y he leído, antes que ningún otro, el último porque era más breve y, al tener poco tiempo, estaba seguro de que podía acabarlo. Y esto no solo sucede en literatura: un compositor puede componer una pieza para escuchar sentado y con los ojos cerrados, pero esto no implica que los demás lo hagan. Puede haber alguien que escuche la pieza lavándose los dientes o haciendo cualquier otra cosa. Una vez compuesta la obra, el escritor pierde el control sobre cómo se va a leer, pero, como autor, sí puedo tener el control a la hora de ordenar los textos y crear el ritmo que busco.

En más de un relato, recurres a la primera persona, pero no es, al contrario de lo que está en boga, una primera persona autobiográfica. ¿Qué te aporta este tipo de yo?

Rara vez utilizo un yo autobiográfico, en este libro solamente en Los escritores que más me gustan se puede encontrar una mayor relación con el autor, es decir, conmigo. En mi opinión, el yo resulta muy interesante en personajes con los que es difícil empatizar, porque genera una tensión: el yo te fuerza a la empatía, pero como el personaje es tan desagradable o absurdo rompe la empatía y, por tanto, el lector se encuentra ante ese ser atraído y ser rechazado a la vez. Es muy fructífero, literariamente hablando, romper la comodidad del lector y, en cambio de dejar en una situación clara de empatizar o no empatizar, ponerlo en tensión entre estas dos tendencias.

En tu artículo Ocho escritoras feroces, subrayabas como valor a destacar de las autoras que mencionabas el hecho de que sus textos incomodaban al lector. ¿La literatura debe incomodar?

Yo no me atrevería a decir que la literatura tiene que hacer o ser algo, porque entraría en un territorio peligroso. El escritor tiene que hacer lo que le dé la gana; ahora bien, a ti como lector te interesan más determinadas formas literarias que otras. Creo que hay una literatura juguetona que no pone en tela de juicio nada y que, en momento dado, te puede apetecer leer, pero sé que, a mí, lo que me interesa son aquellas obras en las que se cuestiona quién soy, mi lugar en la sociedad, mis hábitos lectores y en las que hay una crueldad hacia el lector, es decir, en las que hay una frustración que lidiar.

Es justo lo contrario de lo que pide la literatura comercial.

Sí y por esto soy consciente de que no estoy escribiendo libros que son best seller. No me importaría vender 100.000 o 200.000 ejemplares, pero sé que ese no es el espacio natural de mis libros. Como tú dices, la mayoría de los lectores lo que quieren es que la literatura les consuele, que les entienda y que les tranquiliza… Estas claridades no son las mías.

Uno de los temas del libro es la insuficiencia del lenguaje para narrarlo todo y, al mismo tiempo, el intento de narrarlo todo.

El lenguaje es mi fracaso, pero lo que me interesa es, asumiendo que es imposible contarlo todo, intentarlo. En el último relato tiene una estructura circular precisamente porque creo que todo está conectado: no puedes contar un solo cuento, sino que, idealmente, tienes que contarlos todos, aunque sea imposible. Mi objetivo es que el cuento no se agote en el libro, sino en el lector.

Y esta voluntad de no agotar el relato se plasma es la suspensión del final.

Creo que hay varias razones que explica esta tendencia de no establecer un final fijo, la primera razón es que se ha producido un cambio generacional: después de Carver y de Foster Wallace, estamos en esa tradición más postmoderna según la cual el final o conclusión es imposible, en cuanto el final es una sobreinterpretación de la realidad.

Ahora que hablas de Carver, ¿lo hemos finalmente “matado” o sigue estando ahí como inevitable referencia?

Ahora hay la necesidad de matarlo, porque ahora Carver representa una tradición de la que hay que distanciarse. El escritor tiene que buscar sus propias formas, consciente de que no sólo él, sino toda su generación está buscando sus formas. Ahora nos hemos alejado de Carver y las influencias vienen más de Foster Wallace y, en cierto sentido, de Bolaño y no me refiero solamente a sus relatos, sino a su manera de concebir la narración.

El problema es que, luego, encontramos autores más “bolañistas” que el propio Bolaño.

Y lo que es más interesante es que, en muchos casos, esto sucede a los autores que no han leído a los autores que imitan. Una determinada manera de escribir se extiende tanto que alcanza también a quién no lo hay leído.

Tu editor, Juan Casamayor, sostiene que hoy en día hay grandísimas autoras de relatos. En tu artículo 8 escritoras feroces parecías afirmar lo mismo.

Es posible que hubiesen estado ahí siempre, pero no las veíamos. Lo que ha habido en los últimos años es una mayor visibilización de las escritoras. No digo que estemos donde tendríamos que estar, pero me parece que se ha prestado atención a escritoras que, quizá, antes hubieran pasado desapercibidas. Lo que sí puedo decir es que, últimamente, he leído varias autoras de cuentos muy buenas; la última, Liliana Colanzi, pero hay muchas más.

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Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma”

Borja Bauzá

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual de medios de comunicación tanto españoles –The Objective, entre otros– como extranjeros. Partidario del análisis sosegado frente al eslogan lapidario, ha dedicado más de dos décadas a investigar la relación que existe entre el medio ambiente y la política. Suyo es el libro Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia (Siglo XXI), publicado en 2008. También Real Green. Sustainability after the End of Nature (Ashgate), considerado el mejor libro del 2012 por la Asociación Española de Ciencia Política. Hace poco más de un año escribió La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI (Página Indómita), un ensayo en el que propone una reflexión sobre la influencia de las emociones en los sistemas políticos actuales.

Su último libro, Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), llegó a las librerías hace unos días. Trata, claro, del Antropoceno; un fenómeno que la cultura popular encuadra dentro de la ciencia ficción pero que los expertos se toman muy en serio desde que en el año 2000 el prestigioso químico Paul Crutzen lo presentase en sociedad durante un congreso internacional celebrado en México. Crutzen, y con él un gran número de científicos, considera que el planeta está abandonando el Holoceno, la era geológica en la que la especie humana ha conseguido prosperar gracias a unas condiciones climáticas estables, para adentrarse, precisamente a causa de la actividad humana, en el Antropoceno. Es decir: la colonización humana del planeta nos ha llevado hasta una nueva época geológica. Pero esta nueva era –avalada por la revista Nature  encierra un horizonte imprevisible. ¿Su manifestación más llamativa? El cambio climático.

¿Este libro debe leerse como un aviso a navegantes?

Puede llegar a cumplir esa función, pero no es la idea que tenía en la cabeza cuando me senté a escribir. Entre otras cosas porque se necesitan navegantes dispuestos a escuchar para que el aviso tenga efectividad. Precisamente, lo que busca este libro es introducir el Antropoceno en el debate público español.

En efecto, el Antropoceno es un concepto muy poco conocido en España. ¿Esa falta de interés también se da en los países de nuestro entorno? Me refiero a Alemania y Estados Unidos, lugares que conoces bien porque has investigado en ellos.

La falta de interés se da más en España. Alemania es un país con una conciencia medioambiental bastante fuerte. El otro día leí que en las últimas tres décadas el número de vegetarianos ha pasado del 0,1% al 10%. Es más, la primera exposición sobre el Antropoceno celebrada en el mundo tuvo lugar en el Deutsches Museum de Múnich. En cuanto al mundo anglosajón, se beneficia de que las discusiones suceden en inglés. Eso genera una cercanía entre el objeto de debate y las sociedades de esos países.

¿Por qué crees que en España no se discute este asunto?

Creo que la ausencia de un Partido Verde potente es un factor importante a la hora de explicar la poca conversación que hay en torno a la cuestión del Antropoceno. Y el poco debate que hay viene de la mano del cambio climático. ¿Cuál es el problema? Pues que la discusión que gira en torno al cambio climático está muy ideologizada, es muy poco racional y pasa por alto la gran cantidad de matices que encierra un asunto tan complejo. Tenemos que hablar más de las relaciones entre la sociedad y la naturaleza –las relaciones socionaturales– pero tenemos que hacerlo con sensatez.

En el libro explicas que los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar dónde se encuentra el origen del Antropoceno; cuándo habría comenzado esta nueva era. ¿Cuáles son las diferentes propuestas?

Lo primero que conviene aclarar es que la búsqueda del origen puede hacerse desde distintos presupuestos. El Antropoceno es un término geológico y por eso el presupuesto geológico es el principal, pero también hay otra dimensión que rastrea el origen basándose en las transformaciones provocadas por el hombre en el medio ambiente; el cambio climático, etcétera. Luego hay estudiosos que dicen que no se puede finiquitar el Holoceno tras ‘solo’ 11.700 años de existencia, y que por tanto sería más acertado referirse al Antropoceno como una nueva etapa histórica. En cualquier caso, el término ha llegado para quedarse.

Regresando a la pregunta, la cuestión del origen gira en torno a un planteamiento muy simple: si dentro de un millón de años aterrizan unos extraterrestres en la Tierra y se ponen a estudiar los sedimentos, ¿qué marcador les va a permitir establecer que en ese punto concreto comenzó el Antropoceno? Por un lado, está William Ruddiman sosteniendo que todo empieza con la revolución agrícola del Neolítico. El problema es que, según su tesis, el Antropoceno compartiría origen con el Holoceno. Que no habría Holoceno, vaya. Por otro lado están las hipótesis industrialistas, que defienden que el industrialismo es el momento en el que la intervención humana sobre el medio ambiente se radicaliza.

Luego hay autores que defienden el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquí estaríamos hablando de las bombas atómicas como el origen del Antropoceno. Este caso trae consigo una gran carga simbólica; al margen de la huella geológica que dejan los isótopos radiactivos de las bombas, éstas se asocian a un descubrimiento humano cuya peligrosidad salta a la vista. Por último, están quienes defienden el desarrollo tecnológico como punto de partida, y concretamente el motor de combustión. Como ves, existen varias opciones y el debate no está cerrado.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 1
Portada de Antropoceno. La política en la era humana. | Imagen vía Taurus.

Y cuando se cierre ese debate sobre el origen también sabremos, dependiendo de cuál sea ese origen, quién es el culpable, o el responsable, del Antropoceno…

Esta es una cuestión muy interesante. ¡Quién es el antropos del Antropoceno! Hay autores que sostienen que algunos grupos de seres humanos han sido más víctimas que actores en todo este proceso. Suelen ser los mismos autores que defienden un cambio de nombre para que el Antropoceno comience a ser conocido como el Capitaloceno; la era del capitalismo en lugar de la era del hombre. En el Capitaloceno el origen y los responsables saltan a la vista: la Gran Bretaña industrialista. Personalmente, no comparto este punto de vista, aunque me parece una crítica razonable si tenemos en cuenta que, efectivamente, hay grupos de personas que han sido mucho más influyentes que otros.

¿Cuál es tu punto de vista?

Que no podemos entender la intervención del ser humano sobre el planeta si no es en términos de especie. Porque hasta el más pasivo de los seres humanos interviene en su entorno. De hecho, tenemos pruebas que indican que las tribus aborígenes ya intervenían de manera agresiva –con arreglo a sus posibilidades tecnológicas– en las profundidades del tiempo amazónico. Como decía Karl Marx: hay un modo de ser de la especie humana que implica una adaptación agresiva al medio. Y esa adaptación agresiva está potenciada por rasgos como la sociabilidad, la capacidad de cooperación, la cultura o el lenguaje. Rasgos que nos abren la posibilidad de transmitir información entre miembros de una misma época, o incluso entre generaciones, y que andando el tiempo aumentan exponencialmente nuestra capacidad transformadora. Que esa capacidad transformadora haya surgido de manera más exitosa en la Europa del siglo XVIII no deja de ser una casualidad histórica. ¡En algún lugar tenía que producirse! Y por supuesto que hay tribus amazónicas que interactúan con su entorno de manera menos agresiva, pero lo hacen porque permanecen aisladas durante más tiempo; porque no reciben las herramientas que les permitirían obrar de manera distinta. Por eso yo no le atribuiría demasiado valor al hecho de que exista una tribu en Ecuador que parece vivir en armonía con su entorno.

Porque si les das un iPhone lo van a utilizar.

¡Pues claro! Por eso a mí me parece que la humanidad tiene que ser hasta cierto punto indulgente consigo misma. Hemos hecho algo, pero no sabíamos lo que estábamos haciendo. No sabíamos, por ejemplo, que estábamos provocando un cambio climático; no sabíamos que estábamos generando una contaminación oceánica; no sabíamos, en definitiva, que estábamos trayendo el Antropoceno. Sabíamos que estábamos alterando el medio ambiente, pero lo hacíamos porque nos habíamos dotado de aquellas herramientas morales y filosóficas que nos autorizaban a hacerlo. Pero es que eso es lo natural. Somos una especie arrojada al planeta que piensa que el planeta gira en torno a ella. ¿Qué vas a pensar? ¡No vas a pensar lo contrario! El argumento del designio –“la naturaleza está para que el ser humano la utilice”– viene de lejos: el Génesis, Aristóteles, Descartes… ¡Fíjate en Descartes! Él intensifica esta noción diciendo que el mundo animal está vacío de contenidos, que los animales son robots. El famoso mecanicismo filosófico.

Y deshacerse de esa herencia lleva mucho tiempo.

Sí, y también implica un ejercicio de reflexión que a lo que nos conduce es a decir: es verdad, hemos hecho daño, pero es que no podíamos haberlo hecho de otra manera. El dominio de la naturaleza no era una opción, era algo que el ser humano tenía que hacer para poder sobrevivir y para garantizar unas condiciones de vida razonables. Por eso creo que la protección del medio ambiente es un lujo que uno puede asumir cuando las necesidades principales han sido atendidas. Y por necesidades principales entiendo el conseguir un desarrollo económico que permita relajarse, que permita poder pensar en otras cosas.

Pero, en cualquier caso, ahora ya sí sabemos lo que hacemos. O las consecuencias que tiene aquello que hacemos.

Ahora sí. Antes no lo sabíamos pero ahora lo sabemos, o por lo menos empezamos a saberlo. Por lo tanto, vamos a pensar si no deberíamos hacer algunos cambios al respecto.

Así terminas el libro: diciendo que ahora que ya sabemos lo que hay conviene ponerse manos a la obra. Es decir, que te alejas de quienes piensan que la humanidad ni pincha ni corta y que, por lo tanto, no hay nada que hacer respecto al cambio climático y cuestiones parecidas. Pero también te distancias de quienes piensan que hay que intentar revertir el proceso a toda costa, antes de que sea demasiado tarde. Propones un camino alternativo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es lo siguiente: el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta. En el libro hago un recorrido por la historia planetaria en el que nuestra insignificancia queda demostrada. Un dato: el 90% de las especies que han existido desde el principio de los tiempos han dejado de existir. Es más, tenemos constancia de cinco extinciones masivas en las que el hombre no ha tenido nada que ver. Por tanto, se podría argumentar lo que ya dijo Sloterdijk: que la biología es tanatología. Pero también hay que escuchar a los autores que advierten contra la desestabilización del planeta que estaríamos provocando nosotros, la especie humana. A quienes dicen que estamos haciendo desaparecer las condiciones benignas del Holoceno y luego –en el Antropoceno– a ver qué nos encontramos. Estos autores son interesantes porque si el cambio climático se dispara las condiciones de habitabilidad del planeta se verán seriamente comprometidas.

¿Entonces qué crees que hay que hacer?

Antes de nada, hay que pensar en un horizonte temporal razonable. A mí me cuesta mucho conectar intelectual, psicológica y afectivamente con lo que pasó hace 536 millones de años. La cifra está bien para recordarnos que somos una anécdota, pero aquí de lo que se trata es de modificar ciertos hábitos y ciertos comportamientos en las relaciones socionaturales que nos permitan vivir bien durante el próximo milenio.

¿Eso no es lo que piden los partidarios del decrecimiento para intentar frenar el cambio climático?

El problema del cambio climático, como he dicho antes, es que es un debate fuertemente ideologizado. El escepticismo negacionista del que hablabas antes –los que piensan que la humanidad no tiene ni voz ni voto en esto– surge como respuesta al ecologismo radical de los años 60 que defendía desmantelar el sistema capitalista como la gran solución a todo. Para el ecologismo radical el cambio climático no es el protagonista, el protagonista es el capitalismo y el cambio climático sería entonces la herramienta con la que destruirlo. Frente a eso reaccionan desde el otro extremo ideológico diciendo que menuda estupidez y que lo único que quieren los ecologistas radicales es acabar con el capitalismo, y que como no saben cómo hacerlo pues recurren al cambio climático; ergo el cambio climático es mentira. Francamente, ambos extremos me parecen desaconsejables. Lo que pasa es que son los que más llaman la atención en un debate público tan polarizado como el actual.

Pero el cambio climático no es una opinión.

No, claro que no. Es una conclusión científica basada en el aumento de las temperaturas. Es verdad que en el pasado han existido fluctuaciones naturales del clima y que no se puede descartar totalmente que estemos ante un suceso similar. Es decir, que la culpabilidad del ser humano no es indiscutible. ¿Qué pasa? Pues que sí es muy probable por motivos que los paleoclimatólogos te explican al trazar un paralelismo entre los niveles de dióxido de carbono que circulan en la atmósfera y el aumento de las temperaturas. En todo caso, existe un cambio climático. ¿Que haya sido causado por el hombre es una hipótesis? Técnicamente sigue siendo una hipótesis. Lo que pasa es que es una hipótesis con altísimas probabilidades de ser cierta. Por eso no tiene sentido partir de su negación. No podemos seguir discutiendo si existe o no el cambio climático. Existe, claro que existe. Y como parece razonable esperar que la causa sea el ser humano y sus múltiples actividades, sería un error no hacer nada confiando en que sea lo contrario. Hay que hacer una apuesta a la manera de Pascal. Si apuesto que no existe, o que sí existe pero que el ser humano no puede hacer nada al respecto, y luego resulta que sí podía, pierdo la apuesta. Si resulta que hago algo y resulta que puedo hacer algo, gano la apuesta. Y si resulta que hago algo pese a que no sirve de nada hacerlo porque no depende de mí, bueno, tampoco he perdido nada.

Como invitar a alguien que te gusta a tomar un café. El “no” ya lo tienes.

¡Exacto! El “no” ya lo tienes. Así que lánzate, prueba. O ganas o, en el peor de los casos, te quedas como estabas.

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Manuel Arias Maldonado en las oficinas de Penguin Random House. | Foto: Borja Bauzá.

Pero regresando a los partidarios del decrecimiento. En lo fundamental –que hay que hacer algo– estáis de acuerdo. ¿Qué te chirría de su postura?

Las teorías que defienden el decrecimiento sostienen que el único curso de acción pasa por desmantelar la sociedad tal y como la conocemos. Primero, esa es una reacción desproporcionada. Y segundo: no vas a encontrar apoyo electoral en ningún sitio.

Pero los partidarios del decrecimiento sostienen que se nos acaba el tiempo y que hay que pisar el freno de inmediato. ¿Tú ves margen de maniobra?

Vamos a ver. ¿Tenemos una cantidad finita de recursos? Sí. Pero frente al pesimismo que dice que cuando se acaben esos recursos se han acabado y ya está, yo me pregunto: ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Quién te iba a decir a ti que el grafeno iba a ser utilizado para la tecnología? ¿Y cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina? Sí, quizá se termine algún día, pero es posible que para entonces ya tengamos alternativas. La capacidad del ser humano para encontrar soluciones tecnológicas está suficientemente probada.

Es una postura esperanzadora. Sin embargo, el panorama actual –las renovables que no terminan de despegar, la crisis de las nucleares en Alemania, Donald Trump y su política medioambiental– invita a muchos decrecentistas a plantearse medidas drásticas. ¿A ti ese horizonte plagado de baches no te invita al pesimismo?

Invita al realismo. Una forma muy fácil de responder a esa objeción del horizonte plagado de baches es que el propio decrecimiento se encontraría con deficiencias en su aplicación práctica que dejarían en entredicho el ideal en el que se basa. Me estoy refiriendo, concretamente, a la ecotopía: ese sistema basado en pequeñas comunidades en el que todos viajaríamos menos, comerciaríamos menos y en el que nuestra convivencia con el medio ambiente sería mucho más armónica.

Un regreso al Paleolítico.

Ahí tienes a John Cerzan, que defiende que nunca hemos estado tan bien como en el Paleolítico. O al propio Yuval Noah Harari, que dice que la Revolución Neolítica fue un desastre para la humanidad. Pero no, no llega hasta ese extremo.

Lo que defienden quienes defienden la ecotopía es lo mismo que ya predicaba el socialismo primitivo del XVIII: una utopía romántica, de tintes rousseaunianos, que sobre el papel puede ser muy atractiva pero que en la práctica daría muchísimos problemas. Como digo, esa es la primera objeción que se le puede plantear al ideal decrecentista.

Una segunda objeción sería la cola de gente –sociedades enteras– que está esperando su turno para entrar a formar parte de la era del progreso y del desarrollo. Negarles esa posibilidad sería injusto. ¡Imagínate! Los occidentales hemos impuesto primero un paraíso tecnológico y ahora queremos pulirlo de un plumazo y apostar por la ecotopía.

En tercer lugar, no hay campaña política que pueda sostener una promesa electoral basada en tener menos y vivir peor. Es imposible. El propio fracaso político del ecologismo en su vertiente más catastrofista así lo atestigua. Lo que pasa es que es un discurso atractivo, a todos nos gusta leer sobre eso y Naomi Klein vende muchos libros. Pero en la práctica se estrella.

Hombre, puede haber elementos concretos de esa propuesta que sean viables. Tratar mejor a los animales, por ejemplo.

No creo que el decrecimiento tenga demasiado que ver con la política animalista. Es uno de los problemas que ha causado esa ideologización que te decía antes: convertir temas que no tienen ideología en posturas ideológicas. ¿O es que la simpatía hacia los animales es patrimonio exclusivo del votante del Partido Verde? ¿A los conservadores no les gusta un paisaje bonito? Es absurdo.

El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo. Pero claro que hay que concienciar contra el maltrato animal y, en la medida de lo posible, evitar que determinadas tribus africanas piensen que los cuernos de rinoceronte tienen virtudes medicinales.

Lo que en el libro defines como Ilustración Ecológica.

Eso es. Y por lo tanto no entiendo que determinados temas tengan que estar ideologizados. Politizados claro que sí, porque deben estar en la agenda pública para que, entre todos, podamos plantear soluciones. Preservando, y esto es importante, los valores tradicionales de la sociedad liberal. No me refiero a la posición ultra liberal según la cual el crecimiento económico es un fin en sí mismo. A eso tampoco le encuentro demasiado sentido y John Stuart Mills estaría de acuerdo conmigo. Pero hay ciertos valores que deberíamos querer preservar, y que son básicamente la libertad, la autonomía y la igualdad, al tiempo que garantizamos unas condiciones materiales adecuadas para la humanidad. En este contexto el crecimiento económico es un medio, no un fin.

En el libro propones un sistema basado en la gobernanza global. Luego, en paralelo, estaría el debate público. Corrígeme si me equivoco, pero la sensación que transmite esa propuesta es que los líderes políticos podrían llegar a imponer el sacrificio de algunas comodidades personales en nombre del bien común. ¿Es así?

Es así. De todos modos, y antes de contestar, permíteme un matiz: conviene tener en cuenta que la sociedad tiene capacidad para auto-organizarse y que no todo tiene por qué estar legislado. En eso los liberales siempre han tenido razón. Te pongo un ejemplo: el desarrollo económico trae consigo una corrección de la maternidad en las sociedades pobres. Es decir, que la gente pasa a tener menos hijos. Y eso es positivo para el planeta. Por ahora solo África escapa a esta tendencia, pero en Asia, Europa y Latinoamérica la natalidad va a la baja. Seguirá creciendo durante algunas décadas, pero ya se vislumbra lo que los norteamericanos llaman el peak child, momento a partir del cual empezará a descender.

Y respondiendo a tu pregunta, lo que es innegable es que el Antropoceno es un efecto de especie; es la suma de muchísimas acciones individuales a lo largo del tiempo lo que provoca determinados efectos globales. Es decir: tenemos que ser conscientes de que nuestras acciones individuales, íntimas incluso, tienen una vida privada y una vida pública. Ducharse con agua caliente, tener hijos o conducir un coche es una acción privada. En un marco liberal, nadie debería pedirle cuentas a nadie por ello. ¿Qué pasa? Pues que si sumas todas las duchas calientes del mundo o todos los coches del mundo tienes un efecto global. Se convierte en un problema colectivo.

Entonces la pregunta sería: ¿podemos democratizar el Antropoceno?

Me lo pregunto constantemente. Existe un problema: la distancia entre magnitud del objeto –el cambio climático, por seguir con el mismo ejemplo– y la idea de unos individuos que deliberan y votan en su pequeño país. Por eso cualquier política climática debe ser geopolítica, global. Eso no quiere decir que las acciones locales no tengan importancia. La tienen. Pero es un asunto que requiere una perspectiva global. Y con esto vuelvo a tu pregunta anterior: someter a una votación ordinaria nuestras condiciones de supervivencia me parece una incongruencia.

El Antropoceno tiene dos dimensiones. La primera dimensión es la deseable; en qué sociedad queremos vivir refinando nuestras relaciones con el medio ambiente. La segunda dimensión es la indiscutible; qué sociedad necesitamos para sobrevivir. ¿Hay que cerrar la capa de ozono? Hay que cerrar la capa de ozono. ¿Podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos? No podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos. Así es como surge el Protocolo de Montreal, pensado para restringir un tipo de actividad que descubrimos en un momento dado que es dañina para el medio ambiente y que, además, compromete la habitabilidad del planeta.

El Protocolo de Montreal representaría, por tanto, la gobernanza global que defiendes. Sin embargo, lo establecido por el Protocolo de Montreal no sentó bien a todo el mundo.

Siempre habrá personas con intereses, o que sencillamente están acostumbradas a un modo de vida, que no toleran bien los cambios que les van a afectar en lo personal. Por eso protestan. Pero el tiempo ha dado la razón al Protocolo de Montreal. Lo que yo planteo es que tiene que haber una dimensión de la política climática sujeta a la gobernanza global; agencias medioambientales internacionales con representantes de los distintos gobiernos, por ejemplo, que aseguren que ciertos límites planetarios como la temperatura o la desertización no traspasan determinados umbrales. Una vez tengamos esos mínimos garantizados, podemos hablar de lo deseable. Es decir: podremos debatir sobre cómo queremos que sean nuestros entornos urbanos, qué queremos comer, cómo queremos que se trate a los animales que nos comemos, cuántos paisajes hay que preservar, cuánta naturaleza queremos conservar más allá de la que necesitamos conservar, etcétera. Pero sin supervivencia no hay deseabilidad que valga y por eso la voz de los expertos es fundamental. Y a veces ésta tendrá que comunicarse directamente con los organismos internacionales, al margen del debate público.

En el libro arrojas un dato curioso: dentro de unas décadas el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. También dices, al respecto, que esto es una buena noticia para el planeta. ¿Qué lectura haces de la nostalgia hacia el mundo rural que parece recorrer la sociedad española?

La nostalgia por la vida en el campo, que muchos asocian a una vida más sencilla, es un clásico del pensamiento occidental y probablemente responda al subconsciente colectivo de una especie que viene de la sabana. Es, también, una expresión de nuestro disgusto ante las dificultades que presenta la vida urbana. Pero si tan bien se viviese en el campo, el campo no estaría quedándose sin gente. Esta contradicción me invita a pensar que estamos ante un anhelo más que ante una preferencia meditada. Por otra parte, yo siempre hago mucho énfasis en no asociar lo natural con lo natural-salvaje, o lo que los norteamericanos llaman wilderness. La naturaleza también se encuentra en las ciudades.

En Nueva York me sorprendió encontrar grupos de observadores de aves –birdwatching, como dicen allí– en Prospect Park, el parque gigantesco que tienen en el corazón de Brooklyn.

¡Y en el libro cito un paper sobre un grupo de observadores de aves en Filadelfia! Pero es que es verdad: si queremos seguir manteniendo la idea de naturaleza en nuestras vidas, y si queremos cuidarla, es necesario que no pensemos que la naturaleza se encuentra al margen de la sociedad. Lo que tenemos fuera de las ciudades será, en todo caso, naturaleza de otro tipo. El wilderness que comentaba antes.

Volviendo al despoblamiento del campo. ¿Es realmente tan positivo?

Abre ciertas oportunidades. Y es una gran noticia para aquellos ecólogos que defienden la necesidad de crear corredores continentales entre zonas naturales en los que no exista intervención del hombre; corredores que permitan a las especies vivir y transitar libremente. Edward Wilson, por ejemplo, sostiene que la mitad del planeta debería estar dedicado a este fin; no dice que haya que partir el globo en dos, sino que es menester crear una reserva natural cuya superficie equivalga a la mitad del planeta. Puede parecer una idea descabellada, pero no imposible dado el ritmo de urbanización al que vamos. El debate público va muy desencaminado: existe la impresión de que la humanidad no hace más que crecer cuando en realidad no es así. El otro día leí que Japón va a pasar de 126 millones de habitantes a 85 millones en los próximos 50 años. ¡El peak child! Esa reducción de la población y ese agrupamiento de seres humanos en contextos urbanos tiene virtudes ecológicas porque facilita la creación de espacios donde la naturaleza se recupera gracias a la ausencia del ser humano.

Termino. Argumentas que a más modernidad más posibilidades de que el Antropoceno resulte una buena época en lugar de una era plagada de catástrofes. ¿A qué te refieres con más modernidad?

Sobre todo, a la innovación tecnológica destinada a lidiar con asuntos climáticos. Lo que se conoce como “ingeniería del clima”, aunque personalmente no me sitúo en esa posición tan radical que argumenta que esa es la única opción capaz de contener y reducir el cambio climático. La tecnología es imprescindible, sobre todo aquellas iniciativas como la biomímesis –la imitación de determinados procesos naturales– que no caen en extravagancias como la de reducir nuestro tamaño para reducir, a su vez, nuestra huella ecológica. Pero no basta con la tecnología. Se requiere una perspectiva política, porque sin riqueza no vamos a ser sostenibles, y también el convencimiento de que no se puede entender el medio ambiente y la sociedad como figuras antagónicas, sino como parte del mismo entramado. El entramado socionatural.

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