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Un videoclub de barrio planta cara a quienes quieren gentrificar Barcelona

Beatriz García

Foto: Andrea Huls
The Objective

Pese a las amenazas y los intentos de desahucio, el mítico videoclub Cíclic del distrito de Ciutat Vella se ha convertido en un emblema de lucha vecinal y cine de culto a precios populares.

En el corazón gentrificado de Barcelona, en el barrio de La Ribera (Ciutat Vella), una pequeña “gran” Galia de amantes del cine de autor y sus vecinos lucha desde hace tiempo por convertir el mítico videoclub Cíclic en un cine de barrio y un espacio comunitario, pese a las amenazas constantes e intentos de desahucio de los propietarios del inmueble. Bienvenidos a la Sala Cíclica, donde las pipas con las que el artista chino Ai Weiwei inundó el Tate Modern de Londres se han transformado en símbolo de cultura popular y unión vecinal.

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Las pipas de porcelana de Ai Weiwei son la imagen del proyecto. Imagen por: Andrea Huls.

David Cabrera, el propietario de Cíclic, le da un aire al protagonista de El Gran Lebowski, aunque de The Dude no tenga más que las barbas y algunas muletillas y palabras de su invención –“especuleitors”- que lo convierten en uno de los personajes más peculiares y encantadores de la calle del Rec Comtal. Cuando lo conocí, en 2014, me explicó su idea de donar al barrio el fondo de 15.000 deuvedés del videoclub. Hoy el sueño de este antiguo publicista de éxito, que un buen día se cansó de vender zapatillas y lavadoras y acabó abriendo un videoclub, va camino de hacerse realidad.

El goteo de socios que entran en el Cíclic es constante. Al videoclub acuden familias, grupos de chavales y ancianos solos que pasean entre los estantes buscando películas que jamás encontrarás en un blockbuster: cine de culto, documentales, videoactivismo y videoarte, historia del cine, material de festivales publicitarios… Un tesoro que empezó con 300 películas de su colección privada y que lo ha convertido en todo un ‘dealer audiovisual’ de muchísimas productoras durante sus 14 años de romántica resistencia.

De los 12.000 socios del videoclub, al menos un 30% ha tenido que marcharse del barrio a causa del aumento del precio del alquiler.

“El romanticismo es lo que vincula el amor con la muerte. En el siglo XXI es imposible hacer sostenible un videoclub, pero nuestra intención fue montar una videogalería con pelis que teníamos en casa y nos fue bien, al menos ganamos lo justo para reinvertirlo en el fondo”, admite; aunque hubo momentos duros en que tuvo que pluriemplearse para sacar adelante el videoclub.

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El goteo de clientes es constante en este videoclub, que aspira a convertirse en un espacio comunitario para el barrio. Imagen: Andrea Huls

Hace dos años, Cíclic decidió que tomaría un nuevo rumbo: “Estudiamos modelos sostenibles en otras ciudades de Europa y Estados Unidos y decidimos transformarnos en una cooperativa con una programación de ciclos de cine y actividades, que enriqueciera el diálogo sobre grandes temas. Partimos del catastro del barrio para saber cuánta gente a nuestro alrededor estaba en una situación de riesgo de exclusión por una cuestión socioeconómica y nos dirigimos a ellos; a esos colectivos que nada tienen que ver con el objetivo de las súper empresas gentrificadoras que han barrido esta calle”.

De los 12.000 socios del videoclub, al menos un 30%, la mayoría inmigrantes, dice David, ha tenido que marcharse del barrio a causa del aumento indiscriminado del precio de los alquileres y la compra de inmuebles por grandes empresas que operan con un “capitalismo salvaje”. “El tema de la gentrificación es curioso, porque se ha popularizado cuando ha empezado a afectar a la clase media, que es el objetivo preferente de los que quieren enriquecerse a causa de la fractura social”, cuenta. Ahora, en la calle de Rec Comtal, y por extensión en el distrito de Ciutat Vella, se vive un clima de violencia contenida por culpa de los ultra lujos y el clasismo que, poco a poco, están devastando el barrio. Un lugar exclusivo y excluyente.

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Más de 15.000 deuvedés en sus estantes. Imagen: Andrea Huls.

Resistir pese a las amenazas

De los intentos de desalojo que ha vivido este pequeño negocio, el último de todos, ocurrido el pasado 12 de julio, fue el más violento. Unas ochenta personas, entre vecinos y socios, se congregaron a las puertas de Cíclic para impedir que entrase la Policía, junto a la comitiva judicial y los representantes de la propiedad. “Me dijeron: ‘¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?’ ‘Hasta la última de mis fuerzas’, les contesté. No agrediré a nadie, pero dudo que estás personas se queden de brazos cruzados si alguien me golpea por querer montar un cine de barrio. Querían traer furgonetas cargadas de mossos de esquadra para desalojar un local donde sólo había familias y vecinos intentando detenerlos”, cuenta.

Me dijeron: ‘¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?’ ‘Hasta la última de mis fuerzas’, les contesté.

Teme que el próximo desahucio pueda ser el definitivo, por eso ha lanzado una campaña de crowdfunding en Goteo para recaudar la ayuda que necesita e instalarse en el mismo barrio, eso sí, a unos 50 metros de donde se encuentra ahora. “El primer propietario del local nos quería echar a toda costa y enviaba cada dos por tres a sus subasteros; el dueño actual nos dijo que ya le iba bien el videoclub y al cabo de una semana supimos que quería montar un restaurante. ¡No les importa nada lo que pase en los barrios!”.

“Estos mafiosos llegaron a decirme una vez que si estuviera en Brasil ya me habrían roto la cabeza” – David Cabrera.

Aunque lo peor son las amenazas. Un día antes de que esta entrevista tuviera lugar, unos desconocidos incendiaron el buzón de devolución de películas. ¿Casualidad? “No creo en las posibilidades, sino en las probabilidades, y es raro que dos días después de reabrir para informar a nuestros socios de nuestra campaña se haya producido algo semejante. Las vecinas salieron con sus sillas a la calle para apoyarnos. No nos rendimos. Una vez me llegaron a decir que si viviera en Brasil ya me habrían roto la cabeza”.

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La cooperativa estudió las necesidades de los vecinos del barrio para crear programar ciclos de cine y actividades. Foto: Andrea Huls

Sin embargo, el Ayuntamiento de Barcelona apuesta por el proyecto y ha brindado a Sala Cíclica su ayuda para crear un plan de empresa sostenible. “Por suerte, tenemos un ayuntamiento sensible con la realidad de la calle”.

Talleres de empoderamiento tecnológico, ‘clubs’ de lucha de clases, ciclos de cine programados por los propios socios de la Sala Cíclica y un espacio semanal que se cederá a otras entidades del distrito, desde las dedicadas al arte, el diseño y la innovación, la nueva economía o las ONGs. Esto es lo que pretenden conseguir los cuatro socios principales y alrededor de un centenar de futuros colaboradores que forman la cooperativa, que ya cuenta con el apoyo de instituciones como el Hospital Vall d’Hebron, el Observatorio Fabra o el Parque Biomédico de Barcelona.

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Cíclic ha lanzado una campaña de ‘crowdfunding’ y necesita el apoyo de todos. Imagen: Andrea Huls.

Un proyecto social inspirado en salas como el Numax de Santiago de Compostela, que David Cabrera y el resto de socios espera que cubra algunas de las necesidades más acuciantes del barrio: integración, inclusión, una oferta sociocultural de calidad y un lugar donde los vecinos puedan socializar “y no tengamos que pagar cuatro euros por una caña”.

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Polaroid, elepés y libros: las drogas analógicas del boom digital

Ariana Basciani

No es casual que series ambientadas en décadas anteriores como Mad Men o Stranger Things hayan tenido éxito en pleno auge de la era digital. En 2005, Stephen King escribía: “tarde o temprano todo lo viejo es nuevo otra vez”. Hoy esta frase se convierte en premisa para entender fenómenos y dispositivos analógicos dentro del mundo digital.

En el libro The Revenge of Analog (2016), el periodista David Sax afirma que los productos analógicos no se van a ningún lado, ya que este nuevo fenómeno de revival no es solo un simple caso de nostalgia o algo inventado en las calles por el esnobismo hipster; es algo más complejo. Según Sax, lo analógico aporta experiencias placenteras que difícilmente la era digital, como actualmente la conocemos, puede llegar a crear.

La experiencia física de lo analógico

La premisa de Sax nos recuerda que el ser humano actúa por sensaciones y pulsiones, cosa que el mundo digital nos da a cada rato en cápsulas de información que, sin embargo, no podemos sentir ni poseer físicamente.

Un ejemplo básico es que con la era digital hemos podido sacar miles de fotografías o guardar cientos de mp3 sin necesidad de tocar lo que producimos y poseemos almacenado, está simplemente encerrado en una caja o en un chip dentro del móvil o el ordenador. Joan Fontcuberta afirma en La Caja de Pandora que las fotografías analógicas de papel, las de toda la vida, “tienden a significar fenómenos”; no es de extrañar que el nuevo deseo de realizar fotografías con una cámara, Polaroid, por ejemplo, se le una el aumento de ventas de elepés y libros en España y, a esto se le llame “fenómeno de ventas”.

“La elección que enfrentamos no es entre digital y analógico”

Podríamos pensar que es el mercado quien nos ha convertido en unos seres que lo único que anhelamos es poseer; sin embargo, estas voracidades van más allá del sistema económico. “La elección que enfrentamos no es entre digital y analógico,” afirma Sax. “Esa dualidad simplista es en realidad el lenguaje a lo que la era digital nos ha condicionado: una elección binaria falsa entre 1 y 0, blanco y negro, Samsung y Apple. El mundo real no es blanco o negro. Ni siquiera es gris. La realidad es multicolor, con textura infinita y con capas emocionales.”

Posiblemente es lo análogo la representación de nuestra naturaleza como seres humanos: esa menos eficiente, imperfecta y más lenta que la digital, esa conexión con el mundo, esa naturaleza que crea y que posee, esa satisfacción. Las tradiciones no se acaban de un día para otro, es el caso de los que leen en papel o los que ven cómo se revela una foto en sus manos.

Foto: Dave Bleasdale via Flickr bajo Creative Commons.
Foto: Dave Bleasdale via Flickr bajo Creative Commons.

Polaroid, elepés y libros, tres casos

Polaroid dejó de fabricar cámaras en 2008 y fue gracias a Impossible Project, una compañía con financiamiento de Kickstarter, que se pudo comprar la última Polaroid. Sin embargo, la fábrica de Impossible Project se convirtió en un centro de innovación y lanzó en 2016 la Polaroid que irrumpía en el siglo XXI. Oskar Smolokowski, CEO de Impossible Project, con sus tan solo 26 años aseguraba al Financial Times: “Empezamos con salvar de la extinción la película instantánea. Pero realmente creemos que el formato análogo tiene sentido en 2016. Queríamos una nueva cámara para darle empuje al formato y también un futuro”.

Ya el futuro se adueñaba de jóvenes empresarios que creían en darle continuidad a formatos exitosos del pasado. En el caso de la música y los libros de papel el caso se ratifica con los usos y ventas.

“Tarde o temprano todo lo viejo es nuevo otra vez”

Según Global Music Report  que provee PROMUSICAE en español, en la península ibérica se lanzaron 1,1 millones de elepés en 2015, lo que implica un crecimiento del 54% con respecto al 2014. Aunque es una cifra que sigue siendo modesta si pensamos en los 67,6 millones de euros generados por las ventas digitales, nos recuerda que los melómanos exigentes siguen vivos apoyando lo analógico por cuestiones de calidad, más que de comodidad e inmediatez, claras características de la música en streaming.

Respecto a la lectura en dispositivos digitales, el Global Web Index en Readmagine 2016 diagnostica a España como líder mundial en consumo de e-readers y tabletas; sin embargo, el informe de lectura en España 2017 creado por la Federación de Gremios de Editores de España ve al soporte libro imbatible, el papel se resiste al ebook. En 2015, según el informe anual de la distribuidora barcelonesa Libranda, la venta de textos para pantallas generó en España alrededor de 30 millones de euros, pero, el negocio del libro en papel se elevó a 900 millones de euros, pese a que el coste medio del libro electrónico se redujo de los 9,6 euros en 2010 a los 6,2 euros en 2015.

El 2016 fue el año del Pokemón Go. La sutileza que encontramos en esta app es que reivindica la nostalgia de la interacción de los juegos de mesa al tener que salir a la calle para poder ganar puntos y “cazar pokemones”. A eso se le suma que su personaje principal es un animé de 1997 que solo conocen los treintañeros de hoy en día.

Quizás este deseo de interacción humana y lograr un sentido de comunidad es uno de los anzuelos que atraen a la gente a las librerías de barrio o a las pocas tiendas de venta de discos, donde los usuarios pueden obtener recomendaciones de expertos de carne y hueso, más allá de un algoritmo. Apegándonos al pensamiento de David Sax, no es de extrañar que cuanto más tiempo pasamos en un mundo digital, lleno de clics, bots y fake news, más personas han comenzado a reconocer el valor de las interacciones cara a cara. ¿Será así por siempre o debemos esperar al encuentro de la realidad virtual? El tiempo decidirá. Por los momentos, disfrutemos de ese reencuentro con el pasado, de lo que conocemos.

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7 elementos de cultura pop para conocer a Charlie Manson

Nerea Dolara

El asesino y líder de un culto se convirtió en icono pop y ha sido el sujeto de muchas creaciones culturales. Ahora que ha muerto te recomendamos desde libros hasta podcasts sobre este tenebroso personaje que tanta obsesión ha generado desde los sesenta.

No es un secreto que los asesinos despiertan una oscura curiosidad en la gente “normal” (véase Seven o más recientemente Mindhunter, por ejemplo). Tampoco lo es que gracias a esa pulsión la cultura les ha dedicado muchas horas y páginas a sabiendas de que siempre habrá personas interesadas en saber más. Uno de los asesinos que se ha mantenido como una enorme figura influyente, incluso tras años de cárcel, es Charles Manson. El hippie que quería ser músico y que terminó liderando varios sangrientos asesinatos murió esta semana, pero su presencia sigue siendo amplia y poderosa en la cultura. Manson y sus crímenes están en todos los géneros y aquí revisamos su presencia en la cultura y qué puedes mirar, leer o escuchar si quieres descubrir su larga influencia en la cultura.

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Un libro

Las chicas tuvo un éxito inusitado el año pasado. No es de extrañar. La primera novela de Emma Cline relata, con nombres cambiados, la experiencia de una chica de clase media que deja su casa para unirse a un grupo de casi adolescentes que viven con un gurú, una clara referencia a Manson y La Familia. La novela retrata con maestría el momento histórico y la capacidad de Manson de atraer, seducir y someter. Su cariño y su violencia, su volátil personalidad. Y retrata a las chicas, todas amantes, todas jóvenes, todas perdidas. Una novela que no romantiza un tiempo que muchas veces se ha visto como idílico, que relata una historia dura y a la vez capaz de enganchar.

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Un disco

The Downward Spiral, de Nine Inch Nails (1994), no sólo recicla letras de Mechanical Man, una canción de Charles Manson, e incluye una colaboración con Marilyn Manson (cuyo apellido falso proviene claramente del nombre del asesino), sino que se grabó en 10025 Cielo Drive, la casa en que Sharon Tate y sus amigos fueron brutalmente asesinados y donde Trent Reznor construyó un estudio al que llamó Pig (en referencia a las pintadas que los asesinos dejaron en las paredes). Reznor luego reconoció que tal vez esto fue un error. The Guardian lo cita explicando que poco después se encontró con la hermana de Tate que le reclamó por explotar la muerte de Sharon. “Por primera vez pensé: ¿Y si fuese mi hermana?. Pensé: Que se joda Charlie Manson. No quiero que me vean como alguien que apoya a un asesino en serie”.

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Un ensayo

The White Album es un extenso ensayo en que Joan Didion analiza -posteriormente, se publicó en los setenta pero habla de su vida en la California de los sesenta- el fenómeno hippie y de la contracultura en California y su vida en ese tiempo. Los asesinatos perpetrados por La Familia aparecen en el libro y Didion los identifica como los responsables de la muerte de un momento, de un espíritu libre y despreocupado. California se llenó de paranoia y miedo. Y cuando Manson, el perfecto ejemplo del hippie descarrilado (el discurso dominante en los medios) fue detenido, el flower-power recibió su última estocada. Didion entrevistó a Linda Kasabian, una de las asesinas y amantes de Manson, más de una vez, de hecho le compró el vestido que llevó a su juicio. Y en el libro relata estas conversaciones.

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Una serie

Aquarius no tuvo demasiado éxito, pero claramente cuenta la historia de los comienzos de Manson y lo que va a venir después. Un policía, completamente conservador y que rechaza a los hippies, interpretado por David Duchovny, sigue la pista de una adolescente desaparecida que se une al grupo de un gurú. La serie se toma libertades, pero resulta un ejercicio interesante.

Una canción

Death Valley 69, de Sonic Youth, hace referencia directa a Manson, La Familia y los asesinatos. La canción fue llamada por Rolling Stone “la mejor fusión de punk y estética de película de terror que ha hecho la banda”.

Un podcast

You Must Remember This es un excelente podcast sobre historia de Hollywood que hace Karina Longsworth, antigua jefa de cultura del L.A. Times. ¿Qué hace la historia de Charles Manson en su podcast? La serie de 10 episodios sobre el asesino existe en sus archivos porque, como sabrá casi todo el mundo, los discípulos de Manson mataron, entre otras personas, a la actriz Sharon Tate, esposa de Roman Polanski. Las muertes afectaron no sólo al país y al verano del amor, que mucha gente considera que murió en ese instante, sino al mundo del cine. Profundamente investigada, la serie relata la completa historia de Manson y cómo pasó de ser un extraño y violento aspirante a músico a líder de un culto con tendencias asesinas. Una joya del periodismo y un excelente retrato de ese tiempo y este personaje.

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Una película

Manson (1973) es un documental nominado al Oscar en que el cineasta, Robert Hendrickson, tuvo total acceso al rancho que era hogar de La Familia y entrevistó a sus miembros antes, durante y tras los juicios por los asesinatos Tate-LaBianca. También habla con ex miembros de la familia y muestra segmentos de noticias y análisis del momento en televisión. El documental presenta la visión que tienen los seguidores de su líder y de lo que defiende. Interesante y aterrador.

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Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Benedict está acostumbrado a firmar sus libros con el apellido Wells, pero lo que la verdad oculta es que se apellida von Schirach y que Wells, más que un alias artístico, es un homenaje al personaje de John Irving en Las normas de la casa de la sidra. Lo escogió con un motivo poderoso: “Él es la razón por la que escribo”.

Benedict Wells (Múnich, 1984) –uno de los autores más reconocidos en Alemania– ha estado en España por la publicación en castellano de su última novela, El fin de la soledad, a cargo de la editorial Malpaso, y es un hombre de rostro tranquilo, alto y delgado, con el pelo frondoso y castaño, que esconde tras de sí una historia fascinante. En el libro queda mucho de esa esencia y desde bien pronto, apenas en el segundo capítulo, viene a decirnos cómo se rompe una familia en mil pedazos después de que tres hermanos preadolescentes –Marty, Liz y Jules– pierdan a sus padres en un accidente de tráfico, sin otra salida que continuar con sus vidas en un internado público.

Cuando Benedict escribe sobre la soledad, lo hace desde el corazón y desde el estómago. Benedict supo desde joven que quería ser escritor y con 19 años se fue de Múnich a Berlín, que en 2003 era “una ciudad barata”, “perfecta para la gente que, como yo, no tenía dinero”, tomando un camino que nadie le aconsejó. “Mi vida era miserable”, recuerda. “No fui a la universidad. Los primeros años tras el instituto los viví muy solo, en un apartamento horrible, con la ducha en la cocina. Trabajé en varios empleos temporales, y escribía por las noches. Trabajé de camarero, en la taquilla de un cine, de recepcionista en un hotel, más tarde en un show televisivo que estaba bien, pero al que tuve que renunciar porque no me dejaba tiempo para escribir. No tenía otra vida. Sentía que debía invertir todo mi tiempo en escribir”.

Y continúa: “Hay mucha gente con talento. Pero, para mí, el talento no era el campo en el que podía marcar la diferencia. Lo único que estaba dentro de mi área de control era mi voluntad y mi esfuerzo. Pensaba que nadie estaba tan loco con 19 años como para tener esa vida solitaria y extraña de escribir todo el tiempo. Pensaba que muy pocas personas podían mantener ese ritmo después de dos años. Dediqué todo lo que tenía a la escritura y, después de un par de años, vi que era mejor que cuando comencé. Aun así, seguía pensando que necesitaba dos o tres años más, quizá cuatro. Mi vida era muy solitaria. Tan solitaria que podía pasar cinco semanas sin hablar absolutamente con nadie. Allí estaba yo, solo y escribiendo”.

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Portada de ‘El fin de la soledad’, de Benedict Wells. | Imagen: Malpaso

Lo más difícil de todo aquello, cuenta, más incluso que la reclusión y el olvido, era el modo amargo en que sus amigos y familiares renegaban de su esfuerzo. “Nadie me entendía”, dice, con gesto serio. “No podía demostrar que tenía el talento necesario. Habían pasado cuatro o cinco años y seguía sin publicar. Tenía 23 y algunos amigos veían mi apartamento, veían que no estudiaba, que no tenía una red de seguridad, y me decían: ‘Vamos, tienes que buscarte algo más estable’. La presión estaba ahí y era tal que estuve pensando en salir de Alemania. En cada conversación había un recordatorio de mi fracaso. Mi gran ventaja, de algún modo, era que mis padres no tenían dinero, así que podían apoyarme emocionalmente, pero no económicamente. Era totalmente libre. Aunque me pesaba la presión de que no pudieran entenderlo. Yo mismo… estaba esperando a que alguien me animara a intentarlo”.

Dice, con la memoria puesta en sus años en Berlín, que tuvo que luchar contra la soledad y el rechazo, pero también contra sus momentos de ansiedad y vacilación. “Me pasaba el día entero pensando que era un fracasado, que no valía lo suficiente”, dice. “Pero me sentaba frente al escritorio y pensaba que no había nada mejor que pudiera hacer. Vivía todo el tiempo entre dos extremos: excitado por escribir y contar una historia o deprimido porque pensaba que no tenía talento. Lo que me hizo seguir es la voluntad de contar historias. Pensaba que quizá no fuera tan bueno, pero quería terminar lo que había comenzado”.

Conforme Benedict se expresa, los recuerdos se van haciendo sólidos. Casi dibuja imágenes. Dice: “Recuerdo el día que descubrí a Michael Chabon. Simplemente leyendo Chicos prodigiosos y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, viendo cómo escribía, cómo jugaba con el lenguaje, sentía que tenía que volver a escribir. Sabía que la literatura era mi vida y estaba dispuesto a fracasar. Prefería fracasar que arrepentirme por no haberlo intentado. Temía más al arrepentimiento que al fracaso”.

Dice que fue en el último instante que apareció un agente, justo cuando tenía planeado su viaje a Escocia. Después de tantos años, la editorial en alemán Diogenes –muy prestigiosa y conocida por publicar un único libro al año– se interesó por él y terminó por publicarle su primera novela, El último verano de Beck. Su nombre fue, definitivamente, cobrando más y más fuerza. Publicó tres novelas más con este sello.

“Uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real”

Probablemente su entereza y vocación exclusiva, su capacidad para no torcer el brazo, habrían sido imposibles de no haber soportado un duro entrenamiento previo –vivió de los 6 a los 19 años en un internado público por una grave situación familiar, como Marty, Liz y Jules–. Le pregunto por esta circunstancia, y habla de ello con naturalidad y sin resignación. “Creo que la independencia fue lo primero que aprendí en el internado”, dice, con la mirada puesta en una taza de café que apenas ha probado. “Pero entre los niños que estábamos allí, yo era un afortunado. Allí había niños que habían sufrido abusos, había refugiados… Al menos yo tenía unos padres que me querían. Los otros niños de mi clase iban con padres adoptivos, y yo me iba con los míos. Era extraño. Quizá para mis amigos, que han sido amados y han tenido una infancia protegida, habría sido más difícil”.

La vida de Benedict Wells es fascinante, decía, y en parte lo es por todo a lo que tuvo que renunciar. Le pregunto por las cosas que quedaron en el camino, si las echa de menos. Benedict responde que sí, sin reservas, y explica que es la razón por la que se mudó a Barcelona. “Tenía 26 años, había publicado mi primer libro y sentía que me había perdido muchas cosas”, dice. “Me di cuenta de que uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real. Echo cosas de menos, sí. Pero todo tenía un propósito. Me habría gustado disfrutar de lo que llaman la vida del estudiante, pero luego estuve tres años y medio en Barcelona, y más tarde traté de imitar la vida del Erasmus en Montpellier. Me esforcé por hacer lo que no había hecho, y claro que no era lo mismo. Pero nunca dudé del camino que había tomado: amo la escritura y volvería a hacer lo mismo”.

Ahora Benedict es un autor respetado en Europa, sus libros se venden por cientos de miles, y en su país concede raramente entrevistas: es, la mayor parte del tiempo, un hombre solitario. Con todo, más allá de las ventas y de los premios y de ese reconocimiento intangible que es la admiración de sus lectores, todavía experimenta, de vez en cuando, la amargura del rechazo. “Recientemente escribí un artículo sobre el tren transiberiano y traté de venderlo a los periódicos”, cuenta, divertido. “Una vez más: rechazado-rechazado-rechazado. Me di cuenta de que todavía era posible. No hay garantías. Todavía puede ocurrirme”.

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Benedict Wells, fotografiado en Madrid. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

“Después de todos estos años”, le pregunto, “¿qué significa para ti el fracaso?”.

Benedict se toma ocho, nueve segundos, busca una respuesta: “A veces es difícil asimilar que es inherente al ser humano, simplemente inevitable”. Hace una nueva pausa: “Vamos a fracasar y vamos a tener que lidiar con ello. Nada puede protegernos del fracaso. Lo único que puede cambiar es tu actitud. Por supuesto que existe aquella teoría de que el fracaso te hace más fuerte, y de que puedes aprender de ello. Pero hay fracasos de los que no puedes extraer nada. Probablemente ni siquiera puedas cambiar de actitud, pero tienes que esforzarte por hacerlo. Intentar aprender de tus fracasos, intentar hacer las paces con ellos. Es la única manera: intentarlo”.

Benedict, en su camino hacia el fin de la soledad, siempre encontró la literatura. “Es, definitivamente, una parte muy importante en mi vida. En ambas direcciones. Hacia fuera, mi pasión y mi profesión. Hacia dentro, el sentimiento de que no estás solo, de que puedes encontrarte a ti mismo en muchos libros, de que puedes sentirte a salvo”. Entonces habla de Harry Mulisch y de Kazuo Ishiguro, al que admira profundamente y llama profesor, y menciona Los restos del día y Nunca me abandones. Dice: “Hay pocos libros que me hayan cambiado de verdad, y estos son dos de ellos. Los leo y me pregunto: ‘¿Por quéee? ¿Cómo logró manipularme así? ¿Por qué me siento así?’. No es algo que esté entre las páginas. Trato de estudiar estos libros. Los libros que amo son mis profesores“.

Luego Benedict regresa a la idea de que la literatura, en el mejor de los casos, nos ayuda a sentirnos menos solos. “Es la primera experiencia cuando lees”, continúa. “No estás tan solo. Lo que realmente amo de la literatura es que es completamente distinta al resto de artes. En un cuadro, en una fotografía o en una película, todo está acabado. Puedes consumirlo. Pero un libro es simplemente blanco y negro. Todo viene de dentro. Tienes una página y todo depende de ti”.

Y concluye: “Hay algo que me fascina de la literatura: te deja a solas con la historia que tú has construido dentro de ti“.

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Silvia Cruz Lapeña, un relato desde el flamenco

Anna Maria Iglesia

Foto: Alberto Gamazo

Silvia Cruz LaPeña es una periodista de raza. Fiel y honesta con sus principios. Especialista en flamenco, Cruz LaPeña no es una mera reseñista: sus artículos y reportajes son textos, a veces incómodos, en los que ella analiza y descubre el mundo del flamenco, construyendo un relato que no se acomoda a los tópicos. Crónica Jonda (Libros del K.O) es también un relato incómodo, es también un relato que desmonta tópicos, un relato aparentemente autobiográfico a través del cual Cruz LaPeña destripa el presente social, político y, también, emocional. El presente de Crónica Jonda es el resultado de un pasado que no ha acaba de morir, que está ahí y cuyos frutos recogemos ahora.

Crónica Jonda comienza con la muerte de Paco de Lucía, que, a través de las palabras de Miguel Mora, se convierte en símbolo de un tiempo que se acaba.

Sí, y por esto está muy marcado el hecho de que yo me entero de la muerte de Paco de Lucía cuando estoy terminado el epílogo de la biografía de Camarón. Es un gesto casi epifánico: termino el epílogo y, por tanto, en cierta manera vuelvo a enterrar al gitano, que era Camarón, y me entero que se ha muerto el payo, Paco de Lucía. Y, sí, cuando Miguel Mora habla de la España aniquilada, yo la veo representada.

El gitano y el payo, el norte y el sur, lo exterior y lo interior… ¿tu libro es un juego de dualidades imposibles de separar?

Sí, está todo imbricado, porque la realidad es así. Este libro es un viaje, que yo empiezo cabreada, pero no puedo decirte en qué página dejo de estarlo, porque todo está mezclado, los opuestos se tocan y se confunden. En el fondo del libro está la idea de un todo, algo caótico, un todo donde es imposible determinar dónde empieza la otra. Es un libro que empiezo a escribir cuando todo parece haberse desquebrajado, cuando estaba naciendo con mucha fuerza Podemos y nos preguntábamos qué iba a pasar; ahora, seguimos, en parte, igual, no sabemos qué va a pasar, ni con Podemos ni con ningún otro partido. Por esto, cito a Faulkner.

Narras un tiempo que agoniza…

Sí, un tiempo que, además, se estira y no se acaba. Hablo de un tiempo que tiene mucho que ver con el flamenco, con esa voluntad de querer conservar el pasado, de no dejar que llegue lo nuevo. Por esto digo que, para no ser la música de España, el flamenco se le parece mucho. Como el flamenco, también el tiempo que estamos viviendo ahora es un tiempo suspendido, no sabemos qué va a pasar y, personalmente, tengo la sensación de que cada día empieza todo de nuevo.

No sólo dices que el flamenco se parece mucho a España, sino que es machista como España. ¿El flamenco es la lente desde donde miras tu entorno?

Sí, en cierto modo y, de hecho, en este libro el flamenco no es una excusa, como algunos me han dicho, sino que es la clave de lectura de muchas cosas y, al mismo tiempo, es mi abrigo, porque es el flamenco es el lugar donde me refugio. El flamenco es un microcosmos y en él veo conductas que, luego, veo también en otros ambientes, entre los periodistas, los carniceros o los taxistas.

El flamenco y, sobre todo, el mundo flamenco está muy connotado, pero, desde fuera, ¿lo miramos y lo juzgamos con demasiados prejuicios?

Hay muchos prejuicios en relación al flamenco, unos prejuicios que vienen de hace tiempo. Es cierto que el franquismo se apropió del flamenco y se lo usó como forma de propaganda de la cultura española, pero no fue el único arte a ser usado. Esto, sin embargo, ha hecho que, todavía hoy, haya quien conserva la idea de que el flamenco mantiene unos lazos con el franquismo cuando no es así.

Además, el flamenco es considerado como “lo español”, en un momento donde “lo español”, sobre todo en lugar como Cataluña, cuesta mucho de aceptar. Y, por último, para empeorar las cosas, se le tacha de machista y, en parte, es cierto, pero el flamenco no es más machista que la sociedad en el que está inmerso, es decir, la sociedad española.

Lo que quisiera es poner un punto y final a estas asociaciones, porque de flamenco he visto mucho y lo he visto en países como Francia e Inglaterra. Por tanto, ¿el flamenco es “lo español”? Sí, pero no. Lo que sucede es que falla el relato y creo que, en gran medida, de esto es responsable el propio mundo flamenco y, también, aquellos que lo narramos. Creo que tendríamos que hacer el esfuerzo de hablar de flamenco sin hablar de lunares, sin caer en los tópicos.

¿En qué sentido se ha explicado o se explica mal el flamenco?

El relato que se ha hecho hasta ahora del flamenco es la del tío guapo, alto, moreno y con pinta de torero y la mujer guapa, espectacular, con vestido de lunares. Se cuenta que, en el mundo flamenco, él manda y ella renuncia a todo y, en parte, es cierto, solo que, como te decía antes, el machismo del flamenco no es otra cosa que el reflejo del machismo de la sociedad en que se enclava.

El flamenco es mucho más, solo que todavía es un mundo muy circunscrito; ten en cuenta que muchos conservatorios no admiten los estudios de flamenco porque piensan que es cosa de cuatro gitanos que bailan en su casa. Esto hace que se desconozca el flamenco más allá de los tópicos, más allá del “lerele” y de los topos. Por esto, hablo del relato y de nuestra responsabilidad, porque es cierto que, sobre todo los medios no especializados, todavía te piden que si escribes de flamenco les hables de lunares, de sangre y de pasión, pero es precisamente esto lo que tenemos que evitar, porque el flamenco de hoy no es esto o no es solo esto. Hay espectáculos de flamenco muy fríos, donde no hay ni sangre ni pasión. O, por ejemplo, ver bailar a Rocío Molina es asistir a una clase magistral de danza contemporánea y de flamencos. Es una mujer que no utiliza ni lunares ni peinetas, pero es flamenco.

¿Ha habido clasismo en la percepción del flamenco?

Sí y no. Por una parte, no en cuanto, casi desde sus inicios el flamenco ha vivido gracias al apoyo de la gente adinerada; de hecho, muchos artistas flamencos han vivido de bailar a señoritos y a gente adinerada. Además, lo curioso es que, actualmente, muchas veces quien rechaza el flamenco es gente que, por cultura o por contexto, está muy cerca de él; sin embargo, hoy muchos lo rechazan por ser algo popular, algo folklorico…e, incluso, algunos no rechazan por no ser un arte elevado, si bien no hay que olvidar que hoy en día el flamenco está en todos los teatros del mundo.

Por otra parte, sí, hay clasismo: el rechazo al flamenco tiene mucho de clasismo y de racismo, que, paradójicamente, no solo viene del mundo payo.  En el mundo gitano también hay racismo, el de los gitanos y, lo que es más curioso, el de los gitanistas hacia los payos. Los gitanistas, que muchas veces no son gitanos, son unos puristas, son aquellos que dicen que el flamenco solo puede ser puro y que todo lo demás no es flamenco.

Ahora que hablas de los gitanistas, pienso en tu análisis de la música de Miguel Poveda, cuyo flamenco se ha “modificado” en cuanto él ha cedido, en parte, al gusto, tentado por las ventas o el gran público. ¿Poveda, como tantos otros, representa un flamenco adulterado, ese flamenco que nos llega y que consume la gran mayoría?

Yo diría edulcorada. Me voy a remitir, además porque enlaza con la cuestión del clasismo, a lo que dice Luis Cabrera, del Taller de Músics: el flamenco gusta si no te araña. No gusta el flamenco duro. Y lo que yo digo de Poveda es algo que se ve mucho en programas como La Voz u Operación Triunfo: se flamenquea mucho, se hace mucho “lerele” y mucho “olé”, pero eso no es hacer flamenco, por mucho que quien lo haga esté relacionado familiar o culturalmente con el flamenco.

Hay muchos que piensan que Malú es flamenca o que Rosario Flores hace flamenco, cuando no lo ha hecho en su vida. Y, sin llegar a este punto, Miguel Poveda, que sí que canta flamenco, aunque en sus espectáculos hay de todo, hace un flamenco edulcorado o, como yo digo, flamenco de amplio espectro. Muchos de mis compañeros de profesión, me dirían que este flamenco de amplio espectro no es flamenco.

Un relato desde el flamenco 1
El flamenco es mucho más que lunares y trajes de sevillana | Foto de Alberto Gamazo

¿Me comprarías la etiqueta: “flamenco para quien no entiende de flamenco”?

Mis compañeros gitanistas te comprarían… y yo también

Otro de los temas del libro es la inmigración, principalmente la de Andalucía hacia Barcelona y te muestras muy crítica hacia la política catalana, hacia ese discurso político que llegó a consolidar el concepto de “charnego”.

Sí, ante todo, porque reniego completamente del concepto de “charnego”. Yo no eliminaría esta palabra, pero que la diga quién la inventó. Este nombre, completamente despectivo, no nos lo hemos inventado quienes supuestamente somos charnegos, por esto, no lo asumo, porque no hay nada de negativo en el hecho de que una abuela mía fuera andaluza, otra murciana, mi madre de Barcelona y mi padre de Córdoba. Y, sí, en el libro hago una crítica feroz a esa sociedad que conocí y la hago, también, porque me hace mucha gracia cuando se habla hoy de los catalanes a los que no se escucha o a esos catalanes que estamos un poco callados. ¿Nos han escuchado alguna vez? Por esto cuento la celebración que se hizo en Barcelona en 2013 por los cien años del nacimiento de Carmen Amaya. A nadie le importó que se celebrara el nacimiento de Amaya teniendo mal los datos, sin prestar atención a los estudios que decían que ella había nacido en 1918. ¿Te imaginas que hubiera pasado si quienes organizan la celebración de 1714 se equivocaran y dijeran 1715? Pues, esto. No se trata de forma distinta a unos que a otros y luego decir que somos todos parte de un mismo pueblo. Recuerdo perfectamente cuando en la rueda de prensa previa al homenaje de Amaya, Mascarell decía que el pueblo romaní era parte del pueblo catalán, cosa que es cierta, pero entonces ¿por qué no se la trata igual?

En el libro cuentas, además, como un concejal te dice que prefiere antes “a los africanos que a los andaluces porque son ‘más propensos a hablar catalán’”.

Me hicieron este comentario como me han hecho muchos otros. Y, lo peor, te lo hacen sin preguntarse quién eres tú, sin plantearse que, a lo mejor, con sus palabras te están ofendiendo o están ofendiendo a tus padres.

¿Tuviste que asumir tu historia y tus orígenes o siempre fueron connaturales a ti?

No, no tengo la sensación de haber tenido que asumir mis orígenes, pero sí es cierto que, durante la presentación en Madrid, Cristina Fallarás decía que el libro es la narración de la construcción de una identidad. Seguramente, en el libro me digo algunas cosas que nunca me había dicho y ciertamente no es casual que mi interés por el flamenco se haya reafirmado en estos últimos años ni que mi libro salga en estos días y hable de flamenco. Aunque no quieras, ahora mismo, te obligan a preguntarte sobre tu identidad. Yo, que nunca me he preocupado de esto, me siento obligada no sólo a preguntarme sobre mi identidad, sino también a interrogarme sobre mi origen. Sin embargo, para mí nunca fue un problema: cuando volví a Barcelona, vivía en Nous Barris y nunca sentí la necesidad de preguntarme de dónde era. A lo mejor era una excepción, pero lo cierto es que nunca me preocupó este asunto.

Tú, además, narras la experiencia de una migración a la inversa: cuando tienes 8 años, dejas Barcelona y vas vivir a Andalucía. ¿Cómo era tu mirada, la de una niña que, si bien de origen Andaluz, deja Barcelona y se va a vivir a Andalucía?

Era una mirada repelente, porque era la mirada de quien viene de Barcelona y llega al sur. Era una mirada donde había rechazo, que, sin embargo, también encontré en Andalucía, aunque por distintos motivos. El rechazo que encontré era debido a que allí están muy hartos de que, desde Barcelona, se les mire con cierta superioridad, una superioridad que yo llevaba incorporada. Y, ahora, lamento haber salido corriendo de allí con 18 años, deseando ir a Barcelona, que para mí significaba un lugar con amplitud de miras y cosmopolita, paradójico si pensamos en lo que estamos viviendo hoy.

Evidentemente, con los años he vuelto a Andalucía, pero ya no he vuelto a vivir allí; de ahí que, en el libro, exprese mi arrepentimiento por esa actitud repelente que tuve y, solo ahora, me doy cuenta de que en todos los años que viví ahí, no llegué a conocer, de verdad, Andalucía por mi estrechez de miras.

En el fondo, Crónica Jonda es un gran canto a Andalucía.

Y a Barcelona.

Sólo que Barcelona sale peor parada.

No, el libro es un gran canto a Barcelona, solo que vivo en Barcelona. Si me hubiera ido, seguramente mi mirada se hubiera dulcificado. Yo no tengo una mirada romántica de Andalucía, pero ya no es tan severa como la que tenía antes, porque vivo a mil kilómetros y porque cuando voy es solo para estar unos días. Sin embargo, Barcelona es mi ciudad elegida, es la ciudad que amo, de ahí el cabreo que tengo. Siempre te enfadas con quien más quieres y yo estoy casada con Barcelona.

Por último, quería preguntarte sobre el periodismo, del que también hablas.

Yo todo lo que te pueda decir del periodista suena a corporativista, aunque no lo sea para nada, pues soy muy crítica con quien no lo hace bien y conmigo misma cuando me equivoco. Me parece vital que se haga periodismo y que se haga bien. Aunque no tengamos un código deontológico muy claro, me parece esencial hacer periodismo con sensatez y respetando algunos principios.

Te muestras muy crítica con los “periodistas” amateurs.

Yo soy muy crítica con el amateurismo, es cierto, con ese “periodismo” que se ejerce gratis. Yo también me abrí un blog para escribir sobre mis cosas, pero el periodismo es otra cosa. ¿Qué quieres hacer periodismo? Muy bien, pero juega con nuestras reglas: cobra por trabajar. ¿Te metes a hacer periodismo sin cobrar para ligarte a la cantaora o el productor? Entonces, lo que haces no es periodismo, porque el objetivo del periodismo es otro.

Puedes ser amateur, pero no nos quites el pan, no reemplaces el papel del periodismo. Nos quejamos de que se hace mal periodismo, pero es que la mitad de la gente que lo ejerce no es periodista, y no me refiero a tener o no el título universitario, y la mitad de la otra mitad ha sucumbido a determinadas cosas: cobrar poco, titular mal en busca de click, evitar ser molesto.

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