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La Maison du Livre: una librería en Berlín, un testimonio, un símbolo de la resistencia

Romhy Cubas

Foto: Wikimedia
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Con testimonios se reconstruye la historia, el descubrimiento de las pertenencias físicas y sobre todo escritas de personas que ya no están presentes tiene la habilidad de recomponer un pasado nublado como si se tratara de legos ensamblados. De eso también se tratan las librerías, de ausencias y olvidos que buscan reencontrarse. Jorge Carrión recuerda que cada librería condensa un mundo, “no es una ruta aérea, sino un pasillo entre anaqueles lo que une a tu país y sus idiomas”, escribe en su libro Librerías. Un centro de resistencia que se aferra a estantes y cubiertas de cartón.

Cuando la polaca Françoise Frenkel decidió concretar su amor por la cultura francesa en 1921 nació La Maison du Livre, la primera librería francesa de Berlín. Junto a su esposo Simon Raichenstein esta librera de vocación, graduada de Letras en la universidad de la Sorbona en París, fundó un espacio para los libros franceses al darse cuenta, paseando por los escaparates de Berlín, que aquellos eran casi inexistentes en estos establecimientos. “Una librería en Berlín, es casi una misión”, afirma Françoise en la más reciente edición de su libro testimonial reeditado por Seix Barral y prologado por el Nobel de Literatura Patrick Modiano. Este testifica en sus primeras páginas:

“Ese testimonio de la vida de una mujer acorralada entre el sur de Francia y la Alta Saboya durante el periodo de la Ocupación es más impresionante cuanto más anónimo nos parece”.

La vida de esta librera polaca durante la ocupación alemana, junto a sus huidas y exilios, fue publicada en forma de libro en 1945 por Éditions Jeheber (Ginebra). El título de “Una librería en Berlín” es el intento de una sobreviviente por rendir cuentas a los muertos y recordar tantos sacrificios hechos para intentar navegar en medio de esa pesadilla que fue la guerra.

“Una librería en Berlín”, resistencia literaria de guerra
Una librería en Berlín de Francoise Frenkel | Imagen vía: Seix Barral

El rastro de Frenkel desaparece poco después de la publicación de la que fue su única obra. En el 2010 en un tenderete de la comunidad de Emaús –Niza- el literato Michel Francesconi redescubre el texto. Luego de darlo a conocer, su reedición en Francia fue un fenómeno de ventas y uno de los protagonistas de la rentrée literaria del 2015. Este año Seix Barral publicó su edición en español.

Huidas y exilios

Françoise Frenkel falleció en 1975 en Niza. Sus múltiples intentos por huir de la ocupación nazi -especialmente en el territorio francés- constituyen la esencia de este libro que no solo narra memorias y recuerdos de una mujer más entre las millones que sufrieron la deportación y el horror de los campos de concentración para judíos, sino que también evoca la resistencia de la cultura en medio del caos.

La Maison du Livre regentó hasta el año 1939, cuando Frenkel huyó desde Alemania hacia Francia entre las crecientes tensiones y hostilidades hacia los judíos, además de la censura y el control que comenzaron a imposibilitar la llegada de inventario a su establecimiento. A raíz de esta primera huída la escritora se convierte en fugitiva, apoyándose en la caridad y coraje de unos pocos que la ayudaron a cruzar la frontera hacia Suiza en 1943. En el intermedio, de pueblo en pueblo, y de secreto en secreto, la escritora recuenta el deterioro de un país y su economía, la falsificación de pasaportes y documentos de identidad, la desesperación de sus habitantes por una cartilla de racionamiento para comer, las nuevas profesiones que surgen inevitablemente de las desgracias ajenas, el tráfico de personas, la amenaza constante de la deportación.

Lo especial de este testimonio es que con sencillez y humildad, esta lectora implacable elige contar su exilio de una manera diferente. No hacen falta descripciones gráficas ni páginas enteras detallando las torturas en los campos de concentración. Su relato sobre la muerte y el miedo es intuitivo, casi a deducción del lector, quien entenderá sin necesidad de demasiada sangre ni gritos el sufrimiento silencioso de aquellos desplazados por una guerra que nunca entendieron completamente.

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Passauerstrasse Berlín en 1935 | Imagen vía: Wikimedia

La primera sede de La Mansion du Livre fue en el número 13 de Kleiststrase. La librería se muda enseguida a Passauerstrasse, 39; entre el barrio de Schöneberg y el de Charlottenburg. Para los escritores franceses y apasionados de la literatura el lugar se convirtió en una parada casi obligatoria, la clientela forjada por Frenkel y los amigos que allí conoció fueron los que luego le darían cobijo durante la guerra e intentarían que dejara el país por medio de contactos y “pasadores” de personas. Hoy en día en este lugar se ubican los grandes almacenes KaDeWe, bombardeados en 1943 y reconstruidos y ampliados en 1950.

El último rastro de Françoise Frenkel es un expediente de indemnización a su nombre fechado en 1958. En este declara sobre  un baúl consignado en mayo de 1940 en el guardamuebles del Colisée que fue embargado el 14 de noviembre de 1942 como “posesión judía”. En 1960 fue indemnizada con 3.500 marcos por la incautación del baúl. Este es uno de los objetos más emblemáticos del libro, tal vez porque se presenta como su única herencia permanente luego de perder su librería y su hogar. Una caja con un abrigo de piel de nutria y otro con cuello de zarigüeya. Dos vestidos de punto. Una gabardina negra. Una bata de Grünfeld. Un paraguas. Una sombrilla. Dos pares de zapatos. Un bolso de mano. Una almohadilla eléctrica. Una máquina de escribir portátil Erika. Una máquina de escribir portátil Universal. Guantes, zapatillas y pañuelos.

Una librería en Berlín, resistencia literaria de guerra
El barrio de Kreuzberg fotografiado por Joan vía Flickr bajo Creative Commons License.

En el presente Berlín tiene tantas librerías alternativas como nacionalidades conviviendo en sus calles. Libros en francés, en español, en inglés, en alemán. Libros de todos los colores, formas y olores. Atrás quedó esa censura asfixiante que hizo que Françoise dejara la ciudad junto y a su proyecto de vida para embarcarse en el vacío de la guerra.

Y aunque es un testimonio del pasado, precisamente este año vuelve a los estantes con la pertinencia de las letras para recordar que el pretérito de los verbos no está tan lejos como nos gusta creer, e inmortalizar el alcance de la memoria para sobrevivir tanto a lo que conocemos como a lo que ignoramos.

“Ojalá estas páginas puedan inspirar un pensamiento piadoso para aquellos que fueron silenciados para siempre, exhaustos por el camino o asesinados. Dedico este libro a los HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD que, generosamente, con una valentía inagotable, opusieron la voluntad a la violencia y resistieron hasta el final”

Francoise Frenkel en Suiza, a orillas del lago de los Cuatro Cantone, entre 1943-1944 .

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Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma”

Borja Bauzá

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual de medios de comunicación tanto españoles –The Objective, entre otros– como extranjeros. Partidario del análisis sosegado frente al eslogan lapidario, ha dedicado más de dos décadas a investigar la relación que existe entre el medio ambiente y la política. Suyo es el libro Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia (Siglo XXI), publicado en 2008. También Real Green. Sustainability after the End of Nature (Ashgate), considerado el mejor libro del 2012 por la Asociación Española de Ciencia Política. Hace poco más de un año escribió La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI (Página Indómita), un ensayo en el que propone una reflexión sobre la influencia de las emociones en los sistemas políticos actuales.

Su último libro, Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), llegó a las librerías hace unos días. Trata, claro, del Antropoceno; un fenómeno que la cultura popular encuadra dentro de la ciencia ficción pero que los expertos se toman muy en serio desde que en el año 2000 el prestigioso químico Paul Crutzen lo presentase en sociedad durante un congreso internacional celebrado en México. Crutzen, y con él un gran número de científicos, considera que el planeta está abandonando el Holoceno, la era geológica en la que la especie humana ha conseguido prosperar gracias a unas condiciones climáticas estables, para adentrarse, precisamente a causa de la actividad humana, en el Antropoceno. Es decir: la colonización humana del planeta nos ha llevado hasta una nueva época geológica. Pero esta nueva era –avalada por la revista Nature  encierra un horizonte imprevisible. ¿Su manifestación más llamativa? El cambio climático.

¿Este libro debe leerse como un aviso a navegantes?

Puede llegar a cumplir esa función, pero no es la idea que tenía en la cabeza cuando me senté a escribir. Entre otras cosas porque se necesitan navegantes dispuestos a escuchar para que el aviso tenga efectividad. Precisamente, lo que busca este libro es introducir el Antropoceno en el debate público español.

En efecto, el Antropoceno es un concepto muy poco conocido en España. ¿Esa falta de interés también se da en los países de nuestro entorno? Me refiero a Alemania y Estados Unidos, lugares que conoces bien porque has investigado en ellos.

La falta de interés se da más en España. Alemania es un país con una conciencia medioambiental bastante fuerte. El otro día leí que en las últimas tres décadas el número de vegetarianos ha pasado del 0,1% al 10%. Es más, la primera exposición sobre el Antropoceno celebrada en el mundo tuvo lugar en el Deutsches Museum de Múnich. En cuanto al mundo anglosajón, se beneficia de que las discusiones suceden en inglés. Eso genera una cercanía entre el objeto de debate y las sociedades de esos países.

¿Por qué crees que en España no se discute este asunto?

Creo que la ausencia de un Partido Verde potente es un factor importante a la hora de explicar la poca conversación que hay en torno a la cuestión del Antropoceno. Y el poco debate que hay viene de la mano del cambio climático. ¿Cuál es el problema? Pues que la discusión que gira en torno al cambio climático está muy ideologizada, es muy poco racional y pasa por alto la gran cantidad de matices que encierra un asunto tan complejo. Tenemos que hablar más de las relaciones entre la sociedad y la naturaleza –las relaciones socionaturales– pero tenemos que hacerlo con sensatez.

En el libro explicas que los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar dónde se encuentra el origen del Antropoceno; cuándo habría comenzado esta nueva era. ¿Cuáles son las diferentes propuestas?

Lo primero que conviene aclarar es que la búsqueda del origen puede hacerse desde distintos presupuestos. El Antropoceno es un término geológico y por eso el presupuesto geológico es el principal, pero también hay otra dimensión que rastrea el origen basándose en las transformaciones provocadas por el hombre en el medio ambiente; el cambio climático, etcétera. Luego hay estudiosos que dicen que no se puede finiquitar el Holoceno tras ‘solo’ 11.700 años de existencia, y que por tanto sería más acertado referirse al Antropoceno como una nueva etapa histórica. En cualquier caso, el término ha llegado para quedarse.

Regresando a la pregunta, la cuestión del origen gira en torno a un planteamiento muy simple: si dentro de un millón de años aterrizan unos extraterrestres en la Tierra y se ponen a estudiar los sedimentos, ¿qué marcador les va a permitir establecer que en ese punto concreto comenzó el Antropoceno? Por un lado, está William Ruddiman sosteniendo que todo empieza con la revolución agrícola del Neolítico. El problema es que, según su tesis, el Antropoceno compartiría origen con el Holoceno. Que no habría Holoceno, vaya. Por otro lado están las hipótesis industrialistas, que defienden que el industrialismo es el momento en el que la intervención humana sobre el medio ambiente se radicaliza.

Luego hay autores que defienden el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquí estaríamos hablando de las bombas atómicas como el origen del Antropoceno. Este caso trae consigo una gran carga simbólica; al margen de la huella geológica que dejan los isótopos radiactivos de las bombas, éstas se asocian a un descubrimiento humano cuya peligrosidad salta a la vista. Por último, están quienes defienden el desarrollo tecnológico como punto de partida, y concretamente el motor de combustión. Como ves, existen varias opciones y el debate no está cerrado.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 1
Portada de Antropoceno. La política en la era humana. | Imagen vía Taurus.

Y cuando se cierre ese debate sobre el origen también sabremos, dependiendo de cuál sea ese origen, quién es el culpable, o el responsable, del Antropoceno…

Esta es una cuestión muy interesante. ¡Quién es el antropos del Antropoceno! Hay autores que sostienen que algunos grupos de seres humanos han sido más víctimas que actores en todo este proceso. Suelen ser los mismos autores que defienden un cambio de nombre para que el Antropoceno comience a ser conocido como el Capitaloceno; la era del capitalismo en lugar de la era del hombre. En el Capitaloceno el origen y los responsables saltan a la vista: la Gran Bretaña industrialista. Personalmente, no comparto este punto de vista, aunque me parece una crítica razonable si tenemos en cuenta que, efectivamente, hay grupos de personas que han sido mucho más influyentes que otros.

¿Cuál es tu punto de vista?

Que no podemos entender la intervención del ser humano sobre el planeta si no es en términos de especie. Porque hasta el más pasivo de los seres humanos interviene en su entorno. De hecho, tenemos pruebas que indican que las tribus aborígenes ya intervenían de manera agresiva –con arreglo a sus posibilidades tecnológicas– en las profundidades del tiempo amazónico. Como decía Karl Marx: hay un modo de ser de la especie humana que implica una adaptación agresiva al medio. Y esa adaptación agresiva está potenciada por rasgos como la sociabilidad, la capacidad de cooperación, la cultura o el lenguaje. Rasgos que nos abren la posibilidad de transmitir información entre miembros de una misma época, o incluso entre generaciones, y que andando el tiempo aumentan exponencialmente nuestra capacidad transformadora. Que esa capacidad transformadora haya surgido de manera más exitosa en la Europa del siglo XVIII no deja de ser una casualidad histórica. ¡En algún lugar tenía que producirse! Y por supuesto que hay tribus amazónicas que interactúan con su entorno de manera menos agresiva, pero lo hacen porque permanecen aisladas durante más tiempo; porque no reciben las herramientas que les permitirían obrar de manera distinta. Por eso yo no le atribuiría demasiado valor al hecho de que exista una tribu en Ecuador que parece vivir en armonía con su entorno.

Porque si les das un iPhone lo van a utilizar.

¡Pues claro! Por eso a mí me parece que la humanidad tiene que ser hasta cierto punto indulgente consigo misma. Hemos hecho algo, pero no sabíamos lo que estábamos haciendo. No sabíamos, por ejemplo, que estábamos provocando un cambio climático; no sabíamos que estábamos generando una contaminación oceánica; no sabíamos, en definitiva, que estábamos trayendo el Antropoceno. Sabíamos que estábamos alterando el medio ambiente, pero lo hacíamos porque nos habíamos dotado de aquellas herramientas morales y filosóficas que nos autorizaban a hacerlo. Pero es que eso es lo natural. Somos una especie arrojada al planeta que piensa que el planeta gira en torno a ella. ¿Qué vas a pensar? ¡No vas a pensar lo contrario! El argumento del designio –“la naturaleza está para que el ser humano la utilice”– viene de lejos: el Génesis, Aristóteles, Descartes… ¡Fíjate en Descartes! Él intensifica esta noción diciendo que el mundo animal está vacío de contenidos, que los animales son robots. El famoso mecanicismo filosófico.

Y deshacerse de esa herencia lleva mucho tiempo.

Sí, y también implica un ejercicio de reflexión que a lo que nos conduce es a decir: es verdad, hemos hecho daño, pero es que no podíamos haberlo hecho de otra manera. El dominio de la naturaleza no era una opción, era algo que el ser humano tenía que hacer para poder sobrevivir y para garantizar unas condiciones de vida razonables. Por eso creo que la protección del medio ambiente es un lujo que uno puede asumir cuando las necesidades principales han sido atendidas. Y por necesidades principales entiendo el conseguir un desarrollo económico que permita relajarse, que permita poder pensar en otras cosas.

Pero, en cualquier caso, ahora ya sí sabemos lo que hacemos. O las consecuencias que tiene aquello que hacemos.

Ahora sí. Antes no lo sabíamos pero ahora lo sabemos, o por lo menos empezamos a saberlo. Por lo tanto, vamos a pensar si no deberíamos hacer algunos cambios al respecto.

Así terminas el libro: diciendo que ahora que ya sabemos lo que hay conviene ponerse manos a la obra. Es decir, que te alejas de quienes piensan que la humanidad ni pincha ni corta y que, por lo tanto, no hay nada que hacer respecto al cambio climático y cuestiones parecidas. Pero también te distancias de quienes piensan que hay que intentar revertir el proceso a toda costa, antes de que sea demasiado tarde. Propones un camino alternativo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es lo siguiente: el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta. En el libro hago un recorrido por la historia planetaria en el que nuestra insignificancia queda demostrada. Un dato: el 90% de las especies que han existido desde el principio de los tiempos han dejado de existir. Es más, tenemos constancia de cinco extinciones masivas en las que el hombre no ha tenido nada que ver. Por tanto, se podría argumentar lo que ya dijo Sloterdijk: que la biología es tanatología. Pero también hay que escuchar a los autores que advierten contra la desestabilización del planeta que estaríamos provocando nosotros, la especie humana. A quienes dicen que estamos haciendo desaparecer las condiciones benignas del Holoceno y luego –en el Antropoceno– a ver qué nos encontramos. Estos autores son interesantes porque si el cambio climático se dispara las condiciones de habitabilidad del planeta se verán seriamente comprometidas.

¿Entonces qué crees que hay que hacer?

Antes de nada, hay que pensar en un horizonte temporal razonable. A mí me cuesta mucho conectar intelectual, psicológica y afectivamente con lo que pasó hace 536 millones de años. La cifra está bien para recordarnos que somos una anécdota, pero aquí de lo que se trata es de modificar ciertos hábitos y ciertos comportamientos en las relaciones socionaturales que nos permitan vivir bien durante el próximo milenio.

¿Eso no es lo que piden los partidarios del decrecimiento para intentar frenar el cambio climático?

El problema del cambio climático, como he dicho antes, es que es un debate fuertemente ideologizado. El escepticismo negacionista del que hablabas antes –los que piensan que la humanidad no tiene ni voz ni voto en esto– surge como respuesta al ecologismo radical de los años 60 que defendía desmantelar el sistema capitalista como la gran solución a todo. Para el ecologismo radical el cambio climático no es el protagonista, el protagonista es el capitalismo y el cambio climático sería entonces la herramienta con la que destruirlo. Frente a eso reaccionan desde el otro extremo ideológico diciendo que menuda estupidez y que lo único que quieren los ecologistas radicales es acabar con el capitalismo, y que como no saben cómo hacerlo pues recurren al cambio climático; ergo el cambio climático es mentira. Francamente, ambos extremos me parecen desaconsejables. Lo que pasa es que son los que más llaman la atención en un debate público tan polarizado como el actual.

Pero el cambio climático no es una opinión.

No, claro que no. Es una conclusión científica basada en el aumento de las temperaturas. Es verdad que en el pasado han existido fluctuaciones naturales del clima y que no se puede descartar totalmente que estemos ante un suceso similar. Es decir, que la culpabilidad del ser humano no es indiscutible. ¿Qué pasa? Pues que sí es muy probable por motivos que los paleoclimatólogos te explican al trazar un paralelismo entre los niveles de dióxido de carbono que circulan en la atmósfera y el aumento de las temperaturas. En todo caso, existe un cambio climático. ¿Que haya sido causado por el hombre es una hipótesis? Técnicamente sigue siendo una hipótesis. Lo que pasa es que es una hipótesis con altísimas probabilidades de ser cierta. Por eso no tiene sentido partir de su negación. No podemos seguir discutiendo si existe o no el cambio climático. Existe, claro que existe. Y como parece razonable esperar que la causa sea el ser humano y sus múltiples actividades, sería un error no hacer nada confiando en que sea lo contrario. Hay que hacer una apuesta a la manera de Pascal. Si apuesto que no existe, o que sí existe pero que el ser humano no puede hacer nada al respecto, y luego resulta que sí podía, pierdo la apuesta. Si resulta que hago algo y resulta que puedo hacer algo, gano la apuesta. Y si resulta que hago algo pese a que no sirve de nada hacerlo porque no depende de mí, bueno, tampoco he perdido nada.

Como invitar a alguien que te gusta a tomar un café. El “no” ya lo tienes.

¡Exacto! El “no” ya lo tienes. Así que lánzate, prueba. O ganas o, en el peor de los casos, te quedas como estabas.

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Manuel Arias Maldonado en las oficinas de Penguin Random House. | Foto: Borja Bauzá.

Pero regresando a los partidarios del decrecimiento. En lo fundamental –que hay que hacer algo– estáis de acuerdo. ¿Qué te chirría de su postura?

Las teorías que defienden el decrecimiento sostienen que el único curso de acción pasa por desmantelar la sociedad tal y como la conocemos. Primero, esa es una reacción desproporcionada. Y segundo: no vas a encontrar apoyo electoral en ningún sitio.

Pero los partidarios del decrecimiento sostienen que se nos acaba el tiempo y que hay que pisar el freno de inmediato. ¿Tú ves margen de maniobra?

Vamos a ver. ¿Tenemos una cantidad finita de recursos? Sí. Pero frente al pesimismo que dice que cuando se acaben esos recursos se han acabado y ya está, yo me pregunto: ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Quién te iba a decir a ti que el grafeno iba a ser utilizado para la tecnología? ¿Y cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina? Sí, quizá se termine algún día, pero es posible que para entonces ya tengamos alternativas. La capacidad del ser humano para encontrar soluciones tecnológicas está suficientemente probada.

Es una postura esperanzadora. Sin embargo, el panorama actual –las renovables que no terminan de despegar, la crisis de las nucleares en Alemania, Donald Trump y su política medioambiental– invita a muchos decrecentistas a plantearse medidas drásticas. ¿A ti ese horizonte plagado de baches no te invita al pesimismo?

Invita al realismo. Una forma muy fácil de responder a esa objeción del horizonte plagado de baches es que el propio decrecimiento se encontraría con deficiencias en su aplicación práctica que dejarían en entredicho el ideal en el que se basa. Me estoy refiriendo, concretamente, a la ecotopía: ese sistema basado en pequeñas comunidades en el que todos viajaríamos menos, comerciaríamos menos y en el que nuestra convivencia con el medio ambiente sería mucho más armónica.

Un regreso al Paleolítico.

Ahí tienes a John Cerzan, que defiende que nunca hemos estado tan bien como en el Paleolítico. O al propio Yuval Noah Harari, que dice que la Revolución Neolítica fue un desastre para la humanidad. Pero no, no llega hasta ese extremo.

Lo que defienden quienes defienden la ecotopía es lo mismo que ya predicaba el socialismo primitivo del XVIII: una utopía romántica, de tintes rousseaunianos, que sobre el papel puede ser muy atractiva pero que en la práctica daría muchísimos problemas. Como digo, esa es la primera objeción que se le puede plantear al ideal decrecentista.

Una segunda objeción sería la cola de gente –sociedades enteras– que está esperando su turno para entrar a formar parte de la era del progreso y del desarrollo. Negarles esa posibilidad sería injusto. ¡Imagínate! Los occidentales hemos impuesto primero un paraíso tecnológico y ahora queremos pulirlo de un plumazo y apostar por la ecotopía.

En tercer lugar, no hay campaña política que pueda sostener una promesa electoral basada en tener menos y vivir peor. Es imposible. El propio fracaso político del ecologismo en su vertiente más catastrofista así lo atestigua. Lo que pasa es que es un discurso atractivo, a todos nos gusta leer sobre eso y Naomi Klein vende muchos libros. Pero en la práctica se estrella.

Hombre, puede haber elementos concretos de esa propuesta que sean viables. Tratar mejor a los animales, por ejemplo.

No creo que el decrecimiento tenga demasiado que ver con la política animalista. Es uno de los problemas que ha causado esa ideologización que te decía antes: convertir temas que no tienen ideología en posturas ideológicas. ¿O es que la simpatía hacia los animales es patrimonio exclusivo del votante del Partido Verde? ¿A los conservadores no les gusta un paisaje bonito? Es absurdo.

El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo. Pero claro que hay que concienciar contra el maltrato animal y, en la medida de lo posible, evitar que determinadas tribus africanas piensen que los cuernos de rinoceronte tienen virtudes medicinales.

Lo que en el libro defines como Ilustración Ecológica.

Eso es. Y por lo tanto no entiendo que determinados temas tengan que estar ideologizados. Politizados claro que sí, porque deben estar en la agenda pública para que, entre todos, podamos plantear soluciones. Preservando, y esto es importante, los valores tradicionales de la sociedad liberal. No me refiero a la posición ultra liberal según la cual el crecimiento económico es un fin en sí mismo. A eso tampoco le encuentro demasiado sentido y John Stuart Mills estaría de acuerdo conmigo. Pero hay ciertos valores que deberíamos querer preservar, y que son básicamente la libertad, la autonomía y la igualdad, al tiempo que garantizamos unas condiciones materiales adecuadas para la humanidad. En este contexto el crecimiento económico es un medio, no un fin.

En el libro propones un sistema basado en la gobernanza global. Luego, en paralelo, estaría el debate público. Corrígeme si me equivoco, pero la sensación que transmite esa propuesta es que los líderes políticos podrían llegar a imponer el sacrificio de algunas comodidades personales en nombre del bien común. ¿Es así?

Es así. De todos modos, y antes de contestar, permíteme un matiz: conviene tener en cuenta que la sociedad tiene capacidad para auto-organizarse y que no todo tiene por qué estar legislado. En eso los liberales siempre han tenido razón. Te pongo un ejemplo: el desarrollo económico trae consigo una corrección de la maternidad en las sociedades pobres. Es decir, que la gente pasa a tener menos hijos. Y eso es positivo para el planeta. Por ahora solo África escapa a esta tendencia, pero en Asia, Europa y Latinoamérica la natalidad va a la baja. Seguirá creciendo durante algunas décadas, pero ya se vislumbra lo que los norteamericanos llaman el peak child, momento a partir del cual empezará a descender.

Y respondiendo a tu pregunta, lo que es innegable es que el Antropoceno es un efecto de especie; es la suma de muchísimas acciones individuales a lo largo del tiempo lo que provoca determinados efectos globales. Es decir: tenemos que ser conscientes de que nuestras acciones individuales, íntimas incluso, tienen una vida privada y una vida pública. Ducharse con agua caliente, tener hijos o conducir un coche es una acción privada. En un marco liberal, nadie debería pedirle cuentas a nadie por ello. ¿Qué pasa? Pues que si sumas todas las duchas calientes del mundo o todos los coches del mundo tienes un efecto global. Se convierte en un problema colectivo.

Entonces la pregunta sería: ¿podemos democratizar el Antropoceno?

Me lo pregunto constantemente. Existe un problema: la distancia entre magnitud del objeto –el cambio climático, por seguir con el mismo ejemplo– y la idea de unos individuos que deliberan y votan en su pequeño país. Por eso cualquier política climática debe ser geopolítica, global. Eso no quiere decir que las acciones locales no tengan importancia. La tienen. Pero es un asunto que requiere una perspectiva global. Y con esto vuelvo a tu pregunta anterior: someter a una votación ordinaria nuestras condiciones de supervivencia me parece una incongruencia.

El Antropoceno tiene dos dimensiones. La primera dimensión es la deseable; en qué sociedad queremos vivir refinando nuestras relaciones con el medio ambiente. La segunda dimensión es la indiscutible; qué sociedad necesitamos para sobrevivir. ¿Hay que cerrar la capa de ozono? Hay que cerrar la capa de ozono. ¿Podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos? No podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos. Así es como surge el Protocolo de Montreal, pensado para restringir un tipo de actividad que descubrimos en un momento dado que es dañina para el medio ambiente y que, además, compromete la habitabilidad del planeta.

El Protocolo de Montreal representaría, por tanto, la gobernanza global que defiendes. Sin embargo, lo establecido por el Protocolo de Montreal no sentó bien a todo el mundo.

Siempre habrá personas con intereses, o que sencillamente están acostumbradas a un modo de vida, que no toleran bien los cambios que les van a afectar en lo personal. Por eso protestan. Pero el tiempo ha dado la razón al Protocolo de Montreal. Lo que yo planteo es que tiene que haber una dimensión de la política climática sujeta a la gobernanza global; agencias medioambientales internacionales con representantes de los distintos gobiernos, por ejemplo, que aseguren que ciertos límites planetarios como la temperatura o la desertización no traspasan determinados umbrales. Una vez tengamos esos mínimos garantizados, podemos hablar de lo deseable. Es decir: podremos debatir sobre cómo queremos que sean nuestros entornos urbanos, qué queremos comer, cómo queremos que se trate a los animales que nos comemos, cuántos paisajes hay que preservar, cuánta naturaleza queremos conservar más allá de la que necesitamos conservar, etcétera. Pero sin supervivencia no hay deseabilidad que valga y por eso la voz de los expertos es fundamental. Y a veces ésta tendrá que comunicarse directamente con los organismos internacionales, al margen del debate público.

En el libro arrojas un dato curioso: dentro de unas décadas el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. También dices, al respecto, que esto es una buena noticia para el planeta. ¿Qué lectura haces de la nostalgia hacia el mundo rural que parece recorrer la sociedad española?

La nostalgia por la vida en el campo, que muchos asocian a una vida más sencilla, es un clásico del pensamiento occidental y probablemente responda al subconsciente colectivo de una especie que viene de la sabana. Es, también, una expresión de nuestro disgusto ante las dificultades que presenta la vida urbana. Pero si tan bien se viviese en el campo, el campo no estaría quedándose sin gente. Esta contradicción me invita a pensar que estamos ante un anhelo más que ante una preferencia meditada. Por otra parte, yo siempre hago mucho énfasis en no asociar lo natural con lo natural-salvaje, o lo que los norteamericanos llaman wilderness. La naturaleza también se encuentra en las ciudades.

En Nueva York me sorprendió encontrar grupos de observadores de aves –birdwatching, como dicen allí– en Prospect Park, el parque gigantesco que tienen en el corazón de Brooklyn.

¡Y en el libro cito un paper sobre un grupo de observadores de aves en Filadelfia! Pero es que es verdad: si queremos seguir manteniendo la idea de naturaleza en nuestras vidas, y si queremos cuidarla, es necesario que no pensemos que la naturaleza se encuentra al margen de la sociedad. Lo que tenemos fuera de las ciudades será, en todo caso, naturaleza de otro tipo. El wilderness que comentaba antes.

Volviendo al despoblamiento del campo. ¿Es realmente tan positivo?

Abre ciertas oportunidades. Y es una gran noticia para aquellos ecólogos que defienden la necesidad de crear corredores continentales entre zonas naturales en los que no exista intervención del hombre; corredores que permitan a las especies vivir y transitar libremente. Edward Wilson, por ejemplo, sostiene que la mitad del planeta debería estar dedicado a este fin; no dice que haya que partir el globo en dos, sino que es menester crear una reserva natural cuya superficie equivalga a la mitad del planeta. Puede parecer una idea descabellada, pero no imposible dado el ritmo de urbanización al que vamos. El debate público va muy desencaminado: existe la impresión de que la humanidad no hace más que crecer cuando en realidad no es así. El otro día leí que Japón va a pasar de 126 millones de habitantes a 85 millones en los próximos 50 años. ¡El peak child! Esa reducción de la población y ese agrupamiento de seres humanos en contextos urbanos tiene virtudes ecológicas porque facilita la creación de espacios donde la naturaleza se recupera gracias a la ausencia del ser humano.

Termino. Argumentas que a más modernidad más posibilidades de que el Antropoceno resulte una buena época en lugar de una era plagada de catástrofes. ¿A qué te refieres con más modernidad?

Sobre todo, a la innovación tecnológica destinada a lidiar con asuntos climáticos. Lo que se conoce como “ingeniería del clima”, aunque personalmente no me sitúo en esa posición tan radical que argumenta que esa es la única opción capaz de contener y reducir el cambio climático. La tecnología es imprescindible, sobre todo aquellas iniciativas como la biomímesis –la imitación de determinados procesos naturales– que no caen en extravagancias como la de reducir nuestro tamaño para reducir, a su vez, nuestra huella ecológica. Pero no basta con la tecnología. Se requiere una perspectiva política, porque sin riqueza no vamos a ser sostenibles, y también el convencimiento de que no se puede entender el medio ambiente y la sociedad como figuras antagónicas, sino como parte del mismo entramado. El entramado socionatural.

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Así se celebran los 200 años de Scheveningen, la playa predilecta de Van Gogh

Cecilia de la Serna

Foto: Van Gogh Museum

Scheveningen es uno de los atractivos turísticos más visitados en los Países Bajos cada año. Su playa al desatarse la tormenta protagoniza un lienzo de pequeñas dimensiones que representa una escena de este litoral cercano a la ciudad de La Haya, con un mar indomable y un cielo sombrío, obra de Vincent Van Gogh. El reconocible cuadro del artista neerlandés es el que encabeza esta líneas, y para pintarlo Van Gogh tuvo que luchar contra los elementos, literalmente. Algunos de los granos de arena que salpicaba el vendaval sobre la tela húmeda todavía se conservan enquistados en ella.

En 2018, Scheveningen cumple 200 años. Por supuesto, no la playa, sino el histórico complejo turístico que allí se erigió en 1818. Fue Jacob Pronk el primero en edificar cerca de esta playa, construyendo un edificio de madera en una duna próxima al mar. Décadas después, en 1884, se inauguró el Kurhaus, un hotel clásico y famoso en todo el mundo por su balneario, que en todo este tiempo ha sido visitado por personajes históricos y celebridades de primer orden. Con los años, el lugar se fue llenando de locales de todo tipo, especialmente restaurantes, e incluso un centro comercial que se extiende sobre un largo muelle. Antaño, Scheveningen fue un apacible pueblo costero, hoy forma parte del término municipal de La Haya, siendo un barrio más de los ocho que la componen y teniendo una densidad de población notable.

El baño invernal (el primero del año), los fuegos artificiales y, por supuesto, sus míticos puestos de arenques, son algunas de las más típicas atracciones. Scheveningen está de celebración y estos son los eventos más destacados:

Anillos de arena junto del mar (del 12 de febrero al 12 de abril)

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Un espectáculo para ver de cerca o de lejos dibujado sobre la arena de Scheveningen. | Foto: Turismo de La Haya

Veinte anillos de arena que miden hasta 150 por 300 metros decoran el paisaje de Scheveningen. Los anillos representan los 200 años de historia de este complejo turístico. Esta acción está enmarcada en la serie de eventos recogidos bajo el nombre ‘Feest aan Zee’ (‘Fiesta junto al mar’, en neerlandés). Los visitantes podrán ver entre el 12 de febrero y el 12 de abril un espectáculo en el que la arena, el viento, el agua y las excavadoras jugarán un juego fascinante y dinámico con los anillos de arena durante semanas. Al igual que la naturaleza misma, este obra de arte efímera no será la misma ningún día.

Paseo nocturno desde el centro hasta el muelle (9 de marzo)

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Un paseo inédito y nocturno por La Haya recorrerá 10 kilómetros hasta Scheveningen. | Foto: Turismo de La Haya

Con ocasión del 200 aniversario de Scheveningen tendrá lugar la primera edición de City Pier Night Walk. La ruta tendrá unos 10 kilómetros de recorrido y conducirá a los participantes desde el parque de Malieveld, en el centro de la ciudad, a Scheveningen. Este paseo inédito transitará por las calles iluminadas de la ciudad de La Haya, acompañados por diversos espectáculos de música. Hacer este recorrido guiado costará 16 euros y se producirá el próximo viernes 9 de marzo.

Trabajando en Scheveningen, una exposición de Jan Giesen (del 4 de marzo al 28 de octubre)

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Uno de los grabados de Jan Giesen que dan fe del intenso trabajo que supuso la ampliación del resort de Scheveningen. | Imagen cortesía del Panorama Mesdag

Una exposición del pintor local Jan Giesen (1900-1983) inaugurará las celebraciones del bicentenario del Panorama Mesdag, un lugar único de la escena cultural hayense. Giesen encontró mucha inspiración en Scheveningen durante las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado. Testigo directo de la expansión del resort, trabajó en las dunas y en la playa de Scheveningen, pero con su arte ofrece una imagen más matizada de los habitantes del lugar. Los dibujos y grabados de Giesen proporcionan una imagen de la época en sí misma y del tipo de arte que en aquel momento era popular en los Países Bajos.

Exposición de Max Liebermann en el Gemeentemuseum Den Haag (del 24 de marzo al 24 de junio)

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Una exposición inédita de Max Liebermann aterrizará en La Haya para conmemorar el 200 aniversario de Scheveningen. | Imagen cortesía del Gemeentemuseum de La Haya

El célebre impresionista alemán Max Liebermann tuvo siempre un vínculo especial con los Países Bajos. Desde finales del siglo XIX, Liebermann visitaba el país todos los veranos. De sus visitas, también a La Haya y particularmente a Scheveningen. A pesar de este estrecho vínculo entre los Países Bajos y el pintor alemán, su obra rara vez puede verse en territorio neerlandés. Es la primera vez desde 1980 que el Gemeentemuseum de La Haya organiza una gran exposición sobre Max Liebermann, y lo hace en el marco de las celebraciones del bicentenario de Scheveningen. Además, sus obras se exhibirán acompañadas por otras de sus colegas de la Escuela de La Haya, con los que mantuvo una buena amistad.

BonFire Beach Fest (del 20 al 22 de abril)

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Un evento gratuito en un marco incomparable. | Foto: BonFire Beach Fest

Música en directo, fuegos artificiales, comida y bebida… lo habitual en un festival pero con un marco incomparable: Scheveningen. Del 20 al 22 de abril, la playa se transformará en una gran zona festivalera abierta y gratuita. Junto al muelle habrá un escenario de música en directo, y un buen puñado de actividades satélite.

Aircooled Scheveningen (27 de mayo)

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Los más nostálgicos tienen su cita propia en el bicentenario del resort. | Foto: Turismo de La Haya

Una cita con la automoción clásica tendrá lugar el domingo 27 de mayo. Decenas de Volkswagen antiguos serán exhibidos en el paseo marítimo de Scheveningen para deleitar a los más nostálgicos.

Final de la Volvo Ocean Race (23 de junio)

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Scheveningen será el destino final de la Volvo Ocean Race. | Foto: Juan Medina / Reuters

La Volvo Ocean Race es la carrera de vela más larga y más dura del mundo. En junio de 2018 terminará, después de navegar 46.000 millas náuticas, en los Países Bajos por primera vez en su historia para conmemorar el bicentenario del resort de Scheveningen.

Festival internacional de fuegos artificiales de Scheveningen (10 de agosto)

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Lo mejor de la pirotecnia se dará cita en Scheveningen. | Foto: Turismo de La Haya

El evento veraniego por excelencia en Scheveningen es su festival internacional de fuegos artificiales. Pirotécnicos de varios países amenizarán la velada y competirán por el Trofeo Fireworks Scheveningen.

Ensayo para el Día del Príncipe (17 de septiembre)

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El ensayo del Día del Príncipe deja imágenes espectaculares, como esta con el Kurhaus de fondo. | Foto: Michael Kooren / Reuters

Como cada tercer martes de septiembre, los Países Bajos celebran el llamado Día del Príncipe o Prinsjesdag, con el que se da inicio al curso parlamentario en los Estados Generales (las cámaras alta y baja neerlandesas). Se trata de una celebración histórica que se remonta a 1887 y cuya denominación hace referencia al cumpleaños del príncipe Guillermo V (1748-1806), aunque desde entonces se viene celebrando en la misma época. Es uno de los acontecimientos anuales más importantes para la Corona, únicamente superado por el Día del Rey, Con un discurso en el Binnenhof de La Haya, el monarca da inicio al año político y Scheveningen también tiene su protagonismo. Los miembros de la caballería real ensayan en la playa en la víspera del desfile, y el evento es realmente popular y deja imágenes impresionantes.

Festival MuteSounds (20 de octubre)

MuteSounds es un festival con mucho más que solo música. Con las personas sordas o con discapacidad auditiva como protagonistas, este festival ofrece un espectáculo donde todos los sentidos se estimulan de manera especial. Un suelo vibrante, intérpretes de signos y otros elementos configuran un evento único en los Países Bajos.

Red Bull Knock Out (10 de noviembre)

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Deporte extremo en las dunas de Scheveningen. | Foto: Turismo de La Haya

Para los amantes del motor y los deportes extremos, hay una cita obligada en Scheveningen. El 10 de noviembre de 2018 tendrá lugar la mayor carrera de motocross en una playa: la Red Bull Knock Out.

Scheveningen Light Walk (8 de diciembre)

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El frío no es impedimento para disfrutar de un paseo nocturno por la playa más icónica de los Países Bajos. | Foto: Turismo de La Haya

El último de los eventos que recomendamos para celebrar los 200 años de Scheveningen no podría ser más romántico: un paseo al atardecer por las dunas de la playa, y acompañados de las luces que se encienden a lo largo del paseo marítimo y del muelle por las noches. Eso sí, dadas las bajas temperaturas en esa época en los Países Bajos, el abrigo es imprescindible para disfrutar de esta experiencia.

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Pulp Fiction: La literatura de tapa blanda que inspiró a Quentin Tarantino

Beatriz García

Foto: IMDB

De Chandler a Hammett, pasando por Leigh Brackett y Fredric Brown, conocemos de la mano de grandes lectores de pulp fiction algunos de los autores imprescindibles del género negro cuyas obras fueron escritas para pagar las facturas y acabaron rompiendo moldes.

La mayoría de la gente pasa por la vida gastando la mitad de sus energías en proteger una dignidad que nunca ha tenido. No lo digo yo, lo escribe Raymond Chandler en ‘El largo adiós’, y aunque se me hayan caído las comillas nos viene como anillo al dedo para hablar de literatura pulp policiaca y de la soberbia con que tantas veces se trata al entretenimiento, cuando grandísimos escritores se curtieron escribiendo novelas de ‘duro’: los pioneros del ‘hard boiled’ como el propio Chandler, Jim Thompson o Dashiell Hammett, sin ir más lejos. E incluso el maestro Kurt Vonnegut emergió del pulp y, aunque lo suyo era la ciencia ficción, fue considerado por Gore Vidal como el peor escritor de Estados Unidos.

A pesar de que las etiquetas solo les sirvan a críticos y libreros, imponen ciertos límites y extienden prejuicios, creando una línea divisoria entre magistrales peñazos y las historias protagonizadas por detectives alcohólicos, femme fatales que fuman como carreteras, vorágines sexuales y drogas. Porque de eso iba un tanto el pulp policiaco, las historias que sirvieron de desarrollo al género y que nacieron en los años 20 y 30 del pasado siglo alrededor de Black Mask, la revista que inspiró en 1994 a Quentin Tarantino para crear ‘Pulp Fiction’. De hecho, cuando Raymond Chandler empezó a escribir lo hizo allí; tenía cuarenta y pocos años, acababa de perder un puesto como ejecutivo en una compañía petrolera y publicó una historia de chantajes, gánsteres y cartas de amor a la que siguieron muchísimas otras. Y Erle Stanley Gardner, el padre de Perry Mason, o Carroll John Daly, creador del arquetipo del detective cínico, duro y callejero.

‘Pulp Fiction’ via GIPHY

Para Antonio Padilla, traductor de numerosas novelas policiacas, escritores como Jim Thompson, autor de las imprescindibles ‘El asesino dentro de mí’ o ‘1.280 almas’, fueron injustamente catalogados de “novelistas para camioneros” antes de que, en el caso de Thompson, empezase a colaborar como guionista en películas de Kubrick (‘Atraco perfecto’, ‘Senderos de gloria’), y así lo explicaba a su paso por BCNegra’18. También Francisco González Ledesma, uno de los grandes del género negro en el estado español, escribió gran parte de su obra como autor de quiosco: Al menos unos mil bolsilibros, la mayoría westerns bajo el seudónimo de Silver Kane, que publicaba después de haber ser censurado durante la Dictadura por “pornógrafo” y “rojo”. Lo cual no quiere decir, como bien recordó el escritor argentino Kike Ferrari en la tertulia sobre ‘Pulp Fiction’ organizada al cierre de BCNegra, que ‘pulp’ sea sinónimo de calidad: “Estamos hablando de revistas en las que escribían miles de personas y solo nos quedamos con una decena que rompieron moldes”, resumía.

Porque no todo es pulp lo que reluce y existe vida más allá de Chandler y Hammett, hemos pedido a cuatro grandes lectores del género que nos recomienden lo que suele llamarse ‘mierda de la buena’:

1. Fredric Brown y las novelas de detectives ‘iniciáticas’

“Siento especial devoción por las novelas de Fredric Brown protagonizadas por Am y Ed Hunter, tío y sobrino que empiezan como detectives aficionados hasta acabar trabajando en su propia agencia.

Pese a ser más conocido por obras como ‘La noche a través del espejo’ o ‘El asesinato como diversión’, Brown imprimió a las novelas de los Hunter una magia que las hace únicas. Se pueden interpretar como “iniciáticas”, ya que en ‘La Trampa fabulosa’ (1947) Ed debe enfrentarse de golpe a la vida adulta cuando su padre es asesinado; la investigación junto a Am, su tío y hermano de la víctima, se convertirá en un auténtico rito de pasaje. La novela se publicó en la revista Mystery Book Magazine, en el ocaso de los pulps, cuando la literatura de género hacía su transición hacia formatos como los paperbacks o los digest y le valió al autor el premio Edgar a la mejor novela de debut.

A esta la siguió ‘La viva imagen’, mi favorita, donde ambos personajes trabajan como feriantes en una feria itinerante y deben resolver varios asesinatos. Brown se recrea en una ambiente entre lo fabuloso y lo grotesco y Ed iniciará su educación sentimental.
A partir de la tercera, ‘Plenilunio sangriento’, hasta la séptima y última novela de la serie, ambos trabajan como detectives privados en Chicago. En ellas, Brown juega a introducir lo anómalo y maravilloso en las tramas, cuando abre la posibilidad de que hombres-lobo, “mad doctors” o extraterrestres estén detrás de los crímenes”. –José Luís González Martín.

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Las novelas de Brown están protagonizadas por Am y Ed Hunter, tío y sobrino que pasan de detectives aficionados a dirigir su propia agencia.

2. Historias y autores que no deberían desaparecer NUNCA

“Tengo muy claro que el autor de pulp noir que recomendaría sin pensarlo sería Samuel Dashiell Hammett, no solo por tratarse de una figura seminal en el género, -dado que sus cuentos sobre el operativo sin nombre de la Agencia Continental de Detectives consolidaron el género más allá de toda duda-, sino porque su obra, además de ser adelantada a su tiempo, no ha perdido un ápice de frescura y aún hoy se lee con deleite.

Hammett propició el auge del género negro desde las páginas de la revista pulp Black Mask, cosechando un éxito tal que el editor “animaba” al resto de los autores a que escribieran como él. Pero dejando aparte sus creaciones posteriores, como Nick Charles o Sam Spade, el anónimo operativo de la Continental tiene algunas de las mejores piezas cortas que se hayan escrito jamás en ese subgénero que el hard boiled o género negro.

Hammett no hablaba de oídas; había trabajado en la Pinkerton y sabía de primera mano que aquellos que están del lado de la ley no tienen por qué ser “los buenos”, y que los que la infringían no tenían, tampoco, por qué ser unos malvados villanos, ni muchísimo menos. ‘Cosecha Roja’, de la que existen numerosas ediciones, es un claro ejemplo de ello (en realidad se trata de los cuatro cuentos publicados en Black Mask que se desarrollaban en la pequeña ciudad de Personville, amalgamados para formar una unidad narrativa), pero siempre he sentido un especial cariño hacia otras piezas menos conocidas del ‘Continental Op’ como ‘El gran golpe’ (Black Mask, febrero de 1927), ‘Dinero Sangriento’ (Black Mask, Mayo de 1927), o ‘Cinco chinas muertas’ (Black Mask, noviembre de 1925). Las dos primeras forman los que muchos estudiosos han considerado la primera novela de Hammett y no solo muestran algunas de las mejores características de la ficción pulp, como la tremenda agilidad narrativa que hace que el lector se beba, literalmente, la historia, sino que también ofrece algunas de las mejores cualidades del mejor Hammett”.

“Uno de los aspectos de la ficción pulp que más enerva a los que adoramos el material que se publicó en esas revistas de papel malo es, precisamente, la cantidad de autores y sagas que están a punto de desaparecer en el olvido, que, literalmente, “no existen”, porque la sesuda crítica no las consideró en su momento lo bastante buenas.

Y aunque se supone que los lectores deberíamos mostrarnos agradecidos por el hecho de que ciertas editoriales hayan elegido por nosotros qué es lo mejor de lo mejor, no podemos dejar de lamentar lo difícil que resulta encontrar obras en nuestro idioma de gente como Paul Cain (no confundir con James M.), Raoul Whitfield, Lester Dent o Carroll John Daly. Este último inició, literalmente, el género negro, en las páginas de Black Mask, anticipándose en unos meses al propio Hammett e instauró lo que acabarían siendo todos los tópicos del género. Es cierto que carece del calado literario de Hammett, con el que compartió páginas en Black Mask, junto con Erle Stanley Gardner (antes de crear al abogado fullero Perry Mason y cambiar de público y de estilo).

De hecho, ellos tres fueron las estrellas de la revista, al menos hasta que se fue Hammett y entró Chandler, y hasta que todos ellos abandonaron Black Mask para mudarse a la Dime Detective Magazine, que les pagaba más. Pero mientras que en EEUU no resulta tan complicado encontrar recopilaciones de cuentos de Daly, Dent o Gardner (nos referimos a sus cuentos sobre Ed Jenkins publicados en Black Mask, muy al estilo de Hammett), resulta casi imposible encontrar algo de estos autores en castellano, como no sea en alguna que otra antología, como ‘Detective privado’ de Bruguera y similares. Y Carroll John Daly es un autor a reivindicar. Su saga de Race Williams resulta tremendamente divertida y ejerció una tremenda influencia en el género”.

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La legendaria revista Black Mask, pionera del pulp.

Es cierto que, a diferencia de Hammett, Daly narraba de oídas (en una ocasión se compró una pistola automática, para saber lo que se sentía sosteniéndola, y fue detenido por la policía, porque además se perdió regresando a su casa desde la redacción de Black Mask, algo que solía sucederle a menudo, dado que era un auténtico desastre), y también es cierto que no escribía tan bien como Hammett y que incluso algunas de sus historias pueden llegar a resultar paródicas del género, sin pretenderlo. Pero su importancia es capital.

Resulta curioso que el propio Mickey Spillane reconociera públicamente a su Race Williams como una inspiración (un halago que le valió una demanda por plagio por parte del agente literario de Daly, que por cierto fue enérgicamente retirada por el propio autor; a fin de cuentas Daly llevaba décadas siendo ninguneado por la crítica y declaró estar encantado ante los comentarios de Spillane).

Por desgracia, no es fácil encontrar obras de Daly en nuestro idioma, pero es cuestión de tiempo que alguna editorial se fije en ellas. Los lectores lo agradecerán, pues la diversión está asegurada”. – Javier Jiménez Barco (traductor de pulp y editor de la revista ‘Barsoom’).

3. Una vuelta de tuerca al ‘pulp noir’

“Lo más relevante, en el caso de Leigh Brackett, es cómo toma todos los elementos del ‘pulp noir’ de Hammet y Chandler y los reconfigura desde una perspectiva muy fresca, dándoles un giro a todos los tópicos del género (femme fatales, detectives decadentes, familias corruptas…). Sin duda, los diálogos son geniales, lapidarios e hilarantes y gracias a ellos Howard Hawks quiso a Brackett como guionista de ‘El Sueño eterno’.

También ‘Esta es mi historia’, de Frank McFair, es una de esas joyas del bolsilibro que merecen reivindicarse. Es la historia en primera persona de un personaje al margen de la ley, que no tiene nada que envidiar a la narrativa de Jim Thompson. Moralmente ambigua, llena de acción uy con un toque melancólico que nos deja un poco excelente. Francisco Cortés Rubio (nombre real de McFair) merece una retrospectiva como parte de lo mejor que ha dado el pulp patrio junto a Silver Kane o Curtis Garland”. – Miguel Ángel Wolfville, editor de GasMask Editores.

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Francisco González Ledesma aka Silver Kane (y muchos otros). Imagen: Bruguera

4. Extremo e híbrido de otros géneros

“Me cuesta escoger una obra de ‘pulp’ más policiaco, pero a mí me gusta mucho el Shudder Pulp, que es un tipo de pulp más extremo y lleno de sexo y violencia. Es un precursor casi directo del terror setentero, el gore, el giallo e incluso del bizarro y para catarlo recomiendo ‘Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp’ (Ed. Valdemar), que tiene un prólogo maravilloso de Jesús Palacios”. -Hugo Camacho, editor de Orciny Press.

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David Lizoain: "Garantizar nuestras democracias pasa por democratizar nuestras economías"

Antonio García Maldonado

Foto: Carola Melguizo
The Objective

No sobran los vaticinios funestos en medios y libros como para acercarse con alegría a un ensayo que lleva por título El fin del Primer Mundo. No obstante, el nombre tiene más de advertencia por el futuro próximo si persisten problemas como la desigualdad, la precarización o la degradación medioambiental, que de diagnóstico fatalista del presente. Este ensayo es un análisis político de la realidad que funciona también como advertencia y llamada a la acción, en este caso desde una indisimulada posición socialdemócrata alejada de una Tercera Vía que define como “una nostalgia que la socialdemocracia no se puede permitir”.  

Su autor, David Lizoain Bennet (Toronto, Canadá, 1982), se define como un economista “español vasco-judío-canadiense”. Ha estudiado en Harvard y en la London School of Economics, pasó su infancia en Canadá y ha vivido en Francia. Aunque reside en Madrid, antes lo hizo en Barcelona, por lo que si algo podemos concluir es que difícilmente su análisis pecará de localismo, tanto en su visión del mundo como de los problemas internos de España. Las comparaciones entre sus distintos lugares de residencia son constantes y su conclusión es clara: aunque con matices, el Primer Mundo está en peligro en su conjunto y por razones económicas, laborales, políticas, sociales y medioambientales similares. Problemas a los urge, según Lizoain, dar respuesta con un mayor y mejor reparto de la riqueza y de las cargas.

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Imagen vía Catarata Editores.

Escribe que “El espíritu de la época lo marcaba el optimismo”. ¿Por qué ya no es así? ¿Hay razones para tanto malestar? Muchos contraponen datos de mejoras objetivos en series históricas más amplias y, en cambio, su libro habla nada menos que del fin del Primer Mundo y sus certezas.

En Estados Unidos, los atentados de las Torres Gemelas pincharon una burbuja de seguridad y prosperidad que se asociaba con los años finales de la década de los 90. La deriva posterior de la Guerra en Irak también lastró la autoestima y la confianza del país. Pero para mí lo más relevante, porque también pasa en Europa, fue la Gran Recesión y los años posteriores de estancamiento económico y de pérdida de protección social. Si comparamos la Atenas de ahora con la Atenas de Pericles, pues es muy fácil decir que se vive mucho mejor. Pero si la comparamos con la Atenas de los juegos olímpicos de 2004, pues el país es más pobre que hace más de una década y no creo que haya mejorado la calidad democrática desde entonces. Grecia representa un caso extremo pero también sirve de advertencia para todos los demás países supuestamente ricos.

Cita a un asesor de Donald Trump que dijo que “el capitalismo es mucho más importante que la democracia”. Esto, que antes era algo que tenían China o Rusia, ya lo piensan gran parte de los ciudadanos de las democracias occidentales. La democracia necesita ser eficiente para sobrevivir. ¿Tiene tan claro que el futuro de occidente a largo plazo es democrático?

Creo que el futuro de nuestras democracias va ligado a la capacidad de nuestro modelo económico de satisfacer nuestras expectativas materiales. Si miramos el futuro, se puede observar que el modelo actual es insostenible, al menos en sus fundamentos energéticos. Si no se lleva a cabo una transición energética para descarbonizar nuestras economías, nos veremos abocados a unos escenarios de cambio climático muy indeseables. A mi juicio, garantizar nuestras democracias pasa por democratizar nuestras economías, sobre todo para abordar ese reto del cambio climático. Si no se hace, veo bastante factible un proyecto de eco-apartheid que combine la desregulación de los mercados con un control muy rígido sobre las fronteras y las sociedades.

Dice que “la acumulación de riqueza amenaza con arrollar nuestra capacidad compartida para el control democrático”. La desigualdad parece insostenible, y así lo consignan casi todos los análisis. Sin embargo, no parece que la dinámica fiscal en el mundo (rebajas generalizadas de impuestos a ricos y empresas grandes, competencia fiscal desleal, etc.), vaya en esa dirección.

La primavera árabe se inicia a finales de 2010, en la primavera del 2011 aparece el 15-M en España, y en el otoño del 2011 el movimiento Occupy se instala en Wall Street. Cuando Thomas Piketty publica El capital en el Siglo XXI unos años más tarde, por una parte está constatando rigurosamente unas ideas ya muy extendidas: está aumentando la desigualdad y esto es peligroso para nuestras democracias. Pero si se titula “en el Siglo XXI” es porque también nos advierte que esta tendencia irá a peor si no se toman unas medidas contundentes para limitar la concentración de la riqueza. Será cada vez más relevante la brecha política entre quienes quieren luchar en contra de la desigualdad y los que no. 

Si no le entiendo mal, la desigualdad no se explica por la irrupción tecnológica, sino por una respuesta ideológica e interesada a la misma. 

Al hacerse más palpable esa desigualdad creciente, también se hace más urgente el debate sobre sus causas, sean la tecnología, la globalización, la inmigración, etc. El capitalismo y la destrucción creativa de la que hablaba Schumpeter van de la mano, y que haya ganadores y perdedores es intrínseco al funcionamiento de una economía de mercado. Pero lo determinante es cómo se abordan estos choques constantes para repartir las ganancias y las perdidas. Las economías nórdicas son de las más abiertas a la globalización porque son las más socialdemócratas. Garantizar una buena red de seguridad es la mejor manera de asegurar que los grandes cambios se puedan vivir como una oportunidad y no simplemente como una amenaza.

¿Cómo debería financiarse esa solidaridad y en qué prioridades debería reflejarse? 

En nuestras sociedades crece la precariedad y la polarización, y ya no se puede dar por hecho ni los buenos salarios ni la permanencia de las protecciones sociales. La inseguridad económica genera un caldo de cultivo para mensajes insolidarios, racistas, ultra-nacionalistas, etc. El reto principal, y lo que debería ser la piedra angular de nuestro contrato social, es garantizar la seguridad económica universal. En un país como España, eso supone un mayor gasto social financiado mediante una mayor recaudación de impuestos. Señalaría un par de prioridades: unas buenas políticas familiares –por ejemplo de infancia, de cuidado al largo plazo– y un mayor gasto en la economía verde y la transición energética. 

Las empresas financieras y las multinacionales funcionan con lo mejor de ambos mundos: marcos legales nacionales garantistas y más propicios para contratar barato, y con marcos globales para sus diseños fiscales, financieros y contables. Siendo así, ¿cómo confiar en que es posible llevar a cabo medidas fiscales como las que apunta? Es decir, subir impuestos. 

Sería pecar de ingenuidad pretender financiar un estado de bienestar avanzado exclusivamente a través de subidas de impuestos a los ricos, lo cual no quiere decir que eso no debería formar parte de cualquier reforma fiscal progresista. Sabemos que es más fácil subir los impuestos sobre los factores de producción que difícilmente se pueden mover – en este caso el trabajo y el suelo– que sobre el capital. Pero una parte cada vez mayor de la riqueza es inmobiliaria, así que un nuevo marco fiscal para el suelo es un tema urgente. A la hora de gravar los capitales más líquidos, necesitamos buscar respuestas transnacionales (europeas en nuestro caso, para empezar). En esta materia, que es fundamental para la lucha contra la desigualdad, podemos percibir claramente las limitaciones intrínsecas de cualquier proyecto soberanista.

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David Lizoain en visita a The Objective. | Foto: Carola Melguizo.

“Un sector financiero hipertrofiado es un lastre para el resto de la economía. Las finanzas son como las tuberías, que sean necesarias no justifica que se ponga un baño en cada habitación de la casa”. Dice que hay que volver a un marco nacional para las finanzas. Esto suena aún menos realizable.

Más bien lo que digo es que hay que acabar con el tabú en contra de los controles de capital. En nuestro caso, el marco no sería nacional sino más bien europeo. Pero como sabemos que el capital tiene la tendencia de desplazarse para buscar el trato fiscal más favorable, no tenemos porque descartar que se hagan más complicados esos movimientos. Hasta el FMI empieza a razonar en este sentido. Esto supondría una herramienta más en la lucha contra los paraísos fiscales .

En cuanto a las propuestas para afrontar retos como la desigualdad, el cambio climático o la cohesión social, habla de una coalición progresista que unas minorías en pos de un objetivo común. ¿Quién debería conformar esa colación? Algunos científicos sociales opinan que esta estrategia ha llevado a disgregar el voto progresista. Se le afeó a la campaña de Hillary Clinton. Corbyn, en cambio, ha vuelto a un relato más clásico y las encuestas le sonríen. 

Tratar como incompatibles las luchas por el reconocimiento y la lucha por la redistribución es a mi juicio un error analítico que se convierte en un error catastrófico a la hora de elaborar estrategias políticas. El reconocimiento y la redistribución van de la mano. A Zapatero se le tacha de haberse centrado en temas supuestamente simbólicos; pero que todo el mundo se pueda beneficiar de los incentivos fiscales asociados al matrimonio es una cuestión económica. El derecho de visitar a tu pareja en el hospital, o el derecho de disponer sobre tu propio cuerpo son temas radicalmente concretos y no simbólicos. La existencia de unas brechas salariales de género, o de jerarquías raciales dentro de los mercados laborales, o de un muro invisible de los jóvenes, deberían servir para recordarnos constantemente de lo plural que será, por necesidad, cualquiera coalición que defienda una mayor redistribución de los recursos y del poder. 

De su libro se infiere que no tiene la mejor opinión de la Tercera Vía para que el centro-izquierda recupere el poder. Desde algunos ámbitos del centro-izquierda muchos reclaman la necesidad de un “centro radical”, a la Macron. 

La Gran Recesión pilló por sorpresa a la Tercera Vía y sus equivalentes. El centro-izquierda se volvió excesivamente complaciente ante el funcionamiento del capitalismo financiero. Y como no acertó entonces en su análisis, no nos debería sorprender que le esté costando recapacitar. Si los partidos socialdemócratas se encuentran en horas bajas en términos electorales, es más bien por su inercia, no por la audacia de su reconstrucción. Que ahora unos partidos con un ADN más conservador reclamen ser los auténticos herederos de la Tercera Vía tiene su gracia, pero también su parte de razón. Representan la continuación de su matriz neoliberal. Si miras la base electoral de Macron, no tiene nada que ver con la base electoral de un partido clásico de izquierdas, lo cual es lógico porque su proyecto defiende otros intereses económicos. La socialdemocracia no puede permitirse el lujo de instalarse en la nostalgia por las recetas de la Tercera Vía, porque a quienes pretende representar han sido los grandes damnificados de esta crisis, que no es ajena a las políticas de la Tercera Vía.

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