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Una startup construye casas imprimiéndolas en 3D en un solo día

Redacción TO

Foto: Apis Cor
Youtube

El problema del acceso a la vivienda puede tener una solución real y aplicable en un futuro muy cercano. Apis Cor es una stratup de San Francisco, California, que ha desarrollado una solución muy asequible para la construcción de nuevas casas. Puede imprimir en tres dimensiones paredes de hormigón para una casa en menos de 24 horas.

La prueba de fuego la ha realizado en Rusia, donde demostraron su propósito. Gracias una gran impresora 3D, que se parece más a una grúa que a una impresora 3D convencional, se van colocando capas de hormigón y otros materiales para construir la estructura del edificio. Según la compañía, la mezcla que utilizan puede durar más de 175 años. Después de imprimir las paredes, el procedimiento a seguir es retirar la impresora e instalar el aislamiento, las ventanas, electrodomésticos y un techo, un proceso que dura menos de 24 horas.

Una startup construye casas imprimiéndolas en 3D en un solo día
La impresora 3D de Apis Cor en acción. | Foto: Apis Cor / YouTube

Apis Cor asegura poder construir y amueblar estas casas, de unos 38 metros cuadrados, por un coste aproximado de 10.000 dólares. Según la página web de la compañía en el proyecto, las ventanas y las puertas son de lejos el componente más caro de todo el proceso.

Casas urgentes para situaciones urgentes

Estas casas podrían tener diferentes usos, aunque como destaca la propia compañía en su página web, podrían servir para reparar o sustituir rápidamente los hogares destruidos por desastres naturales. También podrían ser una solución viable en casos de conflicto, o para poblaciones más marginales que no tienen acceso a una vivienda digna. La tecnología sigue al servicio del progreso, y progreso significa hacer el mundo un poco mejor.

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Los beneficios de hablar solo

Néstor Villamor

Foto: Noah Silliman
Unsplash

Hablar solo sigue siendo una actividad polémica. Por una parte, la percepción general es que se trata de un síntoma de inestabilidad mental o emocional; por otra, la ciencia no deja de tumbar ese estereotipo. Un estudio publicado en la revista Nature ha concluido que conversar con uno mismo ayuda a regular las emociones y mantener el autocontrol.

Pero este estudio, a diferencia de otros publicados anteriormente, da una nueva vuelta de tuerca al asunto. Para empezar, plantea que es preferible que el soliloquio no sea en voz alta, así que adiós al estigma. Y además, sugiere que estos beneficios aparecen cuando la persona habla consigo misma en tercera persona. Es decir, en lugar de preguntarse “¿Cómo me siento?”, es más beneficioso plantearse “¿Cómo se siente Carlos?”. De ese modo, sugieren los investigadores, Carlos tendrá un mejor control sobre sus sentimientos al poder percibirse con la distancia que siempre se tiene con cualquier interlocutor.

Como dice el estudio, “todos tenemos un monólogo interno en el que nos sumergimos de vez en cuando; una voz interior que guía nuestras reflexiones cotidianas”. Pero el modo en el que nos dirigimos a nosotros mismos tiene efectos diferentes en función de qué pronombre utilicemos. “Concretamente”, observa la investigación, “utilizar el propio nombre para referirse a uno mismo durante esta introspección en lugar del pronombre de primera persona ‘yo’ aumenta la habilidad de las personas de controlar sus pensamientos, sus sentimientos y su comportamiento bajo situaciones de estrés”.

Dos experimentos

Para llegar a tales conclusiones, los autores del estudio -liderados por el investigador de Psicología Jason Moser, de la Univeresidad Estatal de Míchigan- llevaron a cabo dos experimentos. En el primero, los investigadores pidieron a 37 voluntarios que hablaran consigo mismos acerca de lo que sentían cuando les enseñaban imágenes desagradables. Midiendo la actividad cerebral con un electroencefalograma, los científicos descubrieron que cuando la conversación se producía en tercera persona no solo se conseguía reducir la ansiedad antes, sino que se reducía en menos de un segundo.

“Los resultados sugieren que un hablar solo en tercera persona puede constituir una forma de autocontrol relativamente fácil”

En el segundo experimento, los investigadores pidieron a los participantes que reflexionaran en silencio sobre experiencias dolorosas de su vida, tanto en primera como en tercera persona. Utilizando esta vez escáneres cerebrales, los científicos descubrieron que, de nuevo, la segunda opción ayudaba a los participantes a regular mejor sus emociones. “Juntos, estos resultados sugieren que un hablar solo en tercera persona puede constituir una forma de autocontrol relativamente fácil”.

Los beneficios que ha encontrado este estudio se suman a muchos otros sobre el mismo tema, del que la ciencia se está empezando a preocupar. Una investigación de hace cinco años publicada en The Quarterly Journal of Experimental Psychology mostraba que hablar solo (pero esta vez en voz alta) ayuda a encontrar objetos perdidos. El motivo, según los investigadores, es que oír en alto el nombre del objeto que se busca crea una asociación visual más poderosa.

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Jorge Raya Pons

Foto: AP Photo

La sombra de Elvis es alargada: no solo ha vendido entre 500 y 600 millones de discos —parece imposible dar una cifra exacta—, sino que se ha convertido en una referencia cultural básica del siglo XX. Con su pelo engrasado, los mechones meciéndose en su frente cuando movía las rodillas y las caderas. Antes de morir el 16 de agosto de 1977, hace 40 años, Elvis apenas podía respirar cuando se presentaba ante el público, obeso y cansado, pero conservaba ese atributo hipnótico y nada común de absorber todas las miradas. Desde entonces nadie ha conseguido alcanzarle y, a día de hoy, mantiene el trono del rock and roll.

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El tamaño no importa

Jesús Montiel

Un paseo por el barrio pijo de La Herradura sirve como polígrafo del alma. Para quien ande geográficamente despistado, La Herradura es un pueblo de la costa granadina frontero con Málaga que muchos extranjeros con parné eligen como diana vacacional. Se nota en los coches que pululan sus caminos asfaltados, en las propinas que uno ve en los chiringuitos con luces tropicales y también en los negros que cantan Sinatra para niños rubísimos en esos mismos chiringuitos.

Digo que mis paseos por el barrio más pijo de La Herradura me sirve como polígrafo del alma porque muchas veces, durante los mismos, me sorprendo soñando con que una de esas casas será mía cuando me haga millonario gracias a mi quehacer literario (no se rían que esto es serio). A la vuelta del paseo, no obstante, cuando entro en la casa que ocupo por dos semanas y que es la de mi abuelo paterno, me ocurre todo lo contrario: que dejo de soñar con casas a lo Bertín Osborne. Mi abuelo compró ésta con su trabajo y yo me siento culpable por ocuparla y tumbarme sobre su esfuerzo. La ocupo porque que mi abuelo ya no viene, no puede, su casa es la farmacia. A punto de cumplir noventa veranos, él y mi abuela van aprendiendo forzosamente a desprenderse de todo, son alumnos de la pérdida  porque a la muerte se entra sin piso playero, y sin libros (hace poco mi abuelo me entregó los suyos con expresión tristona).

Me encuentro entonces con dos sentimientos contrarios: de una parte mi afán de riqueza durante mis paseos matinales por el barrio más opulento de La Herradura; y de la otra un deseo de no atesorar si pienso en mi abuelo y en el piso que ocupo y que fue suyo. Quiero decir que dentro de mí anida un ansia de atesorar lo que perece, y fuera encuentro una ley antónima que me invita al desprendimiento porque nada se lleva uno más que el amor que ha procurado.

Precisamente hoy he bajado a las ocho para mi paseo por el barrio pijo y me esperaba al pie del ascensor el cadáver de un hombre que, aun con los ojos cerrados, sin vida que los abriera, me miraba con fijación a medida que yo bajaba las escaleras y los del 061 intentaban resucitarlo con desfibriladores. Afuera, su mujer gimoteaba arropada por otros vecinos disimulando el terror con palabras que todos aprendemos para momentos de catástrofe humana. Escribo ahora con los ojos del muerto delante de mí, sobre la mesa, como los cráneos que coronaban aquellas de los antiguos anacoretas. El tamaño no importa, me dice el cráneo mientras mis hijos me importunan con sus requerimientos, lo importante es que haya un hogar al otro lado de la puerta de entrada y no solo una casa.

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Ordalías 2.0

Cristian Campos

Foto: Mike Blake
Reuters

Imagine que es usted el CEO de una empresa mastodóntica, una de esas que ningún gobierno puede permitirse el lujo de dejar caer. Una como Google. Un día, uno de sus empleados, llamémosle X, entra en su despacho y deja encima de la mesa una caja negra cuyo contenido usted desconoce. Al cabo de unas horas, los teléfonos empiezan a sonar. Ese contenido, sea el que sea, ha provocado la ira del resto de los empleados.

Algunos se han sentido tan amenazados por él que han preferido abandonar su puesto de trabajo y quedarse en su casa. Buena parte del resto anuncia dimisiones masivas si no se despide a X. El escándalo llega hasta las primeras páginas de la prensa. La cotización de las acciones cae y el escándalo alcanza proporciones de amenaza existencial. Supongamos que usted no puede abrir la caja ni conocer su contenido de ninguna manera. ¿Qué hace?

Este es el único argumento razonable que he leído tras el Caso Goolag en defensa del despido de James Damore. El razonamiento es interesante porque evita tomar partido en la guerra cultural desatada por el texto del exempleado de Goolag y analiza la polémica desde un punto de vista estrictamente realista: el mundo es como es y lo importante no es la verdad sino cómo es recibida esta entre la masa. ¿Qué más da cuál sea el contenido de la caja si ha sido capaz de poner en peligro la mera existencia de la empresa y de hundir en la depresión a sus trabajadores y a sus accionistas? Desde este punto de vista, las excusas dadas por Sundar Pichai para el despido de Damore son irrelevantes: Damore debía morir para que Goolag sobreviviera.

Obviamente, el realismo en este caso no es más que otra forma de cobardía moral que deja la resolución de los conflictos sociales en manos del capricho y las supersticiones del grupo social dominante o mejor organizado, independientemente de que sus puntos de vista sean razonables, informados o tengan el más mínimo sentido. Dicho de otra manera: se trata de una forma intelectualizada de justificar la ley de la selva y la inseguridad jurídica consiguiente.

Lo paradójico es que la resolución del Escándalo Goolag, sobre el que se ha debatido hasta la extenuación porque el contenido de la caja negra estaba a la vista de todo el mundo, ha sido exactamente la misma que se habría producido de haber aplicado desde un buen principio la ley de la selva. No deja de ser una ironía que sea una empresa como Goolag, paradigma de la vanguardia tecnológica y santo y seña de la utopía digital, la que haya traído las ordalías medievales de vuelta al siglo XXI.

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