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Urvanity, la feria que lleva el arte urbano de las calles a las galerías

Álvaro R. de la Rubia

Foto: Álvaro R. de la Rubia

Han cambiado mucho las cosas en el arte urbano durante los últimos años: los artistas ya no son buscados por la policía sino por los coleccionistas, ya no son considerados parte de un movimiento underground sino creadores de primer orden y en la conciencia colectiva ya no se asocia arte urbano a tags y pintadas sino a murales alucinantes y a arte comprometido socialmente.

Coleccionistas, instituciones y público han reconocido la cantidad de talentos que han decidido adoptar como vía de expresión esta nueva vertiente creativa  y prueba de ello es que algunas ciudades ya no se esfuerzan en borrar lo más rápido posible las obras sino que luchan por conservarlas, como es el caso de las intervenciones de Banksy en Londres, consideradas casi un reclamo turístico.

Piezas de Banksy exhibidas en Urbanity.
Piezas de Banksy exhibidas en Urvanity.

España no es una excepción respecto al aumento de artistas urbanos y a la consideración que se tiene de ellos .Aryz, Okuda San Miguel, Boa Mistura o Liqen son solo algunos ejemplos de artistas españoles que triunfan dentro y fuera de nuestro país. Este año, a la ya rica oferta artística que rodea la semana del arte madrileña se suma Urvanity, una feria dedicada exclusivamente al arte urbano y a todas las vertientes del denominado nuevo arte contemporáneo. La feria, con 17 galerías (12 de ellas extranjeras) y más de 65 artistas representados, puede visitarse durante este fin de semana en el Palacio Neptuno de Madrid. Para conocer más detalles sobre Urvanity charlamos con Sergio Sancho, director de la feria y coleccionista.

Sergio Sancho, organizador de Urvanity.
Sergio Sancho, organizador de Urvanity.

¿Cómo surge Urvanity y qué la diferencia del resto de ferias paralelas a ARCO?

Visitando ferias de fuera de España y con la llegada de Instagram descubrí  un entramado de galerías, artistas… que conectaban conmigo y mis gustos y que, sin embargo, aquí no tenían tanta visibilidad. En las ferias paralelas a ARCO se programaban contenidos similares a los que ofrecía ARCO pero nadie se estaba dedicando exclusivamente a este nuevo arte contemporáneo. Creamos la feria con la idea de reivindicar a todos estos artistas a los que se les conoce mucho a través de las redes sociales, los murales en exteriores… pero cuyo trabajo de estudio o galería es menos conocido aquí en España.

 

Sin embargo, en los últimos años varias de las ferias de la semana del arte madrileña estaban programando arte urbano y empezando a prestar más atención a estos artistas.

Es cierto que algunas galerías nacionales de este tipo de arte estaban presentes en varias de las ferias. Pero creo que la especialización hace la fuerza y que las galerías internacionales de arte urbano no acababan de venir porque no se estaban viendo representadas en lo que las ferias estaban programando. Con Urvanity queremos aunar estas galerías, tanto nacionales como internacionales, para que cada una sume y el trabajo de todas luzca más.

Banksy, probablemente el artista urbano sobre el que más se ha escrito, es un gran reclamo. ¿Pero qué más encontraremos en Urvanity?

Hay muchas otras propuestas de otros artistas que están a la misma altura. Es cierto que Banksy mueve mucho, es muy mediático y no todos los días tenemos la oportunidad de ver obras suyas en directo. Pero también hay obras de D*Face, Jef Aerosol, JonOne, Moses & Taps y un montón más de artistas de primer nivel. Además hemos incluido un programa de muros en Madrid con artistas internacionales porque nos parecía coherente hacer ese guiño a los orígenes del arte urbano.

Piezas exhibidas en Urvanity.
Piezas de Jaune en el stand de la galería Vroom & Varossieau.

¿A qué crees que se debe el éxito del arte urbano en los últimos años?

Creo que el arte contemporáneo tradicional no conecta con gran parte del público y que el nuevo arte contemporáneo es más cercano, visual, quizás menos conceptual… Es una vuelta al arte pop en cierto sentido: regresar a ese arte popular pero en esta ocasión bebiendo del comic, el skate, las culturas urbanas… Conecta con elementos con los que hemos convivido y posee referencias visuales que todos conocemos.

¿Cómo se ha producido la introducción del arte urbano en el mercado y las galerías?

Los inicios del arte urbano tienen que ver con el grafiti, con hacerse un nombre, marcar un territorio… no es tan diferente de la dinámica de las redes sociales ahora (querer darse a conocer, dejar una impronta…).  Pero la realidad es que actualmente hay artistas urbanos que tienen una técnica tan buena que luego su trabajo de estudio funciona. No significa que todos los que pintan en la calle lo hagan y tampoco vale todo.

Urvanity en el Palacio Neptuno.
Urvanity en el Palacio Neptuno. ¡Imperdible!

Sin embargo el arte urbano nace como algo público y gratuito. ¿Ha perdido algo de su esencia saltando al mercado del arte?

No creo que haya perdido su esencia. Es cierto que nace como un arte muy reivindicativo pero me parece lógico que los artistas vivan de su trabajo. Y para eso hay que vender obras. Lo que me parece apasionante es cuando alguien se dedica enteramente a lo que le gusta. Simplemente en la calle puedes expresarte con un lenguaje y quizás en las galerías te expresas con otro. Además a los artistas urbanos les encanta pintar en la calle y siempre que tengan la oportunidad seguirán haciéndolo. El trabajo de estudio y las intervenciones en la calle no son excluyentes.

¿En qué punto está España respecto a mercados más sólidos como el estadounidense o el británico?

Creo que en el arte urbano (y también en el tradicional) poco a poco nos estamos poniendo las pilas y hay posibilidades de crear un buen mercado. Pero todavía quedan cosas por hacer. Por ejemplo en Francia comprar arte desgrava, en Reino Unido se potencia la compra de arte con iniciativas como el programa Own Art… Aquí, sin embargo, tenemos un 21% de IVA. Desde las instituciones y ciertos ámbitos se podría potenciar más la compra, fomentar la cultura artística en los colegios… Por nuestra parte, en el futuro queremos dar más peso en la feria a los niños para que puedan interactuar más con el mundo del arte.

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Silvia Cruz Lapeña, un relato desde el flamenco

Anna Maria Iglesia

Foto: Alberto Gamazo

Silvia Cruz LaPeña es una periodista de raza. Fiel y honesta con sus principios. Especialista en flamenco, Cruz LaPeña no es una mera reseñista: sus artículos y reportajes son textos, a veces incómodos, en los que ella analiza y descubre el mundo del flamenco, construyendo un relato que no se acomoda a los tópicos. Crónica Jonda (Libros del K.O) es también un relato incómodo, es también un relato que desmonta tópicos, un relato aparentemente autobiográfico a través del cual Cruz LaPeña destripa el presente social, político y, también, emocional. El presente de Crónica Jonda es el resultado de un pasado que no ha acaba de morir, que está ahí y cuyos frutos recogemos ahora.

Crónica Jonda comienza con la muerte de Paco de Lucía, que, a través de las palabras de Miguel Mora, se convierte en símbolo de un tiempo que se acaba.

Sí, y por esto está muy marcado el hecho de que yo me entero de la muerte de Paco de Lucía cuando estoy terminado el epílogo de la biografía de Camarón. Es un gesto casi epifánico: termino el epílogo y, por tanto, en cierta manera vuelvo a enterrar al gitano, que era Camarón, y me entero que se ha muerto el payo, Paco de Lucía. Y, sí, cuando Miguel Mora habla de la España aniquilada, yo la veo representada.

El gitano y el payo, el norte y el sur, lo exterior y lo interior… ¿tu libro es un juego de dualidades imposibles de separar?

Sí, está todo imbricado, porque la realidad es así. Este libro es un viaje, que yo empiezo cabreada, pero no puedo decirte en qué página dejo de estarlo, porque todo está mezclado, los opuestos se tocan y se confunden. En el fondo del libro está la idea de un todo, algo caótico, un todo donde es imposible determinar dónde empieza la otra. Es un libro que empiezo a escribir cuando todo parece haberse desquebrajado, cuando estaba naciendo con mucha fuerza Podemos y nos preguntábamos qué iba a pasar; ahora, seguimos, en parte, igual, no sabemos qué va a pasar, ni con Podemos ni con ningún otro partido. Por esto, cito a Faulkner.

Narras un tiempo que agoniza…

Sí, un tiempo que, además, se estira y no se acaba. Hablo de un tiempo que tiene mucho que ver con el flamenco, con esa voluntad de querer conservar el pasado, de no dejar que llegue lo nuevo. Por esto digo que, para no ser la música de España, el flamenco se le parece mucho. Como el flamenco, también el tiempo que estamos viviendo ahora es un tiempo suspendido, no sabemos qué va a pasar y, personalmente, tengo la sensación de que cada día empieza todo de nuevo.

No sólo dices que el flamenco se parece mucho a España, sino que es machista como España. ¿El flamenco es la lente desde donde miras tu entorno?

Sí, en cierto modo y, de hecho, en este libro el flamenco no es una excusa, como algunos me han dicho, sino que es la clave de lectura de muchas cosas y, al mismo tiempo, es mi abrigo, porque es el flamenco es el lugar donde me refugio. El flamenco es un microcosmos y en él veo conductas que, luego, veo también en otros ambientes, entre los periodistas, los carniceros o los taxistas.

El flamenco y, sobre todo, el mundo flamenco está muy connotado, pero, desde fuera, ¿lo miramos y lo juzgamos con demasiados prejuicios?

Hay muchos prejuicios en relación al flamenco, unos prejuicios que vienen de hace tiempo. Es cierto que el franquismo se apropió del flamenco y se lo usó como forma de propaganda de la cultura española, pero no fue el único arte a ser usado. Esto, sin embargo, ha hecho que, todavía hoy, haya quien conserva la idea de que el flamenco mantiene unos lazos con el franquismo cuando no es así.

Además, el flamenco es considerado como “lo español”, en un momento donde “lo español”, sobre todo en lugar como Cataluña, cuesta mucho de aceptar. Y, por último, para empeorar las cosas, se le tacha de machista y, en parte, es cierto, pero el flamenco no es más machista que la sociedad en el que está inmerso, es decir, la sociedad española.

Lo que quisiera es poner un punto y final a estas asociaciones, porque de flamenco he visto mucho y lo he visto en países como Francia e Inglaterra. Por tanto, ¿el flamenco es “lo español”? Sí, pero no. Lo que sucede es que falla el relato y creo que, en gran medida, de esto es responsable el propio mundo flamenco y, también, aquellos que lo narramos. Creo que tendríamos que hacer el esfuerzo de hablar de flamenco sin hablar de lunares, sin caer en los tópicos.

¿En qué sentido se ha explicado o se explica mal el flamenco?

El relato que se ha hecho hasta ahora del flamenco es la del tío guapo, alto, moreno y con pinta de torero y la mujer guapa, espectacular, con vestido de lunares. Se cuenta que, en el mundo flamenco, él manda y ella renuncia a todo y, en parte, es cierto, solo que, como te decía antes, el machismo del flamenco no es otra cosa que el reflejo del machismo de la sociedad en que se enclava.

El flamenco es mucho más, solo que todavía es un mundo muy circunscrito; ten en cuenta que muchos conservatorios no admiten los estudios de flamenco porque piensan que es cosa de cuatro gitanos que bailan en su casa. Esto hace que se desconozca el flamenco más allá de los tópicos, más allá del “lerele” y de los topos. Por esto, hablo del relato y de nuestra responsabilidad, porque es cierto que, sobre todo los medios no especializados, todavía te piden que si escribes de flamenco les hables de lunares, de sangre y de pasión, pero es precisamente esto lo que tenemos que evitar, porque el flamenco de hoy no es esto o no es solo esto. Hay espectáculos de flamenco muy fríos, donde no hay ni sangre ni pasión. O, por ejemplo, ver bailar a Rocío Molina es asistir a una clase magistral de danza contemporánea y de flamencos. Es una mujer que no utiliza ni lunares ni peinetas, pero es flamenco.

¿Ha habido clasismo en la percepción del flamenco?

Sí y no. Por una parte, no en cuanto, casi desde sus inicios el flamenco ha vivido gracias al apoyo de la gente adinerada; de hecho, muchos artistas flamencos han vivido de bailar a señoritos y a gente adinerada. Además, lo curioso es que, actualmente, muchas veces quien rechaza el flamenco es gente que, por cultura o por contexto, está muy cerca de él; sin embargo, hoy muchos lo rechazan por ser algo popular, algo folklorico…e, incluso, algunos no rechazan por no ser un arte elevado, si bien no hay que olvidar que hoy en día el flamenco está en todos los teatros del mundo.

Por otra parte, sí, hay clasismo: el rechazo al flamenco tiene mucho de clasismo y de racismo, que, paradójicamente, no solo viene del mundo payo.  En el mundo gitano también hay racismo, el de los gitanos y, lo que es más curioso, el de los gitanistas hacia los payos. Los gitanistas, que muchas veces no son gitanos, son unos puristas, son aquellos que dicen que el flamenco solo puede ser puro y que todo lo demás no es flamenco.

Ahora que hablas de los gitanistas, pienso en tu análisis de la música de Miguel Poveda, cuyo flamenco se ha “modificado” en cuanto él ha cedido, en parte, al gusto, tentado por las ventas o el gran público. ¿Poveda, como tantos otros, representa un flamenco adulterado, ese flamenco que nos llega y que consume la gran mayoría?

Yo diría edulcorada. Me voy a remitir, además porque enlaza con la cuestión del clasismo, a lo que dice Luis Cabrera, del Taller de Músics: el flamenco gusta si no te araña. No gusta el flamenco duro. Y lo que yo digo de Poveda es algo que se ve mucho en programas como La Voz u Operación Triunfo: se flamenquea mucho, se hace mucho “lerele” y mucho “olé”, pero eso no es hacer flamenco, por mucho que quien lo haga esté relacionado familiar o culturalmente con el flamenco.

Hay muchos que piensan que Malú es flamenca o que Rosario Flores hace flamenco, cuando no lo ha hecho en su vida. Y, sin llegar a este punto, Miguel Poveda, que sí que canta flamenco, aunque en sus espectáculos hay de todo, hace un flamenco edulcorado o, como yo digo, flamenco de amplio espectro. Muchos de mis compañeros de profesión, me dirían que este flamenco de amplio espectro no es flamenco.

Un relato desde el flamenco 1
El flamenco es mucho más que lunares y trajes de sevillana | Foto de Alberto Gamazo

¿Me comprarías la etiqueta: “flamenco para quien no entiende de flamenco”?

Mis compañeros gitanistas te comprarían… y yo también

Otro de los temas del libro es la inmigración, principalmente la de Andalucía hacia Barcelona y te muestras muy crítica hacia la política catalana, hacia ese discurso político que llegó a consolidar el concepto de “charnego”.

Sí, ante todo, porque reniego completamente del concepto de “charnego”. Yo no eliminaría esta palabra, pero que la diga quién la inventó. Este nombre, completamente despectivo, no nos lo hemos inventado quienes supuestamente somos charnegos, por esto, no lo asumo, porque no hay nada de negativo en el hecho de que una abuela mía fuera andaluza, otra murciana, mi madre de Barcelona y mi padre de Córdoba. Y, sí, en el libro hago una crítica feroz a esa sociedad que conocí y la hago, también, porque me hace mucha gracia cuando se habla hoy de los catalanes a los que no se escucha o a esos catalanes que estamos un poco callados. ¿Nos han escuchado alguna vez? Por esto cuento la celebración que se hizo en Barcelona en 2013 por los cien años del nacimiento de Carmen Amaya. A nadie le importó que se celebrara el nacimiento de Amaya teniendo mal los datos, sin prestar atención a los estudios que decían que ella había nacido en 1918. ¿Te imaginas que hubiera pasado si quienes organizan la celebración de 1714 se equivocaran y dijeran 1715? Pues, esto. No se trata de forma distinta a unos que a otros y luego decir que somos todos parte de un mismo pueblo. Recuerdo perfectamente cuando en la rueda de prensa previa al homenaje de Amaya, Mascarell decía que el pueblo romaní era parte del pueblo catalán, cosa que es cierta, pero entonces ¿por qué no se la trata igual?

En el libro cuentas, además, como un concejal te dice que prefiere antes “a los africanos que a los andaluces porque son ‘más propensos a hablar catalán’”.

Me hicieron este comentario como me han hecho muchos otros. Y, lo peor, te lo hacen sin preguntarse quién eres tú, sin plantearse que, a lo mejor, con sus palabras te están ofendiendo o están ofendiendo a tus padres.

¿Tuviste que asumir tu historia y tus orígenes o siempre fueron connaturales a ti?

No, no tengo la sensación de haber tenido que asumir mis orígenes, pero sí es cierto que, durante la presentación en Madrid, Cristina Fallarás decía que el libro es la narración de la construcción de una identidad. Seguramente, en el libro me digo algunas cosas que nunca me había dicho y ciertamente no es casual que mi interés por el flamenco se haya reafirmado en estos últimos años ni que mi libro salga en estos días y hable de flamenco. Aunque no quieras, ahora mismo, te obligan a preguntarte sobre tu identidad. Yo, que nunca me he preocupado de esto, me siento obligada no sólo a preguntarme sobre mi identidad, sino también a interrogarme sobre mi origen. Sin embargo, para mí nunca fue un problema: cuando volví a Barcelona, vivía en Nous Barris y nunca sentí la necesidad de preguntarme de dónde era. A lo mejor era una excepción, pero lo cierto es que nunca me preocupó este asunto.

Tú, además, narras la experiencia de una migración a la inversa: cuando tienes 8 años, dejas Barcelona y vas vivir a Andalucía. ¿Cómo era tu mirada, la de una niña que, si bien de origen Andaluz, deja Barcelona y se va a vivir a Andalucía?

Era una mirada repelente, porque era la mirada de quien viene de Barcelona y llega al sur. Era una mirada donde había rechazo, que, sin embargo, también encontré en Andalucía, aunque por distintos motivos. El rechazo que encontré era debido a que allí están muy hartos de que, desde Barcelona, se les mire con cierta superioridad, una superioridad que yo llevaba incorporada. Y, ahora, lamento haber salido corriendo de allí con 18 años, deseando ir a Barcelona, que para mí significaba un lugar con amplitud de miras y cosmopolita, paradójico si pensamos en lo que estamos viviendo hoy.

Evidentemente, con los años he vuelto a Andalucía, pero ya no he vuelto a vivir allí; de ahí que, en el libro, exprese mi arrepentimiento por esa actitud repelente que tuve y, solo ahora, me doy cuenta de que en todos los años que viví ahí, no llegué a conocer, de verdad, Andalucía por mi estrechez de miras.

En el fondo, Crónica Jonda es un gran canto a Andalucía.

Y a Barcelona.

Sólo que Barcelona sale peor parada.

No, el libro es un gran canto a Barcelona, solo que vivo en Barcelona. Si me hubiera ido, seguramente mi mirada se hubiera dulcificado. Yo no tengo una mirada romántica de Andalucía, pero ya no es tan severa como la que tenía antes, porque vivo a mil kilómetros y porque cuando voy es solo para estar unos días. Sin embargo, Barcelona es mi ciudad elegida, es la ciudad que amo, de ahí el cabreo que tengo. Siempre te enfadas con quien más quieres y yo estoy casada con Barcelona.

Por último, quería preguntarte sobre el periodismo, del que también hablas.

Yo todo lo que te pueda decir del periodista suena a corporativista, aunque no lo sea para nada, pues soy muy crítica con quien no lo hace bien y conmigo misma cuando me equivoco. Me parece vital que se haga periodismo y que se haga bien. Aunque no tengamos un código deontológico muy claro, me parece esencial hacer periodismo con sensatez y respetando algunos principios.

Te muestras muy crítica con los “periodistas” amateurs.

Yo soy muy crítica con el amateurismo, es cierto, con ese “periodismo” que se ejerce gratis. Yo también me abrí un blog para escribir sobre mis cosas, pero el periodismo es otra cosa. ¿Qué quieres hacer periodismo? Muy bien, pero juega con nuestras reglas: cobra por trabajar. ¿Te metes a hacer periodismo sin cobrar para ligarte a la cantaora o el productor? Entonces, lo que haces no es periodismo, porque el objetivo del periodismo es otro.

Puedes ser amateur, pero no nos quites el pan, no reemplaces el papel del periodismo. Nos quejamos de que se hace mal periodismo, pero es que la mitad de la gente que lo ejerce no es periodista, y no me refiero a tener o no el título universitario, y la mitad de la otra mitad ha sucumbido a determinadas cosas: cobrar poco, titular mal en busca de click, evitar ser molesto.

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Las 7 barberías más hipster de Madrid que no te puedes perder

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Cecilia de la Serna
The Objective

Nuestros abuelos ya se cortaban la barba y se hacían la raya del pelo con navaja, pero tener una barba arreglada o completamente rasurada, no es tan fácil. Ahí es donde entran en juego los barberos, esos especialistas que con sus movimientos pausados de navaja, como si de un baile se tratara, consiguen que tu barba luzca perfecta. Durante un tiempo pareció haberse perdido este oficio, pero regresó con fuerza. La nostalgia de cortarte el pelo o la barba mientras de fondo suenan grandes clásicos como Johnny Cash, Chuck Berry, Little Richard o Elvis Presley, y mientras el barbero que te atiende te ofrece un Bourbon o una cerveza, es posible en Madrid. En una sociedad que cada vez va más rápido, es difícil encontrar un momento para nosotros mismos. Por ello, The Objective te propone las 7 barberías más hipster de la capital española que no te puedes perder:

Chamberí 5

Esta barbería, que lleva el nombre del barrio castizo donde se encuentra, está regentada por Daniel Perales, curtido barbero con más de 20 años de experiencia y una importante tradición familiar en el mundo de la peluquería a sus espaldas. Los difusores de agua y aftershave hechos con viejas botellas de whisky conviven con las navajas y tijeras que se acumulan sobre los muebles de estilo vintage.

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La barbería se encuentra en uno de los barrios más castizos de Madrid | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

Pero su secreto mejor guardado es su sala de la planta inferior, reservada a un servicio más exclusivo. Los clientes pueden solicitar este servicio ‘premium’ e ir con sus amigos. Mientras uno de ellos disfruta del afeitado, los demás le pueden acompañar tomando algo en el minibar.

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El secreto mejor guardado de la barbería está en la planta de abajo | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective
  • Plaza de Chamberí 5. Horario: lunes a sábado de 10:00 a 20:00 y domingo cerrado.

Malditos Bastardos

Una cabeza de ciervo adorna la pared y se convierte en el logotipo de esta barbería de la vieja escuela, apta “sólo para hombres con un toque bastardo”, aseguran en su web. “Un concepto diferente, una forma de ser que huele a gasolina, whisky y motor, a concierto, guitarra, velocidad y mucha seguridad. Hay pocos ya así, y por eso aparece esta barbería distinta para el hombre de siempre”.

Siete barberías hipster imprescindibles de Madrid
La cabeza de ciervo preside la la barbería. | Foto: Malditos Bastardos /Facebook

En pleno barrio de Malasaña, muy cerca del metro de Tribunal, se ubica su principal barbería, aunque también tiene otro local en el hotel OnlyYOU de Atocha. Una barbería donde “ser tú mismo mientras te tomas una birra, un bourbon y escuchas la banda sonora de una época que distingue a los canallas que merecen la pena de los que no”. De fondo, siempre suenan grandes vinilos de los 50 y 60.

  • Calle Barceló, 1. Horario: lunes a viernes de 10:00 a 21:00, sábados de 10:00 a 15:00 y domingo cerrado.
  • Paseo de la Infanta Isabel, 13. Horario: lunes a viernes de 11:00 a 14:30 y de 16:30 a 20:00, sábados de 10:00 a 15:00 y domingo cerrado.

Blackstone

Encanto “british” en pleno barrio de Salamanca. BlackStone es un salón “solo para hombres, enfocado exclusivamente al cuidado y bienestar masculino”, aseguran sus dueños. Está inspirado en las barberías tradicionales de estética victoriana, pero incorpora las comodidades y los nuevos avances de hoy.

BlackStone mantiene el encanto y esencia de aquellos “clubs masculinos” de décadas pasadas, donde ir a arreglarse la barba o cortarse el cabello eran todo un ritual. Un local que recupera servicios como el auténtico afeitado a navaja, pero sin olvidarse de los estilos y técnicas de la peluquería más actual.

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Un local con un marcado estilo british. | Foto: Blackstone /Facebook

“En cuanto entras a BlackStone entiendes por qué tantos famosos acuden con frecuencia a nuestro salón de barbería en Madrid. Es la experiencia de bienestar y lujo que todos merecemos,” aseguran sus dueños.

  • Calle de Velázquez, 76. Horario: lunes a viernes de 10:30 a 21:00, sábados de 10:00 a 14:00 y domingo cerrado.

Bearbero

La experiencia Bearbero comienza en el momento en el que entras por la puerta, el olor, la música, la decoración, te llevan de vuelta a un tiempo que recuerda a las generaciones pasadas, donde era un ritual cotidiano del hombre. “Nuestros barberos son hábiles tanto en las técnicas tradicionales de corte y barbería como el uso de toallas calientes en el afeitado”, aseguran.

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  • Calle de Embajadores, 10. Horario: lunes a viernes de 10:30 a 14:30 y de 16:30 a 21:00, sábados y domingo cerrado.

La barbería de Iván

A la cabeza de esta barbería se encuentra Iván Rodríguez, un barbero que quería rescatar “la esencia de las antiguas Barberías, con la ilusión de crear un espacio de reunión, de confidencias y de largas tertulias como sucedían en las antiguas y fascinantes Barberías de la Old School”.

Un lugar sin dudas donde el hombre tenga su propio espacio y protagonismo, creando verdaderas experiencias con un buen ritual del afeitado tradicional, y es que “el sabor de lo antiguo es muchas veces intenso y magnifico”, asegura Rodríguez.

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Los típicos colores azul, rojo y blanco que identifican a las barberías de antaño. | Foto: La Barbería de Iván /Facebook
  • Calle de José Abascal, 35. Horario: lunes a viernes de 10:00 a 20:00, sábado de 09:30 a 13:30 y domingo cerrado.

Malayerba

En Los Episodios Nacionales, Benito Perez Galdós narra la Guerra de la Independencia Española, que culminó con la expulsión de los franceses del territorio español. Y es en el capítulo dedicado al levantamiento popular del 2 de Mayo de 1808, donde aparece la figura de un tabernero, el tío Malayerba. “Ese es el germen del nombre Malayerba: un homenaje a la historia de la Plaza Dos de Mayo, corazón del barrio de Malasaña y donde se ubica la barbería, y un guiño al pelo que crece deprisa como la mala hierba y que hay que cortar”, dicen sus dueños.

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Guantes de boxeo y viejas botellas de whisky decoran las paredes de esta barbería | Foto: Malayerba /Facebook

De la mano de Olivia Soaps, Malayerba ha desarrollado una línea propia de productos artesanales para el cuidado del cabello y de la barba con materias primas de origen 100% ecológico. Los primeros en comercializarse han sido la Cera para Bigote y Barba Monteleón, y el Elixir para Barba Daoíz.

  • Plaza de Dos de Mayo, 3. Horario: martes a sábado de 11:00 a 20:00 y domingo y lunes cerrado.

The Barber’s Shop

El concepto The Barber’s Shop ha ido moldeándose a lo largo de los años en la cabeza de Isma Barber. Hijo de peluquero-barbero y madre artista, fue criado entre bambalinas de una peluquería-barbería y con inquietudes hacia el mundo del arte. Isma lleva toda su vida en el oficio, cuando le preguntan, él dice que “desde los 11 años”, que es cuando hizo su primer corte sin supervisión.

En 2016 abre sus puertas The Barber’s Shop (2016), “un espacio dedicado exclusivamente al hombre, donde el espectáculo y el arte se combinan para tener una experiencia inolvidable“, y es que esta barbería organiza exposiciones, conciertos, monólogos y microteatros que permite a los artistas emergentes dar a conocer su obra en un escaparate diferente y original. “Un nuevo concepto que hace vivir a sus clientes una experiencia múltiple y mucho más profunda”.

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La barbería con más “arte” de todo Madrid. | Foto: The Barber’s Shop/Facebook
  • Avenida de América, 6. Horario: lunes a viernes de 09:30 a 20:30, sábados de 10:00 a 14:30 y domingo cerrado.

Continúa leyendo: Nouvelle Vague o cómo vivir una noche a lo Twin Peaks en Madrid

Nouvelle Vague o cómo vivir una noche a lo Twin Peaks en Madrid

Redacción TO

Una de las peculiaridades de la tercera temporada de Twin Peaks es sin duda ese espacio que David Lynch, melómano empedernido, decidió darle a la música, específicamente a la música de bandas indies desconocidas pero maravillosas. Generalmente al final de cada episodio una escena en el Bang Bang Bar sirve de excusa para ver un performance de grupos como The Cactus Blossoms, Chromatics o Au Revoir Simone. Luces bajas, ambiente placentero, música sugerente.

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“Il fait chaud” | Foto: The Objective.

En el caso de Nouvelle Vague, el colectivo francés liderado por Olivier Libaux y Marc Collin que ayer cerraba el ciclo de Madtown Days en la Sala But de Madrid, están lejos de ser desconocidos ya que llevan más de una década (re)interpretando algunas de los mejores temas de bandas icónicas del punk y post-punk de los 80s y 90s como The Clash, Buzzcocks o Joy Division con sus inconfundibles arreglos en clave de jazz y  bossanova. Sin embargo, qué sorpresa, las luces, el ambiente, la música…

En vivo Nouvelle Vague tiene una fuerza y una presencia inesperadas. Elementos precisos, guitarra, contrabajo, teclados, una percusión muy interesante y dos voces femeninas que le dan vida tanto a los clásicos como a los temas originales que desde la publicación del álbum I Could Be Happy en 2016 acompañan a la apuesta de la banda.

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Melanie Pain, una de las cantantes de Nouvelle Vague. | Foto: The Objective.

A lo largo de esa hora y media que pasó rápido y lento, como en los sueños o las pelis de Lynch, sonaron maravillas de los 80s como How Does It Feel, Ever Fallen in Love, I Wanna Be Sedated, In a Manner of Speaking, pero definitivamente uno de los momentos más sorprendentes de la noche fue la batucada con la que cerraron la versión de I Just Can’t Get Enough de Depeche Mode. Sí, Depeche Mode en batucada.

Definitivamente el cierre ideal para una cuarta edición inolvidable de Madtown Days que comenzó con la presentación de los colombianos electropicales de Bomba Estéreo en la Sala Riviera y se despide justo cuando el frío comienza finalmente a apoderarse de la ciudad.

MTD by Jim Beam, promovido por Radio Madrid, ha logrado que la capital sea el centro representativo de diferentes apuestas musicales dirigidas a los amantes del directo y desde ya estamos esperando la quinta edición.

Continúa leyendo: Antonio Escohotado: “Soy, básicamente, un espectro”

Antonio Escohotado: “Soy, básicamente, un espectro”

Gonzalo Altozano

Foto: David Alonso Rincón
LD

La entrevista tuvo lugar en casa de Escohotado, a las afueras de Madrid, y a la misma asistió Jesús Bengoechea, de La Galerna, y el que esto firma. La cosa es que Antonio andaba liado con el que será su próximo título, Los hitos del sentido, y, por cuestión de procedimiento y de tiempo, de falta de tiempo, nos citó a los dos en el mismo sitio, a la misma hora, sin importarle que cada uno llevara su propio cuestionario. Sin embargo, no nos despachó enseguida, sino que nos tuvo, a Bengoechea y a mí, toda la tarde divertidísimos, dejándonos preguntar sin tasa y respondiendo él sin autocensuras del tipo “hoy no toca”, “me reservo mi opinión” o “solo en presencia de mi abogado”. Antonio Escohotado Espinosa. Qué tío.

No suelo preguntarlo, pero en su caso, creo, está justificado. ¿Ha tomado algo antes de esta entrevista?

Me acabo de preparar unos polvos de la Madre Celestina.

¿Cómo los consigue? Los polvos esos y, en general, el resto de drogas.

Navegando la deep web.

¿Y eso cómo funciona? ¿Se lo llevan a casa o qué?

Nada de eso, sería temerario.  

¿Qué me dice de los controles? Porque digo yo que en Correos habrá controles.

No estoy al corriente, porque me ayudan almas caritativas en la práctica.

Supongo que aquí el tamaño sí importará.

Hay productos, como la maría, que ocupan mucho; aun así la ofertan.

¿Y si no llega un pedido, a quién reclama?

El sistema diseñado en origen por Ross Ulbricht -la deep web– solo me ha fallado una vez en siete años.

Siete años comprando en internet, pero toda una vida consumiendo. ¿Cómo empezó todo?

Con el pentotal. Era todavía adolescente y tuve varios ataques de epilepsia. Entonces me inyectaron pentotal. ¡Ah, el pentotal, qué maravilla! Estoy como loco por conseguir un poquito de pentotal o de amital sódico, que viene a ser lo mismo: un barbitúrico de efecto ultrarrápido. 

¿No es eso lo que inyectan los americanos a los presos en el corredor de la muerte?

Así es. Ambos provocan asfixia cerebral, pero no antes de inducir una euforia cordial, como de borrachera grata.

Usted, obvio es señalarlo, nunca llegó a la segunda fase, la de la asfixia.

Cierto. De todas formas, es una pena que la gente relacione el pentotal y el amital con asesinos en serie, porque debería ser una forma razonable de dejar el mundo para cualquiera.

¿Para Antonio Escohotado también?

Intento ganarme el respeto de familia, amigos y vecinos, que es lo máximo que cabe pedir, a mi juicio. Por eso, cuando me levanto por las mañanas me digo lo maravilloso que sería morir hoy.

¿Por qué?

Porque temo ir haciéndolo peor cada día y sé que no hay manera de mejorarlo; es imposible que no empiece a desfallecer aquí y allá.

¿Y no hay más solución que la letal?

No para un tío como yo, que amó básicamente el conocimiento y el coraje. La perspectiva de perder ambos llama a quitarse de en medio, pero sin otra prisa que la dictada por el proceso degenerativo.

Usted, miedo a la muerte, lo que se dice miedo…

Los temerosos de la muerte suelen no saber de lo que hablan. Para empezar, dicen estar convencidos de la otra vida, pero se aferran con uñas y dientes a esta.

¿Qué pasan por alto?

Que el instinto de conservación se mantiene boyante hasta los sesenta e incluso algo más, pero luego se aplaca a medida que vas perdiendo masa muscular.

¿Hacia dónde gira entonces la cosa?

Hacia el sentimiento de bueno, luché, cumplí mejor o peor, pero toca despedirse, cerrando quizá algunos flecos.

¿En su caso, y centrando la pregunta solo en su producción intelectual, cuáles son esos flecos?

Por ejemplo, Los hitos del sentido, un repaso de los grandes hallazgos conceptuales que reelabora a fondo mis unidades didácticas de la UNED, porque ahora sé bastante más que hace treinta años, y puedo hacer una historia realmente materialista.

¿Con qué ánimo afronta el proyecto?

Con un entusiasmo medio ciego, afanoso por encontrarle al día veinticinco horas para poder trabajar.

¿Y mientras las encuentra, cuántas echa?

Un mínimo de catorce.

¿De noche o de día? Porque es usted de naturaleza draculina, ¿no?

Trabajo por la noche, sí.

¿Qué tal despertar tiene?

Malo. Tardo mucho en pasar del Antonio desconcertado, blandengue, pasivo, que deja las cosas para luego, al Antonio concertado.

¿Algún remedio para acortar el paso?

Tomar polvos de la Madre Celestina.

¿Aparte de las drogas?

Natación. Hay días que son 450 metros, pero otros 800.

Eso en verano. ¿Y en invierno?

Ir al monte a cortar leña. Es un buen ejercicio porque sudas cortándola, sudas trayéndola y sudas almacenándola. Además, la chimenea hace tanto hogar…

Sin embargo, ¿para qué el esfuerzo, en invierno o en verano, si, como decía antes, a su edad no hay manera de mejorar?

No hay forma de evitar que la uva se convierta en pasa. Y aunque a mí me tiemblan ya las manos por parkinson, lo que de verdad importa es la cabeza; mientras funcione, ok.

Parece que funciona, con el añadido de que, como recordaba antes, ahora sabe mucho más que cuando empezó a estudiar.

Y empecé hace ya mucho.

Antonio Escohotado: “Soy, básicamente, un espectro” 3
El estudio como la pasión de una vida, su vida | Imagen vía: Igor Gayarre

¿El estudio como la pasión de una vida?

Totalmente. Reconozco, eso sí, que las señoras me han interesado casi lo mismo. Lo que pasa es que, con el tiempo, el aguijón de la carne ha ido calmándose, por más que mi tercera mujer parezca mi nieta y la hija que tengo con ella, mi biznieta. Dos veces me he divorciado, pero con la tercera no me va a pasar. Ella es la definitiva y total.  

Luego le pregunto por las señoras, pero hábleme ahora de su afán de conocimiento. ¿Cómo nació? ¿Cuándo? ¿Dónde?…

Tengo una explicación, pero me temo que Freud diría que soy un frívolo por no tener en cuenta razones inconscientes de mucho mayor peso. Llamémoslo neurosis de destino: un niño fascinado por leyendas de heroísmo.

Llamémoslo así y obviemos a Freud.

Soy hijo único, nacido a los diez años de matrimonio, cuando mis padres estaban convencidos de ser estériles.

Nacimiento que, cabe imaginar, hizo que le recibieran con generosidad y cariño.

Mi vocación por el estudio viene de ahí, de esa generosidad y ese cariño de mis padres. Porque fueron tan buenos conmigo -¡tan buenos!-, les quise tanto -¡les quiero tanto!-, que pensé que una forma de devolverles el amor que me daban era hacerles sentirse orgullosos de mí.

Y no se le ocurrió nada mejor…

… que pulir el intelecto, digiriendo los libros aburridos.

¿Los libros aburridos?

Los libros aburridos, sí, supuestamente reservados para los mayores, no para Antoñito.

Con todo, los leyó. ¿Se enfadó su padre?

Papá no era ninguna hermanita de la caridad, sino más bien colérico. Pero lejos de enfadarse con el repelente niño Vicente -una expresión de Azcona, algo posterior- empezó a presumir de vástago extravagante, alegando que su hijo sabía una barbaridad de esto y de lo otro, mucho más que él. Se lo dijo incluso a Marañón, que una noche vino a cenar a casa, en Río de Janeiro.

¿Cómo reaccionó Marañón?

Me abrió mil ventanas en poco rato con sus preguntas, una forma dulce de sugerirme hasta qué punto vivía en la inopia.

A propósito, ¿qué hacían los Escohotado Espinosa en Brasil?

Papá era agregado de prensa en la embajada.

Una embajada de postín aquella, con su embajador, sus agregados y sus muchos secretarios de carrera.

Era clave para España, tras quedarse fuera del Plan Marshall, no perder la conexión con América, pues habría supuesto el aislamiento total. Era crucial seguir recibiendo importaciones de países como Argentina o Brasil, básicamente alimentos.

¿Configuró su infancia en Río su carácter libertario y libertino?

Es verdad que ese es mi carácter, pero no sé si me viene de ahí o del ADN.

¿Acaso no guarda recuerdos de su época allí?

Muchos, muchísimos. Tenga en cuenta que me vine a Madrid ya mayorcito, con catorce. Fue un palo tremendo.

¿Con qué se encontró?

¿En Madrid? Con curas halitósicos preguntando si me masturbaba y guarradas así. Y luego con la mili.

Vamos por partes: primero el colegio y luego la mili.

Estudié en el Rosales, un colegio al que iba toda la gran pasta del país: los Fierro, los March, los Urquijo, los Garrigues…

No le contaba a usted entre el número de los forradetis.

Qué va, macho. Yo iba y volvía en el 7, el autobús, mientras los demás iban y volvían con chóferes en cochazos.

Ni me lo imagino en uno de esos guateques de niños pera, con sus boleros, su yumbina y su cup de frutas.

Nunca le cogí el truco a la samba y otros ritmos sudamericanos. Llegué a ser bastante eximio con la guitarra. Pero incluso limitado al compás más sencillo -el del vals o el rock- acaba yéndoseme una negra antes o después.

Tampoco lo visualizo, y perdone mi falta de imaginación, como jugador del Real Madrid.

Pues jugué con los infantiles. Villalonga, que andaba por ahí, me felicitó una vez por lo “templado” que le pegaba.  También sugirió que ganara peso, porque jugaba en el centro del campo y era un tirillas. Sin embargo, mi ventaja sobre el resto era haber aprendido jugando diez años sobre la arena de Copacabana; hasta hace poco tenía unos gemelos muy fuertes.

¿Conoció a los ídolos de su niñez?

En Río llegué a tocarla en la playa con alguno de los astros brasileños -los que nos endosaron un 6-1 en el mundial de 1950.

¿Y en Madrid?

El Rosales, mi colegio, empezó teniendo tres chalets en el Viso, donde, por falta de espacio, jugábamos en un descampado contiguo al Bernabéu, por el cual aparecía de tarde en tarde un cabrero con su tropel.

¿Solo un cabrero con su tropel?

Había también un quiosco visitado por los jugadores del Madrid después de entrenar, donde tomaban cañas y alguna tapa. Verles en torno a la estufa que encendían en invierno era como estar en el Olimpo.

Antonio Escohotado: “Soy, básicamente, un espectro” 5
Claudia, la pequeña de sus hijas, que no su biznieta, como exagera Escohotado.

¿Y dejaban los dioses acercarse a los niños?

Eran muy simpáticos. Recuerdo a Gento. Y a Puskas, dándole al orujo blanco, con su barriguita y tal. Y a Di Stefano, que encadenaba cigarrillos Chester sin filtro.

¿Habló con alguno?

Con Zárraga, unas cuantas veces.

¿Sigue siendo del Madrid?

No soy de ningún equipo, sino aficionado al fútbol, el gran ballet moderno. Hace tiempo me dije que la justicia y el propio disfrute mandan ver el fútbol sin fanatismo, satisfecho con que gane el mejor en cada partido. Por supuesto, el corazoncito trata de insurgirse, y más con la tradición madridista de mi casa, pero por ahora lo tengo a raya.

Cuénteselo a un hooligan de esos.

Gran parte de los fanáticos sencillamente no entienden el juego, o no les gusta, y disfrazan su tedio o su mala fe queriendo tal o cual resultado. A menudo son anti otro u otros equipos, como si negar se comparase con afirmar. Debo reconocer, sin embargo, que la gesta de Cristiano desde febrero casi me hace cambiar de actitud.  

¿Y de cuándo data su no afiliación a club alguno?

De la vez que fui al fondo sur de Bernabéu, donde se presenciaba el juego de pie, y me repugnó la cantidad de “mátalos” e “hijoputa” gritados por gente rabiosa, diría que primariamente consigo misma antes de proyectarse sobre otros. Me dije que no volvería, y así ha sido. Aunque no me pierdo un partido si lo dan por televisión.   

Conclusión: que lejos de usted la funesta manía del forofismo.

Lo de “viva er Betis manque pierda”, pues qué quiere que le diga, que se lo quede el Betis.

¿Con qué se queda usted?

Con lo de “a triunfar en buena lid, caballero del honor”. Infinitamente preferible es perder que ganar de penalty injusto en el último minuto. Eso es lo que me gusta del Madrid.

¿Del Madrid de Mourinho también?

Contratar a ese tío fue la mayor ignominia en la historia del club, sin duda porque dolía demasiado la larga superioridad del Barça. Pero dejar Málaga nos instaló en Malagón, dirigidos por un villano que excita la paranoia y le mete un dedo en el ojo al otro entrenador. ¡Pégale una hostia, si tienes huevos! Y, sobre todo, no te dediques a un deporte si no sabes encajar la derrota.  

¿Tuvo Florentino parte de culpa?

Temo que sí, dentro de la deriva a peor de lo galáctico. Pero se enmendó, y me parece que todos tenemos ese derecho.

¿Le conoce?

Se acercó una vez a saludarme en el ya cerrado Jockey, el restaurante, y me pareció un honor. No he vuelto a verle y tampoco sé por qué se acercó, quizá por tener algún libro mío, o verme en aquellos años de salir tanto en la tele por debates sobre la droga. En cualquier caso, es el mejor presidente desde Bernabéu.

Hasta donde sé, y no sé si sé mucho, el tipo ha hecho por erradicar la violencia de su estadio.

El fanatismo es un fenómeno que la prensa deportiva no ataca. “Maravillosa afición la del Tal o el Cual”, dice, cuando esa afición apedrea el autobús de otros equipos y pretende convertir los campos en pantomimas victimistas, chantajeando al árbitro. El público debe ser invitado a participar en un juego, que es lo contrario de una guerra.   

¿Qué deberían, por tanto, hacer los periodistas deportivos?

Leer Homo Ludens, de Huizinga, donde se explica el juego como vertiente singular de la conducta humana, cuyo elemento no es laboral ni bélico; se trata, más bien, de un tertium genus.   

O sea, que no hay que pasar el juego por un filtro intelectual, como pretenden algunos, sobre todo con el fútbol.

Lo que nos faltaba es tomarlo como capítulo de la ontología.

Antes le dije que le preguntaría por la mili y hemos terminado hablando de fútbol. ¿Se le ocurre la manera de ligar una conversación con otra?

Bueno, cuando en vez de salir alférez me mandaron a un batallón de castigo en Ventas de Irún conocí allí a López Ufarte, un finísimo jugador.

Para hacer la mili de alférez, aparte del valor, a uno se le suponía una carrera universitaria; en su caso, Derecho. ¿No murió de la aridez?

No, porque lo árido me gustaba. Y me gusta. Ya le decía antes que mi ventaja frente a los demás es un pelín más de paciencia con los libros aburridos. Eso y me temo que ser también competitivo, agonista, como decían los griegos. Me gusta partir de lo mismo que tú y ver adónde llegó cada uno pasado mañana.

La mili, que nos desviamos. ¿Cómo la recuerda?

Como un señor todo el día mandando. “¡Firmes, ar!”. “¡A cubrirse, ar!”.

¿Era de los que la música militar nunca le supo levantar?

Cada orden recibida -y eran constantes- me sugería contestar a tiros.

De algo le hubiera servido la instrucción.

Ni siquiera nos adiestraban en el uso de las armas, solo en la sumisión automática, como si fuésemos el perro de Pavlov hecho a salivar cuando suena la campana. Pero mejor el calabozo que el homicidio. Por lo menos allí cesaban las órdenes.  

Donde sí pretendió dar rienda suelta a su instinto asesino, en cambio, fue en Vietnam, matando gringos… o eso cuentan.

Instinto homicida, que no asesino, y en legítima defensa siempre, propia o ajena.

O sea, que es verdad.

Quise alistarme en el Vietcong, y en la legación vietnamita de París me dijeron que la única contribución era económica, porque cada día llegaban cientos de occidentales, americanos sobre todo, condenados a morir en la selva por su propio tamaño, pues los únicos refugios eran túneles donde apenas cabían vietnamitas de metro cincuenta.   

Luego, con los años, pasaría una larga temporada en la zona, tras la cual alumbró uno de sus libros, Sesenta semanas en el trópico.

Me acababa de divorciar, a los sesenta tacos, que hay que tener valor, y elegí el lugar más remoto para que mi ex no tuviese tentaciones de venir con un martillo.

O sea, que huyó.

¿Cómo fue posible que nuestro matrimonio naufragara, y desde hacía ya unos años, tras habernos amado tanto? No dejaba de darle vueltas a si la culpa era mía, y si mi deber no sería chupar la rueda mala del asunto. Al fin y al cabo, me había comprometido a cuidar y amar, y dejé de hacerlo. Y sí, escapé, huí.

¿Remordimientos?

Muchísimos.

¿Resabios, quizás, de una educación católica?

Sin duda. Pero de la parte buena del catolicismo, la de sentir compasión por los demás y cumplir las promesas. Por cierto, que cumplir las promesas es un asunto más mercantil que cristiano. Pero esa es otra historia.

Cuénteme ahora la de su aventura ibicenca; contra lo que cabe pensar, no era usted ningún muchachito.

Llevaba cinco años en el ICO, el Instituto de Crédito Oficial, de funcionario. Y aunque ya tenía en la cabeza otro tipo de vida, me pagaban muy bien y acumulaba varios otros ingresos. Y aún vivía papá, por el que sentía un respeto reverencial. De hecho, hasta que no murió, no me atreví a vivir aventuras.  

¿Le guardó luto?

Un año. Pero también necesitaba organizarme. Y luego estaba mamá.  

A la que tenía que tranquilizar. ¿Lo logró?

Le dije: “mira, mamá, es una excedencia voluntaria, puedo volver cuando quiera, basta con que lo solicite, y mira también los contratos con Anagrama y Alianza, que me garantizan traducciones, y, además, tengo un poquito ahorrado del Instituto, así que no te preocupes, mamá, todo va a ir bien, de verdad, no te preocupes…”.

Sí que les quería.

¿A quién? ¿A papá y mamá? ¿Quiere hacerme llorar o qué? Claro que les quería. Les quería muchísimo. Y les sigo queriendo. Toda mi vida, desde pequeñito, ha sido esta especie de locura porque papá y mamá se sintiesen orgullosos de mí. Todavía sueño con que me despierto y están ahí.

¿Dónde, en un más allá?

La verdad es que si después de morir aparece algo me sentiré, para empezar, defraudado, porque me he preparo para bajar el telón definitivamente. Que venga la nada. La nada absoluta. Dormir y no despertar. Pero si apareciesen mis viejos…

Perdón si he llevado la conversación por donde no debía. ¿Volvemos a Ibiza?

Estuve allí trece años, sin venir salvo pocos días para arreglar algún asunto. ¿He dicho trece? Mi hijo mayor dice que fueron doce, y quizá tenga razón.    

O sea, que no se fue solo.

Me fui con mi primera mujer y con mis dos hijos.

¿Qué tal lo llevaron los chicos?

El mayor con bastante disgusto por no tener tele, preguntándose por qué debía bombear el agua del pozo, cuando los demás se limitaban a abrir el grifo, y disgustado también por colaborar en el cisco de limpiar y cargar los quinqués, en vez de darle a un interruptor. Al pequeño, en cambio, le pareció un privilegio vivir aquella aventura. Temperamentos diferentes.

¿Cuáles, los de sus hijos?

Sí, al mayor -que es un profesional impecable- le sigue fascinando tener el último gadget tecnológico; mucho menos le interesaba eso a Román.  

Al que perdió.

Murió con cuarenta años, siendo el primer secretario de nuestra embajada en Seúl. Nunca se cerrará esa herida, el mayor dolor de mi vida.

Se emociona hasta las lágrimas hablando de él lo mismo que cuando habla de sus padres.

Mis muchos hijos y mis muchos nietos son mi principal responsabilidad.

Antonio Escohotado: “Soy, básicamente, un espectro” 2
Con Manolo Sáenz de Heredia, fundador con Escohotado de la discoteca Amnesia, en Ibiza.

Hoy, sin embargo, le habrían retirado la custodia por llevárselos a vivir a aquella casa en Ibiza sin electricidad.

¡Ni agua corriente! Teníamos una cisterna de 50 o 60 mil litros y el agua era la de la lluvia que caía del tejado.

¿Y en los años de sequía?

Pedíamos un camión y no las traía.  

A uno le hablan de Ibiza y piensa enseguida en el verano, pero ¿y el invierno?

Nuestra vida cambió cuando instalé mi primera Jøtul, una estufa negra de hierro colado que nos cambió la vida, hasta el punto de andar en calzoncillos, y eso que era una de esas casas medio grandes, preciosa.  

Como, en tiempos, lo fue también la discoteca Amnesia.  

Casa que se demolió para hacer un parking inmenso y un local donde hoy caben diez mil personas, todas bailando con el antebrazo. Lleva no sé cuántos años entre las cinco primeras discos del planeta, y campeona mundial alguna vez.   

Pero no siempre fue así.

Al principio fue un sitio para hacer música en vivo y poner buenos discos.  

¿Se llenaba?

En la isla debía de haber unos quinientos como nosotros, y calculamos -sin equivocarnos- que se financiaría con tal de que acudiesen cincuenta los fines de semana. Ganar dinero no estuvo entre las metas que nos propusimos Manolo Sáenz de Heredia y yo, los fundadores.  

Pero funcionó.

Lo pasamos de puta madre. Hasta que unos amigos se comportaron como perros, no solo no pagando sus consumiciones, sino robando cajas de botellas, y empezaron a ir mal las cuentas. Al trimestre de abrir nos dimos cuenta de que le debíamos dinero al proveedor de bebidas, un malnacido falsificó un cheque mío, y aunque notables músicos -entre ellos, Eddy Grant y parte de Bad Company- tocaban gratis, no bastaban para flotar aquello los cinco duros de entrada con consumición.

¡Cinco duros!

Veinticinco pelas, macho.

Pero aquello no fue todo.

Sin darme cuenta, le toqué las pelotas a gentes con las que no contaba.

¿Qué gente?

La mafia corso-marsellesa y la policía corrupta de la isla, en concreto, el teniente jefe de la Guardia Civil y algunos nacionales. No morí de milagro en aquella peripecia.

¿Por qué?

-Porque no estoy acostumbrado a agachar la cabeza.

Y esa gente tampoco se anda con bromas.

Bastantes de ellos, por cierto, acabaron con condenas a ocho y diez años de prisión.

Sin embargo, el que entonces fue a dar con sus huesos a la cárcel fue usted y no ellos. ¿Cómo lo explica?

Si quiere un relato completo de los hechos, mírese los últimos seis números de la revista Cañamo. Ahí lo cuento todo con detalle, nombres y apellidos incluidos.

Leeré el serial. ¿Me cuenta ahora su paso por el penal de Cuenca?

Guardo un buenísimo recuerdo de mi paso por allí. Fue, además, una ocasión de demostrarme que podía pasar un año de incomunicación casi total, en una celda de castigo que convertí en acogedora con pósteres, libros y un pc.  

¿Pero qué lío armó para que le confinaran en lo oscuro?

Nada. Pedírselo al alcaide, al director. Quería escribir mi Historia general de las drogas -1.600 páginas muy documentadas- y necesitaba silencio.

¿Y qué le dijo el director o, como lo llama usted, el alcaide?

Que no sería capaz de aguantar, que nadie resistía más de quince días.

Usted sí.

Y encantado de la vida.

¿Sin salir para nada, ni al comedor?

La comida me la pasaban por debajo de la puerta. Lo único eran los vis a vis con mi mujer, donde disponíamos hasta de cama, y las tres clases semanales a matriculados en la UNED.

La docencia, al menos, le oxigenaría, ¿o no?

Me fastidiaba, pero fue la condición para redimir un día por otro, con buena conducta y trabajo. El resto lo pasaba en mi redil hablando solo, una reacción que seguí teniendo hasta mucho después de cambiar de aires.  

¿Qué se decía?

No sé, cosas como “hoy está jodido el día, Antonio” o “vaya, se me ha caído un lápiz al suelo”. Muy de tarde en tarde venía el alcaide a comentar mi artículo mensual en El País.

¿Perturbaba su presencia su paz?

Lo que perturbaba mi paz eran los gritos de los tíos a los que encerraban en las otras celdas de castigo por haber hecho alguna barbaridad. Se pasaban los días y las noches chillando: “¡me cago en la vida!”, “¡no quiero estar solo!”, “¡patio, patio, patio!”.

¿Y usted?

Pedía a los guardias que me trajeran unos tapones de cera, y les sugería a mis colegas que se tomaran un valium, porque las enfermerías de las cárceles no te discuten nunca una pastilla.

No fue esa su primera experiencia carcelaria: lo digo por el batallón disciplinario, cuando la mili.

Pasé diez meses, por comunista y falta de espíritu militar.

Al menos no le llevaron al paredón.

Pero me puse malísimo. Hepatitis. Todo el cuartel enfermó.

¿La causa?

Un desvío de aguas negras.

¿Cómo escaparon de aquello o, al menos, cómo lo hizo usted?

Después de tres meses ingresado en un hospital militar, me dieron permiso indefinido para venirme a Madrid, a ver si me curaba. Hay, de hecho, por ahí, alguna foto mía con barba y cara de acelga.  

¿Y expresión dolorida?

Tenía veinticinco años, y no me dolía nada. Con las ganas que tenía de vivir e iba a morirme de una cosa que no me dolía. No podía ser. Pero era.

¿Quién le miró?

Un médico del que no recuerdo su nombre, un memo que me prohibió un átomo de grasa, prescribiendo caldos de gallina filtrados por una servilleta de tela. Me prohibió hasta el zumo de naranja, porque como la hepatitis te pone naranja hay que evitar alimentos de ese color. Así pensaba el subnormal que me dejó literalmente en los huesos: 49 kilos para 1,77.

Y, sin embargo, sobrevivió.

Porque alguien me habló de Pepe Casas.

¿Pepe Casas?

José Casas, un tipo excepcional, enorme, de pelo blanco, médico personal de De Gaulle, catedrático de patología en la Universidad Complutense, máximo prestigio de la clínica española junto con Jiménez Díaz.  

Se puso entonces en sus manos.

A través de amigos de amigos, pedí hora y me dio cita como un mes después. Costó una fortunita, pero me salvó la vida.

¿De qué manera?

“Joven”, me miró y me dijo, “he visto su ficha y entre el batallón disciplinario, los médicos y los diagnósticos cada vez peores, está usted aterrado. No haga ni caso. Cuando baje a la calle se toma un bocata de jamón; luego, por la noche, se zampa usted un cocido, bien cargado de tocino, morcilla y chorizo. Vuelva por aquí en dos meses. ¡Ah! Y no se haga análisis sin que yo se lo prescriba”.   

La dieta, por cierto, recuerda sus palabras en la canción aquella de Calamaro, Nunca es igual.

Eso fue la vez que fui con mi segunda mujer a su estudio, porque ella canta mucho mejor que yo y quería que la oyese. No sabíamos que estuviese grabando todo, y en uno de los descansos se me vino a la cabeza la parida del gazpacho, el ajoblanco y el abundante tocino. Y eso fue lo que incluyó en el disco.  

Volvamos a los médicos.

Pepe Casas fue el último al que visité, hace ya más de cincuenta años. Muy mal tendré que encontrarme para consultar siquiera a alguno.

¿Ni con setenta y seis años?

Un tío de mi edad que vaya cada año al médico no tardará en topar con un cáncer, con la consiguiente sumisión al protocolo -no a una atención singularizada- y sus TACS con radiación y quimio. ¿Después? No solo fiambre, sino atormentado por un aparato tan caro para el tesoro público como anónimo, donde nadie es responsable.

¿Debería serlo alguien?

Debería, pero el protocolo determina que no te trataron a ti, sino al conjunto.  

No los puede ver; a los médicos, me refiero.

Por lo que le digo. A un ingeniero se le cae un puente y no vuelve a levantar otro. Un abogado te deja tirado en un juicio y le echan de la profesión. Aunque este último ejemplo, ahora que lo pienso, no está muy bien puesto.

¿Por qué?

Por un abogado que me dejó tirado en un juicio.

¿Y no le procesaron por ello?

No.

¿Nombre?

Los miserables merecen el olvido.

¿Antecedentes de hecho?

Seis meses antes de jubilarme, presionado por la familia, me presenté a cátedras, sabiendo que me cargarían.

¿Por qué habrían de hacerlo?

Porque hablamos de ignorantes, tarzanes de las lianas académicas, que supuse al corriente del peligro de suspenderme en la primera prueba (la de currículo), cuando podían dejarlo para la segunda (la de memoria docente), donde son prácticamente discrecionales.

¿Qué pasó?

Que me llevé la gran alegría de ver que me ponían siete ceros en currículo, cuando yo tenía reconocidos por el Ministerio seis sexenios de investigación -el máximo posible- y ninguno de ellos, salvo el presidente, tenía más de dos.  

Alegría, dice.

Sí, porque me permitía recurrir con altas probabilidades de ganar, y, en efecto, la Secretaría de Universidades trató de echar el balón a otro tejado, alegando que el recurso de presentó fuera de plazo. La Audiencia me dio la razón, la Secretaría tuvo la audacia de recurrir al Supremo un tampón de correos, y el Supremo zanjó la broma imponiendo que se juzgara “el fondo sin más dilaciones”, condenándoles con unos simpáticos miles de euros “por temeridad administrativa”, que fueron a mi bolsillo.  

Y sin embargo…

Lo tenía a huevo, con dos sentencias favorables y la posibilidad de conseguir lo que nadie había conseguido desde 1913, que era anular por improcedente -y, potencialmente, por prevaricadora- la decisión de un tribunal de cátedras. Pero la partida de ajedrez entablada no contó con que mi abogado dejara pasar el plazo sin presentar la demanda, matando jurídicamente la acción.  

¿Qué hizo usted?  

Había intentado limpiar un poco las alcantarillas del gremio, y el disgusto de ver que la partida se interrumpía tramposamente superó con creces la vergüenza de verme vendido por un tipo concreto; sencillamente, pasé página.  

Quién sabe, si se hubiese dejado ver más por las reuniones de departamento, a lo mejor no le habrían suspendido.

El departamento es una institución de espíritu bolchevique creada por la Ley Maravall o LRU de 1982, cuyo objetivo primario fue borrar el peso del prestigio de la Universidad.

¿Cómo es eso?

Porque, de pronto, empezaron a no importar los sexenios de investigación, o los quinquenios de docencia, o los artículos o libros que hubieras escrito, o los idiomas a los que te hubieran traducido.

Dejaron de importar, en fin, el prestigio y la competencia.

Y de pronto también empezaron a valer lo mismo el voto de, qué sé yo, Joaquín Garrigues, autoridad mundial en Derecho Mercantil, que el voto de profesores sin obra y el tropel de docentes en formación, añadidos al delegado de alumnos, y representantes de las escalas b y c, esto es, administrativos y señoras de la limpieza.

Y luego estaban, imagino, las reuniones.

Reuniones que no se aprovechaban para convocar una nueva plaza o para decidir una emeritura, qué va.

¿Para qué entonces?

Para que aquellos a los que nunca invitaban a dar una conferencia diesen allí su propia conferencia. Y como las intervenciones no tenían límite de tiempo, buena parte dejamos de asistir.

Otra cosa que quizás le hubiese ayudado en su carrera académica hubiera sido adelantar su regreso de Ibiza.

Cuando volví a Madrid, descubrí dos cosas. La primera, que me había perdido la Transición. Pero por completo. Vamos, es que ni me enteré.

¿Y la otra?

La otra era que mis compañeros se habían hecho todos catedráticos, algunos sin presentarse siquiera a unas oposiciones. Desde el punto de vista académico, me había quedado atrás, pero nunca me importaron cosas de esa índole.

Con todo, su expediente académico durante la carrera era más brillante que el de muchos de ellos.

Bueno, obtuve la media requerida para optar al premio extraordinario de licenciatura -por supuesto, sin conseguirlo-, mientras próceres y colegas como Gregorio Peces-Barba, uno de los padres de  nuestra Constitución, pasaban con algún apuro. Gregorio era más bien un experto en lianas burocráticas. Por cierto…

Diga.

A Peces Barba le pregunté por qué habían regulado de manera tan chapucera en la Constitución el asunto de las consultas populares.

¿Qué le contestó?

Que los referéndums eran nazis. “¿Nazis?”, le dije. “¿Cómo que nazis? Oye, pero tú tienes alguna idea de cómo funcionaba la democracia en Grecia. ¿Y en los Estados Unidos hoy? ¿Y en Suiza? ¿Vas a darles lecciones a todos ellos? ¿En nombre de qué?”.

Conclusión.

Pagamos ahora las componendas, trivialidades y concesiones que se hicieron entonces al ni chicha ni limoná llamado Estado autonómico.

¿Lo dice por Cataluña?

Me parece barbárico impedir una consulta popular; otra cosa es que el resultado sea vinculante o no. Lo crucial es que no se pueda falsear el voto, ni coaccionar al votante, cosa que evidentemente no preocupó a quienes lo convocaron en Cataluña, guiados por el “hasta la victoria siempre” del Che.  

Partidario, por tanto, de haber convocado el referéndum.

Sí, pero de haberlo convocado en nombre de todos los españoles, con una publicidad tan masiva como la puesta en práctica por los independentistas (malversando, por cierto, dinero público).

Una consulta así…

No me cabe duda de que se hubiera ganado, aprovechando tan solo el contraste entre Inés Arrimadas, por ejemplo, y su análogo femenino en la CUP.

¿Le propuso su idea a algún político?

A Albert Rivera la última vez que vino a verme, en Ibiza, donde estuvimos siete horas hablando.

No le preguntaré de qué hablaron por no pegar demasiado la entrevista a la actualidad; sí, en cambio, si le ha cantado alguna otra verdad, como la de los referéndums a Peces-Barba, a algún otro preboste socialista.

A José Antonio Alonso, luego ministro con Zapatero, aprovechando cuatro copas de más y su condición innegable de buen hombre, le insistí en que jueces y políticos están para impedir linchamientos populares, no para consentirlos.

¿A cuento de qué se lo dijo?

A cuento de Laureano Oubiña y del duque de Feria. Lo que se hizo con esos dos pobres es una ignominia, de la que todos deberíamos estar avergonzados.

¿Pobres Laureano Oubiña y el duque de Feria? ¿Ignominia? A ver, a ver, explíquese, don Antonio, no sea que maten al mensajero, o sea, al entrevistador, pobre este sí que sí.

Conocí bien a Rafael Medina, duque de Feria y compañero de colegio. Y le digo que era tonto, pero también incapaz de hacer daño a nadie.

Pues le metieron en la cárcel por abuso de menores.

Eso es mentira. Rafael no abusó de ninguna menor. La única prueba esgrimida contra él fue la foto de una niña bañándose.

¿Quiere decir que le condenaron por ser quien era?

Sí, y no pararon hasta que se suicidó. Fue una canallada. Comparable con la de Laureano Oubiña, otro chivo expiatorio.

¿Entonces Oubiña no fue el gran capo de la droga que se dice?

Este hombre ha estado en la cárcel veintinueve años sin que se le pudiera probar otra cosa que “implicación” en el tráfico de hachís. El etarra Urrusolo, uno de los más sanguinarios, no llegó a cumplir los dieciocho.   

A punto estuvo usted de testificar a favor de Oubiña en el juicio.

Un pariente suyo vino a verme con el encargo de que escribiera una breve historia del hachís para incluirla en el dossier de la defensa.  

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En el origen de este libro está, pásmense, Laureano Oubiña, ¿el capo de tutti capi? | Imagen vía Anagrama

Breve historia que luego publicaría Anagrama como La cuestión del cáñamo. Pero volviendo al juicio: finalmente no testificó.

Asistí al juicio, pero Laureano se pilló tal rebote con su abogado, Ruiz Jiménez, que se suspendió la vista y no tuve ocasión ulterior de intervenir.

Tampoco testificarían, supongo, las madres contra la droga.

¡Las madres contra la droga! Allá donde iba me las encontraba, siempre alegando que la culpa de ser yonkis sus hijos era mía, al menos en buena parte.

¿Qué les respondía usted?

“Mire, señora, yo uso a veces lo que toman sus hijos, en tanta o mayor cantidad… ¡siempre para trabajar! ¿No se ha preguntado si tener tres hijos en la cárcel, acogidos a la coartada de irresponsabilidad, tendrá que ver con algo para soportarla a usted?”.

¿Así, a bocajarro?

Tras ser acusado de incontables fechorías, lo mínimo era demostrar la diferencia entre problema y “poblema”.  

Supongo que ellas no se quedaban ni calladas ni cruzadas de brazos.

Se alteraban mucho; alguna hacía ademán de ponerse en pie, como para agredir.

¿Incluso en televisión?

Ahí les decía que aceptaba sentarme con ellas porque las cadenas me pagaban, al ser una rematada pérdida de tiempo discutir con alguien que no quiere saber la verdad.

Intervenciones suyas televisivas las hay memorables, como la vez que le invitaron a La Clave.

Donde coincidí con José María Mato Reboredo, que nos había dado de hostias cuando éramos jóvenes y rojos, y se había reciclado como jefe de la brigada de estupefacientes, recién creada tras morir Franco.

¿Es casual la referencia al, en tiempos, llamado “hecho biológico”, esto es,  la muerte de Franco?

Franco se negó lo que pudo a importar el prohibicionismo norteamericano. No en vano conocía bien los hospitales de campaña, y sabía que los opiáceos son imprescindibles. Hay una diferencia colosal entre recintos donde la gente está dando alaridos y salas donde cabe reposar y convalecer.

Los americanos, según se cuenta, le presionaron.

¿Pero quién sabía más de hospitales de campaña, Nixon o Franco? La prohibición es una locura. La primera fase de importarla generó aquí una epidemia tremenda.

¿Epidemia?

Una vez coincidí en la tele con Barrionuevo, cuando era ministro de Interior con González. Insistía -quizá exagerando- en que más de cien mil personas atracaban casi a diario bancos, farmacias y tiendas, no ya con facas o pistolas, sino con agujas usadas, amenazando pegarte el sida.

¿Relaciona todo aquello con la prohibición?

No hacerlo es mentir, como afirmar que el crimen organizado existía en Norteamérica antes de la Ley Seca; o las tríadas chinas antes de ilegalizarse el opio; o los carteles colombianos antes entrar en vigor la Convención internacional de 1971.  

¿No cree que una cierta prohibición es conveniente, al menos con los hijos?

A los míos les decía que cuando fueran a tomar cualquier droga distinta de tabaco y alcohol me avisasen, y la probábamos juntos, pues en otro caso -si seguían siendo menores de edad- estaría legitimado para partirles la cara, y no dudaría en hacerlo. Esto lo conté, por cierto, en un programa de la televisión argentina, y se lió una gorda.

A ver, cuénteme eso.

Era el típico programa en hora punta que miraba todo Cristo, pero por una vez se emitió en diferido, porque creo recordar que la selección argentina jugaba contra Bolivia. El caso es que durante dos o tres días fueron dándose adelantos de la entrevista, hasta crear un clima de expectante polémica.

¿En qué desembocó?

En que la policía fue a detenerme a mí, al presentador y al productor, aunque allí no había nadie.

Claro, el programa era grabado.

Pero hubo más.

¿Qué?

Una orden internacional de búsqueda y captura dictada por el juez federal  Norberto Oyarbide, que algo después se vio envuelto en un caso de doble asesinato, porque le chantajeaban con unas fotos donde aparecía junto a efebos disfrazados de gladiadores romanos.  

¿Dónde se encontraba usted cuando tuvo noticia de la orden?

En París, dando una conferencia. Recuerdo que mi mujer llamó al hotel para decirme que el fax se había vuelto loco. Cuando volví había, efectivamente, unos diez metros de comunicaciones, entre ellas alguna de la Audiencia Nacional asegurando que no concedería la extradición. Fue entonces cuando vi la ocasión.

¿La ocasión de qué?

En primer término, de demostrar que no era como Pinochet, que acababa de esconderse ante la orden búsqueda y captura dictada por Garzón; al chileno le imputaban incontables atrocidades y a mí, contestar algunas preguntas. ¿Esa era su acusación? Pues cánteme otra, señor tanguista.

Así que se subió a un avión rumbo Buenos Aires.

Al llegar al aeropuerto, lleno de fotógrafos y cámaras de televisión, me esperaban dos abogados que se habían ofrecido (también vía fax) a defenderme gratis et amore.

Fotógrafos, cámaras y abogados que se añadieron a la escolta policial camino del juzgado.

Y allá nos fuimos todos.

¿Con qué se encontró?

En la salida misma del aeropuerto con un grupo esgrimiendo una pancarta con lo declarado días atrás por Maradona: “El profesor no vino a vender libros, sino a vender droga en los colegios”.  

¿Perdón? ¿Ha dicho Maradona?

Sí, el mismo que ansiaba la cocaína en barra.

¿Y el juez?

Oyarbide solo era el juez federal suplente, y fui recibido por el titular, un señor encantador que se disculpó por las molestias, pues había visto el programa y no apreciaba indicio de delito.

Por resumir…

Fui sobreseído con todos los pronunciamientos favorables, y en el siguiente programa de hora punta pude advertirle a Maradona de que me parecía un renacuajo embustero, y le procesaría por calumnia. Entretanto iban llegando y vendiéndose libros.  

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Los tres tomos de Los Enemigos del Comercio, una monumental enmienda a la totalidad de la utopía

Con sus correspondientes derechos de autor, claro. A propósito, ¿por qué escribe? ¿Por dinero? ¿Por prestigio?

No sé bien cómo, pero conseguí hacer una obra indiferente a todo eso.

Entonces ¿por qué escribe?

De verdad, de verdad, para poder olvidar, haciéndole sitio a cada nueva incumbencia sin perder el banco de datos. Lo escrito no se olvida, aunque la cabeza esté en otra parte, como ocurre siempre al estudiar algo concreto.  

Con todo, muchos de sus libros han sido superventas, y eso que no son de los que se leen de un tirón.

Realidad y substancia, el más intrincado -por no decir embozado- es una ontología, colmo de lo anacrónico, que me sacó de un mal viaje rumiando las palabras nucleares: materia, forma, contenido, ser, existir, nada, tiempo… Luego me apliqué a cuestiones humanas, aunque mi superventas está por llegar.  

¿Me adelanta el argumento?

Un diario donde cuento en detalle la dieta farmacológica de los últimos treinta y cinco años.  

¿Por qué no lo publica ya?

Porque si lo hago en vida, vendrá una turba gris, que quemará mi casa y matará a mi familia; tengo pocas dudas al respecto.  

Un asunto respecto al que sí alberga dudas, en cambio, es el del aborto.

No sé bien qué pienso del aborto, y suelo dejarme persuadir por argumentos incompatibles. Lo que sé de primera mano es la actitud de algunas mujeres tras provocárselo.

¿Mujeres propias o ajenas?

Sería una indiscreción entrar en más detalles, porque no es cosa de los hombres sino de las mujeres, por mucho que los varones pretendan salir igualmente dañados.

¿Siempre opinó así?

Antes era indiferente y tonto, pero porque no me daba cuenta. Era partidario del aborto y, además, a lo soviético. ¿Que una mujer se queda embarazada cinco veces sin querer? Pues cinco veces se aborta. Hasta que, como digo, empecé a tomar en consideración el sufrimiento de algunas. Y la heterogénea realidad.

Ah, la realidad. Amor rei, amor veritas. ¿Es ese el lema de su vida?

El que ama la verdad ama lo determinado, que solo existe físicamente. Los camelistas rara vez aman.

¿Los camelistas?

Salgamos de lo físico, y preguntemos a quien acaba de soñar por detalles de su figuración. Si no los construye en forma de novela, reconocerá que el sueño no va de detalles propiamente dichos

En cambio la vigilia…

La vigilia depara detalles a todas horas y en todas direcciones. Va más allá de uno. La realidad es un escenario autoproducido y determinado a la vez, cuya cohesión final -si la descubriésemos del todo- me parece lo más cercano a Dios como substancia absolutamente infinita, a lo Spinoza.

Lo más cercano a Dios… ¿y lo más alejado de la utopía?

La utopía, el impulso a que las cosas sean por mera voluntad de una conciencia, me parece una inmoralidad y una estupidez.

¿Una inmoralidad por qué?

Porque sabotea toda mejora real.

¿Y una estupidez?

Porque no ha percibido siquiera la diferencia entre simple y complejo.  

¿Quisiera añadir algo más a la conversación?

Sí. ¿A qué ha venido usted a entrevistarme?

Para preguntarle por su vida y su obra, sobre todo, su vida.

Pues no la veo muy interesante.

Yo, en cambio, sí.

Oh, pero eso era antes, cuando era Escohota El Melenas, terror de las nenas.  Ahora soy, básicamente, un espectro, como toca, y me conmueve con qué atención y ternura ha ido usted soltándome la lengua.   

  

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