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La fiebre del vapeo que puede acabar con el tabaquismo

Jorge Raya Pons

Con todo este vapor suspendido casi no puede verse qué hay al fondo. Esta tienda es estrecha, pequeñita, y tiene la caja a la izquierda, junto a la puerta; una tienda como cualquier otra. Un poco más lejos, a dos o tres metros, hay dos estanterías con decenas de botecitos en orden, hay muchísimos. Le pregunto cuántos al dependiente. “197”. ¿197 botecitos? “No, 197 sabores”.

El jefe de la tienda se llama Jonatan Sanz, pero lo conocen como Johnny. Vapexpress Outlet, así se llama la tienda, abrió en octubre del año pasado y es uno de los principales comercios de cigarros electrónicos de Madrid. Johnny lleva siempre consigo un aparato metálico con boquilla, un vapeador, que es de un tamaño algo mayor que una cajetilla de tabaco y tiene las esquinas curvadas. Va dándole chupadas de tanto en tanto. Los chorros de vapor que se forman son aparatosos, como nubes.

El líquido de los botecitos en los estantes son los que dan sabor al vapor y se añaden a base de gotitas en unos algodones situados en el enlace entre el cuerpo del vapeador y la boquilla. Todos los líquidos, aun siendo tan variados, tienen en común dos componentes, además de la nicotina –que no está siempre presente-: la glicerina vegetal y el propiglenglicol, tan difícil de verbalizar que los vapeadores lo llaman propi.

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Un usuario californiano vapeando | Foto: Rich Pedroncelli / AP

Investigaciones poco concluyentes

“Mucha gente piensa que los riesgos del cigarro electrónico son equiparables al cigarro convencional, pero este informe aclara cuál es la verdad”, escribió Duncan Selbie, director general del Servicio de la Salud Pública de Reino Unido, en un estudio de agosto de 2015. El debate sobre el consumo de cigarros electrónicos sigue vivo y plantea una cuestión interesante: ¿Son nocivos para la salud esos químicos que rellenan los botecitos? Y, en cualquier caso, ¿son sus efectos equiparables a los de fumar tabaco? Las principales investigaciones al respecto se han realizado en Gran Bretaña y Estados Unidos y los resultados son poco concluyentes. En el párrafo con que comienza el estudio que asume poseer “la verdad” sobre la cuestión se especifica que “los cigarros electrónicos son un 95% menos dañinos para la salud que los cigarros normales”, e interpreta que “ayudan a la mayoría de fumadores a abandonar el tabaco”.

En junio de 2016, la Escuela TH Chan de Salud Pública de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, publicó un informe en el que alertaba sobre la presencia de un químico saborizante y altamente nocivo para la salud, el diacetil, en el 75% de los líquidos analizados. El estudio se realizó sobre 51 muestras, y este parece ser un número poco significativo cuando en la actualidad existen miles.

En agosto del mismo año, los investigadores del Lawrence Berkeley National Laboratory, en Estados Unidos, encontraron 31 químicos en los vaporizadores que emplearon para el estudio, siendo dos de ellos cancerígenos. También descubrieron que conforme la temperatura de vaporización es mayor, aumentan las emisiones de estos líquidos. Hugo Detaillats, coautor de este estudio, añadió en un comunicado que si bien “las emisiones de sustancias tóxicas son menores que en los cigarros convencionales”, no puede decirse que vapear sea un ejercicio saludable. Es más, es “insalubre”.

“No hay datos científicos suficientes como para recomendar el cigarrillo electrónico”

Contando con estos conocimientos, las autoridades médicas de Gran Bretaña han aconsejado su consumo como mal menor, esto es, como herramienta sustitutiva del tabaco. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud, Estados Unidos y, entre otros países, España, se resisten a hacerlo y lo desaconsejan por ser peligroso. Entre quienes lo rechazan se encuentra el doctor Carlos Jiménez, que es neumólogo e investigador de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica: “No hay datos científicos suficientes como para recomendar el cigarrillo electrónico como elemento para dejar de fumar”. El doctor español es cauto e insiste en que su mesura se debe a que se han encontrado en el cigarro electrónico sustancias tóxicas “en cantidades y concentración suficiente como para producir cáncer”.

Jiménez considera que las revelaciones científicas publicadas hasta la fecha no son concluyentes debido a que los métodos empleados son “deficientes”. Además, el cigarro electrónico es un invento muy reciente, todavía por asentar en España –y Occidente-, y su impacto es difícilmente calculable: “Su influjo es de hace pocos años y no tienen un uso generalizado, como los cigarrillos. Su consumo ha sido a muy corto plazo, no tenemos estudios a largo plazo. Por ejemplo, los profesionales sanitarios se dieron cuenta de que el cáncer de pulmón estaba producido por el tabaco en 1956, cuando la epidemia del consumo masivo comenzó después de la II Guerra Mundial. Tuvieron que pasar todos esos años para que los científicos pudiéramos ver esa relación tan clara entre una cosa y otra”.

Como recuerda el doctor Jiménez, el tabaco mata a 60.000 personas cada año en España a través de enfermedades como el cáncer de pulmón, que sería “una enfermedad rara” si no existiera el tabaco, incluso atendiendo a los niveles actuales de contaminación atmosférica.

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Una usuaria francesa exhalando vapor de su cigarro electrónico | Foto: Christophe Ena / AP

Un movimiento social

Johnny cuenta que solo el 10 por ciento de la gente que viene a la tienda “paga y se va”. Es ese 90 por ciento el que se queda, el que vapea un ratito en la tienda, el que va probando un sabor y otro. El vapeo parece tener un alto componente social. La mayor parte de los clientes de Vapexpress son hombres y mujeres que quieren dejar el tabaco y han oído hablar de esto. Johnny sueña con abrir un negocio más grande, no tanto una tienda como un club de fumadores. Aquí el billar, aquí los sillones. Cree que el vapeo ya tiene consumidores suficientes como para que sea posible.

En España, el vapeo es una actividad en auge pero minoritaria: son unos 350.000 los usuarios habituales y el sector industrial relacionado facturó cerca de 55 millones de euros en 2016, un 13 por ciento más que el año anterior, según datos de la Unión de Promotores y Empresarios del Vapeo (UPEV) y la Asociación Nacional del Cigarrillo Electrónico (ANCE). Los números, aunque esperanzadores para comerciantes como Johnny, son todavía bajos si los comparamos con países como Reino Unido, donde el vapeo está mucho más arraigado. En las islas, de hecho, hay 3 millones de usuarios de cigarrillos electrónicos y el volumen de negocio ascendió, en 2014, a 6.300 millones de euros. La diferencia es sustancial.

China y la búsqueda de los 14 millones de niños que 'nunca' nacieron

Redaccion The Objective

Foto: China Stringer
Reuters

China tiene la capacidad estadística para darnos sorpresas. En este país inmenso de 1.370 millones de personas han aparecido de la noche a la mañana en sentido metafórico, pues ha sido entre 2012 y 2016, otros 14 millones hasta ahora desconocidos. La cantidad es asombrosa por elevada; equivale a los habitantes de ciudades como Estambul o Londres, lo cual sería difícil de explicar que sucediera en otro país que no fuera China.

China y la búsqueda de los 14 millones de ciudadanos que 'nunca' nacieron
Un niño, en la sala de espera de un aeropuerto. | Foto: Ng Han Guan/AP Photo

El fenómeno, sin embargo, tiene una explicación. Cuando en 1979 el Partido Comunista implantó la ley del hijo único, que consistía en limitar el número de nacimientos a un hijo o hija por familia, implantó al mismo tiempo un sistema injusto y tramposo para poner freno a una cantidad de nacimientos que se escapaba del control del Estado. Durante todos estos años y hasta diciembre de 2015, las familias han tenido que pagar tasas abusivas y a todas luces discriminatorias para registrar a los hijos nacidos fuera de lo permitido. Por ejemplo, en 2012, la tasa se encontraba sobre los 40.000 dólares, una cifra difícilmente asumible para una familia media. Las estadísticas oficiales presumen que esta medida ha evitado 400 millones de nacimientos adicionales, pero reducir esta posibilidad a las familias con capacidad económica ha creado problemas que ahora comienzan a atenderse.

“La cantidad de chinos sin censar equivale a los habitantes de ciudades superpobladas como Estambul o Londres”

El resultado, casi cuarenta años después, es una masa que se agolpa para registrarse en el hukou, que es un sistema similar a nuestro censo, sin el cual un ciudadano no tiene derecho a recibir atención sanitaria, ser escolarizado o cobrar una pensión. Un ciudadano que no existe para el hukou, no existe para la Administración. Los 14 millones de ciudadanos nuevos han vivido todos estos años en la sombra, como si un documento los hubiera puesto por primera vez en el mapa, y el gobierno prevé localizarlos a todos en un plazo inferior a tres años.

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Un grupo de niños en un orfanato chino en 2007 | Foto: Elizabeth Dalziel/AP Photo

No hay vida posible sin hukou. Este documento no solo recoge el nombre y la fecha de nacimiento, sino también el número de familiares o el estado civil. Así que China ha decidido facilitar el acceso al documento reconociendo, después de todo este tiempo, que se trata de un derecho fundamental de sus ciudadanos. Y, entre estos, destacan los olvidados por la Historia reciente, como los que nacieron fuera de la ley del hijo único o aquellos que, por no tener padres, no han podido certificar su fecha de nacimiento.

El Pastafarianismo, la religión que adora a un espagueti volador con albóndigas

María Hernández

Foto: aaditya sood
Flickr

Oh Tallarines que están en los cielos gourmet. Santificada sea tu harina. Vengan a nosotros tus nutrientes. Hágase su voluntad en la Tierra como en los platos. Danos hoy nuestras albóndigas de cada día y perdona nuestras gulas así como nosotros perdonamos a los que no te comen. No nos dejes caer en la tentación (de no alimentarnos de ti) y líbranos del hambre… Ramén.

Así es la oración que los pastafaris dedican a su dios, el Monstruo del Espagueti Volador (Monesvol). Ya, suena a broma, pero no lo es. La Iglesia Pastafari, también conocida como la Iglesia del Monstruo del Espagueti Volador, existe y se está intentado constituir como una religión legal en España.

¿Quiénes son los pastafaris?

Adoran a un dios formado por espaguetis y albóndigas, creen que los piratas fueron los primeros pastafaris y que el cielo tiene un volcán de cerveza y una fábrica de strippers. Su infierno es parecido, pero con cerveza pasada y strippers con enfermedades de transmisión sexual.  Los miembros de esta religión también tienen un elemento, como la cruz en el Cristianismo o el velo de las mujeres en el Islam, que los identifica y los diferencia del resto: un colador. Sí, un colador en la cabeza, suponemos que limpio, es el símbolo de quienes siguen al Monesvol.

Definen a su dios como “un ente supranatural benevolente que creó el mundo hace unos 5.000 años, cuando iba un poco borracho, aunque el mundo se ha construido para que los humanos crean que es mucho más antiguo de lo que es”.

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El Monesvol creó el mundo cuando iba algo borracho. | Foto: Doug nakatomi/flickr

“Creemos que la religión – digamos el Cristianismo, el Islam, el Pastafarianismo – no necesita una creencia literal para proveer una iluminación espiritual”, explican en su página web. Son conscientes de que no todo aquel que se declara pastafari cree ciegamente en su monstruo, su cielo de cerveza y en sus orígenes piratas, por lo que aceptan que haya muchos niveles de creencia y que ninguno sea más legítimo que otro. “No tienes que creer para ser parte de nuestra Iglesia, aunque esperamos que con el tiempo veas la verdad. Pero los escépticos, así como miembros de otras religiones, son siempre bienvenidos”, añaden.

Los orígenes del Pastafarianismo

¿A quién se le ocurrió esta extraña y cómica religión? Fue Bobby Henderson, que en 2005 era un joven estudiante de 24 años, quien creó el Pastafarianismo. Envió una carta al Consejo de Educación de Kansas, Estados Unidos, al darse cuenta de que planeaban enseñar en las escuelas la teoría alternativa del Diseño Inteligente, una postura seudocientífica que defiende que ciertas características del universo y de los seres vivos se explican mejor a través de una causa inteligente. Henderson utilizó la carta para satirizar el Creacionismo y pedir que se incluyera también en las escuelas la enseñanza sobre el Pastafarianismo, alegando que sus creencias eran tan válidas como las del Diseño Inteligente.

“No tengo ningún problema con la religión. Con lo que tengo un problema es con la religión planteada como ciencia”

“Tenemos evidencias de que un Monstruo Espagueti volador creó el universo. Ninguno de nosotros, por supuesto, estaba allí para verlo, pero tenemos informes escritos de ello. Tenemos varios grandes volúmenes explicando todos los detalles de Su poder. Además, os sorprenderá oír que somos más de 10 millones, y creciendo. Tendemos a ser muy reservados, ya que mucha gente dice que nuestras creencias no están corroboradas por evidencias observables”, decía la carta de Henderson. Al final, el estudiante incluyó un dibujo bastante simple y sarcástico del Monesvol creando el universo.

Con esta sátira, que ya se ha convertido en una religión oficial en varios países, Henderson pretendía denunciar que las religiones se enseñasen como ciencias. “No tengo ningún problema con la religión. Con lo que tengo un problema es con la religión planteada como ciencia. Si hay un dios y es inteligente, entonces supongo que tiene sentido del humor”.

¿Está reconocido el Pastafarianismo?

La carta de Henderson se hizo viral en internet, y poco después los grandes medios de comunicación se hicieron eco de su original propuesta. Poco a poco, sus apoyos fueron creciendo y este movimiento se convirtió en una religión con millones de seguidores en todo el mundo. Tanto se popularizó, que su creador decidió crear el Evangelio Pastafari, que ahora marca las guías de esta singular religión.

Adoran a un dios formado por espaguetis y albóndigas, creen que los piratas fueron los primeros pastafaris y que el cielo tiene un volcán de cerveza y una fábrica de strippers.

Sin embargo, no todos los países están de acuerdo en el que el Pastafarianismo sea una religión igual de válida que las que están reconocidas oficial o socialmente. Este debate se considera en algunos lugares de gran importancia para la libertad religiosa, y los pastafaris luchan para que se les reconozca el derecho a legalizar su particular iglesia en diferentes países del mundo.

Ya lo han conseguido en algunos países. En Holanda, por ejemplo, son reconocidos oficialmente como religión desde 2016, y en Nueva Zelanda está permitido casarse bajo los ritos pastafaris. En Austria incluso hay pastafaris que han conseguido mostrar su devoción por el Monesvol en su documento de identidad, apareciendo en la foto que los representará en cualquier documento oficial con su colador en la cabeza.

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Un austriaco logró aparecer en su carnet de conducir con un colador en la cabeza. | Foto: Heinz-Peter Bader/Reuters

En España, sin embargo, la Iglesia Pastafari no ha tenido tanto éxito. Ha intentado constituirse como una religión legal, pero ya se lo han denegado cuatro veces. Ellos no desisten y siguen intentando que los incluyan en el Registro de Entidades Religiosas. Tras la última negativa que recibieron, el pasado mes de enero, los pastafaris han decidido recurrir la decisión del Ministerio de Justicia a la Sala de lo Contencioso- Administrativo de la Audiencia Nacional.

Cómo ser pastafari

Los pastafaris aceptan a cualquiera, incluso a personas de otras religiones. No emiten juicios sobre temas controvertidos como el matrimonio homosexual, por lo que afirman que nadie debe sentirse discriminado y que todos son bienvenidos.

Unirse a la Iglesia del Pastafarianismo es muy sencillo, simplemente hay que tener la voluntad de hacerlo. Y, para el que quiera dar un paso más, en su página web ofrecen la posibilidad de comprar, por 25 dólares, un certificado de pastafari y, por 15 dólares más, una tarjeta similar a un documento de identidad.

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Los pastafaris pueden conseguir su tarjeta de miembro en la página web. | Foto: venganza.org

En definitiva, los pastafaris dan la bienvenida a cualquiera que quiera pasar la eternidad en un cielo de cerveza y strippers.

Las 7 mejores cabeceras de serie de la historia

Redacción TO

Foto: Adam Arkapaw
HBO

Aunque puede que muchas personas pasen por alto estas cabeceras, consumidos por la impaciencia, hambrientos de más episodios, algunas de ellas son obras maestras en sí mismas. La mayor parte de la selección corresponde a series de la última década, salvo por una honrosa excepción. Y aunque otras grandes cabeceras han quedado fuera, esta es sin duda una muestra representativa de la deslumbrante creatividad de las series televisivas norteamericanas, con las productoras Netflix y HBO a la cabeza.

A continuación, la lista:

True Detective (Temporada 1):

La serie de un macabro crimen por resolver es absorbente desde los títulos de crédito. Esta superposición de capas con vistas a escenas de vicio y paisajes de Lousiana sugiere un clima oscuro que luego se reafirma en este guión extraordinario de Nic Pizzolatto. La melodía de Far from any road, de The Handsome Family, hace el resto.

Stranger Things:

Los sintetizadores del opening consiguen ponernos los pelos de punta. Las aventuras de estos niños de Hawking, que habitan el pueblo remoto de Hawkins (y, según parece, otros territorios más hostiles), cohabitan a la perfección con la música de Survive, pero también con canciones que trasladan a otra época: Jefferson Airplane, The Clash, Echo & Bunnymen, Joy Division…

BoJack Horseman:

Esta no será probablemente una elección justa; se trata de la única serie de animación de la lista. Pero BoJack Horseman tiene un espíritu que la hace especial, con esa nostalgia de actor deprimido y venido a menos que se recluye en el alcohol y las drogas y las fiestas salvajes en una mansión que preside una colina de Hollywoo (así, sin la D). La música es obra de Patrick Carney. Ajá, el batería de los Black Keys.

Los Soprano:

El recorrido de Tony Soprano, puro en mano, hasta las calles de Nueva Jersey, bordeando la grandilocuente Nueva York, como diciendo ‘Estas son mis calles, aquí mando yo’. Una serie que marcó a una época y a una generación y que imprime su esencia en esta cabecera, donde resulta imposible no reconocer la canción Woke up this morning, de Alabama 3.

“…and mama always said
you’d be the chosen one”.

Mad Men:

Apenas supera el medio minuto y parece revelar un final anticipado, con Don Draper, el protagonista, descendiendo a los infiernos o, simplemente, lanzándose por la ventana. En cualquier caso, es una de las cabeceras más evocadoras que se haya visto y la canción A beautiful mine, de RJD2, acompaña en la travesía.

Vinyl:

El polvo del vinilo y la cocaína y los escenarios locos del rock and roll de los setenta visitados desde las entrañas en esta serie que no llegó muy lejos a pesar de tanta creatividad desbordante. Mick Jagger, Martin Scorsese, Terence Winter y Rich Cohe apostaron bien fuerte por ella, pero no fue suficiente. La canción Sugar Daddy, de Sturgill Simpson, es la dignísima antesala de lo que está por venir.

Breaking Bad:

Si algo puede decirse de esta cabecera es que va al grano, sin florituras. Es ingeniosa y creativa, un viaje breve por la tabla periódica que reúne la vida y muerte de esta serie que ha convertido la Química (y la metanfetamina) en temas casi ordinarios. La música, aunque simple, se instala en tu cabeza y no te abandona y, tras el episodio final, se convierte en algo más que una sintonía. La compuso, por cierto, Dave Porter.

Ojos en el corazón

Lea Vélez

Foto: DENIS BALIBOUSE
Reuters

Año 2004. Viajábamos de Inglaterra a Madrid en coche, sin paradas. El viaje había sido incómodo, largo, cansado. Dejábamos Francia atrás. En cuando cruzamos la frontera de Irún y cogimos esa cuesta de pura curva y contra curva a 120 por hora, vimos los primeros coches quemados. Los restos de un horrible accidente. Cien metros más abajo, un camión volcado en la cuneta. Un kilómetro después, dos coches con los hierros entrelazados en un abrazo mortal, cristales rotos, esqueletos oxidados, restos de coches volcados, frenazos frescos sobre el asfalto, vehículos empujados de cualquier forma hacia el arcén. Durante las siguientes cuatro horas de viaje hasta Madrid, mi marido y yo nos encontramos con cada accidente, tragedia, despiste, con cada sueño agotado en los arcenes de aquel verano. Eran los restos de la guerra.
Alucinados ante aquel paisaje apocalíptico buscábamos explicación. ¿Hubo lluvias torrenciales? ¿Bancos densos de niebla? ¿Un loco al volante? Al fin, adivinamos la causa. No era cosa del clima, ni de que hubiera habido más despistes de la cuenta, ni más borrachos o chiflados o atentados terroristas. Es que existen las guerras constantes e invisibles. Esas que se barren cada día porque da miedo mirar. Las guerras que nadie sabe que existen hasta que el tipo al que le toca siempre barrer, recoger, ordenar y esconder los restos de todo lo malo, se planta. En el verano de 2004 hubo una huelga de conductores de grúa. Comenzó en el País Vasco y se extendió al resto de España. Nadie retiró los coches siniestrados durante más de un mes y en ese mes, las carreteras se llenaron de fantasmas. Aquel viaje me marcó para siempre, y el corazón, ese que si no ve no siente, aprendió a mirar lo que no está.
A veces hago ese ejercicio mental con otras cosas terribles, como el cáncer. Imagino todos los cuerpos graves, enfermos, asustados, los muertos que causa la enfermedad. Pienso en lo que no se ve y le doy la imagen metafórica de aquel cementerio de coches del verano del 2004.

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