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Verde esperanza desde el Monte Qasioun: la destrucción del patrimonio sirio

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Cuenta la leyenda que el día del Juicio Final Jesús descenderá del Cielo y desde lo más alto de uno de los minaretes de la Gran Mezquita de los Omeyas de Damasco proclamará el advenimiento del Reino de los Cielos y el fin del mundo tal y como lo conocemos. Puede que para muchos sirios el fin del mundo comenzara hace ya seis años, un 15 de marzo de 2011, cuando el conflicto estalló en el país. El Observatorio Sirio de Derechos Humanos (Osdh) ha asegurado que desde entonces 321.358 personas han muerto y 145.000 están desaparecidas. De todas ellas, más de 96.000 eran civiles.

Hace apenas seis años, cuando te adentrabas en la ciudad antigua de Alepo o Damasco y deambulabas por sus calles, iluminadas de noche por las luces amarillas de las farolas y las verdes de los minaretes de las mezquitas, tenías una enorme sensación de paz. Actualmente el escenario ha cambiado y todo aquello se ha convertido en vagos recuerdos. La guerra siria no distingue de credos ni edades; de objetivos militares ni edificios civiles; de aquello que es patrimonio de interés cultural de lo que no lo es. Algunos de los edificios históricos más emblemáticos, hoy se encuentran dañados o en ruinas. Los constantes bombardeos, los actos vandálicos del autoproclamado Estado Islámico y los expolios, están acabando con parte del patrimonio de Siria. Alepo, junto con Palmira, son dos de las ciudades más afectadas por este problema.

¿Por qué el grupo Estado Islámico destruye el patrimonio?

La actuación del grupo terrorista Estado Islámico no se trata tanto de una cuestión religiosa -que lo es en cierto modo- como de una estrategia propagandística. La instrumentalización de la religión se convierte en un arma perfecta para lograr unos objetivos muy concretos: sembrar miedo, terror, superioridad o provocación.. Destrozar e incluso conquistar asentamientos arqueológicos es una manera de demostrar su poderío y de intentar desacreditar la labor y la autoridad de las fuerzas de seguridad locales.

El patrimonio cultural en todos sus ámbitos (material e inmaterial) es indispensable para construir la identidad de un pueblo o una región; es un elemento clave para construir la identidad pasada presente y futura de una sociedad y para construir un espíritu de unión nacional. Algunos de los principales sitios dañados por el conflicto son:

La ciudad monumental de Palmira

La ciudad monumental de Palmira se sitúa en el desierto sirio, a tres kilómetros de la ciudad de Tadmir. Durante su época de pleno apogeo fue la capital del Imperio de Palmira, bajo el   efímero reinado de la reina Zenobia, entre los años 268 a 272. Este monumento fue declarado patrimonio de la humanidad en 1980 por la Unesco.

Los yihadistas del grupo Estado Islámico han acabado con parte de la arquitectura y las artes de Palmira que fusionaron en los siglos I y II las técnicas grecorromanas con las tradiciones artísticas autóctonas y persas. Entre los elementos destruidos o dañados se encuentran el arco monumental de la ciudad, el teatro romano  y el templo de Bel, entre otros.

El teatro romano en 2010:

Verde esperanza desde el Monte Qasiún: así era el patrimonio sirio
Teatro romano de Palmira (Siria) en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

El teatro romano en 2017:

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El teatro romano el 3 de marzo de 2017 | Foto: AFP PHOTO/STRINGER

El templo de Bel en 2010:

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Templo de Bel en 2010. | Foto: Rodrigo Isasi

El templo de Bel en 2016:

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Restos del templo de Bel el 1 de abril de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

El Arco Monumental en 2010:

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Arco Monumental de Palmira el 5 de agosto de 2010 | Foto: REUTERS/Sandra Auger

El Arco Monumental en 2016:

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Arco Monumental de Palmira el 1 de abril de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

La gran mezquita de Alepo

La Mezquita Omeya de Alepo fue la mezquita más grande de la ciudad hasta 2013, cuando fue devastada por los bombardeos. El centro religioso fue construido por el califa Walid I en el siglo VIII sobre los restos de un templo romano y de una iglesia bizantina, y tuvo que ser reconstruido tras un incendio que le destruyó completamente en 1169, momento en el que se aprovechó para incorporar un minarete de 45 metros de altura, totalmente destruido en la actualidad. La mezquita era conocida por albergar los restos del profeta Zacarías.

Mezquita Omeya en 2010:

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Patio de la mezquita Omeya de Alepo en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

Mezquita Omeya en 2016:

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Patio de la mezquita Omeya de Alepo el 13 de diciembre de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

La ciudadela de Alepo

La ciudadela de Alepo es una fortaleza medieval del siglo XIII considerada uno de los castillos más grandes y antiguos del mundo.

Ciudadela en 2010:

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La ciudadela de Alepo en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

Ciudadela en 2016:

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La ciudadela de Alepo el 13 de diciembre de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

La pérdida de identidad

La destrucción del patrimonio supone también una pérdida de identidad personal (documentos de identidad) y nacional. El patrimonio inmaterial tiene una importancia muy grande en lo referente a la construcción del concepto de identidad nacional. La destrucción del mismo tiene unas consecuencias futuras nefastas en la cohesión social de un pueblo una región. En Siria algunos de los elementos más afectados por el conflicto y que pueden acabar desapareciendo son:

  • El uso de la lengua aramea en la liturgia de la iglesia siriaca en las regiones próximas a Damasco.
  • Los empleos tradicionales y artesanales como el soplado de vidrio, los damasquinados, la taracea o los tejidos naturales. El encarecimiento de los materiales por el conflicto bélico, y la pérdida de clientela y turismo, obliga a muchos artesanos a dejar su trabajo e incluso a abandonar su país. Estos trabajos son principalmente transmitidos de forma oral de generación en generación, por lo que una vez abandonados, son difícilmente recuperables.
  • Algunas fiestas católicas u ortodoxas, principalmente en la región de Raqqa, donde miles de ciudadanos de esta corriente religiosa se han visto obligados a abandonar el país.

Verde esperanza desde el Monte Qasiún: seis años de destrucción del patrimonio sirio
Beduina siria cerca de Palmira en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

La Siria de ayer

Todavía recuerdo, como si fuera ayer, aquella noche del 6 de agosto de 2010, recorriendo la Vía Recta del casco antiguo de Damasco en dirección a la ciudadela, donde el músico libanés Marcel Khalife tañía su laúd árabe ofreciendo el último de sus conciertos en el país gobernado por Bashar Al Assad. “Añoro el pan de mi madre, el café de mi madre, las caricias de mi madre… Día a día, la infancia crece en mí y deseo vivir porque si muero, sentiré vergüenza de las lágrimas de mi madre…”, así reza una de sus canciones basada en un poema del palestino Mahmoud Darwish.

Por suerte, el patrimonio de Damasco aún se conserva en pie y todavía es posible subir al Monte Qasioun, donde se puede contemplar la inmensidad de una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo, donde se respira un poco de paz y donde es posible ver el anochecer mientras las luces verdes de las mezquitas, que llaman al unísono a la oración, y las amarillas de las casas, hacen su aparición en la ciudad del Sham, como se refieren a ella algunos lugareños. Hoy las luces que alumbran algunos barrios son las provocadas por los destellos de los morteros, por el fuego de las explosiones y por los disparos de los fusiles pero, mientras haya una luz encendida en las faldas del Monte Qasioun, aunque solo sea la de una casa o la de una mezquita, no estará todo perdido, aún habrá un pequeño atisbo de esperanza para el pueblo sirio y su patrimonio.

Continúa leyendo: Rebeca, ex esclava de Boko Haram: "Me atormenta saber que tengo un hijo con uno de ellos"

Rebeca, ex esclava de Boko Haram: "Me atormenta saber que tengo un hijo con uno de ellos"

Lidia Ramírez

Foto: Jorge Raya
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Parece cansada, apoya la barbilla en sus dos manos. En una de ella lleva un rosario, asegura no separarse de él nunca. Con la mirada perdida me pregunta: “¿Cómo estás?”. Le sonrío.

–”Yo emocionada y agradecida de estar aquí” –responde mirando ahora todo con detalle.

Rebeca Bitrus sólo tiene 29 años, y los últimos dos los cumplió en manos del grupo terrorista de carácter fundamentalista islámico, Boko Haram. Ahora, gracias a la organización española Ayuda a la Iglesia Necesitada, especializada en la denuncia de la persecución religiosa, se encuentra en España para relatar su calvario; el mismo que miles de víctimas llevan años sufriendo en Nigeria a manos de este grupo islamista.

Madre de dos hijos, estuvo dos años en garras de esta milicia activa en Nigeria, Camerún, Chad, Níger y Malí.

El secuestro

Era 21 de agosto de 2014 cuando Boko Haram asaltó su localidad, Baga, al noreste de Nigeria. Con mirada seria y un sentimiento de honda tristeza cuenta cómo junto a su marido, Bitrus, y sus dos hijos (Zacarías, de 3 años, y Jonatan, de uno) huyeron de su hogar. “Pensábamos que el objetivo principal era mi esposo porque a los hombres cristianos los mataban”, cuenta visiblemente emocionada, “así que decidimos que él escapara y se escondiera dejándonos a nosotros atrás”.

Bitrus pudo escapar de las garras de Boko Haram, pero Rebeca y sus pequeños no. Lo que ocurrió a partir de ese momento nunca lo olvidará. “Cuando los milicianos me encontraron, me dijeron: ‘Tú y tus hijos vais a trabajar para Alá’. Después me golpearon con un arma pesada y me sacaron de cuajo varios dientes”.

Ahí comenzó su pesadilla. Fue vendida varias veces a varios milicianos que la torturaban –”cada día me propinaban 98 golpes”– y usaban como esclava sexual. Rebeca cuenta cómo cada día se frotaba por su cuerpo las heces de sus hijos para mantener alejado a sus secuestradores. Fruto de una de esas violaciones quedó embarazada. Hoy día aún lucha por aceptar a ese “hijo de Boko Haram”, como ella se refiere a él. “Me atormenta saber que tengo un hijo con un terrorista, ¿y si cuando sea mayor es como su padre?”. Esa, asegura, es su mayor preocupación.

Rebeca, ex esclava de Boko Haram: "Me atormenta saber que tengo un hijo con uno de ellos"
Rebeca, junto a su marido y sus hijos, en Nigeria. | Foto: Ayuda a la Iglesia Necesitada

Dos años en manos de Boko Haram

Rebeca habla hausa, idioma oficial de Nigeria. Un intérprete nos acompaña durante toda la entrevista. Junto con más de 100 mujeres secuestradas, cuenta, lo primero que debían hacer antes de comenzar el día era hacer el rezo musulmán. “Posteriormente nos adoctrinaban y pasábamos a hacer las tareas del hogar, como limpiar y cocinar”. Muchos días eran los que se quedaba sin comer porque su comida era las sobras de sus secuestradores.

También las obligaban a memorizar varios versículos del Corán para, una vez aprendidos, inmolarse. “Yo quería que me dieran un cinturón de explosivos, pero nunca lograba memorizar los versículos”, cuenta la joven, quien asegura que su único objetivo era escapar.

–¿Conociste a algunas de las niñas de Chibouk?

–Conocí a varias de ellas. Una de ellas me aconsejó que me convirtiera al islam –responde.

Pero Rebeca no lo hizo, y como consecuencia, uno de sus hijos, de tan sólo un año, fue asesinado por un terrorista de Boko Haram. Lo tiró al lago Chad. Murió ahogado.

Nigeria fue el tercer país más castigado del mundo por el terrorismo en 2016, después de Irak y Afganistán, y en lo que va de año más de 400 civiles han sido asesinados por el grupo terrorista Boko Haram. 12 de sus 19 estados están bajo la ley de la sharía.

La huida 

Después de algo más de dos años, al fin llegó la luz de la libertad. Rebeca recuerda que fue una madrugada cuando escuchó hablar a varios milicianos que los soldados de Nigeria se acercaban. “Aproveché la situación de pánico para coger a mis hijos y huir”, explica. Pasó un día entero escondida en el bosque: “Los terroristas me buscaban por todos lados, pude ver a varios coches patrullando el bosque para encontrarme, pero pude esconderme bien”.

Finalmente, tras varios días caminando, llegaron a Diffa, sureste de Níger, donde se encontraron con soldados estadounidenses. Estos atendieron a su hijo y les dieron algo de pan. Al poco los llevaron a Damaturu, Nigeria, donde había soldados nigerianos. “Ellos fueron maravillosos: me llevaron directamente a la ciudad de Maiduguri, junto a mi marido”, sonríe al fin.

–¿Volverás algún día a tu aldea?

–Quizás algún día vuelva, pero ahora allí no hay nada –responde–. Todo fue quemado y destruido por Boko Haram.

Hoy, junto a más de 500 personas en su situación, se encuentra en un campamento de desplazados de la Diócesis de Maiduguri. Poco a poco, gracias al cariño que allí recibe ella, sus hijos y su marido, están saliendo adelante.

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11 de septiembre, el día que estremeció a Occidente

Néstor Villamor

Foto: Sean Adair
Reuters

Saltaron las alarmas a las 8:19 de la mañana, momento en que la azafata del vuelo 11 de American Airlines de Boston a los Ángeles Betty Ong llama al centro de operaciones de la aerolínea para informar de que se han producido apuñalamientos en la zona de primera clase y de que la cabina del piloto no contesta. Teme que el avión haya sido secuestrado. Minutos más tarde, a las 8:46, el boeing se estrella contra al Torre Norte del World Trade Center de Nueva York. La confusión es máxima en los primeros instantes. Los medios de comunicación barajan la hipótesis de un atentado, pero la confirmación no llegaría hasta las 9:02, cuando el avión que cubría el vuelo 175 de United Airlines de Boston a los Ángeles impacta contra la Torre Sur. La esperanza de que fuera un accidente se desvaneció en ese momento.

Los atentados del 11 de septiembre, de los que se cumplen 16 años, provocaron 3.016 muertes (incluyendo a los 19 terroristas suicidas), dejaron más de 6.000 heridos, marcaron el comienzo del siglo XXI, estremecieron a Occidente e iniciaron una nueva forma de entender el terrorismo.

Los ataques

Si bien la imagen que ha quedado como icono ya no solo del 11 de septiembre sino del terrorismo en general es la de las Torres Gemelas de Nueva York, fueron cuatro los aviones que participaron en el ataque. Además del vuelo 11 de American Airlines y del 175 de United Airlines que se estrellaron contra el World Trade Center, un tercer boeing impactó contra el Pentágono y un cuarto se precipitó en un campo de Pensilvania.

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Momento en que el avión 175 de United Airlines impacta contra la Torre Sur. | Foto: Chao Soi Cheong / AP

En el atentado del avión que atacó el epicentro del poder militar estadounidense perdieron la vida 189 personas. En el siniestro del único aparato que no llegó a su destino final, que era el Capitolio o la Casa Blanca, fallecieron 44. Las 2.783 víctimas mortales restantes perecieron en el ataque de Manhattan.

Los responsables del 11 de septiembre

Inmediatamente después del ataque terrorista más letal de la historia, todas las miradas recayeron sobre la organización yihadista Al Qaeda, liderada por Osama Bin Laden. Inicialmente, Bin Laden negó tener algo que ver con los sucesos, pero en 2004 admitió ser el responsable y que la motivación principal fue la participación de Estados Unidos en la Guerra de Líbano de 1982.

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Osama Bin Laden, autor de los atentados. | Foto: Mazhar Ali Khan / AP

La siguiente declaración forma parte de un comunicado en vídeo de Bin Laden emitido en 2004 y cuya transcripción dio la vuelta al mundo.

“Os digo que Alá sabe que nunca se nos había ocurrido atacar las torres, pero después de que [la situación] se hiciera insoportable y fuéramos testigos de la opresión y tiranía de la coalición estadounidense-israelí contra nuestro pueblo en Palestina y Líbano, se me ocurrió.

Los acontecimientos que afectaron a mi alma de manera directa empezaron en 1982, cuando Estados Unidos permitió a los israelíes invadir Líbano y la Sexta Flota de Estados Unidos les ayudó. Empezó el bombardeo y muchos murieron y otros fueron aterrorizados y desplazados y yo no podía olvidar esas escenas conmovedoras, sangre, miembros cortados, mujeres y niños tirados por todas partes. Casas destruidas junto con sus ocupantes y edificios demolidos sobre sus residentes. Cohetes lloviendo sobre nuestros hogares sin piedad. La situación era como un cocodrilo que se encuentra con un niño indefenso sin más poder que sus gritos. ¿Entiende el cocodrilo una conversación que no incluya un arma? Y todo el mundo vio y escuchó pero no respondió.

En esos momentos difíciles, burbujearon en mi alma muchas ideas difíciles de describir, pero al final produjeron un sentimiento intenso de rechazo a la tiranía y dieron a luz a una resolución fuerte de castigar a los opresores. Y mientras veía esas torres demolidas en Líbano, me entró en la mente la idea de que deberíamos castigar al opresor de la misma manera y que deberíamos destruir torres en Estados Unidos para que probaran algo de lo que nosotros hemos probado y para impedir que mataran a nuestras mujeres y niños”.

Consecuencias

El 11 de septiembre de 2001 “es cuando el mundo toma conciencia de que existe un terrorismo que ya no es local, es un terrorismo global, capaz de actuar en cualquier región del mundo”, explicó recientemente en una entrevista para TVE Miguel Ángel Ballesteros, director del Instituto Español de Estudios Estratégicos.

Ante el temor desatado, Estados Unidos inició la Guerra de Afganistán, cuyo objetivo declarado era encontrar a Osama Bin Laden, enemigo público número uno. Washington acusaba al emir del Estado Islámico de Afganistán (que llegó a controlar casi la totalidad del país) de no entregar a Bin Laden y a otros miembros de Al Qaeda. El yihadista fue encontrado y abatido en la ciudad pakistaní de Abbottabad el 2 de mayo de 2011 gracias al contacto de un miembro de su círculo con la CIA. Llevaba años recluido en una casa fortificada. La cercanía del complejo con una academia militar sugirió que quizás hubiese recibido ayuda del ejército o del servicio de inteligencia de Pakistán, o de ambos.

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Casa en la que vivía recluido Bin Laden, en Abbottabad, Pakistán. | Foto: Faisal Mahmood / Reuters

El yihadismo después del 11 de septiembre

Pero el yihadismo no murió con Bin Laden. La organización que hoy preocupa más ya no es Al Qaeda, que sigue activa bajo el control de Aymán al-Zawahiri, sino el denominado Estado Islámico, el Daesh, que ya estaba fundado antes de la muerte de Bin Laden.

¿Cómo surge el Daesh? “Cuando los americanos entran en Afganistán, se produce una diáspora” en Al Qaeda, explica Ballesteros en la entrevista con TVE. Uno de los miembros de la organización que huye entonces del país, Abu Musab al Zarqawi, se instala en Irak poco antes de la invasión estadounidense. Allí crea Yama’at al-Tawhid wal-Yihad (Organización de Monoteísmo y Yihad). Posteriormente, recluta a policías y militares expulsados del ejército de Sadam Hussein.

“Se junta el agua y el aceite: alguien que no era yihadista de ideología, como eran los militares de Sadam, pero que sí que saben combatir, con alguien que tiene la ideología yihadista. Esos militares le explican a Al Zarqawi que es fundamental controlar el territorio”. Ahí aparece el Estado Islámico de Irak, que practica un terrorismo “que ya no se oculta” sino que “quiere controlar territorio”. Cuando los estadounidenses abandonan Irak en 2011, con este Estado Islámico de Irak ya debilitado, el grupo “vuelve a coger fuerza” y se traslada a Siria, un país “más proclive” para hacer la yihad y controlar terreno porque se encuentra consumido por la Guerra Civil. “Pero ahí ya hay un grupo de Al Qaeda, el frente Al Nusra“. Fruto del choque entre ambas fuerzas aparece el monstruo del Daesh.

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El Estado Islámico, la nueva amenaza. | Foto: Stringer / Reuters

Memoria

Mientras, Nueva York intenta cicatrizar pero no quiere olvidar el 11 de septiembre. El espacio sobre el que se levantaban las torres gemelas ha sido sustituido por dos piscinas con cascadas artificiales en recuerdo de las víctimas y la Zona Cero acoge un museo sobre los atentados. Los nombres de los fallecidos están inscritos en paneles que rodean las dos piscinas.

Es, según la organización, “un poderoso recuerdo de la mayor pérdida de vida resultado de un ataque extranjero en suelo estadounidense y la mayor pérdida de personal de rescate en la historia de Estados Unidos”.

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Dos piscinas ocupan el lugar en el que estaban las Torres Gemelas en homenaje a las víctimas. En los bordes, están inscritos los nombres de los fallecidos. | Foto: Mike Segar / Reuters

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Múnich 1972: la masacre que marcó los Juegos de la Alegría

Tal Levy

Foto: Wikicommons
Wikicommons

A pocas millas del campo de concentración de Dachau, en Múnich, una Alemania partida en dos por un muro buscaba dejar atrás la infamia. Se suponía que esos sí serían los Juegos de la Alegría (“Die Heiteren Spiele”), o al menos ese era su lema. No como aquellos otros celebrados en Berlín en 1936, a la sombra del Führer y la pretendida supremacía aria, de las esvásticas y la propaganda nazi.

Los intentos por mejorar su reputación y desmarcarse de un pasado que la señalaba como una nación belicista que propició la Segunda Guerra Mundial no dieron el resultado esperado. La tristeza ensombreció las Olimpiadas de 1972. Pasados 45 años, poco se habla de los muchos récords alcanzados allí, solapados por la sangre derramada, por el drama imborrable de los 11 atletas israelíes asesinados en pleno sueño olímpico.

Esa fiesta deportiva que pretendía disipar ante la opinión pública el recuerdo del Holocausto fue, paradójicamente, escenario de muerte debido a un ataque que marcaría la proliferación del terrorismo como fenómeno internacional. Los judíos volvían en suelo germano a ser víctimas.

La Masacre de Múnich representó, según la autobiografía del locutor deportivo de ABC que cubrió los hechos, Jim McKay, “el final de una edad de la inocencia para el deporte”. Fueron 21 horas de suspense que acabarían trágicamente y relegarían la XX edición de los Juegos Olímpicos de la Era Moderna a las páginas de sucesos.

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Familiares de las víctimas de la masacre de Múnich llegan a la pista en el aeropuerto de Lod para el servicio conmemorativo. | Imagen vía: Wikicommons/Government Press Office (Israel)

Moneda de cambio

Todo empezó a las cuatro y media de la madrugada del 5 de septiembre de 1972, cuando cinco militantes del grupo terrorista Septiembre Negro, facción de la Organización para la Liberación de Palestina, liderada por Yaser Arafat, intentaron escalar la verja de escasos dos metros que protegía la villa olímpica.

Iban camuflados, vestidos con chándal, tal como cualquiera de los 7.134 deportistas de los 121 países participantes en la competición inaugurada el 26 de agosto. Parecían uno más, tanto así que atletas estadounidenses que habían pasado una noche de copas, al verles, les ayudaron a sortear el muro sin imaginar que poco después desenfundarían las armas que llevaban ocultas en sus bolsos tras entrar en el edificio donde se alojaba el equipo israelí.

Sin levantar sospechas, se juntaron con otros tres terroristas que ya se encontraban dentro. Dos de los veinte miembros de la delegación de Israel fueron asesinados sin contemplación: el levantador de pesas Joseph Romano y el coach de lucha Moshe Weinberg, cuya voz de alarma permitió que nueve de sus compatriotas pudieran huir, toda vez que intentara en vano defenderse de los intrusos con un simple cuchillo de los que se usan para picar frutas.

“Cuando me despertaron pensé que se trataba de una broma”, recuerda Shaul Ladany. Era el único atleta israelí que se encontraba en el dormitorio 2, junto a un par de expertos tiradores a quienes les estaba permitido guardar consigo sus armas y municiones. Cree que eso fue lo que hizo que los terroristas no entraran allí, sino que siguieran a la habitación siguiente, según reseña La Nación. Esa, al menos, es la teoría que maneja este sobreviviente del campo de concentración Bergen-Belsen para explicar cómo en Múnich logró salvarse por segunda vez.

Otros nueve israelíes no corrieron con la misma suerte; se convertirían en moneda de cambio. La exigencia para entregar a los secuestrados: la liberación de 230 palestinos presos en las cárceles de Israel y de 2 en Alemania. También pedirían un avión para poder escapar a salvo a Egipto.

La televisión fijaría en la memoria a un terrorista cuyo rostro estaba cubierto con un pasamontañas, asomado en un balcón, a la luz del mundo entero.

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Firmas del libro de condolencias en la embajada de Israel | Imagen: Wikicommos/Bert Verhoeff

Una cadena de errores

La imagen del terror desde esa década de los años setenta se multiplicaría. “Lo que pasó en Múnich fue el balazo que empezó el terrorismo internacional”, afirmaría años más tarde a La Vanguardia la esgrimista devenida en periodista después de la masacre, Anky Spitzer, viuda del entrenador de esgrima André Spitzer.

El ultimátum había sido dado bajo amenaza de hacer explotar sus granadas y ejecutar a todos los rehenes. “El gobierno israelí no negocia con terroristas”, había dicho la primera ministra de Israel, Golda Meir. La última palabra la tenía la dirigencia de la República Federal Alemana (RFA), que se negó a recibir colaboración por parte de los equipos antiterroristas israelíes.  

Tras negociaciones y prórrogas, las autoridades germanas accedieron a trasladar en helicóptero a los ocho secuestradores, junto a los nueve deportistas cautivos, a la base aérea militar de Fürstenfeldbruck, desde donde abordarían un avión supuestamente en dirección a El Cairo.

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Los secuestradores hicieron estallar el helicóptero aún rehenes | Imagen vía Getty Images

La villa olímpica se alejaría del foco. Y es que allí, además, poco se podía hacer, después de que los terroristas vieran por televisión las tomas de policías haciéndose pasar con su vestimenta como deportistas, pero con las armas al descubierto. Por supuesto, ese intento de rescate murió al nacer.

Entonces, planearon sorprender a los terroristas en la aeronave que les aguardaba con policías disfrazados como tripulación, aunque los uniformes estaban incompletos. La misión fue abortada por los propios agentes que desistieron a última hora y abandonaron la nave, dejando el plan de rescate ya sólo en las manos de cinco tiradores de precisión que no habían recibido ningún tipo de entrenamiento especial, cinco tan sólo para enfrentar a ocho. La que se avecinaba era una lucha desigual.

Cuando los fedayines se encontraron con un avión vacío, supieron de inmediato que estaban frente a una trampa. Se abrió el fuego. Alrededor de las 12:30 am del 6 de septiembre se escuchó el último de los disparos que dio término a una operación marcada por el fracaso y una sucesión de errores y omisiones. Todos los rehenes fallecieron y también un policía alemán. Cinco de los secuestradores fueron abatidos y los otros tres detenidos, aunque serían liberados el 29 de octubre al ser canjeados tras el secuestro de un avión de Lufthansa.

No podía ser de otro modo si se toma en cuenta que en esa noche sin luna los francotiradores no contaban con gafas de visión nocturna, lo cual hubiera marcado la diferencia, de acuerdo con una reconstrucción llevada a cabo días después por miembros de la Fiscalía de Baviera. Tampoco tenían chalecos antibalas ni radios bidireccionales.

No extraña, por tanto, que en 2002 Michael Hershman, un alto ejecutivo de la consultora de seguridad Decision Strategies, que ha participado en varias Olimpiadas, afirmara a Time: “A lo largo de los años, Múnich ha servido como un modelo de lo que no se debe hacer de ninguna manera”.

El jefe de la delegación israelí, Samuel Lankin, había manifestado su inconformidad sobre el lugar de alojamiento de sus compatriotas por ser vulnerable, al estar sólo protegido por una verja fácil de romper o saltar. “No olvidaré cómo no escucharon mi voz”, se lamenta ya nonagenario al periódico Yediot Ajronot.

Su advertencia no fue atendida, como tampoco la que hiciera un agente de seguridad de Israel ante las autoridades policiales alemanas y el Comité Olímpico Internacional (COI).

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Homenaje a atletas israelíes asesinados en 1972 durante los JJOO de Londres 2012 | Imagen vía: Wikicommons

La persistencia de la memoria

El mismo 6 de septiembre, la fúnebre sinfonía “Heroica” de Beethoven fue entonada por la Orquesta Filarmónica de Múnich en un tributo realizado en memoria de las víctimas en el estadio olímpico.

Aquello de que el show debe continuar se impuso. Las Olimpiadas siguieron su marcha al día siguiente. La petición de Israel de suspender su curso fue desestimada alegando que significaría la rendición frente al terror. No hubo tiempo de llorar a los muertos.

En 2012 se conocería, gracias a unos 45 documentos desclasificados del Archivo Oficial israelí, que el gobierno alemán estaba renuente a interrumpir la realización de los Juegos debido, entre otras razones, a que los canales de televisión no contaban con una programación alternativa. “Total, eran 11 atletas más después del Holocausto. ¿A quién le importaba eso?”, señalaría Ilana Romano, viuda de Joseph Romano, en Yediot Ajronot.

Y allí estaban, aún tibia la sangre derramada, 80.000 espectadores vitoreando a sus equipos como si nada en el partido de fútbol entre la RFA y Hungría. Tan sólo una pancarta alzaba: “17 muertos, ¿ya olvidados?”. Esta fue desalojada sin más por los agentes de seguridad. No había cabida para cuestionamientos, como si de un plumazo pudiera pasarse de la tristeza a la pretendida alegría.

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Ankie Spitzer, viuda del entrenador de esgrima Andre Spitzer da un discurso durante un servicio conmemorativo en la base aérea de Fuerstenfeldbruck en 2012. | Imagen vía: REUTERS/Michael Dalder

Desde Montreal 1976, cada cuatro años los familiares de los 11 israelíes que perecieron en la masacre pidieron que se les rindiera algún reconocimiento en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, pero su solicitud fue ignorada. Las 103.000 firmas que recogieron para un tributo en Londres 2012 tampoco sirvieron, bajo el alegato del temor a un boicot de las 21 delegaciones árabes, según se lee en The Guardian.

Finalmente, el 3 de agosto de 2016, en Río de Janeiro, fue inaugurada la Plaza del Duelo en la villa deportiva, en recuerdo de todos los deportistas fallecidos en los Juegos por diversas causas. Así, en los pasados Juegos se accedió a guardar un minuto de silencio en la ceremonia encabezada por el presidente del COI, Thomas Bach. “Es lo que queríamos porque eran miembros de la familia olímpica”, afirmaría Anky Spitzer.

También, a partir del 6 de septiembre de este año, un monumento en homenaje a las víctimas descansará en el parque olímpico donde estos perdieron la vida.

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Ankie Spitzer, la viuda del entrenador de esgrima Andre Spitzer, en la Villa Olímpica en 1972. | Imagen vía Associated Press

Guerra avisada…

Los sólo 2 millones de dólares gastados en seguridad en Múnich 1972 mucho costaron. También el haber hecho caso omiso al psicólogo de la policía germana Georg Sieber, que puso en el tablero los peores escenarios posibles como modo de preparar la protección de cara a los Juegos, informó la revista Time en 2002.

Sieber había esbozado 26 situaciones y, curiosamente, la número 21 calzaría con lo ocurrido: a las 5 de la mañana, unos doce palestinos armados y resueltos a no rendirse escalarían la verja de 2 metros de la villa olímpica, entrarían mediante una explosión en el edificio donde se alojaba la delegación israelí, matarían a uno o dos rehenes y pedirían la liberación de prisioneros en las cárceles de Israel y un avión para volar a alguna capital árabe.

Archivos confidenciales difundidos por Der Spiegel en 2012 daban cuenta cómo las autoridades alemanas desestimaron las advertencias sobre un inminente ataque e intentaron encubrir el error tras error en la gestión que acabó en la masacre.

El 18 de agosto de 1972, el Ministerio de Exteriores de la RFA, gracias a una información proveniente de Beirut, envió un alerta a la agencia de inteligencia bávara sobre la preparación de una acción por parte de palestinos durante las Olimpiadas, recomendando tomar todas las medidas de seguridad posibles.

Más explícita aún fue la publicación italiana Gente, que el 2 de septiembre escribía que terroristas de Septiembre Negro planeaban un “sensacional acto durante los Juegos”, advertencia que sólo fue registrada por la policía criminal de Hamburgo dos días después de la tragedia que podía haber sido evitada.

Los años han despejado también otro tipo de detalles: los tratos crueles recibidos por las víctimas, que fueron abordados en el documental Múnich 1972 y más allá. Incluían golpizas que causaron fracturas de huesos y hasta castración, a la que fue sometido Joseph Romano. Al cumplirse veinte años de la masacre, los familiares de los fallecidos tuvieron acceso a crudas fotografías que no han mostrado públicamente, así como tampoco lo hizo The New York Times al constatarlas.

Múnich 1972: la masacre que marcó los Juegos de la Alegría 6
Banderas olímpicas e israelíes en 2002 cerca de una placa en honor a los miembros del equipo olímpico israelí asesinados en 1972. | Imagen vía: Enric Marti / Associated Press

La Ira de Dios

La ligereza con la que fueron recibidas por parte de la RFA las advertencias sobre un posible atentado contrastaría con la vehemencia de la represalia ejecutada por el gobierno de Israel, que persiguió a muerte a todos los involucrados de algún modo en la masacre. “Hay que buscar a los terroristas estén donde estén y convertirles de perseguidores en perseguidos”, había sentenciado Golda Meir.

La operación Ira de Dios, encomendada al Mossad (servicio secreto israelí), se desplegó en Europa, el Norte de África y Oriente Medio. Culminó con más de una docena de militantes de Septiembre Negro y de la OLP eliminados, así como un camarero marroquí muerto por error en Noruega.

En las misiones participaría un joven Ehud Barak, que en 1999 se convertiría en primer ministro de Israel, disfrazado de mujer, episodio que recrearía Steven Spielberg en su película Múnich, de 2005.

Ni las marcas batidas como las siete medallas de oro del nadador estadounidense Mark Spitz, sólo superado décadas después por “el Tiburón de Baltimore” Michael Phelps, ni Waldi, la primera mascota en la historia olímpica, signarían los Juegos de Múnich 1972.

Otro perro salchicha, este de juguete, que uno de los deportistas israelíes asesinados guardaba para regalar a su bebé recién nacida y que fue hallado junto a la sangre y los agujeros de bala en la villa olímpica, pasaría a las manos del Museo de Tel Aviv en memoria de una pesadilla que aún pasados 45 años es imposible de olvidar.

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Redacción TO

Foto: Asad J. Malik
HOLOGRAMS FROM SYRIA

Asad J. Malik se fue joven de Pakistán y se mudó a Estados Unidos para estudiar en la universidad. Nunca ha vivido el horror de la guerra. Ni hambrunas, ni catástrofes. Pero tampoco importa: Malik ha visto en internet y en las televisiones el dolor de los migrantes, la muerte de civiles, ha comprendido la tortura del día a día en Siria. Por ello, se ha valido de sus conocimientos en realidad aumentada  para transmitir todo lo que él ha visto antes, para transmitir esa sensación de escalofrío. Y lo único necesario para ello son unas gafas de HoloLens -fabricadas por Microsoft-.

Creo que la realidad aumentada tiene una capacidad única. La realidad virtual no la tiene porque renuncia a la realidad”, explica Malik, conocido también como 1RIC, en una entrevista de Quartz. Su proyecto se llama Holograms from Syria (Hologramas desde Siria) y muestra algunas de las imágenes más icónicas de la guerra siria como si formaran parte de nuestra alrededor: se incorporan e interactúan con los objetos tangibles. “Es casi como Pokemon Go, pero con gente real”.

Malik sostiene que su ambición con este proyecto es compaginar la innovación visual con cierto mensaje político, como advirtiendo de la injusticia al tiempo que explora su creatividad. “Es cierto que la mayoría de usuarios siente culpa tras visualizar las imágenes, también me pasa a mí. Pero no era esta la principal intención del desarrollador”, dice en otra entrevista, esta publicada en Creators, de Vice. “Quería explorar la idea de la guerra en nuestra época actual, especialmente en Estados Unidos, desde una simulación”.

Una mujer experimenta el trabajo de Malik a través de unas gafas HoloLens. | Fuente: Asad J. Malik/Holograms from Syria

Y agrega: “Es un ejercicio interesante que la gente que vive en este país (Estados Unidos) esté tan directamente conectada con la guerra en un sentido económico, pero que su experiencia de la misma se haya reducido a imágenes en una pantalla pequeña”.

Malik incorpora este proyecto a una trayectoria que combina la denuncia con la tecnología; y a veces no tanto la denuncia como una descripción manifiesta de la realidad. “Todos los proyectos que llevo entre manos tienen que ver con aprovechar las cosas que existen en el mundo; los coloco en espacios donde no suelen estar”, dice, manifestando su interés por la artista Martha Rosler.

“Rosler reunía dos mundos a través de sus collages: casas de ensueño norteamericanas e imágenes de la guerra de Vietnam. Se juntaba lo desconocido con lo indeseable”, cuenta. “Los hologramas de Siria trabajan con la idea de trasladar Siria a Tu Realidad”. Rossler también aprovecha otra clase de recursos: rostros sonrientes con un bombardeo de fondo, selfis entre fuegos cruzados y cuerpos sin vida, desfiles de moda en zonas de guerra. La influencia de Rossler en Malik es evidente.

Ahora, el creador pakistaní adelanta que quiere continuar esta línea creativa y que su próxima propuesta consiste en entrevistar a personas con tecnología 3D y trasladarlos virtualmente a otras partes del mundo.

Fuente: Asad J. Malik/Holograms from Syria

Fuente: Asad J. Malik/Holograms from Syria
Fuente: Asad J. Malik/Holograms from Syria
Fuente: Asad J. Malik/Holograms from Syria

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