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Verde esperanza desde el Monte Qasioun: la destrucción del patrimonio sirio

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Cuenta la leyenda que el día del Juicio Final Jesús descenderá del Cielo y desde lo más alto de uno de los minaretes de la Gran Mezquita de los Omeyas de Damasco proclamará el advenimiento del Reino de los Cielos y el fin del mundo tal y como lo conocemos. Puede que para muchos sirios el fin del mundo comenzara hace ya seis años, un 15 de marzo de 2011, cuando el conflicto estalló en el país. El Observatorio Sirio de Derechos Humanos (Osdh) ha asegurado que desde entonces 321.358 personas han muerto y 145.000 están desaparecidas. De todas ellas, más de 96.000 eran civiles.

Hace apenas seis años, cuando te adentrabas en la ciudad antigua de Alepo o Damasco y deambulabas por sus calles, iluminadas de noche por las luces amarillas de las farolas y las verdes de los minaretes de las mezquitas, tenías una enorme sensación de paz. Actualmente el escenario ha cambiado y todo aquello se ha convertido en vagos recuerdos. La guerra siria no distingue de credos ni edades; de objetivos militares ni edificios civiles; de aquello que es patrimonio de interés cultural de lo que no lo es. Algunos de los edificios históricos más emblemáticos, hoy se encuentran dañados o en ruinas. Los constantes bombardeos, los actos vandálicos del autoproclamado Estado Islámico y los expolios, están acabando con parte del patrimonio de Siria. Alepo, junto con Palmira, son dos de las ciudades más afectadas por este problema.

¿Por qué el grupo Estado Islámico destruye el patrimonio?

La actuación del grupo terrorista Estado Islámico no se trata tanto de una cuestión religiosa -que lo es en cierto modo- como de una estrategia propagandística. La instrumentalización de la religión se convierte en un arma perfecta para lograr unos objetivos muy concretos: sembrar miedo, terror, superioridad o provocación.. Destrozar e incluso conquistar asentamientos arqueológicos es una manera de demostrar su poderío y de intentar desacreditar la labor y la autoridad de las fuerzas de seguridad locales.

El patrimonio cultural en todos sus ámbitos (material e inmaterial) es indispensable para construir la identidad de un pueblo o una región; es un elemento clave para construir la identidad pasada presente y futura de una sociedad y para construir un espíritu de unión nacional. Algunos de los principales sitios dañados por el conflicto son:

La ciudad monumental de Palmira

La ciudad monumental de Palmira se sitúa en el desierto sirio, a tres kilómetros de la ciudad de Tadmir. Durante su época de pleno apogeo fue la capital del Imperio de Palmira, bajo el   efímero reinado de la reina Zenobia, entre los años 268 a 272. Este monumento fue declarado patrimonio de la humanidad en 1980 por la Unesco.

Los yihadistas del grupo Estado Islámico han acabado con parte de la arquitectura y las artes de Palmira que fusionaron en los siglos I y II las técnicas grecorromanas con las tradiciones artísticas autóctonas y persas. Entre los elementos destruidos o dañados se encuentran el arco monumental de la ciudad, el teatro romano  y el templo de Bel, entre otros.

El teatro romano en 2010:

Verde esperanza desde el Monte Qasiún: así era el patrimonio sirio
Teatro romano de Palmira (Siria) en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

El teatro romano en 2017:

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El teatro romano el 3 de marzo de 2017 | Foto: AFP PHOTO/STRINGER

El templo de Bel en 2010:

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Templo de Bel en 2010. | Foto: Rodrigo Isasi

El templo de Bel en 2016:

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Restos del templo de Bel el 1 de abril de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

El Arco Monumental en 2010:

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Arco Monumental de Palmira el 5 de agosto de 2010 | Foto: REUTERS/Sandra Auger

El Arco Monumental en 2016:

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Arco Monumental de Palmira el 1 de abril de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

La gran mezquita de Alepo

La Mezquita Omeya de Alepo fue la mezquita más grande de la ciudad hasta 2013, cuando fue devastada por los bombardeos. El centro religioso fue construido por el califa Walid I en el siglo VIII sobre los restos de un templo romano y de una iglesia bizantina, y tuvo que ser reconstruido tras un incendio que le destruyó completamente en 1169, momento en el que se aprovechó para incorporar un minarete de 45 metros de altura, totalmente destruido en la actualidad. La mezquita era conocida por albergar los restos del profeta Zacarías.

Mezquita Omeya en 2010:

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Patio de la mezquita Omeya de Alepo en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

Mezquita Omeya en 2016:

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Patio de la mezquita Omeya de Alepo el 13 de diciembre de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

La ciudadela de Alepo

La ciudadela de Alepo es una fortaleza medieval del siglo XIII considerada uno de los castillos más grandes y antiguos del mundo.

Ciudadela en 2010:

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La ciudadela de Alepo en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

Ciudadela en 2016:

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La ciudadela de Alepo el 13 de diciembre de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

La pérdida de identidad

La destrucción del patrimonio supone también una pérdida de identidad personal (documentos de identidad) y nacional. El patrimonio inmaterial tiene una importancia muy grande en lo referente a la construcción del concepto de identidad nacional. La destrucción del mismo tiene unas consecuencias futuras nefastas en la cohesión social de un pueblo una región. En Siria algunos de los elementos más afectados por el conflicto y que pueden acabar desapareciendo son:

  • El uso de la lengua aramea en la liturgia de la iglesia siriaca en las regiones próximas a Damasco.
  • Los empleos tradicionales y artesanales como el soplado de vidrio, los damasquinados, la taracea o los tejidos naturales. El encarecimiento de los materiales por el conflicto bélico, y la pérdida de clientela y turismo, obliga a muchos artesanos a dejar su trabajo e incluso a abandonar su país. Estos trabajos son principalmente transmitidos de forma oral de generación en generación, por lo que una vez abandonados, son difícilmente recuperables.
  • Algunas fiestas católicas u ortodoxas, principalmente en la región de Raqqa, donde miles de ciudadanos de esta corriente religiosa se han visto obligados a abandonar el país.

Verde esperanza desde el Monte Qasiún: seis años de destrucción del patrimonio sirio
Beduina siria cerca de Palmira en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

La Siria de ayer

Todavía recuerdo, como si fuera ayer, aquella noche del 6 de agosto de 2010, recorriendo la Vía Recta del casco antiguo de Damasco en dirección a la ciudadela, donde el músico libanés Marcel Khalife tañía su laúd árabe ofreciendo el último de sus conciertos en el país gobernado por Bashar Al Assad. “Añoro el pan de mi madre, el café de mi madre, las caricias de mi madre… Día a día, la infancia crece en mí y deseo vivir porque si muero, sentiré vergüenza de las lágrimas de mi madre…”, así reza una de sus canciones basada en un poema del palestino Mahmoud Darwish.

Por suerte, el patrimonio de Damasco aún se conserva en pie y todavía es posible subir al Monte Qasioun, donde se puede contemplar la inmensidad de una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo, donde se respira un poco de paz y donde es posible ver el anochecer mientras las luces verdes de las mezquitas, que llaman al unísono a la oración, y las amarillas de las casas, hacen su aparición en la ciudad del Sham, como se refieren a ella algunos lugareños. Hoy las luces que alumbran algunos barrios son las provocadas por los destellos de los morteros, por el fuego de las explosiones y por los disparos de los fusiles pero, mientras haya una luz encendida en las faldas del Monte Qasioun, aunque solo sea la de una casa o la de una mezquita, no estará todo perdido, aún habrá un pequeño atisbo de esperanza para el pueblo sirio y su patrimonio.

Nuestra última defensa

Ferrán Caballero

Después de cada atentado sale algún líder prometiendo que esta guerra la vamos a ganar, algún cínico preguntando qué pinta tiene la victoria y unos cuántos nostálgicos pidiendo que nos pongamos serios de una vez y afrontemos el problema de raíz. Esto pasa después de cada atentado, del desarme de ETA, y pasa también muy a menudo cuando hablan de Trump o del proceso independentista. Y es que hace tiempo que me parece ver a los más presumidos de nuestros demócratas un tanto desorientados buscando al guardián último de nuestras libertades. Hoy como ayer hay quienes lo buscan en los tribunales, y particularmente en el Constitucional. Otros desesperan esperando la decisión firme y valiente del Presidente o soberano. E incluso hay algunos que creen que la defensa última de la democracia es la movilización de la sociedad civil; la protesta; la calle.

Nos cuesta poco entender que las garantías del presente son insuficientes. Pero nos cuesta un poco más aceptar que no hay nada que pueda asegurar la supervivencia de los estados ni de sus democracias. No hay ejército que pueda acabar con el terrorismo, ni siquiera estando dispuesto a acabar también con todas y cada una de nuestras libertades. No hay check ni balance que pueda privar a Trump de toda capacidad de hacer el mal y que pueda seguir llamándose democrático. Nadie puede garantizar la supervivencia de la democracia contra la voluntad del pueblo y nadie puede salvarlo si este decide entregarse a un salvapatrias. No hay soluciones finales porque no hay garantía posible del triunfo de la ley sobre sus enemigos. El cuidado de nuestras frágiles e imperfectas democracias y libertades pasa por el cuidado de la conciencia liberal, que impone no exigir para los nuestros el poder que no estaríamos dispuestos a dar a los otros. Y de la virtud republicana, que impone no exigir a nuestros políticos mayor virtud de la que somos capaces de recomendarnos a nosotros mismos.

El atentado de Londres, en imágenes

Redacción TO

Foto: Stephan Wermuth
Reuters
El atentado de Londres, en imágenes 8
Los primeros homenajes a la memoria de las víctimas del atentado de Westminster llegaron en la misma noche del miércoles. En este ramo de flores puede leerse: “Amor para todos. No tenemos miedo”. | Foto: Hannah McKay / Reuters

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La policía acordonó las inmediaciones del Parlamento tras conocerse el atentado. | Foto: Stefan Wermuth / Reuters
El atentado de Londres, en imágenes 10
Un helicóptero ambulancia llega a la zona de Westminster. | Foto: Daniel Leal-Olivas / AFP Photo

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Una de las víctimas del atropello múltiple es atendido por otros ciudadanos. | Foto: Toby Melville / Reuters

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Otro plano de la víctima asistida en el asfalto del puente de Westminster | Foto: Toby Melville / Reuters

El atentado de Londres, en imágenes 13
Un herido recibe asistencia médica. | Foto: Matt Dunham / AP Photo

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Los paramédicos tratan de reanimar a una víctima del atentado. | Foto: Toby Melville / Reuters

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Una de las posibles víctimas mortales, tendida en el asfalto. | Foto: Toby Melville / Reuters

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Varios hombres y mujeres siendo evacuados del Parlamento, a pocos metros del ataque. | Foto: Daniel Leal-Olivas / AFP Photo

El atentado de Londres, en imágenes 14
El coche implicado en el ataque y, a la derecha, una víctima tendida en la acera. | Foto: James West / AP Photo

El atentado de Londres, en imágenes 3
Un día después, la policía investiga en la zona afectada por el atentado, que sigue acordonada. | Foto: Tim Ireland / AP Photo

El atentado de Londres, en imágenes 1
Los miembros del Parlamento británico homenajean un día después a las víctimas del atentado del 22 de febrero. | Foto: AFP Photo

El atentado de Londres, en imágenes
Una flor en los cordones que acotan la zona investigada por la policía. | Foto: Daniel Leal-Olivas / AFP Photo

El atentado de Londres, en imágenes 21
Ramos de flores colocados frente a la sede de Scotland Yard, en Londres, un día después del ataque. | Foto: Will Oliver / EFE
El atentado de Londres, en imágenes 23
Alemania ilumina la puerta de Brandeburgo con los colores de la bandera de Gran Bretaña | Foto: Fabrizio Bensch / Reuters

Un año después, Bruselas recuerda a sus víctimas

Redacción TO

Foto: Alastair Grant
AP Photo

Bélgica recuerda este miércoles a las víctimas de los atentados yihadistas que golpearon Bruselas el 22 de marzo de 2016, y lo hace con la inauguración de memoriales cerca de la estación de metro y del aeropuerto, escenarios de los peores ataques que ha sufrido el país en su historia reciente. 32 personas fueron asesinadas.

El primero de los homenajes tendrá lugar en el aeropuerto de Zaventem, donde se guardará un minuto de silencio a las 07.58 hora local, momento en el que dos terroristas suicidas hicieron explotar las bomba que llevaban en su cuerpo.

A las 09.11, los trabajadores del metro protagonizarán una parada para aplaudir durante un minuto como muestra de homenaje a las víctimas del tercer atentado suicida de aquel fatídico 22 de marzo cometido en la estación de Maelbeek, en pleno barrio europeo de Bruselas.

Durante la jornada se sucederán otros actos conmemorativos con la participación del Gobierno y familiares de los fallecidos y heridos, en los que también está prevista la presencia de los reyes de Bélgica, representantes de las instituciones europeas, que tendrán un especial recuerdo para la funcionaria comunitaria Patrizia Rizzo, fallecida en el atentado del metro.

En el aeropuerto se inaugurará el nuevo emplazamiento de la emblemática estatua ‘Flight in the Mind’ (El vuelo en el pensamiento) del artista Olivier Strebelle, que resultó dañada en los atentados del aeropuerto. La escultura era punto de encuentro de los viajeros y a partir de ahora estará situada en la avenida del aeropuerto, la Rue de la Loi.  El aeropuerto permanecerá cerrado entre las 06.00 y las 09.00 horas donde se produjeron los mortales atentados.  También en la estación de metro habrá un acto solemne y en sus proximidades se descubrirá la escultura ‘Tocados, pero siempre en pie’, del artista belga Jean-Henri Compère, en memoria de las víctimas. Por la tarde se oficiará un misa en la catedral de Saints-Michel-et-Gudule, mientras que en la iglesia Saint-Jean-Baptiste de Molenbeek habrá un concierto interreligioso. En el bosque de Soignes, cerca de Bruselas, se plantarán 32 abedules en recuerdo de las víctimas.

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Un detalle de la escultura del artista belga Jean-Henri Compere | Foto: AP Photo/Virginia Mayo

El colectivo ‘Todos Unidos’ ha invitado a los ciudadanos a llevar una flor y a sumarse a las distintas marchas organizadas en la ciudad que culminarán en la Plaza de la Bolsa.

Minutos de incertidumbre

Bruselas no ha vuelto a ser la misma ciudad desde el 22 de marzo de 2016. Aquel día que comenzó como cualquier otro pero que se convirtió en un infierno.  El Parlamento belga aún no ha dado a conocer el informe de la comisión de investigación sobre los atentados.

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Dos militares belgas patrullan las inmediaciones del aeropuerto de Zaventem el 23 de marzo de 2016 | foto: AP Photo/Geert Vanden Wijngaert

El relato de aquellas horas de incertidumbre, de los hechos acaecidos, permanece en la memoria de todos.

08.00h

En la terminar de salidas del aeropuerto de Bruselas se oyen disparos. De pronto, se produce un explosión en los mostradores de facturación y las personas que se encuentran en el lugar comienzan a correr. Unos instantes después se produce una segunda explosión. Todo es confusión entre los viajeros y el personal del aeropuerto. Enseguida se pone en marcha una operación para evacuar las instalaciones y ayudar a los heridos.

08.20h

Las autoridades ordenan interrumpir el transporte ferroviario al aeropuerto y el cierre de las vías de acceso por carretera.

08.40h

Se confirman las explosiones en el aeropuerto y se pide a los ciudadanos que permanezcan alejados de la zona ante el temor de que puedan producirse nuevos atentados.

09.10h

Se produce una explosión en un convoy que se disponía a abandonar la estación de metro de Maalbeek, situada muy cera de las oficinas de la Comisión Eropea, hacia Arts-Loi. La explosión se produce en el segundo vagón.

09.27h

El metro de Bruselas se cierra al público en todas las estaciones.

10.00h

El Centro de Crisis Belga ordena el cierre de todo el transporte público de la ciudad, incluidos autobuses y trenes y se pide a la ciudadanía permanecer donde está. El llamamiento se hace a través de tuits.

11.43h

El primer ministro belga, Charles Michel, condena los ataques.

11.50h

La Fiscalía federal de Bélgica confirma que las tres explosiones, dos en el aeropuerto y una en la estación de metro de Maelbeek, han sido ataques terroristas. Al menos una es causada por un terrorista suicida. Se pone en marcha una investigación.

15.20h

El autodenominado Estado Islámico reivindica la acción, asegurando que sus varios de sus miembros detonaron cinturones con explosivos.

La cifra final de muertos ascendió a 32, y el número de heridos superó los 300.  De los fallecidos, la mayoría – 17 – eran belgas. El resto incluyen ciudadanos de los Países Bajos, Estados Unidos, Alemania, China, Francia, India, Italia, Marruecos, Reino Unido, Suecia, Perú, Polonia y España. La Oficina de Información Diplomática informó de la muerte de la joven de 29 años, Jennifer García Scintu, siendo esta la única víctima mortal española de los atentados.

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Dos víctimas de las explosiones en el aeropuerto de Bruselas. La azafata Nidhi Chapheka lleva una chaqueta marilla en la foto | Foto: Ketevan Kardava via AP, File

Los terroristas

Las primeras investigaciones hablan de al menos tres terroristas en el aeropuerto, captados por las cámaras de seguridad. Uno de los atacantes muerto en una de las explosiones es identificado por sus huellas dactilares como Ibrahim El Bakraoui. Se sabe que un segundo atacante, aún no identificado, también ha muerto en los atentados.

Hay un tercer terrorista, con una chaqueta clara y sombrero que, se cree ha logrado huir del aeropuerto. Los investigadores descubren que deja una bolsa de viaje grande que no estalla en el momento previsto por los terroristas y que los artificieros se encargan de explosionar de forma controlada.

En cuanto al terrorista suicida del metro, es identificado por sus huellas dactilares como Khalid el Bakraoui, hermano de Ibrahim el Bakroaui.

Un taxista llama a la policía para contar que ha reconocido en las imágenes de las cámaras de seguridad emitidas por la televisión a los tres hombres como los que había recogido en Schaerbeek. Las fuerzas de seguridad realizan una redada en la dirección donde les indicó el taxista y se encuentran con productos químicos para hacer bombas, detonadores y otros dispositivos explosivos. En el cubo de la basura de la misma calle del domicilio inspeccionado, los investigadores encuentran un ordenador con pruebas que implican a Ibrahim el Bakraoui. La policía realiza otra redada en Schaerbeek donde es detenida una persona para ser interrogada.

Tras las investigaciones llevadas a cabo, las autoridades concluyen que Najim Laachraoui que mantuvo vínculos con los atentados de París de noviembre de 2015, es el cerebro de la operación en Bruselas. El hombre del sombrero es identificado como Mohamed Abrini.

La solidaridad con las víctimas

La solidaridad con las víctimas no tardó en llegar. La plaza de la Bolsa se llenó enseguida de flores, de banderas de todos los países, de velas, de mensajes de paz escritos en el suelo y las paredes y, el ‘Je suis Bruxelles’ (Soy Bruselas), dio paso al mensaje de ‘Nous sommes le monde’ (Somos el mundo).

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Velas y un mensaje de solidaridad (Bruselas, estamos contigo) en la plaza de la Bolsa de Bruselas, el 24 de marzo de 2016 | Foto: AP Photo/Alastair Grant

Representantes del colectivo musulmán en la capital de Bélgica también se acercaron a la plaza de la Bolsa para mostrar su repudia ante los atentados. Carteles con el hashtag #Notinmyname (No en mi nombre), que ya había sido utilizado en anteriores ocasiones, como la de los atentados del 13 de noviembre en París o el ataque contra la revista satírica francesa Charlie Hebdo, se dejaron ver de nuevo en las concentraciones en la plaza de la Bolsa.

Los centros educativos, los transportes y las tiendas no tardaron en volver a una “normalidadenrarecida, mientras la bandera nacional ondeaba aún a media asta y los militares belgas patrullaban algunas calles y puntos estratégicos de la capital.

Por su parte, fueron muchos los países que mostraron sus condolencias al gobierno belga y su sociedad, y su solidaridad con las víctimas. Algunos de los monumentos o edificios más emblemáticos se iluminaron con los colores de la bandera belga.

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La Torre Eiffel iluminada con los colores de la bandera de Bélgica el 22 de marzo de 2016 | Foto: REUTERS/Philippe Wojazer

Por su parte, la sociedad internacional en general, se volcó a través de las redes con mensajes de apoyo a las víctimas.

La vida de Ahmad en España después de la guerra

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

En el barrio madrileño de Quintana, que une la plaza de toros con la mezquita de la M-30, se encuentra una pastelería árabe con las paredes pintadas de verde y un espejo largo que se extiende al fondo. Los clientes van y vienen y no es extraño que esta conversación sufra las interrupciones lógicas de una jornada de trabajo.

Antes de trasladarse a Madrid, Ahmad era arquitecto en la ciudad siria de Alepo y se había comprado un coche nuevo, tenía un piso y esperaba su segundo hijo junto a su mujer, que es española, de origen árabe. La conoció en unas vacaciones que ella pasó en Siria. “Yo la vi, y ahí empezó todo”, cuenta. Se casaron en 2008 y un año más tarde nació su primera hija. La vida avanzaba tranquila y en calma; Ahmad tenía su oficina de arquitectura y un negocio de decoración y reformas, y su mujer trabajaba en casa y cuidaba de su hija, muy pequeña. “Éramos felices”, dice, apenado. Me da a probar una baklawa, que es un dulce tradicional hecho de hojaldre y frutos secos, y nos sentamos en dos taburetes, frente al escaparate. Desde aquí vemos la calle.

La guerra de Siria comenzó en 2011, pero no llegó a Alepo hasta un año después. Cuando echa la vista atrás, Ahmad no crea divisiones en el tiempo, conjuga en presente y en pasado sin distinción; puede ser que en su memoria las longitudes sean más cortas. “El día más triste para nosotros fue un viernes por la mañana, eran las nueve. Ese día nos despertamos por la explosión de una bomba. Yo vivo en un edificio grande y enfrente hay un centro de policía secreta. Allí hicieron explotar un coche. Dormíamos con mantas gruesas, hacía frío, y se cayó toda la casa, todo por encima de las mantas. De haber estado despiertos, no seguiríamos con vida”.

Alepo dejó de ser una ciudad segura y Ahmad supo que debían abandonar Siria por un tiempo, no demasiado. “Vinimos a España en 2012. Mis suegros viven aquí desde hace cincuenta o sesenta años, casi toda la vida, y mi mujer estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Decidimos dejar Alepo para volver en pocos meses. Pensamos que en ese tiempo acabaría la guerra, como en Egipto. Es lo que se hablaba. Algunos decían dos meses, otros decían tres”.

Pasaban las semanas en la casa de sus suegros y Ahmad hablaba a menudo con sus padres, que se quedaron en Siria, con la firme esperanza de regresar pronto. Pero siempre ocurría la misma historia. Sus padres le insistían, semana tras semana, en que siguiera esperando, porque cada vez la situación iba a peor, todo era más peligroso, todo era más complicado. Los meses se sucedían y con este ánimo Ahmad comenzó a comprender que no volvería a casa tan pronto como suponía, que los meses en España se convertirían en años y que sus hijos tendrían una infancia lejos de su país.

Ahmad asumió el golpe. Se dijo que ya no podían vivir en la casa de sus suegros, que era hora de buscar piso, de buscar trabajo. Tenía un dinero guardado que bastaría para los primeros meses de alquiler y mientras tanto, creyó, encontraría un empleo como arquitecto. Fue a todas las oficinas, a todas las empresas. Entregó currículums por internet, en mano. Y luego de aburrirse de no encontrar nada, desesperado, renunció a la arquitectura y buscó trabajo en otro sitio: en bares, en tiendas, en supermercados. Hasta que un día le comentaron que un restaurante libanés frente a la Plaza de las Ventas buscaba empleado: “Fui al día siguiente y hablé con el jefe, le conté mi situación. Me preguntó en qué podía ayudar, de qué trabajaba, y le dije que era arquitecto. Él me dijo que lo sentía, que como arquitecto no tenía cómo ayudarme. Pero yo le dije que se olvidara, que quería trabajar de lo que fuera, y entonces me dijo que podía ofrecerme ser camarero. No me lo podía creer, yo me puse súper contento; nos salvaron de dejar el país. No teníamos dinero para pagar el alquiler del mes siguiente y hubiéramos tenido que regresar a Siria”.

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Protesta contra el presidente Bashar Al Assad en Maraa, cerca de Alepo, el 16 de marzo de 2012 | Foto: REUTERS/Shaam News Network/Handout

Otro comienzo

En este punto es difícil imaginar al arquitecto con casa propia, con el coche nuevo, con dinero en el banco. Ahmad estaba en España con dos niños que no podía alimentar y con la idea clara de volver a un país en guerra. Ahora cuenta que salieron adelante sin un euro de ayuda, que todas las solicitudes que presentaron fueron desatendidas por el Ayuntamiento de Madrid y por el Gobierno central, que no tuvieron nada salvo a ellos mismos.

Después de cinco meses en el restaurante libanés, con el fin de la temporada alta, su jefe le puso a trabajar en esta pastelería, que era otro de sus negocios. Aquí trabajó Ahmad durante dos años y medio. Porque, al tercero, su jefe le trasladó que tanto él como sus socios pretendían venderla. “No me explicaba por qué querían hacerlo. Me dijo que porque no daba los beneficios que esperaban. Volví a preocuparme, aunque me dijo que no lo hiciera, que tendría un puesto en la fábrica, que seguiría trabajando con ellos. Yo veía que la gente venía a la pastelería con ilusión, la pastelería funcionaba bien. Para mí fue un shock. Los pasteles tienen buena fama. La fábrica donde los hacen, que es de ellos, los hace muy bien. Así que le dije que si querían vender la pastelería, yo estaba dispuesto a comprarla, que podríamos seguir como socios: ellos fabricando y yo vendiendo. Y le pareció una buena idea”.

Ahmad trajo dinero de Siria, sus suegros aportaron otro poco, y a eso se sumó los ahorros de estos años. Los propietarios le pusieron facilidades con el precio de venta. El arquitecto sirio comenzó así a trabajar como autónomo, a mejorar las calidades de los pastelitos, a manejar sus propios tiempos. En su tercer año fuera de Alepo, Ahmad encontró un camino y de algún modo imprimió esa nostalgia en el nombre de su pastelería, a la que llamó Sham, como el territorio que abarca la Gran Siria.

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Miembros de la Defensa Civil y civiles, en una casa dañada por un ataque aéreo en Idilb en marzo de 2017 | Foto: Ammar Abdullah / Reuters

Volver a Alepo

La nueva vida de Ahmad se construyó sobre la tristeza y el miedo de tener a sus padres y hermanos en tierra de nadie, con la certeza bien presente de que cada día podía ser el último. Ahmad no ha hecho otra cosa que pelear por traerlos a España, pero una y otra vez se ha encontrado con una burocracia que lo impide. “He sufrido mucho”, me dice. “El Gobierno no concede ningún permiso de entrada al país a ningún sirio. Es lo que yo he visto, aunque eso no lo cuentan. He presentado todos los papeles que piden para darles el visado. Me he gastado mucho dinero. ¡Ellos se han gastado mucho dinero! Tienen que viajar de Alepo a Líbano porque la embajada española está allí…”.

Los familiares de Ahmad, como tantos otros sirios, han sufrido el cierre de la embajada de España en Damasco tras el estallido de la guerra civil en 2011. La delegación en Beirut, Líbano, asumió las funciones, pero no todo el mundo puede permitírselo.

“¡La embajada más próxima está en otro país!”, continúa Ahmad. “Son 24 horas de un viaje muy duro y muy caro que luego no sirve de nada”.

Ahmad me enseña la pastelería, me explica cada dulce. Después de cinco años en España, cuando iba a ser por unos meses, añora profundamente Alepo. Le pregunto cómo era la ciudad antes de la guerra. “Uff”, responde, emocionado. “Alepo era maravillosa”. Ahmad mantiene la esperanza intacta, es tenaz, y siente la seguridad de que regresará algún día, joven o viejo: “No he vendido mi vivienda (en Alepo) porque volveremos. Yo estoy trabajando al máximo aquí, mi mujer también, pero no me veo en España toda la vida. Planteo mis planes en Siria, no compro una casa aquí porque quiero volver. Me gusta España, es parte de mi vida, me he adaptado a las costumbres, a la comida… Pero yo nunca dejaré Siria”.

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