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Verde esperanza desde el Monte Qasioun: la destrucción del patrimonio sirio

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Cuenta la leyenda que el día del Juicio Final Jesús descenderá del Cielo y desde lo más alto de uno de los minaretes de la Gran Mezquita de los Omeyas de Damasco proclamará el advenimiento del Reino de los Cielos y el fin del mundo tal y como lo conocemos. Puede que para muchos sirios el fin del mundo comenzara hace ya seis años, un 15 de marzo de 2011, cuando el conflicto estalló en el país. El Observatorio Sirio de Derechos Humanos (Osdh) ha asegurado que desde entonces 321.358 personas han muerto y 145.000 están desaparecidas. De todas ellas, más de 96.000 eran civiles.

Hace apenas seis años, cuando te adentrabas en la ciudad antigua de Alepo o Damasco y deambulabas por sus calles, iluminadas de noche por las luces amarillas de las farolas y las verdes de los minaretes de las mezquitas, tenías una enorme sensación de paz. Actualmente el escenario ha cambiado y todo aquello se ha convertido en vagos recuerdos. La guerra siria no distingue de credos ni edades; de objetivos militares ni edificios civiles; de aquello que es patrimonio de interés cultural de lo que no lo es. Algunos de los edificios históricos más emblemáticos, hoy se encuentran dañados o en ruinas. Los constantes bombardeos, los actos vandálicos del autoproclamado Estado Islámico y los expolios, están acabando con parte del patrimonio de Siria. Alepo, junto con Palmira, son dos de las ciudades más afectadas por este problema.

¿Por qué el grupo Estado Islámico destruye el patrimonio?

La actuación del grupo terrorista Estado Islámico no se trata tanto de una cuestión religiosa -que lo es en cierto modo- como de una estrategia propagandística. La instrumentalización de la religión se convierte en un arma perfecta para lograr unos objetivos muy concretos: sembrar miedo, terror, superioridad o provocación.. Destrozar e incluso conquistar asentamientos arqueológicos es una manera de demostrar su poderío y de intentar desacreditar la labor y la autoridad de las fuerzas de seguridad locales.

El patrimonio cultural en todos sus ámbitos (material e inmaterial) es indispensable para construir la identidad de un pueblo o una región; es un elemento clave para construir la identidad pasada presente y futura de una sociedad y para construir un espíritu de unión nacional. Algunos de los principales sitios dañados por el conflicto son:

La ciudad monumental de Palmira

La ciudad monumental de Palmira se sitúa en el desierto sirio, a tres kilómetros de la ciudad de Tadmir. Durante su época de pleno apogeo fue la capital del Imperio de Palmira, bajo el   efímero reinado de la reina Zenobia, entre los años 268 a 272. Este monumento fue declarado patrimonio de la humanidad en 1980 por la Unesco.

Los yihadistas del grupo Estado Islámico han acabado con parte de la arquitectura y las artes de Palmira que fusionaron en los siglos I y II las técnicas grecorromanas con las tradiciones artísticas autóctonas y persas. Entre los elementos destruidos o dañados se encuentran el arco monumental de la ciudad, el teatro romano  y el templo de Bel, entre otros.

El teatro romano en 2010:

Verde esperanza desde el Monte Qasiún: así era el patrimonio sirio
Teatro romano de Palmira (Siria) en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

El teatro romano en 2017:

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El teatro romano el 3 de marzo de 2017 | Foto: AFP PHOTO/STRINGER

El templo de Bel en 2010:

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Templo de Bel en 2010. | Foto: Rodrigo Isasi

El templo de Bel en 2016:

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Restos del templo de Bel el 1 de abril de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

El Arco Monumental en 2010:

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Arco Monumental de Palmira el 5 de agosto de 2010 | Foto: REUTERS/Sandra Auger

El Arco Monumental en 2016:

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Arco Monumental de Palmira el 1 de abril de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

La gran mezquita de Alepo

La Mezquita Omeya de Alepo fue la mezquita más grande de la ciudad hasta 2013, cuando fue devastada por los bombardeos. El centro religioso fue construido por el califa Walid I en el siglo VIII sobre los restos de un templo romano y de una iglesia bizantina, y tuvo que ser reconstruido tras un incendio que le destruyó completamente en 1169, momento en el que se aprovechó para incorporar un minarete de 45 metros de altura, totalmente destruido en la actualidad. La mezquita era conocida por albergar los restos del profeta Zacarías.

Mezquita Omeya en 2010:

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Patio de la mezquita Omeya de Alepo en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

Mezquita Omeya en 2016:

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Patio de la mezquita Omeya de Alepo el 13 de diciembre de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

La ciudadela de Alepo

La ciudadela de Alepo es una fortaleza medieval del siglo XIII considerada uno de los castillos más grandes y antiguos del mundo.

Ciudadela en 2010:

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La ciudadela de Alepo en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

Ciudadela en 2016:

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La ciudadela de Alepo el 13 de diciembre de 2016 | Foto: REUTERS/Omar Sanadiki

La pérdida de identidad

La destrucción del patrimonio supone también una pérdida de identidad personal (documentos de identidad) y nacional. El patrimonio inmaterial tiene una importancia muy grande en lo referente a la construcción del concepto de identidad nacional. La destrucción del mismo tiene unas consecuencias futuras nefastas en la cohesión social de un pueblo una región. En Siria algunos de los elementos más afectados por el conflicto y que pueden acabar desapareciendo son:

  • El uso de la lengua aramea en la liturgia de la iglesia siriaca en las regiones próximas a Damasco.
  • Los empleos tradicionales y artesanales como el soplado de vidrio, los damasquinados, la taracea o los tejidos naturales. El encarecimiento de los materiales por el conflicto bélico, y la pérdida de clientela y turismo, obliga a muchos artesanos a dejar su trabajo e incluso a abandonar su país. Estos trabajos son principalmente transmitidos de forma oral de generación en generación, por lo que una vez abandonados, son difícilmente recuperables.
  • Algunas fiestas católicas u ortodoxas, principalmente en la región de Raqqa, donde miles de ciudadanos de esta corriente religiosa se han visto obligados a abandonar el país.

Verde esperanza desde el Monte Qasiún: seis años de destrucción del patrimonio sirio
Beduina siria cerca de Palmira en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

La Siria de ayer

Todavía recuerdo, como si fuera ayer, aquella noche del 6 de agosto de 2010, recorriendo la Vía Recta del casco antiguo de Damasco en dirección a la ciudadela, donde el músico libanés Marcel Khalife tañía su laúd árabe ofreciendo el último de sus conciertos en el país gobernado por Bashar Al Assad. “Añoro el pan de mi madre, el café de mi madre, las caricias de mi madre… Día a día, la infancia crece en mí y deseo vivir porque si muero, sentiré vergüenza de las lágrimas de mi madre…”, así reza una de sus canciones basada en un poema del palestino Mahmoud Darwish.

Por suerte, el patrimonio de Damasco aún se conserva en pie y todavía es posible subir al Monte Qasioun, donde se puede contemplar la inmensidad de una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo, donde se respira un poco de paz y donde es posible ver el anochecer mientras las luces verdes de las mezquitas, que llaman al unísono a la oración, y las amarillas de las casas, hacen su aparición en la ciudad del Sham, como se refieren a ella algunos lugareños. Hoy las luces que alumbran algunos barrios son las provocadas por los destellos de los morteros, por el fuego de las explosiones y por los disparos de los fusiles pero, mientras haya una luz encendida en las faldas del Monte Qasioun, aunque solo sea la de una casa o la de una mezquita, no estará todo perdido, aún habrá un pequeño atisbo de esperanza para el pueblo sirio y su patrimonio.

Continúa leyendo: Silvia Cruz Lapeña, un relato desde el flamenco

Silvia Cruz Lapeña, un relato desde el flamenco

Anna Maria Iglesia

Foto: Alberto Gamazo

Silvia Cruz LaPeña es una periodista de raza. Fiel y honesta con sus principios. Especialista en flamenco, Cruz LaPeña no es una mera reseñista: sus artículos y reportajes son textos, a veces incómodos, en los que ella analiza y descubre el mundo del flamenco, construyendo un relato que no se acomoda a los tópicos. Crónica Jonda (Libros del K.O) es también un relato incómodo, es también un relato que desmonta tópicos, un relato aparentemente autobiográfico a través del cual Cruz LaPeña destripa el presente social, político y, también, emocional. El presente de Crónica Jonda es el resultado de un pasado que no ha acaba de morir, que está ahí y cuyos frutos recogemos ahora.

Crónica Jonda comienza con la muerte de Paco de Lucía, que, a través de las palabras de Miguel Mora, se convierte en símbolo de un tiempo que se acaba.

Sí, y por esto está muy marcado el hecho de que yo me entero de la muerte de Paco de Lucía cuando estoy terminado el epílogo de la biografía de Camarón. Es un gesto casi epifánico: termino el epílogo y, por tanto, en cierta manera vuelvo a enterrar al gitano, que era Camarón, y me entero que se ha muerto el payo, Paco de Lucía. Y, sí, cuando Miguel Mora habla de la España aniquilada, yo la veo representada.

El gitano y el payo, el norte y el sur, lo exterior y lo interior… ¿tu libro es un juego de dualidades imposibles de separar?

Sí, está todo imbricado, porque la realidad es así. Este libro es un viaje, que yo empiezo cabreada, pero no puedo decirte en qué página dejo de estarlo, porque todo está mezclado, los opuestos se tocan y se confunden. En el fondo del libro está la idea de un todo, algo caótico, un todo donde es imposible determinar dónde empieza la otra. Es un libro que empiezo a escribir cuando todo parece haberse desquebrajado, cuando estaba naciendo con mucha fuerza Podemos y nos preguntábamos qué iba a pasar; ahora, seguimos, en parte, igual, no sabemos qué va a pasar, ni con Podemos ni con ningún otro partido. Por esto, cito a Faulkner.

Narras un tiempo que agoniza…

Sí, un tiempo que, además, se estira y no se acaba. Hablo de un tiempo que tiene mucho que ver con el flamenco, con esa voluntad de querer conservar el pasado, de no dejar que llegue lo nuevo. Por esto digo que, para no ser la música de España, el flamenco se le parece mucho. Como el flamenco, también el tiempo que estamos viviendo ahora es un tiempo suspendido, no sabemos qué va a pasar y, personalmente, tengo la sensación de que cada día empieza todo de nuevo.

No sólo dices que el flamenco se parece mucho a España, sino que es machista como España. ¿El flamenco es la lente desde donde miras tu entorno?

Sí, en cierto modo y, de hecho, en este libro el flamenco no es una excusa, como algunos me han dicho, sino que es la clave de lectura de muchas cosas y, al mismo tiempo, es mi abrigo, porque es el flamenco es el lugar donde me refugio. El flamenco es un microcosmos y en él veo conductas que, luego, veo también en otros ambientes, entre los periodistas, los carniceros o los taxistas.

El flamenco y, sobre todo, el mundo flamenco está muy connotado, pero, desde fuera, ¿lo miramos y lo juzgamos con demasiados prejuicios?

Hay muchos prejuicios en relación al flamenco, unos prejuicios que vienen de hace tiempo. Es cierto que el franquismo se apropió del flamenco y se lo usó como forma de propaganda de la cultura española, pero no fue el único arte a ser usado. Esto, sin embargo, ha hecho que, todavía hoy, haya quien conserva la idea de que el flamenco mantiene unos lazos con el franquismo cuando no es así.

Además, el flamenco es considerado como “lo español”, en un momento donde “lo español”, sobre todo en lugar como Cataluña, cuesta mucho de aceptar. Y, por último, para empeorar las cosas, se le tacha de machista y, en parte, es cierto, pero el flamenco no es más machista que la sociedad en el que está inmerso, es decir, la sociedad española.

Lo que quisiera es poner un punto y final a estas asociaciones, porque de flamenco he visto mucho y lo he visto en países como Francia e Inglaterra. Por tanto, ¿el flamenco es “lo español”? Sí, pero no. Lo que sucede es que falla el relato y creo que, en gran medida, de esto es responsable el propio mundo flamenco y, también, aquellos que lo narramos. Creo que tendríamos que hacer el esfuerzo de hablar de flamenco sin hablar de lunares, sin caer en los tópicos.

¿En qué sentido se ha explicado o se explica mal el flamenco?

El relato que se ha hecho hasta ahora del flamenco es la del tío guapo, alto, moreno y con pinta de torero y la mujer guapa, espectacular, con vestido de lunares. Se cuenta que, en el mundo flamenco, él manda y ella renuncia a todo y, en parte, es cierto, solo que, como te decía antes, el machismo del flamenco no es otra cosa que el reflejo del machismo de la sociedad en que se enclava.

El flamenco es mucho más, solo que todavía es un mundo muy circunscrito; ten en cuenta que muchos conservatorios no admiten los estudios de flamenco porque piensan que es cosa de cuatro gitanos que bailan en su casa. Esto hace que se desconozca el flamenco más allá de los tópicos, más allá del “lerele” y de los topos. Por esto, hablo del relato y de nuestra responsabilidad, porque es cierto que, sobre todo los medios no especializados, todavía te piden que si escribes de flamenco les hables de lunares, de sangre y de pasión, pero es precisamente esto lo que tenemos que evitar, porque el flamenco de hoy no es esto o no es solo esto. Hay espectáculos de flamenco muy fríos, donde no hay ni sangre ni pasión. O, por ejemplo, ver bailar a Rocío Molina es asistir a una clase magistral de danza contemporánea y de flamencos. Es una mujer que no utiliza ni lunares ni peinetas, pero es flamenco.

¿Ha habido clasismo en la percepción del flamenco?

Sí y no. Por una parte, no en cuanto, casi desde sus inicios el flamenco ha vivido gracias al apoyo de la gente adinerada; de hecho, muchos artistas flamencos han vivido de bailar a señoritos y a gente adinerada. Además, lo curioso es que, actualmente, muchas veces quien rechaza el flamenco es gente que, por cultura o por contexto, está muy cerca de él; sin embargo, hoy muchos lo rechazan por ser algo popular, algo folklorico…e, incluso, algunos no rechazan por no ser un arte elevado, si bien no hay que olvidar que hoy en día el flamenco está en todos los teatros del mundo.

Por otra parte, sí, hay clasismo: el rechazo al flamenco tiene mucho de clasismo y de racismo, que, paradójicamente, no solo viene del mundo payo.  En el mundo gitano también hay racismo, el de los gitanos y, lo que es más curioso, el de los gitanistas hacia los payos. Los gitanistas, que muchas veces no son gitanos, son unos puristas, son aquellos que dicen que el flamenco solo puede ser puro y que todo lo demás no es flamenco.

Ahora que hablas de los gitanistas, pienso en tu análisis de la música de Miguel Poveda, cuyo flamenco se ha “modificado” en cuanto él ha cedido, en parte, al gusto, tentado por las ventas o el gran público. ¿Poveda, como tantos otros, representa un flamenco adulterado, ese flamenco que nos llega y que consume la gran mayoría?

Yo diría edulcorada. Me voy a remitir, además porque enlaza con la cuestión del clasismo, a lo que dice Luis Cabrera, del Taller de Músics: el flamenco gusta si no te araña. No gusta el flamenco duro. Y lo que yo digo de Poveda es algo que se ve mucho en programas como La Voz u Operación Triunfo: se flamenquea mucho, se hace mucho “lerele” y mucho “olé”, pero eso no es hacer flamenco, por mucho que quien lo haga esté relacionado familiar o culturalmente con el flamenco.

Hay muchos que piensan que Malú es flamenca o que Rosario Flores hace flamenco, cuando no lo ha hecho en su vida. Y, sin llegar a este punto, Miguel Poveda, que sí que canta flamenco, aunque en sus espectáculos hay de todo, hace un flamenco edulcorado o, como yo digo, flamenco de amplio espectro. Muchos de mis compañeros de profesión, me dirían que este flamenco de amplio espectro no es flamenco.

Un relato desde el flamenco 1
El flamenco es mucho más que lunares y trajes de sevillana | Foto de Alberto Gamazo

¿Me comprarías la etiqueta: “flamenco para quien no entiende de flamenco”?

Mis compañeros gitanistas te comprarían… y yo también

Otro de los temas del libro es la inmigración, principalmente la de Andalucía hacia Barcelona y te muestras muy crítica hacia la política catalana, hacia ese discurso político que llegó a consolidar el concepto de “charnego”.

Sí, ante todo, porque reniego completamente del concepto de “charnego”. Yo no eliminaría esta palabra, pero que la diga quién la inventó. Este nombre, completamente despectivo, no nos lo hemos inventado quienes supuestamente somos charnegos, por esto, no lo asumo, porque no hay nada de negativo en el hecho de que una abuela mía fuera andaluza, otra murciana, mi madre de Barcelona y mi padre de Córdoba. Y, sí, en el libro hago una crítica feroz a esa sociedad que conocí y la hago, también, porque me hace mucha gracia cuando se habla hoy de los catalanes a los que no se escucha o a esos catalanes que estamos un poco callados. ¿Nos han escuchado alguna vez? Por esto cuento la celebración que se hizo en Barcelona en 2013 por los cien años del nacimiento de Carmen Amaya. A nadie le importó que se celebrara el nacimiento de Amaya teniendo mal los datos, sin prestar atención a los estudios que decían que ella había nacido en 1918. ¿Te imaginas que hubiera pasado si quienes organizan la celebración de 1714 se equivocaran y dijeran 1715? Pues, esto. No se trata de forma distinta a unos que a otros y luego decir que somos todos parte de un mismo pueblo. Recuerdo perfectamente cuando en la rueda de prensa previa al homenaje de Amaya, Mascarell decía que el pueblo romaní era parte del pueblo catalán, cosa que es cierta, pero entonces ¿por qué no se la trata igual?

En el libro cuentas, además, como un concejal te dice que prefiere antes “a los africanos que a los andaluces porque son ‘más propensos a hablar catalán’”.

Me hicieron este comentario como me han hecho muchos otros. Y, lo peor, te lo hacen sin preguntarse quién eres tú, sin plantearse que, a lo mejor, con sus palabras te están ofendiendo o están ofendiendo a tus padres.

¿Tuviste que asumir tu historia y tus orígenes o siempre fueron connaturales a ti?

No, no tengo la sensación de haber tenido que asumir mis orígenes, pero sí es cierto que, durante la presentación en Madrid, Cristina Fallarás decía que el libro es la narración de la construcción de una identidad. Seguramente, en el libro me digo algunas cosas que nunca me había dicho y ciertamente no es casual que mi interés por el flamenco se haya reafirmado en estos últimos años ni que mi libro salga en estos días y hable de flamenco. Aunque no quieras, ahora mismo, te obligan a preguntarte sobre tu identidad. Yo, que nunca me he preocupado de esto, me siento obligada no sólo a preguntarme sobre mi identidad, sino también a interrogarme sobre mi origen. Sin embargo, para mí nunca fue un problema: cuando volví a Barcelona, vivía en Nous Barris y nunca sentí la necesidad de preguntarme de dónde era. A lo mejor era una excepción, pero lo cierto es que nunca me preocupó este asunto.

Tú, además, narras la experiencia de una migración a la inversa: cuando tienes 8 años, dejas Barcelona y vas vivir a Andalucía. ¿Cómo era tu mirada, la de una niña que, si bien de origen Andaluz, deja Barcelona y se va a vivir a Andalucía?

Era una mirada repelente, porque era la mirada de quien viene de Barcelona y llega al sur. Era una mirada donde había rechazo, que, sin embargo, también encontré en Andalucía, aunque por distintos motivos. El rechazo que encontré era debido a que allí están muy hartos de que, desde Barcelona, se les mire con cierta superioridad, una superioridad que yo llevaba incorporada. Y, ahora, lamento haber salido corriendo de allí con 18 años, deseando ir a Barcelona, que para mí significaba un lugar con amplitud de miras y cosmopolita, paradójico si pensamos en lo que estamos viviendo hoy.

Evidentemente, con los años he vuelto a Andalucía, pero ya no he vuelto a vivir allí; de ahí que, en el libro, exprese mi arrepentimiento por esa actitud repelente que tuve y, solo ahora, me doy cuenta de que en todos los años que viví ahí, no llegué a conocer, de verdad, Andalucía por mi estrechez de miras.

En el fondo, Crónica Jonda es un gran canto a Andalucía.

Y a Barcelona.

Sólo que Barcelona sale peor parada.

No, el libro es un gran canto a Barcelona, solo que vivo en Barcelona. Si me hubiera ido, seguramente mi mirada se hubiera dulcificado. Yo no tengo una mirada romántica de Andalucía, pero ya no es tan severa como la que tenía antes, porque vivo a mil kilómetros y porque cuando voy es solo para estar unos días. Sin embargo, Barcelona es mi ciudad elegida, es la ciudad que amo, de ahí el cabreo que tengo. Siempre te enfadas con quien más quieres y yo estoy casada con Barcelona.

Por último, quería preguntarte sobre el periodismo, del que también hablas.

Yo todo lo que te pueda decir del periodista suena a corporativista, aunque no lo sea para nada, pues soy muy crítica con quien no lo hace bien y conmigo misma cuando me equivoco. Me parece vital que se haga periodismo y que se haga bien. Aunque no tengamos un código deontológico muy claro, me parece esencial hacer periodismo con sensatez y respetando algunos principios.

Te muestras muy crítica con los “periodistas” amateurs.

Yo soy muy crítica con el amateurismo, es cierto, con ese “periodismo” que se ejerce gratis. Yo también me abrí un blog para escribir sobre mis cosas, pero el periodismo es otra cosa. ¿Qué quieres hacer periodismo? Muy bien, pero juega con nuestras reglas: cobra por trabajar. ¿Te metes a hacer periodismo sin cobrar para ligarte a la cantaora o el productor? Entonces, lo que haces no es periodismo, porque el objetivo del periodismo es otro.

Puedes ser amateur, pero no nos quites el pan, no reemplaces el papel del periodismo. Nos quejamos de que se hace mal periodismo, pero es que la mitad de la gente que lo ejerce no es periodista, y no me refiero a tener o no el título universitario, y la mitad de la otra mitad ha sucumbido a determinadas cosas: cobrar poco, titular mal en busca de click, evitar ser molesto.

Continúa leyendo: Alejandro 'El Sirio', el estudiante de turismo en Alepo que lo dejó todo por ser torero

Alejandro 'El Sirio', el estudiante de turismo en Alepo que lo dejó todo por ser torero

Lidia Ramírez

Foto: Foto cedida por Alejandro 'El Sirio'

Esta es la historia de un sueño que surgió a 5.000 kilómetros de España hace ya casi dos décadas. Es la historia de Hazem Al-Masri, conocido como Alejandro ‘El Sirio’, un alepino que, casualmente, vio una corrida de toros siendo niño mediante el canal internacional de TVE y que a partir de entonces tuvo claro a qué quería dedicarse el resto de su vida. “En ese instante cambió todo para mí. Ver aquella corrida en televisión me pareció algo mágico. En ese momento me dije que tenía que viajar a España para ser torero”, cuenta Alejandro a The Objective. Tenía 14 años.

Sin embargo, no fue hasta los 18 cuando ‘El Sirio’, que en esos momentos estudiaba un grado de Turismo en Alepo, decidió dejarlo todo y, con un petate lleno de ilusiones, puso rumbo a España para cumplir su sueño. Era el año 2000. La ciudad que lo recibió fue Valencia, donde unos compatriotas lo ayudaron a alojarse y a buscar trabajo.

–¿Recuerdas lo que hiciste nada más llegar a España?

–Claro que sí. Ir a la plaza de toros. Quería comprar una entrada para ver una corrida. Sin embargo, cuál fue mi sorpresa que me dijeron que hasta la feria de marzo no había festejos. Era octubre. No entendía como estando en España no podía asistir a una corrida hasta dentro de cinco meses –cuenta el banderillero a The Objective en un perfecto español.

Alejandro 'El Sirio', el estudiante de turismo en Alepo que lo dejó todo por ser torero
Hazem Al-Masri junto a su madre, en Alepo. | Foto cedida por Alejandro ‘El Sirio’

Comenzó trabajando en un taller de alarmas para vehículos, allí gracias a sus compañeros –y al flamenco– fue aprendiendo el idioma. “Escuchaba flamenco todo el rato”, recuerda. Fue en ese taller de alarmas donde también lo ‘bautizaron’ de nuevo. A partir de ese momento, pasaría a llamarse Alejandro. Lo de ‘El Sirio’, vendría años más tarde. Concretamente cuatro años después de su llegada a Valencia. “Ya sabía hablar español y un compañero me dijo que en Valencia había una escuela taurina. Ese mismo día pedí permiso en el trabajo y fui a la escuela en busca de mi sueño, aprender a ser torero, que era por lo que yo había venido a España”.

Sin embargo, lo que no esperaba es que con 22 años era ya demasiado tarde para ser matador de toros. “No entendía como con esa edad alguien podía ser mayor para comenzar a aprender algo”. Pero ‘El Sirio’ no desistió y, si bien había sido capaz de dejar, siendo todavía un niño, su tierra, su familia y sus raíces, nada ni nadie le impediría cumplir su sueño. Así que tanto insistió que finalmente permitieron que acudiera por las tardes a la plaza de toros de Valencia donde entrenaban los toreros de la tierra. “Yo decía: cuando ponga el pie dentro de la plaza de allí no me saca nadie”. Y así fue, a pesar del disgusto que esto supuso para su madre, quien desde 2005 reside también en España, y la cual no entendía como su único hijo quería ser torero.

Allí aprendió, además de a saber diferenciar entre una muleta y un capote o el significado de los diferentes pañuelos de la presidencia, que no podía ser espada. “Mi maestro, Víctor Manuel Blázquez me dijo que lo mejor era intentarlo como banderillero, así que, como no veía otra salida, eso hice”.

De su debut vestido de luces, en septiembre de 2007, recuerda que fue una novillada de la escuela taurina. También recuerda que fue el día más feliz de su vida. “Estaba muy nervioso, pero pensé: por fin lo he logrado”.

Desde 2011, Alejandro, quien en todos estos años ha tenido que trabajar como fontanero, electricista, cogiendo naranjas, instalando aires acondicionados…, acompaña al diestro Román, formando parte de su cuadrilla desde hace dos temporadas.

Alejandro 'El Sirio', el estudiante de turismo que lo dejó todo por ser torero 4
Alejandro ‘El Sirio’, al fondo, vestido de luces junto a la cuadrilla de Román. | Foto cedida por Alejandro ‘El Sirio’

Ahora, es feliz en España vestido de torero de plata. Pero no olvida sus raíces. No olvida que ese joven que llegó hace casi dos décadas y al cual ‘rebautizaron’ como Alejandro ‘El Sirio’, es en realidad Hazem Al-Masri, de Alepo. Una ciudad hoy completamente devastada por los continuos bombardeos debido a una guerra que comenzó en 2011 y que ha destrozado al país. “Yo dejé un país alegre, con gente feliz, donde había trabajo para todos… Es una atrocidad lo que están haciendo con él por intereses económicos y políticos”, apunta el banderillero con voz entrecortada al otro lado del teléfono.

Hoy Hazem, Alejandro o ‘El Sirio’, agradece al destino que un día, haciendo zapping, se cruzara con aquella corrida de toros en televisión que le hizo que sus sueños y su suerte tomaran otro rumbo.

Continúa leyendo: Versos fúnebres para el procés

Versos fúnebres para el procés

Antonio García Maldonado

Foto: PASCAL ROSSIGNOL
Reuters

No da más de sí. Cada minuto que pasa es una losa en el prestigio y las posibilidades futuras de un proyecto político que reclama, a su vez, ser parte de la Unión Europea. La tragicómica huida de Puigdemont a Bruselas, lejos de internacionalizar el “conflicto”, ha extendido el miedo a los nacionalismos en el resto de la UE, que reacciona y toma nota. La solidaridad con España en el exterior crece al mismo ritmo en que lo hace la pulsión interior por defender la unidad y la democracia constitucional. Quién lo hubiera dicho hace dos meses.

En su huida hacia adelante, el ex president ha actuado –y actúa– como vacuna preventiva y acelerador de la integración comunitaria, y como costurero de los jirones nacionales en España. Su poder taumatúrgico ha conseguido disolver de golpe algunos complejos bien arraigados, como la urticaria hacia la bandera, la simpatía política progresista hacia los nacionalismos periféricos o el tabú ante la recentralización de competencias. Su hoja de resultados es desoladora: pérdida del autogobierno, división social, irreparable crisis reputacional de su movimiento político, incertidumbre e incluso recesión económica, abandono de aliados históricos, fortalecimiento de rivales políticos y horizonte penal sombrío.

El viaje de Puigdemont y sus exconsejeros (que patéticamente ellos presentan como un celiniano “viaje al fin de la noche”), así como las declaraciones ante el Tribunal Supremo de los miembros de la Mesa del Parlament acatando el 155 y hablando del poder exclusivamente “simbólico” de la declaración de independencia, dejan clara una cosa: el tránsito de la etapa mesiánica a la del sálvese quien pueda. Del romanticismo político se ha pasado a un miedo hobbesiano básico, aun travestido con una épica de cartón piedra para la campaña electoral que no alcanza a esconder en algunas miradas vidriosas un lamento de fondo: “¿cómo he llegado hasta aquí?”.

Decía Paul Valéry que “todo el que participa en una discusión defiende dos cosas: una tesis y a sí mismo”. La segunda parte del epigrama parecía olvidada en muchos sectores independentistas, pero quién puede echar en cara a nadie que intente evitar la cárcel y acabar sin patrimonio. Más razonable parece reprochar a esos líderes el engaño previo durante tantos años. Y autorreprocharse la candidez para dejarse engañar a estas alturas de la Historia cuando te venden una moto averiada nacionalista en la Europa democrática y en construcción del siglo XXI.

Recuerdo estos días unos versos oscuros de José Hierro sobre el sinsentido de la vida que se amoldan a la perfección al sinsentido del funesto procés: “No queda nada de lo que fue nada. / (Era ilusión lo que creía todo / y que, en definitiva, era la nada). / Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada”.

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Cataluña como crisis de identidad

David Blázquez

Foto: YVES HERMAN
Reuters

Hacía mucho que en este país no se actualizaban con tanto furor las páginas de los periódicos en busca de información política. Las proezas de los próceres del procès lo han conseguido. Desde que en aquellos dos días de septiembre “Transitoriedad” y “Referéndum” se convirtieran en las palabras mágicas que, como una invocación chamánica, desataron la tormenta, todo han sido rayos y truenos.

Lo atropellado de los hechos ha dificultado su digestión, situarlos en horizontes algo más amplios y tener el tiempo, en fin, de comprenderlos.

En torno a 1950, el psicólogo alemán Erik Erikson acuñó el término “crisis de identidad”. Su experiencia durante años en el ámbito del psicoanálisis le había permitido observar una evolución significativa en sus pacientes: mientras que a los primeros de ellos les preocupaban los elementos inhibidores que les impedían ser lo que ya creían o querían ser, “el paciente de hoy en día –escribía Erikson en los años 50– está angustiado por saber en qué debe creer o en qué debería convertirse”. No hace falta ser alemán ni psicólogo para intuir que ese diagnóstico sigue siendo, al menos, igual de válido ahora que entonces.

Lo del independentismo tiene, en efecto, algo de respuesta a una crisis identitaria, a un vacío existencial. La sociedad catalana es la que, en las últimas décadas, más ha sufrido el derrumbe de las estructuras intermedias en torno a las cuales coagulan la propia identidad y los afectos: la familia, una sociedad civil plural, los apegos religiosos y espirituales. Como la naturaleza, la sociedad aborrece el vacío. Ese espacio había de llenarse y el independentismo se ha erigido en orfanato y templo, ofreciendo a muchos un proyecto para ser y algo en lo que convertirse.

En Jugando el papel de Dios, el último libro de Andy Crouch, encontramos un diagnóstico brillante de las formas de idolatría política contemporánea. El análisis de Crouch ilumina una verdad que en España no es nueva: el ídolo independentista pretende ocupar un vacío –el vacío humano– que es más profundo que el flagrante vacío legal sobre el que se sostiene. Pero como todo ídolo, el ídolo político termina defraudando y mostrando su lado amargo, porque vaya, resulta que Puigdemont no era el Mesías. Escribe David Brooks en un artículo reciente que “la política en nuestros días […] exige que las personas permanezcan en un estado de excitación febril causada por este o aquel escándalo u odio del momento”. La linfa vital del procès –y de toda forma de política idólatra, venga de donde venga– es precisamente el regurgitar continuo de esa bilis. Por eso es necesario que se repitan los 1 de octubre, uno cada vez que retumbe de nuevo en el creyente independentista el eco del vacío: “Porque vaya, resulta que Puigdemont no era el Mesías”.

La crisis de identidad para la que el procès es una gasa cada vez más emponzoñada nos afecta a todos y debería hacer reflexionar a quienes defienden una salida exclusivamente “política” a la crisis. Hacen falta legalidad y política, sí, pero como escribe Brooks –y perdonen la profusión de citas–  “la dependencia excesiva de la política tiene que ser desplazada por dependencias más importantes, como la familia, la amistad, el vecindario, la comunidad, la fe o el credo vital básico”, dependencias sin las cuales cualquier iniciativa política deja de ser servicio al bien común y se convierte en el enésimo becerro.

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