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Víctor Sombra: La quimera del hombre tanque

Anna Maria Iglesia

Foto: Cornelia Kerhoff

¿Quién era el hombre tanque? ¿Quién era aquel joven que con camisa en maso se subió en uno de los tanques que, el 5 de junio de 1989, ocupaban la plaza de Tiananmén? Han pasado casi treinta años y esta pregunta sirve sin resolverse. Y es precisamente a este interrogante al que recurre en su nueva novela, La quimera del hombre tanque (Literatura Random House) Víctor Sombra, un escritor que vive en Ginebra y que prefiere que los lectores no conozcan su rostro, de ahí la ausencia de fotos –“no quiero mezclar mi trabajo en Ginebra con mi escritura”, explica él mismo. La búsqueda del hombre tanque y el posible reencuentro de éste con el militar que conducía el tanque es el punto de partida de esta novela, a través de la cual Sombra rastrea lo que significó aquel acontecimiento, pero, sobre todo, recupera aquello que se perdió en aquellos días de junio de 1989.

La búsqueda de la identidad del hombre tanque es una excusa para retratar a la China de hoy, la que nació tras las revueltas del ’89.

Desde luego. Todavía hoy, no se sabe quién es el hombre tanque y la novela gira en torno esto, partiendo de un hecho real: el encuentro entre el hombre y el tanque el mediodía del 5 de junio de 1989 en la plaza de Tiananmén. Lo que me interesaba es, a través de la búsqueda de la identidad del hombre tanque, preguntarme qué ha pasado con China y con el mundo ycuestionar el hecho de que hayamos dado por buena muy fácilmente una determinada interpretación sobre la identidad del hombre tanque y lo que él representa.

Una de las cosas que plantea la novela es que las protestas de Tiananmén más que reclamar una salida del sistema comunista y la implantación de un sistema democrático occidental, reclamaba una reforma del sistema comunista, pero no una salida del mismo.

Sí, efectivamente, y este tipo de reclamaciones a favor de un nuevo modelo comunista formaban parte del debate político de finales de los ’80, cuando todavía se pensaba que podía haber una suerte de tercera vía, entre el comunismo tradicional y la democracia, la vía de un socialismo más participativo y más abierto. Los hechos, sin embargo, no fueron en esa dirección y, en cierta manera, la quimera del hombre tanque es la quimera de un posible sistema en el que se combinaran distintas ventajas y que mantuviera de alguna forma la protección mínima que otorgaba el cuenco de arroz, del que hablaba Mao, y, al mismo tiempo, un sistema que ofreciera un grado mayor de libertad y de democracia. Esta era la vía que muchos de los manifestantes querían tomar, incluyendo parte del partido comunista.

El personaje, Durri, el responsable de buscar al hombre tanque, es un hombre que creyó en el sistema chino, pero que se da cuenta que la única vía que ha tomado China es la vía del capitalismo, negando así los principios de ese sistema en el que él creyó.

Claro, pero para comprender está actitud de Durri hay que entender su biografía: es hijo de los represaliados indonesios del año ’65, cuando hubo una matanza de comunistas en un país, Indonesia, cuyo partido comunista era, junto al Partido Comunista Chino, el más numeroso del mundo. Siendo niño, fue adoptado por una familia australiana y ya de adulto empezó a trabajar como agente de la RDA, que lo envía a China. El problema de Durri es que es un comunista después del comunismo y ¿qué hace alguien que ya no tiene un suelo firme sobre el cual apoyarse? El dilema de Durri es qué comunismo hay después del comunismo; él sigue pensando en la posibilidad de que el régimen chino, a pesar de ser muy mercantilista y tener unas desigualdades tremendas, puede reconectar con los ideales sociales.

¿El Comunismo después del comunismo es, al menos respecto a China, el comunismo que da la mano al capitalismo?

Claro. La realidad es que actualmente en el modelo chino, que sería el modelo de Deng Xiaoping, se prima, por un lado, el mercado y, por el otro, se establece un control muy férreo sobre las libertades de la población. Es un régimen bastante autoritario. En el ’89, se pensaba que se podía ir, y esta era la demanda de los manifestantes, hacia un sistema en el que se prestara más atención a temas como la inflación, el control de los salarios o la corrupción; es decir, se creía posible ir hacia un régimen más social y, a la vez, más libre. La del ’89 fue una oportunidad perdida y China pudo haberse convertido en una referencia para los otros regímenes socialistas que ya habían empezado a tambalearse.

Por tanto, volviendo a su novela, ¿la búsqueda del hombre tanque es la búsqueda de esa China que nunca llegó a ser?

Sí, de alguna forma puede verse así. No acaso el régimen chino ha prohibido la imagen del hombre tanque: no sólo no puede verse en la red, sino que no puede verse ninguna representación gráfica. Aparentemente lo que se está reprimiendo así son las libertades democráticas, pero en el fondo, si vemos sus declaraciones de entonces, Deng Xiaoping más que una convicción de la necesaria censura de la imagen, lo que tenía era miedo a que se repitieran los disturbios acontecidos durante la Revolución Cultural. De hecho, lo que en verdad oculta Deng Xiaoping al censurar la imagen del hombre tanque es la posibilidad de un comunismo más participativo y con menos corrupción.

La quimera del hombre tanque o la China que no llegó a ser. 1
Portada del libro La quimera del hombre tanque

Sin embargo, en un primer momento, el Gobierno chino utilizó de forma propagandística la imagen del hombre tanque para recalcar el carácter no violento del ejército que, según el Gobierno, nunca atacaba a los civiles.

Es cierto y enseñó esa imagen una vez sola, fue a través de la televisión pública, pero luego debieron pensar que la situación era tan inestable que, si difundían la idea de que sus tanques eran escalables, ya no por los ejércitos enemigos, sino por los viandantes, se iba a generar más riesgo. Por ello, luego, optaron por la política de censura. Pero es verdad que, al inicio, la imagen del hombre tanque fue utilizada por China para demostrar que el ejército era amable con la población y, de hecho, el ’89 fue la primera vez que, desde que Deng Xiaoping subiera al poder, el ejército chino disparaba contra la población. Por esto fue tan dramático ese suceso, pues desde 1949 nunca había sucedido algo semejante

Además, posteriormente, se hizo una errónea interpretación de la foto.

La historia que rodea la foto es efectivamente algo errónea: siempre nos han mostrado la imagen del hombre tanque junto al desalojo de Tinnaménn y, en realidad, el desalojo fue en la madrugada del 3 al 4 de junio y la foto fue tomada el día 5, es decir, 30 horas después del desalojo, cuando los tanques están saliendo de la plaza. De hecho, el hombre tanque es quien, desde la avenida, avanza hacia la plaza y, por tanto, hacia los tanques y no viceversa. Se dice, además, que una vez que el hombre tanque bajó de los tanques acudieron algunos hombres en bicicleta y se lo llevaron, pero no sé sabe quiénes eran y qué pasó con él.

A partir de un supuesto reencuentro entre el hombre tanque y el militar que conducía el tanque, su novela describe como aquel hecho del 5 de junio ha marcado la historia social de China.

Desde luego que la ha marcado. Es un suceso que, a mi modo de ver, es icónico a nivel mundial como representación del año ’89 y de la debacle del comunismo y, paradójicamente, es también icónico en china, a pesar de la prohibición de toda imagen relacionada con aquellos días.  Sin embargo, como comentabas, a pesar de la censura, ese hecho del 5 de junio tiene una profunda influencia en la fractura social en China. Ha habido documentales donde se muestra la imagen del hombre tanque a estudiantes chinos y ellos fingen no saber de lo que se trata, pero en el fondo todo el mundo conoce de primera mano o de oídas lo sucedido. En China, el nivel de represión de la imagen llega al punto no se sanciona solo la reproducción de la imagen, sino que basta que se muestre un tanque frente a una persona en cualquier avenida desierta para que haya una sanción. Y si, en cambio de poner un tanque, pones otro objeto, como se hizo con un pato de goma gigante, también hay sanción.

Si bien la imagen paradigmática de esos días es la del hombre tanque, imagino que debe haber mucho más material gráfico de esos días.

Sí, hay tantísimas imágenes de colectivos en marcha, luchando y reclamando sus derechos. Y muchas de las fotos las tiene Televisión Española, porque sus cámaras fueron las últimas a abandonar la plaza de Tiananmén. Lo curioso es que las imágenes de Televisión Española nunca se han editado completas; sus imágenes fueron utilizadas por medios extranjeros, hablamos de imágenes donde se ven cómo los estudiantes abandonan la plaza puño en alto y cantando la Internacional. Y, por lo que he visto, en ningún momento ha habido una reivindicación de ese material y una edición conjunta de todo aquello que se grabó y no se vio.

En la novela, la debacle del comunismo viene acompañada de la entrada en la política del capital por parte de China, algo que usted ejemplifica con la pelea internacional por el control de los pozos de petróleo de Oil Rocks.

Sí, pero todo esto está relacionado con la exaltación del individuo y con la falta de límites del capitalismo. Hablamos mucho de falta de libertades en ciertos países, pero habría que ver cuáles son los límites a un sistema basado nada más en incrementar el valor y los beneficios, sin preocupación alguna por el impacto social o medioambiental. De alguna forma, el derrumbe del socialismo y, sobre todo, de los ideales socialistas lleva hacia un mercantilismo y hacia un mayor valor del dinero y del mercado, pero también hacia esas ideologías que ponen el acento en el más allá, en una supuesta vida eterna donde se cumplirá aquello que en la tierra no se puede realizar.

Se refiere, imagino, al terrorismo islámico, al que se refiere en la novela al hablar sobre la confrontación entre países por el control de los pozos petrolíferos.  

Exacto, pero además me interesa mencionarlo por el uso que los islamistas hacen de las imágenes. Piensa en esa imagen tan recurrente de una diana sobre un edificio en el cual impacta un proyectil con la que se anuncia la noticia de que unos terroristas han sido alcanzados. La imagen nos muestra la eficacia del proyectil, pero nosotros nos quedamos sin saber el efecto que produce el proyectil en el contexto general en el que cae y tampoco sabemos cómo ha sido identificada esa diana. Junto a estas imágenes están las que yo llamo “imágenes invisibles”, imágenes que existen y de las que apartamos la mirada. Piensa en cómo nos resulta difícil ver las decapitaciones llevadas a cabo por el Estado Islámico; nos resulta difícil no solo por la dureza, sino que en ellas descubrimos cómo esta gente, que ahora apoya al Estado Islámico, vivía en las barriadas de nuestras ciudades, en las barriadas de Manchester, de París o de Hannover y nos era completamente indiferente. Los islamistas adquieren visibilidad solo ahora, tiñéndose de sangre, en concreto, de nuestra sangre, a modo de venganza. Y ahora, solo ahora, somos conscientes de ellos, pero hasta ahora nunca antes les hicimos caso.

En un momento de profusión de imágenes, ¿éstas han dejado de ser ilustrativa, más que mostrar, esconde?

La imagen, y más en época de crisis, es una forma para mantenernos entretenidos, mientras los sucesos tienen lugar a nuestras espaldas. En los regímenes políticos sucede algo similar: aquello que silencias es lo esencial, aquello que escondes no sólo es lo más importante, es además tú punto débil, ese punto a partir del cual el sistema habría podido ser diferente.

El personaje de Durri subraya como si el mercado lo requiere, China transgrede los principios básicos del sistema comunista que abandera y Occidente pacta con los estados islamistas, que luego condena por terrorismo y a los que ha financiado hasta hace dos días.

Esto es así. Hay mucha gente a la que le conviene que Oriente Medio esté fragmentado en distintos grupos étnicos y religiosos porque esto hace que no tengan una voz unida y no puedan defender una política de precios coherente, sobre todo por lo que se refiere al petróleo; de esta manera, quienes se benefician son los países occidentales. Las guerras en Oriente Medio, promovidas por Occidente en los últimos decenios, han sido siempre guerra muy orientadas al control de las fuerzas de energía. Y, en gran medida, todos los grupos radicales han sido utilizados según los intereses de Occidente en cada momento. Esto nos hace doblemente hipócritas, sobre todo cuando queremos trazar una línea insoslayable entre ellos y nosotros, es absurdo. Cuando queremos decimos que no tenemos nada que ver con ciertos países, pero cuando nos conviene económicamente tratamos con ellos.

¿El hecho de que China sea uno de los mercados –o el mercado- más importante, hace que Occidente, necesitado de ese mercado, pase por alto la falta de libertades de China y su sistema represivo?

Sin duda. Yo creo que hay una casi completa simbiosis entre los dos mundos y que viene de esta época, después la crisis del ’98. Esta actitud es el precio que debe pagar Occidente para entrar en el mayor mercado del mundo. En este sentido, ambos, Occidente y China, viven muy tranquilos.

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María Cabrera: "En nuestra sociedad están los que luchan y los que miran"

Beatriz García

Foto: Laura Guisado

La memoria es un proceso de montaje, recordar es narrar con imágenes de archivo. Lo mismo que se construye la noticia, así se construye el discurso de una vida. Sin embargo, ¿cómo testimoniar la historia de las 925 personas – ni un millar ni 900, contémoslos a todos-, que perdieron su trabajo en Telemadrid hace apenas cinco años por el endeudamiento y la mala gestión de otros? Ellos la llamaban ‘La Casa’, trabajaban informando y acabaron convertidos en material informativo. Y mucho más, en un símbolo del obrero que se resiste a ser escupido de la misma empresa que ayudó a levantar.

La escritora y realizadora María Cabrera vivió el proceso de desmantelamiento de la televisión pública, conoció las historias de quienes se fueron y quienes se quedaron y también lo sintieron, y escribió ‘Televisión’ (ed. Caballo de Troya) para que no cayera en el olvido. Más aún, creó una novela que habla de afectos, de relaciones humanas, que reflexiona sobre lenguaje y la mirada hacia un mundo, dice, que nos resulta extraño y tratamos de comprender. La suya es una mirada serena y cinematográfica, la cámara salta de un personaje a otro, enfoca diferentes mundos, hace ‘zoom’ en la vida íntima de una tele y sus personajes, e invita al lector a ser espectador privilegiado, no un mero ‘mirón pasivo’, sino alguien que recordando, edita y descubres nuevas capas de una historia que, a tenor de los tiempos que vivimos, es la de todos.


Junto a María Cabrera, rebobinamos cintas, memorias, luchas y paseamos por los pasillos de una televisión fantasma. Así es ‘Televisión’.

María Cabrera: "En nuestra sociedad están los que luchan y los que miran"
‘Televisión’, editorial Caballo de Troya.

Tú viviste el ERE de Telemadrid en primera persona. ¿Tan mal lo pasa el que se va como el que se queda?

‘Televisión’ surge de preguntarme dónde está cada uno en el momento crucial, en el que el personaje de Henar es precisamente alguien que se queda atrapado en medio del conflicto sin tener claro qué piensa ni qué siente, con más dudas que certezas; un personaje común que —Henar mantiene su puesto, a mí se me acabó el contrato doce días antes del ERE; a los muchos meses volví, de modo intermitente— humaniza una historia más allá de buenos y malos. Me afectó más en lo personal que en lo laboral, al menos yo lo sentí así; aunque era evidente que a la larga perdíamos todos, que aquel era el último bastión de los derechos laborales de los trabajadores en nuestro país por el que había que luchar, lo cierto es que yo estaba de paso, con un contrato de tres años y a la calle, y mi vinculación con el conflicto no fue plena: no iba a perder mi puesto de trabajo porque nunca lo tuve. Lo viví desde ese lugar y fue difícil para mí estar allí, y lo fue volver después. Como sé que lo fue para los que se fueron y no han podido volver, y para los que se fueron y ahora están volviendo. Me sentía parte de todo aquello: había sido mi primera incursión profesional en un medio —¡en qué medio! — y en el tiempo que pasé allí había sentido gran apego por muchos de mis compañeros, los admiraba y estaba a gusto trabajando con ellos. Y de pronto comenzó la pesadilla. Al mismo tiempo que me escandalizada por lo grave e injusto de la situación y los apoyaba o quería apoyarlos —no sé en qué momento esto dejó de ser lo mismo—, comencé a distanciarme. Sencillamente porque podía hacerlo; ellos no podían.

El personaje de Henar es una documentalista que trabaja en el turno de noche de una televisión arruinada, casi un fantasma dedicado a revisionar viejas cintas. Si el recuerdo, como dices en el libro, está transformado por el pensamiento. ¿Es el pasado un ejercicio de montaje?

La construcción del pasado sí, y la novela está escrita de manera que sea evidente, a partir de los recuerdos, pero también de las grabaciones, que podría parecer un material más fiable pero no deja de ser una construcción del pasado desde otro presente. Y a partir de un narrador poco fiable, que duda, se expresa en palabras de otros, cambia de punto de vista, no sabemos desde dónde está narrando… ‘Televisión’ quiere reconstruir la historia de una televisión (su propia historia) a partir de las memorias de los personajes que trabajaron en ella y la habitaron (la llamaban la Casa, y ellos eran una gran familia). A este respecto, la novela plantea una reflexión cuando se trata de los recuerdos que los personajes tienen de lo que fue la mejor época de la tele, la de su juventud, cuando empezaron a trabajar allí, a hacerse amigos, a formarse parejas… Lo que no deja de ser curioso si se compara, como se hace, con el presente en esa otra televisión arruinada en la que otros pocos (muchísimos menos) son, a pesar de las pésimas condiciones laborales, jóvenes y felices, y ante esta incertidumbre laboral en la que los despidos están a flor de piel ellos llevan ahí cuatro años, se han casado y han tenido hijos. Y una se queda pensando en lo subjetivo y cambiante que es todo, lo que vemos, lo que creemos ver, lo que recordamos y lo que olvidamos.

Henar también es “la persona que se oculta”. ¿En qué medida es un personaje marcado por la culpa? ¿Y por la sensación de ‘no escapatoria’?

Se habla de la culpa, pero creo que tiene más que ver con la vergüenza. Cuando Henar se encuentra por la calle con un compañero al que han echado y tiene que reconocer que ella sigue trabajando dentro, al mirarlo a los ojos siente vergüenza. Muchos supervivientes la sienten por haber sobrevivido. Henar tiene que vivir con ello, y lo hace. En ese edificio vacío, monstruoso y gris lleno de fantasmas que es la televisión de noche, ahí están sus propios recuerdos, los viajes, los amores, el trabajo distorsionado y las cintas de vídeo que visiona una y otra vez en las que siempre encuentra algo nuevo a lo que aferrarse.

Escribes: “El trabajo condiciona la manera en que vivimos”. ¿Cuánto te ha condicionado a ti?

Es uno de los pilares de la mayoría de las personas, junto con la familia y las experiencias vitales. Hablo del trabajo como la actividad que desarrollamos a lo largo de un tercio de nuestra vida adulta, pero es que, además, el resto de nuestro tiempo libre lo determinan cuestiones salariales y otras derivadas que hacen que, por ejemplo, nos llevemos el trabajo a casa. Y a veces, incluso, este es vocacional y va más allá, o hay un padre de familia que considera que es su deber mantener a su mujer y sus hijos, o la sociedad dicta que hay que trabajar así o así para estar dentro. Creo que es bastante habitual construirse la propia identidad en torno al trabajo; yo me revuelvo contra la idea de que defina quién soy, quiero pensar que si no hubiera trabajado diez años en la tele sería la misma persona en esencia, pero lo cierto es que quien pierde su trabajo siente que se pierde un poco a sí mismo. Y lo preocupante es que esto ocurra al tiempo que las condiciones laborales merman y el trabajo se deshumaniza como lo está haciendo. Porque hace que vivamos peor.

 ¿Influye en tu obra esa otra faceta como realizadora de televisión? Te lo pregunto, porque algunas de las escenas de ‘Televisión’ parecen una narración filmada, hay algo muy audiovisual en ellas.

Supongo que sí, al final lo que haces define una parte de ti, y eso queda reflejado en la propia obra. No solo a la hora de describir esos oficios que se encuentran dentro de esa fábrica de trabajadores que es una televisión, sino que también a la hora de narrar aparece ese lenguaje a veces más audiovisual que escrito. Y más que cinematográfico, televisivo. Buena parte de esta historia la hemos visto a través de imágenes, especialmente esas de las manifestaciones y huelgas han salido en los medios, son parte del imaginario común de aquellos que siguieron un poco la historia. Fue muy visual. Yo misma incluso, a pesar de haberla vivido, después la he visto muchas veces grabada y, al cabo de cinco años, una no sabe muy bien qué momentos vivió y qué imágenes fueron construidas por otros y simplemente las recibió, pero se le han quedado grabadas igual que ciertos recuerdos. Se quedan unas y no otras. Ese es el montaje de la memoria.

En el libro hay tres narradores que dan tres puntos de vista diferentes sobre el desarrollo del ERE, pero me llama la atención ese “Nosotros”, que recoge el sentir y las historias de quienes fueron despedidos. Pusiste caras a un drama cuando a menudo los periodistas convertimos las historias personales en cifras de muertos y heridos. ¿Crees que la literatura es mejor medio para preservar el pasado que la imagen?

Son lenguajes complementarios. La lectura, en este caso, hace universal la historia, el argumento de un grupo de trabajadores que lucha para evitar ser despedidos. Cualquiera es capaz de reconocerse a sí mismo o a algún ser cercano que ha sufrido una situación similar.
Yo me apoyé mucho en las imágenes para construir algunas partes de lo que es la historia propiamente dicha. Necesitaba saber que esos archivos existían, aunque después no los mirase tanto ni necesitase describir como lo hace una foto, pero sí que miraba dentro de esas imágenes, me metía dentro de ellas. El libro resultante es algo distinto, no es solo esa historia, que ya la contaron ellos mismos a través de entrevistas, vídeos, acciones que emprendieron y retransmitieron periodística y humanamente, colocándose delante y detrás de las cámaras a un tiempo. El libro habla de las relaciones humanas, habla de la pérdida del trabajo y de cómo afrontamos cada uno un hecho así, habla de la cotidianidad, del lenguaje, de la lucha, de la mirada hacia un mundo que resulta extraño y tratamos de comprender como podemos. Por supuesto que una película o una obra de teatro pueden abordar desde la imagen una reflexión así más allá de contar una historia. Ojalá alguien se anime a hacer la peli, ¡me encantaría ver este libro en pantalla!

¿Hay alguna imagen de esos días de huelgas y luchas sociales que se te quedase grabada en la memoria más que ninguna otra?

Muchísimas. Fue una historia inmensa, que marcó a quienes la vivieron, miles de personas entre trabajadores, familiares, gente que se involucró en la lucha, en el contexto que se había generado un año antes con el 15-M y la población en las calles. Era una explosión de fuerza. Verlos a todos juntos levantarse, organizarse, comenzar a luchar, ser cada vez más, conocer a toda esa gente o sentir que los conocía me generó un gran orgullo y la esperanza de que se podían cambiar las cosas y hacer frente a las injusticias. Para mí fue una enseñanza. Y una sensación muy intensa y contradictoria, como de estar feliz y triste al mismo tiempo.

María Cabrera: "En nuestra sociedad están los que luchan y los que miran" 2
Trabajadores protestando por los despidos. Imagen: Salvemos Telemadrid.

Una frase del libro me atraviesa especialmente y la dice Henar: “Preferimos vivir con ciertos problemas a carecer de ellos”. Me recuerda mucho a lo que escribió Jelinek en ‘Las Amantes’: “Merecemos lo que somos capaces de soportar”. ¿Estás de acuerdo?

Creo que tiene que ver con el deseo de sentirnos vivos. Experimentar el abismo de lo real, la desesperación, el placer y el sufrimiento, todo eso forma parte de nuestra intimidad más cotidiana y más oculta también. En ese punto sí podrían compartir esa lectura. Leí Las amantes hace años, Jelinek es muy perturbadora y lúcida, lleva las fantasías, las relaciones y los deseos hacia lo más terrorífico y autodestructivo, traspasa el límite y eso le da una fuerza brutal. En ‘Televisión’, que transcurre de noche y en ambientes un tanto desoladores, la voz narradora aún tiene momentos luminosos, va y viene.

Si algo detesto de la vida de oficina es el corporativismo de los compañeros y tú lo describes muy bien en ‘Televisión’: gente que perdió sus puestos o los mantuvo en pésimas condiciones, pero seguía justificando a la empresa. ¿Cómo lo explicas? ¿Es síndrome de Estocolmo, miedo…?

Desde la reforma laboral, la inseguridad en el trabajo es mayor, y hay miedo a perder el empleo. Por eso la gente no se queja del salario o de las condiciones, porque al menos tiene trabajo. Y ese es el discurso que se pronuncia y que acalla todo. Desde la empresa se fomenta la competitividad mal entendida, que premia el comportamiento servicial, y revierte en poco compañerismo y en un aumento de poder del empresario con respecto a sus empleados. Pero también el deseo del empleado de ascender rápidamente sin importar cómo. Esta novela se sitúa en un contexto histórico próximo, hace apenas cinco años, pero me parece que la situación que retrata queda muy lejana. Hoy en día no tenemos tanta fuerza para defendernos, eso es lo que nos han quitado. Y por eso me parece que tiene una importancia mayor recordarla.

Cuando aprendes cómo se construyen las noticias entras en una crisis de realidad, te das cuenta de que la verdad es algo que no interesa. ¿Cómo seguir trabajando con dignidad en época de la posverdad?

Cuando trabajas en un medio como una televisión, aunque no sea como periodista —no lo soy—, te planteas qué realidad estamos construyendo desde ahí, te invade la responsabilidad, te das cuenta del inmenso poder de persuasión que tiene, de quién lo está utilizando y cómo. El libro reflexiona sobre eso, sobre la manera de presentar esa realidad cada día, en cada programa, cada minuto y cada segundo de información tratada con una intención determinada y muy clara. Detrás de cada decisión tomada se esconden intereses políticos y económicos que se nos escapan. Supongo que cada uno valora cómo seguir. También se hace un trabajo muy digno por parte de muchos periodistas, fundamental para denunciar, analizar, contar y cuestionar aquello que nos afecta o que debería afectarnos. El manejo de la información es una herramienta muy poderosa y tiene que estar de nuestro lado. Tirar la toalla o descreer de todo el periodismo que se hace es un error.

“Uno no entra a trabajar sino a defender su puesto”, dices. Quizás nuestro gran problema es que defendemos nuestra puesto ‘contra’ los demás y no ‘con’ los demás. ¿Falta en nuestro país el sentimiento de comunidad que se generó en la época de la crisis y entre los compañeros víctimas del ERE en Telemadrid?

Partiendo de la base de que los trabajadores deberían poder llegar a su lugar de trabajo y sencillamente entrar a trabajar y no a defender su puesto, también en esta novela y en esta historia el sentimiento de comunidad se creó cuando fue necesario. Es una novela más bélica que política, en un sentido metafórico. En nuestra sociedad las guerras se producen por el trabajo, el poder, la pobreza. Y están los que luchan y los que miran. En nuestro mundo desarrollado, las guerras suelen suceder por televisión y la mayor parte del tiempo somos espectadores de las mismas. Y si la lucha se produce a nuestro lado, nos comportamos igual. Cuesta mucho esfuerzo comprometer y concienciar a la gente. El individualismo lleva tiempo instalado entre nosotros. En cuanto a la lucha, las generaciones más jóvenes están viviendo un tiempo en el que nada dura lo suficiente como para tener que luchar por ello, porque enseguida es sustituido por otra cosa. Y se han acostumbrado a que sea así porque hay estímulos y soportes para ello. De momento nos venden eso y eso compramos.

“La noticia tiene que pasar por uno para ser real”. Explícame eso.

Hasta que no te toca a ti, no te afecta, no deja de ser una noticia más que contemplamos desde el sofá (como las guerras que suceden en otros lugares). El personaje principal, sin embargo, siente, al trabajar en una televisión, que está en el lugar donde pasan todas las cosas, y llega un momento en el que no quiere estar más en ese centro, quiere dejar de mirar las imágenes de los atentados y de escuchar debates sobre violaciones a niñas, desaparecidos, enfermedades y muerte. Porque al final le afecta, le produce aprensión, paranoia. Otro personaje dice que están acostumbrados a dar todo tipo de noticias, hasta que ellos mismos se convierten en una, y la cosa cambia.

¿Cómo reaccionaron tus compañeros protagonistas, ese ‘Nosotros’ que es voz comunal salpicada de pequeñas historias, cuando publicaste el libro?

No tengo una visión general de cómo ha sido recibido el libro dentro de la tele. Sí que me han llegado impresiones particulares, todas buenas. Me alegra especialmente que a las personas que se vieron afectadas por aquel ERE les guste el libro, porque no es complaciente y mete el dedo en la llaga, pero trata de ser justo. Y ahí queda, guardando la memoria.

Háblame de futuros proyectos. (Sí, es una pregunta manida de periodista, pero al menos he evitado la de “¿por qué empezaste a escribir?”… Alguien debería contestar: “Porque me dio la gana”).

He empezado una segunda novela que continuará algunas líneas que ya introduje en esta; la ambivalencia realidad-ficción, el lenguaje audiovisual, la memoria… Me gustaría explayarme más, hacer más investigación, y que no tenga nada que ver con la televisión.

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Nahuel Pérez Biscayart, actor de '120 pulsaciones por minuto': "Los jóvenes tratan el sida como algo del pasado"

Néstor Villamor

Foto: Céline Nieszawer
Avalon

Nahuel Pérez Biscayart está sorprendido: “Hoy las generaciones más jóvenes tratan el sida como si fuera algo del pasado”. Habla sin enfado pero con contundencia. “Conozco casos de gente joven a la que, de golpe, diagnostican y uno dice: ‘Guau, ¿cómo puede ser que después de tanto trabajo, después de tantas muertes, tanta lucha dada no haya disminuido?'”. La lucha a la que hace referencia es la que retrata 120 pulsaciones por minuto, una película sobre la crisis del sida en Francia en los años 90 que llega este viernes a España después del éxito amasado en la cartelera gala. Protagonizada por Pérez Biscayart y ganadora del Grand Prix, del premio FIPRESCI y de la Queer Palm en la pasada edición del Festival de Cannes, es el tercer largometraje de Robin Campillo, una de las revelaciones del cine francés actual.

“Era un tema que él había vivido, que el coguionista también había vivido, que el productor también había vivido”, cuenta el actor argentino, que tuvo que “afilar” su francés para este trabajo. “Entones uno empieza a decirse: ‘Esto es una historia que tiene detrás a un grupo muy tocado de manera íntima'”. Porque además de director de La resurreción de los muertos (2004) y de Eastern boys (2013), Robin Campillo también fue militante en los 90 de ACT UP-París, organización que centra 120 pulsaciones por minuto. Fundada a finales de los 80 como respuesta al silencio con el que François Mitterrand trataba las más de 2.500 muertes que anualmente dejaba la enfermedad en Francia, la entidad se propuso ponerle cara a la epidemia.

“Silence=Death” (Silencio=Muerte) era el eslogan que se podía leer en las camisetas de los activistas de ACT UP-París durante su primer die-in, una protesta en la que los militantes se tumbaban en la calle fingiendo estar muertos a modo de reivindicación, de súplica y de doloroso presagio. No fue el único momento en el que la organización intentó llamar la atención sobre el problema que estaba causando el virus. Sus actos incluyeron colgar una pancarta en la catedral de Notre-Dame como crítica a la Iglesia Católica y envolver el Obelisco de la Concordia de París con un inmenso condón rosa para promover el uso del preservativo.

Es un ambiente que refleja 120 pulsaciones por minuto, cuyos personajes asaltan un laboratorio farmacéutico al grito de “Asesinos” para protestar contra la inacción de la compañía. Pérez Biscayart, que interpreta a Sean, rechaza la palabra “radical” para describir el funcionamiento de ACT UP-París. “Decir ‘radical’ a un grupo de personas que pintaba las paredes con sangre artificial me parece radical. Considerar que el valor material de una pared tiene más valor que una vida humana me parece radical”.

“Fuerza, sutileza y delicadeza”

120 pulsaciones por minuto despertó el interés de Pérez Biscayart desde el principio. “Leí un guion que tenía una fuerza y un nivel de sutileza y de delicadeza en los diálogos y en la construcción que me dejaron muy sorprendido. Me emocioné al leerlo, me reía, me pasaban cosas que raramente pasan cuando uno lee guiones”. Porque además de la esfera política, la cinta gira también hacia lo íntimo con una historia de amor en los tiempos del sida que aligera, con una pincelada de romanticismo, la película, en sí misma una fuente de conocimiento prácticamente inaccesible en aquellos años 90 que retrata el drama de Robin Campillo.

Pero a pesar de la información, disponible -ahora sí- en títulos como 120 pulsaciones por minuto, las muertes siguen ocurriendo. De ahí la sorpresa de Pérez Biscayart, que, como Sean, mira hacia la política: “El rol del Estado es todo en estos asuntos. Cuando hay una voz ahí muy fuerte que expande conocimiento e información a la población y que la educa, esas personas tienen la libertad de cuidarse, de saber y de protegerse”.

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Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra 1
Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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El mundo solo tiene dos palabras para el té (y hay una explicación)

Redacción TO

Foto: Kira auf der Heide
Unsplash

Es curioso: en el mundo solo existen dos palabras para definir lo que nosotros, en castellano, denominamos . Una es esta primera ––, como también la conocen en inglés, afrikáans o malayo, con sus respectivas variantes, y otra es cha, como lo pronuncian los árabes (shay), los rusos (chay) o los japoneses (ocha). Las raíces comunes de las dos palabras, además, tienen un mismo punto de origen, y éste no es otro que China.

El modo en que se extendieron es una de las muestras de que la globalización, aunque así lo creamos, no es un término exclusivo del siglo XXI, sino que forma parte de la historia de la humanidad. En este sentido, el término cha se extendió con más éxito en los lugares que atravesaba la Ruta de la Seda, donde esta infusión se comercializa desde hace más de dos milenios. El término , en cambio, tuvo mayor fortuna en zonas portuarias por la influencia de los marinos holandeses, tal y como cuenta el periodista Nikhil Sonnad en la revista Quartz.

El origen de cha se encuentra en las lenguas siníticas, procedentes de la China Oriental, que fue abriéndose paso hacia el interior de Asia hasta Persia, primero, y después en todas direcciones: incluso en el África subsahariana hay lenguas –como el swahili– que la incorporan en su variante chai.

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Un grupo de trabajadores recoge hojas de té en un cultivo de Changsha, China. | Foto: Sheng Li/Reuters

Con todo, en algunas regiones del gigante asiático donde se habla la variante china minnan, especialmente en la provincia de Fujian –con una población superior a 35 millones de habitantes–, emplean la palabra te. Desde aquí y desde Taiwán se extendió gracias a los holandeses en otras zonas de Asia y particularmente en Europa, donde desarrollaron un gran comercio en el siglo XVII.

Esto explica que en alemán se diga tee, en francés thé, en inglés tea y en español e italiano . Pero no es el caso de Portugal: allí emplean la palabra chá. Se debe a que la ruta de comercio marítimo de los portugueses era distinta; en islas como Macao empleaban el término cha.

Es cierto, también, que hay lugares en el mundo donde se puede reconocer al té con otras palabras. Tal y como explica Sonnad, la explicación reside en que son tierras fértiles donde el cultivo es ancestral. Es el caso de Birmania, donde reconocen a las hojas de té como lakphak. Lo cual no quita brillo a la fotografía de un mundo donde los europeos no somos el epicentro de la globalización, sino un enclave más.

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