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Víctor Sombra: La quimera del hombre tanque

Anna Maria Iglesia

Foto: Cornelia Kerhoff

¿Quién era el hombre tanque? ¿Quién era aquel joven que con camisa en maso se subió en uno de los tanques que, el 5 de junio de 1989, ocupaban la plaza de Tiananmén? Han pasado casi treinta años y esta pregunta sirve sin resolverse. Y es precisamente a este interrogante al que recurre en su nueva novela, La quimera del hombre tanque (Literatura Random House) Víctor Sombra, un escritor que vive en Ginebra y que prefiere que los lectores no conozcan su rostro, de ahí la ausencia de fotos –“no quiero mezclar mi trabajo en Ginebra con mi escritura”, explica él mismo. La búsqueda del hombre tanque y el posible reencuentro de éste con el militar que conducía el tanque es el punto de partida de esta novela, a través de la cual Sombra rastrea lo que significó aquel acontecimiento, pero, sobre todo, recupera aquello que se perdió en aquellos días de junio de 1989.

La búsqueda de la identidad del hombre tanque es una excusa para retratar a la China de hoy, la que nació tras las revueltas del ’89.

Desde luego. Todavía hoy, no se sabe quién es el hombre tanque y la novela gira en torno esto, partiendo de un hecho real: el encuentro entre el hombre y el tanque el mediodía del 5 de junio de 1989 en la plaza de Tiananmén. Lo que me interesaba es, a través de la búsqueda de la identidad del hombre tanque, preguntarme qué ha pasado con China y con el mundo ycuestionar el hecho de que hayamos dado por buena muy fácilmente una determinada interpretación sobre la identidad del hombre tanque y lo que él representa.

Una de las cosas que plantea la novela es que las protestas de Tiananmén más que reclamar una salida del sistema comunista y la implantación de un sistema democrático occidental, reclamaba una reforma del sistema comunista, pero no una salida del mismo.

Sí, efectivamente, y este tipo de reclamaciones a favor de un nuevo modelo comunista formaban parte del debate político de finales de los ’80, cuando todavía se pensaba que podía haber una suerte de tercera vía, entre el comunismo tradicional y la democracia, la vía de un socialismo más participativo y más abierto. Los hechos, sin embargo, no fueron en esa dirección y, en cierta manera, la quimera del hombre tanque es la quimera de un posible sistema en el que se combinaran distintas ventajas y que mantuviera de alguna forma la protección mínima que otorgaba el cuenco de arroz, del que hablaba Mao, y, al mismo tiempo, un sistema que ofreciera un grado mayor de libertad y de democracia. Esta era la vía que muchos de los manifestantes querían tomar, incluyendo parte del partido comunista.

El personaje, Durri, el responsable de buscar al hombre tanque, es un hombre que creyó en el sistema chino, pero que se da cuenta que la única vía que ha tomado China es la vía del capitalismo, negando así los principios de ese sistema en el que él creyó.

Claro, pero para comprender está actitud de Durri hay que entender su biografía: es hijo de los represaliados indonesios del año ’65, cuando hubo una matanza de comunistas en un país, Indonesia, cuyo partido comunista era, junto al Partido Comunista Chino, el más numeroso del mundo. Siendo niño, fue adoptado por una familia australiana y ya de adulto empezó a trabajar como agente de la RDA, que lo envía a China. El problema de Durri es que es un comunista después del comunismo y ¿qué hace alguien que ya no tiene un suelo firme sobre el cual apoyarse? El dilema de Durri es qué comunismo hay después del comunismo; él sigue pensando en la posibilidad de que el régimen chino, a pesar de ser muy mercantilista y tener unas desigualdades tremendas, puede reconectar con los ideales sociales.

¿El Comunismo después del comunismo es, al menos respecto a China, el comunismo que da la mano al capitalismo?

Claro. La realidad es que actualmente en el modelo chino, que sería el modelo de Deng Xiaoping, se prima, por un lado, el mercado y, por el otro, se establece un control muy férreo sobre las libertades de la población. Es un régimen bastante autoritario. En el ’89, se pensaba que se podía ir, y esta era la demanda de los manifestantes, hacia un sistema en el que se prestara más atención a temas como la inflación, el control de los salarios o la corrupción; es decir, se creía posible ir hacia un régimen más social y, a la vez, más libre. La del ’89 fue una oportunidad perdida y China pudo haberse convertido en una referencia para los otros regímenes socialistas que ya habían empezado a tambalearse.

Por tanto, volviendo a su novela, ¿la búsqueda del hombre tanque es la búsqueda de esa China que nunca llegó a ser?

Sí, de alguna forma puede verse así. No acaso el régimen chino ha prohibido la imagen del hombre tanque: no sólo no puede verse en la red, sino que no puede verse ninguna representación gráfica. Aparentemente lo que se está reprimiendo así son las libertades democráticas, pero en el fondo, si vemos sus declaraciones de entonces, Deng Xiaoping más que una convicción de la necesaria censura de la imagen, lo que tenía era miedo a que se repitieran los disturbios acontecidos durante la Revolución Cultural. De hecho, lo que en verdad oculta Deng Xiaoping al censurar la imagen del hombre tanque es la posibilidad de un comunismo más participativo y con menos corrupción.

La quimera del hombre tanque o la China que no llegó a ser. 1
Portada del libro La quimera del hombre tanque

Sin embargo, en un primer momento, el Gobierno chino utilizó de forma propagandística la imagen del hombre tanque para recalcar el carácter no violento del ejército que, según el Gobierno, nunca atacaba a los civiles.

Es cierto y enseñó esa imagen una vez sola, fue a través de la televisión pública, pero luego debieron pensar que la situación era tan inestable que, si difundían la idea de que sus tanques eran escalables, ya no por los ejércitos enemigos, sino por los viandantes, se iba a generar más riesgo. Por ello, luego, optaron por la política de censura. Pero es verdad que, al inicio, la imagen del hombre tanque fue utilizada por China para demostrar que el ejército era amable con la población y, de hecho, el ’89 fue la primera vez que, desde que Deng Xiaoping subiera al poder, el ejército chino disparaba contra la población. Por esto fue tan dramático ese suceso, pues desde 1949 nunca había sucedido algo semejante

Además, posteriormente, se hizo una errónea interpretación de la foto.

La historia que rodea la foto es efectivamente algo errónea: siempre nos han mostrado la imagen del hombre tanque junto al desalojo de Tinnaménn y, en realidad, el desalojo fue en la madrugada del 3 al 4 de junio y la foto fue tomada el día 5, es decir, 30 horas después del desalojo, cuando los tanques están saliendo de la plaza. De hecho, el hombre tanque es quien, desde la avenida, avanza hacia la plaza y, por tanto, hacia los tanques y no viceversa. Se dice, además, que una vez que el hombre tanque bajó de los tanques acudieron algunos hombres en bicicleta y se lo llevaron, pero no sé sabe quiénes eran y qué pasó con él.

A partir de un supuesto reencuentro entre el hombre tanque y el militar que conducía el tanque, su novela describe como aquel hecho del 5 de junio ha marcado la historia social de China.

Desde luego que la ha marcado. Es un suceso que, a mi modo de ver, es icónico a nivel mundial como representación del año ’89 y de la debacle del comunismo y, paradójicamente, es también icónico en china, a pesar de la prohibición de toda imagen relacionada con aquellos días.  Sin embargo, como comentabas, a pesar de la censura, ese hecho del 5 de junio tiene una profunda influencia en la fractura social en China. Ha habido documentales donde se muestra la imagen del hombre tanque a estudiantes chinos y ellos fingen no saber de lo que se trata, pero en el fondo todo el mundo conoce de primera mano o de oídas lo sucedido. En China, el nivel de represión de la imagen llega al punto no se sanciona solo la reproducción de la imagen, sino que basta que se muestre un tanque frente a una persona en cualquier avenida desierta para que haya una sanción. Y si, en cambio de poner un tanque, pones otro objeto, como se hizo con un pato de goma gigante, también hay sanción.

Si bien la imagen paradigmática de esos días es la del hombre tanque, imagino que debe haber mucho más material gráfico de esos días.

Sí, hay tantísimas imágenes de colectivos en marcha, luchando y reclamando sus derechos. Y muchas de las fotos las tiene Televisión Española, porque sus cámaras fueron las últimas a abandonar la plaza de Tiananmén. Lo curioso es que las imágenes de Televisión Española nunca se han editado completas; sus imágenes fueron utilizadas por medios extranjeros, hablamos de imágenes donde se ven cómo los estudiantes abandonan la plaza puño en alto y cantando la Internacional. Y, por lo que he visto, en ningún momento ha habido una reivindicación de ese material y una edición conjunta de todo aquello que se grabó y no se vio.

En la novela, la debacle del comunismo viene acompañada de la entrada en la política del capital por parte de China, algo que usted ejemplifica con la pelea internacional por el control de los pozos de petróleo de Oil Rocks.

Sí, pero todo esto está relacionado con la exaltación del individuo y con la falta de límites del capitalismo. Hablamos mucho de falta de libertades en ciertos países, pero habría que ver cuáles son los límites a un sistema basado nada más en incrementar el valor y los beneficios, sin preocupación alguna por el impacto social o medioambiental. De alguna forma, el derrumbe del socialismo y, sobre todo, de los ideales socialistas lleva hacia un mercantilismo y hacia un mayor valor del dinero y del mercado, pero también hacia esas ideologías que ponen el acento en el más allá, en una supuesta vida eterna donde se cumplirá aquello que en la tierra no se puede realizar.

Se refiere, imagino, al terrorismo islámico, al que se refiere en la novela al hablar sobre la confrontación entre países por el control de los pozos petrolíferos.  

Exacto, pero además me interesa mencionarlo por el uso que los islamistas hacen de las imágenes. Piensa en esa imagen tan recurrente de una diana sobre un edificio en el cual impacta un proyectil con la que se anuncia la noticia de que unos terroristas han sido alcanzados. La imagen nos muestra la eficacia del proyectil, pero nosotros nos quedamos sin saber el efecto que produce el proyectil en el contexto general en el que cae y tampoco sabemos cómo ha sido identificada esa diana. Junto a estas imágenes están las que yo llamo “imágenes invisibles”, imágenes que existen y de las que apartamos la mirada. Piensa en cómo nos resulta difícil ver las decapitaciones llevadas a cabo por el Estado Islámico; nos resulta difícil no solo por la dureza, sino que en ellas descubrimos cómo esta gente, que ahora apoya al Estado Islámico, vivía en las barriadas de nuestras ciudades, en las barriadas de Manchester, de París o de Hannover y nos era completamente indiferente. Los islamistas adquieren visibilidad solo ahora, tiñéndose de sangre, en concreto, de nuestra sangre, a modo de venganza. Y ahora, solo ahora, somos conscientes de ellos, pero hasta ahora nunca antes les hicimos caso.

En un momento de profusión de imágenes, ¿éstas han dejado de ser ilustrativa, más que mostrar, esconde?

La imagen, y más en época de crisis, es una forma para mantenernos entretenidos, mientras los sucesos tienen lugar a nuestras espaldas. En los regímenes políticos sucede algo similar: aquello que silencias es lo esencial, aquello que escondes no sólo es lo más importante, es además tú punto débil, ese punto a partir del cual el sistema habría podido ser diferente.

El personaje de Durri subraya como si el mercado lo requiere, China transgrede los principios básicos del sistema comunista que abandera y Occidente pacta con los estados islamistas, que luego condena por terrorismo y a los que ha financiado hasta hace dos días.

Esto es así. Hay mucha gente a la que le conviene que Oriente Medio esté fragmentado en distintos grupos étnicos y religiosos porque esto hace que no tengan una voz unida y no puedan defender una política de precios coherente, sobre todo por lo que se refiere al petróleo; de esta manera, quienes se benefician son los países occidentales. Las guerras en Oriente Medio, promovidas por Occidente en los últimos decenios, han sido siempre guerra muy orientadas al control de las fuerzas de energía. Y, en gran medida, todos los grupos radicales han sido utilizados según los intereses de Occidente en cada momento. Esto nos hace doblemente hipócritas, sobre todo cuando queremos trazar una línea insoslayable entre ellos y nosotros, es absurdo. Cuando queremos decimos que no tenemos nada que ver con ciertos países, pero cuando nos conviene económicamente tratamos con ellos.

¿El hecho de que China sea uno de los mercados –o el mercado- más importante, hace que Occidente, necesitado de ese mercado, pase por alto la falta de libertades de China y su sistema represivo?

Sin duda. Yo creo que hay una casi completa simbiosis entre los dos mundos y que viene de esta época, después la crisis del ’98. Esta actitud es el precio que debe pagar Occidente para entrar en el mayor mercado del mundo. En este sentido, ambos, Occidente y China, viven muy tranquilos.

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Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca

Anna Maria Iglesia

Foto: Iván Repila
Salto de Página

“Sobre el pasado sólo conocemos la sombra de la sombra de una mentira porque lo único que el pasado ha dejado al presente son sus ruinas y sus documentos”. Estas palabras de Santi Pérez Isasi son las elegidas por Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) para presentarnos a Sofía, protagonista de su última novela, La línea del frente (Salto de página). Las ruinas y los documentos de Sofía son una relación truncada y una tesis doctoral a medio a hacer: el protagonista de la relación es Jokinn, primer amor de Sofía encarcelado por haber dejado ciego a un ertzaintza, y el protagonista de la tesis doctoral es Mikel Areilza, escritor que militó en ETA y consiguió escapar de la prisión donde cumplía condena e huir a Argentina. La culpa es el eje que reúne Mikel, Jokinn y Sofía, testigos y personajes de una historia que nunca eligieron protagonizar, pero ¿de qué historia se trata? Aixa de la Cruz pone en cuestión la idea del pasado como relato único. El pasado es, para De la Cruz, un rompecabezas construido por piezas contradictorias y divergentes donde no caben los maniqueísmos y donde los matices obligan a ir más allá de la división entre bandos.

Si bien no quieres definir tu novela únicamente a partir del tema del terrorismo, sí podríamos decir que La línea del frente entronca dentro de esta tradición, a la que hacía mención recientemente Iban Zaldúa, de literatura vasca “sobre el “conflicto vasco”, el “terrorismo vasco” o como queramos llamarlo”, del que “se ha escrito mucho y muy bueno (también muy malo), sobre todo en euskera”.

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Portada de “La línea del frente” editado por Salto de Página

Suscribo por completo lo que afirma Zaldúa, existe una gran tradición literaria que ha abordado el conflicto vasco, solo que como se trata de obras escritas en euskera han tenido una menor repercusión. Es una tradición con la que me siento acorde porque no he encontrado en ella ningún panfleto político; en esta tradición literaria no he encontrado relatos pretendidamente sesgados y maniqueos. Al contrario, lo que he encontrado ha sido relatos complejos, que no intentan fijar un relato único. A fin de cuentas, lo que trata de hacer la literatura es crear empatía y cuantos más relatos distintos, divergentes, centrados tanto en las víctimas como en los victimarios, construyamos más seremos capaces de entender al otro.

El eje temático de tu novela es la construcción de relatos de ficción para sobrellevar la culpa.

La novela trata de cómo construimos ficciones para todo, para construir nuestra identidad, para definir el amor romántico, para narrar nuestra historia… El desarrollo de la protagonista consiste en ir planteándose distintos relatos sobre su pasado que se van modificando a medida que transcurre la novela.  Y, efectivamente, el punto de partida es la culpa: la protagonista es alguien que siente culpa por no haber hecho nada en el pasado, por haber permanecido inmóvil, y a través de la culpa revisa su pasado, pero esta adquisición de conciencia comienza cuando está lejos de Euskadi. Junto a la protagonista, está también Mikel Areilza, que es el escritor ex perteneciente a ETA y que es objeto de la tesis doctoral de Sofía. Mikel siente culpa por lo que hizo [fue detenido por pertenecer a ETA y consiguió escapar de prisión y exiliarse en Argentina] en el pasado.

Hay sentimiento de culpa, pero no hay víctimas.

La única víctima que existe en la novela es el joven al que mata accidentalmente la policía durante los disturbios en los que es detenido Jokinn, otro de los personajes. Mis personajes son todos personajes secundarios de una historia en la que no querían participar y, en cambio, de la que forzosamente participaron. De ahí que Sofía se construya esos relatos de ficción en torno a su pasado y, al mismo tiempo, sienta culpa por haber sido una joven que no quiso percatarse hasta el final de lo que estaba sucediendo a su alrededor.

¿Podemos decir que La línea de frente defiende la necesidad de superar el sentimiento de culpa?

La culpa inmoviliza y hay que superarla, porque lo que viene después de la culpa es el compromiso. Y no me refiero solo a nivel individual: forman parte del periodo de culpa todos los actos simbólicos de reparación y de pedir perdón, pero creo que el conflicto verdaderamente se acabará cuando todos estos actos hayan sido satisfechos y podamos empezar a mirar hacia adelante con un compromiso renovado y ya no hacia atrás.

¿Este mirar hacia adelante implica también cuestionar el relato oficial sobre el conflicto vasco y su fin?

Por supuesto. A mí lo que me preocupa es que consideremos positivo la idea de instaurar un relato único sobre un pasado histórico. Evidentemente, junto a los relatos que emanan de la cultura popular, están los relatos que emanan del poder. Sin embargo, no soy marxista: no creo que haya una relación inequívoca entre el poder y las manifestaciones culturales, más bien creo estamos rodeados de discursos alternativos y lo que hacemos nosotros es seleccionar ficciones. De ahí que crea que la única manera de comprender los fenómenos históricos es teniendo en cuenta distintas piezas incongruentes, sesgadas, contradictorias, pero que, en verdad, conforman un puzle mucho más completo del que puede insinuar un relato único. Los relatos únicos dejan siempre muchos flecos fuera y lo que hay que reivindicar son los flecos.

El personaje de Jokin está en la cárcel por dejar ciego a un ertzaintza. Jokin es acusado de pertenecer a banda armada y condenado por ello, cuando en verdad es un joven que estaba en el lugar equivocado el día equivocado.

Lo que comentas es interesante, puesto que la historia de Jokin es un guiño a un suceso que ocurrió hace unos años en Euskadi: era la previa a un partido de fútbol y estaba mucha gente celebrándolo, cuando se produjo una pelea de bar en un callejón cerrado donde había una Herriko Taberna. Desde el momento en que el mando policial que recibió la primera denuncia de lo que estaba sucediendo hasta que esta denuncia llegó al mando superior, se fue contaminando el relato de los hechos: al inicio, se dijo que había una pelea de bar en tal calle; luego, empezó a decirse que era una pelea de bar frente a una Herriko y, finalmente, se concluyó que frente a una Herriko había un conflicto vinculado forzosamente a temas independentistas. Cuando llegaron los antidisturbios al lugar de los hechos, cargaron con mucha fuerza, como si se tratara de una amenaza terrorista. Fue tanta la fuerza que con una pelota de goma mataron a Iñigo Cabacas, un joven que estaba allí.

Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca 1
Aixa de la Cruz | Imagen vía Iván Repila

Es decir, se vinculó automáticamente la pelea del bar al mundo abertzale.

Efectivamente, la historia de Jokin es en parte esta y me sirve para hablar de los automatismos que seguimos acarreando en Euskadi todavía hoy, en tiempos de paz. Es decir, el hecho de que la policía cargase con innecesaria fuerza en esa disputa de bar tiene que ver con que la policía estaba demasiado acostumbrada a entrar a muerte siempre porque el conflicto estaba en la calle. Y la historia de Jokin, del chico que está en el lugar equivocado en el momento equivocado, es una historia que se ha repetido muchas veces, no sólo con ETA, sino también después de ETA. En el fondo, lo que cuenta la historia de Jokin son los prejuicios vinculados a ciertos entornos en Euskadi, aunque estos prejuicios no tengan un correlato en los hechos.

Estas inercias invaden también el ámbito judicial. Jokin no sólo es condenado, sino que su condena es más elevada porque se le considera falsamente como perteneciente banda armada.

Lo que le sucede a Jokin es, en parte, lo que ha sucedido en Alsasua, aunque es cierto que, en este último caso, no se trataba de una simple pelea de bar, puesto que había un componente ideológico. Sin embargo, también es cierto que las penas que se están pidiendo por enaltecimiento del terrorismo parecen, en principio, exageradas. Y lo que es peor, todavía hoy situaciones como la de Jokin se siguen dando en Euskadi y apuntan a que el fin de ETA no es un salto de página, sino que seguimos acarreando muchos conflictos por resolver, conflictos que, a veces, provocan injusticias como estas que comentamos.

¿El caso de Íñigo Cabacas es ejemplo de ello?

Claro. Ahora el caso judicial está avanzando poco a poco, pero durante mucho tiempo los mandos policiales que dieron la orden de entrar con un protocolo absolutamente desproporcionado no asumieron sus responsabilidades y varios de los cargos fueron ascendidos. Esto generó mucho odio social, porque una cosa es que se cometan errores y otra es que nadie pague por sus responsabilidades.

Algo que caracteriza tu novela es que, en ningún momento, describes la sociedad vasca como dos bandos. En palabras de Jabo H. Pizarroso, ¿la sociedad vasca no es o no fue dos raíles en paralelo?

No, no lo fue, no se trataba de dos bandos que no se conectaban.  Sin embargo, también es cierto que cuando pienso en mi experiencia de haber vivido en Euskadi cuando estaba ETA, me viene a la mente una sociedad que vivió muy separada, una sociedad en la que cada uno vivía alrededor de un entorno muy parcial. Yo tenía amigos que eran hijos de presos, pero nunca tuve un amigo que fuera víctima de ETA. Había muy pocos puentes entre un bando y el otro, aunque en verdad todos formábamos parte del mismo conflicto. Había un sufrimiento en las calles que nos afectaba a todos y, sin embargo, en lugar de ser capaces de hacer el zoom y ver que el conflicto afectaba a todo el pueblo, nos sectorizamos bastante.

¿Esta sectorización responde, en parte, a la necesidad de movilizarse políticamente?

Sí, yo lo experimenté así y, por esto, me pareció interesante la figura de Sofía, porque te obliga a preguntarte cómo es posible que alguien pudiera vivir sin posicionarse nunca en una época [finales de los noventa, primeros años 2000], cuando teníamos trece o catorce años, en la que solo se hablaba de política, que lo permeaba todo. La novela me obliga a preguntarme qué debía sentir una persona como Sofía cuando todos, para bien y para mal, se posicionaban, porque en Euskadi era imposible no sentirte obligado en algún momento a tomar partido. Incluso la gente que intentaba alejarse de cualquier toma de partido, terminaba siendo pisoteada por lo que estaba ocurriendo.

Antes hablabas de los automatismos de la Ertzaintza, pero, ¿podemos hablar también de otro tipo de automatismos? Es decir, en el libro, narras como los adolescentes gritan “Gora ETA” al final de un concierto. ¿Era un automatismo? ¿Se era consciente de lo que se estaba gritando?  

Yo creo que había muy poca conciencia del significado, no sólo de un lema tan explícito como éste, sino de muchos de los símbolos que nos rodeaban. Evidentemente, te estoy hablando de hace más de una década, cuando tenía catorce años y estos símbolos seguían en pie. Ahora es diferente, pero sí es cierto que, mirando hacia atrás, tengo la percepción de que por entonces en mi entorno se cuestionaba muy poco lo que veíamos a diario y se adquirían ciertos automatismos sin pararse a pensar en ellos.

Pero, ¿había un discurso que los legitimaba?

De adolescente viví ese discurso según el cual las acciones de ETA son reprochables, pero en el fondo podrían entenderse como la reacción lógica de un pueblo que está siendo pisoteado. Era un momento en el que se cerraban partidos políticos y no sólo se había cerrado el periódico Egin en 1998, sino que se tenía a sus periodistas en prisión preventiva, aunque simplemente escribieran columnas de economía. Todas estas medidas judiciales promovieron la victimización de un sector, que interpretaba que la lucha estaba legitimada dentro de la lógica acción-reacción.

¿El asesinato de Miguel Ángel Blanco implicó, tal y como se dice, una adquisición de conciencia pública por parte de la sociedad vasca?

Yo pertenezco a una generación muy curiosa porque yo era muy pequeña cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco. Yo empecé a tomar conciencia política del país en que vivía en la época de Aznar. Si el terrorismo lo que plantea siempre es una dinámica de acción-reacción, a mí me tocó vivir reacciones desproporcionadas por parte del Estado Español, sólo que desconocía cuáles habían sido las acciones desencadenantes. Esto hace que mi generación percibiera el conflicto de una manera muy sesgada. Volviendo a tu pregunta, creo que no se pueden poner inicios y finales concretos a un relato, pero sí puedo decirte que recuerdo perfectamente que cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco estaba en Laredo. Había mucho revuelo en la zona en la que vivía, yo no entendía muy bien que sucedía, pero sí entendía que había pasado algo grave. Y recuerdo que, al subir por las escaleras hacia nuestra casa, mi madre, refiriéndose a los vecinos, me dijo “no les mires” y agachó la cabeza. Y, en este sentido, sí que creo que a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco la sociedad vasca empezó a sentir vergüenza.

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El futuro que H.G. Wells predijo en sus ficciones

Romhy Cubas

Foto: Wikicommons
Wikimedia Commons

“Es posible que la invasión de los marcianos resulte, al fin, beneficiosa para nosotros; por lo menos, nos ha robado aquella serena confianza en el futuro, que es la más segura fuente de decadencia”.

La guerra de los mundos

El escritor, historiador y filósofo británico Herbert George Wells es uno de los grandes precursores de la ciencia ficción en la literatura. Su obra se puede comparar en alcance y relevancia con las geografías fantásticas de Julio Verne. Hace 151 años, un 21 de septiembre de 1866, Wells nació en el seno de una familia convencional de la Inglaterra de época, su visión totalmente utópica y fantástica para entonces dejó un registro crudo de  escenarios que con el tiempo se deshicieron de la etiqueta de ciencia ficción para convertirse en sucesos concretos.

Sin la ciencia, y específicamente la biología, Wells no habría creado relatos como el del Hombre invisible o La máquina del tiempo, publicado en un principio bajo el título de Los argonautas crónicos. Wells estudió biología en el Royal College of Sciences de Londres, y eventualmente se tituló en zoología en la Universidad de Londres. Gracias a estas experiencias y a un diagnóstico de tuberculosis que lo impulsó a dedicarse exclusivamente a la escritura, reunió una centena de obras de fantasía científica, predicciones tecnológicas y agudas observaciones sobre el poder y las consecuencias de la guerra que inclusive se manifiestan con mayor lucidez en el presente que en aquella época.

En sus novelas Wells dejó constancia de una inquietud por la supervivencia de las sociedades. Sus posiciones pacifistas y políticas hicieron de su obra una declaración sobre lucha de clases, la ética científica, y las utopías –muchas de carácter socialista-. Con frecuencia propuso la creación de un Estado mundial en donde hubiera una renta universal y donde los individualismos fueran suprimidos.

En sus obras están presentes la bomba atómica, la tecnología, las puertas y censores automáticos, la guerra biológica, la comida artificial, los rayos láser y decenas de otras fantasías que en aquél entonces no tenían espacio en la racionalidad de los lectores. Hasta ahora, y que nosotros sepamos, no existen hombres capaces de volverse invisibles o máquinas para viajar en el tiempo, pero si hay un puñado de escenarios y tecnologías que Wells planteó en sus libros y que hace décadas dejaron de ser ciencia ficción, otorgándole al escritor un halo visionario y certero.

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Portada del libro Hombres como dioses de H.G.Wells | Imagen vía: Amazon

Teléfonos y televisión

En Men Like Gods (1923), Wells crea una versión futurista de la Tierra en donde luego de cientos de años de progreso la gente se comunica exclusivamente mediante sistemas inalámbricos. Los guiños con lo celulares y los correos electrónicos de los que hoy dependemos para comunicarnos son evidentes, aunque la idea es un crudo formato de lo que conocemos en el presente. El principio de acumulación de mensajes, transmisión inalámbrica y comunicación a distancia son premonitorios.

Wells también desarrolló en When the Sleeper Wakes (1899) una forma utópica de entretenimiento en donde las tecnologías del audio libro y la televisión se disfrazan de ficción.

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Comic de La isla del Dr Moreau ilustrado por Gil Kane. Basado en la adaptación cinematográfica de 1977 del libro de H.G. Wells | Imagen vía: MyComicShop

La ingeniería genética

En  La isla del Dr. Moreau (1896) una nueva especie de animales biológicamente manipulados es parte de los experimentos de un científico demente que incursiona en la ingeniería genética. Las técnicas utilizadas son crudas y primitivas, pero la idea de trasplantes de órganos entre animales y humanos para adquirir longevidad, la creación de híbridos y el intercambio de células entre las especies son principios que guardan una relación obvia con las ambiciones de los científicos, quienes se vuelven cada vez más insaciables con los años. Precisamente Wells expone la codicia que puede presentarse cuando los humanos endiosan sus capacidades de creación y buscan en la tecnología un sustituto para todas las formas de vida.

“¿Quiénes son esas criaturas? -dije, señalando hacia ellas y alzando cada vez más el tono de voz para que todos me oyeran-. Antes eran hombres, hombres como nosotros; hombres a los que ha poseído una sustancia bestial, hombres a los que se ha esclavizado y convertido en monstruos y a los que todavía teme”.

La isla del doctor Moreau. H.G. Wells

El futuro que H.G. Wells predijo en sus ficciones 3
Bomba nuclear detonada por el gobierno francés en la Polinesia Francesa. | Imagen vía: Reuters

La bomba atómica y las armas nucleares

En The World Set Free (1914) Wells plantea el concepto de objetos que explotan gracias a distintos niveles de radiactividad, adelantándose inclusive al control de las naciones ante estos objetos para evitar una destrucción masiva. En el presente estos prototipos literarios tienen nombre e historial: la bomba atómica y las armas nucleares.

Wells reconoce y plantea principalmente el poder destructivo de la tecnología y las ambiciones humanas. En sus historias estas granadas  tienen el poder de explotar continuamente por días, semanas y hasta meses.

Actualmente conocemos de sobra su poder destructivo, pero Wells literalmente anuncia la creación de un objeto portátil con la capacidad para devastar una ciudad entera.

El futuro que H.G. Wells predijo en sus ficciones
Portada del libro La guerra de los mundos de H.G. Wells | Imagen vía: GoodReads

El Láser

En uno de sus libros más famosos, La guerra de los mundos (1898), que principalmente desarrolla el escenario de una guerra interplanetaria, las armas futuristas de los marcianos incluyen un devastador rayo de calor capaz de incinerar hectáreas a kilómetros de distancia. La descripción de Wells no es tan precisa como para construir un láser de trabajo, pero su parecido con el dispositivo y otras armas de “energía dirigida” es prueba suficiente.

“Todo lo que sea combustible se convierte en llamas al ser tocado por el rayo: el plomo corre como agua, el hierro se ablanda, el vidrio se rompe y se funde, y cuando toca el agua, esta estalla en una nube de vapor”. La guerra de los mundos. H.G. Wells

Muchas de las “predicciones” de Wells son ciertamente visionarias, otras se apegan al sentido común de un hombre de letras. A la par de cada avance, por muy pequeño que sea, es inevitable magnificar sus posibilidades y consecuencias. Wells también se anticipó al aterrizaje de la nave Apolo en Los primeros hombres en la luna (1901)  y entendió las probabilidades de un conflicto global en Europa con La forma de las cosas por venir (1933). No obstante, su predicción más valiosa es la de los escenarios que germinan cuando la tecnología intenta imponerse a la naturaleza humana.

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Top 10 de los personajes más inquietantes de la literatura de Stephen King

Romhy Cubas

Foto: Casa del Libro
Casa del Libro

La bibliografía de Stephen King, bautizado por muchos como el maestro del terror, da para llenar por lo menos una biblioteca dedicada exclusivamente a sus pesadillas. Con más de 70 libros publicados desde 1974 cuando firmó el contrato por su primera novela, Carrie, King es uno de los escritores modernos más lucrativos y de sus ficciones se han hecho adaptaciones en todos los formatos. Personajes emblemáticos como Jack Torrance y Pennywise se han aferrado al imaginario colectivo desde hace décadas, sus monstruos han sido la “cosa” del closet que ha obligado a dormir con la luz prendida a más de una generación.

Cuando el pasado 8 de septiembre se estrenó la nueva adaptación cinematográfica de una de sus novelas de terror más extensas y detalladas: It el payaso asesino, King demostró de nuevo que se puede vivir de fantasmas y pueblos embrujados. El libro, que ya había sido versionado en una teleserie de dos partes en 1990, relata en más de mil páginas la vida de un grupo de amigos en un pueblo maldito en donde cada 27 años se despierta una energía maligna. Esta pone en marcha masacres, incendios y, principalmente, la desaparición de decenas de niños en las circunstancias más macabras.

Y aunque es innegable que It es uno de los personajes más aterradores y mejor logrados de su bibliografía, la literatura de Stephen King está repleta de fantasmas, demonios, monstruos y males que son tan o más aterradoras como el payaso diabólico de Derry.

Con una obra tan extensa es fácil que muchos de los protagonistas que no han sido representados por grandes figuras en la pantalla grande, como Kathy Bates o Jack Nicholson, se pierdan en el mar de historias que ha producido Stephen King, por eso en este ranking rescatamos una lista con algunos de los monstruos más aterradores de su autoría, varios todavía vírgenes de adaptaciones cinematográficas.

Puede que entre las escenas más emblemáticas del cine de terror se encuentren por lo menos un par inspiradas en sus libros, incluyendo a Carrie cubierta de sangre de cerdo en su graduación, pero ninguna de estas versiones supera a los personajes narrados en su versión original, la de papel y tinta.

Top 10 de los personajes más inquietantes de la literatura de Stephen King 2
Portada de La Historia de Lisey de Stephen King | Imagen vía: Ediciones DeBolsillo

La cosa del costado moteado de La historia de Lisey (2007)

Stephen King escribe una historia de amor que no tiene nada que ver con finales felices. Lisey es la viuda de Scott, un reconocido escritor cuyas sombras personales se presentan tan siniestras como los maltratos que sufrió en su infancia. La cosa del costado moteado es eso que no lo deja dormir por las noches, una criatura que vive en Boo’ya Moon, especie de universo paralelo que huele a fresas y violetas durante el día, pero que de noche esconde seres resbaladizos y peligrosos.

También apodado en el libro como “el chaval larguirucho de Scott”, este ser que se arrastra y corre entre la realidad y los sueños, que acecha en los espejos de la casa en la oscuridad y al cual se le oye comer cuando la luz del día se extingue con el atardecer, es uno de los personajes más inquietantes creados por King. La cosa del costado moteado inevitablemente te hará querer prescindir por algunos días de los espejos y su reflejo, sobre todo en la oscuridad.

Top 10 de los personajes más inquietantes de la literatura de Stephen King 5
Banner de la nueva película de It -2017- dirigida por Andrés Muschietti | Imagen vía IMDB

It el payaso asesino

Con la última adaptación de “It”, el payaso de Derry se reivindica como el monstruo más famoso de King. Este es un ser que vive en un pequeño pueblo de Maine desde el principio de los tiempos, representa la maldad y la muerte y se transforma en los distintos terrores personales de aquél que se tropieza con su traje abombado. Su forma común y universal es la del payaso, Pennywise, un hombre que se pasea por las calles con labios rojos y maquillaje blanco, ofreciendo globos a los niños y prometiendo diversión en las cloacas laberínticas del pueblo.  

It es la cúspide de la coulrofobia –fobia a los payasos-, un ser que despierta cada 27 años para descuartizar niños y que busca que todos floten junto a su manojo de globos y risa inexistente.

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Jack Nicholson como Jack Torrance en la adaptación de El resplandor dirigida por Stanley Kubrick | Imagen vía: IMDB

Jack Torrance en El Resplandor

“¡No voy a hacerte daño! Wendy, querida, luz de mi vida, ¿de qué tienes miedo? No me has dejado acabar la frase, dije: No voy a hacerte daño, sólo voy a aplastarte los sesos. ¡Aplastaré tus jodidos sesos!”  -El Resplandor-

Es común que los libros de King sean protagonizados por escritores,  y en El Resplandor Jack Torrance es un autor alcohólico en recuperación que se traslada con su familia a un hotel de Colorado aislado del mundo. El hotel es un hervidero de fantasmas y asesinatos pasados que acechan a todo el que atraviese sus puertas. Jack es el recipiente perfecto para los demonios del lugar y poco después de su llegada su lado oscuro, su naturaleza violenta, su propensión a la bebida y su claustrofobia se explayan hasta crear a un hombre inquietante y poco cuerdo que persigue a su familia por el laberíntico hotel para asesinarla.

Jack Nicholson dio vida a este personaje en la adaptación de la novela dirigida por Stanley Kubrick en 1980. El nivel de locura que logró representar Nicholson con su famoso ¡Here is Johnny! es solo una fracción de la verdadera demencia que representa este personaje en el libro.

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Cujo en la adaptación cinematográfica de 1983 dirigida por Lewis Teague | Imagen vía: IMDB

Cujo, el perro asesino en Cujo

Solo Stephen King puede hacer que el mejor amigo del hombre se convierta en una fobia literaria. Cujo es un hermoso San Bernardo, grande e imponente,  juguetón y noble que es mordido en el hocico por un murciélago en uno de sus paseos diarios. Cujo, quien nunca ha sido vacunado contra la rabia, se contagia de una enfermedad que lo convierte en un animal violento y sediento de sangre con su propio monólogo interno de asesino primerizo.

El pueblo en donde habita se verá invadido por el miedo y una especie de toque de queda en donde nadie está a salvo de la rabia de Cujo.

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Portada de Duma Key de Stephen King | Imagen vía: Thedarktower.com

Perse, la muñeca maldita de Duma Key

En Duma Key Edgar Freemantle, el dueño de una compañía de construcción de Minneapolis, se muda a una playa ficticia de Florida para reconstruir su vida luego de sobrevivir a un accidente de tránsito que lo deja sin un brazo. El accidente no solo se lleva una extremidad de su cuerpo, sino que despierta una especie de psique expresada través de una obsesión por crear dibujos y cuadros que toman vida propia en la oscuridad.

Perse es la fuerza maligna manifestada en Duma Key, esta comanda un conjunto de almas malditas y se manifiesta a través de una vieja muñeca china con una capa roja. Su nombre completo, Perséfone, hace referencia a la diosa griega Perséfone, la reina del Inframundo.

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Kathy Bates como Annie Wilkes en la adaptación cinematográfica de Misery de 1990 | Imagen vía: IMDB

Annie Wilkes en Misery

Dicen que la miseria adora la compañía, y Misery es el perfecto ejemplo de este proverbio. Paul Sheldon es un famoso escritor de novelas románticas que mata a su personaje principal en su más reciente historia, “El hijo de Misery”. Un invierno, de camino a Los Ángeles y en medio de una tormenta de nieve, Sheldon sufre un accidente de tráfico. Despierta con las piernas rotas y postrado a una cama desconocida, su anfitriona Annie Wilkes resulta ser una enfermera que se declara su fan número uno.

Bajo el cuidado de Annie el escritor se comienza a recuperar hasta que la conducta de la fanática se sale de control. Cuando Annie se entera de que Paul mata a Misery en su nueva novela, comienza a drogar y torturar al escritor, obligándolo a escribir una nueva secuela del libro en donde Misery vuelva a la vida.

Annie es un personaje trastornado y demente que representa la peor pesadilla de cualquier persona que se gane “fanáticos” gracias a su obra.

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Escena de la nueva adaptación de El juego de Gerald producida por Netflix | Imagen vía: Netflix

Gerald Burnlingame en El juego de Gerald

En este juego mortuorio Gerald encadena a su esposa Jessie a la cama de una cabaña aislada e incomunicada en el bosque. En medio de un fallido juego erótico Gerald muere de un paro cardiaco y mientras este yace sin vida en el suelo de la habitación, Jessie -atada a la cabecera de la cama- intenta sobrevivir no solo al dolor, la sed y el hambre, sino a los fantasmas de su pasado en donde los hombres abusivos no escatiman.  La presencia de Gerald seguirá tan latente como la descomposición de su cuerpo. Los recuerdos del maltrato y los juegos soportados por Jessie a costa de su marido y su padre hacen que el personaje de Gerald, aunque muerto, sea tan o más dañino de lo que fue vida.   

Netflix  ha adaptado “El juego de Gerald” para su plataforma este año. La versión protagonizada por Carla Gugino (American Gangster), Henry Thomas (Ouija) y Bruce Greenwood (Meek’s Cutoff) se podrá ver desde el 29 de septiembre.

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Parte del póster promocional de la película El cazador de sueños proyectada en el 2003 | Imagen vía: IMDB

El Señor Gris de El cazador de sueños

Aunque es una historia de alienígenas y extraterrestres, King logra hacer de estas criaturas desagradables y mal olientes una pesadilla digna del autor.

El reencuentro de cuatro amigos de la infancia en una cabaña de Maine es la excusa para que una serie de comadrejas que incuban en el cuerpo de los humanos busquen exterminar la raza humana. Aunque puede parecer una forzada y ya contada historia de ciencia ficción, alienígenas y humanos, el elemento de terror se mantiene en vilo durante todo el libro.  Además está el Señor Gris, un extraterrestre que posee el cuerpo y la mente de las personas, comprometiendo su voluntad y borrando cualquier rastro humano que pueda quedar en el poseído.

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Portada de Buick 8 de Stephen King | Imagen vía Ediciones DeBolsillo

Buick el carro asesino

King ya lo ha logrado otras veces con celulares, con perros y en esta ocasión con un carro. No se necesita una familia poseída o un manicomio abandonado para crear una historia de terror. Para muestra el protagonista de este libro: un Buick modelo 1954 que cobra vida propia y tiene instintos asesinos.

Lo interesante aquí es la vida que le da King a lo material, algo tan simple como un carro abandonado y recuperado por unos agentes de la policía comienza a intervenir inesperada y peligrosamente en las vidas de quienes lo “conducen”.

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Adaptación cinematográfica de El cementerio de mascotas dirigida por Mary Lambert en 1989 | Imagen vía IMDB

Gage Creed, el niño poseído de El cementerio de mascotas

Un médico se instala junto a su familia en una nueva casa en las colinas de Maine – un pueblo recurrente en las historias King-, a pocos quilómetros del terreno un antiguo cementerio, utilizado por los niños del lugar para enterrar a sus mascotas, se erige en medio del silencio y las carreteras inhabitadas.

El cementerio parece ser un terreno ahogado de magia negra y ritos antiguos.  Cuando el hijo menor de la familia, Gage Creed, muere en un accidente de tránsito, su padre lo entierra en el cementerio de mascotas con la esperanza de que regrese de entre los muertos.

En la historia King reflexiona sobre el duelo y las consecuencias –exageradas, por supuesto, hasta su máximo elemento de terror- de sufrir la pérdida de un ser querido. El pequeño Creed regresa poseído y con un incontrolable deseo de hacer daño a su familia.     

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El verano de Piglia

José Antonio Montano

Foto: JORGE SILVA
Reuters

No hay nada como tener un autor para un verano lector. Yo este verano he tenido a Piglia. Ha sido, para mí, el verano de Piglia.

Recuerdo otros veranos: el verano de Jünger (1991), el verano de Bernhard (2004). Ernst Jünger, con su fama de frío, me estuvo calentando después todo el invierno; sentía vivamente la brasa de aquella lectura –el calor del verano y el calor de ‘Radiaciones’–, como una estufita para los días desapacibles. Y Thomas Bernhard dejó electrificados, tensos y sin grasa, vigorosos, regocijantes, los meses (¡y años!) que siguieron.

Ahora ha sido el escritor argentino Ricardo Piglia, que murió a los setenta y cinco años en enero de este 2017. Yo no lo había leído, porque por lo que había leído sobre él pensaba que era un autor programático. Es decir, de los que tienen una teoría y luego escriben sus obras como ‘ejemplos’ de su teoría; obras que salen entonces medio muertas y como forzadas: aquejadas de abstracción. Pero Piglia no es eso. Tuve la suerte de empezar por ‘Los diarios de Emilio Renzi’ (y no porque me interesara Piglia, sino porque me interesan los diarios) y ahí me encontré su relación apasionada y nada programática con la literatura. También me había hecho la idea de que Piglia era pomposo y tampoco: como todos los maestros, es ligero, juguetón. Abre más que cierra.

Los dos primeros tomos de los diarios los leí a principio de julio. Para finales de agosto me había leído en total once libros de Piglia. El duodécimo ha sido el tercer y último tomo de los diarios, que se ha publicado en septiembre. He vuelto ahora a Piglia para terminar el verano y que sea así, definitivamente (¡programáticamente!) el verano de Piglia.

De los diarios me ha gustado su textura: cómo da cabida al ruido diarístico, el ruido de la escritura sin pulir; y que eso funcione. He leído diarios así que no funcionan, que se hacen aburridos. El de Piglia no, por puro mérito literario. Todo diario trabajado es un jardín, y la mayor sofisticación es que ese jardín retenga su aspecto agreste. Piglia lo consigue. Y además introduce variables estructurales que constituyen (¡por decirlo con el lenguaje de los profesores!) una reflexión sobre el género diarístico.

Los elementos del mundo de Piglia son limitados, controlables. Por eso se familiariza uno enseguida con él y los disfruta. Profundizando en ellos, naturalmente: son elementos contados pero fecundos. Escribe sobre la relación entre la ficción y la verdad (sobre el secreto, el enigma y el misterio, y sobre lo que él llama “la ficción paranoica”), sobre el acto de la lectura y sobre el lector como personaje, sobre el escritor también como personaje, sobre el escritor como crítico, sobre el amor y la pérdida, sobre el dinero, sobre filosofía, sobre psicoanálisis, sobre las quiebras del sujeto, sobre la vida en los márgenes, sobre la incidencia de la política en la vida (algo particularmente abrasivo en Argentina; se aprecia como en ningún otro sitio en la primera parte del tercer tomo de sus diarios, titulada “Los años de la peste”). De su mundo forman igualmente parte ‘sus’ escritores: los argentinos Borges, Arlt, Sarmiento, Alberdi, Macedonio Fernández o Manuel Puig; los extranjeros que vivieron en Argentina Gombrowicz o Hudson; y Kafka, Hemingway, Pavese, Joyce, Faulkner, Brecht o Bernhard, al que imita a veces.

En una de las anotaciones diarísticas, escrita cuando arrasa la moda del ‘boom’, se dice (y le dice al lector futuro) que debe mantenerse apartado de esa moda, trabajando a su ritmo y en su silencio. Uno de los gustos de leerlo ahora es comprobar que acertó: sus libros se mantienen cuando muchos de los otros han pasado.

¿Qué le aconsejaría al lector que quiera iniciarse en Piglia (¡aunque sé que son muchos los lectores ya iniciados en Piglia!)? Propongo los tres tomos de los diarios (o al menos el primero); el libro de cuentos ‘Nombre falso’, que incluye la novela corta de igual título; la novela ‘Respiración artificial’; y los libros de ensayos ‘Formas breves’ y ‘El último lector’. (De entre sus numerosos vídeos, recomiendo también las conferencias sobre Borges).

Por mi parte, tengo aún tres libros de Piglia sin leer, tres novelas: ‘La ciudad ausente’, ‘Plata quemada’ y ‘Blanco nocturno’. Me las dejo ya para el invierno. O sea, para el verano austral.

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