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Vivir de la música, ¿o vivir para ella?

María Hernández

La música, de una manera o de otra, forma parte de nuestras vidas. Todos escuchamos música en algún momento del día: cuando vamos en el coche, cuando vamos andando hacia algún lugar, cuando hacemos deporte, a veces mientras trabajamos o estudiamos. Algunos escuchan música mientras se duchan, otros mientras cocinan, otros la escuchan prácticamente todo el día. Y es que la música, además de poner una banda sonora a muchos momentos de nuestra vida, es capaz de tocar y cantar lo que sentimos, lo que pensamos. Ritmos y letras que nos dan ganas de saltar, correr, de bailar; otras incluso son perfectas para los momentos de tristeza.

“Han decidido emplear su tiempo en ayudarnos a completar esa banda sonora que compone nuestras vidas”

Todos tenemos nuestros grupos, esos que escuchamos a menudo, a los que seguimos y vamos a ver si dan un concierto en nuestra ciudad. Ese conjunto de bandas a las que escuchamos va creciendo poco a poco. A veces, porque tenemos sed de nuevas voces o nuevos sonidos, o porque simplemente nos los recomienda un amigo, empezamos a seguir a un nuevo grupo, uno que aún no es muy conocido, de esos que aún dan conciertos íntimos en pequeñas salas.
Esos grupos dedican horas y horas de su tiempo libre a componer, a ensayar, a conseguir un escenario donde darse a conocer. Son gente que lucha por poder dedicarse a su vocación. Porque dedicarte a lo que realmente te gusta y poder vivir de ello es un lujo, pero más aún si lo que te gusta es la música. Por eso hemos pedido a dos grupos, de estilos muy diferentes, que nos cuenten por qué han decidido emplear su tiempo en ayudarnos a completar esa banda sonora que compone nuestras vidas.

Playa Cuberris, rock playa hecho desde Madrid

Playa Cuberris es un grupo formado por cuatro chicos que no solo tienen mucho estilo, sino que además tienen un gran talento. “Nuestras canciones beben de muchas fuentes y como no nos parecía bien encasillarlas bajo algo ya preconcebido, inventamos nuestro propio género, el rock playa”, nos cuenta Peto, la voz de este grupo madrileño. Y es que lo primero que hay que hacer para entrar en el mundo de la música es buscar la diferencia, aquello que los hace únicos y que hará que el público se enamore de sus canciones.
Entrar a formar parte del panorama musical actual es bastante difícil. “A día de hoy se cuenta con muchos más medios para producir música y aprender. Por otro lado, eso causa que haya una oferta musical enorme, con lo que hay demasiada competencia en el mundo de la música”, explica Álvaro, el guitarrista. Añade además que es una profesión complicada para todos los grupos, ya sean nuevos o no, pero el dinero juega un papel muy importante para poder darse a conocer y aquellos que ya están asentados en este mundo lo tienen mucho más fácil.

Los chicos de Playa Cuberris posan en la playa de Cantabria. (Foto: Daniel Carpio)
Los chicos de Playa Cuberris posan en la playa de Cantabria. (Foto: Daniel Carpio)

Con dos discos grabados y conciertos por toda España, los chicos de Playa Cuberris, como los de muchos otros grupos, aún tienen que dedicar los ratos libres que sus trabajos les dejan para poder sacar adelante este proyecto. “Todos esperamos poder vivir de esto llegado el momento, pero yo creo que también sabemos disfrutar del camino y de las pequeñas recompensas que nos va dando el día a día”, nos cuenta Roy, el bajista. Y es que la música para ellos no es solo una profesión, “es una expresión artística que nos ayuda a decir cosas que no podemos, o no sabemos, comunicar de otra manera”, explica Roy.
Es por eso que, al hablar de futuro, no hablan de dinero ni grandes lujos, sino de disfrutar de aquello que más les gusta. Dani, el batería más sonriente de los escenarios madrileños, quiere un futuro “encima de los escenarios, disfrutando, teniendo para comer, viajando y pasándomelo bien”.

Playa Cuberris en un concierto en la Sala Edaska, Bilbao. (Foto: Jon Goikouria)
Playa Cuberris en un concierto en la Sala Edaska, Bilbao. (Foto: Jon Goikouria)

Vivir de la música “es posible, aunque no está al alcance de todo el mundo. Hay que ser perseverante, obstinado, pasional y tener cierta dosis de suerte”. Difícil, pero no imposible. Siguen luchando para que sus canciones lleguen al mayor número de gente posible, siempre disfrutando de cada momento porque, como dice su cantante, “si alguien decidió meterse en la música para hacer de ella un negocio, definitivamente se equivocó de escenario y de época”. Y es que estos cuatro talentos quieren disfrutar al máximo de lo que hacen, y si consiguen vivir de ello, pues mejor que mejor.

The Blackjaw, ocho años de rock y energía

También cuatro chicos, también con un gran talento, pero volcado en un estilo completamente diferente. “Somos una banda de punk rock con mucho toque rock, gritos, melodía y energía”, nos explican Edu, Germán, Kala y Guille, que formaron The Blackjaw en el año 2009. Desde entonces, han tenido que superar numerosas dificultades para llegar a donde están.

Los componentes de The Blackjaw. (Foto: Esther Galván)
Los componentes de The Blackjaw. (Foto: Esther Galván)

Tras haber grabado tres discos y haber dado un gran número de conciertos, una de las mayores dificultades sigue siendo la financiación: “en nuestro caso, por suerte a día de hoy cuando estamos girando, el grupo se autofinancia con el dinero de las actuaciones y recuperamos la mayor parte de lo invertido, pero a la hora de grabar un nuevo disco es necesaria una inversión personal de cada uno de nosotros” nos cuenta el grupo, y añaden que “tener un grupo requiere bastante dinero si quieres mantener un standard de calidad ‘aceptable’ para los tiempos que corren”.
Dos días entre semana y los fines de semana es lo mínimo que los chicos de The Blackjaw dedican a su música. Son casi ocho años de horas, días, de ensayos, de muchos sacrificios que, todos coinciden, merecen la pena: “sí que merece la pena todo el esfuerzo y las cosas que hemos sacrificado por esta banda, hemos tenido nuestros momentos difíciles pero hemos salido de ellos”.

Los chicos de The Blackjaw posan para su foto de portada. (Foto: Esther Galván)
Los chicos de The Blackjaw posan para su foto de portada. (Foto: Esther Galván)

Y es que llegar a vivir de la música no es algo fácil. Se necesita mucho esfuerzo, mucha perseverancia y, sobre todo, muchas ganas. “El que tenga pensado montar una banda de rock o cualquier estilo fuera del mainstream y triunfar en poco tiempo, tendrá poco recorrido, esto es una carrera de fondo”. Estos cuatro músicos saben que vivir de la música no es algo fácil, pero no van a dejar de intentarlo y, sobre todo, no van a dejar de disfrutarla: “Nos encantaría vivir de esto, pero tenemos los pies en el suelo. Ofrecemos nuestros discos gratuitamente en las redes desde el mismo día del lanzamiento, porque a nosotros lo que nos reporta beneficios es tocar en directo, ganar espectadores, conocer gente, conocer lugares y si algún día podemos ganarnos la vida haciendo esto seremos los tíos más felices del mundo”.

Conciertos, más conciertos

Vender discos nunca ha sido fácil, pero desde que apareció Internet y, con él, la piratería, es casi misión imposible. Por eso ambos grupos coinciden en que la manera de obtener beneficios hoy en día es la música en directo, los conciertos. “Que haya más festivales, música en directo, en bares, en terrazas…” es la forma de sacar adelante la música, según Playa Cuberris.

“Que haya más festivales, música en directo, en bares, en terrazas…”

Para estos grupos, la inquietud de la gente por escuchar nuevas voces, nuevos ritmos, es su hueco para entrar en el mercado. Los integrantes de The Blackjaw creen que “hay mucha gente investigando y buscando nuevas bandas interesantes que les puedan atraer, independientemente de donde vengan”. Sin embargo, consideran que este grupo sigue siendo minoritario y confían en que Internet y las nuevas plataformas lo haga crecer. Quizá por la diferencia de estilos, los chicos de Playa Cuberris tienen una idea diferente acerca de este tema: “hay un rollo un poco de locos de querer escuchar siempre al grupo nuevo porque siempre queremos estar a la última, conocer las bandas que los demás no conocen”.
Sea como fuere, lo que estos y todos los músicos que luchan por vivir de su pasión necesitan es que escuchemos su música en el móvil, en el ordenador, pero también que salgamos de casa un fin de semana y les demostremos al pie de un escenario que nos sabemos sus canciones. Más salas llenas es lo que necesitan para dejar de vivir para la música y poder, por fin, vivir también de ella.

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Ni Sofia Coppola, ni Tinder: la seducción era otra cosa

Lorena G. Maldonado

La frigidez no es un pecado, pero sí una lástima. Ayer salí de ver La seducción, de Sofia Coppola, cargando con una anorgasmia militante -en mi barrio se dice revenía’- y corrí al Burger King a meterme entre pecho y espalda una vulgar pero sincera tendercrisp que me devolviese a la tierra, que me conectase de nuevo con la carne, la saliva y la culpa, con la lascivia del queso americano y la grosera humanidad de dos labios abriéndose. La parte de la vida que me interesa suele alojarse al otro lado de la boca que se desprende, que se ensancha como una flor carnívora llena de fascinaciones, admiración, estupor o apetitos. La película fue como el antónimo: más o menos un rictus.

Claro que no todo el mundo va a ser folclórico emocional, pero una cosa es la sobriedad -esa que nos angustió en la exquisita Shame– y otra la abulia: ahí Coppola en su filme protagonizado por un corrillo de hembras psicópatas y un macho castrado -qué iracundo, el cabo, cuando tiró la tortuga-. Casi extrañé la testosterona trumpista de Eastwood, que fue El Seductor en la de Don Siegel (¡1971!). Qué sangre tan acuosa aquí, qué raza tan pocha, qué poco cachondos estamos en este banquete de la revolución sexual.

La seducción: madre mía. A los que quiero les deseo que nunca les tonteen así. Una hora y media asistiendo a un cortejo de amebas. En los lavacabezas de la peluquería he vivido más tensión sexual. Al terminar, sentí por fin una trémula excitación mientras hundía mi patata gajo en la salsa, y recordé que no sé nada de cine -algunos amigos han montado un cinefórum y se esfuerzan, con mucha paciencia, en corregirme esta anemia cultural-, pero oye, me dije a mí misma, en el relato del deseo te defiendes, como todos los veleidosos. En el relato, por lo menos, que los engranajes ya son otra cosa -y sólo marchan si no se comete la torpeza de desmontarlos para entenderlos-.

¿Por qué me entusiasman Roberto Álamo, Bardem, Luis Tosar, Paul Dano o Alan Rickman y me quedo gélida con el mismísimo Brad Pitt? Miren: no lo sé. La vida tiene estas cosas. También el bueno de Colin Farrell me dejó en La seducción mortalmente aburrida, con las papilas gustativas de vacaciones, con una tristeza muy rara, parecida a la que uno siente cuando ve a una pareja besarse mal.

Sí. En el deseo llevamos años auscultándonos; pero en la seducción todos somos un poco bisoños, porque cada cuadrilátero es una historia. Entre los breves apuntes: uno, lo importante no es follar, lo importante es el contexto -o, si quieren, como decía Pessoa, lo fundamental del amor es lo que lo rodea-. En la película el contexto es delicioso, pero Coppola se pone muy esteta e ignora nuestro mejor secreto como civilización: debajo de tantas capas de diplomacia, seguimos debiéndonos a la suciedad.

Dos, el capricho físico no tiene nada que ver con la belleza del otro, sino con algo menos canónico y más oscuro: algo que está, quizá, en el sonido de una risa, en el olor, en el tacto, en el ping-pong dialéctico, en el látigo imperceptible de la pestaña. No sé ustedes, pero yo me he quedado noqueada alguna vez con una carcajada perfectamente ejecutada, libre, limpísima, y se me han contraído las piernas. Colgarse de una risa -de sus ojos guiñados y su barbilla oscilante, redimida- es muy parecido al amor: inexplicable, sombrío. Ya quisiera esa autoridad ese Colin Farrell de rasgos preceptivos que arrastra la perversión de un chupete.

Tres. Hay un aviso, siempre. El deseo tiene ese decoro: el del golpe primero, el de “huye o juega, pero no balbucees”. Y después todo eso tan hermoso que ha muerto a manos de Tinder: el ser conscientes de que cuando se enseñan las cartas, se acaba la partida. Todos empezamos de cero en cada conquista, todos hemos entendido que nadie, por suerte, es infalible, todos nos hemos puesto alhajas -como las cursis de la peli- y hemos comprobado, no sin cierto patetismo, que no sirven para nada, todos hemos experimentado celos verdosos y todos nos hemos vengado de forma más o menos poética -esto ya según la elegancia-. Pero ninguna de estas similitudes entre la sentimentalidad humana y La seducción me conectó en ningún momento con la historia: por poco reveladoras, por superficiales.

Me niego a creer -repito, desde mi corta educación cinematográfica, pero con mi derecho al desencanto a nivel usuario- que la de Coppola trascienda a reflejar ni un milímetro del alma de la mujer: no albergamos en el pecho esa casa de locas. No sacia mis ansias feministas que Colin Farrell sea un animal pánfilo, sin maldades: el sexo y la violencia requieren de un contrario a la altura. No, menoscabar la virilidad de un hombre no te subrayará como mujer. La poderosa Nicole Kidman no asume que el despecho no sólo es antierótico, sino que practicarlo jamás hizo a una ganadora.

Es irónico: tal vez en los setenta, cuando se estrenó El seductor, el espectador aún pudiese encontrar en el cine el morbo que no rascaba en su vida. Hoy, en medio del neoliberalismo rústico y su espesa oferta sexual, nos estamos volviendo unos reprimidos culturales. O peor: hemos dejado de reinventar las posibilidades del cuerpo. En seducción hemos desaprendido, es obvio -miren ahí a la gente en sus aplicaciones, llamando “tomar un café” al “echar un polvo”- y el sexo lo hemos cursado tanto que nos hastía. Quizá algún día, de nuevo, una risa. Quizá algún día, otra vez, la tensión dialéctica y las cartas boca abajo, en partida tirante y lenta. Mientras, contra la oquedad existencial, nos quedan las hamburguesas.

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Estas son las mejores imágenes del eclipse solar de 2017

Redacción TO

Foto: GEORGE FREY
AFP

Estados Unidos ha sido el mayor afortunado a la hora de contemplar la belleza del eclipse solar que ha tenido lugar este lunes. La Luna se ha interpuesto entre la Tierra y el Sol, ofreciendo en algunos lugares del mundo un espectáculo visual del que los estadounidenses han sido los espectadores más privilegiados, ya que este país ha sido el único donde se ha podido ver el eclipse solar total.

La última vez que Estados Unidos presenció un eclipse de estas características fue en 1979, y el próximo que podrá ver será en el año 2024. Por eso este año, el país se ha convertido en el lugar de peregrinación de todos aquellos aficionados a la astronomía y a muchos curiosos que quieren presenciar este extraño fenómeno, que ha comenzado en Oregón y ha acabado en Carolina del Sur.

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El eclipse solar visto desde la Bahía Depoe, en Oregón. | Foto: Mike Blake/ Reuters

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El efecto del anillo de diamante se observa en Madras, Oregón. | Foto: NASA/ Reuters
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El Sol forma una Luna creciente durante el eclipse solar en Charleston, Carolina del Sur. | Foto: Mandel Ngan/ AFP

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La Luna comienza a pasar frente al Sol en el Lago Ross, en Washington. | Foto: NASA/Reuters
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Las nubes oscurecen el eclipse solar en Mount Pleasant, Carolina del Sur. | Foto: Randall Hill/Reuters
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El eclipse solar visto desde el instituto de Madras, en Oregon. | Foto: Jason Redmond/Reuters

Sin embargo, también se ha podido observar este fenómeno astronómico desde otros lugares, como México, desde donde también han llegado imágenes que muestran la belleza de este esperado fenómeno astronómico. En España, el mejor lugar para ver el eclipse solar, aunque solo de una manera parcial, han las Islas Canarias. También se ha podido observar de manera parcial en lugares como Galicia o Cáceres, pero no ha tenido esta posibilidad la parte occidental del país.

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El eclipse solar parcial visto desde Ciudad de México. | Foto: Alfredo Estrella/AFP
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Vista del eclipse solar parcial visto desde el Museo de Historia Natural de Ciudad de México. | Foto: Pedro Pardo/ AFP

Así lo han visto los estadounidenses

Este eclipse solar ha sido un fenómeno muy esperado en varios lugares del mundo, pero especialmente en Estados Unidos. A lo largo del día, numerosas personas se han concentrado en distintos puntos del país para encontrar el mejor punto para poder ver sin ningún obstáculo el paso de la Luna frente al Sol. Nadie ha querido perderse este inusual fenómeno, e incluso el propio Donald Trump ha sido fotografiado disfrutando del eclipse desde la Casa Blanca.

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Donald Trump y Melania Trump ven el eclipse solar en la Casa Blanca. | Foto: Kevin Lamarque/ Reuters
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Un grupo de gente observa el eclipse solar desde el estadio Saluki en Illinois. | Foto: Scott Olson/ AFP
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Un grupo de gente observa cómo se aproxima el eclipse solar en Tennesee. | Foto: Jonathan Ernst/ Reuters

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Las señales para descubrir si eres más inteligente que la media

Redacción TO

Foto: Reuters

Todos creemos ser más inteligentes que la media, todos creemos llevar la razón todo el tiempo. Pero la verdad sea dicha: no siempre es así. Siempre hay quien se siente por encima, y en la mayor parte de las ocasiones de forma injustificada. La ciencia ha buscado modos de descubrir aquellos gestos que demuestran inteligencia, más allá de las opiniones que podamos ofrecer –a veces sin que nos pregunten- en una conversación cualquiera. El diario británico The Independent ha recopilado seis que, de acuerdo con varios estudios, pueden demostrar que –esta vez sí– podemos considerarnos más inteligentes que la mayoría de nuestros congéneres.

1. Eres sarcástico

Un estudio dirigido por la profesora Francesca Gino apunta que el sarcasmo es un mecanismo de creatividad indiscutible que requiere de una energía cerebral particular. “Para crear o descifrar el sarcasmo, tanto quien se expresa como el receptor necesitan superar esa barrera de la contradicción (es decir, la distancia psicológica) entre el significado literal y el real”, explica. “Se trata de un proceso que se activa con las abstracción, y que como tal promueve el pensamiento creativo”.

2. Eres políglota

Hablar más de un idioma ayuda a disminuir el riesgo de desarrollar enfermedades como el Alzheimer o la demencia. También favorece a la agilidad mental y, como demuestra este estudio, el desarrollo de nuestro cerebro.

3. Eres el hijo mayor

Una investigación apunta que los hijos pequeños tienden a tener un coeficiente intelectual inferior que los mayores. Con todo, no tendría que ver tanto con el aspecto genético como con el ambiente familiar.

Las señales para descubrir si eres más inteligente que la media
Ned Flanders, el zurdo más popular. | Fuente: The Simpsons/Fox

4. Eres zurdo

Los zurdos no solo representan un 10% de la población, sino que proporcionalmente son más inteligentes que los diestros. A los zurdos se les ha reconocido una serie de atributos cognitivos superiores a los diestros, aunque no en todos en todos los casos.

5. Eres gracioso

Que un hombre o una mujer sea gracioso es una ventaja competitiva desde un punto de vista social: eso nos convierte en más atractivos. Varios estudios demuestran que el sentido del humor está relacionado con una mejor capacidad para hacer razonamientos abstractos. Además, una broma comprende un mecanismo por naturaleza complejo, y nuestra capacidad para descifrarlo define nuestra inteligencia.

6. Dudas de ti mismo

Como dijo Sócrates, “solo sé que no sé nada”. Las personas capaces de asumir sus errores y corregirlos demuestran una mayor inteligencia. Este es un punto claro: si crees que siempre tienes razón y eres incapaz de rectificar, tienes altas probabilidades de ser menos inteligente que la media.

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Recrean los últimos pasos de Diana Quer tras un año sin rastro de la joven

Redacción TO

Foto: RRSS

El pasado 22 de agosto de 2016 la joven madrileña Diana Quer desaparecía cuando regresaba de madrugada a su casa de verano en A Pobra do Caramiñal (A Coruña). Eran las fiesta de la localidad. Miles de personas visitaban este municipio situado en la comarca de El Barbanza.

A las 2.40 de la madrugada escribió un mensaje de whatsapp a un amigo: “Me estoy acojonando, un gitano me está llamando”. A las 2.42 añadió que la había acosado: “morena, ven aquí”. En ese momento su amigo le preguntó qué le ha contestado. Diana ya no respondió. Entre las 2.42 y las 2.46 de la madrugada, la señal de su teléfono demuestra que Diana estuvo en la misma zona. Lo que ocurrió en ese breve espacio de tiempo es una incógnita aún sin resolver.

Un año después, la Guardia Civil ha elaborado una hipótesis que es la que considera más probable. Un coche ocupado por “al menos” dos hombres abordó a la joven madrileña poco después de que enviara esos mensajes. A las 2.53 el teléfono móvil de Diana estaba ya en Boiro, a 16 kilómetros de A Pobra; a las 2.58 en Taragoña, donde sus secuestradores lo lanzaron a la ría. El móvil dejó de emitir señal bajo el agua a las 4.10 de aquella madrugada. Un mariscador localizó el dispositivo bajo un puente dos meses después. De Diana ni rastro. Incluso ahora hay expertos que cuestionan que el móvil y la joven viajasen en el mismo coche.

Desde entonces todas las cámaras fueron rastreadas sin que por el momento exista una sola imagen que ayude a aportar datos sobre esta marcha. Al margen de la pista del móvil, los agentes han centrado su investigación en la declaración de dos testigos que dijeron haber visto a un hombre “con mala pinta” esperando a Diana en el muelle de Taragoña.

Esta madrugada un nutrido grupo de efectivos de la Guardia Civil se han vuelto a desplazar al municipio coruñés para realizar una nueva inspección del escenario aprovechando la repetición del ambiente en el que el pasado 22 de agosto se perdió el rastro de la joven.

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