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Will Brooker: “Los fans somos co-creadores de David Bowie, él no existiría sin nosotros”

Beatriz García

Foto: Will Brooker

El escritor y profesor de la Universidad de Kingston, Will Brooker, conoce mejor que nadie lo que es estar dentro de la cabeza de David Bowie. Pasó un año viviendo como Bowie, respirando como Bowie, vistiendo y maquillándose como él, transitó todas las fases y cambios de estilo de su carrera, visitó los mismos lugares, padeció sus extrañas dietas y la falta de sueño, leyó los mismos libros sobre ocultismo y ciencia ficción, y experimentó la fama como lo hizo Bowie hasta incluso llegar a afirmar que jamás volvería a ser él mismo. Una investigación gonzo que le cambió la vida y que recoge en el libro ‘Forever Stardust’ y en el documental ‘Being Bowie’.

Con él viajamos al cerebro y corazón de uno de los mayores iconos musicales de todos los tiempos .

¿Por qué decidiste pasar un año siendo David Bowie en vez de convertirte en Lou Reed u otro gran icono de la música? ¿Qué tiene Bowie tan fascinante?

Admiro muchísimo a Lou Reed. Fue su muerte la que me impulsó a escribir sobre Bowie, porque me di cuenta de que los iconos culturales se estaban hacienda mayores y quería homenajear a David Bowie mientras todavía estuviese vivo. De hecho, me hubiera gustado haber publicado ‘Forever Stardust’ en el setenta cumpleaños de Bowie.

A mi modo de ver, Bowie es más complejo y fascinante que cualquier otra estrella del pop y el rock. Por una parte, tiene una carrera larguísima, más que Madonna o Freddy Mercuri; también ha transitado por muchas etapas y cambios de imagen que lo distinguen de otros artistas como Dylan o Reed, y ha empleado diferentes medios artísticos que lo diferencian de Michael Jackson y de Elvis. Es cierto que hay muchos iconos de la música, pero Bowie es el artistas más interesante de las últimas cinco décadas y yo he sido fan suyo durante años.

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Will Brooker como Ziggy Stardust. | Foto vía Will Brooker.

‘Forever Stardust’ no es una biografía ni tampoco un ensayo al uso, sino un trabajo de introspección muy evocativo y también un mosaico. Es como si nos dijeras: ‘Todos somos Bowie”. ¿Se ha convertido Bowie en un arquetipo universal?

No intentaba que fuera introspectivo, sino un proyecto que mostrase cómo diferentes lectores pueden extraer diversos significados del libro, igual que extraemos diferentes significados del trabajo de David Bowie.

Al principio me centré en estudiar temas clave a través del trabajo de Bowie, como el lugar, la identidad, el género, el otro, el yo, América, etc. Inevitablemente, esto cambió durante la investigación y se convirtió en un proyecto más personal. Pero sí, la idea era que Bowie es un mosaico hecho de diferentes encarnaciones y su trabajo está nutrido de diferentes influencias y también de los significados que el público le da.

Parte de mi argumento es que nosotros ayudamos a crear a ‘David Bowie’. David Bowie es, o al menos es lo que sugiero, una idea y no un hombre de carne y hueso. Es un concepto, una creación de David Jones y sus fans.

Transitaste cuatro o cinco décadas en la vida de Bowie en tan solo un año. ¿Cómo te fuiste convirtiendo progresivamente en David Bowie? ¿Qué períodos de su vida y carrera fueron más duros de experimentar?

Traté de conectar  con las experiencias claves de Bowie durante diferentes épocas, vivenciándolas tan cerca como pudiera y asumiendo los roles que él había creado. Esencialmente, lo que intentaba era utilizarme a mí mismo como objeto de estudio, colocándome en situaciones y examinando cómo me sentía. Poco a poco, fui entendiendo a cada uno de los Bowies de las diferentes etapas de su carrera, lo encarné desde la vestimenta, el cabello, el maquillaje, los viajes que emprendió, me subí a un escenario para interpretar sus canciones y también adopté parte de su estilo de vida, como la dieta de pimientos rojos y leche que siguió a mediados de los años setenta. También tuve mucha atención mediática durante ese tiempo y la acepté porque me ayudó a entender todavía más lo que significa ser una figura pública.

David Bowie es otra dimensión, la ‘dimensión Bowie’, y su forma de ver el mundo transformó la vida de muchas personas

Lo más duro fue escribir el libro justo después de la muerte de Bowie, porque la escritura es un proceso muy solitario y tenía que redactar 70.000 palabras sobre mi héroe, que había fallecido trágicamente. Sin embargo, fue divertido ser entrevistado por los medios, interpretar sus canciones ante el público, viajar por todo el mundo y sumergirme en las películas, la música y las novelas que leyó. Y la etapa que recuerdo como mayor placer fue cuando encarné al alter ego Thin White Duke y el Bowie de 1983, el chico normal y mainstream de la MTV con toneladas de energía y una actitud muy extrovertida.

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Brooker como Jareth el rey de los Goblin. | Foto vía Will Brooker.

¿Cómo afectó a la carrera y la vida de Bowie su afición a la ciencia ficción, la literatura ocultista, la filosofía de Nietzsche y la magia? Su proceso creativo también era peculiar, ¿no?

Bowie pasó por fases en las que se interesó por ciertas formas de arte y conocimiento y su alter ego Thin White Duke sí recibió esas influencias cuando Bowie vivía en Los Ángeles a mediados de los años setenta. Aunque mi impresión es que no fue un periodo demasiado saludable ni alegre en la vida de Bowie.  De acuerdo a muchas fuentes, tenía visiones delirantes y se volvió paranoico, además de que por aquel tiempo tenía una adicción bastante fuerte a la cocaína.

Irónicamente, produjo en ese tiempo su obra maestra, el ‘Station to Station LP’, que muestra claramente la influencia del ocultismo y vuelve a ello en el vídeo de su trabajo final, ‘Lazarus’.

Más que un artista camaleónico, Bowie parece haber inventado otro planeta, otro universo a su medida…

Se podría decir que todos los artistas inventan sus propios universos. Cada artista construye su forma de ver el mundo y nos invita a entrar.

Bowie era particularmente fascinante y al invitarnos a compartir su forma de ver el mundo transformó las vidas de muchas personas. Es como otra dimensión, la dimensión Bowie. Quizás es una dimensión mejor, más interesante y extraña que nuestras vidas ordinarias.

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Aladdin Sane, uno de los alter-egos más famosos de Bowie. | Foto vía Will Brooker.

El propio Bowie tuvo multitud de máscaras, como la del alienígena bisexual Ziggy Stardust. ¿Cuántos Bowies hay? Él mismo parecía una matriuska de alter egos…

 Podría contar todos los personajes que hay en Bowie, pero cada uno de nosotros sacaría sus propias cuentas. Hay diferencias entre los personajes que él mismo “habitó” y aquellos que mencionó en sus canciones. Por ejemplo, alguien puede decir que el Mayor Tom y Halloween Jack, personajes de sus canciones, son versiones de Bowie, pero para mí existe una diferencia entre ellos y Ziggy Stardust, que fue un alter ego suyo.

“Al intentar ser más como David Bowie conseguí ser una versión mucho más creativa, completa y mejor de mí mismo”

Algunas de las diferentes imágenes de Bowie –su estilo en ‘Let’s Dance’ de 1983 y su peinado pelirrojo en ‘Earthling’ – no tienen nombres. Otros, como Jareth de ‘El Laberinto’, fueron creados para películas. ¿Es ‘Bowie en Berlín’ un personaje? Yo nunca usaría ese término, pero algunos fans y críticos lo hacen. Así que depende de cómo nosotros definamos los términos ‘alter ego’, ‘personaje’ o ‘fase’.

Los principales alter egos de Bowie fueron puntuales. Ziggy Stardust, Aladdin Sane y The Thin Duke, sus más famosas encarnaciones, fueron todas de principios a mediados de los años setenta.

Estuviste en cada una de las ciudades en las que David Bowie vivió o visitó, seguiste su misma dieta, copiaste cada cambio de estilo y maquillaje, e incluso fuiste cantante en un grupo tributo a Bowie, y todo para entender a la celebridad… ¿Descubriste algo sobre Bowie? ¿Y sobre ti mismo?

Sería complicado explicar en pocas palabras todo lo que llegué a descubrir y percibir sobre la vida y el arte de Bowie y creo que está mejor expresado en ‘Forever Stardust’. El capítulo más experimental se titular ‘Sailor’ (marinero) e intento construir una biografía de Bowie explorando la tensión entre el experimento y la seguridad que estructuran su carrera artística.

Respecto a mi propia vida, redescubrí algunos placeres creativos que había dejado de lado. Esta investigación me animó a ser mucho más valiente y expresarme de forma más creativa en mi forma de vestir y comportarme y también empecé a dibujar y a cantar de nuevo. Pienso que me ayudó a descubrir cosas que disfrutaba mucho haciendo cuando era niño y que abandoné al llegar a la adolescencia, cuando fui más consciente.

La lección que aprendí de mi experiencia como Bowie es que al intentar ser más como él conseguí ser una versión mucho más creativa, completa y mejor de mí mismo.

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Foto de una presentación en vivo de Brooker. | Foto vía Will Brooker.

Hay una reflexión importante sobre la identidad como construcción, especialmente en el caso de las celebridades… ¿Crees que David Bowie acabó con David Jones?

No, no lo creo. David Jones continuó siendo la parte privada de ‘David Bowie’, la parcela de él mismo que tenía una esposa, hijos y amigos muy íntimos. Bowie simplemente era la imagen pública de un hombre bastante tímido y que a medida que fue envejeciendo quería tener una vida personal y privada, lo cual me parece bastante justo.

En una entrevista dijiste que ya no volverías a ser Will Brooker nunca más…

Fui bastante provocador en esa entrevista, como lo era Bowie en muchas de ellas. Quería ver qué ocurría, qué reacción me provocaría si me metamorfoseaba por completo en el personaje y cómo iba a sentirme. Fue un experimento de perderme en el Bowie de 1997.

“La exposición ‘Bowie is’ es lo más cerca que se puede estar del interior de la cabeza de David Bowie, una experiencia única”

A veces cuando dices algunas cosas, empiezas a creértelas. Tal vez me lo creí parcialmente e intuyo que a Bowie le ocurrió lo mismo cuando proclamó que él era Ziggy Stardust. Se metió en la piel del personaje, pero no hay duda de que cuanto más lo decía, más se hacía realidad para él.

La industria de la música crea grupos y cantantes como productos culturales, pero la mayoría no se convierten en iconos. Parece que la fórmula no existe… ¿El héroe musical nace o se hace?

La creación de un icono es una dinámica entre el artista y la audiencia. Aunque la imagen de un artista pueda construirse, necesita nuestra aprobación. Nosotros también participamos en la creación de un icono.

En el documental ‘Being Bowie’ se percibe lo duro que fue para ti la muerte de David Bowie. ¿Cómo afectó a tu investigación?

Fue bastante complicado seguir adelante cuando Bowie murió, sí, pero no podía abandonar el proyecto. Siempre significó un tributo y una celebración y debía seguir siéndolo.

Todos los fans de Bowie padecimos un duelo real, pero empecé a escribir y me dije a mí mismo que escribiría al menos cien palabras al día y en tres meses el libro estuvo terminado. Me sumergí en el proceso y quizás fue la mejor manera de afrontar la pérdida.

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Imagen del interior de la exhibición “David Bowie”. | Foto: Mark Gambino vía Musseu del Disseny.

La exposición ‘David Bowie is’ llegó en mayo a Barcelona. ¿Nos aconsejarías algo para disfrutarla al cien por cien?

‘Bowie Is’ es una exposición diferente en cada ciudad. La he visto en tres lugares y siempre ha sido diferente, así que los visitantes deberían recordar que es una experiencia única. También os diría que es lo más cerca que vais a estar del interior de la cabeza de David Bowie.

Pero también creo que somos co-creadores de David Bowie; él no existiría sin nosotros. Para cada uno de nosotros David Bowie significa una cosa y todos estos sentidos e interpretaciones son válidos y correctos. Así que al ir a la exposición estáis creando vuestro propio Bowie. Un Bowie personal.

¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?

Sí, es un libro entre la ficción y los hechos sobre la cultura norteamericana desde Kennedy a Donald Trump. Es el proyecto más ambicioso en el que me he embarcado hasta el momento.

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Continúa leyendo: La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos”

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos”

Beatriz García

Foto: Leticia Hueda

– ¿Quieres saber cuál es la mejor forma de guardar un secreto?

– Habla más bajo, te van a oír todos…

– Si susurrásemos, sospecharían. La mejor forma de guardar un secreto es exponerlo a la vista de todos.

(Conversación entre dos agentes secretos, pongamos que tú y yo…)

Conocí a Servando Rocha (Santa Cruz de La Palma, 1974 – tal vez deberíamos dudar también de eso) en dos lugares y dos épocas diferentes. En la primera ocasión, me sentí invisible; en la segunda, me enorgullecí de serlo. Y tal vez ocurra lo mismo contigo, lector. Si es así, si el Ojo de Horus de William Burroughs también te vigila desde la portada de un libro, sabrás entonces que ese libro es ‘La Horda: Una revolución mágica’ (La Felguera, 2017).

La entrevista que sigue sí tuvo lugar, aunque si sucedió o no en la forma en que lo cuento carece totalmente de importancia. El propio historicismo, me dice Servando, “es una manera de manipular y maquillar la historia”. La manipulación de la manipulación, de eso trata La Horda. Además de otras muchas cosas que iremos viendo en tanto nos  internamos por los fétidos callejones y subterráneos del París de 1623, una ciudad devastada por la Guerra de los Treinta Años donde hay espías por todas partes, alquimistas que trabajan como mercenarios a las órdenes de católicos o protestantes y una comunidad invisible, nacida al abrigo de los rosacruces, que ha existido a lo largo de los tiempos y de la que tal vez tú, lector, acabes formando parte.

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El ojo de Horus de William Burroughs nos vigila desde la portada.

– Ése no es el principio de ‘La Horda’, o sí, pero deberías primero hablar de Morgana. Porque Morgana es como Pandora y su caja, aunque nadie sepa quién es… – Servando no susurra. Es un agente secreto dedicado a revelar secretos.

– ¿Te refieres al compilador del manuscrito que encontraron en un apartamento en Londres en los años ochenta después de la explosión? ¡Bah! No sirve de nada hablar de alguien del que ni siquiera sabemos si ha existido… Seguro que se lo inventó algún gracioso; por ejemplo, tú.

– De eso se trata. ‘La Horda’ es un libro sobre verdades que se emancipan de las mentiras para ser verdades absolutas y de secretos que a su vez se alimentan de otros secretos. Antes mencionabas a la Hermandad de la Rosacruz: hay muchos investigadores serios que creen que los primeros rosacruces fueron un invento de unos pocos, no así la segunda y la tercera generación, que creyeron en la primera, y así sucesivamente… Creer en algo hace que acabe existiendo –concluye Servando.

Caminamos intentado detectar energías ocultas en ese París renacentista y decrépito recreado por el editor de La Felguera, que cada vez nos recuerda más a un decorado expresionista, una mezcla de ‘El Gabinete del doctor Caligari’ y El ‘Jorobado de Notredame’ de Víctor Hugo. Y hay que avanzar con cuidado, evitando determinadas zonas muertas donde los Despiertos, enemigos de las células invisibles, son fuertes y peligrosos. Las ciudades de ‘La Horda’ están vivas, son ciudades que dialogan contigo. “El subsuelo tiene memoria”, leo en esta singular novela trampa por la que transitamos igual que si cruzásemos un laberinto de falsos espejos, un mapa en el que encontrar un tesoro oculto.

– En el fondo –dice Servando-, este pasear sin rumbo es una forma de conectar con el territorio. Ocurre a menudo, cuando caminas por una ciudad y de repente llegas a un lugar que te afecta de una forma especial. También Ramón del Valle-Inclán lo hacía, la naturaleza y el paseo inspiraron sus iluminaciones; era profundamente esotérico, un seguidor de la teosofía.

—–MOMENTOS PROMOCIONALES: La Felguera publicará próximamente ‘La lámpara maravillosa’ de Ramón del Valle-Inclán, con prólogo de Javier Sierra. FIN DEL COMUNICADO.—–

 

– Sí, bueno, pero ahora estamos tú y yo a merced de Ardenti, el cazador de invisibles que me cae tan bien aunque quiera acabar con nosotros, y no tenemos una triste varita…

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Se avecina una revolución mágica. | Foto: Leticia Hueda.

Servando empieza a recitar un fragmento de ‘El matrimonio entre el Cielo y el Infierno’ de William Blake: “Entonces pregunté: ¿Para que una cosa exista basta la firme convicción? Respondió: Todos los poetas lo creen”.

– Pero podemos utilizar el ingenio poético. La magia es eso, imaginación creadora. Lo hacían Baudelaire y Mallarmé, y también los grandes iconos ocultistas como Alan Moore o Aleister Crowley. Si conociéramos a nuestros héroes del romanticismo y las vanguardias nos parecerían humanos, demasiado humanos. Y no importa si empleaban la meditación, las drogas o el paseo, puedes tener una experiencia extática incluso escuchando música o cuando te enamoras.

La revolución y la magia tienen en común su voluntad de transformación, pero para ello hace falta ver más allá de los límites de esta realidad ordinaria. “Ver”, como dice el autor de ‘La Horda’, “en cursiva”. Me habla de que vivimos con la mirada más atrofiada, que caminamos sin estar conectados al presente. Tal vez, le digo, necesitamos un Apocalipsis o una revelación.

– Lo malo del Apocalipsis es que siempre está por llegar.

– Vas a hacerme llorar… Mal asunto.

– Mejor eso que arder en la hoguera como Giordano Bruno, acusado de herejía. Lo curioso de todo es que no se equivocaba, ese gran astrólogo, filósofo, poeta y mago auguró que allá donde habían levantado una pira erigirían más tarde una estatua en su honor. Y así fue. Él es una de las mentes fundacionales de La Horda. Su semilla.

Dime una cosa, en la novela cuentas que el mago John Dee y Bruno se conocieron realmente, que igual que otros invisibles que les siguieron intentaban eliminar las guerras de religión y crear una fraternidad en la tierra. ¿Eso es cierto?

– ¿Cierto? Tiene gracia que lo preguntes a estas alturas.

Hubo un tiempo en que el arte y el ocultismo, y el ocultismo y la política no estaban separados. Magos y alquimistas como John Dee oficiaban de consejeros en las cortes europeas y más tarde Bakunin, principal ideólogo del anarquismo, inventó cientos de sociedades secretas que jamás existieron. Pero, ¿y si sí lo hicieron? ¿Y si la todas las teorías de la conspiración fuesen ciertas?, se pregunta y me pregunta Servando, invocando a esos invisibles de todas las épocas y nacionalidades presentes en ‘La Horda’, como el escritor William Burroughs o el situacionista Alexander Trocci, quien habló de ‘la invisible insurrección de un millón de mentes’. Porque herejes y revolucionarios son lo mismo, los primeros precedieron a los segundos.

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Un libro repleto de juegos tipográficos y enigmas página tras página.

Los caminos se estrechan, el Mapa de los Laberintos de Giordano Bruno, que seguimos a medida que leemos ‘La Horda’, parece querer plegarse y todavía no hemos encontrado Arcadia, el fabuloso manuscrito que todos los invisibles, nosotros incluidos, hemos querido tener en nuestro poder. Tendremos que seguir creyendo en su existencia, en tanto París se nos sacude y, a lo lejos, presentimos las manecillas del Big Ben.

Londres, en algún punto del pasado cercano…

Una fachada herrumbrosa nos separa del final de la entrevista. “No podrán detenernos porque no existimos”, leemos a dúo como si conjurásemos la misma frase que fue lema de la Angry Brigade, la guerrilla urbana que sembró de atentados Reino Unido a principios de los años setenta. Esa misma invocación, esa llamada, sobrevuela ‘La Horda’.

– ¿Hay alguien ahí? – Un hombre con el cuello cortado, un antiguo miembro de los Angry Brigade, entra con nosotros en la casa okupada cuyas primeras plantas están totalmente calcinadas a causa de un reciente incendio. Afuera, en el patio, hay una hoguera y algunas personas alrededor.

– Son como nosotros, gente fuerte, gente que cree en lo mismo que nosotros – nos dice, o tal vez se lo dice sólo a Servando, o se lo dijo, mejor dicho, aquel día, años atrás, en que viajó a Londres para reunirse con supuestos miembros de esta antigua brigada furiosa y escribir ‘Nos estamos acercando. ‘La historia de Angry Brigade’ (La Felguera, 2004).

Fue ese mismo día, sí, y no otro cuando acabaron recorriendo las calles de Londres a 150 kilómetros por hora mientras el tipo del cuello cortado gritaba “¡Que le den a los pacifistas!” y le hablaba a Servando de guerrillas informativas y ‘bobbies’ asustados. Y ahora que el inglés nos hace, o le hizo, subir hasta las últimas plantas, rodeados de murales de hombres armados, el editor de La Felguera me señala una pintada:

‘Esta no es la salida’.

– Pero, ¿ y si…? –murmura.

– ¿Y si qué?

– ¿Y si hubiera una puerta detrás de ese muro?

Y si detrás de esa puerta estuviera William Burroughs mirándonos, su Ojo de Horus desde los estantes de las librerías, en la portada de un libro. Un libro que se titula ‘La Horda’ y que estás llamado a leer.

Pd. Si quieres unirte a La Horda no te esfuerces en buscarlos. Cuando llegue el momento, si estás preparado, ellos te encontrarán a ti.

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Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano”

Beatriz García

Foto: Gunther Von Hagens
Gunther Von Hagens

Dice la asirióloga e historiadora Érica Couto-Ferreira que “somos porque nuestros cuerpos existen” y aunque el suyo se refleje, como es natural, en la superficie de los espejos, los evita desde niña porque los asocia a presencias sobrenaturales que se mueven a través de ellos. También le recuerdan a la muerte, esa muerte material, de la carne, que le provoca tanta fascinación como miedo. Conocida por los amantes del género por el podcast literario ‘Todo tranquilo en Dunwich’, que conduce junto a José Luis Forteza, esta gallega que vive en Italia, país en el que cada iglesia hay criptas con osarios, reliquias de santos y cuerpos incorruptos expuestos en vitrinas, ha cambiado las ruinas y los ritos de civilizaciones antiguas por los teatros anatómicos del siglo XIX, las sociedades de petrificadores, los cuerpos convertidos en arte y la obsesión por parecer eternamente dormidos, inmortales, en un libro que desentierra uno de los mayores tabúes de nuestra sociedad: la muerte física y la forma en que nos acercamos a ella.

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Érica Couto-Ferreira. Foto via Érica Couto-Ferreira.

El libro ‘Cuerpos. Las otras vidas del cadáver’ (Ed. Gasmask, 2017) es tanto una reflexión sobre el buen y mal morir como un viaje histórico, inquietante y, si se me permite, bastante divertido hacia los mil y un usos del cadáver como objeto político, médico, técnico, artístico y como depositario de la memoria familiar. Un retablo de anécdotas y referencias literarias sobre diarios de verdugos, difuntos convertidos en arte, danzas macabras, vampirismos y aquellos científicos y artistas que creyeron que muertos somos más longevos que vivos.

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Lección de Anatomía, de Rembrandt

A mí la idea de morirme me aterroriza, pero me gusta pasear por los cementerios. Raro, ¿no?

Es que la muerte que queremos ver es una muerte exótica, estética, hermosa, o  bien marcada por la normalidad, como la muerte que sucede de forma violenta, por guerras, terrorismo… Pero el fallecimiento cotidiano por vejez o enfermedad es lo que nos espanta, porque está en nuestro día a día y nos recuerda que nosotros también vamos a morir. Lo que nos atrae es el carácter morboso de la muerte ficticia, la artística, la que no vamos a vivir.

Pienso en las catacumbas de Palermo o en las obras de Fragonard que aparecen en el libro y ya no sé si el arte imita a la vida o la muerte al arte.

Y además muchas de estas obras evocan belleza e incorruptibilidad, y eso no es realmente la muerte, que es putrefacción y decadencia. Y en parte está ligado a que hasta época muy reciente la ciencia y el arte no estaban separados. Por ejemplo, los médicos del siglo XIX y principios del XX estudiaban lenguas clásicas, poesía y arte, y estaban en contacto con grupos intelectuales y literarios, lo que les permitía conjugar más elementos en sus investigaciones y preparados. Y considero que eso lo hemos perdido con la especialización que existe hoy en día.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 2
El jinete del anatomista Honoré Fragonard

Pero no siempre hubo esa obsesión por embellecer e inmortalizar la muerte…

No, en época medieval encontramos manuscritos iluminados y detalles de iconografía arquitectónica que muestran la muerte real, que es el esqueleto que baila. Al inicio de la edad moderna todavía está muy presente y, poco a poco, se abandonan esos motivos y vamos hacia la idea del muerto vivo, del muerto incorruptible, del muerto dormido.

Cuentas en el libro que algunas familias del siglo XIX tenían las costumbre de exhibir el cadáver de sus difuntos en el salón de casa. Pienso en Martin van Butchell, el excéntrico dentista londinense que embalsamó a su mujer y la colocó en su consulta…

Sí, Butchell tenía fama muy merecida de excéntrico, pero cuando se casó por segunda vez a la nueva esposa no le gustaba la idea de que tuviera expuesto el cadáver de la primera y lo donó al Hunterian Museum de Londres. En cuanto a lo que comentas de los muertos en los hogares, imagino que no habrían muchas familias que pudiesen acceder a ese tratamiento, pero nos habla de una sociedad con menores restricciones legales y sociales a ese respecto. Hoy en día un comportamiento así sería imposible, pero en el siglo XIX todavía podías mantener cerca a los propios difuntos de manera literal.

“El Museo Lombroso de Torino está plagado de cabezas de criminales que fueron sumergidas en formol para servir de ejemplo”

Igualmente, hay comportamientos muy similares hoy en día aunque las formas hayan cambiado. Creo que hay empresas en Japón que fabrican reproducciones exactas de tus hijos muertos y hace unos meses también una compañía proponía realizar vinilos utilizando cenizas del muerto y con la posibilidad de escuchar su voz grabada. No creo que estemos volviendo al pasado, pero tenemos la misma necesidad de lidiar con la muerte y el duelo.

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Las catacumbas de Palermo

¿Estamos perdiendo el pudor a la muerte?

A mí me gustaría pensar que sí, pero tengo mis dudas. Creo que este tipo de encargos que predomina es ficticio, solamente estético, como ir un paso más allá de lo que es la tanatomorfosis y la aniquilación del cuerpo. Me refiero a saltarse esa fase entre la agonía y el después, porque igualmente uno no quiere ver la parte más terrible del cuerpo que se deshacen. Es otro mirar a un lado, o más allá del cadáver.

¿Y eso de que la muerte nos iguala a ricos y pobres?

Nadie puede escapar a la muerte  y eso es cierto, pero no nos iguala. No es lo mismo morir apedreado porque el gobierno de tu país así ha decidido hacer justicia o morir como el gran dictador que nunca ha pagado por sus crímenes y al que realizan un funeral de estado que dura una semana.

“Siento una fascinación ilimitada por la muerte y los cadáveres, pero también me provocan miedo y rechazo”

Por no hablar de quienes antaño aspiraban a vivir eternamente pero no por propia voluntad, como los criminales a los que se les imponían destinos aborrecibles. El Museo Lombroso de Torino está plagado de cabezas de criminales que fueron sumergidas en formol para servir de ejemplo de lo que no debía hacerse.

Así que un cadáver es también un instrumento político…

Lo vemos diariamente, con estas grandes tumbas de generales, dictadores y cabecillas varios que siguen ahí. El mismo Lenin, que quería ser enterrado, sigue en su tumba convertida casi en icono del capitalismo.

Y luego está la venganza en vida y, sobre todo, más allá de ella.

Arqueológicamente se han encontrado muchos ejemplos en distintos periodos cronológicos y áreas de sepulturas que presentan un cadáver enterrado de una manera anormal, que no era consuetudinaria en la cultura o contexto en que ese cadáver se inscribe. En muchos casos era una manera de neutralizar el cadáver o de castigarlo más allá de la muerte, indicando su pertenencia a un credo herético o etnia repudiada… No estamos libres de eso ni cuando nos morimos.

¿Qué te parece que se expongan cuerpos en los museos?

Crea debate y te obliga a pensar y confrontar con otras personas que no piensan como tú. Yo siento una fascinación morbosa por determinadas colecciones, cuando visité el Hunterian estaba emocionadisima, pero al cabo de media hora tuve que salir porque me estaba mareando y tenía náuseas. Eso explica muy bien mi relación con la muerte y los cadáveres, por una parte siento una fascinación ilimitada, pero también una cierta reacción de miedo o rechazo.

Hablas del oficio de verdugo y de las memorias que escribían. Eran peor vistos que el cobrador del frac.

Sí, pero socialmente se estimaba necesario y se ganaban bien la vida, aunque les estuviera vetado el acceso a ciertos espacios públicos y se casasen entre familias de verdugos por su estigma social.

Ya no existen verdugos ni petrificadores pero, ¿se sigue embalsamando gente?

Creo que el Papa Juan Pablo tuvo una embalsamado no permanente para que durase varias semanas incorrupto y poder organizar los funerales de estado, pero ni siquiera hoy duran mucho tiempo. Fue parte de un período de investigación científica y no cuajó por el coste y porque no se consiguió perfeccionar. Aunque es cierto que en países como Estados Unidos hay más tradición, ya que durante la Guerra Civil se embalsamaron muchos cadáveres de soldados para ser devueltos a las familias. En Europa somos más de inhumar o cremar, pero todavía podemos copiar a los norteamericanos…

Como buena gallega, quizás hayas visto algún rito de muerte en los pueblos. He oído que en algunos se siguen haciendo fotografías post mortem.

De fotografía postmortem no sé nada, pero existe todavía una serie de ritos ligados a la muerte o al servicio de ser salvado de la muerte, como las procesiones de las mortajas. Cuando una persona está al borde de la muerte puede hacer un voto con determinado santo y si es salvada su cuerpo es transportado en ataúd, fingiendo que ha muerto, hasta la capilla en la que hizo ese voto. Con los exvotos pasa algo parecido, lo que entregas simboliza tu cuerpo viejo o enfermo, tu vida anterior. Cuando tenía 4 años caí muy enferma y mi familia hizo un voto, cuando me recuperé me llevaron al santuario cubierta con un tul que luego depositaron en el altar y que simbolizaba el cuerpo, el viejo cuerpo enfermo. Quizás sean prácticas menos vigentes ahora, pero se juega mucho con la idea de muerte y de nueva vida.

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Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix”

Clara Paolini

Foto: Clara Paolini
Agencia The Objective

Cine, feminismo y crítica. Tres palabras que caracterizan a la entrevistada y envuelven la conversación. Frente a nosotros, Laura Mulvey, teórica y cineasta británica, pionera del análisis fílmico feminista e incansable pensadora con una admirable habilidad: su pensamiento crítico consigue despertar aletargadas neuronas pensantes en espectadores, lectores e interlocutores, invitándoles a profundizar en el significado que producen 24 fotogramas por segundo.

Corría 1975 cuando Mulvey puso por primera vez en palabras lo que muchas empezaban a sospechar. Con Visual Pleasure and Narrative Cinema la autora dio un instructivo puñetazo en la mesa al explicar el mecanismo con el que el cine clásico de Hollywood logra fascinar al espectador mediante el producto de una mirada falocéntrica que confina a la mujer en objeto pasivo. El miedo y el deseo conjugados mediante el psicoanálisis reducen a fetiche los personajes femeninos, y al presenciar su imagen en la gran pantalla como espectáculo, la audiencia experimenta placeres ligados al voyerismo, el sadismo y la construcción de un ego regido por parámetros patriarcales. El objetivo de Mulvey era argumentar para después derruir aquel orden simbólico. “Suele decirse que analizar el placer, o la belleza, lo destruye. Esta es la intención de este artículo”, aseguraba.

Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix” 1
La mirada masculina, en la cámara, en los personajes y en el espectador. | foto: The Hitchcock Zone

“Usé el cine para crear un discurso político”

Cuarenta años después de aquel incendiario texto, ella misma constata que nunca ha hecho una entrevista en la que no le preguntaran por el ensayo que concibió alejada de pretensiones académicas, sino como manifiesto y arma política: “Visual Pleasure estaba muy influenciado por el movimiento feminista de los 70 y tiene más que ver con ideas políticas que con los estudios fílmicos. Usé el cine para crear un discurso político, como instrumento para llevar mis argumentos más allá”.

Con una modestia sincera, la Mulvey de 2017 no se cansa de delimitar el valor de ese puñado de páginas mitificado como potente revulsivo ante el influjo de la sociedad patriarcal en la gran pantalla: “Es un texto que no podría haber sido escrito antes ni después. Por aquel entonces, la audiencia se sentaba en una sala oscura, miraba lo que ocurría en la pantalla y estaban subordinados al encanto de la película y su narrativa. Absorbían el espectáculo. Hoy en día el contexto es diferente y resulta peligroso generalizar fuera de ése ámbito. Ha perdido relevancia, aunque sí es cierto que sigue sirviendo como punto de partida para que la gente empiece a plantearse nuevas perspectivas. A fin de cuentas esa era la idea, hacer declaraciones chocantes que hicieran a la gente pensar”.

“El espectador posesivo se caracteriza por el deseo de aferrarse a la imagen de tal manera que la convierte en fetiche para disfrutarla al máximo”

Si Mulvey considera anticuado el escrito que la hizo famosa, ¿qué considera relevante a día de hoy la autora? La respuesta se encuentra en Death 24x a Second, un libro en el que sostiene que la digitalización y el botón de pausa han revelado un profunda brecha en el centro de la ilusión del cine: “En él expongo dos tipos de espectador: el posesivo y el pensante. El espectador posesivo es aquel que se caracteriza por el deseo de aferrarse a la imagen de tal manera que la convierte en fetiche para disfrutarla al máximo. Mientras este tipo de espectador se aferra a la imagen, su perspectiva cambia para empezar a pensar sobre su propio proceso. Estas dos visiones acaban equilibrándose hacia lo que propuso Christian Metz al hablar de dos tipos de personas: a las que les gusta la tecnología del cine y las que disfrutan del cine desde una perspectiva exterior al mismo”.

“Hollywood es una máquina corrupta para hacer películas espectaculares”

Con la mención de Metz y las teorías psicoanalíticas aplicadas al cine sobre la mesa, cabe preguntarse si el cine sigue mostrando el inconsciente colectivo. La respuesta de Mulvey difiere de la que hubiera dado allá por los 70: “Ahora el cine es otra cosa. En los viejos tiempos el cine era un sistema industrial que producía películas y nada más, y sí había una relación entre los productos que salían y el inconsciente colectivo, pero ahora se caracteriza por la falta de imaginación. Para mi Hollywood ha desparecido. Ya no es algo admirable ni maravilloso; es una máquina corrupta para hacer películas espectaculares. Se ha convertido en parte de los conglomerados del capitalismo internacional, donde el interés en el cine queda marginado por el aspecto de los beneficios. Se está convirtiendo en algo inimaginativo. Es una secuela tras otra, la misma cosa una y otra vez…”.

Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix” 2
La trampa de Hollywood | foto: Chrysallis / Flickr

En este contexto, donde las ideas quedan supeditadas al afán comercial, Mulvey ofrece una visión poco alentadora identificando la distribución y exhibición como agentes alienantes: “Las superproducciones de Hollywood colonizan los cines y aquellas distribuidoras que antes contaban con cierta libertad para dar a conocer buenas películas ahora han sido adquiridas por enormes conglomerados de distribución. Cada vez hay menos flexibilidad y el margen para seleccionar películas es cada vez más pequeño”.

“Ahora lo que se muestra tiene que ver con esa comercialización, olvidando la imaginación y las ideas”

Laura interrumpe su discurso para puntualizar con una sonrisa sus aseveraciones: “Tengo que confesar que me avergüenza un poco decir todo esto, porque no voy a ver este tipo de películas”. ¿Critica algo que no ha visto? “Bueno… Fui a ver la última película de Star Wars con mi nieta porque todo el mundo me dijo que iba a disfrutar del espectáculo y que encontraría fascinante los efectos especiales etc. No fue así. No me pareció fantástica ni quedé impresionada. Pensé que el espectáculo era demasiado disperso, no estaba lo suficiente esculpido ni controlado, que visualmente era incierto qué estaba haciendo el director. Por otro lado, a nivel narrativo había una fuerte metáfora política con los rebeldes contra el establishment y pensé que se trataba de algo bastante perverso”.

“Las mujeres necesitan críticas que entiendan y apoyen las películas que lo merecen”

¿Qué nos queda ante las superproducciones y la decepcionante cartelera de consumo masivo? Además de alabar el cine proveniente del semicírculo asiático, como el de Kiarostami o Apichatpong, Mulvey opina que “puede que la parte más interesante sea aquella área marginal, entre Hollywood y el cine independiente. Además es donde más mujeres están empezando a escribir guiones que salen a la luz, otras actrices están emergiendo y hay otra realidad que comentar”.

Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix” 3
Mujeres y cine, un largo camino por recorrer. | Foto: Mario Bellavite / Flickr

A pesar de la creciente presencia femenina en el ámbito cinematográfico la teórica observa que los avances son menores de los que hubiera augurado que ocurrirían en el momento que escribió su famoso ensayo: “Hay un mayor apoyo por parte de ciertas instituciones para facilitar el acceso a financiación, especialmente en países como Francia, pero por otro lado, en términos de distribución y exhibición, sigue siendo difícil. Uno de los aspectos que considero también relevantes es el problema de la crítica, porque las mujeres necesitan críticas que entiendan y apoyen las películas que lo merecen pero no siempre es así, ni resulta sencillo cambiarlo”.

“El acceso online a las películas no es incompatible con una programación pensada, meditada y humana”

Mulvey asegura que a pesar de que el cine es cada día más accesible, el problema radica en que todos acabamos viendo lo mismo, dejando poco espacio para fortalecer el valor del cine como artefacto intelectual: “Ahora lo que se muestra tiene que ver con la comercialización, olvidando la imaginación y las ideas y la visión del público es cada vez más estrecha. Por ejemplo, encuentro que es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix, que su programación no esté creada por una elección humana. Sin embargo, existen otras plataformas de cine online como Mubi, que está programada con una cuidadosa selección bajo criterios cinéfilos pero gozan de una menor audiencia. El acceso online a las películas no es incompatible con una programación pensada, meditada y humana”.

A pesar de todo, el cine sigue siendo un arma política, y desde la perspectiva de la británica “lo es de muchas formas diferentes. Pueden ser como la última película de Ken Loach apoyando a Jeremy Corbyn, que despierta el interés crítico de una audiencia amplia como herramienta de propaganda política, o aquellas cuyo espectro es más restrictivo porque están basadas en la forma, porque usan técnicas de distanciamiento y desfamiliarización. Estas últimas se preguntan sobre el propio cine y los códigos cinematográficos, siguiendo quizá la tradición de lo que hicimos en los setenta. Ambas son políticas y son capaces de aportar valor al espectador”.

Como deducirá el lector, Laura Mulvey recomienda el segundo tipo pero acepta con resignación los nuevos tiempos sin perder un ápice de pasión por lo verdaderamente importante: el lenguaje cinematográfico y su efecto en el espectador. A fin de cuentas, concluye, “el cine es un pantano, qué le vamos a hacer”.

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Víctor Sombra: La quimera del hombre tanque

Anna Maria Iglesia

Foto: Cornelia Kerhoff

¿Quién era el hombre tanque? ¿Quién era aquel joven que con camisa en maso se subió en uno de los tanques que, el 5 de junio de 1989, ocupaban la plaza de Tiananmén? Han pasado casi treinta años y esta pregunta sirve sin resolverse. Y es precisamente a este interrogante al que recurre en su nueva novela, La quimera del hombre tanque (Literatura Random House) Víctor Sombra, un escritor que vive en Ginebra y que prefiere que los lectores no conozcan su rostro, de ahí la ausencia de fotos –“no quiero mezclar mi trabajo en Ginebra con mi escritura”, explica él mismo. La búsqueda del hombre tanque y el posible reencuentro de éste con el militar que conducía el tanque es el punto de partida de esta novela, a través de la cual Sombra rastrea lo que significó aquel acontecimiento, pero, sobre todo, recupera aquello que se perdió en aquellos días de junio de 1989.

La búsqueda de la identidad del hombre tanque es una excusa para retratar a la China de hoy, la que nació tras las revueltas del ’89.

Desde luego. Todavía hoy, no se sabe quién es el hombre tanque y la novela gira en torno esto, partiendo de un hecho real: el encuentro entre el hombre y el tanque el mediodía del 5 de junio de 1989 en la plaza de Tiananmén. Lo que me interesaba es, a través de la búsqueda de la identidad del hombre tanque, preguntarme qué ha pasado con China y con el mundo ycuestionar el hecho de que hayamos dado por buena muy fácilmente una determinada interpretación sobre la identidad del hombre tanque y lo que él representa.

Una de las cosas que plantea la novela es que las protestas de Tiananmén más que reclamar una salida del sistema comunista y la implantación de un sistema democrático occidental, reclamaba una reforma del sistema comunista, pero no una salida del mismo.

Sí, efectivamente, y este tipo de reclamaciones a favor de un nuevo modelo comunista formaban parte del debate político de finales de los ’80, cuando todavía se pensaba que podía haber una suerte de tercera vía, entre el comunismo tradicional y la democracia, la vía de un socialismo más participativo y más abierto. Los hechos, sin embargo, no fueron en esa dirección y, en cierta manera, la quimera del hombre tanque es la quimera de un posible sistema en el que se combinaran distintas ventajas y que mantuviera de alguna forma la protección mínima que otorgaba el cuenco de arroz, del que hablaba Mao, y, al mismo tiempo, un sistema que ofreciera un grado mayor de libertad y de democracia. Esta era la vía que muchos de los manifestantes querían tomar, incluyendo parte del partido comunista.

El personaje, Durri, el responsable de buscar al hombre tanque, es un hombre que creyó en el sistema chino, pero que se da cuenta que la única vía que ha tomado China es la vía del capitalismo, negando así los principios de ese sistema en el que él creyó.

Claro, pero para comprender está actitud de Durri hay que entender su biografía: es hijo de los represaliados indonesios del año ’65, cuando hubo una matanza de comunistas en un país, Indonesia, cuyo partido comunista era, junto al Partido Comunista Chino, el más numeroso del mundo. Siendo niño, fue adoptado por una familia australiana y ya de adulto empezó a trabajar como agente de la RDA, que lo envía a China. El problema de Durri es que es un comunista después del comunismo y ¿qué hace alguien que ya no tiene un suelo firme sobre el cual apoyarse? El dilema de Durri es qué comunismo hay después del comunismo; él sigue pensando en la posibilidad de que el régimen chino, a pesar de ser muy mercantilista y tener unas desigualdades tremendas, puede reconectar con los ideales sociales.

¿El Comunismo después del comunismo es, al menos respecto a China, el comunismo que da la mano al capitalismo?

Claro. La realidad es que actualmente en el modelo chino, que sería el modelo de Deng Xiaoping, se prima, por un lado, el mercado y, por el otro, se establece un control muy férreo sobre las libertades de la población. Es un régimen bastante autoritario. En el ’89, se pensaba que se podía ir, y esta era la demanda de los manifestantes, hacia un sistema en el que se prestara más atención a temas como la inflación, el control de los salarios o la corrupción; es decir, se creía posible ir hacia un régimen más social y, a la vez, más libre. La del ’89 fue una oportunidad perdida y China pudo haberse convertido en una referencia para los otros regímenes socialistas que ya habían empezado a tambalearse.

Por tanto, volviendo a su novela, ¿la búsqueda del hombre tanque es la búsqueda de esa China que nunca llegó a ser?

Sí, de alguna forma puede verse así. No acaso el régimen chino ha prohibido la imagen del hombre tanque: no sólo no puede verse en la red, sino que no puede verse ninguna representación gráfica. Aparentemente lo que se está reprimiendo así son las libertades democráticas, pero en el fondo, si vemos sus declaraciones de entonces, Deng Xiaoping más que una convicción de la necesaria censura de la imagen, lo que tenía era miedo a que se repitieran los disturbios acontecidos durante la Revolución Cultural. De hecho, lo que en verdad oculta Deng Xiaoping al censurar la imagen del hombre tanque es la posibilidad de un comunismo más participativo y con menos corrupción.

La quimera del hombre tanque o la China que no llegó a ser. 1
Portada del libro La quimera del hombre tanque

Sin embargo, en un primer momento, el Gobierno chino utilizó de forma propagandística la imagen del hombre tanque para recalcar el carácter no violento del ejército que, según el Gobierno, nunca atacaba a los civiles.

Es cierto y enseñó esa imagen una vez sola, fue a través de la televisión pública, pero luego debieron pensar que la situación era tan inestable que, si difundían la idea de que sus tanques eran escalables, ya no por los ejércitos enemigos, sino por los viandantes, se iba a generar más riesgo. Por ello, luego, optaron por la política de censura. Pero es verdad que, al inicio, la imagen del hombre tanque fue utilizada por China para demostrar que el ejército era amable con la población y, de hecho, el ’89 fue la primera vez que, desde que Deng Xiaoping subiera al poder, el ejército chino disparaba contra la población. Por esto fue tan dramático ese suceso, pues desde 1949 nunca había sucedido algo semejante

Además, posteriormente, se hizo una errónea interpretación de la foto.

La historia que rodea la foto es efectivamente algo errónea: siempre nos han mostrado la imagen del hombre tanque junto al desalojo de Tinnaménn y, en realidad, el desalojo fue en la madrugada del 3 al 4 de junio y la foto fue tomada el día 5, es decir, 30 horas después del desalojo, cuando los tanques están saliendo de la plaza. De hecho, el hombre tanque es quien, desde la avenida, avanza hacia la plaza y, por tanto, hacia los tanques y no viceversa. Se dice, además, que una vez que el hombre tanque bajó de los tanques acudieron algunos hombres en bicicleta y se lo llevaron, pero no sé sabe quiénes eran y qué pasó con él.

A partir de un supuesto reencuentro entre el hombre tanque y el militar que conducía el tanque, su novela describe como aquel hecho del 5 de junio ha marcado la historia social de China.

Desde luego que la ha marcado. Es un suceso que, a mi modo de ver, es icónico a nivel mundial como representación del año ’89 y de la debacle del comunismo y, paradójicamente, es también icónico en china, a pesar de la prohibición de toda imagen relacionada con aquellos días.  Sin embargo, como comentabas, a pesar de la censura, ese hecho del 5 de junio tiene una profunda influencia en la fractura social en China. Ha habido documentales donde se muestra la imagen del hombre tanque a estudiantes chinos y ellos fingen no saber de lo que se trata, pero en el fondo todo el mundo conoce de primera mano o de oídas lo sucedido. En China, el nivel de represión de la imagen llega al punto no se sanciona solo la reproducción de la imagen, sino que basta que se muestre un tanque frente a una persona en cualquier avenida desierta para que haya una sanción. Y si, en cambio de poner un tanque, pones otro objeto, como se hizo con un pato de goma gigante, también hay sanción.

Si bien la imagen paradigmática de esos días es la del hombre tanque, imagino que debe haber mucho más material gráfico de esos días.

Sí, hay tantísimas imágenes de colectivos en marcha, luchando y reclamando sus derechos. Y muchas de las fotos las tiene Televisión Española, porque sus cámaras fueron las últimas a abandonar la plaza de Tiananmén. Lo curioso es que las imágenes de Televisión Española nunca se han editado completas; sus imágenes fueron utilizadas por medios extranjeros, hablamos de imágenes donde se ven cómo los estudiantes abandonan la plaza puño en alto y cantando la Internacional. Y, por lo que he visto, en ningún momento ha habido una reivindicación de ese material y una edición conjunta de todo aquello que se grabó y no se vio.

En la novela, la debacle del comunismo viene acompañada de la entrada en la política del capital por parte de China, algo que usted ejemplifica con la pelea internacional por el control de los pozos de petróleo de Oil Rocks.

Sí, pero todo esto está relacionado con la exaltación del individuo y con la falta de límites del capitalismo. Hablamos mucho de falta de libertades en ciertos países, pero habría que ver cuáles son los límites a un sistema basado nada más en incrementar el valor y los beneficios, sin preocupación alguna por el impacto social o medioambiental. De alguna forma, el derrumbe del socialismo y, sobre todo, de los ideales socialistas lleva hacia un mercantilismo y hacia un mayor valor del dinero y del mercado, pero también hacia esas ideologías que ponen el acento en el más allá, en una supuesta vida eterna donde se cumplirá aquello que en la tierra no se puede realizar.

Se refiere, imagino, al terrorismo islámico, al que se refiere en la novela al hablar sobre la confrontación entre países por el control de los pozos petrolíferos.  

Exacto, pero además me interesa mencionarlo por el uso que los islamistas hacen de las imágenes. Piensa en esa imagen tan recurrente de una diana sobre un edificio en el cual impacta un proyectil con la que se anuncia la noticia de que unos terroristas han sido alcanzados. La imagen nos muestra la eficacia del proyectil, pero nosotros nos quedamos sin saber el efecto que produce el proyectil en el contexto general en el que cae y tampoco sabemos cómo ha sido identificada esa diana. Junto a estas imágenes están las que yo llamo “imágenes invisibles”, imágenes que existen y de las que apartamos la mirada. Piensa en cómo nos resulta difícil ver las decapitaciones llevadas a cabo por el Estado Islámico; nos resulta difícil no solo por la dureza, sino que en ellas descubrimos cómo esta gente, que ahora apoya al Estado Islámico, vivía en las barriadas de nuestras ciudades, en las barriadas de Manchester, de París o de Hannover y nos era completamente indiferente. Los islamistas adquieren visibilidad solo ahora, tiñéndose de sangre, en concreto, de nuestra sangre, a modo de venganza. Y ahora, solo ahora, somos conscientes de ellos, pero hasta ahora nunca antes les hicimos caso.

En un momento de profusión de imágenes, ¿éstas han dejado de ser ilustrativa, más que mostrar, esconde?

La imagen, y más en época de crisis, es una forma para mantenernos entretenidos, mientras los sucesos tienen lugar a nuestras espaldas. En los regímenes políticos sucede algo similar: aquello que silencias es lo esencial, aquello que escondes no sólo es lo más importante, es además tú punto débil, ese punto a partir del cual el sistema habría podido ser diferente.

El personaje de Durri subraya como si el mercado lo requiere, China transgrede los principios básicos del sistema comunista que abandera y Occidente pacta con los estados islamistas, que luego condena por terrorismo y a los que ha financiado hasta hace dos días.

Esto es así. Hay mucha gente a la que le conviene que Oriente Medio esté fragmentado en distintos grupos étnicos y religiosos porque esto hace que no tengan una voz unida y no puedan defender una política de precios coherente, sobre todo por lo que se refiere al petróleo; de esta manera, quienes se benefician son los países occidentales. Las guerras en Oriente Medio, promovidas por Occidente en los últimos decenios, han sido siempre guerra muy orientadas al control de las fuerzas de energía. Y, en gran medida, todos los grupos radicales han sido utilizados según los intereses de Occidente en cada momento. Esto nos hace doblemente hipócritas, sobre todo cuando queremos trazar una línea insoslayable entre ellos y nosotros, es absurdo. Cuando queremos decimos que no tenemos nada que ver con ciertos países, pero cuando nos conviene económicamente tratamos con ellos.

¿El hecho de que China sea uno de los mercados –o el mercado- más importante, hace que Occidente, necesitado de ese mercado, pase por alto la falta de libertades de China y su sistema represivo?

Sin duda. Yo creo que hay una casi completa simbiosis entre los dos mundos y que viene de esta época, después la crisis del ’98. Esta actitud es el precio que debe pagar Occidente para entrar en el mayor mercado del mundo. En este sentido, ambos, Occidente y China, viven muy tranquilos.

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