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Will Brooker: “Los fans somos co-creadores de David Bowie, él no existiría sin nosotros”

Beatriz García

Foto: Will Brooker

El escritor y profesor de la Universidad de Kingston, Will Brooker, conoce mejor que nadie lo que es estar dentro de la cabeza de David Bowie. Pasó un año viviendo como Bowie, respirando como Bowie, vistiendo y maquillándose como él, transitó todas las fases y cambios de estilo de su carrera, visitó los mismos lugares, padeció sus extrañas dietas y la falta de sueño, leyó los mismos libros sobre ocultismo y ciencia ficción, y experimentó la fama como lo hizo Bowie hasta incluso llegar a afirmar que jamás volvería a ser él mismo. Una investigación gonzo que le cambió la vida y que recoge en el libro ‘Forever Stardust’ y en el documental ‘Being Bowie’.

Con él viajamos al cerebro y corazón de uno de los mayores iconos musicales de todos los tiempos .

¿Por qué decidiste pasar un año siendo David Bowie en vez de convertirte en Lou Reed u otro gran icono de la música? ¿Qué tiene Bowie tan fascinante?

Admiro muchísimo a Lou Reed. Fue su muerte la que me impulsó a escribir sobre Bowie, porque me di cuenta de que los iconos culturales se estaban hacienda mayores y quería homenajear a David Bowie mientras todavía estuviese vivo. De hecho, me hubiera gustado haber publicado ‘Forever Stardust’ en el setenta cumpleaños de Bowie.

A mi modo de ver, Bowie es más complejo y fascinante que cualquier otra estrella del pop y el rock. Por una parte, tiene una carrera larguísima, más que Madonna o Freddy Mercuri; también ha transitado por muchas etapas y cambios de imagen que lo distinguen de otros artistas como Dylan o Reed, y ha empleado diferentes medios artísticos que lo diferencian de Michael Jackson y de Elvis. Es cierto que hay muchos iconos de la música, pero Bowie es el artistas más interesante de las últimas cinco décadas y yo he sido fan suyo durante años.

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Will Brooker como Ziggy Stardust. | Foto vía Will Brooker.

‘Forever Stardust’ no es una biografía ni tampoco un ensayo al uso, sino un trabajo de introspección muy evocativo y también un mosaico. Es como si nos dijeras: ‘Todos somos Bowie”. ¿Se ha convertido Bowie en un arquetipo universal?

No intentaba que fuera introspectivo, sino un proyecto que mostrase cómo diferentes lectores pueden extraer diversos significados del libro, igual que extraemos diferentes significados del trabajo de David Bowie.

Al principio me centré en estudiar temas clave a través del trabajo de Bowie, como el lugar, la identidad, el género, el otro, el yo, América, etc. Inevitablemente, esto cambió durante la investigación y se convirtió en un proyecto más personal. Pero sí, la idea era que Bowie es un mosaico hecho de diferentes encarnaciones y su trabajo está nutrido de diferentes influencias y también de los significados que el público le da.

Parte de mi argumento es que nosotros ayudamos a crear a ‘David Bowie’. David Bowie es, o al menos es lo que sugiero, una idea y no un hombre de carne y hueso. Es un concepto, una creación de David Jones y sus fans.

Transitaste cuatro o cinco décadas en la vida de Bowie en tan solo un año. ¿Cómo te fuiste convirtiendo progresivamente en David Bowie? ¿Qué períodos de su vida y carrera fueron más duros de experimentar?

Traté de conectar  con las experiencias claves de Bowie durante diferentes épocas, vivenciándolas tan cerca como pudiera y asumiendo los roles que él había creado. Esencialmente, lo que intentaba era utilizarme a mí mismo como objeto de estudio, colocándome en situaciones y examinando cómo me sentía. Poco a poco, fui entendiendo a cada uno de los Bowies de las diferentes etapas de su carrera, lo encarné desde la vestimenta, el cabello, el maquillaje, los viajes que emprendió, me subí a un escenario para interpretar sus canciones y también adopté parte de su estilo de vida, como la dieta de pimientos rojos y leche que siguió a mediados de los años setenta. También tuve mucha atención mediática durante ese tiempo y la acepté porque me ayudó a entender todavía más lo que significa ser una figura pública.

David Bowie es otra dimensión, la ‘dimensión Bowie’, y su forma de ver el mundo transformó la vida de muchas personas

Lo más duro fue escribir el libro justo después de la muerte de Bowie, porque la escritura es un proceso muy solitario y tenía que redactar 70.000 palabras sobre mi héroe, que había fallecido trágicamente. Sin embargo, fue divertido ser entrevistado por los medios, interpretar sus canciones ante el público, viajar por todo el mundo y sumergirme en las películas, la música y las novelas que leyó. Y la etapa que recuerdo como mayor placer fue cuando encarné al alter ego Thin White Duke y el Bowie de 1983, el chico normal y mainstream de la MTV con toneladas de energía y una actitud muy extrovertida.

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Brooker como Jareth el rey de los Goblin. | Foto vía Will Brooker.

¿Cómo afectó a la carrera y la vida de Bowie su afición a la ciencia ficción, la literatura ocultista, la filosofía de Nietzsche y la magia? Su proceso creativo también era peculiar, ¿no?

Bowie pasó por fases en las que se interesó por ciertas formas de arte y conocimiento y su alter ego Thin White Duke sí recibió esas influencias cuando Bowie vivía en Los Ángeles a mediados de los años setenta. Aunque mi impresión es que no fue un periodo demasiado saludable ni alegre en la vida de Bowie.  De acuerdo a muchas fuentes, tenía visiones delirantes y se volvió paranoico, además de que por aquel tiempo tenía una adicción bastante fuerte a la cocaína.

Irónicamente, produjo en ese tiempo su obra maestra, el ‘Station to Station LP’, que muestra claramente la influencia del ocultismo y vuelve a ello en el vídeo de su trabajo final, ‘Lazarus’.

Más que un artista camaleónico, Bowie parece haber inventado otro planeta, otro universo a su medida…

Se podría decir que todos los artistas inventan sus propios universos. Cada artista construye su forma de ver el mundo y nos invita a entrar.

Bowie era particularmente fascinante y al invitarnos a compartir su forma de ver el mundo transformó las vidas de muchas personas. Es como otra dimensión, la dimensión Bowie. Quizás es una dimensión mejor, más interesante y extraña que nuestras vidas ordinarias.

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Aladdin Sane, uno de los alter-egos más famosos de Bowie. | Foto vía Will Brooker.

El propio Bowie tuvo multitud de máscaras, como la del alienígena bisexual Ziggy Stardust. ¿Cuántos Bowies hay? Él mismo parecía una matriuska de alter egos…

 Podría contar todos los personajes que hay en Bowie, pero cada uno de nosotros sacaría sus propias cuentas. Hay diferencias entre los personajes que él mismo “habitó” y aquellos que mencionó en sus canciones. Por ejemplo, alguien puede decir que el Mayor Tom y Halloween Jack, personajes de sus canciones, son versiones de Bowie, pero para mí existe una diferencia entre ellos y Ziggy Stardust, que fue un alter ego suyo.

“Al intentar ser más como David Bowie conseguí ser una versión mucho más creativa, completa y mejor de mí mismo”

Algunas de las diferentes imágenes de Bowie –su estilo en ‘Let’s Dance’ de 1983 y su peinado pelirrojo en ‘Earthling’ – no tienen nombres. Otros, como Jareth de ‘El Laberinto’, fueron creados para películas. ¿Es ‘Bowie en Berlín’ un personaje? Yo nunca usaría ese término, pero algunos fans y críticos lo hacen. Así que depende de cómo nosotros definamos los términos ‘alter ego’, ‘personaje’ o ‘fase’.

Los principales alter egos de Bowie fueron puntuales. Ziggy Stardust, Aladdin Sane y The Thin Duke, sus más famosas encarnaciones, fueron todas de principios a mediados de los años setenta.

Estuviste en cada una de las ciudades en las que David Bowie vivió o visitó, seguiste su misma dieta, copiaste cada cambio de estilo y maquillaje, e incluso fuiste cantante en un grupo tributo a Bowie, y todo para entender a la celebridad… ¿Descubriste algo sobre Bowie? ¿Y sobre ti mismo?

Sería complicado explicar en pocas palabras todo lo que llegué a descubrir y percibir sobre la vida y el arte de Bowie y creo que está mejor expresado en ‘Forever Stardust’. El capítulo más experimental se titular ‘Sailor’ (marinero) e intento construir una biografía de Bowie explorando la tensión entre el experimento y la seguridad que estructuran su carrera artística.

Respecto a mi propia vida, redescubrí algunos placeres creativos que había dejado de lado. Esta investigación me animó a ser mucho más valiente y expresarme de forma más creativa en mi forma de vestir y comportarme y también empecé a dibujar y a cantar de nuevo. Pienso que me ayudó a descubrir cosas que disfrutaba mucho haciendo cuando era niño y que abandoné al llegar a la adolescencia, cuando fui más consciente.

La lección que aprendí de mi experiencia como Bowie es que al intentar ser más como él conseguí ser una versión mucho más creativa, completa y mejor de mí mismo.

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Foto de una presentación en vivo de Brooker. | Foto vía Will Brooker.

Hay una reflexión importante sobre la identidad como construcción, especialmente en el caso de las celebridades… ¿Crees que David Bowie acabó con David Jones?

No, no lo creo. David Jones continuó siendo la parte privada de ‘David Bowie’, la parcela de él mismo que tenía una esposa, hijos y amigos muy íntimos. Bowie simplemente era la imagen pública de un hombre bastante tímido y que a medida que fue envejeciendo quería tener una vida personal y privada, lo cual me parece bastante justo.

En una entrevista dijiste que ya no volverías a ser Will Brooker nunca más…

Fui bastante provocador en esa entrevista, como lo era Bowie en muchas de ellas. Quería ver qué ocurría, qué reacción me provocaría si me metamorfoseaba por completo en el personaje y cómo iba a sentirme. Fue un experimento de perderme en el Bowie de 1997.

“La exposición ‘Bowie is’ es lo más cerca que se puede estar del interior de la cabeza de David Bowie, una experiencia única”

A veces cuando dices algunas cosas, empiezas a creértelas. Tal vez me lo creí parcialmente e intuyo que a Bowie le ocurrió lo mismo cuando proclamó que él era Ziggy Stardust. Se metió en la piel del personaje, pero no hay duda de que cuanto más lo decía, más se hacía realidad para él.

La industria de la música crea grupos y cantantes como productos culturales, pero la mayoría no se convierten en iconos. Parece que la fórmula no existe… ¿El héroe musical nace o se hace?

La creación de un icono es una dinámica entre el artista y la audiencia. Aunque la imagen de un artista pueda construirse, necesita nuestra aprobación. Nosotros también participamos en la creación de un icono.

En el documental ‘Being Bowie’ se percibe lo duro que fue para ti la muerte de David Bowie. ¿Cómo afectó a tu investigación?

Fue bastante complicado seguir adelante cuando Bowie murió, sí, pero no podía abandonar el proyecto. Siempre significó un tributo y una celebración y debía seguir siéndolo.

Todos los fans de Bowie padecimos un duelo real, pero empecé a escribir y me dije a mí mismo que escribiría al menos cien palabras al día y en tres meses el libro estuvo terminado. Me sumergí en el proceso y quizás fue la mejor manera de afrontar la pérdida.

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Imagen del interior de la exhibición “David Bowie”. | Foto: Mark Gambino vía Musseu del Disseny.

La exposición ‘David Bowie is’ llegó en mayo a Barcelona. ¿Nos aconsejarías algo para disfrutarla al cien por cien?

‘Bowie Is’ es una exposición diferente en cada ciudad. La he visto en tres lugares y siempre ha sido diferente, así que los visitantes deberían recordar que es una experiencia única. También os diría que es lo más cerca que vais a estar del interior de la cabeza de David Bowie.

Pero también creo que somos co-creadores de David Bowie; él no existiría sin nosotros. Para cada uno de nosotros David Bowie significa una cosa y todos estos sentidos e interpretaciones son válidos y correctos. Así que al ir a la exposición estáis creando vuestro propio Bowie. Un Bowie personal.

¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?

Sí, es un libro entre la ficción y los hechos sobre la cultura norteamericana desde Kennedy a Donald Trump. Es el proyecto más ambicioso en el que me he embarcado hasta el momento.

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Continúa leyendo: La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos”

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos”

Beatriz García

Foto: Leticia Hueda

– ¿Quieres saber cuál es la mejor forma de guardar un secreto?

– Habla más bajo, te van a oír todos…

– Si susurrásemos, sospecharían. La mejor forma de guardar un secreto es exponerlo a la vista de todos.

(Conversación entre dos agentes secretos, pongamos que tú y yo…)

Conocí a Servando Rocha (Santa Cruz de La Palma, 1974 – tal vez deberíamos dudar también de eso) en dos lugares y dos épocas diferentes. En la primera ocasión, me sentí invisible; en la segunda, me enorgullecí de serlo. Y tal vez ocurra lo mismo contigo, lector. Si es así, si el Ojo de Horus de William Burroughs también te vigila desde la portada de un libro, sabrás entonces que ese libro es ‘La Horda: Una revolución mágica’ (La Felguera, 2017).

La entrevista que sigue sí tuvo lugar, aunque si sucedió o no en la forma en que lo cuento carece totalmente de importancia. El propio historicismo, me dice Servando, “es una manera de manipular y maquillar la historia”. La manipulación de la manipulación, de eso trata La Horda. Además de otras muchas cosas que iremos viendo en tanto nos  internamos por los fétidos callejones y subterráneos del París de 1623, una ciudad devastada por la Guerra de los Treinta Años donde hay espías por todas partes, alquimistas que trabajan como mercenarios a las órdenes de católicos o protestantes y una comunidad invisible, nacida al abrigo de los rosacruces, que ha existido a lo largo de los tiempos y de la que tal vez tú, lector, acabes formando parte.

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El ojo de Horus de William Burroughs nos vigila desde la portada.

– Ése no es el principio de ‘La Horda’, o sí, pero deberías primero hablar de Morgana. Porque Morgana es como Pandora y su caja, aunque nadie sepa quién es… – Servando no susurra. Es un agente secreto dedicado a revelar secretos.

– ¿Te refieres al compilador del manuscrito que encontraron en un apartamento en Londres en los años ochenta después de la explosión? ¡Bah! No sirve de nada hablar de alguien del que ni siquiera sabemos si ha existido… Seguro que se lo inventó algún gracioso; por ejemplo, tú.

– De eso se trata. ‘La Horda’ es un libro sobre verdades que se emancipan de las mentiras para ser verdades absolutas y de secretos que a su vez se alimentan de otros secretos. Antes mencionabas a la Hermandad de la Rosacruz: hay muchos investigadores serios que creen que los primeros rosacruces fueron un invento de unos pocos, no así la segunda y la tercera generación, que creyeron en la primera, y así sucesivamente… Creer en algo hace que acabe existiendo –concluye Servando.

Caminamos intentado detectar energías ocultas en ese París renacentista y decrépito recreado por el editor de La Felguera, que cada vez nos recuerda más a un decorado expresionista, una mezcla de ‘El Gabinete del doctor Caligari’ y El ‘Jorobado de Notredame’ de Víctor Hugo. Y hay que avanzar con cuidado, evitando determinadas zonas muertas donde los Despiertos, enemigos de las células invisibles, son fuertes y peligrosos. Las ciudades de ‘La Horda’ están vivas, son ciudades que dialogan contigo. “El subsuelo tiene memoria”, leo en esta singular novela trampa por la que transitamos igual que si cruzásemos un laberinto de falsos espejos, un mapa en el que encontrar un tesoro oculto.

– En el fondo –dice Servando-, este pasear sin rumbo es una forma de conectar con el territorio. Ocurre a menudo, cuando caminas por una ciudad y de repente llegas a un lugar que te afecta de una forma especial. También Ramón del Valle-Inclán lo hacía, la naturaleza y el paseo inspiraron sus iluminaciones; era profundamente esotérico, un seguidor de la teosofía.

—–MOMENTOS PROMOCIONALES: La Felguera publicará próximamente ‘La lámpara maravillosa’ de Ramón del Valle-Inclán, con prólogo de Javier Sierra. FIN DEL COMUNICADO.—–

 

– Sí, bueno, pero ahora estamos tú y yo a merced de Ardenti, el cazador de invisibles que me cae tan bien aunque quiera acabar con nosotros, y no tenemos una triste varita…

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Se avecina una revolución mágica. | Foto: Leticia Hueda.

Servando empieza a recitar un fragmento de ‘El matrimonio entre el Cielo y el Infierno’ de William Blake: “Entonces pregunté: ¿Para que una cosa exista basta la firme convicción? Respondió: Todos los poetas lo creen”.

– Pero podemos utilizar el ingenio poético. La magia es eso, imaginación creadora. Lo hacían Baudelaire y Mallarmé, y también los grandes iconos ocultistas como Alan Moore o Aleister Crowley. Si conociéramos a nuestros héroes del romanticismo y las vanguardias nos parecerían humanos, demasiado humanos. Y no importa si empleaban la meditación, las drogas o el paseo, puedes tener una experiencia extática incluso escuchando música o cuando te enamoras.

La revolución y la magia tienen en común su voluntad de transformación, pero para ello hace falta ver más allá de los límites de esta realidad ordinaria. “Ver”, como dice el autor de ‘La Horda’, “en cursiva”. Me habla de que vivimos con la mirada más atrofiada, que caminamos sin estar conectados al presente. Tal vez, le digo, necesitamos un Apocalipsis o una revelación.

– Lo malo del Apocalipsis es que siempre está por llegar.

– Vas a hacerme llorar… Mal asunto.

– Mejor eso que arder en la hoguera como Giordano Bruno, acusado de herejía. Lo curioso de todo es que no se equivocaba, ese gran astrólogo, filósofo, poeta y mago auguró que allá donde habían levantado una pira erigirían más tarde una estatua en su honor. Y así fue. Él es una de las mentes fundacionales de La Horda. Su semilla.

Dime una cosa, en la novela cuentas que el mago John Dee y Bruno se conocieron realmente, que igual que otros invisibles que les siguieron intentaban eliminar las guerras de religión y crear una fraternidad en la tierra. ¿Eso es cierto?

– ¿Cierto? Tiene gracia que lo preguntes a estas alturas.

Hubo un tiempo en que el arte y el ocultismo, y el ocultismo y la política no estaban separados. Magos y alquimistas como John Dee oficiaban de consejeros en las cortes europeas y más tarde Bakunin, principal ideólogo del anarquismo, inventó cientos de sociedades secretas que jamás existieron. Pero, ¿y si sí lo hicieron? ¿Y si la todas las teorías de la conspiración fuesen ciertas?, se pregunta y me pregunta Servando, invocando a esos invisibles de todas las épocas y nacionalidades presentes en ‘La Horda’, como el escritor William Burroughs o el situacionista Alexander Trocci, quien habló de ‘la invisible insurrección de un millón de mentes’. Porque herejes y revolucionarios son lo mismo, los primeros precedieron a los segundos.

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Un libro repleto de juegos tipográficos y enigmas página tras página.

Los caminos se estrechan, el Mapa de los Laberintos de Giordano Bruno, que seguimos a medida que leemos ‘La Horda’, parece querer plegarse y todavía no hemos encontrado Arcadia, el fabuloso manuscrito que todos los invisibles, nosotros incluidos, hemos querido tener en nuestro poder. Tendremos que seguir creyendo en su existencia, en tanto París se nos sacude y, a lo lejos, presentimos las manecillas del Big Ben.

Londres, en algún punto del pasado cercano…

Una fachada herrumbrosa nos separa del final de la entrevista. “No podrán detenernos porque no existimos”, leemos a dúo como si conjurásemos la misma frase que fue lema de la Angry Brigade, la guerrilla urbana que sembró de atentados Reino Unido a principios de los años setenta. Esa misma invocación, esa llamada, sobrevuela ‘La Horda’.

– ¿Hay alguien ahí? – Un hombre con el cuello cortado, un antiguo miembro de los Angry Brigade, entra con nosotros en la casa okupada cuyas primeras plantas están totalmente calcinadas a causa de un reciente incendio. Afuera, en el patio, hay una hoguera y algunas personas alrededor.

– Son como nosotros, gente fuerte, gente que cree en lo mismo que nosotros – nos dice, o tal vez se lo dice sólo a Servando, o se lo dijo, mejor dicho, aquel día, años atrás, en que viajó a Londres para reunirse con supuestos miembros de esta antigua brigada furiosa y escribir ‘Nos estamos acercando. ‘La historia de Angry Brigade’ (La Felguera, 2004).

Fue ese mismo día, sí, y no otro cuando acabaron recorriendo las calles de Londres a 150 kilómetros por hora mientras el tipo del cuello cortado gritaba “¡Que le den a los pacifistas!” y le hablaba a Servando de guerrillas informativas y ‘bobbies’ asustados. Y ahora que el inglés nos hace, o le hizo, subir hasta las últimas plantas, rodeados de murales de hombres armados, el editor de La Felguera me señala una pintada:

‘Esta no es la salida’.

– Pero, ¿ y si…? –murmura.

– ¿Y si qué?

– ¿Y si hubiera una puerta detrás de ese muro?

Y si detrás de esa puerta estuviera William Burroughs mirándonos, su Ojo de Horus desde los estantes de las librerías, en la portada de un libro. Un libro que se titula ‘La Horda’ y que estás llamado a leer.

Pd. Si quieres unirte a La Horda no te esfuerces en buscarlos. Cuando llegue el momento, si estás preparado, ellos te encontrarán a ti.

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11 Preguntas Random con Miranda!

Redacción TO

Conversamos con Juliana Gattas y Ale Sergi de la banda electropop argentina Miranda! antes de que empezaran su exitosa gira por España, que los llevó a visitar los escenarios de Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla, y en vídeo les hicimos 11 preguntas aleatorias para conocerlos mejor o por lo menos de manera peculiar.

Descubre desde la pieza de ropa jamás usarían, el álbum que sus fans se sorprenderían que tuvieran, qué libro llevarían a una isla desierta o qué actores les gustaría que los interpretaran en su biopic.

Lee la entrevista completa aquí: http://bit.ly/2Buzt6i

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Karin Valecillos: “Nadie está libre de ser víctima del poder”

Ariana Basciani

Foto: Mauricio Villahermosa
Esfera Cultural

Aunque la palabra amparo signifique refugio o protección, la película venezolana con el mismo nombre, narra todo lo contrario. El Amparo relata la masacre de 14 pescadores ocurrida en los llanos venezolanos en 1988, siendo la voz de dos de sus sobrevivientes el hilo conductor para restablecer y defender la verdad de lo que realmente aconteció en el lugar.

El Amparo, dirigida por Rober Calzadilla y escrita por Karin Valecillos, ha sido ganadora de varios premios internacionales –entre ellos el Festival de Biarritz- y en la actualidad se encuentra en la carrera para optar por los premios Goya en España. Este viernes 24 de noviembre El Amparo se estrena en los cines Girona de la ciudad de Barcelona y para hablar de la película conversamos con su guionista, la venezolana Karin Valecillos.

¿Cómo llegaste a la idea del guión de El Amparo? ¿Por qué decidiste junto a Rober Calzadilla contar esta historia y llevarla al cine?

La idea ha vivido con nosotros desde siempre, para mí los hechos del Amparo cambiaron mi manera de ver el país, aunque tenía once años guardaba intacto el recuerdo de la declaración de Wolmer y José Augusto ante las cámaras de Radio Caracas Televisión, también conservaba intacta la sensación que me produjo, el desasosiego. Veinte años después, Rober hizo un trabajo para PROVEA, ese recuerdo volvió y decidimos hacer una obra de teatro, se llama 29/10/88, pero creo que siempre pensamos que era una gran historia que necesitaba ser contada, no por revivir un hecho del pasado, sino para indagar en nuestro presente, y en la dignidad que nos habita y que a veces olvidamos.

Te basas en un hecho ocurrido durante el gobierno del presidente venezolano Jaime Lusinchi. ¿No sentías desconfianza de que el gobierno de Nicolás Maduro pudiese usar la película para hacer proselitismo político, teniendo en cuenta que es una película respaldada por el Centro Nacional de Cinematografía (CNAC)?

Para hacer cine que tenga sentido, que valga la pena, no podemos hacerlo con miedo. Esa posibilidad estuvo presente, pero no sucedió porque el resultado ha sido una película incómoda, de la que no se han podido apropiar porque no son tan distintos a lo que en teoría criticaban, y que a la vez nos recuerda que todo lo que está sucediendo en el país no viene de la nada. Me gusta la cornisa en donde transita esta historia, fue un gran riesgo, porque no es fácil llevar a los espectadores a la sala, pero cuando la ven comprenden, se conmueven y la agradecen.

¿Crees que El Amparo nos puede hermanar con la situación política actual?

El Amparo dialoga con nuestro presente, por eso la hicimos. Hemos recorrido las salas, y cuando conversamos con los espectadores, no hablan de 1988, hablan del país, de nuestro devenir político. Algunos pueden criticar cierta visión romántica, porque la película habla de la determinación de la gente por defender la verdad y la dignidad, pero sucedió, no lo inventamos, un pueblo fue capaz de defender a los suyos y enfrentarse al poder del Estado. Lo que sucedió en El Amparo es un gran referente para nuestra contemporaneidad.

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Póster promocional de El Amparo | imagen vía Tumbarancho Films

La película ha ganado el reconocimiento en varios festivales internacionales, ¿con qué crees que ha conectado la crítica y el espectador?

En principio es una película bien realizada, se cuidó cada uno de los detalles. Nuestros productores, Marianela Illas y Rubén Sierra, involucraron a todo el equipo con la historia. Fue un gran trabajo de pre producción que se traduce en una película de gran factura. En cuanto a la historia, toda persona que haya vivido o haya sido testigo de una injusticia se identifica con El Amparo. Lamentablemente, todos los países, sin excepción, hemos pasado por momentos donde el poder nos muestra su peor cara, donde nos hemos sentido vulnerables, desprotegidos. El Amparo ha tenido cinco premios de audiencia en lugares muy distantes, con herencias políticas diferentes, pero el poder siempre es el mismo, y la sensación de que lo único que tenemos en nuestra defensa es la verdad nos une.

¿Venezuela está un boom cinematográfico porque tiene buenas historias que contar o porque el país está de moda a nivel internacional por el tema político?

No hay que negar que Venezuela está siendo observada por el mundo, eso es un elemento que juega a nuestro favor, sin duda, pero si voltearan la mirada y no encontraran algo interesante que ver, hasta ahí llegaría el interés. El hecho concreto es que nuestro cine ha encontrado un lugar de enunciación estético y político que ha dado películas como Pelo Malo, Azul y no Tan Rosa, Desde Allá, sin embargo, su camino fue mucho más solitario. Para nosotros ha sido un honor compartir festivales con La Familia, La Soledad, El Inca. Lo que está sucediendo con los cortometrajes de Michael Labarca, Marianne Amelinckx es muy alentador. Lo que sí puede ser lamentable que este proceso se frene, la situación económica del país hace cuesta arriba la producción, esperemos que podamos encontrar nuevas formas para seguir, porque solo hay una manera de hacer mejor cine y es haciendo cada vez más películas.

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Fotograma de El Amparo | Imagen vía IMDB

El Amparo se estrena puntualmente en salas españolas este mes. ¿qué le puede decir la película a los españoles sobre Venezuela?

Quizás les pueda dar una clave para entender por qué nuestro país ha llegado a este momento histórico tan complejo, a veces tan difícil de explicar, sin embargo, más que lo que les pueda decir de Venezuela, quizás me interesa lo que le pueda decir de ellos mismos. Nadie está libre de ser víctima del poder. No es una historia lejana de un país caribeño, sucede también en sus ciudades, en sus pueblos.

¿Cómo ves el futuro del cine en Venezuela y su proyección internacional?

Quisiera ser optimista y pensar que todo este impulso pueda mantenerse en el tiempo, pero la realidad es otra. Si no se encuentran mecanismos que puedan sostener la producción cinematográfica, se irán haciendo cada vez menos películas. Lamentablemente la ayuda que aporta el CNAC ya no es suficiente, la inflación devora los presupuestos. Algunos han encontrado financiamiento privado pero eso determina el tipo de película que debes hacer, películas más “taquilleras”. Hay una posibilidad que se abre con las coproducciones con otros países, pero es un camino que debemos construir. El futuro es incierto y cada vez está más en nuestras manos no dejar que nuestro cine deje de conectarse con el mundo, y hablarles de quiénes somos.

El Amparo intenta narrar la verdad de un país que nunca ha sabido muy bien qué es esa palabra. Karin Valecillos convence y nos da luces de cómo fue la Venezuela pre y post chavista, entendiendo la verdad desde los hechos ocurridos en un gobierno antes de la era Chávez e inspeccionándolo en la actualidad durante un gobierno extremadamente chavista. Un contraste que más que una historia, es una crítica de la gestión de los gobiernos en Venezuela.

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Silvia Cruz Lapeña, un relato desde el flamenco

Anna Maria Iglesia

Foto: Alberto Gamazo

Silvia Cruz LaPeña es una periodista de raza. Fiel y honesta con sus principios. Especialista en flamenco, Cruz LaPeña no es una mera reseñista: sus artículos y reportajes son textos, a veces incómodos, en los que ella analiza y descubre el mundo del flamenco, construyendo un relato que no se acomoda a los tópicos. Crónica Jonda (Libros del K.O) es también un relato incómodo, es también un relato que desmonta tópicos, un relato aparentemente autobiográfico a través del cual Cruz LaPeña destripa el presente social, político y, también, emocional. El presente de Crónica Jonda es el resultado de un pasado que no ha acaba de morir, que está ahí y cuyos frutos recogemos ahora.

Crónica Jonda comienza con la muerte de Paco de Lucía, que, a través de las palabras de Miguel Mora, se convierte en símbolo de un tiempo que se acaba.

Sí, y por esto está muy marcado el hecho de que yo me entero de la muerte de Paco de Lucía cuando estoy terminado el epílogo de la biografía de Camarón. Es un gesto casi epifánico: termino el epílogo y, por tanto, en cierta manera vuelvo a enterrar al gitano, que era Camarón, y me entero que se ha muerto el payo, Paco de Lucía. Y, sí, cuando Miguel Mora habla de la España aniquilada, yo la veo representada.

El gitano y el payo, el norte y el sur, lo exterior y lo interior… ¿tu libro es un juego de dualidades imposibles de separar?

Sí, está todo imbricado, porque la realidad es así. Este libro es un viaje, que yo empiezo cabreada, pero no puedo decirte en qué página dejo de estarlo, porque todo está mezclado, los opuestos se tocan y se confunden. En el fondo del libro está la idea de un todo, algo caótico, un todo donde es imposible determinar dónde empieza la otra. Es un libro que empiezo a escribir cuando todo parece haberse desquebrajado, cuando estaba naciendo con mucha fuerza Podemos y nos preguntábamos qué iba a pasar; ahora, seguimos, en parte, igual, no sabemos qué va a pasar, ni con Podemos ni con ningún otro partido. Por esto, cito a Faulkner.

Narras un tiempo que agoniza…

Sí, un tiempo que, además, se estira y no se acaba. Hablo de un tiempo que tiene mucho que ver con el flamenco, con esa voluntad de querer conservar el pasado, de no dejar que llegue lo nuevo. Por esto digo que, para no ser la música de España, el flamenco se le parece mucho. Como el flamenco, también el tiempo que estamos viviendo ahora es un tiempo suspendido, no sabemos qué va a pasar y, personalmente, tengo la sensación de que cada día empieza todo de nuevo.

No sólo dices que el flamenco se parece mucho a España, sino que es machista como España. ¿El flamenco es la lente desde donde miras tu entorno?

Sí, en cierto modo y, de hecho, en este libro el flamenco no es una excusa, como algunos me han dicho, sino que es la clave de lectura de muchas cosas y, al mismo tiempo, es mi abrigo, porque es el flamenco es el lugar donde me refugio. El flamenco es un microcosmos y en él veo conductas que, luego, veo también en otros ambientes, entre los periodistas, los carniceros o los taxistas.

El flamenco y, sobre todo, el mundo flamenco está muy connotado, pero, desde fuera, ¿lo miramos y lo juzgamos con demasiados prejuicios?

Hay muchos prejuicios en relación al flamenco, unos prejuicios que vienen de hace tiempo. Es cierto que el franquismo se apropió del flamenco y se lo usó como forma de propaganda de la cultura española, pero no fue el único arte a ser usado. Esto, sin embargo, ha hecho que, todavía hoy, haya quien conserva la idea de que el flamenco mantiene unos lazos con el franquismo cuando no es así.

Además, el flamenco es considerado como “lo español”, en un momento donde “lo español”, sobre todo en lugar como Cataluña, cuesta mucho de aceptar. Y, por último, para empeorar las cosas, se le tacha de machista y, en parte, es cierto, pero el flamenco no es más machista que la sociedad en el que está inmerso, es decir, la sociedad española.

Lo que quisiera es poner un punto y final a estas asociaciones, porque de flamenco he visto mucho y lo he visto en países como Francia e Inglaterra. Por tanto, ¿el flamenco es “lo español”? Sí, pero no. Lo que sucede es que falla el relato y creo que, en gran medida, de esto es responsable el propio mundo flamenco y, también, aquellos que lo narramos. Creo que tendríamos que hacer el esfuerzo de hablar de flamenco sin hablar de lunares, sin caer en los tópicos.

¿En qué sentido se ha explicado o se explica mal el flamenco?

El relato que se ha hecho hasta ahora del flamenco es la del tío guapo, alto, moreno y con pinta de torero y la mujer guapa, espectacular, con vestido de lunares. Se cuenta que, en el mundo flamenco, él manda y ella renuncia a todo y, en parte, es cierto, solo que, como te decía antes, el machismo del flamenco no es otra cosa que el reflejo del machismo de la sociedad en que se enclava.

El flamenco es mucho más, solo que todavía es un mundo muy circunscrito; ten en cuenta que muchos conservatorios no admiten los estudios de flamenco porque piensan que es cosa de cuatro gitanos que bailan en su casa. Esto hace que se desconozca el flamenco más allá de los tópicos, más allá del “lerele” y de los topos. Por esto, hablo del relato y de nuestra responsabilidad, porque es cierto que, sobre todo los medios no especializados, todavía te piden que si escribes de flamenco les hables de lunares, de sangre y de pasión, pero es precisamente esto lo que tenemos que evitar, porque el flamenco de hoy no es esto o no es solo esto. Hay espectáculos de flamenco muy fríos, donde no hay ni sangre ni pasión. O, por ejemplo, ver bailar a Rocío Molina es asistir a una clase magistral de danza contemporánea y de flamencos. Es una mujer que no utiliza ni lunares ni peinetas, pero es flamenco.

¿Ha habido clasismo en la percepción del flamenco?

Sí y no. Por una parte, no en cuanto, casi desde sus inicios el flamenco ha vivido gracias al apoyo de la gente adinerada; de hecho, muchos artistas flamencos han vivido de bailar a señoritos y a gente adinerada. Además, lo curioso es que, actualmente, muchas veces quien rechaza el flamenco es gente que, por cultura o por contexto, está muy cerca de él; sin embargo, hoy muchos lo rechazan por ser algo popular, algo folklorico…e, incluso, algunos no rechazan por no ser un arte elevado, si bien no hay que olvidar que hoy en día el flamenco está en todos los teatros del mundo.

Por otra parte, sí, hay clasismo: el rechazo al flamenco tiene mucho de clasismo y de racismo, que, paradójicamente, no solo viene del mundo payo.  En el mundo gitano también hay racismo, el de los gitanos y, lo que es más curioso, el de los gitanistas hacia los payos. Los gitanistas, que muchas veces no son gitanos, son unos puristas, son aquellos que dicen que el flamenco solo puede ser puro y que todo lo demás no es flamenco.

Ahora que hablas de los gitanistas, pienso en tu análisis de la música de Miguel Poveda, cuyo flamenco se ha “modificado” en cuanto él ha cedido, en parte, al gusto, tentado por las ventas o el gran público. ¿Poveda, como tantos otros, representa un flamenco adulterado, ese flamenco que nos llega y que consume la gran mayoría?

Yo diría edulcorada. Me voy a remitir, además porque enlaza con la cuestión del clasismo, a lo que dice Luis Cabrera, del Taller de Músics: el flamenco gusta si no te araña. No gusta el flamenco duro. Y lo que yo digo de Poveda es algo que se ve mucho en programas como La Voz u Operación Triunfo: se flamenquea mucho, se hace mucho “lerele” y mucho “olé”, pero eso no es hacer flamenco, por mucho que quien lo haga esté relacionado familiar o culturalmente con el flamenco.

Hay muchos que piensan que Malú es flamenca o que Rosario Flores hace flamenco, cuando no lo ha hecho en su vida. Y, sin llegar a este punto, Miguel Poveda, que sí que canta flamenco, aunque en sus espectáculos hay de todo, hace un flamenco edulcorado o, como yo digo, flamenco de amplio espectro. Muchos de mis compañeros de profesión, me dirían que este flamenco de amplio espectro no es flamenco.

Un relato desde el flamenco 1
El flamenco es mucho más que lunares y trajes de sevillana | Foto de Alberto Gamazo

¿Me comprarías la etiqueta: “flamenco para quien no entiende de flamenco”?

Mis compañeros gitanistas te comprarían… y yo también

Otro de los temas del libro es la inmigración, principalmente la de Andalucía hacia Barcelona y te muestras muy crítica hacia la política catalana, hacia ese discurso político que llegó a consolidar el concepto de “charnego”.

Sí, ante todo, porque reniego completamente del concepto de “charnego”. Yo no eliminaría esta palabra, pero que la diga quién la inventó. Este nombre, completamente despectivo, no nos lo hemos inventado quienes supuestamente somos charnegos, por esto, no lo asumo, porque no hay nada de negativo en el hecho de que una abuela mía fuera andaluza, otra murciana, mi madre de Barcelona y mi padre de Córdoba. Y, sí, en el libro hago una crítica feroz a esa sociedad que conocí y la hago, también, porque me hace mucha gracia cuando se habla hoy de los catalanes a los que no se escucha o a esos catalanes que estamos un poco callados. ¿Nos han escuchado alguna vez? Por esto cuento la celebración que se hizo en Barcelona en 2013 por los cien años del nacimiento de Carmen Amaya. A nadie le importó que se celebrara el nacimiento de Amaya teniendo mal los datos, sin prestar atención a los estudios que decían que ella había nacido en 1918. ¿Te imaginas que hubiera pasado si quienes organizan la celebración de 1714 se equivocaran y dijeran 1715? Pues, esto. No se trata de forma distinta a unos que a otros y luego decir que somos todos parte de un mismo pueblo. Recuerdo perfectamente cuando en la rueda de prensa previa al homenaje de Amaya, Mascarell decía que el pueblo romaní era parte del pueblo catalán, cosa que es cierta, pero entonces ¿por qué no se la trata igual?

En el libro cuentas, además, como un concejal te dice que prefiere antes “a los africanos que a los andaluces porque son ‘más propensos a hablar catalán’”.

Me hicieron este comentario como me han hecho muchos otros. Y, lo peor, te lo hacen sin preguntarse quién eres tú, sin plantearse que, a lo mejor, con sus palabras te están ofendiendo o están ofendiendo a tus padres.

¿Tuviste que asumir tu historia y tus orígenes o siempre fueron connaturales a ti?

No, no tengo la sensación de haber tenido que asumir mis orígenes, pero sí es cierto que, durante la presentación en Madrid, Cristina Fallarás decía que el libro es la narración de la construcción de una identidad. Seguramente, en el libro me digo algunas cosas que nunca me había dicho y ciertamente no es casual que mi interés por el flamenco se haya reafirmado en estos últimos años ni que mi libro salga en estos días y hable de flamenco. Aunque no quieras, ahora mismo, te obligan a preguntarte sobre tu identidad. Yo, que nunca me he preocupado de esto, me siento obligada no sólo a preguntarme sobre mi identidad, sino también a interrogarme sobre mi origen. Sin embargo, para mí nunca fue un problema: cuando volví a Barcelona, vivía en Nous Barris y nunca sentí la necesidad de preguntarme de dónde era. A lo mejor era una excepción, pero lo cierto es que nunca me preocupó este asunto.

Tú, además, narras la experiencia de una migración a la inversa: cuando tienes 8 años, dejas Barcelona y vas vivir a Andalucía. ¿Cómo era tu mirada, la de una niña que, si bien de origen Andaluz, deja Barcelona y se va a vivir a Andalucía?

Era una mirada repelente, porque era la mirada de quien viene de Barcelona y llega al sur. Era una mirada donde había rechazo, que, sin embargo, también encontré en Andalucía, aunque por distintos motivos. El rechazo que encontré era debido a que allí están muy hartos de que, desde Barcelona, se les mire con cierta superioridad, una superioridad que yo llevaba incorporada. Y, ahora, lamento haber salido corriendo de allí con 18 años, deseando ir a Barcelona, que para mí significaba un lugar con amplitud de miras y cosmopolita, paradójico si pensamos en lo que estamos viviendo hoy.

Evidentemente, con los años he vuelto a Andalucía, pero ya no he vuelto a vivir allí; de ahí que, en el libro, exprese mi arrepentimiento por esa actitud repelente que tuve y, solo ahora, me doy cuenta de que en todos los años que viví ahí, no llegué a conocer, de verdad, Andalucía por mi estrechez de miras.

En el fondo, Crónica Jonda es un gran canto a Andalucía.

Y a Barcelona.

Sólo que Barcelona sale peor parada.

No, el libro es un gran canto a Barcelona, solo que vivo en Barcelona. Si me hubiera ido, seguramente mi mirada se hubiera dulcificado. Yo no tengo una mirada romántica de Andalucía, pero ya no es tan severa como la que tenía antes, porque vivo a mil kilómetros y porque cuando voy es solo para estar unos días. Sin embargo, Barcelona es mi ciudad elegida, es la ciudad que amo, de ahí el cabreo que tengo. Siempre te enfadas con quien más quieres y yo estoy casada con Barcelona.

Por último, quería preguntarte sobre el periodismo, del que también hablas.

Yo todo lo que te pueda decir del periodista suena a corporativista, aunque no lo sea para nada, pues soy muy crítica con quien no lo hace bien y conmigo misma cuando me equivoco. Me parece vital que se haga periodismo y que se haga bien. Aunque no tengamos un código deontológico muy claro, me parece esencial hacer periodismo con sensatez y respetando algunos principios.

Te muestras muy crítica con los “periodistas” amateurs.

Yo soy muy crítica con el amateurismo, es cierto, con ese “periodismo” que se ejerce gratis. Yo también me abrí un blog para escribir sobre mis cosas, pero el periodismo es otra cosa. ¿Qué quieres hacer periodismo? Muy bien, pero juega con nuestras reglas: cobra por trabajar. ¿Te metes a hacer periodismo sin cobrar para ligarte a la cantaora o el productor? Entonces, lo que haces no es periodismo, porque el objetivo del periodismo es otro.

Puedes ser amateur, pero no nos quites el pan, no reemplaces el papel del periodismo. Nos quejamos de que se hace mal periodismo, pero es que la mitad de la gente que lo ejerce no es periodista, y no me refiero a tener o no el título universitario, y la mitad de la otra mitad ha sucumbido a determinadas cosas: cobrar poco, titular mal en busca de click, evitar ser molesto.

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