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Zumaia, mucho más que el Rocadragón de Juego de Tronos

Saioa Camarzana

Los amantes de las series conocerán este lugar pero no por su nombre, Zumaia, sino por Rocadragón, el lugar en el que desembarca Daenerys Targaryen con toda su tropa. La reina baja del barco, toca la arena y los acantilados se convierten en el lugar por el que vuelan sus tres dragones. Bien, pues en las piedras de este pueblo de la costa guipuzcoana se puede leer la Historia. La Historia de la Tierra y la nuestra. Y no es exagerar semejante afirmación, la formación rocosa que se ve en la séptima temporada de la saga que nos tiene en vilo se llama Flysch y en sus páginas se pueden leer 60 millones de años de historia.

A 36 kilómetros de Donostia se encuentra este mágico pueblo costero que hace muchos años fue una villa pescadora. Un lugar construido entorno al monasterio de Santa María, regalo del rey Don Sancho de Castilla IV al convento de Roncesvalles en el año 1292, tal y como declara el primer pergamino que lo cita. Estos monjes empezaron a ver poblarse la explanada en la que se encontraba el monasterio y, aunque no existe una conclusión unánime, parece que los habitantes del valle de Sehatz cansados de los ataques de piratería decidieron abandonar sus hogares para construir una pequeña aldea amurallada con el objetivo de protegerse. Esta es la razón por la que hoy en día se exhiben unos cañones en el paseo que lleva al faro y que hasta hace unos años no estaba a la vista más que la parte trasera del mismo. Parecían simples boyas para amarrar los barcos a su llegada. Cuando la alcaldía decidió renovar el emblemático paseo, que lleva desde el parque de Amaia hasta el faro en un recorrido repleto de casitas bajas (parte de ellas son casas de verano), se llevó la sorpresa de ver esos cañones que habían sido utilizados para la protección de las fronteras del pueblo y sus gentes.

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El Rocadragón de Juego de Tronos es en realidad el pueblo de Zumaia, a 36 km de Donostia | Imagen vía HBO

Paseando por Zumaia una se da cuenta de que es como un circuito de obstáculos. Esquivas una, dos y hasta tres sillitas de niños en un espacio reducido. Madres que ríen, jóvenes padres que llevan a sus niños al parque. Todos se saludan. Todos se conocen. Con algo más de  9.800 habitantes (está creciendo pero pronto no habrá espacio para la construcción de nuevos edificios) es fácil recorrer los rincones más interesantes del pueblo en una mañana. La temporada estival es una de las más agradables (aunque ahora que ha adquirido fama por haberse rodado en su playa varias escenas de Juego de Tronos los turistas se multiplican) para descubrir sus recovecos. Si el clima acompaña, ya se sabe que en el País Vasco no siempre hace sol aunque sea verano, el paseo puede empezar por caminar hasta el paseo del faro. Con el mar en calma se puede disfrutar de todo el recorrido, hasta el final (aunque ahora se encuentra en proceso de renovación), ya que cuando el mar está bravo se cierra la zona más alejada debido a que en 1960 ola gigante se llevó por delante a 6 personas que pasaban por allí. Ahora, como medida preventiva, cuando hay marejadas fuertes se cierra a la altura del museo de Julio Beobide.

La siguiente parada, y quizá la más llamativa, es la playa (o mejor dicho, cala) de Itzurun, parada obligatoria, para seguir viendo esa costa que tan popular se está haciendo. En lo alto se ve la ermita de Arritokieta en un tira y afloja con el precipicio, como un funambulista luchando por no caer. No solo es el lugar en el que Daenerys y Jon Snow se reúnen para unir fuerzas contra Cersei Lannister, es también punto de encuentro de geólogos de todo el mundo. Sus acantilados, protegidos ahora en biotopo, nos muestran la edad de la tierra como los árboles nos ofrecen su edad mediante los aros de su corteza. Las formaciones rocosas, tan sutiles como caprichosas, han quedado al descubierto por el impacto del mar a lo largo del tiempo. 60 millones de años son los que nos muestran esta vieja y anciana costa que nunca se cansa y siempre está activa (el Flysch, así se llama desde hace unos años, se extiende a lo largo de 15 kilómetros que se pueden visitar en una excursión en barca que se reserva en el centro de información). Este enclave, en el que ahora se dan cita numerosos turistas, ha sido punto de referencia para diferentes películas y documentales. Tanto es así, que en la villa costera se abrió el Centro de interpretación Algorri para saciar la curiosidad de todo aquel que quiera saber más.

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Atardecer en el acantilado. Un paisaje conocido para los seguidores de Juego de Tronos | Imagen vía: María López

Visita a la rasa mareal

Pasear por encima del acantilado, hasta que el camino se convierte en una punta estrecha desde la que observar la inmensidad, era ir en busca de un relajante momento para los lugareños y los pocos turistas que llegaban atraídos por sus vistas, por su olor a salitre, por su quietud. Como un Ulises atraído por el canto de las sirenas. Ahora, debido al aumento de turismo que se está viviendo, la Diputación ha decidido aumentar las medidas de seguridad de un camino pedregoso y arenoso en la misma ladera del cortante. Unas vallas, dicen, se dispondrán a lo largo del mismo para evitar que la tierra pueda desprenderse a causa del impacto.

La otra playa, la de Algorri, conocida como ‘la playa de los curas’ (debido a que estos tenían un pasadizo bajo tierra desde la iglesia hasta la playa o eso es lo que se le dice) es un punto de referencia para las puestas de sol. Conocedores de la marea, su fuerza y poder, los zumaiarras saben esperar en la playa hasta pasadas las nueve de la tarde para recibir la energía de los últimos rayos de sol. El espectáculo hechiza. El sol baja por el acantilado y se esconde tras los montes de los pueblos colindantes creando un juego de colores anaranjados que se mantienen en el horizonte. El mar, la montaña y el sol que desaparece tras los rocas hacen que quieras pasar el resto de la eternidad viendo atardeceres como estos.

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Itzurun desde la playa | Imagen vía: María López

Un pueblo de calles de piedra

De vuelta en las calles del pueblo un buen alto en el camino es el bar Itzurun, justo donde arranca la cuesta que sube a la playa. Con una terraza tranquila, a pesar de que acaban de quitar los pequeños arbustos que te protegían de los transeúntes, el bar es una parada interesante para probar alguno de sus pintxos o una ración de rabas, quizá de las mejores de la localidad. De allí a otro de los puntos gastronómicos más interesantes nos separan tan solo dos minutos de paseo, con vistas al puerto el bar Idoia quizá sea una de las mejores propuestas para bolsillos lejos de los apuros económicos de la mayoría de jóvenes.

Tras este pequeño alto para reponer fuerzas se puede subir a ver la iglesia románica jalonada por pequeñas gárgolas que se encuentra rodeada de calles estrechas y casitas bajas que desembocan en la nueva biblioteca municipal. Y, bajando por sus escaleras, se llega a la calle en la que todo ocurre: Erribera. Tiendas, locales y bares se suceden unos a otros para dar cobijo en época de lluvia o se convierte en punto de encuentro cuando llegan las fiestas. Las escaleras desde el bar Zalla, en Upela Plaza, llevan a la fuente de San Juan, conocida actualmente por ser una de las localizaciones de la película Ocho apellidos vascos. Bajando las escaleras traseras de la iglesia se adentra en una callejuela estrecha de piedra, una cuesta que te lleva a la ermita de San Telmo, desde donde se puede observar la playa de Itzurun desde lo alto. De camino, hay un pequeño santo, San Telmo, que aun no siendo el patrón de Zumaia se ha convertido en el símbolo del pueblo, dando nombre a las fiestas más multitudinarias celebradas justo después de Semana Santa.

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Vista de Zumaia desde el puerto. | Imagen vía: María López

Camino de Santiago

Zumaia cuenta con un tramo del camino de Santiago, un paseo por la playa bordeando el museo de Zuloaga y el puerto deportivo (no exento de polémica en su momento por contribuir a la destrucción de la marisma) hasta llegar a la antes mencionada ermita de Arritokieta y el cementerio; poco antes de empezar la cuesta, al lado del convento de San José se encuentra un albergue para peregrinos. Con un camino asfaltado y fácil de digerir se obtiene una panorámica de todo el litoral, aunando mar, montaña, río y una vista general de Zumaia.

Pasado ilustre

Este pueblo de pasado pescador ha sido punto de encuentro no solo de geólogos de todo el globo sino también de personalidades ilustres de las artes y las letras. Una de sus calles, Juan Belmonte, es un homenaje al torero sevillano que solía lidiar de manera gratuita en la localidad a petición de su amigo, el pintor Ignacio Zuloaga, habitante de la localidad en las temporadas veraniegas. En su casa, convertida ahora en museo, se llevaban a cabo encuentros entre intelectuales como Ortega y Gasset, Unamuno, Pío Baroja o Valle-Inclán. Pero estos no son los únicos ilustres de la villa. De aquí también salió la bailarina de ballet clásico Lucía Lacarra.

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Puerto de Zumaia | Imagen vía: María López

Otros lugares que visitar

Si se dispone de más de un día en la localidad las posibilidades se disparan. Una visita a Elorriaga, un pequeño monte o ladera desde el que se puede ver parte del litoral, es una de las excursiones perfectas para un domingo por la mañana. 9 kilómetros y dos horas y media es lo que lleva subir y bajar de allí. Una vez arriba un bar, un parque y mesas para comer esperan los visitantes. Otra escapada puede ser llegar hasta Askizu, esta vez es recomendable coger las botas de monte. Desde la primera cuesta se puede ver todo el pueblo de Zumaia; montañas, mar, el faro y el pueblo. Desde aquí es posible echar la vista atrás, hasta el primer asentamiento y ver cómo Zumaia era una explanada ahora convertida en una preciosa y acogedora villa.

En definitiva, Zumaia es un lugar de ensueño para niños y mayores, un pueblo en el que desconectar y vivir de manera tranquila, lejos del bullicio de las ciudades y con todas las comodidades. El servicio de transporte público, compuesto de tren y autobús, conecta en poco más de media hora con Donostia y, en algo más, con Bilbao. Y cuando cae el sol, se llena de una paz y armonía que me recuerda a cuando coleccionaba piedras y las escondía en el cajón.

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Vista de Zumaia con la iglesia de San Pedro | Imagen vía: María López

Algunos tips para pasear por Zumaia

Dónde dormir

Landarte: una pequeña casa rural de siete habitaciones que se encuentra al principio de la subida al monte San Miguel. Rodeada de un jardín inmenso es uno de los alojamientos más tranquilos de la zona.

Zelai: hotel con vistas a la playa, probablemente la opción más cara

Hotel Flysch: hotel de nueva construcción cerca de la ermita

Apartamentos Tomás: tres apartamentos en pleno centro

Pensión Goiko: situado justo encima del bar homónimo cuenta con siete habitaciones en la calle Erribera

Camping Zumaia: lugar para acampar compuesto también de bungalows

Dónde comer

– Idoia: pescado y pintxos

– Labarra o Itzurum: pintxos

– Gure Txokoa: raciones y bocadillos

Zalla: platos combinados, bocadillos y pintxos

– Justa: raciones y menú del día

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Carlos Marques-Marcet: "Si tengo que elegir entre el talento y la suerte, elijo la suerte"

Jorge Raya Pons

Foto: AVALON

Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) tocó el cielo en 2014, cuando ganó el Goya a mejor director novel por 10.000 kilómetros, que sumó otros cinco premios en el Festival de Málaga. Ahora espera con cierto nerviosismo que su nueva película, Tierra firme, eche a volar –como le gusta decir– y cobre vida propia. “Desde el momento en que está acabada, ya no pintas nada, va por sí sola”, dice. “A mí siempre hay un momento cuando termina la película en que me entra el bajón y me digo: ‘¿Ahora qué?’. La película es como parte de tu pasado, deja de ir contigo: cuando la hiciste eras otra persona”.

¿Te resulta difícil marcar un estilo durante el proceso?

Sí, requiere una cierta concentración. Siempre hay un momento en el proceso en el que te cansas, especialmente cuando es largo. Me cuesta entender a las personas que se tiran 10 años haciendo una película. Hay un momento en que ya no tienes nada que ver con la persona que la comenzó. Gestionar eso es una de las cosas más difíciles de un proyecto largo. Yo creo que por eso nunca ruedas como escribes, y nunca montas como ruedas. Casi se ven tus tres tús diferentes. Precisamente en la película que estamos haciendo ahora, estoy tratando de cambiar el proceso de intentar rodar cronológicamente y durante más tiempo a lo largo de un año.

Carlos Marques-Marcet: "Si tengo que elegir entre el talento y la suerte, elijo la suerte" 3
Marques-Marcet, durante el rodaje de ‘Tierra firme’. | Imagen: AVALON

[Tierra firme plantea una duda casi personal para el director: ¿qué ocurre en una relación, entre los 30 y los 40, cuando uno quiere tener hijos y el otro no? Y si con amarse no basta. Esta es la cuestión sobre la que circula toda la película, con sus fases de comedia y de drama, con el ambiente idílico de Londres y sus canales, con un reparto protagonizado por Oona Chaplin, Natalia Tena, David Berdaguer y Geraldine Chaplin].

¿Cómo recibiste la noticia de que Geraldine Chaplin estaría en tu película?

Hicimos el papel para ella, era nuestro objetivo. Solo que luego se complicó, pero Oona –su hija– nos ayudó para que fuera posible. Me dio mucha impresión, claro. Es Geraldine, un mito viviente. Es un lujazo trabajar con ella, nos hemos entendido muy bien. Fue un flechazo mutuo. Me contaba batallas con David Lean, Robert Altman, cómo dirigían… Y a la vez es una mujer súper humilde. Me dijo una cosa muy bonita que me dejó impactado: ella, de joven, pensaba que con el tiempo se le calmarían los nervios durante una película, pero que en realidad le ha sucedido todo lo contrario. Eso habla mucho de cómo vive su trabajo.

No debe ser sencillo dirigirla.

Bueno, luego es mucho más orgánico. Si el actor ve que tiene sentido lo que propones, lo va a hacer. Si ve que no lo tiene, te lo va a decir. Si un actor está por la faena, lo que quiere es dar lo mejor. Uno tiene que trabajar para que el actor confíe en él. Yo animo mucho a los actores a buscar sus vías. Probablemente el actor más duro con el que he trabajado sea Antonio Dechent. Te pone a prueba. Quiere ver si eres un buen director o no, y si no lo eres te come. Dechent te come.

[Carlos Marques-Macet habla sin reservas, se expresa mucho con las manos, y recuerda con entusiasmo uno de los momentos que solidificaron sus ambiciones de ser cineasta. “Pasó cuando estudiaba Audiovisuales”, cuenta. “En la Pompeu Fabra tenían una sala repleta de VHS y VHS NTSC y traían películas no publicadas en España o en Europa, igual venían de Estados Unidos. Guerín –director de cine y profesor universitario– nos hablaba mucho de Yasujiro Ozu, pero eran películas que nunca habíamos podido ver. Se movían en determinados círculos, y yo todavía no estaba en ese ambiente. Recuerdo llegar a la universidad, ir a los bajos, donde estaban los rolletes, y de repente ver ahí películas de Ozu. Me decía: ‘A ver qué es esto’. Cogía una y leía: ‘Un padre casa a una hija…’. Cogía otra y leía: ‘Un padre casa a una hija…’. Recuerdo poner Primavera tardía y no entender nada. Estaba en ese cubículo, sentado en una silla incómoda, y de repente hay un momento en la película en que el hombre se pone a pelar una manzana, como su último gesto se pone a pelar una puta manzana… Hay algo ahí que hace que te explote la cabeza. Es una emoción extática. No es una emoción de los personajes, tampoco es una idea. Es como puro cine con un gesto. Una revelación, si utilizamos términos religiosos –que no me gustan”].

¿Qué buscas en una película como espectador?

No lo sé… depende del día y del momento. En cada película busco una cosa. Por eso el problema de las expectativas. ¿Qué buscas cuando conoces a alguien? Para mí ver una película desconocida es como conocer a una persona, conocer un lugar o conocer una realidad diferente a la tuya. O como conocer una realidad tuya vista de otra manera. Entre hacer ordinario lo extraordinario y extraordinario lo ordinario. Entre Ozu y Mizoguchi, supongo.

¿Es distinto a lo que buscas como cineasta?

Supongo que… cuando escribes no estás pensando tanto en el espectador. Hombre, estás haciendo comedia y estás esperando que se rían con una broma, no voy a negarlo. Una cosa que me gusta y que sé que provoco con mis películas es que la gente salga de la película a tomar una birra y discuta sobre los personajes. Eso, para mí, ya es un logro. Y supongo que uno también busca crear una revelación que le cambie a alguien, pero tampoco tengo una aspiración tan grande con mis películas. Aunque si llega, perfecto.

¿Te sientes cómodo viendo tu propia película en una sala, con gente a la que no conoces y que no te conoce, comprobando sus reacciones?

Antes me daba pavor. Era una sensación muy extraña. Ahora veo mi película dos veces: en el estreno fuera y en el estreno en España. Esta la vi en Sevilla y la vi en Londres, y lo que mola de esta película es ver si la gente se ríe o no. Me di cuenta de que en Londres se ríen de cosas completamente distintas. Allí comenzaron a reírse desde el minuto cero con Geraldine haciendo de hippie. Aquí la gente no se empezó a reír hasta que apareció la escena del semen: a partir del momento incómodo. Luego puede que se rían y que no les guste, y viceversa, pero te da ese placer momentáneo, casi como recibir un like. Ahora lo interesante es ver lo que la gente piensa y cómo opina y qué debates se crean. No es la parte que más me gusta de hacer una película, pero también la disfruto. Aunque también paso vergüenza, como si hablaran de mi hijo delante de mí.

¿Y piensas mucho en el cine cuando no estás trabajando?

Yo soy de los que cree que pensar no sirve de mucho, que solo sirve para fantasear y darle demasiadas vueltas. A mí me vale más hablar de una idea, especialmente con gente que ha pasado por cosas parecidas. Que la gente dé su opinión sobre la película. Ahí empiezas a pensar en los personajes, en imágenes. Muchas veces tiene que ver con los espacios. Me ha pasado, esta vez, con los canales. Tenemos un documento de 700 páginas con cada puente de los cuatro canales principales de Londres. Todo lleno de fotos. Ahí sacas muchas ideas de las localizaciones, más que si estás paseando en la playa. Para esta película he leído mucho sobre canales, sobre en qué épocas y cómo se construyeron, sus historias y las de sus constructores, sobre la gente que vivía en barcos, que se llamaban a sí mismo boaters.

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Oona Chaplin y Carlos Marques-Marcet, en el rodaje de ‘Tierra firme’. | Imagen: AVALON

[Luego, Marques-Marcet cuenta que no se siente un director ilustrado, que va “muy poco a museos” y que es, incluso, “bastante necio”. Luego dice, entre risas, que es un autor con “poca imaginación”: “Recuerdo que cuando acabé el guión de Tierra firme, se lo pasé a un amigo. Él me dijo: ‘Está muy bien. Pero esto es como L’Atalante, ¿no?’. Y claro, es una de mis películas favoritas, pero ni siquiera había pensado en ella. Quieras o no, las películas están en tu inconsciente”].

Ahora que estrenas tu segunda película, ¿has pensado en qué te gustaría hacer en los próximos años?

Me gustaría comer bien, follar mucho… viajar… y hacer películas. Espero no hacer ninguna película que no disfrute. Me gusta hacer encargos, y eso es un peligro. Me da miedo no escoger bien. Eso depende mucho de la suerte. Y si tengo que elegir entre el talento y la suerte, elijo la suerte.

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Mark Hagland: “Los hijos racializados con padres adoptivos blancos no somos víctimas”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Tengo 57 años y pertenezco a la primera ola de adopciones de niños de Corea del Sur de los años sesenta en Estados Unidos. Crecí junto a mi hermano gemelo en una cariñosa familia norteamericana, pero siempre me sentí un alienígena entre blancos. Ahora me dedico a ayudar a padres adoptivos y a sus hijos racializados a vivir en el amor y la diversidad. He sido invitado por la Asociación Antirracista de Madres con Hijxs Negros de Barcelona para compartir mi historia con ellos.

Pasó la niñez en el Iowa de los años sesenta. Nunca he estado allí, pero imagino que no debía ser el lugar más cosmopolita del mundo…

Mis padres eran de ascendencia alemana y noruega y crecí rodeado de blancos totales. Nadie creía que fuéramos una familia y la gente nos señalaba con el dedo y preguntaba: “¿De quién son esos niños?”.  Y mi madre contestaba: “Nuestros”.

Eso me hizo vivir siempre acomplejado por mi imagen física y a mis 57 años ha mejorado. Es fatal crecer odiándote y sentirte alienado, he pasado décadas trabajando la imagen que tengo de mí mismo y por eso me gusta compartir las experiencias que he vivido para apoyar a mis hermanos transraciales y a sus padres. No quiero que sus hijos pasen por lo que yo pasé.

Crecer con un gran sentimiento de aislamiento y rechazo me dio más cosas. Y eso me llevó a querer conocer otras culturas y formas de ser y me hice periodista. Tuve que mudarme a Chicago y aunque al principio pasé miedo, porque te genera mucha inseguridad no conocer a tu raza de origen, disfruté de la diversidad.

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Mark Hagland, Periodista y activista antirracista | Imagen vía The Objective/Diana Rangel

En sus charlas habla mucho de la carga narrativa. ¿A qué se refiere?

Las personas racializadas se ven en la obligación de tener que explicar su historia personal a los otros, porque constantemente les preguntan de dónde son. Es agotador y forma los parámetros de nuestra vida y la imagen que tenemos de nosotros mismos. Y también están las burlas…

Por eso es importante que los niños crezcan en un ambiente lo más abierto y diverso posible, con espejos raciales y una gran diversidad de personas, y que aprendan lo máximo posible sobre el racismo sistémico y el privilegio del blanco.

¿El privilegio del blanco?

Sí, es difícil que los blancos comprendan este punto, hay que experimentarlo. Los adoptados transraciales no somos víctimas y vivimos vidas ricas, con miles de capas. Somos cebollas gigantes. Los podres deben entender que, como blancos, viven en una situación de privilegio respecto a sus hijos y cuando descubren el racismo se vienen abajo. Intentan protegerles, pero les transmiten miedos y fantasmas y lo que deberían hacer es no obsesionarse y compartir con sus hijos la historia y los orígenes del lugar donde nacieron.

Yo tengo una hija multirracial de 16 años y desde los cuatro he tratado con ella la complejidad de la identidad. Ahora se siente orgullosa de sus identidades múltiples y espacios en el mundo. No es suficiente tener una única conversación con ellos y los padres saben muy poco de la cultura y la situación política de los países de origen de sus hijos.

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La portavoz de la Asociación Madres Blancas con Hijxs Negros, Montse Felez y su hija Lea. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Pero los niños viven en otra cultura. No entiendo por qué debería ser un problema…

Para evitar que si un día deciden regresar en busca de sus orígenes tengan experiencias duras.

¿Usted lo hizo?

No todos los adoptados buscan a su familia biológica. Yo decidí que lo haría junto a mi hermano o no lo haría, y no lo hice. Corea del Sur en los años sesenta era mísera y probablemente mis padres eran jóvenes y pobres, y es difícil buscar. Tengo amigos que lo han hecho.

Pero sí he estado en Corea en tres ocasiones y fue una experiencia interesante, pero muy complicada. Me encantó visitar mi país de nacimiento, pero a la vez me sentí aislado de nuevo. Cada vez que encontraba a una persona, me preguntaba si era japonés. Cuando un asiático acude a otro país asiático no habla el idioma y siempre le preguntan de dónde es. Y es alienante regresar a tu país de origen y ser tratado como un extranjero.

Había aprendido un par de frases en coreano, pero la cultura era demasiado distinta. Ser coreano es estar en una página muy pequeña del mundo y la gente se enorgullece de que piensen todos lo mismo. Hay cientos de adoptados europeos y norteamericanos de origen coreano que vuelven al país y sienten que no encajan, jamás serán vistos como  ciudadanos de Corea.

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La sala se llenó de familias transraciales que compartieron sus vivencias con Hagland | Imagen vía The Objective/Diana Rangel

¿Se siente norteamericano?

Sí, pero soy un norteamericano diferente. No soy blanco, viajo y hablo idiomas. Aunque tuve unos padres cariñosos siempre estuvo presente la sensación de no pertenecer a la comunidad, que era muy cerrada, de inmigrantes alemanes. Me sentía como un alienígena y nada integrado. Y aún en situaciones puramente blancas siento ansiedad. El pasado verano estuve en Iowa y yo era el único no blanco y me acordé de ese sentimiento que tuve durante toda mi infancia y adolescencia.

Por eso me siento cómodo en lugares donde hay todo tipo de gente. Mi identidad es casi ser ciudadano del mundo.

España está viviendo el desafío que vivieron ustedes hace treinta y cuarenta años. ¿Qué consejo le daría a los chicxs adoptados de familias transraciales?

Que cuando les pregunten de dónde son contesten lo que quieran. Tienen el poder de hacerlo.

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Aterriza en España la primera herramienta para cambiar dinero desde casa

Lidia Ramírez

Foto: Dinuka Liyanawatte
Reuters

El viaje comienza con los planes. Reserva del vuelo, del hotel, planificación de ruta, alquiler de coche, cambio de divisas… Todo esto intentamos hacerlo con el suficiente tiempo necesario para ahorrarnos algún ‘dinerillo’. Para ello hay cientos de páginas para comparar, por ejemplo, precios de billetes de avión, de hotel o de alquiler de coches. Sin embargo, a la hora de cambiar el dinero para adecuarnos a la moneda del destino comienzan las diferentes peregrinaciones pagando comisiones sin tener muy clara la mejor opción. El cambio de moneda es la parte del viaje que falta por controlar, la que siempre se recuerda demasiado tarde y por la que se paga demasiado.

Esto es lo que pensó Tal Ekroni, un joven emprendedor de tan sólo 28 años, profesor de finanzas en el College of Management Academic Studies de Israel, que vio un hueco en este mercado y decidió crear el primer agregador de cambio de divisas para viajeros: FlyMoney. “Una vez varios alumnos me comentaron cuál era la forma más fácil de cambiar dinero para viajar a India porque tenían dificultadas para conseguir rupias. En ese momento descubrí que, en pleno siglo XXI, había un gran vacío en el mercado ya que no había herramientas que facilitaran la vida de los viajeros al cambiar dinero”, cuenta Ekroni a The Objective.

Llega a España la primera app para cambiar dinero desde casa
Tal Ekroni, fundador de FlyMoney. | Foto cedida por Interface Tourism Spain

Supervisado por el Banco de España y el Banco Central Europeo, el cambio de divisas se realiza a través de la web, sin estrés ni necesidad de hacer colas en bancos o aeropuertos y pagar comisiones excesivas. “Todo el proceso es transparente y con la mayor seguridad garantizada. Además, las tarifas proporcionadas son las mejores en el mercado”, asegura el joven emprendedor quien apunta que, además, la herramienta muestra al cliente una comparación para la misma transacción de intercambio si la operación se llevase a cabo a través de una entidad bancaria o aeropuerto. “Siempre ganamos en el aspecto del precio”, insiste Ekroni.

Tras realizar la compra el viajero puede recoger sus divisas en proveedores instalados en alguno de los 56 aeropuertos asociados a la red de FlyMoney (eligiendo si prefieren hacerlo a la salida del viaje o en la llegada al destino), pedir que se le envíe el dinero a casa por mensajero o incluso recogerlo en cualquiera de las oficinas de Correos que existen en España con una espera máxima de un día y medio.

La startup, que fue elegida como la más innovadora de Europa en la competición Visa Everywhere Initiative, cuyo premio se entregó en Copenhague este pasado mes de julio, ofrece más de 72
opciones de divisas diferentes de 117 países, entre los que se encuentran Israel, Rusia, Jordania, Dinamarca, Alemania, España, Suiza, Marruecos, Australia, Uruguay, Paraguay, Brasil, Ecuador, Colombia, Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, México, Trinidad y Tobago y República Dominicana.

Y por si algo falla, FlyMoney tiene un servicio de atención al cliente 24 horas y además ofrece la posibilidad de cancelar el pedido sin coste. ¿Alguna vez cambiar dinero fue tan fácil?

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