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Sexo furtivo junto al Templo de Debod

Néstor Villamor

Foto: Thomas Eakins
Amon Carter Museum

Oscuridad y silencio. Matorrales frondosos y sombras. Se mueven sin hacer ruido. Susurran. Son sigilosos. Son discretos. Son hombres, decenas de ellos, que se reúnen en los jardines aledaños al Templo de Debod, en el madrileño Parque del Oeste, mantener relaciones sexuales con desconocidos al caer el sol. Cada noche son distintos los hombres, pero siempre es igual la mecánica: encuentros furtivos con extraños entre los arbustos.

A medianoche de un lunes cualquiera, la fiesta ya ha arrancado hace rato pero es ahora cuando empieza a haber más movimiento. La hora punta de la jornada, la happy hour. No es, sin embargo, la noche más concurrida con la que uno puede toparse. “Cuando más gente viene es el fin de semana, a última hora“, aclara un habitual de la zona. Los viernes y sábados a las seis o siete de la madrugada, puntualiza, acuden aquellos que, tras no haber tenido suerte en bares y discotecas, quieren desahogarse y acuden al parque a practicar cruising, como se conoce a esta práctica.

Los escenarios de la acción son el recinto del ahora abandonado restaurante El molino de los porches (cuya alambrada está oportunamente rota en dos puntos distintos) y los matorrales que lo rodean. En el suelo, abundan los residuos plásticos, recuerdo de pasiones pretéritas; en el aire, el hedor es intenso. Entre la valla del restaurante y los arbustos circundantes hay una suerte de pasadizo del que entra y sale un goteo constante de hombres. Un lugar para ver y ser visto, cubierto siempre por la intimidad que proporciona la vegetación. Las pisadas de esa especie de pasillo han hecho que ya no crezca allí el césped: ahora solo hay tierra y hojas caídas. Algunos usuarios fingen hacer footing en ese jardín, vestidos únicamente con calzado deportivo y un bañador. Es decir, están a una prenda de la desnudez. La elección del atuendo no es casual: será útil minutos después.

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Los residuos que dejan los ‘cruisers’ se amontonan en la zona. | Foto: Néstor Villamor / The Objective

No hay códigos establecidos entre los participantes (algunos veinteañeros, algunos sexagenarios; algunos con camisa, algunos con chándal). El primer contacto es tan simple como efectivo: “Métele mano, aquí con timidez no te vas a comer una rosca, vete a saco”, aconseja un veterano. Tiene razón. Esa suele ser la mecánica. La parte del cuerpo que se estimule en este primer paso revela el rol sexual de cada uno y establece el tipo de relación que se busca. Si el compañero acepta el tocamiento, empieza el juego; si no, se busca otro.

Los acercamientos pueden rozar la agresividad. Un hombre mira de arriba abajo a otro, que inmediatamente le da la espalda en señal de rechazo. Error de novato. El primero no se rinde y acto seguido… frottage. Movimientos violentos y rápidos. Manos convenientemente colocadas rodeando la cintura de su desprevenido compañero para reducir su movilidad.

—Para.

—…

—Para.

—…

—¡Que pares! —finalmente, el cruiser afloja las manos tras un leve forcejeo.

—¿Te vienes conmigo al coche?

—No.

—Te doy cien euros: te llevas propina. Tengo el coche aquí al lado.

—No… ¿Cuántos años tienes?

—Treinta y cinco —miente; supera holgadamente los cincuenta.

Los hay más recatados, cuya técnica es menos invasiva: una mirada de unos pocos segundos a los ojos, un acercamiento de un paso, otro paso. Se establece un contrato tácito de confianza para jugar con el cuerpo del compañero. Algunos comienzan desabrochándose la cremallera, otros prefieren preguntar primero el rol sexual de su interlocutor. Hechas las presentaciones, los participantes pueden continuar su actividad en el pasadizo o en el recinto vallado del restaurante (donde se exponen a las miradas, e incluso a la interacción, de terceras personas) o retirarse a otros jardines que, si bien no tienen lugares tan ocultos, sí están mucho menos concurridos.

Sexo grupal y popper

Uno de los pseudodeportistas ha prescindido del bañador y, entre los matorrales, se divierte con otros tres compañeros. Gang bang. Comparten cuerpos y popper. A unos metros de distancia, otros cuatro hombres hacen manualidades. Mientras, finaliza el ménage à trois que venía celebrándose a las puertas del restaurante y un usuario solitario continúa dando vueltas por el recinto. Buscando, buscando, buscando.

Todo el fenómeno es imperceptible para un viandante que desconozca lo que ocurre. De hecho, en el cercano restaurante Palacete de Rosales, la gente toma algo, charla y ríe, ajena a lo que ocurre a unos treinta metros. Una encargada del establecimiento, que prefiere no identificarse, asegura que los trabajadores conocen la actividad. Y no les molesta, asegura. “Son muy tranquilos, no hacen ruido”, explica. Los que sí “dan problemas”, se queja, son los indigentes que viven allí como okupas, porque “hacen ruido” y cuando se acercan a pedir limosna “molestan a los clientes”.

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El escenario del ‘cruising’, de día. De noche, en la parcela la izquierda tiene lugar la actividad sin que se enteren los clientes del local de la derecha. | Foto: Néstor Villamor / The Objective

También molestan a los cruisers, explica un usuario. “Hay un gitano que, si oye ruidos, se despierta y a veces sale con una botella gritando y dice que va a llamar a la policía”, advierte. Pero esto tampoco es un inconveniente ni un freno. En la cercana comisaría de la Unidad Integral de la Policía Municipal del distrito de Moncloa, un agente que prefiere no dar su nombre explica que, mientras mande la discreción y el consentimiento mutuo y, sobre todo, mientras no haya menores delante, no hay delito. Además, en los “cerca de diez años” que lleva funcionando la zona, no ha habido incidentes notables, dice el agente. El Ayuntamiento de Madrid tiene una versión ligeramente diferente. Efectivamente, practicar sexo en lugares públicos no está tipificado como delito, pero la capital tiene una ordenanza —señala una responsable del Consistorio— que contempla estas actividades como una “infracción que puede suponer una sanción”. Ahora, esta normativa está abierta a interpretaciones: “No es lo mismo que estén en un lugar abierto que si están escondidos para que nadie les pille”, matiza la misma fuente. ¿Qué hace, entonces, la policía? “A veces te piden que les enseñes el DNI, pero tú estás paseando, no estás haciendo nada malo”, se excusa el cruiser que previamente recomendaba vehemencia.

¿Qué busca un cruiser?

“Lo que hace atractivo al cruising es lo furtivo de la práctica. Mantener relaciones con personas que no conoces absolutamente de nada, en espacios públicos o al aire libre, de manera anónima y sin compromiso, sin prolegómenos y con el riesgo de poder ser visto por otras personas”, explica Héctor Galván, psicólogo, sexólogo y director clínico del Instituto Madrid de Sexología. “El cruising cultiva la parte más irracional de nosotros mismos, la faceta más instintiva, el desprendimiento de prejuicios y escrúpulos para rendir culto al placer sexual”. Galván considera el cruising una expresión más de la sexualidad. Él mismo lo explica: “Definitivamente, tener una vida sexual activa y no convencional no es patológico, siempre y cuando no se utilice el sexo como una vía de escape compulsiva para aliviar un malestar emocional o afectivo”. Y ahonda: “Hay otros factores a tener en cuenta para considerar o no esta práctica como patológica. Si la búsqueda constante de estos encuentros domina los pensamientos de la persona, si afecta directamente en otras áreas de su vida, o si pone en riesgo su salud de manera imprudente, es probable que la práctica pase de ser simplemente una preferencia sexual a un comportamiento patológico”.

Dicen los usuarios de la zona que el Parque del Oeste no suele ser un lugar peligroso para estas actividades, pero recomiendan dejar el móvil y la cartera en casa o en el coche. “A veces, sobre todo los fines de semana”, aclara uno de ellos, “vienen rumanos y marroquíes a robar y hay que tener cuidado”. Con lo que también hay que tener cuidado es con que no se venga abajo el restaurante, un edificio propiedad del Ayuntamiento. El inmueble está en desuso desde que finalizó “una antigua concesión” a la que ahora nadie concursa, explica el Consistorio. Tras un “pequeño incendio” registrado el pasado 6 de abril, “Patrimonio y bomberos inspeccionaron el edificio”, determinaron que está “en pésimo estado” y el Ayuntamiento ha decidido derribarlo. El consistorio, que no ha concretado la fecha de la demolición, asegura que la decisión “no es una judicalización” de las actividades de cruising y okupación “sino una cuestión de seguridad”. Queda por ver si los usuarios continuarán con su actividad tras la operación o si migrarán a otras zonas (el aparcamiento exterior de Las Ventas o el Parque del Retiro son dos opciones, según un portal especializado).

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El Ayuntamiento demolerá el edificio del antiguo restaurante El molino de los porches por estar “en pésimo estado”. | Foto: Néstor Villamor / The Objective

De momento, la fiesta continúa. A las dos de la madrugada se encienden los aspersores en el jardín del pasadizo. El chorro que riega el césped, sin embargo, no detiene la actividad. Doce horas después, sobre la una y media de la tarde, un grupo de amigos hace picnic en ese mismo jardín.

El nuevo sector en alza: el turismo negro

Lidia Ramírez

Foto: GLEB GARANICH
Reuters

Hay personas ávidas de emociones fuertes que quieren vivir una aventura, pero sin riesgos, en caminos ya trillados que les ofrezcan la garantía de que su zona de confort sólo se verá invadida de manera controlada. Hay a quien el turismo tradicional ya no le convence: sol, playa, museos, visita al casco antiguo de una ciudad…¡Bah, pamplinas! Nada comparado con sentir lo mal que lo pasaban los presos en las cárceles soviéticas –el penal de Karosta, en Letonia, ofrece noches con todo incluido: gritos, amenazas, sólo agua fría para bañarse..– o percibir un poco lo que fue el genocidio ruandés –Ruanda ha dispuesto lugares para ello, con restos humanos y ropa ensangrentada, todo original–. Y para los que les guste vivir al límite, también pueden visitar Chernóbil y hospedarse en el hotel Pripyat, que prohibe a sus clientes abrir las ventanas, por esto de la radiactividad; o acercarse al reactor que sufrió el peor accidente nuclear de la historia y hacerse un par de selfies. Sólo permiten estar junto a él diez minutos por unos 200 dólares.

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La planta nuclear Chernóbil, de fondo. | Foto: Gleb Garanich / Reuters.

Este tipo de turismo es conocido como turismo negro, oscuro o de dolor, y aunque existe desde tiempos remotos porque el morbo de la tragedia siempre ha interesado, ya sea en forma de cadáveres carbonizados en Pompeya o en forma de altar maya para los sacrificios humanos, “el matiz no es el lugar, sino la intencionalidad de quien se acerca a él”, según la grafopsicóloga, escritora y redactora del programa Cuarto Milenio, Clara Tahoces.  “Los ‘lugares de dolor’, por decirlo de alguna manera, han existido desde siempre. Los campos de exterminio nazi, por citar un ejemplo, han sido visitados desde la perspectiva de la Historia y del no olvido de lo que allí ocurrió, para evitar que vuelva a repetirse”, sin embargo, el problema, en palabra de Tahoces, “es que hay gente que acude a ellos como si de un parque de atracciones se tratara”. Ejemplo de ello son las duchas que se han colocado en el campo de concentración de Auschwitz (Cracovia, Polonia), emulando a las que usaban para el exterminio y con el fin de que se refresquen los turistas “como si fuese un ornamento turístico”.

Belchite Viejo, Zaragoza, la ‘meca’ del turismo negro en España

Belchite Viejo protagonizó en 1937 una de las mayores matanzas durante la Guerra Civil Española. Se estima que entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de ese mismo año murieron cerca de cinco mil personas. Totalmente en ruinas, desde 2007, el ayuntamiento realiza visitas guiadas –diurnas todos los días y nocturnas los fines de semana– donde se puede contemplar el enorme grado de destrucción que causaron los combates. Visitar las caras de Bélmez, un fenómeno considerado por muchos como paranormal, que consiste en la aparición de pigmentaciones, identificadas como rostros, en el suelo de una casa ubicada en Bélmez de la Moraleda, Jaén, es otro de los emplazamientos más interesantes para el turista de la catástrofe en España.

El nuevo sector en alza: el turismo negro
Una de las calles de Belchite en 2009. | Foto: Wikipedia.

Otros emplazamientos interesantes para el turista de la catástrofe son los espacios expositivos especializados como museos o galerías del crimen. En España tenemos, por ejemplo, la Galería de la Inquisición en Córdoba  o el Museo de la Inquisición y la Tortura en Santillana del Mar, Cantabria. Lugares que invitan a sumergirse a través del tiempo a una etapa cruel de nuestra historia y que presentan una amplia muestra de múltiples máquinas y procedimientos de tortura.

El Museo del Crimen de Scotland Yard, Londres, también conocido como Museo Negro, es por excelencia el espacio expositivo de referencia para este tipo de turismo. La sala reúne desde antifaces usados en 1905 por asesinos hasta reproducciones policiales de las mochilas de los yihadistas del 7-J. También figuran un maletín con una jeringa disimulada para inyectar veneno a la víctima y el champán con que celebraron los ladrones el robo del tren de Glasgow. Toda una colección de objetos con historias truculentas que sirven como resquicio por donde espiar la mente criminal de quienes cometieron esos actos. Sin embargo, hasta el momento, sólo tienen acceso a él los oficiales de policía, estudiantes de la academia y los investigadores que tengan la necesidad de utilizar elementos del museo en vinculación con casos del presente.

Por ahora…

Ser cristiano y homosexual

Néstor Villamor

Cuando no es por una charla organizada por el arzobispado de Barcelona en la que un católico homosexual recomienda el celibato a los gays es por un autobús conducido por el grupo católico Hazte Oír que va echando humo y un mensaje tránsfobo por la carretera. La relación entre Cristianismo y homosexualidad siempre ha sido tensa. Y esta tensión es más difícil para las personas que pertenecen a ambos colectivos, que muchas veces tienen que resolver un dilema mayor: conjugar su religión con su sexualidad.

Es el caso de Óscar Cardeña, un homosexual de 43 años natural de Navalcarnero que durante años estuvo “muy metido” en la Iglesia Católica. Desde niño, siempre supo que era gay. También supo que era “muy espiritual”. Aunque no venía de una familia especialmente católica, tras fallecer su madre, teniendo él 14 años, miró hacia la Iglesia. Incluso empezó a estudiar Teología, cuenta, y estuvo “a punto” de irse a un monasterio. Pero ser católico no le permitía “compaginar” su religión con su sexualidad, lamenta. Su decisión fue vivir en secreto.

“Rezaba todos los días para que Dios me cambiara”

Llegué a tener novias”, explica, “rezaba todos los días para que Dios me cambiara y me he pasado horas rezando para que me diera una familia”. Ahora, Cardeña ha cambiado, pero no en el sentido que él esperaba. Lo hizo motivado por su descubrimiento de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana, una confesión ecuménica que fundó en 1968 en Estados Unidos un reverendo homosexual para dar cobijo a la diversidad. Hoy, ICM cuenta con más de 400 congregaciones en 40 países, según la organización. Incluso Nancy Wilson, la anterior líder del credo, fue durante el mandato de Obama asesora de la White House Office on Faith-Based and Neighborhood Partnerships, un organismo que estructura la relación entre el Gobierno y las obras sociales relacionadas con la religión.

En España, la ICM tiene una congregación en Madrid activa desde 2010, liderada por Alejandro Medel, que oficia cultos todos los domingos a las 11:00 en la iglesia de El Salvador, en el número 5 de la calle del Noviciado, un templo que comparte con la Iglesia Evangélica Española. Medel asegura que muchos homosexuales que acuden a su iglesia llegan con “heridas” abiertas por la postura oficial de la Iglesia Católica con el colectivo LGTB. Él propone un enfoque diferente. Para Ia ICM, “todos somos hijos de Dios Padre y Madre” ya que “Dios no tiene género”, razona Medel. La apertura hacia las minorías sexuales y las mujeres es notable (ellas suponen más del 50% de los pastores de esta confesión, según datos de la propia ICM). Además de los cultos, llevan una escuela dominical y organizan estudios bíblicos para los adultos. Incluso ofician bodas religiosas entre parejas del mismo sexo.

Para Cardeña, el encuentro con la ICM propició su salida del armario y el descubrimiento de una nueva forma de vivir la religión. “Yo pensé que moriría católico, pero al conocerlos vi que podía ser cristiano y seguir siendo yo mismo”, se alegra. Y resume: “En ICM encontré mi casa”. Hoy, Cardeña tiene novio estable y una vida espiritual en la que esa relación tiene cabida: “Yo antes no podía tener con Dios la relación que tengo ahora, porque ni me aceptaba yo ni aceptaba el amor de Dios como él quería manifestármelo”. Y no titubea al decir: “Si me caso, me va a casar Alejandro”.

Tanto Medel como Cardeña se muestran críticos con el papa Francisco, al que muchos han aplaudido por su supuesto aperturismo. Un ejemplo ocurrió en 2011 cuando el pontífice cuestionó: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgar?”. “A mi entender, era un poco de marketing”, valora el pastor de la ICM, “porque en el fondo la Iglesia Católica no ha cambiado ni una coma en la doctrina sobre el colectivo LGTB”. Y en la misma línea se muestra su feligrés: “Me parece un falso”, determina.

Además de celebrar cultos y de organizar la escuela dominical y los estudios bíblicos, la Iglesia de la Comunidad Metropolitana colabora en diversas actividades con Crismhom (Cristianos Madrileños Homosexuales). Este colectivo, con sede en el número 18 de la madrileña calle de Barbieri, nació en 2006 con el objetivo de ofrecer un espacio a los miembros del colectivo LGTB con fe cristiana porque “determinada jerarquía de la Iglesia Católica no ofrece ese espacio”, explica Óscar Escolano, secretario de la Junta Directiva. A pesar de ser una entidad ecuménica, todos los sábados a las 20:30 acude un cura a dar una misa católica (comunión con oblea incluida). Escolano prefiere mantener en el anonimato el nombre del sacerdote, pero aclara que en estas misas “se incide en temas LGTB”. Lamenta, asimismo, que entre los dogmas de la Iglesia Católica no esté “la aceptación de la diversidad de género”. Y subraya: “Nosotros tendemos puentes”.

De los trastornos y las drogas

Melchor Miralles

Foto: STEVE DIPAOLA
Reuters

Las estadísticas tienen lo suyo, y siempre muchas lecturas. Hoy sabemos que en 2015 250 millones de personas consumieron algún tipo de droga en el mundo, y al menos 190.000 murieron por causas directas relacionadas con los estupefacientes, según el Informe Mundial sobre Drogas de la ONU, que asegura también que casi 30 millones de personas padecen trastornos graves por esta causa. La más consumida es el cannabis, pero la heroína figura como la más nociva y la que más muerte causa. Los números, qué duda cabe asustan.

Me parece un trabajo relevante de la ONU. Los científicos que lo han hecho merecen mi respeto. Pero si se quiere entrar a fondo en la materia hay que ir al fondo. Las drogas lo que son es un gran negocio que enriquece a muchos. Su combate es imposible a nivel nacional, un solo país no puede acabar con la causa del problema. Y como genera ríos de millones de beneficios, quienes se enriquecen a su costa tienen la capacidad de neutralizar con dinero a gobiernos, jueces y policías. Y el problema crece cada año. Y seguimos manejando estadísticas, y escandalizándonos, y lo que nos queda por ver.

Esos treinta millones de personas que padecen los trastornos a que se refiere este informe quizá hayan empezado a trastornarse antes, y por ello han acabado en la droga, donde han encontrado un refugio y un cobijo que no tenían, puede que incluso sabiendo el daño que iba a causarles. Hemos construido una sociedad que cada día genera motivos para el disgusto, el hartazgo, el desasosiego y el dolor. Crecen el hedonismo y el egoísmo, aumenta el culto al dinero y cada vez importan menos los seres humanos, que tenemos sentimientos, sufrimientos, dolores y penas que nos afligen.

Bien por Naciones Unidas, el doctor ya ha diagnosticado la enfermedad. Ahora me gustaría que nos dijeran estos expertos de la cosa cual es la solución. Para acabar con los trastornos, y para que las drogas solo se utilicen para aquellos casos en los que son útiles. Me temo que tardará en llegar.

Calderiana intempestiva

José María Albert de Paco

Foto: Andreu Dalmau
EFE

En la sección de librería del Corte Inglés no hay libreros, sino empleados que tratan de compensar sus lagunas con una actitud más o menos servicial. Para cualquier letraherido, la experiencia de consumo en estos establecimientos carece del embrujo que envuelve a esas librerías en las que todo está dispuesto para que el comprador se crea poco menos que Harold Bloom, desde la altivez de los dependientes hasta el crujido de las lamas del parqué. Tanto es así que sus propietarios no se consideran exactamente libreros, sino prescriptores del buen gusto, comisarios culturales que, imbuidos de redentorismo, determinan qué obras merecen un lugar de privilegio y cuáles, en cambio, un nicho mortuorio en el más recóndito anaquel.

La librería Calders, de Barcelona, ha declarado en Twitter persona non grata al escritor Gregorio Morán, haciendo así honor a la catalanísima costumbre del señalamiento (ni siquiera la librería Europa llevó tan lejos su bravuconería). Desconozco en qué consiste que una librería te declare persona non grata, ni si los declarantes exhibirán un cartel del tipo ‘prohibida la entrada a perros y mexicanos’. Lo desconozco, digo, porque hasta ahora, por una cuestión de cercanía, era cliente de la Calders, y me consta que no hacía falta que declarasen a nadie non grato para vetar sus libros. Empezando, por cierto, por el libro sobre Ciudadanos que Iñaki Ellakuría y yo escribimos hace año y medio, y que fue la única novedad del sello Debate que, por aquel entonces, no encontró acomodo en el apartado de ensayos políticos. Obviamente, la censurita del tendero no se ciñe a obras menores; en ocasiones, también apunta alto: véase el caso de María Elvira Roca Barea y su Imperiofobia, de cuyo lanzamiento no hubo noticia en la Calders, como no suele haber noticia de nada que huela a disidencia. Puede parecer paradójico, pero el progreso de la humanidad no se debe al sensiblero ingeniero social que pretende salvarte de ti mismo, sino al jefe de planta poco instruido que por cada Roca Barea se lleva un 0,2%. Y en esa evidencia, en fin, radica el gran triunfo de Antonio Escohotado.

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